CAPÍTULO 21

21. NINFAS EN EL AGUA

Llevaban un buen rato caminando en el bosque con Samael a la cabeza y zigzagueando entre árboles, de forma que comenzaban a sospechar que realmente no sabía hacia dónde ir.

—¿Estás seguro de que es por aquí? Porque me parece que ya pasamos ese árbol con forma de espiral unas tres veces —comentó Lilith finalmente.

—No, por aquí no es —admitió Samael sin detenerse.

—¡¿…Y lo dices así tan tranquilo?! ¿Cuánto tiempo más pensabas darnos vueltas en el bosque hasta aceptar que nos has perdido? —reclamó Mitchell, sacudiéndose hojas y ramitas de su chamarra de camuflaje y cuidando que no se le quedara ninguna prendida en el cabello.

—No estamos perdidos, sé perfectamente hacia dónde dirigirnos —añadió él, dando otra vuelta alrededor de un árbol de grueso tronco.

—¿Entonces por qué…?

—Nos están siguiendo.

Los demás se quedaron callados y comenzaron a mirar a los lados con cautela, esperando detectar algún movimiento fuera del que hacían ellos.

—Desde que nos adentramos en el bosque. Intento perderle la pista.

—Pero ¿quién lo haría y por qué? —preguntó Angie, tratando de mantener la voz lo más queda posible para que sólo ellos la escucharan.

—No lo sé aún, pero podemos averiguarlo. ¿Ven ese grupo de árboles más adelante? En cuanto demos la vuelta deben mantenerse lo más cerca que puedan de mí, crearé una capa que nos hará invisibles y de esa forma veremos quién está detrás de nosotros.

Todos asintieron, y en cuanto llegaron a la altura de un conjunto de árboles tupidos que formaban una pared de troncos, dieron la vuelta para después pegarse al muro de árboles y Samael procedió a realizar un movimiento con la mano, creando una capa que los cubrió.

Permanecieron inmóviles y callados alrededor de un minuto, esperando escuchar algún sonido que les indicara que había alguien más ahí en el bosque con ellos, pero nada aparte de los ruidos ambientales les pareció fuera de lo común. Lilith estuvo a punto de saltar fuera de aquella zona de invisibilidad, harta de esperar, pero Samael le indicó que no se moviera y fue en ese momento que lo escucharon.

Un ligero crujir de hojas, como de pisadas aproximándose hacia ellos. Se mantuvieron expectantes por varios segundos más hasta que vieron surgir de entre la maleza al chico de la chamarra negra y franjas rojas, escudriñando el lugar con su mirada. Su presencia los tomó por sorpresa, pero sabían que no era momento para reaccionar.

Contuvieron la respiración y permanecieron quietos como estatuas mientras el muchacho pasaba a escasos centímetros de su posición, observando minuciosamente a su alrededor, atento a cualquier mínimo ruido. Estuvo varios segundos acechando, muchas veces demasiado cerca de toparse con ellos, hasta que finalmente decidió dar media vuelta y regresar por donde había llegado.

Los chicos dejaron pasar el tiempo suficiente hasta salir de la barrera y permitirse por fin reaccionar apropiadamente a lo que acababa de ocurrir.

—¿Por qué estaba tu primo siguiéndonos, Mitchell? ¿Acaso le dijiste algo? —le cuestionó Marianne, claramente responsabilizándolo por ello.

—¡Les juro que no tengo la menor idea! ¡Estoy tan sorprendido como ustedes!

—Esto no viene más que a confirmar que no se puede confiar en tu discreción, basta echarle un vistazo a tu guardarropa —remarcó ella, a lo que él respondió llevándose las manos al pecho en un ademán melodramático.

—¡Auch, me hieres! ¿Cuánto tiempo estuviste pensando en esa réplica? ¿Te sientes satisfecha ya que pudiste sacártela de adentro?

—Basta —intervino Samael con voz firme, colocándose entre ellos—. No es momento para discusiones. Debemos llegar a nuestro punto de interés y comenzar cuanto antes el entrenamiento.

—Y para los próximos días quizá debamos modificar un poco nuestra táctica. Estuvimos diez minutos andando por el bosque sin darnos cuenta de que nos seguían, a excepción de Samuel —sugirió Lilith.

—También habrá que idear otra forma de llegar a aquel lugar, pues no dudo que aquel chico nos siga nuevamente —añadió Marianne.

—Bien, sólo he hecho esto una vez bajo mucha presión y no sé si pueda repetirlo… pero supongo que puedo hacer el intento —determinó Samael, dando un suspiro y colocándose en medio de ellos—. Necesito que estén todos alrededor mío y que se sostengan de mí.

Fueron acercándose y posaron las manos sobre él mientras intentaba concentrarse en el lugar al que se estaban dirigiendo. Había tenido el cuidado de memorizar cada detalle para no tener problemas al momento de visualizarlo en su mente. Comenzó como una versión difuminada del lugar y poco a poco fue definiéndose hasta encontrarse ante la versión velada del mismo; en cuanto ésta se aclaró y abrió los ojos, encontró ante sí una gran extensión de terreno rodeada de grandes árboles, y el resto de los chicos estaban con él, mirando sorprendidos a su alrededor.

—¡Eso fue increíble! ¡Hay que repetirlo!

—¿Estás bien? ¿O fue demasiado el esfuerzo? —preguntó Marianne al ver que Samael trastabillaba por un segundo y se detenía a recobrar el aliento.

—Me recuperaré, ahora lo importante es comenzar —aseguró él, enderezándose nuevamente y haciendo un movimiento para cubrir el área con una capa de energía a modo de protección—. Ya que tendremos solamente unas cuantas horas al día para poder perfeccionar nuestras capacidades, no podemos desperdiciar un solo segundo. —Señaló a Marianne, Belgina, Lilith y Lucianne—. Ustedes tienen sus habilidades muy claras, deberían practicarlas y trabajar en su capacidad física.

Las cuatro caminaron hacia el lado contrario para seguir sus instrucciones.

—Angie, Mitchell —los detuvo al ver que estaban por seguir a las demás—, como ustedes son los que más problemas tienen en controlar sus habilidades, practicarán conmigo. Si no les importa.

Ambos asintieron con docilidad, conscientes de que aquella era una forma sutil de decir que no estaban a la altura de las demás, aunque a Angie no parecía disgustarle del todo, al menos así pasaría más tiempo con él.

Estuvieron cuatro horas practicando sin descanso, y para cuando regresaron a las cabañas ya era alrededor de las 2 de la mañana y todos dormían, así que se metieron con sigilo en sus respectivas camas, cayendo rendidos ante el cansancio.

En punto de las 8 de la mañana, en las bocinas se escuchó un toque de diana que despertó a todos con un sobresalto. Mitchell incluso pensó estar de vuelta en la escuela militar hasta que vio a Demian preparándose en la litera de junto y volvió a la realidad.

—¡Menos mal! Por un momento creí que el sargento LaRue entraría por la puerta y comenzaría a gritarme al oído hasta que me levantara —comentó él, frotándose la cara mientras se sentaba en la cama. Demian no respondió nada, tan sólo continuó amarrándose las agujetas como si no lo hubiera escuchado—. Ah… es cierto, sobre ayer…

—No tienes que explicarme nada —interrumpió él sin apartar la vista de sus agujetas.

—¡Oh, vamos, amigo! No seas resentido. No es que te estemos evitando o algo por el estilo —intentó explicar Mitchell, buscando la forma de arreglarlo—. De hecho …ah… sólo puedo hablar por mí, pero la razón por la que ya no fui a la fogata ayer… fue porque preferí dar un paseo con Belgina por el campamento, lejos de miradas indiscretas, ya sabes. —Demian por fin levantó el rostro y lo miró como si no le creyera—. ¡Es en serio! Puedes preguntarle a ella si quieres. En cuanto a las demás chicas, ellas… estuvieron …cuidando de Samuel. De repente empezó a sentirse mal cuando salíamos de la cabaña, ¿no es así, Samuel?

Ambos dirigieron las miradas hacia la litera de arriba, desde donde Samael se asomó confundido mientras se abotonaba la camisa. Mitchell se dedicó a gesticular lo más discretamente posible para hacerle entender que le siguiera la corriente, pero como él no respondía, se apresuró a darle un hilo conductor.

—…Pero ya te sientes mejor, ¿verdad? —le reiteró, moviendo la cabeza para indicarle que debía responder de manera afirmativa.

—…Sí —respondió él dubitativo, y al fondo de la cabaña se escuchó una risa.

El primo de Mitchell se aproximó a la puerta, muy cerca de donde ellos estaban. Al pasar junto a ellos, los miró de reojo y en su rostro se dibujó una ligera sonrisa torcida.

—¡…Oye, espera! —Mitchell salió corriendo tras él, dejando a los dos muchachos en sus respectivas literas—. ¿Qué hacías ayer rondando por el bosque?

Su primo mantuvo su sonrisa audaz y le dedicó una mirada significativa.

—¿Ayer? No sé de qué hablas. ¿Cómo podrías saberlo si estabas en otro lado?

Mitchell comprendió que si admitía haberlo visto en el bosque también estaría aceptando su presencia en el mismo lugar, así que prefirió no decir nada más.

En vista de la facilidad con que los había seguido, optaron los días subsecuentes por seguir el nuevo plan de mezclarse con el resto de los campistas en la fogata durante las noches y tras unos minutos ir desapareciendo uno por uno con diversas excusas.

Con ese sistema, los chicos tuvieron grandes avances. Mitchell ya podía formar una barrera neutra a voluntad, aunque eso significara suprimir también las habilidades de los demás.

Angie, por su parte, había aprendido a canalizar sus emociones con respecto a las necesidades que tuviera al momento, con el fin de poder orientarlas hacia quien estuviera en contacto con ella, aunque sus prácticas hasta entonces se limitaban a instrucciones sencillas en vista de que utilizaba a sus compañeros como sujetos de prueba. Órdenes simples como levantar los brazos y moverlos, dar saltos o vueltas, aunque cuando se trataba de Samael intentaba alejar de su mente cualquier pensamiento que le produjera alguna situación bochornosa.

El primo de Mitchell no había vuelto a seguirlos tras el cambio radical de método que habían empleado, aunque eso no evitaba que continuara mirando a Lucianne de forma insistente, incomodándola en extremo.

Ella sentía que cada vez se le dificultaba más ignorarlo, y presa de la desesperación no hacía más que jugar con su desayuno sin probar un solo bocado, con la vista fija en el plato.

—…Si tanto te incomoda deberías decírselo —sugirió Marianne al ver lo tensa que estaba. Ella alzó la vista, en cierto modo agradecida de que alguien lo hubiera notado.

—No quiero tener problemas.

—¿De qué hablan? —preguntó Lilith, desviando la atención de su desayuno.

—Podrías decirle a alguien que lo ponga en su lugar, no sé, a Demian —sugirió Angie.

—¡No! Si vuelve a tener problemas con él podrían expulsarlo del campamento.

—¿Hablan del primo de Mitchell? ¿Qué ha hecho ahora?

—No deja de mirar a Lucianne —dijo Marianne.

—¿En serio? A ver —añadió Lilith con la intención de voltear hacia atrás sin prudencia alguna, pero Lucianne la detuvo.

—¡Sé discreta! Supongo que lo que él busca es atención, no hay que darle el gusto de prestársela.

—Pero mientras tanto, tú eres la que tiene que soportarlo y no es justo, no tiene ningún derecho —replicó Marianne.

—Lo sé, pero prefiero evitar un enfrentamiento —insistió Lucianne con resignación.

Marianne dio un resoplido y puso los ojos en blanco. Acto seguido se levantó y se puso en marcha ante la confusión de sus amigas. No tardaron en darse cuenta de que se dirigía hacia aquel chico y entraron en pánico.

—Oye, tú. Deja de mirar de esa forma a mi prima, la estás incomodando —exigió Marianne al detenerse frente a él, generando un silencio total en el comedor. El muchacho levantó la vista hacia ella sin aparente interés.

—Ah, ¿sí? Entonces que venga ella misma a decírmelo.

—¡No es un juego! El asunto que tengas pendiente con Mitchell es muy su problema, no la metas a ella en eso —le espetó Marianne, provocando una sonrisa de su parte.

—¿Qué propones entonces? ¿Tomar su lugar?

—¡Simplemente dejen de comportarse como unos niños! —Concluyó ella, dándose media vuelta, y el chico la detuvo de la muñeca.

Demian se levantó al instante, pero fue Samael quien actuó con mayor rapidez, apareciendo justo a su lado y apartando la mano del chico.

Todos ahogaron una expresión de sorpresa en sus gargantas, en espera de otro posible enfrentamiento ante la tensión que se había generado entre los dos chicos.

Samael se mantuvo entre Marianne y aquel muchacho, mirándolo con seriedad mientras el otro le sostenía la mirada sin cambiar de postura, hasta que finalmente aparecieron los guías para evitar alguna confrontación.

—¿Qué pasa aquí? ¿Algún problema? —preguntó Benny con toda intención de actuar de mediador, pero Samael se dio la vuelta y acompañó a Marianne fuera de ahí, seguidos casi de inmediato por Lucianne y las demás chicas.

—No hay ningún problema como pueden ver. Todo es maravilloso en su campamento de unicornios —respondió el muchacho, acomodándose en su asiento con suficiencia.

Demian también optó por salir, seguido de cerca por un vacilante Mitchell.

—¿Te hizo daño? —preguntó Samael una vez fuera del comedor.

—No tenías que ayudarme, lo tenía todo bajo control.

—¿Por qué hiciste eso? ¿Acaso te volviste loca? —la cuestionó Lucianne en cuanto los alcanzaron.

—Sólo hice lo que nadie más se atrevía: enfrentarlo. Ya era hora que alguien lo hiciera y le dijera unas cuantas de sus verdades —se justificó Marianne, convencida de que había hecho lo correcto.

—¡Pudo hacerte daño si no hubiera sido por Samuel!

—De no ser por él tendría la marca de mi suela en la cara en este momento —respondió ella, tratando de restarle importancia.

—Subestimas la respuesta de los demás a tus confrontaciones —afirmó Lilith, meneando la cabeza con desaprobación. Demian pasó entonces a un lado y se detuvo.

—Eso fue completamente imprudente de tu parte —dijo con seriedad, tras lo cual continuó su camino hacia las cabañas, y Marianne rechinó los dientes.

—¡Ocúpate de tus propios asuntos!

Detestaba que la trataran como una irresponsable que no medía el riesgo de sus actos. Simplemente había tomado cartas en un asunto que le estaba afectando a una de sus amigas, hizo lo que tenía que hacer y no se arrepentía de ello. A peores peligros se enfrentaban. Sin embargo, se encontró también con la mirada reprobatoria de Samael.

—No vuelvas a hacer eso —dijo él con un dejo de preocupación en su rostro.

Ella se limitó a cruzar los brazos y apretó la boca. Aún les quedaba un largo día y no quería seguir discutiendo.

Después del desayuno, todos se reunieron alrededor del asta central para esperar instrucciones de la actividad de ese día y fue Luna quien cogió el micrófono.

—¡Buenos días, campistas! El día de hoy les tenemos una dinámica algo distinta de las que hemos tenido hasta ahora. Se trata de un rally. Pero no un rally cualquiera… ¡será una batalla campal entre chicos y chicas! Los ganadores disfrutarán de una cena muy especial mientras los perdedores se encargarán precisamente de cocinar ésta y servirla —explicó Luna, seguida de una intervención de Benny intentando entusiasmar a los muchachos mientras ella intentaba hacer lo mismo con las chicas.

La actividad consistía en dividir los equipos en grupos de dos y cada grupo se encargaría de un punto de una larga lista de instrucciones. El primer equipo en completar todos los puntos sería el ganador.

Sonaba sencillo, de no ser porque desde el momento en que debían ser grupos de dos les complicaron las cosas a las chicas. Se enfrascaron al instante en una discusión sobre quién se “sacrificaría”, y no porque ninguna quisiera sino porque todas estaban dispuestas a hacerlo, así que finalmente decidieron dejarlo al azar, reunieron unas ramas y quien sacara la más corta se quedaría sin compañera.

Marianne no pudo más que atribuírselo a la mala suerte en cuanto sacó la rama más corta. Dio un suspiro mientras contemplaba aquella ramita y no tuvo más remedio que aceptarlo a pesar de que sus amigas enseguida se ofrecieron a cambiar lugar con ella.

—No se preocupen, sólo tengo que encontrar una compañera y listo —afirmó ella, echando un vistazo a su alrededor. Los grupos iban formándose rápidamente, al grado de que en cuestión de minutos parecía ya no quedar nadie disponible.

—¿A alguien le hace falta compañera? —comenzó a vocear Luna por el micrófono y ella levantó la mano ante la insistencia de las chicas—. ¡Ah, muy bien! Parece que ya tienes compañera, ve con ella.

Pronto se dio cuenta de su error al ver un lado de la guía a Kristania con cara de pocos amigos, y en cuanto ésta la notó, su rostro se alargó todavía más. Marianne cerró los ojos y dio un suspiro de resignación. Si aquella era su suerte, algo debía estar haciendo mal.

La división de los chicos, por otra parte, había recaído en la decisión final de Mitchell, quien al notar que debía escoger entre Demian o Samael para hacer equipo, prefirió emparejarse con su primo, dejando que aquellos dos formaran un equipo de última hora, en vista de que ya todos los demás se habían organizado.

—No se preocupen, todo va a salir bien. Piensen que es una buena forma para conocerse mejor —aseguró Mitchell, dándoles unas palmadas en la espalda antes de marcharse. Demian adoptó una postura resignada mientras Samael parecía más bien indiferente, después de todo, no se tomaba demasiado en serio aquellas dinámicas, prefería concentrar toda su atención y energía en los entrenamientos nocturnos.

—Sólo para que estés enterada, no pienso hacer nada que requiera de esfuerzo —advirtió Kristania apenas se colocaron en parejas, mostrando su pie aún vendado—. Aún no me recupero desde que me empujaras a propósito.

—…No tienes que restregármelo en la cara cada que tengas oportunidad —refunfuñó Marianne, girando los ojos con hartazgo.

—Estaría demente si no lo hiciera —replicó ella con una sonrisa maliciosa—. Además, te recuerdo que aún sé algo que los demás no y podría escapárseme sin querer.

Marianne le dedicó una mirada de disgusto y prefirió no hacer ningún comentario. Eso era precisamente lo que ella quería, una excusa para hacerla quedar mal.

A continuación, los guías se encargaron de repartir entre sus respectivos equipos los puntos a cumplir. Para hacerlo más equitativo, dividieron cada punto en tiras de papel y los revolvieron dentro de un recipiente, pidiéndole a cada pareja que tomara un papelito con la instrucción que les correspondería realizar dentro del rally.

—“Atrapa a las ninfas”, ¿qué se supone que significa eso? ¿Pondrán a gente disfrazada a la que debemos perseguir o qué? —inquirió Kristania tras leer la instrucción.

—Las ninfas se consideraban espíritus de la naturaleza, ligadas a los árboles, bosques, montañas y agua, debemos encontrar elementos que correspondan a cada uno.

—Sé lo que son, no me trates como a las idiotas de tus amigas —contestó ella con altivez y Marianne apretó la mandíbula, cada vez más irritada—. Pero son demasiados elementos a considerar, tendrían que ser más específicos.

—En ese caso, deberías saber que están haciendo referencia a las flores. Los lirios acuáticos son conocidos también como nenúfares, las ninfas del agua. Debemos conseguir entonces flores que crezcan en los árboles, en el camino del bosque y en montículos.

—…Ah, así que muy lista, ¿eh? Muy bien, en ese caso mucha suerte con la búsqueda. Sobre todo, cuando vayas por esos lirios acuáticos —replicó Kristania, cruzándose de brazos con una sonrisa ladina.

La perspectiva de ir en busca de un lirio acuático por sí sola hacía que Marianne sintiera una presión inexplicable en el pecho.

Todos los grupos se dispersaron por el campamento para cumplir con las instrucciones del rally. Tal y como lo había previsto, Kristania no hizo el mínimo esfuerzo por ayudar, simplemente se quedó sentada sobre una roca, con las muletas a un lado y señalándole a Marianne dónde buscar.

—Más arriba. No, ahí no, tienes que subir más. ¿Eres una debilucha o qué? ¡Usa esos brazos para subir! —le ordenaba de forma autoritaria mientras ella intentaba trepar a un árbol de lilas para tomar una de sus flores, el cual estaba demasiado vertical y no tenía muchas ramas de dónde sostenerse.

—¡Gritarme no hará que milagrosamente alcance la cima! —protestó ella, sosteniéndose con fuerza del tronco y estirando el brazo para intentar alcanzar una de las lilas.

—Si no estuviera inválida por TU culpa, yo ya habría llegado sin ningún problema.

Marianne soltó un gruñido, tratando de ignorar sus palabras. Afianzó los pies en un par de ramas y alargó más el brazo hasta arrancar una lila.

—¡Perfecto! —musitó ella, sosteniendo la flor en una mano con expresión de triunfo, pero el gusto le duró muy poco pues un crujido la alertó y se deslizó en picada hasta caer en unos arbustos de donde salió instantes después dando brincos y sacudiéndose el cuerpo con desesperación—. ¡Bichos, bichos! ¡Quítenmelos de encima!

Kristania se incorporó, apoyada de sus muletas y lanzando una carcajada abierta, para a continuación arrebatarle la flor de las manos, reuniéndola con las otras que ya tenía.

—¡Qué ridícula! Ponerte a gritar por unas cuantas hojas.

Marianne dejó de sacudirse al darse cuenta de que eran hojas secas y se quedó de pie, tratando de recuperar la compostura, con el cabello revuelto y ramas prendidas de ella. No podía dejar de reprocharse el reaccionar nuevamente como una histérica y terminar dando otro espectáculo para diversión de Kristania.

—Falta únicamente el lirio acuático —expuso ella, contando las flores, tras lo cual volvió a sentarse sobre la misma roca para mostrar que no tenía intención de moverse de ahí—… Así que puedes empezar a buscarlo.

—Y simplemente te quedarás ahí sentada mientras yo lo hago todo.

—Como dije, lo haría, pero… —señaló nuevamente su pie, por lo que Marianne giró los ojos y decidió mejor marchar en dirección al lago, aunque una vez que visualizó el borde del declive, comenzó a sentir nuevamente aquella opresión en el pecho.

Se detuvo ante el inicio del pequeño muelle y trató de controlar su respiración, que iba acelerándose junto con sus latidos. No entendía por qué ese lugar le generaba aquella sensación, pero no estaba dispuesta a permitir que la dominara, así que buscó retomar el control y comenzó a caminar sobre el muelle con extremo cuidado, deteniéndose del barandal hasta llegar a la orilla y contemplar la superficie del agua con el rostro pálido.

Flotando en el lago estaba un solitario lirio acuático, a una distancia que le era imposible simplemente estirar la mano y tomarlo. Sin embargo, su atención se hallaba fija en el agua, clara y reposada. Era como si el reflejo de la luz en la superficie la atrajera.

Sacudió la cabeza y miró a su alrededor, tratando de pensar en una forma de conseguir el lirio. Una idea pasó por su cabeza, y tras echar un vistazo para verificar que no hubiera nadie más a la redonda, se afianzó a una de las vigas del barandal y concentró su mirada en aquella flor, poniendo todo su esfuerzo mental en atraerla hacia ella, pero parecía estar adherida a una raíz muy larga. La opresión que sentía no le dejaba concentrarse del todo, así que decidió al menos acercarla lo más posible para poder cogerla con estirar la mano.

El lirio comenzó a deslizarse en dirección al muelle hasta llegar a un punto en el que no podía moverse más, pero a una distancia en la que bien podía cogerla con tan sólo alargar el brazo. Ella tomó aliento para tratar de sosegar la opresión del pecho y lentamente se arrodilló. Apenas se encontró de rodillas, de cara al lago, se aferró con más fuerza a la madera, prácticamente enterrando los dedos en ésta.

Empezó de repente a sentir que le faltaba el aire, así que cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de imaginar que estaba en tierra firme e ignorar el sonido del agua.

Cuando abrió los ojos, se dispuso a alargar el brazo sin pensarlo mucho, a riesgo de arrepentirse antes de tiempo. El lirio aún quedaba a algunos centímetros de distancia, así que metió la mano al agua, pero apenas hizo contacto con ésta, le pareció ver que algo brillaba al fondo del lago.

Como si estuviera bajo algún tipo de influjo hipnótico, mantuvo la mirada fija en el agua y todos los pensamientos volaron de su mente, pareciéndole incluso escuchar unas campanas a la distancia. Algo estaba llamándola, pero no sabía qué.

—¿Encontraste ya el cuaderno de notas para firmarlo? —preguntó Lilith, revisando entre los arbustos mientras Lucianne buscaba debajo de las rocas.

—Nada, debe estar camuflado en algún lado, no nos la iban a poner fácil.

—Creo que será mejor que nos separemos. ¿Quieres regresar al campamento o seguir buscando en el bosque?

—Seguiré por aquí, tú revisa las cabañas y quien lo encuentre primero le avisa a la otra. —Lilith asintió, mostrándole el pulgar y marchándose de ahí, mientras ella procedía a analizar el tronco de un árbol por si encontraba un punto hueco. Permaneció alrededor de cinco minutos en esa posición hasta que escuchó el crujir de las hojas, anunciando que alguien se acercaba—. No pensé que regresaras tan pronto, ¿lo encontraste?

—Depende de lo que consideres que estaba buscando.

Lucianne dio un respingo al escuchar la voz y se dio la vuelta, exaltada. El primo de Mitchell estaba frente a ella. Éste esbozó una sonrisa de lado en cuanto hicieron contacto visual y sostuvo un cigarro entre sus dedos.

—… Pero en lo que a mí respecta ya lo encontré.

Ella retrocedió nerviosa al verlo, preguntándose si habría estado siguiéndola, pero el árbol le impidió el paso, así que permaneció pegada a éste sin desviar la vista del chico.

—No tenías que enviar a una de tus amigas a enfrentarme, bastaba con que me dijeras.

—¿…Qué quieres de mí? ¿Por qué me sigues? Ni siquiera te conozco.

—Ah, perdona mi mala educación. Me llamo Franktick, pero puedes llamarme Frank —se presentó él, manteniendo su distancia—. Y tengo que diferir contigo, porque te conozco.

—¿Qué? Pero nunca te había visto en mi vida —repitió ella, desconcertada.

—Pues yo estoy seguro de haberte visto antes. No sé de dónde, pero sé que te conozco —afirmó él, muy seguro de sí—. De hecho, es por eso que quise venir. Desde que vi tu foto lo decidí. Tenía que verte en persona.

—¿…Por eso le pediste a Mitchell que nos presentara?

—Y aunque propiamente no lo hizo, aquí estoy —respondió, sacudiendo la colilla del cigarro y apagándolo con los dedos, tras lo cual se limpió con el pantalón. Lucianne continuó observándolo con desconfianza.

Él avanzó unos pasos, y ella se pegó más al árbol, sin tener idea de sus intenciones.

—Tranquila, no muerdo… a menos que me provoquen. Lo único que quería era verte más de cerca. —Ella permaneció inmóvil mientras él la contemplaba, como si estuviera decidiendo si era tal y como se la imaginaba o en su caso, la recordaba—. Sí, definitivamente te reconozco de algún lado.

—…Lo siento si yo no puedo decir lo mismo —respondió ella sin saber realmente qué pensar de él, y éste terminó mostrando una sonrisa más natural.

—No hay problema.

Su actitud bravucona pareció dar un giro de 180 grados y de repente ya no parecía tan amenazador con aquella sonrisa más relajada. Sin embargo, estaba consciente de que no debía bajar la guardia, así que en cuanto él se llevó la mano a la espalda, ella de inmediato levantó los brazos a la defensiva, mientras él sacaba un cuaderno con la cubierta degradada, como si estuviera hecha de hojas secas.

—…Me parece que buscabas esto.

Ella bajó los brazos lentamente, pensando que quizá se había precipitado en su reacción. Tomó cautelosamente el cuaderno mientras el muchacho retrocedía y se marchaba de ahí con las manos en los bolsillos y actitud pasiva. Al abrir el cuaderno en la página que un pañuelo señalaba, se dio cuenta de que era el que debían firmar para cumplir con su parte de las instrucciones del rally. No lo encontraban porque él lo había tomado en vez de dejarlo en el mismo punto clave de la búsqueda.

No sabía si agradecerle o reclamarle, pero lo que decidiera, ya no podría llevarlo a cabo pues éste se había marchado.

A unos metros de ahí, oculta entre los árboles, Kristania sonreía con malicia.

Demian y Samael estaban en otra parte del bosque, aún dentro de los límites del campamento, intentando reunir lo que su instrucción les solicitaba sin interactuar mucho, cada uno por su lado, de modo que Samael buscaba algo entre los arbustos mientras que Demian aprovechaba su altura para trepar un árbol y arrancar una flor de una de las ramas, tras lo cual bajó de un salto, tan sólo para encontrarse con Kristania frente a él.

—Hola, Demian, ¿esa flor es para mí o te tocó la instrucción de las ninfas también?

—¿…Qué haces aquí? Estamos en medio de una competencia, no deberías estar hablando conmigo —replicó él fríamente, deseando que se marchara.

—La competencia no podría importarme menos, sólo quería saludar —continuó ella, demostrándole cada vez más abiertamente su interés—. Si te hace falta alguna flor no me molestaría darte de las que ya tengo. Ahora mismo está la tonta de Marianne buscando la última, en cuanto la tenga en mis manos puedo arreglármelas para entregártela.

Demian le dedicó una mirada incrédula, luchando por no contestarle de forma brusca.

—…Gracias, pero prefiero hacer las cosas por mí mismo —respondió cortante, dándole la espalda para continuar con su búsqueda y ella lo siguió como si fuera su sombra.

—Bueno, como quieras, en realidad no es por eso que estoy aquí. He escuchado rumores sobre una chica… con la que recientemente te has visto. —En su gesto se dibujó una mueca de desagrado al decir esto—. ¿Lucianne me parece que se llama?

—¿Qué hay con ella?

—Pues hace poco la vi platicando muy amigablemente con mi primo, ya sabes, con el que te peleaste el primer día, y supuse que algo así podría… llamar tu atención.

De entre su ropa sacó su celular y le enseñó unas fotos que había tomado a la distancia, que la mostraban a ella muy cerca de aquel muchacho. En la última foto se le veía a él entregándole algo en las manos.

Demian observó las fotos, inexpresivo, y en cuanto las vio todas, extendió el dispositivo de vuelta hacia Kristania.

—¿Y eso qué? ¿Cuál es el motivo de que me enseñes esas fotos? Somos amigos solamente. Ella puede hablar con quien desee. Ahora si me disculpas, tengo una instrucción que completar.

—Por supuesto que sólo son amigos. Ya decía yo —repitió ella en medio de una risa entre aliviada y de confianza excesiva—. Tú no serías del tipo que sale con varias chicas.

Él se detuvo ante aquellas palabras, sintiendo cómo aquella espina que aún tenía clavada comenzaba a punzarle en las sienes. Tensó la mandíbula, pero le fue imposible seguir aguantando y volteó hacia ella.

—Sólo para que te quede claro: sí, salí con Lucianne, y aunque las cosas no se hayan dado entre nosotros, ella siempre será especial para mí. Intentar descalificarla ante mis ojos no cambiará nada, y tampoco cambiará el hecho de que no salí, no estoy saliendo y nunca saldré contigo —dijo con voz firme, dejándola pasmada ante su repentina explosión—. Así es, no creas que no estoy enterado del rumor que has estado esparciendo durante estos años; muy tarde, pero finalmente lo supe. La única razón por la que decidí no exponerte frente a todos fue porque “la tonta de Marianne” me lo impidió, así que deberías estarle agradecida por haberte evitado una humillación pública.

—¿Ella… te lo dijo? —formuló Kristania con un hilo de voz que intentaba mantener estable entre los jadeos que empezaban a producir su respiración. Su rostro iba tornándose rojo y le temblaban los párpados y la boca.

—Sí, la única que tuvo la decencia de decírmelo a la cara —finalizó él con rigidez, dispuesto a alejarse de ella, deteniéndose al recordar algo más—. Y por cierto… no es necesario que sigas usando esas vendas, puedes caminar perfectamente, como que ahora mismo te apoyas muy bien sobre ese pie sin necesidad de las muletas.

Ella bajó la mirada, descubriendo que estaba apoyándose sobre el pie que supuestamente tenía herido y no traía las muletas consigo. Demian dio por finalizado aquel intercambio y decidió apartarse de ella, sin importarle lo que haría a continuación ni si había sido demasiado duro. Samael se acercó con una flor en la mano y gesto confuso después de aquella escena que había presenciado a distancia.

—…Encontré ésta, ¿servirá?

Demian lo miró como si hubiera olvidado que él se encontraba cerca. Se tomó un momento para recobrar la calma y dio un resoplido.

—Sí, supongo. Sólo faltará la del agua —respondió con diplomacia mientras Samael echaba un vistazo por detrás de él—… Sólo ignórala.

—Ya no está.

Demian giró levemente el rostro y vio que, en efecto, ella ya se había marchado.

A orillas del lago, en el muelle, se podía ver a Marianne de rodillas, observando el agua con gesto vacuo, mesmerizada.

Tras dejar caer las muletas en el pasto, amortiguando así cualquier ruido hueco que pudieran producir, Kristania se quitó los zapatos y caminó descalza por el muelle, con la vista clavada en Marianne. Su rostro era sombrío y su mirada, lóbrega, con ojos que parecían a punto de salirse de sus cuencas y únicamente el entrecejo los detuviera.

Marianne permanecía ignorante de su alrededor, con su atención fija en las luces que danzaban en el fondo del agua. Recordaba que el lago era famoso por su espectáculo natural que el reflejo de la luz de la luna provocaba en las rocas del fondo, pero en ese momento era aún de día, así que no había explicación para aquella visión.

Tenía el brazo extendido con la mano apenas rozando el agua, la punta de sus dedos sumergidos en ésta y lo único que podía escuchar eran las ondas y el misterioso tintineo de unas campanas a la lejanía. Se sintió impelida a mirar hacia atrás, pero antes de hacerlo, algo la empujó repentinamente.

El agua era cálida y brillaba en distintas tonalidades de verde al toque de la luz en la superficie. No había corriente, pero algo la absorbía hacia las profundidades. Miró hacia abajo y vio el resplandor con matices multicolores que irradiaba del fondo. La llamaba, intentaba atraerla con una fuerza desconocida.

Agitó los brazos, intentando alcanzar nuevamente la superficie, pero el agua parecía haberse vuelto aire, no existía fricción. Era demasiado similar a una pesadilla que le parecía haber tenido alguna vez, o al menos eso era lo que pensaba hasta entonces.

Algo se había detonado en su memoria, un recuerdo que la situaba en aguas similares años atrás, pero algo hacía falta, algo que había cambiado su vida en esa ocasión.

Kristania contemplaba con gesto turbado cómo las aguas se aplacaban después de lo que había hecho en un arranque de ira. Comenzó a retroceder, dándose cuenta del alcance de su acción, buscando una salida, cuando vio pasar a su lado a alguien corriendo.

Al llegar a la orilla, Samael se lanzó al agua. Demian llegó tan sólo unos segundos después, deteniéndose para mirar más allá del muelle, intentando descubrir lo que ocurría.

Marianne había dejado de luchar contra la fuerza que la arrastraba hacia la profundidad. Tal como en sus recuerdos, la luz de la superficie fue apagándose. Había comenzado a perder la consciencia, y aún seguía esperando por aquello, lo que fuera. A veces solía verlo en sueños, pero siempre lo olvidaba al despertar. Quizá una silueta de luz, una figura alada como la que en ese momento le parecía vislumbrar a través de los bordes de sus párpados. Abrió un poco más los ojos, intentando distinguir aquella figura, pero la forma alada de inmediato se disipó como si hubiera sido una ilusión creada por la luz de la superficie y entonces vio más allá otra figura aproximándose hacia ella, nadando lo más rápido que sus fuerzas le permitían. Era Samael, con aquel halo natural acentuado por el brillo de la superficie.

Al llegar a ella la tomó de los hombros, y aunque sus labios no se movieron le pareció escuchar en su mente la voz de él diciéndole: “Tranquila, estoy aquí para protegerte”.

«Yo te protegeré, siempre lo haré» surgió de una parte de su memoria.

Intentó decir algo, pero tan sólo dejó escapar su aliento a través de burbujas en el agua y Samael se apresuró a sujetarla con un brazo mientras con el otro luchaba por subir de nuevo a la superficie, pero era como si algo los estuviera arrastrando hacia el fondo.

Pasaron un par de minutos sin que hubiera movimiento en el agua. Kristania estaba cada vez más inquieta y ya comenzaba a pensar en las consecuencias que le acarrearía aquello, hasta que finalmente salieron ambos a la superficie, aspirando una profunda bocanada de aire como para reventar sus pulmones.

Él se aferró al muelle y subió, sujetando a Marianne con fuerza. Apenas se encontraron a salvo, ella se dedicó a toser toda el agua, tratando de respirar por la boca y la nariz al mismo tiempo, sintiendo que el pecho y la garganta le ardían a cada jadeo. Al ver que estaba muy cerca aún de la orilla, se arrastró un poco más allá del muelle, como si fueran a surgir unas manos acuáticas de la nada que intentarían jalarla de vuelta al lago.

—¿Estás bien? —preguntó Samael apenas recuperaba el aliento.

—Eras tú —enunció ella entre resuellos. Aquella parte de su memoria que había considerado hasta entonces el producto de una pesadilla se había aclarado para ella, así que apenas sintió que sus pulmones se habían drenado lo suficiente, alzó la vista hacia Samael con expresión sobrecogida—. Hace años… fuiste tú. La voz. El ángel.

Samael la observó por un instante sin saber cómo responder a ello, hasta que finalmente sonrió con alivio.

—…Lo recuerdas. Por mucho tiempo dudé si en verdad me habías escuchado o habían sido figuraciones mías. No sabes el gusto que me da saber que no fue así.

Marianne no dijo una palabra más, tan sólo lo abrazó, presionando la frente contra su pecho como si fuera una niña buscando protección.

Aquel momento de su infancia había sido crucial para ella pues tras él había iniciado su cruzada para averiguar sobre los ángeles, y la revelación que acababa de tener era como un cierre de toda una fase de su vida.

Samael dio unas suaves palmadas en su espalda para tranquilizarla y transmitirle la seguridad de que estaría siempre para ella.

Demian observaba desde la base del muelle. Tenía una mano sobre el barandal, mientras la otra colgaba a un costado de él.

Kristania dio otros pasos atrás con la intención de alejarse lo más pronto posible de ahí cuando a su lado pasaron corriendo varias personas más en dirección a la orilla.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Lucianne.

Ambos estaban empapados y Marianne se apartó de Samael en cuanto escuchó sus voces.

—¿Cayeron al agua? —preguntó Angie, sintiendo una opresión en el pecho.

—Estuvo a punto de ahogarse —respondió Samael, ayudando a Marianne a levantarse.

—No sé qué pasó. Cuando me di cuenta ya estaba en el agua.

—¿Por qué no le preguntan a ella? Ya estaba aquí antes de que todos llegaran —intervino Demian y Kristania de inmediato reaccionó. Todas las miradas estaban sobre ella.

—¿Tú la empujaste? —preguntó Lilith con mirada acusadora.

Ella no podía hablar. Sentía todo el peso de aquellos ojos juiciosos, claramente inculpándola del incidente. Pronto se descubrió a sí misma resoplando como si le faltara el aire y empuñando las manos con rigidez.

—¡…Claro! ¡Es muy fácil para ustedes culparme de todo como si yo fuera la villana! ¡Pues adivinen qué, si ella fuera tan inocente, no los estaría engañando ni guardando secretos de ustedes, pero eso es precisamente lo que hace! —exclamó Kristania, perdiendo los estribos.

—¿De qué hablas? —preguntó Angie y Marianne abrió más los ojos al caer en cuenta de hacia dónde se dirigía. Al notar su gesto, Kristania no pudo evitar esbozar una sonrisa torcida al señalarlos.

—¡…Que ese chico vive con ella!

Los demás intercambiaron miradas de sorpresa, dedicándole una a Marianne y Samael. Kristania ya se sentía confiada de nuevo, al menos hasta que Lilith decidió hablar.

—¿Y eso qué? Claro que vive en su casa, son familia.

La sonrisa de Kristania se borró y su boca se volvió una línea tensa que comenzó a retorcerse en su rostro.

—Además, ¿eso qué te importa? Si lo dices solamente para crear conflictos entre nosotros, no te va a resultar.

—En serio, hasta para tus estándares te has sobrepasado, hermanita —terció Mitchell—. Y espero que estés consciente de que habrá consecuencias por lo que hiciste. Tienes que hacerte responsable de tus actos porque yo no haré nada para encubrirte.

Kristania apretó los dientes, frustrada al ver que su táctica no le había funcionado. Giró el rostro hacia atrás y se encontró con la mirada sombría de Demian, que la contemplaba con ojos fríos, y eso no podía soportarlo. Le daba igual lo que los demás pensaran de ella, pero no él.

Una nueva oleada de coraje comenzó a invadirla.

—¡Piensen lo que quieran, yo no voy a disculparme con nadie! —exclamó con voz chillona para después marcharse corriendo de ahí, olvidando por completo sus muletas.

—¡Sabía que estaba fingiendo! —exclamó Lilith, golpeando su mano cerrada en un puño contra la palma de la otra.

—Oigan… sobre lo que dijo… —comenzó a decir Marianne, intentando explicarse.

—Tienen que cambiarse de inmediato, podrían enfermar —interrumpió Angie.

—Dale tu chaqueta, Mitchell —ordenó Lilith.

—Pero… es de seda y podría estropearse —dijo él, recibiendo a cambio varias miradas recriminatorias.

—Tomen —intervino Demian, lanzándoles la suya.

—…Gracias —murmuró Marianne con voz rasposa mientras se ponía la chaqueta y los demás los acompañaban hacia el campamento.

—Salvaste mi chaqueta, te debo una —susurró Mitchell al pasar junto a él.

Demian no respondió, tan sólo los observó de reojo mientras se alejaban, y una vez solo, volvió la vista hacia la punta del muelle y se acercó hasta la orilla.

La madera estaba un poco resbalosa, pero el lago lucía como un plato, completamente quieto, como si nadie hubiera estado a punto de ahogarse ahí minutos antes.

El lirio flotaba a unos centímetros del muelle. No había ningún otro en el lago, así que supuso que los guías se habían asegurado de que al menos uno de los equipos no lograra completar todas sus instrucciones para que hubiera un solo ganador. Sin pensarlo mucho, se inclinó y estiró el brazo para tomarlo ya que le quedaba a una distancia adecuada, pero en cuanto su mano rozó el agua, sintió un choque eléctrico, provocando que la apartara de inmediato.

Miró su mano y luego el agua con extrañeza, preguntándose si habría sido debido a la estática. Decidió hacer un intento más y estiró nuevamente el brazo en dirección al lirio, deteniéndose por un segundo antes de volver a tocar el agua, titubeante.  

Con cuidado tocó la superficie con la punta del dedo y al no sentir descarga alguna, metió la mano entera. El agua se sentía cálida y cualquier indicio que pudiera haber causado aquel repentino choque eléctrico había desaparecido.

A pesar de su confusión, tomó finalmente la planta y arrancó la raíz a la que la habían atado (seguramente para dificultar más su obtención) y una vez que la tuvo en sus manos, se dedicó nuevamente a observar el lago con recelo.

—¿Necesitas algo más? —preguntó Lucianne una vez que Marianne ya se había puesto ropa seca al volver a la cabaña. Ella negó con la cabeza, manteniendo la vista fija en la litera—. Bien, te dejaremos descansar entonces. Regresaremos para terminar el rally.

—¿No van a decirme nada sobre Samuel?

Las chicas se detuvieron en la puerta e intercambiaron miradas.

—La pregunta es si tú deseas decirnos algo —inquirió Lilith y ella oprimió las manos sobre su regazo, pensando cuidadosamente lo que debía decir.

—…Él aún no encuentra un lugar dónde mudarse, así que por mientras se está quedando en el ático. Preferimos mantenerlo en secreto para evitar malos entendidos.

—Entonces pensaste que teníamos una mente tan cerrada como para no entender algo así —replicó Lilith y ella las miró acongojada.

—No es eso. Yo hubiera preferido decirles desde el principio, pero…

—¿Por qué no mejor descansas y lo hablamos luego? —insistieron, dejándola sola en la cabaña, con una agria sensación de remordimiento.

Fuera del límite del campamento había un árbol grueso y enorme que parecía estar formado por troncos siameses que se doblaban hasta formar una concavidad en la parte trasera que bien podía servir de refugio en días de lluvia.

Justo dentro de esta concavidad se hallaba Franktick, acomodado en la base del tronco como si se tratara de una cama, con los brazos en la cabeza a modo de almohada y un cigarrillo en la boca.

Había decidido simplemente abandonar el juego una vez que había cumplido su propósito y refugiarse en algún lugar donde nadie lo molestara.

Lo que no se esperaba era que alguien más pensaría como él y escogería aquel mismo lugar como refugio, aunque fuera en un arranque de ira.

Escuchó un chirrido a la distancia que fue haciéndose cada vez más estridente, como unas afiladas uñas rayando un pizarrón. Se asomó por las raíces de la cavidad y vio que algo se aproximaba con el estrépito propio de una bestia brava en modo de ataque.

Kristania se detuvo ante el árbol hecha una furia, con el rostro rojo e hinchado como si fuera un globo a punto de explotar. Comenzó a caminar de un lado a otro mientras continuaba emitiendo aquellos desagradables chillidos mezclados con bufidos que la hacían asemejarse cada vez más a un toro de lidia, a punto de arremeter al menor movimiento.

Tras varios resoplidos que parecían a punto de dejarla sin aire, miró al suelo, aún ávida por desquitar el coraje que traía dentro, y vio varias piedras del tamaño apropiado para sostener con una mano. Se inclinó con gran rapidez y mientras iba recogiéndolas, fue lanzándolas con fuerza hacia todos lados, con energía desbordada, sin importarle dónde pudieran caer o qué podrían golpear. Necesitaba desgastar aquella ira incontrolable que se había apoderado de ella.

—¡Idiota! ¡Ella y sus amigas! ¡Y mi idiota hermano! ¡Idiotas todos! —bramó llena de rabia mientras arrojaba las rocas como si fuera lanzador de béisbol, algunas impactando con fuerza en el tronco y dañando la corteza, por lo que el chico se ocultó en la cavidad para evitar ser golpeado, y no tuvo más remedio que apagar el pitillo y quedarse escuchando a escondidas la rabieta de su prima—… No se va a quedar así. ¡Deseará no haber puesto jamás un pie en la escuela!

Él puso los ojos en blanco al pensar en el tiempo que tendría que quedarse ahí y apoyó la cabeza en el tronco, suponiendo que tendría para largo.

—Tan joven y con tanto odio dentro —dijo una voz detrás de Kristania, y Franktick se asomó con cautela a través de las raíces, sintiendo curiosidad al escucharla.

—¡¿Quién está ahí?! ¡Advierto que no estoy de humor! —exclamó ella, dando media vuelta con el rostro aún descompuesto por la furia, pero al hacerlo se encontró con unos ojos rojos que se encendían como brasas.

Franktick permaneció inmóvil, comprendiendo que lo que estaba a punto de presenciar no se comparaba a nada de lo que hubiera visto hasta entonces.


SIGUIENTE