CAPÍTULO 23

23. LA ATRACCIÓN DEL MAL

En cuanto Hollow salió de aquel vórtice, dando trompicones como si fuera un animal herido, se apoyó en un muro y se llevó las manos mutiladas al pecho en un intento por mantener cerrado el corte que se prolongaba a lo largo de su torso. Una sustancia negra de consistencia espesa manaba de éste y se extendía por la hendidura como un mecanismo de su propio cuerpo para unirla, aunque aquello no parecía funcionar.

—Eso no se ve nada bien.

Hollow levantó de inmediato la vista con los ojos como brasas ardientes en medio de la oscuridad y vio el brillo de unos ojos plateados que refulgían entre las sombras.

—¿Qué quieres, Ende?

—¿Así me agradeces el que te haya salvado la vida? —inquirió el otro demonio, avanzando unos pasos hasta mostrarse completamente frente a él.

Compartía las mismas características físicas que los otros demonios como Umber o el propio Hollow. Su morfología era humana hasta cierto punto, aunque el tono de su piel resultaba de un color verdoso, como de carne putrefacta, y varias pequeñas venas macilentas surcaban la periferia de su rostro; en cuanto al material que formaba su vestidura, éste parecía conformado de la misma sustancia que Hollow segregaba, la cual debía moldearse de modo que quedara fijo en su cuerpo.

—Pero la voz…

—Bueno, básicamente brindé parte de mi propia energía para poder sacarte del embrollo en el que te metiste. Pero en realidad a quien escuchaste fue a él. Te necesita aún con vida.

Hollow no respondió y tan sólo volvió a centrarse en la incisión que se extendía en su pecho. En vista de que ésta parecía no cerrar, se conformó con que la sustancia oscura la cubriera superficialmente, tras lo cual se concentró en sus manos, y aquella misma materia comenzó a ocupar el lugar de sus dedos amputados, como telarañas entretejiéndose para ir formando los apéndices. Al menos le funcionarían como prostéticos.

—Por cierto, hay nuevas órdenes —añadió el individuo de ojos plateados, atrayendo nuevamente su atención—. Por ningún motivo debes matar a los Angel Warriors. Eso sólo puede hacerlo alguien más.

Hollow pareció crisparse ante aquel mandato, pero intentó mantenerse estoico a la vez que el otro demonio mostraba un esbozo de sonrisa en la fina línea que correspondía a sus labios.

—…Y también he sido asignado como tu compañero temporal.

Ante aquella noticia sus ojos se encendieron nuevamente. Él no necesitaba ayuda de nadie. Había estado a punto de morir, sí, había subestimado a aquellos chicos, pero había aprendido de su error y no volvería a repetirlo. Aquello era un golpe a su orgullo.

—Sé lo que estarás pensando, pero tranquilo, no intento apropiarme de tu misión. Necesitamos encontrar los dones lo más pronto posible —continuó Ende a la vez que sus iris plateados refulgían en medio de sus ojos ennegrecidos—. Después de todo aún no dispongo de mi poder al cien por ciento… no mientras mi amo continúe desaparecido. Y aunque te has empeñado en realizar todo sin ayuda de nadie, ni siquiera una sola sombra a tu disposición, puedes considerarme un aliado. Dos cabezas piensan mejor que una, ¿no te parece?

El demonio de ojos rojos tensó la mandíbula. Estaba consciente de que no podía oponerse a una orden superior y debía aceptarla. Sin embargo, en su mente ya comenzaba a planificar diversas formas de acabar con ellos sin tener que mover un solo dedo, al menos los que le quedaban.

—¿Dónde está el don? —interrumpió el otro sus cavilaciones y Hollow recordó en ese instante que había perdido el contenedor durante su lucha contra aquellos chicos. Debía volver cuanto antes a recuperarlo.

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Marianne despertó al primer toque de trompeta de la diana. Se removió entre las sábanas para estirarse y echó un vistazo hacia las demás literas para ver si las demás habían despertado. Tan sólo Lucianne parecía ser la única despierta, cepillándose su largo cabello como un ritual diario.

—Buenos días —dijo ella en cuanto la vio revolverse en la cama.

Marianne hizo un movimiento con la cabeza y los ojos aún entrecerrados para restregárselos con claras ganas de seguir durmiendo, pero acabó por incorporarse para seguir el ejemplo de su prima, aunque a ella sólo le bastaba pasarse el cepillo una sola vez y con eso tenía para el resto del día.

—¿Saliste durante la madrugada? —preguntó de repente Lucianne mientras se desenredaba un largo mechón que le caía por el frente.

—¿…Eh? —dijo ella sin saber cómo responder a aquello. Pensó que el resto dormía cuando había salido, sin embargo, no quería seguir ocultándoles cosas después del asunto de Samael—. Quería ver las luces del lago por un momento… aunque fuera de lejos.

—Pudiste hacerlo cuando fueron los demás, era menos peligroso.

—Sí, bueno, ahora que lo dices tiene más sentido del que lo tenía ayer —respondió, dando un suspiro y comenzando a sacar de su maleta la ropa que usaría ese día.

Angie iba bajando desde la litera de arriba y Marianne notó que tenía el rostro apagado, tal y como lo tenía la noche anterior.

—¿Siguen molestas conmigo por lo de Samuel? —se animó a preguntar finalmente y las cuatro chicas se detuvieron de lo que estaban haciendo para mirarla con sorpresa.

—¿Crees que deberíamos? —preguntó Lilith y ella tan sólo encogió los hombros, provocando un resoplido de parte de la rubia—. ¡Claro que no! Sólo nos tomó por sorpresa que nos lo ocultaras, pero no es como que hubieran cometido un delito ni que hicieran algo indebido o algo así.

—Relájate, eso no cambia nuestra percepción sobre ti —añadió Lucianne.

—¿De verdad? —preguntó nuevamente para asegurarse, dirigiéndole una mirada a Angie, pero ésta apartó la vista y continuó alisando las sábanas de su litera.

—¿Quién está enojado? —preguntó Belgina, asomándose desde la otra litera de arriba como si estuviera completamente desconectada de la conversación.

Marianne dio un suspiro y volvió a centrarse en su maleta. A pesar de que parecían no habérselo tomado a mal, aparentemente algo debió ocurrir la noche anterior que había cambiado la impresión de Angie.

En cuanto salieron de la cabaña, listas para dirigirse al comedor, se encontraron con Mitchell y Samael, como si las estuvieran esperando para acompañarlas.

—¿Ya vieron a Demian? —preguntó Marianne apenas se encontró frente a ellos.

—No, ¿por qué? ¿De repente te entraron ganas de verlo? —inquirió Mitchell, moviendo las cejas en un gesto de picardía, a lo cual ella respondió con una mueca.

—…Sólo pregunto. ¿Cuál es tu problema? —reviró ella, tratando de restarle importancia a la vez que las demás intercambiaban miradas intrigadas.

De repente enfocaron la vista por detrás de ella, por lo que se dio la media vuelta con curiosidad y vio que Kristania estaba a varios metros, recién saliendo de su cabaña junto a sus dos amigas. Ésta la miró fijamente por unos segundos con un gesto imposible de definir y enseguida comenzó a acercarse con pasos firmes, haciéndoles pensar a los demás que quizá cualquier restricción que solía ponerse a sí misma en cuanto a sus actos se había ido por la borda en el momento en que perdió el don y que ahora ya ni siquiera se detendría ante la posibilidad de quedar mal a los ojos de los demás. Quizá debían bloquearle el paso por si tenía la intención de terminar lo que había comenzado el día anterior.

Sin embargo, nada los tenía preparados para lo que ocurrió a continuación. Apenas se encontró a unos centímetros, se detuvo de golpe y Marianne colocó los brazos adelante por instinto, pero al no ocurrir nada y asomarse entre ellos, la descubrió inclinada hacia el frente con el rostro hacia abajo en actitud sumisa, algo que nunca creyó llegar a ver algún día. Rápidamente echó un vistazo hacia los demás por si sus ojos la engañaban, pero tal y como ella lucían tan atónitos que se limitaban a observarla con las bocas abiertas.

—Perdóname, por favor —dijo Kristania finalmente, causando mayor estupefacción en ella y hasta en sus propias amigas—. Lo que hice fue un acto repudiable. Admito que fue en un arranque de ira sin sentido y no tengo justificación alguna. Sin embargo, espero algún día obtener tu perdón, ¿qué puedo hacer para conseguirlo?

Marianne tan sólo emitió un débil sonido que salió de su garganta sin alcanzar a formular frase coherente alguna. Kristania alzó la vista sin abandonar aquella posición sumisa y, contrario a la mirada feroz y altiva que solía exhibir, mostraba ahora unos ojos plenamente arrepentidos, manifestando así una humildad poco común en ella.

—…Kristania, ¿estás hablando en serio? —preguntó Tanis con expresión aturdida.

—¿Te sientes bien? ¿No quieres que te llevemos a la enfermería o algo? —intervino también Mitchell sin poder creer lo que estaba escuchando.

—Estoy bien. De hecho, nunca me había sentido mejor en mi vida —aseguró ella, enderezándose nuevamente, y en su cara comenzó a dibujarse una enorme sonrisa que no parecía corresponder a su rostro—. Incluso estoy segura de que podríamos llegar a ser amigas si me lo permitieras.

Si en ese momento hubieran estado todos los presentes tomando algo líquido, lo habrían escupido al instante y en sincronía, mientras que Marianne tan sólo abrió más los ojos, sintiendo que no le salían las palabras de la boca.

De repente Kristania desvió la vista y al seguir el rumbo de su mirada vieron que Demian ya había salido de la cabaña principal y caminaba distraído hasta que al verla aproximándose decidida a él, desaceleró sus pasos, preguntándose si se quedaba ahí o daba media vuelta y se marchaba.

Ésta se detuvo frente a él, y tal y como con Marianne, se inclinó con una reverencia.

—Lamento mucho los problemas que te he causado. Me he comportado como una egoísta, obsesiva y acosadora y he involucrado a mucha gente que no se lo merecía. Admito que he estado encaprichada contigo desde hace años y eso me ha llevado a realizar varios actos de los que ahora me avergüenzo. Espero realmente que me perdones y prometo en ese caso no volver a molestarte.

Demian se mantuvo en silencio, preguntándose si se trataba de alguna broma o quizá no había despertado del todo. Dirigió una mirada hacia los demás, intentando buscar alguna explicación, y se encontró con los mismos gestos de confusión que seguramente él tenía en ese momento.

—Por favor, perdóname o no podré seguir viviendo con este remordimiento —insistió ella, alzando el rostro y mostrando una expresión arrepentida que no encajaba en su perfil, un gesto completamente ajeno a lo que ella solía ser.

—…Si es por lo de ayer, no es conmigo con quien tienes que disculparte —respondió Demian finalmente, tratando de hacer a un lado su perplejidad.

—Oh, pero ya me disculpé con Marianne también —afirmó Kristania, retornando hacia ella y estrechándola con un brazo mientras ésta permanecía tan dura como una estatua—. Creo que a partir de ahora podemos ser amigas, ¿verdad?

Marianne casi se atraganta con su saliva. La miró entre espantada y desconcertada ante aquel extraño comportamiento y de la misma forma, Demian torció las cejas sin poder creer aún lo que estaba presenciando.

—Kristania, en serio, ¿qué estás haciendo? —la cuestionó ahora Sela, preocupada de que se hubiera golpeado la cabeza o algo peor.

—¡Estoy haciendo lo correcto, obviamente! —declaró ella, como si todo tuviera sentido ahora. Acto seguido posó su atención en Lucianne y se trasladó a su lado, para continuar con su estela de perdón y enmienda—. Mis disculpas también para ti. Admito que estaba celosa por la sola idea de que estuvieras saliendo con Demian y al verte con mi primo de pronto sentí que tenía la oportunidad de dejarte mal ante él. —Lucianne reaccionó sorprendida ante aquella revelación y enseguida volteó hacia Demian con gesto inquisitivo—. ¡Pero ya todo es parte del pasado! Y espero que, así como he estado tanto tiempo haciéndoles la vida imposible, me permitan ahora hacer todo lo que esté a mi alcance para compensarlos por mi horrible comportamiento. En especial tú, Demian, te prometo que no volveré a perseguirte por todos lados ni a intentar forzar mis encuentros contigo, si te gusta alguien más lo entenderé.

—…Me parece apropiado —opinó él, tratando de mantener el temple ante aquellas circunstancias tan inusuales

—¡Bien! Iré entonces al comedor. No he probado bocado desde ayer.

Apenas dijo esto, se alejó con la misma determinación con que se había acercado a ellos. Sus dos secuaces la siguieron con algo de renuencia, sin saber qué pensar de lo que acababa de ocurrir, mientras el resto continuaba demasiado impresionado para hablar, optando finalmente por seguir su ejemplo y continuar su camino. Marianne, sin embargo, apartó a su prima para interrogarla.

—¿Qué fue eso de que estuviste con el primo de Mitchell? ¿No se supone que te estaba molestando? —preguntó en voz baja.

—Solamente hablamos. Él me entregó lo que buscábamos por la actividad de ayer. Admito que recelé de sus intenciones, pero… resulta que únicamente quería conocerme porque estaba seguro de haberme visto antes.

—¿Y le creíste? —dijo ella, enarcando una ceja—. En serio, Lucianne, deberías ser más desconfiada, no sabemos qué esperar de él. Además… deberías saber que eso podría a la larga generar problemas con Demian.

Lucianne alzó los ojos con inquietud y notó que más adelante Demian las miraba de soslayo, aunque al instante desviaba la vista hacia el frente.

—…No creo que lo haya en ese sentido —murmuró ella, más para sí misma.

—En serio que no los entiendo —dijo Marianne, reanudando la marcha con un sacudir de cabeza.

Una vez en el comedor, fueron por sus cuencos de cereal y se sentaron en la mesa de siempre hasta que escucharon de pronto el sonido de otra silla junto a ellas, descubriendo al voltear que Kristania se sentaba a un lado.

—Hola, vengo a acompañarlas. No hay problema, ¿verdad?

Las chicas intercambiaron miradas pasmadas y se dieron cuenta de que se habían convertido en el centro de atención del resto del comedor.

—¡Kristania, esto ya no es gracioso! —la reprendió Sela. Las dos chicas se mantenían de brazos cruzados a varios metros de la mesa, como si ésta fuera radiactiva.

—¡Pues bien porque no se supone que lo sea! —replicó ella, acomodándose en el asiento sin una pizca de vergüenza, aunque tampoco se percibía alguna actitud malintencionada—. No sean tímidas. Continúen con lo que hacían.

El lugar permaneció en silencio y se alcanzó apenas a escuchar una leve tos que reverberaba en el comedor mientras Kristania parecía ignorar la incomodidad que causaba.

—¡Bien, como tú quieras! —le espetó finalmente Tanis, dándose la vuelta en sincronía con la otra y alejándose de ahí a pasos agigantados.

—Ni se fijen, cosas como ésa eran de esperarse —señaló Kristania con optimismo y moviendo su cuchara en el cereal con despreocupación total.

—¿…Es necesario que te sientes precisamente aquí? —preguntó finalmente Marianne, sin poder sentirse cómoda con su presencia.

—Es lo mínimo que puedo hacer después de haber dicho a todos que se habían confabulado para quitarme el novio y romperme una pierna de paso.

Nuevamente la miraron incrédulas ante su cinismo, por más sincera que pudiera ser en ese momento. De pronto cobraba sentido el que sus compañeros de campamento las evitaran siempre que estaban cerca. Lilith apretó la cuchara que tenía en la mano hasta el punto de doblarla y Angie la tomó del hombro para mantenerla a raya.

Marianne, por su lado, dio un resoplido y se llevó las manos al rostro en un gesto de desesperación. Tan sólo esperaba que el sentarse a desayunar con ellas después de pedirles disculpas de todas las maneras posibles fuera suficiente método de expiación para ella y que después de eso volviera con sus círculos exclusivos donde era adorada y tratada como la abeja reina.

Lucianne aprovechó el momento de silencio para echar un vistazo al resto del comedor. Demian estaba sentado en la esquina de su mesa comiendo con desgana y Samael del otro extremo, contemplando su cereal como si estuviera buscándole forma, mientras Mitchell mediaba entre los dos. Después pasó su vista hacia la mesa en la que normalmente se sentaba Franktick, descubriendo que no había llegado a desayunar.

—Para la actividad de hoy tenemos planeado algo muy especial a manera de despedida del campamento. En esta ocasión no competirán contra los muchachos, ellos tendrán su dinámica muy aparte de nosotras. Sin embargo, sí competirán entre ustedes —Luna comenzó a hablar una vez que congregó a todas las chicas—. Participarán en una competencia dividida en seis pruebas, por lo tanto, deberán formar equipos con el mismo número de integrantes. El equipo ganador tendrá una cena de lujo mientras el resto tendrá que conformarse con un plato de cereal. ¿Alguna duda?

Las chicas parecían tener intención de decir algo, pero ni tiempo les dio de hacerlo pues ella continuó hablando.

—¡Bien, entonces formen sus equipos!

—¿Tenemos que conseguir a alguien que se una a nosotras? —inquirió Lilith y en ese momento se apareció Kristania a su lado.

—No tienen que buscar más, yo estaré en su equipo —afirmó ella con desparpajo, pegándoseles nuevamente como chicle a una suela.

—…Tienes que estar bromeando —masculló Lilith entre dientes.

—No es necesario que nos sigas a todos lados para que te perdonemos, ya lo hicimos, ¿de acuerdo? No tienes que tomarte más molestias —replicó Marianne, tratando de mantener las cosas en claro y de paso deshacerse de ella.

—Pero no es molestia. De verdad quiero estar aquí. Presiento que podemos llevarnos muy bien a pesar de todo —aseguró ella sin una pizca de ironía ni sarcasmo.

Ellas se quedaron sin habla y antes de que pudieran reaccionar o siquiera hacer algo para evitar que ella se quedara en su equipo, Luna anunció que los grupos ya estaban formados y no quedaba una sola chica disponible.

—¡Muy bien, equipos! Ahora, si me siguen, llegaremos al área de juegos donde empezará la actividad. Cada miembro del equipo se encargará de una de las pruebas en su “estación”, y tal y como en las carreras de relevos, cuando una termine, deberá entregar la batuta a la que le sigue. Y tomaremos por batuta… este huevo. Éste deberá permanecer intacto a lo largo de cada prueba; si llega a romperse, deberán inmediatamente empezar desde el principio con otro huevo. No es una carrera a contrarreloj, pero se medirá el tiempo de cada equipo, y el que termine las pruebas en el menor tiempo, será el equipo ganador. ¿Está claro?

Estaban prácticamente a unos pasos ya del área de juegos, y como nadie había dicho nada, la joven decidió continuar con su discurso que parecía aprendido de memoria.

—¡Bien, ahora síganme para que les explique concretamente lo que harán en cada estación! Como podrán ver el área de juegos ha sido acondicionada para realizar una carrera de un extremo a otro. El inicio es a partir de aquí, una integrante del equipo deberá correr hacia el otro lado llevando este huevo… en una cuchara, sosteniéndola con la boca. Al llegar a ese punto, que consideraremos la segunda estación, deberán entregar el huevo a la segunda integrante, quién se encargará de volar un cometa que lleve el huevo hacia la siguiente estación, pasando esta pequeña zona arbolada, cuidando por supuesto que el cometa no se enrede en ninguna rama, hasta llegar al área de la fogata en donde la tercera integrante del equipo recibirá el huevo y a continuación deberá encender una fogata desde cero con nada más que ramas, tras lo cual deberá cocer el huevo en este recipiente hasta que esté duro. —Mostró una pequeña cacerola por lo alto mientras que Lilith ya estaba distribuyendo mentalmente a todas en las estaciones conforme iban avanzando—… Ah, olvidé mencionar algo más. Para encender la fogata, tendrán una mano atada, por demás pueden usar lo que deseen, incluso hasta los pies. —Los murmullos y protestas silenciosas no se hicieron esperar—. Muy bien, a continuación, en cuanto el huevo se haya cocido, entra ahora la cuarta integrante del equipo, quien deberá transportar el huevo desde la entrada al bosque, a través de todo el camino hasta bajar hacia el lago… manteniendo el huevo en equilibrio sobre su cabeza. —Una nueva oleada de inconformidad se escuchó, aunque ella las ignoró por completo—. En cuanto haya bajado al lago, es entonces que la siguiente chica tomará el huevo y lo llevará a lo largo de todo el muelle, haciéndolo rodar con los pies… y llevará además los ojos vendados.

Mientras permanecían frente al lago, escuchando las indicaciones de Luna, Marianne observaba con nerviosismo el agua. A la luz del día se veía completamente normal y lo único que alcanzaba a escuchar eran las ondas del agua en movimiento.

—Para finalizar —continuó la joven guía—, en cuanto llegue a la orilla del muelle, le entregará el huevo a la última integrante del equipo quien usará la canoa que hemos dejado estratégicamente en ese lugar para transportarlo hacia el otro extremo, donde Benny estará esperando para comprobar que efectivamente el huevo esté duro. Ah, y sólo podrán usar un remo de la canoa. ¿Está todo entendido?

Los gestos del grupo de chicas no denotaba más que ofuscación y agobio, intentando procesar todo lo que acababan de escuchar.

—Pues ahora sólo queda por decidir quién se hará cargo de cada estación. ¡Tienen diez minutos!

—Muy bien, escuchen, tengo una estrategia. Podría funcionar —dijo Lilith, llamando la atención de sus compañeras para que se acercaran en torno a ella, exceptuando Kristania—. Angie podría empezar con la carrera, después de todo ella está en el club de atletismo, luego Belgina con el cometa, no dudo que pueda hacerlo “volar”.

—¿Te refieres a usar su… talento especial? —preguntó Marianne con sospecha y la rubia rió nerviosa.

—¡No, ¿cómo crees?! Lo digo porque a estas alturas es quien está más familiarizada con… la dirección del viento y esas cosas. ¡Bueno, prosigo! Belgina se ocupa del cometa y yo puedo encargarme de la fogata…

—¡Estás hablando de hacer trampa! —la interrumpió Marianne nuevamente, frunciendo el ceño.

—¡Oh, vamos! ¡Estaríamos apoyándonos en nuestras habilidades, lo que hacemos bien, no en un medio externo, así que técnicamente no es hacer trampa!

Marianne dio un resoplido y se cruzó de brazos.

—Decidan como quieran hacerlo entonces —masculló entre dientes.

—¡Perfecto! —replicó Lilith tan sólo para quedarse callada de nuevo.

—¿…Y entonces?

—Eso es todo, ya no tengo más, se me acabaron las ideas.

—Yo podría llevar el huevo en la cabeza por todo el camino hasta el lago –sugirió Lucianne, alzando la mano—. Desde niña me acostumbré a caminar derecha. Mi madre me obligaba a caminar con libros en la cabeza para corregir mi postura

—Y supongo que eso me deja a mí el lago, ¿no es así? —rezongó Marianne, segura de que terminaría de nuevo en el agua, con la suerte que tenía últimamente.

—Yo puedo ir en la canoa —intervino Kristania y todas la miraron como si hubieran olvidado que estaba ahí.

—¿Por qué querrías hacerlo?

—También soy parte del equipo, alguien lo tiene que hacer. Además, quiero demostrarte que estoy en verdad arrepentida. No permitiría que volvieras a poner un pie en el lago. Lo juro.

Marianne continuó mirándola con desconfianza, pero no puso ninguna objeción, lo cual dejó finalmente definido quién se haría cargo de cada estación y solamente les quedaba esperar a que la dinámica iniciara.

Como nadie más se atrevía a postularse para empezar, ellas optaron por ser el primer equipo en pasar al frente, convirtiéndose así en los conejillos de indias.

Angie inició la carrera, fijó la cuchara entre sus dientes y colocó el huevo en ella, pero en cuanto salió corriendo, éste salió volando y se estrelló en el suelo, obligándola a empezar nuevamente con otro huevo.

Para el segundo intento redujo la velocidad, procurando mantener rígido el cuerpo de la cintura para arriba. Tardó más de lo que planeaba al principio, pero finalmente logró llegar a la segunda estación sin dejar caer el huevo.

A continuación, le tocó turno a Belgina. Colocó el huevo en el pequeño compartimiento debajo del cometa, tomó la cuerda y se encargó de enviar ráfagas de viento hacia la vela, de modo que comenzara a elevarse y pudiera fácilmente conducirlo hacia la zona de la fogata, donde la rubia esperaba ansiosa para realizar su parte.

El cometa bajó con total control y equilibrio hacia ella, quien sacó el huevo del compartimento en perfecto estado y se apresuró a colocarlo en la pequeña cacerola mientras encendía la fogata, que ella sabía sería rápido, sólo tenía que actuar un poco y bastaría un chispazo de sus dedos para encender el fuego.

Con la mano libre y uno de sus pies, fingió detener una de las ramas mientras la frotaba contra otra y apenas pasó un minuto, sacó una chispa de sus dedos, haciendo brotar el fuego. Dejó hervir la cacerola hasta el punto de ebullición (aumentando la intensidad de la flama para que la cocción fuera más rápida) y llevó rápidamente el huevo hasta la entrada del bosque donde Lucianne esperaba.

—¡Quema, quema, quema! ¡Está hirviendo! Espero que tu cabeza sea insensible al calor —dijo Lilith en cuanto le entregó el huevo.

Lucianne tuvo que dejarlo en la cerca al percibir el intenso calor que emanaba de éste.

—¿Puedo envolverlo en algo? —preguntó en dirección a Luna, que seguía con atención todos sus movimientos.

—Mientras lo lleves sobre la cabeza…

Buscó rápidamente en sus bolsillos y encontró el pañuelo que había tomado de la libreta que Franktick le había entregado. Decidió envolver el huevo con éste y en cuanto logró balancearlo sobre su cabeza, comenzó a atravesar el camino, manteniendo una postura erguida, seguida de cerca por Luna para comprobar que todo se llevara a cabo según sus instrucciones. En cuanto llegó al declive, comenzó a bajar con mayor cuidado y por el rabillo del ojo alcanzó a ver a Frank, sentado cerca de la orilla y mirando fijamente al lago. Por un momento perdió el equilibrio y todos pensaron que caería, pero de inmediato recuperó el balance, siempre manteniendo la cabeza derecha. Bajó de puntillas la vertiente y mantuvo el mismo ritmo hasta llegar frente a Marianne, quien se mantenía de espaldas al lago para no mirarlo, atenta a los movimientos de su prima, lo que la hizo notar el breve disturbio que había tenido.

—¿Estás bien? —le preguntó apenas se detuvo de cara a ella, reclinándose ligeramente para darle oportunidad de tomar el huevo.

—Lo estoy. Me preocupa más que tengas que hacer esto —apostilló Lucianne, señalando hacia el muelle, y Marianne tan sólo suspiró mientras Luna le vendaba los ojos.

—Supongo que podré, tan sólo debo caminar recto y cuidarme de no pisar el huevo.

—¡Suerte! —la animó Lucianne, mientras ella asentaba los pies descalzos sobre las tablas del muelle y con el pie derecho localizaba el huevo.

Comenzó entonces a rodarlo con suavidad hacia el frente, esperando no aplastarlo a cada paso que daba, inquieta ante la idea de que Kristania estaría esperándola al final. Mientras más avanzaba, más se convencía de que al llegar a la orilla, ésta abandonaría su acto de arrepentimiento para mostrar nuevamente las garras, empujándola al lago para terminar su “venganza”. A pesar de saber que este pensamiento era ridículo, sobre todo considerando que había demasiados testigos, no podía evitar aquella sensación, que iba incrementándose conforme avanzaba.

—Unos pasos más y ya llegas —pronunció Kristania, provocándole un sobresalto al saberse tan cerca de ella, y en cuanto sintió que unas manos la sujetaban, reaccionó con una sacudida, apartándose tan de improvisto que terminó pisando el huevo y rompiéndolo. Luna de inmediato hizo sonar un silbato, anunciando que debían comenzar todo desde el principio.

—¡Noooo, íbamos tan bien! —aulló Lilith desde la base del declive, llevándose las manos a la frente en un gesto desesperado.

La joven guía las obligó a regresar a sus puestos para repetir todo el proceso mientras Marianne se quitaba la venda y jadeaba, tratando de recuperar la calma. Kristania la observaba como si su desconfianza le doliera.

—¿Sigues pensando que te arrojaré al lago a la menor oportunidad? —Ella no respondió nada, tan sólo resolló agitada ante su reacción automática—. ¿De qué forma puedo demostrarte que estoy sinceramente arrepentida? —Tras unos segundos de silencio, de pronto pareció tener una idea y retrocedió unos pasos hasta detenerse en la orilla—. Si es necesario, quizá con esto pueda convencerte. “Una probada de mi propio jarabe”.

Al decir esto se lanzó al agua ante la mirada atónita de Marianne. Ella de inmediato se acercó al punto del que había saltado y se aferró del barandal, observando que el agua ya comenzaba a asentarse nuevamente, haciéndole pensar que aquella fuerza misteriosa en el interior del lago se había apoderado de ella. Volteó hacia los lados en busca de los demás, pero ya todos habían regresado al origen de la competencia. No había nadie que pudiera auxiliarla. Nerviosa, se arrodilló de frente al agua y mantuvo el brazo balanceándose por encima sin rozarla, temerosa de que pudiera absorberla nuevamente en sus profundidades, y justo cuando el pánico comenzaba a apoderarse de ella, una masa aparentemente líquida surgió de la superficie, haciéndola retroceder aterrada al pensar que se trataba del mismo lago intentando atraparla, pero aquella masa comenzó a erguirse en la orilla, dejando ver que se trataba de Kristania, chorreando de agua.

—¿Suficiente así? —dijo ella mientras se exprimía el cabello y la ropa.

—¡¿…Te volviste loca?! ¡No tenías por qué hacer eso!

Kristania se inclinó hacia ella aún goteando.

—Pero sí tenía que hacerlo. Ahora he pasado por lo mismo que tú, estamos a mano, no tienes que desconfiar más de mí.

Marianne tan sólo entornó los ojos. De ninguna forma eso la colocaba en la misma posición que ella. Sin embargo, su acción había servido para darse cuenta de que el lago no parecía representarle un peligro, quizá para nadie más que no fuera ella misma, aunque seguía sin entender el por qué.

Unos minutos después vieron descender nuevamente a Lucianne por el declive, con la cabeza muy derecha para mantener el huevo encima. Marianne corrió al inicio del muelle y esperó a que ésta le entregara el huevo mientras Luna le vendaba los ojos otra vez.

—¡Relaja los pies para que no apoyes con demasiada fuerza cuando empujes el huevo! —gritó Lilith desde la cima de la pendiente, con la cara roja del esfuerzo.

Ella meneó la cabeza con inconformidad y en cuanto sintió le presión del nudo de la venda, comenzó a avanzar, desechando sus pensamientos iniciales en lo que respectaba a Kristania.

Para cuando sintió que la detenía de los hombros, simplemente se mantuvo estática para evitar otra reacción impulsiva. Dejó pasar unos segundos, se quitó la venda y vio a Kristania subiendo a la canoa, y tras hacer una seña mostrando el pulgar, se dispuso a remar hacia el otro extremo con un solo remo.

—¿Y entonces? ¿Cuánto tiempo hicimos? —preguntó Lilith, apareciéndose junto a la guía, tratando de echar un vistazo al cronómetro que traía en la mano.

—Lo sabremos hasta que llegue al otro extremo —respondió Luna, moviendo constantemente la mano para impedir que viera la pantalla.

La mente de Marianne, sin embargo, seguía ocupada por el misterio que representaba ese lago que un día intentaba tragársela y al otro era tan inofensivo como el agua potable.

La canoa finalmente llegó al extremo del lago, donde apenas alcanzaron a ver la pequeña silueta que representaba a Kristania trasladarse hacia un mástil e izar una banderilla, Luna detuvo el cronómetro y miró la pantalla.

—…10 minutos con 16 segundos.

—¡Ufff, si no hubiéramos repetido todo! —exclamó Lilith, suspirando como si se hubiera quitado un gran peso de encima mientras Luna seguía atenta a la otra orilla.

Una silueta un poco más alta que Kristania estaba a su lado, verificando algo entre sus manos y después de unos segundos, se giraba de vuelta al mástil y elevaba un nuevo estandarte, ahora de color negro.

—Listo. No son elegibles para la victoria —determinó Luna, tomando apuntes en una pequeña libreta.

—Un momento, ¿qué? ¿Y eso qué significa?

—El banderín negro significa que el huevo no estaba duro, por lo tanto, no importa cuánto tiempo les haya tomado en total, no terminaron la actividad correctamente así que no pueden ser elegidas para ganar —explicó Luna con total calma.

—¡…Noooooo! ¡No es justo! —se lamentó Lilith, revolviéndose el cabello con desesperación al ver que se esfumaba su oportunidad de ganar.

—Y pensar que después de todo fue porque no cociste bien un simple huevo –comentó Marianne, alzando una ceja ante la ironía mientras Lilith continuaba lamentando su inexcusable error.

—¡Continuemos con el segundo equipo! —anunció Luna, alzando la mano para que la siguieran de vuelta al inicio.

El grupo de chicas comenzó a subir el declive, con Lucianne al final de la fila, pero ésta se detuvo y miró hacia la orilla donde Franktick se encontraba sentado, mirando hacia un punto específico del lago.

De pronto algo cuadriculado bloqueó la visión de él. Enfocó la vista, notando que se trataba de un pañuelo, y al levantar la mirada vio que Lucianne lo sostenía.

—…Es tuyo, ¿no? Lo dejaste en la libreta. Tenía que devolvértelo.

Él la observó impávido hasta que una sonrisa terminó dibujándose en sus labios.

—¿…De verdad viniste sólo por eso o ya empiezo a gustarte?

Lucianne lo miró incrédula y tras un instante de duda, aflojó el brazo con el que sostenía el pañuelo y lo dejó colgando mientras se apartaba.

—…No voy a seguirte el juego. Con permiso.

Él la detuvo de la muñeca, impidiéndole continuar. Su sonrisa había desaparecido y sólo quedaba la intensidad de sus ojos canela que la miraban fijamente.

—Quédate. Eres la única que se atreve a hablarme.

—…Eso no es cierto.

—Mitchell no cuenta, es de mi familia.

—Mi prima se atrevió a hacerlo… aunque fuera para reclamarte —reviró Lucianne con ojos retadores y aunque él se quedó callado por un momento, terminó riendo.

—…Sí, bueno, sin embargo, no es ella la que me interesa —replicó, aflojando la mano que la detenía.

—No tienes muchos amigos, ¿verdad?

Él soltó otra breve risa, aunque con un dejo de amargura.

—¿Importa siquiera? —espetó él, retomando su actitud arisca—. Mejor entrégame de una vez ese pañuelo para que puedas irte y no tengas que hablarme más.

Lucianne pareció entonces cambiar de idea, pues en vez de devolverle el pañuelo volvió a guardarlo en su bolsillo y se sentó junto a él, quien se mostró confuso ante su acción.

—¿Qué haces? ¿No se supone que no te prestarías a ningún juego?

—¿Parece que estoy jugando?

—…No entiendo.

Ella dio un suspiro y miró hacia el lago mientras parecía pensar lo que diría.

—…He notado cómo te aíslas de los demás. Actúas como si no te importara y, sin embargo, pides que me quede pues “soy la única que se atreve a hablarte”. Podrás intentar minimizarlo, pero tu elección de palabras fue muy clara: Te sientes solo. Quizá hayas sufrido algún tipo de abandono que te haya orillado a tomar distancia de esa manera.

—¿Acaso eres psicóloga o qué? —replicó él con una sonrisa burlona.

—Lo sé porque he conocido gente que ha pasado por algo así, incluso yo misma lo viví durante un tiempo, quizá no de la misma forma, pero puedo entenderlo. En mi caso perdí a mi madre, no quería hablar con nadie ni hacer nada. Incluso cuando mi padre decidió transferirme a un internado pensé que era lo mejor. No quería estar cerca de nada que me la recordara. Huir, eso fue lo que hice. En tu caso, la agresión y la burla parecen ser tus mecanismos de defensa. ¿Perdiste a alguien? ¿Acaso a tu madre? —Él negó con la cabeza, así que ella decidió hacer otro intento—… ¿A tu padre?

—No podría perder algo que nunca tuve —respondió de inmediato, apoyando la espalda contra el árbol y encogiendo los hombros en un intento por parecer indiferente. A ella eso le bastó para entender de dónde provenía esa actitud.

—…Entiendo.

—Puedo ver hacia dónde apunta esto. No quiero que me compadezcas. No necesito de la lástima de nadie.

—Estoy segura de que no la necesitas —dijo ella sin decir nada más, provocando que el chico se mostrara receloso de su repentino silencio.

—¿Eso es todo? ¿O es que pretendes usar algún tipo de psicología inversa conmigo?

—Sabes mucho de técnicas psicológicas por lo que veo.

—Solamente lo que han intentado utilizar conmigo antes.

—…Oh.

Así que sus problemas de conducta ya habían sido objeto de algún tratamiento anteriormente. Presentaba todas las señales.

—…Ya sabía lo de tu madre —agregó él de repente, sacándola de balance.

—¿Cómo es que…?

—Soy hacker —respondió sin ningún empacho—. Todo lo que esté registrado en cualquier red soy capaz de recopilarlo.

Lo primero que pasó por la mente de Lucianne era que había invadido su privacidad. Sin embargo, su padre era el jefe de policía de la ciudad, por lo tanto, todo lo que aconteciera con él terminaba siendo de dominio público.

—¿Nunca has pensado en rastrear a tu padre de esa forma?

Franktick se quedó callado, como si de repente se hubiera detenido el tiempo. Y ella entendió. Lo había hecho. Por supuesto que lo había buscado.

—…No hablemos de eso —acotó con voz monótona—. En realidad, lo que quería decir era que no me fío mucho de tu amigo.

—¿Te refieres a Demian? —inquirió Lucianne, activando de inmediato sus defensas, y el muchacho soltó una risa socarrona.

—¿El señor estirado? Él es lo de menos. Yo me refiero al rubio.

—¿…Samuel? —formuló ella, alzando las cejas de forma inesperada.

—No existen registros de él. Es como si hubiera aparecido de la nada.

—Pero… podrían simplemente nunca haberlo registrado.

—Digamos que es posible en lugares muy apartados de la civilización, quizá niños escondidos por sus padres hasta determinada edad, conozco al menos un caso. Pero en el momento en que comiencen a interactuar en un entorno urbano, comienza a tenerse registro de estos, a requerirse información de ellos. Todo termina en las redes.

—…Debe haber alguna razón.

—Y me encantaría conocerla.

Aunque hasta entonces Lucianne no se había detenido a pensar en ello, de repente su cabeza se llenó de preguntas respecto a él. Y quizá la única que sabía las respuestas era su prima.

Como si la hubiera convocado mentalmente, escuchó la voz de Marianne llamándola por su nombre. Giró el rostro al oírla y pudo notar su gesto de desaprobación al verla ahí sentada junto a aquel chico.

Se levantó con rapidez y se acercó a ella mientras Franktick la observaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella con calma.

—¿Por qué hablas con él? —murmuró, dirigiéndole una mirada de reproche.

—No veo qué tenga de malo.

—¡Apenas ayer te intimidaba!

—…En realidad no es como aparenta —intentó explicar Lucianne.

—¿Y qué harás si Demian los llega a ver? No querrás que vuelva a meterse en problemas precisamente con ese mismo chico.

—Escucha, contrario a lo que pienses, entre Demian y yo no hay nada ni lo habrá. Y eso me ha quedado muy claro ahora.

—¿Eh? —repuso Marianne confundida.

—Sólo… le entrego algo que le pertenece y regreso contigo, ¿de acuerdo?

—Aquí te espero. Ten cuidado.

Lucianne no respondió. Sabía que en ese momento la consideraba una imprudente, pero ella sentía que hacía lo correcto.

Sacó el pañuelo de su bolsillo y lo extendió hacia él en cuanto se acercó lo suficiente.

—Debo regresar con mis amigas, aquí tienes tu pañuelo.

Él mantuvo la vista fija en ella, incluso aunque el sol le pegara de frente.

—…A tu prima le caigo mal.

—¡No, no es eso! Ella… es desconfiada con todo el mundo.

—Está bien si le caigo mal. Y también que desconfíe de mí —apuntó él, volviendo a sonreír de forma que entrecerraba los ojos.

—¿Eso es lo que piensas de ti mismo?

Él encogió los hombros y estiró los brazos.

—Estoy acostumbrado.

—Para los demás eres lo que proyectas. Pero no tiene que ser así. Aunque eres tú quien decide finalmente.

El muchacho permaneció en silencio y ella volvió a extenderle el pañuelo, esperando que lo tomara.

—Mi prima me espera. Toma el pañuelo.

Franktick únicamente sonrió y acto seguido se incorporó, sacudiéndose la tierra de los pantalones.

—…Quédatelo —sugirió él, enarcando una ceja que seguía la curva de su sonrisa, para después darse la media vuelta y alejarse de ahí, dejando a Lucianne pasmada, hasta que de pronto volteó de nuevo, caminando de espaldas—… Ni siquiera es mío.

Lucianne parpadeó cuatro, cinco veces seguidas, procesando aquello mientras el muchacho se alejaba de ahí, riendo divertido. Miró el pañuelo que de repente se transformaba en algo irreconocible que había estado sosteniendo todo el día y de inmediato lo soltó con expresión asqueada, retorciendo los dedos hacia adentro y hacia afuera como si tuviera la necesidad de rociarlos con lejía y frotarlos con una lija.

Franktick parecía disfrutar de aquello, sin embargo, apenas se internó en el bosque, su gesto se ensombreció. Caminó sin parar hasta llegar al árbol donde se había refugiado el día anterior. Al mirarlo, revivió nuevamente esos momentos tan confusos que había presenciado.

Una reproducción de lo ocurrido comenzó a proyectarse dentro de su cabeza, localizando las ubicaciones donde habían estado todos como si fuera un plano panorámico. Poseía un buen sentido de la superficie y era capaz de visualizarla de forma tridimensional en su cabeza, de manera que podía seleccionar cualquier plano que quisiera y ubicarse en esa misma perspectiva, conservando las proporciones adecuadas.

Estuvo un buen rato reproduciendo en su mente aquel suceso hasta que vio volar el contenedor por el que parecían estar peleando y caer justo detrás del árbol. A partir de ese momento la visualización del plano desapareció y se ubicó él mismo en la cavidad, mirando con curiosidad aquel recipiente. Del otro lado podía escuchar que la lucha seguía, pero ya no estaba prestando atención, ahora el objeto que tenía en frente captaba por completo su interés. A lo lejos escuchó que alguien decía que iría a buscar el don.

A pesar de no saber lo que eso significaba, no le cabía duda de que hablaba de aquella esfera que se encontraba en el receptáculo. La que refulgía desde su interior de forma intermitente. No supo por qué lo hizo, simplemente sintió el impulso de tomar aquel objeto y alejarse corriendo de ahí en cuanto la barrera invisible fue rota.

Cómo había distinguido aquella barrera, tampoco tenía idea, simplemente se lo atribuía a su capacidad de observar con atención las cosas. Tampoco supo en qué había terminado la pelea, aunque debido a un incidente ocurrido un poco después, supuso que no muy bien.

Se había alejado lo suficiente para perderlos de vista y había incluso tomado una mochila de la cabaña de los consejeros, guardando en ella el recipiente cuidadosamente envuelto entre unas toallas. En cuanto llegó a la orilla del lago, cuando ya del atardecer únicamente quedaba un halo púrpura en el horizonte, abrió la mochila para sacar aquel amasijo de toallas, asegurándose que no hubiera nadie más cerca.

Desenvolvió el contenedor y lo observó detenidamente. Estaba sucio por haber rodado en la tierra, así que pensó en limpiarlo con las toallas, pero entonces se fijó en el lago.

Ante la decreciente luz del crepúsculo nadie lo vería si se acercaba a éste, además de que ya debía haber terminado la actividad del día y seguramente estarían ocupados con la cena. Ni siquiera le importaba quiénes habían ganado, lo único que pensaba era en descubrir más sobre ese objeto. Así que, tras descalzarse, se acercó al lago sosteniendo cuidadosamente el contenedor.

En cuanto se adentró en la orilla junto con el recipiente, le pareció ver que algo se encendía en el fondo del lago. Intrigado, sumergió un poco más el objeto y las rocas de la base parecían activarse, como si de ellas manaran unas burbujas luminosas de colores que subían a la superficie, sin salir jamás. Debía ser algún tipo de ilusión óptica.

Hundió por completo el contenedor, ignorando las luces que continuaban emergiendo desde las profundidades, como si el lago estuviera en ebullición. Cuando volvió a sacarlo ya podía percibir con más claridad los detalles y la palabra que al principio creía que estaba impresa al frente, pero que aparecía y desaparecía en distintas posiciones y con diversos grabados conforme movía el objeto y lo balanceaba.

Otra ilusión óptica, pensó.

— “Ma… li… cia” —leyó después de sujetar el contenedor en diferentes posiciones para intentar distinguir el grabado. Estaba tan distraído que no llegó a ver la sombra apareciendo en la orilla.

—¿Te divierte tomar los objetos ajenos? —dijo una voz, obligándolo a voltear de inmediato y buscar su origen.

Lo vio a unos metros del lago, en la misma dirección desde donde se había introducido.

Hollow lo miraba fijamente con aquellos ojos de brasas ardientes. Su torso era atravesado por una profunda línea que parecía diseccionarlo y una sustancia oscura lo rellenaba como si fuera yeso que no cuajaba del todo. Sus manos lucían cubiertas por la mitad con un material oscuro a manera de guante que únicamente le envolvía dos dedos de cada mano. El demonio de pronto sonrió, mostrando sus afilados dientes de tiburón.

—…Tienes muchas agallas para atreverte a robar algo mío, así que te daré una ventaja: será mejor que empieces a correr porque en cuanto te atrape estás muerto.

Franktick permaneció en el mismo lugar sin moverse, contemplándolo como si no pensara que fuera real o que pudiera hacerle daño siquiera. Eso o era que en realidad no le importaba si lo hacía.

Al ver su aparente negativa a moverse de ahí, Hollow emitió una risa esnifada y comenzó a flexionar el cuerpo, preparándose para cumplir su amenaza.

—…Bien, yo te lo advertí.

En un santiamén pretendió trasladarse hasta donde estaba él, pero en cuanto puso un pie en el agua, ésta crepitó y lo rechazó con un chispazo multicolor, provocándole una descarga en todo el cuerpo y obligándolo a retroceder.

Frank parecía tan confundido como el mismo demonio, que observaba con infinito azoro el punto del que acababa de ser repelido. Convencido de que se trataba de un hecho fortuito, se lanzó sin más preámbulos para un segundo intento, tan sólo para ser rechazado nuevamente en cuanto cruzaba la línea donde empezaba el lago, lanzándolo al suelo.

El demonio de ojos rojos se incorporó desconcertado. No entendía qué estaba ocurriendo. Era como si el lago entero fuese un inmenso campo de energía positiva.

Franktick por su parte, a pesar de no tener idea de lo que pasaba, tuvo la sensación de que lo mejor sería adentrarse más al lago. Así que lo hizo. Quedó con el agua casi llegándole a los hombros y el contenedor sumergido, deteniéndolo con fuerza entre sus manos, ignorando el brillo multicolor que borboteaba del interior.

Hollow se mostró airado por la situación. Tenía al muchacho y al don tan cerca y a pesar de ello no podía ponerles una mano encima a riesgo de quedar más frito que una tostada. Debía encontrar la forma de persuadirlo a salir.

—…Un muchacho humano como tú debe desear varias cosas —comenzó a decir mientras se ponía de pie—. Te diré qué, si me entregas ese objeto, te daré lo que me pidas. Sin limitaciones. Un capricho mundano jamás representaría problema alguno para mí.

El muchacho lo contempló con aquellos ojos intensos que no revelaban lo que pasaba por su cabeza.

—¿Los derrotaste? —preguntó para su sorpresa. El espectro enmascaró inmediatamente su reacción con una sonrisa.

—…Por supuesto. De lo contrario no estaría aquí.

Frank volvió a callar, tomándose su tiempo, aunque Hollow ya comenzaba a perder la paciencia.

—¿…Entonces qué dices? —insistió el demonio—. Cualquier cosa, lo que tú desees, puede ser tuyo, si sólo… me devuelves el contenedor.

El chico tenía algo en mente, quizá no lo que el demonio esperaba, pero parecía estar convencido. Debía hacer el intento.

—¿Te importa si me siento aquí? —dijo de repente Lucianne, asentando su bandeja de comida en la solitaria mesa donde Franktick se sentaba. Éste alzó la vista sorprendido.

Todos reaccionaron como si cometiera una blasfemia, considerando que durante todo ese tiempo nunca se habían mezclado chicos y chicas a la hora de la comida.

—…Lucianne, ¿qué haces? —preguntó Marianne.

Tanto ella como sus amigas se mantenían de pie, sosteniendo sus bandejas, pensando que se dirigiría a su mesa de siempre tan sólo para cambiar de dirección e ir hacia Frank, que permaneció con aquella expresión perdida y meditabunda que había mostrado durante las últimas horas.

—Ustedes también vengan, alcanzamos perfectamente en la mesa —las invitó Lucianne de forma natural—. No te importa, ¿verdad?

Él finalmente pareció reaccionar ante la propuesta, esbozando una media sonrisa que formaba un hoyuelo en su mejilla.

—…Adelante. Cualquier cosa que haga que los asesores se jalen del cabello escandalizados, es bien recibido por mí.

—¡Yo también, yo también me siento con ustedes!

Kristania se unió también al grupo. Las chicas comenzaron a tomar asiento, aún no muy convencidas al notar que eran el centro de todas las miradas. Incluso desde su mesa, los tres muchachos observaban estupefactos aquella acción. Marianne volteó nuevamente hacia Lucianne, hablándole en la voz más baja que le era posible.

—En serio, Lucianne, ¿qué pretendes con esto? Pensé que había sido suficiente.

—Sólo quiero hacer sentir bienvenido a un nuevo amigo —replicó ella con un susurro, volteando acto seguido hacia los otros chicos—. Vengan ustedes también, no se queden ahí. Hay espacio suficiente.

Los tres chicos parecían escépticos, pero mientras Mitchell y Samael finalmente aceptaron su invitación, Demian no se movió de su lugar. Simplemente les dedicó una mirada aguda. Ahora era él quien se quedaba solo en la mesa.

Apenas pasaron unos minutos y tal como Franktick predijo, los asesores se aparecieron, intentando que regresaran a sus respectivos lados del comedor, aunque ellos terminaron defendiendo la no segregación de los grupos, consiguiendo que el resto también decidiera mezclarse en distintas mesas.

Marianne meneó la cabeza en desaprobación al ver de reojo que Demian seguía en su mesa.

—No pareces muy satisfecha —comentó Samael mientras revolvía su plato de cereales, igual al de ellas. Al parecer su equipo tampoco había resultado ganador de su respectiva actividad, cualquiera que hubiera sido.

—Ya no importa. Al menos ya mañana regresaremos a nuestras vidas normales.

—Pero resultó un viaje provechoso, ¿no crees? Logramos cosas positivas —afirmó él con una sonrisa, a lo que ella respondió con un gesto ladeando la cabeza.

No podía negar que era cierto, aunque seguía preocupada por no haber podido aún recuperar ninguno de los dones. Notó a Angie mirándolos sesgadamente y apartando la vista enseguida. No entendía lo que pasaba ahora con ella, pero quería saberlo.

—¿…Pasó algo ayer en el lago? —preguntó Marianne en voz baja—. Me refiero a cuando acompañaste a Angie. ¿Te dijo algo que te llamara la atención? ¿O tú dijiste algo?

—Mmmmh… no que yo recuerde —respondió él después de pensarlo por unos segundos.

De modo que no tenía forma de saberlo con seguridad a menos que fuera por la misma Angie, y ése no le parecía el lugar ni el momento adecuado para interrogarla.

El ambiente del comedor había comenzado a animarse por ser la última noche de campamento. El espacio que separaba ambos lados ahora estaba ocupado por las mesas compartidas entre chicos y chicas que platicaban con mayor confianza, aprovechando la ocasión que se les presentaba.

Sin embargo, no todos disfrutaban del momento, pues apenas pasaron unos minutos y Demian abandonó su mesa, marchándose del comedor.

Marianne de inmediato se encargó de darle un codazo a su prima para llamar su atención y señalar hacia él. Lucianne no dijo nada al verlo, sólo apoyó las manos en la mesa y comenzó a entrelazar sus dedos con inquietud.

—No tenías que hacer que se sentaran todos aquí para hacerme compañía —murmuró Franktick—. Si es tu intento por conseguirme amigos, te advierto que no me interesa.

—Estás tan acostumbrado que ni siquiera te das la oportunidad. Pero nunca es demasiado tarde para probar algo nuevo —dijo ella, tratando de mostrarse más animada.

—¿Tú crees? —replicó él, escéptico—. Ni siquiera me conoces realmente y todavía hasta el día de ayer me tenías miedo, ¿qué te hace pensar que es lo que quiero?

—Supongo que hablar contigo cambió mi perspectiva sobre ti —dijo ella, encogiéndose de hombros—. A pesar de la imagen que pretendes dar ante los demás, puedo ver algo bueno en ti. Sólo falta que tú mismo te lo creas.

El muchacho de ojos canela se mantuvo en silencio mientras ella se unía a la plática que sostenían los demás en la mesa.

Su expresión había cambiado por completo y ahora la observaba muy serio. Como si sus palabras hubieran tocado un nervio.

Ella no tenía idea alguna de lo que hablaba. No había nada bueno en él.

—¿Y bien? —insistió Hollow, esperando que el muchacho le diera una respuesta, aún sumergido en el agua como estaba—. ¿Qué decides?

Franktick fijó la vista en él, con gesto resuelto tras mucho pensarlo.

—…Quiero que me enseñes a hacer las mismas cosas que tú.

El demonio reaccionó sorprendido ante aquella petición. Pensó incluso que había escuchado mal.

—¿Qué dices?

—Si quieres tener de vuelta este objeto, que al parecer es muy importante, tendrás que aceptarme como tu aprendiz y enseñarme a hacer lo mismo que tú.

Hollow no daba crédito a sus palabras. Básicamente le estaba pidiendo ser su discípulo, lo cual no sólo le parecía inaudito sino también irónico.

Precisamente él, que se había rehusado en el pasado a crear un sirviente para sí mismo tal como Umber, sobre todo tratándose de un humano, idea que rechazaba incluso más. Y ahora se vería obligado a hacerlo, chantajeado por un muchacho insolente con ansias de poder. En ese momento detestaba a los humanos más que nunca.

—¿…Estás consciente de lo que estás pidiendo? No desees algo de lo que puedas arrepentirte después.

—Lo sé y estoy dispuesto a todo —respondió con voz firme, dejando al demonio pensativo.

—…Sal de ahí entonces.

Franktick se sumergió por completo en el agua y segundos después volvió a emerger, acercándose a la orilla donde Hollow lo esperaba con expresión sombría e inexorable.

Apenas salió del lago y piso tierra firme, el demonio lo sujetó con fuerza del cuello, levantándolo como si no pesara nada y deteniéndolo contra un árbol.

—¡Humano imbécil! Estás muy equivocado si piensas que de verdad te tomaré como discípulo. ¡Entrégame el don ahora mismo!

A pesar de tener aquellas manos demoniacas alrededor de su cuello, el muchacho de repente se echó a reír.

—Lo siento, pero no lo tengo, lo enterré en el fondo del lago antes de salir. No iba a ser tan idiota como para traerlo conmigo sin haber conseguido primero lo que había pedido.

—En ese caso, has firmado tu sentencia de muerte. Si no regresas ahora mismo por él y lo traes, te mataré —le advirtió Hollow con los ojos brillándole con fiereza.

—Adelante. Me da igual. Entonces nadie lo tendrá —concluyó el muchacho con una sonrisa retadora, provocando aún más su furia.

El demonio apretó su cuello con mayor fuerza, esperando que en cualquier momento se quebrara y comenzara a suplicar por su vida, pero el muchacho se mantuvo firme a pesar de quedarse sin oxígeno. Realmente no le importaba morir.

Al ver que su táctica no funcionaba, comenzó a aflojar poco a poco, bajando al chico al suelo. Al parecer no tendría más remedio que ceder en esa ocasión.

—…Bien, tú ganas —pronunció con rabia contenida mientras Frank se llevaba las manos a la garganta, tratando de recuperar el aliento—. Si eso es lo que hace falta para que me devuelvas el don… entonces que así sea. Serás mi aprendiz.

—¿…De verdad? —inquirió él sin creer que lo había conseguido y el demonio de pronto sonrió.

—No tienes idea en lo que te has metido.

En el acto colocó su mano en la frente de él y con una intensa sacudida se desvaneció todo a su alrededor, trayendo solamente oscuridad.


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