Capítulo 5

5. CLUB DE PADRES, DONAS Y CAFÉ

Marianne se sentía ligera, sin peso, como si estuviera inmersa en un océano sin fricción y se mantuviera flotando, sin poder desplazarse a ningún punto, porque no había dónde ir. No existía superficie ni tampoco fondo. Estaba sumergida en un mar infinito del que no había forma de escapar.

Miró a su alrededor con reconocimiento. Había estado ahí antes, le parecía. El gran mar de tonalidades verdes y azuladas al que accedía en sus sueños, pero luego no lograba recordar. Giró el rostro en espera de algo que debía ocurrir, pero sin estar segura de qué. Era una sensación de déja vù.

—¿…Hola? —dijo finalmente, en espera de una respuesta, que aquello inevitable se presentara. Su voz viajó a la lejanía y volvió por detrás de ella, introduciéndose en sus oídos, aturdiéndola un poco. Tuvo que sacudir la cabeza levemente para recuperar la percepción y entonces apareció. Una brillante figura alada sin facciones definidas (o que al menos le era imposible distinguir dado que estaba hecha completamente de luz) se desplazó frente a ella con un solo movimiento, como si fuera capaz de manipular las leyes de la física a su antojo. Marianne quiso retroceder, pero le era imposible, era como si estuviera suspendida en un espacio infinito sin gravedad.

«…Dejaste que escapara»

—¿…Qué?

«Aún no entiendes. Y si no le atrapas, nunca lo entenderás»

—No sé… qué significa…

«¿Sabes quién soy?»

—Un… ¿ángel?

La figura no contestó, permaneció frente a ella por espacio de varios segundos sin hacer nada, deslumbrándola con su brillo, hasta que de pronto extendió las alas con un movimiento raudo y la rodeó con ellas de forma tan inesperada que Marianne se cubrió con sus brazos, encorvándose para protegerse. La luz quemaba sobre su piel como si fuera ácido intentando deshacerla.

Marianne despertó con un sobresalto, jadeando con fuerza y mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos. Extendió los brazos y comenzó a revisarse la piel, casi esperando ver quemaduras en ella, pero no había nada. Sintió su pulso desacelerarse y su cuerpo fue relajándose lentamente. Justo en eso apareció Samael con un destello y expresión preocupada.

—¿Estás bien? Sentí de repente tu desesperación. Tenía que venir a verificar que todo estuviera bien.

Marianne no respondió, únicamente se quedó mirándolo fijamente por un buen rato con su agitada respiración aminorando poco a poco. Podía recordar el sueño, así como el hecho de que no era la primera vez que veía aquella silueta alada. También la había visto el día del accidente, e incluso la recordaba de mucho antes, el día en que casi se ahogó en aquel lago cuando era niña, el Tokenblue. Había dado por hecho que se trataba de la forma original que Samael usaba para aparecer en sus sueños antes de tomar forma humana, pero ahora no estaba segura. ¿Por qué habría de presentarse de nuevo de esa manera si ya no era necesario? Estaba justo frente a ella después de todo.

—…Creí que eras tú —dijo por fin con un jadeo—. La silueta… pensé que eras tú.

—¿De qué hablas?

—He estado viendo en sueños esta silueta alada. Al principio pensé que eras tú intentando comunicarte conmigo cuando aún no habías tomado forma humana, pero… he vuelto a verla, y tú estás aquí; no tendría sentido el que te manifestaras en mis sueños de esa manera… ¿o sí?

—¿…Por qué me lo dices hasta ahora?

—Porque apenas he podido recordarlo, creo que antes solía enterrarlo en mi subconsciente, pero ahora… —bajó la mirada hacia sus brazos, que no había parado de frotar y ya comenzaban a quedar rojos, así que se obligó a parar—… se sintió real.

Samael recordó aquella única vez que había soñado. Una silueta también se le había aparecido, diciéndole o al menos susurrando ciertas cosas incomprensibles que al fin y al cabo no le fueron de gran ayuda. Con la única diferencia de que esta no era alada.

—¿…Puedo intentar verlo?

Ella no tuvo necesidad de responder, simplemente se sentó derecha y lo miró a los ojos, dándole así el consentimiento para acceder a su mente. Samael se concentró en su mirada, comenzando a atravesar las brumas de sus recuerdos más recientes como si estuviera caminando a través de un largo pasillo lleno de ventanas hacia distintas locaciones. La que le interesaba estaba al fondo, a oscuras, como si quisiera esconderse.

Se acercó y miró hacia el interior, pero no había nada más que una enorme extensión de algo que parecía ser agua sin fondo ni superficie, lo cual le recordaba al espacio vacío en el que se había visto inmerso en su propio sueño. Colocó las manos en el marco con la intención de introducirse, pero en cuanto sus manos se posaron en este, la ventana brilló con tal intensidad que lo obligó a retroceder. Intrigado, volvió a hacer el intento, pero esta vez de forma más drástica: tomaría impulso y saltaría a través de ésta.

Retrocedió un poco más con la vista fija en la ventana y su extensión de océano infinito. Se colocó en posición, listo para una carrera, y finalmente se echó a correr hacia esta, tomando impulso en cuanto llegaba al frente y lanzándose al interior. Por un momento creyó haberlo conseguido, había logrado atravesarla y se había sumergido en aquellas aguas sin fricción, pero no por mucho. Todo a su alrededor comenzó a resplandecer, con un brillo tan potente que acabó expulsándolo, como arrojado por una explosión.

Fue entonces que cortó la conexión de tajo y tuvo incluso que levantarse, llevándose las manos a la cara como si se hubiera desorientado momentáneamente.

—¿Qué ocurrió? ¿Viste algo?

—…No. Algo me impide acceder a ese recuerdo.

—¿Qué? Pero… es mi mente, mi sueño. ¿Cómo podría estar bloqueándolo?

—No eres tú, es algo externo —respondió Samael, enderezándose y parpadeando para asegurarse de haber recuperado la visión normal—… Es como tu recuerdo del sujeto de gris. Una entidad exterior que manipula los recuerdos de esta para así protegerse.

Marianne guardó silencio por un momento con expresión contraída, cayendo en cuenta de las implicaciones.

—Eso quiere decir que…

—Que no fue un sueño —dijo Samael, mirándola con aquella expresión de solemnidad que indicaba otro misterio más que agregar a su lista.

Marianne no dijo nada, se limitó a quedarse sentada en la cama sintiéndose mentalmente exhausta.

—¿Qué se supone que debo hacer entonces? ¿Seguir como si nada porque no hay nada que podamos hacer y ni siquiera puedes verificar mis recuerdos? ¿A qué nos estamos enfrentando?

Samael simplemente meneó la cabeza con frustración.

—¿Dijo algo en específico?

—…“Dejaste que escapara” —repitió ella, tratando de recordar algo más que haya llamado su atención—… No sé a qué se refería. Nunca lo sé, de hecho. Ha sido suerte que lograra recordarlo hasta ahora.

—¿Y pensabas que era yo?

—¡No sé! Era una figura alada, tú eres un ángel, simplemente hice la conexión.

—¿Cómo te sientes cuando estás frente a esa figura?

Marianne contrajo el ceño, tratando de pensar en ello, pero lo único que podía recordar era la angustia de sentir su piel ardiendo.

—…No lo sé. Justo ahora todo es tan confuso. Supongo que así es como me siento teniéndole enfrente, confundida. Y si le agregamos que casi sentí que la luz me quemaba…

—Espera, ¿qué? —Samael la detuvo con expresión sobrecogida.

—Sí, bueno… No recuerdo bien lo que pasó, solo sé que de pronto se abalanzó sobre mí con toda aquella luz que irradiaba… y sentí que me quemaba la piel. Fue muy extraño —relató Marianne con gesto meditabundo y Samael también pareció perderse en sus cavilaciones, aunque al contrario de ella que ya comenzaba a tranquilizarse, él parecía cada vez más inquieto—… ¿Samael? ¿Qué piensas?

Él posó de nuevo la vista en ella como si de pronto no la reconociera o tuviera ante él un augurio funesto, lo cual la puso nerviosa.

—¿…Por qué me miras así? ¿Crees que debería preocuparme?

Samael pareció reaccionar y sus facciones volvieron a suavizarse. No quería preocuparla.

—…Lo importante es que no te ocurrió nada en la realidad. Quizá… lo mejor será que descanses. Puedo quedarme aquí si quieres.

—Gracias, pero estaré bien. No creo que vuelva a repetirse en un futuro inmediato.

Samael asintió, aunque todavía se notaba distraído en sus propios pensamientos. Retrocedió unos pasos y se colocó en medio de la habitación.

—…Buenas noches —se despidió con una sonrisa que se notaba forzada.

No podía evitarlo, la inquietud que había estado creciendo dentro de él empezaba a manifestarse con mayor fuerza. No era algo de lo que estuviera aún seguro, pero la sospecha de que su padre tenía al menos una parte de demonio parecía cobrar auge. Aquel pensamiento había estado carcomiéndolo por dentro desde hacía tiempo pues contradecía todas las ideas que tenía preconcebidas, pero después de mucho meditarlo y de atormentarse con ello, había llegado a la conclusión de que eso no cambiaría nada con Marianne, su deber de protegerla seguía siendo el mismo; así que cuando decía que estaba aprendiendo a tolerar que no todos los demonios seguían el mismo patrón lo decía en serio, Demian era otra prueba de ello. Aún tenía problemas con aquella idea, pero en verdad se estaba esforzando. Lo único que tenía en claro en ese momento era que nadie más podía saberlo y menos ella. No quería causarle un conflicto de identidad, después de todo, eso no quitaba el hecho de que seguía siendo una Angel Warrior, por algo había sido enviado precisamente como su ángel guardián… ¿no?

Al día siguiente, Marianne estaba demasiado exhausta para interesarse siquiera en la clase, así que se dedicó a mirar alrededor, tomando nota de los pequeños detalles que parecía percibir desde su asiento. Por ejemplo, el intento fallido de Kristania por actuar como si no hubiera pasado nada el día anterior. Aunque las capas de maquillaje ocultaban el moretón de su mejilla, su orgullo era seguramente el más herido en ese momento. Y lo peor para ella era probablemente no poder actuar como normalmente haría debido a la fachada que debía mantener ante todos; pero eso no le impedía dedicarle una que otra mirada resentida a Addalynn cuando pensaba que nadie estaba mirando.

Marianne lo estaba disfrutando enormemente cuando un papel cayó sobre su escritorio. Ella lo observó casi con grima al recordar la última nota que había recibido de Dreyson y enseguida lo miró de reojo. Él mantenía la vista fija hacia el frente y parecía totalmente inadvertido. Arrugó el papel y lo arrojó en el compartimento de su escritorio sin leerlo siquiera. No le daría el gusto.

Cuando el maestro les pidió a todos abrir sus libros, se inclinó para sacarlo de su mochila y al enderezarse de vuelta, había otro papel encima de su escritorio. Su rostro se contrajo sin poder creer su audacia. Finalmente empuñó el papel y volteó furiosa hacia él.

—¡Deja de hacer eso! —exclamó y todas las miradas se desviaron hacia ella, incluyendo el muchacho, que no parecía darse por aludido.

Marianne se dio cuenta demasiado tarde de que había reaccionado impulsivamente, atrayendo la atención de todos.

—¿Qué ocurre ahí atrás? ¿Hay algún problema? —preguntó el profesor, empujando sus lentes sobre el tabique de la nariz. Marianne no dijo nada, tan solo se hundió en su asiento, deseando haberse controlado a tiempo.

—¡Cuatro ojos la está molestando! —dijo alguien y pronto todos comenzaron a alzar la voz hasta que el profesor los hizo callar con un movimiento de manos.

—¿Es eso cierto? —preguntó este, pero Marianne prefirió no decir nada más, solo se mordió el labio y bajó la vista.

El profesor miró ahora al muchacho que se mantenía impávido ante las acusaciones.

—…Bien, pues no tengo más remedio. Haga el favor de salir de mi clase.

El muchacho le sostuvo la mirada por varios segundos y luego dio una rápida vista por el salón, notando los rostros burlones que parecían disfrutar de aquel momento. Sin decir nada, se puso de pie y salió tal y como le habían pedido.

Varios irrumpieron en aplausos y silbidos a pesar de que el profesor intentaba volver al curso normal de su clase, mientras Marianne luchaba contra su tendencia a saltar en defensa de alguien en desventaja. Él no lo valía.

—¿Qué ocurrió? ¿Te estaba molestando? —preguntaron sus amigas en susurros.

—No, sólo… no tiene importancia —respondió ella con un suspiro, decidiendo que no tenía caso decirles sobre las notas. Las demás se encogieron de hombros mientras Vicky se inclinaba un poco más en dirección a ella.

—¿Recibiste mis notas? —preguntó en voz baja y Marianne se quedó en pausa, procesando sus palabras—. ¿Las que te lancé hace un rato?

Marianne miró el papel que aún tenía en la mano y la culpa comenzó a carcomerla al caer en cuenta de que le había reclamado a la persona equivocada y peor aún, había provocado que le sacaran de clases. No era mejor que Kristania en ese aspecto.

—No… las he leído, lo siento.

—No importa, hablamos después de clase.

Volvieron a centrar su atención en el profesor y en su clase. Marianne, mientras tanto, sacó de su escritorio la primera nota que había arrugado y trató de alisarla.

“Mi hermano dijo que tu padre es nuestro tutor legal,

¿Sería demasiado si también representara a Addalynn en la reunión?”

Marianne dejó escapar una larga exhalación. Parecía haber un tema recurrente que la perseguía últimamente. Ahora resultaba que todos necesitaban a su padre. Bien podría poner su empresa de representaciones legales después de haber renunciado a su trabajo. Tomó luego el segundo papel y lo desdobló.

“¡Por cierto, Samuel es muy lindo!”

Ojos en blanco. Hablando de personas que podrían abrir sus propias empresas.

Al terminar la clase y salir, vieron a Lucianne y Frank sentados en las escaleras de la intersección.

—¿No tuvieron clase?

—El profesor de Biología no vino. Desde que empezaron las clases nadie lo ha visto —explicó Lucianne.

—Quizá murió y nos quedemos sin maestro lo que resta del año.

—¡No digas esas cosas! —reclamó Lucianne, dándole un manotazo en el brazo—… Por cierto, nos pareció ver a tu hermano con otros tres niños por el camino que lleva al domo de natación. —Marianne contrajo el entrecejo, pareciéndole algo extraño.

—Y más altos que él —agregó Franktick y ella frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Solo pensé que es algo que merece atención —respondió Frank, encogiendo los hombros con indiferencia.

—Hey, ¿ya los leíste? —preguntó Vicky, apareciendo detrás de ellas.

—Sí, ehm… con respecto a eso… —dijo ella, echándole un vistazo a Addalynn justo detrás de Vicky—… No creo que haya tanto problema, aunque no sé si él pueda representar a tantas personas el día de la reunión. Ya está puesto como guardián legal de ustedes, además de Samuel y…

—Ohhh, ¿en serio? —interrumpió Vicky con una sonrisa dibujándose en toda la extensión de sus mejillas.

—…Esperemos a ver qué dice —finalizó ella, comenzando a moverse en dirección a la puerta lateral—… Iré a ver en qué anda metido mi hermano.

—¿Tienes un hermano? —preguntó Vicky y ella únicamente agitó una mano.

Llegó al domo, pero la puerta del frente estaba cerrada. Se preguntó si habría alguna otra forma de entrar o quizá había puesto demasiadas esperanzas en hallarlos en ese lugar y ni siquiera se encontraran ahí. Se retiró unos pasos hacia atrás para tener una vista más completa del edificio y entonces vio a tres niños salir de la lateral entre risas. No había señal de Loui.

—¡…Hey, ustedes! —gritó Marianne para llamar su atención y los tres chiquillos se fueron corriendo a toda prisa de ahí—. ¡Regresen aquí!

Se encaminó hacia el lado de donde los había visto salir, pero antes de que pudiera acercarse siquiera, vio salir otra figura más lenta y pausada, como si se tomara su tiempo. Iba chorreando agua a su paso y ni siquiera hacía el esfuerzo por exprimirla.

—¡…Loui! —lo llamó y él enseguida dio un respingo—. ¿Qué haces aquí y por qué estás mojado?

—…Solo quería refrescarme. Eso es todo —respondió él, evitando su mirada. Estaba completamente mojado de la cintura para arriba.

—¿Con la ropa puesta?

Él solo se encogió de hombros e intentó pasarla de largo, pero ella lo retuvo del brazo.

—¿Esos niños te están molestando?

Loui frunció el ceño y se soltó con brusquedad.

—¡En este momento tú eres la que me está molestando! —espetó él con repentina rabia y se echó a correr antes de que pudiera decir algo más, dejando un rastro de agua detrás.

—¡Loui! —gritó ella, pero ya estaba a varios metros de distancia. El chiquillo podía ser tremendamente veloz cuando quería.

Sabía que no tenía caso seguirlo si no estaba dispuesto a admitir por lo que estaba pasando; era como ella, prefería cargar con sus propios problemas. Y podría ser peor si hacía algo. Ser defendido por la hermana no era precisamente la mejor manera para hacerse respetar.

Frustrada por no poder hacer más, dio un resoplido y decidió encaminarse de regreso. Y de repente paró en seco. Un poco más adelante del domo de natación, en las gradas del campo de atletismo, estaba sentado el chico de gruesos lentes de tal forma que sus pies colgaban de la baranda y sus brazos se posaban en ésta, más atento a lo que ocurría en su dirección que del lado del campo (aunque no había gran cosa que ver en ese momento).

Marianne se tensó y su primera reacción fue ponerse defensiva.

—¿…Estabas espiando?

El muchacho echó un vistazo a su alrededor, asegurándose de que se dirigía a él.

—Estoy aquí desde hace rato.

Ella volvió a sentir aquella punzada de culpabilidad por haber provocado que lo sacaran de clase sin haber hecho realmente nada, pero no parecía dispuesta a admitirlo, así que optó por ignorarlo y encaminarse de regreso al edificio central.

—¿Tanto te molesta la sola mención de tu padre?

Marianne se detuvo y levantó la vista con expresión furiosa, apretando las manos y dejando los brazos tensos a los costados.

—¡…Escucha, no sé cuál sea tu fijación con eso, pero no vas a intimidarme! ¡De acuerdo, admito que hoy me equivoqué y no tenías nada que ver con esas notas y por ello me disculpo! ¡Pero ya lo habías hecho antes, así que es normal que me sienta atacada! ¡Sobre todo, después de portarte grosero desde el primer día!

El muchacho tan solo la miró al terminar su diatriba, dando resuellos como si hubiera perdido el aliento.

—¿…El primer día? —dijo él por fin como si le estuviera hablando en otro idioma.

—¡Claro que sí! Los dos chicos que te empujaron y te hicieron perder tus lentes. Te los devolví y tú fuiste descortés cuando únicamente intentaba ayudar.

El chico continuó mirándola con sus ojos castaños magnificados por los lentes. No se mostraba arrepentido ni manifestaba reconocimiento y terminó encogiendo los hombros con un sacudir de cabeza.

—Ni me fijé.

Y eso fue todo. Ni siquiera intentó disculparse por su comportamiento, quizá porque para él no había nada de qué pedir disculpas. Marianne no sabía si eximirlo por ese detalle o enfurecer más porque ni siquiera se hubiera fijado. Había sido todo muy rápido después de todo: primer día de clases en escuela nueva, un par de bravucones lo empujan y seguramente lo último que querría en ese momento era que alguien lo viera.

—¡…Bueno, como sea! ¡Eso no quita el hecho de que intentes amedrentarme con tus notas y comentarios acerca de mi padre!

—No intentaba amedrentarte.

—¿Ah, no? ¿Entonces cuál es tu extraña fijación con ello?

Él de nuevo encogió los hombros, como si fuera algo que usualmente hiciera sin pensar, y ella se dio cuenta de que no le sacaría ninguna respuesta concreta.

—Solo tuve curiosidad —dijo él y ella le lanzó una mirada todavía más confusa. Era un chico raro, eso ni dudarlo, pero ya una vez aclarados los demás puntos, Marianne pensó que no tenía motivos para seguir detestándolo por algo ocurrido el primer día cuando ni siquiera lo recordaba.

—…Bien, olvidemos eso entonces. Sólo te daré un consejo si quieres sobrevivir a la escuela —dijo ella, señalando hacia el edificio principal—. No les des más armas que puedan usar contra ti. Y eso incluye seguir observando a las chicas de esa forma enfermiza.

El muchacho le sostuvo la mirada por varios segundos más de los que normalmente lo haría con aquella expresión insondable.

—¿Qué se supone que debo hacer entonces?

—Ahí sí no puedo ayudarte, eso ya depende de ti —respondió, alzando las manos—. Solo tómalo en consideración la próxima vez que pienses que tocar el cabello de una chica sin su consentimiento es correcto.

Él no respondió, tan sólo continuó con aquella intensa mirada castaña fija sobre ella.

—…Bien, ese es mi consejo. Tómalo o déjalo. Estás por tu cuenta ahora —finalizó ella, optando por su seguir su camino.

—¿Era tu hermano? —preguntó él y ella volvió a detener su marcha, girando los ojos y pensando que se trataba de más de lo mismo—. No parecen llevarse muy bien.

—Sí, bueno, no seremos ni los primeros ni los últimos que se lleven como perros y gatos. Con permiso.

—¿Lo definirías entonces como algo normal? —siguió él, interrumpiendo su caminar una vez más.

—…Eres raro —fue lo único que ella respondió, dibujando un arco con sus cejas y él volvió a encoger los hombros.

—Solo soy curioso.

—Como quieras llamarlo, es precisamente por eso que te tienen en la mira. Tendrás que cambiar algunas costumbres, y como dije, solo depende de ti —con eso dio por finalizado el intercambio. Se alejó rápidamente antes de que le diera por seguir interrogándola. Ni siquiera entendía cómo habían terminado hablando de esa manera, pero al menos su enojo había disminuido.

Como se suponía que saldrían a comer con su padre después de clases, Marianne decidió enviarle un mensaje, pero pasó el tiempo y no recibió respuesta. Terminando las clases salió al pasillo e intentó llamarlo, pero el tono simplemente continuó sonando sin que nadie respondiera.

Extrañada, terminó por hurgar en los bolsillos de su chaqueta hasta sacar una tarjeta con la dirección del hotel donde se estaba quedando. Pidió a Samael que acompañara a Loui de vuelta a casa mientras ella se fue por la puerta lateral para tomar el autobús.

Ahora que el auto de su madre estaba fuera de circulación ya no podía continuar con aquel plan de acaparar su tiempo; volvían a tener la libertad de ir y venir no tanto a su antojo, pero sí lejos de su escrutinio… Al menos hasta que llegaran a casa.

Se detuvo a un lado de la parada de autobús a esperar y notó que Dreyson ya estaba sentado ahí, aunque tenía la vista fija en la cafetería. Ella únicamente giró los ojos y sacudió la cabeza. Al parecer el cambio tendría que darse gradualmente. Estuvo a punto de hacerle algún comentario cuando otra voz la interrumpió.

—¿Vas a la cafetería o esperas a tu madre?

Demian apareció detrás de ella, recién saliendo de la escuela también.

—Espero el autobús. Iré a ver a mi padre. Le envié un mensaje, pero no me respondió.

—Eso queda al este de la ciudad.

—Y por eso precisamente tomaré el autobús —respondió ella mientras el que venía se detuvo a un lado, haciendo volar su cabello. Verificó la ruta, pero no era la suya.

—¿Dejó tu guardián que fueras sola?

—…No necesito su permiso —respondió entornando los ojos mientras Demian sacaba unas llaves de su bolsillo.

—Bueno, pues no tendrás que tomar el autobús. Yo te llevaré.

—¿…Qué? Pero… no hay necesidad. Además, tu hermana y Addalynn te están esperando en la cafetería —dijo ella, mirando de reojo hacia el Retroganzza enfrente de ellos, imaginándose a sus amigos mirándolos a través del ventanal y especulando cosas.

—Pueden esperar un rato más, no creo que les moleste. Al menos no a Vicky —aseguró él, encaminándose hacia el estacionamiento de la escuela y haciéndole señas para que lo siguiera.

Marianne se quedó ahí de pie, vacilante, sus pies pegados al piso. Volvió a mirar a la cafetería y casi podía ya ver a sus amigos pegados a la ventana y señalándolos mientras se inventaban historias. No quería quedarse ahí parada, dándoles de qué hablar. Consiguió finalmente moverse y miró sobre su hombro hacia la parada de autobús que ya estaba vacía. Quizá el chico de lentes ya había tomado el autobús.

—…En serio que no tienes por qué hacer esto —comentó ella mientras se subía al coche, torturándose con lo que diría Lilith en ese momento.

—Tu padre nos ha sido de mucha ayuda, lo mínimo que puedo hacer es llevarte.

Por alguna razón aquello pareció decepcionarla, e inmediatamente se enfurruñó en el asiento y clavó la vista fuera de la ventana.

—…Escuché que un chico de tu clase te estuvo molestando, ¿es cierto eso?

Ella apartó la vista de la ventana y lo miró confundida y a la vez sorprendida de que se hubiera enterado tan pronto. Demian notó la forma en que lo miraba y trató de explicarse.

—Vicky me dijo. Por mensaje, de hecho. Conforme la vayas conociendo te darás cuenta de que las noticias viajan más rápido a través de ella.

—…Pues fue solo un malentendido.

—¿De verdad? Porque si hay alguien que te esté molestando, yo podría…

—¿Crees que no puedo defenderme? —lo cuestionó con ojos inquisitivos—. ¿Que necesito que alguien lo haga por mí?

Demian guardó silencio, consciente de que de nuevo había presionado sus botones.

—…Me queda claro que no —respondió finalmente tras dar una larga exhalación. Por más que intentaba demostrarle su agradecimiento siempre se lo ponía difícil.

—Deja de comportarte como si me debieras la vida o algo así —soltó ella de pronto—. No hice nada para que te sintieras en deuda ni conmigo ni con nadie. Solo quiero que las cosas sean como antes de toda esta… locura.

Demian le dedicó una mirada de reojo mientras maniobraba el volante. La “locura”, por supuesto, se refería a enterarse de lo que realmente era y a él intentando matarlos a todos en un arranque vengativo y de crisis de identidad. No se sentía orgulloso de ello, y tal como ella preferiría que todo volviera a ser como antes, pero le resultaba imposible. Todo seguía muy presente en su mente. Sobre todo, por un detalle que seguía persiguiéndolo a cada momento cada vez que la miraba.

—…Maté a tu padre —dijo sin atreverse a ver su reacción.

—No sé de qué hablas. Él está vivo.

—…Marianne…

—Él está vivo, ¿entiendes? Eso es lo que importa.

—Que lo esté no borra lo que hice.

Marianne soltó un bufido y se reclinó sobre el respaldo del asiento, cruzando los brazos.

—…No, pero lo convierte en un error que afortunadamente tuvo solución. Ya no te tortures con eso. Mi padre está vivo, tú lo estás, todos lo estamos. Dejemos ya todo eso en el pasado. No tienes que mostrarte agradecido conmigo cada que tienes oportunidad, no me debes nada. Y no digas que pudimos haberte matado y no lo hicimos, porque tú también pudiste haberlo hecho. No somos tan diferentes, después de todo.

Demian mantuvo la vista fija en el camino, escuchando sin decir palabra alguna. Entendía su punto, definitivamente habría podido matarlos si hubiera querido, pero no lo hizo. Se había descubierto a sí mismo retrasando el momento en que lo haría, incluso concediéndoles oportunidades para hacer lo propio con él. Ya no estaba seguro de si lo que en realidad deseaba entonces era matarlos o morir.

En pocas palabras, no tenía que hacer nada por simple gratitud, y a pesar de todo seguía buscando excusas para ayudarla en lo que fuera… pero ¿por qué? ¿Para pasar más tiempo con ella? De pronto se sorprendió de los derroteros de su mente y rápidamente intentó enfocarse de nuevo.

—Si quieres que todo vuelva a ser como antes, sabes lo que eso significa. —Demian finalmente habló y ella volteó hacia él con expresión curiosa, viéndolo esbozar una media sonrisa—. Tendrás que odiarme nuevamente por ser el sujeto que NO te atropelló.

Ella reprimió las ganas de sonreír y estrechó los ojos hasta que se hicieron rendijas.

—¿…Quién dice que no lo hago? De hecho, acepté subirme a tu auto como parte de un meticuloso plan para destruirlo por dentro en cuanto te distraigas.

Demian le dedicó una mirada de fingida sorpresa seguida de un “¡Monstruo!” y ambos terminaron riendo.

Unos minutos después, Demian aparcó frente a un hotel que lucía bastante más lujoso de lo que ella consideraba que su padre podría costear.

—¿Le recomendaste a mi padre hospedarse en ESTE hotel?

—Mi padre tenía negocios con el dueño de la cadena. Solo le pedí un favor en su memoria —respondió él, encogiéndose de hombros como si no fuera gran cosa. Ella dio un suspiro, preguntándose el costo de una sola noche de estadía.

Comenzó a enfilarse hacia la entrada del hotel a la vez que Demian también salía, echándole seguro al auto.

—¿Quieres que te acompañe?

Marianne miró hacia el hotel y luego a él, sintiendo una repentina oleada de sangre bombeando hacia su cabeza.

—Sin ofender, pero… quizá daríamos la impresión equivocada si entráramos ahí juntos —respondió ella con expresión incómoda.

—…Oh, claro. Entiendo. Espero aquí entonces.

Ella intento mostrar una sonrisa tímida y se adentró en el enorme lobby del hotel. Tras un intento de la recepcionista por llamar a la habitación sin respuesta alguna, le permitieron entrar. Aunque ya sabía el número de habitación, un botones la acompañó para asegurarse de que llegara a su destino: la habitación 327. Le sorprendió confirmar los lujos del hotel, sus enormes pasillos, costosas alfombras y decoraciones. Se sintió todavía más incómoda al pensar que de alguna manera Demian se estaría ocupando de la estadía de su padre.

El botones golpeó a la puerta con cortesía y habló incluso a través de un intercomunicador, esperando unos segundos a recibir respuesta. No se escuchaba nada al interior, quizá porque las habitaciones estaban diseñadas de tal forma que el ruido no se filtraba, otro de los detalles que demostraba el nivel de lujo del hotel. El botones finalmente se decidió a pasar la tarjeta especial para emergencias y la puerta se abrió al instante.

—Gracias, yo me encargo desde aquí —lo despidió Marianne y el botones únicamente hizo una reverencia como si fuera de la realeza (o gente influyente a la que seguramente estaba acostumbrado a recibir).

Ella esperó unos segundos a que el botones estuviera lo suficientemente alejado y entró a la habitación. Pensó que estaría preparada después de ver el lujo del hotel, pero no pudo evitar sorprenderse al ver el interior. Aquella no era una simple habitación, era prácticamente un condominio. Todo estaba pulcramente ordenado como si estuviera esperando apenas a ser ocupado. Lo único que delataba la presencia de alguien era la maleta asentada junto a un sillón en el enorme espacio que parecía una sala. Del lado derecho había incluso una cocina, aunque no parecía haber sido utilizada recientemente, y a la izquierda había otra puerta que seguramente llevaba al dormitorio.

De pronto sintió un nudo al interior, como si estuviera a punto de invadir un espacio privado. ¿Y si su padre no estaba solo y entraba en el momento menos apropiado? La sola idea le daba náuseas. Pero trató de sacar aquel pensamiento de su mente y abrió la puerta.

El interior estaba iluminado por la luz del sol que entraba por la ventana, así que podía ver con claridad la silueta de su padre sobre la cama. Parecía solo, así que se permitió exhalar un suspiro de alivio.

Echó un vistazo a su alrededor antes de notar que todo estaba perfectamente ordenado. Justo frente a la cama había una pantalla plana enorme pegada a la pared. Era en definitiva demasiado como para que su padre pudiera costearlo, lo que la hacía volver a la idea de que Demian estaba haciendo mucho más que simplemente solicitar un favor. Y de lo que más segura estaba era que lo hacía impulsado por la culpa, como una especie de retribución, lo que no hacía más que incomodarla.

Dio unos pasos hacia la cama para despertar a su padre y notó que su celular reposaba sobre una cómoda, parpadeando por las llamadas perdidas y los mensajes entrantes. Contrajo el entrecejo con extrañeza. Estaba apenas a un estirar de brazos de la cama, ¿por qué no lo había tomado? Sintiéndose cada vez más intranquila, se aproximó a la cama y lo miró más de cerca. Parecía dormir a profundidad, su semblante era pacífico, pero había algo que la inquietaba; pasó varios segundos tratando de dilucidar qué era cuando por fin cayó en cuenta: no parecía estar respirando.

Desconcertada, tiró de la sábana, pero él seguía inmóvil. El estómago comenzó a endurecérsele hasta hacerse de piedra. Se quedó ahí de pie sin saber qué hacer ni cómo reaccionar. Por su mente empezaron a pasar varios pensamientos; tenía que llamar a alguien, ¿pero a quién? Demian estaba esperando afuera, podía hacerle una rápida llamada y él subiría inmediatamente… pero ¿de verdad quería que él estuviera ahí en ese momento? De por sí se sentía ya bastante culpable, esto… sería demasiado.

Se estaba desmoronando internamente, pero la conmoción no le permitía reaccionar. Mueve las piernas, las manos, ¡haz algo! Y de pronto se dio cuenta de algo en lo que no había reparado anteriormente: tenía una hoja sujeta en su mano.

Percibió un peculiar perfume que ella ya conocía: lavanda, el de los misteriosos sobres que su padre solía recibir. La mente a menudo ofrece formas de escape a situaciones estresantes y se enfoca en las cosas familiares a las que se sabe cómo reaccionar. Para Marianne eran los misterios en ciernes. De modo que se centró en aquel papel entre los dedos de su padre, como si se hubiera quedado dormido aferrado a éste. (Dormido. Incluso su mente se negaba a buscar cualquier otra palabra para ello.)

Estiró una mano temblorosa hacia el papel, tratando de enfocar todos sus pensamientos en su contenido.

Vio de reojo las facciones de su padre, plácidas y pacíficas, contrastante con su inquietante rigidez; sus manos no dejaban de temblar. Pasó un trago con dificultad mientras sus dedos rozaban los pliegues del papel y en cuanto tuvo la intención de tirar de él, de pronto su padre abrió los ojos y se incorporó de golpe, provocando que ella diera un brinco hacia atrás con un fuerte jadeo, expulsando todo el aire de sus pulmones en una sola exhalación.

—¿…Papá? —musitó ella, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Noah volteó hacia ella con expresión confusa, estrechando los ojos.

—¿…Marianne? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo pudiste entrar?

No pudo más que sentir alivio en ese momento, pero trató de mantenerse en control frente a él.

—Llevo toda la mañana tratando de localizarte, mandándote mensajes, llamando a tu teléfono, ¿acaso no lo escuchaste?

Noah miró hacia su celular con aspecto aún desorientado.

—Lo siento, debí quedarme dormido. Me sentía tan cansado.

Era cierto que tenía el rostro más cansado de lo que jamás lo había visto. Lucía tan perdido últimamente. Quizá aquel desbarajuste en su patrón de sueño se debía al hecho de poseer un don ajeno. Se preguntaba si llegaría a asimilarlo algún día o permanecería así siempre. Pero dejando eso de lado…  no parecía respirar mientras dormía.

—Perdón, debería estar más atento —repitió él tras revisar los mensajes y entonces se dio cuenta de la hoja que aún sostenía en la mano. La aflojó un poco para doblarla y meterla en su bolsillo ante la mirada atenta de Marianne—. En fin, ¿ya comiste? Yo muero de hambre.

—Ahm… no, pensaba ir a…

—Bien. Hay abajo un restaurante muy bueno. Comamos ahí. Viene dentro de los servicios incluidos en el hotel —sugirió Noah, levantándose de la cama con la misma ropa que llevaba el día anterior, como si se hubiera recostado con ella puesta y perdido la noción—… Quizá primero un cambio de ropa.

Mientras él sacaba ropa de su maleta, ella echó un vistazo por la ventana y alcanzó a ver el auto de Demian y a él apoyado en este mientras la esperaba. Hizo una mueca y sacó su celular para escribir algo y luego volver a mirar por la ventana. Vio a Demian sacando el suyo del bolsillo y revisándolo por unos segundos. Luego simplemente lo guardó, se dio la vuelta y entró al auto para a continuación marcharse. Era imposible distinguir su expresión desde donde ella se encontraba, así que no tenía forma de saber si estaba molesto o no.

—¿Nos vamos? —preguntó su padre, asomándose en la habitación una vez que ya se había cambiado de ropa. Ella asintió, apartándose de la ventana tras un último vistazo hacia la calle, aunque Demian ya se había ido.

—Todos se preguntaron por qué ya no volviste a la cafetería —comentó Samael más tarde, sentado en el piso de la habitación de Marianne mientras ella hacía tarea en su escritorio.

—Te avisé que comería con mi padre.

—Y les dije, pero todos parecían confundidos después de que te fueras con Demian —respondió él mientras daba cuenta de un paquete de galletas con chispas de chocolate, que se habían convertido en sus favoritas.

Marianne paró de escribir. Justo lo que temía; seguramente ahora empezarían a especular.

—Y luego él llegó y no quiso responder a ninguna de sus preguntas.

—¿Se veía molesto? —preguntó ella sin levantar la vista de su escritorio.

—Mmmmh… no particularmente. Aunque tampoco suele ser muy expresivo.

Eso era verdad. Siempre había sido bastante discreto en sus asuntos y rara vez hablaba con alguien sobre ellos. La única excepción era, quizá, cuando había acudido a ella tras la muerte de su padre, creyendo que tal vez podría tener la respuesta de lo que estaba pasando con él. No la tenía, pero su comunicación había sido más abierta desde entonces. Y eso incluía la repentina discusión que habían tenido horas antes cuando de repente externó abiertamente lo que nadie se había atrevido a mencionar durante el último mes. Lo que la llevó a pensar en su padre. No entendía lo que estaba pasando con él, pero en verdad le inquietaba.

—¿Vas a decirme lo que te preocupa? —Samael interrumpió su tren de pensamiento. Ella lo miró como si la hubiera despertado de una ensoñación.

—…Mi padre no respiraba —respondió Marianne más rápido de lo que esperaba y ante la mirada confusa de Samael intentó explicarse—… Al menos eso me pareció. Entré en su habitación cuando estaba durmiendo. No había ningún movimiento, ningún indicio de que estuviera con vida, pensé… —Se obligó a parar. No podía terminar la frase. Tragó saliva y dio una inhalación—. Intenté tomar algo que tenía entre las manos y fue entonces que despertó. Me dio el susto de mi vida. —Samael no dijo nada, se limitó a escucharla con atención—. Y además parece tan cansado últimamente, tú mismo lo has visto… ¿crees que tenga algo que ver con que ahora posea un don ajeno?

Esperó a que él dijera algo, pero se mantuvo callado por varios segundos, como si estuviera procesando aquella información para dar con alguna respuesta satisfactoria.

—…No sé qué decirte —dijo él finalmente con un suspiro—. El que esté viviendo en posesión de un don que no le pertenece ya es algo sin precedente. Tiene que estar afectándolo por dentro, modificando su estilo de vida, tal vez incluso su comportamiento.

—Demian también estuvo un tiempo viviendo con todos nuestros dones en su interior. Dones que no le pertenecían. Y lo único que estos hicieron fue darle ventaja en algunos aspectos, como el utilizar mi poder… pero fuera de eso, su comportamiento no se vio… ummmh… seriamente afectado.

—Claro —dijo Samael como si prefiriera que siguiera pensando así por lo pronto.

—No me des por mi lado, dime lo que piensas.

—Ya te dije lo que pienso. Cuando lo viste dormido, viste su estado real sin el don.

Marianne apretó la boca.

—¿…Estás diciendo que mi papá es un zombi? No comenzará a comer cerebros o algo así, ¿verdad?

—Estoy casi completamente seguro de que eso no ocurrirá —dijo Samael sin saber si lo decía en serio o en broma—… Escucha, lleva apenas un mes así, con el tiempo su cuerpo irá asimilando el nuevo don. Aunque originalmente no le perteneciera, ahora es  parte de él. Tiene que ajustarse a su nuevo dueño hasta que terminen por fundirse por completo. No es un proceso que ocurra en cosa de un par de meses, los dones normalmente tardan años en madurar y adquirir características de sus dueños para manifestarse. Así que es probable que tu padre continúe así por un tiempo más antes de que logre acostumbrarse a su nuevo don.

Sus palabras tranquilizaron un poco más a Marianne. No quería pensar en su padre como un muerto viviente, pero si eventualmente el don acabaría por volverse uno con él, podría sobrellevar el proceso de asimilación.

—¡Vamos, dime! ¿A dónde te fuiste con Demian? Será más fácil que me digas o bien podría hacerme las ideas equivocadas y mi imaginación puede volar muuuucho —preguntó Lilith mientras se dirigían a su práctica de básquetbol.

—No fue nada, ¿de acuerdo? Sólo me hizo el favor de llevarme al hotel donde…

—¡Oh, por dios! ¿Te llevó a un hotel? ¡Los creí más recatados, jovencitos! —expresó Lilith, llevándose la mano al pecho en ademán escandalizado.

—¡…Al hotel donde se está quedando mi papá! —aclaró ella, sintiendo sus mejillas encenderse y tratando de disimularlo frunciendo el ceño—. ¡Tenía que ir a verlo porque no respondía sus llamadas, punto!

—¿Tu papá se está quedando en un hotel?

Marianne dio una larga exhalación mientras se masajeaba las sienes. Ese era precisamente uno de los temas que prefería no tocar.

—…Es temporal. Y ya no quiero hablar más de ello.

Lilith únicamente asintió y se quedó callada el resto del camino. Los padres siempre eran un tema que tratar con pinzas, y aquella noche sería la reunión, así que Marianne no dudaba que sería un momento incómodo para la mayoría.

Al salir de la escuela, su padre apareció para llevarlos a almorzar. No tenían forma de negarse y también Samael acabó siendo incluido. Noah se veía más descansado que el día anterior, quizá lo único que necesitaba era todas esas horas de sueño el día anterior.

—Estoy pensando regresar a mi trabajo —soltó él durante el almuerzo y ellos pausaron sus movimientos al escucharlo—. Había pedido un tiempo fuera mientras su madre se recuperaba, pero ahora que ella está bien no veo ningún impedimento para regresar.

—¿Volverás a tus viajes? —preguntó Loui, levantando la vista de su plato.

—Pues… era parte de mi trabajo.

—Pero dijiste que no volverías a dejarnos —agregó Loui, su tono cada vez más decepcionado.

—No puedo dejar de trabajar para siempre, campeón. También hay que pagar las cuentas —respondió él con su usual tono afable y mostrando su sonrisa más encantadora.

—Puedes conseguir trabajo aquí.

—No es tan fácil como imaginas —repuso él con el mismo tono calmo y Loui de pronto se incorporó de golpe de su asiento y asentó las manos en la mesa.

—¡Lo sería si de verdad desearas quedarte con nosotros!

Y salió corriendo de ahí ante sus expresiones atónitas y otras decenas de miradas curiosas alrededor del restaurante ante aquella repentina salida dramática.

Noah dio un suspiro y tras darle un sorbo a su refresco decidió también incorporarse.

—…Iré a hablar con él —resolvió con una sonrisa serena, yendo en busca de Loui.

Marianne se limitó a mirar su plato, consciente de que el resto de los comensales ahora comenzaba a cuchichear y aún podía sentir algunas miradas encima, incluida la de Samael intentando asegurarse de que estaba bien, a pesar de saber que ella no hablaría. Y no lo hizo. Decidió seguir comiendo, ignorando las miradas alrededor, y con una leve patada por debajo de la mesa le indicaba a Samael que hiciera lo mismo, así que, como forma de apoyo, siguió su ejemplo.

—¿Qué dices? ¿Recogido o suelto? ¿Cuál me hace ver más joven? —preguntó Enid, levantándose el cabello en una cola para luego soltárselo.

—…Es una reunión de padres de familia, no un club nocturno —le recordó Marianne al notar que iba vestida más como si fuera su hermana mayor a punto de irse de fiesta.

—¿Qué tiene de malo querer verse bien? Tengo muy pocas ocasiones para conocer gente nueva. ¿Sabes lo difícil que es que la mayoría de mis colegas del trabajo casi me doblen la edad y que no les guste salir después de clases? —replicó su madre mientras se recogía el cabello en una coleta y se miraba en uno de los espejos de la estancia.

Sin embargo, Marianne sabía la verdadera razón por la que se comportaba así. Lo mismo hacía cada vez que se molestaba con su padre y últimamente cuando este iba a la casa. De pronto se desaparecía y volvía a aparecer perfectamente arreglada, como si intentara echarle en cara lo que se estaba perdiendo. En muchos aspectos seguía siendo como una adolescente berrinchuda.

—¿Nunca has pensado en ponerte en contacto con tus ex compañeros del instituto o algo?

—¿Crees que no lo he intentado? La mayoría se fue de la ciudad o están demasiado ocupados con sus trabajos de primer nivel que no les da tiempo ni de respirar. Estoy escasa de opciones, necesito conocer más gente; quizá con los padres de tus amigos tenga más en común, al menos tendríamos algo de qué hablar: de ustedes.

Marianne sintió un escalofrío solo de pensar en sus padres compartiendo anécdotas sobre ellos y comenzando a reunirse periódicamente formando una especie de “Club de padres cuyos hijos andan metidos en actividades misteriosas”, comenzando a indagar más en sus vidas e incluso jugar a los detectives con ellos y terminar descubriendo que son el “Club de padres con hijos que pelean contra demonios”, café y donas los viernes.

—Su tío Red vendrá a buscarnos, así que será mejor que estén listos pronto —agregó su madre mientras terminaba de acomodarse el cabello. El sonido de un auto fuera de la casa los puso sobre aviso—… Ah, ya llegó. ¡Loui, Samuel ¿ya están listos?! ¡Es hora de irnos!

Se escucharon retumbar pisadas en las escaleras mientras Marianne únicamente se desperezaba, se subía el cierre de su suéter y colocaba la capucha sobre la cabeza.

—…En serio, ¿así piensas ir vestida? —insistió ella y su madre tan solo entornó los ojos y arrugó la nariz, tomando un largo abrigo del perchero y colocándoselo encima.

En cuanto fueron a abrir la puerta, descubrieron que el auto que se había estacionado era el de Noah. Él los esperaba apoyado sobre este con pose despreocupada y esbozando una de sus encantadoras sonrisas al verlos. Iba vestido con uno de sus trajes formales para parecer más responsable y maduro, supuso Marianne.

—¿…Qué haces aquí? —preguntó Enid casi con una nota de reclamo.

—Decidí pasar por ustedes. Después de todo nos dirigimos al mismo lugar, ¿no?

Marianne le echó un vistazo a su madre; parecía a punto de disparar láseres por los ojos y su rostro entero se había contraído en un enorme puchero. Esperaba el momento en que estallara en una de sus rabietas monumentales, pero en vez de eso caminó de mala gana hacia el asiento copiloto y sacó su celular, seguramente para avisar a su hermano que ya no fuera por ellos. Noah le abrió la puerta con sus usuales modales de caballero y a continuación abrió la trasera.

—Adelante —dijo en dirección a los chicos, señalando el asiento trasero. Loui fue el siguiente en subir, aunque sin tanto entusiasmo después del drama durante el almuerzo, y tras dar un suspiro, Marianne le siguió, acompañada muy de cerca por Samael.

En la escuela se encontraron primero a Lilith y Belgina con sus madres, de modo que presentaron a sus padres y Noah se comportó tan encantador y atento como siempre… quizá un poco demasiado; las dos mujeres parecían encantadas con su plática mientras Enid permanecía prácticamente relegada a un lado, lanzándole a Noah miradas como dagas. Era como volver a secundaria.

—Mmmh… papá, ¿no deberías esperar a Demian y su hermana? —intervino Marianne al notar que su madre ya comenzaba a torcer la boca. Noah sacó su celular y checó en sus mensajes.

—Ya están en camino. Seguro los veremos cuando lleguen.

Y continuó con su plática que cautivaba a todos. Marianne dio un suspiro y se encogió de hombros como diciendo “Lo intenté”. Su madre ya empezaba a mirar alrededor, buscando distraerse, y de pronto comenzó a agitar el brazo al ver lo que parecía ser su salvación. El comandante Fillian iba llegando con Lucianne y pronto se les unieron.

—A lo mejor ya conocen a mi hermano Red. —Enid vio por fin la oportunidad de retomar las riendas de la conversación. El comandante Fillian saludó a las mujeres y reconoció a la madre de Lilith como su enfermera durante el tiempo que estuvo en el hospital, así que le dedicó unas palabras de agradecimiento.

—…Noah —agregó él, dando una inclinación de cabeza por educación, aunque por su tono agrio seguramente aún no le perdonaba el haberse escapado con su hermana dieciséis años atrás.

—Red —respondió él con otra inclinación, aunque más sincera por su parte. De pronto sacó de nueva cuenta su celular que había comenzado a sonar y vibrar con una luz intermitente.

—…Discúlpenme, tengo algo que hacer —se excusó él, apartándose del grupo y dedicándole una mirada a Marianne mientras se dirigía a la puerta lateral por la que habían entrado—. Llegaron.

Marianne vaciló. No supo si seguirlo o no mientras su madre parecía recuperar su confianza. Vio a Demian entrar acompañado por su hermana y Addalynn y reunirse con Noah. Vicky prácticamente lo abrazó como si lo conociera de hace tiempo y él respondió de la única forma paterna-adoptiva en que solo Noah podría. A continuación, Demian presentó a Addalynn.

Ella parecía una muñeca de porcelana con la misma expresión congelada en el rostro, dedicándole una mirada por un par de segundos más de los que normalmente le ofrecía a cualquiera. Sin embargo, fue lo que haría su padre a continuación lo que la preocupó dada la forma en que la chica solía reaccionar ante cualquier acercamiento; en cuanto vio la mano de él comenzando a estirarse hacia ella, no pudo evitar dar un brinco e intentó llegar a él para detenerlo. Pero en cuanto estaba ya a unos pasos, la vio responder al saludo, estrechándole la mano de la forma más breve posible, casi obligándose a hacerlo. Marianne frenó entonces, pensando que quizá había reaccionado precipitadamente, pero antes de que pudiera retornar sobre sus pasos, ya habían notado su presencia y fue integrada al grupo.

Mientras Vicky y Noah acaparaban la conversación, Marianne miró de reojo a Demian, como si esperara descubrir algún gesto que le indicara si estaba o no molesto. Éste lucía serio e inexpresivo al principio, pero al notar que lo miraba, apareció una ligera curva en sus labios, sin embargo, eso bastó para cambiarle el semblante y de paso confirmarle a Marianne que no estaba molesto. Así que también sonrió levemente en respuesta, desviando enseguida la vista y notando que Addalynn los miraba de soslayo, aunque solo por unos segundos, pues nunca parecía enfocarse más tiempo del necesario en los demás.

Los demás fueron llegando en los siguientes minutos y fueron uniéndose al grupo creciente en medio del pasillo, descubriendo algunas coincidencias como que el comandante Fillian y el padre de Angie habían ido juntos a la escuela, aunque no frecuentaran los mismos círculos (y es que con la complexión y el tipo físico de ambos cualquiera podría ubicarlos en lados opuestos de la pirámide estudiantil: el atleta con presencia imponente que era el comandante Fillian y por otro lado el delgado y de apariencia frágil padre de Angie, a quien no era muy difícil imaginarlo metido en una biblioteca y pasando sus noches estudiando en vez de irse de fiesta, con inhalador incluido). También que las madres de Lilith y Belgina habían estudiado juntas, aunque tampoco compartieran el mismo círculo de amigos.

De pronto el comandante Fillian contrajo el entrecejo como si hubiera visto un grupo terrorista irrumpiendo por las ventanas y tomando la escuela como rehén. Apartó entonces a Lucianne del grupo.

—¿Podrías explicarme esto?

Lucianne siguió confundida la dirección de su mirada y descubrió que Frank estaba a varios metros de distancia, apartándose de su familia y aproximándose hacia ellos con las manos metidas a los bolsillos y los hombros tensos. Lucianne balbuceó en busca de alguna respuesta apropiada; se suponía que la escuela era su santuario, donde podían estar sin supervisión. Y ahora ya no sería más un secreto.

—Es… Es Frank, papá. También es estudiante aquí.

—¿Y por qué vengo a enterarme hasta ahora? —Su mirada denotaba lo mucho que la noticia le molestaba y lo que ella menos quería era que le hiciera alguna grosería a Frank, así que tomó aliento y se forzó a enfrentarlo.

—Te he dicho ya que es amigo mío y tendrás que hacerte a la idea de que somos también compañeros de equipo, así que no te extrañe cuando tengamos que hacer algún trabajo juntos.

Su padre volteó hacia ella con la mirada encendida, pero Frank ya se había plantado frente a ellos casi con rigor militar.

—…Buenas noches —saludó de la manera más formal que le era posible y el hombre respondió al saludo de mala gana—… ¿Me permites unas palabras con tu padre?

Ella le dedicó la mirada más horrorizada que le fue posible, pero Frank únicamente le dedicó un leve guiño del ojo y una inclinación de cabeza para hacerle saber que todo estaba bien y sabía lo que estaba haciendo. El comandante Fillian, por otro lado, parecía un doberman a punto de saltarle a la yugular al menor movimiento.

—Iré a saludar a mis amigas —dijo por fin Lucianne con un suspiro, esperando que no fuera en anticipación de una catástrofe.

En cuanto Frank se quedó a solas con el comandante Fillian, tomó aliento y trató de portarse lo más natural y a la vez mesurado que podía.

—…Bien, señor Fillian, sé que no le agrado y que preferiría que me mantuviera a varios metros de distancia de su hija, y por qué no, incluso pedir una orden de restricción porque, seamos sinceros, tiene las herramientas y los contactos para hacerlo, pero en vista de que no lo ha hecho, quiero pensar que aún tengo alguna esperanza de mejorar su opinión sobre mí —soltó Frank de corrido, como recitado de memoria—. Tal vez haya cometido algunos (varios) errores en el pasado y ciertamente no soy el tipo de chico que ningún padre desearía que se acercara a su hija, pero quiero que sepa que mis intenciones son honestas. No estoy acostumbrado a hacer este tipo de cosas, pero Lucianne me ha hecho cambiar en muchos aspectos. Quiero ser una mejor persona para ella. Permítame serlo.

El hombre se limitó a observarlo fijamente con aquella expresión feroz, como si estuviera desollándolo lentamente con la mirada. Era más bajo que Frank, pero su presencia se imponía con aquel cuerpo sólido y la línea torcida de canas a un lado de su oscuro cabello, como un rayo. Frank esperó en silencio, manteniéndose firme frente a él y sin mostrarse intimidado. Había dicho lo que tenía que decir, como perico de todas las veces que lo había ensayado, quizá a un ritmo un poco más rápido de lo que se había propuesto y con un tono no tan humilde como deseaba, pero ya estaba dicho, no podía hacer nada para cambiarlo, solo rezar porque hubiera captado la sinceridad de sus palabras. Después de varios minutos que a él se le hicieron una eternidad, el comandante Fillian finalmente esbozó una sonrisa que, sin embargo, no era la que él esperaba.

—¿Conoces la fábula de la rana y el escorpión, muchacho? —dijo el hombre con una voz que alcanzaba unos bajos que le agregaban un tono intimidante a su voz de barítono. Frank trató de controlar la mueca que se quería trazar en su rostro—. Por tu gesto asumiré que sí, así que seré breve. No permitiré que envenenes a mi hija con tus promesas de cambio. La habrás engañado a ella, pero no a mí. Conozco a los de tu clase: caprichosos, problemas con la autoridad, ataques violentos a la menor provocación… —un breve gesto bastó para hacerle saber que estaba enterado del incidente con el Oficial Perry, seguramente informado por él—… No terminan nada bien, y en su caída no les importa hundir también a sus seres queridos. No dejaré que arrastres a Lucianne contigo, ¿entendido? Guárdate tu veneno de escorpión o te arrepentirás. —Frank no dijo nada, simplemente le sostuvo la mirada mientras el hombre enfocó la vista más allá de él—… Ahora, si me disculpas, iré a saludar a un viejo amigo.

Y se alejó así sin más, dejándolo con expresión de piedra y el cuerpo tan tenso que tuvo que girarlo por completo para obligarse a responder algo, por más que estaba consciente de que aquello solo empeoraría las cosas. No obstante, en cuanto lo hizo su gesto se contrajo y se puso tan pálido como si hubiera visto un fantasma.

—¿Y bien? ¿Cómo fue? ¿Qué querías hablar con mi padre? —preguntó Lucianne en cuanto vio la oportunidad de interceptarlo de nuevo, aunque Frank no parecía escucharla, miraba hacia el frente con el ceño contraído y boca semi abierta—… ¿Frank?

Siguió la dirección de su mirada y vio a su padre platicando con un hombre algo mayor que él con pinta de catedrático, con parches en los codos de su chaqueta y lentes que lo hacían parecer más intelectual. No recordaba haberlo visto antes, ni siquiera en la escuela, así que volvió la vista hacia Frank para intentar nuevamente llamar su atención, pero él de pronto murmuró una maldición y salió corriendo de ahí ante su sorpresa.

—¿Has visto a Loui? —preguntó Marianne, tocando el hombro de Samael—. Mi madre parece tan encantada con su nuevo círculo de amistades en potencia que podría caer fulminada por un rayo aquí mismo y ni lo notaría.

—Vi que salió del edificio. No dijo a dónde iba, simplemente pareció ver algo del otro extremo y decidió irse por el lado contrario.

Marianne se acarició la barbilla con expresión suspicaz y a punto estuvo de hacer algún comentario cuando se escuchó de pronto una resonante bofetada seguida de expresiones de conmoción.

—¡No te vuelvas a acercar a mi hija! ¡Si no quedó claro la primera vez espero que con esto sea suficiente! —exclamó la madre de Belgina, señalando amenazadoramente a Mitchell mientras este se cubría la mejilla con gesto azorado. A continuación, sujetó a una desconcertada Belgina de la muñeca y se la llevó de ahí mientras ella no dejaba de voltear angustiada hacia él.

Mitchell estaba blanco como papel y no salía de su perplejidad, aún cuando su madre ya se había trasladado a su lado para procurarlo.

—…Eso sí que fue inesperado —dijo Marianne, levantando las cejas para reflejar su sorpresa. En ese momento anunciaron por altavoces que todos los padres debían presentarse en el auditorio, así que, tras recibir indicaciones de sus hijos, marcharon en esa dirección.

—Eso debió doler —comentó Lilith mientras Mitchell estaba lívido, y en cuanto bajó la mano, dejó expuesta su mejilla enrojecida y con un ligero rasguño—. Quizá quieras echarte agua en esa zona para evitar que se infecte. —Él únicamente asintió sin decir palabra alguna y marchó como sonámbulo en busca del baño más cercano—. Pobre, está en shock. Cualquiera diría que no ha recibido nunca una cachetada en su vida y me niego a creerlo.

—Quizá no viniendo de la madre de alguien que le importa —respondió Marianne con un encogimiento de hombros.

Vio entonces a Dreyson llegando con su usual ropa dos tallas más grandes y el pelo cayéndole en la cara. Junto al chico iba una mujer más baja que él, de facciones estrechas, cabello y ojos oscuros que observaba a su alrededor casi como un ratón asustadizo. Probablemente su madre. Nadie parecía prestarles atención, ni siquiera para decirles que la reunión ya había comenzado, por lo que permanecieron de pie en la puerta, esperando indicaciones.

Marianne echó un vistazo a su alrededor, con la esperanza de que alguien los notara y dijera algo, pero todos parecían inmersos en sus propios asuntos, o simplemente los ignoraban. Ella terminó dando un suspiro al darse cuenta de que tendría que hacerlo ella misma y caminó hacia ellos. Ni siquiera sabía por qué se tomaba la molestia, quizá simplemente se le hacía injusto para la pobre mujer sufrir también la impopularidad de su hijo.

—…Disculpen —dijo ella para llamar su atención y las dos miradas se posaron en ella. La mujer iba casi tan recargada de ropa como su hijo, con un faldón que le llegaba hasta las pantorrillas y unas gruesas medias de lana debajo, un abrigo también de lana y una bufanda que llevaba enrollada en el cuello y que se encargaba constantemente de acomodar para que se mantuviera en su lugar—… Uhm… La reunión ya comenzó. Están todos en el auditorio.

La mujer sonrió sin decir nada y le dedicó una mirada a su hijo, como esperando a que él le indicara hacia dónde dirigirse. Él solamente asintió y volteó hacia Marianne de nuevo.

—¿Empezó hace mucho?

—No mucho, unos diez minutos —respondió ella y la mujer comenzó a hacer unos movimientos con las manos. Marianne comprendió eventualmente que se trataba de lenguaje de señas. El muchacho se mantenía impávido y solamente hacía movimientos con la cabeza para responder.

—Quiere saber si eres una amiga —tradujo él sin mostrar emoción alguna. Marianne se quedó callada, no solo porque no sabía lenguaje de señas sino porque tampoco tenía idea de qué responder a ello.

—…No sé lenguaje de señas.

—Te escucha —aseguró él y ella comenzó a balbucear en busca de alguna respuesta.

—Ehm, yo… sí. Se podría decir… Me llamo Marianne —respondió ella, sintiendo ahora la responsabilidad de representar tal papel.

La mujer sonrió y le hizo señas a su hijo de nuevo, a lo que él únicamente respondió con un simple “No” y en cuanto ella pensó que le traduciría lo que había dicho, él se limitó a despedirse.

—La llevaré al auditorio —finalizó él, acompañando a su madre.

La mujer se inclinó hacia adelante a manera de despedida y su bufanda se desató ligeramente por lo que se apresuró a acomodarla de nuevo, aunque Marianne alcanzó a distinguir un par de marcas en forma de dedos que comenzaban a amoratarse en su cuello. Fingió no haberlo visto y tan solo respondió con una rápida inclinación de cabeza.

En cuanto marcharon hacia la puerta lateral, ella tomó aliento, comenzando a preguntarse sobre su situación en casa; quizá esa era la razón de su comportamiento.

Se dio la vuelta para regresar con sus amigos y notó que Demian la observaba, pero enseguida desviaba la vista para volver a centrarse en su hermana que seguía hablando sin parar.

—Hey, ¿qué hacías con ese chico? ¿No te andaba molestando? —preguntó Lilith.

—No, eso fue… un malentendido. Solo pensé que alguien debía avisarles que la reunión había comenzado —respondió ella, tratando de quitarse de la cabeza la imagen de aquellas marcas dactilares en el cuello de la mujer. A un lado de ellas, Lucianne lucía preocupada con teléfono en mano—. ¿Qué ocurre?

—No sé, es Frank; de pronto salió corriendo después de hablar con mi padre y no contesta.

—¿Había algo de lo que tuvieran que hablar? —preguntó Lilith, moviendo las cejas.

—No en ese sentido. Ya les repetí varias veces que solo somos amigos.

—Por dios, dale al pobre un respiro. Con razón ha de necesitar un rato a solas si todavía sigues con esa cantaleta de que solo son amigos —replicó Lilith, girando los ojos.

Marianne volteó de nuevo hacia atrás y vio que Demian salía de ahí sin avisarle a nadie. Ella frunció el ceño con extrañeza, pero no podía simplemente ponerse a seguirlo.

—¡…Demonios! —exclamó Frank, dando vueltas como bestia enjaulada en la parte trasera de la escuela, lo suficientemente alejado tanto de la zona del auditorio como del edificio principal para que nadie lo escuchara descargarse—. ¡¿Por qué justo ahora?!

Se detuvo frente a una pared y le dio un golpe tan fuerte que cimbró sus cimientos y tuvo que contenerse, consciente de las consecuencias si continuaba. Se quedó ahí parado, con los hombros subiendo y bajando al ritmo de su respiración pesada mientras esperaba a que su furia aminorara.

—…Soy un imbécil —masculló casi escupiendo las palabras y en eso escuchó voces cerca de ahí. Voces acompañadas de risas.

Se encaminó guiado por ellas hasta llegar a la cancha de tenis. Del otro lado de la red había tres muchachitos reunidos en torno a algo que no alcanzaba a distinguir bien, escuchando frases sueltas como “Agárrenlo bien” o “Ni se te ocurra moverte”, y fue hasta que uno de ellos dio unos pasos hacia atrás que se dio cuenta de que sujetaban a un cuarto, que resultó ser el hermano menor de Marianne. Le habían levantado la camisa y dibujado un círculo en el estómago, y aunque forcejaba por soltarse, era más pequeño y, por lo tanto, más débil que los otros tres.

—20 puntos al que atine al centro, 10 en la periferia y 5 si se desvía a cualquier otro punto —dijo el muchachito que se había apartado, tomando una raqueta del suelo junto con una pelota de tenis y preparándose para hacer el tiro—. ¿Cuál es el premio de esta ocasión? —Uno de los chicos que sujetaban a Loui revisó entre los bolsillos del niño y sacó un gameboy, exhibiéndolo como si fuera un tesoro. El que tenía la raqueta sonrió mientras la mecía en la mano—. ¡Excelente!

—¡Hey! —exclamó Frank y los tres chiquillos de inmediato soltaron a Loui y huyeron en un santiamén sin detenerse a verificar quién se acercaba.

Loui recogió su gameboy y se restregó el estómago, tratando de borrar aquel círculo que parecía pintado con plumón hasta bajarse la camisa.

—¿Todo bien, niño? —preguntó Frank deteniéndose frente a él y Loui se limitó a mirarlo de reojo—. ¿Te hicieron algo esos mocosos?

Él únicamente negó con la cabeza mientras guardaba su dispositivo de vuelta en su bolsillo y volvía la vista al piso con el rostro contrariado. Frank se quedó ahí de pie, pensando qué poder decir ante lo que suponía un momento incómodo para el niño.

—…No quiero que se entere nadie —dijo Loui con voz ronca mientras sacudía su ropa. Frank no movió un dedo para ayudarlo a levantarse siquiera.

—A mí también me molestaban cuando tenía tu edad; fue humillante y no quería decírselo a nadie, pero no duró, aprendí a defenderme y nunca más volvieron a meterse conmigo.

—¿…Cómo se supone que voy a defenderme si soy más bajo que ellos? Que toda mi clase de hecho.

—¿Cuántos años tienes? ¿Doce? En algún momento te llegará la pubertad. Yo no era más alto que tú a esa edad y no fue hasta los catorce que empecé a desarrollarme. Además, existen otras formas para defenderte, solo hace falta ser más listo que ellos —aseguró Frank con un gesto sagaz, como para indicarle que ya se le ocurriría algo. Se llevó la mano al bolsillo y sacó un cigarro, colocándoselo en la boca, y al notar que el niño se le quedaba viendo con una mezcla de recelo y admiración, no pudo evitar esbozar una sonrisa, apretando el cigarro entre sus labios—… Tu hermana no acepta estupideces de nadie, estoy seguro que algo de eso debes tener dentro de ti.

Loui estuvo a punto de protestar cuando algo vio detrás de él que lo hizo detenerse y mostrar un gesto curioso que fue transformándose en desconcierto, forzándolo a retroceder unos pasos. Frank entornó los ojos con confusión, decidiéndose a girar el rostro.

—¿Qué es lo que…?

No pudo terminar su frase, una especie de nube de humo pasó a través de él y su cuerpo sufrió un apagón instantáneo, cayendo al suelo y dejando en su lugar aquella masa incorpórea de humo que empezaba a delinearse en una silueta humanoide con una esfera brillante entre sus manos.

Loui observó aquello paralizado del miedo, sin poder reaccionar apropiadamente cuando vio que aquella figura de humo claramente esbozaba una sonrisa en aquel rostro sin forma, encendiéndose unos puntos rojos en vez de ojos. Fue entonces que decidió que lo mejor que podía hacer era correr.


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