CAPÍTULO 1

PRÓLOGO

Agua cálida lo rodeaba todo, de color verde aguamarina que brillaba al interior en diversas tonalidades conforme el sol tocaba la superficie. El fondo irradiaba en hipnotizantes matices multicolores. No había corriente y, sin embargo, ella seguía siendo absorbida por las profundidades. Por más que luchaba, la fuerza de fricción no estaba de su lado. La arrastraba consigo.

Su piel comenzó a enfriarse conforme el intenso verde fue oscureciendo y su consciencia perdiéndose entre la suavidad de las aguas. La luz de la superficie iba apagándose para ella.

¡Aguanta! ¡Tienes que aguantar!

La voz la obligó a abrir los ojos; el contorno de una silueta alada parecía flotar confundida con las ondas del agua, pero de la misma forma se disipó.

¿Eres un ángel? —preguntó para sus adentros, pues su último aliento escapaba de sus labios.

Yo te protegeré, siempre lo haré —repetía aquella voz que parecía provenir de su interior, del agua, de todo.

La niña cerró los ojos y se dejó llevar.

1. LA VOZ DEL ÁNGEL

Era apenas su primer día de escuela en una nueva ciudad y Marianne ya estaba sobre su mochila, con todas sus pertenencias desperdigadas en el suelo tras acabar chocando con alguien más al entrar apresuradamente en el instituto Saint Pearl. Aquél no podía ser un buen augurio.

Aún aturdida, se apartó un mechón de cabello negro de la cara y miró alrededor hasta posar sus ojos de color verde esmeralda en la persona que tenía enfrente, una chica que llevaba el mismo uniforme que ella. Su largo cabello castaño lo llevaba recogido en una coleta, con mechones dispersos que escapaban y caían sobre su rostro. Con una mano se frotaba los ojos, y con la otra tanteaba el suelo hasta recoger una revista regurgitada por la mochila de Marianne.

—Lo… lo siento. No estaba viendo mi camino —se disculpó Marianne, intentando aproximarse a la otra chica para ayudarla cuando escuchó de pronto un chasquido a sus pies. Bajó la vista, temiéndose lo peor, y al levantar el pie vio los restos de lo que alguna vez fueron unas gafas—. Supongo que… son tuyos.

Entregó avergonzada los lentes destrozados y la chica tan sólo dio un suspiro de resignación, provocándole a Marianne una punzada de remordimiento.

—Yo, eh… lo lamento. Podría reponértelos después… si te parece bien.

—Está bien, ya no importa —respondió la chica con desánimo. Era un poco más alta que Marianne y a pesar de su complexión delgada, tenía hombros anchos que le daban un aire de fortaleza, y aunque sus ojos violetas no parecían proporcionarle una buena visión, le resultaban llamativos. De pronto se puso de pie a toda prisa, apretando contra su pecho la revista que había recogido del suelo—. ¡Ya es tarde, debo ir a clases!

Marianne la observó alejarse trastabillando por uno de los pasillos hasta darse cuenta de que se llevaba algo que le pertenecía.

—¡La revista!

Salió corriendo tras ella, y en su carrera atravesó una serie de columnas que adornaban los pasillos hasta llegar a un punto que dividía el camino hacia tres secciones, cada uno de los cuales tenía un set de placas para señalar hacia dónde se dirigían. De acuerdo al panfleto de inscripción, el Instituto Saint Pearl abarcaba dos niveles educativos: secundaria y preparatoria. De modo que el camino de la izquierda llevaba al área de secundaria, el del centro al nivel preparatoria y a la derecha había una escalera, que conducía al área exclusiva para los estudiantes de último año y los laboratorios.

La chica se había ido justo por el pasillo central, de modo que la siguió hasta llegar finalmente a un aula cuya placa decía «1-A». Casualmente la misma de su ficha de inscripción. La puerta estaba abierta y alcanzó a escuchar una fuerte voz al interior. Una profesora agitaba una revista que se le hacía conocida, bajo el título «Mundo paranormal».

—¡Y sugiero, por su propio bien, que nadie más cometa el error de la señorita Marx de traer este tipo de basura a la escuela!

A un lado se hallaba la chica con la que había chocado, de pie frente a la clase entera, con la vista fija en el piso y el rostro colorado por la vergüenza. Marianne no pudo evitar sentir una oleada de culpabilidad.

—Bien, espero que haya quedado claro. Puedes ir a tu asiento, Belgina.

Ella no despegó la vista del suelo en su trayecto, mientras sus propios compañeros parecían divertirse a sus expensas.

—Tú debes ser la alumna transferida. ¿Por qué no pasas y nos dices tu nombre?

A Marianne le tomó un momento darse cuenta de que se refería a ella y que ahora tenía la atención de toda la clase. Sintió que su cuerpo se tensaba y permaneció unos segundos en la puerta sin moverse hasta que tomó aliento para responder.

—Me llamo… Marianne —se presentó ella, mirando de reojo a Belgina—. Y… me gustaría que me devolviera mi revista, por favor.

—¿Perdón?

—La que tiene en la mano. Belgina la tomó por error cuando tropezamos en la entrada, por eso llegó tarde. —La profesora parecía no saber qué responder mientras Belgina se atrevía por fin a alzar la vista—. Disculpe si pierdo mi tiempo con ese tipo de lectura, se mezcló entre mis cosas por la prisa, pero si quiero leer sobre ángeles, fantasmas, extraterrestres y el hada de los dientes no debería ser motivo para ser humillada así.

La profesora se quedó pasmada ante sus palabras y los alumnos comenzaron a murmurar entre ellos. Marianne permaneció en silencio a la espera, y ante el silencio de la maestra, optó por entrar, tomar su revista y caminar entre los asientos en busca de uno libre, tratando de ignorar las miradas escrutadoras de los demás. Podía imaginarse ya lo que estarían pensando y no tardó en confirmarlo al pasar por uno de los asientos y escuchar claramente la palabra «fenómeno» seguido de una risita burlona.

Miró fijamente el rostro que la había pronunciado, una chica de rostro afilado y largo cabello castaño que le caía en la espalda en ondas; ésta le sostuvo la mirada de forma retadora con unas cejas de ángulo pronunciado que le daban una expresión fría y maliciosa.

Marianne apartó la vista y continuó caminando hasta tomar asiento al fondo del salón. Había roto su propio récord; apenas era el primer día y ya sentía el rechazo colectivo. Se sentía tan disgustada consigo misma que ni siquiera se dio cuenta que de entre todas aquellas miradas juiciosas, un par de ojos violeta la observaban con genuina preocupación.

Las calles del distrito escolar se llenaron de estudiantes al salir de clases y padres de familia recogiendo a sus hijos, pero Marianne no estaba de ánimo para lidiar con la gente, así que desvió su camino hacia la calle menos transitada, aunque fuera mayor el recorrido. Guijarros vibraban a su paso como si hubiera una especie de fuerza magnética fluctuando en el piso. Su día no podría haber ido peor. Constantemente se reprochaba su incapacidad de controlar su carácter y eso era algo que venía cargando durante toda su vida, lo que la metía en problemas y la alejaba de la gente, siempre esa imperiosa necesidad de responder con actitud desafiante ante lo que consideraba una injusticia.

Hizo una pausa en una esquina para desatar el moño que tenía amarrado al cuello y guardarlo en su mochila; la vibración de los guijarros paró al instante. El semáforo había cambiado a verde así que se detuvo a esperar.

El viento comenzó a soplar, una ráfaga surgida de la nada revolvió su cabello.

«Adelante», susurró el aire.

Alzó la vista, extrañada, y vio una pluma negra cayendo frente a ella, seguido de un aleteo. ¿Había sido un cuervo?

Como hipnotizada, dejó caer la mochila al suelo y comenzó a seguir aquella pluma, la cual retomó la caída en dirección a ella, y al alcanzarla a media calle, escuchó otra voz lejana que la llamó por su nombre con urgencia, logrando sacarla de su sopor.

Se giró buscando el origen de aquella voz y por un efímero instante su mirada se cruzó con unos ojos azules que reaccionaban alarmados al verla. Lo último que escuchó fue el chirrido de unas llantas antes de que todo a su alrededor se desvaneciera.

El agua era oscura y fría, y ella simplemente flotaba en su interior. Nada la detenía ni la hundía. No había superficie ni fondo, era un todo. Una silueta alada apareció frente a ella, brillando como si estuviera hecha enteramente de luz.

—¿Quién eres?

«Deberías saberlo», respondió aquella figura con una voz que le transmitía una sensación inexplicable, casi familiar.

—¿Eres… un ángel? —preguntó de nuevo y la figura comenzó a retroceder y disiparse.

«Lo sabrás cuando estés lista».

—¡Espera! ¡¿Cuando esté lista para qué?! ¡¿Qué significa eso?!

La silueta terminó por desaparecer mientras ella se sentía succionada lejos de ahí, escuchando una voz conocida llamándola por su nombre. La voz se hacía cada vez más clara hasta que abrió los ojos y vio frente a ella un rostro casi tan joven como el de ella, el de su madre. Ésta de inmediato sonrió con alivio al ver que volvía en sí.

—Tranquila, todo está bien ahora.

—¿…Que pasó? ¿Dónde estoy? —preguntó ella, sintiéndose desorientada. Intentó mover el cuello, pero lo tenía inmovilizado con un collarín.

—Estás en el hospital, tuviste un percance —explicó su madre, ayudándola a sentarse en la camilla—. No fue nada grave, sólo un esguince en el cuello y unos leves moretones al caer, por suerte este muchacho tuvo el buen juicio de traerte aquí.

Señaló a la puerta donde un muchacho permanecía de pie con las manos en los bolsillos. Marianne lo observó por un momento tratando de recordar si lo había visto antes. No traía puesto el saco del uniforme de la escuela; además era alto y de complexión atlética. Su cabello negro levemente alborotado le caía en el rostro, ayudándole a evitar el contacto visual con ella, hasta que finalmente alzó la vista y Marianne reconoció en su rostro alargado esos ojos azules que había divisado antes de perder el conocimiento.

—¡Tú! —exclamó ella en tono acusador, señalándolo con el dedo índice.

El muchacho desvió la mirada, avergonzado.

—Lo siento, yo… no estaba atento y…

—Pude haber muerto ¿y piensas que con una disculpa basta? —le interrumpió ella, furiosa. El chico optó por dejar de hablar y mantuvo la mirada en el piso.

—Creo que será mejor que nos dejes solas —sugirió la mujer al notar el disgusto de su hija. El muchacho tan sólo asintió y se dio la vuelta para marcharse de ahí, pero se detuvo antes de cerrar la puerta.

—Lamento de verdad lo ocurrido. Con permiso.

—¡Sí, claro! —replicó Marianne, alzando la voz lo suficiente para que la escuchara a través de la puerta, y apenas ésta se cerró, su madre le dio un manotazo—. ¡Auch!

—¡No exageres, pudo haber sido peor! Podría haberte dejado tirada en medio de la calle. Después de todo, tú fuiste quien cometió la imprudencia de cruzar la calle con el semáforo en verde. —Ella la miró indignada, sobándose el brazo como si fuera a protestar, pero tras refunfuñar un momento, terminó lanzando un resoplido.

—Lo que digas, mamá —respondió, cruzándose de brazos y dándole por su lado.

Lo único que estaba claro era que su horrible día había llegado a la cima y no podía esperar a que ya terminara. Poco sabía que apenas había comenzado.

Durante todo el camino de regreso, su madre no dejó de hablar hasta por los codos con su marca personal de ‘reprocupación’ (una mezcla de reproche y preocupación) de la que Marianne acabó disociando al cabo de unos segundos, entre el efecto de las pastillas y la incomodidad del collarín. Y mientras miraba por la ventanilla del auto, las figuras parecían distorsionarse hasta formar extrañas sombras oscuras que no sabía si eran producto de su imaginación o de la superficie irregular del cristal; era un poco siniestro, y cuando ya empezaba a sentir que los ojos se le cerraban, le pareció escuchar que la llamaban por su nombre, provocándole un respingo que la hizo voltear de nuevo hacia su madre. Ésta seguía con su sermón sin detenerse para un respiro, de modo que trató de bloquear sus palabras y se limitó a responder con monosílabos de vez en cuando para seguirle la corriente.

Ya en casa, su hermano menor debió ser advertido de antemano pues la recibió con una amabilidad forzada que no combinaba con él, tanto que hasta parecía burla.

—Buenas noches, querida hermana, sólo quería decirte que puedes contar conmigo para lo que necesites mientras estés convaleciente. Si necesitas una almohada en la madrugada puedes llamarme, ya sea para colocarla bajo tu cabeza o sacarte de tu miseria.

La cabeza de Marianne había escogido ese momento para empezar a martillarle, así que ni se molestó en contestarle y fue directo a la cocina por agua para tomar sus pastillas. El dolor era tan intenso que los oídos le zumbaban y a cada trago los sentía retumbar, y cuando ya sólo le quedaba un sorbo escuchó de nuevo que la llamaban a lo lejos, por lo que apartó el vaso casi atragantándose y trató de mirar por el rabillo del ojo al no poder voltear la cabeza.

—¿Qué? —Esperó unos segundos, pero no recibió respuesta y subió el volumen—. ¡¿Qué?!

—No grites, te escuchamos perfectamente —dijo su mamá asomándose en la puerta para tomar el teléfono de pared—. Pediré pizza, ¿quieres algún ingrediente especial?

Marianne no contestó, sólo rellenó el vaso y fue adolorida hacia las escaleras de servicio, pensando descansar un poco mientras llegaba la pizza, cuando de nuevo escuchó su nombre como si alguien la llamara a la distancia.

—Ay, ¿qué? —volvió a preguntar sin darse la vuelta.

—Cuidado con ese tono, jovencita, que sigo siendo tu madre.

Marianne dio un resoplido y prefirió apresurarse a subir antes que aguantar otro más de sus sermones.

Más tarde, recostada boca arriba para evitar cualquier movimiento que afectara a su collarín, Marianne miraba hacia un punto indefinido en el techo. Había guardado la pluma del accidente en un cofre bajo su colchón, pero no conseguía dormir.

Cerró los ojos; los sonidos en la casa iban apagándose y creyó estar alcanzando un relajante estado onírico cuando empezó a captar nuevamente el zumbido que iba en aumento. Lentamente fue transformándose en una débil voz que tocaba una fibra olvidada de su memoria, hasta que finalmente ésta retumbó con fuerza pronunciando su nombre. «Marianne». Ella abrió los ojos de golpe y se incorporó, mirando asustada a su alrededor.

—¿Quién está ahí? ¡¿Quién dijo eso?!

Permaneció alerta por varios segundos, observando los rincones de la habitación, pensando que quizá lo había imaginado todo cuando nuevamente escuchó la voz.

—¿Puedes oírme?

Esta vez era increíblemente clara, como si le hablara al oído.  Encendió de inmediato la lámpara que tenía a un lado y tomó una estatuilla que reposaba en el buró para usarla como arma.

—¡Sal de donde quiera que estés! ¡Sal o grito!

—Comprendo que estés asustada, pero no tienes que estarlo. Jamás te haría daño.

—¡Basta! ¡Da la cara de una vez!

—Lo siento, pero me resulta imposible.

Marianne ya se había bajado de la cama y recorría la habitación con cautela para no tropezar con las cajas de la mudanza, sosteniendo la escultura con firmeza y girándose por completo cada vez que escuchaba la voz.

—¿Por qué? ¿Tienes algo que esconder?

—No puedo porque no poseo un cuerpo físico, estoy en tu mente.

Ella se detuvo al escuchar eso y dejó caer la estatuilla al piso.

—Ay, no…

Volvió a toda prisa a su buró y sacó un frasco de pastillas.

—Llevo mucho tiempo intentando comunicarme contigo, y ahora que puedes escucharme no debemos perder el tiempo, necesitas saber lo que está ocurriendo.

—Sólo estoy alucinando. Solamente eso —murmuró para sí misma, tratando de mantener la calma a base de varias respiraciones consecutivas.

—No soy una alucinación. Escucha, por favor…

—Eso será suficiente.

Tras llevarse otra pastilla a la boca, se recostó y cerró los ojos, ignorando la voz.

—No soy un producto de tu imaginación. Por favor, tienes que creerme. Al menos escucha lo que tengo que decir, tienes que… 

La voz fue desvaneciéndose mientras ella iba cayendo en un profundo sueño gracias a las pastillas, y pronto dejó de escucharla.

Cuando la alarma la despertó, le parecía que no habían pasado ni cinco minutos desde que se había dormido, pero eran ya las siete de la mañana. Depositó el reloj de vuelta en el buró, imaginándose que sería otro día como el anterior, o quizá peor dadas las circunstancias, pues el collarín no era precisamente un accesorio discreto.

Y aquel presentimiento pareció confirmarse una vez abrió la puerta del aula. Sus compañeros posaron sus miradas en ella y guardaron silencio por un momento hasta que fue la chica del rostro afilado quien irrumpió en risas y ni siquiera se tomó la molestia en disimularlo. Marianne dio un suspiro y se dirigió a su asiento, ignorando las miradas que tenía encima, incluyendo el molesto graznido proveniente de aquella chica. Tampoco notó los otros ojos que la observaban con gesto de preocupación al otro extremo.

Terminadas las clases, Marianne se refugió en el baño. Se miró en el espejo del lavabo tras echarse agua al rostro y comenzó a gesticular mientras recordaba la noche anterior.

—… Vaya sueñito.

—¿Sigues pensando que fue un sueño?

Ella lanzó un grito al escuchar la voz, aunque de inmediato trató de ahogarla, tapándose la boca.

—¡¿Quién es?! ¡¿Quién está ahí?!

—Creo que ya pasamos por esto anoche.

La voz se oía tan clara como la recordaba, incluso más con la mente despejada a plena luz del día.

—¡Tiene que ser una pesadilla! ¡Aún estoy durmiendo, debe ser eso! —vociferó ella, cerrando los ojos y tapándose los oídos, comenzando a dar vueltas por el baño.

—Por favor, sólo escucha lo que tengo que decir, es importante. Mi nombre es Samael. Soy tu ángel guardián.

Marianne se detuvo y abrió de nuevo los ojos.

—Mi ángel guar… Bien. Muy gracioso. ¡Quienquiera que esté detrás de esta broma de mal gusto! ¡JA JA, ya se divirtieron lo suficiente! ¿Qué me pusieron? ¿Un micrófono escondido o algo?

—No es ninguna broma, he estado contigo siempre. Conozco todo sobre ti.

—¡Que tenga revistas sobre ángeles no significa que seré tan crédula como para caer en algo así, ¿me escucharon?!

—Odias los insectos, te encantan los dulces y recolectas plumas de todo tipo desde que eras niña, como la que recogiste ayer del accidente, cuando intenté advertirte.

Marianne se quedó completamente muda al escuchar aquello y fue sólo el repentino sonido de la campana lo que la hizo reaccionar.

—Debo…irme ya. Prometo escuchar con atención lo que tengas que decir…pero por favor, no me hables mientras esté en público, no quiero…distracciones.

—Me parece justo.

Ella estaba demasiado impresionada para seguir hablando, así que salió de ahí con el semblante pálido, sin fijarse en que justo después que ella se fue, salió la chica de rostro afilado de uno de los cubículos con expresión confusa.

—¿Qué demonios fue eso?

Belgina estaba parada junto a la puerta, mirando inquieta al exterior cuando Marianne iba saliendo.

—¿Esperas algo? —preguntó Marianne, provocándole un sobresalto.

—Sí, yo… te estaba esperando.

—¿A mí? —preguntó Marianne con sorpresa. Nunca nadie se había tomado la molestia de esperarla al salir de clases.

—¿Estás… bien? —preguntó Belgina con un gesto de la mano, señalando su cuello.

—¿Qué? ¿Tengo una mancha? —Marianne se tocó el collarín como si no existiera, y Belgina no pudo evitar soltar una risa tímida—. Fue un accidente, pero nada de gravedad. Soy un hueso duro de roer.

—Me alegra escuchar eso.

—¿Que tuve un accidente?

—¡No! Me-me refería a que no te pasó nada, yo…

—Tranquila, estoy bromeando, claro que te entendí.

Belgina suspiró con alivio para a continuación hacer de nuevo otra pausa, buscando las palabras para seguir.

—Yo… pensaba ir por mis lentes de repuesto y…

—Ah, ya entiendo. Claro, prometí que te los repondría.

—¡No! No se trata de eso, sólo… pensé que podrías quizá acompañarme —explicó ella con nerviosismo y aunque Marianne estaba sorprendida, al final sonrió en respuesta, sintiendo por primera vez que su día no estaba del todo perdido, que tenía la posibilidad de hacer una amiga a pesar de su mal comienzo.

Entraron en la primera óptica que encontraron en la zona comercial. Mientras Belgina se probaba la graduación de sus anteojos, Marianne revisaba los anaqueles con distintos diseños de lentes de sol, probándose uno por uno, y al intentar tomar los que estaban en lo más alto del anaquel, la manga de su uniforme se quedó atorada en el borde de la vitrina. Intentó zafarse, pero estaba tan atascada que miró de reojo a los lados para vigilar que nadie la viera y tiró con fuerza hasta que la manga se liberó, con tal potencia que su brazo rebotó hacia atrás e impactó con alguien más, escuchándose el estrépito de algo cayendo al piso y rompiéndose.

Permaneció por un momento inmóvil, pensando que su mala suerte no podía ser tanta, pero era claro que su racha de accidentes iba en aumento en tan sólo dos días. Así que suspiró y se dio la vuelta para disculparse.

—Lo siento, mi manga se atoró y… —La persona detrás de ella se levantó sujetando unos lentes rotos y vio que se trataba del mismo muchacho del día anterior—… Tiene que ser una broma.

El chico la reconoció de inmediato y se quedó callado por varios segundos.

—Esto es… incómodo —dijo finalmente, desviando la mirada como si buscara la salida más próxima.

—Pude haber muerto atropellada, debo usar este molesto collarín y atiborrarme de pastillas para el dolor, y sin embargo tú eres el más incómodo ante esta situación —replicó Marianne con sarcasmo.

—Escucha, de verdad lamento mucho lo ocurrido, pero lo cierto es que… yo tenía luz verde para pasar y fuiste tú la que salió de la nada.

—O sea que la culpa la tengo yo. Lo último que me faltaba.

—Creo que estás sacando las cosas de proporción. El auto ni siquiera te golpeó. Por suerte frené a tiempo, pero tú te desmayaste —protestó el chico, comenzando a exasperarse.

—Bueno, pues, muchas gracias por permitirme conservar el don de la vida. ¡Muy amable de tu parte!

El muchacho tan sólo apretó los dientes hasta que acabó por darse la vuelta.

—Olvídalo. No necesito esto.

—¡Yo tampoco! —replicó ella, cada vez más irritada.

—Y me debes unos lentes ahora, por cierto —dijo él sin detener la marcha, a lo que ella tan sólo respondió con un resoplido y un zapatazo.

—¿Ocurre algo? —preguntó Belgina, saliendo del consultorio mientras se acomodaba las gafas nuevas y se miraba al espejo.

—Nada, fue sólo… un idiota con el que espero no volver a toparme —rugió Marianne, tratando de recuperar la compostura—. Mejor no hablemos de eso, ¿ya tienes todo?

—Sí, ya podemos irnos —respondió Belgina, sintiéndose más segura con sus nuevos lentes y saliendo juntas de la óptica.

A unos metros de distancia una figura enfundada en una capucha gris las observaba marcharse.

Al llegar a casa, Marianne intentó pasar desapercibida por la sala, donde su hermano menor estaba recostado en el mueble principal, viendo la televisión y comiendo palomitas.

—Ah, ya llegaste. Pensé que te las habías arreglado para tener otro accidente.

Marianne gruñó en respuesta y miró de reojo las imágenes de la pantalla. Tres personajes caricaturescos con apariencia de golosinas volaban alrededor en medio de escenarios coloridos.

—No sé cómo puedes mantener tan buenas notas cuando te la pasas viendo cosas como ésa.

—¡Me tienes envidia porque no tengo que matarme estudiando como tú! —gritó el niño desde el sillón.

—¡Fingiré que no escuché eso! —exclamó ella sin detenerse. Apenas entró a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer agotada en la cama, lo cual le provocó un ligero calambre en el cuello—. ¡Auch! Maldito collarín, se me olvida que lo traigo puesto.

—Puedo ayudar con eso —la voz del ángel retumbó en su oído y ella se sobresaltó como si fuera la primera vez que lo escuchaba.

—¡Tú de nuevo!

—Prometiste que me escucharías.

Marianne dio un suspiro con resignación y dejó caer la cabeza sobre la almohada.

—Te escucho —contestó ella sin más remedio, convencida en cierta forma de que seguía alucinando y no podía hacer nada más que seguirle la corriente.

—Como dije, mi nombre es Samael, y fui asignado como tu guardián. Dentro de ti reside un poder dormido, un poder que sólo poseen aquellos destinados a luchar contra el mal. Aquellos llamados Angel Warriors.

—A estas alturas aceptaría más que me dijeras que morí a causa del accidente y que estoy atrapada en el purgatorio —resopló ella sin poder creerse una sola palabra.

—Entiendo que se te dificulte aceptarlo, pero si pones de tu parte será más sencillo. Ahora, coloca las manos alrededor de tu cuello.

Marianne continuaba escéptica, pero tras dar un bufido, hizo lo que le pidió y cubrió con sus manos el collarín. Esperó un momento a que le diera instrucciones, pero no escuchó nada más, hasta que empezó a sentir una ola de calor que recorría su cuello.

—Bien, ahora quítate el collarín.

Ella obedeció nuevamente y tras retirarlo comenzó a mover el cuello descubriendo con sorpresa que ya no sentía dolor.

—¿Qué hiciste? ¿Es alguna especie de magia? ¡¿Cómo…?!

—Ya te dije, soy un ángel —respondió Samael mientras ella se incorporaba con un dejo de desconcierto en el rostro.

—No puedo creerlo, esto no puede estar pasando… Me niego a creerlo —repitió para sí misma, comenzando a dar vueltas por la habitación mientras el ángel intentaba que prestara atención.

—Comprendo que sea mucho para asimilar en un día, pero no podemos perder tiempo, debemos empezar a trabajar en tus habilidades cuanto antes.

—Sigo alucinando, es eso. Tiene que serlo. Los ángeles no existen. Que lea sobre ello no los hace reales. No lo son. Imposible. ¡No lo son! —En ese instante se escuchó un crujido y el espejo de su tocador se partió desde el centro hasta los extremos, dejándola muda por unos segundos—. ¿Quién… hizo eso?

—Tú lo hiciste.

—Pero… ¿cómo…?

—Te dije que hay un poder en tu interior que poco a poco irá creciendo ahora que se ha roto el lazo que te mantenía atada a lo terrenal. Es por eso que necesitas de mi guía para poder controlarlo.

—… No puedo lidiar con esto justo ahora.

Sin decir más se puso de nuevo el collarín y salió de ahí.

—¿No vas a comer? —preguntó su madre desde la cocina al verla pasar de largo.

—Iré a la biblioteca, regreso al rato —respondió sin detenerse.

Varias horas y llamadas fallidas después, su madre dejó asentado su móvil a un lado de los documentos que había estado ordenando y comenzó a repiquetear los dedos en la mesa.

—Loui, ¿podrías ver si tu hermana sigue en la biblioteca? Aún no ha regresado y no responde el teléfono. Yo aún tengo documentos que ordenar.

El niño no tuvo más remedio que levantarse del sillón donde había estado tumbado toda la tarde viendo televisión.

—Si papá estuviera aquí, no tendríamos estas complicaciones —espetó él y su madre alzó el rostro de la pila de papeles que tenía enfrente, pero él ya se había ido.

La sección de la biblioteca en la que Marianne se había refugiado era muy silenciosa, y eso sólo acentuaba la claridad con la que escuchaba la voz de Samael. Definitivamente, una mala decisión.

—Escucha, aunque ahora intentes ignorarme, es realmente importante que tomes en serio el asunto.

—No estoy escuchando —musitó ella, tratando de que su voz fuera lo más queda posible para no llamar la atención.

—Aún no entiendes la magnitud de todo. La Legión de la oscuridad no descansa en ningún momento, y…

—¿Legión de la oscuridad? —repitió ella con cauta curiosidad.

—Es el plano donde reside todo el mal. Hasta ahora han mantenido un perfil bajo, pero eso no significa que no hayan hecho nada en todo este tiempo.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Puedo sentirlo. Muchas veces antes he detectado su presencia, pero sin que tú me escucharas no había mucho que pudiera hacer. Piensa en esto, detrás de cada muerte misteriosa lo más seguro es que la Legión de la Oscuridad esté involucrada, ¿entiendes ahora mi urgencia por comenzar con tu entrenamiento?

Marianne se quedó callada ante sus palabras; algo en ellas había resonado en su interior dejándola meditabunda. No se dio cuenta de que una sombra merodeaba el área, ocultándose en los rincones.

—Están cerca —dijo Samael, sacándola de su ensimismamiento justo cuando la sombra pasaba veloz cerca de ella, provocándole un escalofrío.

—Ni sé para qué tiene celular —se quejó Loui, guardando el suyo tras intentar llamar una vez más a su hermana sin éxito.

Había llegado a la biblioteca y entraba en ese momento por uno de los tantos pasillos de acceso. No había una sola persona en el corredor por el que había accedido y las luces estaban fallando. Aún no estaba seguro de dónde empezar a buscar ya que el lugar era enorme, como un laberinto, y vio al fondo una figura que permanecía de pie. No le dio mucha importancia hasta que otra más se le unió y acto seguido bloquearon el pasillo como si lo esperaran, por lo que empezó a reducir el paso con cautela. No fue sino hasta que comenzaron a dirigirse hacia él que se detuvo.

—Ve por él —dijo el más alto, y el otro se apareció en un parpadear frente a Loui, deteniéndolo contra el piso con fuerza sobrehumana y tapándole la boca, mientras el primer sujeto iba acercándose.

Con un ademán que semejaba sacar algo del pecho del niño, surgió de él una especie de esfera traslúcida y luminosa, como adherida a su palma.

—Atacan a alguien —avisó Samael y Marianne sintió una opresión en el pecho como respuesta somática. Sintió de pronto la necesidad de sacar su celular y al hacerlo vio que tenía un mensaje entrante.

«¿Sigues en la biblioteca?

Mamá me ha enviado por ti, no me hagas entrar».

Era de su hermano. Aquella opresión se extendió como una ola fría por todo su cuerpo.

—¡Tienes que detenerlos! —exclamó Samael con firmeza y ella se levantó de golpe, decidiendo de pronto tomarse en serio sus palabras. Salió corriendo de ahí, siguiendo las indicaciones del ángel, arrancándose el collarín para tener mayor libertad de movimiento y deteniéndose justo antes de doblar por un corredor al ver a dos figuras junto a un cuerpo inconsciente. El que estaba de pie sostenía una especie de esfera brillante con una mano mientras el otro se mantenía encima del pequeño cuerpo inmóvil que yacía en el piso. Al mirar con mayor detenimiento descubrió que se trataba de Loui.

—¡Esos… Esos sujetos tienen a mi hermano! —musitó ella al ver la escena de lejos.

—Pertenecen a la Legión de la oscuridad. Ahora escucha con atención, antes de enfrentarlos tienes que asegurarte de que…

No llegó a terminar de hablar pues Marianne ya se había lanzado de manera impulsiva fuera de su escondite.

—¡Suéltenlo!

Las dos figuras voltearon y Marianne sintió paralizarse del horror. No estaba preparada para lo que tenía frente a ella. A pesar de que aquellos seres lucían como humanos, sus ojos eran completamente negros con un iris plateado que brillaba en la oscuridad. Poseían extraños tatuajes con relieve en la periferia de sus rostros que parecían salirse de la piel, como si se trataran de sus propias venas que se entretejían formando una especie de revestimiento oscuro que cubría el resto de sus cuerpos a manera de traje blindado. La diferencia entre ellos era que, mientras el cabello de la figura de pie parecía formado por el mismo material petrolífero que le brotaba de la piel, el segundo poseía un cabello cobrizo más parecido al humano.

Eran demonios. No tenía duda de ello. Marianne retrocedió un par de pasos, impactada ante aquella visión, y la figura de pie esbozó de pronto una sonrisa, mostrando unos afilados colmillos entre su perfecta hilera de dientes.

—Yo me hago cargo de la testigo.

En un abrir y cerrar de ojos apareció frente a ella, tomándola del cuello y empujándola contra la pared. Ella se aferró a su brazo, intentando liberarse, pero la mano de él fue cerrándose en torno a su garganta, dificultándole la respiración.

Podía escuchar a su ángel llamándola con urgencia, tratando de darle indicaciones, pero su voz iba desvaneciéndose junto con su consciencia, hasta que sus brazos cayeron lánguidos a sus costados. El espectro la arrojó lejos, hacia el pasillo por el que había llegado.

—¡Marianne! ¡Trata de escucharme, por favor! ¡Marianne!

Pero ella ya no estaba ahí, se había hundido nuevamente en aquellas aguas oscuras en las que flotaba rodeada por un vacío. Entreabrió los ojos y vio aquella brillante silueta alada frente a ella por un breve momento antes de disiparse y ella volvió a cerrar los ojos. Las aguas que segundos antes estaban tranquilas comenzaron a agitarse a su alrededor, y una coraza fue cubriéndola lentamente por encima de la ropa, subiendo hasta su rostro, momento en el que ella abrió los ojos de golpe.

—No es el don que buscamos —dijo el demonio más alto, sosteniendo la esfera apagada, recién expulsada de un contenedor con unas letras engravadas en las que se leía la palabra «intelectual»—. Deshazte del cuerpo, Ashelow.

Aprovechando que tenía la esfera en la mano, el demonio hizo el ademán de apretarla fuertemente con la intención de destruirla y justo en ese momento su brazo fue cercenado de un tajo, haciéndolo aullar de dolor, sosteniéndose el muñón que segregaba una sustancia negra como el petróleo. En medio de su agonía se dio la vuelta y vio una figura con armadura sosteniendo una espada que apuntaba hacia él.

No dijo nada, tan sólo mantuvo la mirada fija en él, sus ojos verdes destellando detrás del casco que protegía su rostro. El demonio siseó mostrando los dientes, sus ojos plateados centelleando de furia.

—¡Vámonos, Ashelow! —le gritó al otro sujeto y ambos desaparecieron como si se desintegraran en cenizas, junto con el brazo cercenado.

Marianne permaneció en aquella posición hasta que recobró la claridad en su mirada, y tras bajar la guardia, la espada fue absorbida por su mano derecha. Fue corriendo hacia su hermano y se arrodilló a un lado de él, pero éste permaneció inmóvil por más que lo sacudió, con los ojos abiertos y apagados, las pupilas totalmente dilatadas.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no reacciona?

—Después de que un don ha abandonado un cuerpo ya no responde más —explicó Samael con tono de gravedad.

—¿Qué quieres decir? —inquirió ella nuevamente, pero el silencio del ángel parecía responder a su pregunta. Observó nuevamente el cuerpo inerte del niño y luego miró la esfera apagada que yacía a su lado. De un impulso la tomó y comenzó a presionarla contra el pecho de Loui—. Despierta. ¡Vamos, despierta!

Inesperadamente, el resplandor de la esfera pareció reactivarse entre sus manos y comenzó a introducirse en el pecho del niño ante la mirada atónita de Marianne. El don fue absorbido por completo y los ojos de Loui recuperaron el brillo, aspirando tan fuerte como si hubiera estado conteniendo la respiración por mucho tiempo, luego arqueó la espalda y dio largas bocanadas de aire mientras Marianne se apartaba sin entender qué pasaba.

—¿Quién eres? —preguntó Loui, mirándola con los ojos entrecerrados y el cuerpo recogido, sin distinguir bien lo que tenía frente a él.

Marianne parpadeó confundida debajo del casco. No la reconocía, podía decirle cualquier cosa, lo primero que le viniera a la mente…

—Soy… una Angel Warrior —contestó ella, impostando la voz a pesar de que ya de por sí el casco ocultaba sus facciones—. Ten más cuidado la próxima vez.

El niño continuó mirándola con los ojos como ranuras, y ante el temor de no poder mantener su acto, ella optó por alejarse a toda prisa de ahí, dejando a su hermano completamente aturdido.

Acabó deteniéndose en un callejón solitario tras correr por varias calles oscuras sin parar y trató de recuperar el aliento.

—¿Qué ocurrió ahí? ¿Tú tuviste algo que ver?

—No, tú hiciste todo. Te dije que tenías un poder que esperaba por despertar.

Marianne dio un suspiro sin saber ya qué más decir y optó por intentar despojarse de la coraza que la cubría, pero ésta parecía adherida a ella.

—¿Y ahora cómo hago para quitarme esta cosa?

—Sólo relájate, transmítele a tu mente que ya no hay peligro. Entonces volverás a la normalidad.

Ella hizo lo que el ángel le indicó, y tras unos segundos concentrada, aquella extraña armadura se retrajo hasta desaparecer por completo. A pesar de que la coraza era tan ligera que prácticamente no la sentía, apenas regresó a la normalidad sintió un gran alivio y recargó la espalda contra la pared.

—¿Qué sigue ahora?

—Lo ocurrido hace unos momentos es clara señal de lo que la Legión de la Oscuridad ha estado haciendo todo este tiempo. Es hora de detenerlos.

—¿Qué es lo que buscan? La esfera brillante esa…

—Los dones. Son las características que distinguen a las personas. Cada quien puede poseer distintos dones, pero uno solo es representativo de ellos y de vital importancia, por eso debes protegerlos.

—No sé cómo se supone que lo lograré… Ni siquiera estoy segura de lo que hice ahí, pudo haber sido un golpe de suerte.

—Creo en ti y tú también deberías hacerlo.

Ella apoyó la cabeza en el muro, agotada por el día que había tenido.

—Lo único que puedo pensar en este momento es en llegar a casa y dormir.

—Deberías, te lo mereces.

Marianne dio un resoplido antes de lanzarse a recorrer las calles para volver a casa después de su primer enfrentamiento.

Estaba ya a una calle de distancia cuando una figura con capucha gris salió del mismo callejón que ella y se detuvo en la acera, mirando en su dirección con las manos metidas en los bolsillos. Esperó hasta que se perdió de vista para darse la vuelta y marchar del lado contrario, desapareciendo súbitamente en el aire, dejando el callejón tan solitario como antes.


SIGUIENTE