Capítulo 21

21. TRAS LA SOMBRA DE UN PADRE

Era día de básquetbol y las chicas esperaban sentadas en las gradas a que los muchachos comenzaran con su partido de selección. Contrario al gesto meditabundo de Marianne tras la nueva información de la que tenía conocimiento ahora, Lilith se la pasaba sonriendo y moviendo los pies rítmicamente.

—No sé cómo puedes estar tan sonriente sabiendo que posiblemente haya ahí afuera un demonio de ojos amarillos que anda atacando gente inocente.

—Bueno, ya se ha vuelto un día más en nuestras vidas —respondió Lilith encogiendo los hombros. Marianne le dedicó una mirada desconcertada y optó mejor por mirar hacia los chicos, que parecían estarse poniendo de acuerdo con el entrenador.

Demian estaba con ellos, prestándole completa atención, sin una sola mirada hacia las gradas. Ella esperaba a que se acercaran a las bancas para poder hablar con él.

De los vestidores de los chicos salió entonces Dreyson y se dirigió hacia el grupo reunido en el centro. Marianne estrechó los ojos, dándole mala espina.

—Hace trampa —dijo de pronto Kristania, sentándose a un lado de ellas tras salir de los vestidores—. Tiene que estarla haciendo de alguna forma; no hay otra explicación para esas victorias de la nada.

—¿Qué tipo de trampa según tú? ¿Sobornar a los demás chicos para dejarse vencer por él? —preguntó Marianne.

—Podría ser. O también podría estar usando esteroides —respondió Kristania con total seguridad y Marianne decidió ignorarla, sabiendo lo imposible que era convencerla de lo contrario. Los chicos comenzaron a dispersarse y Marianne buscó una excusa para bajar hacia las bancas a las que Demian se aproximaba.

—Creo que… olvidé cerrar bien mi taquilla. Iré a ver —dijo ella, y al instante Kristania siguió su ejemplo.

—Te acompaño, tampoco estoy segura si la mía está bien cerrada.

Marianne la miró con suspicacia y ella se limitó a mostrar su mejor sonrisa de Kristania marca registrada. Ambas bajaron de las gradas; Marianne recriminándose por no haber pensado en una excusa mejor y tratando de idear otra forma de hablar con Demian sin que Kristania estuviera revoloteando alrededor. Lo miró de reojo, esperando que él entendiera el mensaje, pero este tenía la vista fija en su bolsa de deporte mientras rebuscaba en el interior. Mala suerte. De regreso, él ya estaba sentado en la banca, poniéndose un calentador en la muñeca. Ella de nuevo intentó llamar su atención, retrasándose y caminando un poco más cerca de las bancas, aunque tuviera a Kristania pegada a ella. Estaba ya a unos pocos metros y era seguro que podría verla por el rabillo del ojo, pero él se levantó y se encaminó de vuelta al centro de la cancha sin dirigirle una sola mirada de soslayo siquiera.

Contrariada, volvió a las gradas con Kristania pisándole los talones, convencida de que Demian había notado su presencia, pero había optado por ignorarla y no entendía por qué. ¿Quizá por los mensajes de la noche anterior? ¡Pero ella qué culpa se tenía!

—Creo que al fin van a iniciar —dijo Lucianne cuando los chicos se reunieron nuevamente en el centro y el entrenador los dividió en grupos de cinco. No podían escuchar lo que decían a esa distancia, pero vieron cómo Frank se colaba hasta el frente del grupo, alzando la mano y diciendo algo. El entrenador le señaló entonces uno de los grupos—… Ay, no, ¿qué está haciendo? Espero que lo tome con seriedad.

—Creo que el problema será si se lo toma con demasiada seriedad —espetó Marianne, viendo que también Dreyson era canalizado a otro de los grupos.

Demian fue colocado en el grupo donde estaba Frank, y aunque este no ocultó su desagrado, el primero permaneció impávido y a la espera de que todo aquel proceso terminara. Al final quedaron formados cuatro equipos que se disputarían un lugar en la selección y el título de capitán.

Los partidos dieron inicio, cada uno con una duración de apenas quince minutos con el único propósito de mostrar al entrenador sus capacidades. Había aceptado la inclusión de dos novatos ante la insistencia de ambos, pero había procurado colocarlos en grupos compuestos de chicos experimentados.

En el primer partido, uno de los equipos correspondía al de Demian y Frank. El primero tomó enseguida el liderazgo a pesar de la renuencia de sus compañeros de reconocerlo como capitán (después de todo, habían formado una alianza para derrocarlo y él no iba a olvidarlo tan fácilmente), sin embargo, la costumbre acabó por hacerlos caer en la rutina dentro de la cancha, y a pesar del histrionismo e inexperiencia de Frank, que rara vez escuchaba instrucciones cuando tenía la pelota en posesión, consiguió anotar una canasta tras ignorar las órdenes de Demian de pasar el balón al miembro más cercano del equipo al verse acorralado y preferir arrojarla al aro desde aquella distancia. Naturalmente, estalló en gritos de celebración e hizo alarde de su hazaña contra todo pronóstico, pavoneándose frente a sus compañeros y buscando a Lucianne en las gradas para hacerle señas de triunfo.

—Exhibicionista —murmuró Marianne, poniendo los ojos en blanco, mientras Lucianne meneaba la cabeza, reprimiendo una sonrisa.

En el siguiente partido participaba el equipo de Dreyson. Este parecía completamente concentrado y atento a los movimientos de todos, y aunque no pareció destacar especialmente, pues otros fueron los encargados de anotar, un ojo entrenado podría haberse dado cuenta de que habían sido sus robos y pases los que habían conducido a aquellas anotaciones, dándole a su equipo la victoria. Mientras sus compañeros festejaban chocando las palmas, él se mantenía relajado, ignorando las manos levantadas hacia él.

—Es como un robot —comentó Lilith—. Ni siquiera es capaz de disfrutar la victoria.

—Yo creo que sí lo disfruta y bastante, solo que no lo demuestra en público —refutó Marianne haciendo una mueca al recordar todas las notas que le arrojaba desde su asiento.

—¿Y con eso te refieres a que lo hace en privado para ti? —dijo Kristania y Marianne volteó hacia ella con el ceño fruncido. Aquel parecía más el comentario de su antiguo yo que la versión transgénica en la que se había convertido. Esta sonrió, de pronto recordándose a sí misma cómo debía actuar—. ¡Es una broma! Ay, relájate, todo te lo tomas demasiado en serio.

Marianne optó por volver la vista al frente antes de responderle algo que seguro traería de vuelta a la vieja Kristania. El tercer partido no tardó en dar comienzo tras apenas unos minutos de descanso; por un lado, el grupo en el que estaban Demian y Frank, y por otro, el que tenía a Dreyson.

Demian tampoco lucía de lo más animado (y considerando la situación, nadie lo culparía). Mientras cada equipo iba colocándose de su lado de la cancha, él ajustaba la banda en su muñeca mientras dirigía miradas sesgadas hacia Dreyson. Cuando sonó el silbato, el primero en alcanzar el balón fue Demian, que ni tardo ni perezoso se dirigió hacia el aro contrario en busca de una anotación, esquivando fácilmente a sus adversarios, pero cuando Dreyson se colocó al frente, sintió una oleada de calor que hizo escocer su herida. Cuando se recordó que debía realizar algún movimiento, su tiempo en posesión del balón ya estaba acabando y se vio obligado a pasar la pelota a uno de sus compañeros, pero en cuanto el otro lo tuvo entre las manos, Dreyson pasó como relámpago a su lado, robándole la pelota y yendo a toda prisa hacia el otro extremo de la cancha. Demian de inmediato gritó órdenes a los demás para que lo alcanzaran, pero en cuanto lograron bloquearlo, este terminó pasando la pelota a alguien más, acabando en una anotación.

Los chicos del equipo de Demian no tardaron en culparlo, y él se limitó a rescatar la pelota al caer del aro para no perder el tiempo. Sus compañeros lo siguieron, pidiéndole el balón, acusándolo de acaparador, por lo que terminó haciendo el pase ante la presión, siguiéndolos para estar disponible en caso de que alguien fuera bloqueado. Cuando el chico en posesión del balón fue acorralado, le hizo señas para que le pasara la pelota, pero este lo ignoró, pasándosela a alguien más. Y en adelante así fue cada que pedía el balón. Parecían haberse puesto de acuerdo. El último en posesión fue Frank, y cuando le bloquearon el paso cerca del área de la canasta, Demian surgió a su izquierda, pidiéndole la pelota mientras a la derecha otro compañero hizo lo mismo. Demian estaba seguro de que terminaría pasándoselo al otro, pero el individualismo y hambre de triunfo de Frank era aún mayor y decidió que ese punto sería suyo. Tomó impulso, flexionó los brazos, arrojó el balón y cuando ya estaba llegando al aro, fue interceptado por una mano que bloqueó lo que parecía una inevitable canasta y se quedó en posesión de la pelota. Teniéndola en las manos, Dreyson mostró una breve sonrisa que parecía dirigida a Demian, y se lanzó de inmediato a la carrera hacia el extremo opuesto de la cancha.

A pesar del claro sabotaje de sus propios compañeros, Demian no soltó su papel de capitán dando órdenes a diestra y siniestra para defender su canasta. Quería asegurarse de que cada jugador del otro equipo estuviera marcado, y a pesar del ardiente hormigueo que sentía en la muñeca, quería encargarse él mismo de Dreyson. Era casi como si el palpitar de la herida lo impeliera a ir por él, tanto que por un momento se dejó llevar por la embriagadora sensación del poder que manaba de su interior y empezó a buscar un punto al cual asirse.

—No serás capitán este año —dijo de pronto Dreyson al tenerlo cerca, sacándolo de aquel trance en el que se había sumergido y haciéndolo vacilar, dándose cuenta de lo que estaba a punto de hacer, pero antes de que pudiera reaccionar, el chico lanzó el balón y otro más apareció para tomarlo, yendo directo hacia la canasta y anotando antes de que cualquiera pudiera detenerlo a tiempo.

Cuando el silbatazo dio por terminado el partido, el equipo entero le lanzó miradas a Demian al pasar junto a él, como si fuera el culpable de su derrota. Él tan sólo permaneció de pie, jadeando y frotándose la muñeca con fuerza, intentando mantener controladas las lacerantes pulsaciones y su propia energía maligna pugnando por salir a flote.

—He tomado una decisión —dijo el entrenador tras unos minutos observando sus apuntes y todos los muchachos hicieron completo silencio a la espera de que diera su veredicto, nombrando a continuación a los chicos que conformaron los últimos dos equipos y cuatro más del resto ante los rostros expectantes de todos—… Los nombres que acabo de mencionar son los convocados oficiales para los juegos interestatales. Tenemos un par de novatos que han demostrado gran potencial y que seguramente con ayuda de sus compañeros aprenderán más cosas en el camino. Ahora, tengo que tomar en cuenta lo que es mejor para el equipo y dado lo visto en la cancha he decidido quién será el capitán.

Los chicos continuaron callados, esperando a que lo anunciara. Demian no se movía, mirando fijamente al entrenador y viendo por el rabillo del ojo a Dreyson, sentado en una de las bancas con expresión relajada, como si estuviera seguro de que escucharía su nombre.

La pausa del entrenador, que no despegaba la vista de sus notas, se extendió tanto que los demás se removían inquietos en sus lugares. Finalmente, el hombre levantó la vista y pasó la mirada por todos, deteniéndose en Demian por unos segundos más antes de continuar con el resto. Era la señal, una disculpa silenciosa por lo que estaba a punto de hacer, y las punzadas en la muñeca aumentaron de intensidad.

—…El capitán del equipo será Aldric Morrison.

Los muchachos del equipo enseguida se deshicieron en felicitaciones hacia él. Había prácticamente actuado como capitán del equipo ganador, y también había anotado las dos canastas que les dieron la victoria. El muchacho celebró junto con ellos, sorprendido y satisfecho consigo mismo.

A pesar de que la idea de haber perdido su puesto como capitán del equipo era difícil de asimilar, Demian sintió cómo sus extremidades fueron distendiéndose y el escozor de la cicatriz comenzó a remitir poco a poco. Al menos no había sido Dreyson; perder dos veces su lugar ante aquel chico era ya demasiado. Con una mirada de soslayo quiso cerciorarse de que al menos la noticia también le hubiera caído a él como un balde de agua fría, pero no parecía decepcionado en absoluto.

—¿Cómo la ven? —dijo Frank, acercándose a las gradas con una sonrisa presuntuosa y haciendo alarde de lo conseguido—. ¿Dirán ahora que es suerte de principiante?

—Puede que lo hayas conseguido al primer intento, pero lo que hicieron en la cancha fue realmente injusto e incorrecto —replicó Marianne con tono recriminatorio.

—No sé de qué estás hablando —dijo Frank, arrugando la frente.

—¡Se pusieron de acuerdo para negarle a Demian la pelota; eso es jugar sucio! —intervino Kristania, que parecía tomárselo más personal que cualquiera.

—¡No nos pusimos de acuerdo! Al menos a mí nadie me dijo nada —replicó él encogiéndose de hombros—. Estaba demasiado ocupado en mi propio juego.

—¿Ni siquiera notaste que nadie más le estaba pasando la pelota a Demian? —preguntó Lucianne y Frank pareció meditarlo por un instante.

—Ahora que lo dices… cada que alguien pasaba a mi lado me parecía escuchar que decían “No se la pases”, pero yo no tenía idea a qué se referían ni si me hablaban a mí o se lo decían a alguien más, lo único que podía pensar era en anotar a como diera lugar.

—Fue un complot —dijo Lilith, estampando el puño en su otra palma.

—Bueno, pues… apesta para él, pero yo estoy en la selección oficial y nada podrá arruinármelo —finalizó Frank sin permitir que mermaran su entusiasmo.

Marianne echó un vistazo a Demian, que ya estaba en la banca recogiendo sus cosas, y antes de que pudieran bajar y acercarse a él, ya se había metido a los vestidores.

Se quedó ahí un buen rato hasta que todos salieron y el último que quedaba era Dreyson, quien recién había terminado de vestirse y se dirigía con toda calma hacia la puerta, seguido de cerca por la mirada cauta de Demian.

—Debes estar decepcionado por no haber conseguido lo que querías —Demian habló por fin, y Dreyson se detuvo ante la puerta, volteando hacia él con uno de sus gestos indescifrables—… El puesto de capitán. Es lo que querías, ¿no? Tal y como todos.

—Puede que sí, puede que no. Puede que simplemente quería jugar, ¿tú no? —Un esbozo de sonrisa apareció en su rostro, dándole la sensación de que se estaba burlando. Antes de que las pulsaciones tomaran nuevamente control de él, Demian sacó una toalla y caminó hacia las regaderas.

—…Como digas.

Trató de mostrar desinterés mientras abría la ducha, hasta que por fin escuchó la puerta cerrarse. Entonces arrojó la toalla a la pared y apoyó ambas manos sobre esta, con los músculos tan tensos que incluso el concreto bajo sus manos llegó a cuartearse levemente. Su muñeca ardía como si lo estuvieran marcando con un hierro al rojo vivo, pero no quería acudir a Addalynn esta vez, no tras enterarse de que era en realidad un ángel.

Su naturaleza de demonio le hacía desconfiar de forma automática de sus intenciones (como estaba seguro de que ocurría en el caso contrario). El hecho de que Addalynn hubiera estado ayudándole al parecer desinteresadamente no hacía más que hacerle sospechar que había en realidad algún propósito oculto, quizá estudiarlo para averiguar sus puntos débiles y determinar si merecía siquiera la oportunidad de seguir viviendo entre humanos. Aunque nada de eso importaba, tal vez pronto dejaría de vivir entre ellos.

Se metió a la regadera con todo y uniforme, quitándose el calentador para liberar aquella cicatriz pulsante, que lucía roja e hinchada, y sin embargo no parecía infectada. El chorro de agua fría le refrescó al contacto y se quedó ahí varios minutos dejando que el agua cayera sobre su rostro. Cuando salió de los vestidores más tarde se sentía más relajado, viendo que la cicatriz volvía a ser una marca apenas visible. Era dueño de sus propias emociones, podía hacerlo, podía mantenerse en control.

—Estuvo todo planeado. —Demian alzó la vista al escuchar la voz y vio a Marianne en la puerta principal, como si estuviera esperándolo—. Lo que hicieron durante el partido de no pasarte el balón, lo tenían planeado de antemano, así que no tienes que sentirte mal por no haberlo conseguido.

—…Lo sé. No soy estúpido —replicó él, pasando de largo.

—¿Acaso estás molesto conmigo por algo? —preguntó ella, bloqueándole el paso—. ¿Es por no esperar a que estuvieras presente cuando Samuel examinó el recuerdo de Loui? Intenté llamarte, estuve enviándote mensajes, pero no pude localizarte, y Loui advirtió que, si no se hacía en ese momento, no habría otra oportunidad.

—Aunque admito que el enterarme de ello fue algo molesto, entiendo que hayan decidido continuar sin mí. Yo no estaba… disponible en ese momento —respondió él, manteniendo su distancia—. Supongo que ya luego me darán los detalles… Lo que no entiendo es por qué tenías que contarle a él.

—¿Eh? —El rostro de Marianne se contrajo con mayor confusión si era posible.

—Lo de los óbitos, el hecho de que uno de ellos me hubiera reconocido. Te lo confié a ti; era algo personal y tú fuiste a contarle a tu ángel —espetó Demian con tono resentido.

—Yo… no tenía idea de que debía mantenerlo en secreto.

—No se supone que deba dar un aviso de confidencialidad cada que tengamos una conversación —replicó él con acritud y ella retrocedió un paso. Su usual respuesta defensiva fue eclipsada por la culpa; después de todo, él tenía un motivo válido para reaccionar así.

—…Lo siento. Yo sólo… pensé que era información importante que él debía saber.

—Porque “es tu ángel guardián y no tienes secretos para él”. Sí, ya he escuchado eso antes —dijo él, girando los ojos con hastío—. Solo considera esto: mientras tú estás dispuesta a compartirle todo lo que sepas, él en cambio sí que guarda secretos para ti.

—¿…Qué?

—Quizá yo sepa una o dos cosas que no te ha dicho. Quizá yo sea una de ellas —continuó Demian sin poder ya parar a pesar del desconcierto de Marianne—. ¿Te has preguntado cómo pude lidiar con la posibilidad de que estuvieran dándole caza otra vez a los dones para atarme de nuevo a la Legión de la oscuridad? No fue precisamente por su buena voluntad y confianza de que yo podría controlarme. Le hice prometer, tanto a él como a Frank, que si los dones seguían siendo recolectados acabarían conmigo. Y ellos, por supuesto, aceptaron.

El rostro de Marianne se contrajo en un gesto que mezclaba confusión, desconcierto e incredulidad. Permaneció con la boca abierta, al borde de decir algo, pero había enmudecido y Demian se limitó a sostenerle la mirada tras haberse descargado. Claramente la había perturbado con sus palabras, pero ya lo había hecho y no podía cambiarlo.

—…Y no creo que ese sea el único secreto que te haya guardado. Para que lo tengas en cuenta. —Decidió dejarlo así para no contrariarla más de lo que ya estaba. Continuó su camino hasta salir del auditorio mientras Marianne se quedaba ahí, con el rostro descompuesto tras sus palabras, no solo por el hecho de que Samael se lo hubiera ocultado sino por lo que aquella revelación revelaba sobre el estado anímico de Demian; su confianza se había reducido tanto que no veía más esperanza a futuro que en su propia destrucción… y esto la asustaba a niveles que le era imposible discernir.

Angie esperaba a las afueras del campo de atletismo mirando inquieta cada que llegaban sus compañeros de club, y al mismo tiempo observando de reojo a los que se dirigían al domo de natación. Aún no había visto pasar a Samael, pero se recordaba a sí misma que en ese momento tenía otras cosas de las que preocuparse, por ejemplo, que ese día tendría su prueba de selección y lo más importante de todo… que su padre la presenciaría en vivo. Lo vio por fin aproximarse, acompañado de otro hombre que logró identificar como el director. A saber de qué hablaban, solo esperaba que su padre no estuviera intentando convencerlo de sacarla del equipo o prohibirle su participación en cualquier otro club deportivo si notaba alguna dificultad durante la carrera. Estaba tan nerviosa que su determinación por mantener sus palpitaciones dentro del rango normal se había ido por la borda, y su corazón parecía a segundos de desprenderse de sus arterias. Y aquello significaba malas noticias para ella pues el dolor aparecería pronto y no sabía si sería capaz de esconderlo, y menos de correr en esas condiciones.

—Mona —dijo su padre en cuanto llegaron frente a ella—. Supongo por lo que llevas puesto que piensas seguir adelante con la carrera.

—Todo irá bien, papá —aseguró ella, temiendo que sus nervios la traicionaran.

—Ya veremos —finalizó él con un suspiro mientras era conducido al interior del campo por el director.

Apenas desaparecieron de su vista, Angie se llevó la mano al pecho y comenzó a resollar, realizando una serie de respiraciones con el propósito de calmarse.

Distinguió entonces a Samael dirigiéndose al domo de natación y saltó como resorte en dirección a él como si se le fuera la vida en ello.

—¡Samuel!

—Hola. ¿Te sientes bien? —preguntó Samael al notar la palidez de su rostro al detenerse frente a él, la mano aún sobre el pecho y la respiración agitada.

—…Mi padre vino a verme correr —dijo ella entre jadeos; tal y como temía, su agitación ya estaba abriendo paso a la sensación de tener una mano retorciéndole el interior—… Si ve que sufro la menor incomodidad física, si me ve agitada o que haga el menor movimiento de sostenerme el pecho, me sacará del equipo… Y creo que en este momento no doy precisamente la pinta de perfecta salud.

—Quizá deberías tratar de relajarte.

—¡Lo he intentado! Pero estoy demasiado presionada por el resultado de hoy. ¿Podrías hacer algo para ayudarme? —pidió Angie con expresión suplicante—. No sé, algún truco dentro de tu repertorio que pueda anular esta asfixiante sensación de agobio. —Samael intentó pensar en algo útil, pero no se le ocurría nada, así que terminó meneando la cabeza para mayor desesperación de Angie—… Si tan solo no tuviera este don que no sirve más que para atormentarme con todas estas emociones…

—No digas eso. Sabes lo que pasaría si no lo tuvieras.

—Eventualmente, pero al menos en un momento así me sería muy útil —replicó ella, atenazando la mano a su pecho en una garra.

Samael pareció considerarlo, como si una idea intentara abrirse paso en su mente como conjurada por un poder superior (¿O quizá enviada por el plano superior? ¿Ya ni siquiera era necesario que estuviera dormido?).

—…Creo que existe una forma —dijo Samael con expresión meditabunda e incierta—. No estoy muy seguro de que funcione, pero podemos intentar.

—¿En serio? —dijo Angie sin dejar de resollar, aunque esperanzada.

Samael pareció sopesar sus posibilidades, y como si hubiera sido llamado, de pronto giró el rostro hacia atrás. Addalynn iba caminando cerca de ahí y tan solo los miraba de reojo mientras caminaba en dirección al domo.

El ángel la siguió con la mirada, preguntándose si el repentino y espontáneo conocimiento que había aparecido en su mente tenía alguna relación con su cercanía. Ella era como él después de todo. Quizá ahora que su verdadera identidad les había sido revelada, ya no veía motivo para mantener sus muros arriba y eso había de alguna forma reabierto las vías de comunicación con el plano superior para él. Tal vez incluso llegara a haber alguna especie de intercambio de conocimientos entre ellos en algún punto.

Al notar que la atención de Samael parecía enfocada en Addalynn, Angie sintió aquella punzada incontrolable en el corazón. De forma automática alargó la mano para sujetar la muñeca de Samael y este volteó de nuevo hacia ella con renovado interés, como si sólo tuviera ojos para Angie en ese instante.

—Me gustan tus pecas —dijo él de repente con una sonrisa que hizo a Angie sonrojar, y entonces se recordó a sí misma que lo tenía sujeto y estaba transmitiendo lo que deseaba que sintiera, así que de inmediato lo soltó y él continuó con la idea que había tenido, como si lo de momentos antes nunca hubiera ocurrido—. Acompáñame. No deben vernos.

Angie lo siguió hasta apartarse de la entrada al espacio bajo las gradas. En cuanto Samael se detuvo, ella hizo lo mismo y esperó a lo que fuera que pensara hacer. Este le hizo una seña para que bajara la mano con la que se sostenía el pecho y así lo hizo.

—Solo quédate quieta —dijo Samael, colocando la mano sobre su pecho, y antes de que ella pudiera reaccionar, su palma emitió un resplandor que le causó cosquillas en la piel y una ola de calor que envolvió su interior como si la estrujara por una fracción de segundo antes de que el efecto se desvaneciera, haciéndola tambalearse. Él apartó la mano, en espera de ver resultados.

Angie parpadeó y miró a su alrededor, desorientada y a la vez distante. Volvió a tocarse el pecho como queriendo comprobar si en verdad el dolor había desaparecido y luego se limitó a emitir un simple “Já”.

—¿…Y bien? ¿Cómo te sientes ahora? —preguntó Samael, esperando una respuesta.

—Curioso. No puedo responder a eso porque literalmente no siento nada —respondió ella con rostro inexpresivo—. Es como si me hubieran arrancado nuevamente el don, pero sé que sigue ahí dentro, aunque no parece tener ningún efecto en mí.

—Entonces funcionó —dijo Samael con un suspiro—. Como los dones son una característica que puede ser suprimida, aunque con resultados adversos, se me ocurrió que quizá podría sellarlo de forma temporal. Técnicamente sigue estando en tu interior, así que no hay riesgo de que llegues a sufrir algún desvanecimiento por la falta de este.

—¿O sea que puedo correr sin tener que preocuparme por cualquier emoción que pueda afectar directamente a mi rendimiento? Pongámoslo a prueba entonces.

Sin dar las gracias siquiera y mostrándose tan estoica como cuando había perdido el don, se dirigió al campo con Samael siguiéndola de cerca, quedándose a un lado de las gradas para ver cómo se desarrollaba la carrera. Angie se reunió en la pista con el equipo y tras varios minutos organizándose, por fin dieron inicio las tan esperadas pruebas de selección.

Desde las gradas, el padre de Angie observaba inquieto que ella se colocara en la posición de salida sin dirigir una sola mirada a nadie, los ojos fijos hacia el frente y esperando el silbatazo. Cuando este sonó por fin, las chicas alineadas en sus respectivos carriles se echaron a correr y el rostro de Angie se mantuvo inalterable durante la carrera, acelerando a un ritmo constante hasta adelantar al resto de las chicas y cruzar la meta antes que nadie, haciéndolo parecer sin ningún esfuerzo. Ni siquiera jadeaba como el resto de sus compañeras al llegar a la meta milisegundos después de ella. Su padre casi se puso de pie de un salto y se contuvo de levantar los brazos y gritar a modo de celebración. Debía conservar la imagen y la etiqueta en presencia del director del colegio.

Angie se limitó a realizar estiramientos como si lo logrado no significara nada mientras Samael se aproximaba a ella.

—¡Felicidades! Supongo que eso significa que lo conseguiste —dijo Samael y ella tan solo echó un vistazo alrededor con la respiración apenas perceptible. El gesto derrotado y decepcionado de sus compañeras lo decía todo y ella se encogió de hombros.

—Parece que sí, ni me di cuenta. Solo me concentré en llegar a la meta.

—Desharé entonces el sello —dijo Samael, estirando el brazo hacia ella que enseguida retrocedió un paso y se cubrió el pecho para evitar que la alcanzara—. ¿Angie?

—Seamos razonables. Sin el don afectándome las 24 horas del día soy mucho más eficiente y funcional en todos los sentidos. Yo diría que es más una molestia que un don.

—¿Qué estás queriendo decir?

—Solo digo que hay que ser prácticos. Cuando nos enfrentemos a esta última amenaza que ha estado cerniéndose sobre nosotros desde hace semanas, la mejor opción sería que estuviéramos todos en las condiciones más óptimas. Y yo con el don activo soy un desastre andante. Así que, ¿por qué no aprovechamos esta útil y recién descubierta habilidad tuya para desactivar dones y me permites ser una versión mejorada de mí misma?

—…Porque la mejor versión de ti misma es cuando eres tú —respondió Samael sin poder creer que le estuviera pidiendo mantener su don sellado e inactivo.

—Por favor. Eso ni tú te lo crees —replicó Angie, cruzándose de brazos y arqueando una ceja para transmitirle lo inaudito que sonaba eso—. Prefiero esta versión de mí misma en la que no actúo presa de mis emociones.

Samael no sabía qué más decirle; volteó hacia atrás y vio que su padre bajaba ya de las gradas. No le quedaba el tiempo suficiente para intentar convencerla, así que decidió tomar acción dándole un abrazo y sosteniéndola con fuerza para evitar que se soltara mientras él deslizaba la mano sobre su espalda. Hubo una especie de fuerza de fricción en la palma y un cosquilleo, y al apartarla era como si estuviera despegando una cinta adhesiva.

Se apartó a continuación y leyó en su rostro su desconcierto al tener de vuelta todas aquellas emociones que la invadían de golpe.

—Tenía que hacerlo —se justificó Samael y ella tan solo asintió con la cabeza, sintiéndose aún abrumada por aquel golpe emocional.

—¿Puedes decirme quién es este jovencito, Mona? —preguntó su padre, lanzándole una mirada desconfiada a Samael.

—…Él es Samuel, un amigo —dijo Angie tras unos segundos tratando de encontrar nuevamente su voz—. Ya sabes. De mi grupo de amigos. —El hombre siguió mirándolo con recelo y ella decidió agregar algo más por si eso ayudaba—… Es primo de mi amiga Marianne. Vive con ellos.

—¡Ah, claro, ya veo! —dijo su padre, dándole la mano como si eso cambiara por completo las cosas—. He escuchado cosas buenas sobre ti.

Samael respondió al saludo al tiempo que empezaba a retroceder.

—Debo irme, llegaré tarde al club de natación. Felicidades, Angie —se despidió, y ella asintió en agradecimiento por lo que había hecho, aunque por dentro también se lamentaba el tener que volver a lidiar con todas esas emociones que no hacían más que turbar su vida.

—…Me compré el vestido —Lilith susurró al oído de Kristania al pasar junto a ella a la salida del club.

—Wow, así que siempre sí conseguiste el dinero que te hacía falta. —Lilith solo le dedicó una sonrisa que mostraba los dientes como diciendo que ese era su secreto y Kristania pareció seguirle la corriente con una sonrisa cómplice—. Bien, ya me contarás luego. Me disculparás si no puedo acompañarte a hacer las compras para el evento, pero tengo cosas que hacer.

Lilith la despidió con todo el entusiasmo que en ese momento desbordaba y continuó su camino hacia el centro comercial mientras tarareaba la más reciente canción de moda de Lissen Rox que versaba sobre seres intergalácticos que sembraban sus semillas en el mundo, cuyos frutos crecían vacíos y sin alma por lo que eventualmente se dedicaban a cosechar humanos en busca de un corazón que los llenara. Sus canciones eran usualmente bastante oscuras, pero eran tan pegadizas que ella las tarareaba como si se trataran de las canciones más alegres del mundo.

Al llegar a la caja con su carrito de compras, sacó un sobre de su bolso y comenzó a dividir la cantidad, pero pronto se dio cuenta para su desconcierto de que el dinero no alcanzaba a pagar la cuenta.

—…Un momento, por favor —se excusó Lilith con la dependienta, apartándose para volver a contar el dinero con la esperanza de haberse equivocado. Pero no, después de contarlo varias veces y de revisar tanto el sobre como su propia bolsa seguía faltando dinero, mucho más de la mitad.

Comenzó a desesperarse y trató de recordar paso a paso todos sus movimientos, pensando que quizá se le habría caído en algún lugar, o alguien podría haberle robado sin que se diera cuenta. Pero nada de eso importaba ya, el caso era que lo había perdido, no alcanzaba ni para pagar la mitad. Tenía un trabajo y había fallado. Ahogó las ganas de llorar y tuvo que abandonar el lugar sin parar de disculparse con la cajera y los clientes que esperaban en fila. Ganas no le faltaron de salir corriendo de ahí, pero se contuvo y hasta que estuvo fuera del supermercado se permitió caer presa de la desolación, sintiéndose víctima del destino como en viejos tiempos.

Mientras pasaba como zombi frente al escaparate donde había visto el vestido que tanto le había gustado, lo supo. Volvió a contar por enésima vez el dinero restante del sobre y confirmó así lo que temía: la suma faltante coincidía con el precio del vestido.

Mankee la encontró más tarde en un rincón de la cocina del Retroganzza con expresión mohína y actitud derrotada, sacando brillo a unos cubiertos que parecían a punto de perder sus propiedades metálicas si continuaba frotándolos con tanta fuerza.

—¿Por qué estás aquí, ocultándote de todos? —preguntó Mankee al entrar a la cocina en uno de sus tantos vagares, buscando qué hacer.

Lilith levantó la vista con un gimoteo y la boca fruncida en un puchero. Tomó aire y le soltó de corrido todo respecto a su día fatal.

—…Y la tienda donde compré el vestido no hacen devoluciones, y lo muy poco que tengo ahorrado no alcanza para reponer ni una fracción, y las demás no deben enterarse porque me expulsarían del club y me convertiré en una paria y me embargarán la casa.

—¿No crees que exageras un poco? —intervino Mankee, pensando que estaba llevando demasiado lejos sus suposiciones.

—No me creerán. Debí haberme dado cuenta de que había demasiado en mis ahorros; pero no sé cómo llegó ahí el dinero —insistió Lilith, su cabeza cayendo laxa sobre sus brazos y luego repitiendo el movimiento varias veces dándose de topes. Mankee miró a su alrededor; los hombres seguían en sus estaciones dedicándose a lo suyo, como robots.

—¿Cuánto costó el vestido?

—No quieres saber —respondió Lilith, meneando la cabeza con la frente pegada a la superficie de la mesa.

—Dime, no creo que sea tan excesivo como lo quieres hacer ver —insistió Mankee y Lilith sostuvo una nota frente a él sin que ninguna otra parte de su cuerpo cambiara de posición—… ¡Meelban! ¿Por qué alguien gastaría tanto en un vestido?

—¡Era precioso y con volantes como pétalos en forma de rosa! ¡A veces necesito cosas lindas en mi vida que me hagan sentir como una delicada flor, deja de juzgarme! —exclamó Lilith, levantando la cabeza para defenderse y luego dejándola caer de nuevo con un golpe hueco. Mankee se mantuvo callado alrededor de un minuto, mirando la nota y luego a ella, hasta que se aclaró la garganta.

—Si deseas… puedo reponer lo del vestido —ofreció él, y Lilith al instante alzó el rostro, sorprendida. Vio en su mirada aquella misma chispa y a la vez inseguridad que cuando la había invitado a salir.

—…No —se negó ella casi sin pensarlo. Mankee parpadeó, desconcertado ante su negativa—. Es un gran gesto de tu parte, pero no podré devolvértelo ni trabajando un año gratis, y no quiero debértelo, aunque digas que no tiene importancia porque la tiene para mí. No quiero ser un acto de caridad.

—No lo serías. Pero si tanto te incomoda recibir dinero, quizá pueda ayudarte de otro modo —insistió Mankee—… Encargarnos aquí mismo de la comida, por ejemplo.

—Pero… tendrían aun así que comprar los ingredientes y el gasto sería el mismo.

—Tenemos despensa llena y además algunos trucos para hacer rendir más la comida, y mucha mano de obra como podrás darte cuenta —continuó Mankee, señalando a su espalda. Una sonrisa quiso dibujarse en el rostro de Lilith, pero la contuvo al mirar por detrás de él. Mankee miró sobre su hombro y sus ojos se toparon con una visión de encajes y sedas blancas, observándolos con curiosidad.

—¿Hay algún motivo para que el príncipe se la pase en un rincón consolando a la capitana de meseros? —preguntó Latvi, que más que sonar celosa, parecía genuinamente curiosa ante su conversación.

—…S-Sí. De hecho… —empezó Mankee, tratando de no amilanarse ante su presencia—… le decía a Lilith que le ayudaremos a preparar la comida del evento que su club está organizando… y también a servirla. Este mismo viernes.

Lilith le dedicó una mirada confusa, pues el servicio no estaba contemplado, y vio que él ya comenzaba a encogerse, así que decidió intervenir.

—¡Perdí el dinero con el que debía hacer las compras para el evento! Y como no quiero que lo reponga, Monkey decidió que me echaría la mano con los bocadillos del evento… Es el “príncipe” y puede hacer lo que quiera, ¿no? Sus órdenes son un mandato.

Le siguió alrededor de un minuto de silencio; la chica se limitó a mirarlos con sus insondables ojos del color de la arena, y con cada segundo, Mankee se crispaba de los nervios por la anticipación y Lilith solo esperaba el momento en que ella se negara.

—…Es cierto, lo que el príncipe diga es mandato real para nosotros —dijo Latvi con un asentimiento de cabeza en dirección a Mankee—… Y así se hará. Con una condición. Dejarás de llamar al príncipe Hisham de esa manera. Una chica blanca llamando así a alguien de piel oscura no deja la mejor de las impresiones.

—¿Q-Qué? —Lilith reaccionó confundida, pasando una mirada de ella a Mankee—. P-Pero yo… n-no pretendía…

—La intención no siempre es lo que cuenta. Pero siempre hay espacio para aprender. Estaremos esperando a más instrucciones.

Hizo una reverencia más pronunciada y a continuación desvió su atención hacia los sirvientes encargados de la cocina, dijo algo en otro idioma y dio palmadas para apresurarlos. Mankee soltó una larga exhalación que había estado conteniendo y se permitió por fin parpadear con gran alivio mientras Lilith no podía ocultar su desconcierto. Volteó hacia él con ojos como platos y solo pudo tartamudear.

—Yo… N-No era mi intención ofenderte… N-No pensé…

—Tranquila, sé que no era esa la intención —aseguró Mankee con una sonrisa y agitando una mano para restarle importancia y tranquilizarla—. Vamos, hay que ver qué podemos rescatar de esa lista para el evento.

Mankee se puso a revisar la lista que ella había llevado, pero Lilith no podía evitar sentirse avergonzada por la idea de haberlo hecho sentir mal en algún momento sin saberlo.

—¿Cuándo pensabas decirme sobre el pacto que Frank y tú hicieron con Demian?

Samael alzó la vista del libro que estaba leyendo y vio a Marianne de pie en la puerta del ático con los brazos cruzados. Al principio no supo qué responder, lo había tomado desprevenido, pero una vez que comprendió a qué se refería, dejó el libro a un lado.

—…Así que finalmente te lo dijo. Se suponía que nadie más debía saberlo.

—¿Se suponía? —repitió Marianne, entornando los ojos con incredulidad—. Hablemos de eso entonces. Se suponía que no debía haber secretos entre nosotros, constantemente me lo echabas en cara y ahora resulta que has estado ocultándome que planeaban eliminar a Demian a petición de él.

—Él fue quien pidió discreción sobre el tema. Sabía que nadie más lo entendería ni apoyaría sus intenciones.

—¡Por supuesto que no lo haríamos! —exclamó Marianne, sin intenciones de moverse del umbral de la puerta—. ¡Accediste a actuar de ejecutor para alguien que aún lucha por encontrar su lugar en un mundo al que cree no pertenecer y del que no se siente merecedor! ¡Últimamente no está del todo estable, por supuesto que va a querer tomar medidas extremas; depende de nosotros ayudarlo a mantener ese equilibrio que tanto necesita!

Samael se mantuvo en silencio, esperando a que ella se tranquilizara. Marianne por su parte también calló hasta que su respiración se fue atenuando.

—…Estás molesta, y lo entiendo —Samael habló por fin—. Si sirve de algo, en realidad no pensaba hacerlo. Planeaba buscar alguna otra solución en el extremo caso de que sus temores se hicieran realidad.

—No es solo eso. Son también tus acciones a mis espaldas, lo de acudir a Demian por el asunto del óbito y luego acorralar a mi hermano. ¿Cómo sé que no me estarás ocultando nada más? —agregó Marianne, y Samael volvió a desviar la mirada, consciente de que con solo mirar sus ojos se delataría. Ella frunció el ceño—… Saldré. No intentes seguirme.

—¿A dónde vas?

—No te diré, aunque supongo que no te será difícil averiguarlo ya que siempre sabes dónde localizarme —respondió Marianne, tirando de la puerta, pero justo antes de cerrarla se detuvo como si se le hubiera olvidado decir algo más—… Por cierto, no creas que lo sabes todo sobre mí, solo te digo lo que considero necesario. Aún hay cosas que prefiero guardarme y espero que no intentes entrar en mi mente o perderás la confianza que me queda en ti. Sigo pensando que nadie debería saber todo sobre los demás.

Dicho esto, marchó de ahí cerrando la puerta y dejando a Samael con expresión culpable. Después de todo, sabía cosas que a veces prefería no saber.

Marianne arribó un rato después a su destino, esperando a que le abrieran tras tocar la puerta y contemplando el pequeño jardín a la entrada, con brotes de gardenias y azaleas. Solo hacían falta los gnomos de jardín para terminar de darle aquel toque acogedor que tanto se le figuraba cada que iba.

—¡Hola! Tardaste un poco en llegar, ¿no te trajo Samuel? —dijo Lucianne en cuanto abrió la puerta.

—Prefiero mantenerlo alejado de este asunto —respondió Marianne y su prima optó por no insistir en el tema.

El comandante Fillian y su mano derecha (e izquierda), el oficial Perry, ocupaban con otros oficiales toda la mesa del comedor entre montañas de papeles y carpetas.

—No sabía que tenías… casa llena —comentó Marianne algo incómoda ante la presencia del escuadrón de su tío.

Estos levantaron las miradas al mismo tiempo y ella se limitó a hacer un breve gesto con la mano. Los hombres mascullaron unos escuetos saludos y volvieron toda su atención a la que habían convertido en su mesa de trabajo.

—Llevan varios días así —murmuró Lucianne, conduciéndola a la sala—. Intentan ayudar con un caso de otra ciudad. Creo que se han topado con un callejón sin salida.

—Mmmh… ¿y qué harás cuando venga Frank con la información? ¿No se supone que tu padre te había prohibido verlo a solas?

—No hay problema, mientras están todos ocupados en el comedor con sus documentos, él me entregará lo que pudo conseguir por la ventana trasera de mi habitación. Quedó en avisarme cuando ya haya llegado.

—¿Hace eso muy seguido? —preguntó Marianne levantando una ceja y Lucianne se sonrojó al entender lo que aquello sugería.

—¡…No, claro que no! Al menos no cuando estoy presente. —La otra ceja de Marianne imitó a la primera y Lucianne no pudo más que fruncir el ceño y darle un leve manotazo—. ¡No me mires así! Te aseguro que no es como piensas.

—Yo no he dicho nada —respondió Marianne con un encogimiento de hombros mientras su prima meneaba la cabeza, justo cuando la alarma de su celular sonó.

—Es Frank, ya está aquí. ¿Vienes conmigo?

—Mmmmh… creo que esperaré en la sala. Les daré un poco de privacidad.

—¡Ya para con eso! —replicó Lucianne, fingiendo indignación, mientras Marianne se limitaba a sacarle la lengua y plantarse a medio camino entre el vestíbulo y la sala para esperarla ahí, de modo que la primera puso los ojos en blanco y subió las escaleras.

—¿Quieres algo de tomar? —preguntó su tío desde el comedor mientras el resto de sus hombres se encaminaban en tropel a la cocina. Al parecer habían decidido tomarse un descanso de tanto papeleo.

—No, gracias. Así estoy bien —declinó ella, quedándose sola en la estancia.

Estuvo alrededor de un minuto sin moverse de ahí, hasta que comenzó a caminar alrededor, dando unos pasos cautelosos en el comedor y mirando por encima de la mesa. Había varios papeles regados a lo ancho y largo, pero estaban categorizados.

Había una pila de carpetas que correspondía a reportes policiales y otras más que venían etiquetados como evidencias y entrevistas. Solo pretendía echar un vistazo rápido mientras volvía Lucianne, así que se le ocurrió abrir una de las carpetas sobre la pila de evidencias y con lo primero que se topó fueron fotos de lo que parecía la escena de un crimen. Fotos de distintos objetos y manchas de sangre con sus respectivos números de identificación y al irlas pasando, descubrió entre estas la foto de un hombre en el piso, la espalda contra la pared, la cara morada quizá por estrangulamiento y en el pecho una serie de agujeros como si hubiera sido además apuñalado repetidamente. La impresión fue tal que soltó las fotos de golpe y de un manotazo quiso cerrar la carpeta, provocando que algunos papeles salieran volando de la pila.

Sintiéndose tonta por haber reaccionado de esa manera, se inclinó enseguida a recoger los papeles antes de que su tío y los oficiales salieran de la cocina. Recogió algunos que reunían declaraciones, por lo que supuso que correspondían a la pila de entrevistas, y al inclinarse a coger la última hoja, notó que se trataba de una ficha policial. El delito que aparecía en los datos era agresión doméstica, y aunque el nombre del procesado no le decía nada, tenía la sensación de que había visto antes esa cara, cuadrada de facciones duras y expresión intimidante, quizá porque daba toda la pinta de un hombre peligroso como en las películas del viejo oeste y solo le hiciera falta el parche en el ojo, pero no era solo eso. Observó la hoja por un instante más, tratando de hacer memoria, y justo entonces escuchó las pisadas de Lucianne bajando las escaleras, así que se apresuró en colocarla de vuelta en la mesa y se apartó dando tumbos, aunque cuidándose de no tropezar con nada.

—¿Fuiste a la cocina? —preguntó Lucianne al verla salir del comedor.

—Me dirigía hacia ahí por agua, pero te escuché bajar.

—No hay problema, yo iré por ella. Aquí tienes. —Le entregó a continuación un dossier y mientras se dirigía a la cocina, Marianne se dedicó a hojearlo.

No era un expediente muy extenso, se limitaba a unas cuantas hojas que recopilaban datos sobre la mujer en cuestión, familia y todo tipo de información que hubiera llegado a ser público en algún momento. Y, aunque en ningún lado encontró listado el nombre de su padre en un primer repaso a simple vista, sí halló algo que llamó su inmediata atención.

“…A Elsbeth Marie Grenoir le sobrevive su única hija, Embeth Harmony Grenoir, de 36 años; avecindada en Monte Fenicio —eso era a tres ciudades de distancia—, y dedicada principalmente a la restauración de piezas de arte. Tiene una hija de 18 años llamada Emmalee. Nunca se casó.”

Marianne observó desconcertada la imagen que acompañaba la información: una foto de la mujer y su hija. El rostro no le decía nada, pero su cabello era largo y cobrizo oscuro, y a pesar de no ser del tono exacto que recordaba al toparse de forma reciente con la mujer del perfume lavanda, supuso que entre la foto y la impresión algunos tonos y colores podrían oscurecerse. Y luego estaba la chica. Era mayor que ella y aunque sus rasgos eran casi una copia de la mujer, sus ojos aceitunados bien podían tomar un color distinto de acuerdo a la posición de la luz, ¿podría ser que…? Enseguida sacudió la cabeza para alejar esa idea de su mente. Ya tendría tiempo suficiente para especular a solas, pero ahí no.

—Debo irme. Aún me quedan cosas que hacer y una maleta que ir preparando —dijo Marianne tras tomarse casi de un trago el agua que su prima le había llevado.

—Pensé que te quedarías un rato más; tal vez incluso podría ayudarte en tu investigación. He descubierto que quizá tengo vena detectivesca —comentó Lucianne con un toque de humor, pero Marianne se negó.

—No tengo mucho tiempo. Si necesito algo más, te lo haré saber.

Lucianne dio un suspiro y asintió mientras la acompañaba a la puerta. En cuanto esta se cerró, Marianne volvió a abrir la carpeta en la foto de aquella mujer y su hija, y estuvo observándolas fijamente por varios segundos.

—No toda la información está ahí. —Frank reposaba el hombro a un costado de la casa y por su postura se notaba que solo echaba en falta un cigarrillo, pero el lugar no era el propicio para sacarlo—. Hay algunas cosas que no figuran en los registros y de las que solo se escuchan comentarios. Lo que las malas lenguas dicen por ahí.

—…No me digas. ¿Sus vecinos la tomaban por bruja? ¿Creían que bailaba desnuda bajo la luna llena, le hacía sacrificios a Satanás y comía bebés en el desayuno o algo así? —espetó Marianne, cerrando la carpeta de golpe.

Frank se rio y se acercó a ella sin sacar las manos de los bolsillos.

—La gente habla, ya sabes. De algunas cosas se tienen registros y de otras no, solo nos queda confiar en el “de boca en boca” —dijo Frank echando un vistazo hacia la casa para asegurarse de que nadie pudiera escuchar o verlos—. Y en el caso de la ilustre señora Grenoir, los rumores dicen que hacia el final de su vida estuvo dando alojamiento, como hogar de acogida, a un muchacho que había perdido a sus padres. Pero lo curioso es que no hay ninguna constancia de ello y los vecinos tampoco se enteraron hasta su muerte. Su hija se había marchado y ella se aisló de tal manera que había días que ni siquiera salía de casa, y ya acostumbraba recluirse desde la muerte de su esposo.

—El muchacho que estuvo viviendo con ella…

—El detalle con la información que pasa de boca en boca es que suelen haber discrepancias entre una y otra versión. Algunos dicen que en realidad el muchacho era un hijo que había tenido escondido todos esos años en su sótano o que incluso lo había secuestrado para eventualmente transformarlo en el sustituto de su difunto marido. En fin, como dije, “malas lenguas”. En lo único que parecen coincidir es que, tras la muerte de la mujer, llegaron unas personas para llevárselo consigo y no volvieron a saber de él. ¡Ah! Y por supuesto, ¿cómo dejar de lado la principal característica del chico que todos parecen recordar? Unos “impresionantes ojos verdes brillantes como esmeraldas”.

Marianne torció la boca. Era claro por su sonrisita que Frank sabía la información que ella realmente deseaba sacar de esa investigación.

—Tranquila. No le diré a nadie el verdadero motivo de tu investigación. Simplemente se me hizo curioso ya que no eres la única persiguiendo la sombra de su padre. —Marianne frunció las cejas con escepticismo y él se limitó a sonreír por última vez antes de darse la media vuelta y alejarse, agitando una mano a manera de despedida—. ¡Ah, por cierto! La casa aún existe. Está del otro lado, no muy lejos de la zona donde vives. Abandonada hasta hace poco que alguien hizo una oferta… ¿quieres adivinar quién fue?

El ceño de Marianne se contrajo al ver su sonrisa deliberada mientras se marchaba una vez que había cumplido su parte. Revisó de nuevo los documentos hasta dar con la dirección. Aunque sintió un hueco en el estómago, por alguna razón no se sorprendió de ver que era precisamente la casa a donde se había mudado su padre. De alguna forma ya lo suponía. Quizá un día se armaría de valor e iría en busca de información. Tal vez al regresar de los juegos. Se preguntaba si encontraría algo que valiera la pena revisar; como escrituras, cartas viejas, algún álbum de fotos…

Al instante se detuvo, como si alguien hubiera usado el botón de pausa, dejándola congelada en el tiempo con un gesto de consternación al caer en cuenta del recuerdo que se le había estado escapando previamente. Un rostro hosco e intimidante resurgía en su mente entre una serie de imágenes estáticas, solo que en vez de mirarlo desde una ficha policial lo hacía desde la foto de un álbum.

—…Es su padre —murmuró con ojos abiertos como canicas.

El hombre al que buscaba la policía era el padre de Dreyson.

El día del evento de despedida finalmente llegó, y a pesar de los problemas que Lilith había tenido al principio y las dudas de su club al enterarse de que había “perdido” el dinero para el servicio, la enorme mesa de bocadillos decorada con algunos disimulados detalles orientales y la llamativa presencia de Latvi coordinando todo con los hombres de los sables (apropiadamente vestidos), habían resultado un éxito.

—Hay que admitir que este menú es mucho más apetitoso que el que habían propuesto en un principio —comentó Lucianne, tomando uno de los bocadillos de hojaldre y paté.

—Cuidado te oiga Kristania; tengo entendido que no aprueba el alto contenido calórico del nuevo menú y en la fuente de sodas se la ha pasado metiendo su cuenta-calorías en cada una de las bebidas. Ni siquiera el agua se ha salvado —espetó Marianne, escogiendo una variedad de bocadillos para su plato.

—Fue difícil para ella; ya había planeado todo el menú para que Lilith comprara los ingredientes y cuando ella perdió el dinero no quedó más que improvisar —intervino Vicky, también probando de aquellos canapés.

—Lilith no puede haber perdido tanto dinero de la nada —replicó Marianne sin poder creérselo y Vicky se encogió de hombros.

—Ella misma lo admitió.

Marianne recorrió con la vista la sala de eventos, lugar donde un par de meses atrás se había celebrado el baile de fin de curso que había acabado abruptamente con el ataque de Ende. Desde entonces los ventanales habían sido reemplazados y ahora estaban protegidos con barrotes de acero reforzado, como si fuera una prisión, y cada una de las salidas disponía de un sistema que, al activarse, automáticamente abría las puertas además de sellar todas las ventanas. Entre todos los asistentes, que eran muchos más que la misma comitiva de seleccionados (¿quién rechazaría bocadillos gratis?), buscó caras familiares hasta ver cerca de una de las salidas a Demian, apoyado contra la pared con una bebida en la mano y semblante pensativo.

—¿Cómo lo está llevando Demian? —preguntó Lucianne al descubrir también su presencia y Vicky suspiró.

—No muy bien; ha estado muy callado los últimos días. A veces siento como si… me estuviera ocultando algo —respondió Vicky tras una pausa. Por supuesto, las demás sabían muy bien qué era aquello que le ocultaba, pero no podían hablar sobre ello.

—…Ahora vuelvo. —Marianne huyó al ver que el entrenador de básquetbol se dirigía hacia ellas, e inconscientemente comenzó a recorrer la distancia que la separaba de la salida; aún sostenía el plato con los bocadillos y varias veces tuvo que hacer malabares para sortear los obstáculos que se le cruzaran en su camino de modo que solo le faltaba la cuerda floja para poder jactarse de equilibrista. De reojo pudo ver a Samael y Addalynn escuchando a su profesor de natación y a Belgina hablando con la suya.

Mientras tanto, Demian continuaba en el mismo lugar, lo más cercano a la salida posible por si sentía la necesidad de huir, ignorando a cualquiera que pasara junto a él, llevándose de vez en cuando el vaso a la boca.

—Gracias, tenía hambre. —Antes de que pudiera reaccionar, el plato con bocadillos que llevaba Marianne le fue arrebatado y al levantar la vista se encontró con Dreyson metiéndose rápidamente uno de los canapés a la boca.

—¿Qué crees que haces? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

—El entrenador de esgrima no quería soltarme. No dejaba de intentar darme consejos y no he podido ni acercarme a las mesas —dijo Dreyson, llevándose el segundo bocadillo a la boca e ignorando el gesto indignado de Marianne.

—…Adelante, acábate mi plato. No es como que pudieras caminar unos cuantos metros más y tomar el tuyo.

—Prefiero aprovechar lo que tengo a mano —replicó él con una sonrisa. Del plato ya había desaparecido la mitad de los canapés. Marianne dio un resoplido.

—¿Qué pasa? ¿Ahora resulta que ser seleccionado no es tan glamoroso como suponías?

—Me gusta la parte práctica. Lo teórico no tanto, y menos los discursos.

Él continuó comiendo hasta acabarse el último bocadillo del plato y devolvérselo, mientras Marianne lo observaba con desaprobación, y entonces recordó la ficha policial que había visto en casa de Lucianne.

—¿Puedo preguntar de qué ciudad provienes? —Dreyson la observó con curiosidad pues era primera vez que le preguntaba algo sobre él—. ¿Por qué razón se mudaron?

—¿Por qué quieres saberlo? —replicó Dreyson, estrechando los ojos con suspicacia—. ¿De repente te interesas por mí?

—Solo es una pregunta como se la haría a cualquier otro —aseguró Marianne, tratando de no delatar su verdadero interés—. Hay muchas razones por las que la gente decide mudarse a otra ciudad. Quizá por un nuevo trabajo de uno de sus padres, no sé…

Dreyson no respondió esta vez. Volvió al gesto serio y parco de sus primeros días en la escuela y Marianne casi esperó a que se diera la media vuelta y se marchara sin hablar.

—…Algo así —dijo él finalmente, pero era claro que el tema no era de su agrado y no pensaba decir más. Ella vio entonces que Demian ya tenía un pie fuera de la sala, y si no se apresuraba no lograría alcanzarlo—. ¿Piensas ir corriendo tras él?

—¡Yo no…! —quiso protestar Marianne, pero él ya se había colocado en su camino para impedirle el paso.

—Tendrás que pasar sobre mí en ese caso —dijo él, regresando a su tono confiado y con dejo juguetón. Marianne ya se estaba preparando para apartarlo de mala gana, pero por suerte alguien más hizo el trabajo sucio. El entrenador de Tae kwon do apareció, tomando a Dreyson del brazo para someterlo a su discurso muy a pesar de él que parecía harto.

Marianne corrió hacia la puerta, pero al salir no vio señal de Demian y se detuvo a unos metros de la entrada con gesto derrotado.

—¿Buscas algo?

Con un respingo, giró sobre sus talones para ver a Demian apoyado a un costado de la puerta. Había salido tan apresurada que ni siquiera se le había ocurrido mirar a los lados. Él la observaba con curiosidad, los brazos cruzados como si no tuviera nada mejor qué hacer.

—…Solo quería tomar algo de aire.

—Y supongo que escapar de los entrenadores, lo entiendo. Lo mismo hacen todos los años durante el evento de despedida, te dan caza como si eso fuera a darte una mayor motivación —comentó Demian, tomando a continuación otro trago de su refresco con actitud cansina. Como si ya todo le diera igual.

—…Lo lamento —pronunció Marianne casi sin pensarlo. Demian levantó confundido la vista de su refresco—… Por haber contado algo que no debía, algo que era personal para ti. Tienes razón, Samuel me oculta cosas, eso lo sé. Yo también lo hago, creo que es algo normal. Es solo que pensé que lo que dijiste… podría tener alguna importancia también para nosotros. Para ayudarte.

—¿Ayudarme?

—A mantener tu humanidad —añadió Marianne, intentando explicarse—… Porque no importa lo que pienses o las dudas que tengas, hay humanidad en ti. La has obtenido por tu propia cuenta y eso es más valioso que nacer con ella. Queremos que tengas suficientes motivos para quedarte con nosotros.

El rostro de Demian se contrajo levemente, sorprendido ante sus palabras. La miró en silencio por varios segundos y su gesto se suavizó a la vez que una leve sonrisa intentó asomar en su rostro, pero lejos de parecer más animado, le hacía lucir desamparado.

—…Está bien, yo tampoco debí haber reaccionado de esa forma —respondió Demian, dando un suspiro y desviando la vista hacia el horizonte—… De todas maneras ya nada de eso importa. —El entrecejo de Marianne se contrajo, preguntándose el significado de aquella expresión. Demian enderezó la espalda y se apartó de la pared, deteniéndose justo enfrente. Ella no se movió, esperando que dijera o hiciera algo; su forma de actuar la estaba confundiendo—… ¿Te has dado cuenta de que estás sosteniendo un plato vacío?

Ella miró la mano con la que sujetaba el plato y no supo qué decir, tan sólo balbuceó y maldijo por dentro a Dreyson. Demian sonrió de nuevo, cogió el plato y lo aplastó con su vaso ya vacío hasta compactarlos en una bola que lanzó hacia el contenedor de basura que había al otro extremo, como una canasta que acertó sin sorpresa. Volvió entonces a enderezarse, dejando escapar otro suspiro.

—¿Puedo pedirte algo? —Marianne asintió, aunque sus signos de alarma iban encendiéndose poco a poco—… Dile a Vicky que no importa qué pase, siempre será mi hermana.

—¿…Qué?

Antes de que pudiera decir cualquier otra cosa, él posó una mano sobre su cabeza.

—Cuídenla, no le queda nadie más —finalizó él, pasando de largo junto a ella, que se quedó inmóvil, tratando de darle sentido a aquello.

—Espera… ¡Espera, ¿a qué viene…?! —reaccionó ella finalmente, volteando tan rápido como su cuerpo se lo permitió, pero Demian ya no estaba ahí, tan sólo un espacio vacío donde segundos antes se habría dibujado su silueta al desaparecer de ahí entre las sombras.

Marianne permaneció ahí lo que le pareció una eternidad, pero en cuanto recuperó la capacidad de reacción, se dio cuenta de que debía actuar pronto antes de que Demian hiciera algo de lo que podría arrepentirse.

Escondida de rodillas detrás de una fuente de chocolate, Lilith reponía las guarniciones que rodeaban esta y por el rabillo del ojo notaba la forma en que sus compañeras de club la miraban de forma acusadora. Tan distraída estaba que, al intentar sacar otra caja con guarniciones para la fuente, acabó por levantar la mano de alguien más y dejó escapar un grito que enseguida fue acallado por aquella misma mano, tirando de ella hacia abajo. La gente volteó hacia aquel sitio alertada por el grito, pero al no ver a nadie, continuaron departiendo como si nada. Lilith terminó mordiendo la mano y un quejido de dolor surgió de bajo la mesa. Levantó el mantel y vio a Mankee sobándose la mano.

—¿Tú qué haces ahí escondido como ladrón?

—Yo también quería asistir. ¿Es mucho pedir? Nunca puedo estar presente en sus eventos y ahora que por fin tengo la excusa perfecta, me prohíben venir porque “no debería rebajarme de esta forma” —se lamentó Mankee, apartando un poco el mantel para mirar alrededor. Latvi hacía su ronda como una socialité y él se encogió más bajo la mesa.

—¿Por qué le tienes tanto miedo? Es inofensiva.

—Podría preguntarte lo mismo sobre Vicky —replicó Mankee y Lilith calló—. Además, no sabes realmente cómo es, solo lo que has visto hasta ahora.

—Eso no te detuvo para comprometerte con ella.

—¡Pero no lo hice! ¡Me lo impusieron! ¡Ni siquiera pidieron mi opinión! —insistió Mankee y de inmediato calló cuando alguien se acercó a la fuente de chocolate justo frente a ellos. A través del mantel pudieron distinguir a Vicky—… Bien, creo que sería la ocasión perfecta para arreglar las cosas.

—¿Eh? —Lilith preguntó desprevenida y Mankee le dio un ligero empellón para sacarla de debajo de la mesa justo cuando Vicky estaba por remojar una fresa en el chocolate. Lilith alzó la vista hacia ella, avergonzada por su postura en el suelo y luchando por ponerse de pie—. Yo… eh… este…

—¿Te lastimaste? —preguntó Vicky, soltando la fresa y ayudándola a levantarse.

—Es-Estoy bien, gracias —respondió Lilith, sacudiéndose las rodillas en cuanto estuvo de pie. Por un momento no supo qué decir, poniendo todo su empeño en no pensar en aquellos mismos ojos puestos en ella, apagados y sin vida, como en su sueño—… Yo…  espero que no estés molesta… por haber perdido el dinero.

—No te preocupes por eso, le puede pasar a cualquiera —respondió Vicky con un gesto de la mano—. Lo resolviste bien, al involucrar el servicio de la cafetería.

Lilith pareció avergonzada ante su comentario, pensando que quizá se había excedido en su uso de la cafetería, aprovechándose de esta. Intentó explicarse, pero Marianne entró corriendo de repente, yendo directo hacia Samael con tanta prisa que ni siquiera pareció importarle interrumpir al entrenador con quien seguía hablando.

—Tenemos que encontrar a Demian. Pronto —Marianne atropelló las palabras en su prisa por sacarlo de ahí.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—¡No sé! Me acaba de pedir que le dijera a Vicky que sin importar lo que ocurra, ella siempre será su hermana. Eso suena a despedida, ¿no? Y si intenta hacer algo como, no sé… ¿atentar contra su vida? —preguntó ella, palideciendo.

—No puede. No importa lo que intente, en sus genes predomina el instinto de auto preservación —explicó Samael, llevándose una mano a la barbilla en pose pensativa—… No se me ocurre qué pueda estar planeando, pero si intenta algo que involucre su poder, no será difícil hallarlo.

—¡No podemos esperar a que lo haga, podría ser demasiado tarde! —replicó Marianne sin poder ocultar su preocupación.

—Sé dónde hallarlo —intervino Addalynn, apareciendo junto a ellos tras deshacerse del entrenador. El resto de sus compañeros ya iban reuniéndose alrededor, como si supieran que algo iba mal.

—¿Qué ocurre? ¿Hay algún problema? —preguntó Lucianne.

—Es Demian, ¿verdad? Hace rato vi que salió y que fuiste tras él —dijo Mitchell sin soltar un plato de bocadillos y con la boca aún llena.

—¿Qué hay de mi hermano? —preguntó Vicky y todas las miradas se posaron en ella, causándole un estremecimiento como si estuviera a la espera de una mala noticia frente al teléfono y finalmente este sonara… y por las caras de los demás no estaba segura si quería responder esa llamada.

El paraje no era más que rocas ahora, troncos carbonizados y tierra removida cuyo único indicio de que alguna vez había sido fértil eran los restos de follaje chamuscado que asomaban en lugares esporádicos como testigos fosilizados de una guerra nuclear. Parecía un escenario post-apocalíptico en el que únicamente cabía esperar caer víctima de la radiación, de no ser porque a un par de kilómetros de distancia se podían distinguir un verde horizonte de copas de árboles intactos que iban bordeando aquella zona de devastación como si dibujaran una muy clara línea entre la vida y la muerte. Cualquier experto vería difícil precisar el tiempo que le había tomado a aquella área llegar a ese estado de desolación cuando en realidad llevaba apenas unas semanas con un radio de acción que había ido ampliándose en contadas ocasiones.

Demian observaba aquel paisaje de pie sobre una gran formación rocosa que quedaba justo en el epicentro de aquella devastación. Donde había comenzado todo. Ahora en pleno uso de sus facultades, sin que la sangre de demonio bullera en su interior, podía apreciar con mayor claridad el alcance de su poder, las consecuencias de su búsqueda por un método para descargar sus ansias de destrucción. Y era peor de lo que recordaba.

—…Lo siento —murmuró él como si la tierra pudiera escucharlo o el viento seco que soplaba en esa árida extensión fuera a transportar su mensaje. No podía hacer nada más, de alguna forma tenía que evitar lastimar a alguien. Aunque dependiendo de los resultados de lo que se disponía a hacer quizá ni siquiera eso habría valido de nada, pero tenía que intentarlo. Se irguió firme sobre aquella roca y apretó con fuerza las manos y la mandíbula, la piel decolorándose en el punto de presión—… Ven por mí.

A sus pies comenzó a formarse un campo de energía que fue creciendo a su alrededor, agitando tierra, piedras y restos carbonizados de árboles y plantas al mismo tiempo que tomaba su forma de demonio. Contempló el cielo que parecía mantener un cúmulo de nubes grises sobre esa zona y esperó a que ocurriera algo.

—…Vamos, vamos —murmuró él, manteniendo los dientes apretados y a pesar de la estampa gris de muerte a su alrededor, le pareció distinguir a la distancia movimiento que iba de tronco a roca y a todo lo que hiciera el mínimo de sombra, aunque el sol estuviera oculto entre las nubes—… Eso es. Ven. Te estoy esperando.

Un destello a su costado llamó su atención y vio surgir a un grupo de chicos en armaduras listos para cualquier eventualidad.

—¡…Márchense! ¡No deberían estar aquí! —exclamó Demian, rodeado de toda aquella energía que él mismo estaba emitiendo para atraer al demonio de humo.

—¡No nos iremos! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! —Marianne avanzó hacia él, aunque la intensidad de aquella energía le dificultara el paso.

—¡Lo necesario para acabar con esto de una vez por todas! —respondió él, y entonces vio que Vicky estaba entre ellos. Aquello lo sacó de balance por un momento, pero luego trató de recuperar el control, desviando la vista para evitar verla a los ojos—… ¡Ahora háganse a un lado y no intervengan! —Delante de él, las sombras habían empezado a concentrarse hasta formar al demonio de humo, con sus ojos de gato reptiliano fijos en él y la sonrisa que se extendía de extremo a extremo en su rostro—… ¡Seré breve! ¡Estoy dispuesto a volver contigo a la Legión de la Oscuridad siempre y cuando devuelvas los dones que te robaste!

—¡¿…Qué?! —Marianne exclamó, perpleja ante su propuesta. El demonio ladeó la cabeza sin cambiar su perturbadora expresión de gato Cheshire—. ¡No puedes…! —Se interrumpió al ver que Demian levantaba la mano hacia ella, lo que llevó a Samael a colocarse rápidamente delante, pensando que atacaría, pero era únicamente una señal para que no avanzaran más.

—Los dones y podrás llevarme de vuelta —insistió Demian con su atención fija en el demonio de humo, cuya única chispa de intelecto parecía residir en sus perturbadores ojos.

—¿Amo vuelve a casa? —siseó con una voz sin cuerpo que causaba escalofríos.

—…El amo volverá a casa —repitió Demian, con los dientes apretados. El demonio se elevó a más altura, la enorme ranura que representaba su boca fue abriéndose y dividiendo su cabeza en dos extremos como la cáscara partida de un huevo.

El cuerpo sin consistencia del demonio se hinchó para luego expulsar la primera de las esferas que cayó disparada a los pies de los chicos. Y lo mismo ocurrió para la segunda y por último la tercera. El demonio bajó entonces a la altura de Demian y volvió a mirarlo con aquellos resplandecientes ojos malignos, a la espera. Él asintió, estaba preparado.

—…Te sigo.

—¡No! ¡Ya tenemos los dones de vuelta, no tienes que hacerlo! —gritó Marianne.

—Tengo que —aseguró él con firmeza, echando otro vistazo hacia Vicky, que seguía inmóvil—… Recuerda lo que te pedí. Solo si pregunta.

El demonio lo rodeó, formando un remolino de humo mientras los demás solo podían observar sin poder reaccionar. Addalynn se llevó la mano a la cabeza, como si un intenso dolor la sacudiera.

—…No lo dejen marcharse —dijo ella, apretando los ojos y las sienes, atrayendo las miradas confundidas de los demás, pero antes de que pudieran hacer algo, el torbellino de humo desapareció llevándose consigo a Demian.


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