Capítulo 7

7. AHORA VES, AHORA NO LO VES

—¿…Para esto me llamaste? ¿No podías simplemente avisarme que Loui se quedaría solo porque saldrías? ¿Y a dónde se supone que vas? —preguntó Marianne en cuanto llegó a casa y vio a su madre arreglándose.

—Loui es todavía un niño impresionable y justo ahora está sensible después de enterarse de lo de tu padre y yo, así que prefiero no dejarlo solo en estos momentos. Además… saldré con mis nuevas amigas —respondió ella con tono orgulloso, dedicándole una mirada a través del espejo—. Y con eso me refiero a las madres de tus amigas, ¿no te da gusto? Decidimos reunirnos en una cafetería del centro para platicar ya sin ustedes alrededor.

—¿Por qué tan pronto? Apenas ayer las conociste. —Marianne continuó interrogándola con el ceño fruncido, recelosa de que de la nada decidiera salir con “nuevas amigas”. Su madre dio un resoplido, llevándose las manos a las caderas.

—Es fin de semana, dio la casualidad de que hoy no tenían nada más que hacer. ¿Por qué te molesta tanto que haga planes para salir y entable nuevas amistades? Tú lo haces todo el tiempo, sales con tus amigas, te diviertes, yo no he podido hacer nada de eso desde que llegamos aquí. También tengo derecho a distraerme, ¿sabes? —replicó Enid, centrándose en su cabello.

—…Les dijiste lo de papá —espetó Marianne y Enid soltó otro suspiro—. No tenías por qué hacerlo. Nadie más tenía que enterarse. ¿Por qué tenías que anunciarlo a personas que acababas de conocer?

Enid guardó silencio unos segundos observándola a través del espejo, como si estuviera meditando qué responderle hasta que terminó encogiéndose de hombros.

—…Declaración de libertad —dicho esto, volteó hacia su reflejo y continuó arreglándose mientras Marianne daba un zapatazo y salía de ahí a toda prisa, bajando a la sala donde Loui intentaba enseñarle a Samael a jugar uno de sus videojuegos.

—¡Presiona A para avanzar y B para saltar! ¡No el botón de arriba, solo vas a lograr que nos maten a los dos! ¡Dispara con C, dispara con C! —exclamaba Loui dándole instrucciones, y Samael miraba atentamente a la pantalla con expresión embrollada, apretando botones del control al azar. Marianne simplemente se dejó caer en el sillón a un lado de ellos y se enfurruñó con la vista fija en el televisor.

—¿Estás bien? —preguntó Samael, mirándola de reojo y a la vez tratando de estar atento al videojuego.

—Vuelve a preguntar al rato —respondió ella apretando la boca, esperando a que se le pasara el coraje.

—¡Dispárale al monstruo de los cuernos, no a mí! ¡¿Qué tan difícil puede ser?! —Loui se retorció en su asiento como si siguiera los movimientos de su personaje hasta que la leyenda “Game over” apareció en la pantalla y se dejó caer en el sillón mientras Samael seguía presionando inútilmente su control—… Primo Samsa, apestas.

—Dale el manual de la consola y del videojuego y verás cómo en cuestión de horas estará pateándote el trasero —farfulló Marianne mientras Samael soltaba el control y se echaba para atrás en medio de ellos.

Los tres se quedaron desparramados en el sillón como si se hubieran quedado sin pilas y no tuvieran nada más que hacer hasta que Enid bajó por las escaleras vestida con mezclilla y tacones y hasta un suéter azul que a Marianne se le hizo conocido.

—¡…Hey! ¿Qué no ese suéter es mío?

—Lo tomé prestado, cuando regrese te lo devuelvo —respondió ella, restándole importancia—. Regreso en un par de horas. Se portan bien, sobre todo ustedes dos porque de Samuel no lo dudo, él es un ángel.

—…No tienes ni idea —masculló Marianne entre dientes, tratando de pasar por alto el hecho de que ahora a su madre le diera por usar ropa suya. ¿Qué seguía? ¿Su uniforme?

—Hay comida suficiente en el refrigerador o si quieren, pueden ordenar pizza. ¡Pero recuerden que nada de dulces para Loui! —instruyó ella a su salida.

—¡Oh, por favor! ¿Por qué no simplemente me amarran a la cama y me alimentan con sondas? ¡Ni siquiera soy diabético! —protestó Loui y su madre tan solo hizo una seña para que se anduviera con cuidado y salió de ahí—… Vaya forma de arruinar la diversión.

Y volvieron a quedarse los tres callados, mirando a un punto en el espacio por varios minutos hasta que Loui se puso de pie.

—Ya estoy harto de esto. Iré a leer a mi cuarto —decidió él, revolviendo entre la torre de cartuchos que tenía regados en la mesa del té y sacando un manual para entregárselo a Samael—. Apréndete esto a ver si a la próxima logras al menos pasar del primer nivel.

—¡Oye! No nos has dicho qué hacías en la cancha de tenis —dijo Marianne antes de que él saliera de la sala. El niño se detuvo por unos segundos como si se lo pensara.

—…Paseaba por ahí —respondió con un encogimiento de hombros y subió corriendo a su habitación. Marianne dio un resoplido, consciente de que ocultaba algo.

—Tú puedes leer su mente, ¿captaste algo? —preguntó Marianne, volteando hacia Samael que ya había comenzado a leer con curiosidad el manual que le había dado Loui.

—¿…Eh? ¿Se supone que debía?

—Pfffft, olvídalo. Ya me enteraré en lo que anda metido —concluyó ella con otro resoplido y volviendo a desparramarse en el sillón con aburrimiento—. ¿Encontraste siempre lo que buscabas? —Samael la miró sin entender a lo que se refería—. En casa de Demian. Parecías perdido en tu mente… ¿lograste hablar con ella? —Él le dedicó una mirada insondable y ella levantó una ceja—. ¡Oh, vamos! Tú siempre presumes saber todo sobre mí y lo que estoy pensando. ¿No crees que yo también puedo darme cuenta cuando algo te preocupa? Revirtamos los papeles un poco, yo también puedo actuar como tu ángel guardián. Así que habla, dime tus preocupaciones.

Samael terminó por sonreír y meneó la cabeza. No podía mencionar lo que había hablado con Demian pues sabía lo que aquella discusión acarrearía. Y, por otro lado, tampoco podía decirle gran cosa sobre Addalynn pues no había conseguido información nueva al respecto. Seguía en las mismas.

—Hay mucho interés alrededor de esa chica —continuó Marianne en vista de que él no hablaba—. No sé qué sea, es como si tuviera esta fuerza de atracción que mantiene a todos a la expectativa, esperando algo de ella.

Samael la miró con expresión seria. Era justo como él se sentía. Se preguntó si quizá estaría dándole demasiada importancia a algo que al parecer varios más percibían a su alrededor.

—…En fin, creo que iré a hacer algo de tarea. —Se estiró hacia la mesa del té y tomó la cuja del videojuego que Loui y él habían estado jugando—. Aquí vienen algunas instrucciones sobre el juego. Con ellas y el manual estoy segura de que podrás vencerlo la próxima vez. —Se puso de pie y se dirigió hacia las escaleras, deteniéndose a unos metros—… Por cierto, vete preparando para decidir a qué club te unirás porque es la semana de reclutamiento en la escuela. Y se vuelve todo un caos en esos días. Te va a encantar.

Tras decir esto, subió las escaleras, dejándolo a él contemplando la cuja de “El imperio de los dioses”, con dos personajes al frente enzarzados en cruenta batalla con dos ejércitos contrarios a sus espaldas. Blanco y negro, luz y oscuridad, el bien y el mal. Nada gris como hasta ahora parecía estar compuesto este mundo. Se reclinó hacia atrás sin dejar de contemplar la portada y se sumió en sus pensamientos una vez más, preguntándose hacia qué lado se inclinaba más el gris.

Tras la reunión que había acabado mal, Vicky se había encerrado en su habitación y no había vuelto a salir en todo el día. Demian se había instalado en su puerta, decidido a quedarse ahí toda la noche si era necesario hasta conseguir que le abriera.

—…Vicky, ábreme. ¿No piensas decirme qué fue lo que pasó? —dijo él tocando insistentemente, pero ella no respondía—… ¡Vicky!

Alguien le tocó el brazo, apartándolo y al voltear, vio que Addalynn ya estaba frente a la puerta.

—…Givicha, abre —ordenó ella sin alzar la voz. Ni siquiera tuvo que repetirlo, no pasaron ni diez segundos y Demian escuchó el sonido del seguro de la puerta.

—¿…Cómo rayos le haces? Es como si tuvieras una especie de influjo sobre ella.

Addalynn le dedicó una mirada inescrutable y se regresó a su habitación sin decir palabra, como si su trabajo ya estuviera hecho. Demian la siguió con la vista y luego intentó concentrarse en su hermana, así que volteó hacia la puerta nuevamente y abrió.

—¿…Vicky? —Entró a la habitación y la encontró en la cama con el rostro sobre su almohada y pijama con temática de las chicas tartaleta—… Muy bien, dime ahora qué te pasa. Tú querías esta reunión, ¿no? Entonces no entiendo por qué decidiste abandonarla y dejarme toda la responsabilidad a mí. Tuve que despedir a todos tus invitados con excusas.

Ella no respondió, tan solo dejó escapar un sollozo y se hizo ligeramente a un lado para hacer espacio para él. Demian giró los ojos y se sentó en la orilla de la cama para seguirle la corriente, dándole unas palmadas en la espalda.

—Ya no eres una niña para comportarte así. No dejarás una buena impresión en tus invitados —aconsejó él y Vicky acabó por relajarse y apartó la cabeza de la almohada.

—¿…Crees que alguien tendría alguna razón para odiarme? —preguntó ella, apenas y dejando espacio entre ella y la almohada para poder hablar.

—Pues… puedes ser algo caprichosa a veces —respondió él casi sin pensarlo y Vicky volteó con el rostro dolido e indignado—, pero no como para que alguien te odie. ¿Alguien te dijo algo o te hizo algún desplante? —Ella parecía indecisa entre decirle o no—… Vicky, dime quién fue.

—No fue nada. Solo… un pequeño incidente —dijo ella finalmente, decidiendo no hablar. Se enderezó y al ver a Demian ahí frente ella, dispuesto a consolarla a pesar de saber lo mucho que le incomodaban esas situaciones, lo estrechó fuertemente—… ¡Gracias por estar aquí! Eres lo único que me queda. No sé qué haría sin ti.

El rostro de Demian se contrajo levemente con una punzada. Si ella supiera la verdad sobre él, que ni siquiera era humano… ¿cómo reaccionaría? Además… era el responsable de la muerte de sus padres. Si no fuera por él, ellos seguirían con vida, de eso no tenía duda. Si se enterara de eso, ¿lo perdonaría? Luego pensó en lo que podría ocurrir si los dones volvían a él. ¿Y si le hacía daño? No podría vivir con eso jamás. Ser el artífice de la muerte de su familia entera sería el fin para él y para aquella frágil pieza de humanidad adquirida a la que intentaba aferrarse con todas sus fuerzas. Aquello facilitaba más su decisión de dejar su vida en manos de Frank y el ángel. Solo esperaba que ellos cumplieran con su parte del trato.

La caótica semana de los clubes comenzó el lunes. Los estudiantes recorrerían los clubes y tenían hasta finalizar la semana para unirse al que más les interesara, y en el caso de estar ya en último año y no haberse unido a alguno aún, ya no tenían opción más que hacerlo; era un crédito curricular después de todo.

Marianne revisaba el horario de la semana. En cuanto había llegado a su salón, notó en la puerta una especie de dispensador con varios folletos. No había planeado unirse a algún otro club, pero mientras veía la lista no podía evitar enfocarse en aquellos a los que Demian pertenecía, sobre todo Esgrima. El semestre pasado ni lo habría considerado, sobre todo después del “consejo” de Lester en su muy particular manera arrogante. Y por supuesto, también estaba el hecho de que no soportaba estar cerca de Demian en ese entonces. Pero las cosas eran diferentes ahora, y si lo pensaba bien, aquella podría ser una buena manera de mejorar sus habilidades con la espada, sobre todo cuando acechaban nuevos peligros. Seguramente Samael estaría de acuerdo en ello.

—Hey, ¿todo listo para tu primera exhibición esta semana? —dijo ella a modo de saludo en cuanto vio a Angie llegar con un folleto a la mano.

—Lo mismo pregunto. La suya será el miércoles, ¿no?

Marianne sintió un leve vuelco en el estómago al recordarlo. La semana pasada el entrenador se había dedicado por completo a prepararlas, pero sentía que no estaban listas. Sin contar que nunca habían tenido un partido de práctica, y según el entrenador, había invitado a un equipo de otra escuela para que les ayudara durante la exhibición, y eso la ponía todavía más nerviosa.

—…Trato de no pensar en ello hasta que sea el momento —respondió Marianne, sacudiendo la cabeza para alejar aquel pensamiento. Lilith llegó con expresión torturada, dejándose caer en su asiento junto al de Angie y dando una larga exhalación.

—Me enteré de lo que pasó. Sí que tienes mala suerte —comentó Marianne y Lilith se echó sobre su escritorio en pose dramática.

—¡No debí ir! ¡Sabía que no debía ir! —se lamentó la rubia, apoyando la frente en su antebrazo.

—No te angusties, fue un accidente, estoy segura de que ella lo entenderá.

—Aunque se veía bastante contrariada cuando salió corriendo empapada y llena de pastel —añadió Angie.

—¡Shhhh! Intentamos animarla no hacerla sentir peor —dijo Marianne entre dientes.

—…Olvídenlo. Será mejor que no intervengan, yo solita me lo busqué —aseguró Lilith con tono derrotista.

—¡Ay, por favor! ¡Ni que hubieras intentado asesinarla! —espetó Marianne y Lilith enseguida se crispó al recordar las imágenes que las voces le hacían ver.

—N-No, pero…

—¡Pero nada! Te disculpas con ella por lo que pasó, le dices que fue un accidente y listo, asunto arreglado. ¿Qué tan difícil puede ser eso?

—No es tan fácil como piensas —murmuró ella, con la vista fija en sus manos.

Marianne quiso refutarle, pero Vicky iba entrando con Addalynn, deteniéndose de pronto al ver a Lilith. La rubia, por su parte, se encogió en su asiento y desvió la mirada. Addalynn simplemente se dirigió a su escritorio y Vicky tomó aliento. Dejó su mochila en su lugar, saludó a Angie y antes de que pudieran decirle cualquier otra cosa se acercó al escritorio de Marianne.

—Creo que deberíamos hacer un último intento de reunión de equipo hoy —dijo ella tratando de sonar casual—… Ya sabes, por la exposición de mañana.

—…Sí, claro. ¿En tu casa de nuevo? Tengo ya casi terminadas las diapositivas, puedo enviártelas o llevarlas en usb.

—Como mejor te parezca —respondió ella con una sonrisa que no salió tan natural como siempre—. Por cierto, ¿podrías decirle al chico de lentes…? —Hizo una pausa como si intentara recordar su nombre.

—…Dreyson —agregó Marianne para ayudarla.

—¡Eso! ¿Podrías decirle? Me intimida un poco y por alguna razón parece que tú no tienes ningún problema para hablarle. Solo esperemos que no vuelva a hacer algo como la otra vez, porque no creo que Addalynn lo deje pasar de nuevo.

—Descuida, le diré.

El profesor llegó en ese momento y junto con él varios estudiantes más entraron, incluyendo Belgina, con el semblante parco. Marianne hizo el ademán de saludarla, pero en vez de responder el saludo, su rostro se ensombreció y bajó la vista. Marianne contrajo el ceño, confundida. Buscó con la mirada a sus otras amigas y ellas parecían tan perdidas como ella.

El último en entrar fue Dreyson, tan desgarbado como siempre y con aquel uniforme que le quedaba más grande. El cabello le caía en la cara, cubriendo sus ojos, pero al acercarse a su asiento, miró de reojo a Addalynn, que se mantenía impertérrita. Marianne escribió algo en un trozo de papel, hizo una bola con este y la lanzó hacia él, cayendo justo en medio de su escritorio.

Ella mantuvo la vista hacia el frente para hacer como que prestaba atención a la clase mientras alcanzaba a escuchar el leve sonido del papel siendo desarrugado y luego volviendo a arrugarse. Unos segundos después cayó frente a ella otra bola de papel. Lo abrió con cuidado y leyó: “Ahí estaré”. Sin referencias extrañas y directo al grano. Bien, estaba aprendiendo. Arrugó la nota y la guardó. Si algo debía reconocer era que al menos parecía estar poniendo un poco de su parte (aunque claro, quizá el hecho de que ahí estaría Addalynn tenía que ver, pero estaba dispuesta a darle el beneficio de la duda).

El recorrido por los clubes comenzó a las 10. Marianne trató de acercarse a Belgina, pero esta salió apurada de ahí y ella volteó hacia sus amigas más confundida que nunca.

—Yo… iré a buscarla. Las alcanzamos luego —dijo Lilith, saliendo de su sala con su cronograma a la mano. Marianne y Angie intercambiaron una mirada, considerando demasiado obvio que estaba huyendo de Vicky.

Mientras se dirigían a la primera parada del itinerario, Kristania se unió de pronto a ellas, su par de amigas vigilando muy de cerca como si quisieran evitar algún otro incidente con Addalynn, a pesar de que esta no parecía prestarles atención.

—Apuesto a que estás emocionada de ver a tu hermano en acción —dijo con ligereza, enfocada en Vicky—. La exhibición de esgrima es en unos minutos, ¿quieres venir?

—¡Sí, por supuesto que quiero verlo! —expresó Vicky, yendo tras ella mientras Addalynn permanecía unos pasos detrás. Marianne giró los ojos e intercambió una mirada de reconocimiento con Angie.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Samael una vez que se reunieron en la intersección, con todos los estudiantes dirigiéndose en masa hacia el gimnasio.

—A la exhibición de esgrima y luego al domo de natación; tenemos todo el día para visitar varios clubes —respondió Marianne, sacando su cronograma y señalando los horarios—. ¿Mitchell no vino hoy?

—Me llegó un mensaje de él diciendo que hoy no llegaba a clase porque había enfermado o algo así.

—Qué raro.

—Debe ser algo de familia —dijo Lucianne con un suspiro.

—¿Frank tampoco vino?

—Sí, pero ha estado muy raro desde el viernes. Casi no me habló y en cuanto anunciaron que empezaríamos a recorrer los clubes, simplemente se marchó sin decir nada. No sé, me preocupa. ¿En qué estará pensando?

—Tan solo le gusta el drama, no le des por su lado —espetó Marianne y Lucianne dio un resoplido resignado. Luego pareció ocurrírsele algo y volteó hacia Samael, sonriendo de tal forma que él pareció entender sus intenciones—. Olvídalo, él no lo hará sin el consentimiento de los demás —agrego Marianne y ella dio otra exhalación derrotada.

—Puedo hablar con él —ofreció Samael, esperando ser útil de esa forma.

—¡En serio te lo agradecería!

Marianne sintió que la empujaban al pasar a su lado y vio que eran los tres niños que sospechaba que molestaban a su hermano. Pasaron corriendo sin prestar atención a quién empujaban. Ella frunció el ceño al darse cuenta de que más adelante también iba su hermano, escabulléndose. De paso, notó que Lilith se asomaba por un pasillo y luego volvía a desaparecer.

—…Cosas extrañas pasan últimamente —murmuró Marianne, torciendo las cejas.

Lilith regresó a una pequeña área amueblada junto al área docente donde se dejó caer en uno de los sillones junto a Belgina y dio un suspiro.

—El área está despejándose. Supongo que en unos minutos el pasillo estará libre… ¿podrías ahora sí decirme qué pasó el sábado?

Belgina mantuvo la mirada fija en la mesita del centro. Se quitó los lentes de pronto y comenzó a limpiarlos con un pañuelo.

—Estuve hablando con Marianne… sobre Mitchell —expresó finalmente—… Ella cree que estoy siendo un poco dura con él.

—Pues quizá lo seas, quizá no —admitió Lilith, meneando la cabeza como si no se decidiera por cuál decantarse—. Independientemente de lo que podamos opinar, eso solo te corresponde a ti el decidirlo.

—¿Tú qué crees? —preguntó Belgina, colocándose de vuelta los lentes y mirándola como si esperara encontrar una opinión diferente en ella.

Lilith lo meditó por un instante. Quizá su reacción parecía exagerada y todo se solucionaría hablando directamente con Mitchell sobre sus inquietudes, pero luego recordó su propia situación con Vicky. Quiso hacer de lado sus temores, intentó un acercamiento con ella y había terminado mal. Quizá no de forma trágica o funesta, pero en definitiva le había arruinado su fiesta. No se sentía con la autoridad moral para dar su opinión al respecto.

—Creo que cada quien lidia con sus propios demonios de forma distinta a los demás. Si todos reaccionáramos de la manera en que el resto de las personas lo espera sería… no sé, aburrido… Me he quedado sin frases geniales para citar, tendrás que ayudarme con eso.

—…Seríamos constantes matemáticas —agregó Belgina, sumida en sus propios pensamientos—… Cifras predecibles que nunca cambian en cada cálculo. El valor esperado.

Lilith se encogió de hombros y esbozó una sonrisa divertida.

—…Tú sabrás. Eres la cerebrito, después de todo. —Belgina se permitió una sonrisa—. ¿Y solo fue eso? ¿Te dijo que estabas siendo dura con Mitchell y por eso la estás evitando? ¿Por tomar partido?

—…No, claro que no —respondió ella, dando un suspiro—. Entiendo su punto, siente que nuestra dinámica de grupo se está viendo afectada por esta situación y tiene razón. Simplemente hay cosas que me cuesta un poco más de tiempo enfrentar.

—¿Eso significa que eventualmente perdonarás a Mitchell?

Ella no respondió, mantuvo la vista fija en la mesa donde reposaban algunas revistas y panfletos referentes a la escuela, y con un leve movimiento de dedos envió ráfagas de aire que comenzaban a pasar las hojas al azar.

—No es cuestión de que lo perdone o no. Ni siquiera debatir si hizo mal —continuó ella, volviendo a cerrar la revista con otra ráfaga—… Es la vergüenza, por haberme comportado de esa forma, y ahora la culpa por lo que mi madre hizo.

—Esa bofetada fue intensa.

—Mi madre puede ser muy intensa —admitió Belgina—… El problema es que yo soy demasiado débil. Si al menos tuviera el valor de enfrentar mis propios conflictos… pero no lo hago, simplemente lo evito. Lo hago hasta que todo termina estallándome en la cara.

Lilith no pudo hacer más que pasarle el brazo por los hombros y darle unas palmadas en señal de apoyo. No podía decirle nada que fuera de ayuda, ella también tenía su propio conflicto que no se atrevía a enfrentar.

….

Demian tenía ya puesto el uniforme de esgrima y estaba de pie frente a una de las bancas pegadas a los vestidores. Parecía ansioso, moviendo inquieto uno de sus pies, alejado de sus demás compañeros que también estaban ya listos para comenzar la exhibición.

—¡Suerte, hermano! —Vicky corrió hacia él y le dio un abrazo—. ¡No estés nervioso! Seguro que todo sale bien.

Demian intentó sonreír mientras ella corría de regreso con el grupo y notó que Marianne se había detenido a observarlo. Probablemente sabía lo que pasaba por su mente en ese momento.

—¿Te preocupa Lester?

Demian echó un vistazo hacia los vestidores por última vez.

—…No ha salido de ahí. Nos sacó a todos diciendo que requería concentración total… Pero ambos sabemos lo que sucederá en el momento en que salga de ahí y comience la exhibición. No podrá dar ni dos pasos sin que los pies se le enreden o el florete se le caiga de la mano. Y aún así querrá continuar. Lo hará hasta que acabe en el suelo, negándose a afrontar el hecho de que ha perdido su habilidad de nuevo.

—¿No pueden hablar con su entrenador y pedirle que lo saque de la exhibición? Claramente debe haber notado algo raro en su comportamiento. Quizá puedan inventarle una lesión o algo —sugirió Marianne y una chispa en la mirada de Demian le indicó que una idea se formaba en su mente.

—…Aquí viene —finalizó él con un movimiento de cabeza.

Lester salía ya de los vestidores y Demian se colocó en posición mientras ella se unía nuevamente con sus amigos en las gradas.

—¿Qué hablabas con Demian? —preguntó Lucianne en voz baja, con un tonito y una sonrisa demasiado parecida a Lilith.

—¿…A qué viene esa sonrisa? —replicó entornando los ojos, malhumorada.

—Oh, nada —respondió Lucianne sin borrar aquella sonrisa pícara.

Marianne optó por mirar al frente y notó que a unos metros de ella estaba sentado Dreyson, observando a su alrededor atentamente. No se había decidido si saludar o no, pero cuando él la vio, de pronto se levantó y se sentó un poco más cerca de ella, como si decidiera aferrarse a la única persona con la que había entablado conversación hasta entonces. Esperó que no fuera algo que tomara por costumbre.

—¿De qué se trata esto? —preguntó él con la mirada fija en la pista.

—¿…Te refieres al club o en general? —inquirió ella, arqueando una ceja, pero solo siguió mirando alrededor sin responder. Ella dio un suspiro y decidió darle una breve explicación—. “Esto” es parte de la semana de los clubes; los alumnos deben elegir un club al cual unirse. Hay de toda clase: deportivos, artísticos, académicos, etcétera. “Este” en específico es el club de Esgrima. ¿Enfrentamientos con espada y todo eso? ¿Has oído hablar de ello alguna vez? —El chico siguió sin responder, aunque su mirada ahora parecía enfocarse en Addalynn, sentada en la fila de abajo. Marianne giró los ojos con hastío, pensando que había perdido su tiempo intentando explicarle—. Si le preguntas algo a alguien, lo mínimo que podrías hacer es prestarle atención.

—Lo escuché. Semana de clubes, club de Esgrima, pelea con espadas. Lo tengo —respondió el chico, mirando brevemente hacia ella.

—Muy bien; ya que eres tan listo entonces atiende a la exhibición que ya está por comenzar —finalizó ella, señalando hacia el frente con la barbilla.

La mayoría de los chicos del equipo ya se habían puesto sus caretas y comenzaban a colocarse en posición. En un extremo se encontraba Demian haciendo movimientos con su florete, cortando el aire, y mientras se colocaba también la careta, le echó un vistazo a Lester en la otra punta. Este daba breves saltos y agitaba la cabeza, y en cuanto se puso su máscara empezó a dar vueltas en el mismo punto, como si buscara la posición correcta en la que debía colocarse, los pies bailándole torpemente al igual que el florete en sus manos.

Le tomó varios segundos, pero en cuanto se puso firme y el silencio llenó el lugar, algo le hizo resbalar y caer de rodillas. Se escuchó el eco de un crujido, el sonido de algo quebrándose (huesos) seguido de un alarido de dolor. Toda la atención se centró en él. Su pierna se había doblado en un ángulo poco natural. Sus compañeros más próximos se inclinaron hacia él para ayudarlo a la vez que el entrenador se acercaba a toda prisa. Demian permaneció en su sitio, simplemente observando.

—¿Eso es parte de la práctica? —preguntó Dreyson sin inmutarse.

—…No, eso fue un accidente. Debió de haber asentado mal el pie o algo —comentó ella, mirando preocupada hacia Lester y luego a Demian, que parecía demasiado tranquilo para lo que acababa de ocurrir.

En cuestión de minutos, Lester fue trasladado a la enfermería y el entrenador resolvió que la exhibición iniciara sin él, así que todos volvieron a colocarse en sus lugares. La exhibición comenzó, el resto de los miembros del club esgrimieron sus floretes y empezaron a batirse en duelo con quien tuvieran en frente. Uno por uno fueron eliminados, hasta que al final Demian fue el último en quedar en pie y el público irrumpió en aplausos.

—¡Ese es mi hermano! —exclamó Vicky orgullosa mientras Kristania aplaudía a su lado de forma contenida, sin sus usuales gritos para llamar su atención.

Marianne miró hacia Samael, esperando algún comentario, pero él estaba ocupado observando a Addalynn, quien a su vez miraba con inusual atención a Demian.

Momentos después todos se levantaron para dirigirse al siguiente punto o a la mesa de registro. Marianne se acercó a esta sin pensarlo mucho y escribió su nombre en la lista.

—¿…Vi bien? ¿Acaso piensas unirte al club? —preguntó Demian incrédulo al acercarse a la mesa con una botella de agua.

—No es exclusivo para hombres, ¿o sí?

—No, pero…

—Se basa en destreza y habilidad, ¿no? Pues te aseguro que puedo manejar una espada —continuó ella con resolución.

—Bien, es tu decisión finalmente —finalizó Demian, levantando la mano en señal de rendición. Marianne volteó hacia los demás mientras fingía escribir algo más en la libreta de registro.

—¿…Lester estará bien? —preguntó de forma casual, aunque atenta a su reacción.

—Escuché hace un momento que lo llevaron al hospital. Iré a verlo después de clases.

Marianne únicamente asintió y asentó la pluma a un lado.

—Bien, nosotros debemos continuar. Nos vemos después —se despidió ella mientras Demian la seguía con la mirada.

—¿…Estás segura? —preguntó Samael en cuanto salieron del gimnasio.

—¿Te refieres a unirme al club? Estuve pensándolo; creo que me sentaría bien para aumentar mi destreza con la espada —aseguró ella, realizando un movimiento rápido con la mano imitando a un espadachín.

—Qué temeraria, entrar en un equipo de puros chicos; debe gustarte mucho la esgrima —comentó Kristania desde atrás, tratando de ir lo más cerca posible de Vicky. Tenía un brillo sospechoso en la mirada a pesar de querer sonar casual.

—Te sorprendería lo bien que se me da —replicó Marianne, forzando una sonrisa. Si quería seguir portando aquella máscara, ella también podía seguirle el juego.

El grupo de estudiantes continuó hacia el siguiente punto del itinerario: el domo de natación. Era la primera vez que Marianne entraba al recinto en todo el tiempo que llevaba en la escuela. Había una extensa alberca y una plataforma escalonada que constaba de tres niveles de trampolín, además de otras cinco pequeñas banquetas de salida sobresaliendo de un extremo de la alberca para las competencias de nado.

Como las gradas fueron insuficientes para la gran cantidad de estudiantes, el resto se arremolinó alrededor de la piscina a una distancia prudente. La exhibición inició con algunos miembros del equipo de clavados saltando desde los trampolines.

—Quizá estamos demasiado cerca —comentó Marianne, tratando de retroceder apenas sintió el agua salpicar, pero el lugar estaba repleto.

—¡Wow! ¿Viste eso? Deberías entrar al equipo —dijo Vicky dirigiéndose a Addalynn, pero ella no respondió nada, aunque tampoco perdía detalle.

—¿Y tú tienes interés en algún club en especial? Porque quizá te gustaría considerar básquetbol como con nosotras —intervino Kristania, haciendo gala de una amabilidad desmedida que solo mostraba cuando algo le convenía.

—Oh, no sé, no lo creo. Soy muy torpe para las actividades físicas.

En eso escucharon murmullos entre el público seguidos de un fuerte chapoteo. Voltearon y vieron un pequeño manchón en el agua que emergía por un instante, agitando los brazos para volver a hundirse.

—¡…Loui! —exclamó Marianne al reconocerlo y corrió hacia la orilla, pero no se atrevió a arrojarse pues no sabía nadar y lo peor era que tampoco su hermano.

Samael se lanzó al agua y nadó lo más rápido que pudo hacia el niño, que por más que pataleaba no dejaba de hundirse como si su cuerpo fuera de plomo. Estaba ya a un estirar de brazo de distancia, solo debía sujetarlo, pero de pronto algo tiró del niño por la espalda. La mirada azul brillante de Addalynn lo miró fijamente antes de ascender a la superficie con la misma rapidez con que había surgido. Samael vaciló un instante antes de seguirla y emerger del agua.

Loui tosía sentado en la orilla mientras Addalynn se erguía y con un solo movimiento de cabeza se pasó el cabello al frente y comenzó a exprimírselo, ignorando las miradas de los demás.

—¡¿Qué hacías en la piscina?! —preguntó Marianne, conteniendo las ganas de sacudirlo—. ¿Acaso te empujaron?

Loui alzó la vista sin dejar de resollar, los ojos parpadeándole frenéticamente a causa del cloro de la piscina. Se descubrió siendo el centro de las miradas y enseguida bajó la vista mientras terminaba de toser.

—Nadie me empujó. Yo me arrojé.

—¡Mentira! Ni siquiera sabes nadar.

—¡Pues aún así lo hice, ¿de acuerdo?! —insistió él. Su cuerpo ya comenzaba a tiritar de forma incontenible hasta que le colocaron un abrigo encima, por lo que volvió a alzar la vista, confundido.

—Póntelo, no te vayas a enfermar —dijo Vicky con una sonrisa tras desamarrarse la gruesa chamarra que traía a la cintura. Loui únicamente la miró fijamente en silencio—. ¡Oh, sí! Lo siento, creo que no nos han presentado. Soy Vicky, tú debes ser el hermanito de Marianne. ¡Mucho gusto!

Loui siguió sin responder, pero sus mejillas comenzaron a encenderse y rápidamente bajó la mirada y se hundió en la chamarra, invadido por la vergüenza. Uno de los profesores a cargo llevó a Loui a la enfermería y Marianne decidió seguirlos. Tanto a Samael como a Addalynn les habían pasado ya unas toallas y él se puso de pie para secarse el cabello, mientras uno de los profesores de natación se acercaba, entregándoles una tarjeta a cada uno.

—Fue impresionante y heroico lo que hicieron, muchachos. Deberían considerar el unirse a este club —propuso el profesor, dándole una palmada a Samael en la espalda y un asentimiento de cabeza para Addalynn—. Piénsenlo. Tienen toda la semana para decidirse.

El hombre se alejó y Vicky comenzó a saltar y dar aplausos con entusiasmo.

—¡Deberían hacerlo! ¡Unirse al equipo! —dijo ella mientras Samael miraba de reojo a Addalynn, que contemplaba la tarjeta con rostro de piedra, para luego arrojarla con indiferencia antes de marcharse. Sin embargo, se detuvo a la salida junto a la mesa de inscripciones y se apuntó en la lista a pesar de su aparente desinterés, para a continuación salir de ahí sin esperar a nadie más.

Marianne se dirigía hacia la enfermería cuando vio que a espaldas del auditorio había alguien sentado en el pasto y reconoció el cabello leonado de Lilith. Supuso que debía estar ahí con Belgina, así que cambió de curso, decidida a saber qué ocurría con ella.

—¿…Crees que alguna vez se da cuenta de lo hiriente que puede ser con sus palabras? —se oyó la voz de Belgina, sentada seguramente junto a Lilith. Marianne se detuvo en cuanto la escuchó.

—No lo hace a propósito. Yo misma soy bastante bruta con mi elección de palabras; siempre me andan diciendo que necesito un filtro, ¿no?

—…Supongo que en su afán de que todo sea como espera, no se detiene a pensar que quizá exige demasiado de los demás —continuó Belgina y Marianne comprendió enseguida que estaban hablando de ella.

—Se preocupa por nosotros, es todo —insistió Lilith—. Quizá estaba teniendo un mal día. Justamente ahora no creo que la esté pasando muy bien en casa; recuerda lo que dijo su madre el viernes, sus padres van a divorciarse.

Marianne sintió una punzada solo de escuchar eso, algo que se suponía que debía ser un asunto familiar y privado, mencionado de forma tan casual.

—…Mi madre se reunió con ella el sábado —dijo Belgina, algo indecisa sobre hablar del tema, y Marianne contuvo el aliento, firme e inmóvil, para escuchar con atención. Muy dentro sabía que no le agradaría, pero permaneció ahí—. Ya sabes que ella es juez del tribunal, pero empezó como abogada, así que sabe de procedimientos legales.

—¿Entonces la madre de Marianne acudió a ella para pedirle consejo? —preguntó Lilith y aunque no se escuchó respuesta, Marianne pudo distinguir en la orilla del edificio un movimiento como si Belgina estuviera asintiendo con la cabeza.

—Quiere que sea lo más rápido posible. Al parecer solo se casaron por lo civil, así que el proceso puede ser bastante ágil. Y ya la canalizó con un abogado especializado.

Marianne no pudo contener más el aliento, sintió que se ahogaría. Retrocedió unos pasos hasta que estuvo lo suficientemente lejos como para echarse a correr. A las dos chicas les pareció escuchar el ruido del pasto y Lilith fue la primera en asomarse desde aquella esquina del edificio.

—¿Oíste algo?

—Habrá pasado alguien corriendo.

—Todos enloquecen durante la semana de los clubes.

Sin darle más importancia al asunto, volvieron a acomodarse como estaban y continuaron hablando.

Demian decidió hacer una escala en el hospital después de la escuela, a pesar de que su hermana y Addalynn lo acompañaban.

—Espero que no les moleste. Prometo no tardar.

—¡Tranquilo! Entiendo que estés preocupado por tu compañero. Nosotras nos quedaremos aquí en la sala de espera hasta que salgas —aseguró Vicky mientras Addalynn observaba el lugar con apatía.

—¿…Ella estará bien? —preguntó Demian, bajando la voz tras mirarla de reojo—. Escuché que se lanzó al agua para sacar a un niño de la piscina.

—¡Oh, sí! Al hermanito de Marianne. No te preocupes por ella. Algo de agua no la hará enfermar.

—¿Él fue el niño que cayó a la piscina?

—Sí, y ¡Oh! ¡Samuel se lanzó al rescate! —dijo ella, con los ojos brillándole de forma vivaz ante la sola mención de él—. ¡Fue tan valiente!

A Demian no le agradó la forma en que se expresaba de él ni la cara que ponía al hacerlo, pero simplemente frunció el ceño y optó por ignorarlo por el momento.

—…De acuerdo. Espérenme aquí —finalizó, dirigiéndose primero a recepción y luego al área de traumatología.

En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, se encontró cara a cara con Franktick, que iba saliendo de él. Ambos se miraron como si no esperaran encontrarse precisamente ahí, hasta que Frank esbozó una de sus sonrisas cínicas.

—…Miren nada más. De todas las personas con las que pude haberme topado tuviste que ser tú —expresó Frank, llevándose las manos a los bolsillos.

—Solo vine a ver a un amigo —respondió Demian como si tuviera la necesidad de justificar su presencia ahí y Frank rió.

—Mientras no sea yo ese “amigo”, todo va bien —replicó Frank con sorna y Demian giró los ojos con fastidio mientras el otro sacaba un cigarro de su bolsillo y lo encendía.

—No está permitido fumar en el hospital —dijo Demian con firmeza, provocando la risa del otro.

—Parece que a pesar de ser un demonio no se te quita lo chico explorador —dijo Frank, dando una calada del cigarrillo y apagándolo. Pasó luego a su lado con la misma sonrisa burlona mientras las puertas se cerraban.

Demian se mantuvo con aquel gesto malhumorado, decidiendo que no permitiría que lo sacara de sus casillas y enfiló hacia el área que estaba buscando. Cuando al fin llegó a la habitación, vio a Lester reposando con el pie vendado a la altura del tobillo.

—¿Quién ganó? —fue lo primero que él preguntó en cuanto vio a Demian entrar.

—¿Acaso importa? Fue sólo una exhibición.

El chico dio un resoplido de frustración y volvió a apoyar la espalda contra la pared, manteniendo inmóvil su pie herido, pero concentrando toda su ansiedad en el otro que daba frenéticos movimientos.

—Apuesto a que ganaste, ¿verdad? —Demian no respondió—. Me sacaron radiografía. Dicen que es una fractura. Estaré bastante tiempo sin poder practicar —prosiguió Lester sin poder ocultar su mal humor mientras Demian se quedaba ahí de pie, escuchando sin reflejar ninguna reacción en su rostro—. Es como si tuviera una especie de maldición encima; cada vez que es la semana de los clubes algo ocurre que me deja incapacitado de alguna forma. Supongo que no tendrás por ahí algún muñeco vudú de mí lleno de alfileres.

—¿Ya terminaste de descargarte? —dijo Demian sin inmutarse ante sus palabras, por más amargas que sonaran. Lester continuó enfurruñado en la cama con una mueca—… Solo quería ver que estuvieras bien. Y deja de lamentarte, al menos tu tobillo sanará.

—¿Que deje de lamentarme? No lo entiendes —espetó Lester, volviendo a indignarse—. ¡No podré ir a las interestatales! ¡Tantos años que me he estado preparando y no podré asistir! En un mes el hueso no terminará de soldarse. ¡En un mes perderé toda la condición que había recuperado después de estar en el hospital tanto tiempo!

—…Puedes ir el próximo año —dijo Demian y el chico le lanzó una mirada furiosa.

—El próximo año ya nos habremos graduado —masculló él entre dientes, apretando la quijada para contener la rabia—… Ahora déjame solo. No estoy de ánimos para hablar con nadie.

Demian únicamente asintió y se marchó de ahí, manteniendo aquel gesto inexpresivo hasta llegar de vuelta a la sala de espera, donde su hermana y Addalynn permanecían sentadas, cada quien haciendo algo por su lado. Vicky leyendo una revista y su amiga con la vista clavada en su dispositivo móvil. Él dio un resoplido para calmarse.

—…Listo. Ya podemos irnos.

—¿Cómo está tu amigo esgrimista? —preguntó Vicky mientras se ponían de pie.

—Se recuperará —respondió él secamente.

Comenzó a encaminarse hacia la puerta, con ambas chicas detrás de él, y de pronto se detuvo al mirar el área de internos. Ahí estaba: cabello y ojos negros, piel pálida y una gabardina negra que no hacía más que acentuar su apariencia oscura.

Algo dentro de él comenzó a agitarse, como si su pecho se llenara de aire comprimido, sintiéndolo a punto de explotar. No dijo nada, solo se lanzó a correr en aquella dirección ante la confusión de su hermana y no se detuvo hasta llegar al área y mirar a su alrededor. El pasillo estaba solitario en ese momento, apenas y se veía alguna que otra enfermera a l distancia. Pasó la vista por todos lados con desesperación, tratando de encontrar aquella misteriosa figura hasta que volteó hacia la izquierda y lo vio por el rabillo del ojo, de pie a unos metros de él y observándolo fijamente.

—¿…Por qué me sigues? —inquirió la figura de negro. Demian se giró por completo, pero en cuanto lo hizo, ya no estaba. Como si se hubiera esfumado en un parpadeo. Se quedó unos segundos ahí, con la respiración acelerada y tratando de dilucidar qué hacer cuando de nuevo lo escuchó—. Eres persistente. —Esta vez provenía del lado contrario; se dio la vuelta, pero ahí tampoco había nada—. Te dije que era mi trabajo.

Demian percibió su silueta a un lado, pero en cuanto volteaba volvía a desaparecer.

—¡…Deja de hacer eso! —exclamó, girando el rostro cada que le parecía ver aquella figura sin llegar a atraparla con la mirada.

—¿Por qué? Es lo que hago —dijo con aquella misteriosa e hipnótica voz que parecía provenir de todos lados. Hasta que finalmente lo escuchó al oído—. Ni siquiera deberías ser capaz de verme.

Demian aprovechó entonces y decidió actuar antes que su vista. Sus manos se aferraron con rapidez a algo sólido a un lado de él y lo arrastró hacia una esquina para arrinconarlo, hasta por fin tenerlo frente a frente. Observó aquel rostro pálido que le devolvía la mirada con curiosidad, sin inmutarse siquiera, escrutándolo con aquellos inquietantes ojos negros.

—¿…Qué eres? —preguntó Demian y el muchacho mostró una leve sonrisa torcida.

—Pensé que ya lo sabías y por eso me habías seguido.

Demian se mantuvo en silencio por un momento, aflojando las manos e intentando obligarse a decir lo que había estado pensando todo ese tiempo.

—¿…Eres la Muerte?

El chico rio brevemente como si hubiera dicho algo gracioso.

—Nos han llamado de muchas maneras —respondió sin despegar su intensa mirada oscura de él—. Pero preferimos óbitos.

“Óbitos”. Recordaba esa palabra de algún lado. Le parecía que Marianne la había mencionado en alguna ocasión. ¿Cómo podría ella saber lo que eran si ni siquiera había visto uno en su vida?

—¿Por qué puedo verte? Dijiste que no debería, ¿cierto? Entonces, ¿por qué puedo?

—Creo que esa pregunta debería hacértela yo… pero sospecho que en realidad ya sabes la respuesta —respondió el ser de piel pálida, levantando una ceja, y Demian arrugó el ceño al entender lo que con ello implicaba.

—No soy un… humano ordinario —dijo él finalmente, sorprendiéndose a sí mismo ante aquella selección de palabras en vez de admitir lo que era en realidad.

—En efecto, eso parece —agregó el óbito, dedicándole una mirada de pies a cabeza.

—¿Te conozco de algún lugar? —prosiguió Demian—… Sin contar los últimos meses, siento como si ya te hubiera visto antes.

—Lo dudo. Pero si puedes verme, quizá entonces hayas visto a otros —finalizó el muchacho, enderezándose y despegándose de la pared—. ¿Es todo? Tengo aún trabajo que hacer.

Ante su imposibilidad de pensar en algo más que preguntar, Demian se apartó, frustrado ante su falta de respuestas. El óbito pasó a su lado y de pronto le vino algo a la mente.

—…Cameron Devlin —dijo Demian y el otro se detuvo, volteando de nuevo con curiosidad—. El detective de las sombras. Es un cómic muy popular. El personaje principal se parece mucho a ti… Deberías buscarlo un día de estos.

El muchacho enarcó sus extremadamente negras cejas y esbozó una sonrisa divertida.

—Quizá lo haga. Adiós, humano-no-ordinario —se despidió el óbito, comenzando a marchar hacia el interior del área.

—…Demian. Mi nombre es Demian —respondió él, dando media vuelta para marcharse. El óbito se detuvo y volteó con un destello de reconocimiento en sus ojos negros.

—…Oh, sí. Ya recuerdo. Eras ese bebé.

Demian se detuvo en seco al escuchar aquello. Giró enseguida, con el corazón dando un vuelco, pero era demasiado tarde, el óbito había ya desaparecido nuevamente.

Pensó en seguirlo, en revisar cada habitación del área si era necesario hasta dar con él, pero se sentía pesado. Su mente estaba hecha un embrollo. Así que regresó sobre sus pasos hasta volver donde había dejado a su hermana y Addalynn. No quería hablar con nadie en ese instante, solo volver a casa y pensar en lo que aquello significaba.

—¿Qué pasó? ¿Por qué de pronto te fuiste corriendo de esa forma? —preguntó Vicky con expresión preocupada.

—No fue nada, solo… creí ver a alguien conocido, eso es todo —respondió él con gesto distraído, conduciéndolas hacia la puerta.

—Qué mal gusto vestir todo de negro —dijo de pronto Addalynn y Demian se detuvo de golpe en la puerta, dedicándole una mirada aún más desconcertada.

—No vi a nadie, pero como sea; vayámonos de una vez que muero de hambre —dijo Vicky, saliendo de ahí seguida por una indiferente Addalynn, que se limitaba a pasar de largo a pesar de la mirada azorada de Demian.

Ella lo había visto. Sin duda lo había visto. Pero… ¿qué podía significar?


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