Capítulo 16

16. LLAMADA DESDE LA TUMBA

—No puedo creer que Mankee nos haya ocultado algo así durante tanto tiempo —comentó Marianne en cuanto llegaron a casa.

—Sabía que ocultaba algo, pero no quise averiguar más a expensas de él; pensaba que eventualmente revelaría su secreto —repuso Samael, cerrando la puerta de la calle mientras Marianne colgaba su abrigo en el perchero y anunciaba su llegada.

—Qué milagro que hoy no tardaron tanto en venir a casa —dijo Loui, asomándose desde el sillón de la sala, con un platón de palomitas y un walkie talkie a su lado.

—Qué milagro que decidiste venir por ti mismo a casa sin molestarnos —le reviró Marianne, valiéndole una mirada de encono de parte de su hermano.

—Sé cuando mi presencia no es bien recibida, gracias. Mejor solo que mal acompañado —replicó Loui con tono resentido.

—No empecemos de nuevo, ¿quieres? Estamos recién llegando —dijo Marianne, bufando con fastidio—. ¿Dónde está mamá?

—¿Ves eso? —el niño señaló hacia una esquina donde había un montículo de ropa apilada—. Lo sacó de su armario para la caridad. Dijo que necesita ropa nueva, así que fue al centro comercial. Hay pizza en la cocina por si quieren.

Marianne dio un resoplido, harta ya de la pizza tras varios días comiendo nada más que eso. Desde el divorcio, su madre había estado comportándose de forma más inmadura que de costumbre y obviando responsabilidades, como si hubiera tenido un retroceso en la edad o de pronto hubiera decidido recuperar su adolescencia perdida. Como fuera, sabes que algo no está yendo bien en casa cuando ya no solo ordenas pizza para cenar sino también para el almuerzo.

—Mañana tenemos que ayudar a papá con su mudanza —dijo Loui, aprovechando los comerciales—… Y más te vale no dejarme toda la responsabilidad a mí de último momento.

—Iremos. No te preocupes por eso —espetó Marianne, subiendo las escaleras seguida por Samael. Desde el último ataque artístico de su madre, había pintado cada pared con un estilo diferente, pero las paredes de su habitación, al contrario del resto de la casa, no habían adoptado una corriente concreta, solo habían sido decoradas con dibujos de distintos tipos de plumas de todos los colores y tamaños—. Supongo que puedes acompañarnos esta vez. ¿Qué más puede pasar en una mudanza? Ni siquiera es como que tuviera tantas cosas que llevar a esa casa.

—Me gustaría, pero saldré con Angie mañana —respondió él como si nada y Marianne lo miró con las cejas arqueadas.

—¿…Saldrás con Angie mañana? —repitió ella para confirmar que no había oído mal.

—Me la encontré cuando me dirigía al club de natación y le dije que saliéramos —dijo él, tomándolo como si fuera de lo más normal.

—Sabes lo que Angie siente por ti, ¿cierto?

Él la miró como si no entendiera cuál era su punto y ella giró los ojos, consciente de que tendría tocar el tema por más incómodo que fuera.

—A ella le gustas.

—Ella también me gusta —respondió él, encogiéndose de hombros.

—No hablo de la forma en que a ti te gusta todo el mundo.

Samael se rascó la cabeza con expresión confusa.

—Ya me lo has dicho antes, pero sigo sin ver la diferencia.

—No espero que la veas, pero al menos que tomes conciencia del daño que le estarías haciendo al darle falsas esperanzas.

—¿De qué forma estaría haciéndolo? —insistió Samael y ella dio un fuerte resoplido a la vez que dejaba su mochila sobre su cama y volteaba hacia él.

—Piensa en cómo siempre estás esperando recibir información del plano superior, pero últimamente no consigues nada después de tu maratón del sueño; imagina entonces que después de mucho tiempo empiezas a recibir nuevos datos que apuntan a una revelación importante al final y eso te emociona tanto que no puedes esperar a que nueva información siga llegando, pero cuando esta finalmente llega, no es lo que esperabas… De hecho, resulta todo un golpe a tus creencias, algo que contradice lo que hasta ahora pensabas correcto. No sé, que en realidad eran aliens todo este tiempo o que estás en un sueño dentro de otro sueño de un chimpancé genéticamente alterado y puesto en animación suspendida; tú escoge —expresó ella en su afán por encontrar una forma de explicarlo—… ¿Cómo te sentirías? Decepcionado, ¿no es así?

—Y muy confundido… ¿aliens? ¿un chimpancé en animación suspendida? —replicó Samael, pareciéndole algo enredoso e incoherente.

—Bien, de acuerdo, algo más cercano. Imagina que la Legión de la Oscuridad encontrara una forma de interceptar las señales que el plano superior envía hacia ti, con sus… ondas energéticas angelicales o lo que sea que usen, y una vez interceptadas, comenzaran a enviarte las suyas para despistarte y estropear nuestro deber provocando un caos en tu cabeza. ¿Eso como te haría sentir?

—¡Sería terrible! —respondió Samael con expresión horrorizada sólo de pensarlo—… ¿Por qué me dices esto? Ahora no dejaré de pensar que algo así podría ocurrir.

—Bueno, pues al menos ahora tendrás presente cómo se sentiría Angie si la desilusionas y acaba por comprobar que no tiene la menor oportunidad contigo. Serás el equivalente a la Legión de la Oscuridad enviando señales erróneas para despistar. No quieres eso, ¿verdad?

Samael meneó la cabeza rápidamente, su rostro aún abrumado ante la idea que había plantado en su cabeza.

—¿Qué debería hacer entonces? ¿Le digo que se cancela lo de la mañana?

—Oh, no. Tienes que ir —respondió ella de forma resuelta, confundiéndolo aún más—. La invitación ya está hecha, lo mínimo que puedes hacer es honrarla; solo no hagas nada que pueda crearle falsas ilusiones, pero sé sutil, tampoco quieres destrozarle el corazón con un golpe directo.

—¿Por qué iba a destrozarle el corazón a golpes? Eso suena doloroso, no creo que sobreviviría.

Marianne rio ante su ingenuidad.

—En serio, nunca cambies —dijo ella, abriendo el clóset—. Creo que bastará con que sigas siendo tú mismo, aunque quizá marcando tu distancia. Eso es todo.

Samael asintió a pesar de no haber comprendido aún. Se dio la vuelta, pero se detuvo nuevamente junto a la puerta, la duda aún asaltándole.

—…Eso no pasaría, ¿verdad? —preguntó él y Marianne volteó sin entender de qué hablaba—. Lo que dijiste sobre la Legión de la Oscuridad interviniendo la información que recibo y enviándome sus propias señales para confundirme.

—Pues… ¿cómo voy a saberlo? Tú eres el que proviene del plano superior, se supone que eres el que sabe más de esas cosas. ¿Tú crees que algo así podría ocurrir?

—…No que yo sepa —dijo no muy seguro de sí y Marianne lo vio tan trastornado que intentó liberarlo de aquella tortura.

—¡Bueno, pero no te atormentes por ello! ¡Fue solo una estúpida idea que se me ocurrió decir por dar un ejemplo! Solo ignóralo, ¿de acuerdo? Pero no lo que intentaba darte a entender con ello, eso sí tenlo presente. Funciona, ¿ves? No quieres que Angie llegue a sentirse igual, ¿verdad?

Samael meneó nuevamente la cabeza y retomó sus pasos, cerrando la puerta tras de sí.

Lucianne fingía hacer tarea en la sala de su casa mientras de reojo observaba a su padre y el oficial Perry discutir algo acerca de un asesinato ocurrido en una de las ciudades aledañas. El caso había sido enviado a otras jurisdicciones en busca de apoyo para esclarecerlo y su padre debía organizar a sus oficiales como mejor le pareciera para hacerse cargo de este sin descuidar sus propias investigaciones. Ambos revisaban una pila de papeles con toda la información pertinente al caso y por su presencia, Lucianne deducía que había sido asignado a Perry.

El teléfono de su padre sonó de repente y él se hizo a un lado para responder, entrando en la cocina para poder hablar en privado. Lucianne aprovechó ese momento para pasar por la mesa del comedor donde Perry continuaba examinando la documentación proporcionada junto con algunas fotos que mostraban la escena del crimen. Ella ralentizó sus pasos y echó un vistazo por encima de su hombro, pero enseguida se arrepintió al alcanzar a ver un atisbo del cuerpo. El muchacho de inmediato reunió todas las fotos y las puso boca abajo dentro de una carpeta al notar que ella iba pasando.

—…Lo siento. No pretendía husmear.

—No hay problema, señorita Lucianne. Es su casa; puede hacer en ella lo que le plazca.

Una mueca se formó en la boca de Lucianne; a pesar de sus esfuerzos por regresar a su relación de antes, él insistía en tratarla con formalidad. Empezaba a temer que nunca volvería a ser igual y no lo culpaba, después de la forma en que lo había tratado cuando carecía del don ni siquiera ella misma se perdonaba.

—Dime, Perry… —tanteó ella el terreno, recordándose a sí misma la razón por la que había representado todo aquel acto de estudiar durante dos largas horas sin llegar a pasar de la misma página—… me imagino que en el departamento de investigaciones deben tener acceso a cualquier tipo de información que necesiten. Si hubiera, por ejemplo, algún rumor sobre el comportamiento inapropiado de un profesor que una escuela se haya encargado de encubrir y de pronto uno de los alumnos afectados decidiera acudir a la policía, tendrían los medios para desenterrar esos reportes incluso aunque se negaran, ¿verdad?

El oficial Perry por fin se animó a levantar el rostro y la miró con gesto alarmado, oteando hacia la cocina por si el comandante Fillian regresaba.

—¿…Te está acosando un profesor? ¿Tu padre ya lo sabe? Pero ¿qué digo? Si lo supiera ya habría enviado a un escuadrón entero a la escuela y mantenido de rehén al personal hasta que entregaran al culpable —comenzó a balbucir él, imaginando distintos escenarios con creciente indignación.

—¿…Qué? ¡No! No me está acosando nadie —aclaró ella, tratando de quitarle aquella idea de la cabeza.

—No puedes haberlo preguntado simplemente por acervo cultural. Se trata de algo serio que no debe ser tomado a la ligera.

—Sé que es algo serio, pero que pregunte por ello no necesariamente implica que me esté pasando a mí.

—Por simple curiosidad no creo que sea —insistió Perry, convencido de que había algo más detrás de su inocente pregunta.

—De acuerdo, es… el amigo de un amigo —dijo ella al entender que no iba a conseguir nada a menos que le diera una razón.

—…El amigo de un amigo —repitió él, arqueando una ceja para denotar lo poco convincente que sonaba aquello.

—Así es, aunque no lo creas. Hay un profesor que al parecer estuvo… acosándole en otra escuela y se lo ha venido a encontrar en su nueva escuela; eso le ha incomodado bastante y no sabe qué hacer pues había aceptado cambiar el motivo del problema para la versión oficial —explicó Lucianne, tergiversando la historia, aunque por dentro temía que acabara siendo verdad—. Ha intentado cambiarse de clase, pero no se lo permitieron, así que… yo pensaba que, si hubiera alguna forma de comprobar la declaración original, quizá… tendría así una prueba a su favor para que al menos pueda hacerlo.

—¿El profesor te da clase?

—Bueno… sí, pero…

—No se diga más. Si lo que dices es verdad y anteriormente estuvo acosando a un estudiante en otra escuela, lo más probable es que vuelva a hacerlo con el tiempo, sobre todo si consiguió salir impune la primera vez; ese tipo de conducta tiende a repetirse.

—Entonces… ¿crees que sería posible…?

—Si nos presentamos en la escuela pidiendo acceso a sus archivos sin ninguna orden judicial, nos mandarán al diablo. Pero tal y como dijiste, en el departamento de investigaciones tienen sus métodos —dijo Perry, mostrándose enseguida más confiado dentro de su terreno.

—Entonces… ¿ayudarás? —preguntó Lucianne esperanzada y él pareció volver a la realidad y lo que aquello implicaría.

—Bueno… sin una orden sería algo ilegal… y podría ser sancionado por ello. —Ante la aparente decepción de Lucianne intentó enseguida rectificar—. Pero… tengo algunos compañeros que me deben favores. Quizá pueda hacer algo por medio de ellos.

—Te estaré muy agradecida en verdad… y el amigo de mi amigo también.

—Lo importante es evitar en lo posible que algo así ocurra de nuevo.

Lucianne sonrió, y aunque Perry respondió también a la sonrisa, enseguida bajó la vista hacia los documentos sobre la mesa y comenzó a reacomodarlos mientras se aclaraba la garganta.

—…Mejor regrese a hacer su tarea o su padre pensará que está viendo fotos que no debería.

—Claro, la tarea —repitió Lucianne, abriendo más los ojos en cuanto lo recordó—. Ya había terminado de todos modos. Gracias de nuevo, Perry.

Se retiró a su habitación, más tranquila de que ahora había reclutado a Perry en su cruzada por descubrir lo que Frank no estaba diciendo, aún cuando el joven oficial no tuviera idea alguna de esto.

Marianne bajó las escaleras, llevando un suéter con capucha para mayor comodidad y vio que Samael daba vueltas, inquieto.

—¿Sigues obsesionado con esa tontería que dije?

—Quizá debería cancelar. No quiero terminar lastimando a Angie sin darme cuenta. ¿En serio no quieres que los acompañe?

—No y no puedes cancelar a minutos de reunirte con ella.

—Así que se van sin decirme nada. —Su madre iba bajando las escaleras, vestida con uno de sus nuevos conjuntos. Había procurado mantener el look juvenil, pero al menos ya no parecía una madre intentando recuperar su adolescencia perdida tomando prestada la ropa de su hija—. ¿Creen que se mandan solos o qué?

—Te dijimos que iríamos con papá, pero últimamente es como si no escucharas nada.

—Muy bien, no importa. De todas formas, yo también saldré —espetó ella, evitando de esa forma hablar de Noah.

—¿Otra vez? —preguntó Marianne, frunciendo el ceño.

—¿Se supone que deba quedarme a barrer y lavar los platos en sábado?

Marianne puso los ojos en blanco y se abstuvo de discutir. Salió de ahí acompañada de Loui y Samael hasta que eventualmente se separaron, el ángel para ir al encuentro de Angie y los hermanos para ir al hotel donde su padre se hospedaba.

—¿No podíamos simplemente esperar a que papá fuera por nosotros? No me gusta ir en autobús —se quejó Loui de pie, intentando sujetarse de una agarradera que le quedaba demasiado alta.

—No contesta el teléfono, así que para no perder más tiempo es mejor ir a verlo directamente —respondió Marianne, igual deteniéndose de otra agarradera y oscilando conforme el camión hacía paradas y avanzaba. Loui dio un resoplido mientras optaba mejor por sujetarse de un respaldo y el walkie-talkie que tenía sujeto a su cinturón hizo un leve ruido de interferencia al golpear contra el metal—… ¿Se puede saber por qué llevas esa cosa a todos lados? ¿Te cansaste del celular o qué?

—Es un proyecto secreto que no es de tu incumbencia —respondió él cortantemente.

—¡Uy, perdone usted! No sabía que me estaba inmiscuyendo en una misión secreta de vital importancia para el universo.

—Digamos que, si tú tienes tu grupito elitista especial, yo también puedo tener el mío; dejémoslo así —replicó Loui y Marianne le dirigió una mirada suspicaz.

—…No estarás planeando hacer nada peligroso, ¿o sí? Porque te he dicho miles de veces que no se trata simplemente de aceptar admisiones de cualquiera.

—¡Yo no soy cualquiera! —protestó el niño, insuflado nuevamente de indignación.

—Entiende que no es personal. No es que hayamos decidido de la noche a la mañana convertirnos en esto… bueno, sí, de acuerdo, tal vez técnicamente lo descubrimos de un momento a otro, ¡pero era porque ya lo llevábamos dentro! —musitó ella para evitar que algún otro pasajero la escuchara.

—Como una infección —comentó Loui denostativamente.

—¡Ah, claro! Ahora los insultos. Bien, pues si así lo quieres ver, adelante. Es una infección con la que nacimos, ¿de acuerdo? ¡Un virus que va creciendo un poco más cada día! —le reviró ella para acabar con el asunto y cuando se dio cuenta, ya algunos pasajeros de los asientos más cercanos la miraban como si tuvieran ante ellos un barril de desechos tóxicos marcado con la señal de riesgo biológico—… No es contagioso. ¡Tranquilos, no es contagioso! ¿Entendiste? NO lo es —enfatizó ella, bajando la voz para que únicamente Loui escuchara esto último—. Así que ni pienses que tú también podrás obtenerlo por el solo hecho de codearte con nosotros.

—Quizá yo también lo tengo.

—Créeme, lo sabríamos —masculló Marianne, tratando de ignorarlo ahora.

Loui refunfuñó y de pronto dio un manotazo a la pequeña mochila que ella cargaba en el hombro, cayendo al suelo.

—¡Ups, se te cayó! ¡Recógela! —ordenó él, tratando de dedicarle la mirada más intensa que le era posible.

Marianne juntó las cejas en un gesto de irritación ante su comportamiento y le sostuvo la mirada. Unos segundos después se inclinó finalmente a recoger la mochila ante el regocijo inicial de Loui, que luego se transformó en dolor en cuanto ella se levantó y le dio un golpe con esta.

—¡No vuelvas a hacer eso!

Loui hizo un puchero malhumorado y se aferró al tubo, mirando el camino por las ventanas. Los siguientes minutos se la pasaron en silencio hasta bajar frente al hotel donde se hospedaba su padre.

—…En serio que ese amigo tuyo debe tener unas influencias enormes para haberle conseguido alojamiento en este lugar —comentó Loui, observando el lugar con asombro.

—Prefiero no pensar en ello —replicó Marianne. Iba por delante de él, tratando de abrirse camino a través de la gente que entraba y salía del hotel.

Estaba ya cerca de la entrada cuando decidió echar un vistazo hacia atrás por encima de su hombro para asegurarse de que Loui la estuviera siguiendo. Este iba como uno o dos metros por detrás de ella, esquivando maletas y botones distraídos, como si fuera un aventurero que debía esquivar obstáculos usando únicamente su agilidad e ingenio. Marianne giró los ojos y al voltear de nuevo para continuar avanzando, su hombro topó contra alguien.

—Lo sien… —intentó disculparse, pero aquella persona siguió su camino con prisa y ni siquiera la miró.

Era una mujer de largo cabello cobrizo, y aunque únicamente la veía de espaldas, por alguna razón Marianne se sentía inquieta. Le recordaba a algo, pero ¿qué? Estaba ya dándose la vuelta, dispuesta a dejarlo así, cuando un aroma familiar impregnó el aire tras aquel breve choque. Un perfume que removió sus recuerdos como quien mete una mano en una tómbola llena de pelotas marcadas para sacar la premiada, y cuando por fin aquel recuerdo salió a la luz, su mochila casi resbaló hasta el suelo. El aroma a lavanda de las cartas que su padre recibía. La mujer…

Sintió una fuerte sacudida dentro de ella y casi pudo escuchar el fuerte bombear de su corazón cuando volvió a girarse, pero ya no había rastro de la mujer, se había esfumado.

Por el rabillo del ojo vio a Loui aún abriéndose paso entre la gente, intentando llegar a ella, pero en ese momento todo le parecía irreal, como si hubiera una cinta proyectándose en frente, ocultando la vista real detrás de esta y consigo, la ruta que había tomado la mujer. Y entonces cayó en cuenta de lo que su presencia significaba. Su padre no respondía el teléfono después de todo.

Algo la impulsó a darse la vuelta y lanzarse a correr por el lobby en dirección a uno de los ascensores del hotel, sus sentidos cerrados a su alrededor, con el sonido a lo lejos de su hermano gritando su nombre. No se detuvo a ver si la seguía, solo presionó el número de piso y el elevador subió con tanta rapidez que apenas y notó que se movía, aunque la agitación que Marianne sentía por dentro le impidiera apreciarlo.

En cuanto el ascensor se abrió, se echó a correr hacia la habitación a lo largo del amplio y alfombrado pasillo. Se detuvo frente a la puerta con la respiración entrecortada, preguntándose qué haría a continuación, enfrentar las mentiras de su padre o dejar que su agitación amainara. Finalmente apretó los dientes y tocó a la puerta lo suficientemente fuerte para que lo oyera. Esperó unos segundos y nadie contestó, así que volvió a intentarlo. Nada. La ira en su interior comenzaba a remitir y no podía permitírselo.

Retrocedió unos centímetros para observar la puerta como si de repente fuera a aparecer en ella algún portal mágico o del cielo fuera a caer alguna llave, pero era una pérdida de tiempo. Se llevó las manos a las caderas con un resoplido de frustración. Fue entonces que lo vio en el piso, a medio deslizar bajo la puerta. Un sobre blanco.

Si el vuelco que sintió en el estómago fue por la turbación de verlo ahí o por acción de la gravedad al inclinarse con rapidez a recogerlo, daba igual, el hecho fue que en un parpadeo ya lo tenía en sus manos y lo observaba de cerca. Era igual a los que había visto antes, por completo blanco y austero, despidiendo aquella fragancia característica. Le dio la vuelta y vio el nombre de su padre escrito con la misma caligrafía delicada. La mujer de largo cabello cobrizo… Tenía que ser ella.

—¡Hey, ¿se puede saber qué mosco te picó?! —Escuchó de pronto la voz de su hermano acercándose por el pasillo, así que se apresuró a guardar el sobre en uno de los bolsillos de su suéter y se dio la vuelta, intentando lucir normal.

—Nada, yo… —comenzó a decir ella cuando vio que su padre iba también acercándose con Loui. Su mano se cerró automáticamente en el sobre dentro de su bolsillo.

—¿Qué ocurre? Salí por la mañana a hacer unas diligencias y cuando regresé vi a Loui en la entrada y me dijo que de pronto habías entrado corriendo al hotel. ¿No habíamos quedado en que iría a buscarlos?

Marianne se limitó a mirarlo con expresión desencajada. Aquello significaba que no estaba en su habitación, ni siquiera estaba en el hotel. Si era así, entonces la mujer tan solo había deslizado el sobre por la puerta para a continuación marcharse rápidamente antes de que él regresara, chocando con ella en la entrada. ¿Pero por qué? ¿Quién era esa mujer? Y a pesar de la aparente inocencia circunstancial de su padre, no escapaba de su escrutinio el hecho de que ella conociera el lugar donde se hospedaba.

—…No respondías el teléfono —fue lo único que se le ocurrió decir. Noah contrajo levemente el entrecejo y tras palpar sus bolsillos, se dio cuenta de que no lo traía encima.

—Debí dejarlo en la habitación. Entremos de una vez —dijo él, adelantándose a la puerta mientras ella se apartaba casi dando un salto, sin sacar las manos de los bolsillos—. ¿Estás bien? Parece como si hubieras visto un fantasma.

—Tal vez lo haya visto —musitó ella, entrando a la habitación detrás de Loui.

—¿Cómo dices? —preguntó Noah, volteando como si no hubiera escuchado bien.

—Ohh, ¿qué no sabes, papá? ¡Ella puede hablar con fantasmas! —intervino de pronto Loui, viendo una oportunidad para fastidiar a su hermana—. Todo empezó cuando tenía más o menos mi edad y comenzó a escucharlos. Y más recientemente se topó con el fantasma de la casa. —Marianne le lanzó una mirada de advertencia para que parara—. ¿No recuerdas? Una vez dijiste que quizá lo habías visto. Y el fantasma se llama Sa… ¡auch!

Marianne lo adelantó, pisando sus pies para hacerlo callar, y se plantó en medio de la sala mientras su padre entraba a la recámara. Varias maletas ya estaban acomodadas a un lado de los muebles, esperando a ser recogidas. Ella miró ansiosa de ellas a la puerta del cuarto; sus manos le picaban solo de pensar en el sobre y lo que podría estar escrito en él.

—Qué raro —dijo Noah, saliendo de la habitación con una última bolsa al hombro—. No lo encuentro por ningún lado. ¿Podrían marcarme? Quizá así el sonido nos guíe a él.

—Lo haría, pero me he quedado sin crédito —dijo Loui y Marianne sacó su teléfono antes de que le dijeran cualquier cosa. La llamada dio tono de marcado, pero no escucharon ningún sonido en la habitación, ni siquiera distante o amortiguado. Esperaron por si alguien respondía del otro lado, pero tampoco ocurrió hasta que la llamada finalizó.

—Supongo que lo he perdido —dijo Noah con un suspiro, comenzando a recoger las maletas acomodadas en la sala—. Ya conseguiré otro. ¿Me ayudan a sacarlas?

Loui intentó tomar una de las maletas más grandes, pero no consiguió más que arrastrarla con dificultad, así que su padre le dio una palmada en el hombro y la bolsa de mano con la que había salido de la recámara, tomando aquella maleta en su lugar. Para no sentirse tan inútil, Loui volvió por otra de las maletas más pequeñas y la remolcó consigo.

—Creo que con un viaje bastará. Salgamos entonces —dijo Noah, cargando con el equipaje más pesado. Marianne observó a su alrededor por algún detalle que demostrara la presencia de la mujer de cabello cobrizo, alguna actitud de su padre, pero él se comportaba tan desprevenido como siempre—. ¿Se te olvidó algo?

Ella finalmente tomó las asas de las dos maletas restantes y las arrastró fuera de ahí, bajando la vista hacia el punto donde había encontrado el sobre.

Angie bajó justo en la parada de autobús de la escuela con el nerviosismo reflejado en su rostro. Verificó el estado de su cabello y ropa como por milésima vez desde que había salido de casa y dio un fuerte suspiro. En cuanto el autobús dejó de bloquearle la vista, vio a Samael de espaldas del otro lado de la avenida, observando la cafetería desde el exterior.

Una sonrisa automática asomó en su rostro e inmediatamente cruzó la calle, invadida por la emoción. Se imaginaba acercándose con sigilo a su espalda y tapándole los ojos para preguntarle a continuación quién era a modo de juego, o quizá sorprendiéndolo como algunas parejas solían hacer, pero de inmediato desechó aquellas ideas, recordándose a sí misma las circunstancias de aquella cita. Así que se detuvo detrás de él y le dio unos leves golpecitos en el hombro. Él volteó y sonrió como lo haría con cualquiera. No se le iluminó el rostro ni sus ojos presentaron brillo especial alguno. Angie se esforzó por mantener su sonrisa animada.

—¡Hola! Espero no haberte hecho esperar.

—Acabo de llegar también —respondió él, volviendo la vista hacia el interior.

Varios de los hombres con túnicas estaban apostados en la cafetería, trabajando arduamente en lo que parecía una remodelación total, cambiando los decorados y luces por una influencia más oriental. Incluso fueron bajando letra por letra las que formaban el nombre de la cafetería, dejando el espacio preparado para colocar el nuevo.

—…A Demian no le agradará esto —comentó Angie.

Samael se decidió a entrar y Angie se apresuró a seguirlo. Por dentro las cosas no eran tan distintas del exterior. Había más hombres moviendo cosas de un lado a otro mientras la chica que se decía prometida de Mankee daba instrucciones al centro. Lilith observaba horrorizada a un lado, y al fondo de la barra, el propio Mankee se mantenía con la cabeza oculta entre sus brazos.

—Van a acabar con la integridad del lugar. Ni siquiera conocí al señor Ganzza y estoy segura de que se revolcará en su tumba —murmuró Lilith mientras retorcía una servilleta y rechinaba los dientes cada que otro accesorio propio de la temática retro era removido de su sitio.

—¿Ya intentaste detenerlos? —preguntó Angie.

—¡¿Estás loca?! ¡¿No viste ayer el tamaño de sus sables?! ¡Mi cabeza es demasiado hermosa para ser separada de mi cuerpo! —replicó la rubia, llevándose la mano al cuello.

—No creo que Mankee permita tal cosa de todas formas.

—Pues muy bien que está permitiendo la profanación del lugar que lo acogió cuando fingía ser otra persona —comentó Lilith, volviendo la vista hacia el muchacho que parecía ahora intentar darse de topes contra la barra, pero en cuanto dejaba caer la cara, uno de los hombres que se mantenía a su lado colocaba una almohadilla al frente para amortiguarlo—… Ese mentiroso, embustero, charlatán, hijo de… reyes de una tierra muy lejana.

—…No has hablado con él, ¿eh?

—¡Ja! ¡Como si quisiera después de saber su engaño! —respondió Lilith dignamente—… Además, para hablar con su majestad hay que pasar primero por la novia psicópata y sus sabuesos del infierno. Dudo siquiera poder mantener mi empleo teniendo a sus sirvientes que les trabajen gratis.

—…Pobre. Luce miserable —dijo Angie al ver que Mankee ahora miraba en su dirección con expresión abatida.

—¿Pobre de él? ¡Pobre Remy que se refugió en la cocina y no quiere salir por temor a que lo despidan! ¡Bujuuu, soy un príncipe que recibe todo lo que pida! ¡Qué miserable soy, ¿por qué la vida es tan injusta? Bujuuu!

—…Pareces incluso más molesta que Demian —dijo Angie y Lilith se limitó a dar un bufido. Samael se decidió entonces a acercarse a Mankee, pero apenas estuvo a un metro de él, un par de hombres sacaron sus sables, obligándolo a parar.

—¡Basta, bajen sus armas! ¡Es un amigo! ¡Y no pueden seguir haciendo eso cada que alguien se acerque a mí! —ordenó Mankee y los hombres bajaron sus sables obedientemente—… Márchense, no necesito que estén vigilándome, nada va a pasarme.

Sus guardias no se marcharon, pero sí se alejaron unos metros para darle la ilusión de privacidad, aunque resultaba imposible con toda aquella cuadrilla de hombres poniendo el lugar de cabeza. Suspiró de nueva cuenta y apoyó los codos sobre la barra.

—…Adelante, di lo que tengas que decirme. El resentimiento en mi contra no ha cesado desde ayer.

—Eres un príncipe —dijo Samael y Mankee dejó escapar una risa exhausta.

—Sí, bueno, al menos de acuerdo con mi madre. La reina. Algo difícil de discutírselo.

—Pero no es eso lo que te hizo huir, ni las responsabilidades… Hay algo más, ¿cierto?

Mankee se quedó callado y dedicó una mirada nerviosa a la chica que dirigía todo al centro de la cafetería. Samael siguió la trayectoria de su mirada y también la observó.

—¿…Tiene que ver con esa chica? ¿Por eso intentaste huir ayer? ¿Porque de alguna manera sabías que venía en camino?

—¡Shhhhhhhhhh! —Mankee se colocó el dedo en los labios para pedirle discreción y la chica del velo enseguida volteó como si intuyera que hablaban de ella—… ¡Baja la voz, por favor! ¡Ella podría oírlo!

—¿Por qué le tienes tanto miedo? —insistió Samael a pesar de los gestos suplicantes de Mankee porque se callara.

—Príncipe Hisham, creo que deberías ir a descansar; lo tenemos todo bajo control aquí.

La chica apareció de pronto a un lado y él se crispó por un breve instante.

—Es-Estoy bien. No necesito descansar —respondió él, intentando de ocultar su miedo—. Y-Y tampoco aprobé que se hiciera ningún cambio. El lugar ni siquiera es legalmente mío.

—Nimiedades. El rahkasa lo cedió, ahora es tuyo. Te sentirás como en casa en cuanto termine el reacondicionamiento.

—…Eso es lo que me temo —murmuró Mankee en medio de otro suspiro mientras la chica cambiaba de foco de atención hacia Samael y lo observaba con detenimiento.

—Amigo del príncipe, ¿no es así? —dijo ella con expresión analítica y Samael no supo si debía responder, aunque ella dejó el escrutinio a un lado y sonrió—. Hay luz en ti, no representas un peligro, tienes mi aprobación.

Samael pasó la mirada de ella a Mankee, perplejo, pero él se limitó encorvarse y fingir que no había escuchado, así que el ángel volvió a mirar a la chica con mayor interés.

—Quizá debamos ir a otro lado, aquí parecen muy ocupados. —Angie se acercó a él y al notar su expresión al mirar a la chica extranjera, una nueva oleada de punzadas se apoderó de su corazón; era el mismo tipo de mirada que le dedicaba a Addalynn. Impulsada por aquella dominante sensación, lo tomó de la muñeca y repitió su petición con mayor énfasis—… Conozco un lugar no muy lejos de aquí. Podríamos ir ahí.

—Está bien —accedió Samael sin pensárselo mucho y de inmediato marchó hacia la puerta mientras Angie daba una exhalación entre culpable y aliviada. Antes de que diera unos pasos para seguirlo, notó que la chica del velo la observaba con una sonrisita sapiente.

—…Cuidado con eso, chica roja.

Angie se tensó ante aquel comentario, pero la chica enseguida volvió a colocarse al centro a seguir dictando órdenes, así que trató de desechar aquel sentimiento de desaprobación y salió de ahí para alcanzar a Samael.

La cafetería a la que fueron era en definitiva más formal de lo que estaban acostumbrados, pero no tan elegante como para ponerlos incómodos. Samael estaba por completo concentrado en el menú, intentando decidirse por algo para ordenar, mientras Angie lo observaba al otro lado de la mesa, casi con adoración.

La voz de la razón le decía que ni se hiciera ilusiones de ningún tipo, pero la voz del corazón la distraía de cualquier pensamiento lógico y la instaba a imaginarse elaboradas formas en que aquella velada podría desarrollarse en un mundo paralelo y en otras circunstancias en las que él no fuera un ángel. Tan ensimismada estaba que ni siquiera notó cuando el mesero se detuvo en su mesa.

—No sé qué pedir, todo suena bien para mí —dijo Samael, haciendo una mueca indecisa—. Lo dejo a tu consideración.

Angie reaccionó como si la hubieran despertado de una sacudida y rápidamente volvió a posar la vista sobre el menú, aunque sin poder prestarle atención. Barboteó algunas palabras, sintiendo el peso de las miradas tanto del mesero como de Samael, hasta que acabó por ordenar un par de hamburguesas. Predecible y la opción más barata; hasta sintió vergüenza de haber arrastrado a Samael hasta ahí para terminar pidiendo lo de siempre.

—…Lo siento. Quizá hubieras preferido probar algo más —se disculpó Angie en cuanto el mesero se marchó.

—Está bien, me encantan las hamburguesas —respondió él con una de sus sonrisas resplandecientes—. Y las galletas. Si pudiera, creo que me alimentaría únicamente de galletas y hamburguesas, aunque no creo que sea muy nutritivo para el humano común.

—¿En serio? ¿Algún tipo de galleta en especial? —inquirió Angie, empezando a tomar notas mentales, aprovechando la oportunidad.

—¡Las que tienen chispas de chocolate! Son deliciosas.

—¿Has probado los chocolates rellenos de galletas con chispas de chocolate?

—No, pero ahora quiero probarlos —respondió Samael, abriendo más los ojos como si la sola idea le sonara fantasiosa y ella sonrió satisfecha de haber captado su atención.

—Te daré unos la próxima vez, te encantarán.

Samael correspondió a su sonrisa, pero luego recordó lo que Marianne había intentado hacerle entender con su ilustrativo (y traumatizante) ejemplo la noche anterior. No quería tomar el papel de la Legión de la Oscuridad.

—Mmmh, Angie… aún no entiendo muy bien cómo funcionan muchas de las cosas en este mundo —empezó él—… así que todavía dependo mucho de la guía de los demás. Marianne me dijo que no debería ilusionarte, y aunque tampoco estoy del todo seguro de lo que eso significa, espero que no te hagas alguna idea errada sobre mí.

Angie bajó la vista hacia sus manos, apretadas sobre su regazo, y casi podía jurar sentir su corazón retorciéndose como si fuera un organismo con vida propia. Lo que más temía era ser rechazada, y al tomar él conciencia de lo que aquella salida significaba para ella e intentar no alimentar sus fantasías, se sentía al borde de serlo. Ella lo sabía y se esforzaba en aceptarlo, pero aquel molesto músculo en su pecho se negaba a colaborar.

—No te preocupes, no me hago ninguna idea equivocada. Solo somos dos amigos pasando un buen rato… ¿o no es así?

—Claro —respondió Samael, sonriendo con más calma al pensar que con eso ya había resuelto cualquier malentendido. El mesero regresó con sus órdenes y su atención enseguida se desvió hacia la enorme hamburguesa frente a él, y mientras daba la primera mordida, Angie observó la suya sin mucha hambre, aún dándole vueltas a su incapacidad para entender el tipo de sentimientos que ella podía albergar por él.

—…Disculpa, pero hay algo que no puedo pasar por alto —dijo ella, interrumpiéndolo—… Dices que hay costumbres y sentimientos humanos que escapan de tu comprensión, pero eso no significa que no puedas llegar a experimentarlos. ¿Cómo puedes estar seguro entonces de que no podrías llegar a sentirlo también?

—…Tienes razón, no lo sé —admitió Samael tras intentar procesar sus palabras—. Pero supongo que algo así no me pasaría por alto, así que intento no pensar en ello por ahora.

—Oh. Entonces… no has experimentado aún algún… sentimiento que no sepas explicar —añadió ella.

—Mmmh, no especialmente, no.

—¿Ni siquiera… con Addalynn?

Samael frunció el ceño, sin comprender la conexión.

—No entiendo ella qué tiene que ver.

—Solo que… pareces interesarte demasiado en ella.

—Hay muchas cosas que no nos está diciendo, así que, por supuesto que me interesa saber más sobre ella, quizá está conectado con lo que está ocurriendo actualmente; pero en serio, no veo qué tenga eso de particular.

Angie dio un suspiro a la vez que reprimía una risa de alivio. No era lo mismo que tener una verdadera oportunidad con él, pero al menos era algo para aplacar a su voluntarioso corazón. Entonces levantó la vista y enmudeció. Algo vio que la había dejado paralizada.

—…Oh, no —dijo ella, colocando el menú vertical y ocultándose detrás de él—. ¡No aquí, no ahora!

—¿Qué ocurre? —preguntó Samael, deteniendo la trayectoria de su hamburguesa.

—¡Mi padre! ¡Está aquí! ¡No debe verme, piensa que estoy con mis amigos!

—Bueno, somos amigos.

—No es lo mismo. Si me ve con un chico, pensará que le he estado mintiendo con tal de salir por ahí a… hacer cosas que no debería… ¿Ya se fue?

—Se sentó en una mesa al otro extremo. Hay alguien con él —dijo Samael y su rostro se contrajo confuso—… Qué extraño.

—¿Qué? —Angie intentó acomodar el menú de manera que pudiera espiar en la misma dirección que él sin ser vista. Su padre estaba inclinado sobre la mesa, hablando con alguien, y trató de mover discretamente el menú para ver a la persona frente a él.

Cuando finalmente logró colocarlo en un ángulo que le permitía tener tanto a su padre como a su acompañante en la mira, descubrió con sorpresa que la persona que lo acompañaba era la madre de Marianne.

—Qué curioso. Esta mañana dijo que saldría, pero en ningún momento dijo que se reuniría con tu padre —comentó Samael, tomándolo como una peculiaridad, aunque Angie no podía ocultar su desconcierto.

—…Debe tratarse de un almuerzo de negocios, eso fue lo que me dijo al salir. Mi padre es muy reservado con sus clientes, pero encontré unos papeles en el comedor el otro día y así supe que él llevó su divorcio. No quise comentar nada porque supuse que le incomodaría a Marianne —explicó Angie, tratando de convencerse a sí misma de que la mirada y la sonrisa de su padre eran las que le dedicaría a cualquier otro cliente suyo, pero entonces él alargó las manos y las posó sobre las de la mujer con un brillo en sus ojos que ella conocía bien, pues era el mismo en ella misma cada que miraba a Samael—… Ay, no.

A pesar de ser un día soleado y con buena temperatura, en cuanto cruzó la entrada al cementerio, Demian no pudo evitar sentir un escalofrío. Más que por el lugar en sí, se debía a la razón por la que estaban ahí: visitar la tumba de sus padres.

Desde el entierro de su padre no había vuelto a poner un pie en el cementerio, no porque no quisiera, sino porque le recordaría irremediablemente que él era la razón de que ambos estuvieran muertos, y no se sentía preparado aún para enfrentarse a aquella oscura verdad que mantenía oculta.

—¿Qué ocurre? ¿Vas a venir o te quedarás ahí parado? —preguntó Vicky al verlo detenerse a unos pasos de la entrada.

Demian pareció salir del ensimismamiento y miró a Vicky. No podía darse el lujo de tener una recaída ahí, no con su hermana presente.

—…Te sigo —respondió él con una seña de la cabeza.

Atravesaron los caminos entre las tumbas, Vicky cargando un gran ramo de flores y una cesta mientras Demian trataba de distraer su atención mirando los árboles, siguiendo los pasos de ella. Intentaba vaciar su mente, desechar los detalles de lo ocurrido aquella noche fatídica en que había provocado la muerte de su madre en medio de un trance demoníaco, pero era imposible no pensarlo cuando el motivo por el que estaban ahí era precisamente su aniversario luctuoso.

—Parece que se nos adelantaron —comentó Vicky y Demian por fin miró al frente. Habían llegado al mausoleo familiar, y fuera de este había un ramo de lilas, las favoritas de su madre—. No pensé que hubiera gente en la ciudad que aún la recordara; esto en verdad me conmueve.

—Debe ser el cuidador. Papá le pagaba para que lo mantuviera en buenas condiciones.

—Bueno, de todas formas, es un lindo detalle que aún lo haga después de… —la voz de Vicky se ahogó antes de poder siquiera terminar su frase. Todavía le costaba hablar sobre la muerte de su padre.

Demian decidió adelantarse y sacó una llave para abrir las puertas de acero del mausoleo. Mientras lo hacía, imágenes del rostro inerte de su madre bajo el balcón invadieron sus pensamientos, transformándose de pronto en su padre. Sacudió la cabeza con la esperanza de ahuyentarlas y empujó la puerta, haciéndose a un lado para que Vicky pasara.

Dos sarcófagos de mármol se erigían al fondo, uno de reciente construcción, y Vicky se dirigió hacia el que parecía más antiguo para acomodar ahí las flores que cargaba.

—Espero que te gusten, mamá. Son tus favoritas. —A continuación, se pasó al otro que tenía en frente mientras Demian mantenía su distancia, con el rostro contraído por la culpa y las manos apretadas en los bolsillos—. No creas que nos olvidamos de ti, papá. Te traemos algo especial también. Es del que te gustaba.

Colocó encima de la tumba una botella de vino que sacó de la cesta y con la mano enguantada se puso a sacudir la superficie en silencio hasta parar por un instante, dándole la espalda a Demian. Él no dijo nada; sabía bien lo que debía estar sintiendo en ese momento y prefirió darle su espacio. No se sentía con el derecho a consolarla, siendo responsable de las muertes de ambos.

Finalmente, Vicky se enderezó y tomó aliento para voltear hacia él con un intento de sonrisa.

—…Bien, creo que es hora de irnos. ¿Quieres que te deje unos minutos a solas con mamá y papá?

—No, yo… estoy bien así. Vamos —dijo él, evitando mirarla para que no notara el sentimiento de culpa en sus ojos.

Vicky salió entonces del mausoleo seguida por él, y mientras cerraba la puerta con llave, ella esperó a unos metros, con la vista fija en el cielo.

—Hace un lindo día, ¿no crees?

Demian echó un vistazo al cielo también, y aunque normalmente no se hubiera detenido a admirar el día en un momento así, comprendió enseguida su intención. A pesar de las tragedias, aún quedaban cosas que valía la pena apreciar. Él le sonrió en respuesta, y en silencioso acuerdo, ambos se dispusieron a marchar de ahí.

Mientras caminaban, una especie de distante tonada llegó a sus oídos. Les pareció extraño, pero continuaron caminando hasta escucharla de nuevo, esta vez más cerca. Observaron a su alrededor, tratando de encontrar el origen. Varios metros más adelante, un objeto entre un árbol y una lápida captó de pronto la atención de Demian. Con curiosidad se inclinó a recogerlo y lo levantó. Era un celular.

—¿Qué tienes ahí?

—…Alguien debe haber perdido su teléfono —respondió él, sacudiéndolo ligeramente y abriéndolo para intentar averiguar de quién era. En su rostro enseguida se reflejó la sorpresa al ver que en la pantalla aparecían varias llamadas perdidas. Todas de Marianne.


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