Capítulo 12

12. SIMÓN DICE

 

Franktick aguardaba desde temprano a la entrada de la escuela para poder ver cada que llegara alguien. Tenía las manos en los bolsillos y movía impaciente el pie con la vista clavada en la puerta hasta que finalmente entró quien esperaba, así que se deslizó con rapidez para apartarlo del camino y de cualquier mirada indiscreta.

—¡¿Qué dem…?! ¿Quieres dejar de actuar como un maldito ninja? ¡Un día de estos alguien va a responder con la misma rapidez y no te va a gustar! —protestó Mitchell, arreglándose la solapa del uniforme.

—Deja los lloriqueos para después. ¿Practicaste con la foto que te di? No podemos arriesgarnos a que cometas un error en plena reunión con el director.

—Eh… no voy a decir que no lo intenté, pero… hay un pequeño problema —respondió Mitchell, tomando aliento y realizando un movimiento con las manos similar al que hacía cada que creaba una capa neutra.

—¿…Eso qué? ¿Qué significa? —preguntó Frank imitándolo y Mitchell señaló por encima de ellos, espacio en el que Frank no vio nada más que el techo, devolviéndole a continuación una mirada confusa a su primo, como si hubiera enloquecido.

—Nada. Precisamente eso. No ocurrió nada, ¿entiendes? Mi poder ha desaparecido.

El don que el demonio de humo se había llevado. Así que de ese se trataba. Frank se pasó las manos por la cara en un ademán desesperado.

—¿…Cómo puedes estar tan tranquilo? ¡Ese demonio te dejó sin poderes!

—Pues no hay mucho que pueda hacer, ¿o sí? Además, que yo recuerde, fue tu brillante plan el atraerlo de esa forma. Si no te hubiera escuchado quizá hoy podría haberte ayudado, pero ya ves, el karma actúa de maneras misteriosas.

Frank le dedicó una mirada de inquina, pero no dijo nada y comenzó a encaminarse a paso firme hacia el área administrativa.

—¡Hey! ¿Qué vas a hacer?

—Tendré que hacer esto por mis propios medios ya que fuiste de tanta ayuda.

—¡Lo dices como si yo lo hubiera planeado así! ¿Cómo iba a saber siquiera la clase de don que poseía?

Pero Frank no escuchaba, ya se había introducido a la oficina de control escolar para intentar hablar con el director. No lo consiguió, pero se enfrascó en una discusión con el responsable del área.

—Tiene que haber una forma de evitar esa materia o tomarla con algún otro maestro, o simplemente darme de baja de ella y realizar algún examen de regularización al finalizar el semestre o el año, no sé.

—Lo siento, no puedes posponer materias, vienen en paquete completo.

—¡Pero es que de todas formas estoy condenado a reprobar esa materia me esfuerce o no! —insistió Frank, esforzándose por no explotar como acostumbraba.

—¡Qué tal, señor Krunik! Pero qué sorpresa encontrarlo por aquí. —Frank se puso rígido al escuchar la voz y con un vistazo de reojo vio al profesor de biología saliendo de una de las oficinas con su chaqueta de tweed y una valija bajo el brazo—. Espero que no esté teniendo problemas, sería una lástima que se perdiera la clase que tengo preparada para hoy. ¿Puedo contar con su siempre distinguida presencia o tendré que pensar qué otro uso darle a su escritorio esta semana?

Frank no respondió, simplemente se dio media vuelta y salió de ahí con las manos empuñadas y el rostro contraído en un tenso gesto de rabia.

—Hola, ¿qué hacías en las oficinas de control escolar? —preguntó Lucianne justo cuando pasaba por las oficinas. No pasaron ni diez segundos cuando la puerta volvió a abrirse y el profesor de biología salió a continuación.

—Señorita Fillian —dijo él a modo de saludo—. Espero que no entre tarde a la clase de hoy; sería una lástima que alguien con su potencial lo viera desperdiciado en malas compañías, a su padre no le agradaría escuchar algo así.

Frank se tensó aún más si era posible, músculos y tendones abultándose bajo su piel y conteniéndose únicamente por la presencia de Lucianne, que lucía confundida, y no fue hasta que el profesor se alejó que ella lo miró como pidiendo una explicación.

—¿Qué fue eso? ¿Puedo saber qué es lo que ocurre entre el profesor y tú?

—…No es nada —respondió Frank secamente, encaminándose de vuelta a la puerta como si estuviera intentando huir de ahí, pero Lucianne lo siguió.

—¡Ah, no! No eludirás el tema nuevamente. O me lo dices o tendrás que buscarte otro compañero de equipo —exigió Lucianne, bloqueándole el paso y cruzándose de brazos para mostrarle que iba en serio. Frank dio un suspiro, la sujetó del brazo y la condujo fuera de la escuela hasta asegurarse de estar fuera del alcance de cualquiera que pudiera estar escuchando.

—¿…Recuerdas que te conté que había tenido un problema en mi anterior escuela? —Lucianne asintió sin decir nada, imaginándose lo que vendría a continuación—. Bueno, pues… él fue mi problema. Era también maestro ahí… o sigue siendo, no sé ni me interesa. El punto es que no puedo estar en su clase.

—¿Pero abandonar la escuela únicamente por un profesor que no te cae bien? ¡Eso es demasiado! Si todos hicieran lo mismo, las escuelas quedarían completamente desiertas.

—No entiendes. Fui expulsado porque lo golpeé —confesó él, evitando su mirada, como si le avergonzara admitirlo.

—Pero… ¿por qué harías algo así?

—Tuvimos una diferencia de opiniones —dijo él sin querer ahondar en el tema.

—Ésa no me parece razón suficiente.

—Escucha, sé que suena terriblemente fuera de lugar, pero créeme, tuve mis motivos, los cuales no quiero discutir ahora. Basta con que sepas que por eso él tiene también razones de sobra para tomarla contra mí. No quiero darle la oportunidad ni la satisfacción. No puedo tomar esa clase con él y si no hay otra forma de evitarla tendré que salirme también de esta escuela.

—¡No! Espera, tiene que haber una forma de resolverlo. Hablaré con él.

—No hablarás con él —decretó Frank con tono firme—. No quiero que lo hagas, ¿entendido? Sólo te meterás en problemas. Déjame a mí encargarme de esto.

—Pero si lo único que estás haciendo es evitar su clase, no puedes seguir así.

—YO me encargaré de esto —repitió él y ella tan sólo hizo una mueca. Sabía que no lo convencería de lo contrario, pero aquello tampoco significaba que se mantendría al margen—. Nos vemos en la siguiente clase. No hagas nada, ¿de acuerdo? Solo empeorarías las cosas.

Lucianne frunció el ceño mientras Frank se alejaba, mirando hacia los lados como si se sintiera vigilado hasta que se perdió de vista.

El profesor Leiffson pasó por la puerta a las ocho en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos. Ordenó que todos abrieran sus libros para no perder el tiempo mientras él sacaba sus cosas de su valija y ni siquiera se inmutó ante el asiento vacío de Frank, incluso aprovechó su escritorio para colocar un proyector. La clase completa se la dedicó a las mutaciones genéticas y sus orígenes biológicos.

Lucianne lo observó durante todo ese tiempo, preguntándose qué habría sido aquello sobre lo que él y Frank tuvieron “diferencias”. Le parecía un maestro estricto, pero también bastante apegado al reglamento escolar, no lo creía capaz de perjudicar a un estudiante por asuntos personales y viejas rencillas. Esperó a que todos salieran del salón en cuanto terminó la clase y se acercó cautelosamente a él.

—…Profesor, ¿puedo hablar con usted?

El maestro continuó guardando sus pertenencias sin levantar la vista.

—Déjeme adivinar, señorita Fillian: quiere hablar sobre el señor Krunik. Quizá en vez de evitar la clase y enviar a alguien más a interceder por él, debería desarrollar algo de responsabilidad propia.

—No, él no me envió. De hecho… no quería que le hablara sobre él. Pero me preocupa su futuro en la escuela y si sigue faltando a tantas clases veo muy difícil que pueda aprobar el semestre —explicó Lucianne, tratando de sonar lo bastante convincente para apelar a su sentido del honor—. No sé en realidad qué problema hayan tenido en el pasado, pero… sé que está arrepentido de lo que hizo y si le diera tan solo una oportunidad…

—Oh, señorita Fillian, no mienta pensando que con eso le ayudará, porque si no tiene idea será mejor que no hable en su nombre tal y como le pidió. El caso es que puede regresar cuando quiera pues lo que ocurrió ya fue sancionado en su momento, pero no lo hará porque ni está arrepentido ni está esperando otra oportunidad. El problema no lo tengo yo, sino él, y hasta que no aprenda a dejar atrás sus rencores, nadie más podrá hacer nada para ayudarlo. Le aconsejo por su bien que se mantenga alejada de él o acabará arrastrándola en su espiral de odio y resentimiento que no le llevará a ningún lado.

Lucianne guardó silencio al entender que aquella era una advertencia para que no siguiera indagando. El profesor terminó de ordenar su portafolio, llevándoselo al hombro con un movimiento rápido, y tras un seco movimiento de cabeza, salió de ahí a pasos apresurados, como si tuviera el tiempo medido.

A pesar de su advertencia, ahora sentía más curiosidad por lo que habría detonado el problema entre Frank y él. Necesitaba averiguar más, pero dudaba conseguir información de los involucrados, así que tendría que buscar por otro lado, y supuso que su mejor opción por el momento sería acudir a la persona más cercana a él que conocía: su primo.

 

Fuera del domo de natación, Samael observaba vacilante la puerta por la cual varios estudiantes iban ya entrando con toda calma, cargando con bolsas y llevando toallas a la mano. Finalmente había decidido inscribirse al club de natación, pensando que así podría averiguar más cosas sobre Addalynn… esto, claro, antes de enterarse de que tanto ella como Vicky eran Angel Warriors.

Pero aún había varias cosas que le intrigaban sobre ella, y esa era quizá la mejor oportunidad que tendría para abordarla a solas. Así que respiró profundamente y se animó por fin a entrar. Mientras los miembros del club se dedicaban a nadar de una orilla a otra en sus respectivos carriles, los nuevos iban sentándose en las gradas en espera de instrucciones y justo en el extremo más alejado de todos estaba sentada Addalynn con aquella postura tan recta y el cuello de cisne que la hacía parecer por encima de los demás.

Ella notó su presencia, pero no tuvo ninguna reacción aparente, se limitó a una mirada fugaz para a continuación volver la vista hacia la piscina. Samael vaciló por un instante, echó un vistazo a los demás estudiantes que iban a las gradas, y antes de que un par de chicos con toda la intención de sentarse cerca de ella se le adelantaran, caminó en su dirección, sin notar que varias chicas sonreían a su paso.

Se detuvo a unos pasos de Addalynn y tras estudiar sus posibilidades por una fracción de segundo, finalmente se sentó a su derecha y estuvieron un lapso considerable de tiempo en silencio. Samael pensó qué decir mientras ella se mantenía inmutable y desinteresada, por lo tanto, fue mayor su sorpresa cuando fue la primera en hablar.

—Me preguntaba en qué momento te decidirías por fin a venir.

—¿Sabías ya que deseaba hablar contigo?

—Puedo darme cuenta cuando alguien está observándome constantemente. Además, tampoco eres muy discreto.

—…Oh —fue lo único que se le ocurrió decir. Lo había tomado completamente desprevenido y ahora no sabía cómo encauzar el tema, aunque ella pareció hacerlo por él.

—Habla entonces. ¿Eso es todo lo que piensas decir?

Samael parpadeó desconcertado; no esperaba que fuera tan directa y hacia el punto, pero tampoco debía desaprovechar aquella oportunidad.

—…Bueno, creo que algunas cosas han quedado claras para mí una vez que supimos lo que son en realidad; como el por qué sentía esta especie de fuerza a tu alrededor, no sé cómo explicarlo —dijo él, tratando de encontrar las palabras mientras Addalynn se limitaba a observarlo sesgadamente—… Sin embargo, tengo la sensación de que has estado ocultando algo, y no me refiero a tu renuencia a hablar sobre cómo te enteraste de lo que eras. Si vamos a formar parte del mismo equipo, no debemos guardar secretos entre nosotros. Eso es algo que aprendí por la mala.

La chica fijó entonces su vista en él como si estuviera analizándolo con una expresión inquisitiva.

—¿…Quieres decir que no hay nada que estés ocultando actualmente? —inquirió ella enigmáticamente y el ángel dio un respingo como si se sintiera de pronto puesto en tela de juicio. Estaba lo del trato que habían hecho Frank y él con Demian, pero aquello era algo que solo debía quedar entre ellos. Y por otra parte… estaba lo del padre de Marianne. Pero no podía hablar de ello con nadie, mucho menos con la misma Marianne. Si llegara a saberse afectaría no sólo su dinámica con todos sino la forma en que era percibida… y él aún luchaba contra los conocimientos que tenía implantados.

No había forma de que Addalynn supiera nada de esto, a menos que le leyera el pensamiento, y siendo él mismo experto en el tema, sabría si alguien ajeno a él estuviera intentando adentrarse en su mente y ese definitivamente no era el caso.

—Entonces… ¿puedes afirmar con total convicción que no hay nada que estés ocultando que pueda ser de vital importancia? —repitió Addalynn, enfatizando más la intensidad de su mirada.

—…Nada que necesiten saber por el momento —respondió él, intentando sonar convincente, aunque sintiendo que las cosas se le habían volteado de repente.

—Bien, pues yo tampoco considero necesario relatarles mi vida para que tengan una idea de dónde provengo —replicó Addalynn, volviendo la vista hacia el frente como si diera por terminado el intercambio de esa manera.

Pero Samael no quería dar marcha atrás aún, todavía le quedaba un recurso a pesar de que se había prometido a sí mismo no usarlo ni esperaba tener que recurrir a él, pero, aunque no quisiera, no veía otra opción. Entornó los ojos e intentó introducirse en su mente, pasando por capas de pensamientos nebulosos hasta llegar al centro de su consciencia.

Si no quiere hablar sobre ello, entonces yo tampoco tengo por qué hacerlo. No soy una mensajera.”

Sonaba autoritaria y con tono caprichoso, como si se estuviera reprendiendo a sí misma. Intentó adentrarse un poco más en su memoria remota, pero no pasó ni un segundo cuando un agudo sonido parecido a una alarma inundó sus oídos, perforándolos.

Intruso”. “Sal de mi mente”. “AHORA”.

El chirrido era tan intenso que tuvo que obligarse a retroceder de inmediato hasta encontrarse de nuevo fuera, aturdido y con los oídos aún zumbándole. Addalynn le dedicó una mirada dura y hosca mientras él se llevaba las manos a los oídos, figurándose que así se le pasaría el efecto.

—Eso no fue muy honesto de tu parte.

—Lo siento, yo…

—No vuelvas a entrar en mi mente —ordenó ella con firmeza y, sin embargo, más contenida de lo que había sonado en sus pensamientos.

—Estaban en busca de los dones para encontrar al heredero de la Legión de la Oscuridad… que supongo ya debes saber quién es a estas alturas. —Addalynn volteó de nuevo hacia él como si no se esperara que fuera a continuar hablando tras lo ocurrido, pero él no se detuvo, había visto al profesor de natación dando instrucciones a un grupo de chicos en la alberca y sabía que no le quedaba mucho tiempo—… Pero las cosas no salieron como esperaban y supongo que ahora deben estar explorando otras posibilidades. Sin embargo, Vicky mencionó que los demonios a los que se enfrentaron no estaban buscando los dones y quizá eso tenga relación con lo que está pasando actualmente en la ciudad, así que la pregunta es ¿qué buscaban?

—¿Qué te hace pensar que yo lo sé?

—Pareces saber más cosas de las que quieres admitir.

—O quizá solo sea mi físico el que te hace pensar eso.

—No entiendo eso qué tendría que ver —replicó Samael, contrayendo el ceño en un gesto de confusión y sorprendentemente Addalynn rio de forma breve.

—Definitivamente eres algo especial, ¿no es así?

Samael acentuó su ceño fruncido, preguntándose si se habría dado cuenta de lo que era, aunque ya no era un secreto para los demás chicos y tampoco tenía la intención de que lo fuera para ellas, así que para evitar confusiones futuras decidió simplemente dejar las cartas sobre la mesa.

—Soy un ángel.

Addalynn le dedicó una rápida mirada inexpresiva y escrutadora. Tanto podía significar que ya lo suponía o la tomaba por sorpresa, pero lo único que dijo fue un “Ah, ¿sí?” para a continuación ser interrumpidos por el entrenador que les dio la bienvenida al club y con la ayuda de otros miembros del equipo proporcionó a cada uno una pequeña bolsa cerrada que llevaba el sello de la escuela y sus nombres.

Samael vio a todos entrar y salir de los vestidores con nada más que unos bañadores genéricos y sus respectivas toallas para a continuación lanzarse en uno de los extremos de la alberca y comenzar a realizar los ejercicios que el entrenador les indicaba. Inclusive Addalynn había salido con el bañador puesto sin mostrarse avergonzada ni cohibida, a pesar de las miradas que atraía a su paso.

—¿Qué esperas? Ya todos se han cambiado, solo faltas tú —el profesor llamó su atención, señalándole los vestidores de chicos, del lado opuesto.

—Eh… ¿dónde consigo…?

—Revisa la bolsa que te dieron; ahí encontrarás todo —intervino Addalynn, pasando junto a él mientras los chicos se giraban hacia ella. Se detuvo en la orilla de la piscina y sin mayor preámbulo se lanzó al agua con una gracia que hasta las chicas más experimentadas del equipo de clavados se sintieron impelidas a observarla con admiración.

—Pues ya escuchaste. Andando que el tiempo corre —el entrenador dio palmadas para apresurarlo y señalándole de nuevo los vestidores.

Samael apretó contra su pecho la bolsa y se apresuró hacia los vestidores, quedándose estático por varios segundos, mirando a su alrededor sin saber hacia dónde dirigirse ahora. Había varias filas de casilleros, cada uno con una placa y un número grabado en ella y todos estaban cerrados con candado. Al fondo, había varias regaderas separadas por pequeños cubículos en los que apenas y cabía una persona.

Abrumado por la falta de información, optó por sentarse y abrir la bolsa que aún sostenía entre sus brazos de forma protectora. Dentro había una toalla, unas sandalias, gafas de protección, un gorro de plástico y el bañador igual al del resto de los chicos.

Comenzó a desvestirse, dejando su ropa cuidadosamente doblada sobre la banca y tratando de adivinar de qué lado iba el bañador y si debía o no colocarse las gafas y el gorro. Al terminar, se inclinó para recoger su ropa cuando sintió de pronto un escalofrío que le recorrió la columna, dejándolo congelado por un instante.

Aquella sensación se le hacía vagamente conocida; en un par de ocasiones la había experimentado al estar frente a la figura de su sueño, pero ahora estaba completamente despierto y no había nadie con él… o eso creía. La temperatura había bajado de repente y tenía la persistente certeza de que no estaba tan solo como pensaba. Tan pronto como consiguió salir de su abstracción, se enderezó rápidamente y miró a su alrededor tratando de no pasar por alto cualquier detalle que revelara alguna presencia ajena, pero todo estaba exactamente igual que antes. Todo excepto la sensación cada vez más intensa de que había alguien más con él.

—¿…Hola?

Silencio. El ambiente se tornó más pesado, como si las paredes se estuvieran cerrando en torno a él, y sintió que la piel se le erizaba. Dejó escapar una exhalación que salió como vaho frío.

—…Muéstrate, seas quien seas.

Ninguna respuesta. Samael ya comenzaba a considerar sus opciones para obligar a lo que fuera que estuviera rondándolo a manifestarse, pero tan pronto como se irguió con toda intención de escanear el lugar con su mente, la temperatura volvió a subir y sintió de golpe como si una presión abandonara su cuerpo. Aquella inexplicable sensación de ser vigilado desapareció tan rápido como se había presentado, dejándolo turbado.

Seres del plano superior. ¿Estarían vigilándolo de cerca tras doblar alguna de sus reglas o sus últimos fracasos? Si era así, entonces debía empezar a considerar la posibilidad de ser relegado de su deber, lo cual en su caso podría llegar a significar ser borrado de la existencia, y lo que más le preocupaba, dejar a su protegida en manos de alguien más que quizá no dejara pasar el hecho de probablemente llevar sangre de demonio en sus venas.

 

Aunque los alumnos de secundaria también asistían a las exhibiciones de los clubes, normalmente no se les permitía unirse a alguno hasta llegar a tercero, pero disponían de talleres para mantenerlos ocupados e ir así preparándolos para el tipo de club al que se inclinarían eventualmente. Tenían taller de activación física, taller de artes y manualidades y taller de ciencias. A cada uno le dedicaban una hora al día normalmente hacia el final de las clases y mientras se dirigían a su siguiente taller en la sala de eventos, Loui se las arregló para perder de vista a su grupo, tomando ventaja de su baja estatura.

Se escurrió entre una hilera de helechos y esperó a que el grupo entero desapareciera de su vista, vigilando sobre todo a los tres chicos que solían molestarlo, con sus cabezas tan unidas que parecían un cancerbero con seis pies y brazos. Uno que debería estar muerto.

A Loui no se le podía quitar de la cabeza el haberlos visto siendo atacados por aquella misteriosa figura encapuchada de ojos ámbar. No podrían haber sobrevivido; los vio ahí, yaciendo inconscientes en el suelo mientras aquel sujeto permanecía encima de ellos haciéndoles quién sabe qué, aunque por la expresión maligna que pudo vislumbrar, supo que sus intenciones respondían a algún motivo oscuro. Pero luego habían aparecido como si nada al día siguiente. Igual de abusivos que siempre, los mismos gestos burlones y esperando a la menor oportunidad para atacar a su presa (o sea, él).

Desde entonces, Loui había tenido que echar mano de toda su astucia para rehuirles cuanto podía. No dejaba de tener el presentimiento de que, si llegaban a pillarlo a solas o a ponerle una mano encima, no se limitarían a atormentarlo un poco y burlarse a su costa, estaba seguro de que le harían algo mucho peor. Había leído demasiados libros e historietas y visto tantas películas de terror como para convencerse de que había sido testigo de algo que no debía y ahora su propia vida corría peligro. Y aún así no se atrevía a decir nada a su hermana y sus amigos, consciente de su propio proceder reprochable ese día.

Había logrado huir, podía haber conseguido ayuda para ellos, tenía incluso al “primo” Samsa frente a él y, sin embargo, decidió no hablar. Prácticamente los había abandonado a su suerte, a una muerte segura (aunque no habían muerto, pero en ese momento no tenía forma de saberlo); había permitido que su rencor nublara su juicio y eligió no hacer nada. Ahora debía lidiar con las consecuencias. Si cualquiera de ellos se enterara de la forma en que había actuado (cobarde, vengativo, nada heroico) no confiarían en él y sus planes de convertirse en un superhéroe como ellos y ser aceptado en su equipo se vendrían abajo. Así que lo único que podía hacer por el momento era seguir evitándolos y rezar para no topárselos.

—¡Hola!

El niño dio un respingo al escuchar la voz y se quedó inmovilizado entre los helechos donde se había ocultado. Lentamente giró el rostro con reluctancia, casi temiendo lo que encontraría a sus espaldas; sintió que el estómago se le hacía de piedra al ver a Vicky detrás de él, sonriente como siempre.

—¿Te escapaste de tu clase? ¿O planeas alguna travesura?

—Quizá solo esté jugando a las escondidas con otros niños —comentó Kristania unos metros más detrás de ella con una sonrisa incisiva, disfrutando de los pequeños instantes en que podía dejar salir sus comentarios maliciosos disfrazándolos de inocentes bromas. En cualquier otro momento Loui habría respondido ofendido ante aquella acotación, pero la presencia de Vicky lo cohibía.

—Creo que ya debe estar bastante mayorcito para esos juegos, ¿verdad? —replicó ella con una sonrisa de simpatía, como si estuviera invitándolo a sonreír con ella, pero él tan solo alcanzó a abrir la boca y emitir un sonido ahogado que de inmediato lo redujo a un estado de completa desazón y auto recriminación.

—¿Por qué no dejan al niño en paz y terminamos con esto de una vez? —intervino Addalynn todavía más atrás de ellas, con los brazos cruzados y postura reacia—. Después de todo, lo del club fue idea suya, no querrán llegar tarde a la primera reunión.

—Tienes razón, deberíamos apresurarnos —convino Vicky, enderezándose y dándole al niño unas suaves palmaditas en la cabeza—. Hasta luego. No te metas en problemas, ¿de acuerdo?

Loui apenas y pudo asentir como si tuviera la cabeza oxidada mientras ella se despedía con un movimiento de la mano. Él dio una larga exhalación en cuanto se marcharon. Se llevó la mano a la cabeza y luego la sostuvo a esa altura a unos centímetros por delante de él, como si estuviera comparando estaturas, frustrado de ser visto únicamente como un niño pequeño. A veces se preguntaba si no tendría algún problema glandular.

—Ahí estás, pastelito.

Loui volvió a ponerse rígido y esta vez por razones diferentes. A unos metros de él, sus tres tormentos lo observaban con sonrisas rapaces, como hienas disfrutando del momento previo a la caza de su presa. No le quedaba tiempo para recriminarse por haber sido descubierto, lo único que tenía a su favor era su rapidez, así que se lanzó a correr como bala, logrando sacar apenas una ventaja de unos segundos antes de que el trío de matones reaccionara y comenzara la persecución. Hizo movimientos erráticos para tratar de despistarlos, dirigiéndose hacia uno de los edificios para a continuación introducirse entre matorrales y salir del lado contrario, sin detenerse hasta llegar a espaldas del campus, donde se tiró detrás de unas formaciones rocosas que servían como cerco natural a un grupo de árboles. Ahí se quedó, con el corazón acelerado y la respiración tan pronunciada que temió desarrollar algún tipo de asma, pero conforme pasaron los minutos y nada más ocurrió, comenzó a sentirse seguro de nuevo y más relajado. Al parecer lo había logrado, había conseguido burlarlos. Aún podía ser el héroe que aprendía de sus errores después de todo, o quizá hasta enmendarlos si se daba la oportunidad.

Animado por la plácida sensación de seguridad tras haber escapado de sus perseguidores, decidió que era hora de salir de su escondite. Se colocó en cuclillas, aún protegido por aquellas rocas, y comenzó a levantar la cabeza poco a poco para mirar por encima, encontrándose con tres pares de ojos insidiosos.

En cuestión de segundos ya lo habían sujetado y detenido contra el árbol de corteza más gruesa que pudieron encontrar; los tres reían como enajenados mientras Loui trataba de pensar en algo rápido para escapar de ellos. No opuso resistencia pues sabía que era inútil a esas alturas, tan solo disfrutarían más al verlo luchar sin tener la menor oportunidad.

—¿Creíste que nos evitarías por siempre, pastelito? —dijo el cabeza de cepillo, paseándose por delante como si fuera el líder (claramente lo era), mientras los otros dos lo sujetaban de cada brazo.

—¡Dejen de llamarme así! —exclamó Loui a pesar de ser consciente de que aquello no serviría y, sin embargo, los tres chicos se quedaron callados por unos segundos, intercambiaron miradas confusas y luego volvieron a sonreír como si nada.

—¿Y cómo prefieres que te llamemos entonces, eh? ¿Chico panquecito? ¿Tartaleto? ¿Cómo les llaman a los que ven series para niñas como la que ves? ¿Pastel de frutas?

—Creo que se hacen llamar brownies —dijo el chico gordo mientras el dientes chuecos revisaba sus bolsillos.

—Entonces te llamaremos brownie, ¿te parece bien?

—Solo trae el celular y un estúpido llavero de niña —dijo el dientes chuecos, sacando el celular de Loui con un llavero en forma de un personaje de las Chicas Tartaleta, y los tres se echaron a reír ante la confirmación de todo lo que decían de él.

—Hay que revisar el celular; quizá tenga algo interesante entre sus archivos.

El cabeza de cepillo le arrebató el aparato y mientras se disponía a revisar su contenido, Loui solo podía pensar en el video que había tomado de lejos y se suponía que nadie más debía ver. Si lo encontraban, sería otra falla en su campaña por convertirse en superhéroe.

—Ohhh, pero ¿qué tenemos aquí? El duende del brownie tiene un video bien escondidito. Me pregunto qué será.

—¡Yo quiero ver! —pidió el niño gordo, también acercándose sin soltar a Loui, que se sentía cada vez más desesperado ante su imposibilidad de hacer algo.

—Basta… ¡Deténganse! —gritó Loui sin poder soportarlo más y los tres chicos se detuvieron de golpe y bajaron las miradas hacia él—… ¡Devuélvanmelo! ¡Devuélvanme mi celular! —Obviamente no esperaba que le hicieran caso, no le quedaba más que expresar su frustración ante aquel trato. Sin embargo, sintió de pronto que introducían algo en su bolsillo y vio con sorpresa que era su celular, y que los tres chicos se miraban con expresiones confusas, quedándose extrañamente inmóviles. Tras varios segundos en silencio, mirándose a las caras, Loui finalmente decidió arriesgarse—… Suéltenme.

El agarre del niño gordo se aflojó y pronto pudo apartarse de ellos, retrocediendo incrédulo sin apartar la vista de ellos, temiendo que fuera una especie de truco, algún juego retorcido para darle una falsa sensación de seguridad y luego volver a la carga. Los tres chicos, no obstante, se mantuvieron de pie en el mismo lugar, luciendo tan embrollados y confundidos que bien podían estar resolviendo algún problema matemático en sus cabezas.

—…Hey, ¿a dónde crees que vas, enano? —dijo por fin el cabeza de cepillo, dando unos pasos hacia él con la mano extendida con toda intención de cogerlo de nuevo.

—¡…Alto! —Loui alzó la voz y el chico se detuvo, la confusión de nuevo apoderándose de su rostro. Sintiéndose de pronto inundado por una oleada de inexplicable confianza, el niño se plantó con mayor seguridad y tomó aliento, dispuesto a tentar su suerte—… Salten.

Los tres chicos se rieron como si hubiera dicho algo gracioso y por un momento temió haber cometido un error y dio un paso hacia atrás, cuando de pronto los tres dieron un salto, volviendo a intercambiar miradas de desconcierto. Loui no podía creerlo, era demasiado bueno para ser real. Si era parte de un elaborado engaño, aquello ya era excesivo y seguramente le corresponderían de forma proporcional pues lo que estaba a punto de decir no podía contenerlo más.

—¿…Saben lo que deberían hacer? Ya que se sienten tan valientes metiéndose con alguien más pequeño que ustedes, los tres deberían agarrarse a golpes y eso sería apenas un tercio de lo que me han hecho pasar a mí —dijo Loui, apretando los dientes y sintiendo una descarga de adrenalina ante lo improbable e increíble del asunto.

Los tres chicos lo miraron con gestos coléricos, alzaron los puños apretados en dirección a él, que dio un salto hacia atrás para evitar su represalia, pero como si las sorpresas no terminaran, de pronto se dieron vuelta y comenzaron a intercambiar golpes.

Loui no podía creer lo que estaba presenciando. Dio unos pasos indecisos, rodeándolos sin despegar la vista de aquella trifulca, como si en cualquier momento se fuera a romper la especie de hechizo que se había cernido sobre ellos, y en cuanto vio el camino libre del lado contrario, dio la media vuelta y se marchó corriendo, pensando que lo seguirían en cuanto dejara de mirarlos. Pero no lo hicieron. Con una rápida ojeada hacia atrás, pudo cerciorarse de que ellos continuaban ahí, enfrascados en una lucha encarnizada de todos contra todos. No tenía idea de cómo había ocurrido, pero estaba fascinado.

Volvió la vista al frente y siguió corriendo, sintiendo el aire llenar sus pulmones, inundándolo de energía y de un ánimo que creía ya perdido. De pronto ya no se sentía indefenso, y la idea de también ser un superhéroe después de todo lo hizo sonreír.

 

—No puedo creer que hayan logrado convencer a Lilith de unirse también. Creí que evitaría estar en un mismo club que Vicky —comentó Angie yendo por el pasillo.

—Ya conoces las palabras mágicas —replicó Marianne, y como si estuvieran en sincronía, las dos dijeron al mismo tiempo “Lissen Rox”—. Quién sabe, quizá y al final el club las termine uniendo. Entonces estaremos listas para proclamar al primer santo gótico de la historia.

—Lissen Rox no es gótico, pertenece al estilo punk rock —intervino Belgina y las dos la miraron con las cejas levantadas—… Investigué.

—Poco importa lo que sea, el punto es que si la admiración por él logra unirlas pues bienvenido sea —afirmó Marianne hasta doblar el pasillo donde Lucianne y Frank se les unieron como si estuvieran completamente sincronizados.

—Hola, chicas, ¿cómo les fue el día de hoy? —las saludó Lucianne tratando de sonar lo más natural posible para a continuación pegarse un poco más a ellas y agregar algo más en voz baja para que Frank no la escuchara—… ¿Saben si Mitchell ya salió de clases?

—¿Y eso que de pronto preguntes por él? ¿Y por qué hablamos en susurros? —preguntó Marianne.

—Es por… un asunto privado —dijo ella, mirando de reojo a Frank para verificar que no estuviera escuchando, pero él parecía sumido en sus pensamientos.

—…De acuerdo, si tú lo dices —respondió Marianne, levantando las cejas como si aquello únicamente sembrara más dudas.

—¡Hey! ¿Qué tanto se están secreteando? Les recuerdo que también estoy aquí —dijo Frank en cuanto se dio cuenta.

—¿En serio? Porque las últimas horas no has hecho más que mirar al infinito mientras tu cuerpo se desplaza en piloto automático.

—Pero con GPS incluido y radiotransmisor. No menosprecies mi habilidad para estar en dos lados al mismo tiempo —reviró Frank, tirando levemente de su cabello de manera juguetona, a lo cual ella respondió dando de manotazos que únicamente lo incitaban a seguir haciéndolo.

—¡Compórtate! ¡Pareces un niño! —reclamó Lucianne. Estaban ya a punto de cruzar la avenida hacia la cafetería cuando de pronto aparcó frente a ellos un carro patrulla. Desde su interior, el padre de Lucianne se asomó por la ventanilla con gesto serio—… ¿Papá?

—Sube al auto —dijo él, señalando el asiento copiloto tras ver brevemente que Frank sostenía un mechón de su cabello entre los dedos.

—…Pero estaba por ir a la cafetería con mis amigos. Solo comemos algo y…

—Sube al auto —repitió su padre con tono contundente, abriendo la portezuela para hacerle ver que su orden no estaba sujeta a discusión. Lucianne miró a sus amigas y luego a Frank, que ya había soltado su cabello y parecía cauteloso pero consciente de que él debía ser la causa de ello.

—…Supongo que los veré mañana —dijo finalmente Lucianne, resignándose a seguir la orden de su padre y subiendo al auto.

—¿Necesitas que alguien te lleve a casa?

Marianne tardó un par de segundos en captar que su tío se dirigía a ella.

—Eh… no, gracias. Tengo cosas que hacer antes.

El comandante Fillian únicamente asintió y tras dedicarle una rápida mirada hosca a Frank, pisó el acelerador y se marcharon. Lucianne les dirigió una última mirada por la ventanilla con gesto contrariado. En cuanto el auto dio vuelta en la esquina, Frank dio un resoplido para hacer patente su frustración.

—Ya se había tardado. ¿Cuánto a que a partir de mañana empieza a venir con guardaespaldas incluido?

—No adelantes conclusiones. Estoy segura de que Lucianne podrá manejarlo —supuso Marianne, aunque no estaba tan alejado de lo que el comandante Fillian era capaz de hacer por su hija, después de todo, disponía de un escuadrón entero de oficiales y uno en particular que haría de escudo humano si se tratara de protegerla.

Dentro de la cafetería había ya varias mesas ocupadas, y aunque su mesa usual estaba aún vacía cuando entraron, un par de chicos que iban delante de ellos llegaron antes y tomaron asiento.

—…A buscar otra mesa.

—¡Nada de eso! —Frank se acercó decidido a la mesa y apoyó ambas manos sobre esta con aspecto intimidante—. Ustedes dos, a volar. Esta mesa ya está reservada.

Los dos chicos lo miraron con recelo.

—…A menos que puedas probarlo, no veo por qué tendríamos que cederles el lugar —espetó uno de ellos frunciendo el ceño.

—Seguro. ¿Quieres ver los papeles? Los sacaré de tu trasero y firmaré con mi pluma especial —replicó Frank, mostrando su puño con un gesto feroz. Los muchachos se apartaron y Frank les gruñó, echando el pecho hacia el frente para asustarlos y los dos chicos terminaron por levantarse y marcharse de ahí—. Listo, todo suyo.

—…Me pregunto por qué te será tan difícil conseguir amigos —dijo Marianne, meneando la cabeza con desaprobación mientras tomaban asiento.

—Soy más del tipo solitario. Si dejo que estén alrededor mío es porque no me molestan. Deberían sentirse afortunadas —dijo él, yéndose a la mesa de junto y dejándose caer a lo largo del asiento, extendiendo los brazos sobre el respaldo.

Marianne giró los ojos y centró su atención en el menú hasta que vio a Demian entrar y detenerse en la puerta. Se miraron unos segundos antes de que ella se animara a sonreír y hacer un movimiento de cabeza a manera de saludo; él respondió de la misma forma para a continuación dirigirse a la cocina, dejando sus pertenencias detrás de la barra.

Dentro de la cocina, Mankee lucía concentrado, moviendo un cucharón en una olla llena de sopa, pero más de cerca, su mirada no enfocaba a ningún punto. Parecía tener la mente en otro lado mientras su mano movía el cucharón por inercia.

—Cómo trabajas —comentó Demian y Mankee dio un brinco como si el alma le regresara al cuerpo de golpe.

—…Lo siento. Últimamente no he dormido bien, he tenido pesadillas.

—Y aparentemente una conciencia culpable. ¿Necesitas ayuda aquí en la cocina o prefieres que esté al frente? —dijo él, echándole un ojo a las órdenes que tenía apiladas.

—Qué milagro que por fin tienes tiempo para tu humilde negocio y sus empleados. Últimamente ni te acuerdas de que hay una cafetería bajo tu responsabilidad y yo debo encargarme de todo y obrar milagros para sacarla a flote —se quejó Mankee con la vista puesta en la sopa, tras lo cual Demian volteó hacia él y arqueó una ceja.

—Tengo algo de tiempo libre mientras mi hermana sale de una reunión, pero si quieres me voy y no te molesto si ya tienes todo controlado.

—Lo… lo siento —Mankee volvió a disculparse, apartándose de la sopa—. La falta de sueño me pone algo tenso.

—¿…En la cocina entonces? —inquirió Demian, decidiendo pasarlo por alto y mostrando las órdenes que tenía pendientes, pero Mankee negó con la cabeza.

—Mejor al frente. Quizá con tu presencia las clientas decidan por fin olvidar un rato el que Samuel ya no esté aquí. —Demian puso los ojos en blanco ante el comparativo y prefirió tomar un lápiz y la libreta de pedidos para salir de nuevo por la puerta.

—¡Hey! ¡Qué milagro!

Mitchell lo recibió del lado interior de la barra con la mano estirada hacia el dispensador de sodas como si intentara servirse a sí mismo.

—Tú. Tenemos que hablar luego. Ahora sal de aquí que te he dicho cientos de veces que los clientes no deben pasar de este lado —ordenó Demian, señalándolo y empujándolo fuera de la barra.

—Eso se soluciona. Hazme socio virtual y nos ahorramos esta situación en el futuro.

—O mejor ponte a trabajar y empieza a pagar tus deudas.

—Auch. Eso duele, viejo. Con todo lo que he hecho por ti. Como conseguirte a la chica que te gusta para luego tirarlo todo por la borda confesando que te gusta alguien más. Qué mala onda.

Demian le dio un empellón con más fuerza y una mirada de advertencia.

—No quiero que vuelvas a mencionar nada de eso, ¿entendido? Y mucho menos en presencia de… los demás.

—¿Por qué? De todas formas, ya te encargaste de dejar por los suelos cualquier especulación, ¿qué más da lo que diga? —espetó Mitchell y cuando Demian estaba por replicar, vio que Addalynn entraba sola a la cafetería, generando silencio y la inmovilización instantánea de todos los presentes, fijando su atención en ella.

Ella se tomó unos segundos para acomodar su cabello, como si estuviera en medio de un comercial de shampoo, y una vez que reanudó la marcha, todos volvieron a sus ocupaciones. Pasó de largo la mesa de las chicas y por la siguiente donde estaba Frank hasta sentarse en la última mesa desocupada en la esquina. A solas.

—Ahora compórtate como un cliente normal y regresa a tu asiento. Debo trabajar —finalizó Demian, dando un último empujón a Mitchell fuera de la barra para acercarse a la mesa de Addalynn, seguido por las miradas escrutadoras de los demás.

—Pensé que estabas con Vicky, ¿ocurrió algo? —preguntó él en voz baja y fingiendo que tomaba nota.

—Me aburrí y decidí salir antes. No dejaban de hablar de lo mismo y me harté.

—Déjame adivinar: ¿Lissen Rox?

—Nunca entenderé cuál es la fascinación que sienten por él —expresó ella, meneando la cabeza mientras sacaba su dispositivo móvil y se centraba en la pantalla—. Solo tráeme un té. No comeré nada de este lugar mientras pueda evitarlo.

—Ah… claro. Ahora lo traigo —respondió Demian con vacilación. Pasó frente a la mesa de Frank, arrellanado sobre su asiento en toda su extensión, y dedicándole una mirada displicente y el esbozo de una sonrisa torcida.

—…Descuida, no te pediré nada. También puedo ser razonable algunas veces. Me conformo con verte ir de un lado a otro llevando órdenes —dijo Frank con tono burlón.

Demian se limitó a torcer la boca antes de pasar a la siguiente mesa y tratar de saludar con normalidad. Por fortuna ninguna de las chicas hizo mención sobre Addalynn, pero Mitchell no estaba dispuesto a dejarlo pasar.

—¿Eso es todo lo que tienes para ofrecer después de tu confesión? Creo que podrías hacerlo mejor que eso… a menos, claro, que no exista realmente un gran interés después de todo —comentó Mitchell con expresión sagaz.

—Tú eres el menos indicado para hablar, así que deja a Demian manejarlo como mejor le parezca —Marianne recriminó a Mitchell, dejando a los demás estupefactos.

Mitchell abrió la boca, pero en vez de decir algo, tan solo lanzó una risa incrédula y pasó los ojos abiertos de par en par entre ella y Demian.

—¡…No me queda nada que decir! ¡Mi cabeza acaba de implosionar! —replicó Mitchell, haciendo un gesto con las manos y echándose hacia atrás en su respaldo.

—Perfecto. Ya era hora de que cerraras la boca —concluyó Marianne. Demian la miró de reojo y luego a Angie y Belgina, que parecían casi tan confundidas como él.

—…Iré por sus órdenes —dijo él finalmente, arrancando la hoja de la libretita de apuntes y dirigiéndose a la cocina.

Samael llegó justo cuando él se iba. Echó primero un vistazo para ver quiénes estaban presentes y reconoció a Addalynn en la mesa del fondo, su atención puesta en su dispositivo. Ignoró por completo a la fila de muchachitas que entraron detrás de él como si lo hubieran estado siguiendo y fue a unirse al grupo.

—Tardaste. ¿Qué estabas haciendo? Pensamos que vendrías con Mitchell.

—Decidí unirme a otro club —respondió él, tomando asiento frente a Marianne.

—Pero el último día de inscripciones fue el viernes.

—Tuve que convencerlos —respondió Samael, encogiéndose de hombros, y ellos parecieron entender a qué se refería con “convencer”.

—…Pensé que habías dicho que no te agradaba hacer eso —comentó Marianne con el ceño fruncido.

—No es lo que estás pensando —explicó Samael—. Cuando dije que tuve que convencerlos fue porque de verdad lo hice. Dije que mi intención era apuntarme el viernes, pero que ese día enfermé y no vine a la escuela. Hicieron una excepción únicamente por esta ocasión.

Marianne pareció aliviada de escuchar eso. aunque también intrigada por el club al que se habría unido.

—¿A qué club te uniste? —preguntó Angie con expresión ilusionada ante la posibilidad de que pudiera haberse unido al mismo club que ella.

—Tae kwon do —respondió Samael como si no fuera gran cosa y mientras Angie se notó desanimada ante su respuesta, Marianne levantó las cejas con sorpresa.

—¿…En serio? Eso sí no me lo esperaba. ¿Tuviste una epifanía o algo?

—Solo pensé que serviría como entrenamiento complementario. Útil para batallas futuras.

—Me pregunto entonces qué utilidad le sacarás después al club de natación. A menos, claro, que nos enfrentemos a demonios acuáticos.

—¿Te uniste también al club de natación? —preguntó Angie, desconcertada al enterarse apenas de ello.

—Hoy fue mi primer día —respondió Samael, asintiendo con una sonrisa.

—Más tarde te interrogaré acerca de eso —señaló Marianne con firmeza.

—Y a mí también me interesa saber qué tal se ve la reina del hielo en bañador —secundó Mitchell con una sonrisita y Marianne le dedicó una mirada de asco.

—No hay un día en que no dejes de ser un cerdo, ¿verdad?

—Simplemente admiro el cuerpo humano… sobre todo, mientras menos ropa haya de por medio —replicó Mitchell con ligereza mientras Belgina prefería hacerse de oídos sordos ante el tono de la conversación y Angie parecía demasiado ocupada atrapada en su propia maraña mental que ahora veía a Addalynn como la rival más fuerte en su hipotética competencia por alguien que estaba totalmente fuera de su alcance.

Demian salió de nuevo de la cocina llevando varias bebidas consigo, y aunque no le extrañó ver a Samael en la mesa con los demás, tan solo dejó las bebidas y se trasladó a la mesa de Addalynn bajo la mirada atenta del ángel, que sacó a continuación su celular y tecleó algo rápido. Frank sacó entonces el suyo y miró el mensaje de texto recibido.

“Tenemos que hablar con Demian y replantearnos algunas cosas.”

Frank sonrió, dedicándole una mirada deliberada a Samael, y se dispuso a teclear su respuesta. El ángel la recibió y se limitó a dirigirle un vistazo y asentir con la cabeza.

—No has aclarado nada, ¿verdad? —dijo Addalynn cuando Demian volvió a su mesa.

—Sobre eso… —respondió Demian con cautela, mirando de reojo hacia la mesa donde estaban los demás para comprobar que no estuvieran escuchando—… te agradecería si lo mantuvieras en secreto un tiempo más.

Addalynn levantó la vista hacia él con expresión inflexible, pero un instante después volvió a bajarla y se encogió de hombros, bebiendo de su té.

—…Como quieras. No es a mí a quien afecta —dijo ella con indiferencia—. ¿Cuánto tiempo más piensas mantener el secreto de lo que eres a Vicky?

Demian guardó silencio; había estado dándole vueltas al asunto el fin de semana entero, pensando en numerosas maneras de empezar la conversación, pero invariablemente descartándolas y quedándose como al principio, sin una idea clara de la forma de abordar el tema con su hermana. Tarde o temprano tendría que enterarse, pero por el momento no estaba listo para hablar de ello y por lo mismo la evitaba.

 

—Bien, creo que es hora de hablar de eso —dijo Vicky al estar de vuelta en casa más tarde, sentándose frente al escritorio de su padre y tomándolo por sorpresa—. Creo que te he dado el tiempo suficiente durante el fin de semana para que pensaras en ello, así que vamos, es hora de que lo saques de tu pecho. ¿Cuándo pensabas decirme?

—¿…Qué? —Él la observó confundido por varios segundos. ¿Había descubierto lo que era de alguna forma? Hasta que ella puso los ojos en blanco.

—¡Lo de Addalynn, tontito! ¿Cuándo pensabas decirme que estabas sintiendo esa clase de cosas por ella?

Por un lado, se sintió aliviado, pero el tema tampoco resultaba menos incómodo.

—No es algo de lo que quisiera hablar —respondió él con la esperanza de que lo dejara estar.

—¡Ah, no! ¡No te librarás de mí con esa excusa de nuevo! Te dejé en paz un par de días, pero ahora debemos hablarlo. ¿Desde cuándo te has sentido atraído por ella de esa forma? Porque es normal que los chicos caigan rendidos a sus pies, pero no imaginé que tú también serías tan predecible.

—¿No crees que deba sentirme atraído por ella?

—No estoy diciendo eso, simplemente que me había hecho otra idea de ti al hablar con papá… —de inmediato calló e hizo una larga pausa, como si se le dificultara continuar. Demian tampoco dijo nada; él aún resentía su ausencia más que nadie, sobre todo tras lo que había aprendido sobre sí mismo desde su muerte. Vicky se recompuso finalmente e intentó mostrarse más animada—… En fin, que yo no puedo juzgarte. Solo creí pertinente advertirte que Addalynn no es una chica… común.

—Descuida, creo que puedo hacerme una idea.

—No, en serio. Creo que nunca he visto que muestre interés por nadie. Es como si la simple interacción humana fuera un ritual de paso que se ve forzada a llevar a cabo tan solo cuando es absolutamente necesario.

—La haces ver como un robot.

—A veces me pregunto si no lo será en parte —replicó Vicky con una expresión tan cómica que Demian terminó riendo.

—En serio, no tienes que preocuparte. No pienso hacer nada al respecto. Ni siquiera tenía planeado que escucharan lo que dije, así que te suplico que dejes de hacer un alboroto por ello, que eso lo hace más difícil para mí —aseguró Demian, esperando así dejar enterrado el asunto.

—¿En serio? Porque yo venía totalmente dispuesta a ofrecerte mi ayuda. Ya sabes, por si necesitabas algunos consejos sobre cómo tratar con ella y cosas por el estilo —afirmó Vicky encogiéndose de hombros, pero él negó con la cabeza.

—Gracias, pero no. Creo que estaría totalmente fuera de lugar siendo nuestro huésped.

—Que no se diga que no intenté apoyarte —finalizó Vicky con otro encogimiento de hombros—. Hubiera hecho lo mismo tratándose de quien se tratara.

—Estoy seguro de ello.

Vicky se puso de pie con aire satisfecho tras la pequeña plática con su hermano y se dirigió a la puerta, volteando hacia él antes de salir.

—Me había hecho a la idea de que te gustaba Marianne. Quizá papá no era tan observador después de todo.

Dicho esto, cerró la puerta, dejando a Demian con una sensación agria al recordar las palabras de Marianne en el gimnasio. Ahora entendía su comportamiento esquivo en ocasiones. Aquello le generaba una gama de emociones extrañas. ¿Era posible para un demonio como él sentirse así de confundido? Porque bien podría considerar aquello como prueba irrefutable de que no tenía madera para ser demonio y exigir la emancipación… Aunque las cosas no fueran tan sencillas; aún enfrentaba diversas complicaciones para seguir manteniendo un perfil humano por mucho tiempo.

Mientras cavilaba, escuchó un zumbido que indicaba que había alguien en la reja. Presionó un botón del escritorio y se encendió una pequeña pantalla. Samael y Frank aparecieron en la imagen. Demian frunció el ceño, suponiendo la razón por la que se habrían apersonado en su casa, y tras apretar otro botón, la reja se abrió.

—¡Ya voy! —gritó Vicky mientras bajaba la escalera para abrir la puerta. En cuanto vio a Samael, su rostro enseguida se iluminó como si fuera el sol saliendo en el horizonte.

—Hola, ¿está Demian en casa? —preguntó Samael, mostrando su usual sonrisa encantadora.

—¡Sí, por supuesto! ¡Pero pasen, adelante! —dijo Vicky, recordándose que tenía que hablar en vez de quedarse suspirando y haciéndose a un lado para que pasaran—. Qué curioso, pensé que vendrían a hablar con Addalynn o conmigo sobre algo concerniente a ya saben qué. No imaginé que fuera por mi hermano, ¿se trata de algo de la escuela?

Ambos chicos intercambiaron una mirada, preguntándose qué decir sin poner en evidencia la verdadera naturaleza de Demian, y ya que Frank era el más propenso de los dos a los embustes, enseguida se aprestó a responder con una sonrisa.

—Verás, resulta que decidimos unirnos a un par de clubes a los que pertenece, y decidimos acudir a él para no vernos tan novatos en nuestro primer día.

—Ohhh, ¿en serio? ¿Y qué clubes son esos?

—Yo básquetbol y él Tae kwon do —volvió a responder Frank, aunque Vicky únicamente parecía interesada en lo concerniente al ángel.

—¿De verdad? Me encantaría ver eso —dijo ella con la mirada fija en Samael que se limitaba a sonreír, esperando a que Demian se presentara.

—En ese caso llegan en buen momento. Justo iba a la sala de entrenamiento. —Demian salió de la sala y decidió seguirles la corriente al escuchar a Frank.

—¿Vas a enseñarles algunos movimientos? ¿Puedo ver? —preguntó ella entusiasmada.

—Tú deberías estar haciendo tarea. No quiero que nos interrumpas, ¿de acuerdo? Ahora sube a tu habitación —ordenó Demian y ella dio un resoplido de frustración, subiendo a continuación las escaleras con fuertes pisotones para demostrar su inconformidad. En cuanto desapareció de su vista, los tres chicos se miraron en silencio antes de que Demian se diera la vuelta y comenzara a caminar—… Síganme. Es por aquí.

Llegaron a una enorme sala, totalmente equipada como si fuera un gimnasio con enormes ventanales que daban al jardín trasero. Ya la tarde había dado paso a la noche en cuestión de minutos. Demian continuó hasta llegar a una de las ventanas y detenerse, volteando por fin hacia ellos con expresión seria.

—Adelante. Hablen si es por eso que vinieron.

—Creo que, tras los acontecimientos recientes, debemos reconsiderar los términos de nuestro trato —comenzó Samael mientras Frank se acomodaba en una caminadora.

—¿Con “reconsiderar” te refieres a cambiar el acuerdo por completo o simplemente romperlo? —inquirió Demian, estrechando los ojos.

—Por mi parte yo no rompo nada; sigo puesto para matarte si es necesario —aclaró Frank, levantando la mano como para demostrar que tenía palabra.

—Creo que al menos deberíamos hablarlo. Después de lo ocurrido con Mitchell no podemos seguir con la idea de que buscan reunir de nuevo los dones para recuperar el control sobre ti —dijo Samael, tratando de mostrarse seguro.

—Pero ¿cómo podemos estar completamente seguros? Por lo que a mí respecta, podrían estar guardando todos los que consiguen sin importar si son los que necesitan o no, sabiendo que al final uno solo atrae a los demás —replicó Demian, dando un par de palmadas a su pecho para indicar que el don que él poseía era capaz de hacer eso.

—No… tengo una respuesta a eso. Tan solo un presentimiento tras haber hablado con Vicky y Addalynn —admitió Samael, sabiendo que aquello no sonaba muy convincente.

—¿Qué fue lo que dijeron?

—Básicamente que los demonios a los que se enfrentaron no estaban en busca de los dones —explicó Samael—. Y tengo la corazonada de que algo tiene que ver con lo que ha estado pasando aquí últimamente. Después de todo quizá sea coincidencia o no, pero… los nuevos ataques comenzaron a ocurrir desde que ellas llegaron a la ciudad.

—¿Estás insinuando que las han seguido hasta aquí?

—Solo digo que debe existir alguna conexión y es nuestro trabajo averiguar cuál es. Aunque la descripción no coincide con el demonio con el que nos hemos topado aquí, no podemos descartar la posibilidad de que estén tras lo mismo. Un demonio de piel pálida, surcada de venas y ojos negros, y otro cuya piel parecía estar tallada en hueso.

La frente de Demian se tensó ligeramente al escuchar eso último, recordando por su parte al ser que lo había recibido la primera y única vez que había sido convocado por su padre.

—¿Tallado en hueso, dices?

—¿Te suena familiar? —inquirió Samael y Demian dio media vuelta, mirando a través de la ventana por un largo rato sin decir nada. El recuerdo del cáliz y el corte en la muñeca. La sangre, el sabor metálico y ácido quemándole la garganta.

—…Tal vez. Es posible que, como dices, esto sea algo más que simplemente reunir los dones y recuperar el control sobre mí —dijo Demian por fin, la vista fija en el jardín sin realmente mirar a ningún punto en específico, pensando en la posibilidad de que hubieran usado su sangre como algo más que un simple elixir.

Turbado ante aquella idea, se llevó la mano a la muñeca, sintiendo que le escocía, solo la muñequera impedía que se la rascara.

Fuera de la casa, disimulada por las sombras del anochecer, una figura observaba fijamente por el ventanal a los tres chicos reunidos. Aunque parecía mirar con especial atención a Demian a través de unos refulgentes ojos ámbar.


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