CAPITULO 12

12. SONRISA DE TIBURÓN

Era muy temprano por la madrugada, ni siquiera había comenzado a clarear, y Lucianne dormía apaciblemente cuando un ruido metálico fuera de su habitación la hizo despertar. Vio la hora y eran las 4 de la mañana. Se frotó los ojos y cambió de posición, pensando que quizá había lo imaginado, pero apenas colocó la cabeza de nuevo en la almohada, lo escuchó otra vez. Como si alguien arrastrara una bolsa llena de latas vacías.

Se incorporó extrañada y se dirigió a la puerta con curiosidad. La abrió tratando de provocar el menor ruido posible y se asomó con cuidado. Al final del pasillo estaba la habitación de su padre semi abierta, desde donde el sonido metálico parecía provenir hasta que cesó de tajo, como si algo hubiera impactado contra el piso. Después lo vio salir y cerrar el cuarto, dirigiéndose hacia las escaleras en actitud sospechosa.

—¿…Papá? —lo llamó, pero él no respondió. Se acercó al barandal y sólo alcanzó a verlo cerrando la puerta tras sus pasos.

Ella dio un suspiro y volteó intrigada hacia la habitación de su padre. Se acercó y pegó el oído en la puerta, quedándose así por unos minutos, sin saber realmente qué esperaba escuchar, hasta que giró la perilla y dejó que ésta se abriera lentamente con un chirrido.

Dio unos pasos hacia el interior, pero aún no estaba suficientemente iluminado, así que encendió las luces y descubrió en el suelo varios bultos que rebosaban de objetos. Desde donde estaba parada, pudo notar que en algunos de ellos sobresalían varios adornos e incluso joyas. Artículos que no había visto nunca antes en su casa y que tenían toda la pinta de haber sido robados. ¿Por qué habría su padre de confiscar objetos robados en su propia casa? Tenían una bodega especial en el departamento de policía donde los guardaban y él no había vuelto desde el día en que fue atacado. Entonces una idea aún peor se coló su mente: él era quien había estado robando.

Sintió que le faltaba la respiración y tuvo que sostenerse del marco de la puerta. Toda la casa se había sumergido en un completo silencio y ella se sintió más sola que nunca e impotente ante aquella duda que ahora la atormentaba.

No fue la única con problemas de sueño ese lunes por la madrugada. Hacia las 5 de la mañana, Marianne fue despertada por una voz que repetía constantemente su nombre en un susurro, como si estuviera en medio de un sueño.

—Marianne…Marianne…Marianne…

Ella fue abriendo los ojos por más que los párpados le pesaran y una silueta comenzó a bailar en el borde de éstos. Cuando por fin cayó en cuenta de que no estaba soñando, la primera reacción que tuvo fue lanzar un manotazo hacia el frente por impulso. Casi de inmediato se incorporó al escuchar un quejido y se frotó los ojos para poder ver más claramente. Sentado en el piso junto a la cama estaba Samael con las manos en la frente.

—¿…Qué haces aquí? ¡Alguien pudo haberte visto!

—Tuve cuidado de hacerme invisible mientras bajaba y tampoco hice ruido —se justificó, enderezándose de nuevo.

—¿Qué haces aquí?

—…Tengo hambre —respondió él con expresión seria y ella lo miró por un momento, tratando de decidir si reír o hacer una rabieta.

—¿Me despertaste a las cinco de la mañana… porque tienes hambre?

—Lo siento, aún no me adapto enteramente a las necesidades de este cuerpo.

Ella dejó caer la cara sobre su almohada con cansancio.

—…Ya no te es posible volver atrás, ¿verdad? —preguntó ella, pero él no parecía entender a qué se refería—… Ya sabes. A mi mente.

—¿…Prefieres que regrese? —preguntó él con tono apesadumbrado.

—¡No, no me refiero a eso! Sólo… ¡agggh! —bufó ella, enterrando de nuevo la cara en la almohada—. Sólo digo que de esa forma podrías regresar cuando yo no pueda estar pendiente de ti, por ejemplo cuando esté en clases. Así no estarías tanto tiempo solo.

—Me es imposible, tengo un cuerpo físico ahora. No soy del tipo de ángel que puede pasar de un plano a otro a voluntad.

—¿Existen de ese tipo? —preguntó ella con interés.

—No lo sé, supongo. Aunque nunca me he topado con uno —respondió él, encogiendo los hombros—… De hecho no recuerdo haber hablado nunca con nadie más que tú.

—¿Es decir que todo este tiempo, hasta antes de que yo empezara a escucharte, habías estado incomunicado? —preguntó ella, incrédula, y Samael tan sólo asintió con la cabeza por lo que ella no pudo evitar sentir pena por él—… Eso es deprimente.

—No me sentía solo, podía escucharte, e incluso te hablaba. Y aunque no me respondías, albergaba la esperanza de que un día lograría ponerme en contacto contigo —explicó Samael con una sonrisa cálida—. Y finalmente lo logré.

—Pero antes de mí debiste haber conocido algo, a alguien, no sé. Algún tipo de entidad celestial, al gran unicornio rosa o lo que sea. De lo contrario, ¿cómo sabrías todo lo que sabes y lo que tienes que hacer?

Él permaneció en silencio con expresión vacua, como si no hubiera pensado antes en ello.

—Cuando fui creado ya tenía ciertos conocimientos preconcebidos sobre lo que debía hacer. Por eso te digo que no lo sé todo, sólo tengo algunas nociones y certezas.

Marianne pensó en lo horrible que sería estar encerrada en un sitio completamente sola, sin nadie más alrededor, escuchando solamente una voz que a su vez no podría escucharle ni responderle, y entonces sintió remordimiento por haber insinuado siquiera que regresara a ese estado. Y aún si le fuera posible hacerlo, sería una locura de su parte considerarlo siquiera. Se levantó y se dirigió hacia la puerta mientras Samael la seguía con la mirada.

—Iré a buscarte algo para comer. Espera aquí, no salgas.

Bajó con sigilo a la cocina por la escalera de servicio sin que nadie le saliera al paso y decidió preparar dos emparedados y coger dos jugos. Al cerrar la nevera, encontró una nota pegada en la puerta. Era de su padre avisándole que no se preocupara por la comida de ese día pues pediría algo a domicilio cuando volviera del hospital. Eso significaba que la casa se quedaría sola al menos por la mañana.

De regreso en su habitación, le entregó un emparedado a Samael con su respectivo jugo y se sentó con él en el piso para hablarle de los planes del día mientras comían.

—Podrías quedarte en casa y esperar a que vuelva. Pero lo más seguro es que cuando regrese, papá y Loui también estarán en casa y nos dificultarán la salida.

—Lo que tú decidas estará bien para mí —respondió él con una sonrisa que a ella le parecía que ocultaba la inseguridad de tomar ese tipo de decisiones. Aquello podía llegar a ser un problema si deseaba que él pudiera llegar a valerse por sí mismo en su ausencia y no solamente en momentos de peligro.

—Escucha, ¿qué tal si… me acompañas por esta vez a la escuela, para que vayas conociendo el camino? Y así los días siguientes podrás ir por tu cuenta. Aunque al menos esta vez tendrías que esperar afuera, ¿no te importa?

—Haré lo que me digas —aceptó él sin protestar y Marianne sacudió la cabeza.

—En serio, necesitas aprender nuestras costumbres cuanto antes, no puedes pasártela aceptando todo lo que te digan, te devorarán vivo. —Él la miró con expresión horrorizada—… No literalmente, sólo digo que tendrás que formar algo más de carácter para poder sobrevivir.

—Lo siento, lo intentaré —respondió nuevamente con docilidad y ella suspiró.

—…Bien, olvidémoslo por mientras. Estos sándwiches no se acabarán solos —finalizó ella, dando una mordida al suyo. Sabía que tal vez le tomaría algo de tiempo, pero ya en su mente comenzaba a pensar en estrategias para que Samael aprendiera lo básico para desenvolverse con normalidad frente a los demás.

—Bien, éstas son algunas reglas —dijo ella en cuanto salieron de casa—. No hables con extraños y menos si estos te piden algo. Tal vez alguien te salude, en ese caso no está mal devolverle el saludo. Si alguien te pregunta tu nombre, eres Samuel y eres un amigo de la familia, que no se te olvide. Has venido aquí porque… estás pensando en mudarte y quieres conocer tus opciones. Mmh, ahora que lo pienso, ésa podría ser una buena excusa para infiltrarte en la escuela, tenemos que ponerla en práctica un día de estos.

Cuando llegaron al colegio, se detuvieron ante la puerta y de repente ella ya no se sintió tan segura con respecto a hacerlo esperar tanto tiempo fuera; el clima amenazaba con enfriar y la camisa que él traía puesta no era muy abrigadora a pesar de ser de manga larga.

—¿Estás seguro de poder esperar tantas horas aquí afuera?

—Claro, no veo por qué no —contestó él, metiendo las manos en los bolsillos. Marianne hizo una mueca y comenzó a mover la cabeza, tratando de pensar en algo.

—¡…Ah, ya sé! —exclamó con una idea en mente y tiró de él hasta llevarlo a la vuelta del edificio—. ¿Ves ese lugar? El que dice “Retroganzza”. Es una cafetería y abre aproximadamente a las diez de la mañana, sólo tienes que esperar un par de horas aquí afuera y cuando abran, entras ahí y esperas a que salga, ¿de acuerdo? —A continuación se sacó el reloj de la muñeca y se lo colocó a él—… Bien, debo entrar a la escuela. —Dio unos pasos hacia atrás, pero no parecía cómoda con la idea de dejarlo solo, así que se detuvo y terminó regresando y tomando asiento junto a él—… Supongo que no pasará nada si entro en punto de las ocho.

Permaneció ahí, sentada a su lado mientras llegaba la hora de clases explicándole algunas otras cosas que debía saber y mientras estaba en eso, un auto pasó frente a la parada de autobús. En el asiento copiloto iba Kristania, que al verla de reojo, giró por completo el rostro, como si le sorprendiera verla ahí con un muchacho desconocido. Al notar aquél gesto desde el asiento trasero, Mitchell también volteó con curiosidad y al darse cuenta de quién era, se pegó al cristal como si fuera un adorno de ventosas.

—¡Qué demonios! —exclamó con tono dramático, provocando que su madre perdiera el control del volante para de inmediato rectificar.

—¡Mitchell, no vuelvas a hacer eso! —reclamó ella, encajando las uñas en la guía. Kristania giró los ojos y se enterró en el asiento.

Marianne volteó al escuchar el chirrido de las llantas, pero al ver que el auto continuaba su camino como si nada, decidió ignorarlo.

En cuanto sonó la campanada de entrada, ella corrió hacia la escuela y en el pasillo principal vio que el director iba saliendo acompañado por un par de profesores, y con gesto parco, como si hubiera recibido una mala noticia. Naturalmente sintió algo de curiosidad, pero decidió que no era de su incumbencia, así que continuó el camino hacia su aula. La profesora no había llegado aún para su suerte.

Conforme habían pasado los días ya no recibía tantas malas caras como al principio, pero Kristania no parecía dispuesta a renunciar y en esa ocasión le dedicó una sonrisa maliciosa.

—Pensamos que ya no llegarías —dijo Angie apenas se dejaba caer en su asiento.

—Tuve… algo importante que hacer antes.

—¡Hey, hey! ¿Ya viste? —susurró Lilith, tomando el brazo de Belgina y alzándolo como si se tratara de una muñeca—. ¡Es milagroso! No nos quiere decir cómo pasó.

Marianne le dirigió una mirada extrañada a Belgina, y ella le respondió con otra, dándole a entender a ella le correspondía contarlo.

—¿Qué hay con esas miradas? ¿Nos están ocultando algo?

—Ahm… con respecto a eso… tenemos que hablar saliendo de la escuela, supongo que les habrá llegado el mensaje que les envié ayer por la noche. Hay alguien a quien debo presentarles —comentó ella, tratando de no proporcionar demasiada información antes de tiempo y en presencia de todos.

—Uy, ¿a quién? ¿Es un chico? ¿Es guapo? —la cuestionó Lilith con inmediato interés, pero cualquier respuesta que pudo haberle dado fue interrumpida por la llegada abrupta de la profesora, arrastrando los pies con pesadez y con pañuelo en mano.

—…Les diré más tarde —murmuró Marianne, acomodándose en el asiento.

—¡Hoy es nuestro primer día en básquet por cierto! —le avisó Lilith al oído con evidente emoción, cosa que en lo personal no le entusiasmaba tanto, pero se había comprometido a formar el equipo y ahora debía continuar.

La maestra comenzó entonces a hablar con voz temblorosa. Sus ojos enrojecidos se notaban aún húmedos y constantemente se sorbía la nariz. Nadie se atrevía a preguntar el por qué de su estado, así que permanecieron sumidos en un silencio incómodo que por momentos se acrecentaba cuando ella hacía pausas para gimotear y soplarse la nariz.

—Quizá la dejaron —asumió Lilith un par de horas más tarde, mientras se encaminaban hacia el auditorio para su primer día del club—. La profesora Anouk siempre ha sido muy necesitada.

—Seguro hay motivos más serios —replicó Marianne, tratando de ir lo más lento que podía y preguntándose si Samael ya habría entrado a la cafetería tal y como le había indicado.

Tres chicas pasaron corriendo, colocándose delante de ellas. Kristania y sus esbirros, Sela y Tanis, las miraban hacia abajo. Vestían shorts.

—¿Ya se iban sin nosotras? Eso no es muy de “equipo” que digamos —comentó Kristania en tono sarcástico, y las dos chicas las observaron de pies a cabeza—. ¿Les gustan nuestros uniformes? Decidimos comprarlos para empezar con el pie derecho en el club, porque luego hay quienes piensan que sólo vamos a perder el tiempo sin tomarlo con la seriedad que se debe.

Tras decir esto les dirigió una mirada a sus amigas y a una señal de ella se dieron la vuelta y continuaron por el corredor, caminando al mismo tiempo como si tuvieran las extremidades unidas por barras paralelas. Lilith no tardó en sentir que le hervía la sangre.

—¡¿…Viste eso?! ¡Lo hicieron para hacernos quedar mal! ¡Cómo las detesto! —exclamó, apretando los puños y quedando roja.

—No les des el gusto de que te vean enojada. Si quieren jugar al “equipo”, pues jugaremos, a ver quién cede primero —le propuso Marianne, tomándola del hombro y empujándola para alcanzar a las otras; no permitiría que llegaran antes que ellas, suponiendo que usarían alguna treta para descalificarlas ante los ojos del entrenador. Al ver que las tres ya estaban por empujar la puerta del auditorio, redoblaron la velocidad y la tocaron al mismo tiempo que ellas, originando una guerra de miradas mientras la abrían.

En el interior, los muchachos del equipo ya estaban practicando tiros y haciendo calentamiento, pero no se veía al entrenador por ninguna parte.

—Hey, ¿qué hacen aquí? —preguntó Demian, separándose del grupo de chicos y deteniéndose al notar la presencia de Kristania.

—¡Hola, Demian! Qué bueno ver que estás bien. Me quedé muy preocupada el sábado —dijo ella con expresión embelesada, y ciertamente su aspecto era más saludable en comparación con el día anterior.

—Sí, eh… no era para tanto. No sé si sepan, pero no está permitido que nadie pase cuando estamos entrenando, sólo durante la semana de reclutamiento.

—¡Pues nosotras sí podemos ya que ahora somos oficialmente el equipo femenil! —anunció Lilith, inflando el pecho con orgullo, y de inmediato los demás muchachos detuvieron su práctica y giraron el rostro como perros de la pradera. Por un instante, Marianne se sintió como si estuvieran en medio de un estanque de pirañas y ellas fueran unos jugosos filetes

—¿En serio? ¿Siempre sí lograron formar el equipo? —preguntó Demian sin poder ocultar su sorpresa y sin saber qué tipo de expresión mostrar ante la la perspectiva de tener que compartir espacio con Kristania en adelante.

—¡De haber sabido que se podía yo me apuntaba desde antes, lo juro, me encanta el basquetbol! —intervino Kristania con un entusiasmo exacerbado y a todas vistas fingido.

—Prometemos no molestar ni interrumpirlos, sólo necesitamos reportarnos con el entrenador para que nos asigne nuestras actividades y con suerte un horario diferente al de ustedes —replicó Marianne con actitud defensiva al notar las miradas escépticas de casi todos los chicos del equipo, como si se tomaran de broma que ellas estuvieran ahí.

—Pues… de hecho lo estamos esperando también. No ha llegado y es extraño, normalmente él siempre está aquí cuando entramos, con toda una lista de actividades para nosotros. Ya mandamos a alguien a preguntar por él.

—Ay, no, justo en nuestro primer día —se lamentó Lilith, dejándose caer en la banca frente a las gradas—. ¿Ahora qué haremos? Yo que venía con ánimos de empezar el entrenamiento, es tan injusto.

Demian volteó hacia sus compañeros y les hizo una señal para que regresaran a la práctica.

—Bueno… mientras tenemos noticias del entrenador quizá pueda ayudarles un poco con algunos ejercicios básicos —se ofreció él, sintiendo que era su deber como capitán del equipo asistirlas. No pasó ni un segundo y Kristania se abrió paso a empujones hasta quedar frente a él.

—¡Como siempre tan amable! ¡Teníamos tanta ilusión de empezar y tú te ofreces a ayudarnos! ¡Eres genial!

Él sólo mostró una sonrisa forzada y retrocedió unos pasos para poner distancia, dirigiéndose enseguida hacia las demás chicas.

—Bien, comencemos entonces aprendiendo a botar la pelota —planteó él, sacando una caja de pelotas de debajo las gradas y lanzándole una a cada chica.

Lilith detuvo la suya con facilidad y renovados ánimos, mientras Marianne apenas y alcanzó a evitar que la suya cayera al suelo, aunque le fue mejor que a las otras, quienes acabaron persiguiendo sus balones por toda la pista, ante lo cual Demian lanzó un suspiro de resignación, imaginando lo eternos que se le harían los siguientes minutos.

Después de un rato, decidió que comenzaran a lanzar las pelotas entre ellas para ejercitar sus reflejos, dándoles instrucciones sobre el modo correcto de sostener el balón. Las chicas no tenían cara de haberlo entendido todo, así que pensó que con la práctica se les haría más fácil y ordenó que se colocaran en grupos de dos, una frente a otra, pero al ser cinco, Kristania de inmediato pidió practicar con él.

—¿…Qué tal si hacen un grupo de tres y se van lanzando el balón por turnos? —sugirió él, colocándola en grupo con sus amigas.

—¡Pero no sería justo! Así ellas la tienen más fácil —protestó, señalando hacia Lilith y Marianne que ya habían empezado a lanzarse la pelota—. No quiero pensar que las estás favoreciendo, ¿verdad que no?

Demian tuvo que contenerse nuevamente y dio una exhalación.

—…Muy bien, haremos esto, iremos rotando turnos como sugerí —resolvió él de forma salomónica, colocándose en posición para lanzar la pelota y comenzando a botarla. Kristania se instaló delante de él, acomodándose el cabello y procurando no realizar algún movimiento antiestético estando en su presencia. Marianne y Lilith intercambiaron miradas de fastidio y mejor continuaron lanzándose el balón entre ellas.

Cada vez que él lanzaba la pelota, Kristania se quejaba, pidiéndole que fuera más delicado, colmando su paciencia hasta que un par de minutos dijo que ya habían pasado cinco minutos y pidió el cambio. Marianne era la siguiente.

— “Oh, por favor, sé delicado, tengo uñas nuevas” —expresó ella en tono fársico y él entornó los ojos, reprimiendo una sonrisa.

—…Muy graciosa —dijo, al tiempo que lanzaba la pelota y ella la detenía, tratando de mantener los dedos flexionados en la posición como había indicado—. Nada mal.

—Soy de rápido aprendizaje —respondió, botando la pelota y devolviéndosela.

—Ojalá tus reflejos funcionaran así de bien todo el tiempo —comentó él, lanzándosela de vuelta, y ella entendió que se refería al accidente.

—…Lo dice quien un día parece salido de una película de zombis y al otro está como si nada —replicó ella, lanzándole el balón con más fuerza.

—Bienvenida al siglo 21, los medicamentos hacen milagros —contestó él, sonriendo con suficiencia mientras Kristania no les quitaba los ojos de encima—… Por cierto, ¿le dijiste algo a Mitchell? Ha estado deprimido desde que llegó.

—¿Y yo que tendría que ver con eso? ¿Ahora son grandes amigos o qué?

—No es tan malo una vez que lo conoces más. Creo que todas las personas tienen un cierto nivel de locura; él la sobrepasa, pero no es lo que aparenta. Es muy distinto a… —discretamente ladeó un poco la cabeza en dirección hacia Kristania a modo de señal.

—Como sea, me da igual si ahora son íntimos y se hacen trenzas francesas, pero no quieras hacerla de Cupido con tu nuevo mejor amigo, ¡y menos conmigo! —le advirtió Marianne y él no pudo evitar soltar una risa que llamó la atención de los demás, por lo que trató de recuperar la compostura.

—…Tranquila, no haría algo así —aclaró Demian, regresándole la pelota y haciendo una seña a sus compañeros para que regresaran a lo suyo—. Aunque admito que es un poco gracioso verte echando humo cada vez que está cerca.

—¡Pues a mí no me lo parece! —objetó ella, sulfurándose y lanzándole la pelota a la cara, aunque él la detuvo a tiempo mientras ella pedía cambio de turno, quedando frente a Kristania.

—¿De qué hablaban? —la cuestionó ella con recelo, lanzándole el balón como si su cabeza fuera un enorme pino y estuviera en el boliche.

—No es de tu incumbencia —respondió Marianne de forma cortante tras detenerlo con firmeza y devolvérselo. Kristannia la miró con una mueca de animosidad, y de repente sonrió con malicia.

—…De no ser por el chico con el que te vi esta mañana cualquiera diría que eres de esas chicas que odian a los muchachos. —Ella de inmediato le dirigió una mirada interrogante—… Ya sabes, el rubio. Mi hermano hizo una gran rabieta al verlos. Pero por lo que a mí respecta, mejor, así se le quita el capricho que tiene contigo.

Marianne no respondió, pero podía apreciarse la presión que ejercía en la quijada al rechinar los dientes. No se había puesto a pensar que alguien podría haberla visto en la parada de autobús, aunque realmente eso no le importaba mucho, era el tono en que lo decía lo que le molestaba. Justo le tocaba turno para lanzarle la pelota, y ya estaba preparándose para un tiro especialmente vigoroso cuando de pronto un muchacho con el uniforme de basquetbol entró corriendo al auditorio.

—¡Un accidente! ¡El entrenador tuvo un accidente! —exclamó aquél, atrayendo la atención de todos mientras se apoyaba en las gradas para tomar aire.

—¿Qué te dijeron exactamente? —preguntó Demian, dejando caer la pelota con tal descuido que ésta botó con fuerza y acabó estampándose justo en la cara de Kristania.

—¡Mi nariz! —chilló ella, llevándose las manos al rostro—. ¡No mi nariz!

Demian se detuvo a medio camino y volteó desconcertado al escuchar su grito.

—¡Llévenla a la enfermería! Son sus amigas, ¿no? —intervino Marianne en dirección a sus secuaces hasta que ambas reaccionaron después de unos segundos y sacaron a Kristania de ahí. Demian suspiró con alivio por un instante y volvió a concentrarse en la noticia que acababa de traer su compañero de equipo.

—Fue un accidente de auto o algo así —narró el muchacho lo más claro que la falta de aire le permitía—. Venía hacia la escuela y de repente perdió el control y se estrelló contra la valla de seguridad de la represa. Fue tan fuerte que salió expulsado por el parabrisas y cayó en ella. Lo sacaron y lo llevaron al hospital de inmediato.

—Cuando llegué, el director se veía bastante angustiado —recordó Marianne.

—No es de extrañar, el entrenador Jayden es su hijo —explicó Demian, pasándose el dorso del pulgar por los labios en gesto pensativo.

—¡Oh, ahora que lo dicen….! —interrumpió Lilith al recordar algo—. El año pasado la profesora Anouk estaba obsesionada con uno de los entrenadores, quizá sea él.

—¿La señorita Anouk? Es la profesora con quien el entrenador ha estado saliendo.

—Con razón estaba tan triste en la mañana —murmuró Lilith, alzando las cejas.

—¿Te dijeron algo más? —preguntó Demian.

—Escuché algo de que no tenía signos al llegar al hospital, pero lograron traerlo de vuelta. No han dicho nada más sobre su estado.

Marianne reaccionó de inmediato ante aquellas palabras y por un instante esperó escuchar la voz de Samael diciéndole que debía ir al hospital, pero recordó que ahora ya no estaba con ella. A pesar de que Umber ya no existía, la visión de los ojos rojos observándola a través de aquel agujero negro seguía fresca en su memoria, y estaba segura de que en cualquier momento tendría que enfrentar a su poseedor.

Lo que para ella no habían sido más que unos segundos sumergida en su mente, al parecer para los demás fue un poco más pues tanto Lilith como Demian la miraban fijamente, como si hubieran estado hablándole todo ese tiempo sin obtener respuesta.

—…Perdón, ¿decían algo? —preguntó ella, sacudiendo ligeramente la cabeza.

—Pregunté si tu madre seguía en el hospital y si irías a visitarla —inquirió Demian—. Podrías preguntar por el entrenador. Iría yo, pero debo trabajar saliendo de aquí.

—Ah… claro. Veré qué puedo investigar —aceptó ella mientras Lilith le sostenía aquella mirada indagadora, esperando que le explicara lo de su madre, pero ella únicamente le indicó con los ojos que luego lo hablarían.

—¿Quieres quitar ya esa cara? Estás comenzando a estresarme —dijo Demian más tarde al abrir la puerta del Retroganzza, seguido de cerca por Mitchell con expresión fúnebre. Éste respondió únicamente con una exhalación de derrota y entró detrás de él, yendo a sentarse directo a los taburetes frente a la barra y comenzando a dar vueltas sobre uno. De repente se detuvo de golpe con la vista fija en una de las mesas.

—¡Es él! —Mitchell señaló hacia el gabinete junto a la entrada. Ahí se encontraba Samael, con un par de vasos vacíos con apenas unos solitarios cubos de hielo derritiéndose a su lado y unos tres platos acumulados.

—¿De qué hablas? Te he dicho que no molestes a los clientes, ¿quieres? —le ordenó Demian mientras se iba preparando detrás de la barra.

—¡Hablo de él! ¡El güerejo ése! ¡Es novio de Marianne!

—¿Novio? —preguntó Demian, mirando hacia el chico con incredulidad. Él estaba tan absorto leyendo el menú que no se daba cuenta de nada. Demian sonrió al pensar que era un chiste—. Sí, claro, seguro que lo es.

—Dime la verdad… si fueras mujer, ¿a cuál de los dos preferirías? ¿Verdad que la mejor opción sería yo? ¡¿Verdad?! —lo interrogó Mitchell con tono de súplica.

—… A mí no me preguntes.

Marianne entró entonces a la cafetería con una sensación de urgencia, pasando la mirada rápidamente por las mesas hasta encontrar a Samael justo en su sitio preferido, como si de alguna forma intuyera que ahí debía sentarse. Dio un suspiro y se acercó a él. Samael alzó la vista y se incorporó de un salto, su rostro iluminándose con una sonrisa.

—¡No puedo creer el descaro! ¡Justo frente a mí! ¡Y dudo que no me haya visto! ¡Vamos, que es imposible no verme! —protestó Mitchell con los hombros alzados en señal de disgusto, mientras Demian observaba atentamente a aquellos dos, poniendo especial interés en sus expresiones y lenguaje corporal ya que en efecto parecían ser más que simples conocidos.

Mitchell dijo algo más, pero su voz le sonaba lejana, como si le hablara a través de un embudo, hasta que volvió a escucharlo claramente a su lado.

—¿…Hola? ¿Sigues en el planeta Tierra?

—Te escuché, pero no tengo nada qué decir al respecto. Ahora tengo trabajo que hacer, así que, con permiso —respondió con desinterés, entrando a la cocina ante la confusión de Mitchell.

Angie y Lilith entraron a la cafetería a continuación y se acercaron con curiosidad al gabinete.

—¡Lo sabía, es un chico! —exclamó Lilith, como si estuviera siempre en lo correcto.

—Les presento a Samuel, se podría decir que es familia. Ellas son…

—Tú debes ser Lilith, y tú, Angie —se adelantó Samael, acercándoseles con aquella expresión de fascinación cada que veía algo nuevo.

Tomó primero la mano de Lilith, mirando atentamente sus ojos de girasoles marinos; luego pasó con Angie, observando sus pecas. Angie permaneció inmóvil, sin saber cómo reaccionar.

—…Basta, la estás asustando —murmuró Marianne entre dientes, apartándolo de Angie antes de que comenzara a contarle las pecas y la incomodara más.

—¿Cómo sabes nuestros nombres? —preguntó Lilith mientras se sentaban, y Samael le dirigió una mirada a Marianne como preguntándole qué decir ahora.

—…Bueno, eso es parte de lo que tienen que saber —explicó Marianne justo cuando Lucianne apareció en la puerta. Esta vez parecía haber llegado sola y se sentó junto a Lilith y Angie tras ofrecerles un saludo algo apagado.

—¿Pasa algo?

—Tengo… demasiadas cosas en mente —dijo sin agregar nada más, aunque Marianne ya suponía de qué iba la cosa. Desde que el comandante había perdido el don moral se había estado preguntando en qué momento daría muestras de ello, y por la cara que traía Lucianne se imaginaba que tenía algo que ver con él, aunque antes de poder preguntarle, ella notó la presencia de Samael—. ¿Quién es él?

—Ah, sí… bueno, a lo que iba. Él es Samuel y… es como nosotras —decidió soltarlo sin mayor preámbulo y las tres chicas los miraron sin comprender de qué estaba hablando.

—Y con eso te refieres a que… ¿él es en realidad ella? —conjeturó Lilith y Marianne se cubrió la cara con las manos, tratando de pensar de qué otra forma decírselos, pero Mitchell interrumpió, plantándose frente a la mesa con expresión indignada.

—…Señoritas —pronunció con formalidad, mirando de reojo a Marianne con matiz acusador, y pasando a Samael con el mismo tonito condescendiente—… Caballero. —Las chicas únicamente esperaron a saber qué pretendía ahora—. En vista de las circunstancias actuales, no me queda más remedio que aceptar mi derrota, aunque no sin antes mostrar por última vez de lo que te has perdido. —Apoyó ambas manos sobre la mesa y comenzó a girar el cuello de forma que pudiera ver lo que consideraba sus mejores atributos a detalle—. ¡Dile adiós a todo esto!

—Qué sufrimiento —dijo Marianne con cara de fastidio mientras Mitchell se enderezaba de vuelta.

—¡Ya no podrás tener nada de esto que ves frente a ti! ¡Podrás ver, pero no tocar! —continuó él, volviendo a apoyarse en la mesa y pasando ahora la vista hacia las otras chicas, cambiando radicalmente de actitud a una más seductora—. Pero para ustedes estoy disponible, por supuesto.

—No, gracias —respondieron las tres al unísono.

—Necesitan tiempo para pensarlo, lo entiendo, pero la paciencia es una de mis virtudes y con gusto esperaré a cualquiera de ustedes.

—¡Disculpen la tardanza! Alguien hizo explotar un espectrómetro y tuvimos que quedarnos a limpiar el laboratorio.

Belgina apareció en ese momento, aún con la bata y los lentes de seguridad puestos, mientras trataba de recobrar el aliento. Mitchell le echó un vistazo de arriba abajo con expresión meditabunda, tras lo cual alzó una ceja y movió lateralmente la cabeza como pensando “nada mal”.

—¿…Qué tal, nena? Me parece que aún no tengo el gusto de conocerte. Mi nombre es Mitchel, ¿y el tuyo? —se presentó él, besando su mano, y Belgina se quedó inmóvil hasta que rápidamente la retiró y volteó hacia sus amigas con el rostro enrojecido como tomate.

—Déjala en paz —le advirtió Marianne y él colocó la palma frente a ella.

—Uh, oh, perdiste tu oportunidad, háblale a la mano —repitió él, volviendo su atención hacia Belgina—… Entonces ¿cuál es el nombre de una muñeca como tú?

Ella miró nuevamente a las chicas en busca de apoyo y ellas sacudieron la cabeza de forma negativa.

—Be… B-Belgina —respondió finalmente, tartamudeando, y ellas cerraron los ojos en señal de que había cometido un gran error.

—Un nombre hermoso para una chica hermosa —añadió Mitchell, ofreciéndole el asiento junto a Marianne y obligándola a ella a moverse para hacerle espacio y luego él mismo tomó una silla para anexarse en el grupo, sentándose con el respaldo al frente y apoyando los codos en la mesa sin despegar la vista de ella, ignorando las miradas hostiles del resto de las chicas—. Entonces, ya que nos presentamos, ¿qué tal si nos conocemos un poco mejor?

—¿Está molestando? —preguntó Demian, apareciendo detrás de él y dando golpes con el lápiz sobre la libreta de anotaciones.

—De hecho, sí. Desaparécelo —exigió Marianne, mirando a Mitchell como si quisiera sacarlo de ahí a patadas. Demian lo tomó del hombro y de un jalón lo arrastró lejos de ahí.

—Andando, te lo advertí.

—¡No, espera! ¡Dame chance! —suplicó él, intentando regresar a la mesa sin éxito.

—¿…Por qué me miran así? —preguntó Belgina al notar las miradas sobre ella.

—Ten cuidado, Belgina. Es un coqueto sin escrúpulos. Y peor aún, es hermano de Kristania —la previno Marianne en tono de sermón.

—S-Sólo me tomó por sorpresa… Nadie antes me había hablado de esa forma, no supe cómo reaccionar —explicó Belgina, sintiéndose avergonzada, tras lo cual intentó enfocarse en lo que les concernía, posando la mirada en Lucianne, justo frente a ella—… Lo siento, no había tenido oportunidad de conocerte antes. Debes ser Lucianne.

—Así es, mucho gusto. Supongo que estamos aquí por la misma razón.

—Eso es lo que quiero saber, no creo que sea solamente para presentarnos a un chico lindo. Aunque no me quejo, la verdad —comentó Lilith, guiñándole un ojo a Samael.

—Bien, pues retomando el tema, cuando dije que era como nosotras, me refería a…

—Soy un Angel Warrior —se adelantó Samael, dejando a las chicas mudas de la impresión. Por varios segundos intercambiaron miradas hasta que Demian interrumpió.

—¿Van a ordenar algo?

El silencio prevaleció en la mesa hasta que Marianne se decidió a hablar.

—…Yo creo que con dos pizzas bastará, una para Lilith y la otra para el resto —declaró Marianne para aligerar el ambiente—. ¡Ah, por cierto! Él es Samuel. Por fin alguien que no te conoce.

Demian hizo un escueto asentimiento con la cabeza a manera de saludo.

—¿Algo más? —agregó con premura, como si tuviera algo más importante qué hacer.

—Y refrescos para todos, ¿les parece bien? —añadió Marianne, esperando la aprobación de las demás.

—Té helado, por favor —pidió Lucianne, intentando sonreír a pesar de todo.

—También para mí —la secundó Belgina.

Demian sonrió en dirección a ellas y se marchó hacia la cocina. Aquel instante fue aprovechado por ellas para acribillarlos con varias preguntas al mismo tiempo y Marianne intentó imponer un orden.

Ellas escucharon atentamente mientras les relataba la supuesta verdad sobre cómo él era quien originalmente la había reclutado como Angel Warrior y le daba instrucciones desde su ciudad de origen. Samael únicamente escuchaba tan atento como ellas para no perder detalle. Finalmente narró la forma en que habían eliminado a Umber y cómo los dones habían sido absorbidos por alguien más.

—¿Significa entonces que habrá otro demonio ocupando el lugar de él? —formuló Lilith tras escuchar todo.

—Eso parece —asintió Marianne con gravedad.

—¿Así va a ser siempre entonces? Acabamos con uno y aparece otro, y aunque lo eliminemos, igual aparecerá otro más —intervino Lucianne, desanimada ante la idea y preocupada por las consecuencias de no recuperar el don de su padre.

—No debemos preocuparnos por los que aparezcan, sino por la cadena de mandos. Los demonios pueden crear otros, pero éstos tendrán considerablemente menos poder que quien los creó, además de que los primeros pierden parte de su propia energía por hacerlo, así que no les conviene crear tantos —explicó Samael.

—Sabes mucho —comentó Angie, contemplándolo tan sorprendida como embelesada—. ¿Cómo es que sabes tanto?

De nueva cuenta él tuvo la sensación de que caminaba por terreno pedregoso y debía tener cuidado al pisar.

—…Simplemente lo sé —respondió con una sonrisa, esperando que con eso les bastara por el momento. Antes de que pudieran preguntarle algo más, Demian regresó con sus órdenes, por lo que se vieron obligados a dejar de hablar del tema.

—¿Dónde dejaste a Mitchell por cierto? Hasta se respira la tranquilidad sin él rondando como un molesto mosquito —preguntó Marianne, dando una mordida a la pizza.

—Lo dejé en el calabozo. Provecho —dijo él, regresándose a la cocina, y ella pareció indignada ante su cortante respuesta.

—¡¿Qué le pasa?! ¡No fui grosera esta vez, ¿verdad que no?!

—Hay mucha gente en la cafetería, debe estar muy ocupado —lo justificó Belgina.

—Y todo gracias a la gárgola. Ojalá le quede un chichón enorme en la nariz —deseó Lilith, metiéndose una rebanada entera de pizza a la boca.

—Por cierto… necesito ir al hospital saliendo de aquí para visitar a mi madre, y de paso averiguar el estado del entrenador, al parecer tuvo un accidente grave y creo que deberían acompañarme. —Las chicas no parecían comprender la razón por la que debían ir, así que recurrió a Samael—… Lo resucitaron.

La reacción de él fue inmediata.

—Tiene razón, tenemos que ir —la secundó de forma contundente, lo que generó mayor intriga en ellas.

Terminaron de comer y mientras iban poniéndose de pie, Demian se acercó para recoger los platos.

—Gracias por todo, Demian. Salúdame a tu papá —expresó Lucianne con una sonrisa y él respondió de la misma forma.

—Quizá un día puedas visitarnos, a él le dará mucho gusto verte de nuevo.

—Me encantaría —asintió ella, acentuando más su sonrisa, mientras él cargaba con todo y marchaba de vuelta a la cocina.

—¡Hey! ¿Quieres que le diga algo al entrenador de tu parte? —preguntó Marianne, pero él ya se había perdido de vista tras las puertas de vaivén. No tenía idea si la había ignorado o no alcanzó a escucharla, pero de cualquier forma se sintió ofendida. Tomó su mochila y se la echó al hombro con brusquedad para salir de ahí.

En el hospital entraron todos en fila, atrayendo las miradas de pacientes y visitantes. Lilith saludó a una de las enfermeras con un abrazo, a la que reconocieron como su madre, y Marianne aprovechó para ir a ver a la suya. Iba confiada de que tanto Loui como su padre no estarían, pero al dar la vuelta en el pasillo, vio que se había equivocado. Ahí estaba su padre, sentado en uno de los muebles del corredor y leyendo un libro. Se detuvo en seco y se dio media vuelta para regresarse por donde había llegado, pero sus amigas la habían seguido, provocándole un sobresalto que acabó por hacerla salir al paso.

—¡Viniste! —Su padre cerró el libro y se acercó, notando que no estaba sola—. Oh, ¿son tus amigas?

—No nos dijiste que tenías un hermano mayor —comentó Lilith mientras Marianne permanecía en aquella posición entre un pasillo y otro.

—…Es mi padre —masculló ella entre dientes.

—¿En serio? ¡Wow, muy bien conservado!

Marianne dio un suspiro, sintiéndose de vuelta en la secundaria. Durante las pocas ocasiones en que su padre estaba en la ciudad y asistía a sus reuniones escolares, siempre terminaba acaparando la atención mientras que ella ni siquiera podía hacer amigos.

—¿No me presentas?

Marianne suspiró nuevamente como si pudiera prever lo que vendría a continuación.

—Les presento a mi padre —dijo ella con renuencia.

—Llámenme Noah —añadió él, saludando con una sonrisa, y Lilith le dio un codazo a Marianne para que los presentara como era debido.

—…Está bien, está bien. Lilith, Belgina, Angie, Lucianne, y… —calló al ver que Samael no estaba ahí.

Pasó la vista a su alrededor, pero no lo encontró, así que supuso que o se había hecho invisible o simplemente había optado por dar unos pasos hacia atrás y no mostrarse ante su padre. Noah por su parte miró con atención a las chicas hasta detenerse en Lucianne.

—Eres hija de Red, ¿verdad?

—Sí, él es mi padre —contestó sorprendida de que la reconociera y él abrió la boca con la intención de decir algo más, pero de inmediato volvía a cerrarla, decidiendo simplemente curvar sus labios en una sonrisa.

—Eres familia entonces, puedes pasar con Marianne —determinó él, haciéndose a un lado y señalando hacia la puerta del fondo. Lucianne no supo qué contestar y volteó hacia Marianne, esperando su decisión.

—…Será sólo por un momento, tenemos mucha tarea pendiente —dijo ella, jalándola hacia aquella habitación y mirando de reojo hacia atrás, deseando que a su padre no se le ocurriera hacer preguntas de más.

En cuanto volvieron a salir minutos después, intentó que la despedida fuera lo más rápida posible y evitar que la conversación se alargara.

—Debemos irnos ahora. Regresaré a casa al rato.

—Oh, está bien. Fue un gusto conocerlas —se despidió Noah mientras Marianne prácticamente tiraba de todas para salir de ahí.

—Calma, ¿por qué tanta urgencia? —preguntó Lilith, intentando demorar sus pasos.

—Tu papá es muy amable, nos estuvo contando anécdotas de cuando eras niña —comentó Angie yendo tras de ella.

—¿En serio? Me sorprende que recuerde alguna siquiera —replicó Marianne con tono resentido, aunque de inmediato se reprochaba por hacer un comentario de ese tipo frente a ellas. Las chicas intercambiaron miradas, decidiendo mejor no hacer más comentarios al respecto.

Samael se reunió con ellas al salir del pasillo, haciéndolo parecer como si se hubiera atrasado.

—Iré a preguntar por el entrenador Jayden —anunció Lilith, acercándose a recepción. Justo en eso pasó un hombre con bata blanca que parecía llevar prisa, abriéndose paso entre ellos y pisando a Marianne de paso.

—¡Auch!

—Lo siento —se disculpó el hombre, girándose levemente e intentando ocultarse bajo el gabán blanco. Ella creyó reconocerlo.

—Hay problemas —afirmó Lilith tras regresar—. No encuentran al entrenador por ninguna parte, vi de lejos al director discutir con alguien, no se explican cómo pudieron perderlo.

—Lo acabo de ver —aseguró Marianne, mirando hacia la puerta por donde el sujeto de la bata había salido, y sin decir nada más, se lanzó a correr para alcanzarlo. Samael la siguió y con un segundo de retraso, las demás también se echaron a correr.

Corrió a lo largo de tres calles, deteniéndose finalmente agotada en una esquina, con Samael pisándole los talones.

—¿Hacia dónde? —preguntó él. Ni siquiera se notaba cansado.

Ella le señaló al hombre con la bata blanca que daba la vuelta en un callejón a media avenida y él continuó con la persecución.

Sus amigas iban aproximándose desde la cuadra anterior cuando Lucianne se detuvo de golpe. Al otro lado de la calle vio a un hombre forrado de una gruesa chamarra con capucha salir a toda prisa de una joyería, y tras subirse el cierre hasta la altura del rostro dirigía una breve mirada hacia donde estaba ella y se marchó corriendo en dirección contraria. Lucianne sintió un vuelco al reconocerlo y sin pensarlo dos veces, fue corriendo tras él.

—¿A dónde vas? ¡Es del lado contrario! —exclamó Lilith, cambiando de rumbo y siguiéndola—. ¡Iré por ella! ¡Ustedes continúen!

Angie y Belgina decidieron retomar la carrera hasta alcanzar a Marianne, quien se apoyaba sobre las rodillas para recuperar el aliento.

—¿Dónde está? —preguntaron ellas y Marianne señaló hacia el callejón, tomando otro impulso para continuar.

Samael estaba de pie al fondo del callejón. Delante de él, agazapado junto al muro, el entrenador se cubría con los brazos, aterrorizado. Tenía algunas contusiones y raspones, pero se veía en buen estado.

—No me atrevo a acercarme, piensa que le haré daño —explicó Samael.

—Profesor, ¿me recuerda? Me uní hace poco al club de basquetbol —dijo Marianne, acercándose con cuidado—… No debería estar aquí, lo están buscando en el hospital.

—No puedo volver, me matará —murmuró el hombre con voz temblorosa.

—¿De quién habla?

—…El hombre de ojos rojos.

El recuerdo de los ojos inyectados de sangre sobresaliendo de un agujero negro se disparó de inmediato en su mente. Si el entrenador lo había visto no le cabía la menor duda de que él era el objetivo ahora.

—…Venga, le prometo que estará a salvo —le aseguró ella, ofreciéndole la mano.

La observó dubitativo y comenzó a levantar la suya lentamente. Samael de pronto se interpuso entre ellos y tiró de Marianne justo cuando una mano con tonalidad cerúlea salía de la nada y sujetaba al hombre de la muñeca.

Éste comenzó a retorcerse y contorsionarse mientras la mano seguía emergiendo del hoyo negro que pendía en el aire. Marianne intentó regresar, pero Samael la obligó a retroceder hasta salir del callejón.

—¡Debemos ayudarle!

—Pero no así. Recuerda lo que pasó cuando los otros descubrieron quién eras.

Ella apretó los dientes al entender que tenía razón y que debía pensar con la cabeza fría. Miró la periferia de la calle. Gente ocasional aparecía a lo lejos, pero fuera de su vista.

—Es peligroso transformarse por aquí, en plena vía pública, alguien podría llegar a vernos —comentó Angie, y Samael se colocó a un lado de ellas.

—Sosténganse de mí.

Ellas intercambiaron miradas, pero terminaron haciendo lo que les había pedido. De un instante a otro sintieron una especie de hormigueo que recorría en oleada su cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los dedos.

—¿Qué fue eso? ¿Qué hiciste? —preguntó Marianne sin ver nada diferente.

—Somos invisibles ahora —respondió él mientras su cuerpo iba cubriéndose por una flexible armadura de tono plateado—… Sugiero que empiecen a hacer lo mismo.

El entrenador permanecía paralizado en el callejón, observando con ojos desorbitados las manos plomizas salidas de aquella abertura, deteniéndolo con firmeza, seguidas por una cabeza de la que parecían brotar unas púas del mismo material lóbrego que conformaba su revestimiento. Podía escucharse el crujir de sus huesos al arquear su cuerpo mientras salía. El ser lo tomó de la bata, acercándolo más a él, y alzó el rostro, encarándolo con aquellos ojos rojo sangre, helándolo con tan sólo una mirada.

Acto seguido y sin decir nada más, abrió la palma de la mano izquierda, colocándola sobre su pecho, e hizo un ligero movimiento presionando el tórax. De su espalda salió disparada una esfera que permaneció a flote hasta que el demonio la tomó entre sus manos, dejando caer el cuerpo inerte del hombre. A su lado apareció un contenedor, lo tomó con rapidez e introdujo el don sin perder tiempo, pero en cuestión de segundos era expulsado y caía en el suelo, quedando únicamente una esfera opaca y sin luz.

El demonio dejó escapar una exhalación acompañada de un gruñido, y tras salir por completo del agujero, colocó un pie encima de la esfera, comenzando a ejercer presión sobre ella. Sintió entonces un choque sobre su espalda, como una ráfaga de aire, y escuchó a alguien acercarse a toda prisa a lo largo del callejón. Sin mayores aspavientos, se giró y detuvo con gran facilidad la espada que se cernía sobre él. La apartó ligeramente para posar los ojos rojos sobre la persona que la empuñaba.

—Apártate inmediatamente de ese don —le advirtió Marianne, tratando de mostrarse impávida.

—Ustedes deben ser los Angel Warriors —dijo el demonio desapasionadamente.

—¿Quién eres? —preguntó ella y él sonrió, mostrando una hilera de dientes afilados.

—Soy su peor pesadilla —respondió a la vez que sus ojos destellaban como fuego—. Pero pueden llamarme simplemente Hollow.

Con un movimiento rápido, hizo a un lado la espada y la empujó hacia atrás sin darle tiempo de reaccionar. Samael se acercó a ayudarla y miraron nuevamente hacia el demonio, que mantenía el pie firme sobre el don. Su sonrisa cáustica parecía anunciar sus intenciones. Marianne quiso gritar “No te atrevas”, pero apenas abrió la boca, el pie del demonio descendió, presionando con fuerza la esfera hasta hacerla añicos.

—…Ups. —Una sonrisa retorcida se extendió en su rostro.

A continuación, un agujero apareció por encima de él, absorbiéndolo y dejando únicamente el eco de su tétrica risa. Marianne se incorporó y se acercó corriendo hacia el cuerpo del entrenador, observando incrédula los remanentes apagados de lo que alguna vez fuera el don.

—…Lo destrozó. Lo hizo pedazos así sin más. ¿Qué se puede hacer ahora? —preguntó Angie sin saber exactamente lo que eso significaba, aunque Marianne sabía bien que, sin el don, lo más que podía hacer era crear un sustituto temporal, el cual no duraría mucho. Al menos en los otros casos tenía la esperanza de recuperar sus dones originales, pero en éste sería imposible.

—Puedes hacerlo reaccionar, ¿verdad? —preguntó Belgina—. Lo has hecho antes. Incluso sin disponer del don.

Marianne no respondió. Su armadura se retrajo y se inclinó junto al cuerpo del entrenador, decepcionada por no haber reaccionado a tiempo y evitar que el don fuera destruido. Y ahí estaban ahora los restos de la esfera, como si se tratasen de pedazos de cristal roto.

…Entonces tuvo una idea. No sabía si funcionaría, pero no perdían nada con intentarlo. Se reincorporó de un salto y se acercó a Samael.

—Restablécelo —le pidió, señalando los fragmentos de la esfera. Samael la miró titubeante—. Será como si estuvieras sanando cualquier otra herida.

—Yo… no sé si eso…

—Sólo inténtalo, por favor —insistió ella y Samael suspiró, sabiéndose incapaz de negarse a lo que le pidiera.

Se arrodilló junto a Marianne y tomó con cuidado los fragmentos rotos del don que perteneciera al entrenador. Los miró fijamente y trató de imaginar que se trataba de alguna herida que requería sanación.

Cerró los ojos con la esperanza de que así surtiera mejor efecto y se concentró únicamente en los trozos cristalinos que tenía entre las manos. Se dibujaron en su mente como parte de un todo diseccionado. Podía ver el resplandor de los bordes esperando ser unidos como si fueran piezas de un rompecabezas. Y entonces sintió un cosquilleo en las manos que fue transformándose en una ola de calor que manaba de sus palmas.

Aún con los ojos cerrados podía distinguir el resplandor como a través de un mapa de calor. Una vez que éste desapareció, abrió los ojos y vio sobre sus manos el don reconstruido, aunque apagado.

—¡Lo lograste! ¡Sabía que lo harías!

Angie y Belgina se miraron en silencio con sorpresa; se preguntaban cómo era que podía hacer tantas cosas, cómo sabía tanto, si había algo más que aún no les habían dicho. Pero sus preguntas se disiparon en cuanto el don le fue devuelto al entrenador y éste comenzó a reaccionar. Debieron llevarlo de vuelta al hospital y evitar cualquier mención de lo que acababa de ocurrir.

En el hospital se encontraron con Lucianne y Lilith, pero únicamente dieron evasivas sobre dónde habían estado, como si hubieran hecho alguna especie de pacto.

Había mucho que asimilar. Sobre todo para Lucianne después de ver a su padre huir con un botín de joyas y actuar con indiferencia al verse descubierto por ella.

No sabía qué hacer bajo esas circunstancias, pero de una cosa estaba segura: debía proteger a su padre, no sólo de las autoridades sino de sí mismo.


SIGUIENTE