Capítulo 25

25. RECONSTRUCCIÓN DE HECHOS

El dolor de cabeza era insoportable. Como si tuviera un diminuto obrero taladrándole el cerebro. Abrió los ojos y sintió el golpe de luz en las retinas que lo forzó a cerrarlos de nuevo y revolverse en un intento por escapar del brillo que había quedado impreso en sus párpados, pero esto únicamente acrecentó el horrible martilleo en la cabeza. Se frotó los ojos, esperando que esto le ayudara a despejarse; las manchas rojas dejaron de bailar en su visión, pero ahora había despertado a un dragón en su estómago que lanzaba llamas quemando sus entrañas, y que en conjunto con la resequedad en su garganta le hacían desear un sorbo de agua; incluso no le importaría abrir los ojos y descubrirse aún sobre la playa, al menos así solo tendría que arrastrarse hacia el mar.

Cuando se sintió más seguro, Demian abrió de nuevo los ojos, con más cuidado para evitar la luz, y su visión fue aclarándose poco a poco. Vio el techo liso con nada más que la lámpara (en ese momento apagada) y mientras recorría con la vista el resto de la pared, se preguntaba cómo había logrado llegar a su habitación. Su mente estaba en blanco.

Los muebles estaban dispuestos en el mismo orden que recordaba, pero había algo que no encajaba. De su lado de la cama había una silla de cuyo respaldo colgaba su chamarra, pero por demás todo parecía pulcramente ordenado. El dolor de cabeza no lo dejaba pensar con claridad, así que dejó de hacerse visor con las manos para presionarse las sienes; había un bulto inmóvil al otro extremo de la cama. Mitchell. Le había cedido la cama, pero no recordaba el momento en que se había metido en ella ni haberse quedado dormido. Ni siquiera recordaba haber tomado sus pastillas para dormir, si es que logró hallarlas con todo el desorden que Mitchell había…

Sus ojos se abrieron de golpe de repente, cayendo en cuenta del detalle que se le estaba escapando. No había bolsas. Todas las compras de Mitchell, el desastre que había dejado a su paso, todo eso había desaparecido… o más bien… nunca había estado ahí porque esa no era su habitación.

Giró lentamente el rostro hacia el bulto que yacía del otro lado de la cama, una silueta recortada por la luz que se colaba por la ventana, y mientras iba poco a poco tomando forma distinguible, el martilleo aumentaba de modo tal que casi podía escucharlo haciendo eco en sus oídos. El alargado cuerpo que se dibujaba bajo las sábanas, el brillo que se desprendía de su cabello que caía en cascada de la almohada al colchón… Addalynn.

Hundió las manos en la cabeza en ademán confuso, víctima de la peor migraña que había sufrido en su vida. Intentó recapitular mentalmente sus acciones tras la desaparición del ángel, pero todo seguía en blanco, y el intenso dolor de cabeza no era de ayuda. Todo le daba vueltas, y la resequedad en la garganta no hacía más que aumentar el malestar general.

¿Qué había pasado?

La noche anterior. El callejón fuera del hotel. Todos estaban demasiado conmocionados. Marianne marchándose después de revelar la condición de Addalynn. Punzada en la cabeza. Avance rápido. ¿Luego qué?

Todos se habían ido por su lado, le parecía recordar.

La mancha de sangre del piso, alguien debía limpiarla…

Vicky cuestionaba a Addalynn, o eso creía; la miraba con un temor reverencial que él mismo había sentido en carne propia durante sus primeros días como demonio (aunque claro, ella era un ángel, no era lo mismo. Nunca lo sería). Pero no recordaba si había dicho algo. Todo seguía difuso.

¿Había vuelto a la fiesta? Sí, pero no entró. Caminó sin rumbo. Estaba oscuro. Pero se topó con alguien. ¿Mitchell? No. Frank. Mitchell se les unió después. Estaban ante una mesa. El ambiente viciado y nocturno. Bebidas frente a ellos. ¿De qué hablaban? ¿Cómo acabó ahí, en la habitación de Addalynn? Los recuerdos se le escapaban con cada martillazo, como si abrieran una grieta fantasmal en su cráneo. Quizá el agua lo ayudara a despejar su mente, a recordar…

Con las manos aún hundidas en la espesura de su cabello negro, echó otro vistazo hacia Addalynn que permanecía profundamente dormida y con cuidado salió de la cama, sosteniéndose de la pared al sentir que la habitación daba vueltas y apenas recuperó el equilibrio se introdujo en el baño.

Sentada en medio de la cama con las piernas recogidas, Marianne mantenía los ojos cerrados como si estuviera en plena fase de meditación, pero lo que en realidad intentaba hacer era invocar a Samael con la esperanza de que volviera, que acudiera a ella… pero no parecía servir de nada. Lo había estado intentando toda la noche, imposibilitada para dormir en aquel estado alterado en el que se encontraba, pero tan solo había fracasado una y otra vez. Y ahora, otro fracaso más. Abrió los ojos frustrada y cogió con furia la almohada que aún quedaba sobre el colchón, aventándola hacia el otro lado de la habitación hasta estrellarse contra la pared y caer junto a la otra pila de almohadas del piso, dejando una estela de pequeñas plumas blancas flotando unos segundos por encima antes de ir descendiendo balanceantes, como soldaditos en paracaídas.

Era inútil. Nada funcionaba. Recordaba la primera vez que había desaparecido y por varias horas pensó haberlo perdido para siempre. Había cerrado los ojos y tras un largo rato concentrada, había logrado distinguirlo al otro lado del velo que se reproducía como película frente a ella. Encorvado y al parecer herido, ella lo había traído de vuelta. Aquella había sido la primera manifestación de su poder de transportación que poco a poco había ido dominando con un poco de su ayuda, teniéndola a ella como su faro guía. Pero ahora… le era imposible concentrarse, y lo peor era… que ni siquiera sabía si seguía con vida.

¡No! Él regresaría. Tenía que hacerlo. No podía dejarlos sin su guía y sus consejos. ¿En quién más se suponía que iban a apoyarse? ¿En Addalynn que no era capaz de responder a una sola pregunta de manera directa? Se había puesto de pie de nuevo, intranquila y ansiosa, pero al pensar en Addalynn se detuvo ante la pila de almohadas languideciendo en el piso y sintió un sabor amargo que le subía por la garganta.

Había actuado mal. Estaba consciente de ello. Su ángel había desaparecido, malherido e inconsciente, en el interior de un vórtice surgido de la nada y en represalia ante el silencio de Addalynn, había revelado su verdadera condición ante Vicky. Estuvo mal, no le correspondía. ¿Qué podía hacer ahora? A través de las cortinas se colaba la luz de la mañana y ella se quedó observando el haz que se proyectaba en el piso.

Solo quedaba una cosa por hacer: disculparse. La única forma de recuperar a Samael era limando asperezas y trabajando en conjunto. Quizá era cierto, Addalynn podía no conocer el origen de aquel vórtice, de dónde provenía, hacia dónde conducía, qué lo desencadenaba, sin embargo, estaba de alguna forma ligada a este. Quizá no de forma consciente, pero era capaz de detectar su formación, o al menos algo la alertaba. Su mismo poder de ángel tal vez, o alguna línea directa de comunicación con las alturas. Daba igual, el caso era que ella era la clave para traerlo de vuelta.

Tras varios minutos ahí parada, viendo el haz de luz extenderse por el piso, recogió las almohadas y las colocó de nuevo en la cama. Aún era muy temprano, pero no demasiado tarde para intentar enmendar las cosas.

Levantó el rostro con decisión y se dirigió hacia la puerta. Aún vestía la misma ropa de la noche anterior, pero no importaba, ya habría tiempo para cambiarse. Lo primero era resolver lo de Addalynn cuanto antes.

Se asomó por la puerta. El corredor estaba vacío y muy silencioso; el resto de las chicas que compartían el piso debían estar dormidas aún. La habitación de Addalynn quedaba justo en el extremo del pasillo junto a las escaleras de emergencia, así que solo tenía que caminar unos cuantos metros y golpear discretamente para no despertar a nadie más… y menos a la habitación del frente, la de Kristania. Afortunadamente, el piso alfombrado amortiguaba el sonido de sus pisadas, así que llegó tan silenciosa como pretendía a la puerta de Addalynn… lo difícil fue reunir el coraje para tocar. Se quedó por varios segundos con la mano al aire y constantemente mirando sobre su hombro, casi como si pudiera ver a Kristania vigilando desde su mirilla. Era ridículo pensar algo así. Demasiado incluso para alguien como Kristania.

Volvió a enfocarse en la puerta y finalmente se decidió a tocar. Apenas tres golpes suaves; esperaba que tuviera el sueño ligero para no tener que repetirlos.

Addalynn abrió los ojos al instante como si fuera un robot al que acabaran de presionar el botón de encendido. Se levantó sin desperezarse ni cepillarse el cabello siquiera, éste cayó sobre su espalda tan perfecto como siempre, como si nunca se enredara. Pasó una mirada por la cama y luego hacia el baño. Siguió entonces su camino hacia la puerta y abrió sin molestarse en ver por la mirilla.

—Eh… yo… —balbuceó Marianne por unos segundos, buscando las palabras, su mano aún en el aire como si hubiera estado a punto de tocar otra vez antes de que abriera—. Solo quería… disculparme contigo.

Addalynn la observaba desde el umbral de la puerta con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, de modo que el cabello le caía en cascada sobre el hombro, dejando notar que llevaba puesta la misma ropa. Su expresión gélida esculpida en mármol no dejaba entrever sus pensamientos, y eso siempre inquietaba a Marianne.

—…No debí decírselo a Vicky —continuó ella al ver que la otra no respondía—. No… No tenía derecho. Yo solo… quería decirte eso.

Otro instante de silencio. Marianne comenzó a preguntarse si no seguiría en realidad dormida y era sonámbula… No sería la primera vez que se topara con un caso así. Pero no, Addalynn finalmente reaccionó segundos después con un encogimiento de hombros.

—Lo hecho, hecho está. ¿Eso es todo? —dijo ella, dándose la vuelta para dirigirse al clóset y buscar ropa. Marianne arrugó el entrecejo sin esperarse una reacción tan apática después de lo que había dicho. En ese momento la puerta del baño se abrió.

Extrañada, estiró el cuello para mirar al interior y vio a alguien salir por un momento y alargar rápidamente la mano para coger la chamarra que colgaban de la silla más cercana a la cama antes de volver a entrar al baño. Demian.

Marianne se quedó paralizada, con el rostro blanco como papel. Desconcertada, retrocedió a la vez que Addalynn regresaba a la puerta, sosteniendo la ropa escogida.

—¿Alguna otra cosa? —volvió a preguntar ella y Marianne la miró con ojos muy abiertos, sin conseguir pronunciar palabra alguna por un rato.

—Eso… Eso es todo —consiguió decir por fin con voz estrangulada—. No pretendía…  Lo siento. —Enseguida desvió la vista y retornó apurada sobre sus pasos por el corredor, aunque no lograba sentir las piernas.

Addalynn la observó alejarse con expresión entre curiosa e intrigada, hasta verla entrar en su habitación, cerrando la puerta tan silenciosamente como había llegado. Cuando se disponía a cerrar la suya, Demian se lo impidió colocando la mano sobre la puerta y pasando rápidamente junto a ella hasta colocarse por delante.

—Yo… debo irme —dijo él con apuro. Tenía el cabello húmedo y se notaba incómodo. Intentó decir algo más, pero las palabras morían en cuanto abría la boca. Lo único que deseaba en ese momento era marcharse de ahí—… Adiós.

Retrocedió, mirando de reojo el pasillo, y en vez de atravesarlo, decidió marcharse por las escaleras de emergencia bajo la mirada atenta de Addalynn. En cuanto se fue, ella finalmente volvió a su habitación y el único sonido que quedó flotando en el ambiente fue el de un chirrido en la puerta opuesta, desde donde Kristania se mantenía pegada a la mirilla con las uñas clavadas a la madera. Su rostro deformado en tal gesto de furia que solo la tensión forzada de su mandíbula le impedía abrir la boca para lanzar el grito que deseaba sacar de la garganta.

Cuando Demian abrió la puerta, vio las bolsas de compras que invadían no solo el piso sino también los muebles tal y como recordaba. Lo único era que las cortinas estaban cerradas de modo que el cuarto estaba en penumbras y apenas podía distinguir el bulto echado sobre la cama. Pasó entre las bolsas para evitar pisarlas, y con un solo movimiento abrió la cortina. De inmediato se iluminó toda la estancia, pegando de lleno en el rostro de Mitchell, que enseguida comenzó a revolverse sobre la cama como lombriz rostizándose.

—¡Mis ojos! ¡Cierra la cortina! ¡Me quedaré ciego! —exclamó Mitchell, cubriéndose el rostro y girando sobre su espalda para ponerse a contraluz.

Demian no le hizo caso, simplemente se acercó a la cama y le quitó de encima las sábanas para que no tuviera más remedio que levantarse.

—Será mejor que te despejes. Necesito preguntarte algunas cosas —sugirió él, yendo hacia el otro lado de la cama para que la luz del sol siguiera haciendo efecto sobre él. Mitchell dejó de dar vueltas cuando su vista se acostumbró por fin y se sentó sobre la cama con ojos rojos y la cara adormilada y ojerosa.

—¡Dios! Qué noche más espantosa. Por un instante pensé que la cabeza me explotaría o que mi cerebro se derramaría por mis oídos sobre la almohada —comentó Mitchell, llevándose los dedos a las sienes y masajeándoselas.

—¿Recuerdas algo de lo que ocurrió ayer?

Mitchell cerró un ojo para evitar la luz directa y con el otro mirando hacia arriba lo meditó, terminando distraído con su cabello que ya había perdido su consistencia y volvía a caerle en ondas sobre la cabeza.

—¡Mi pelo es un desastre! No puedo ser visto así, tengo que arreglarlo. Hazme un favor y pásame el fijador que está sobre la cómoda —dijo Mitchell, señalando hacia un bote de aerosol mientras tiraba de su cabello hacia arriba para mantenerlo en aquella posición fija desafiando a la gravedad. Demian cogió el fijador, pero en vez de dárselo, lo sostuvo delante de sus narices como si estuviera exhibiendo un rehén mientras el otro estiraba el brazo libre como un niño intentando alcanzar un tarro de galletas.

—Ahora concéntrate y responde. ¿Recuerdas algo de lo ocurrido ayer?

Mitchell volvió a cerrar los ojos, arrugando el entrecejo en gesto de intensa concentración, los dedos otra vez sobre las sienes mientras el cabello iba desparramándose en mechones en su cabeza.

—Ayer… Ayer… Desapareció Samuel —respondió él, haciendo memoria—… No estuve presente, pero Frank me dijo todo. Me sentía tan desanimado por lo de Belgina y luego lo de Samuel que quedamos en vernos en un sitio fuera del hotel. Era una especie de restaurante-bar-nocturno o algo así. ¡Hey, tú estabas ahí! Recuerdo que me sorprendió llegar y verte sentado con Frank, e incluso pensé que alguno de los dos había enloquecido y tomado de rehén al otro.

—…Creo recordar algo así; está todo muy borroso en mi memoria —contestó Demian, recordando haber estado caminando sin rumbo fijo fuera del hotel cuando se topó con Frank y tras algunos comentarios sarcásticos de su parte, acabó por invitarlo a acompañarlos a él y a Mitchell. ¿Qué había dicho? Algo como “Dejemos nuestras diferencias a un lado al menos por esta noche”.

—Fue una suerte que estuviera él ahí, armado con su arsenal de identificaciones falsas o de lo contrario nos habrían negado el servicio —continuó Mitchell, olvidándose por un momento de su cabello y dando un profundo bostezo que enseguida lo obligó a apretarse las sienes adolorido—… Aun así, recuérdame no volver a aceptar ninguna bebida de su recomendación. A veces se me olvida que su resistencia al alcohol es por mucho superior a la mía. Me basta y sobra con un par de cervezas, muchas gracias.

—¿De qué hablamos? —volvió a preguntar Demian para que siguiera enfocado.

—Oh, pues de muchas cosas, ya sabes. Del clima, los juegos, demonios, mujeres, decepciones, en fin —respondió Mitchell, moviendo la mano en círculos como si no se trataran más que de nimiedades—. Tú estabas, sin embargo, bastante renuente a compartir tus penas con nosotros. Pero tranquilo, tal y como te dije entonces, lo que Marianne haya dicho salió de un momento de desesperación. Es más fácil llorar por un ángel que defender a un demonio, y en mi humilde opinión creo que ella ha demostrado ser muy partidaria de lo segundo.

Demian frunció el ceño, intentando reconstruir en su mente parte de la conversación, pero no lo conseguía. Solo veía rostros borrosos moviendo los labios sin que salieran palabras de ellos. Pero lo que menos entendía era dónde encajaba Addalynn en todo ello.

—¿Y luego? ¿Qué pasó después?

—¿Qué sé yo? De pronto dijiste que te sentías mareado y decidiste marcharte —dijo Mitchell con un encogimiento de hombros y volviendo a fijar la vista en la lata—… ¿Me das el aerosol ahora sí? Mientras más tiempo pasa mi cabello sin su dosis diaria, más difícil será que se mantenga fijo. No quiero parecer borrego disecado.

Demian le entregó la lata y mientras Mitchell amoldaba su cabello a su gusto, el primero caminó por la habitación, absorto en sus pensamientos.

Se había marchado del lugar, sí, pero ¿luego qué? Hizo todo lo posible por recordar. Lo único que venía a su memoria era haber caminado de regreso al hotel, pero por alguna razón se había quedado afuera por un rato mirando a las estrellas. En su mente nebulosa le parecía recordar fuegos artificiales… y luego alguien acercándose… Addalynn.

Los golpes de la puerta lo sacaron de sus cavilaciones, y mientras Mitchell se había trasladado ya al tocador para verse en el espejo y comprobar que todo estuviera en su lugar, él se acercó a la puerta con cautela viendo primero por la mirilla para comprobar quién era. A continuación, abrió para encontrarse con su hermana, jugueteando inquieta con sus manos enguantadas.

—Lo de Addalynn… —comenzó ella y Demian se tensó al pensar que alguien lo había visto—… ¿Lo sabías? ¿Sabías lo que era en realidad?

Sus hombros volvieron a distenderse, aunque no sentía alivio. Vicky lo miraba con desasosiego, esperando una respuesta, así que dio un suspiro y se apartó de la puerta para dejarla pasar.

—Contéstame. ¿Lo sabías ya?

—…Sí —respondió Demian, apoyándose en la pared; el agotamiento acumulado de la noche anterior iba aflorando nuevamente en él.

—¿Hablan de Addalynn, el ángel secreto? ¿No ya todos lo sabían? Hasta hubo una reunión especial para… ¡oh, claro, ella no estaba presente! —intervino Mitchell con expresión de habérsele escapado algo que no debía, como solía hacer Kristania, aunque en su caso le salía más natural y creíble. Demian, sin embargo, le dedicó una mirada de advertencia y él se limitó a reír avergonzado—. Creo que… saldré a dar una vuelta por ahí antes de que alguien me arranque la cabeza de un mordisco. No me lo puedo permitir justo ahora que mi cabello se ha amoldado a la perfección… ¡Con permiso!

Al salir él de ahí, Vicky retrocedió envolviéndose con los brazos cruzados y gesto contrariado.

—¿Por qué nadie me dijo? Tenía derecho a saberlo.

—Pensamos que sería más apropiado que fuera ella misma quien te lo dijera.

—Pues ni siquiera después de saberse es capaz de hablarme de ello —replicó Vicky, sintiéndose engañada—… ¿Cómo se supone que piense en ella ahora como mi ángel guardián cuando no es capaz de decirme las cosas con claridad? Samuel al menos…

El recordatorio de su desaparición le impidió seguir hablando, y tampoco Demian se atrevió a decir nada. Tenía derecho a sentirse indignada, pero seguía pensando que debió ser la misma Addalynn quien le dijera. Vicky bajó la vista hacia los guantes que tenía puestos y se frotó las manos, como si de pronto sintiera frío.

—…Ella me entregó estos guantes para mantener mi poder bajo control. Supongo que no me cuestioné en ese momento nada de lo que hacía porque apenas empezaba a descubrir lo que era. Creí que era porque llevaba más tiempo siendo una Angel Warrior… pero también te ha ayudado a controlar tu poder, ¿cierto? ¿Cómo es qué nunca me di cuenta?

—Creo que lo que trataba de evitar era precisamente esto, que empezaras a verla y tratarla de forma diferente… Eso es lo que me impedía también el decirte lo que soy en realidad —agregó Demian con la mirada esquiva.

—…Lo siento, no pretendía que lo tomaras de esa forma—aseguró Vicky, tratando de arreglar lo dicho—… Quiero intentar de nuevo hablar con ella. ¿Me acompañarías?

—Uhm… creo que sería mejor que hablaran en privado. Después de todo es algo que les concierne solo a ustedes.

—¿Crees que de verdad ella sepa cómo traer de vuelta a Samuel?

—No me cabe la menor duda de que sabe ciertas cosas que prefiere guardarse para sí misma… pero si en verdad supiera cómo hacerlo volver, dudo que decidiera callarlo.

Vicky asintió y echó un vistazo a su reloj.

—Supongo que ya debe estar despierta a esta hora. Deséame suerte —dijo Vicky, volviendo a la puerta, pero deteniéndola antes de que él cerrara—. ¿Dónde te metiste ayer, por cierto? Pasé aquí después de intentar hablar con Addalynn, pero no había nadie en la habitación.

—Yo solo… salí a dar una vuelta por ahí. —Demian trató de ser lo menos específico posible. Y más cuando él mismo no estaba seguro.

Una vez que Vicky se marchó, apoyó la espalda en la puerta y cerró los ojos, intentando repasar en su memoria los eventos que lo habían llevado a despertar en la habitación de Addalynn.

Hubo fuegos artificiales, estaba casi seguro de ello. Se había quedado fuera del hotel mirando al cielo cuando vio de pronto a Addalynn, que aún llevaba puesto el vestido manchado de sangría. Y dijo algo. ¿Qué fue? Arrugó el entrecejo, intentando cavar más hondo en sus recuerdos, y la imagen borrosa y sin sonido que tenía de ella tenía por fin voz, sólo tenía que encontrarle sentido ahora.

“No hagas eso. Alguien podría verte”. ¿Fue eso lo que dijo? No estaba seguro. Ni siquiera entendía a qué se refería. La cabeza le daba vueltas entonces e incluso un poco ahora, no podía fiarse de la veracidad de sus recuerdos si trataba de seguir más allá.

Finalmente, el dolor de cabeza pudo más que él y optó por dejarse caer en la cama, quedándose dormido al instante. Hasta que el sonido de su celular lo despertó. Extendió el brazo hacia la mesa de noche y tras tantear por varios segundos sin encontrarlo, recordó que lo tenía en el bolsillo de la chamarra. Se incorporó y echó un vistazo a la pantalla. Ya casi eran las 11 de la mañana y acababa de recibir un mensaje.

“Necesito tu ayuda. Por favor ven al campo de atletismo.”

El mensaje era de Angie, y Demian se sintió intrigado. ¿De qué forma podría él serle de ayuda? Su competencia estaba por comenzar, así que debía apresurarse. Al menos el dolor de cabeza había remitido.

No le tomó mucho tiempo llegar al campo de atletismo. Apareció entre las sombras proyectadas de las gradas, donde nadie pudiera verlo, y se dirigió sigiloso hacia una de las áreas complementarias donde los competidores esperaban el inicio de las carreras. Angie estaba ahí sentada en una banca, con las manos aferradas y los hombros tan engarrotados que parecía estar usando hombreras.

—Gracias por venir. Pensé que no lo harías.

Tenía los ojos hinchados y parecía a punto de echarse a llorar ahí mismo. Claramente la desaparición de Samael le había afectado tanto o más que a cualquiera.

—Vine tan pronto como pude —respondió él, mirando de reojo al resto de los participantes por si alguien le advertía que no debía estar ahí, pero la mayoría se ocupaba de sus propios asuntos, así que no les prestaban mucha atención—. Dijiste que necesitabas mi ayuda… aunque la verdad no imagino de qué forma podría hacerlo.

—Yo solo… no puedo correr en estas condiciones —dijo Vicky como si le faltara el aire, la mano pegada al pecho como una garra—. Si lo intento siquiera, siento que me desplomaré en cuanto dé un paso. Duele… En verdad que duele mucho.

—Entiendo. Pero no sé cómo esperas que yo…

—Los demonios pueden arrancar dones a voluntad —dijo Angie y el rostro de él se ensombreció al entender lo que pretendía—. Por favor…

—No puedes pedirme eso —replicó Demian en voz baja, retrocediendo unos pasos—. No tienes idea de lo que significaría.

—¡Lo sé! ¡Por supuesto que lo sé! —aseguró Angie con gesto suplicante—. Pasé un tiempo sin el don, así que sé perfectamente cómo es. Sin dolor, sin sufrimiento, es lo que necesito justo ahora.

—No me refiero a eso. El tipo de influencia que los dones pueden tener sobre mí… No quiero volver a padecerla. Sería un gran riesgo.

—…Es solo uno. No puede ser tan fuerte —insistió ella, a pesar de entender su temor.

—Siempre empieza por uno —espetó Demian y Angie lo miró de forma lastimera.

—…Por favor. No puedo correr así —volvió a suplicar y Demian dio un resoplido, tratando de mantenerse firme en su decisión.

—Olvidas lo que pasará una vez que carezcas del don —intentó razonar él—. No podrás mantenerte en pie, tu cuerpo no responderá, tus funciones se habrán apagado por completo. Será como si estuvieras…

—Lo sé. También lo tengo cubierto —contestó Angie, echando un vistazo por detrás de él, y al seguir la dirección de su mirada, Demian vio que Marianne estaba a unos metros, mirando confundida a ambos.

—Yo… recibí tu mensaje —dijo ella, apartando la vista de Demian y centrándose en Angie. En ese momento escucharon por las bocinas que convocaran a los participantes a la pista y todos comenzaron a salir de las instalaciones. Angie fue la única que se quedó atrás.

—…Rápido, no queda tiempo. Tiene que ser ahora.

—No puedo hacerlo —Demian se negó, dando otros pasos hacia atrás.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué nos llamaste? —preguntó Marianne sin entender nada.

—No puedo participar en la competencia en estas condiciones. Sufriré un colapso si trato siquiera —explicó Angie, intentando ponerse de pie. Se le habían formado ojeras y tenía el rostro aperlado de sudor frío, pero ante todo estaba aquella nota de dolor, más allá del físico.

—No te levantes, quédate sentada —dijo Marianne, adelantándose para sostenerla del brazo al verla tambalearse.

—Tengo que hacerlo —insistió ella, luchando por permanecer de pie y dedicándole otra mirada suplicante a Demian—… Por favor.

Él no se dejaría convencer; la idea de tener uno de los dones en sus manos le intranquilizaba. ¿Y si su cuerpo lo absorbía así sin más? ¿Y si esto desencadenaba otra oleada de dones regresando a él y esclavizándolo a sus instintos de demonio? No quería arriesgarse, pero, por otro lado, el hecho de negarse a su súplica tampoco le sentaba bien.

No obstante, mientras él dudaba sobre lo que debía hacer y el tiempo corría, Angie aprovechó el punto de apoyo que Marianne le ofrecía y estiró el brazo hasta lograr tocar a Demian. Al instante él se enderezó como si una corriente pasara por su cuerpo, y con un movimiento rápido, su mano hecha sombra se introdujo en el pecho de Angie, y al sacarla tenía ya aquella esfera brillante flotando sobre su palma.

—¡¿Qué hiciste?! ¡¿Te volviste loco o…?! —exclamó Marianne incrédula.

—Crea uno de esos dones temporales. Es lo que ella quería —respondió él con gesto de desaprobación ante su treta y manteniendo el don lo más alejado de él que le era posible—. Lo tendrá de vuelta cuando termine la competencia.

—…Oh, Angie —murmuró Marianne con el ceño fruncido. Era una salida fácil, pero no podía juzgarla, ¿qué haría ella si estuviera en su lugar? Quizá le resultaría imposible no hacerlo si tuviera la posibilidad de arrancarse el corazón para no sentir más dolor. Así que creó un don temporal solo por aquella ocasión.

Cuando Angie volvió a abrir los ojos, su semblante había cambiado, estaba ahora completamente serena y recompuesta, como si no hubiera sufrido nunca de angustia alguna; los ojos rojos eran lo único que delataba su estado previo.

—¿Te sientes bien? —preguntó Marianne.

—Me he sentido mejor —repuso Angie, estirando las extremidades para comprobar que todo estuviera en su lugar.

—Pues adelante, ya casi empieza la carrera, y más te vale que no te acostumbres a esto porque ese don debe regresar pronto a su dueña —advirtió Marianne con inflexibilidad.

—…Entendido, capitana —respondió Angie con un gesto marcial y a continuación salió corriendo de ahí, quedando únicamente Marianne y Demian dentro de las instalaciones.

Permanecieron callados por un rato, sin dirigirse una sola mirada, como si estuvieran esperando a que la misma Angie regresara y les dijera que ya podían marcharse, hasta que fue finalmente Demian quien rompió el silencio.

—¿…Podrías sujetar esto? —dijo él, extendiendo la brillante esfera hacia ella—. No puedo tenerlo tan cerca de mí. Me pone mal.

Marianne vaciló un instante antes de recibir el don, y aunque trataba de evitar cualquier contacto, en cuanto sus manos se rozaron, sintió aquel breve chispazo que los impulsó a separarse rápidamente, aunque ni lo mencionaran.

Ella hizo todo lo posible por mantener la vista fija en el don; no quería mirarlo y recordar lo que había visto esa mañana, pero aun así lo hizo. Alzó la vista y vio que tenía el rostro pálido y la frente húmeda, como si estuviera a punto de enfermar.

—¿…Es el don lo que provoca eso? —preguntó ella.

—No puedo evitarlo. Creo que mi cuerpo reacciona a su cercanía, o al solo hecho de que esté fuera de su dueño… Lo mejor será que lo mantengas lejos de mí —respondió Demian, secándose la frente húmeda con el dorso de la mano. Ella abrió su pequeña mochila y metió ahí la esfera con mucho cuidado para a continuación dirigirse a la salida sin decir más—… No lo decía para que te fueras.

Marianne volteó inexpresiva, pero enseguida rehuyó a su mirada.

—…Voy a ver que Angie compita —respondió ella, apresurándose en salir de ahí y aunque él hubiera podido alcanzarla, no lo hizo.

Marianne corrió hacia las gradas mientras los participantes iban acomodándose en sus carriles. Había toda una sección ocupada por compañeros de su misma escuela, y ella los cruzó hasta llegar arriba, donde se encontraban sus amigos. Los ánimos en su grupo eran más bien decaídos; los acontecimientos del día anterior aún estaban muy frescos, pero aun así se las arreglaron para saludarla y no hacer comentarios sobre su explosión. Llegó al final de la fila y vio que Vicky estaba ahí sentada, sin rastro de Addalynn alrededor. Se detuvo frente a ella y por un momento no supo qué decirle.

—Yo… lo que dije ayer…

—Gracias —dijo Vicky para sorpresa suya—. Si no hubieras dicho nada, quizá nunca me habría enterado. Intenté hablar con Addalynn, pero… ella no dice nada. Volví a intentar esta mañana y sigue en el mismo plan.

Marianne se mordió el labio al recordar a quién había visto salir del baño de Addalynn esa misma mañana, y no pudo evitar preguntarse si todavía seguía ahí cuando Vicky fue a hablar con ella. No, no debía pensar en ello; desechó el pensamiento y decidió tomar asiento junto a ella, colocando cuidadosamente la mochila en su regazo.

—Angie luce calmada —comentó Lucianne al verla colocarse en su carril—. Contrario a esta mañana; si no hubiera insistido que la trajéramos, habría sugerido una visita al hospital.

—No sería mala idea cuando termine esto —murmuró Marianne, apretando la mochila contra su pecho.

Un pistolazo dio inicio a la carrera, y mientras Angie salía rauda y con la atención fija en su carril, Marianne alcanzó a ver de reojo que Addalynn se presentaba al pie de las gradas con unos lentes oscuros y se quedaba ahí parada como esperando a que todo terminara.

—¿Creen que por fin hable conmigo? —preguntó Vicky, pero nadie supo responderle.

Marianne trató de evitar mirar directamente hacia Addalynn, pero notó de soslayo que varias chicas de la escuela cuchicheaban, fijando la vista en ella por momentos. No que desde su llegada no causara murmuraciones de todo tipo, pero en esta ocasión le pareció más singular que de costumbre.

Los aplausos atrajeron su mirada hacia la pista y vio que la carrera ya había terminado. Angie se alzaba victoriosa tras llegar en el primer puesto sin mostrarse tan agitada como el resto de los participantes.

—No parece muy feliz… aunque claro, tampoco esperaba que estuviera saltando de contenta después de… lo que pasó ayer —dijo Lucianne, cuidando sus palabras estando Marianne presente. Ella solo bajó la vista y la mantuvo fija en su mochila. El recuerdo de lo ocurrido aún le causaba un nudo en el estómago, y tras su reacción aún no sabía bien si debía disculparse con todos o con los directamente afectados.

Un grito los hizo callar a todos en ese momento y el público alzó las cabezas en sincronización, incluso los participantes de la siguiente carrera. Escucharon otro grito y Marianne se puso de pie casi de un salto para a continuación bajar como bólido, pisando asientos y apartando gente a empellones hasta llegar al pie de las gradas donde Addalynn y otras personas intentaban ver lo que ocurría. Una chica que había participado en la primera competencia temblaba mientras algunos de los entrenadores intentaban calmarla.

—¿Qué ocurrió? —preguntó ella a cualquiera que estuviera dispuesto a responder, y para su sorpresa fue Addalynn la que lo hizo.

—Dice que en cuanto terminó la primera carrera se dirigió a los vestidores y en el camino se topó con un chico escondido en una esquina que cambió de rostro y se transformó en una chica —respondió Addalynn, sin voltear siquiera ni quitarse los lentes, con los brazos cruzados como si no hubiera nada de lo que preocuparse. Y era claro el por qué; aquella descripción encajaba a la perfección con Mitchell y con algo que él haría.

Marianne exhaló un resoplido con una mezcla de alivio e indignación ante lo que había resultado una falsa alarma. Solo entonces notó que no traía su mochila.

Regresó corriendo a su lugar en las gradas y mientras los demás le pedían detalles, descubrió que la mochila no estaba donde creyó haberla dejado.

—¿Alguien vio mi mochila? Estoy segura de haberla dejado aquí.

—Lo siento, con todo el alboroto no me fijé —se excusó Vicky.

Marianne se puso de rodillas, tratando de no entrar en pánico, y miró entre los escalones, alcanzando a atisbar un bulto por debajo de las gradas. Dio un suspiro de alivio; solo se había caído, nadie lo había tomado.

Volvió a bajar mientras la siguiente carrera se llevaba a cabo y se introdujo entre las vigas para llegar al punto bajo las gradas en el que su mochila había caído y recogerla. Le sacudió el polvo y la abrió para verificar que todo estuviera intacto, pero no salió brillo alguno del interior. Sintió una repentina punzada de frío; metió la mano para remover en busca de la esfera y en última instancia volcó el contenido sobre el polvoriento piso. No había rastro alguno del don, había desaparecido… o alguien lo había tomado.

Presa de un creciente desasosiego, miró hacia todas partes como si esperara ver rostros sospechosos al acecho en las sombras, pero ahí debajo de las gradas, con el sonido de las pisadas, el chirrido de la madera y el barullo incomprensible de decenas de voces gritando en apoyo a sus compañeros, no había nadie más que ella.

No podía creerlo, había perdido el don de Angie en un terrible descuido impropio de ella. Se suponía que iban a ser tan solo unos minutos mientras competía y ahora…

Cuando salió finalmente cargando desanimada con la mochila, vio que los demás ya se habían reunido con Angie en el campo. Parecían preocupados ante su falta de entusiasmo después de su victoria, pero ella no se mostraba perturbada por ello.

—Angie, lo siento mucho… —comenzó a decir ella, sin saber exactamente cómo explicar que había perdido su don—… Yo… lo perdí.

—Oh. Bueno, ¿qué se le va a hacer? C’est la vie —replicó Angie con un encogimiento de hombros.

—¿Qué perdiste? —preguntó Vicky.

—…El don de Angie.

—Pero ¿qué hacías con él? ¿Por qué lo tenías tú?

—Ella pidió que se lo sacaran, ¿cierto? —dijo Frank como si para él no fuera sorpresa—. Por eso actúa como robot.

Angie giró los ojos ante su comentario y dejó que Marianne les explicara.

—¿Mi hermano aceptó hacerlo? —preguntó Vicky, desconcertada de que lo hiciera.

—…Técnicamente Angie lo obligó a hacerlo… con su poder —respondió Marianne y esto le granjeó a Angie una mirada de desaprobación que ella se limitó a ignorar mientras Vicky iba corriendo al área de descanso donde se suponía que Demian estaba—. Pero estamos perdiendo el hilo de lo que realmente importa. El don no puede haberse perdido así como así. Alguien tuvo que haberlo tomado.

—Seguro. Alguien encuentra una mochila abandonada en el asqueroso y sucio suelo bajo las gradas mientras se lleva a cabo una competencia importante y lo primero que se le ocurre es revisar su interior, después de todo ¿cuál es la probabilidad de encontrarse una bomba con todas las noticias sobre atentados terroristas en el mundo? Abre la mochila y se encuentra con una esfera brillante que además es capaz de flotar y lo primero que piensa es “¡Qué lámpara tan genial! ¡Me hace falta una de ésas!”. Y como no hay nadie alrededor que reclame la mercancía, el que se lo encuentra se lo queda. ¿Te parece esa una descripción precisa de lo ocurrido? —dijo Frank con ese tono sarcástico y condescendiente que solía usar para sacarlos de quicio.

—No sería la primera vez que algo así pasara —le espetó Marianne, lanzándole una mirada acusadora para recordarle que él mismo se había robado antes un don.

Touché —replicó él con una sonrisa de reconocimiento.

—Si alguien lo tomó, ¿será posible rastrearlo? —intervino Lucianne—. Digo… el don pertenece a Angie, quizá ella pueda sentir su proximidad. —Las miradas volvieron a centrarse en Angie que se mantenía imperturbable.

—Les informo que mis sensores emocionales han cerrado actividades hasta nuevo aviso —repuso Angie, haciendo un gesto con las manos que simulaba un cerrar de puertas y comenzaron a convocarla a la pista—. Y justo ahora tengo una ceremonia de premiación a la que asistir.

Antes de que pudieran protestar, ya se había marchado dejándoles a ellos la responsabilidad de hallar una solución al don desaparecido mientras ella podía lavarse las manos tranquilamente.

—…Quizá si Samuel estuviera aquí, él podría rastrearlo —dijo Belgina, algo dudosa de mencionarlo en presencia de Marianne.

—…Pero él no está. Y no podremos contar con su ayuda hasta que vuelva. Debemos resolverlo de otro modo —contestó Marianne, tratando de mostrarse segura de que él regresaría, aunque por dentro aún sentía un nudo en el pecho.

—Pues a falta de un ángel, ¿por qué no acudir a otro? —repuso Frank, fijando su mirada en Addalynn, y los demás siguieron su ejemplo. Esta se limitó a levantar la vista con aire de indiferencia y negó con la cabeza.

—¿No quieres o no puedes? —preguntó Lucianne.

—No estoy familiarizada con los dones, no hay forma de que pueda localizar uno desaparecido —contestó con desgana—. Pero hay alguien a quien podrían preguntarle.

Se refería a Demian obviamente, pero el hecho de que lo mencionara y sabiendo lo que sabía, Marianne no pudo evitar una punzada sobre el nudo que ya sentía de por sí.

—¿Encontraste a Demian? —preguntó Lucianne al ver a Vicky regresar y ella negó con la cabeza.

—Debió regresar al hotel. Muchos están haciendo lo mismo. ¿Creen que deberíamos?

Marianne observó alrededor y efectivamente ya casi todo el público comenzaba a movilizarse fuera de sus asientos mientras la ceremonia de premiación llegaba a su final. Le pareció que les dirigían miradas sospechosas o quizá era solamente la paranoia de haber perdido el don de Angie. ¿Podría alguna de esas personas haberlo tomado de su mochila? Después de todo, entre la gente había alumnos del colegio Valle del Sol.

Los pasillos se volvieron intransitables esa tarde en el hotel, todos con sus maletas, reunidos en grupitos que acaparaban el corredor mientras esperaban la llegada del ascensor. Las chicas ya se habían reunido cerca de este, esperando turno para entrar, cuando Lilith se les unió con gesto parco.

—No fuiste a ver que Angie compita —Lucianne la reprendió y ella las miró con una expresión tan lastimera que era como si la estuvieran acusando de alguna acción imperdonable.

—Lo… Lo siento. No me sentía con ánimos —se disculpó Lilith, mirando a Angie con gesto suplicante para luego voltear hacia las demás—… Lo siento si ayer les fallé también. Lo siento por no estar ahí cuando Samuel desapareció. Lo siento por todo.

Se echó a llorar de pronto como niña regañada, atrayendo las miradas del resto de sus compañeras de piso y las chicas se miraron alarmadas ante su reacción.

—¿Esto es por el asunto del vestido y el dinero desaparecido? —inquirió Marianne sin mostrarse conmovida por su llanto.

—Y-Yo no sa-sabía. Lo ju-juro —gimoteó Lilith con el rostro salpicado de motas rojas que iban coloreándole las mejillas desde la nariz—. N-No me d-di cu-cuenta de q-que fa-faltaba el di-dinero hasta de-después de co-comprar el ve-vestido.

Marianne la sujetó de los hombros, obligándola a mirarla a los ojos.

—Escúchame bien, no tienes que explicarnos nada. Te creemos y jamás se nos ocurriría pensar que serías capaz de hacer algo así de forma intencional —dijo Marianne sin suavizar la voz, pero tampoco levantándola—. Fue un lamentable error y ya está, deja de torturarte por ello, eso es lo que ella busca. No le des el gusto.

—¿E-Ella? —preguntó Lilith con otro gimoteo, sus ojos abriéndose más ante lo que sus palabras sugerían—… ¿T-Te refieres a Vi-Vicky?

—¡No! Hay cosas más importantes de las que debe preocuparse que una tontería tan superficial como esa —replicó Marianne, dando un resoplido y procurando bajar la voz—… Hablo de Kristania. No sé cómo, pero estoy segura de que ella tuvo algo que ver, así que no permitas que te vea abatida.

—¿Por qué querría ella verme abatida? Somos amigas y hermanas lisseners —repuso Lilith como si la idea fuera inconcebible para ella.

—¡Eso es lo que quiere hacerte creer! —rebatió Marianne con ímpetu, reprimiendo las ganas de sacudirla, pero las miradas de sus amigas que negaban discretamente con la cabeza la disuadieron de seguir y volvió a resoplar de mala gana—… Tan solo olvídate de todo ese asunto, ¿quieres? A nadie más le importa y hay cosas más serias en las cuales concentrarse. Fin de la discusión.

Lilith cerró la boca para ahogar sus gimoteos y asintió con la cara roja e inflada, como si estuviera conteniendo la respiración. La puerta del ascensor se abrió y las chicas echaron un vistazo al fondo del pasillo.

—Addalynn no ha salido —dijo Lucianne, como si fuera su deber el esperarla y miraron hacia su habitación al final del pasillo. Marianne notó de pasada que varias de las chicas en el corredor parecían señalar hacia su puerta y susurrar algo entre sí. Trató de ignorar la creciente inquietud en ella y enderezó la espalda.

—Ya nos alcanzará. Bajemos de una vez —dijo, optando por las escaleras para no tener que esperar el siguiente ascensor. Las demás la siguieron con Lilith al último, tratando de controlar sus gimoteos transformados en hipo, y poco a poco el corredor fue despejándose hasta quedar por completo vacío. Fue entonces que Addalynn salió y recorrió el pasillo, presionando el botón para esperar por el ascensor y viendo los números de piso iluminarse.

Se abrió la puerta y vio que la única persona al interior era Dreyson. Este la miró fijamente sin cambiar de posición con la espalda apoyada al fondo de la cabina y su equipaje en una bolsa en el piso. Ella se planteó por un momento esperar al siguiente, pero dado que ya iba retrasada se subió, colocándose en la esquina opuesta a él para imponer su distancia. Las puertas de metal se cerraron y el elevador comenzó su descenso.

Addalynn se mantenía impávida, observando los números de piso ir cambiando lentamente. Si estar ahí dentro en compañía de él le incomodaba, no lo demostraba.

—…Se dicen algunas cosas de ti —dijo él de pronto tras unos segundos de silencio.

—La gente siempre habla —respondió ella sin inmutarse, la vista fija en la placa donde se iban iluminando los números.

—Y no todo lo que dicen es verdad o mentira —añadió él con los ojos aún clavados en ella, aunque esta ni se dignara a mirarlo—… Aunque me pregunto qué tanto de esto lo sea. Escuché un dicho de que si el río suena…

—No me interesa lo que estén diciendo —replicó ella de forma cortante.

—Supongo entonces que te da igual lo que digan sobre ti y Donovan —espetó Dreyson con un dejo de indiferencia—. Que pasó la noche en tu habitación.

El rostro de Addalynn sufrió un leve espasmo, pero solo por un segundo para enseguida mostrarse tan impertérrita como siempre.

—…No es de su incumbencia —respondió ella.

—Claro. Y todos seguirán hablando —continuó Dreyson, mirando de reojo hacia el panel de los números—… Y también imaginando su propia versión de lo ocurrido ahí.

Esto último pareció causar el efecto deseado, pues por primera vez Addalynn volteó hacia él como si por fin entendiera sus insinuaciones, y el azul eléctrico de sus ojos pareció relampaguear, reflejando la luz en ellos.

—Nada ocurrió, y en cualquier caso no le concierne a nadie más hablar de ello —refutó ella con expresión indignada, volviendo la vista hacia el panel para dar por terminado aquel intercambio. Dreyson mantuvo su esbozo de sonrisa mientras esperaba ver el número 2 iluminarse en el panel.

—Ya quiero ver su cara cuando empiece a escuchar esos rumores e intente justificarlos —agregó Dreyson, apartándose de la pared, como si se preparara para salir.

—No tiene por qué justificarse. Yo misma frenaré esos supuestos rumores de ser necesario —aseguró Addalynn con creciente exasperación y esperando impaciente a que la luz de la planta baja se iluminara, y justo en ese intervalo, sintió que algo tiró de ella haciéndola dar la vuelta. Intentó protestar, pero había un obstáculo, y ese era que los labios de Dreyson estaban sobre los suyos.

Fue apenas una fracción de segundo para que Dreyson se apartara, dejándole una sensación fría y de entumecimiento en los labios justo cuando sonaba la campana que anunciaba la llegada a la planta baja.

—Sabes tal y como creía —comentó él con una sonrisa al salir de ahí.

Addalynn permaneció de pie con una expresión confusa congelada en el rostro, como si aún estuviera procesando lo ocurrido. Se sentía entumecida, como si el cuerpo no fuera a responderle, pero en cuanto él se hubo marchado y la conmoción inicial había pasado, se empujó a sí misma hacia adelante y se pasó el dorso de la mano por la boca, como si pudiera limpiarse de esa forma el sabor a nada de sus labios. Vio el manchón de pintalabios rosa sobre su dorso, y cerrando la mano en un puño, sacó rápidamente su lápiz labial para arreglarlo hasta volver a quedar impecable.

Se quedó mirando su reflejo por unos segundos, como si viera en su rostro algo que no estaba bien. Algo que no había visto antes. Perturbación. Aquella acción había perturbado su habitual compostura y no estaba acostumbrada a ello. Enseguida intentó recomponer el rostro hasta eliminar todo rastro de emoción alguna. Volvía a tener el gesto inexpresivo que la caracterizaba y así debía mantenerlo frente a los demás. Cerró el espejo compacto y se dispuso a salir del elevador como si nada hubiera pasado.

—Qué grupo tan animado —dijo Frank con sorna al llegar al vestíbulo y ver a las chicas en completo silencio.

Marianne permanecía sentada sobre su maleta con la mirada fija en ningún punto en particular, más bien perdida en sus propios pensamientos de modo que no hizo caso a su comentario. De entre las hordas de estudiantes que se arremolinaban en el vestíbulo vieron surgir de pronto a Demian, cargando tan solo con su bolsa de deporte y recorriendo el lugar con la vista. Lucianne agitó el brazo para que pudiera así localizarlos.

—¿Dónde está Vicky? —preguntó en cuanto él se acercó.

—La llevé de vuelta a casa. Era lo mejor; de todas formas, no podía volver con nosotros.

—¿Te comentó el problema que tenemos? —volvió a preguntar Lucianne y él asintió.

—No creo poder ser de gran ayuda en este asunto. La única forma en que tal vez podría invocarlo sería con el mío… pero no tengo control alguno sobre este; sería capaz de absorber todos de nuevo y eso sería… No quisiera pasar por eso otra vez.

—Marianne dice que estar cerca del don te afecta de alguna manera —continuó Lucianne, dirigiéndole una mirada rápida a su prima como si esperara su intervención, y esta se sobrecogió, limitándose a asentir—… ¿Como si te enfermara?

—No estoy muy seguro de cómo funciona —respondió Demian—, pero me parece que es cosa del momento, como el arrancar la costra de una herida. Eventualmente el dolor dimite, y así en mi caso. No puedo localizarlo, pero tampoco puedo descartar que quizá vuelva a sentir su influencia sobre mí si llego a tenerlo cerca.

—Como si fuera radiactivo para ti —comentó Frank y Demian se encogió de hombros.

—Creo que solo pasa con aquellos dones que formaron parte de mí un tiempo —agregó—. Pero no podría asegurarlo con total certeza.

—Así que básicamente si queremos que lo invoques nos arriesgamos a que termines arrebatándonos los nuestros de nuevo y el heredero de la oscuridad se alzará de nuevo.

—No es algo para bromear —espetó Demian con el ceño fruncido y Frank sonrió de aquella forma que parecía burlarse de todo.

—Relájate, “principito”, me caías mejor ayer cuando decidiste aceptar lo absurdo de nuestra situación. —Demian se tensó al pensar en la noche anterior; recuerdos que aún no lograba aclarar en su memoria—. Además, preguntamos porque la reina del hielo tampoco tiene idea de cómo localizarlo… Y hablando de la reina en persona…

Addalynn iba acercándose a ellos con la frente en alto mientras a su paso varios volteaban y empezaban a secretearse de forma nada discreta, a pesar de que ella hacía caso omiso a la atención como de costumbre. Avanzó hasta colocarse a un lado de ellos, conservando su usual distancia, y fijó la vista hacia algún punto indefinido entre la multitud. Demian la miró nervioso, preguntándose si los demás podrían percibir su incomodidad. Tenía la sensación incluso de que las miradas del lugar entero se posaban sobre ellos.

De pronto, Marianne se puso de pie casi de un salto con los ojos tan abiertos que parecían pelotas de golf con una esmeralda en el centro. Siguieron la dirección de su mirada y más allá del vestíbulo vieron una cabeza de un rubio tan claro que casi parecía resplandecer entre la multitud, la cual iba involuntariamente abriéndole paso mientras avanzaba como si fuera Moisés partiendo el mar rojo. Samael.

—Marianne, aguarda un momento… —dijo Lucianne al ver la intención reflejada en el rostro de su prima, pero la reacción de esta fue automática; se echó a correr empujando a todo aquel que se cruzara en su camino, cerrando oídos a toda queja o reclamación, para concentrarse en la visión que tenía enfrente, temiendo que pudiera desaparecer si apartaba la mirada por un segundo siquiera.

—Samael —susurró ella casi sin voz al llegar frente a él y abrazándolo como si no hubiera nadie más alrededor—. Volviste. Sabía que lo harías.

Samael sin embargo se quedó quieto y con las manos vacilantes, como si no supiera si debía o no responder al abrazo.

—…Uhm… No es que quiera arruinar el momento —dijo él, observando a su alrededor al notar las miradas curiosas ante el efusivo abrazo—… y tampoco es que me desagrade recibir abrazos cargados de tanto significado, pero como todo parece indicar que no has sido informada, me veo en la obligación moral de aclarar que ha habido una pequeña confusión… aunque mentiría si dijera que una parte de mí no está un poco prendida.

Marianne enseguida se apartó y lo miró con el rostro contraído en un gesto de confusión y desencanto.

—¿…Mitchell?

El rostro que pertenecía a Samael esbozó una amplia sonrisa que parecía más dedicada a la gente que los rodeaba para demostrar que no existía ningún problema.

—Wow, de haber sabido que iba a generar esta clase de recibimientos hubiera escogido desde el principio esta apariencia para pasearme por las calles de esta ciudad —comentó a la ligera el falso Samael, por lo visto encantado de las reacciones que producía a su paso.

Marianne parecía indignada. Más que eso, furiosa. Tuvo que contenerse para no golpearlo por haberle dado la esperanza de que Samael había vuelto para después llevarse tal chasco; simplemente se dio la vuelta y regresó con los demás con las manos empuñadas y apretando los brazos a los costados.

—…Lo siento, debimos decírtelo antes —se disculpó Lucianne—. Frank sugirió que tomara su lugar durante el regreso para no levantar sospechas.

—Fue una noche llena de ideas y epifanías personales —intervino Frank y Marianne se limitó a sentarse nuevamente sobre su maleta con el rostro alicaído.

—…Da igual —dijo ella con desánimo, posando la vista nuevamente en algún punto lejano. Los demás no dijeron nada más, entendían lo que debía sentir en ese momento, y Demian se limitó a observarla con la mirada sombría.

El vuelo de regreso se realizó sin mayores dificultades, cada quien en su respectivo asiento y con Mitchell tomando el lugar de Samael tal y como habían resuelto. Claro que este en vez de tomarse en serio su papel, aprovechó la oportunidad para conversar despreocupadamente con quienes tuviera enfrente. Tanto que antes de que el avión despegara siquiera, Addalynn ya había cambiado asiento de nuevo y a regañadientes fue Angie quien terminó ocupando el suyo, para seguir el mismo esquema del primer viaje.

—¿No se suponía que te ponía nervioso volar? —preguntó una chica de adelante.

—¡Oh, sí! Este… ohhh, nos estrellaremos, vamos a morir, ¿quién podrá calmar mis nervios? —comenzó él con su pálida imitación de Samael, moviendo los brazos y volteando hacia Angie en espera de que ella también cooperara, pero esta únicamente le dedicó una mirada de hastío sin descruzar los brazos, así que él volteó de nuevo hacia las chicas—. Pues creo que he superado por fin mis miedos; los milagros existen, ¡aleluya!

Las chicas rieron encantadas mientras Angie ponía los ojos en blanco y se enfurruñaba en el asiento, consciente de que le aguardaban unas dos horas más de lo mismo.

El viaje había concluido finalmente y regresaban tal y como se habían ido, con una ausencia pesando sobre ellos. Marianne se mantuvo callada y abstraída durante todo el vuelo, con la vista fija en la ventanilla, preguntándose qué harían si Samael no aparecía pronto ya que en su mente no cabía la posibilidad de no volver a verlo, simplemente no era una opción. Tarde o temprano hallaría la forma de volver a ellos, estaba convencida.

El primer problema se presentó al bajar del avión; su familia no solo la estaría esperando a ella sino también a Samael, y lo que menos quería era llevar a un impostor a casa, aunque se tratara de Mitchell (Bueno, SOBRE TODO tratándose de él).

—Tienes que inventar una excusa para no venir a casa —ordenó Marianne en cuanto llegaron al área de salidas donde varios adultos esperaban ya a sus hijos. Mitchell parpadeó con una expresión distraída que se acercaba tanto al verdadero Samael que ella sintió de nuevo aquel nudo que estrujaba su pecho.

—¿Qué esperas que diga? ¿Que me iré a festejar mi triunfo a un antro durante todo el fin de semana para dar tiempo a que ocurra algún milagro? Porque lo haría si tuviera algo que festejar, pero no creo que eso le deje una buena reputación a tu ángel —respondió Mitchell, que parecía cada vez más cómodo en la piel de Samael, saludando con la cabeza y sonriendo a las chicas que pasaban junto a ellos, las cuales correspondían de la misma forma para a continuación cuchichear entre risitas.

—¡Tampoco es como que estés haciendo un gran esfuerzo por conservarla! —reclamó Marianne, rechinando los dientes—. ¡Además, tienes otros asuntos que resolver!

Mitchell volteó y vio a Kristania recibiendo de mala gana las atenciones de su madre, que parecía estar en sufrimiento constante, señalando su celular y tomando sus manos con gesto suplicante. No necesitaba ser adivino para saber el drama que le esperaba en cuanto pusiera un pie en casa.

—…Creo que por ahora escojo el ático, gracias —decidió él para mayor irritación de Marianne, pero antes de que pudiera protestar, su padre ya se acercaba con una sonrisa.

—¡Bienvenidos! ¿Qué tal les fue? ¿Se divirtieron? —los recibió Noah, tomando sus maletas tan solícito como siempre.

—Excelente. Ganamos —respondió Mitchell con orgullo, como si él mismo ya se estuviera creyendo el papel que le tocaba interpretar.

—¿En serio? Me da mucho gusto. Espero que los hayan grabado, me gustaría mucho verlo —dijo Noah, comenzando a arrastrar las maletas hacia la salida.

—Creo que eso puede arreglarse —contestó Mitchell de nuevo a pesar de las miradas de advertencia de Marianne; estaba actuando demasiado extrovertido para Samael.

Noah se detuvo de pronto y vieron que a unos metros de la puerta estaban Demian y Addalynn camino a la salida. Marianne dedujo enseguida las intenciones de su padre al verlo cambiar de rumbo, pero no alcanzó a detenerlo a tiempo.

—¡Hola! ¿Tienen cómo ir a casa? —los abordó Noah, tomando desprevenido a Demian que dio un respingo antes de darse cuenta de que estaban detrás de ellos.

—Pediremos un taxi —contestó él tras un instante de vacilación y Noah sonrió de aquella forma que hacía imposible negársele.

—Nada de eso. Los llevaremos. Sígannos —indicó él con un movimiento de cabeza.

Demian miró de reojo a Marianne, pero ella se limitó a seguir a su padre con el falso Samael siguiendo su ejemplo, no sin antes dirigirle a Demian un gesto muy poco característico de Samael y sin embargo muy propio de Mitchell, cuyas cejas parecían siempre tener voluntad propia.

Si Marianne pensaba que el vuelo de regreso había sido un tormento, aquel viaje en auto no resultó menos incómodo. A pesar de los intentos de Noah por mantener una conversación con el resto de sus pasajeros, el único que parecía seguirle la corriente era Mitchell, y eso cuando Marianne no estaba lanzándole miradas asesinas por el retrovisor, acción que ella trataba de evitar lo más posible para no ver a Demian y Addalynn flanqueándolo, cada quien junto a una ventana mirando la carretera.

—¿No quieren que los acerque al interior? —preguntó Noah una vez aparcado frente a la reja que bordeaba la casa de Demian.

—No es necesario, caminaremos por el jardín. Gracias por todo —dijo Demian, bajando las maletas y pasando la mano por un sensor, tras lo cual la reja se abría.

—Cualquier cosa que necesiten, ya saben cómo localizarme —concluyó Noah en señal de despedida mientras arrancaba el auto nuevamente y marchaba a lo largo de la calle.

Demian finalmente empujó la reja para entrar y, tras tomar las maletas, emprendieron el camino a través del jardín. Había ya anochecido y algunas farolas colocadas a lo largo del empedrado se habían encendido, además de la luz que les llegaba desde las ventanas.

Caminaron en completo silencio mientras Demian mantenía la vista fija en la casa, con la mente dándole vueltas al mismo asunto, buscando una forma de abordar el tema antes de llegar al umbral y perder la oportunidad una vez atravesando esa puerta. Se detuvo de pronto a unos metros de la entrada y Addalynn hizo lo mismo.

—Yo… creo que deberíamos hablar —dijo Demian sin atreverse a mirarla a los ojos—… Sobre anoche.

Addalynn frunció el ceño momentáneamente y luego abrió más los ojos como si apenas comprendiera a qué se refería.

—¿No lo recuerdas?

—…No logro recordar nada —dijo él, dando un suspiro y atreviéndose por fin a mirarla de frente—… Bebí algo con los chicos anoche y… mis recuerdos están todos revueltos o temporalmente no disponibles. Tan solo sé que de repente desperté en tu habitación y no tengo la menor idea de cómo llegué ahí. He intentado todo el día recordar algo, pero ha sido inútil, así que necesito que me digas si hice algo que no debía.

“No hagas eso. Alguien podría verte.” Algo así le había dicho. ¿Pero qué había sido? Esperó un momento a que ella respondiera. Addalynn mantuvo aquel gesto que no daba indicio de lo que estaba pensando hasta que abrió la boca, pero de pronto se detuvo. Tardó unos segundos en volver a abrirla con la intención de responder, pero nuevamente sintió que se le ahogaban las palabras, quedándose ahí muda y perpleja. Ni siquiera podía hacer un gesto o un movimiento con la cabeza en respuesta. No entendía lo que estaba pasando.

Demian notó su desconcierto y de pronto se temió lo peor. Y justo cuando Addalynn hizo un tercer intento por decir algo, la puerta se abrió y los bañó la luz del interior.

—Por fin llegaron —los recibió Vicky con una sonrisa de bienvenida, y aunque Addalynn se vio interrumpida, optó por tomar su maleta y entrar a la casa de inmediato mientras Demian esperaba a que ella se adelantara para hacer lo mismo, aunque con otra idea en mente.

—…Lo siento —dijo él, desapareciendo repentinamente sin previo aviso ante la confusión de Vicky.

—¿Hermano? ¿Qué…?

En realidad, no había pensado lo que haría a continuación, simplemente tomó la decisión en un impulso, y más tarde se encontró en el pórtico de una casa, sin tener del todo resuelto lo que pretendía hacer. Ahí permaneció varios minutos, frente a la puerta, con gesto dubitativo y la mano alzada sin decidirse a tocar todavía, inseguro de la respuesta que iba a recibir, pero tampoco podía quedarse ahí parado toda la noche como si fuera el demonio gárgola del vecindario custodiando la entrada, así que se forzó a dar un paso más al frente y dar tres firmes golpes. En menos de un minuto la puerta se abrió, y un par de ojos sorprendidos lo observaron desde el vano de la puerta, haciéndolo vacilar por un segundo antes de conseguir decir algo.

—Yo… eh… necesito un lugar dónde quedarme… Será por poco tiempo.

Noah pareció estudiarlo por varios segundos, como si estuviera indagando en sus motivos, pero en vez de preguntar cualquier cosa, se limitó a sonreír y se apartó, abriendo más la puerta para permitirle la entrada.

Aunque no era algo extraordinario dada su proclividad a ser amable con todos, Demian no pudo evitar sentirse sorprendido por la facilidad con que aceptaba las circunstancias tal y como se le iban presentando. Inclinó levemente la cabeza en agradecimiento y entró, cargando con las pocas pertenencias que había traído del viaje, sin una idea concreta de lo que haría después.

La primera parada que Lilith hizo al llegar a la ciudad no fue precisamente su casa sino la cafetería, cargando con todo y maleta (a pesar de los ofrecimientos para llevarla a casa, los había rechazado tras todo el fiasco del vestido).

Se quedó viendo la fachada durante un rato; había regresado a su estilo retro con las enormes letras que formaban el nombre de “Retroganzza” iluminadas con focos led que parpadeaban en un orden constante. Al interior podía observarse movimiento, aunque por la hora lo más probable era que estuvieran por cerrar, pero eso no la detuvo de entrar finalmente arrastrando su maleta y sentarse en el gabinete especial. Los hombres de los sables no le hicieron el menor caso, continuaron con sus actividades de limpieza como si ella fuera una presencia fantasma en el lugar, pero no pasó mucho tiempo antes de que la puerta de la cocina se abriera y Mankee saliera con una sonrisa excesivamente blanca que contrastaba con su piel bronceada.

—¡Has vuelto! ¿Cómo les fue? —preguntó él, esperando obtener todos los detalles.

A pesar de que la cafetería en sí había vuelto a su estilo original, los hombres de los sables continuaban vistiendo sus túnicas típicas, y ahora hasta Mankee llevaba puesto una especie de kurta como el que llevaba la primera vez que lo conocieron, aunque más limpio y colorido.

—¿…Y eso que llevas puesto? ¿Te dio de pronto un ataque nostálgico por tu tierra y ahora vuelves a usar kurtas?

—…Oh, no, no es un kurta. Esto es un sherwani —respondió él como si apenas se diera cuenta de lo que llevaba puesto y sintiéndose de pronto cohibido—. Latvi me obliga a llevar la vestimenta apropiada para alguien de mi “posición”. Me gusta más vestir de forma discreta y sencilla… pero prefiero no discutir con ella.

—Já. Parece que ya sabemos quién lleva los pantalones en esa relación —replicó ella con tono displicente.

—¡No tenemos una relación! —aclaró él a la defensiva—. Soy firme respecto a ese punto, jamás me casaría con ella y menos siendo un matrimonio arreglado. Por eso huí y mientras me niegue no puede hacer nada al respecto, es solo que… a veces me da miedo.

—Pff. Gallina —siseó ella, frunciendo los labios de forma caprichosa.

—No es eso. Es que no la conoces como yo, no sabes las cosas que puede hacer, las cosas que sabe… —añadió él, adoptando una postura más cauta y mirando sobre su hombro como si temiera ser oído por ella.

—Hablas como si fuera una bruja milenaria capaz de convertirte en sapo solo por negarte a cualquier cosa.

—Pues… algo podría haber de cierto en eso —replicó Mankee nervioso ante la sola mención—… No tienes una idea.

—Oh, la señorita capitana ha vuelto. —Latvi atravesó la puerta de la cocina envuelta en un llamativo sari de intensos colores rojos y naranjas con pedrería bordada en las orillas—. Llega con una semana de retraso y cuando ya hemos cerrado, pero supongo que el concepto de responsabilidad es algo relativo para la gente de este país.

—¡Me fui con mi escuela a participar en un evento deportivo! ¡Lo dije antes de irme!

—Y al parecer también saben muy bien de excusas —continuó Latvi con un tono tan jovial que hasta sonaba amable, pero Lilith se limitó a inflar las mejillas en protesta.

—Por favor, no —pidió Mankee con expresión suplicante para que no siguiera.

—Como ordenes —respondió la chica, haciendo una reverencia sin perder la sonrisa ni la elegancia, a la vez que tiraba de un cordón que colgaba del ventanal junto al que estaban sentados, desenrollándose una cortina que lo cubría en su totalidad, volviendo a continuación a la cocina.

—…Discúlpala. A veces no mide sus comentarios. Mejor ponme al corriente. Esta semana ha sido muy aburrida sin ustedes por aquí.

Lilith volvió a su gesto grave del principio y esperó a que los hombres de los sables se metieran también a la cocina para poder hablar libremente.

—El asunto es que… surgió un problema mientras estábamos ahí —dijo ella, agregando para sí misma “dos en realidad”, pero lo suyo era más bien algo personal y no podía restarle importancia a algo que afectaba a todos en mayor escala—. Samuel fue atacado… y ahora está desaparecido.

—¿Desaparecido? —repitió Mankee desconcertado y Lilith procedió a relatarle todo a detalle… Al menos como le habían contado a ella, ya que no había estado presente cuando había ocurrido. El muchacho escuchó con atención, reposando el rostro sobre sus manos, y se quedó así por varios segundos más después de haber terminado, haciéndole pensar que estaba demasiado impresionado para decir algo, hasta que finalmente levantó el rostro—… Es horrible… ¿Qué se supone que haremos ahora? Él es quien nos dice siempre qué hacer. —Su rostro reflejó un pensamiento sombrío que cruzó por su mente en ese momento y que dudó en expresar en voz alta—… ¿Y si está muerto?

—¡Calla! ¡¿Por qué tienes que ser tan fatalista?!

—Tú lo has dicho, no hay forma de saber lo que ha sido de él, y además… estaba gravemente herido, tal vez al borde de la muerte… o quizá ni eso. Quizá ya estaba… —Lilith le dejó ir una sonora bofetada que le dejó la mejilla hormigueando.

—¡No es momento para entrar en pánico e imaginar lo peor! ¡Necesitamos soluciones, no añadirle más peso al problema! —exclamó Lilith con tono marcial.

—…No estaba entrando en pánico —replicó Mankee, sosteniéndose la mejilla con ojos abiertos y asustados.

—¡O quizá solo necesitaba golpear a alguien para sentirme en control! ¡De cualquier forma hay que mantener la cabeza fría en este asunto! ¡Lo siento y gracias! — finalizó ella, apartando el dedo con el que había estado apuntándole de forma autoritaria. Mankee se frotó contrariado la mejilla y se puso de pie.

—…Iré por algo de tomar.

Marchó hacia la cocina mientras Lilith permaneció sentada en el gabinete con su maleta bajo la mesa y las manos empuñadas sobre una bolsa negra de plástico, como si estuviera cargando con algo de lo que planeaba deshacerse luego, pero no encontrara las fuerzas para hacerlo. La puerta de la cocina volvió a abrirse, pero quien cruzó por ella no fue Mankee sino Latvi, llevando un plato que asentó frente a ella con suavidad, como si estuviera llevando una orden a algún cliente. En el plato había unas especies de bolitas empanizadas y cubiertas de una salsa marrón que olía muy bien, pero Lilith se limitó a levantar la vista con extrañeza.

—Un platillo típico de nuestra tierra, les llamamos ricochets. Pruébalas, te gustarán.

Lilith observó dubitativa aquellas bolitas, no porque no se le antojaran, sino porque muchas veces Mankee le había advertido que no probara nada que viniera de ella, aunque pensaba que era una exageración de su parte, sobre todo el miedo reverencial que parecía tenerle. Así era él, temeroso de todo y augurando siempre lo peor. Levantó la barbilla con aire digno y rápidamente tomó un palillo para picar una de las bolitas y llevársela a la boca para demostrarle que no ejercía el mismo tipo de control sobre ella. Latvi mantuvo aquella sonrisa amable, pero a la vez imponente mientras la observaba picar.

—Escuché que un amigo suyo murió —dijo la chica de pronto, provocando la mirada airada de Lilith, que aun así no soltó el palillo ni dejó de picar del plato.

—¡No está muerto!… O al menos eso creemos… Estamos casi seguros de que no, aunque no sabemos dónde pueda estar… ¡De cualquier forma, no es algo que te incumba!

—Yo puedo ayudar —dijo Latvi, haciendo caso omiso a sus palabras.

Lilith calló por varios segundos, tratando de pensar en cómo tomar su repentino ofrecimiento, mirando de reojo hacia la puerta de la cocina por si se aparecía Mankee. Sin duda se alarmaría al verla hablando con ella.

—¿…Cómo dices? ¿De qué forma podrías ayudar tú? Ni siquiera sabes… No conoces las circunstancias, ¿cómo podrías…?

—Tengo maneras —la interrumpió la chica de apariencia exótica; su sonrisa imborrable en su rostro, pero con aire cada vez más enigmático, en parte por sus ojos que parecían más oscuros de lo usual, quizá a causa del cambio en la iluminación, quizá no, pero al menos Lilith cerró la boca—… Puedo intentar contactarme con él, ya sea vivo… o muerto.

Sus ojos centellearon con una chispa de emoción que no le había visto antes, y que al menos por un instante hizo que Lilith comprendiera el estado de pavor constante con el que vivía Mankee al sentir ella misma una punzada de miedo ante aquella mirada oscura y vibrante que parecía estar mirando más allá de ella. En el interior de su misma alma.


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