Capítulo 29

29. BOMBA DE TIEMPO

 

Samael bajó corriendo por las escaleras del ático mientras iba poniéndose los zapatos con tal apuro que prácticamente fue chocando con las paredes hasta llegar al pie de estas, donde intentó recobrar el equilibrio. Al levantar la mano, vio que esta se desvanecía para luego volver a la normalidad. Hizo lo mismo con la segunda; flexionó y estiró los dedos, ambas manos desvaneciéndose hasta poder ver a través de ellas para a continuación ser visibles de nuevo. Sus poderes estaban regresando.

—¿Está todo bien ahí arriba? —La voz de Enid resonó desde la cocina tras el estrépito con que había aterrizado.

—¡…Sí, no es nada! ¡Solo tropecé!

—Estoy haciendo la cena, ¿quieres bajar y comer con nosotros?

—Quizá al rato, gracias. Debo salir un momento.

—¡Ten cuidado, no tardes!

Samael suspiró y corrió aprisa hacia la escalera principal, pero apenas había llegado a esta, vio que Marianne ya iba entrando por la puerta con una calma inquietante.

—¡Marianne! —Bajó a toda prisa, saltándose escalones hasta llegar junto a ella—. ¿Qué haces aquí? Se supone que llamarías.

—…Lo olvide. De todas formas, ya estoy aquí.

—¿Ocurrió algo? —preguntó él, torciendo las cejas con preocupación; lucía distraída y algo perturbada; esperaba que no fuera de nuevo por aquel chico, y menos ahora que había recuperado parte de sus recuerdos.

—N-No, solo… hubo algo que me enteré después de que te fuiste. Es todo —se apresuró a decir, aunque a él le parecía que estaba ocultando algo más pues no dejaba de evitar su mirada y juguetear con los cordones de su suéter.

—Yo también de hecho. Pude recordar algo. —Observó antes a los lados para asegurarse de que Enid continuara en la cocina y en la sala estaba Loui echado en el sillón, pero aun así bajó la voz—… Vi quién estaba con el demonio de humo además de los dos chicos de aquella escuela. Ahora lo recuerdo. Era ese chico que vino hoy, Dreyson.

Marianne tuvo al fin una reacción perceptible y más acorde; sus ojos consternados se enfocaron en él y sus labios se tensaron.

—¿…Cómo? ¿Fue… fue él quien te atacó? —preguntó ella, pensando en lo que el oficial Perry le había dicho.

—No podría asegurarlo, apenas y conseguí desbloquear una parte de mis recuerdos, pero él estaba ahí. Tiene que valer de algo.

Marianne asintió, tratando de concentrar toda su atención en ello, casi agradecida por tener algo más en lo que distraerse.

—¿Qué sugieres que hagamos entonces? ¿Enfrentarlo para que nos diga lo que sabe? Sé dónde vive, podríamos ir por él… si no es que se ha marchado ya.

—No, antes de tomar cualquier acción necesitamos convocar a una junta urgente y dado lo delicado del tema debería ser en algún sitio donde podamos tener privacidad. En casa de Vicky. ¿Podrías encargarte de eso? También Demian debería estar presente.

Ella calló, y aunque Samael ya había subido unos escalones, se detuvo al detectar su cambio de gesto.

—¿…En serio te encuentras bien?

—¡S-Sí! Yo me encargo de que todos se enteren —respondió ella enseguida para no despertar sospecha—… ¿Para mañana está bien? Ahora es un poco tarde para convocarlos.

—Quizá para mañana sea demasiado tarde —dijo Samael más para sí mismo con expresión meditabunda, tratando de llegar a una concesión interna—… Dos horas antes de la escuela en casa de Vicky. Tiempo suficiente para discutirlo y acordar un plan. Pero que sean puntuales, no podemos permitirnos ausencias a estas alturas.

Marianne asintió, y mientras Samael volvía a subir a toda prisa, ella dio un suspiro y apoyó la espalda contra la pared, quedando casi escondida detrás del perchero de la esquina. Tenía que enviar mensajes, avisar a sus compañeros de la reunión, debía ocuparse de ello cuanto antes… pero en su mente solo había un momento reproduciéndose una y otra vez… La sensación eléctrica en sus labios… ¿Había ocurrido de verdad? Sacudió con fuerza la cabeza como si de esa forma pudiera lanzar esos recuerdos al fondo de su mente con un movimiento brusco, pero solo consiguió golpearse contra la pared. Se frotó la cabeza con dolor, pero ni siquiera eso consiguió ocultar el hormigueo que seguía recorriendo sus labios, temiendo cerrarlos y que hicieran corto circuito. Pero no, estaba en su imaginación…  Eso o su cuerpo se había vuelto un enorme conductor de energía… Demian parecía haberlo sentido también. Por eso estaba tan desconcertado, ¿no? Sí, se había dado cuenta de su error, eso tenía que ser. Como un insecto atraído hacia la luz, se había sentido simplemente impelido por algún impulso, quizá incluso inexplicable para él y luego… ya era demasiado tarde.

Tenía que ser eso lo que había visto en sus ojos, arrepentimiento. Pero ella había entrado en pánico y huyó de ahí antes de que tuviera la oportunidad de disculparse.

Caso resuelto. Error total. Tenía que serlo. Trató de convencerse a sí misma de ello para poder concentrarse en asuntos más importantes, pero por alguna razón, aquel pensamiento no hizo más que atormentarla más. Un error… Había sido un error…

 

Los golpes en la puerta lo despertaron. Demian abrió los ojos con una sacudida y se replegó de la cama sin saber en qué momento se había quedado dormido. Incluso notó que llevaba aún puesta la misma ropa que la noche anterior.

Se frotó los ojos y la luz del día trajo de pronto los recuerdos de lo ocurrido tan solo unas horas antes. En el jardín. Con Marianne.

—…Maldición —profirió él, apretando las manos contra sus ojos como si eso fuera a evitar que siguiera viendo aquellas imágenes.

—Hermano, ¿estás despierto? —Vicky asomó la cabeza sin esperar a que le abriera o la invitara a pasar siquiera—. ¡Ah! Incluso ya estás vestido, perfecto. Los demás no tardan en llegar.

—¿Eh? ¿Los demás? ¿De qué hablas? —Demian estrechó los ojos para enfocar su aún adormilada vista en ella.

—¡Ups!¡Olvidé que debía avisarte! —se reprendió a sí misma con un golpecito en la frente—. Marianne envió un mensaje ayer; parece que Samuel recordó algo sobre aquella noche en que desapareció. Vienen todos a discutirlo.

Demian tuvo que tomarse varios segundos para procesar lo que había dicho y despejar los nubarrones del sueño. Sacudió la cabeza hasta que se sintió enteramente despierto.

—Dices que vienen todos a hablar sobre lo que él recordó… Eso suena a reunión de Angel Warriors, ¿por qué crees que yo debería estar presente?

—No te pongas sensible, hermano —respondió ella con ligereza—. Tal vez no seas técnicamente uno de nosotros, pero lo eres de corazón. Además, dijeron que debías estar presente. Marianne me pidió que te avisara, pero creí que te habría enviado ya un mensaje.

—…Pues no, no lo hizo —respondió él, sin poder ocultar su decepción. Le había pedido a Vicky que le avisara para no hacerlo ella misma. Si aún le quedaban dudas de lo que sentía tras su acción, ya tenía su respuesta.

—Bueno, pues despéjate y nos vemos abajo en cinco minutos.

En cuanto su hermana salió, Demian se levantó de la cama, estiró las extremidades y se detuvo ante la ventana para echar un vistazo hacia la reja. Vio que esta se abría para dar paso a Belgina y Angie. Ambas estaban vestidas con el uniforme, y cuando la reja ya estaba por cerrarse de nuevo, Mitchell se escurrió entre los barrotes. Las alcanzó con una sonrisa, aunque dejó cierta distancia entre ellos al reanudar el camino por el jardín.

Decidió que sería muy raro bajar con la misma ropa del día anterior, así que se dio un baño rápido y se puso el uniforme, mirando hacia la ventana por momentos y viendo llegar al resto; Lucianne, Mankee (no con toda su comitiva, pero al menos dos protegiendo sus flancos) e incluso Frank, pero aún sin señales de Marianne.

Su celular sonó de pronto, indicando que había recibido un mensaje, y él rápidamente lo tomó de su escritorio.

“Ya pasaron 15 minutos. ¿Qué tanto haces ahí arriba?

Ya casi estamos listos.”

Demian giró los ojos al ver el mensaje de su hermana y se lo guardó en el bolsillo. Podía ser muy mandona a veces. Bajó finalmente y vio que la sala estaba ya llena, todos platicando y tomando lo que Vicky les ofreciera.

—¡Ya era hora! Luego te quejas cuando yo me tardo —comentó Vicky en son de broma, y Frank no fue nada discreto en dejar escuchar su carcajada burlona.

—Parece que al heredero de las tinieblas también le gusta consentirse de vez en cuando para verse bella —dijo él, llevándose un vaso de soda a la boca. Demian tan solo le dedicó una mirada entornada, y de pronto el vaso tembló en la mano de Frank, vaciando parte de su contenido contra su rostro y encima de él—. ¡Hey! ¡Eso no es jugar limpio!

—No sé de qué hablas —replicó Demian, encogiéndose de hombros.

—¡Te la aplicaron! —exclamó Mitchell, riendo y dando palmadas en la espalda a Frank, ocasionando que su mano volviera a sacudirse, salpicándose aún más de refresco.

—¿Por qué no han empezado? —preguntó Demian, ignorando las quejas de Frank.

—Tenemos que esperar a Marianne y Samuel. No han llegado —respondió Vicky, levantando los hombros con resignación.

Por supuesto que él ya lo había notado, pero no quería mencionarlo de forma directa.

—Espero que no tarden mucho, no creo que Latvi se crea por mucho tiempo que solo salí a caminar —comentó Mankee, tomando una taza de té como todo un lord, ignorando a los dos hombres que custodiaban sus flancos detrás del sillón en el que estaba sentado.

—¿Quieres decir tu no-prometida que controla todos tus movimientos, todo lo que comes y lo que vistes y aún así juras que no lo es? —intervino Frank mientras se secaba la pechera con un pañuelo—. Lamento darte la noticia, princesa, pero ya están prácticamente casados, solo que aún no lo sabes.

—Ni siquiera me dignaré a responder a eso —replicó Mankee, dando un bufido con la taza a unos centímetros de su rostro—. Solo digo que de alguna forma sabe cómo encontrarme esté donde esté. Y ayer se la pasó tan de mal humor en la cafetería sufriendo de migrañas constantes que dudo que hoy tenga paciencia para nada.

—¡Ja, la excusa del dolor de cabeza! ¡Nunca pasa de moda! —agregó Frank con una sonora carcajada, aunque Mankee solo hizo una mueca para no volver a responder.

—Les llamaré —resolvió Vicky, sacando su celular para evitar que la discusión escalara más, pero justo cuando se disponía a hacer la llamada, un destello atrajo la atención de todos. La luz parecía titilar por momentos, como un foco batallando por encender, hasta que finalmente el resplandor materializó dos figuras que miraban a su alrededor para asegurarse de que habían llegado a su destino.

—¡Bien! ¡Lo conseguimos! —exclamó Samael con una sonrisa de celebración y vio que ya todos estaban reunidos en la sala—. ¡Y ya están todos aquí, perfecto!

—¡Por fin llegaron, los estábamos esperando! —dijo Vicky, guardándose de vuelta el celular mientras Samael se disponía a tomar su lugar al centro para dar la reunión por comenzada oficialmente y Demian observaba a Marianne desde su lugar.

Ella se mantuvo parada a un lado con gesto distraído y en silencio, topándose brevemente con la mirada de Demian para a continuación desviarla de inmediato, tratando de buscar algún otro objeto en el que clavar la vista. Sus mejillas se encendieron a pesar de sus vanos intentos por mantener la mente en blanco. Tenía incluso ojeras, como si no hubiera podido dormir bien. Demian se sintió invadido por un sentimiento de culpa.

—Me da gusto que todos hayan acudido —comenzó Samael, aunque se detuvo al instante al ver al par de guardias detrás de Mankee.

—¿Mmh? ¿Qué? —preguntó Mankee, bajando su taza—… Oh, ¿es por ellos? No te preocupes, están entrenados para no escuchar ni ver nada que no les incumba. Ni siquiera entienden el idioma.

—Es verdad —intervino Mitchell junto a uno de ellos, pasando la mano por delante de sus caras, pero ellos permanecían inmutables—. Es casi como si fueran estatuas que adornaran la sala.

—…Aun así, no sé si me sienta cómodo hablando de algo tan importante enfrente de gente que no tiene que ver con nosotros —replicó Samael no muy convencido.

—¡Miren! Puedo hacerles cosquillas y ni se mueven —agregó Mitchell, picando los costados de los hombres que se mantenían imperturbables—. ¿Ven? Es casi como si tuviéramos nuestros propios guardias reales de la corona británica… aunque con menos ropa, pero bueno, ¿quién soy yo para juzgar?

—Creo que ya entendimos el punto. Ahora deja de molestar a esos hombres, estás siendo irrespetuoso —espetó Lucianne y Mitchell solo se encogió de hombros y regresó a su lugar, sacudiéndose las manos.

—Viejo, es como si acabaran de bajarse del barco y se trajeran el desierto encima —murmuró Mitchell, dándole un codazo a Frank entre cada sacudida.

—…De acuerdo —accedió Samael a continuar, tratando de no prestarles atención para no distraerse—. La razón por la que los convoqué es porque finalmente pude recordar algo de aquella noche.

—¿Te refieres a la noche en que Demian y Addalynn durmieron en la misma cama? —interrumpió Mitchell, alzando la mano con expresión traviesa y recibiendo varios manotazos en respuesta. Demian le dirigió una mirada asesina y Addalynn giró los ojos con fastidio.

—¿Ves? No soy el único —lo secundó Frank con una sonrisa burlona y levantando su vaso casi vacío como si estuviera haciendo un brindis.

—¿Eh? No sé de qué están hablando, pero yo me refiero al momento en que desaparecí —dijo Samael sin entender nada.

—Ignóralos y continúa por favor, Samuel —expresó Lucianne, meneando la cabeza con desaprobación.

—…Bien, como iba diciendo. Aún no recupero por completo mis memorias de ese día, pero algo que sí he podido recordar es que seguí al demonio de humo y cuando lo alcancé vi que ahí estaban dos de los chicos del video y también un compañero suyo de la escuela, Dreyson —reveló Samael, volteando hacia Marianne en busca de confirmación mientras Demian se ponía tenso y Addalynn acentuaba la gravedad de su expresión.

—¿Y qué hacía ese bicho raro ahí? —preguntó Frank, entornando los ojos—. ¿Estás insinuando que tiene algo que ver con la Legión de la Oscuridad?

—No podría asegurarlo ya que solo recuerdo haberlo visto ahí, pero tampoco podría descartarlo… De hecho, decidí salir de mi escondite porque lo escuché gritar.

—¿Entonces es posible que lo estuvieran atacando? —conjeturó Mitchell.

—Tenía un tono más airado que temeroso —agregó Samael.

—Bueno, en el caso de Dreyson eso puede no significar nada —intervino Vicky—. Él puede ser algo impredecible.

—Sí, ya lo sabemos, es un bicho raro. Mayor motivo para sospechar de él —insistió Frank—. ¿Nadie ha notado la forma en que mira? Es como si el tipo pudiera escarbar en tu alma y plantar en ella todo un cultivo de hiedras venenosas que te amargarán el día entero. Es realmente inquietante.

—Pero no era así al principio. Fue de un día para otro que de repente hubo un cambio drástico en él —replicó Vicky mientras recorría la sala recogiendo vasos ya vacíos. Marianne torció la boca. El cambio físico no equivalía a un cambio de personalidad.

—Como si… hubiera recibido ayuda externa —murmuró Belgina y pronto la atención de todos estaba puesta en ella, haciéndola sentir incómoda—… Es decir… un cambio de esa magnitud, tan drástico… tiene que haber recibido algún tipo de ayuda externa, quizá incluso… de origen no humano.

Todos intercambiaron miradas considerando sus palabras como si lentamente llegaran a la misma conclusión.

—…El moretón que tenía en la espalda —dijo Demian y Samael negó con la cabeza.

—Lo analicé, no era como los que tenían aquellos chicos del hospital. Lucía como un moretón normal, llegué incluso a tocarlo y no se sentía ningún tipo de energía en este.

—Eso puede significar que quizá esos primeros moretones se trataran de un experimento, una primera prueba, y quien los haya provocado fue modificándolos y perfeccionando —sugirió Belgina, siguiendo con su línea de pensamiento.

—¿Algo como Frank en su época de esbirro de la Legión de la Oscuridad?

—¿Tenías que traerlo a colación? —Frank le lanzó una mirada a Mitchell tras su comentario.

—Podría ser —aceptó Samael, llevándose la mano a la barbilla en pose reflexiva—. Quizá el demonio de humo tenga que vigilar de cerca a quienes hayan sido de alguna forma reclutados y los moretones sean la marca que los señala.

—Pues tenemos conocimiento de al menos un ataque más como el de la fiesta, y solo hemos logrado identificar a dos de ese grupo de chicos —contestó Frank, aceptando la idea.

—Al menos dos ataques más —corrigió Samael, recordando la breve memoria que había alcanzado a captar cuando se introdujo en la mente de Loui—… Si los ataques se han mantenido discretos y fuera de nuestro conocimiento, es totalmente posible que esas personas involucradas hayan pasado desapercibidas para nosotros.

Demian se removió en su lugar, disgustado ante la idea de que pudiera habérsele escapado un detalle así. De todos, él era el único que tenía una verdadera conexión con la Legión de la Oscuridad, pero para lo único que servía era para reafirmar su condición de demonio, y para colmo, marginado.

—Tenemos que encontrarlos. Son una bomba de tiempo si realmente han sido marcados por la Legión de la Oscuridad —dijo Lilith.

—¿Cómo se supone que lo haremos? Si de alguna forma han podido camuflar hasta ahora ese tipo de energía… —agregó Frank.

—A menos que desnudemos a todos y los examinemos —intervino Mitchell, esperando escuchar protestas como en cada una de sus ideas, pero los demás recibieron su comentario con un silencio reflexivo—… ¿En serio? ¿Van a considerar mi propuesta? ¿Puedo ofrecerme voluntario?

—Siempre he sabido tu fascinación por el nudismo, pero tendrás que dejarlo para tus solitarias noches en casa —dijo Frank, y antes de que Mitchell protestara, continuó—. Creo que estamos de acuerdo en que podemos aprovechar los que estamos en algún club deportivo para prestar más atención en los vestidores. Y también podemos establecer que al menos tenemos identificado al bicho raro de Dreyson como uno de ellos.

—No hay que olvidar que todavía estamos basándonos en conjeturas —le recordó Samael y Frank se encogió de hombros.

—Podemos arrinconarlo en la escuela y sacarle algunas respuestas; eso no es problema.

—…Dudo que vuelva a la escuela —respondió Samael, mirando de reojo a Marianne para incitarla a que participara de la discusión. Ella dio un leve respingo al tener las miradas de todos encima y sintiendo que sus manos enfriaban al toparse con la de Demian.

—Es verdad. Ayer dijiste que él se había presentado en tu casa y dijo que no vendría a nuestra reunión de equipo —intervino Vicky.

—Sí, él… dijo que no creía volver a la escuela tampoco —dijo al fin tras tomar aliento para intentar calmarse.

—No solo eso, parecía completamente fuera de sí. De no haber estado yo ahí quizá le hubiera hecho daño.

—Basta —musitó Marianne, lanzándole una mirada a Samael y Demian enseguida se enderezó al escuchar aquello al igual que Addalynn.

—¿Intentó hacerte daño? ¿Por qué no dijiste nada? —dijo Demian con un tono que denotaba rabia contenida, empuñando las manos con fuerza. Marianne se atrevió por fin a mirarlo a los ojos y a pesar de que seguía sacudida, hizo lo posible por mostrarse impávida.

—…No sé qué esté pasando por su cabeza, no soy telépata… Pero sé que lleva un tiempo pasando por una situación difícil. Es inestable e impredecible tal y como mencionaron, y si a eso le agregamos además la posibilidad de que esté recibiendo energía externa de la Legión de la Oscuridad, habrá que ser en especial cautelosos.

—La policía los busca a él y su madre —intervino Vicky—. No dijeron por qué, pero algo debe haber pasado en su anterior ciudad, ¿no creen?

—Eso es… es algo complicado —agregó Marianne, evitando la mirada de Demian para poder concentrarse en sus propios pensamientos—. Creí que era algo que el padre de Dreyson había hecho por unas fotos que vi en casa de Lucianne. —Su prima parpadeó como si no estuviera enterada de ello—. Los archivos de un caso en el que mi tío está trabajando. Un asesinato.

—Espera, ¿en qué momento viste las fotos? Yo no pude ni pasar de una foto y con eso fue suficiente para tener pesadillas.

—¿Es por eso entonces? —preguntó Vicky, alzando más las cejas, sorprendida—. ¿Su padre… asesinó a alguien?

—Eso era al menos lo que pensaba —reconoció Marianne—… Hasta que hablé ayer con el oficial Perry. Estaba equivocada. Su padre no es sospechoso de asesinato… Es la víctima.

El silencio se apoderó de la sala por un rato tan largo que algunos comenzaron a dudar si no se habrían quedado sordos. Intercambiaron miradas alarmadas, conscientes de la gravedad del asunto en el caso de que sus sospechas fueran confirmadas.

—…Una persona normal bajo el control de la Legión de la Oscuridad ya es peligrosa de por sí —dijo finalmente Lucianne para romper aquel silencio inquietante—… Pero alguien que ya tiene ciertas tendencias…

—No tienes ni qué decirlo —interrumpió Frank con un fuerte resoplido y echando la cabeza hacia atrás como si todo el asunto comenzara a pesarle—. Necesitamos rastrearle. Dar con él cuanto antes.

Addalynn se enderezó de pronto y se marchó de la sala en silencio, para confusión de los demás.

—…Creo que ya es hora de ir a la escuela —sugirió Vicky, consultando su reloj—. Quizá dependiendo de lo que pase ahí podamos analizar nuestras opciones.

Todos parecieron estar de acuerdo y fueron preparándose para salir, más callados de lo usual. Demian aún trataba de asimilar todo lo discutido, pero tenía la mirada fija en Marianne. Necesitaba alcanzarla antes de que se marchara, y se detuvo a unos pasos de ella.

—…Marianne. —Los hombros de ella se sacudieron con un sobresalto, y volteó con expresión de pánico en los ojos—… Tenemos que hablar.

Los labios de Marianne casi temblaron al abrir la boca, pero no emitió sonido alguno, tan solo miró a los lados como cerciorándose de que los demás no estaban observándolos.

—Marianne —la llamó Samael desde la puerta, ocasionándole otro respingo. Si seguía así tendría que pedirle a Angie el teléfono de su cardiólogo—. ¿Vienes?

—Pueden venir los dos con nosotros, hay espacio suficiente —intervino Vicky mientras corría de un lado a otro, poniéndose el abrigo y tomando sus pertenencias.

Marianne vaciló un momento, sintiéndose atrapada entre dos fuegos. Volvió a mirar a Demian a los ojos; él parecía impaciente, con su intensa mirada fija en ella. De tal forma que no hacía más que recordarle su expresión después de… aquel beso. Solo pensar en ello, sentía cómo el calor se acumulaba en sus mejillas. No era capaz de manejarlo. No en ese momento.

—…Voy —contestó finalmente, apurándose en alcanzar a Samael en la puerta y dirigiendo una sola mirada de reojo a Demian antes de salir.

—¡Auch! —dijo Mitchell al pasar a un lado de Demian y dándole unas palmadas en la espalda.

—Eso fue despiadado —lo secundó Frank con su imborrable sonrisa burlona.

—…No sé de qué hablan —espetó Demian, despojando a su rostro de cualquier muestra de emoción.

—Como digas, campeón —replicó Frank con la misma expresión de sorna mientras salían de ahí y Demian optó por alejarse.

—Iré a buscar a Addalynn y nos vamos. No sé qué se le metió esta vez. A veces quisiera tener con ella ese tipo de entendimiento que Marianne y Samuel tienen, haría las cosas más fáciles —comentó Vicky, corriendo hacia las escaleras y Demian no hizo más que dar un gruñido.

 

—¿Ocurrió algo ayer entre Demian y tú? —preguntó Samael y Marianne casi dio un traspié. Iban detrás de los demás camino a la escuela, así que rápidamente echó un vistazo hacia ellos.

—¿…P-Por qué preguntas eso?

—No sé, simplemente me pareció que había un aura extraña entre ustedes durante la reunión —comentó Samael, encogiéndose de hombros—. ¿Discutieron ayer o algo?

—Nn-Sí… Eso. Fue una pequeña discusión. Nada más —respondió ella, apretando el paso al punto de casi trotar, de modo que Samael tuvo también que acelerar para que no lo dejara atrás—… Y no te atrevas a entrar en mi mente. Sabré si lo intentas siquiera.

Claramente estaba ocultando algo, pero el ángel decidió guardarse sus comentarios pues no conseguiría nada de ella cuando se mostraba así de inflexible. Solo esperaba que pudiera concentrarse en las pesquisas que tenían por delante.

—Necesito hablar con Loui más tarde —dijo él, cambiando de tema—. Cuando me dejó entrar en su mente, alcancé a captar unos retazos de recuerdos de lo que parecía ser otro ataque. Uno del que no teníamos conocimiento.

—¿Quieres decir que él estuvo presente en otro ataque y no nos dijo nada?

—Solo puedo suponerlo, por eso quisiera hablarlo directo con él. No sabemos qué razones pudo haber tenido.

—…De acuerdo. Ya habrá oportunidad para eso. Tratemos de concentrarnos primero en todo este asunto de los moretones ocultos.

—Sí. Concentrémonos en eso —dijo Samael, poniendo énfasis en la palabra como una sutil indirecta para ella y Marianne se limitó a lanzarle una mirada de advertencia.

Tal y como Marianne había dicho, Dreyson no se presentó a clases, lo que les dejaba una única opción: buscar portadores de marcas, si es que había alguno en la escuela. Lo cual, por supuesto, resultaba bastante complicado con la cantidad de estudiantes.

—¿Intentamos en los vestidores? —susurró Lilith al oído de Marianne en cuanto llegaron al auditorio para su práctica de básquetbol.

Había ya varios chicos del equipo sentados en grupo al fondo, riéndose entre ellos con actitud despreocupada, como si estuvieran contando algo gracioso. Marianne notó que todos estaban ya vestidos, como si se hubieran puesto de acuerdo en llegar mucho antes.

De pronto, como si se supieran observados, todos callaron y voltearon de forma coordinada, quedándose así por varios segundos, inexpresivos. Ella sintió un escalofrío y mejor siguió a Lilith hacia los vestidores, mientras el resto de los muchachos volvía a su animada plática como si nada.

Dentro se encontraron con Lucianne, que a pesar de haberse ya cambiado se acercó rápidamente a ellas, fingiendo que se amarraba las agujetas una y otra vez para justificar su presencia ahí más de lo debido.

—…Esto es inútil. He visto tanto como he podido, pero si lo hago sin discreción despertaría sospechas… y creo que ya puse incómodas a algunas —murmuró Lucianne.

Desperdigadas por el vestidor estaban las chicas del equipo a medio cambiar, algunas le dirigían miradas recelosas a Lucianne y a continuación se giraban en un intento por mantener el poco de privacidad del que disponían.

—Déjenme echar un vistazo —dijo Lilith, yendo a dar una vuelta.

—Esto no solo no servirá de nada —musitó Lucianne, sacudiendo la cabeza.

Marianne no dijo nada, pero estaba de acuerdo, había partes del cuerpo donde se podían ocultar los hematomas que simplemente les sería imposible revisar. Debieron haberlo planeado mejor.

La puerta volvió a abrirse y fue Kristania quien entró ahora cargando con aquel bolso que últimamente parecía una extensión de ella.

—…Oh. Parece que hay reunión de equipo —comentó ella, vacilando por un momento, pero recuperando pronto el aplomo—. ¿Me he perdido de algo?

—Como que has estado llegando un poco tarde a las prácticas.

—Solo me distraje platicando con alguien y se me fue el tiempo —respondió Kristania, avanzando hacia su casillero—. Yo diría que en este momento estamos iguales. Ambas debemos cambiarnos, ¿no crees?

Le sonrió y a continuación se alejó caminando hacia el fondo de los vestidores. Mantenía aquel bolso pegado al costado, y Marianne no pudo evitar entornar los ojos con suspicacia, aunque su concentración fue rota por el sonido de su teléfono.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lucianne al ver su cambio de expresión al leer el mensaje.

—…Es Samuel, volvió a colapsar estando en clases. Está ahora en la cafetería con Mitchell. Iré a ver cómo está —dijo Marianne, guardándose de nuevo el celular y girando hacia la puerta.

Al salir de ahí vio que Demian apenas estaba entrando al vestidor de los chicos, y ambos se detuvieron a unos metros de distancia. No dijeron nada, pero la tensión era evidente. Marianne casi podía jurar que la temperatura había bajado drásticamente, sintiendo un ligero temblor desde la punta de sus dedos.

Demian hizo el ademán de estar a punto de decir algo, pero ella no le dio oportunidad; se dio la vuelta y se echó a correr hacia la puerta sin que aparentemente nadie se interesara en su repentina marcha, ni siquiera el entrenador que parecía demasiado ocupado en una lista que miraba con intensa concentración.

 

La cafetería no estaba muy llena y la mayoría de los clientes no eran estudiantes. Sin embargo, Mitchell y Samael estaban en el mismo cubículo de siempre, el ángel con una toalla presionada contra su frente mientras el otro sorbía ruidosamente de una malteada.

Marianne se sentó junto a Samael, posando una mano sobre su hombro, y abrió los ojos de golpe con un respingo.

—¿Qué fue ahora?

—A saber qué. Acabábamos de terminar una clase y cuando me di cuenta ya estaba en el suelo —explicó Mitchell, encogiendo los hombros, mientras seguía sorbiendo su malteada—. Lo trajimos aquí entre Demian y yo. Decidí quedarme con Samael mientras él se iba a su club.

Así que por eso Demian había llegado tarde. Se pregunto si estaría a punto de decirle lo de Samael cuando ella huyó de ahí. Sacudió la cabeza para dejar de pensar en ello y volver a concentrarse en el ángel.

—Creí que ya te sentías mejor.

—Lo estaba. Fue en la escuela que comencé nuevamente a sentir malestar —respondió Samael, quitándose el paño de la frente—. Pero ya está pasando.

—¿Qué crees que sea? Eso ya no es normal.

—Bueno, técnicamente nada en él es normal. Su mera existencia desafía las leyes de la física y de lo que se considera normal, y siguiendo en esa línea se podría decir que la nuestra también —dijo Mitchell tras dar un último sorbido a su malteada y hacer el vaso a un lado—. Quizá solo sea el agotamiento por usar sus poderes; los primeros días en que practicaba la transfiguración me drenaba por completo y terminaba mareado y con náuseas. Ahora puedo durar un poco más, pero al final necesito una pausa para recuperarme.

—…No, hay algo más. Siento que algo está mal.

Mankee salió de la cocina, llevando un vaso con lo que parecía té helado y lo asentó frente a Samael.

—Esto debe aliviarte un poco. Es un té especial de mi pueblo. Es difícil conseguir las hierbas fuera de ahí, pero Latvi trajo algunas.

—¿Y dónde está esa encantadora novia tuya a la que siempre niegas? —preguntó Mitchell, recostándose en su asiento con una sonrisa socarrona.

—Que no es mi… —empezó a replicar Mankee, pero se detuvo, sabiendo que estaría únicamente dándole la razón, así que dio un resoplido—… Sigue un poco indispuesta desde ayer. Está encerrada en su habitación, tratando de evitar la luz.

—¡Evitando la luz como lo haría un demonio! Eso no es nada sospechoso —comentó Mitchell tan a la ligera como solía.

—…Y ese comentario no fue nada prejuicioso —espetó Mankee casi indignado, aunque Samael parecía habérselo tomado con más seriedad.

—¿Crees que acepte venir un momento solo para echarle un vistazo?

Mankee lo miró incrédulo de que estuviera siguiéndole la corriente, pero ya ni se molestó en discutir, sabiendo que no lograría nada.

—…Solo sépanse que esto me parece un atropello —replicó Mankee, volviendo a la cocina. Mitchell lanzó entonces una carcajada, empujándose de nuevo al frente.

—¿En serio crees que podría ser una de las víctimas o solo lo estás trolleando?

—¿Tro… qué? Solo quiero asegurarme de algo —dijo Samael sin entender su referencia y Mitchell dio un resoplido por la nariz en respuesta.

—Demasiado bueno para ser verdad. Y yo que empezaba a sentirme orgulloso.

—¿En serio crees que podría tener algo que ver con todo este asunto de los hematomas falsos? —intervino Marianne con cautela. Aún no le había mencionado lo de la especie de sesión que había tenido lugar en el ático y no estaba segura de querer que se enterara después de lo ocurrido en ella.

—No sé, por lo pronto solo quiero echarle un vistazo.

Pasados unos minutos, Mankee regresó. Latvi caminaba a su lado con un velo que le cubría el rostro y aun así tapándose con las manos ante el sol que entraba directo a través de las ventanas.

—Espero que sea importante. Vine solo porque mi príncipe lo pidió y vivo para servirle —espetó la chica al detenerse frente a su mesa y llevándose las manos a las sienes para masajeárselas.

—¿Podrías quitarte un momento el velo, por favor? —pidió Samael y ella volteó hacia él como si apenas se percatara de su presencia.

—…Oh, veo que estás de vuelta. Supongo entonces que funcionó.

Samael frunció el ceño y Marianne trató de indicarle discretamente a base de miradas que mantuviera silencio, siendo Mankee el único que pareció captar su apuro.

—¿Por qué no mejor haces lo que te pidió? Será solo un momento —sugirió Mankee y aunque ella bufó con fastidio, acabó haciendo lo que le pedía. Apartó el velo de la cara y estrechó los ojos, parpadeante ante la luz hasta que su vista pareció ajustarse.

—¿Ahora qué? ¿Me pedirán que salte sobre un pie y recite el abecedario? Solo para aclarar, lo haría si mi príncipe lo ordenara, pero no estaría nada contenta.

—Estás siendo descortés —musitó Mankee entre dientes y ella enseguida forzó una sonrisa, inclinándose para hacer una reverencia.

—Disculparán mi poca tolerancia; quizá cuando se me pase esta migraña podré seguir siendo la perfecta prometida servicial y complaciente que todos esperan que sea —espetó ella en un tono que indicaba todo, menos lo que prometía.

Samael la observó con atención cuando la campana de la puerta sonó y ella volvió a llevarse las manos a las sienes.

—¡Así no se puede trabajar! —dijo ella con un dejo de hartazgo en su tono—. ¡Nunca entenderé cómo mi príncipe prefiere quedarse aquí que volver a casa! ¡Tantas auras oscuras contaminando el ambiente!

Samael reaccionó con una expresión de reconocimiento inmediato y sin necesidad de decir nada, con una mirada le indicó a Marianne todo lo que necesitaba saber. Ambos dieron entonces un rápido vistazo hacia el resto del comedor y trataron de fijarse en los clientes, pero ninguno parecía prestarles atención o actuar de forma extraña.

—Es por eso. Deben estar por todas partes… y no tenemos manera de comprobarlo —dijo Samael, volviendo la vista hacia ella.

—¿Puedo retirarme ya antes de que este dolor de cabeza empeore o me necesitan para algo más? —agregó Latvi, masajeándose las sienes sin hacer caso a lo que decían.

Samael volvió su atención a ella, esta vez observándola con mayor interés, como si de pronto su perspectiva sobre ella hubiera cambiado y la viera con otros ojos.

—…Eso sería todo. Gracias.

Latvi volvió a echarse el velo sobre el rostro y marchó de vuelta a la cocina.

—¿…Qué fue eso? ¿Qué significó toda esa escena? —preguntó Mankee.

—¿No lo has notado? —preguntó Samael, y ante el gesto confundido del chico, meneó la cabeza—… No tenemos tiempo para esto. Si realmente hay más gente marcada de la que pensamos, nos complicará las cosas. Tenemos que ir por el único del que tenemos mayores motivos para sospechar.

Marianne asintió, sintiéndose por primera vez segura en todo el día al poder concentrar su atención en algo que la mantuviera distraída.

 

—No parece que haya nadie adentro —comentó Frank, observando la entrada de la casa a corta distancia. Marianne y Samael estaban a un lado de él y un poco más atrás Addalynn, que extrañamente había decidido acompañarlos.

—No esperábamos que lo hubiera —replicó Marianne, tomando aire y acercándose a la puerta.

El plan era revisarla por cualquier pista que pudieran encontrar del paradero de Dreyson y su madre, o al menos algo que le perteneciera para así poder rastrearlo. El resto del equipo tenía también sus propias tareas que cumplir. Lucianne fue enviada junto con Mitchell a la estación de policía para averiguar todo lo que pudieran sobre el caso que involucraba al padre de Dreyson (lo cual incluía a Mitchell haciéndose pasar por el comandante Fillian). Angie y Lilith se habían quedado en la cafetería con Mankee para intentar identificar posibles portadores de las marcas. Belgina estaba con Vicky, intentando calcular un estimado de la cantidad de “marcados” desde que se dio el primer ataque considerando además otras variables. Y Demian… a pesar de que Marianne había temido que quisiera acompañarlos, decidió en su lugar ir en busca de los chicos marcados que ya habían identificado. A pesar de sus preocupaciones, no había dicho nada. No se sentía preparada para enfrentarlo aún.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? —llamó Marianne, tratando de asomarse por una ventana cerrada tras golpear a la puerta y no obtener respuesta.

—Si están siendo buscados por la policía, dudo que se hayan quedado. Si son listos, en este momento ya deben estar viajando en el maletero de un autobús rumbo al norte —comentó Frank, haciéndola a un lado para asomarse también por la ventana y sacando a continuación un par de diminutas herramientas de su bolsillo para forzar la cerradura.

—…Si hay alguien mirando hacia aquí en este momento será a nosotros a quienes busque la policía —espetó Marianne, vigilando incómoda.

—Que yo recuerde tú fuiste la de la idea, así que ahora no te quejes —replicó Frank, maniobrando una especie de pasador en el interior de la cerradura hasta que se escuchó un clic y la puerta se abrió—. Cerrajerías Krunick a sus servicios, no hay puerta que se nos resista ni cerradura inmune a mis encantos. Pasen y pónganse cómodos.

Todos entraron a la casa con cautela, observando con atención cada rincón por el que pasaban, esperando encontrar algo que les fuera de utilidad, pero el sitio seguía luciendo tan austero e impersonal como la vez que habían ido para trabajar en equipo. Paredes desnudas, muebles escasos, ni un solo indicativo de que hubiera sido habitada. Claramente estaban preparados para marcharse si era necesario.

—Bien, Marianne y yo revisaremos el piso de arriba. Ustedes sigan viendo aquí abajo —señaló Samael para ponerse enseguida manos a la obra.

Las escaleras rechinaban bajo su peso y el reposa manos estaba astillado, de modo que debían ser cuidadosos de donde asentaban tanto las manos como los pies.

—¿Qué esperamos encontrar? —preguntó Marianne.

—¿Recuerdas cuando Frank estaba siendo manipulado por la Legión de la Oscuridad? A cambio recibía también recompensas, no solo poder. Cualquier cosa que no encaje aquí, algo que llame la atención. No creo que un incremento en su capacidad física haya sido lo único que recibió a cambio.

Marianne asintió, recordando que él siempre cargaba con una mochila que parecía más pesada de lo normal. Si tan solo pudieran encontrarla ahí…

Llegaron a la cima de la escalera y vieron que únicamente había dos habitaciones a extremos opuestos con un baño intermedio. Se miraron como sabiendo lo que tendrían que hacer y Marianne señaló la que quedaba justo enfrente.

—Yo revisaré esta. Cualquier cosa que encuentre, te aviso.

Samael no parecía cómodo con la idea de separarse, pero trató de tranquilizarse, sabiendo que estarían a solo unos metros de distancia. Así que, una vez que se dividieron, Marianne abrió con cautela la puerta que tenía al frente.

Había una sencilla cama individual en una esquina junto a una ventana que ni siquiera tenía una gran vista del exterior, solo el patio trasero de una casa vecina. Había una desvencijada mesita a un lado, sobre la que reposaba un vaso vacío. Nada que indicara a quién pertenecía esa habitación, ningún rasgo representativo. Absolutamente nada. Era algo deprimente.

Tomó aire, tratando de sacudirse aquella sensación, y se dispuso a recorrer la habitación en busca de algo que pudiera serles de ayuda. Había un viejo ropero al fondo y fue lo primero que decidió revisar. En el interior encontró algo de ropa: un par de camisas y unos pantalones de mezclilla desgastados, colgando entre varios ganchos para ropa. Aquella debía ser entonces la habitación de Dreyson, y aquellos eran los remanentes de lo que habían decidido abandonar en su huída. Marianne los descolgó y dobló; podrían quizá ser utilizados más tarde para rastrearlo. Continuó enseguida con su búsqueda, revisando más a fondo el ropero y sus cajones sin encontrar nada más de utilidad. Casi todo vacío.

Cerró los cajones con frustración y se apoyó en el ropero, tratando de pensar dónde más buscar, ¿dónde se podría ocultar algo en un cuarto casi vacío? Permaneció así hasta que su mirada se posó en la cama y el espacio oscuro por debajo de ésta. Rápidamente se dirigió a ese punto, dejando la ropa sobre la cama, y tras colocarse de rodillas se inclinó para mirar por debajo de esta.

Oscuridad total; la posición de la ventana era tal que la luz no llegaba a ese rincón y ni siquiera alcanzaba a distinguir alguna silueta de lo que pudiera contener. Dio una inhalación para armarse de valor, e impulsivamente metió la mano en busca de cualquier cosa que pudiera ocultarse ahí. Si algo podía reconocer era que a pesar de la austeridad que se veía a cada paso, todo se conservaba pulcramente limpio. Ni un rastro de polvo o telarañas, ni siquiera bajo la cama.

Tanteó minuciosamente, tratando de no dejar un centímetro de suelo sin barrer, perdiendo cada vez más la esperanza de encontrar cualquier cosa hasta toparse con algo grande y pesado. Suponiendo qué podía tratarse, tiró con fuerza hasta sacarlo de bajo la cama. Dio una exhalación al ver lo que tenía ante ella. La mochila de Dreyson. Bingo.

Sus manos enseguida se lanzaron sobre esta, en busca de algún cierre, mientras por dentro proyectaba ya distintos escenarios. Seguía igual de llena como la recordaba y pesaba tanto como imaginaba, no tenía idea de cómo resistía cargar con tan pesado bulto a todos lados. Después de varios minutos luchando con el nudo, finalmente consiguió desatarlo y tomó aire antes de abrirlo.

Lo hizo lentamente, con cautela, como si una vez abierto fuera a salir alguna bestia directo a atacarla. Cuando por fin el broche del cierre llegó al tope, se atrevió a echar un vistazo al interior. Libros. La mochila estaba llena de libros.

—…No, no, no —murmuró, la decepción apoderándose de ella. Una mochila de escuela llena de libros, ¿qué más esperaba?

Pero no, no debía darse por vencida aún. Quizá lo que fuera que estaba buscando se encontrara oculto entre estos, así que empezó a revolver en el interior, tratando de vislumbrar algo en el fondo, cualquier cosa que desentonara. Fue sacando los libros poco a poco, pero mientras la mochila se vaciaba, sus esperanzas se iban esfumando. Revisó cada compartimiento, buscó algún bolsillo oculto, pero además de plumas y lápices, no encontró nada más.

Desanimada, dejó caer los brazos, sin saber ya dónde más buscar. Entonces se fijó en uno de los libros de la pila a su lado. La cubierta le parecía familiar. Estiró el brazo para tomarlo y lo acercó más a su rostro. “El paraíso perdido” de John Milton.

Era exactamente la misma edición con encuadernado especial que había visto en casa de Demian. Tenía que ser una coincidencia. Abrió el libro en la primera página y vio la dedicatoria.

“Querido Demian:

El mundo es mucho más de lo que ves.

Y tú decides tu papel en él.”

Marianne volvió a posar la vista en la pila de libros, e impulsada por una corazonada, comenzó a tomar uno por uno para ver los títulos. Había muchos libros clásicos, la mayoría ejemplares que había visto precisamente en la biblioteca personal de Demian. ¿Cómo habían acabado en la mochila de Dreyson? ¿En qué momento los había tomado?

Apartó varios libros y vio que entre estos había un par de revistas que desentonaban con el resto… y, sin embargo, también las recordaba. Eran las revistas que Dreyson había estado viendo en una tienda en la que se lo topó un día. Justo antes de que se diera todo el asunto del cambio de imagen.

No entendía, ¿por qué conservaba ese tipo de cosas? ¿Acaso era cleptómano? Siguió husmeando entre los libros, haciendo un inventario mental de ellos, hasta que su mano se detuvo frente a un ejemplar que destacaba de entre todos por su tamaño y porque no tenía ningún título destacable, aunque eso no le impidió reconocerlo.

Lo sacó de la pila y lo abrió bruscamente por el medio para comprobar su sospecha. Una serie de fotos repartidas en las dos páginas le devolvieron la mirada: una versión de 6 años de ella, con gesto de hastío, mientras la obligaban a posar con distintos vestidos. Recordaba ese día, su madre intentaba mantenerla en una sola pose para poder pintarla en un cuadro, pero estaba tan inquieta, desacomodándose el vestido a cada rato, que decidió al final tomarle fotos con distintos modelos para usarlos de referencia. Y así durante los siguientes cinco años, reuniendo todas las fotos en un solo álbum de referencias para cada vez que tuviera un bloqueo artístico. Y ahora estaba ahí, dentro de una pila de libros robados y revistas de dudosa procedencia.

—¿Encontraste lo que buscabas?

Un escalofrío recorrió la espalda de Marianne y al levantar la mirada, descubrió la ventana abierta y a Dreyson sentado en el marco de esta, con los pies descalzos apoyados en el colchón de la cama. Vestía de forma sencilla, un simple pantalón, una camisa blanca de algodón, el cabello le caía en mechones en la cara, pero no de la forma descuidada de antes. Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida que la hizo estremecer. No iba a entrar en pánico. No iba a concederle eso.

—¿…Por qué tienes esto? —preguntó ella, mostrando su álbum—… No te pertenece. Nada de esto te pertenece.

—Souvenirs —respondió despreocupadamente, sus pies aún pisando el colchón, sin aparente intención de moverse.

Marianne pudo notar entonces que las uñas de sus pies estaban completamente negras, no como si estuvieran pintadas, sino como si hubieran crecido de esa forma. Así que de esa manera habían estado recibiendo influencia demoníaca.

—¿…Por qué? ¿Qué era lo que buscabas? —preguntó Marianne y él tan solo inclinó la cabeza hacia un lado con expresión inquisitiva—. ¿Por qué vender tu alma de esa forma? ¿Solo para aumentar tus capacidades físicas? ¿Para conseguir algo de atención? ¿O quizá para poder ser una persona diferente de lo que eras con tu padre?

Si aquello tuvo algún efecto en Dreyson, no lo demostró. Permaneció sentado en la ventana, como si fuera de lo más normal, hasta que varios segundos después volvió a esbozar una sonrisa intrigante.

—…Es curioso, puede que te estés acercando a algo. Por ahora tenemos compañía.

Marianne volteó hacia la puerta, esperando ver a Samael, pero era Addalynn quien estaba ahí de pie, pasando sorprendida la mirada entre ellos.

—Addalynn, ¿qué…? —No acabó la frase, de pronto una mano le cubrió la boca y otra la sujetó, inmovilizándola. Ella abrió más los ojos al darse cuenta de su error.

—Ahora, no nos pongamos difíciles —le susurró Dreyson al oído mientras ella miraba a Addalynn, tratando de indicarle con los ojos que hiciera algo, pero cuando esta abrió la boca, ningún sonido salió de ella, como si su garganta se hubiera paralizado, y se llevó las manos al cuello, con ojos desconcertados y llenos de alarma. Dreyson comenzó a tirar de Marianne hacia la ventana—. Solo iremos a dar una vuelta.

Pero ella no iba a esperar a que Addalynn saliera de aquel estado e hiciera algo. Cerró los ojos y concentró todo su poder. Tensó todos los músculos como si se estuviera preparando para luchar, pero en vez de eso, proyectó toda aquella energía acumulada fuera de ella, golpeando con tal potencia a Dreyson que fue propulsado hacia la ventana donde apenas consiguió sostenerse del marco, mirándola sorprendido ante su inesperada acción.

Marianne apenas se había levantado, respirando pesadamente tras el esfuerzo, y de pronto vio de reojo un rayo pasando como un destello a su lado, impactando justo en el pecho de Dreyson, que acabó por soltarse y caer de la ventana.

Ella volteó desconcertada hacia Addalynn. Tenía la mano estirada y los dientes apretados. Le devolvió la mirada a Marianne, como si tratara de justificarse sin palabras. Después de aquel intercambio, ambas corrieron hacia la ventana, pensando que en el mejor de los casos encontrarían su cuerpo yaciendo inconsciente dos pisos abajo.

Las dos chicas se inclinaron lentamente sobre la ventana, temiendo el peor escenario, pero para sorpresa de ellas no había nada abajo. Volvieron a intercambiar otra mirada en silencio y el sonido de unos pasos apresurados fuera de la habitación atrajo su atención.

—¿Qué ocurrió? Me pareció escuchar ruido de lucha —dijo Frank, irrumpiendo en la habitación listo para la acción. Marianne de inmediato saltó de la cama con apuro y corrió pasando de largo a Frank hasta llegar a la habitación del fondo y empujó con fuerza la puerta para abrirla. Samael yacía boca abajo en el piso, inconsciente.

Ella se puso de rodillas y le dio la vuelta, sacudiéndolo a continuación para que volviera en sí mientras Frank y Addalynn entraban también en la habitación.

El ángel finalmente abrió los ojos con expresión aturdida y ella se permitió exhalar un suspiro de alivio.

—¿Qué pasó? ¿Por qué estabas en el piso?

—Estaba revisando el armario —explicó Samael, incorporándose y llevándose la mano hacia el cuello—. Sentía algo, una presencia. Aparté unas prendas y de pronto salió de la nada una mujer con unos lentes oscuros. Fue tan sorpresivo que no alcancé a detenerla. Me lanzó un golpe y después de eso… nada. Perdí el conocimiento. Fue una torpeza mía, lo siento.

Marianne miró hacia el armario con la puerta abierta y las prendas echadas a un lado, colgando aún de sus ganchos. Se imaginó a la madre de Dreyson ahí oculta, ¿por cuánto tiempo? ¿Los estaban esperando? ¿Estaba también ella siendo manipulada?

—Tenemos que salir de aquí, no encontraremos nada más —decidió ella, ayudándolo a levantarse y tomando el control de la situación—. Frank, ¿podrías recoger los libros que se quedaron regados en el otro cuarto? Nos los llevaremos. Hay que avisar a los demás que abandonen lo que están haciendo y nos reunamos. Addalynn… —Pudo ver que Addalynn aún lucía desconcertada. Su mutismo no era natural y verla sacudida de su usual estoicismo resultaba una visión difícil de asimilar—… Intenta comunicarte con Vicky, ¿sí? Que ella avise a los demás. Nosotros llegaremos en cuanto Samuel se recupere.

—Tenemos que ir primero a casa —intervino Samael, prescindiendo de su ayuda para ponerse de pie por sí mismo—. Necesito hacerle un par de preguntas a Loui.

Marianne estuvo de acuerdo, así que hicieron una escala en su casa, y aunque Frank decidió ir directo por Lucianne y Mitchell, Addalynn sí se les unió, quedándose en la sala mientras esperaba que ellos terminaran con lo que habían ido a hacer.

—¿Qué quieren? —preguntó Loui, apartando de él sus walkie-talkies e intentando ocultarlos bajo su almohada al ver a Samael y Marianne entrar a su habitación.

—Quiere hacerte unas preguntas —respondió Marianne, señalando a Samael con la mirada y Loui se encogió en su sitio.

—Necesito saber algo, y espero que me digas la verdad. La vez que grabaste aquel video no fue la única vez que te topaste con el demonio de ojos ámbar, ¿verdad? Lo sé porque me pareció verlo entre tus recuerdos por un segundo, aunque parecías querer ocultarlo y no sé por qué.

El niño desvió la mirada y comenzó a morderse el labio con ansiedad. No quería hablar sobre ello, el momento en que decidió abandonar a su suerte a aquellos tres chicos que lo molestaban. ¿Eso en qué lo convertía? Definitivamente no en el héroe que aspiraba a ser algún día.

—Tú conoces a esos niños del segundo ataque, ¿cierto? —continuó Samael—. Necesitamos saber quiénes son, que nos lleves a ellos. Si nuestras suposiciones son correctas corren un gran peligro y ellos mismos podrían serlo para los demás.

Loui se atrevió finalmente a levantar la vista y miró del ángel a Marianne, que permanecía a un lado con los brazos cruzados y el ceño fruncido, claramente molesta de estar enterándose apenas de tal cosa.

—Yo… puedo hacer que vengan —respondió el chiquillo.

—¿Estás seguro? Puedes simplemente decirnos dónde viven y nosotros nos encargamos del resto. Podría no ser muy agradable —sugirió Samael, pero Loui sacudió la cabeza, convencido de que aquella podría ser su oportunidad de redención.

—Puedo hacerlo. Ellos vendrán si se los pido.

Samael asintió y con una mirada pareció indicarle a Marianne que ya estaba hecho, así que ella sacó su celular y salió de la habitación mientras hacía una llamada. Samael aprovechó el momento para agregar algo más ahora que se había quedado solo con Loui.

—…Escucha. Hay algo más que no quise mencionar en frente de Marianne para no preocuparla. —Loui lo miró a la expectativa, preguntándose a qué podría referirse. ¿Había visto acaso su cobarde huída de la escena? Esperaba que no. Había hecho todo lo posible por mantener esos recuerdos ocultos cuando le había permitido acceder a su mente y aun así se le había escapado un breve pensamiento que los colocaba en la situación actual—. Te has topado hasta ahora dos veces con ese sujeto. Aparentemente incluso detectó tu presencia… ¿y aun así no te atacó una sola vez?

No podía decir que había pensado en ello seriamente. Recordaba al sujeto dirigiéndole una mirada con ojos de oro brillando en la oscuridad y sonriendo como si se exhibiera ante él. No se le había ocurrido que podría haberlo atacado también, simplemente creía que lo consideraba demasiado insignificante para perseguirlo.

—Dime entonces… ¿llegó a tocarte? —La pregunta fue tan inesperada que Loui lo miró casi horrorizado por la sugerencia implícita, aunque luego recordó que se trataba del ángel y dudaba que lo hubiera dicho siquiera con aquella intención.

—¡No! Yo solo… hui. Ni se molestó en seguirme —respondió él, recordando una y otra vez las sonrisas maliciosas que le había dedicado al descubrir su presencia. Samael se limitó a asentir sin borrar su expresión, como si algo más le preocupara, pero no se atreviera a decirlo. Se puso de pie y caminó hacia la puerta.

—Bien. Llama a esos amigos tuyos y haz que vengan. Estamos tal vez aún a tiempo de salvarlos —dijo él, saliendo de ahí y cerrando la puerta tras de sí.

Apenas salió, Loui sacó presuroso el walkie-talkie que intentaba ocultar bajo su almohada y presionó el botón de transmisión.

—Atención. Tengo nuevas indicaciones. Deben regresar inmediatamente a la base, ¿escucharon? Vengan de inmediato.

Ruido de lluvia resonó en la bocina mientras esperaba respuesta hasta que finalmente escuchó el crujido de comunicación entrante.

—…Encontramos algo… Parece ser otra vez el sujeto con capucha… Lo rastreamos hasta el parque abandonado… No parece haber notado nuestra presencia. —La comunicación se escuchaba entrecortada, pero lo suficientemente clara para entenderla.

—Aborten la misión. Deben venir al cuartel cuanto antes.

—Ha estado arrastrando varios bultos hacia el edificio… No podemos estar seguros, pero parecen cuerpos… En cuanto se vaya iremos a inspeccionar.

—¡No, no! ¡Les digo que aborten! —repitió Loui, pero ya no recibió respuesta, solo el ruido de estática del transmisor. Vaciló por varios segundos pensando qué hacer, ¿cómo explicaba que había estado enviando cada noche a aquellos tres chicos a recorrer las calles como si fueran vigilantes en espera de que alguna figura misteriosa apareciera? Lo que ocurriera sería su responsabilidad, después de todo debían seguir sus órdenes, no les quedaba más remedio.

Apretó los dientes y los puños hasta que finalmente arrojó el transmisor a la cama y marchó decidido hacia la puerta. Se asomó primero en el pasillo y vio que Marianne y Samael estaban al final de este hablando, de modo que no estaban prestando atención. Se escabulló hacia las escaleras y bajó velozmente, tratando de no hacer ruido. Tomó con sigilo una chamarra del colgador y mientras se la ponía, se dio cuenta de que Addalynn lo observaba con curiosidad, de pie junto a uno de los sillones de la sala.

Por un momento se detuvo, creyendo que daría aviso a los demás, pero ella solo se miró como si se tratara de un ratoncito recién salido de su escondite. Ni siquiera se movió. Así que Loui terminó de ajustarse la chamarra y, sin decir nada, se convirtió en aquel ratoncito que salió cautelosamente de su agujero para a continuación correr hacia su siguiente objetivo. Lo conocía muy bien después de todo: era el parque donde había presenciado por primera vez un ataque del sujeto de capucha. El de los ojos ámbar. Sintió un escalofrío solo de pensarlo y mientras corría, verificó que tenía su celular en el bolsillo. Podría quizá necesitarlo.

Cuando se vio cerca del parque, fue desacelerando para ir con mayor precaución. El sol ya se estaba poniendo y algunas lámparas aún no se habían encendido, así que no quedaba más que la mortecina luz del atardecer para iluminar su camino. Frente a la cerca alcanzó a ver a contraluz tres cabezas, así que fue directo hacia ellos y trató de mantenerse también detrás de la cerca.

—¿Qué hacen? Les pedí que se retiraran.

—El sujeto se ha ido —dijo el pelo de cepillo, señalando hacia la entrada al edificio—. Dejó su carga ahí dentro y se marchó.

—Hay que ver qué es —sugirió dientes torcidos, también con la vista puesta en aquella oscura entrada.

Loui torció la boca, consciente de que aquello sería demasiado imprudente y ya se había arriesgado demasiado al salir de esa forma por ellos, sus torturadores, pero el gusano de la curiosidad lo había picado y también quería ver lo que ahí se ocultaba.

—…Solo un momento. Nos asomaremos desde afuera y luego volvemos al cuartel, hay algo importante que hacer ahí.

Los cuatro niños se apartaron de la cerca y la vadearon, mezclándose con las sombras que esta proyectaba en el suelo a pesar de que la calle estaba vacía. De hecho, Loui no había visto una sola persona en su camino, lo cual parecía un poco fuera de lo normal siendo que no eran altas horas de la noche aún. Pero en ese momento no lo pensó, en su cabeza estaba únicamente la curiosidad por ver lo que había dentro del edificio y luego volver a casa.

—¿Pueden ver algo? —preguntó el más alto, estrechando los ojos al asomarse.

—Está muy oscuro. ¿Alguien trajo alguna linterna? —dijo cabeza de cepillo.

Loui fue el último en asomar el rostro con cautela mientras ellos buscaban en sus bolsillos hasta que alguien sacó una linterna y la apuntó al piso. Poco a poco la luz fue avanzando por el suelo sucio de concreto hasta revelar lo que parecían los pies de alguien yaciendo en el piso. El haz de luz tembló entre susurros de “Se los dije”, pero en vez de soltar la linterna y largarse corriendo, la luz siguió recorriendo aquel cuerpo inmóvil para asegurarse de lo que estaban viendo.

—Apunta a la cara —susurró cabeza de cepillo, mientras Loui sentía que el estómago intentaba subirle a la garganta y empujar el corazón fuera de él al ver que el haz de luz se aproximaba temblando hacia el rostro. Ya estaba llegando al cuello cuando el cuerpo se levantó de golpe, provocando que soltaran la linterna y rodara hasta sus pies. Los cuatro retrocedieron para enseguida quedarse paralizados al ver los pies avanzando hacia ellos.

Loui deseó no haber salido de casa.

 

—Le pedí a Mankee que vinieran cuanto antes —dijo Marianne, bajando el celular al terminar la llamada—. No le dije para qué para no estresarlo, pero creo que lo sospecha. —Justo en ese momento su teléfono comenzó a vibrar y ambos intercambiaron una mirada al ver que era Lucianne—. ¿…Hola?

Las cosas no están bien por aquí. Algo ha ocurrido. Hay mucha movilización.

—¿Qué? ¿Pero están bien? ¿Qué está pasando?

Al parecer unos disturbios en distintos puntos de la ciudad. Pero no es por eso que llamo. Me pediste averiguar lo que pudiera sobre el caso del asesinato, pues bien… ayer hubo una actualización. Encontraron algo más en la casa donde hallaron el cadáver en primer lugar… Otro cuerpo. —Marianne calló por un momento, tratando de procesar lo que aquello significaba. Otro cuerpo. Otro cadáver. ¿Acaso había muerto alguien más ahí? ¿Pero quién?—. ¿Sigues ahí?

—…Sí. ¿Tienen… alguna idea de quién era?

Bueno… esa es la cuestión. De acuerdo con los análisis, el cuerpo que hallaron pertenece al hijo del hombre asesinado… Es decir, a Dreyson.

El corazón de Marianne dio un vuelco y sintió que se le atoraba en la garganta. Eso no podía ser. Si habían encontrado el cuerpo de Dreyson en el mismo lugar donde su padre había sido asesinado, ¿entonces quién…?

Fijó la vista en Samael, que estaba a la expectativa, y con una sola mirada llena de pánico le transmitió el desconcertante giro que había tomado todo.

 

Loui consiguió mover sus pies, sintiéndolos muy pesados, logrando dar otros pasos más atrás, y aunque no se sentía nada orgulloso de lo que estaba a punto de hacer, no se le ocurría nada más.

—…Ataquen —dijo Loui con voz temblorosa. Los tres chicos lo miraron como si hubiera perdido la cabeza—… ¡Deténganlo! ¡Vayan por él! ¡Se los ordeno!

Con expresiones traicionadas, pues eran conscientes de que los estaba enviando a su muerte, los tres chicos se lanzaron a la carga contra el sujeto, que iba aproximándose desde las sombras, pero este tan solo alzó la mano, moviendo el índice en negación, y de pronto los tres se detuvieron de golpe, quedándose ahí de pie como hipnotizados.

—¿…Qué hacen? ¡Les dije que ataquen! ¡Tienen que obedecerme! —exclamó Loui, tratando de no dejarse llevar por el pánico, pero su voz temblorosa no mentía, estaba invadido por él, y cuando escuchó la risa del sujeto avanzando sin prisa hacia la luz, sintió que se le helaba la sangre.

—¿De verdad creías que seguían órdenes tuyas porque sí?

El sujeto comenzó a hablar, pasando de largo a los tres chiquillos que únicamente lo siguieron con la mirada como si estuvieran viendo una especie de dios. Loui se crispó y pensó en huir, en correr tan rápido como sus piernas se lo permitieran, pero estas se habían convertido en piedra. Ninguna extremidad le respondía.

—Lamento decepcionarte, pero solo obedecían órdenes porque yo los obligué.

Cuando el sujeto salió bajo la luz de las recientemente encendidas pero parpadeantes lámparas del parque iluminando una capucha gris, terminó de sellar el creciente terror que se había apoderado del niño. Varias figuras comenzaban a reunirse en la calle en silencio, saliendo de sus casas y formándose en grupos con disciplina militar, miradas vacías por doquier como si fueran robots. En cuestión de segundos, el niño vio que el parque estaba rodeado por docenas de personas que parecían muñecos sin voluntad, manchas oscuras surgiendo en su piel como si hubieran contraído una agresiva viruela de rápida acción.

—…Ahora, tú vendrás conmigo.

Quitándose la capucha de la cabeza, Dreyson sonrió con presunción mientras Loui no podía más que mirar con impotencia la trampa a la que su imprudencia y su propio auto engaño le habían conducido.


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