Capítulo 4

4. UNA GRAN FAMILIA DISFUNCIONAL

Samael estaba somnoliento. Era de madrugada y aún seguía vigilando a Mankee en su agonía mientras eliminaba la energía negativa que había absorbido. Se había comprometido a hacerlo y no dejaba de sentirse en parte responsable por ello.

Mankee se la pasó retorciéndose en su cama toda la noche, enfebrecido y posiblemente alucinando. A veces se ponía a balbucear algo en otra lengua, palabras que carecían de significado y que tal vez no fueran más que partes de encantaciones que aún tenía grabadas en la memoria, aunque de pronto también soltaba frases aisladas con un tono que ponía de manifiesto un terror que parecía provenir de lo más profundo de su ser.

—¡…No! ¡No vengas! —clamaba en medio de sus pesadillas y balbuceos sin significado, colocando las manos hacia el frente como si intentara protegerse de algo—… Aléjate… No te necesito…

Samael simplemente lo observó, esperando a ver cómo se desarrollaría todo para decidir qué hacer, y cuando vio que intentaba arañarse la cara le detuvo las manos y lo sacudió para hacerlo despertar.

Él abrió los ojos en medio de un espasmo y miró a su alrededor con fuertes jadeos, como si intentara desesperadamente reconocer el lugar en el que se encontraba, hasta que sus ojos se enfocaron en Samael.

—¿…Sigo vivo?

—Sí. Y vas a estar bien, ya casi pasa la fiebre —aseguró Samael con una sonrisa tranquilizadora.

—…No importa cuántas veces pase lo de las manchas de energía negativa… no pienso volver a prestarme de aspiradora.

—Lamento haberte puesto en esta situación sin estar del todo seguro de lo que ocurriría, pero no había más que hacer. Cada quien tiene una función importante dentro del equipo de acuerdo con nuestras habilidades. Es nuestro deber.

—Pues eso apesta —concluyó Mankee con la vista hacia el techo y secándose el sudor de la frente. Había dejado ya de estremecerse y parecía más recompuesto, aunque su rostro se había ensombrecido con una expresión que solo podía ser descrita como amarga, como si de alguna forma se sintiera traicionado—… No lo haré de nuevo, ¿entiendes? No volverán a utilizarme.

Samael dio una exhalación y bajó los hombros en actitud resignada. Sabía que en ese momento no iba a convencerlo de nada, así que no le quedaba más que dejarlo así.

—Lo hablaremos después, ¿sí? Por ahora intenta descansar.

—Lo digo en serio, no es el malestar el que está hablando —añadió Mankee, posando ahora la vista en él y sosteniéndole la mirada. Sus ojos se habían oscurecido al igual que su rostro, dándole una dura expresión—. Desde un principio no quería formar parte de esto; pasé por mucho para llegar hasta aquí como para terminar siendo su aspiradora humana. No pasaré por eso de nuevo.

El ángel lo observó sin pronunciar palabra. Hablaba completamente en serio y él lo sabía, pero no había nada que pudiera decirle en ese momento.

—…Apaga la luz cuando salgas —finalizó Mankee, volviendo la vista hacia el techo y Samael entendió que era el momento de marcharse. Se incorporó de la silla, acomodándola lejos de ahí, y caminó hacia la salida, deslizando la reja del calabozo y apagando la luz en el proceso.

—…Enciende. Enciende la luz —pidió de nuevo Mankee con tono urgente y él volvió a encenderla—… Gracias. Ahora puedes irte. Cierra la puerta al salir. —Samael hizo lo que le pedía, deslizando la reja hacia abajo con un ruido fuerte—… Ábrela. Déjala abierta… ¿Sabes qué? ¿Por qué no mejor te quedas hasta que yo me duerma? En caso de que… enferme de nuevo o algo.

Samael dio un suspiro de resignación y regresó a tomar la misma silla, mientras Mankee cerraba los ojos. Aparentemente, su función de ángel guardián ahora tomaba un significado bastante literal. Permaneció ahí sentado en silencio, esperando a que él se durmiera y tratando de que el sueño no le venciera de paso.

Fue hasta que distinguió los primeros rayos de la mañana que pudo regresar a casa en un destello. No tuvo ni tiempo para dormir, el ruido de las pisadas y voces debajo lo mantuvieron despierto.

Cuando entró a la cocina, Marianne y Loui ya estaban desayunando tostadas francesas y zumo de naranja que su madre se había empeñado en hacer.

—Buenos días, Samuel, espero que hayas descansado y que te gusten las tostadas francesas porque hay un plato repleto que debe acabarse —saludó Enid con una sonrisa casi psicópata, mostrando un plato con una torre de tostadas y colocándolo justo frente a él en cuanto tomaba asiento.

—…Gracias —respondió con una sonrisa cohibida. No podía acostumbrarse a aquellas atenciones y menos al estar fingiendo ser alguien que no era.

Marianne le dedicó una mirada como preguntándole qué tan tarde había regresado y él tan solo meneó la cabeza. Loui pasó la vista de uno a otro.

—¡Dejen de secretearse mientras estoy presente! Es molesto —exigió él mientras iba por su tercera tostada. Marianne le dio una patada por debajo de la mesa, pero ni así lo calló—. ¡Auch! ¿Qué se siente golpear a alguien más pequeño que tú, eh? ¿Te da algún tipo de satisfacción personal?

—¿Despertaste del lado izquierdo de la cama o qué? —replicó Marianne, frunciendo el ceño ante su repentino brote mientras su madre se sentaba a la mesa para acompañarlos.

—¿Qué tanto hablan? Cuéntenme, piensen en mí como una amiga más.

Enid parecía estarse esforzando demasiado en mostrarse como si fuera una chica más del grupo, así que tanto Loui como Marianne intercambiaron miradas sospechosas.

—…Sin ofender, mamá, pero no podríamos pensar en ti de otra forma… por más inmadura y vengativa que puedas ser algunas veces.

—Muy bien entonces —replicó ella, mostrándose más severa—. En ese caso, como su madre, les aviso que ni hagan planes para después de la escuela porque saldremos a comer juntos.

Marianne y Loui volvieron a mirarse como si ya se lo esperaran dado su fracaso del día anterior. Se trataba de otra treta para ganarle a su padre, como si estuvieran en competencia. Por más que su rival no fuera competitivo y prefiriera mantenerse al margen cuando ella adoptaba esa postura.

—También puedes venir con nosotros, Samuel. Un almuerzo familiar, eso es lo que será —propuso Enid, mirando a Samael de nuevo con aquella sonrisa frenética que buscaba desesperadamente aceptación.

—Él no puede ir, tiene un trabajo de equipo en la escuela —se apresuró a decir Marianne para librarlo del compromiso.

—…Oh, de acuerdo. Seremos sólo nosotros tres entonces.

Marianne dio un suspiro, temiendo ya lo que les esperaba en ese condenado almuerzo. Su madre no perdería oportunidad para discretamente lanzar golpes bajos a su padre de forma pasivo-agresiva. No era algo que Samael debiera presenciar.

—Llegamos, que tengan un buen día —anunció su madre más tarde, deteniendo el auto frente a la entrada de la escuela—. ¡Y recuerden que saliendo de la escuela paso por ustedes! No se les ocurra hacer ningún otro plan ni buscar excusas. ¡Hasta luego!

Y con un rechinar de llantas se marchó de ahí sin darles oportunidad de responder. Los tres se quedaron de pie en la puerta por un momento.

—Vaya, vaya. Parece que vienes muy bien acompañada —irrumpió de pronto Kristania con aquel tonito tan arrogante suyo y una sonrisa de superioridad que la hacían ver como la de antes. Marianne le devolvió el gesto, levantando una ceja y esperando a que le dijera algo más como en los viejos tiempos, pero los rasgos afilados de la chica se congelaron al instante y luego se suavizaron al recordar que tenía una imagen actual que mantener—… ¡Ja, deberías ver tu cara en este momento! ¡Apuesto a que te lo creíste! Eso demuestra que aún conservo mis dotes histriónicas intactas. ¿No me vas a presentar?

Marianne entornó los ojos sin creerse una pizca de su actuación. Sabía que estaba fingiendo, y estaba segura de que Kristania también era consciente de que ella lo sabía, pero no estaba dispuesta a romper con aquella nueva imagen que se había construido y seguramente esperaba alguna acusación de su parte para poder hacerse la víctima. Pero no pensaba darle ese gusto, así que dio un resoplido e irguió los hombros.

—…Él es Samuel y él mi hermano, Loui —los presentó con desgana.

—Encantada —saludó ella con una sonrisa de triunfo tatuada en el rostro. Tanto Samael como Loui se limitaron a asentir con la cabeza mientras los pequeños ojos grises de Kristania se encargaban de escrutar al ángel de arriba abajo.

—…Así que tu primo, ¿eh? —repitió ella con curiosidad y a la vez con un matiz incrédulo en su voz.

—Aunque no lo creas. Hay documentos que lo demuestran —respondió Marianne de forma casi retadora y Kristania únicamente dejó escapar una risita, como diciendo que no se lo tomara tan en serio, aunque ella no podía evitar sentir que era una advertencia. Si existiera un traductor de risas, la suya seguramente diría “Sé que estás escondiendo algo y algún día lo voy a descubrir, pero por lo pronto pondré mi cara más desquiciada para perturbarte mientras intentas averiguar lo que me traigo entre manos”.

Kristania pasó la vista del ángel al niño sin borrar aquella sonrisa y al final dio unas palmaditas en la cabeza a Loui.

—…Qué curioso tu hermanito. Es una pena que terminen creciendo —dijo ella en un tono condescendiente, provocando que Loui se crispara y diera un paso hacia atrás, aunque ella no parecía tomarlo a mal—. Iré al salón, nos vemos al rato.

Intentó esbozar otra sonrisa falsa y cuando se dio la media vuelta para entrar a la escuela, el batir de su cabello y su propio contoneo al caminar no dejaba de traicionar a la verdadera Kristania que con tanto esfuerzo trataba de ocultar.

—…Ella me da escalofríos —dijo Loui, sacudiendo el cuerpo como si se estremeciera.

—Dímelo a mí —lo secundó Marianne, siguiéndola con la mirada hasta perderla de vista para luego voltear hacia Samael—… Bien, pues ya escuchaste a mamá, vendrá a buscarnos después de clases. Así que tendrás que ponerme al corriente con… —Al darse cuenta de que su hermano seguía escuchando, se obligó a callar y le dedicó una mirada dura—… ¿Qué no tienes un salón al cual ir?

—Aún no dan las ocho y además no tengo prisa —replicó Loui con toda la intención de quedarse ahí y sentirse parte de sus asuntos secretos.

—¡Vete a tu salón! —insistió Marianne perdiendo la paciencia, pero Loui solo se cruzó de brazos y se quedó plantado en el mismo lugar en pose de desafío.

—…Oblígame —la retó y ella le lanzó una mirada iracunda, pero antes de que pudiera hacer algo, él se aferró a la manga de Samael—. El primo Samsa me defenderá, o de lo contrario puede que se me escapen algunas cuantas cosas cuando comamos con mamá… Tal vez incluso cuando no estén presentes.

Samael pasó la vista entre ambos con rostro azorado mientras Marianne fulminaba a su hermano con la mirada, sin embargo, el momento de Loui fue interrumpido cuando su gesto cambió drásticamente al ver algo a la distancia. Su cuerpo se tensó y se apartó de Samael de inmediato, ajustándose la mochila a la espalda y luciendo de pronto ávido por marcharse.

—…Recordé que tengo una tarea que terminar antes de que empiecen las clases.

Y sin mayor preámbulo se dirigió corriendo a la puerta de entrada mientras Marianne lo observaba con curiosidad ante aquel repentino cambio de parecer.

—No me habría molestado ir —dijo Samael, interrumpiendo sus cavilaciones. Ella volteó como si no entendiera a lo que se refería—… El almuerzo con tu madre.

—Oh, no, créeme, estás mejor sin asistir. Te avisaré cuando todo haya terminado.

Más estudiantes comenzaron a entrar a la escuela y Marianne no pudo evitar notar al trío de chiquillos que le habían gritado algo a su hermano el día anterior. Iban empujándose entre ellos y riendo bobaliconamente mientras atravesaban la entrada. Un destello de sospecha brilló en sus ojos. Su celular sonó en ese momento haciéndola saltar y al sacarlo de su bolsillo vio que se trataba de su padre. Una usual sensación de vacío se instaló en la boca de su estómago y aguardó unos segundos a que se asentara para poder contestar.

—¿…Qué ocurre? —respondió secamente. Samael se limitó a observarla mientras ella volteaba el rostro—. Ya tenemos planes con mamá después de clases… ¿En la noche? No sé, yo… tal vez tenga tarea y… ah, acaba de sonar la campana, debo entrar a clases, hablamos luego. —Enseguida colgó y cinco segundos después sonó la campana de la escuela mientras su mano seguía aferrada al celular, notando que Samael la observaba con atención—… Quizá esté desarrollando alguna habilidad precognitiva o algo por el estilo… Mejor entremos.

En su salón vio a Lilith hablando animadamente con Kristania, quien mantenía congelada en su rostro una sonrisa antinatural. Probablemente le estaría dando las “buenas” noticias de su inclusión en su equipo. Casi podía escuchar el rechinar de sus dientes detrás de su mueca.

Al llegar a su asiento, el chico nuevo ya estaba en el suyo con la vista fija hacia el frente y semblante reflexivo. Su mirada se movió hacia ella por una fracción de segundo, pero de la misma forma volvió hacia el asiento vacío del frente. Le parecía un poco enfermizo, pero no pensaba decir nada al respecto, no después del comentario que había hecho sobre su padre.

Mientras se acomodaba en su asiento, notó que Angie ahora estaba sentada enfrente de ella cuando normalmente era Lilith quien ocupaba aquel escritorio.

—Lilith quiso que cambiáramos de lugar —explicó Angie, encogiéndose de hombros.

Lilith volvió entonces, tan animada como siempre, y se sentó del lado derecho de Angie. Se volvió hacia sus amigas con una sonrisa e ignoró las miradas interrogativas.

—¡Kri está encantada de estar en nuestro equipo! Le expliqué lo que hicimos ayer, dijo que hará todo lo humanamente posible para atender a nuestra próxima reunión.

—Me imagino —replicó Marianne con escepticismo—. ¿Por qué cambiaste de asiento?

—Solo… pensé que a Angie le gustaría estar más cerca de su amiga de la infancia —respondió Lilith, pero ellas no se lo tragaron.

—Y un cuerno. ¿Por qué la estás evitando?

Lilith cerró la boca y la dejó apretada, no quería que ellas se enteraran del tipo de cosas que a veces solían rondar su cabeza. Quedaría como una psicópata con pensamientos homicidas. Claramente había visto a la chica muerta en su mente, y prefería mantenerse alejada para impedir cualquier posible traslado a la realidad de aquella horrenda visión.

—Lilith… —Marianne insistió ante su silencio, pero antes de que pudiera continuar, Vicky y Addalynn llegaron. Vicky se acercó corriendo a ellas con una expresión que desbordaba júbilo, y tras dejar su bolsa descuidadamente sobre su asiento se inclinó hacia Marianne.

—Siempre se reúnen en la cafetería después de clases, ¿verdad?

—…No es una regla, pero se podría decir que la mayoría de las veces así es —respondió ella, extrañada ante su exacerbada emoción.

—¡Perfecto! Nos uniremos a ustedes entonces —dijo Vicky, dando un largo aliento para tranquilizarse; volteó entonces hacia la izquierda y vio a Angie sentada en el lugar de Lilith y viceversa—…Oh, cambiaron de asiento… No sabía que se podía hacer eso.

—Yo se lo pedí para estar más cerca de ti —mintió Angie para no hacerla sentir mal y Vicky echó un vistazo hacia Lilith, encerrada nuevamente en su burbuja.

Vicky forzó una sonrisa y tomó asiento mientras que Addalynn se dirigía al suyo, dando pisadas más enérgicas que de costumbre, con el rostro esculpido en hielo. En cuanto llegó a su asiento, dejó su bolso cuidadosamente sobre este, pero en vez de sentarse, se plantó a un lado, haciéndole frente al chico de lentes.

—Nunca vuelvas a tocar mi cabello. En tu vida. Y mantén tu distancia de mí.

El salón entero se quedó en silencio como si alguien hubiera presionado el botón de pausa. Todos los ojos estaban puestos en ella y el muchacho, que se limitaba a observarla sin expresión alguna. Ella finalizó, llevándose la mano al cabello y recogiéndoselo de lado para a continuación darle la espalda, sentándose erguida. Las risas y expresiones burlonas no se hicieron esperar.

—¡Oye, cuatro ojos! ¿Tienes un fetiche por el cabello de las chicas?

—¿Qué haces luego con él? ¿Tejes tu propio vestido para posar con él frente a tu espejo todas las noches?

Las risas continuaron. A cualquiera podrían haber llevado al punto de ebullición, sin embargo, el muchacho ni se inmutó. Marianne casi sentía lástima por él, pero le bastaba recordar sus palabras del día anterior para apretar la mandíbula. Fue finalmente la llegada del maestro la que acalló las risas y burlas.

Mientras este les comunicaba sobre la primera reunión de padres de familia de ese viernes, cayó en el escritorio de Marianne una nota escrita por Vicky en la cual le pedía el teléfono de Samael. Alzó la mirada y la vio con la cabeza medio girada hacia ella y rostro sonriente, indicándole con una seña que le respondiera en el mismo papel. A su lado, Angie también se asomaba con curiosidad.

Marianne dio un suspiro, imaginándose lo que aquello acarrearía una vez que Angie se enterara. Tomó su pluma y escribió: “No estoy autorizada a pasar su número, pero puedes pedírselo cuando lo veas”. Hizo una bola con el papel y se lo devolvió a Vicky, cuidando que el profesor no se diera cuenta.

Trató de prestar atención al profesor que seguía hablando de la reunión de padres de familia. Esto le recordó el hecho de que su padre era ahora el tutor legal de Demian y Vicky, lo cual significaba que debía asistir a aquella reunión, representándolos a ellos.

¿Tendría que hacerlo también por Samael? Ni siquiera se había puesto a pensarlo. En cierta forma era irónico, que terminaran compartiendo el mismo tutor legal un ángel y un… Se obligó a alejar el pensamiento de su mente. Ya no quería ni pensar en esa palabra.

Trató de enfocarse nuevamente en el profesor cuando otra bola de papel cayó frente a ella. Alzó la vista, pensando que sería de Vicky, pero ella tenía su atención puesta en el pizarrón. Volteó entonces hacia sus amigas, pero ellas estaban igual de atentas y ni parecían darse por enterado del susodicho papel.

Se decidió a abrir la nota y leyó: “¿Qué es lo que más te molesta de tu padre?”. Su ceño se contrajo enseguida y volteó hacia el chico de lentes dos asientos más allá. Este seguía mirando hacia el frente como si nada, pero no le cabía duda de que él había sido. Arrugó el papel y lo arrojó al interior de su mochila. No le iba a dar el gusto de caer en su juego.

—¿Estás molesta? —preguntó Lilith mientras se dirigían a su primera práctica de básquetbol del semestre.

—No es nada, ya se me pasará.

—¿En serio? Porque, conociéndote, tu humor siempre acaba por acarrearte problemas con los demás.

—Ah, ¿sí? Pues al menos yo puedo culpar a mi mal humor, ¿tú qué excusa tienes para evitar a Vicky? Ni siquiera le has dado la oportunidad.

Lilith guardó silencio y se mordió los labios, deteniéndose justo frente a la puerta del auditorio. Marianne esperó con expresión de desafío y en ese instante sintieron una carga repentina sobre sus hombros. Kristania se había apoyado en ellas, comprometida con su acto de la gran amiga.

—¿Quién lo diría? —dijo ella, anclándose a sus brazos—. El semestre pasado estábamos en guerra y ahora convivimos como equipo. Cómo cambian las cosas en tan poco tiempo, ¿no lo creen?

—¡Me alegra que seamos amigas, Kri! —dijo Lilith, aferrándose más a su brazo y frotando la cabeza en su hombro como un gato mientras Kristania mantenía aquella sonrisa congelada. Marianne echó un vistazo hacia atrás y vio a sus dos achichincles siguiéndola con mala cara.

Entraron justo cuando los chicos del equipo ya habían comenzado a practicar. Demian volteó hacia ellas y no pudo evitar una mueca de incredulidad al ver a Kristania prendida de ellas como si aún careciera de su don. Marianne hizo un gesto arqueando las cejas para indicarle que entendía su confusión.

—Hola, Demian, ¿por qué esa cara? —dijo ella poniendo su mejor cara ante Demian—. No deberías sorprenderte. Somos amigas ahora.

—¡Muy buenas amigas! ¡Hasta estamos en el equipo de ciencias! —intervino Lilith mostrando la única sonrisa genuina.

—Qué bueno por ustedes… supongo —respondió Demian no muy convencido. Kristania infló el pecho y apretó más los brazos de las chicas con una sonrisa más amplia, dándole a sus ojos una apariencia más desquiciada.

—Claro que sería mejor un equipo con todas juntas, incluyendo tu hermana que parece una chica encantadora, pero estoy segura de que eso no será impedimento para conocerla mejor.

Eso era. Lo sabía, pensó Marianne. Todo aquello no era más que una charada para quedar bien a los ojos de Demian y reconstruir su imagen (no que tuviera una muy buena ante él para empezar, pero en Kristanialandia el sentido común parecía brillar por su ausencia), ¿y qué mejor que tratar bien a sus amigos? No podía limitarse a fingir únicamente frente a él, tenía que mantener el acto con ellas y a la vista de todos. ¡Qué manipuladora! La única por la que lo lamentaba era Lilith, que en verdad había terminado apreciándola auténticamente durante el tiempo que careció del don de la malicia. Kristania, reina abeja y reina de la maldad, su leyenda seguía viva.

—Ella es muy amistosa… así que no lo dudo —repuso Demian por cortesía, aunque tampoco se tragaba el acto, y al ver que Marianne se la pasaba haciendo muecas no pudo evitar que se le escapara una breve risa que enseguida reprimió. Kristania volteó hacia ella, que rápidamente recuperó su cara de póquer.

—…Bien, es siempre un placer charlar contigo, supongo que querrás regresar a tu práctica —finalizó Kristania de forma inesperada. Soltó los brazos de las chicas y las rodeó de los hombros para a continuación conducirlas lejos de él.

—¡…Oye! —interrumpió Demian y Kristania enseguida volteó, pensando que le hablaba a ella, pero él miraba a Marianne—. ¿Sabes ya sobre la reunión del viernes?

—No te preocupes, él vendrá —aseguró ella.

—¿No hay ningún problema? —insistió él con un gesto que parecía decir “¿Estás segura?”, pero ella meneó la cabeza para tranquilizarlo.

—Habla con él. Quizá tengas que recordárselo el mero día. Su memoria no anda muy bien últimamente.

—Bien. Eso haré —dijo él, intentando sonreír antes de volver a su práctica.

Marianne volvió a darse la vuelta y vio a Kristania con una sonrisa congelada en sus labios.

—¿…Y eso qué fue?

Marianne vio una oportunidad para intentar sacarla de sus casillas y que mostrara sus verdaderos colores.

—Oh, nada importante. Mi padre es su tutor legal, ya sabes. Somos algo así como familia ahora —respondió ella sin dejar de agregarle mentalmente “Una gran familia disfuncional”.

—….Ah, claro. Ya veo —dijo Kristania con aquella enorme sonrisa forzada, observándola como si por dentro estuviera estudiando las distintas formas en que podría hacerla pedacitos—… Éste será un gran semestre. Estoy segura.

—¡Muy bien, dejen todo lo que están haciendo! ¡Reunión del club! —el entrenador llamó a todos para que hicieran la práctica a un lado y se reunieran en torno a él. El tema era simple, la siguiente semana se llevaría a cabo la tradicional semana de los clubes y habría un cambio radical en su exhibición de dos días debido a la formación del equipo femenino. Las chicas tendrían su exhibición el primer día y los chicos el siguiente, por lo tanto, él se dedicaría a prepararlas el resto de la semana. De tal modo que los muchachos podían marcharse temprano para darles oportunidad a las chicas de comenzar su preparación.

Demian tomó su bolsa de deporte y se dirigió a la salida, no sin antes echar un vistazo atrás y su mirada se cruzó con la de Marianne. Una sonrisa se curvó en sus labios antes de cruzar la puerta y ella pareció extrañada al principio, pero también sonrió ligeramente. Las cosas volvían a ser como siempre. No quería que eso cambiara.

De regreso en su salón, Vicky rápidamente se levantó con su mochila al hombro.

—¡Te esperábamos! ¿Nos vamos a la cafetería?

—Uhm… sí, solo que yo…

—¡Hola! Debes ser Vicky —interrumpió Kristania, colocándose a un lado de tal manera que terminó empujando a Marianne discretamente a un lado—. No nos hemos presentado oficialmente, soy Kristania, mucho gusto.

—¡Oh, claro, igualmente! —respondió ella igual de animada de conocer más gente.

—¡No! —dijo de pronto Kristania, señalando su ropa, y la chica bajó la mirada sin entender hasta que la primera tomó entre sus dedos el pequeño dije que llevaba colgado al cuello representando una flor de beleño con el centro en forma de cráneo—. ¡No es cierto! ¿Eres fan de Lissen Rox?

Lilith enseguida paró la oreja al escuchar eso.

—¡Sí! ¡Soy la número 100 de la lista oficial de miembros! Me enviaron un set de accesorios de edición limitada como obsequio además del póster autografiado.

—¡Qué suerte tuviste! Yo hice todo lo posible por alcanzar los primeros lugares, pero apenas y quedé entre los primeros 500. Soy la 497.

—¡Sí que la tuve! Eso me dio algunos privilegios, como conseguir boletos en pre-venta para su concierto en Londres, ¡fue maravilloso! Por cierto, no le digan a mi hermano, él no tiene idea de que fui.

—Qué casualidad, Lilith también es fan de él —comentó Angie y las miradas se posaron ahora en Lilith, que parecía un venado en plena carretera.

—¿En serio? —dijo Vicky con una enorme sonrisa, esperando así haber encontrado por fin algo en común con ella, pero el rostro de Lilith se contrajo y, tras vacilar un momento, comenzó a alejarse, caminando tiesa.

—Me-Me adelantaré a la cafetería, Monkey puede necesitar ayuda.

Y se alejó corriendo de ahí, casi como si huyera. El gesto de Vicky se ensombreció con decepción mientras Addalynn se mantenía apartada, con la mirada fija en su dispositivo móvil y tratando de ignorar a los demás.

Kristania le dirigió una mirada curiosa, observándola de pies a cabeza como si mentalmente se estuviera comparando con ella. Finalmente forzó una sonrisa y habló.

—…Buena decisión el poner en su lugar a ese chico raro; no hay por qué estar aguantando acosadores —comentó ella con la intención de entablar una conversación. Marianne giró los ojos como pensando “El burro hablando de orejas”.

Addalynn tan solo levantó la vista por unos segundos y volvió a bajarla hacia su dispositivo, tecleando algo con rapidez. Kristania parecía algo ofendida de que ni siquiera le respondiera, pero hizo su mayor esfuerzo para no demostrarlo e intentó una vez más.

—Tu cabello tiene estilo. Quizá algún día yo también me atreva a usar un color así de llamativo. Dime, ¿usas algún producto especial para cuidarlo? —continuó ella, extendiendo la mano en dirección a su cabello. Vicky intentó detenerla al darse cuenta, pero fue demasiado tarde. En cuanto Kristania tocó un mechón de su cabello, Addalynn reaccionó de forma automática, apartándose y dándole una sonora bofetada.

El lugar pareció congelarse al instante con un silencio tal que cualquiera pensaría que el sonido del golpe los había dejado a todos sordos. Había miradas desde todas direcciones fijas en ellas, bocas abiertas por doquier y quizá el único sonido distinguible era el del corazón de Kristania golpeando violentamente contra su pecho, con la sangre bombeando tan fuerte que su rostro estaba por completo enrojecido y con los ojos abultados como si fueran a salírsele de sus cuencas.

—¡…Lo siento, de verdad lo lamento mucho! —Vicky reaccionó finalmente, colocándose por delante de Addalynn y tratando de arreglar las cosas con Kristania, que tenía la mirada desquiciada—… ¡Por favor, discúlpala! ¡No lo hizo a propósito! ¡Ella simplemente… no permite que nadie toque su cabello! Lo entiendes, ¿verdad?

Kristania jadeaba fuertemente, con la vista fija en Addalynn como si pudiera apuñalarla con los ojos. Esa era la mirada que Marianne recordaba del campamento, después de que la había empujado al lago, tanto que incluso pensó que ese sería el momento en que la verdadera Kristania saldría a flote y mostraría las garras.

—Déjanos compensarte de alguna forma, por favor. Celebraré un almuerzo en mi casa este sábado por mi cumpleaños, estás invitada.

Y como si hubiera dicho la palabra mágica, el enrojecimiento de su cara comenzó a aminorar y a mostrarse más repuesta.

—…Muy bien, gracias por la invitación. Estaré ahí sin falta —respondió Kristania con voz ahogada, como si estuviera reprimiendo un grito. Se llevó la mano a la mejilla, dirigiéndole una mirada dura a Addalynn justo antes de alejarse de ahí.

Vicky le dedicó enseguida una mirada de reprimenda a su amiga mientras sus espectadores no salían de su asombro, y algunas chicas incluso retrocedían unos pasos lejos de Addalynn, temiendo que pudiera hacerles lo mismo tan solo por topar con ella.

—…Ustedes sigan su camino, yo tengo un compromiso familiar y no podré acompañarlas —dijo Marianne, haciéndoles señas para que continuaran, y aunque al principio vacilaron, finalmente se pusieron en marcha mientras el pasillo volvía a su curso normal, como si el incidente de momentos antes no hubiera ocurrido. En cuanto este se despejó y solo quedó ella de pie en el medio, tomó aliento en vista de lo que le esperaba.

A punto estuvo de reanudar sus pasos cuando vio salir de su salón al chico alto de lentes, ligeramente encorvado y con las manos en los bolsillos. Ella le lanzó una mirada severa, pensando que le haría algún comentario acerca de la nota que le había arrojado, pero él tan solo continuó su camino sin dirigirle una sola mirada. Su mochila colgaba de su hombro, tan abultada como si llevara ladrillos, y las mangas del saco tan largas que casi le ocultaban las manos.

Bicho raro, pensó ella e inmediatamente sacudió la cabeza con remordimiento. No debía calificarlo de ese modo y menos cuando ella misma fue tratada de esa forma. Karma, debía mantenerlo equilibrado.

Caminó por el pasillo y esperó a su hermano en la intersección, donde unos segundos después escuchó las voces de Samael y Mitchell bajando las escaleras.

—¡Vamos, hazlo por mí! ¡Somos amigos!

—Lo siento, pero ya te dije que no puedo hacerlo.

—¡Te pagaré en especie! ¡Cientos de fotos que te cambiarán la vida, garantizado!

—La respuesta sigue siendo no.

—¿Qué tanto discuten? —preguntó Marianne con curiosidad.

—¡Tú! ¡Tú también me sirves, ven aquí!

—¿…Perdón? —replicó ella, alzando una ceja para darle entender que se anduviera con cuidado, aunque él hizo caso omiso del gesto, demasiado inmerso en su actual situación.

—Él es tuyo, convéncelo de que me ayude.

—¡Él no es ninguna mascota!

—Pero es tu ángel, él te escucha, así que dile que está bien ayudarme —insistió Mitchell a pesar de la mirada irritada que ella le lanzaba en ese momento.

—Quiere que lea la mente de Belgina —explicó Samael y ella endureció todavía más su mirada ante un Mitchell desesperado.

—¡No debería ser ningún problema, ya lo has hecho muchas veces antes! ¡Solo quiero saber por qué me evita y quizá de esa forma pueda solucionarlo!

—Si no tienes ni idea de por qué te está evitando, tú eres entonces el del problema.

—¡…Ah, entonces tú debes saber de qué se trata! ¡Tienes que decírmelo! ¿No notas mi desesperación? ¡Apiádate de mí! —exclamó Mitchell, juntando las manos en señal de súplica. Ella giró los ojos con expresión de fastidio y cruzó los brazos.

—…Piensa, Mitchell, algo hiciste mientras ella no estaba siendo la misma y que ahora le incomoda —dijo ella, dándole una pista, pero él tan sólo la miró con gesto confuso—… Algo que te advertimos específicamente no hacer y que aún así terminaste haciendo. —Mitchell siguió con la misma expresión en blanco y ella acabó por darse por vencida, era inútil con él—. ¡Olvídalo! Si no eres capaz de reconocer tu error siquiera, entonces no mereces saberlo ni que ella te perdone.

—Algo que hice mientras no estaba siendo ella misma… —repitió Mitchell, dándose golpecitos en la barbilla con gesto meditabundo—… ¿Esto es por la vez que estuve coqueteando con la guía del campamento?

—…Suerte con tu búsqueda de la verdad, Mitchell. La vas a necesitar —finalizó Marianne, regresando al punto donde esperaba a su hermano mientras Mitchell permanecía en la misma posición.

—¿De verdad no quieres que vaya con ustedes? —preguntó Samael, alcanzándola.

—Ya te dije. Mejor ve con los demás y luego me pones al corriente —dispuso ella, aunque Samael no parecía convencido—… Ahora eres una entidad aparte de mí; no tienes que seguirme a todos lados. En serio, prueba a hacer cosas en los que yo no esté involucrada; verás que hay mucho de lo que te estás perdiendo por hacer de mi guardaespaldas.

—¡Vamos a la cafetería! —interrumpió Mitchell, colocando un brazo sobre Samael para apresarlo y arrastrarlo con él—. Belgina ya debe haber llegado, así buscamos el punto más discreto desde donde puedas leer su mente.

—¡Ya te dije que no pienso hacerlo!

—¡Ah, por cierto, Demian está en Tae! —avisó Mitchell, volviendo el rostro hacia Marianne—. Así que no lo verás bajar por ahí.

En cuanto dijo esto, dio un guiño y continuó arrastrando a Samael fuera de ahí. Marianne parpadeó confundida por un momento hasta que pareció captarlo.

—¡¿…Y quién dice que estoy esperándolo a él?! —le replicó, sintiendo sus mejillas encenderse y haciendo muecas para desaparecer esa sensación—… ¡Estúpido Mitchell!

Tomó un largo aliento para relajarse. No soportaba ese tipo de bromas, podrían dar pie a malos entendidos. Volvió a colocarse a la entrada de la zona de secundaria y apoyó la espalda en la pared, esperando a que su hermano apareciera. Ya comenzaba a sentirse aburrida cuando recibió el primer mensaje de su madre preguntando dónde se habían metido y que ya estaba en la puerta. Puso los ojos en blanco, si sus cálculos no le fallaban le enviaría el siguiente mensaje en un minuto y luego llamaría para meter presión. Antes de que eso ocurriera, buscó rápidamente el número de Loui para averiguar qué lo había retrasado y en eso escuchó pasos apresurados provenientes del pasillo.

—¡Estaba a punto de llamarte! Mamá ya nos espera afuera, ¿por qué tardaste tanto?

—Sólo me retrasé, vámonos ya —replicó Loui pasando a su lado con prisa y Marianne notó que traía el cabello mojado.

—¿…Traes el pelo húmedo?

—Tenía dolor de cabeza y me eché agua, ¿satisfecha? —espetó él con sequedad, ansioso por salir de ahí.

Ella no estaba convencida; sabía que algo pasaba, pero simplemente se encogió de hombros y caminaron hasta la entrada principal, desde donde su madre comenzó a tocar el claxon para llamar su atención.

—…Respira hondo y que comience la función —murmuró Marianne con un suspiro.

—Rómpete una pierna —le replicó Loui, dirigiéndose hacia el auto mientras ella le lanzaba una mirada de encono.

Cuando Samael y Mitchell entraron a la cafetería, las chicas ya estaban acomodadas en su mesa usual con la inclusión de Vicky, aunque Addalynn había preferido ocupar otra mesa ella sola y tenía la vista fija en su celular.

—¡Ah, ya llegaron! —saludó Angie, alzando la mano, y Mitchell no tardó en colocarse junto a ellas, pegándose a Angie y dirigiéndose a Belgina del otro lado.

—Ya no puedo con esto. Dime qué es lo que hice para que ya no quieras hablarme, ¡la duda me está matando! —preguntó Mitchell, como si Angie no estuviera en medio.

Belgina únicamente se sumergió en su silencio y bajó la vista para evitar su mirada.

—¿…Te importa? Me estás aplastando —dijo Angie, encogiéndose.

—Si sigues así de insistente, menos te va a hablar —intervino Lucianne, apareciendo junto a la mesa.

—Esto tomará un par de segundos —dijo Frank, quitándose el saco para acto seguido arrastrar a Mitchell fuera del asiento en dirección a la cocina—. Solo una sesión en el calabozo. Guárdenme el saco, ¿sí?

Ambos desaparecieron detrás de la puerta de vaivén. El ambiente de la cafetería que parecía haberse quedado en pausa por unos segundos volvió a la normalidad en cuanto aquella escena terminó. Belgina dio un suspiro y terminó poniéndose de pie.

—…Me disculpo, pero no me siento con ánimos para quedarme —dijo ella, haciendo un movimiento de despedida con la cabeza y marchando hacia la puerta sin darles oportunidad a los demás de decir nada.

—No podrán seguir así por siempre —dijo Lucianne, tomando el lugar que Belgina había dejado.

—No te quedes ahí parado, Samuel, siéntate —dijo Angie, señalando el asiento frente a ella, pero Samael parecía distraído.

—…Ah, sí, claro —dijo por fin, sacudiendo ligeramente el rostro y sentándose junto a Vicky, mirando de reojo a Addalynn.

—Te presento a Vicky, es una muy buena amiga de mi infancia —continuó Angie, y la chica se mantuvo junto a él con una enorme sonrisa.

—…Oh, sí. Te recuerdo —respondió él, devolviéndole la sonrisa. Por más imposible que pareciera, la de Vicky creció todavía más, y dejó escapar una risita que parecía tintinear por lo bajo. Angie pasó la vista de uno a la otra, confundida.

—¿Ya se conocían?

—Ayer que fui por Marianne a su casa —explicó Samael mientras Vicky continuaba con aquella extensa sonrisa y el rostro de Angie se contrajo ligeramente.

Lucianne observó incómoda a los tres como si estuviera atrapada en medio de una mala telenovela adolescente.

—Muy bien… Sería un buen momento para que alguien venga a pedir nuestras órdenes —comentó ella, pasando la vista alrededor para ver si había alguien cerca y notó que desde el otro extremo Lilith le hacía señas—… Con permiso, ahora vuelvo.

Prácticamente tuvo que saltar por encima de Angie para poder salir de ahí.

—¿Quieren ver un truco de magia? —dijo de pronto Vicky de la nada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lucianne al acercarse a Lilith.

—Monkey se está sintiendo cansado nuevamente, aún no se ha recuperado del todo —explicó Lilith—. ¿Crees que podrías ayudarlo?

—¿De nuevo? No tengo problema en hacerlo esporádicamente, pero espero que esto no se vuelva cosa de todos los días; también tengo deberes en casa y la escuela.

—Será solo por hoy, ya mañana debe estar como nuevo.

—Pudiste simplemente acercarte a la mesa, ¿sabes?

—Sí… es que… hay mucho trabajo de este lado y ehm… quería seguir pendiente…

—¿Sigues tratando de evitar a Vicky?

Lilith miró hacia todos lados como si estuviera buscando alguna excusa y únicamente acabó balbuceando algo incomprensible, de modo que Lucianne se limitó a menear la cabeza de forma negativa.

—Ni te molestes en darme una excusa. No voy actuar como la voz de tu conciencia, solo espero que tengas una buena razón para comportarte así con ella.

Dicho esto, se adentró en la cocina para ayudar a Mankee tal y como había prometido, dejando a Lilith sintiéndose de lo peor.

—¡Ta-dah! —expresó Vicky al terminar su pequeña demostración en la que le había dado una moneda a Samael para que ocultara en su mano cerrada y ahora ella la hacía danzar entre sus dedos. Él abrió su mano y vio que la moneda ya no estaba ahí.

—¡Wow! ¿Cómo lo hiciste? —preguntó con asombro, abriendo y cerrando la mano como si esperara sentir el contorno de una moneda invisible.

—Los secretos de la magia jamás se revelan —dijo ella con una sonrisa orgullosa mientras guardaba la moneda y Angie jugueteaba con una servilleta.

—Debe ser una magia poderosa —comentó Samael, aún tratando de descubrir el truco, y Vicky soltó una risita melodiosa, viéndose interrumpida por un aviso de mensaje recibido. Miró la pantalla y tras leer el mensaje, hizo una mueca y lanzó una mirada hacia Addalynn, que también seguía prendida a su dispositivo.

Samael no pudo evitar voltear con un inexplicable interés en aquella chica. Era como si a su alrededor hubiera una especie de campo magnético que estuviera atrayéndolo, pero a la vez estuviera rodeado de otro más que le impedía atravesarlo.

—¿Tienes teléfono, Samuel? —preguntó Vicky con los pulgares ya listos para ponerse a teclear. Samael volteó sin idea de lo que había dicho, así que ella señaló su dispositivo—. Número de celular.

—¡…Ah, sí, claro! Mmmh… Creo que debe estar por aquí —comentó él mientras buscaba en su propia lista de contactos.

—Si no lo sabes, quizá Angie podría pasármelo.

Angie dio un respingo en cuanto escuchó su nombre y notó que Vicky la miraba con ansias. Se sintió de pronto avergonzada por sentir deseos de decir que no llevaba el suyo. No podía permitir que el monstruo de los celos hiciera su aparición.

—…Aquí tienes —respondió ella finalmente, mostrándole el contacto de Samael en la pantalla.

—¡Excelente! ¿Tienes algo que hacer este sábado, Samuel? ¡Es mi cumpleaños! ¡Tienes que ir a mi casa! Habrá mucha comida y tengo planeados algunos juegos, ¡será divertido!

—Eso parece. Supongo que ahí estaré entonces.

—¡Genial! No puedo esperar. ¿Qué te pasa, Angie? ¿Por qué esa cara?

Angie se dio cuenta de que ahora la miraban a ella, intrigados por su expresión. Por más que intentara ocultar lo que sentía al momento, le resultaba imposible. Siempre era así. Sus emociones terminaban superándola y tomaban control de ella. Para evitar ponerse en mayor evidencia necesitaba poner distancia.

—…Ahora regreso. Con permiso.

Ella se alejó de la mesa y Vicky se limitó a encogerse de hombros, confundida. Angie se detuvo frente a la barra y se apoyó en esta mientras realizaba una serie de respiraciones para recuperar la calma y mantener su frecuencia cardiaca dentro del rango normal.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lilith, asentando una bandeja a su lado.

—Yo sólo… necesitaba un respiro.

Lilith echó un vistazo hacia la mesa donde Vicky platicaba animadamente con Samael, contando quizá una de sus aventuras en Londres o mostrando algún otro truco que tuviera bajo la manga.

—¿…Bueno y qué? ¿Piensas simplemente hacerte a un lado así como así solo porque ella muestre también algún interés? —replicó Lilith, tomando unos vasos de la barra y comenzando a llenarlos de hielo y soda—. Te gusta Samuel, ¿no? A como yo lo veo, tienen la misma oportunidad con él, después de todo no muestra interés por nadie en particular sin contar a Marianne por razones obvias.

—…Cielos, gracias, Lilith, como siempre tan brutalmente honesta —dijo Angie tras su incisivo comentario y ella se encogió de hombros.

—Solo digo. Es un ángel, después de todo, quién sabe si tenga siquiera la capacidad de albergar esa clase de sentimientos, hay que ser conscientes de ello. Por eso mismo tienes la misma oportunidad que ella y las chicas de la mesa siete, que exigen que sea él quien les lleve sus órdenes, aunque ya no trabaje aquí, o se van sin dejar propina, así que ¿serías tan amable de pedirle que venga a hacerme el favor? —dijo Lilith tras colocar los vasos con las bebidas en la bandeja y ofrecerle a Angie su mirada más suplicante.

En la mesa siete, un grupo de cuatro chicas de secundaria las miraban fijamente con ojos estrechos y miradas asesinas. Lo único que les faltaba era hacer la señal del corte de cuello con los pulgares. Lilith forzó una sonrisa y agitó levemente la mano para hacerles ver que todo estaba bien.

—…En serio, no tienes idea de la pesadilla que han sido esas niñas desde que Samuel ya no las atiende. Parece que no pueden ir y hablarle ellas mismas. Es como si fuera mi culpa que ya no trabaje aquí. Son crueles, malvadas y no tienen ni catorce años. ¡Son monstruos, Angie! ¡Monstruos! Quieren destruirme, pero no lo permitiré.

—Ehm… Iré a decirle a Samuel que necesitas un favor.

Angie decidió regresar a la mesa antes de que la paranoia de Lilith la alcanzara también.

—¿Puedes creerlo? Dice que nunca ha ido al cine —dijo Vicky entre risas en cuanto Angie se sentó frente a ellos de nuevo—. ¿Pues bajo qué roca has vivido todo este tiempo? Definitivamente tienes que ir un día de estos. Quizá deberíamos ir… en grupo, claro, no es que esté proponiendo que vayamos solos como si fuera una cita o algo por el estilo. Apenas nos acabamos de conocer, sería muy atrevido de mi parte.

Se echó a reír nerviosa, sintiendo que había arruinado su perfecta conversación casual a pesar de que Samael no parecía captar el sentido.

—Es buena idea, tal vez lo hagamos un día, ir todos en grupo —respondió Angie para sacar a Vicky del apuro y esta sonrió agradecida—… Por cierto, Lilith necesita de tu ayuda.

Lilith aguardaba en la barra, evitando la mesa siete, poniendo todo su empeño en no hacerles mal de ojo.

—Iré a ver qué necesita —anunció Samael antes de dejar la mesa, momento que Vicky aprovechó para dar un suspiro de alivio.

—¡Gracias por eso! Nunca sé en qué momento callar.

—Parece que… Samuel causó una gran impresión en ti —comentó Angie, tratando de mantener las manos quietas sobre la mesa, aunque no dejaba de apretárselas. Vicky dejó escapar una risita que de inmediato intentó contener, llevándose ambas manos a la boca.

—Dime, tú que lo conoces mejor, debe tener algún defecto o algo. Es demasiado perfecto para ser real.

Angie sintió hundirse en su asiento en cuanto confirmó que su sospecha no era infundada.

—…Quizá su único defecto es ser demasiado inalcanzable —respondió Angie más como para sí misma, gesto que a Vicky le llamó la atención, pero antes de que pudiera comentarlo sonó una alarma de su móvil. Vio la pantalla y dirigió otro puchero hacia Addalynn.

—Estoy justo aquí, podrías hablarme directamente, ¿sabes?

Addalynn bajó la pantalla de su dispositivo y le dedicó una breve y hosca mirada.

—Estoy cansada. Quiero ir a casa.

—Pues no podemos hasta que mi hermano salga de la escuela, tendrás que esperar un poco más. —Más tardó en decir esto que Demian en aparecer en la puerta—… ¡Aquí estamos!

Addalynn no esperó siquiera a que se acercara. Se puso de pie y caminó hacia la salida con paso decidido; las miradas de casi todo cliente masculino se detuvieron para contemplarla pasar. Pero para ella era como si no existieran. Únicamente miró de reojo a Samael al pasar junto a la mesa que estaba atendiendo a petición de Lilith y este la siguió con la vista, no con devoción como el resto de los presentes, sino con intriga.

—Ya era hora —comentó ella al pasar junto a Demian y él la miró confundido.

—¡No es justo, yo quería quedarme un rato más! —Vicky refunfuñó, pasando un lado de Demian.

Él volteó sin entender nada, recorriendo el sitio con la vista, como si buscara algo.

—Marianne no vino —dijo Lilith, apuntando algo en su libreta de pedidos—. Su mamá los arrastró a comer a algún lado o algo así.

—Yo no estaba… —intentó aclarar él, pero ella únicamente alzó la vista con una ceja torcida y una media sonrisa—… No la estaba buscando, ¿de acuerdo? Sólo… quería ver si todo estaba en orden.

—Por supuesto —respondió Lilith con una sonrisa condescendiente—. Estoy segura de que se trataba de eso.

Demian dio un resoplido, consciente de que no serviría de nada discutirlo y siguió a su hermana, mientras Lilith continuaba con aquella sonrisa divertida.

—Me dieron esto. —Samael le entregó la propina que había recibido de la mesa siete.

—¡Ay, gracias, Samuel! ¡Eres un ángel! —exclamó ella, contando los billetes y sacando una nota de entre estos—. Seguro esto es para ti.

Samael tomó el papel y regresó a su mesa mientras leía el contenido.

—No entiendo. Me dejaron sus números, ¿por qué querrían que les llame? ¿Y qué significan estas ‘x’?

—Las ‘x’ significan besos —respondió Angie en cuanto le mostró la nota.

—¿Y por qué no simplemente lo escriben? ¿Qué se supone que haga ahora? ¿Debo hablarles?

—No tienes que hacerlo si no quieres.

—No sé, sus costumbres humanas siguen siendo un enigma para mí. Ya no sé cuándo debo o no hacer las cosas que me solicitan. Lo único que tengo claro es que debo negarme cada vez que Mitchell me pida usar mis poderes para su provecho.

Angie se quedó callada mientras las palabras de Lilith continuaban deambulando en su mente sobre que todos tenían igualdad de oportunidad con él. Era en verdad frustrante. Quería creer que al menos tendría en mayor estima a quienes conocía de más tiempo, pero tampoco podía engañarse, no era únicamente estima lo que ella deseaba, por más que había intentado convencerse de que le bastaba con tenerlo cerca. Pero realmente no era así. Quizá era hora de mostrarse más proactiva.

—¿Qué te pareció Vicky?

—Es muy simpática —respondió él con una sonrisa mientras tecleaba algo en su celular, sosteniendo la nota que le habían dado.

—¿Tanto como para gustarte?

—Claro, ¿por qué no?

—No me refiero a la forma en que a ti te gusta todo mundo, sino a la forma en que a esas chicas les gustas tú —replicó ella, señalando el papel que tenía en las manos.

Él miró el papel y luego a ella con expresión confusa. Sus ojos se estrecharon y torció levemente la boca.

—…No entiendo la diferencia.

Angie suspiró con resignación y se apoyó en su respaldo. De por sí le resultaba difícil intentar ser más directa con respecto a sus sentimientos, ¿qué más podía hacer si él ni siquiera era capaz de diferenciarlos, por no decir corresponderlos? Si tan solo hubiera una forma en que él también pudiera sentirlo, pensó. Que sintiera lo mismo que ella. Y entonces recordó que era posible. Miró sus manos con atención, moviendo levemente los dedos. Lo había hecho una vez, no precisamente para hacerlo sentir, pero había conseguido cierta información sin que llegara a darse cuenta siquiera. Quizá ahora lograría que sintiera algo si volvía a intentarlo.

Miró de nuevo a Samael, que estaba concentrado en su pantalla, y comenzó a juguetear con sus manos a la vez que las deslizaba lentamente por la mesa. Solo bastaba un toque, él no se enteraría. Únicamente tenía que estirar la mano y sujetarlo en cualquier parte donde tuviera la piel expuesta.

—Oh, me respondieron —dijo Samael y Angie detuvo su avance—. ¿Qué significa xoxo?

Angie suspiró y deslizó las manos de vuelta hacia ella mientras soltaba una breve risa, invadida por la tristeza y autocompasión. No podía hacerlo. No era justo para él y tampoco sería real. ¿En qué estaba pensando? Quizá su propia desesperanza había actuado de catalizador, pero lo mejor sería enterrar aquella idea en lo más profundo de su corazón averiado. No debía jugar con un poder sobre el que aún no tenía completo control ni entendimiento.

Marianne sintió que el tiempo se ralentizó en cuanto subió al asiento delantero del auto. Casi podría jurar que hasta los movimientos que hacían y las palabras parecían en cámara lenta. Llevaban una hora intentando encontrar el restaurante macrobiótico que su madre había visto en una de las tantas revistas de promociones que recibían al mes. Le habían dado como tres vueltas a la misma calle y por más que tomaban la avenida y giraban a la derecha tal y como ahí decía, igual terminaban pasando por la misma clínica veterinaria con la imagen de un perro, un gato y un hámster abrazados como si fueran una gran familia.

—Quizá ni siquiera existe —dijo Marianne, apartando la vista de la clínica.

—Claro que sí existe, he ido un par de veces con mis colegas de la escuela, solo que no iba conduciendo y necesito algún punto de orientación, eso es todo —aseguró su madre, comenzando a perder la paciencia—. Encontraremos el lugar y les va a encantar.

—O tal vez debamos cambiar de planes y buscar otro restaurante…

—¡Les va a encantar, dije!

Marianne dio un resoplido y apoyó la barbilla en la mano con expresión de hastío. Detrás, Loui iba escribiendo algo en su celular y su madre lo miraba de reojo por el retrovisor.

—¿…Qué haces ahí atrás? Estás muy callado.

—Solo le digo a papá por dónde andamos para que no esté preocupado.

—¡Ni te atrevas a decirle a dónde vamos, ¿entendido?!

—Ups, demasiado tarde —respondió él, apretando el botón de enviar y sonriendo traviesamente por el retrovisor.

—¡Loui, esto no me causa ninguna gracia! —gruñó su madre, apretando el volante y volteando hacia atrás con una mirada furiosa.

—¡Ojos al frente! —le advirtió Marianne, obligándola a volver la vista para evitar que colisionara con otro auto. Ella alcanzó a esquivarlo a tiempo y continuó su camino hasta llegar a la misma avenida por la que ya habían pasado infinidad de veces—. Deberíamos simplemente volver a casa y comer ahí; si quieres comida macrobiótica, comemos cereales y ya.

—O podemos volver y comer con papá como habíamos acordado con él —dijo Loui sin soltar su celular.

—¡Si tanto querían comer con su padre me lo hubieran dicho, así nos ahorrábamos toda esta odisea y mi esfuerzo por hacerles más fácil la transición! —exclamó ella con creciente exasperación.

—¡Te lo dijimos, pero hiciste lo que quisiste!

—¿…A qué te refieres con transición? —preguntó Marianne, volteando hacia ella con expresión alerta.

Tampoco era como que la separación de sus padres fuera cosa nueva; esa era la razón por la que se habían mudado a la ciudad. Aunque, claro, luego el don de su madre fue arrebatado y su padre había tenido que ocupar su lugar el tiempo que ella estuvo en el hospital. Desde su regreso habían estado viviendo bajo el mismo techo a pesar de dormir en diferentes habitaciones. La nueva separación se sentía exactamente como la primera, con la excepción de que ahora no había otra ciudad de por medio, así que no entendía qué más querían facilitarles.

—…Su padre y yo nos vamos a divorciar.

Silencio total. Loui había alzado la vista de su celular y ahora la miraba con expresión velada y grandes ojos sin parpadear. Marianne lucía impasible, congelada en el tiempo.

Así que eso era. Por eso había estado portándose tan agresiva. Él tenía que habérselo pedido, no tenía dudas de ello. Esa era la razón tras la amargura de su madre.

Marianne sintió de pronto que la cabeza le daba vueltas. No era tan distinto de una separación, ¿por qué entonces se sentía así? Miró de nuevo hacia el frente y de pronto vio la silueta de una sombra pasando frente al carro.

—¡…Cuidado! —Marianne se lanzó sobre el volante para hacerlo girar, forcejeando brevemente con su madre hasta que terminaron estampándose contra un árbol, activándose de inmediato la bolsa de aire.

—¡¿…Están todos bien?! —preguntó Enid en cuanto logró quitarse la bolsa de aire de la cara.

—Todo bien aquí atrás —dijo Loui, quitándose el cinturón de seguridad para recoger su celular del suelo. La mujer dio un suspiro de alivio y volteó hacia Marianne, que únicamente movía aturdida la cabeza y se sujetaba a su cinturón.

—¡¿Se puede saber en qué estabas pensando?! ¡Alguien podría haber salido herido!

—Alguien pasó frente al auto —respondió ella, llevándose las manos a las sienes.

—¡No había nadie! ¡Ahora he chocado mi coche y ni siquiera tiene seguro! ¡¿Tienes una idea de lo que esto va a costar?!

—¡Humo! —avisó Lou, señalando hacia el cofre del auto, aplastado y casi partido a la mitad al chocar con el poste. Una columna de humo empezaba a salir de él.

—¡Afuera! —gritó su madre, luchando por hacer a un lado la bolsa de aire y poder así quitarse el cinturón de seguridad.

Les tomó cuestión de segundos salir rápidamente del auto y hacerse a un lado mientras la gente se reunía a observar, como si estuvieran esperando a que el carro estallara en llamas. Pero no lo hizo. Simplemente se quedó estampado contra el poste con el humo saliéndole del capó partido a la mitad.

La policía no tardó en llegar a tomar declaraciones mientras enviaban por una grúa a recoger el coche, y los tres terminaron sentados en la banqueta, contemplando cómo el auto era removido del poste mientras el cofre iba cayéndose a pedazos sobre el asfalto.

Marianne observaba todo, convencida de que en verdad había visto algo, que no podía haberlo imaginado. Su teléfono sonó con un pequeño “bip” y al abrir el mensaje de texto vio que era de Samael preguntando si todo estaba bien. Mientras ella le respondía, su madre seguía mirando el auto siendo desprendido del poste, mientras otro se estacionaba cerca de ellos.

—¿Están bien? —Noah salió del auto con expresión preocupada.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Enid, poniéndose enseguida a la defensiva.

—Loui me dijo dónde estaban —respondió él y al recibir la mirada severa de su madre, Loui únicamente sonrió y mostró su celular con el que había estado mensajeándose con su padre todo ese tiempo—… No se ve nada bien. Fue una suerte que salieran ilesos. —Enid simplemente bufó en respuesta y siguió observando cómo su auto era arrastrado de ahí, dejando pequeñas piezas sueltas en el camino—. Me parece que necesitan transporte ahora. Y supongo que tampoco han comido. Vengan, yo invito.

Marianne y Loui miraron de reojo a su madre, esperando su reacción, pero ella se limitó a hacer un puchero como niña chiquita, así que Loui acabó por levantarse e ir con su padre, que permaneció en espera de lo que ella decidiera. Al final, Enid se levantó dignamente y caminó hacia él sin decir palabra, pasándolo de largo y dando un portazo al subir al auto. Noah tan solo suspiró y miró ahora a Marianne, aún sentada en la banqueta con la barbilla sobre las rodillas.

—¿No piensas venir?

Lo dijo con su tono gentil de siempre y una cálida sonrisa en su rostro. Con esa misma cara había pedido el divorcio, pensó ella. Echó un vistazo nuevamente al punto en el que el auto se había estrellado; ya solamente quedaba el poste astillado y los pedazos de metal desperdigados en el suelo. Finalmente se levantó y avanzó hacia él, subiendo al asiento trasero del auto junto con Loui, aunque volviendo la vista hacia aquel mismo sitio. Habría jurado que había visto a alguien cruzarse frente al auto. Tal vez realmente lo había imaginado. La cabeza la estaba matando, lo cual podría atribuírselo al impacto de no ser porque ya desde antes había comenzado a tener aquella sensación palpitante en las sienes. Justo antes de ver aquella silueta que le parecía vagamente familiar en frente del auto.


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