Capítulo 11

11. LA NUEVA CARA DE LA MONEDA

 

Samael caminaba por aquel espacio vacío, aunque no había piso alguno bajo sus pies. No sabía ya cuánto tiempo llevaba así, yendo a ningún lugar ni distinguir nada alrededor. Únicamente recordaba haber estado en ese sitio una sola vez, el día de su primer sueño… o al menos lo que él creía que era un sueño, considerando que no tenía nada con qué compararlo pues nunca antes había soñado. ¿Podía aquello significar algo? Si así fuera, ya debería haber pasado algo, toparse con alguien, alguna figura misteriosa, cualquier cosa…

Y entonces la vio, una silueta espigada al fondo de la nada, como si estuviera esperando por él. Samael detuvo la inútil marcha y observó fijamente aquella figura, dándole oportunidad para que se acercara, pero nada ocurrió, siguió ahí como si esperara lo mismo que él.

—¿…Tienes algo que decirme? —se animó a hablar por fin. La figura cambió de postura, como si hubiera bajado la cabeza en posición pensativa para luego volver a fijar su atención en él, silenciosa y taciturna—… Necesito respuestas. Hay un demonio de humo que está recolectando los dones de nuevo y que no sabemos cómo derrotar; un sujeto de ojos ámbar que parece estar atacando gente inocente sin ningún motivo y dos figuras desconocidas con una armadura muy similar a la nuestra. Está también esta chica que vino de Londres; es como si… hubiera una especie de fuerza gravitacional dentro de ella. No sé qué es, pero necesito saber más.

La figura siguió sin contestar y a pesar de dirigirse hacia ella, la distancia nunca se acortaba. Pero no se detenía, su necesidad de saber se había convertido en la necesidad de descargarse con alguien, aunque fuera una distante y silente silueta.

—Además está este asunto con Demian, el padre de Marianne… y ella misma. Se supone que debemos erradicar a todo demonio que ronde la Tierra. Lo tengo grabado en mi mente, pero… últimamente ya no sé qué pensar, ¿y qué si hay personas que poseen algún porcentaje de sangre demoníaca? ¿Son una amenaza del todo? O incluso si son demonios por completo, ¿qué tal si no desean continuar con su linaje? No sé, yo… estoy muy confundido. Sonará irónico viniendo de mí, pero… necesito una guía.

Se detuvo por completo en cuanto terminó de hablar. La figura seguía en el mismo punto, como si fuera una imagen estática que se moviera a la par de él. Samael ya estaba dándose por vencido cuando la silueta de pronto desapareció y él la buscó con la mirada, pensando que se había marchado, hasta sentir el peso de unos brazos rodeándolo.

«Lo siento»

Escuchó un susurro incorpóreo a unos centímetros de su oído y desde todas direcciones. No lo entendía, pero aquellos brazos tampoco parecían dispuestos a soltarlo. Al contrario, lo estrecharon con más fuerza. Comenzó a sentir que se desvanecía dentro de su mismo sueño a la vez que escuchaba de fondo unos sollozos que no sabía si provenían de lejos o de aquella misma etérea voz dentro de sus oídos.

El vacío que lo rodeaba desapareció. La voz se disipó, así como el peso de aquellos brazos alrededor de él. Abrió los ojos y estaba de vuelta en el ático, mirando los tablones del techo antes de caer en cuenta de que había despertado. ¿Cuánto tiempo había pasado dormido esta vez? No importaba realmente, pues tenía que buscar a los demás para hablar con ellos. Fue ese momento que su sensación de alarma se disparó, como cada que había un ataque. Saltó enseguida de la cama y desapareció con un destello.

 

Mitchell observaba paralizado al ser de humo flotando frente a él, escrutándolo con ojos felinos, como decidiendo si era o no quien parecía ser.

—¡…Ahora! ¡Hazlo ahora! ¡No te quedes ahí parado! —tuvo que gritarle Frank desde el cobertizo para hacerlo reaccionar, alertando al demonio, pero Mitchell despertó por fin de su trance, y tras un movimiento de manos, cayó una barrera opaca sobre ellos que los dejó encerrados y le devolvió su apariencia original, aunque con armadura incluida.

El demonio de humo se solidificó, obligándose a bajar a tierra y poniéndose de pie una vez que tuvo dónde apoyarse. Parecía un ser hecho de cenizas, con sus ojos de gato resaltando en un rostro conformado de virutas que parecían a punto de desmoronarse al menor soplo del viento.

—¡Ahora sí, demonio! ¡Prepárate! —exclamó Frank, tronándose los dedos y corriendo hacia la criatura, y a pesar de lucir como una escultura hecha de oscuro aserrín, su rostro se recortó en una sonrisa. Frank alcanzó al demonio y descargó el primer golpe que se hundió en su pecho se como si se tratara de arena movediza—. ¡¿Qué rayos…?!

La sonrisa del demonio se ensanchó y a continuación lo sujetó con ambos brazos, extendiéndose por encima de él como si tuviera completo control sobre sus moléculas aún en estado sólido.

—¡…Suéltame! ¡No vas a engullirme como a los dones, maldita sea! —exclamó Frank, tratando de apartarse sin éxito.

Las extremidades de Mitchell finalmente respondieron y corrió hacia ellos, echándose encima del demonio para ayudar a Frank, pero en cuanto intentó sujetarlo del cuello, sus manos también se hundieron en él.

—¡¿…Alguna otra idea?! —preguntó Mitchell en cuanto sus brazos quedaron atrapados al interior de la criatura.

—¡Tiene que haber alguna forma de vencerlo! ¡Lo hemos vuelto sólido, maldición!

El demonio comenzó a volverse inestable, como si estuviera luchando por regresar a su estado gaseoso, y Mitchell levantó la vista para descubrir que su barrera estaba haciéndose pedazos.

—¿…Cómo rayos lo está haciendo?

—¡Eso no importa ahora, eso significa que tengo mi poder disponible de nuevo! ¡Neutraliza al demonio! —gritó Frank, sacando sus manos del ser mientras Mitchell mantenía las suyas dentro. El demonio se solidificó de nuevo y Frank lanzó una risotada estentórea—. ¡Ja! ¡A que no contabas con eso! ¡Ahora te haré devolver los dones que te has robado!

—¡Oh por dios, ¿qué es esa cosa?! —A unos metros de ahí, Mankee observaba horrorizado a la criatura contra la que luchaban.

—¡¿Qué haces ahí parado?!

—Vivo cerca por si lo olvidas. Supuse que necesitaban ayuda, pero tenían la barrera encima… No pensé que fuera a romperse si la tocaba. —Alzó las manos como si pidiera disculpas, mostrando que sus palmas resplandecían ligeramente enrojecidas.

—¡No puedes ir por ahí deshaciendo los poderes de tus amigos! —le reclamó Mitchell, forcejeando con el demonio para mantenerlo sólido.

—¡Lo dice el que bloquea el de los demás! —le replicó Frank.

—¡De verdad que me gustaría discutir sobre las aportaciones de cada quién a nuestro ensamble, pero debo advertirles que nunca fui bueno con el toro mecánico! —clamó Mitchell, luchando por mantenerse a espaldas del demonio.

—Aguarda unos segundos nada más —dijo Frank, plantando con firmeza los pies en el campo y sacudiendo las manos—… Si puedo manipular la tierra y hasta el concreto, ¿qué es un montón de despojos de ferretería para mí?

La tierra por debajo del demonio comenzó a temblar y se alzó en una corteza que lo rodeó. La criatura arqueó la espalda hacia atrás en un ángulo pronunciado y antinatural, azotando a Mitchell contra el suelo y dejándolo aturdido, de modo que el demonio pudo por fin volver a su estado gaseoso, emitiendo una escalofriante risa gutural.

—¡No podemos dejarlo escapar! —gritó Frank, moviendo los brazos, y la tierra salió disparada en dirección a este, pero el demonio se contorsionó en su forma de humo, esquivando el géiser hasta lanzarse en picada hacia Mitchell, que apenas iba incorporándose—. ¡Apártate de ahí!

Pero la advertencia no llegó a tiempo; en cuanto Mitchell se puso en pie, el demonio lo atravesó, apareciendo del otro lado con una esfera en las manos. Su cuerpo cayó inerte mientras Mankee observaba todo aterrado y Frank alzaba la mirada incrédula hacia el ser.

—¡…Ese no es uno de los dones que buscas!

El demonio de ojos felinos y sonrisa rajada no parecía en absoluto interesado en ese dato; solo se llevó la esfera a la boca que partía su cabeza a la mitad y se la tragó.

—Eso… Así no es como debería funcionar… ¿o sí? —inquirió Mankee tan desconcertado como Frank.

—No es el amo. Da igual —dijo el demonio con aquella voz sibilante, flotando por encima de ellos con sus ojos de gato con pupilas reptilianas.

Frank estaba listo para enviar más ataques de tierra cuando el demonio se precipitó de repente, como arrastrado por una fuerza invisible que tiraba de él hacia abajo. A los pies de este se encontraba Demian, mirándolo fijamente.

—¡Amo! ¿Ven conmigo? —el demonio exclamó con una sonrisa que demostraba la poca retentiva de su memoria a corto plazo. El rostro de Demian se contrajo en una mueca y volvió a azotarlo en el suelo a pesar de su estado.

—¿Cómo lo hiciste?

—…Estoy aprendiendo a controlar mi habilidad para invocar sombras. Ahora que alguien me explique qué ha pasado aquí. No puedo distraerme o podría…

Un golpe por la espalda lo mandó de pronto al suelo, interrumpiendo su concentración. El demonio de humo enseguida se elevó sobre ellos, y antes de que Frank pudiera detenerlo, se esfumó en el aire, mostrando una sonrisa a tono con sus ojos felinos, que fueron lo último en desaparecer como si fuera una suerte de gato Cheshire maligno.

—¡Lo dejaste escapar! —exclamó Frank con frustración mientras Mankee le hacía señas desesperadas en dirección a Demian. Una pequeña figura acorazada de tono malva lo atacaba por todos lados, lanzando golpes y patadas a diestra y siniestra que él intentaba esquivar. Cada vez que la pequeña figura se escabullía y posaba su mano sobre alguna parte de su negra armadura, esta comenzaba a sufrir cambios descontrolados que él debía detener con su propio poder, descuidando así sus flancos y recibiendo otra oleada de ataques.

—Deberíamos ayudarlo, ¿no? —preguntó Mankee dubitativo.

—Su armadura… es como la nuestra —dijo Frank sin dar un paso, observando con atención aquella figura cuando otra pasó corriendo de pronto entre ellos y detuvo a la primera, manteniéndola a raya mientras Demian lograba por fin enderezarse tras devolver el último tramo de armadura a la normalidad.

—¡¿Por qué me atacan?! ¡¿Qué es lo que quieren de mí?! —exigió saber y la figura que lo había atacado hizo ademán de volver por él, tan solo para ser detenida por la otra.

Los demás aparecieron en ese momento junto con Samael y observaron confundidos a su alrededor, descubriendo a aquellas dos figuras a unos metros de ellos.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Marianne, mirando fijamente a las dos figuras—. ¿Por qué tienen armaduras tan similares a las nuestras?

—Porque son Angel Warriors como nosotros —respondió Samael con total certeza.

—¿…Qué? ¿Pero cómo es que…?

Samael dio unos pasos hacia el frente mientras las dos figuras permanecieron inmóviles.

—Lo sé ahora. Así que… —dijo él, llevándose las manos al casco, y para sorpresa de todos, lo removió, dejando expuesto su rostro—… ¿hablan ustedes o lo hago yo?

Las dos figuras intercambiaron miradas hasta que la de armadura platinada dio también unos pasos al frente, seguida de la de tono malva, llevándose al mismo tiempo las manos a los cascos, dejando caer sus largos cabellos de tonos imposibles al quitárselos.

—¡No puedo creerlo! —El acalorado y a la vez sonriente rostro de Vicky emergió del casco de la armadura lavanda para enorme sorpresa de los demás y consternación de Demian. Era ella quien lo había atacado.

—¿…Ustedes? —dijo Marianne sin poder creerlo. Addalynn se mantenía impertérrita, mientras Samael la miraba fijamente.

—Háganlo —indicó Samael para que los demás también dejaran expuestos sus rostros, y aunque dudaron en un principio, acabaron por obedecer. Vicky parecía encantada en cuanto se expusieron ante ellas.

—¡Increíble! ¡Son como nosotras! —exclamó ella sin abandonar su estado de asombro—. No conocíamos sus verdaderas intenciones, así que temíamos acercarnos. De haber sabido antes…

—¿A qué te refieres con nuestras intenciones? —preguntó Marianne.

—Pues… trabajan en conjunto con un demonio —respondió ella con desdén y los demás echaron un rápido vistazo hacia Demian, cuyo rostro se contraía al escucharla.

—Espera… ¿no sabes que…?

—Supongo que habrá mucho de qué hablar. Pero ahora no es el momento ni el lugar adecuado —Addalynn interrumpió a Lucianne antes de terminar su frase. No parecía en absoluto sorprendida—. Además, me parece que su amigo necesita ayuda.

La atención se desvió hacia Mitchell que yacía en el suelo por detrás de ellos.

—¿Qué pasó con él? ¿Qué estaban haciendo con el demonio de humo? —preguntó Marianne, arrodillándose junto a Belgina para verificar sus signos vitales.

—Se llevó su don —dijo Mankee al ver que Frank no se atrevía a responder.

—¡Pero eso es imposible! ¿Para qué lo querría? Si él no es uno de los que poseían…

—¿Es necesario discutir sobre eso en presencia del demonio? —interrumpió Vicky y los demás miraron hacia Demian. Él se quedó callado, con expresión herida, y lo único que hizo fue desaparecer de ahí en silencio.

Marianne trató de concentrarse en Mitchell. Que lo despojaran de su don era desconcertante pues se suponía que eran los dones originales los que estaba recolectando de nuevo para atraer a Demian de vuelta a la Legión de la Oscuridad. No tenía sentido.

—Reanímalo —dijo Samael, sacándola de su ensimismamiento—… Les explicaré luego. Por ahora debemos irnos de aquí.

Ella asintió y procedió a crear un don sustituto para Mitchell. El cuerpo de este sufrió un espasmo en cuanto la chispa de vida fue insuflada de nuevo en él y recorrió con la vista los rostros de todos, tratando de entender lo que estaba pasando ahí.

—…Creo que me golpeé fuertemente la cabeza, estoy viendo caras de más.

Los demás sonrieron aliviados al ver que su personalidad no parecía afectada ante la falta del don, cualquiera que este fuera.

—Arriba. Debemos irnos de aquí —dijo Frank, ayudándolo a levantarse.

—Oigan… sé que aún quedan varias cosas por aclarar, pero… dejé a mi padre esperando a dos calles de aquí pensando que de pronto tuve un antojo intenso de gomitas —dijo Angie—… Si se le ocurre entrar a buscarme a la tienda a la que supuestamente entré y no me encuentra es capaz de denunciar mi secuestro.

—Y el mío se unirá al tuyo. Él mismo encabezará la partida de búsqueda —coincidió Lucianne y Marianne comenzó a imaginarse a su padre esperando por tanto tiempo a las puertas de la escuela hasta que decidiera entrar y encontrara aquella reunión de sentais.

—Tienen razón; necesitamos hablar de esto con más tranquilidad.

—Mañana en la cafetería —determinó Samael—. Que Mankee cierre y tendremos el lugar para nosotros solos.

—Eh… no sé si pueda simplemente hacer eso. Después de todo la cafetería no me pertenece y…

—Tengo entendido que mi padre la compró, ¿no? Eso quiere decir que también me pertenece así que doy mi autorización para que cierres. De mi hermano yo me encargo —resolvió Vicky con simpleza ante las expresiones cautas de los demás, pero finalmente aceptaron sin hacer ningún comentario al respecto.

 

Demian se apoyaba a un costado de su auto con las manos metidas en los bolsillos y moviendo intranquilamente el pie. Sus ojos estaban fijos en el piso mientras recordaba la mirada que Vicky le había dedicado al llamarlo demonio. Parecía más conmocionado por ello que el hecho de que Addalynn y ella resultaran ser las Angel Warriors que lo habían atacado. Pero ¿cómo? ¿En qué momento? ¿Desde hace cuánto? ¿Lo era su hermana cuando regresó para el funeral de su padre? Su cabeza se llenaba de preguntas que necesitaba responder y ni siquiera sabía cómo podía permanecer ahí a la espera, a unos minutos de que su hermana lo mirara con un desprecio que jamás pensó ver en sus ojos.

—¡Lo siento! ¡Se nos fue el tiempo! —Vicky corrió en dirección a él con su usual cara risueña, como si lo de minutos antes no hubiera ocurrido—. ¡Espero que no te hayamos hecho esperar mucho! —Subió al auto a toda prisa y le dedicó una sonrisa de lo más relajada—. ¿Nos vamos?

Demian no respondió, tan solo la observó, esperando alguna reacción, pero ella se mantuvo igual. Addalynn llegó impasible al auto, abriendo la puerta trasera y dedicándole a él una breve mirada.

—¿Pasa algo? —volvió a preguntar Vicky, extrañada ante su silencio, y él finalmente subió al auto a pesar de su desconcierto.

Al llegar a casa, Vicky subió corriendo las escaleras con una carga anormal de energía incontenible.

—¡Estaré en mi habitación preparando todo para mi trabajo de equipo de mañana, por si me necesitan! —exclamó ella mientras Demian se detenía al pie de la escalera, siguiéndola con la mirada hasta que desapareció de su vista. Addalynn pasó a su lado, pero él se interpuso en su camino.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó él, tratando de no alzar la voz para evitar que Vicky lo escuchara. Addalynn levantó la vista y tan solo lo miró en silencio—… Dime. Está claro que Vicky no tiene idea, pero tú…

—Sospechaba algo al inicio, no estaba realmente segura —dijo ella finalmente—. Por eso te observaba con atención; intentaba analizarte, decidir si eras peligroso o no.

—¿Y llegaste a alguna conclusión?

—Si pensara que lo eres, no estaríamos hablando en este momento.

Demian dio un resoplido y se pasó la mano por el cabello con impaciencia.

—¿…Por qué no le has dicho? Sobre lo que soy.

—No me corresponde a mí —respondió ella, arqueando una ceja para indicar que dependía de él. A continuación, lo esquivó para poder subir las escaleras mientras Demian se quedaba parado en el mismo lugar, sujetando el barandal con fuerza, pensando en la expresión de Vicky al llamarlo demonio. No podía olvidar su gesto de desprecio, y la sola idea de volver a verlo era insoportable. No podía decírselo. No aún.

 

—¿Qué tanto ocurrió mientras dormías? —preguntó Marianne, asomándose en el ático una vez que habían vuelto a casa.

—No mucho en realidad; obtuve algo de la información que requería —respondió él—. Pero lo que vi…

—¿Entonces viste algo? Pensé que habías dicho que no soñabas —dijo ella, cerrando la puerta tras de sí y sentándose en la orilla de la cama.

—No sé si pueda llamarlo concretamente un sueño porque no tengo nada con qué compararlo. Solo sé que… es la segunda vez que lo veo ahora que recuerdo.

—¿Qué fue?

Samael volvió a su gesto pensativo, recordando aquella sensación de estupor cuando la figura lo había envuelto en sus brazos y pronunció “Lo siento”, seguido de una serie de sollozos (o eso le parecían) antes de hundirse nuevamente en la inconsciencia. Ojalá tuviera una explicación, pero no tenía idea de lo que significaba.

—…Una figura. No pude ver bien cómo era —relató él—. Por más que intentaba, no lograba acercarme a ella y tampoco me respondía. Era como una estatua a la distancia hasta que de repente apareció detrás de mí de un momento a otro.

—¿Crees que podría ser la misma silueta de mi sueño? —preguntó Marianne y Samael trató de dibujar una imagen mental. Definitivamente la figura que había visto no era alada, pero sí despedía cierto halo de luminiscencia que le hacía suponer que tal vez fuera una emisaria del plano superior, pero no tenía forma de comprobarlo, para eso tendría que ver por sí mismo los recuerdos que Marianne guardaba de esos encuentros, y la última vez que lo había intentado no lo había conseguido.

—No lo sé. Existe la posibilidad, por supuesto… pero no tenemos forma de comprobarlo por lo pronto.

—¿Fue esa figura la que te dijo lo de Vicky y Addalynn? Porque cuando llegaste ya sabías quiénes eran ellas, ¿cierto?

—No estoy seguro —admitió Samael—. Puede que sí, aunque no con palabras sino en forma de nociones programadas. Y no como una certeza sino como una sospecha.

—No es todo lo que sabes ahora, ¿verdad? Pude ver en tu cara que hay algo más, por eso dijiste que debíamos hablar todos con tranquilidad en otro lado. ¿Tiene que ver con que ese demonio se haya llevado el don de Mitchell sin que fuera uno de los originales? Porque si lo que intenta la Legión de la Oscuridad es atar a Demian de nuevo a ellos, ¿por qué necesitarían un don que no corresponde a los que tomaron en primer lugar?

—…Empiezo a dudar que sea eso lo que estén buscando realmente —conjeturó él.

—¿Para qué se apropiaría entonces de los dones de Lester y Frank?

—No sé la razón, pero tras lo ocurrido con Mitchell una cosa es segura: volver a recolectar los dones especiales no es necesariamente su prioridad. Los ataques que al principio pensamos que eran premeditados, en realidad fueron al azar. Daba igual si eran o no los portadores originales de los dones, no es eso lo que están buscando. Lo de… quedarse con los dones no es más que una treta para dificultarnos las cosas.

—¿Entonces… no es a Demian a quien quieren? —preguntó ella con cierto tono de alivio que intentaba esconder.

—No puedo asegurarlo, solo tengo esta sensación de que las cosas no son como creíamos en primer lugar. Por supuesto que deben quererlo de vuelta, pero como dije, no creo que esa sea su prioridad en este momento.

—¿Algo más?

—Eso es todo lo que tengo por el momento.

—Bien, en ese caso… —Le dio un manotazo en el brazo que él recibió con un “Auch” y una expresión aturdida—. Eso es por no aguantar un día tal y como te había sugerido. —Dicho esto se levantó y caminó hacia la puerta, dedicándole un intento de sonrisa antes de marcharse—. Buenas noches.

Samael respondió con otra sonrisa antes de quedarse solo en el ático, consciente de que estaría despierto toda la noche y más le valdría buscar algo que hacer todo ese tiempo.

 

A la mañana siguiente, Marianne fue la primera en llegar al parque y se mantuvo a la espera, preguntándose a su vez de qué forma debía actuar frente a Vicky y Addalynn ahora que sus identidades estaban al descubierto. Había tantas cosas que quería saber, pero no sabía si le daría tiempo de preguntarlas antes de que Dreyson también se apareciera. Lo principal era saber cómo lo habían sabido. En el caso de ellos, Samael había estado guiándolos, pero ¿a ellas quién las guiaba?

—¿Vas a ser la única en venir? —Dreyson interrumpió sus pensamientos, apoyado del árbol más cercano como si hubiera estado ahí todo el tiempo.

—Ya deben estar por venir, no desesperes, y saludos para ti también —replicó Marianne, sintiéndose en parte frustrada de que ahora no podría hacerles ninguna pregunta en su presencia. El chico se mantuvo en la misma posición, apoyando la espalda al tronco, ligeramente encorvado hacia el frente de modo que el cabello le caía sobre la cara. Aunque su ropa era ahora más acorde a su talla, parecía aún no hallar un estilo que no le hiciera lucir desgarbado. Seguía siendo un imán para bravucones—… ¿Puedo saber por qué te uniste a esgrima?

—Por la atención —respondió él de lo más normal.

—¿Tanto deseas captar la de Addalynn?

—¿Eso incluye proclamar en público que alguien te gusta? —dijo Dreyson y el rostro de ella se encogió ante la mención.

Hubo un momento de silencio antes de que el sonido de un carro deteniéndose frente al parque lo rompiera. Vicky bajó como caballo desbocado, seguida por Addalynn, mientras Demian permanecía detrás del volante, cruzando su mirada con la de Marianne en cuanto la línea de visibilidad fue clara. Ella enseguida desvió la vista. Demian también la apartó, y en cuanto Vicky agitó la mano a manera de despedida, lo tomó como su señal para marcharse.

—¡Sentimos mucho el retraso! Intentaba decidir qué traer para la investigación.

—No hay problema —respondió Marianne. Era extraño saber que aquellas chicas eran también Angel Warriors y no poder decir nada ante la presencia de Dreyson.

—¿Nos vamos?

Dreyson se apartó del árbol en silencio y comenzó a encaminarse hacia un sitio de taxis a un costado del parque. Ellas lo siguieron hasta que lo vieron inclinarse en la ventanilla de uno para decirle algo al conductor.

—…De haber sabido que iríamos en taxi mejor le pedía a mi hermano que nos llevara. No debe estar muy lejos aún, puedo decirle que vuelva —dijo Vicky, sacando su celular, pero Marianne le impedía hacer la llamada.

—Deja que él se encargue, después de todo es a su casa a la que estamos yendo.

Vicky dio un suspiro y volvió a guardar el celular mientras el muchacho regresaba.

—Suban —dijo señalando al taxi.

—¿Cuánto te debemos? —preguntó Marianne sacando su cartera.

—Está todo arreglado, solo suban —replicó él autoritariamente y las tres chicas se subieron en la parte de atrás mientras él ocupaba el asiento delantero.

Después de dar varias vueltas en distintas calles y hacer el trayecto en un silencio incómodo, finalmente se detuvieron frente a una compacta casa de dos pisos pintada completamente de blanco, sin ningún tipo de decorado en la fachada como la mayoría de las casas en la ciudad que tenían al menos un toque de color. Marianne supuso que era una especie de reflejo de la estoica personalidad del chico.

Bajaron del taxi mientras Dreyson trataba directamente con el conductor. Las tres chicas permanecieron de pie frente a la entrada hasta que él abrió la verja y entró sin comprobar siquiera que ellas lo siguieran.

—¿…Van a quedarse ahí? —preguntó al llegar a la puerta y las tres se decidieron por fin a entrar.

El interior de la casa era casi tan austero como la fachada. Las paredes desnudas y desprovistas de cuadros o retratos familiares le daban un aspecto frío y de no ser por algunos muebles y un aroma a galletas horneadas que provenía de la cocina parecería deshabitada. No parecía haber más que lo básico en aquel lugar.

—¿…Se acaban de mudar? —Marianne se animó a preguntar.

—Hace un par de semanas —respondió él, acomodando unas sillas alrededor de la mesa vacía al centro de la sala.

—Asumo entonces que eres nuevo en la ciudad.

—Podría decirse.

—Nosotras también —intervino Vicky, echando un vistazo a las sillas, como decidiendo sobre cuál colocar su mochila—. Solo que lo mío fue más como un regreso; llevaba siete años estudiando en otro país.

—Ahí fue donde conociste a Addalynn, ¿no? Me gustaría algún día oír esa historia —comentó Marianne a modo de indirecta. Addalynn tomó asiento junto a Vicky de forma tan refinada que parecía una princesa a punto de tomar el té.

—…Quizá la escuches muy pronto —respondió Vicky con una sonrisa y en eso la puerta de la cocina se abrió de golpe. Por ella salió una mujer con una larga falda que le llegaba a los tobillos y una blusa de lana con cuello alto y manga larga con un mandil puesto. Tenía el cabello recogido en un moño y guantes de cocina que enseguida se quitó para saludar a las chicas con una sonrisa.

—La madre de Dreyson —les susurró Marianne rápidamente.

—¡Mucho gusto! Me llamo Vicky —dijo ella, poniéndose de pie para darle la mano y aunque Addalynn también hizo lo propio, optó por un simple asentimiento de cabeza para evitar estrecharle la mano. La mujer, lejos de sentirse ofendida, respondió también con un asentimiento para a continuación hacer unas señas que las chicas no alcanzaban a comprender.

—Dice que le da mucho gusto conocer a mis amigos y que pueden llamarla Felicia, —tradujo Dreyson y la mujer volvió a hacer señas—. Dice también que se sientan en casa y que ahora nos dejará trabajar. Si necesitan algo estará en la cocina.

La mujer volvió a atravesar la puerta de la cocina con aire de madre satisfecha.

—Perdona la indiscreción, pero… ¿es sorda? ¿Lee los labios o…? —preguntó Vicky mientras Marianne le dirigía una mirada fulminante.

—Escucha perfectamente —respondió Dreyson sin parecer ofendido—. Solo tiene un problema con la traquea que le impide hablar.

Marianne recordó las huellas de dedos que le había visto el día de la reunión de padres cuando intentaba acomodarse la bufanda. Tampoco habían visto ninguna señal que delatara la presencia de su padre en la casa, y considerando la forma en que había hablado sobre el suyo… No, no quería sacar conclusiones tempranas. Mejor se enfocó en la investigación.

Eventualmente la madre de Dreyson volvió a salir de la cocina llevando un plato lleno de galletas recién horneadas y bebidas a pesar de que Dreyson no las tocó y tan solo respondía con movimientos de cabeza cada que su madre le decía algo en señas.

Addalynn tampoco tocó las galletas, pero sí aceptó una taza de té, como un estereotipo británico. Dreyson la observaba fijamente a través de sus gafas, apenas escudado por su cabello, y si ella se daba cuenta, trataba de no demostrarlo. Para cuando la madre de Dreyson volvió a salir de la cocina, ella se puso de pie, manteniendo su postura derecha y cabeza en alto.

—¿Podría indicarme dónde está el baño, por favor? —preguntó y la mujer le hizo señas hacia la estrecha escalera saliendo del comedor, así que ella agradeció con un movimiento de cabeza y volteó hacia Vicky—… Givicha.

Vicky reaccionó distraída y confusa hasta entender que quería que la acompañara.

—Ehm… con permiso, no tardamos —dijo ella riendo avergonzada mientras seguía a Addalynn por las escaleras. La mujer permaneció de pie en medio del comedor con una sonrisa como si estuviera esperando a que le dijeran si necesitaban algo más.

—Las galletas estuvieron muy ricas —fue lo único que se le ocurrió decir a Marianne con incomodidad, y la mujer hizo una leve inclinación de agradecimiento. De pronto volvió a enderezarse como si recordara algo, y con rápidas señas subió también las escaleras. Marianne trató de enfocarse en el libro que tenía enfrente, hasta que finalmente decidió apoyar los brazos sobre él—… Bien, si tanto estás empecinado en “llamar la atención”, quizá deberías pensar en hacer pequeños cambios. No me refiero tipo las revistas que estabas mirando. Solo… no sé, quizá podrías deshacerte de los lentes y usar contactos —sugirió Marianne y el muchacho le dedicó una mirada suspicaz.

Ella temió que se le ocurriera preguntar si su repentino interés en aconsejarlo tenía algo que ver con lo ocurrido el día anterior… porque no era así. Ni siquiera le importaba; y francamente no sabía por qué de pronto había surgido aquel pensamiento en su cabeza. Dreyson, sin embargo, se limitó a encogerse de hombros y a esbozar una sonrisa reservada.

—…Tal vez lo haga o no. Supongo que ya veremos.

Vicky y Addalynn regresaron un momento después para continuar con la investigación, pero fueron interrumpidos de nuevo minutos después cuando la madre de Dreyson bajó llevando un grueso libro de cubierta de cuero que colocó encima de la mesa para que las chicas pudieran verlo. Había fotografías en cada una de las hojas. Un álbum familiar.

—¿…Qué estás haciendo? —dijo Dreyson en el tono más frío posible y su madre alzó la vista con ojos temerosos.

—¡Oh, está bien! ¡No se preocupe! ¡Me encanta ver álbumes de fotos! —expresó Vicky para tranquilizar a la mujer y ella volvió a sonreír, comenzando a pasar las páginas con varias fotos de ella con un bebé Dreyson. Había fotos de él conforme iba creciendo hasta llegar a ser un niño retraído de lentes y regordete, que parecía esconderse de la cámara—. ¡Wow! Debiste perder bastante peso —dijo en cuanto llegaron a sus fotos ya de adolescente, que no debían ser de mucho tiempo atrás. Conservaba el sobrepeso de la infancia, que junto a los enormes lentes y el cabello prácticamente en la cara, le daban un mayor aspecto de marginado. Quizá esa era la razón por la que su guardarropa resultaba unas tallas más grandes. Dreyson, sin embargo, no respondió nada, simplemente se puso de pie y se alejó de ahí, dejando a su madre con expresión preocupada—. ¡Usted no se preocupe! Es completamente normal que los chicos se sientan avergonzados cuando alguien trae a colación sus fotos de infancia. No se dan cuenta de lo adorable que puede ser.

Entre las últimas páginas del álbum había una foto con un hombre de aspecto duro e intimidante a un lado de Dreyson de niño, el cual tampoco parecía a gusto en la foto, como si temiera alguna represalia después de esta. La mujer enseguida cerró el álbum y se lo llevó bajo el brazo sin borrar su sonrisa, como si tuviera que marcharse de improvisto, subiendo rápidamente las escaleras.

—…Qué raro, ¿no? —comentó Vicky y aunque Marianne no dijo nada, supuso que aquel hombre debía tratarse del padre de Dreyson. Unos minutos después, el chico regresó, pero en vez de tomar asiento, permaneció de pie.

—No podremos continuar por hoy. Tendrán que irse —dijo él y aunque las chicas se miraron confundidas, comenzaron a recoger todo.

—Al menos avanzamos bastante. Quizá a la próxima podamos reunirnos en tu casa —dijo Vicky dando como siempre una nota de positivismo, aunque Marianne tembló ante la idea. Al salir de la casa, el mismo taxi que las había llevado ya estaba en la puerta.

Les pareció algo extraño, pero se subieron al auto y se marcharon. Llegaron al Retroganzza minutos después, donde ocuparon su mesa usual en silencio mientras esperaban a que llegaran los demás.

—Bueno, pues… quién lo diría, ¿no? —dijo Vicky por fin mientras jugueteaba con sus manos enguantadas.

—¿De verdad no tenían idea de quiénes éramos nosotros? —preguntó Marianne, y aunque Vicky negó con la cabeza, Addalynn se mantuvo impávida. Sostuvo su mirada por un par de segundos antes de enfocar la vista en la ventana, haciéndole sospechar que quizá ella sabía más de lo que estaba dispuesta a admitir—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Adelante, estamos en confianza.

—¿Por qué atacaste a De…? —enseguida se detuvo antes de decir su nombre, incluso Addalynn volvió la vista de la ventana para mirarla, así que se corrigió inmediatamente, recordando el nombre que le había escuchado mencionar alguna vez al demonio que le servía—… a Death Angel.

El rostro de Vicky se ensombreció y se mostró más serio de lo usual.

—…Porque es un demonio —respondió como si fuera la única razón válida para ella y Marianne arrugó el entrecejo, tratando de comprender de dónde provenía tanta animosidad. Vicky dio un suspiro, consciente de que tendría que dar una explicación más detallada—… El día que papá murió, tuve una pesadilla… o al menos eso quería pensar que era. Vi que era atacado por un demonio de ojos rojos, despojándolo de esa esfera brillante que creo que ustedes llaman don, y finalmente lo vi caer al vacío. Desperté tan perturbada y preocupada que me introduje a escondidas a la oficina de nuestra directora para llamar a casa, pero nadie contestó… Esa fue la segunda señal de que algo iba mal. Entonces hablé con Addalynn y ella me confirmó mis peores sospechas pues también lo había visto: no se trataba de un sueño sino de un ataque ocurrido al otro lado del mundo, y no había nada que pudiéramos hacer al respecto.

—¿Quieres decir… que también podían sentir cada vez que se producía un ataque de este lado? —interrumpió Marianne sorprendida ante aquel dato.

—Oh, sí. Pero como dije, no había nada que pudiéramos hacer. No teníamos forma de transportarnos como lo hacen ustedes, ¡es en verdad increíble!

—¿Estás diciendo… que para entonces ustedes ya sabían lo que eran? —volvió a preguntar Marianne y Vicky asintió varias veces.

—Pudimos sentir varios ataques más… pero ninguno tan intenso como el de mi padre —prosiguió ella, entristeciendo al recordarlo—. Cuando recibí la llamada de mi hermano al día siguiente… sentí que moriría. Él era lo único que nos quedaba… y todo por culpa de ese demonio. —Lo dijo con tanto resentimiento que Marianne se estremeció—… Así que esa es la razón. No sé cómo pueden confiar en ese demonio ni de qué forma han llegado a aliarse con él. Pero yo no confío. Y ustedes tampoco deberían.

Se quedaron en silencio por varios segundos, Marianne pasando la mirada de ella a Addalynn, sin saber qué decir. No podía imaginarse lo que estaría sintiendo Demian en esos momentos. La única familia que le quedaba en el mundo y lo odiaba sin saberlo. Tenía que ser muy duro para él.

La puerta se abrió de golpe con el tintineo de las campanas anunciando la llegada intempestiva de alguien. Lilith entró corriendo sin aliento, con el rostro colorado tras haber corrido varias calles sin parar.

—¡Lo siento, me dormí! ¡Llego tarde, pero prometo compensar con horas extras! —exclamó ella entre resuellos de cansancio y se detuvo al ver a Marianne sentada en la mesa de siempre con las otras dos chicas. Simplemente dijo un torpe “Hola” para a continuación lanzarse hacia la cocina en busca de refugio.

—…Ahora que ha quedado claro que somos del mismo bando, ¿podría saber por qué ella me odia? —preguntó Vicky.

—¡No te odia! —replicó Marianne, aunque tampoco podía explicar por qué se comportaba de esa forma frente a Vicky.

—¡No diré nada, lo juro! Solo quiero saber si dije o hice algo que la ofendiera, no sé. Necesito una razón.

—¿Qué importa si no le agradas? No puedes gustarle a todo el mundo —dijo Addalynn con un girar de ojos, como si fuera una tontería preocuparse por ello.

—¡Pero puedo hacer el intento!

Los demás fueron llegando a la cafetería en los siguientes minutos, ocupando los asientos disponibles, así como tomando sillas adicionales alrededor de la mesa. Para cuando ya estaban todos reunidos, la cafetería cerró e incluso el otro mesero fue enviado a casa a pesar de su mirada recelosa.

—Bien… ¿por dónde empezamos? —dijo Vicky una vez que estaban todos reunidos.

—Creo que podrían empezar por decirnos desde cuándo saben lo que son.

—Pues… ¿qué será? ¿Unos cuatro meses o algo así? —Vicky volteó dudosa hacia Addalynn por confirmación, aunque ella no abrió la boca.

—¿Cómo fue que lo supieron? ¿Quién les dijo?

Vicky miró nuevamente hacia Addalynn, esperando su permiso para continuar y tras su señal, finalmente respondió.

—Ella me lo hizo saber. Fue durante un concierto de Lissen Rox. Me escapé de la escuela ya que tenía unos pases especiales para estar entre bastidores y ahí me encontré con Addalynn por primera vez —relató ella mientras los demás observaban incrédulos a Addalynn de reojo. De todas las personas que pudieran ser admiradoras de Lissen Rox, ella era a la que menos se imaginaban siéndolo—. Parecía tan misteriosa, como si estuviera esperando algo, y no me quitaba la vista de encima. Todo ocurrió demasiado rápido. Escuché gritos, gente corriendo. No entendía lo que estaba pasando. Me sostuve de una viga, pero de pronto esta comenzó a desplomarse y Addalynn me salvó. Dijo que teníamos trabajo que hacer y no entendía al principio de qué hablaba, pero entonces se transformó ante mí. Fue como presionar un botón que encendió una especie de maquinaria en mí, algo que había estado en desuso durante toda mi vida y por fin descubría que funcionaba. Llegamos hasta la zona de los camerinos y una vez dentro descubrimos a un sujeto con un traje que parecía hecho de un material oscuro como brea, y más que piel parecía estar tallado en hueso. Sujetaba a Lissen Rox de la camisa y le gritaba algo como “Debes saber de alguna” o algo así; el pobre estaba aterrorizado, no dejaba de decir que no sabía de qué hablaba. Había otro ser con la piel pálida y los ojos negros como si tuviera las pupilas completamente dilatadas, y en cuanto nos vio, nos señaló y gritó “¡Ahí!”. Nunca había estado tan asustada en mi vida, pero solo con ver a Addalynn peleando con tanta seguridad me dio el valor para seguir su ejemplo. Logramos ahuyentarlos y aquella fue mi primera experiencia como Angel Warrior. Fue en verdad increíble.

—¿Lo atacaron? —intervino Marianne con el ceño fruncido—. Pero eso no es posible; ya lo habían hecho antes y no poseía el don que buscaban, ¿por qué iban a hacerlo otra vez?

—Nunca vimos que les arrebataran esfera alguna —respondió Vicky, encogiéndose de hombros—. Ni siquiera sé para qué sirven en sí los dones.

Los chicos intercambiaron miradas de desconcierto. Si no eran los dones los que habían estado buscando los demonios con los que ellas se toparon, ¿entonces qué?

—Nos has dicho cómo supiste que eras una Angel Warrior —dijo Samael, mirando a continuación a Addalynn—… pero hasta ahora no sabemos cómo fue en tu caso.

Los demás esperaron callados a que la chica respondiera, pero ella tan solo volteó inexpresiva hacia Samael.

—Es información confidencial.

No podían creer la tranquilidad con la que se negaba a responder a sus preguntas y a Vicky tan solo se le ocurrió echarse a reír en un intento por relajarlos.

—Lo mismo viene diciéndome a mí todo este tiempo. No se lo tomen personal.

—Entiende que necesitamos saberlo —insistió Marianne—. ¿De otra manera cómo confiaremos en ustedes?

—Yo no necesito preguntarles cómo descubrieron lo que eran para reconocerlos por lo que son —replicó Addalynn con voluntad inquebrantable—. Si ustedes deciden no confiar en nosotras a pesar de todo, entonces no tenemos nada más que hacer aquí. —Se puso de pie de golpe y Vicky rápidamente intentó apaciguar las cosas.

—¡Espera, tranquila! ¿Por qué no intentamos calmarnos un momento y comenzamos de nuevo? Hola, somos Vicky y Addalynn y somos Angel Warriors como ustedes. ¿Nos aceptan en su equipo?

Addalynn le dirigió una mirada dura y volvió a sentarse con los brazos cruzados en posición intransigente.

—No necesitan nuestra aprobación para unírsenos pues también son Angel Warriors —dijo Samael para llegar a un acuerdo—. Ninguno de nosotros escogió serlo, somos parte del mismo equipo, les guste o no a algunos al principio.

—Nunca lo dejará pasar —espetó Frank con un bufido y meneando la cabeza.

—El caso es que cargamos con la misma responsabilidad —continuó Samael, ignorando el comentario de Frank—. Cómo hayan descubierto lo que son, aunque intrigante, es circunstancial. Lo importante es que nos mantengamos unidos en nuestra misión: defender a la humanidad de la amenaza que representa la Legión de la Oscuridad.

—Y es por eso precisamente que no me queda claro por qué colaborarían con un demonio —replicó Vicky a lo que Frank respondió con otro bufido.

—Es lo mismo que yo he estado diciendo todo este tiempo, pero viniendo de quien viene lo vuelve todavía mejor —dijo Frank con aire satisfecho a pesar de la mirada de reproche que le dedicó Lucianne.

—Él ha cortado lazos con la Legión de la Oscuridad —dijo Marianne de la forma más somera posible—. No es como el resto de los demonios a los que nos hemos enfrentado.

—¿En serio? Porque yo no consigo ver la diferencia.

—Es… complicado. Mejor no hablemos de eso en este momento —dijo Marianne, prefiriendo cambiar de tema—. Dicen entonces que los demonios a los que se enfrentaron no buscaban los dones. ¿Qué querían entonces?

—No tenemos idea —respondió Vicky con otro encogimiento de hombros—. Simplemente atacaban a alguien, nosotras peleábamos y se marchaban.

Aquello no tenía sentido y todos lo sabían. Los demonios siempre estaban en busca de algo que pudiera serles de provecho. Aquellas personas debían tener algo en común si no estaban interesados en sus dones y tenían que establecer un patrón.

—¿Recuerdan a esas personas? ¿Podrían elaborar una lista para nosotros? —preguntó Samael cada vez más intrigado.

—Creo que podríamos trabajar en una cuando volvamos a casa —accedió Vicky tras buscar con los ojos la aprobación de Addalynn.

—Tú puedes crear relámpagos —dijo Marianne y Addalynn le devolvió la mirada sin decir nada y a continuación volteó hacia Vicky—. Y tú puedes modificar la estructura molecular de las cosas.

—¿Llegaron a vernos?

—Tenemos un video grabado a distancia —dijo Lucianne, sacando su celular.

Vicky extendió la mano para tomarlo y poder así ver la pantalla más de cerca mientras Marianne observaba sus manos con atención.

—¿Es por eso que siempre usas guantes? —preguntó ella y Vicky pareció crisparse levemente, dejando el celular sobre la mesa y comenzando a frotarse las manos con nerviosismo. Se quitó entonces uno de los guantes, moviendo los dedos con anticipación hasta acercarlos cuidadosamente hacia el servilletero con forma de rockola que adornaba el centro de la mesa. Al menor contacto, este comenzó a cambiar su estructura de forma automática y virulenta, como si sus moléculas se reprodujeran en mayor cantidad creando ramificaciones. Fue apenas un par de segundos y en cuanto apartó la mano, las modificaciones se detuvieron y ella volvió a ponerse el guante rápidamente.

—No lo puedo controlar aún. Empezó ese mismo día en que conocí a Addalynn. Los guantes me ayudan a contenerlo.

—¿Quiere decir que si tocas a alguien sin los guantes podrías llegar a deformarlo? —preguntó Frank con los ojos llenos de mórbida curiosidad.

—¿Incluso si se llega a tener contacto con cualquier parte de tu piel?

—Oh, no, por alguna razón solo se concentra en las manos.

—Entrenen con nosotros —sugirió Samael—. Quizá podamos ayudarte a controlarlo.

—¿En serio? ¡Sería fantástico! —Vicky sonrió, entusiasmada ante la idea.

—¿Y tú? —preguntó Marianne, volteando hacia Addalynn que no parecía muy conforme—. ¿Piensas entrenar con nosotros también?

—…Si no me queda otro remedio —respondió ella con total desinterés.

—¡Vamos! Para eso vinimos, ¿recuerdas? Teníamos que encontrarnos con los demás, tú misma lo dijiste —espetó Vicky y la chica le dedicó una mirada aguda como si hubiera hablado de más, pero ante su incapacidad de darse cuenta de ello, se limitó a poner los ojos en blanco y volver la vista hacia la ventana.

—…Como sea.

Aquello pareció cerrarlo; habían finalmente llegado a un acuerdo a pesar de no haber conseguido todas las respuestas que necesitaban. Al menos Addalynn no se había negado del todo como creían que lo haría.

 

La mañana del lunes pareció transcurrir con normalidad. La locura de los clubes había quedado atrás y ahora las clases podrían volver a su curso usual. El nuevo club que Vicky había propuesto finalmente fue aceptado, por lo que ella no cabía de la emoción, y aunque Kristania también había contribuido, no parecía tan entusiasmada. De hecho, tenía una cara que recordaba más a la antigua Kristania (o la verdadera, como Marianne la consideraba) que al avatar que se había estado creando últimamente. Miró de reojo a Addalynn con amargura al llegar, tras lo cual, tomó aliento y comenzó a saludar a todo mundo con la sonrisa más forzada que se le hubiera visto.

Las cosas pintaban para ser un día ordinario, como una mañana cualquiera, hasta que la puerta se abrió y entró un muchacho que nunca antes habían visto.

Se hizo el silencio total en el salón y fijaron su atención en el recién llegado que se había detenido justo al frente y recorría el lugar con la mirada, como si fuera un nuevo profesor analizando a sus estudiantes, de no ser porque él también portaba uniforme. Muchas de las chicas comenzaron enseguida a acomodarse en sus asientos, arreglarse el cabello y a mirar interesadas al que parecía ser un nuevo compañero de clases (y uno muy guapo, de acuerdo con los murmullos). El chico continuó recorriéndolos con la mirada hasta detenerse en Marianne y de pronto sus labios se curvaron en una sonrisa torcida.

—¿…Lo conoces? —susurró Angie discretamente por delante de ella.

—¡Nunca lo había visto! —musitó Marianne frunciendo el ceño, pero al volver a mirar al muchacho, le pareció reconocer aquel esbozo de sonrisa y la mochila que llevaba al hombro. Luego posó su mirada sobre Addalynn, que contrariamente a su indiferencia de siempre, también le dedicó una mirada de recelo. Fue entonces que Marianne abrió más los ojos y poco le faltó para abrir también la boca ante el asombro—… Oh, por dios, es Dreyson.

El salón entero se llenó de murmullos en cuanto comenzó a circular aquella información. Nadie podía creer que el desgarbado y desaliñado muchacho de enormes lentes y el cabello sobre el rostro fuera aquel chico de pulcra apariencia, irguiéndose en toda su altura con la cabeza levantada como si mirara a todos hacia abajo. El cabello ya no le ocultaba la cara y los lentes habían desaparecido, dejando al descubierto un atractivo rostro de facciones que parecían esculpidas en mármol y unos ojos castaños que, ahora que ya no estaban magnificados por los lentes, parecían más oscuros e intensos todavía. Sus hombros ya no se encorvaban hacia el frente, sino que ahora se mantenían en perfecta alineación con el resto de su cuerpo, haciéndolo lucir imponente. Se reacomodó la mochila al hombro y comenzó a caminar entre los escritorios con la cabeza en alto, ignorando las miradas estupefactas de los demás. Addalynn se mantuvo inmutable cuando llegó a la altura de su escritorio, dedicándole una mirada insondable, y en vez de detenerse en el asiento detrás de ella, cruzó hacia la siguiente hilera de asientos, sentándose en el último escritorio libre justo a un lado del de Marianne. Ella le lanzó una mirada ceñuda y confusa mientras el resto del salón seguía observándolo como si nunca hubieran visto nada parecido, pero el pasmo fue roto por el primer profesor del día, que entró tan de improvisto que la mayoría de los chicos saltó prácticamente en sus asientos.

—¿…Qué crees que estás haciendo? —musitó Marianne una vez que ya no tenía las miradas encima.

—Tomo asiento, ¿qué parece? —replicó Dreyson con tono divertido. Parecía estársela pasando bastante bien con aquella situación y es que pasar de ser la burla del salón a llamar la atención de tal manera no era para menos.

Marianne entornó los ojos con recelo y decidió dejarlo así por el momento para atender a la clase. Tendría su primera práctica de esgrima ese día y necesitaba estar concentrada y mentalizarse de que sería la única chica en el equipo; no tenía tiempo para ocuparse del drástico cambio de imagen de Dreyson.

—¡Qué cambiazo, ¿no?! —susurró Lilith cuando la clase había terminado. Dreyson se había puesto de pie y caminado hacia la puerta bajo las miradas incrédulas de sus compañeros. Una vez fuera del salón, empezaron los cuchicheos.

—Solo cambió su peinado y se quitó los lentes, no requirió de gran cosa. —Marianne parecía poco impresionada mientras acomodaba sus cosas.

—¡Pero si parece otro! Incluso su uniforme luce elegante y con estilo.

—Las maravillas de la postura y las tallas a la medida.

—¿Creen que lo haya hecho para llamar la atención de Addalynn? —preguntó Angie bajando la voz.

—Si fue así, dio resultado. Al menos sí que lo miró esta vez —dijo Lilith.

Marianne comenzó a encaminarse a la puerta una vez guardadas sus pertenencias.

—…Las veré más tarde; primer día de esgrima.

—¡Ah, espera! —Vicky la detuvo antes de que llegara a la puerta—. Ya que verás a mi hermano, ¿podrías decirle que nos espere en la cafetería? Tendremos nuestra primera reunión con la señorita Anouk para delinear las primeras actividades del club. Ha estado de un humor muy volátil en estos días. No sé, creo que se siente avergonzado por lo del otro día y por eso ha estado evitándonos.

—…Lo haré si se da la oportunidad —respondió Marianne con vacilación, tratando de no detenerse para que no le pidiera algo más. Sospechaba que la razón de que estuviera evitándola era más que nada por el desprecio que Vicky había mostrado por él en su forma de demonio.

—Tardaste en salir. —Marianne dio un respingo al escuchar aquella voz al salir del salón. Dreyson estaba apostado en la pared como si esperara a alguien y se enderezó enseguida para caminar a su lado—. Vamos.

—Espera, ¿qué? —Ella contrajo el ceño en una expresión entre confusa y desconfiada—… ¿Qué es lo que te propones?

—Ir al club de esgrima. ¿O lo has olvidado?

Marianne continuó observándolo con recelo antes de reanudar la marcha con él caminando a su lado despreocupadamente.

—No pareces impresionada —comentó él mientras pasaban por el auditorio.

—¿Por qué debería?

—Los demás no podía quitarme los ojos de encima cuando entré al salón.

—Supongo que has de estar orgulloso de ello, si eso es lo que querías.

—Dijiste que un cambio no me vendría mal, no entiendo por qué estás molesta.

Marianne se detuvo ante la puerta del gimnasio y volteó con el gesto endurecido.

—¿Por qué te sentaste junto a mí? ¿Por qué decides de pronto que me acompañarás al club de esgrima? ¿Cuáles son tus intenciones?

—Creí que éramos amigos.

Aquella aseveración la desarmó momentáneamente; quizá estaba dándole demasiadas vueltas, después de todo, ella era la única que se había tomado la molestia de tratar de una forma u otra con él antes de su “evolución” y repentino brote de confianza (aunque tenía la impresión de que ya desde antes le sobraba la confianza, solo que su nueva imagen la había acentuado). Dio un suspiro y giró los ojos para descartarlo.

—…De acuerdo, ya, entremos de una vez. —Empujó la puerta y los miembros del club ya estaban dentro, además de las nuevas adiciones.

Se escucharon los susurros usuales, incluyendo algún “¡Una chica!” como si no hubieran visto una en su vida, y Demian los observó desde una de las bancas.

—Adelante. Estamos por iniciar la plática de introducción para los nuevos —anunció el entrenador, haciendo señas para que tomaran asiento en las gradas. Marianne tomó aliento para armarse de valor ante la sala llena de chicos cuando la puerta volvió a abrirse.

—¡Lo siento! ¿Llego tarde? Tenía que resolver antes un asunto.

Marianne volteó incrédula. Kristania estaba de pie frente a la puerta y en cuanto sus miradas se encontraron, sonrió con un cariz de triunfo.

—¿Qué haces aquí?

—Pues resulta que decidí también unirme al club así que seremos compañeras, ¿no te da gusto? —respondió ella sin borrar aquella sonrisa que guardaba más parecido a la antigua Kristania que Marianne conocía muy bien—. Así ya no tendrás que preocuparte por ser la única chica del club.

—¿Ah, sí? ¿Lo hiciste por mí? Mira, qué amable eres —replicó Marianne, estrechando los ojos, aunque Kristania parecía ignorar a propósito su sarcasmo y le echaba un vistazo a Dreyson de pies a cabeza.

—…Nada mal. Me pregunto si te inspiraste en alguien —comentó ella con un brillo malicioso en la mirada, aunque él no respondió ni le dirigió una sola mirada. El entrenador volvió a insistir en que entraran.

Pronto se dividieron en dos grupos: los miembros antiguos que se dedicaron a practicar en un extremo de la pista mientras los nuevos escuchaban instrucciones del entrenador con la ayuda de Lester, que por el momento le era imposible entrenar con sus demás compañeros. Le proporcionaron a cada uno un florete de práctica y comenzaron a enseñarles los movimientos básicos.

—Esto es aburrido. ¿Cuándo haremos lo mismo que ellos? —dijo Dreyson, señalando con la cabeza hacia los chicos más experimentados en plena práctica.

—No esperarás estar listo para un enfrentamiento sin saber siquiera los movimientos básicos. Tienes que ser paciente —espetó Marianne mientras seguía las instrucciones del entrenador, blandiendo el florete hacia el frente para luego volver a su posición en guardia.

—Podría arreglármelas.

—Creo que tienes una confianza desbordada; la nueva imagen no te hace invencible, ¿sabes? —le increpó Marianne y él se rió.

—Quizá sea de rápido aprendizaje y solo necesite una oportunidad para demostrarlo.

—¡Oh, por dios, habla! —dijo Kristania de pronto, acercándose por medio de desplazamientos, llevando el florete por delante—. En serio, es como si lo hubieran raptado alienígenas y enviado un usurpador de cuerpos en su lugar. ¿Estás seguro de que eres el mismo chico con pinta de nerd que nunca hablaba? Porque me resultaría más fácil creer que tienes un gemelo guapo que ha tomado tu lugar.

Marianne le lanzó una mirada de amonestación y aunque Dreyson no respondió, la forma en que la miró tampoco fue agradable.

—¡Oh, tranquilo, solo bromeo! Soy completamente inofensiva —repuso Kristania y Marianne se limitó a contraer el ceño, recordando el día que la había empujado a un lago y estuvo a punto de ahogarse. De pronto Kristania pegó un grito y se encorvó hacia delante, llevándose las manos a la cara y dejando caer su florete al suelo.

—¡Lo siento! ¡Se me resbaló de la mano! —dijo un muchacho, acercándose a toda prisa y recogiendo un florete que había caído a los pies de Kristania. El entrenador se acercó a ver qué ocurría y ella alzó el rostro, revelando un pequeño corte en la mejilla izquierda.

—No es nada serio. Con desinfectar la herida y una gasa es suficiente. Que alguien la lleve a la enfermería —dictaminó el entrenador y el muchacho que había soltado el florete se ofreció a acompañarla mientras ella parecía furiosa, repitiendo frases como “No es justo” y “¿Por qué yo?”.

Marianne siguió su trayecto con la mirada, notando que también Demian observaba todo desde el otro extremo, y cuando sus miradas se cruzaron, ella la desvió rápidamente, escuchando algunos comentarios dispersos como “Es por eso que no tenemos chicas en el club” y sus variantes. Si él pensaba que ella lo había hecho como otras veces, no podía hacer nada al respecto, lo único que le quedaba era seguir practicando sus movimientos.

Cuando la práctica terminó y todos iban saliendo del gimnasio, Marianne echó un nuevo vistazo hacia Demian, que permanecía en una de las bancas más alejadas, acomodando su bolsa de deportes en silencio.

—Vamos —dijo Dreyson y ella le dirigió una mirada confundida—. Aún hay clases.

—Sí, eh… yo tengo aún algo que hacer, adelántate —sugirió ella con un movimiento de la mano y mirando de nuevo el punto donde estaba Demian. El muchacho siguió la dirección de su mirada y sin decir nada se dio media vuelta y salió de ahí como todos los demás hasta que el gimnasio se vació. Solo entonces ella tomó aliento y se acercó hacia las bancas donde él continuaba acomodando su bolsa, inmerso en sus propios pensamientos, pero en cuanto sintió que alguien se acercaba, levantó la mirada, lo cual le dificultó por un momento el pensar en las palabras para abordarlo—. Eh… Vicky me pidió que te dijera… que la esperes en la cafetería después de clases. Saldrá un poco más tarde por una reunión o algo así.

—…Ah. Gracias por avisarme —respondió Demian, intentando sonreír, y ella enseguida se dio la vuelta para marcharse, pero tan solo dio unos pasos y se detuvo. ¿Por qué estaba actuando así? Eran amigos después de todo y en esos momentos debía estarla pasando mal con todo el asunto de Vicky. Así que giró nuevamente sobre sus talones y regresó, sentándose a su lado ante su mirada sorprendida.

—Bueno, pues… ¿quién lo iba a decir? Que tanto Vicky como Addalynn resultaran ser como nosotros. —Demian no respondió, continuó observándola fijamente, lo cual únicamente la intranquilizaba más—…Tu hermana y la chica que te gusta. —Él hizo el amago de decir algo, pero ella continuó—. No deberías preocuparte. Estoy segura de que en cuanto Vicky sepa la verdad cambiará de opinión. Ella lo entenderá, después de todo eres su adorado hermano.

—¿De verdad lo crees?

—Por supuesto. Hasta ahora solo ha visto una cara de la moneda. Claro, será algo difícil para ella al principio, como lo fue para todos. Pero estoy segura de que al final acabará aceptándolo… Incluso hasta Addalynn parece entenderlo, que ninguno de nosotros puede intervenir en esto. Tienes que ser tú el que se lo diga.

—…Sí. Eso lo sé, pero no tengo idea de cómo iniciar el tema. Sigo aún demasiado contrariado con todo este asunto como para pensarlo.

Marianne se animó por fin a mirarlo. Sus ojos estaban ahora fijos en el piso y notó cómo se frotaba la muñeca como si fuera una especie de tic adquirido del que no se daba cuenta aún.

—Ya pensarás en algo. No te atormentes por ello —dijo ella, dando un suspiro, sintiéndose de pronto más liviana, más tranquila de haber por fin hablado con él.

Demian volvió a mirarla de reojo y pensó que era el momento oportuno para esclarecer el asunto de Addalynn, así que se aclaró la garganta.

—Con respecto a lo que dije… ese día…

—Ah, sí. Vaya sorpresa —se adelantó Marianne antes de que terminara de hablar—. Es decir, es la primera vez que admites públicamente que te gusta alguien; naturalmente causó un impacto… Pero me da gusto que lo hicieras. —Sonrió al decir esto último mientras Demian, por el contrario, parecía más confundido que nunca.

—¿…Te da gusto?

—Sí, bueno, es que… seguramente te parecerá una locura, pero… a Lilith se le había metido una idea completamente ridícula a la cabeza —repuso Marianne, dando otro suspiro ahora que por fin podría quitarse ese peso de encima—. Ella estaba convencida de que yo… bueno, pues que yo te gustaba. —Intentó disimular el rubor al hablar de ello, fijando la atención en sus pies y riendo nerviosamente—. ¿Puedes creerlo? No sé cómo se le pudo haber ocurrido. Pero lo peor de todo es que… por un momento llegué a considerar la posibilidad que fuera verdad… y no supe cómo reaccionar. La idea me aterraba… y por eso te interrumpía cada vez que creía que las absurdas suposiciones de Lilith podían volverse realidad. Es gracioso y a la vez vergonzoso ahora que lo pienso en retrospectiva. —El rostro de Demian se mantuvo inexpresivo, tan solo la observó fijamente mientras ella hablaba—… Pero ya no debo preocuparme por eso ahora que has revelado quién te gusta en realidad… Bueno, también demuestra que nunca debí preocuparme en primer lugar, ¿cierto?

—…Ya veo —dijo él finalmente tras varios segundos en silencio—. Así que esa era la razón. —Se detuvo otro instante a pensar qué más podía decir hasta forzar una sonrisa—. Supongo entonces que puedes volver a actuar como siempre.

Marianne respondió a su sonrisa con otra para reforzarla y se puso finalmente de pie tras consultar su reloj.

—Bueno, debo regresar a clases. Nos vemos luego. ¡Y no te preocupes por Vicky!

—El chico con el que llegaste… ¿es nuevo? —preguntó él antes de que se fuera.

—¿Dreyson? No, ya lo conociste; es nuestro compañero de equipo. Solo tuvo un cambio de imagen. —Demian ya no dijo nada mientras Marianne salía de ahí y una vez fuera del gimnasio, Dreyson le salió al paso sobresaltándola—. ¿Qué crees que haces?

—Esperé a que salieras —respondió él como si nada.

Ella dio un resoplido, pero decidió ignorarlo y continuar su camino, seguida por él. Demian salió segundos después y los observó alejarse, frotándose inadvertidamente la muñeca hasta darse cuenta y soltarse de inmediato, advirtiendo no solo que la cicatriz estaba enrojecida, sino que un hilillo de sangre brotaba de ésta. Aturdido, prefirió meter las manos a los bolsillos y volvió a levantar la vista hacia ellos antes de desaparecer de ahí en medio de una cortina de humo negro.


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