22. EL DEMONIO DE OJOS ÁMBAR
—Respira hondo —dijo Marianne mientras Mitchell seguía indicaciones, conteniendo la respiración hasta llenar sus pulmones, y en cuanto ella introdujo una de las esferas en su pecho, volvió a soltarlo en una sola exhalación.
—Qué raro, no me sentía diferente sin el don, pero ahora que lo tengo de vuelta puedo sentir unas ligeras cosquillas en la piel —comentó Mitchell, moviendo los dedos frente a sus ojos y palpándose la cara.
Frank ya había recibido su don de vuelta de igual forma y aún continuaban en aquel páramo yermo al que Addalynn los había traído. Esta se había sentado en una roca a masajearse las sienes, mientras Vicky permanecía de pie sin moverse, mirando el horizonte.
Samael observaba el lugar en plan analítico, examinando la tierra y mirando luego a la distancia hacia donde se alcanzaban a distinguir copas de árboles intactos.
—¿Sabes dónde estamos? —preguntó Marianne.
—¿No lo reconoces? Es el lugar donde estuvimos entrenando por algún tiempo —respondió Samael, acuclillado mientras removía la tierra, tomando un puñado de ella.
—¿Qué? Pero… ¿qué fue lo que ocurrió aquí? —dijo ella, abriendo más los ojos y mirando a su alrededor desconcertada—… Es como si hubiera caído una bomba contenida en una enorme cúpula.
—Creo que este lugar fue arrasado por una fuerza oscura: la de Demian —respondió él poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo de las manos.
—¿Cómo puedes estar seguro de ello?
—Quedan rastros de su energía por todo el lugar, y no porque recientemente haya estado aquí. Es muy posible que haya convertido este en su refugio para descargarse, lejos de cualquier lugar habitado donde podría haber hecho daño a inocentes.
Marianne no supo qué decir sobre ello, tan solo contempló la desolación del lugar tratando de imaginárselo como había sido antes y en qué dirección se hallaba el campamento. Se preguntó cuántas veces habría ido Demian a aquel lugar en algún momento de desesperación, cuando sentía que le era imposible controlar sus instintos y darle rienda suelta a su destructivo poder.
—¿…Podríamos irnos? —dijo de pronto Vicky, lo primero que había dicho en varios minutos—. Debo… debo volver a casa. Mi hermano podría preocuparse si tardo demasiado.
Todos la miraron como si hubiera perdido la cabeza. Demian se había marchado junto con el demonio de humo y ella solo podía pensar en volver a casa para “no preocuparlo”. ¿Su negación era tanta que le impedía reconocer a su hermano en la piel del demonio?
—…Tiene razón, será mejor que nos marchemos —intervino Samael—. Ya no tenemos nada qué hacer aquí.
Nadie dijo nada, se limitaron a reunirse en torno a él, y aunque Addalynn parecía aún un poco mareada, se incorporó y se mantuvo cerca de Vicky en todo momento. Marianne se debatía entre hablar con ella o no, pero no tenía idea de cómo hacerlo.
Samael y ella se aseguraron de que ambas llegaran a salvo a casa, y con un escueto “gracias”, Vicky subió rápidamente las escaleras, como si tuviera prisa por llegar a su habitación.
—¿Estará bien? —preguntó Marianne.
—Lo debe estar asimilando. Denle tiempo —respondió Addalynn.
—¿Aún te duele la cabeza?
—Solo una migraña —finalizó Addalynn, subiendo también. Samael la observó con atención, algo le parecía distinto en ella, pero no podía estar seguro de qué era.
—No sabía que los ángeles pudieran tener migraña —comentó Marianne.
—Si me golpeas, sentiré dolor. También suelo debilitarme cuando he agotado mis reservas de energía.
—Sí, pero ¿en qué momento usó ella la suya?
Buena pregunta, pensó Samael. Echó de nuevo un vistazo hacia la chica mientras subía las escaleras, aferrada del barandal, y solo por curiosidad intentó escuchar sus pensamientos por un instante.
“Vuelve. Tienes que volver”
No hubo alarma de intrusión esta vez, pero aun así no quiso arriesgarse a que se diera cuenta de que la estaba escuchando y decidió dejarlo así.
—Vamos —tomó a Marianne de la mano y desaparecieron de ahí.
Vicky se quedó varios minutos sentada en su cama, con la vista clavada en las sábanas como si su cerebro se hubiera simplemente apagado. Luego de un rato levantó la vista y miró a su alrededor, de la forma en que lo haría alguien que no reconoce el lugar en el que se encuentra. De pronto se puso de pie y se dirigió hacia la habitación de su hermano, se detuvo ante la puerta y tocó.
—¿…Demian? ¿Estás ahí? —No hubo respuesta. Permaneció ahí de pie con aquella expresión azorada y a continuación volvió a golpear—. ¡Voy a entrar, ¿oíste?!
Abrió la puerta y miró al interior, la habitación lucía ordenada y el salvapantallas mostraba una imagen genérica saltando de un lado a otro… pero no había rastro de Demian. Es decir, claro que lo había; aún seguía ahí su vitrina de trofeos, libros en su escritorio, su bolsa deportiva asomando tras la puerta entreabierta del clóset. Todas sus pertenencias excepto él.
Entró a la habitación sin pensarlo y comenzó a recorrerla toda, revisando entre sus cosas, sus libros, desesperadamente buscando algo, aunque en ese momento no supiera explicarse qué. Después de un rato acabó sentándose exhausta frente a su escritorio y se quedó observando el salvapantallas como hipnotizada por éste.
Demian se enfadará si me ve revisando sus cosas, pensó. Pero él no estaba ahí. ¿Dónde? ¿Dónde se había metido? Bajó la vista hacia el teclado y el ratón, y empujada por un nuevo impulso, su mano se aferró a este último y miró hacia la pantalla esperando que se aclarara y mostrara el menú de inicio. A continuación, abrió el motor de búsqueda y comenzó a revisar el historial. Las últimas páginas visitadas eran todas sobre representaciones de la muerte en distintas culturas, pero llamó su atención que en una de sus búsquedas había utilizado la palabra óbito que ya había escuchado mencionar de boca de Samael días antes. Aún se preguntaba por qué podría estar él buscando información de ese tipo cuando se topó con otra búsqueda que databa de más tiempo: “demonios”. Sintió un largo dedo frío recorriendo su columna.
Al bajar el cursor, encontró aún más búsquedas bajo el mismo contexto. Demonios que podían pasar por humanos, posesiones, mujeres humanas con supuestos hijos demoníacos. No pudo continuar. Cerró la página y soltó el ratón como si le quemara muy a pesar de sus guantes y trató de refrenar la desolación que se posaba sobre sus hombros.
—Deberías descansar un poco. —Vicky alzó la vista y vio a Addalynn de pie en la puerta—. No deberías estar aquí. Solo te haces daño.
Vicky tan solo asintió vacilante, como si no estuviera realmente escuchando. Se levantó y fue con pasos indecisos hasta detenerse frente a ella y volver la vista hacia la habitación.
—No entiendo… No entiendo nada… ¿Cómo es que…?
—Olvida las preguntas por ahora —la interrumpió Addalynn, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. Has tenido suficiente por hoy. Lo que necesitas es reposar.
—¿Lo sabías? —preguntó Vicky con el rostro contraído, pero ella se negó a responder y volvió a señalarle con un gesto la puerta. Vicky finalmente regresó a su recámara sin que Addalynn la siguiera. Una vez ahí se desplomó en la cama, enterrando la cara en la almohada y metiendo las manos debajo. Así fue como sintió que había algo oculto ahí.
Levantó confundida la cabeza y sacó un sobre que llevaba únicamente su nombre… y la letra era de Demian.
“Vicky:
Sé que en este momento debes tener muchas preguntas y que posiblemente yo no esté ahí para responderlas. Aunque una carta sea quizá la forma más fácil de evadir la responsabilidad de hablarlo de frente, debo admitir que ni siquiera así me siento preparado.
No hay forma sencilla de decir esto. Desde hace un tiempo he estado luchando contra mis instintos y demonios internos. Y uso esa palabra no en el sentido figurado, pues eso es lo que soy realmente: un demonio.
Tienes prejuicios contra los demonios. Lo sé. Lo he visto y experimentado de primera mano. No te culpo por ello y no pretendo cambiarlo pues yo mismo he hecho cosas de las que no me enorgullezco y es probable que continúe si no hago el intento por eliminar el problema de raíz. Y si eso no funciona… digamos que he dejado dispuestas algunas medidas de seguridad en el caso de que mi plan se revierta contra mí.
Entiendo si me odias. Estás en todo tu derecho. Soy la razón por la que papá está muerto y jamás podré perdonarme por ello. Todo es tuyo: la casa, la empresa, todo lo que él dejó, siempre perteneció a ti en realidad. Yo no fui más que un huevo de serpiente en un nido de aves. Y antes que hacerte daño a ti, prefiero emigrar, encontrar respuestas sobre quién me colocó ahí y por qué. No te preocupes, estoy seguro de que tendrás ayuda y poco a poco irás entendiendo el funcionamiento de todo. No estás sola y eso me tranquiliza.
Sé que a partir de ahora no hay marcha atrás. Me he estado comportando esquivo y reservado contigo. Han sido días de decisiones por tomar y de meditación, días en que me cuestionaba una y otra vez los peligros a los que exponía a todos por el espejismo de una vida normal que nunca volveré a tener. Y ahora sabes la razón.
A pesar de todo, espero que no me guardes rencor por ocultarte la verdad. Eras lo único que me quedaba como conexión a mi antigua vida y quería aferrarme a ello, pero no quería lastimarte… y creo que eso es lo que terminé haciendo.
Lo siento. Por todo.
Demian.”
La mano con la que sostenía la carta cayó sin fuerza a su costado sobre el colchón. Su rostro permaneció pálido y desencajado hasta que finalmente las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas y en cuanto cayeron en el dorso de su mano ya no pudo pararlas; con un gimoteo se echó a llorar abiertamente, encogiendo las piernas y abrazándose a ellas con la certeza de que esta vez no habría nadie que la consolara.
…
Marianne salió de su habitación arrastrando su maleta y se detuvo a medio camino para asegurarse nuevamente de que todos los cierres estuvieran bien sellados.
—¿Ya están listos? Tu padre no tardará en venir por ustedes —avisó su madre desde la planta baja y ella se tomó su tiempo para responder con un breve y seco “Sí”.
Los acontecimientos del día anterior aún ocupaban su mente y no dejaba de preguntarse cuáles serían las consecuencias, qué ocurriría con Demian. Y con Vicky, pues ella se quedaría sola ahora que ellos viajarían a las interestatales.
—¿Todo bien? —preguntó Samael, cargando con la mochila de explorador que ya antes había llevado al campamento.
—No. Nada está bien y lo sabes —replicó Marianne, poniéndose nuevamente de pie con expresión frustrada—. No debió ocurrir lo de ayer, debimos preverlo. ¿Qué haremos ahora? ¿Significa que volverá a unirse a sus filas?
—Los dones están de vuelta con sus dueños, no pueden usarlos para controlarlo.
—Pero deben tener otra táctica en mente o de lo contrario no habrían estado buscándolo de nuevo. ¿Qué pasaría si le lavaran el cerebro y volvieran a ponerlo en nuestra contra? No creo poder aguantar otro enfrentamiento con él. No podría.
—Quizá tiene un plan; solo nos queda esperar que supiera lo que estaba haciendo. Si no fue así… ya pensaremos en alguna solución —respondió Samael y ella volvió a bufar, poniéndose en cuclillas y apretándose las manos contra el rostro para sofocar un gruñido. Luego se puso de pie nuevamente y trató de recuperar la compostura.
—No sé cómo podemos seguir en pie con lo del viaje. Ni siquiera sé si podré concentrarme en los juegos.
—Te preocupa mucho Demian, ¿no es así? —dijo Samael, observándola con atención, y ella se sonrojó.
—Pues… claro, es un amigo y lo mismo me preocuparía por ti o los demás —respondió ella, girando el rostro en todas direcciones, esperando deshacerse del calor que se acumulaba en sus mejillas, aunque eso no logró distraer a Samael. Cuando se trataba de Demian siempre captaba un estira y afloja emocional que ni ella misma parecía entender lo que significaba.
Escucharon unos pasos apresurados subir las escaleras y vieron la cabeza de Loui asomarse con cautela tras haber entregado las pruebas en video.
—…Ya llegó papá —avisó él y Marianne se enderezó, tratando de despojarse de cualquier respuesta emocional que pudiera mostrar en el rostro. Se dispusieron a bajar, pero ella se detuvo al pasar junto al niño.
—¿Te puedo pedir un favor? —Loui la miró, estrechando los ojos como si no esperara nada bueno—. Lleva a papá a ver a Vicky constantemente. Asegúrate de que esté bien y si es posible convénzanla de que se quede en mi habitación para que no esté sola en casa.
Loui no se esperaba aquella petición y tuvo que recordarse dar un asentimiento rápido ya que su voz no parecía responder.
Noah esperaba de pie en el vestíbulo mientras Enid iba de un lado a otro entre arreglándose y buscando la pareja del arete que se había puesto en una de las orejas.
—Te ves bien, Nide —dijo Noah y ella trató de actuar indiferente, pero a la vez pavoneándose delante de él.
—Gracias. Saldré en un rato —respondió ella, mirándose al espejo y como si nada verificando por el reflejo su reacción—… Con alguien.
—Espero que te diviertas —agregó él con aquella sonrisa amable y distante que únicamente conseguía sacarla de quicio.
—…No tienes ni qué decirlo —farfulló ella con los dientes apretados.
—Estamos listos —anunció Marianne, cargando con su maleta. Noah les sonrió y abrió la puerta, pero en la entrada había un hombre con la mano a punto de tocar.
—…Oh, disculpen. Espero no estar interrumpiendo nada.
El hombre en la puerta era el padre de Angie y ella estaba también de pie a un lado de él con expresión contrariada. Cuando su mirada se topó con la de Marianne, que parecía interrogarla con los ojos, ella se encogió de hombros con resignación.
—¡Gil! ¿Qué haces aquí? —exclamó Enid dando un respingo de sorpresa y casi resbalando en su prisa por llegar a la puerta—. Se supone que no nos veríamos hasta en… un par de horas. —Su actitud enseguida sufrió un cambio al tomar conciencia de la presencia de Noah y sus hijos. Los miró de hito en hito como si esperara alguna reacción de su parte, pero fuera del gesto de indignación contenida de Marianne, Noah únicamente observaba la escena como si estuviera estudiándola.
—Lamento aparecerme así sin avisar —respondió el hombre, abochornado por la situación—. Es solo que… como nuestras hijas viajarán a esos juegos, pensé que… quizá podríamos llevarlas al aeropuerto. Juntos.
Enid miró de reojo a Noah y se hizo un silencio que, aunque no duró más que unos segundos, se sintió tan pesado que Marianne casi deseó pedirle a Samael que la transportara directo al aeropuerto para no tener que pasar por aquel suplicio. Finalmente, Noah esbozó una sonrisa y le ofreció la mano al hombre.
—Gil, ¿cierto? Ya nos habíamos conocido antes. Justamente yo pensaba llevar a los chicos al aeropuerto; si te parece podría también llevar a Angie con mucho gusto, así podrán seguir adelante con sus planes —resolvió Noah con su mejor sonrisa diplomática. Marianne abrió la boca sin poder dar crédito y Enid lo miró con ojos desorbitados.
El hombre parecía incómodo, pero ante la propuesta de Noah, miró a Angie como pidiendo su opinión, y esta no pudo más que devolverle la mirada con expresión tan confundida como los demás.
—Si a ella le parece bien…
Angie se sintió presionada a tomar una decisión, y ya que todos la miraban, esperando una respuesta, terminó simplemente asintiendo.
—Bien, pongámonos en marcha entonces —dijo Noah dando una palmada y yendo hacia su coche—. Por cierto, Nide, si lo que estás buscando es un pendiente, creo que lo tienes en la mano izquierda.
Ella levantó la mano izquierda que había tenido recogida en un puño, y al abrirla vio que efectivamente ahí estaba el arete que había estado buscando.
—Suerte, querida. Pero no te sobre esfuerces —dijo el padre de Angie, dándole un abrazo para despedirla mientras colocaban las maletas en la cajuela. Ella intentó sonreír, aunque podía percibir el malhumor de Marianne al colocar las suyas a un lado y luego regresar corriendo a casa.
—Olvidé algo —se excusó ella, subiendo las escaleras y deteniéndose en frente de Loui—. ¿Aún te gustaría ser considerado “miembro honorario” de nuestro equipo? Esta es tu oportunidad. Usa tu habilidad súper especial de renacuajo espía y sigue a mamá cada que decida salir con su nuevo… amigo. Me reportas todo y trata de evitar cualquier instante que pueda propiciar un acercamiento peligroso entre ellos. ¿Entendido?
—Te llevo la delantera, he estado deslizando en su bolso un transmisor de mi kit de detectives cada vez que sale y escucho sus conversaciones con una radio de transistores que hallé en el ático en una de mis muchas incursiones cuando no están en casa —respondió Loui, levantando una ceja y una sonrisa de jactancia, y Marianne no supo si estar sorprendida o indignada ante su descaro. Estrechó los ojos y asintió, decidiendo dejarlo pasar por esa ocasión.
—…Bien. Pero aun así quiero esos reportes diarios. Y si te las arreglas para anexarte a ellos, podría incluso considerar que recibas una sesión de entrenamiento con Frank.
—¿En serio lo harías? —preguntó Loui, iluminando sus ojos ante la sola mención de un entrenamiento—. Él parece tan rudo e intimidante. Yo también quiero serlo.
—Una sola sesión con él y tendrás para todo un mes —aseguró ella, evitando agregar la parte en la que no sería capaz de moverse después.
—¡Trato hecho! —aceptó Loui de buena gana ante la perspectiva de un entrenamiento que pudiera enseñarle a defenderse.
El viaje al aeropuerto resultó de lo más silencioso e incómodo con Marianne en el asiento del frente mirando con fastidio por la ventana. Samael se contenía de hacer comentario alguno y Angie se sentía fuera de lugar tras su desafortunada decisión de regalarle a su padre tiempo extra junto a la madre de Marianne. Ocasionalmente escuchaban a Noah silbar una melodía para combatir aquel silencio, pero eso parecía enfadar más a Marianne.
Realmente se hallaba de un humor de perros; no podía creer que su propio padre hubiera facilitado aquella reunión entre su madre y ese hombre, y que estuviera tan campante, como si no le importara siquiera.
—…Lo siento —susurró Angie en cuanto llegaron al aeropuerto y esperaban fuera del auto.
—¿Por qué lo sientes?
—Por lo de… nuestros padres —contestó Angie sin atreverse a mirarla a los ojos.
—Tonterías. Tú no tienes la culpa.
—Pero… soy culpable de querer ver feliz a mi padre —agregó Angie con aquel gesto de saber que estaba poniendo el dedo en la llaga, y Marianne hizo una mueca, sintiéndose ahora una egoísta por no querer que su madre saliera con otro hombre.
—Creo que cada quien tiene diferentes formas de lidiar con sus padres —respondió ella mientras que Noah y Samael se acercaban con las maletas.
—Los acompaño —dijo Noah, apremiándolos con una sonrisa a que empezaran a caminar.
La sala de espera estaba repleta de muchachos y sus padres. Lilith y Lucianne ya se encontraban ahí, y a un lado de ellas estaba el oficial Perry, retomando su papel de “niñera de carácter policiaco” y dirigiéndole miradas recelosas a Frank, que también estaba rondando por ahí con nada más que una bolsa de mano a cuestas y manteniendo su distancia reglamentaria de Lucianne. Por otro lado, también estaba Kristania escuchando con fastidio los consejos y bendiciones de su madre mientras Mitchell se despegaba de ellas para buscar caras conocidas entre la multitud, y aunque le alegró ver a Belgina, la imponente presencia de su madre le impedía acercarse.
De entre toda esa gente, Marianne pudo ver la figura solitaria de Addalynn mirando por la ventana hacia la pista de aterrizaje. No se veía a Demian ni Vicky por ninguna parte.
Marianne dejó que su padre llevara las maletas con Lucianne y Lilith, y ella fue directo hacia Addalynn, seguida de cerca por Samael.
—¿Y Vicky? —preguntó Marianne, colocándose a su lado frente al enorme cristal.
—En casa. Ha estado encerrada en su habitación desde ayer. Llorando.
—¿Se ha dado cuenta que…?
—Creo que por fin lo ha entendido —respondió Addalynn sin despegar la vista de los aviones que iban despegando.
—¿No te preocupa que se quede sola toda una semana?
—Ya no es una niña, podrá arreglárselas.
Marianne pareció sorprendida ante la facilidad con que podía dejar sola a su protegida cuando ella prácticamente debía forzar a Samael a que no la siguiera todo el tiempo. Los ángeles guardianes eran en definitiva muy diferentes entre sí a pesar de su origen similar.
—Y… ¿ha habido alguna noticia de Demian? —se decidió a preguntar y Addalynn por fin la miró de una forma que la hizo sentir como si hubiera sido una pregunta estúpida.
—¿Tú qué crees? —replicó con un tono malhumorado.
Marianne se mordió la lengua para no responderle de mala forma. Aunque fuera un ángel, definitivamente carecía de la delicadeza de Samael.
—¿Nos vamos a subir a una de esas cosas? —preguntó Samael, señalando por la ventana hacia uno de los aviones que empezaba a despegar. Volvía a tener aquella expresión de asombro e ingenuidad que adquiría al principio, cuando recién había tomado forma humana y todo era algo nuevo y maravilloso para él.
—Se llaman aviones y sí, volaremos en uno de esos en… —consultó su reloj antes de continuar—… menos de una hora.
—¿Volaremos? ¡Increíble! —dijo Samael, abriendo más los ojos con gesto maravillado, dándole un aire infantil. Por el rabillo del ojo, Marianne vio a Addalynn poner los ojos en blanco con fastidio. Definitivamente dos caras de la misma moneda.
Uno de los profesores a cargo convocó a los estudiantes con un megáfono para que se reunieran todos y comenzaran el pase de lista y posterior abordaje, por lo que los padres empezaron a despedirse.
—Creo que esa es mi señal para retirarme —dijo Noah—. Les deseo suerte a todos. Aunque no creo que la necesiten. —Posó la mano sobre la cabeza de Marianne para revolver su cabello y ella se crispó como cada que lo hacía.
El pase de lista dio inicio y mientras se escuchaban algunos “Presente” o “Aquí” e incluso se veían manos alzadas, Marianne volvió a echar un vistazo alrededor, esperando ver a Demian llegar en cualquier momento, pero al único que vio llegar rayando la hora límite fue a Dreyson acompañado de su madre. Esta iba cargada de ropa y ahora además tenía unos lentes oscuros que estaban completamente fuera de lugar.
Dreyson intentó seguir de largo para unirse a los demás, pero su madre lo detuvo para darle un abrazo por más que él permanecía rígido, como si no estuviera acostumbrado a las muestras de cariño. Ella se despidió con una caricia en el rostro que él no parecía corresponder, y en cuanto ella se dio la vuelta para marcharse, Marianne creyó ver por una especie de mancha sombreada surcando uno de sus ojos bajo los lentes. Como un… golpe.
—¿Alguno de ustedes tendrá la maleta lo suficientemente grande para que yo quepa? —Los chicos giraron las cabezas viendo que Mitchell se había colado hasta colocarse justo detrás de ellos—. Quizá si uso mi capa neutra no seré detectado por los rayos x.
—¿Qué rayos haces aquí? Ya deberías haberte ido —dijo Frank.
—Solo quise acompañarlos un rato más para lamentar amargamente el no haberme unido a ningún club, pensando que sería una pérdida de tiempo, y ahora debo quedarme en la escuela a aburrirme mientras ustedes se van a la playa a divertirse por una semana —replicó Mitchell, dando un largo suspiro de resignación—. En serio, si alguien me hace espacio en su maleta prometo no hacer ruido y comportarme, lo único que pido es cama, comida y productos para el cabello.
Frank soltó una carcajada y le pasó el brazo por encima con camaradería.
—Mi querido y atolondrado primo, yo te lo advertí cuando aún tenías oportunidad, pero no quisiste escucharme así que tú te lo pierdes, por ser tremendo holgazán. El lunes cuando estés en clase con el trasero adormecido, recuerda que yo probablemente esté acostado en un camastro tomando el sol con una cerveza a mi lado y viendo a las chicas jugando en la playa —dijo Frank, estrujándolo y agregando algo al oído—. ¿Quién sabe? Quizá hasta en una de esas salga Belgina en bikini y tú no estarás ahí para presenciarlo, ¡qué mala suerte! Pero tranquilo, prometo tomar nota de cada detalle y escribiré un resumen todas las noches que, por supuesto, NO pienso enviarte, pero quiero que te quedes con esa imagen en la cabeza antes de que te saquen de aquí escoltado por los guardias. Ya sabes, porque te aprecio. —Mitchell le dedicó una mirada de encono.
—N-No, yo no… no usaría… —balbuceó Belgina, desconcertada y enrojeciendo.
—¿No usarías qué, Belgina? —preguntó Lilith ya que no habían alcanzado a escuchar lo último que Frank le había susurrado a Mitchell, pero Belgina se negó a repetirlo con un sacudir de cabeza y enterrando el rostro en su bufanda para ocultar su rojez.
—Ups, parece que tu novia ahora tiene un oído sónico, tendrás que empezar a cuidar tu bocaza de ahora en adelante —dijo Frank, dándole unas palmadas a Mitchell en la espalda como si él hubiera hecho el comentario.
—¿Pudiste escuchar desde esa distancia? —preguntó Samael y aunque ella se mostró cohibida, acabó por asentir—. Interesante.
—¿Interesante en qué sentido? —preguntó Marianne.
—Está empezando a desarrollar un sentido más que los otros, quizá sea una forma de compensación por su limitada vista —explicó Samael—. Eventualmente sus cuerpos se encargarán de resolver defectos de nacimiento. Llevan apenas unos meses de adaptación, aún no alcanzan su potencial completo. Durante el proceso posiblemente desarrollen habilidades que no poseían; no deben entrar en pánico, recuerden que ustedes mismos pueden aprender a controlar su alcance y que yo también estoy aquí para ayudarlos.
Mitchell reprimió una mueca al pensar en su reciente habilidad de la que nadie más que Frank tenía conocimiento hasta ahora.
—Demian Donovan —llamó uno de los profesores y todos se quedaron callados mirándose unos a otros—. ¿Alguien ha visto a Demian Donovan? —Como nadie respondía, el entrenador marcó algo en su hoja—. Esperemos que solo se haya retrasado.
Continuó pasando lista mientras los chicos permanecieron en silencio, conscientes de que aquello no era un simple retraso y todo parecía indicar que ni siquiera se presentaría. Tras terminar el pase de lista, los mentores se reunieron para discutir algo y los murmullos en la sala volvieron a crecer.
—¿Ahora qué? ¿Cuándo vamos a abordar? —preguntó Frank con impaciencia.
—Algunos chicos no han llegado —dijo Belgina con expresión atenta y el rostro ladeado de modo que su oreja quedara más expuesta—. Están decidiendo si esperarlos o hacernos abordar el avión.
—Wow, ¿en serio puedes escucharlos hasta aquí? Es como si hubieras despertado con un oído biónico —comentó Lilith tan sorprendida como los demás y Belgina volvió a enterrar el rostro en su bufanda, avergonzada de su nueva habilidad.
—¿Y qué pasa si alguno de los seleccionados no se presenta? —preguntó Mitchell.
—Uno de los entrenadores a cargo tendría que quedarse atrás y perder el vuelo para averiguar qué ha pasado y en el peor de los casos convocar a un reemplazo del mismo club —respondió Belgina, sintiéndose más cómoda cuando se trataba de explicar alguna regla de la escuela—. Normalmente el siguiente en el ranking. Y dependiendo de la razón por la que el estudiante original no haya podido asistir, se le aplicaría una sanción curricular.
Fueron convocados a continuación para empezar a abordar el avión. Ellos se quedaron hasta el final de la fila y Marianne miraba continuamente hacia atrás, como si esperara ver a Demian aparecer en el último minuto, pero cuando llegó su turno, la puerta de la sala seguía tan cerrada como al principio. Convenciéndose de que era inútil pensar que de alguna u otra forma él llegaría, atravesó la puerta de abordaje, y tras unos pasos escuchó un alboroto detrás que atrajo la atención de los demás. Rápidamente volteó a la expectativa, pero lo único que vio fue a Mitchell siendo detenido por autoridades del aeropuerto al intentar pasar, mientras sus brazos eran retorcidos a su espalda.
—¡Solo quería despedirme de mis amigos! ¿No puedo ni hacer eso? ¡Hey, chicos, aquí! ¡Díganles que no intentaba colarme! —les gritó Mitchell, pero ellos se limitaron a menear las cabezas con desaprobación y continuar su camino, aunque Belgina se retrasó indecisa, por más que las chicas la arrastraban con ellas. Frank se dio la vuelta para dedicarle a Mitchell un gesto de despedida con la mano que se transformó en un gesto obsceno mientras sonreía burlón, avanzando de espaldas.
Dentro del avión se habían dispuesto varias filas de asientos para los equipos grandes mientras que los representantes individuales podían prácticamente sentarse donde quisieran.
En la parte trasera había un banderín que señalaba al equipo de básquetbol y la mayoría de los chicos ya se encontraba ahí mientras que el equipo femenil ocupaba los asientos delante de ellos. Marianne, Lucianne y Lilith tomaron la fila desocupada mientras Frank se introducía en la fila de atrás a pesar de las quejas de Kristania y otra chica, que ya estaban ahí sentadas.
—Espero que haya servicio porque me vendría bien una bebida justo ahora —dijo Frank con tono casual tras robar el asiento y apoyarse en el de adelante, dirigiéndole una sonrisa juguetona a Lucianne al bajar la mirada hacia ella.
Marianne puso los ojos en blanco y prefirió echar un vistazo al resto del avión para localizar al resto de la “pandilla”. Belgina estaba con el equipo de gimnasia, Angie con el equipo de atletismo y más adelante estaban Samael y Addalynn con los de natación y clavados. El avión estaba prácticamente lleno y no tardarían en despegar, pero no dejaba de mirar al frente, hasta que al escuchar el sonido de la compuerta cerrándose, inclinó la espalda hacia atrás con resignación y miró por la ventanilla.
Pasados apenas unos minutos sintió unos golpecitos en el hombro. Volteó hacia Lucianne y ella le señaló con la mirada hacia un lado. Addalynn estaba de pie junto a su hilera de asientos en postura impaciente.
—Quiero cambiar de asiento —expresó ella con firmeza y Marianne alzó una ceja.
—¿Por qué? Pensé que Samuel se sentaba a tu lado.
—El vuelo empieza a ponerlo nervioso y de paso me está poniendo nerviosa a mí. No estoy de humor para lidiar con un ataque de ansiedad, así que o alguien cambia de asiento conmigo o no respondo por lo que pueda hacer durante el vuelo —replicó Addalynn gélidamente. Marianne dio un bufido, sabiendo que aquello era una forma de decir “ocúpate de tu ángel, es tu responsabilidad”, lo que le hizo darse cuenta de que de nuevo pensaba en él como si fuera una mascota.
No podía dejar a Samael en manos de nadie más si empezaba a sufrir un ataque de pánico durante su primer vuelo, así que terminó cediendo el asiento. Cuando ocupó el lugar de Addalynn, Samael se removía inquieto en su asiento y su expresión estaba demudada.
—¿No crees que es algo irónico que le temas a volar?
—Escuché comentarios de algunos chicos —dijo Samael con mirada preocupada—, sobre accidentes aéreos y las probabilidades de que el avión se caiga o explote en pleno vuelo. —El brillo natural de su piel acentuaba la palidez y alarma de su rostro—. ¿Y si ocurre algo y no puedo hacer nada para salvarlos? ¿Qué clase de ángel sería si fallara en salvarlos en el aire?
Marianne se colocó el índice sobre los labios para pedirle silencio y dio un rápido vistazo alrededor para verificar que nadie más lo hubiera escuchado, pero los demás estaban tan ocupados con su cháchara que apenas les prestaban atención. Dio un suspiro y se acomodó en el asiento medio. Samael estaba junto a la ventanilla.
—Entiendo tu preocupación, pero si todos pensáramos así, nadie volaría nunca. Algunos riesgos hay que correrlos —respondió Marianne para tranquilizarlo—. Además, estadísticamente hablando, ocurren más accidentes en carretera que en el aire. Todo estará bien.
Samael no respondió, pero miró por la ventanilla sin mucho convencimiento, como si estuviera intentando detectar algún fallo de los motores solo con la mirada. Marianne suspiró y consideró dormir durante el vuelo cuando se escuchó nuevamente el ruido de la compuerta al abrirse. Decenas de ojos se posaron en el pasillo con curiosidad y Marianne casi sintió en las orejas sus palpitaciones que se iban acelerando. Habían vuelto a conectar el puente con la sala de abordaje y todos esperaban a que alguien se les uniera en los siguientes segundos. Se escucharon voces que debían ser de la tripulación, y a continuación vieron entrar a un chico del equipo de béisbol. Detrás de él no entró nadie más.
Marianne volvió a apoyar la espalda en su respaldo, decidiendo que había tenido suficiente. No volvería a abrigar esperanzas de ninguna índole. Samael se removió en su asiento y ella pensó en sugerirle que se tomara una pastilla o algo cuando notó su mirada recelosa hacia el frente. Ella siguió la dirección de esta y le pareció que por un instante dejó de respirar al ver entrar por el pasillo a Demian, que miraba a su alrededor y se detenía apenas una fracción de segundo en los rostros familiares, manteniendo una expresión inescrutable, y a continuación se encaminaba hacia los asientos del fondo.
Los chicos siguieron su trayectoria con la mirada, atentos a su forma de actuar, a cualquier actitud que denotara lo ocurrido durante las últimas horas de su ausencia, pero él permanecía impasible. Tomó asiento casi hasta el fondo y mantuvo la espalda recta contra su respaldo, fijando la vista en la ventanilla más próxima, evitando así que sus ojos se encontraran con los demás… Como si tuviera algo que ocultar.
—…Volvió —murmuró Marianne, recordándose en exhalar el aire que había estado conteniendo—. Eso… es algo bueno, ¿cierto?
—No sé —respondió Samael sin dejar de observarlo con cautela y recelo—. Hay algo extraño en él, aunque no podría decir con exactitud qué.
—¿Crees que haya renovado su vínculo con la Legión de la Oscuridad?
—No sabría decirte. Solo sé que hay algo diferente en él —respondió Samael, entornando los ojos y volviendo a sentarse—. Lo sabremos hasta salir de aquí.
Marianne volvió a echar un vistazo hacia atrás, esperando que Demian al menos mirara de reojo, pero su vista se mantuvo fija en la ventanilla. Parecía estarse conteniendo… ¿pero conteniendo de qué?
De los altavoces llegó el aviso de que pronto despegarían y todos debían colocarse los cinturones de seguridad. Marianne trató de tranquilizarse y dejar de pensar un rato en el extraño comportamiento de Demian. Se acomodó en el asiento y vio que Samael ya se había puesto rígido de nuevo ante el anuncio.
—Todo irá bien. Relájate —aseguró Marianne, ayudándole a abrocharse el cinturón. En cuestión de minutos el avión empezó a moverse y Samael se mantuvo quieto, intentando seguir los consejos de Marianne, pero en cuanto este comenzó a inclinarse hacia arriba, sus dedos se clavaron en los apoyabrazos—. ¿Estás bien?
—¿Qué está pasando? ¡¿Estamos cayendo?! —preguntó Samael inmovilizado.
—No, estamos despegando. La presurización es algo normal, tómalo con calma —replicó Marianne, tratando de sonar lo más tranquilizadora posible, pero la reacción de pánico de Samael ya estaba llamando la atención de varios chicos alrededor, que volteaban con curiosidad, sonriendo algunos con sorna.
—¡…Estamos volando! ¡Estamos volando! —exclamó Samael, asomándose por la ventanilla y viendo que el suelo se estaba alejando. No se hicieron esperar algunas risas que detonaron la furia de Marianne.
—¡Es primera vez que se sube a un avión, ¿de acuerdo?! ¡Ocúpense de sus asuntos! —gritó ella, tirando del brazo de Samael para forzarlo a sentarse derecho.
—Seguimos subiendo —dijo él con el rostro tan blanco como papel.
—Lo sé. Se supone que subamos para que el avión pueda sostenerse en el aire —masculló ella entre dientes, ajustando más su cinturón de seguridad como si fuera un niño a quien tuviera que mantener a raya—. Ahora quédate quieto y compórtate durante el vuelo.
—Oye, “mamá” —dijo de pronto una de las chicas de la fila del frente, apoyando los brazos sobre el respaldo con una sonrisa divertida; representaba al equipo en clavados individuales y a su lado había otras dos chicas de nado sincronizado, igual arrodilladas sobre sus asientos—. A mí no me molestaría cuidar de él durante el vuelo. ¿Quieres cambiar de asiento?
Las otras dos chicas la secundaron con enormes sonrisas y asentimientos de cabeza sincronizados como si la práctica de su disciplina ya les saliera de manera natural. Marianne les dedicó sendas miradas de desaprobación y en vez de responder, apoyó las manos en los respaldos y los sacudió para quitárselas de encima. Las tres chicas protestaron y optaron por volver a sentarse derechas en cuanto uno de los entrenadores se apersonó de ese lado del avión para poner orden.
Para cuando el avión se estabilizó y la calma regresó de ese lado, Samael fue normalizando su respiración poco a poco y sus extremidades fueron distendiéndose.
—¿Ya mejor? —preguntó Marianne en la voz más baja que le fue posible.
—¿Así es siempre? ¿Todo el tiempo vuelan en estas cosas? —La expresión de Samael, aunque menos alterada, no dejaba de mostrarse cauta y parecía listo para saltar a la menor turbulencia.
—Pues no es que lo hagamos todo el tiempo, a menos que seas millonario y tengas que viajar constantemente —replicó Marianne con un encogimiento de hombros y Samael dio un suspiro y apoyó la cabeza en su respaldo, cerrando los ojos.
—En ese caso prefiero nunca ser millonario.
Marianne ahogó una risa y en eso escuchó su celular. Había recibido un mensaje. Con toda calma lo sacó de su mochila mientras recibía miradas de desaprobación de las chicas del frente a lo que ella respondió enseñando los dientes como si fuera a gruñir. Al leer el mensaje, su rostro se contrajo con azoro al pensar en las implicaciones de aquel escueto mensaje: “Desapareció”.
—¿Qué ocurre? —preguntó Samael, congelado en su posición como si se hubiera fusionado con su asiento.
Marianne se desabrochó el cinturón de seguridad y rápidamente se colocó de rodillas sobre su asiento para mirar hacia el fondo del avión. Demian no estaba en su asiento. Pasó la mirada hacia sus amigas y ellas menearon la cabeza; no tenían idea de dónde se había metido.
Bip. Otro mensaje: “Volteamos y él ya no estaba”.
—Los celulares deben estar apagados durante el vuelo —dijo una de las chicas del frente, asomándose por encima de su respaldo—… ¿No ves que sus ondas magnéticas podrían interferir con el mecanismo del avión… y hacer que se caiga?
Samael abrió los ojos como dos pelotas de golf y volvió a palidecer ante aquellas palabras, pero Marianne las rechazó con un bufido. Dio la casualidad que entonces el avión comenzó a temblar a causa de una turbulencia, y la mano de Samael enseguida apresó la muñeca de Marianne como si fuera una garra mecánica.
—…Apágalo. ¡Apágalo! —pidió él, presa del pánico. A continuación, se desabrochó también el cinturón de seguridad y se subió sobre su asiento—. ¡Apaguen todos sus celulares o vamos a morir!
Las risas no se hicieron esperar, atrayendo inevitablemente la atención de los entrenadores, que enviaron de nuevo a otro par para imponer el orden. En medio de todo aquel jaleo, Marianne vio de repente al fondo que Demian salía del baño. Tenía el cabello mojado y el rostro también, como si hubiera intentado aplacar sus ansias con agua. ¿Pero ansias de qué? ¿De destrucción? ¿Podría haber sido él quien causó aquella turbulencia?
Haciendo caso omiso del escándalo y los demás, él volvió a tomar asiento y a mirar por la ventanilla. Marianne siguió intrigada, pero al menos no había simplemente desaparecido de nuevo sin dejar rastro. Se sentó y tiró de Samael para que dejara de alborotar a las masas con sus advertencias de inminente catástrofe fatal si alguien dejaba un solo celular encendido. A pesar de que los entrenadores habían conseguido apaciguar a la mayoría de los chicos, Samael aún se veía bastante nervioso y constantemente observaba por la ventanilla con un dejo paranoico.
—¿Qué es eso? ¿Está saliendo humo de esa turbina? —preguntó Samael, pegando el índice en el cristal para señalar una de las alas—… ¡Dios mío, explotaremos!
—¡Claro que no, es sólo una nube! ¡Tranquilízate! —replicó Marianne, perdiendo la paciencia, pero ya que era imposible sacar a Samael de aquel estado de pánico, su única solución fue levantarse de su asiento y dirigirse a las filas cruzando el pasillo—… Angie, necesito tu ayuda.
Angie la miró con expresión de cervatillo encandilado y pasó la mirada hacia Samael, que mantenía la frente pegada a la ventanilla con ojos muy abiertos y alertas. Angie terminó asintiendo e intercambiaron lugares.
—…Hola. ¿Te sientes bien? —dijo Angie para llamar su atención.
—Esa grieta en el ala. Estoy seguro de que no estaba antes —dijo Samael sin despegarse de la ventanilla, señalando hacia un punto indistinguible. Angie jugueteó con sus manos por un momento antes de atreverse por fin a sujetar la de Samael.
—…Creo que ya te has preocupado lo suficiente —dijo Angie y Samael volteó de golpe con expresión alarmada, haciéndola titubear por un instante, pero sin soltarlo—… Mejor disfruta el resto del viaje.
El rostro de Samael comenzó a suavizarse y su cuerpo a relajarse, como si el contacto de su mano fuera una especie de anestésico. Poco a poco volvió a acomodarse en su asiento con gesto relajado.
—…Gracias. Lo necesitaba —dijo Samael con un suspiro, y Angie luchó por no suspirar ella misma y dar pie a toda clase de pensamientos que en su mente serían inofensivos, pero sosteniendo la mano de quien los provocaba, no tanto… y menos cuando este la apretaba—. Por favor, no me sueltes durante el resto del viaje. Se siente bien así.
Decir que el rostro sonrojado de Angie rivalizó con el tono de su propio cabello en ese momento sería una obviedad. Permaneció inmóvil en la misma posición, temiendo que el menor movimiento pudiera romper con aquella conexión, y a pesar de la incomodidad, por dentro estaba exultante. Por el rabillo del ojo distinguió a Marianne desde su asiento, pendiente de los resultados, y tras hacer extrañas contorsiones con su brazo libre, finalmente logró hacerle una seña con el pulgar arriba para indicar que todo estaba bien, con todo y su incómoda postura. En realidad, no le importaba pasar la siguiente hora sentada de costado o si el brazo se le entumecía mientras pudiera continuar junto a él, sosteniéndole la mano y observando su semblante sereno. Se sentía tan a gusto que incluso se sobresaltó cuando él abrió los ojos y giró el rostro hacia ella.
—¿Es normal sentir palpitaciones tan fuertes en los oídos? —preguntó él y ella sólo balbuceó sin saber qué responder.
Samael sonrió y volvió a cerrar los ojos regresando a su posición original. Angie se preguntó si estaba transmitiéndole lo que sentía por más que intentaba limitar sus emociones en ese momento. Ella también sentía palpitaciones en los oídos, ¿qué más podría hacerle sentir si continuaba sosteniendo su mano por más tiempo? Era consciente de lo incorrecto que era aquello, una manipulación, pero mentiría si dijera que la idea de que eventualmente desarrollara sentimientos hacia ella o mínimo despertar su interés no le emocionara. Si lo hacía inconscientemente, quizá él tampoco lo notara… aunque todo aquello terminara perdiéndose en cuanto lo soltara. Hacía falta el contacto después de todo para que funcionara. Delante, las tres chicas de clavados le dedicaban miradas de encono, por lo que trató de despejar la mente y pensar en otras cosas.
Cuando el avión llegó finalmente a su destino, Angie trató de moverse; todos sus músculos estaban engarrotados y sacudió suavemente el hombro de Samael para despertarlo. No se atrevía aún a soltar su mano, no quería sobresaltarlo con un movimiento brusco.
—Gracias, Angie. Lograste mantenerlo quieto —dijo Marianne, acercándose a ellos y deteniéndose de pronto, formándose un surco entre sus cejas—… ¿Samuel?
Angie volteó hacia él y notó entonces el hilillo de sangre en su nariz. Alarmada, soltó su mano rápidamente y él por fin abrió los ojos como si lo hubieran despertado de golpe.
—¿…Ya llegamos? —fue lo primero que preguntó.
Marianne sacó una servilleta de su mochila y se la ofreció.
—Estás sangrando por la nariz.
Samael tomó la servilleta y tras pasársela por debajo de la nariz, vio la sangre.
—…Tanto para mi primer vuelo —comentó él, restándole importancia, aunque Marianne no dejaba de mirarlo preocupada y Angie permanecía en silencio, con el desconcierto robándole el color a su rostro.
Lo mismo había ocurrido en el campamento, cuando había usado su poder para forzarlo a responder a ciertas preguntas; se había sentido culpable después. Y ahora lo había hecho de nuevo, lo había expuesto demasiado tiempo a su poder. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que volviera a ocurrir.
—Gracias —dijo Samael, sonriéndole ya sin rastro de sangre en la nariz. Angie trató de recomponer el rostro para responder con otra sonrisa, aunque su inquietud quedara aún de manifiesto, tanto que ahora mantenía sus manos ocultas bajo sus brazos.
Los chicos comenzaron a salir de ahí fila por fila por indicación de los entrenadores. Fuera del avión les esperaba un trolebús que los transportó al aeropuerto. Fue hasta el último viaje con el resto del equipo de básquetbol que vieron a Demian atravesar las puertas, manteniendo su distancia de los demás. Había tanta gente alrededor, ocupada en buscar sus maletas, que lo perdían constantemente de vista, y para cuando lograron ubicarlo, estaba hablando con el entrenador de básquetbol. Su semblante era parco y a pesar de la distancia casi podían jurar que se notaba tenso. Los chicos trataban de no perderle la pista mientras recogían su equipaje. Y a pesar de todo, él seguía sin dirigirles mirada alguna, lo que acrecentaba su inquietud sobre el estado en el que habría vuelto de la Legión de la Oscuridad.
—¿Sigues sin percibir nada? —preguntó Marianne en voz baja mientras recogía su maleta y fingía que revisaba sus cierres. Samael negó con la cabeza sin ocultar el obvio ojo avizor que tenía puesto sobre Demian. Ni siquiera llevaba equipaje, lo cual significaba que prácticamente se había materializado en el aeropuerto tras su paso por la Legión de la Oscuridad. Incluso llevaba puesta la misma ropa que el día anterior.
—No lo perdamos de vista —dijo Samael, llevándose la mochila de explorador a la espalda. Todos fueron conducidos a continuación al hotel donde se hospedarían, descubriendo que cada quien dispondría de su propia habitación sencilla.
Los entrenadores fueron llamándolos uno por uno para entregarles sus llaves, y cuando le tocó turno a Demian, lucía cada vez más estresado, con perlas de sudor brillando en su frente. Ni siquiera esperó al resto, cerró el puño alrededor de su llave y marchó en dirección al elevador.
—¡Se va! —dijo Marianne.
—Sigámoslo —indicó Samael y aunque algunos no habían recibido aún sus llaves, fueron tras él. Demian no esperó a que el ascensor se abriera y cambió de rumbo hacia las escaleras, apurando la marcha lo suficiente para mantener su distancia de ellos, pero fingiendo no haber descubierto su presencia.
Lo siguieron hasta llegar al cuarto piso y aunque resultaba evidente que iban detrás de él, en ningún momento volteó, siguió su camino hasta llegar al pasillo que debía conducir a la habitación que le había tocado y sus pasos se hicieron más rápidos.
—Demian —lo llamó Marianne, esperando que por fin se decidiera a darles la cara, pero para sorpresa de todos, en vez de detenerse arrancó a correr—. Pero ¿qué…?
—¡Tras él! —exclamó Frank, poniéndose al frente como si estuviera liderando una partida de caza y siguieron a Demian hasta verlo llegar a una habitación y forcejear con la cerradura.
Cuando finalmente logró abrirla, la empujó no solo para cerrarla sino para bloquearla con su cuerpo, pero Frank se lanzó al frente con todas sus fuerzas, reabriendo la puerta de modo tan violento que fue pura suerte que no se desprendiera de sus goznes, tacleando a Demian hasta quedar sobre él, inmovilizándolo.
—¿Intentabas ir a algún lado?
—¡Frank, tampoco tienes que ser tan brusco! —lo reprendió Lucianne en cuanto atravesaron el umbral de la puerta.
Marianne apartó a Frank y se inclinó hacia Demian, que estaba boca abajo con las manos contra el suelo y los músculos flexionados.
—¿Qué rayos fue todo ese acto de escapismo? ¿Por qué nos estás evitando? ¿Qué fue lo que ocurrió en la Legión de la Oscuridad? —preguntó Marianne, y cuando él volteó para quedar boca arriba, vieron con desconcierto que parecía estar sufriendo una especie de convulsión que le iba desfigurando y cambiando lentamente su rostro.
Marianne había retrocedido unos pasos para unirse a los demás, sin despegar la mirada atónita de él. No solo su rostro estaba sufriendo una extraña metamorfosis, sino que también su ropa se estaba transfigurando. Poco a poco las ondulaciones bajo su piel comenzaron a atenuarse hasta desaparecer por completo, y su cuerpo se destensó. Los chicos permanecieron inmóviles y silenciosos, sin atreverse a parpadear tras lo inverosímil de lo que acababan de presenciar.
—…Serás idiota —dijo Frank, soltando una risotada al comprender el engaño.
Tendido en el suelo, exhausto y con expresión resignada, Mitchell miraba al techo, intentando recuperar el aliento tras el gran esfuerzo por mantener aquella apariencia por tanto tiempo.
—…Hola, chicos, ¿qué cuentan? —dijo él con una sonrisa de agotamiento mientras los demás lo miraban incrédulos y perplejos.
…
Contrario a lo que Demian suponía, estar de vuelta en la Legión de la Oscuridad no le resultó tan difícil. Creía que poner de nuevo un pie en aquel lugar sería como tentar a su lado maligno, que una vez despierto se había convertido en un rasgo más de su personalidad. Podía contenerlo a base de fuerza de voluntad, pero a veces esta flaqueaba, y como vicioso en rehabilitación enfrentado a la droga a la que era adicto, pensó que sus deseos destructivos resurgirían en él con una fuerza irresistible que le sería imposible reprimir. Pero no fue así.
Por supuesto, eso no significaba que las ansias no continuaran ahí dentro de él, pero a esas alturas ya se había hecho a la idea de que tendría que vivir con ello por el resto de su vida; lo significativo para él era que no se habían acrecentado más que de costumbre. Aún podía sentir la pesada atmósfera que lo rodeaba y la intensa sensación de ser observado constantemente no por ojos ocultos, sino por el mismo lugar en sí, aunque no como si fuera un ente con vida propia, sino como una extensión de su padre.
Sabía que una vez en la Legión de la Oscuridad no tendría la libertad de hacer ni ir a donde quisiera sin su conocimiento, pues aquellos eran sus dominios, todo era controlado por él… e incidentalmente tampoco podría marcharse a menos que fuera con ayuda de otro demonio o restablecieran el vínculo que él había roto, y de ninguna manera aceptaría lo segundo (lo cual no descartaba que intentaran forzarlo a ello).
Aquello lo dejaba en una posición muy arriesgada, pues si pretendía marcharse de ahí cuando consiguiera la información que había ido a buscar, tendría que convencer a su padre de que podía volver a confiar en él o de lo contrario podría quedar atrapado ahí para siempre. Y un solo día de permanencia ahí podría ser suficiente para enloquecerlo, sobre todo teniendo por compañía a demonios tan extraños como aquel ser de humo.
Apenas hicieron su aparición en medio de uno de los múltiples pasajes cavernosos que conducían a todas partes y a ninguna, el demonio de humo sobrevoló por encima de Demian, dando vueltas en el aire repitiendo una y otra vez “¡Amo regresó!” con aquella espectral voz sin cuerpo que a Demian le causaba tanta repulsión.
—Quiero que le avises a mi padre que estoy aquí —interrumpió él su cantaleta. El demonio de humo se detuvo y descendió nuevamente hacia él con aquella perturbadora expresión que era todo ojos y sonrisa de gato Cheshire.
—Amo sabe. Desde que llegamos.
Por supuesto. La legión de la oscuridad, una extensión de su padre. Solo le faltaban ojos a las paredes.
—Dile entonces que quiero hablar con él.
El demonio de humo rió con un jadeo rítmico acompañado de un sonido sibilante como de olla de presión hirviendo.
—Amo habla cuando quiere —replicó el demonio, desviando de pronto su atención hacia el fondo del pasillo, como un perro distraído ante el menor ruido, y comenzó a revolotear por encima de él y a repetir “Amo” para a continuación marcharse en aquella dirección, perdiéndose entre las sombras.
Demian se quedó de pie en el mismo punto alrededor de un minuto. Estaba solo en medio de aquellos laberínticos pasillos sin saber a dónde ir y sin nadie que lo guiara, cualquier camino que tomara representaba la misma posibilidad de perderse que el quedarse ahí parado. Así que finalmente decidió avanzar en la misma dirección que el demonio de humo. A algún lugar tendría que llegar eventualmente, quizá con algo de suerte hallaría el camino a la enorme puerta de piedra que resguardaba a su padre… y entonces podría comprobar si el demonio de ojos ámbar seguía o no ahí.
Llevaba apenas unos minutos caminando cuando le vino a la mente el recuerdo de la habitación a la que Ende lo había conducido la primera vez que lo había llevado ahí. Donde había visto aquella cuna y tenido esos destellos de recuerdos. La lógica dictaba que si él había ocupado esa habitación cuando era un bebé, entonces también su madre lo había hecho. Si lo pensaba bien, quizá incluso aún quedaran objetos que le habrían pertenecido.
Animado ante esa perspectiva, se preguntó si podría encontrar por sí mismo el camino que conducía a aquella habitación, pero en cuanto se planteó aquella disyuntiva, descubrió con sorpresa que en el muro a su izquierda comenzaba a formarse una especie de borde como si emergiera de una superficie fangosa. Cuando el muro recuperó su solidez, tenía ante sí una puerta con aspecto de celda reforzada. Si la vista no lo engañaba, era la misma puerta de la habitación que estaba buscando… y había aparecido solo con pensar en ella. ¿Sería acaso todo así en ese mundo? ¿Si enfocaba su mente en el enorme portal de piedra también aparecería ante él? Quizá si hubiera permanecido ahí por más tiempo habría ido descubriendo poco a poco los secretos que entrañaba la Legión de la Oscuridad, pero ya que no había sido así, tal vez podría intentarlo más tarde, aunque primero… necesitaba explorar el interior de esa habitación, algo que debió haber hecho desde la primera vez.
La puerta se abrió sin oponer resistencia, casi como si él mismo fuera la llave para acceder a ella. Al interior todo estaba tal y como recordaba. Los muebles de aspecto avejentado, arrumbados y en desuso. La cuna seguía en la misma esquina detrás del sillón más grande de la habitación. Todo estaba exactamente igual que como lo había dejado, y trató de decidirse por dónde empezar. De reojo veía la cuna, pero no se atrevía a acercarse a ella por ahora. Quizá la dejaría para el final. Cerca de él, a su derecha, había una especie de cómoda empolvada con un tablero vertical en la parte superior que debió haber contenido un espejo en algún momento, pero había sido arrancado o quizá se había roto.
Comenzó a revisar cajones. Fue abriendo uno por uno, pero no encontró nada en su interior, ni siquiera telarañas (Nota mental: aparentemente no existían ahí otras formas de vida aparte de demonios). Estaba por abrir el último cajón cuando escuchó una risita femenina. Volteó hacia la puerta y vio una silueta oculta entre las sombras, observándolo con curiosidad y echándose a reír nuevamente, con una cadencia que le producía un estremecimiento. Podía percibir un dejo maligno en aquella risa que le repelía. Ya la había escuchado antes, la primera vez que fue conducido hacia su padre… aunque ya entonces le había parecido familiar.
—¿Quién eres? —preguntó él, pero la sombra únicamente continuó riendo y con un movimiento grácil se marchó de ahí antes de que Demian pudiera seguirla. Él decidió quedarse y continuar con lo que había empezado. Solo le faltaba un cajón.
Hizo el ademán de abrirlo, pero el cajón permaneció cerrado. Intentó forzarlo, pero este siguió sin ceder. Bingo. Quizá por fin había hallado algo de importancia, ¿por qué si no estaría sellado?
Se apartó un poco de la cómoda y dirigió la mano hacia el cajón. Si no podía abrirlo de la forma convencional, tendría que hacer uso de su poder. Solo lo suficiente para abrirlo, pero no como para destruir su contenido.
Un haz de energía surgió de su mano e impactó directo en el cajón… pero siguió sin abrirse. No le había hecho ni una ralladura siquiera. Intentó de nuevo, cada vez con mayor fuerza, pero fue inútil. Tenía alguna especie de protección, algo que absorbía cualquier poder que intentara abrirlo. Trató de pensar; si el cajón pertenecía a su madre, lo más probable era que quisiera mantenerlo protegido de cualquier otra fuerza externa que intentara fisgonear en él. Quizá solo podría ser abierto por ella misma o algo que conservara su esencia, quizá algo que perteneciera a ella…
Una repentina chispa de reconocimiento se cruzó en su mirada y sacó enseguida el medallón que llevaba a todos lados. Le dio vueltas y lo acercó al cajón, apretándolo contra la cerradura. Tras unos segundos no ocurrió nada. Había sido una pérdida de tiempo. Frustrado, guardó el medallón de nuevo y le dio una patada al cajón, tras lo cual este se entreabrió como si recién se desatascara del gabinete.
Con el corazón acelerado, Demian se inclinó y tiró del cajón. Botellas y frascos vacíos, piezas de tela corroída y desgastada por el tiempo, papeles tan viejos que prácticamente se deshacían al contacto. Revolvió el interior con creciente ansiedad e impaciencia por no hallar nada útil o por lo menos entero y ya estaba a punto de darse por vencido cuando su mano topó con algo sólido al fondo del cajón.
Con entusiasmo renovado, tiró de aquel objeto hasta sacarlo de ahí para darle un vistazo más de cerca. Era un cepillo que estaba increíblemente bien conservado en comparación con el resto de los objetos que había ahí dentro. Tenía la base de un metal desconocido con incrustaciones de piedras igual de desconocidas y aparte del polvo parecía conservarse intacto. Al darle la vuelta descubrió que entre las cerdas aún quedaban algunos cabellos enredados y nuevamente sintió una revolución en el pecho. Con cuidado fue arrancándolos del cepillo hasta lograr reunir los suficientes como para formar un mechón que dejó depositado en su palma y observó como si tuviera el santo grial entre las manos.
El cabello de su madre. El mechón estaba formado por cabellos del color de la ceniza y conservaban su brillo y sedosidad, como si ni el tiempo ni el polvo los alcanzara. Ya no solo poseía algo que había pertenecido a su madre, sino además algo que había formado parte de ella. Quizá no fuera mucho, pero era significativo para él. Siguió buscando en el interior hasta dar con una especie de cinta de los restos de una de las prendas desgastadas, y tras asegurar el mechón con ella, sacó a continuación una cajita de latón de entre el resto de los objetos que había desechado al principio y lo guardó en ésta.
Volvió a ponerse de pie con la idea de continuar revisando el lugar, pero al levantar la vista se quedó helado al ver una silueta bloqueando la puerta. Las sombras que lo rodeaban no dejaban ver más que unos intensos ojos ámbar contemplándolo con ferocidad.
No tuvo tiempo de reaccionar, la sombra de ojos ámbar se precipitó hacia él con gran velocidad, estrellándolo contra el muro del fondo y dejando una estela de muebles volteados y objetos rotos en el piso. Demian intentó moverse, pero lo tenía bien sujeto contra la pared. Entreabrió los ojos, y en medio de la nube de polvo que el impacto había levantado y la oscuridad que aquel demonio traía consigo, únicamente podía distinguir aquellos resplandecientes ojos lobunos fijos en su presa. Tosió e intentó apartarlo con las manos, pero este se inclinó más hasta que casi podía sentir su aliento sobre su cuello.
—…No debiste regresar.
Demian abrió más los ojos al escuchar aquellas palabras pronunciadas con tanta frialdad que lo tomó desprevenido, y cuando se dio cuenta ya tenía las manos del demonio alrededor del cuello, destellando con un brillo infrarrojo que le quemaba la piel y lo sofocaban como si un poderoso veneno lo invadiera, bloqueando cualquier intento de lucha. Y a pesar de todo, no podía apartar la vista de aquellos ojos. Iba a morir y no podía dejar de sentirse como aquel bebé indefenso de tantos años atrás.
Su visión comenzaba a cerrarse, así que no se enteró si lo que pasó a continuación fue un truco de su mente a punto de perder la conciencia u obra de aquel demonio. Simplemente se sintió ingrávido de pronto, el muro a su espalda perdiendo consistencia y comenzó a hundirse en éste. Dejó de sentir las manos que rodeaban su cuello y supuso que eso era todo, había llegado el final para él; su cuerpo entero se relajó y se dejó llevar por la inconsciencia.
El demonio se apartó al ver que una especie de portal luminoso se formaba a espaldas de Demian, absorbiéndolo; volutas de energía lo envolvían, pequeñas manecitas tirando de él hasta hacerlo desaparecer por completo junto con aquel mismo agujero, que al instante se cerró, dejando todo tal y como estaba antes. El sujeto de ojos ámbar simplemente dio media vuelta y se marchó por donde vino.
…
Repartidos alrededor de aquella habitación, los chicos observaban con expresiones atónitas a Mitchell, que había tomado asiento en una silla cerca de la cama y llevaba acabada media jarra con agua que había cogido del buró. Entre sorbos y echarse el contenido en la cara para refrescarse, tenía aspecto de haber metido la cabeza a un cubo lleno de agua. Incluso su copete que solía resistir cualquier embate del clima caía a los lados.
—¿…Y bien? ¿Cuándo empezó esto? —lo cuestionó Marianne con los brazos cruzados. Mitchell miró hacia el techo en ademán reflexivo mientras se acariciaba la barbilla.
—Pues verás, si estamos para tecnicismos, yo diría que todo comenzó hace ya varios meses, desde el momento en que me hiciste ojitos en las gradas, así que podría decirse que todo ha sido por causa tuya y tus modos de sirena renuente y malencarada.
Marianne apretó la mandíbula con expresión cada vez más irritada, pero en vez de objetar, sacó una mano del enredo que había formado con sus brazos y tras un breve movimiento, la jarra que Mitchell sostenía terminó vaciándose sobre su cabeza.
—…De acuerdo, quizá me lo merezco —dijo Mitchell tiritando.
—¿Cuándo descubriste ese nuevo poder? —preguntó Samael—. Tiene que ser al menos unas dos semanas. Ya te has transformado en mí, ¿cierto?
Mitchell cerró la boca y desvió la mirada mientras el resto miraba a uno y luego al otro, tratando de hacer la conexión.
—¿De qué hablas? ¿Cuándo se supone que ocurrió eso? —preguntó Marianne intrigada y Samael miró hacia Mitchell esperando su confesión, pero como continuaba sin decir nada, decidió responder.
—Me di cuenta de que algo raro estaba pasando cuando empezaron a hablarme de cosas que no recordaba haber dicho. No tenía ninguna sospecha específica, así que esperé a alguna otra señal, pero como no ocurrió nada por un tiempo…
—Porque había sido despojado de su don —lo interrumpió Marianne, encontrándole sentido—. Y ahora que lo tiene de vuelta no ha perdido tiempo para darle uso de nuevo.
Frank lanzó un silbido desde la pared en la cual apoyaba la espalda con pose despreocupada y pronto la atención pasó a él, curiosos sobre qué tendría qué decir.
—Y esa no ha sido su única transformación —dijo Frank con una sonrisa maliciosa al ver el gesto alarmado de su primo—. Quizá hayan tenido una interacción con alguien que haya actuado de manera singular a como lo haría normalmente y notaran alguna tensión, una prisa por acabar, el rostro acalorado sin razón.
Hubo un breve silencio, como si estuvieran escorando en sus recuerdos, y Marianne de pronto señaló a Frank.
—¡Tú sabías de esto! ¡Ya estabas enterado de lo que podía hacer y no dijiste nada! —exclamó Marianne con tono acusatorio—. ¡Seguro que intentaste usarlo de alguna manera a tu favor; eres peor que él!
—Frank, ¿es cierto eso? —preguntó Lucianne, y al verse ahora el blanco de las miradas recriminatorias, decidió cambiar el foco.
—¡..Hey, él es el que se hizo pasar por alitas, gruñona, el chico demonio y sepa dios cuántos más para cumplir sus fetiches o lo que sea que pasara por su cabeza enferma!
—¡¿Cómo que te hiciste pasar por mí?! —La voz de Marianne subió exponencialmente y parecía a punto de lanzar rayos por los ojos—. ¡¿Con qué propósito?! ¡¿En qué demonios estabas pensando?!
Mitchell únicamente se encorvó y alzó su brazo para escudarse, pero Belgina la adelantó y se colocó delante de él con expresión contrita.
—¿Eras tú quien habló conmigo en la fiesta de Vicky en vez de Marianne? —preguntó ella y Mitchell la miró con ojos de cachorro regañado, tan temeroso de su reacción que no se atrevió a contestar, aunque su silencio lo decía todo. Detrás de ellos, Marianne arrugaba el ceño pues no recordaba siquiera haber llegado a ver a Belgina durante aquella reunión—. ¿Fuiste tú quien se sentó con nosotras como Samuel durante la exhibición de gimnasia a hablar sobre ti?
Mitchell no pudo sostenerle más la mirada; bajó la vista hacia sus manos, sosteniendo la jarra vacía mientras gotas de agua caían de su cabeza. Sería inútil negarlo a esas alturas, sobre todo habiendo presenciado su habilidad para transfigurarse en alguien más. Lo único que le quedaba era pedir disculpas y esperar que lo perdonara.
—Lo siento, yo solo… quería que me dejaras acercarme a ti de nuevo. —Levantó la vista, procurando lucir lo más arrepentido posible, pero el gesto de ella fue peor de lo que esperaba. Peor que recibir tres galones de agua helada encima o que le raparan la cabeza de forma permanente—. Nena…
Belgina no dijo nada, solo retrocedió con la mano recogida sobre su pecho y el rostro contraído de la decepción hasta salir finalmente de la habitación en silencio. Mitchell supo entonces que había perdido cualquier oportunidad con ella, lo único que había conseguido era hundirse aún más si era posible en su estima.
—Espero que estés satisfecho —dijo Marianne, volviendo a su pose con los brazos cruzados.
Lo único que Mitchell pudo hacer fue agachar la cabeza de la vergüenza, pero antes de que cualquiera pudiera hacer algún otro comentario, Addalynn se puso de pie abruptamente de un salto y miró por la ventana; el cielo estaba ya oscurecido. Parecía estar buscando algo a la distancia y se llevó las manos a las sienes como si tuviera una migraña.
Los demás permanecieron callados, esperando su reacción, hasta que inesperadamente salió corriendo de la habitación. Esta vez no se quedaron ahí parados mirándose las caras, corrieron tras ella a toda prisa para no perderla de vista.
Addalynn bajó por las escaleras, pero en vez de irse por la entrada principal, se desvió hacia una salida de emergencia que daba a la parte trasera del hotel y de ahí a un estacionamiento. Continuó sin detenerse hasta pasar por una calleja solitaria y mal iluminada, cuyo asfalto inacabado daba paso a la arena hasta llegar a playa abierta. Aquella zona estaba poblada por zarzas y debido a su localización detrás de varios edificios no parecía parte del área turística. Apenas y lograban ver más allá de sus narices con las luces parpadeantes que habían dejado atrás, pero era claro que no había ni un alma en el lugar más que ellos.
—¿Se podría saber qué hacemos aquí? Esto luce como el escenario perfecto para ser asesinados por un psicópata enmascarado con un hacha —dijo Frank, sacudiendo el pie para desenredarse de una zarza y únicamente recibió varios “Shhhh” como respuesta.
Addalynn se había detenido al frente de todos, mirando hacia el cielo como si aguardara señales de la nave nodriza, y los demás esperaban pacientemente a que hablara.
—¿Qué crees que esté captando? —susurró Marianne, tratando de descubrir algo en el cielo que estuvieran pasando por alto—. ¿Podría ser algún mensaje del plano superior? ¿Será así como se comunican con ella?
—…No lo sé. Si fuera el plano superior, yo también debería poder captarlo —respondió Samael con otro susurro—. Puedo decir con toda sinceridad que no sé lo que está pasando.
Una ráfaga de viento comenzó a soplar y Addalynn volvió a llevarse las manos a las sienes, pero en esta ocasión acabó doblándose del dolor, cayendo de rodillas en la arena.
—¡Que pare! ¡Haz que pare! —exclamó ella, apretándose las sienes y cerrando los ojos mientras se retorcía de dolor.
Los chicos se miraron entre sí sin saber qué hacer; incluso Samael parecía tan confundido como ellos. La ráfaga de viento se intensificó y varias nubes comenzaron a arremolinarse en el cielo como si estuviera formándose una tormenta, obligándolos a levantar las manos para protegerse del viento.
—¡Miren! —gritó de pronto Lilith y todos miraron hacia las nubes de tormenta que formaban un remolino, como si estuviera por crearse un tornado.
Relámpagos y corrientes eléctricas alimentaban el remolino, creando una especie de vórtice que destellaba en medio de aquel disturbio, de donde salió algo expulsado, cayendo a varios metros de distancia. Casi al instante, la zona de disturbio fue despejándose hasta dejar el cielo tan limpio y vacío como momentos antes de que iniciara.
El cuerpo de Addalynn se relajó por fin y dejó caer los brazos a los costados, exhausta. Las miradas de todos eran de completa confusión, tanta que no sabían qué preguntar ni por dónde empezar.
—Hay algo ahí. —Lucianne habló finalmente, señalando varios metros hacia el frente—. Salió expulsado de ese… remolino en el cielo, ¿lo vieron?
Nadie respondió, pero todos parecían pensar lo mismo. Marianne mantenía la vista fija en aquella dirección, el corazón le latía tan rápido que ya ni siquiera captaba el sonido de sus latidos. Podía verlo: una silueta apenas pronunciada sobre la arena a lo lejos. A aquella distancia lucía lo suficientemente grande para semejar un cuerpo.
—¿Creen que sea…? —comenzó Lilith, pero antes de que pudiera completar su enunciado, fue ahora Marianne la que se echó a correr hacia la playa. Samael fue tras ella y a continuación les siguieron los demás.
Marianne se detuvo a escasos centímetros del cuerpo que yacía boca arriba en la orilla. El mar no llegaba aún a tocarlo, pero se habían formado montículos de arena a su alrededor por el impacto de la caída. Permaneció inmóvil, observándolo, sin atreverse a dar un paso más. Samael llegó junto a ella en cuestión de segundos, así como los demás, y también se detuvieron a contemplarlo como si fuera una rara especie salida del mar.

—¿Está…? —Lilith empezó a preguntar, pero Marianne levantó la mano para evitar que continuara.
Tendido ahí sin dar muestras de vida y con aquella apariencia antinatural, Demian lucía como un maniquí de utilería salido de alguna película de ciencia ficción… Aunque también hubiera funcionado en una película de terror cuando unos segundos después abrió los ojos de golpe y su cuerpo se arqueó, dando un fuerte resuello y boqueando para coger aire, causando a todos un susto de muerte.
—¡Está vivo! —gritó Mitchell en su mejor imitación del doctor Frankenstein, agitando los puños al cielo, como si esperara que este cooperara con relámpagos y truenos para ambientar su recreación. Por supuesto, no obtuvo ni la más leve ráfaga de viento.
Marianne no se movió, parecía estar en otra parte. Contemplaba a Demian que tosía y se frotaba el cuello hasta que de forma inesperada hizo un movimiento con la mano y su espada surgió de esta, apuntándola a continuación hacia él.
—¿Qué haces? —la cuestionó Lucianne, tan desconcertada como los demás, pero Marianne no se inmutó, mantuvo la espada firme y fija en Demian, que apenas comenzaba a recuperar el aliento y se sentó con los brazos apoyados sobre la arena.
—Si vas a hacerlo, que sea rápido. Quizá así nos ahorremos toda esta frustrante búsqueda por averiguar lo que mi padre quiere realmente de mí —dijo Demian tras unos segundos, y al levantar la vista hacia ella, vio que seguía teniendo la misma mirada azul, clara y límpida que tenía cuando no estaba siendo dominado por sus instintos demoníacos.
Marianne dejó escapar una exhalación de alivio y volvió a absorber su espada, dando un paso tambaleante hacia atrás.
Lucianne fue la primera que se inclinó hacia Demian para asegurarse de que estuviera bien y los demás siguieron su ejemplo, excepto Frank que se quedó de pie a un lado con expresión desdeñosa, y Samael, que permaneció a un lado de Marianne.
—¿De verdad lo habrías hecho si hubiera vuelto diferente? —preguntó Samael, fingiendo no notar el leve temblor de sus hombros.
—…No lo sé —respondió ella, viendo que ayudaran a Demian a ponerse de pie, con la misma ropa que llevaba el día anterior.
Aún quedaban muchas dudas acerca de lo ocurrido durante su breve estancia en la Legión de la Oscuridad, pero lo importante era que estaba de regreso, y a pesar de la conmoción inicial, Marianne sentía también un cosquilleo inexplicable en el pecho.
Samael miró sobre su hombro y ella siguió la dirección de su mirada. Addalynn se encontraba de pie a unos metros, observando en el cielo el punto donde minutos antes se había formado aquella especie de portal. Su rostro era tan inescrutable como siempre, pero había en él un toque de intriga e interés.
—…Por ahora tenemos más preguntas que respuestas —comentó Samael, y Marianne asintió, volviendo a mirar de reojo a Addalynn. Después de todo, ella los había conducido hacia el portal antes de que este apareciera.
