30. EL PEÓN QUE MUEVE LAS PIEZAS
Kristania cerró la caja y salió de aquel enorme clóset sin despegar la vista de esta, como si temiera que fuera a desaparecer si apartaba la mirada tan solo un segundo. Una vez fuera, cerró también la puerta con seguro y guardó la llave en un joyero, y listo, su secreto estaba a salvo.
Se enderezó frente a su tocador para admirar su reflejo y cepillarse el cabello como solía hacer todas las noches, y sus ojos se desviaron hacia un lado del espejo donde tenía pegadas varias fotos y recortes de Demian, la mayoría tomadas a distancia. Ella sonrió, levantando una angulosa ceja e inclinando la cabeza hacia un lado con expresión coqueta.
—¿…Qué dices, Demian? ¿Te gusta mi cabello sin importar el estilo que tenga? —dijo ella, dejando que el cabello le cayera sobre los hombros—. Favor que me haces, pero quizá necesite pronto otro cambio de imagen. Estoy cansada de comparaciones. Necesito algo que resalte mis facciones y concentre toda la atención en mi rostro. Sé que me vería fabulosa con cualquier corte, pero debo decidirme por alguno que capte más tu atención. —Una respuesta que no le agradó del todo pareció colarse en sus pensamientos, y sus labios enseguida se torcieron en una mueca—… Eso no. Nunca. Además, no acabas de decir eso, fue solo mi mente jugándome bromas pesadas.
Se levantó del tocador y se dirigió a la ventana, necesitando aire fresco para serenarse, y mientras inhalaba con fuerza, notó que a la distancia comenzaban a arremolinarse nubes cargadas. En cualquier momento caería sobre la ciudad una tormenta eléctrica.
—…Fantástico, ahora mis planes para esta noche se han arruinado —bufó de mala gana, y al estar a punto de cerrar la ventana, bajó la vista hacia la calle. Había varias personas observándola, inmóviles y con expresión en blanco. Ella frunció el ceño, y finalmente cerró la ventana con un raudo movimiento, chasqueando la lengua—. ¡Odio este vecindario lleno de lunáticos! Algún día lograré convencer a papá de mudarnos más hacia el norte. ¿Qué te parece? Seríamos vecinos. —Volvió a acercarse a la esquina de su tocador donde había montado su altar a Demian, y cuando ya se perdía nuevamente en sus fantasías, se escuchó un fuerte ruido como de vidrios rotos en la calle y el estruendo de la alarma de un coche—… ¿Qué diablos?
No se movió de su lugar, se quedó inmóvil y en silencio por varios segundos, esperando y escuchando, hasta que de repente una piedra chocó contra su ventana haciéndola añicos, y ella se agachó por protección. Más alarmas empezaron a saltar por todos lados, gritos distantes, más estruendos de vidrios rotos. No entendía lo que estaba pasando, ¿estaban en medio de un ataque terrorista? Quizá si lograba alcanzar su celular podría llamar a la policía…
Un estrépito resonó desde el piso de abajo y un gritó retumbó en las paredes. Su madre. ¿Qué rayos estaba ocurriendo? Demasiado aterrada para reaccionar, se agazapó junto a la cómoda y se metió debajo de esta, mirando hacia la puerta con el corazón desbocado. Podía escuchar pasos subiendo y acercándose por el pasillo, pero ella no se atrevía a moverse.
Aquello no estaba pasando. Vivían en un vecindario tranquilo a pesar de sus constantes quejas. ¡Nada de eso podía estar ocurriendo!
Un fuerte golpe se escuchó fuera de su habitación y su puerta se abrió con tanta potencia que fue casi arrancada de sus goznes. Desde su posición en el piso, Kristania solo alcanzaba a ver pies acercándose, y lo único que podía hacer era gritar, cubriéndose la cabeza como si eso fuera a evitar que la hallaran. Manos se deslizaron por su espalda y brazos para sujetarla, tirando de ella hacia arriba.
—¡No me hagan daño, por favor! ¡Tomen lo que quieran, pero no me hagan daño! —chilló ella, apretando las manos contra su rostro, pero acabaron forzándola para que las apartara. Kristania entreabrió los ojos, sintiendo que el pánico reptaba por su cuerpo, y cuando aclaró su vista, descubrió a varios compañeros de escuela frente a ella, y quienes la sostenían eran precisamente sus amigas, con rostros completamente inexpresivos y miradas perdidas—. Pero ¿qué…?
Vio de pronto que unas especies de manchas oscuras como petróleo se extendían por debajo de su piel, comenzando también a invadir el blanco de sus ojos y cambiar su color. Nunca había visto algo así, y el que parecieran inmutables a este hecho le hizo pensar que era una pesadilla, hasta que el grito que había estado formándose en su garganta surgió con fuerza, mientras sus compañeros la arrastraban fuera de ahí.
…
—¡Loui! ¡Cambio de planes! —Marianne abrió de golpe la puerta de la habitación y la recorrió con la mirada—. ¡¿Dónde te metiste?! Algo surgió y tendremos que salir de emergencia. Será mejor que no salgas de aquí hasta nuevo aviso. —Abrió el armario y miró bajo la cama, pero no lo encontró por ningún lado—… ¡Loui!
—…Esto no me agrada —comentó Samael desde la puerta. Marianne salió de la habitación y bajó las escaleras sin dejar de llamar a su hermano en espera de una respuesta.
—Salió —dijo de pronto Addalynn, aún de pie como estatua en la sala, provocándole un sobresalto a Marianne.
—¿…Cómo que salió? ¿De qué hablas?
—Mientras ustedes hablaban allá arriba. Él bajó con apuro, se puso una chaqueta y se fue —respondió Addalynn como si nada, y Marianne la miró incrédula.
—¡¿…Y no se te ocurrió decir nada o avisarnos siquiera?! ¡¿Pensaste que sería prudente permitir que un niño de doce años saliera solo, sabiendo el peligro que nos acecha?! —exclamó Marianne sin poder creer su total falta de empatía.
—No es mi casa —fue lo único que a Addalynn se le ocurrió responder, intentando comprender qué había hecho mal, y eso únicamente consiguió irritar más a Marianne.
—¡¿De qué planeta vienes?! —gritó ella y Samael puso una mano sobre su hombro para intentar calmarla, así que ella hizo una pausa para recuperar la compostura. A continuación, sacó el teléfono y marcó el número de su hermano, pero la llamada se desviaba al buzón. Marianne gruñó, llenándose de impaciencia—… Tenemos que dar con él. ¿Crees poder rastrearlo?
—La energía de los humanos suele ser muy débil como para percibirla y rastrearla, pero… tal vez pueda dar con él.
—Inténtalo —pidió Marianne y justo en ese momento su celular vibró con un mensaje entrante. Vaciló un instante antes de levantarlo y mirar la pantalla. Era un mensaje de Loui, o al menos proveniente de su teléfono—… Creo que ya no será necesario.
“Auditorio de la escuela. 8:00 en punto. Ven sola.
O el niño lo paga.”
Marianne levantó la mirada tras leerlo y Samael frunció el ceño.
—…No. Ni lo pienses. No irás sola —dijo Samael antes de que ella hablara siquiera.
—Es mi hermano. No voy a abandonarlo a su suerte ni permitir que le hagan daño.
—¡Pero no puedes ir sola! Tenemos que reunir a los demás, tener un plan…
—¡Solo tengo quince minutos! —espetó Marianne—. No podemos reunir a todos en ese tiempo. Alguien tiene que hacerlo mientras yo voy al auditorio.
—Yo puedo acompañarla —Addalynn intervino antes de que Samael protestara de nuevo. Ambos la miraron con la misma incredulidad que si hubiera dicho que le gustaba bailar salsa o cantar en la ducha.
—…No puede verme llegar con nadie —dijo Marianne y Addalynn tan solo levantó una mano hacia el frente. Esta perdió lentamente densidad hasta hacerse transparente y a continuación hacerse visible de nuevo.
—…Puedes hacerte invisible —murmuró Samael con sorpresa, aunque casi enseguida le pareció una aseveración tonta dado que era también un ángel. Sin embargo, no le parecía apropiado que fuera ella quien la acompañara. Tenía que ser él, era su responsabilidad, su deber. Se volvió hacia Marianne e intentó convencerla una vez más—… Escucha, yo también puedo hacerlo. Iré contigo y me encargaré de encontrar a Loui y…
—No, tú tienes que reunir a los demás y explicarles todo. Además, tu poder ha estado muy errático últimamente, no podemos arriesgarnos —respondió Marianne y al ver que él seguía reacio, lo tomó de los hombros y lo miró fijamente a los ojos—. Estaré bien, ¿de acuerdo? Confía en mí.
Samael seguía sin estar convencido, pero se trataba de Marianne; aun cuando se negara, terminaría haciendo su voluntad, así que volteó hacia Addalynn y trató de comunicarle con una sola mirada lo importante que era para él que no fallara.
—Andando entonces —decidió Marianne, abriendo la puerta, pero apenas dio un paso hacia el frente, se detuvo en seco al ver varias figuras de pie frente a su jardín, observándola con aire ausente. Las penumbras y escasa luz que llegaba de algunos postes encendidos hacían difícil distinguir sus rostros, pero aun así alcanzó a reconocer a algunos vecinos. Antes de que pudiera decir cualquier cosa, una roca pasó volando por encima de su cabeza y Samael tiró rápidamente de ella, cerrando de un portazo—. ¡¿Qué rayos?!
—Ya ha empezado —dijo Samael con tono fatalista—… Los marcados.
La ventana a un lado de la puerta explotó y ellos se encogieron mientras una lluvia de cristales los bañaba. Marianne miró su reloj y vio que faltaban diez minutos para las 8 de la noche. El tiempo se le estaba acabando.
—¡¿Puedes transportarnos?! —preguntó en dirección a Addalynn y esta negó con la cabeza, aún inclinada en el piso para evitar que los cristales cayeran en su rostro. Se escuchó entonces el estrépito de otra ventana, la de la sala; y luego otra, la del comedor. La de la cocina sufrió igual destino, y aunque se escuchaban gritos a la distancia, estaban seguros de que no provenían de aquellas personas que estaban intentando invadir la casa. Eran simples máquinas obedeciendo órdenes.
—¡Acérquense a mí! —gritó Samael mientras los golpes en la puerta se hacían cada vez más intensos. Una vez que estuvieron a su lado, las sujetó de los brazos y los tres desaparecieron justo cuando la puerta acababa por ceder.
Cuando volvieron a aparecer estaban dentro de la escuela, justo en la intersección. Los pasillos estaban vacíos y las luces apagadas, sin embargo, sabían que no estaban solos; la atmósfera era pesada y podían verse varias sombras hacinadas e inmóviles a través de los cristales de las puertas, como si estuvieran en pausa y a la espera de una señal. Marianne trató de no prestarles atención y sacó su celular para hacer una llamada. Su madre contestó casi de inmediato.
—Mamá, hagas lo que hagas no salgas de tu oficina si sigues ahí, ¿escuchaste? ¡No, no hagas preguntas, solo haz lo que te digo! ¡Hay disturbios en toda la ciudad, es mejor si te quedas donde estás! Yo te llamo en cuanto sea seguro. —Y sin dar mayores explicaciones colgó para a continuación hacer lo mismo con su padre, solo que él no respondió y no le quedó más remedio que dejarle un mensaje en el buzón de voz.
—¿Estás segura de esto? —preguntó Samael con semblante preocupado pues a partir de ese momento se separarían.
—Sí. Serviré de distracción todo el tiempo que pueda mientras traes los refuerzos.
Samael asintió y cerró los ojos con la intención de volver a transportarse, pero aparte de un breve parpadeo en su imagen, nada más ocurrió.
—…Está fallando de nuevo —dijo Samael con exasperación, sintiendo la presión del tiempo que seguía corriendo.
—La cafetería está cruzando la calle —le recordó Marianne, y aunque él parecía aún dubitativo por tener que dejarla, finalmente lo hizo.
—…No la dejes hacer algo impulsivo —dijo Samael en dirección a Addalynn justo antes de ir corriendo hacia la salida lateral.
—¡Dame un poco de crédito! —gritó Marianne, aunque él ya iba a medio camino. Volteó entonces hacia Addalynn—… ¿Estás lista? —La chica asintió. Alrededor podían ver las sombras de las figuras tras las puertas moverse poco a poco, como si comenzaran a cobrar vida—… No es que nos haga falta tratándose de ti, pero tu mutismo nos vendría bien ahora.
Addalynn frunció el ceño como si tomara ofensa de ello, pero no dijo nada y se limitó a volverse invisible, con un leve contorno vislumbrándose apenas alrededor de ella hasta quedar completamente transparente. Marianne suspiró, tomando aquello como señal.
—…Bien. Vayamos.
…
La cafetería había cerrado ya sus puertas y bajado sus rejillas de protección, Lilith y Angie seguían dentro con Mankee, observando desconcertados la extraña presencia de varias personas en la calle, de pie e inmóviles, mirando en su dirección.
Habían decidido apagar las luces, pero el número de figuras apersonándose fuera de la cafetería no dejaba de aumentar.
—Parecen zombis —comentó Lilith, alejándose de la ventana con un escalofrío.
—Dice Vicky que también su casa está rodeada —dijo Angie tras colgar el teléfono—. Aunque tal como aquí nadie ha hecho el intento de entrar. Intenté hablarles a los demás, pero no entran las llamadas.
—¿Qué es lo que quieren? No se mueven, no hablan, no hacen nada. ¿Será que si salimos reaccionarán?
—No creo que sea prudente —respondió Mankee, cerrando las persianas y apenas apartando un poco una de las esquinas para mirar nervioso al exterior—. Creo que a esto se referían con el peligro que representaban los moretones ocultos. Quizá tengan órdenes de atacar al menor movimiento perceptible.
—¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Quedarnos aquí encerrados toda la noche?
—Mi padre me dejó varios mensajes —intervino Angie, revisando su celular—. Dice que hay varios disturbios en el centro de la ciudad; se quedó varado en su oficina. Debe creer que estoy en casa porque me pide que no salga de ahí.
—¿Podría alguien deshacerse ya de esa gente? —Latvi salió de la cocina, apretándose las sienes con expresión adolorida—. No puedo con este dolor de cabeza y su presencia no hace más que empeorarlo.
—Agradece que al menos están solamente ahí parados —comentó Lilith, volteando con la mano en las persianas, y en cuanto terminó de pronunciar aquella frase, algo se estrelló frente a ella, ocasionando que se apartara de un salto. Esta vez volvieron los tres a asomarse con cautela. Un contenedor de basura rodaba por el piso tras ser arrojado contra el ventanal, estrellándose en su lugar contra la rejilla protectora, mellándola de tal forma que no dudaban que unos cuantos golpes más acabarían por hacerla ceder—… ¡¿Vieron eso?! ¡¿Qué tal si no hubiera estado la malla protectora?!
No hubo tiempo para réplica alguna, otros objetos comenzaron a estamparse contra la rejilla, abollándola a la vez que las figuras iban aproximándose peligrosamente.
—¿Hay alguna salida de emergencia? Porque no creo que esto aguante por mucho tiempo —expresó Angie mientras se apartaban de la ventana.
—Solo la puerta de la cocina, pero veo gente apostada en el callejón.
—En pocas palabras, estamos rodeados —refrendó Angie.
—Algo está pasando. Se están arremolinando ahora hacia el centro —señaló Lilith, mirando cautamente por la ventana en cuanto dejaron de escuchar el estrépito de los proyectiles arrojados contra la fachada y al asomarse vieron que en efecto las figuras se concentraban ahora en un punto al otro lado de la calle, como aguardando la llegada de alguien. De pronto la horda se lanzó en esa dirección, como si fueran parte de un mismo organismo inteligente tratando de capturar algo, hasta que en un solo instante que el grupo se abrió, vieron una cabeza rubia que prácticamente resplandecía entre tantas figuras ensombrecidas—. ¡Es Samuel! ¡Viene hacia aquí! ¡Hay que abrir la puerta!
—Pe-Pero tendríamos que levantar la rejilla y si hacemos eso ya nada se interpondrá entre ellos y nosotros —dijo Mankee sin poder evitar el miedo que aquello le provocaba.
—Habrá que arriesgarse. —Lilith abrió la puerta inmediatamente y luego el candado de la malla, mientras Angie vigilaba a su lado en guardia por si requería realizar algún movimiento defensivo.
Samael avanzaba firmemente a través de aquella horda que se había arrojado sobre él como un banco de pirañas en pos de un bulto de carne en el mar. Sentía sus toscas manos tratando de asirlo de donde fuera, arañando y tirando de su ropa, del pelo, incluso lanzando dentadas, pero su apuro y resolución por llegar a la cafetería era tal que se sentía ligero y casi incorpóreo, logrando escabullirse de sus manos como si estuviera recubierto de mantequilla. Notaba un ligero cosquilleo en la piel, resplandeciendo como hacía mucho no lo hacía; quizá era su propio poder intentando abrirse paso y actuar como una burbuja de protección sin hacer daño a sus atacantes. No eran más que humanos siendo controlados por un poder maligno, después de todo.
Entre el revoltijo de cuerpos que trataba de esquivar, alcanzó a vislumbrar al otro lado de la calle la reja protectora y el frenético agitar de unos brazos intentando llamar su atención. Como pudo se escurrió, eludiendo a las figuras de rostros vacíos y actuar automático y consiguió abrirse paso hasta la cafetería, cayendo la rejilla detrás de él justo cuando el ejército zombi se le arrojaba encima. La puerta se cerró a continuación y él se apoyó de esta por un instante para recuperar el aliento.
—No hay tiempo que perder —dijo Samael entre jadeos antes de que los demás empezaran a hablar—. Marianne y Addalynn están dirigiéndose al auditorio de la escuela en este momento. Tienen que alcanzarlas. Yo todavía debo reunir a los demás.
—¿Pero acaso no has visto que estamos en medio de una invasión zombi? —dijo Mankee, pareciéndole una locura—. ¿Cómo se supone que…?
—Hay que deshacerse de ellos —intervino Latvi, chasqueando los dedos y al instante una fila de hombres salió marchando de la cocina, posicionándose a ambos lados del comedor en espera de instrucciones, sus rostros tan vacuos e impertérritos como los de las personas arremetiendo contra la entrada de la cafetería—. Situaciones extraordinarias requieren medidas drásticas.
—No. Son solo humanos bajo control maligno. No podemos hacerles daño —espetó Samael con firmeza—. Necesitan ser liberados de su control. Una vez que lo estén dejarán de ser un peligro.
Mankee sintió la atención centrándose en él, y de inmediato sintió un escalofrío al adivinar el motivo.
—…No. ¡No! ¡Dije que no lo volvería a hacer y no pueden obligarme a ello!
—Mankee, no tenemos tiempo para esto. ¿Te das cuenta de que la ciudad entera podría estar controlada en este momento y no quedamos más que nosotros para enfrentarlos?
—¡Con más razón! ¡Si tan solo el absorber aquella energía maligna de cuatro personas me puso tan mal, no quiero imaginarme lo que una población entera me hará! —replicó Mankee, resistiéndose a ser de nuevo usado de esa forma.
—¡Escúchate nada más! Se supone que debemos proteger a las personas, no dejar que un montón de energía demoníaca los consuma por temor a un malestar estomacal —lo retó Lilith con la espalda contra la puerta, desde donde se podía ver la reja protectora combándose bajo el peso de los cuerpos poseídos.
—No está fuera de tus posibilidades —agregó Samael—. Solo necesitas aprender a usar ese poder adecuadamente. Lo importante es que no dudes. No justo ahora.
Pero Mankee dudaba aun así. La desesperante sensación de ahogamiento y mareo que había sentido entonces lo seguía persiguiendo. ¿Cómo esperaban que liberara a toda una ciudad del control de un poder maligno cuando no había tenido más que un acercamiento? Y lo que era peor, se había sentido morir en esa ocasión. Esperaban mucho de él. No quería ser un héroe, solo quería llevar una vida normal.
—Puedes hacerlo —dijo de pronto Latvi, amarrándose el pelo tras quitarse con la boca una de las liguillas que adornaban su muñeca como si fueran pulseras, y al mismo tiempo quitándose todo lo que pudiera considerarse una prenda de adorno en su vestimenta: el chal, el faldón y la serie de pañuelos de seda que usaba ceñidos a la cintura, quedándose únicamente con unos pantaloncillos cortos de licra y una blusa de algodón de colores cálidos que la hacían ver como una persona distinta—. Recuerda todo lo que aprendiste en Gerbinkav. Esto no puede ser tan diferente.
—¿…Qué estás haciendo?
—Yo también tengo mis trucos bajo la manga —respondió ella, sacando de un compartimiento detrás de la barra una colección de pequeños frascos con una especie de polvo blanco, fijándolos con la tira formada por los pañuelos para a continuación amarrársela alrededor como un cinturón—. Tienen cinco minutos; la entrada no aguantará mucho más que eso y no permitiré que destrocen este lugar que es tan importante para mi príncipe. Salgan por la puerta de la cocina y esperen a que se despeje. Entonces podrán pasar.
—¡No! Pero ¿qué pretendes hacer?
—Seré la bruja que siempre has pensado que soy —replicó Latvi con una sonrisa, y tras otro chasquido de dedos, los hombres de los sables fueron colocándose a ambos lados de la puerta mientras ella giraba de frente a esta—. A veces hay sacrificios que son necesarios, Hisham. Que no se te olvide. Ahora salgan de aquí.
Samael tiró del brazo de Mankee antes de que este pudiera protestar, y tras dedicarle un corte militar en señal de respeto, Lilith fue tras ellos junto con Angie hasta salir al callejón. Sirviéndose del enorme contenedor de basura para ocultarlos de la vista, atisbaron hacia la calle donde alcanzaban a ver aún las formas ensombrecidas del ejército de marcados que se había apersonado fuera de la cafetería, arremetiendo en silencio contra la reja protectora.
—Ustedes dos vayan al auditorio en cuanto se despeje —susurró Samael, señalando a Lilith y Angie—. Todavía queda por reunir al resto.
—¿Y yo qué? —preguntó Mankee, sintiéndose fuera de su cuerpo.
—Vendrás conmigo. No podemos dejar que esas personas sean controladas. Sé que te asusta la idea, pero tienes que ser fuerte. Todos tenemos algo en juego en este momento.
Mankee no se sentía con ánimos de protestar, así que se limitó a asentir dócilmente, mientras Lilith se agachaba tras asomar la cabeza por encima del contenedor de basura.
—¡Se están moviendo! ¡Hay que aprovechar el poco tiempo que tengamos la vía libre! —avisó Lilith y los cuatro se pusieron de pie de nuevo.
—Adelántense al auditorio. Nosotros iremos por Belgina y Vicky —dijo Samael, sujetando a Mankee del brazo y cerrando los ojos para sondear si le sería posible transportarse, y al sentir el tirón en la espalda supo que estaba listo. Les hizo una señal a las dos chicas para que siguieran, y sin soltar a Mankee, se disiparon en medio de un destello.
…
Marianne se detuvo ante las puertas cerradas, mirándolas con ansiedad. Podía escuchar un estruendo en la calle opuesta que le preocupaba, pero no tenía tiempo para averiguar de qué se trataba. Debía primero ocuparse del problema que le competía.
—¿Sigues ahí? —preguntó en un susurro.
—Aquí estoy —respondió la voz incorpórea de Addalynn detrás de ella.
—Bien. Sé que no es necesario que te lo diga, pero intenta no llamar la atención. Concéntrate únicamente en localizar a mi hermano y sacarlo de ahí —dijo Marianne, tomando aliento; apoyó las manos sobre las enormes puertas dobles y empujó. Se escuchó el chirrido de los goznes al empujar lo suficiente para que pudieran pasar, y a continuación, volvieron a cerrarse como si estuvieran automatizadas. El lugar estaba oscuro y apenas entraba algo de luz por las ventanas altas del edificio, así que trató de adaptar su vista a las penumbras, intentando distinguir alguna forma al centro de la pista. Había una sombra inmóvil a la espera. Dudaba si avanzar o no, temiendo que hubiera una trampa a sus pies.
—Un minuto de retraso. Por demás, elogio tu puntualidad.
Los reflectores del escenario se encendieron de golpe sobre ella, cegándola por un instante y obligándola a taparse los ojos. Había otro iluminando el centro de la pista, donde había alguien sentado sobre unos escalones que subían a la plataforma para eventos. Fijó su vista en el escenario, tratando de vislumbrar cualquier tipo de figura encima, y aunque la distancia y la intensa luz sobre ella se lo impedía del todo, alcanzó a ver una forma encorvada más allá del área iluminada por el foco.
—Me alegra que vinieras. Creí que tendría que recurrir a otros métodos más drásticos.
—…Hola, Dreyson —habló ella finalmente, irguiéndose con firmeza a la vez que hacía un breve gesto con la mano a su espalda para darle indicaciones a Addalynn, esperando que él no se diera cuenta—… ¿O debo llamarte de alguna otra forma ya que aparentemente han encontrado tu cuerpo justo en el lugar donde hallaron el cadáver de tu padre?
Dreyson sonrió, aunque no respondió a su interpelación. Se puso de pie y empezó a caminar despreocupadamente frente a la tarima con las manos en los bolsillos. Llevaba aún puesta la misma ropa, solo que ahora un agujero adornaba el centro de su camisa y una mancha de sangre seca lo bordeaba. Justo el punto donde Addalynn le había disparado. Sus pies descalzos parecían tan ligeros que las tablas ni siquiera rechinaban a su paso.
—No fue muy amable lanzarme por la ventana, no me lo esperaba. Pero bueno, supongo que mi forma de actuar tampoco fue la apropiada. Aún me falta mucho por aprender —dijo él como si estuviera platicando de cualquier cosa mundana, caminando a lo ancho de la tarima para a continuación dar la vuelta y regresar sobre sus pasos—. De modo que aquí estamos ahora, puede ser un nuevo comienzo. Lo único que pedía era un momento a solas y así quizá podrías ver…
—¿Dónde está mi hermano? —lo interrumpió Marianne, harta de escucharlo. Sabía que Addalynn debía estar acercándose por alguna de las laterales de la cancha y necesitaba desviar su atención. Dreyson se detuvo en el mismo punto del que había partido y dejó escapar un resoplido.
—Por supuesto. Debes estar preocupada por él. Descuida. Se encuentra bien.
—Quiero verlo —insistió Marianne, y tras dar otro resoplido, Dreyson chasqueó los dedos y otro reflector iluminó hacia el fondo de la tarima.
Maniatado e inmovilizado, Loui dio un respingo y parpadeó al sentir el golpe de la luz sobre su rostro. Una mordaza le cubría la boca, de modo que no podía hacer mayor ruido, pero al distinguir a Marianne al otro extremo, comenzó a emitir gruñidos.
—…Déjalo ir. Suéltalo en este instante —exigió ella, apretando las manos, pero él rio, reanudando la marcha por lo ancho de la tarima.
—No, creo que lo mantendré ahí un poco más —respondió él como si se tratara de un juego. Seguía aproximándose peligrosamente hacia el extremo lateral y Marianne no podía evitar mirar con nerviosismo hacia ambos lados preguntándose por cuál estaría pasando Addalynn—. Se encuentra en buen estado, ¿ves? No le pasará nada por unos minutos más.
—¿Qué es lo que quieres? —lo cuestionó Marianne, avanzando unos pasos con la luz del reflector siguiéndola. Dreyson se detuvo a punto de llegar a la esquina de la tarima y volteó hacia ella como si la pregunta lo sorprendiera.
—¿En serio no tienes una idea aún? Te creía más lista.
—Lo único que puedo hacer es especular, pero solo una persona puede confirmarlo —agregó Marianne, dando otros pasos hacia el frente, atenta por el rabillo del ojo en la esquina más próxima donde él se había detenido—. Mi única duda real es en qué momento tomaste la vida de Dreyson, ¿fue cuando apareciste en la escuela cambiado o antes de siquiera llegar a la ciudad?
Mantenerlo ocupado y distraído, solo debía concentrarse en eso. Él sonrió como si fuera lo que había estado esperando y su cuerpo giró hacia ella.
—…Ni siquiera se suponía que estuviera en su mismo curso —dijo él, alzando la barbilla y dirigiéndole una mirada satisfecha—. No. Cuarto grado, ese era mi objetivo. Pero algo se cruzó en mi camino y tuve que tomar algunas decisiones.
—Ay, por favor, espero que no estés hablando de mí o me veré obligada a lanzar una carcajada que no siento en este momento —espetó Marianne, entornando los ojos, y en su lugar fue él quien dejó escapar una risa divertida.
—Lamento decepcionarte, pero no. Para mí solo eras una persona más en mi camino. Pero luego descubrí algo que me llamó la atención y me hizo preguntarme: ¿y si…? —dijo él, llevándose la mano a la barbilla y dedicándole una mirada analítica, levantando una esquina de sus labios.
—¿Y eso qué se supone que significa? —volvió a interrumpirlo Marianne, avanzando lentamente con la intención de obligarlo a retornar al centro del escenario.
—Supongo que terminarás entendiéndolo —respondió él, dando un par de pasos para alivio de ella, hasta que de pronto se detuvo y con un rápido movimiento que la tomó desprevenida regresó a aquella esquina, dando una brazada y forcejeando con el aire. Un par de segundos más tarde se materializó Addalynn, sus dedos atenazando el brazo que rodeaba su cuello y una expresión salvaje en sus ojos—. ¿Ibas a algún lado? ¿Creían poder engañarme con un truco tan barato?
Marianne hizo el ademán de ir en auxilio de Addalynn, pero en cuestión de segundos sus brazos también fueron sujetados contra su espalda, obligándola a gritar al sentir la presión con que se los retorcían. Mirando sobre su hombro, alcanzó a ver una mujer con lentes oscuros, los cuales terminaron cayendo con el forcejeo, dejando así al descubierto unos moretones que parecían haber cobrado vida por debajo de su piel, circulando por sus ojos y enraizándose en distintas direcciones. Marianne sofocó otro grito, mordiéndose el interior de la boca, y a continuación volteó de nuevo hacia Dreyson.
—¡…Pero ¿quién demonios eres?!
—Me sorprende que todavía lo preguntes —respondió él con una sonrisa, sujetando sin problema a Addalynn con un brazo mientras el otro reposaba sobre su costado.
Loui gruñó en otro inútil intento por comunicarle algo, sacudiendo la cabeza con fuerza, pero la mordaza estaba demasiado tensa como para aflojarla.
—…Oh, espera, creo saber qué es lo que falta —anunció Dreyson para acto seguido inclinar la cabeza hacia el frente, quedando oculto tras una cortina de cabello y llevándose la mano libre hacia los ojos. Cuando volvió a levantar el rostro, con la palma hacia arriba, sostenía algo entre los dedos—. ¿Mejor?
Marianne apretó más los dientes y no se atrevió a pronunciar palabra alguna (o simplemente no encontraba voz para hacerlo) al encontrarse con aquel par de ojos dorados fijos en ella, tan intensos que casi podía verlos destellar a la distancia.
—¿Ahora sí te sueno de algo? Quizá hayas escuchado rumores —agregó él, satisfecho con su reacción y centrándose a continuación en su mano libre; la luz del reflector chocaba sobre unos diminutos cristales semicirculares que reposaban sobre sus dedos, provocando que estos refulgieran—… Increíble lo que unos objetos tan pequeños pueden hacer. Tú me diste la idea, ¿sabes? Los lentes comenzaban a ser molestos e imprácticos. Tener que llevarlos puestos todo el tiempo… —Con un rápido movimiento, cerró ambos dedos contra el pulgar deshaciendo así las lentillas hasta quedar hechas polvo que dejó caer al piso.
—…El demonio de ojos ámbar —Marianne habló por fin, tratando de mantenerse quieta para que sus brazos dejaran de doler.
—He sido llamado de muchas formas a lo largo de los años —respondió él, sacudiéndose de los dedos el resto del polvo de las lentillas—. Mi favorito hasta ahora había sido el diablo dorado. ¿Lo habrás escuchado alguna vez? —dirigió su atención hacia Addalynn en espera de reconocimiento; ella seguía con los dedos clavados en su antebrazo, aunque él parecía ni inmutarse con ello—. Tengo la impresión de que sí. Me parece que nos hemos visto antes, aunque no estoy muy seguro. He estado siguiendo un rastro entre tu especie por alguien como tú; creí tener una sólida pista en Londres y luego nada, se esfumó en el aire. Imagina mi sorpresa cuando llego aquí y te veo en la dirección general recogiendo tu horario de clases. Fue entonces que decidí que debía estar en el mismo curso.
Addalynn apretó los labios, negándose a hablar o dedicarle siquiera una mirada, y Marianne decidió tomar ese momento de distracción para repetir el truco que había usado con Dreyson anteriormente; proyectó la energía que había estado acumulando fuera de ella e impactó a la mujer de tal forma que acabó arrojándola lejos, lo cual atrajo la atención de él. Con aquella nueva distracción, fue ahora Addalynn la que hincó más los dedos en su brazo para a continuación convertirse en una especie de pararrayos, usando sus manos como conductor para transmitir una corriente a Dreyson. Este no se lo esperaba en absoluto, así que aflojó el brazo y ella aprovechó el momento para correr en dirección a la entrada mientras Marianne iba acercándose del lado contrario.
—¡Mi hermano! —gritó ella al cruzarse con Addalynn, pero esta la retuvo del brazo y tiró de ella hacia la puerta sin hacer caso a sus protestas. Sin embargo, antes de alcanzarla siquiera, una de las tarimas cayó volando desde el fondo y se estampó contra esta, impidiéndoles el paso, de modo que tuvieron que corregir su rumbo y acabaron por introducirse a los vestidores donde Addalynn de inmediato se dedicó a empujar casilleros contra la puerta para bloquearla mientras Marianne jadeaba a un lado, mirándola como si hubiera enloquecido—. ¡Eso no servirá de nada! ¡No necesita una puerta para entrar! ¡Puede aparecer aquí dentro si así lo desea! ¡¿No escuchaste que es un demonio?!
—¡Silencio! Necesito pensar —replicó Addalynn, apretando las sienes como si estuviera urgiéndose a sí misma a idear algo. De pronto se encorvó con una punzada de dolor y el vestidor se llenó de una especie de niebla fría, dándole un aspecto feérico.
—¿…Qué es esto? ¿Qué acaba de ocurrir? —preguntó Marianne y su voz salió hueca, amortiguada, como si el lugar se hubiera vaciado de todo el aire y se hubiera detenido en el tiempo, siendo ellas las únicas que conservaban movimiento, y hasta esa acción se le antojaba irreal, como una experiencia extracorpórea.
—Supongo que estaremos seguras por unos minutos —dijo Addalynn, tratando de recogerse a sí misma, aunque su cuerpo se estremecía—. Creo que no podrá entrar.
—¿Crees? —repitió Marianne—… Él dijo que se inscribió a nuestro curso por ti. ¿Lo conocías?
—No —respondió ella sin vacilar, aunque Marianne no estaba convencida.
—Mencionó Londres, tú vienes de ahí. Dijo que estaba buscando a alguien como tú dentro de tu “especie”, supongo que eso significa ángeles. ¿Sabías algo de eso?
Addalynn se forzó a levantar la vista; había en su mirada un dejo de ferocidad y reticencia ante sus constantes preguntas, pero a la vez parecía cansada, tan cansada. Quizá el esfuerzo de lo que fuera que estaba haciendo para mantenerlas a salvo mermaba su usual voluntad de hierro.
—…Hubo algunos ataques en Londres —dijo ella por fin—. Ataques que no estaban relacionados con los dones. No sabíamos la razón. Algo buscaban, eso estaba claro. Pero las personas que tomaban como objetivos… —Calló como si no se atreviera a seguir hablando. ¿Otro ataque de mutismo o temor a revelar algo más? Marianne no estaba segura, pero esperó a que continuara, fue entonces que notó algo en una esquina de sus labios. Parecía una mancha, como si se le hubiera pegado un poco de polvo en el labial.
—Espera, creo que tienes algo… —dijo ella, cubriendo su mano con su manga y tratando de frotar sus labios, lo cual tomó a Addalynn desprevenida. Se crispó y se apartó casi de un salto, lanzándole una mirada como si hubiera cometido una falta imperdonable. No obstante Marianne estaba demasiado ocupada observando la parte que había quedado libre de lápiz labial. Le dedicó a Addalynn una mirada inquisitiva y se lanzó nuevamente sobre ella, con la intención de frotar el resto de pintura a pesar de su resistencia, hasta que finalmente se separó de ella y observó sus labios ya sin el labial—… ¿Qué diablos? ¿Cómo pasó eso?
Addalynn se llevó la mano a los labios sin atreverse a tocarlos del todo; una mancha oscura cubría sus labios. No podía responder, forzada o no. De cualquier forma, Marianne pudo deducir por su expresión lo que había pasado, o al menos lo intuyó.
Les llegó el sonido de unos golpes amortiguados, y aunque se oían lejanos, Marianne podía apostar que se trataba de Dreyson intentando echar abajo la barrera o lo que fuera que Addalynn había levantado alrededor de ellas.
—…No importa. Al menos no te controla del todo —concluyó ella, dejando que su armadura cubriera su ropa y haciendo brotar su espada, colocándose a continuación frente a la puerta en pose defensiva—… Ahora deshaz lo que sea que hayas hecho. Estoy lista para enfrentarlo y recuperar a mi hermano.
—No sé… No sé cómo hacerlo.
—Tonterías. Debe estar dentro de ti. Siempre sales con alguna habilidad que no te conocíamos en el momento apropiado. Cosa de ángeles, supongo —replicó Marianne.
—¡No lo sé! —repitió Addalynn con un tono cada vez más irritado, como si sus palabras la hubieran provocado. De pronto se dobló y la atmósfera nebulosa que las rodeaba comenzó lentamente a remitir. La habitación fue oscureciéndose y ganando consistencia, tal y como estaba antes, apenas iluminada por la tenue luz que entraba por la ventanilla del fondo.
Marianne tensó el agarre de su espada y se enfocó en la puerta. Los golpes se habían hecho más fuertes conforme la neblina se disipaba hasta detenerse de forma súbita. Sabía lo que le esperaba del otro lado de la puerta y quería estar lista para ello.
—…Llama a los demás. Diles que traten de llegar lo más pronto posible… o al menos inténtalo —pidió Marianne.
Apartó con ayuda de su poder los casilleros que bloqueaban la entrada y esperó a que el último rastro de gélida neblina se desvaneciera para entonces asir el pomo de la puerta. Tomó suficiente aliento para hinchar los pulmones y abrió la puerta, sosteniendo la espada por delante, esperando así tomarlo por sorpresa. Sin embargo, la sorprendida fue ella al ver los ojos aterrados de su hermano siendo retenido por Dreyson como escudo humano. Ella alcanzó a detenerse unos centímetros de él y de inmediato sintió flaquear sus piernas.
Dreyson aprovechó ese momento de vacilación para arrebatarle la espada y arrojar al niño a un lado como si fuera un saco de patatas que ya no le hiciera falta. La puerta se cerró de un portazo antes de que Addalynn llegara a esta, y a continuación, atenazó la muñeca de Marianne con tanta fuerza que ella se retorció con expresión adolorida, mientras él contemplaba la espada y analizaba con detalle su hechura.
—…Es la espada. Sin duda —dijo él con una sonrisa y una chispa de reconocimiento en los ojos—. Quizá no estaba del todo equivocado. —A pesar de su aparente interés, arrojó la espada al suelo y se centró ahora en Marianne, demasiado ocupada en intentar liberarse, golpeando, arañado y clavando las uñas en la mano que la sujetaba, aunque él permanecía inalterable—. Descuida, cuando dije que no quería hacerte daño, iba en serio. Tengo otros planes para ti. —Su cuerpo sufrió una sacudida de repente y bajó la vista para ver que Loui había empezado a patearlo en la espinilla a pesar de tener las extremidades atadas.
Aunque no fuera la intención de Loui, Marianne aprovechó aquella distracción para extender el brazo que tenía libre en dirección a la espada y esta fue volando hasta su mano.
Dreyson giró el rostro de nuevo hacia ella, pero fue demasiado tarde, Marianne ya había alzado la espada, asestándola contra él con un movimiento raudo, de modo que terminó por soltarla, echándose para atrás para aminorar el golpe. Ella se arrojó sobre su hermano para arrastrarlo lejos de ahí y cortó con la espada la mordaza para seguir con sus ataduras.
—¡Lo siento! ¡Debí decirles! ¡Creí reconocerlo cuando fue a la casa, pero no estaba seguro! ¡Y luego cuando lo vi recoger la lentilla en la cocina…! —soltó Loui de forma atropellada en cuanto tuvo la boca libre—. ¡…Tendría que haberles dicho, pero me acobardé! ¡Todo esto es mi culpa, lo lamento tanto!
—¡No hay tiempo para lamentaciones! —lo interrumpió Marianne, tirando de sus brazos atados para poder cortar la cuerda—. ¡Es precisamente esto lo que quería evitar todo este tiempo! ¡Esto no es un juego, ¿ahora lo entiendes?!
—Oh, pero lo es. —Marianne volteó de inmediato al escuchar a Dreyson, que ya se había incorporado de nuevo. Aunque una diagonal le cruzaba el pecho y la sangre empapaba su destrozada camisa, la herida parecía ya haber cerrado—. Esto no es más que un juego en el que todo somos peones. Pero yo al menos decidí dejar de serlo y comenzar a ser quien mueva las piezas.
Marianne apremió a su hermano a ponerse de pie y a continuación, se colocó por delante de él, sujetando su espada con fuerza mientras Dreyson iba acercándose. Buscó alrededor algo que pudiera serle de utilidad: el compartimiento bajo las gradas estaba abierto y podía ver varios artículos de limpieza además del “foso de las pelotas”, como llamaban al contenedor donde guardaban las de repuesto y también utilería del escenario. De modo que se concentró en ellos, tratando de no bajar la guardia, y varios objetos, incluyendo pelotas, fueron volando hasta Dreyson, golpeándolo de lleno en la espalda.
—Deja de hacer eso —pidió él sin inmutarse, pero ella siguió lanzando lo que tuviera a su disposición mientras retrocedía con su hermano hacia la entrada. Eventualmente, él dio un suspiro de hartazgo, y tras un simple agitar del brazo, Loui fue arrastrado hacia el otro extremo, pero antes de que Marianne pudiera hacer algo al respecto, ya tenía a Dreyson prácticamente encima y apartó la espada de un manotazo—. Te pedí que pararas. Ahora, creo que es momento de que escuches mi propuesta.
—¡No escucharé nada que provenga de ti! —espetó Marianne con desprecio, reservando sus fuerzas para otro golpe de poder. Dreyson contempló casi con fascinación la ferocidad de su gesto y sonrió ante su cercanía.
—Creo que no estás en posición para tomar decisiones en este momento —respondió él, acercándose tanto que ella podría percibir su aroma de no ser porque no despedía olor alguno. Era como si su presencia fuera por completo inexistente, quizá el factor que lo había hecho pasar desapercibido hasta entonces.
—…No tienes alma —dijo ella, sosteniéndole la mirada. Sus resplandecientes ojos ámbar no mostraban ni tampoco reflejaban nada.
—¡Menudo descubrimiento! —replicó él, casi echándose a reír. Marianne apretó los dientes y en sus ojos brilló el desprecio acumulándose en ella.
—¿…Por qué? —masculló, intentando enfocar su poder. Dreyson inclinó la cabeza con curiosidad ante su pregunta—. ¿Por qué ayudarme esas veces? ¿Cuál era tu objetivo? ¿Para qué mantenerme a salvo si luego ibas a actuar de esta forma?
Dreyson tan solo la miró con una expresión y sonrisa enigmática, y al final únicamente extendió su sonrisa.
—…De verdad que no tienes idea alguna. —Él parecía divertido ante su ignorancia—- Eso lo hace más interesante aún. —Marianne frunció el ceño, confundida, y de pronto él comenzó a acercarse más, por lo que ella se tensó e intensificó su mirada hasta que él se detuvo a unos centímetros, como si una fuerza invisible le impidiera continuar. Él estrechó los ojos, pero no borró su sonrisa—… Podemos seguir así por horas y ver quién se cansa primero.
Marianne apretó los dientes al sentir que no sería capaz de mantenerlo a raya por más tiempo, y decidió reunir todas sus fuerzas en un solo golpe de energía que proyectó fuera de su cuerpo, lanzándolo a unos metros para a continuación caer de rodillas, agotada. Se escuchaban golpes insistentes detrás de ella y también los intentos de Addalynn por salir de los vestidores, pero eso quedaba en un segundo plano. Sabía que él no tardaría nada en volver a incorporarse, y ella no podía esperar a recuperar fuerzas, de modo que se esforzó por llegar a su espada y atacar a Dreyson.
Él ya estaba poniéndose de pie con toda calma cuando ella volvió a blandir su espada en el aire, produciéndole otro corte diagonal en su pecho, pero a pesar de que éste pareció más profundo que el anterior, la sangre dejó de manar en cuestión de segundos, quedando una marca en forma de X que le dejó en jirones la camisa. Él tan solo se tambaleó un poco antes de mirar su pecho y acabar sonriendo.
—…Esto se pone cada vez mejor —dijo él, tirando de los restos de su camisa, luciendo los dos cortes casi con orgullo.
Marianne no estaba segura de lograr usar su poder de nuevo, y cuando él se echó a correr en dirección a ella, retrocedió hacia la puerta, sujetando su espada con fuerza. Cuando ya lo tenía justo en frente, una fuerza se interpuso entre ellos, lanzándolo a él al otro extremo y obligándola a cubrirse con su brazo para protegerse. Al asomarse precavidamente, descubrió una figura materializándose frente a ella en medio de una cortina de humo. Le tomó un momento darse cuenta de que era Demian, observándola con una mezcla de inquietud y alarma. Era toda palidez y oscuridad, con el único toque de color en sus azules ojos fijos en ella. Lo primero que hizo fue sujetarla por los hombros con preocupación.
—¿Estás herida?
—¿Cómo es que…? —comenzó ella sin saber cómo reaccionar.
—Seguía el rastro de los chicos con los moretones cuando el demonio de humo apareció, decidí confrontarlo y de pronto cambió de rumbo, conduciéndome aquí y… —Se detuvo en cuanto fue consciente de que quizá estaba siendo algo brusco, de modo que la soltó y apretó las manos para refrenarse—… ¿Qué estás haciendo aquí? Pensé que estarías con los demás…
—Vine por mi hermano. Además, no sé si te habrás dado cuenta, pero la ciudad es un caos en este momento… por causa de Dreyson.
—¿Qué?
—Acepto la responsabilidad —dijo Dreyson desde el otro extremo, levantándose como empujado por un resorte. Demian volteó enseguida, colocándose por delante de Marianne de forma protectora. Vio cómo el otro chico se sacudía el resto de escombros del sitio donde se había estrellado y avanzó varios pasos fuera de la nube de polvo que se había formado a su alrededor—. No esperaba tenerte por aquí tan pronto, pero ya que llegaste, supongo que debo recibirte debidamente.
La muñeca comenzó a escocerle. Primero comenzó a rascársela de forma inconsciente hasta que la picazón se hizo insoportable y alzó la mano para poder verla. La piel alrededor de la cicatriz estaba hinchada y tan enrojecida que contrastaba con su palidez. Demian no entendía lo que significaba, pero la repentina risa de Dreyson lo hizo volver su atención hacia él.
—Es curioso cómo una simple cicatriz puede resultar más receptiva que su propio dueño. Pero es de esperarse cuando este vive tan ensimismado que no tiene idea de lo que pasa a su alrededor.
Demian se puso tenso por completo al descubrir aquellos ojos dorados refulgiendo bajo la tenue iluminación del lugar.
—…Lentillas. Usaba lentillas —explicó Marianne al notar su expresión—. Nos engañó a todos. No había forma de que supiéramos…
Demian volteó hacia ella y volvió a tomarla de los brazos, mirándola a los ojos.
—Ve por tu hermano y salgan de aquí. No miren hacia atrás; no busques ayuda para mí. Esta es mi responsabilidad, ¿entiendes? Está aquí por mí, por nadie más.
—¿De verdad crees eso? —intervino Dreyson y él se volvió para hacerle frente, cerrando las manos en puños mientras su cicatriz ardía. Su desconcierto inicial se iba transformando en furia—. Debes pensar que todo gira alrededor de ti. El heredero de la Legión de la oscuridad.
—…Vete —murmuró Demian con la vista fija en Dreyson, y aunque en circunstancias normales Marianne se habría negado, lo importante era llevar a su hermano a un sitio seguro, así que corrió hacia él. Dreyson la siguió con la mirada y expresión sombría—… Así que eras tú. El demonio de ojos ámbar eras tú. —Su furia era cada vez más incontenible. Ahora que Marianne se hallaba fuera de su alcance, podía concentrarse enteramente en él. El sujeto que tantos momentos miserables le había hecho pasar—… Todo este tiempo supiste quién era yo. Fingiste ser un estudiante más para poder vigilarme, seguir mis pasos, sembrar discordia entre mis compañeros o más bien manipularlos con esos moretones. ¿Todo para qué? ¿Pensaron que de esa forma conseguirían quebrantarme y hacerme volver a la Legión de la Oscuridad? Apenas puse un pie ahí e intentaste matarme. ¿Cuál es tu juego? ¿Fingir fidelidad frente a mi padre y después conspirar a sus espaldas? Lo lamentarás cuando se entere de que uno de sus sirvientes contraviene a sus deseos.
La boca de Dreyson se contrajo en una mueca, y sus dedos se clavaron en sus palmas.
—…Sigues pensando que se trata de ti. Siempre de ti —masculló Dreyson—. Pero ya no más. Eso se acabó.
Se escuchó un crujido proveniente del techo, aunque Demian se negaba a apartar la vista del otro, como si fuera una batalla de miradas que no pensaba perder.
—¡Demian! —El grito de Marianne finalmente lo obligó a levantar la vista. Las vigas del techo por encima de él se habían desprendido, como arrancados por una gigantesca mano invisible, y caían arrojados hacia él. Hizo el ademán de lanzarse hacia el frente, pero sus pies parecían pegados al suelo, y al bajar la vista descubrió que efectivamente estaba siendo retenido por un par de manos de sombra salidas del piso, justo como él mismo había hecho alguna vez. Otras sombras surgieron entonces para sujetarle las manos y evitar que pudiera usarlas, de forma que no le quedó más remedio que encorvarse hacia el frente y prepararse para el impacto.
Cuando este no llegó, Demian abrió los ojos y volvió a levantar la vista. Las vigas se mantenían flotando justo a unos centímetros por encima de él, como congeladas en el aire. Sorprendido, volteó hacia Marianne, notando su rostro tenso por el esfuerzo de mantener los brazos levantados como si estos le ayudaran a sostener las vigas a distancia. Sus miradas se encontraron brevemente, pero él se aseguró de transmitirle su agradecimiento. Tomó entonces aquellos valiosos segundos para concentrarse en librarse de aquellas sombras, arrojándose lejos de la zona de impacto justo en el instante en que las vigas reanudaron su caída, estrellándose con estrépito cerca de él, atrapando sus piernas.
Apenas había tenido tiempo para respirar cuando sintió que le aplastaban la mano, uniéndose así a las dolorosas pulsaciones de su cicatriz. Al levantar la vista vio a Demian con expresión fría, inclinándose a su lado para sujetar su muñeca y girarla hacia arriba.
—En carne viva y seguro duele como los mil diablos —dijo Dreyson, observando la cicatriz y pasando el dedo sobre ella—. Y, sin embargo, en todo este tiempo no has sabido interpretarla correctamente. Estaba justo frente a ti, en tus narices y decidiste no hacerle caso. Eso solo demuestra lo ciego que eres.
—¡¿De qué demonios estás hablando?! —espetó Demian, tratando de empujarse con la otra mano. Dreyson lo soltó y mostró su propia muñeca con una palpitante cicatriz tan inflamada como la de él—… ¡Ya! ¡Yo hice eso! ¡¿Se supone que debo pedir disculpas?!
—No seas idiota —bufó Dreyson, tirando de él con brusquedad para ponerlo de pie, rasgándole en el proceso las piernas al sacarlas de bajo las vigas—. Esto no fue por un insignificante corte de esgrima. Piensa bien y recuerda cuándo adquiriste la tuya por primera vez.
Demian recordó la extraña corte de su padre, el trono de piedra en el que este se mantenía inmóvil como una estatua, oculto entre las sombras, y los ojos ámbar que lo observaban con un odio tangible desde su llegada. La copa con aquel líquido que le habían hecho beber, un corte en la muñeca y luego su sangre cayendo en esta. Su padre había bebido de la copa y luego el demonio de ojos ámbar. Dreyson. La repulsión que había sentido entonces lo había obligado a marcharse antes de ver cómo se pasaban la copa entre todos. Su mente, sin embargo, volvió al líquido que había bebido de la copa. Oscuro, espeso, con un sabor amargo que le revolvió las entrañas. Una certeza comenzó a reptar por su columna, poniéndole la carne de gallina.
—…Era tu sangre. En la copa, era tu sangre —musitó él, sintiendo que el estómago se le revolvía de nuevo al llegar a aquella conclusión. Dreyson sonrió y se enderezó mientras Demian luchaba contra la repulsión sintomática que ahora sentía. No era momento para enfermarse—. Por eso has podido dar conmigo con tanta facilidad. Todo lo que he hecho hasta ahora, cuando creí cortar lazos con la Legión de la Oscuridad, todo ha sido en vano. Podían volver a localizarme cuando quisieran. Todo aquel que haya bebido de mi sangre…
—Solo tres bebimos de esa copa —lo interrumpió Dreyson—. De los cuales dos estamos aquí, y el tercero apenas y puede moverse en su letargo crónico. Si hubieras prestado más atención, lo habrías sabido desde el principio.
Volvió a enseñar su propia muñeca con la cicatriz, reflejo de la de Demian, palpitando, y como si respondiera a ésta, podía sentir las punzantes pulsaciones de la suya.
—¿…Y por qué el demonio de humo? ¿Para qué enviarlo por mí cuando de todas formas sabías cómo encontrarme?
—Sigues creyendo que esto se trata de ti —dijo Dreyson con similar rabia contenida; el piso debajo de él comenzó a vibrar, extendiéndose por el resto de la duela hasta alcanzar las paredes y el techo, arrojando polvo y escombros por todos lados. Justo en ese momento una nube oscura atravesó el techo y bajó, dando vueltas en medio de un sonido silbante. Demian logró identificar al demonio de humo, agitado y enloquecido en su rotar por el auditorio.
—¡Amo, amo! ¡Vuelve amo! —repitió, dando vueltas sobre ellos mientras Dreyson mantenía la vista clavada en Demian, como si intentara ignorar aquella interrupción, aunque parecía cada vez más irritado, hasta que finalmente levantó una mano y el demonio de humo se detuvo en el aire.
—…Esto es con lo que tenía que lidiar todos los días. Demonios demasiado estúpidos o tan acostumbrados a seguir órdenes que son incapaces de actuar por cuenta propia —masculló Dreyson, imprimiendo un tono de hartazgo a su voz—. Me agradaba Hollow. Él tenía sus propias ideas y convicciones. Habría sido un gran aliado si no te hubieras deshecho de él en un arranque de “justicia”… Aliado para mí, quiero decir.
Relajó la mano y el demonio de humo volvió a moverse con la misma excitación, como si momentos antes no se hubiera quedado detenido en el aire.
—¡Amo, amo! ¡Vuelve! —Dio otro giro en el aire antes de descender, y tras pasar junto a Demian, se siguió de largo hasta llegar a Dreyson, repitiendo su cantaleta con ahínco, rodeándolo como insecto alrededor de un foco. Demian frunció el ceño mientras el segundo se erguía con la cabeza en alto.
—…Tal y como dije, esto no se trata de ti —repitió Dreyson, con un dejo de sonrisa asomando por fin en su rostro.
—Pero ¿por qué…? ¿Qué es esto? ¿Qué significa…? —Ninguna frase completa salía de su boca. Su furia había dado paso al desconcierto.
—Tu padre. —Marianne habló de pronto. Seguía en una esquina del auditorio, tratando de recuperar el aliento tras el enorme esfuerzo que había hecho por sostener aquellas vigas, pero había conseguido dar unos pasos, envuelta en lo que estaba escuchando—… Cuando dijiste que ya no podía controlarte, no te referías a tu padre de pretensión.
Demian únicamente la miró como si aún no entendiera, o su cerebro se negara a hacerlo. Dreyson, por su parte, volvió a sonreír, levantando la barbilla con gesto orgulloso.
—Hasta ella lo ha entendido más rápido que tú.
—¿Amo vuelve a casa? —el demonio de humo continuó revoloteando a su alrededor como una molesta mosca—. Amo lo necesita, Amo…
—¡Cállate y déjame en paz! —exclamó Dreyson, y con un simple movimiento de la mano, envió al espectro lejos hasta atravesar el techo—… Quería entender qué te llevó a renunciar a un trono. ¿Qué podría ofrecerte una vida corriente entre humanos? Pero lo más importante, quería hacerlo bajo mis propios términos. Me he pasado mi vida entera bajo la rígida sombra de alguien que no tuvo miramientos en nombrar su heredero a quien prácticamente creció fuera de nuestras fronteras, y ni siquiera cuando este renegó de sus raíces fue capaz de dejarlo ir —continuó con una creciente ira bullendo en él—… Yo tendría que haber sido el heredero. Yo que soy su primogénito. ¡Debí ser yo!
Ahí estaba, lo había dicho. Demian sintió que su estómago se anudaba más al escucharlo de su propia boca. Dreyson era su hermano.
—…Nunca quise serlo. Tampoco pedí ser lo que soy —respondió él finalmente, su garganta igual de tensa que el resto de su cuerpo—. Si tanto quieres ser el “heredero”, adelante. Quédate con el título que quieras, no me interesa. Pero que sepas que yo lucharé contra todo el que represente una amenaza para los que quiero.
—¿Amenaza? ¿Y qué crees que eres tú? —replicó Dreyson con una sonrisa sardónica—. Tal vez no ahora, pero tarde o temprano terminarás siéndolo.
—No lo escuches —intervino Marianne, manteniéndose al frente de Loui para protegerlo—. Recuerda que tú decides qué hacer con tus poderes, estos no te definen a ti.
Demian volteó hacia ella, como si apenas recordara su presencia. Dreyson decía que aquello no se trataba de él, pero en realidad sí lo era. Él ambicionaba lo que creía corresponderle por derecho de nacimiento, y en su creciente rencor hacia el hermano que se lo había arrebatado, había decidido seguir sus pasos, no solo para destruirlo lentamente, sino con la intención de apropiarse de todo aquello que consideraba importante para él. Quería su vida, ahora le quedaba claro.
—Somos lo que somos y nada puede cambiarlo —la contradijo Dreyson—. Dale un tiempo y ni siquiera el tenerte lo satisfará. Los demonios somos así de caprichosos.
—Te dije que te marcharas. ¡Vete!
Marianne dio un respingo ante el tono autoritario de Demian. Apretó los dientes como solía hacer cuando buscaba una réplica, pero en esta ocasión se contuvo y tiró de Loui en dirección a la puerta. Sin embargo, no llegaron muy lejos; a la mitad de su trayecto el niño cayó al piso, empujado por una fuerza invisible, y antes de que ella pudiera hacer algo, ya tenía a Dreyson en frente.
—Tú, sin embargo, no tienes que preocuparte. Tengo planes para ti —aseguró con una sonrisa que acentuaba todavía más el resplandor dorado de sus ojos.
No debieron pasar ni un par de segundos cuando Marianne sintió otra ráfaga que la obligó a retraerse, y en un parpadear, Dreyson ya no estaba ahí frente a ella sino estampado contra la pared con Demian sujetándolo por la espalda.
—¡¿Qué esperas?! ¡Vete de una vez! —gritó él, tratando de contener a Dreyson y aunque ella vaciló, regresó por su hermano y lo ayudó a levantarse.
—¡Addalynn está en los vestidores! ¡Tienes que sacarla de ahí! —le informó ella antes de continuar hacia la puerta, pero apenas puso la mano en esta, comenzó a sacudirse entre fuertes golpes, por lo que volvió a apartarse. Escuchó gritos amortiguados al exterior, voces que le sonaban familiares, y súbitamente una flama se filtró por los resquicios obligándola a retroceder. La puerta fue empujada hasta abrirse lo suficiente para ver dos figuras introduciéndose con rapidez, volviendo a cerrarla antes de que una turba entera se les fuera encima. Mientras ambas resollaban exhaustas, Marianne las contempló sorprendida—… ¿Qué hacen aquí?
—Samuel nos envió a ayudarte, ¿así es como nos recibes? —Lilith jadeó con la espalda pegada a la puerta como si solo así pudiera mantenerla bloqueada.
—La escuela está rodeada. Están por todas partes, como una plaga. Tuvimos que abrirnos paso a la fuerza —dijo Angie que, a pesar de tener la armadura, tenía trazas de sangre y arañazos en brazos y manos.
—Es Dreyson. Todo este tiempo fue él —intentó explicar Marianne antes de que el tiempo se le agotara, pero las dos ya tenían la atención puesta en los dos chicos que forcejeaban contra la pared.
—No me importa si somos hermanos o si ahora estás fuera de la Legión de la oscuridad por tu cuenta. Si amenazas con destruir la paz que he conseguido o a las personas que quiero, no seré indulgente —masculló Demian con un brazo reteniéndole la espalda mientras el otro le torcía las muñecas por detrás.
—¿Paz? —resopló Dreyson entre risas, mirándolo sobre su hombro a pesar de tener la cara aplastada contra la pared—. Nunca habrá paz mientras nosotros existamos. Somos una raza maldita, por si no te has dado cuenta.
Bajo el brazo con que lo apresaba, Demian sintió una presión y un crujir como de huesos reacomodándose. Bajó la vista y notó la mancha oscura sobre su columna que le había hecho sospechar la primera vez. Seguía ahí, solo que ahora iba extendiéndose a lo largo de sus vértebras, realzándolas en su avance, como la columna de un dragón. Desconcertado, Demian se apartó y retrocedió sin despegar la vista de aquella voraz mancha negra subiendo inexorablemente por su espalda.
—Creías que esta mancha oscura me señalaba como uno más de los “marcados”… pero no te has detenido a pensar que hasta ahora no has visto mi verdadera forma.
Dreyson se encorvó, apoyando las manos a la pared, su espalda arqueándose con cada centímetro de columna que era engullida por la mancha, transformando su espina dorsal y a su vez ramificándose a través de su espalda como si miles de venas oscuras echaran raíces. El crujir de sus huesos era capaz de estremecerlos como si lo sufrieran ellos mismos en carne propia.
La mancha oscura había terminado su recorrido hasta la cima de la columna de Dreyson y ahora empujaba sus omóplatos, intentando traspasar su piel. Este se apartó de la pared y se encorvó hacia adelante, sus músculos tensos hasta que el crujido acabó convirtiéndose en un desgarro. Sangre, piel y tejidos brotaron de su espalda junto con filamentos negros como tentáculos. La sangre cambió de roja a negra, y de su espalda salieron expulsados un par de apéndices, como si fueran una prolongación de la misma mancha, los filamentos cubriendo su cuerpo. Los apéndices no tardaron en detener su crecimiento y envolver a Dreyson en una especie de capullo.
Para cuando él finalmente se enderezó, los apéndices que lo envolvían se extendieron en toda su amplitud, revelando un par de enormes alas negras, mientras los filamentos que lo habían cubierto por completo se habían entretejido para formar una armadura muy similar a la de Demian. Su piel también había palidecido, siendo sus intensos ojos ámbar el único toque de color restante en él. Resultaba tan parecido a Demian que era imposible negar su parentesco.

—Y por cierto… son hermanos —murmuró Marianne, obligándose a salir de su impresión para informar de aquel pequeño detalle a unas boquiabiertas Lilith y Angie.
