Capítulo 9

9. TORTURA CON CAUSA

La puerta del baño se abrió y Mitchell entró, aún aturdido por la bofetada que la madre de Belgina le había propinado. Se dirigió a uno de los lavabos y procedió a lavarse la cara y limpiar el pequeño rasguño que le había quedado en la mejilla. Empezaba a sentir un vacío en el estómago que atribuía al incidente, pero cuando levantó el rostro mojado para mirarse al espejo, notó que estaba pálido y que incluso sus ojos parecían dilatados. Se apoyó de la pileta y cerró los ojos para proceder a realizar varias respiraciones seguidas. La sensación de vacío se había concentrado en la boca de su estómago, como si tuviera una bolsa de aire comprimido, degenerando en un dolor agudo cada que intentaba siquiera tocarlo con la punta del dedo. Empezaba a sentir un cosquilleo en la periferia de su piel y el sudor frío que brotaba por sus poros le preocupaba. Su intento por tranquilizarse no estaba funcionando, así que abrió de nuevo los ojos y se topó con un extraño movimiento que ocurría por debajo de la piel de su rostro, como si pequeñas burbujas lo recorrieran, comenzando a deformarlo.

Rápidamente se llevó las manos a la cara y notó que también estas sufrían la misma distorsión. Volvió a mirar desconcertado al espejo y descubrió una pigmentación ajena que se extendía en sus propios ojos, tiñéndolos de otro color que él conocía muy bien: violeta, como los ojos de Belgina. De hecho, era mucho más que eso; ya no solo eran los ojos de Belgina los que parecían devolverle la mirada en el espejo, sino su rostro completo.

Con un sobresalto, se cubrió la boca para evitar el grito que se había formado en su garganta y se tocó el rostro, pensando que podía ser una alucinación proyectada en el espejo, pero podía sentir bajo sus dedos que ese rostro no era el suyo. Desesperado, volvió a cerrar los ojos y sacudió la cabeza hasta sentirse mareado. Esperó unos segundos a despejarse y los abrió otra vez. Su rostro estaba ahí nuevamente, observándole desde el reflejo. No pudo evitar que se le escapara un fuerte suspiro de alivio antes de comenzar a preguntarse lo que significaba aquello.

Una ebullición en el pecho le anunció un ataque de la Legión de la Oscuridad. Aunque mostraba la palidez del desconcierto y el sudor frío cubría su piel, salió de ahí decidido a seguir aquella sensación a pesar de que no era capaz de dar dos pasos sin trastabillar.

Poco a poco fue recuperando la habilidad motora hasta que ya caminaba con mayor fluidez, pero al llegar a la cancha de tenis solo encontró a los demás hablando de algo acaloradamente. Trató de no mostrarse afectado, pero le fue imposible ocultar su rostro desencajado y sudoroso. Belgina estaba ahí, observándolo con expresión preocupada, y por un momento recordó el reflejo que había visto en el espejo. Quería hablarle, pero ella se disculpó y se marchó de ahí antes de que alguien pudiera detenerle. Después de eso se enteró de lo que realmente había estado molestándola.

Al llegar de vuelta a casa había decidido que tenía que arreglarlo de alguna forma; el problema era que Belgina no parecía querer escucharlo y constantemente le huía si tan sólo intentaba acercársele. Tenía que hallar una forma de hacerlo sin que le rehuyera; con un disfraz quizá, algo que no la hiciera sospechar de él…

Se detuvo entonces frente al espejo empotrado en la puerta de su habitación. Siempre se paraba ahí para asegurarse de que su apariencia estuviera impecable, solo que ahora lucía turbado y enfermizo. Usualmente utilizaría eso a su favor y permanecería en la cama todo el día, pero ahora tenía otros planes. Se acercó más al espejo y miró fijamente su reflejo.

¿Había sido tan solo una alucinación o en realidad su rostro había cambiado? Echó un vistazo alrededor, se aseguró de que la puerta tuviera puesto el seguro y entonces se apoyó con ambas manos a los lados mientras acercaba su rostro al espejo, la frente casi rozando la superficie mientras él miraba su reflejo fijamente, estrechando los ojos y tensando la mandíbula. Nada pasó durante los primeros cinco minutos, pero entonces volvió a sentir aquel vacío en la boca del estómago y pequeñas burbujas comenzaron a rebullir por debajo de su piel, distorsionándolo hasta que remitieron y vio de nuevo el rostro de Belgina mirándolo desde el reflejo.

Trató de conservar la calma esta vez; se mantuvo firme frente al reflejo, cerró los ojos e intentó despejar la mente. Cuando miró de nuevo, su rostro había vuelto a la normalidad. Aunque por dentro se sentía satisfecho del resultado, no se permitió mostrarse demasiado confiado; era apenas la primera prueba, necesitaba al menos una más. Miró a su alrededor buscando algún otro modelo que pudiera tomar de referente y sus ojos se posaron en el retrato familiar que reposaba sobre su librero. La idea no le atraía, pero con algo tenía que experimentar.

Enseguida volvió a concentrarse en su reflejo, su rostro transfigurándose, el estómago comprimiéndose por dentro. Para cuando al proceso terminó era ahora el rostro de su hermana el que le devolvía la mirada en el espejo. Reprimió una risa que salió con la voz de Kristania y de inmediato se concentró de nuevo en recuperar su forma. Para cuando abrió los ojos ya era él de nuevo y se permitió por fin sonreír ante el éxito obtenido, a pesar de lo mareado que se sentía y las náuseas.

Si lograba dominar aquel nuevo y extraño poder, entonces bien podría hablar con Belgina. Al día siguiente habría una fiesta en casa de Demian, quizá ahí podría ponerse a prueba.

En cuanto llegaron a casa de Demian ese sábado, se separó de su hermana, no le resultó muy difícil dado que ella de por sí parecía más enfocada en lamerle las suelas a Vicky, y lo primero que hizo fue verificar a escondidas quiénes habían llegado. Apenas localizó a Belgina, Angie y Lucianne de pie en uno de los pasillos, comenzó a urdir su plan.

Se metió rápidamente en el primer baño que encontró y se colocó frente al espejo concentrándose en su reflejo hasta que en cuestión de segundos comenzó el proceso de transfiguración. Cuando este acabó, quien le devolvía la mirada era Marianne. Por suerte tenía buena memoria en lo que se refería a la moda y podía recordar con detalle lo que la gente vestía, y tras varias pruebas durante la noche había conseguido incluso transmutar su ropa, así que decidió irse por lo que ella había vestido el día anterior en la reunión de padres. Sabía que solo tendría una oportunidad y tendría que ser rápido a riesgo de perder la transformación y quedar expuesto ante Belgina, además del peligro de que la misma Marianne se apareciera en el momento menos oportuno. Así que, ignorando el mareo, salió de ahí y fue directo al corredor donde había visto a las chicas.

—…Escucha, Belgina, ¿podríamos hablar?

Las tres chicas intercambiaron miradas y por un momento pensó que quizá sospecharan, que tal vez supieran que no podía tratarse de Marianne y se puso nervioso pensando de qué forma podría borrar sus sospechas.

—…Está bien —dijo Belgina finalmente, y a pesar del alivio que sintió, trató de no demostrarlo en el rostro. Caminaron hasta alejarse lo suficiente hasta estar prácticamente solos—. ¿Te lastimaste?

—¿…Eh?

Belgina extendió el brazo hacia su rostro (el de Marianne) y tocó su mejilla, provocándole un estremecimiento que luchó por ocultar.

—Es como un pequeño raspón —prosiguió ella estrechando los ojos para intentar ver con mayor detenimiento mientras con sus dedos seguía el contorno de aquella pequeña línea. Mitchell recordó el rasguño, seguramente aún podía distinguirse a pesar de la transformación sufrida.

—Quizá… me lo hice con uno de los arbustos a la entrada—respondió con nerviosismo, apartando el rostro para que no siguiera desconcentrándole—… Ya sabes que a veces puedo ser medio torpe.

—Bueno, ¿sobre qué querías hablar? —preguntó ella, bajando la mano.

—…Escucha, creo que es hora de que se acabe toda esta situación con Mitchell —decidió decirlo de una vez para evitarse rodeos y consumir más tiempo del que podía aguantar aquella metamorfosis. Belgina pareció desconcertada ante la mención—. Solo está… dañando nuestra dinámica de grupo. Mejor habla directamente con él y resuélvanlo juntos; evitándolo solo harás que crezca y crezca y llegará un momento en que no solo les afectará individualmente, sino que extenderán su conflicto hacia los demás hasta que terminemos formando bandos y tomando partido por alguno, rompiendo con nuestra unidad. Eso destrozaría el equipo. ¡Nos está destrozando!

Finalizó con una nota dramática, resollando tras dar su discurso en un solo aliento, comenzando a sentir unas punzadas en el estómago que le indicaban el poco tiempo que le quedaba. Belgina le contemplaba con enormes ojos vidriosos y gesto desolado.

—Lo… Lo siento… yo… —balbuceó ella, con la voz entrecortada, pero Mitchell sintió que comenzaría a retorcerse del dolor en cualquier momento.

—Lamentarlo en este momento no tiene sentido. Mejor ármate de valor, deja de rehuirle y háblenlo antes de que la situación empeore. Está claro que él no tendría ningún problema en hacerlo, así que queda finalmente en tus manos, no seas tan dura con él. Enfréntalo —volvió a soltar de corrido con la esperanza de que no se distinguiera la agonía en su voz. Sentía ya cómo el estómago se le revolvía y aguijones en la piel como si estuvieran preparándose para remoldearlo una vez más—… Si me disculpas… creo que estoy teniendo una reacción alérgica a esos cocteles. Debo encontrar… un baño.

Algunas burbujas ya empezaban a bullir en su rostro, como si se estuviera hinchando por alguna alergia, y antes de darle oportunidad a Belgina de decir algo o reaccionar, decidió marcharse a toda prisa de ahí, abriéndose paso en busca de alguna salida.

Para cuando llegó a la zona de la piscina estuvo tentado por un momento en lanzarse al agua para evitar que toda la gente ahí reunida viera su “destransformación”, pero al ver los grandes ventanales que daban hacia el jardín, abrió uno a toda prisa y prácticamente se arrojó a través de este para huir de ahí todo lo rápido que su cuerpo ahora aquejado de múltiples temblores y contracciones le permitía.

A punto estuvo de toparse con la verdadera Marianne y Samael en la entrada, pero se dejó caer entre unos zarzales y esperó un buen rato hasta que ellos entraron a la casa y el camino estuvo despejado. Solo entonces hizo el intento por levantarse, poniéndose de pie dolorosamente. Era Mitchell de nuevo, con el rostro alterado, resollando y luchando por mantenerse en pie. Trató de dar unos pasos y tuvo que detenerse en varias ocasiones para dar arcadas, pero consciente de que no podía quedarse ahí, tuvo que llamar a casa para que fueran a recogerlo.

Lo que le siguió a continuación fue un suplicio que le duró el resto del fin de semana; la fiebre y náuseas fueron constantes ante su empecinamiento por controlar aquel recién descubierto poder. Aunque para el lunes ya se sentía un poco mejor, se empeñó en seguir experimentando hasta conseguir que las náuseas remitieran o se hicieran más tolerables conforme fuera acostumbrándose a la transformación. Casi lo había conseguido, de no ser porque aún no lograba pasar de la marca de diez minutos con la apariencia de alguien más sin que su propio cuerpo comenzara a colapsar y volver a su forma original. Al menos ya no sentía náuseas… pero sí un monumental dolor de cabeza.

—¿…Qué demonios fue eso? —Frank permanecía ahí de pie observando a Mitchell con ojos desorbitados mientras su primo se incorporaba lentamente, aturdido y con gesto de dolor—. ¡¿Qué demonios, Mitchell?!

—¿Podrías bajar la voz? Siento que va a explotarme la cabeza y tus gritos no ayudan en nada —replicó él, apoyando la espalda en el tronco del árbol y levantando la cabeza para intentar relajarse, pero claramente Frank no iba a permitírselo después de lo que había presenciado; enseguida se acuclilló junto a él y lo atenazó del brazo, sacudiéndolo.

—Ni pienses que voy a dejarte reposar tan tranquilo después de lo que acabo de ver. ¿Cómo rayos lo hiciste? —insistió el muchacho sin soltarlo—. O más bien debería preguntar ¿desde cuándo descubriste que puedes hacerlo?

Mitchell dio un resoplido sin abrir los ojos, apretándolos ante el agudo dolor de cabeza que le martillaba y consciente de que no dispondría de un momento de reposo con Frank ahí presente.

—…Hace unos días, durante la reunión de padres —respondió escuetamente, llevándose las manos a las sienes para masajearlas. Con la mayor brevedad posible le refirió lo ocurrido en el baño y sus posteriores pruebas en casa. Frank estaba tan sorprendido que acabó por dejarse caer en el pasto junto a él.

—¿Te das cuentas de lo que tienes en las manos? —dijo él, meneando la cabeza, maravillado—… Significa que podrías convertirte en cualquier persona que desees.

—Por no más de diez minutos —agregó él sin atreverse aún a abrir los ojos a riesgo de empeorar el dolor de cabeza—… Y con al menos una terrible jaqueca posterior.

—Pero piensa en todo lo que podrías hacer con este nuevo poder —prosiguió Frank, imaginando enseguida las ventajas y beneficios que podría sacar de ello—. Podrías hacerte pasar por el director de un banco y sacar todo el dinero que quieras sin que te digan nada o por una estrella de cine y tener a todas las chicas a tus pies. ¡Puedes hacerte pasar por tu padre y castigar a tu hermana por cualquier tontería! —Mitchell rió con renuencia; cada risa era como una puñalada en la cabeza—… Un momento, ¿por qué te harías pasar por alitas? ¿Qué pretendías? ¿Acaso eras tú hablando conmigo hace rato?

—Descuida. Cualquier secreto que tengas con él está a salvo; ese era el verdadero.

—Pero ¿entonces por qué…?

—Solo intento por todos los medios acercarme a Belgina, y ya que por el momento no lo permite siendo yo…

—Pues que me aspen si no estás hecho todo un timador furtivo. ¡Me enorgulleces! —dijo Frank, revolviéndole el cabello a pesar de que él le apartaba la mano para que parara.

—No le digas a nadie, ¿de acuerdo? Si se enteran de lo que he hecho se enfadarán y Belgina ahora sí que no me lo perdonaría.

—El problema, pequeño aprendiz de embaucador, no es que yo abra la boca —expresó Frank, sacando su cajetilla y ofreciéndole un cigarro, pero Mitchell se limitaba a negarse con una seña—. El problema son los cabos que has dejado sueltos.

—¿Cabos sueltos? —repitió Mitchell, abriendo un ojo y levantando una ceja.

—Así es, chico de plastilina. Tus modelos originales. Esos son tus cabos sueltos —aseguró él, encendiendo un nuevo cigarro—. ¿Cómo crees que reaccionarán cuando empiecen a cuestionarlos por algo que nunca dijeron o hicieron? Y siendo que los has usado en tu beneficio no tardarán en relacionarlo contigo.

Mitchell tiró la cabeza hacia atrás, pegándola contra el tronco y lanzando un quejido de dolor en cuanto sentía el golpe.

—…No tienen forma de saber que era yo —trató de convencerse—… Seré cuidadoso la próxima vez o… quizá no sea necesario ya después de todo. Belgina aceptó que me acerque, aunque deba ir más lentamente esta vez.

—¡Y hasta crees que no lo volverás a hacer! —soltó Frank con una carcajada—. Recién has descubierto un nuevo poder, no vas a dejarlo relegado cuando sabes que puedes sacarle provecho. Además… vas a tener que entrenarlo si no quieres cambiar en público y que te acusen de brujería. No querrás acabar en un laboratorio del gobierno para que experimenten contigo, ¿o sí? —Mitchell únicamente meneó la cabeza mientras la jaqueca remitía—… Y, por cierto, ahora que conozco tu secreto quizá necesite algunos favores a cambio de conservarlo.

Él abrió por fin los ojos y le dedicó una mirada incrédula. Su primo sonrió abiertamente y le dio unas palmadas en el hombro mientras se llevaba el cigarro a los labios. Mitchell dio un suspiro, resignado a su suerte. En buen momento su cuerpo había cambiado justo frente a su primo, el que siempre encontraba la forma de sacarle provecho a todo.

Después de visitar clubes durante el transcurso del día, habían regresado al gimnasio para presenciar la exhibición de Tae kwon do. Demian estaba ya reunido con sus compañeros de club, escuchando instrucciones de su entrenador y con el dobok reglamentario puesto, aguardando a que iniciara la práctica.

—…Empiezo a sentir retortijones —dijo de pronto Lilith, apareciendo detrás de Marianne como si se hubiera deslizado furtivamente aprovechando que en las gradas de abajo Vicky estaba demasiado ocupada platicando con Samael como para notarla.

—Vaya, pues… qué considerada al hacérmelo saber —respondió Marianne tras dar un respingo y lanzándole una mirada indagadora.

—¿No te sientes nerviosa por nuestra exhibición? ¡Es ya mañana! No creo poder comer nada hasta que pase o soy capaz de devolverlo todo en plena cancha.

—…Rayos, es cierto, ahora me vas a contagiar los nervios —replicó Marianne, sintiendo que también su estómago comenzaba a revolverse al pensar en ello.

—¡Y todas deberíamos! ¡O nos agarrarán desprevenidas! Iré a recordárselo a Kri.

Y así de repentinamente como había aparecido, se escabulló gateando entre las gradas como si estuviera jugando a las escondidas. Marianne meneó la cabeza y volteó de nuevo hacia el frente, tan solo para encontrarse con que tenía nuevo compañero de asiento a su izquierda.

—¿Y este club de qué trata? —preguntó Dreyson, provocándole un sobresalto.

—¡No vuelvas a hacer eso! ¿Quieres causarme un infarto? —reclamó ella, llevándose la mano al pecho. El muchacho no respondió, mantuvo la vista fija hacia la arena sin perder detalle mientras ella expulsaba el aliento para tranquilizarse—… Es el club de Tae kwon do, un tipo de arte marcial. A muchos chicos les encanta porque así tienen excusa para pelear.

—¿Incluyendo él? —agregó él, señalando con la mirada a Demian, que comenzaba a realizar estiramientos mientras se colocaba en posición para iniciar el primer enfrentamiento. Marianne calló un momento y luego trató de responder algo que sonara indiferente.

—…Él es un caso aparte. Mientras más se mantenga distraído, mejor. —Al darse cuenta de que había dicho algo innecesario, trató de buscar alguna forma de repararlo—. Es decir… le gusta mantenerse ocupado, eso es todo.

El muchacho echó un vistazo alrededor en las gradas y notó muchas miradas atentas a los movimientos de Demian, incluyendo Addalynn dos líneas más abajo. Marianne enarcó una ceja con fastidio.

—…En serio, ¿vas a seguir mirándola como obsesionado?

El muchacho desvió la vista hacia el frente y ella hizo lo mismo al iniciar la exhibición.

Con movimientos contundentes y que no parecían requerirle demasiado esfuerzo, Demian era claramente superior a su oponente. Se podían escuchar los gritos de apoyo alrededor. Incluso Kristania, en su mesura autoimpuesta, parecía luchar por mantenerse controlada; lucía tensa y con las extremidades apretadas contra su cuerpo para no irrumpir en porras y se limitaba a aplaudir con el mismo ánimo que los demás para no desentonar. Pronto, Demian fue declarado vencedor de su encuentro, y mientras el lugar se llenaba de aplausos, Marianne echó un vistazo a las gradas de abajo y notó que Lester estaba ahí sentado con unas muletas descansando a su lado y expresión de amargura. Ella enseguida se acuclilló hacia la fila de enfrente y con unas palmadas llamó la atención de Samael para a continuación señalarle discretamente al chico. Samael asintió, entendiendo lo que aquello significaba.

—…Aguarda unos minutos junto a la puerta cuando todos salgan del gimnasio. No dejes que nadie se quede contigo —susurró Marianne antes de volver a sentarse derecha.

Vio a la distancia que Demian ya se dirigía a una de las bancas cerca de los vestidores para tomar su toalla y una botella de agua a la vez que miraba de reojo en dirección a Lester y luego alzaba la vista hacia ella, como si estuvieran silenciosamente poniéndose de acuerdo. Marianne asintió discretamente, y él pareció más tranquilo ante aquella confirmación, aunque no dejaba de frotarse la muñeca.

—No entiendo —dijo de pronto Dreyson, atrayendo nuevamente su atención—. Dices que no debería mirar fijamente a nadie y, sin embargo, eso es lo que estás haciendo.

—Es… ¡Es diferente! —replicó ella, sintiendo que las mejillas se encendían—. Es distinto cuando son dos personas que se conocen con anterioridad o están atentas a un evento, justo como ahora.

El chico estrechó sus profundos ojos castaños con recelo.

—Me parece una simple excusa.

—¡Oh, muy bien! Ya que eres un experto, te reto a que sigas mirando todo el día como enajenado a cualquiera a ver cuánto tardan en hartarse de ti y acaban sacando una orden de restricción —espetó Marianne en tono retador y Dreyson miró en dirección a Addalynn y luego de vuelta a ella.

—Quizá lo haga, quizá no —replicó él, encogiéndose de hombros y de pronto, para sorpresa de Marianne, esbozó una sonrisa como si estuviera divirtiéndose a sus expensas—. Quizá decida unirme a todos los clubes tan solo para llamar la atención.

—Pues suerte con eso, la vas a necesitar… ¡porque solo permiten unirse a tres clubes máximo! —respondió ella, volviendo la vista al frente para el siguiente enfrentamiento mientras Dreyson ya iba bajando de las gradas con aquel andar desgarbado y hombros tensos que le hacían ver un poco encorvado, y justo antes de salir del gimnasio, se aproximó a la mesa de inscripciones, apuntándose en la lista—… Ha perdido la razón, no durará ni tres segundos.

Mientras el siguiente enfrentamiento transcurría, Frank y Mitchell entraron al gimnasio y se aproximaron a las gradas con un aura de tranquilidad inquietante, tomando asiento junto a Marianne y saludando a todos con simples inclinaciones de cabeza como si no se hubieran ausentado por mucho. Mitchell se detuvo unos segundos y miró a Belgina con expresión cautelosa, como si temiera que en cualquier movimiento saldría huyendo como un cervatillo asustado, pero esta le devolvió la mirada vacilante por un instante hasta que también respondió con otra inclinación de cabeza, dando así su aprobación para que permaneciera ahí.

—¡Frank! ¿Dónde te habías metido? —musitó Lucianne, asomándose a un lado de Marianne.

—Todo está bien como puedes ver, no hay nada de qué preocuparse —aseguró él con una mano atenazando el hombro de Mitchell como si compartieran un secreto.

—¿Cómo puedes decir eso después de salirte de clases de esa forma? —insistió ella con tono de reproche, aunque manteniendo el volumen bajo.

—Pues en verdad que lo está, pregúntale a alitas si quieres; ya habló conmigo tal y como se lo pediste —respondió él con un dejo de resentimiento, aunque con aquella sonrisa que parecía ocultar algo.

—¿Y tú qué excusa tienes para aparecerte tan campante después de tres días? —Marianne interrogó a Mitchell y este podía sentir la zarpa de Frank apretándole el hombro como para recordarle que debía ser cuidadoso con su respuesta.

—…Gripe estomacal. Dolores espantosos. Podría decirse que no era yo mismo.

—Sí, cómo no —resopló Marianne, pero no siguió interrogándolo, y Frank le dio una palmada en la espalda tras soltarlo. Mitchell dirigió una mirada a Belgina para ver su reacción, y aunque ella lo miraba de reojo, no hizo el amago de ocultarse o levantarse y marcharse de ahí, lo cual consideraba un avance.

Cuando la exhibición terminó y todos comenzaron a salir por montones de ahí, Marianne se excusó con sus amigos y se apresuró a bajar hacia Lester, que luchaba por acomodarse sobre sus muletas con expresión malhumorada e impaciente.

—¡…Hola! —lo saludó ella con un entusiasmo que se le antojó quizá demasiado exagerado pues el muchacho la miró con recelo mientras apoyaba todo su peso en las muletas, dejándola momentáneamente en blanco—… Ah… quizá no me recuerdes, pero…

—Claro que te recuerdo. Eres la amiga de Donovan que piensa que la esgrima es como jugar a los tres mosqueteros —refirió él sin cambiar su semblante agrio—. ¿Qué es lo que quieres?

—Yo sólo… quería… —Marianne se devanaba los sesos tratando de pensar una forma de seguir distrayéndolo hasta que ya no quedara nadie en el gimnasio—… un consejo.

—Quieres un consejo de mí —repitió Lester, dándole énfasis a sus palabras para hacerle notar lo poco creíble que resultaba. Ella echó un rápido vistazo a su alrededor para calcular cuántas más personas quedaban y prácticamente eran solo los del equipo de Tae kwon do, así que pensó que no debería llevarle más de quince minutos.

—Sí, verás… me he unido al club de esgrima muy a pesar de tus advertencias del semestre pasado, así que pensé que bien podría aprovechar para aprender un poco de su historia para iniciar con los ánimos correctos el próximo lunes… ¿y qué mejor que de boca del mejor esgrimista de la escuela? —afirmó ella, intentando apelar a su ego.

—Pues pregúntaselo a Donovan, estoy seguro de que con gusto te lo explicará. ¿Qué no te has enterado? Él es el mejor esgrimista del equipo ahora —replicó el muchacho con amargura, señalando sus muletas mientras hacia el intento por moverse, pero ella se colocó rápidamente frente a él, cortándole el paso.

—¡…Pero eso no cambia el hecho de que seas el mejor preparado y el más estudioso en el tema! —lo interceptó ella nuevamente, viendo por el rabillo del ojo que al fin Demian salía de los vestidores con el uniforme puesto y la bolsa deportiva al hombro—… ¿Qué mejor que escucharlo de alguien que siente tanta pasión por el tema? ¡Vamos! Sigues siendo una piedra angular del equipo, aunque estés momentáneamente inhabilitado. ¡Motívame!

Lester estrechó más los ojos, analizando qué tan honesta era.

—…Bien, pero esto tomará un rato, así que más vale estar sentados y que no se te ocurra interrumpirme una vez inicie, ¿de acuerdo? —accedió él finalmente, cojeando unos pasos atrás hacia las gradas y Marianne suspiró con alivio.

—¿…No queda nadie más cerca? —preguntó Demian, entreabriendo la puerta y viendo que Samael esperaba de pie en el rincón.

—No, todos se dirigieron ya al siguiente punto en el itinerario.

—Bien. Ella lo está distrayendo, que no te vea llegar.

—De todas formas, no lo recordará —aseguró Samael mientras Demian sostenía la puerta entreabierta para que él se introdujera sigilosamente, haciéndose invisible. Demian volvió a cerrar la puerta y se dirigió ahora hacia las gradas donde Marianne hacía todo lo posible por mostrarse interesada y atenta a lo que Lester dijera.

—¿Qué ocurre aquí? Ya todos se marcharon, no deberían haberse quedado —interrumpió Demian, oteando por instantes un borde transparente que iba acercándose con sigilo a espaldas de Lester.

—Tranquilo, Donovan. Sólo intento explicarle a tu novia la importancia de la esgrima.

—¡No es mi…! —intentó protestar al tiempo que Marianne también ya saltaba dispuesta a reclamar, pero al final no fue necesario pues el cuerpo de Lester se dobló hacia el frente en ese instante, perdiendo el conocimiento. Ambos tan solo lo observaron desde sus posiciones, sin saber qué hacer hasta que Samael se hizo visible ante ellos, justo detrás del muchacho.

—¿Haremos esto o no? —dijo Samael, intentando colocar derecho a Lester. Tanto Marianne como Demian se obligaron a reaccionar para ayudarlo a recostarlo en la banca—. Puedo aplicar las ondas curativas a través del yeso, pero tendremos que pedirle después que se apoye sobre el pie para confirmar que funcionó. —Los dos chicos estuvieron de acuerdo y se limitaron a observar cómo colocaba sus manos por encima del yeso y emitía un resplandor que envolvía el punto de contacto hasta remitir—… Bien, hay que hacer la prueba ahora. Colóquenlo sentado de nuevo; lo despertaré.

Mientras ambos hacían lo que les pedía, Samael se hizo invisible de nuevo al colocarse detrás de Lester, quien en cuestión de segundos volvió a abrir los ojos de golpe con expresión confusa.

—¿…Qué ocurrió? ¿Acaso me desmayé?

—Cerraste los ojos un par de segundos, si te desmayaste ni nos dimos cuenta. Hazme un favor, ¿podrías ponerte de pie? —dijo Demian ansioso y el muchacho tomó sus muletas aún desorientado y se dispuso a levantarse—. Sin las muletas, hazlo tú solo y apóyate sobre tu pie herido.

—Pero ¿qué estás diciendo? ¿Cómo esperas que…? ¡Oye! —Demian le arrebató de improvisto las muletas y se alejó unos pasos de él para que no pudiera tomarlas—… ¡Pero ¿qué te pasa?! ¡¿Acaso te volviste loco?!

—Levántate —insistió Demian de manera autoritaria, recurriendo a la provocación para que se pusiera de pie—. ¿Piensas quedarte ahí sentado todo el tiempo lamentando tu suerte y que ya no podrás asistir a las interestatales?

—¡¿Cuál es tu maldito problema?! ¡¿No te basta con verme acabado, sino que también tienes que burlarte de mí?! ¡Tengo el tobillo roto, ¿cómo esperas que me apoye sobre él?! ¡Psicópata! ¡Solo porque ahora eres el mejor del equipo crees que puedes decirles a los demás qué hacer!

Marianne no se atrevía a intervenir en ese momento; Lester parecía completamente histérico y la expresión de Demian se endurecía cada vez más. Tan solo esperaba que supiera lo que estaba haciendo.

—¿Podrías dejar de quejarte una sola vez en tu vida? Tal vez si no fueras tan pesimista empezarías a sentirte mejor. Ahora haz lo que te digo y levántate.

El muchacho tomó impulso en un arranque de furia y se empujó con los brazos para ponerse en pie, apoyándose sobre el pie enyesado y enseguida lanzó un grito de dolor mientras se tambaleaba hacia el frente.

—¡¿Ya estás satisfecho?! ¡Ahora seguramente lo he empeorado, ¿pero a ti qué puede importarte?! ¡No eres el que tiene el tobillo roto! —explotó Lester, tratando de mantenerse en pie a pesar del evidente dolor que su rostro transmitía.

—…No funcionó —dijo Demian desconcertado, mirando fijamente su pierna—… No ocurrió nada, inténtalo de nuevo.

—¡¿Que intente de nuevo?! ¡¿Quieres que pierda la pierna, maldito enfermo?! —exclamó Lester con el rostro colorado de ira y volviendo enseguida a perder el conocimiento, detenido por Samael antes de caer al piso.

—Ayúdenme a colocarlo de nuevo —pidió el ángel y ambos ayudaron a recostarlo de vuelta en la banca.

—¿Qué ocurrió? ¿Por qué su pierna sigue igual? El hueso debería haber soldado —preguntó Marianne, aunque Samael parecía más confundido que ella.

—No lo sé, quizá… deba intentar en contacto más directo con la herida.

Sin perder el tiempo, Demian se inclinó hacia su pierna y apuntó con el dedo, la escayola se abrió con un fino y preciso corte, dejando el tobillo al descubierto.

—Adelante. Prueba otra vez.

Samael parecía contrariado de haber fallado la primera vez, pero se aprestó a repetir el proceso. Esta vez colocó las manos directamente sobre el tobillo del muchacho y apenas dimitió el resplandor, le echó un vistazo, pero lo que vio no lo tranquilizó pues no parecía haber ningún cambio.

—¿Qué pasa? —preguntó Marianne al darse cuenta de su expresión.

—Algo no anda bien. Normalmente cuando realizo alguna curación puedo percibir la herida cerrándose, ya sea externa o interna. Pero en él no puedo sentir ningún cambio.

—¿Qué quieres decir? ¿Que no has podido curarlo?

—No… No lo sé —respondió Samael sin despegar la vista del tobillo del muchacho.

—Sólo hay una manera de averiguarlo. Despiértalo —dijo Demian, tratando de mantener la calma en esas circunstancias. Samael lo hizo reaccionar con un solo toque y en cuanto Lester abrió los ojos con un espasmo, les dirigió una mirada cada vez más recelosa.

—¿…Qué está pasando aquí? —preguntó él, descubriendo que la escayola de su pie había sido cortada—… ¡¿Es esto una pesadilla?! ¡¿Qué está ocurriendo?!

—Ponte de pie —ordenó Demian con tal frialdad que a Marianne casi le pareció escuchar al demonio contra el que habían luchado.

—¡¿No ya pasamos por esto?! ¡¿Qué rayos quieres de mí?! —inquirió Lester a gritos y para cuando se dieron cuenta Demian ya estaba frente a él, obligándolo a ponerse de pie.

—Solo levántate y apoya el pie o te rompo el otro, ¿entendido? —indicó Demian con una calma amenazante que los inquietó.

Lester pareció también percibirlo pues de inmediato dejó de quejarse y lo miró tan temeroso que decidió hacer lo que le pedía. Bajó la mirada hacia el suelo con el pie recogido mientras se apoyaba con el otro. Aparentemente estaba midiendo la intensidad del dolor de acuerdo con su peso, armándose de valor para hacerlo con tal de que aquello terminara.

—¡Hazlo ya! ¿Qué estás esperando? —insistió Demian y ante el estruendo de su voz decidió hacerlo rápido, aplicando todo su peso sobre el pie herido tan solo para caer luego al suelo, aquejado por agudas ráfagas de dolor en el punto de quiebre.

—¡¿Ya estás contento?! ¡Hice lo que me pediste, ¿ahora puedes dejarme en paz?! ¡Maldito psicópata! —reclamó él, sosteniéndose el pie casi al borde de las lágrimas.

Demian lucía desconcertado, pero no más que Samael al hacerse visible después de volver a dejarlo inconsciente. Desconcierto e incredulidad ante su propio fallo.

—No funcionó —dijo Marianne ante el silencio de ambos chicos—. ¿Qué… qué es lo que significa? ¿Por qué…?

Demian se inclinó hacia Lester para levantarlo y colocarlo nuevamente en las gradas; se mordió el dedo hasta hacerlo sangrar y se centró en la escayola, colocando el dedo justo en el punto de corte y dibujando la línea; el rastro de líquido rojo fue transformándose en negro y fue uniendo ambos cortes por medio de hileras que se entretejían hasta que el molde de yeso quedó cerrado de nuevo, con apenas una línea imperceptible donde había estado el corte original.

—¿Y ahora qué? —preguntó Marianne—… ¿Será que te has quedado sin reservas y por eso no has podido curarlo? Ha pasado antes, solo… tendrías que esperar a recuperarlas y entonces…

—¿Cómo podría quedarme sin reservas si no he usado mi poder en todo este tiempo?

—Pues… hacerte invisible solía agotarte.

—Apenas han pasado unos minutos, no me siento cansado. Esto no tiene nada que ver con mis reservas de energía. No sé qué sea, pero debe tratarse de algo más —aseguró Samael, tratando de pensar en alguna explicación.

—Quizá… ha pasado demasiado tiempo desde la última vez y has perdido la práctica.

Samael se negaba a creerlo, así que se acercó a Lester y lo hizo despertar, pero en cuanto estuvo a punto de lanzar un grito de protesta lo obligó a mirarlo fijamente a los ojos a la vez que lo sujetaba de las sienes. Segundos después lo soltó y se apartó antes de que reaccionara desorientado, observando a su alrededor confundido.

—¿Alguien podría decirme qué estoy haciendo aquí? Lo último que recuerdo es… haber llegado a la escuela esta mañana.

—Te quedaste dormido durante la exhibición —intervino Marianne, echando mano de su registro de excusas al momento para salir de paso—. Hemos intentado despertarte por largo rato, incluso ya todos se marcharon.

Lester volvió a mirar alrededor, tratando de ubicarse, y después de un momento sin recordar nada, decidió simplemente aceptar sus palabras y tomó sus muletas. Le ofrecieron ayuda, pero él se negó, así que se limitaron a observarlo marchar.

—…Si fuera porque he perdido la práctica, no hubiera podido borrarle la memoria; después de todo llevo más tiempo sin hacerlo —dijo Samael en cuanto Lester estuvo fuera del gimnasio y únicamente habían quedado ellos tres.

—¿Cuándo fue la última vez que usaste tu poder de curación?

El ángel miró de reojo a Demian, que permaneció con la vista fija en la puerta.

—…Fue cuando cerré sus heridas —dijo Samael, señalando a Demian.

Él volteó enseguida al sentirse aludido y sonrió con acritud, pensando que de alguna forma se las arreglaría para achacarle también a él la culpa de ello, pero en cuanto volvió a mirar hacia la puerta, se sintió invadido por un sentimiento de culpa real. Ahora no quedaba duda de que había cometido un error irreparable. Todo por querer ahorrarle a Lester unos minutos de humillación.

—Creo que ya no hay nada que hacer aquí. Será mejor que vayan con los demás o podrían sospechar —dijo Demian finalmente, volviendo a tomar su bolsa de deporte y dirigiéndose hacia la salida.

—Adelántate. En unos minutos los alcanzo —le indicó Marianne a Samael mientras se echaba a correr para darle alcance a Demian, bloqueándole el camino—. No te sientas mal. Sé que dije que lo arreglaríamos, pero si no se pudo no debes atormentarte por ello. Al menos hicimos el intento.

—Dime, ¿cómo te sentiste cuando fuiste incapaz de impedir que mi padre fuera atacado y luego te fue imposible devolverle el don que le fue arrebatado? —dijo Demian tras unos segundos de silencio. El rostro de Marianne se contrajo al recordar, sin embargo, él esbozó una sonrisa para hacerle ver que estaba bien—… Tranquila, ya pasamos por eso; el caso es que no podías haber hecho nada al respecto, y a pesar de eso te sentías culpable sin ser realmente responsable de ello. Imagina entonces cómo debo sentirme yo después de lo que le hice a tu padre —Marianne intentó protestar, pero él hizo una seña para que le dejara terminar—, incluso cuando fue traído de vuelta al final. Y ahora lo de Lester.

—…Todos cometemos errores —dijo Marianne, tratando de animarlo—. Además, ni siquiera es como si lo hubieras dejado incapacitado de por vida; en un mes o algo podrá reintegrarse a sus actividades normales.

—Sí, lo sé. Y también sé que está en mi naturaleza realizar cosas como esa y no debería torturarme por ello, pero NECESITO preocuparme por no ser capaz de controlarlo.

—¡Pero sí puedes! ¡Todo está en tu mente!

Demian volvió a sonreír ante su firme convicción.

—¿…Sabes? Te has convertido en algo así como mi motivadora personal; quizá debería empezar a pagarte.

El rostro de Marianne quedó colorado y echó un rápido vistazo alrededor, asegurándose de que nadie la viera reaccionar así.

—¡…No digas tonterías! Me preocupo de la misma forma en que lo haría por cualquiera de mis amigos. Es por cosas como esa que luego los demás piensan que…

Al darse cuenta de que estaba a punto de hablar de más, calló. Demian la miró confundido y eso solo provocó que el enrojecimiento se acentuara en su rostro.

—Yo… debo irme. Ya es prácticamente la hora de salida así que… con permiso —dijo apurada, casi corriendo de ahí—. ¡Y no pienses más en eso, ¿de acuerdo?! ¡Busca una distracción, lee o haz algo!

—Quizá mañana tenga la perfecta excusa para distraerme cuando ustedes tengan su exhibición de básquetbol —bromeó Demian.

—¡Si lo dices para burlarte, haré que te tragues tus palabras! ¡Ya verás, quizá te lleves una sorpresa! —replicó Marianne, inflando las mejillas en un mohín retador para a continuación cruzar la puerta mientras Demian sonreía al observarla alejarse.

De pronto se sentía más relajado, aunque sin darse cuenta de que se rascaba la muñeca nuevamente.

—Olvídalo ya. No pudiste curarlo, ya pasó. En un mes se habrá recuperado de todas formas —dijo Marianne ante el gesto compungido de Samael.

—Es que no entiendes, no se supone que pierda cualquiera de mis habilidades así de la nada —expresó Samael, mirándose las manos con frustración.

—Al menos no se trató de una situación de vida o muerte.

—¿Pero y si lo fuera? ¿Y si alguno de ustedes resultara con una herida mortal? ¿Y si no pudiera curarlo y por consiguiente…?

—Detente. Estamos todos bien. No te tortures tú también por ello. Si llega un momento en que tu poder sea realmente necesario, entonces ya podremos preocuparnos e incluso rezar a tu plano superior porque funcione.

No lo había pensado. El plano superior tendría las respuestas, pero solo las enviaban durante el sueño, y ya llevaba más de un mes sin recibir información alguna. ¿Habría acaso alguna manera de forzar la comunicación? ¿O existía algún poder exterior bloqueando las vías de contacto? La primera y última vez que había intentado forzar nueva información había sido por medio del sueño inducido, y eso lo había dejado más de un día inconsciente. Había recibido la información requerida, pero no volvió a dormir por dos días seguidos, y las pequeñas dosis de conocimiento que recibía noche tras noche fueron espaciándose hasta que pararon. ¿Era quizá la consecuencia de sus actos imprevistos motivados por la desesperación? Después de todo, no solo había cerrado las heridas de Demian a pesar de ser un demonio, sino también las del padre de Marianne. ¿Sería una especie de castigo por ir en contra de las reglas? Quizá y sí lo fuera. En ese caso se preguntaba si sería algo permanente o solo un castigo temporal.

—Te aconsejo que quites ese gesto o llamarás la atención de mi madre, y no nos conviene que intente averiguar a qué se debe.

Marianne interrumpió sus cavilaciones cuando ya estaban frente a la puerta, pero antes de que alcanzara siquiera a meter la llave en la cerradura, esta se abrió de golpe y Loui salió corriendo, empujándolos.

—¡Loui, regresa aquí! ¡No te pongas en ese plan, solo lo haces más difícil! —exclamó Enid, pero Loui ya había cruzado la calle y corrido media cuadra.

Marianne y Samael se asomaron por la puerta, temiendo lo que podrían encontrar dentro, pero únicamente vieron a Enid de pie en medio del vestíbulo, con las manos a la cadera y su respiración empezando ya a sosegarse. Más que enfadada parecía decepcionada, la resignación ensombreciendo su rostro.

—¿Vieron eso? Y yo que pensé que no tendría que preocuparme de que empezara a rebelarse al entrar a la pubertad.

—¿Qué pasó? ¿Hizo alguna otra tontería en la escuela? —preguntó Marianne y su madre dio una larga exhalación, como si estuviera preparándose para hablar.

—…Samuel, ¿serías tan amable de ir preparando la mesa para el almuerzo? En un momento te acompañamos.

Samael se limitó a asentir y le dedicó una mirada a Marianne antes de dirigirse a la cocina, quizá tratando de darle ánimos ante lo que su madre fuera a decirle. Ella frunció el ceño en confusión y cruzó los brazos.

—¿…Qué sucede? ¿Por qué tanto secretismo?

—No es secretismo, solo… creo que deberíamos hablar esto en privado —respondió su madre, mostrándose inusualmente comprensiva, desesperándola aún más.

—Dime de una vez qué es lo que sucede; no intentes suavizarlo ni ser condescendiente como si fuera una niña porque ya no lo soy —exigió saber Marianne, sintiendo bullir su estómago.

—Bien, tienes razón. Ya no eres una niña y por lo tanto confío en que no reaccionarás tan impulsivamente como Loui. Supongo que recuerdas que la semana pasada dije que tu padre y yo nos divorciaríamos —comenzó a hablar Enid tan tranquilamente como le fue posible, pero Marianne ya podía imaginarse hacia donde apuntaba aquello, dada la reacción de Loui—. Pues… ya es un hecho. Mañana firmaremos los papeles.

Marianne no dijo nada, ni siquiera pareció reaccionar. Se limitó a mirarla con semblante serio, como cuando recién se habían mudado y el tema de su padre salía a relucir.

—¿…A qué hora? —fue lo único que se le ocurrió decir.

—Tenemos que estar en el juzgado a las 11 de la mañana. Será algo rápido, a las 11:30 ya deberíamos haber firmado y nadie más tiene que estar presente, así que ustedes pueden asistir a clases normalmente. Nada tiene que cambiar.

Excepto que sí cambiaría; sus padres quedarían oficialmente divorciados a partir de ese momento y justo a la hora en que tenía su exhibición de básquetbol. Hasta parecía una broma cruelmente orquestada por Kristania tan solo para arruinarle el día.

—¿Escuchaste lo que dije? —inquirió su madre, preocupada ante su silencio y falta de reacción y ella enseguida asintió.

—…Entendido. ¿Te importa si me salto el almuerzo? Comimos algo en la cafetería y no tengo hambre.

—…Claro, adelante. Te haré saber entonces cuando esté lista la cena —respondió su madre, entendiendo que necesitaba tiempo para asimilar la noticia que acababa de recibir.

—Ya está puesta la mesa —anunció Samael, asomándose desde la cocina. Marianne no dijo nada, tan solo subió corriendo las escaleras mientras Enid daba un suspiro.

Más tarde, esa misma noche, cuando Marianne pasaba por la habitación de su madre en un ataque de insomnio, escuchó unos sollozos al interior. Se detuvo un instante y observó la puerta. Sintió una punzada en su pecho y optó por regresar a su habitación. Se tumbó en la cama y mantuvo fija la vista en el techo, pugnando por dormir, escuchando aún los sollozos de su madre retumbándole en los oídos. Aunque tarde, el sueño acabó llegando. Un sueño que, sin embargo, estuvo plagado de pesadillas en los que su padre terminaba abandonándolos y una cegadora luz la rodeaba, abrasando su piel, mientras el llanto de un niño pequeño se escuchaba cercano.

Fue imposible para ella concentrarse al día siguiente antes de su exhibición. Estaban ya vestidas con el uniforme del equipo cuando la puerta se abrió y los muchachos del club comenzaron a entrar también entre risas y barullos. Su exhibición sería hasta el viernes, pero de igual forma tenían que estar presentes en apoyo a las chicas.

—Como si no tuviéramos ya suficiente presión encima —dijo Lilith ante el escándalo de los chicos.

Marianne únicamente dirigió una mirada hacia ellos, fijándose que Demian iba entrando de último. Tal como el resto de los muchachos traía puesto el uniforme, y aunque asentía con sus compañeros en respuesta a sus bromas o comentarios, se mantenía al margen; solo cuando su mirada se topó con la de Marianne esbozó una media sonrisa, y mientras el entrenador trataba de poner orden, él se aproximó a las bancas donde las chicas se encontraban.

—¿Nerviosas? —inquirió él sentándose en la esquina libre de la banca.

—¿No se nota? —dijo Lilith sin dejar de morderse las uñas.

—Tranquilas, es solo una práctica; no pasará nada si las vence el otro equipo.

—¡Pero sí pasará! ¡Si nos vencen nadie más querrá unirse al equipo pues pensarán que somos unas perdedoras! —refutó Lilith con el pánico apoderándose cada vez más de ella.

—Quien en verdad quiera unirse lo hará ya sea que pierdan o no —continuó Demian, tratando de animarlas.

—¿Podrías darnos algún consejo, Demian? —intervino Kristania, asomándose del lado de Lilith y mostrándose tan nerviosa y vulnerable como ella—. Tú mejor que nadie debe saber cómo es, ya que eres el capitán del equipo.

—Solo no le tengan miedo a la pelota —respondió él con sequedad, pero en cuanto volvía su atención hacia Lilith y Marianne, su semblante se suavizaba y una sonrisa asomaba en sus labios—… Creo que no hace falta decirles que, si entran pesimistas a la cancha, se reflejará en el resultado.

—¡Tienes razón! ¡Mentalidad ganadora, eso es todo! —convino Lilith, apretando las manos y tratando de mostrarse positiva, golpeando sus piernas a un ritmo constante y repitiendo una frase como si estuviera invocando una fuerza superior—. ¡Vamos a ganar! ¡Vamos a ganar! ¡Vamos a ganar!

Mientras ella continuaba con aquel mantra, Demian volvió a mirar a Marianne que parecía sumida en sus propios pensamientos.

—No te obsesiones tanto con el partido. Solo ten presente lo que has aprendido en los entrenamientos y todo saldrá bien —aconsejó Demian y ella por fin pareció tomar conciencia de que se dirigía a ella.

—Oh, no, yo no estaba… —intentó aclarar, pero se detuvo al pensar que tendría que decir lo que realmente pasaba por su mente—… Tienes razón, no debo preocuparme. Estaremos bien.

Pero Demian había notado aquel destello de duda en sus ojos y supo enseguida que no era el partido lo que la preocupaba, pero cualquier intento por hacerla hablar de ello tendría que esperar pues la puerta volvió a abrirse y poco a poco comenzaron a entrar los alumnos.

—…Ya casi es hora. Les deseo suerte —dijo él, dirigiéndose a las gradas—. Solo concéntrense en la pelota, no la pierdan de vista.

Les hablaba a todas, pero su mirada estaba puesta en Marianne. Ella esbozó una leve sonrisa de agradecimiento y en cuanto él continuó hacia las gradas, sintió los codazos de Lilith justo en las costillas.

—¡…Auch, ¿qué pasa contigo ahora?!

—¡Ups, lo siento! Debió ser un acto reflejo —respondió Lilith con una risita y una mirada que parecían querer transmitirle algo más, pero ella no se sentía de humor ni para discutirle siquiera sus alocadas suposiciones.

Pronto el auditorio estuvo completamente lleno; parecía haber mucho interés en ver la actuación de las chicas, y eso no hacía más que aumentar su ya de por sí creciente nerviosismo.

—Parece que ya están todos aquí —comentó Lilith, mirando hacia las gradas y Marianne hizo lo mismo tan solo para distraer su atención. Sus amigos habían tomado asiento lo más cerca posible de las bancas y enseguida les hicieron gestos de apoyo—… Ay, dios. Siento una revolución en mi estómago. Podría vomitar en cualquier momento. Si durante el partido ves que me doblo, aléjate lo más que puedas porque se pondrá feo.

Marianne no respondió nada, había visto al entrenador ya pasando por la puerta seguido por varias chicas con uniforme rojo. El equipo oponente. No eran mucho más altas que ellas, pero sus miradas indicaban una seguridad de la que ellas carecían.

—Y llegó el momento de la verdad —dijo Lilith en una larga exhalación mientras Marianne echaba un vistazo al enorme reloj que se alzaba al fondo del auditorio. Eran ya las 11 de la mañana. Dentro de media hora sus padres estarían divorciados.

—…Casi —dijo ella en voz baja, mordiéndose los labios y sintiendo un nudo en la garganta.

—¡Vamos, equipo, ustedes pueden! —gritó Vicky, poniéndose de pie e iniciando una serie de aplausos y vítores en apoyo.

—Las del otro equipo son ocho, tienen ventaja solo con eso —comentó Lucianne.

—Solo juegan cinco en la cancha, de otro modo sería totalmente injusto —la corrigió Frank y ella le dedicó una mirada como si le ofendiera su corrección.

—Lo sé. Solo lo digo porque ellas tendrán más oportunidad de cambios, ¿o acaso crees que no sé de básquetbol? Solía jugar de niña.

—¿En serio? Eso sí que me gustaría verlo algún día.

—Pues… tal vez lo veas —replicó ella, alzando las cejas como desafío.

—Oh, sí, recuerdo que se la pasaban jugando mi hermano y tú; incluso se quedaban a ver todos los partidos de la temporada. No entendía cómo podía interesarles tanto un grupo de personas lanzándose la pelota unos a otros, así que terminaba en el estudio leyendo cuentos —dijo Vicky y Frank frunció el ceño al enterarse de aquel detalle.

—¿…Ah, sí? Mira nada más, esa no me la sabía —masculló Frank, mirando a Lucianne con ojos entornados. Ella únicamente giró los ojos, sabiendo lo que eso significaba.

—¡Oh, hola! —Vicky agitó el brazo al ver que Loui iba entrando con un grupo de niños de secundaria, aunque por su mirada intranquila, parecía temeroso de algo.

En cuanto vio el brazo que lo saludaba, vaciló con nerviosismo al descubrir a quién pertenecía. Pero tras dar un último vistazo hacia atrás, se echó a correr hacia ellos, esquivando estudiantes tanto de pie como sentados.

—¿Vienes a ver que juegue tu hermana? ¡Es muy tierno de tu parte! —dijo Vicky, dejándole un espacio entre ella y Lucianne para que se sentara.

El niño se sonrojó y permaneció sin habla, limitándose a menear frenéticamente la cabeza y acuclillándose entre las filas, abrazando sus piernas y mirando alerta hacia la puerta por la que aún seguían entrando estudiantes. Vicky miró a los chicos con un encogimiento de hombros mientras Samael observaba al niño, extrañado de su comportamiento.

El silbato sonó y la exhibición dio inicio. Como era de esperarse, las chicas estaban tan nerviosas que fallaron varios pases al quedarse paralizadas cada vez que alguna del equipo contrario se les acercaba, y la primera canasta en su contra no tardó en llegar, al igual que las expresiones de decepción en el público. Sus amigos trataron de mantener los ánimos con varios gritos de apoyo, a pesar de que pronto llegó la segunda y tercera canasta. Y luego una cuarta. Las chicas se veían cada vez más agotadas y derrotadas hasta que terminó el primer cuarto de los que serían solo dos.

—¡Tenemos que hacer algo! ¡Si seguimos así, nadie más querrá unirse al equipo! —dijo Lilith entre resuellos, con la cara tan roja que parecía un tomate y a continuación señaló a las amazonas—. ¡Ustedes dos, quédense cerca de la canasta para impedir que vuelvan a encestar! ¡Tenemos que espabilarnos y dejar los nervios de lado! ¡Necesitamos al menos una canasta para demostrar que podemos hacerlo! ¿Me escuchaste, Marianne?

—¿…Eh? —Marianne la miró con expresión distraída. Había estado mirando el reloj del fondo que ya pasaba de las 11:15 y su cabeza estaba en otro lado durante aquel primer tiempo.

—¡Despierta, que nos están dando una paliza! ¡No debemos permitir que sigan anotando, y nosotras debemos meter al menos una, la del honor! ¡O nadie en la escuela nos va a tomar en serio!

—¡Pon algo de tu parte! ¡Incluso yo ya me rompí una uña peleando por la pelota! —la reprendió Kristania, mostrando su dedo meñique con la uña rota al ras del dedo.

—Lo… lo siento. Pondré más atención —respondió Marianne, sacudiendo la cabeza para intentar sacarse sus preocupaciones de la mente.

El silbato volvió a sonar y regresaron a la cancha. Marianne echó un vistazo hacia el público y notó las caras de decepción a pesar de que sus amigos se esforzaban por seguir apoyándolas. Lilith tenía razón, tenían que encestar al menos una canasta para demostrar su valía como equipo, pero cada vez que miraba a la cancha, no podía evitar captar por el rabillo del ojo la hora que mostraba el reloj del fondo. Faltaban ya menos de cinco minutos para las 11:30, la hora en que sus padres quedarían oficialmente divorciados. Apartó la vista con rapidez; no debía pensar en ello. Estaban en medio de un partido que demostraría qué tan buena idea había sido el crear el equipo femenil, y hasta ahora no habían dado una buena impresión. Si tan sólo pudiera concentrarse al cien por ciento en el juego…

La gente comenzó a gritar en cuanto el equipo contrario se acercó a la canasta que debían defender; estaban por anotar su quinta canasta, y aunque las amazonas intentaban bloquear la pelota tal y como les habían impuesto, esta se balanceó en la orilla del aro, solo bastaba que perdiera impulso para que se deslizara dentro de la canasta. Marianne miró fijamente la pelota mientras escuchaba los lamentos de Lilith y de pronto esta pareció rebotar fuera de la canasta para alivio del equipo.

—¡Oh, dios, eso fue cardíaco! ¡Nuestra suerte debe estar cambiando! ¡Las amazonas tienen la pelota, no hay que dejarlas solas, vamos! —exclamó Lilith mientras corría de vuelta al centro de la cancha. Marianne se quedó parada en el mismo lugar sin poder apartar la vista de la canasta.

Ella lo había hecho, había usado su poder para evitar que encestaran de nuevo. Miró hacia las gradas para ver si alguno de sus amigos se había dado cuenta, y por la cara de Samael y Demian supo que al menos ellos sí lo habían notado.

—¡Vamos, no te quedes ahí parada! —gritó Lilith para llamar su atención, y aunque sentía remordimiento, trató de dejarlo de lado y ayudar a sus compañeras. Las amazonas le lanzaron la pelota a Kristania tras su excesiva marcación y regresaron al otro extremo para proteger la canasta mientras Kristania veía con pavor al equipo contrario acercándose amenazantes hacia ella, así que terminó lanzando la pelota lejos—… ¡Perdemos la pelota!

Marianne trató de alcanzarla, pero estaba claro que caería fuera de la cancha, lo que le daría la ventaja de nuevo al otro equipo, así que se estiró lo más que pudo, y la pelota de pronto dibujó un arco hasta caer en sus manos, pero no fue hasta que la atrapó que cayó en cuenta de que nuevamente había usado su poder.

—¡Eso es! ¡Lánzamela a mí! —volvió a gritar Lilith con más ánimos, deteniéndose a una distancia apropiada de la canasta para poder lanzar en cuanto tuviera la pelota en sus manos. Marianne trató de no pensar en las implicaciones éticas que significaban el usar sus poderes a su favor durante un juego, después de todo ya le había mostrado su desacuerdo a Lilith durante el campamento. Pero la diferencia era que ahora no representaba la posibilidad de ganar con trampa a tan pocos minutos de terminar, sino el de no salir completamente humilladas y derrotadas. Así que le lanzó la pelota a Lilith.

La rubia tomó impulso antes de que sus contrarias la alcanzaran y lanzó la pelota hacia la canasta. El tiro iba con demasiada fuerza, todo parecía indicar que rebotaría contra el tablero, pero Marianne se concentró en la trayectoria de la pelota, disminuyendo su velocidad, pero al ver que el reloj de fondo ya pasaba de las 11:30, perdió el control. La pelota golpeó el tablero, aunque sin mucha fuerza, y comenzó a girar en el aro de forma que todo parecía indicar que caería fuera de este.

—¡No, no, no! ¡Vamos, entra, ENTRA! —suplicó Lilith, pero la pelota ya estaba prácticamente fuera del aro.

Marianne estaba decepcionada de su fracaso, cuando de pronto la pelota pareció detenerse fuera del aro, y como si recibiera un empujón, entró en la canasta, tomándose la anotación por buena. Lilith celebró como si hubiera ganado un torneo mundial y el público explotó en aplausos. El silbato final no tardó en escucharse y aunque no ganaron, las dos últimas jugadas habían cambiado los ánimos de todos.

—Al menos luchamos hasta el final —dijo Lilith, sintiéndose satisfecha y dándole unas palmadas a Marianne en el hombro mientras ella se quedaba de pie en el mismo lugar—. ¡Y conseguimos encestar una canasta al último segundo! ¡Eso cuenta como fantástico! Vamos, los demás nos esperan.

Marianne asintió intentando sonreír, pero antes de seguirla, miró de reojo hacia la canasta donde había pasado la pelota de forma imposible, y más aún considerando que ni siquiera había usado su poder.

Todos en el público comenzaban a abandonar las gradas mientras Loui seguía observando alerta a su alrededor.

—¡Vamos! ¿No vas a felicitar a tu hermana? ¡Hizo un gran trabajo a pesar de todo! —dijo Vicky, haciéndole señas para que los siguiera, y el niño se encorvó cohibido, asintiendo con la cabeza como si fuera incapaz de hablar en su presencia. Volteó hacia las puertas y su rostro se tensó.

—¿Todo bien? —preguntó Samael. El niño giró hacia él y movió afirmativamente la cabeza con expresión ausente, poniéndose de pie para bajar con ellos mientras miraba de reojo hacia la puerta, donde los tres muchachitos que siempre lo molestaban le hacían señas con los mismos gestos burlones e intimidantes, lo cual no representaría ninguna diferencia de su día a día de no ser porque hasta unas horas antes los había dado por muertos.

Cuando Loui salió corriendo de casa no tenía idea a dónde ir, solo que necesitaba estar lejos tras la noticia que le acababa de dar su madre: que en unas cuantas horas ella y su padre estarían divorciados. Era como si toda su vida se estuviera desmoronando desde que entró a secundaria. Lo único que deseaba era volver a primaria, incluso si las cosas tampoco iban del todo bien entonces, al menos lo de sus padres aún parecía tener solución y sus compañeros se limitaban a evitarlo, no tenía que estar vigilando constantemente su espalda por un trío de matones que habían tomado por costumbre el torturarlo cada que tenían oportunidad.

Cuando se cansó de correr se dio cuenta de que había llegado a algún parque solitario, encerrado entre tres muros. No había niños jugando ni se veía ningún vecino cerca, pero era justo lo que necesitaba en ese momento. Un lugar en el cual poder estar a solas.

A espaldas del parque había un edificio que parecía abandonado, de aspecto oscuro y lóbrego a pesar de que aún había luz del sol. Le echó un vistazo y una vez comprobado que no había nadie, fue a sentarse en uno de los columpios y se mantuvo ahí por varios minutos, con las piernas colgándole sin alcanzar el suelo y la cabeza gacha. Intentó apoyar los pies y así balancearse, pero la única forma en que alcanzaba el suelo era bajándose del columpio, así que se quedó ahí sentado con resignación. Maldijo su baja estatura. Si no fuera por eso, quizá los demás no lo molestarían.

Al menos estaba solo, nadie se burlaría si por ejemplo cayera del columpio intentando balancearse. Y había una forma de hacerlo, ahora que lo pensaba. Se sostuvo de los colgantes y colocó los pies sobre el columpio mientras iba parándose sobre este, con las manos aferradas a las cadenas. Comenzó entonces a tomar impulso ahora que tenía un punto de apoyo; el columpio fue moviéndose lentamente hasta dibujar arcos lo suficientemente amplios como para que saliera volando de ahí si decidía soltarse. Casi estaba a punto de dar una vuelta completa cuando vio unas sombras en la esquina. Alguien estaba acercándose al parque, así que bajó la velocidad.

Y entonces los vio; las sombras mezcladas dieron paso a tres chicos que iban riéndose y dándose empujones como pequeños salvajes. El columpio se paró en seco y uno de los chiquillos reparó en él.

Loui se mantuvo inmóvil, como un animalito acorralado cuya única esperanza era pasar desapercibido. Pero ya habían puesto los ojos en él y sus rostros dibujaban voraces sonrisas que parecían anticipar la diversión que tendrían por delante. Diversión al menos para ellos.

No podía quedarse así mientras miraban a su presa antes de decidirse a atacar. Tenía que ser más rápido que ellos, huir de ahí antes de que sus escasas neuronas forzaran a sus extremidades a moverse. Miró por detrás de ellos y gritó: “¡Papá!”.

Mientras los tres volteaban, él saltó del columpio, aterrizando con firmeza en el suelo y echándose a correr al único punto libre para salir del parque, que quedaba desafortunadamente muy cerca de ellos; debía ser lo suficientemente rápido para esquivarlos; sin embargo, los tres también comenzaron a correr en cuanto vieron que era un engaño y terminaron atrapándolo antes de que pudiera dar la vuelta, arrastrándolo hasta el fondo del parque, justo detrás de los columpios.

—¡Pero miren nada más a quién nos encontramos! —dijo el niño con cabeza de cepillo—. ¿Intentabas huir de nosotros, pastelito?

—¿Qué tienes por ahí guardado? ¿Algún otro juego que luego podamos vender? —dijo el niño de los dientes chuecos, revisando sus bolsillos mientras él se retorcía inútilmente pues el niño gordo lo sujetaba con fuerza.

—¡Suéltenme! —exigió Loui—… ¡Déjenme ir o…!

—¿O qué harás? —dijo el cabeza de cepillo con mueca burlona—. ¿Piensas irnos a acusar con tu mami o esconderte detrás de la falda de tu hermana? O mejor aún, enfrentarte a nosotros. ¡Eso quisiera verlo! —Le hizo una seña al niño gordo para que lo soltara y luego les indicó a sus amigos que se hicieran a un lado, mirando con expresión retadora a Loui mientras este se ponía de pie—. ¡Adelante! ¡Haz algo! Ellos no van a intervenir.

Loui lo miró fijamente con precaución; no se atrevía a hacer ningún movimiento, consciente de que de todas formas volverían a inmovilizarlo, pero cómo le hubiera gustado responder a aquella provocación. Sentía que le hervía la sangre.

—¡Anda, ¿qué esperas?! Pero si no eres más que un gallina. Y los gallinas como tú deberían ser enviados a volar. ¿No lo creen, chicos? —continuó el niño cabeza de cepillo, señalando los columpios a sus amigos y los tres se rieron en confabulación.

Loui empuñaba las manos con fuerza; ya no le importaba mucho lo que le harían, pero mientras los tres bravucones se reían de aquella forma tan molesta, él ya empezaba tensar el brazo para lanzar el primer golpe, y de pronto una sombra pasó rauda frente a él, llevándose consigo a los tres chiquillos y desapareciendo al interior de aquel edificio abandonado.

Loui permaneció de pie en el mismo punto, parpadeando con desconcierto y con la respiración acelerada. La voz estrangulada se negaba a salir de su garganta. Pero ¿qué había sido eso? Aún podía escuchar gritos amortiguados y forcejeos en la oscuridad, pero su cuerpo no respondía y sentía las extremidades rígidas.

Cuando finalmente pareció recuperar la movilidad, su cuerpo se estremeció de tal forma que tuvo que detenerse del muro para que las piernas no le fallaran. Finalmente se acercó a la abertura, pegado a la pared. Los gritos habían cesado, pero aún podía escuchar los ruidos provenientes de ahí. Todos sus sentidos le gritaban que se marchara, que huyera y se pusiera a salvo, pero una parte de él necesitaba verlo, descubrir qué estaba pasando.

Tembló mientras aferraba los dedos al hormigón de la esquina y asomó la cara cautelosamente al interior. Estaba tan oscuro como un callejón en medio de la noche, pero alcanzó a distinguir una figura encorvada en el piso, prácticamente encima de los tres niños, manteniéndolos contra al suelo, con sendos gestos pálidos y expresiones congeladas de horror, como si sus cuerpos enteros, incluyendo las cuerdas vocales, estuvieran paralizados.

La figura entonces volteó hacia él, enfundado en una capucha, y la visión de un par de ojos ámbar brillando en la oscuridad como los de un lobo provocó un estremecimiento tal en Loui que pensó que las rodillas se le doblarían; pero fue cuando vio que una sonrisa se formaba bajo esos ojos que se sintió lo suficientemente aterrado como para apartarse de la pared de un empellón y lanzarse a correr lo más rápido que sus piernas se lo permitían, sin detenerse siquiera a mirar atrás. Lo único que pensaba en ese momento era en poner distancia entre la criatura y él. Corrió hasta dejar atrás el parque, y ya iba llegando a la calle siguiente cuando terminó chocando contra alguien, cayendo al suelo de rebote. Alzó turbado la mirada, temiendo lo que vería, y se encontró con el rostro siempre afable de Samael, observándolo preocupado.

—¿…Estás bien? —preguntó él, ofreciéndole la mano para que se levantara.

Loui se quedó unos segundos en el piso, tratando de regular su respiración, mirando hacia atrás como si esperase ver aquella figura persiguiéndolo, pero no había nada. Su pulso comenzó a menguar y dio una profunda inhalación, esperando que eso le ayudara a apaciguarse.

—Sí… Todo está bien —respondió él, aceptando su ayuda y poniéndose de pie.

Podía hablar de lo que había visto y conseguir ayuda para aquellos tres chicos, pero…

—Vámonos a casa. Ahora —fue lo único que dijo antes de echar un último vistazo atrás y encaminarse con Samael de vuelta a casa.


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