CAPÍTULO 1

1. LA SONRISA DE CHESHIRE

El aeropuerto estaba imposible. Atestado. Y una de las cosas que menos soportaba era el amontonamiento de gente arrastrando sus pilas de maletas sin fijarse a quién arrollaban por las prisas de alcanzar su vuelo o encontrar su sala de abordaje. En más de una ocasión ya le habían pasado encima de los pies las ruedas de unas pesadas maletas sin que los dueños se dignaran siquiera a pedir disculpas y eso empezaba a colmar su paciencia. Demian llegó a imaginarse a sí mismo abriéndose paso entre la gente, arrojándolos con su aura para delimitar toda un área a su alrededor exclusiva para él, pero rápidamente desechó esos pensamientos y trató de distraerse mirando una de las pantallas con las noticias actuales. Pasaron de los conflictos internacionales a un asesinato sin resolver en una de las ciudades aledañas y luego a un misterioso incendio que había arrasado con una zona del bosque alejada de la ciudad. Fue entonces que desvió su atención a su reloj. Las 6 de la tarde. El vuelo llevaba dos horas de retraso y la impaciencia empezaba a apoderarse de él.

Después de un rato, volvió a mirar el tablero y vio que el estatus había cambiado a “aterrizando”. Enseguida se enderezó y sacó las manos de los bolsillos. ¡Finalmente! Sacó su celular para revisar si tenía algún mensaje y vio con sorpresa que había uno de Marianne.

“Ya estamos en el Retroganzza.”

Corto y escueto, como solía ser ella, y aun así una sonrisa se dibujó en su rostro. A pesar de todo lo ocurrido un mes atrás, ella había sido la principal impulsora de que le concedieran otra oportunidad, y aunque él optó por aislarse un tiempo, ella trataba de mantenerlo integrado de forma constante. No podía evitar pensar que era más que nada para prevenir un nuevo brote de sus impulsos demoníacos, pero aun así le estaba agradecido. Apretó el botón de responder y comenzó a escribir de vuelta:

“No podré ir. Estoy esperando a…”

—¡Hermano!

La alegre voz lo interrumpió, obligándolo a cerrar de golpe el celular y levantar la vista. A unos metros de él se aproximaba corriendo una chica menuda con un largo abrigo violeta, sujetando un gorro en su cabeza del mismo material del abrigo y guantes del mismo color. Arrastraba tras de sí una maleta que parecía un auto desenfrenado, atropellando a cuanta persona se le topara enfrente.

Él sonrió, guardó el celular y dio unos pasos hacia el frente tan solo para ser embestido por ella en un fuerte abrazo. La maleta se deslizó sobre sus ruedas hasta chocar contra una pareja en plena despedida, arrojándolos al suelo con todo y equipaje. Demian no pudo hacer más que mirarlos de reojo hasta que ella lo soltó.

—¡Ya te extrañaba! ¡Deseaba tanto volver a casa! ¿Por qué me hiciste esperar hasta ahora? —dijo ella, dándole un suave golpe en el brazo a modo de reproche.

—Lo siento, había… varios asuntos que debía resolver antes —respondió él y la chica entornó los ojos con recelo.

—…Te noto diferente. ¿Adelgazaste, creciste más, te cortaste el pelo?

—Sigo siendo el mismo —aseguró él, tratando de cambiar de tema—. En cambio, tú sigues siendo la misma, aunque con guardarropa nuevo. —Al tocar su gorro, ella se apresuró a sujetarlo para evitar que se lo quitara, despertando su sospecha—… ¿Qué escondes? —Estiró el brazo con rapidez antes de que ella pudiera evitarlo y le quitó el gorro dejando al descubierto su cabello, teñido de tal forma que iniciaba en la raíz con un violeta muy oscuro y se iba aclarando conforme llegaba a las puntas con un degradado en color lila claro—… ¿Qué rayos te hiciste?

—¡Era una sorpresa! ¿Te gusta? Es la moda en Londres. ¡A que se ve genial!

—…Sí, claro, muy genial. Cuando lleguemos a casa te lo destiñes porque ya no estás en Londres —replicó él, colocándole el gorro de vuelta y yendo a recoger su maleta.

—¡Pero a mí me gusta así! ¡Además, es mi cabello y puedo hacer con él lo que quiera! ¡Si quiero rapármelo no podrás impedírmelo!

—Perfecto, entonces hazlo.

—¡No haré lo que tú me digas! —repitió ella sacándole la lengua y Demian dio un fuerte suspiro, prefiriendo no discutir.

—Dijiste que venía una amiga contigo. ¿Decidió no venir al último momento?

—¡…Ah, no! Se quedó esperando sus maletas. Necesita ver que todas estén en el mismo orden y que no tengan un solo rayón. ¡Ah, aquí viene ya! —Demian volteó a su señal, pero su hermana tiró de él para hablarle al oído—. Por cierto… te pediría de favor que seas paciente con ella. Es… algo especial. ¡Eh, Addalynn, aquí!

Caminando con porte altivo y suave cadencia, una chica de figura esbelta y largas piernas se aproximó hacia ellos, seguida por un par de empleados del aeropuerto que arrastraban toda una fila de maletas. Vestía de blanco y su largo y lacio cabello se mecía con sus movimientos, luciendo el mismo estilo degradado que su hermana, sólo que en tonos azulados. Llevaba lentes oscuros, lo cual aumentaba la atención que había atraído a su paso, de gente observándola como si fuera una estrella y tratando de identificarla.

—Hermano, te presento a Addalynn. Y Addalynn, él es mi hermano Demian. Ya te había hablado de él.

—Mucho gusto —saludó Demian, extendiendo la mano con la intención de estrechar la suya, pero la chica se encogió con aquel gesto y él miró confundido a su hermana. Con un discreto movimiento de cabeza ella le indicó que no lo hiciera, así que apartó la mano enseguida mientras la muchacha de blanco se quitaba los lentes y miraba a Demian por un segundo. Sus ojos eran de un azul eléctrico que casi fosforecía y le pareció ver que sus pupilas se dilataban por una fracción de segundo antes de que ella desviara la mirada a su alrededor. Su rostro era de facciones delicadas y armónicas que contrastaban con su forma de conducirse tan atípica.

—Givicha dice que tienen piscina en casa, ¿es cierto eso? —inquirió ella de repente y Demian le dedicó una mirada de interrogación a su hermana, pero ésta se limitó a encoger los hombros como si ya estuviera acostumbrada a sus modos.

—…Sí, ha permanecido vacía últimamente, pero se pueden hacer los arreglos necesarios para llenarla.

—Perfecto —finalizó la chica, dándose la media vuelta y buscando la salida más próxima—. ¿Cómo se sale de este aeropuerto?

Con una seña indicó a los dos empleados que tiraban de sus maletas que la siguieran y tanto Demian como su hermana fueron también tras ella, lanzándose miradas que parecían discutir sin palabras lo que acababa de pasar.

El Retroganzza ya había cerrado al público, pero en su interior las luces aún continuaban encendidas.

Lilith salió de la cocina llevando un pastel cubierto de bombones y decorado con un simple “Felicidades” hecho de cobertura de azúcar mientras los demás aplaudían.

—¡Ta-dá! ¡Atásquense todos!

—Gracias, chicos. Solo fui admitida en la misma escuela que ustedes, no es para tanto —dijo Lucianne mientras Lilith colocaba el pastel en el centro de la barra.

—Tú solo disfruta, adelante, haz los honores —insistió Lilith entregándole un cuchillo para cortar el pastel y Lucianne se detuvo antes de hacer el primer corte.

—Esto… no lo cocinaste tú, ¿o sí?

—¿Por qué? ¿Tendría algo de malo que yo lo hubiera hecho? —espetó Lilith cruzándose de brazos y entrecerrando los ojos con indignación.

—Pues sería muy patético habernos salvado de morir una vez para acabar envenenados con uno de tus experimentos culinarios —expresó Franktick llevándose una botella a la boca y Lucianne enseguida le propinó un codazo para callarlo, a lo que él se encorvó ligeramente para evitar escupir el refresco.

—Aish, bueno, tranquilos, no lo hice yo. Fue Monkey, ¿satisfechos? —aclaró Lilith girando los ojos y hubo prácticamente un suspiro colectivo de alivio mientras Lucianne se disponía a cortar el pastel—. Yo solo ayudé con el relleno.

Apenas el cuchillo se hundió en el pan, un líquido rojo se acumuló en la base, haciéndolo parecer como si el pastel estuviera sangrando.

—…Por favor, dime que no había nada vivo ahí dentro.

—¡Es mermelada de fresa! —proclamó Lilith mientras Mitchell pasaba el dedo por el líquido rojo y se lo llevaba a la boca.

—…Nop. Me temo que un inocente tomate ha muerto. Esto es cátsup.

Lilith lanzó un gruñido de frustración, quedando completamente roja, y se dio la vuelta para volver a la cocina casi chocando con Mankee, que llevaba un recipiente con una espátula.

—¿Todo bien? Traigo helado para acompañar el pastel, ¿qué tal quedó?

Los demás no pudieron más que hacer una mueca mientras el pastel seguía chorreando cátsup. Al final tuvieron que conformarse solo con el helado. Marianne apenas y había probado una cucharada cuando escuchó la alerta de su celular, anunciándole que tenía un mensaje nuevo, así que rápidamente lo sacó del bolsillo de su suéter y vio la pantalla.

—¿Demian?

—¿…Eh? —Marianne alzó la vista, pensando que de repente él habría decidido aparecerse frente a ellos, pero solo era Belgina comiendo de su helado.

—Que si el mensaje es de Demian.

—¡Ah! Sí. Dice que no podrá venir.

—No sé de qué les extraña. Ha rechazado varias de sus invitaciones seguramente por la vergüenza, y es lo mínimo que debería sentir. Lo que hizo estuvo muy retorcido —intervino Frank sin moverse de detrás del asiento de Lucianne.

—¿…Qué estás insinuando? ¿Que no merece una segunda oportunidad? Porque si a esas vamos, yo tampoco debería estar aquí; después de todo, también intenté asesinarlos —replicó Lucianne, dedicándole una mirada de reproche.

—Es diferente, tú no sabías lo que estabas haciendo.

—No, Frank, sí lo sabía. Y eso es lo que me hace sentir peor, que en ese entonces en verdad quería ver a todos muertos. Recuerdo bien la sensación y no es nada agradable, así que entiendo lo difícil que debe ser para Demian. A mí aún me cuesta verlos a los ojos.

—¡Pero no estabas siendo tú misma! —interpeló él sin estar dispuesto a ceder en eso.

—Una versión de mí por lo menos.

—Bueno, pues lamento desechar sus suposiciones, pero no es por eso que no viene —intervino Marianne antes de que volvieran a tocar un tema que ella prefería evitar—. Fue a buscar a su hermana al aeropuerto y tienen mucho que ponerse al día.

—¿…Su hermana? —Lilith se puso tensa al recordar la extraña visión que había tenido la única vez que la había visto en el cementerio.

—¡Ah, sí me enteré que venía! —repuso Mitchell, terminando su helado y lamiendo la cuchara—. ¡Así que pronto conoceremos a la hermanita! Me pregunto si se verá tan bien de cerca como de lejos… ¡No es que piense en ella de esa forma, nena! ¡Tú sigues siendo la dueña de mi corazón! —Belgina se encorvó en su silla junto a Marianne y prácticamente se escondió detrás de ella como un cervatillo asustadizo en presencia de un lobo feroz. Mitchell dio un suspiro con aspecto resignado y miró su copa vacía—… ¿Quedó helado? Que alguien me sirva un poco más.

—¿Qué tal está el helado? —preguntó Angie, sentándose al final de la barra donde Samael permanecía callado, concentrado en su copa.

—Muy frío —respondió él con una sonrisa distante.

—Prueba con estos —sugirió ella ofreciéndole unos bombones—. Los rescaté del pastel de cátsup. Saben muy bien con el helado.

—Gracias —respondió él con el mismo retraimiento de quien mentalmente está en otro sitio y ella intentó pensar en algo más para abordarlo.

—¡Oye, alitas! —El llamado de Frank los impulsó a levantar el rostro—. Hay algo para ti también. ¿Lo trajiste, Mitchell?

—¡Ah, es cierto! —Mitchell rebuscó en sus bolsillos hasta sacar unos papeles enrollados.

—¿…Qué es esto? —preguntó Samael con curiosidad al recibirlos.

—Son tus nuevos papeles de identidad —explicó Mitchell—. Ahora eres un ciudadano con derechos como todos nosotros.

—¿De verdad lo hicieron? —Marianne saltó de su asiento y se colocó a un lado del ángel para observar también los documentos hasta terminar prácticamente arrancándoselos de las manos para poder verlos más de cerca.

—Fue en realidad obra de Frank, yo únicamente contribuí con algunos detalles menores como signo zodiacal, tipo de sangre, árbol familiar, etc. —continuó Mitchell, apuntando la información de la que hablaba—… Por cierto, Marianne, tu padre ahora tiene un hermano bastardo del que no sabía nada, el cual vivió en hogares de acogida hasta que se escapó y pasó una época en el alcantarillado alimentándose de ratas, luego conoció a una bailarina exótica con la que se casó y viajaron de ciudad en ciudad como artistas ambulantes hasta que tuvieron a Samuel y decidieron enderezar sus vidas. Compraron una casa rodante, pasaron por varias ciudades durante varios años hasta que descubrió que tenía un hermano perdido; dejaron a Samuel en un internado mientras iban en su busca y en el camino, la casa rodante perdió el control, se estamparon contra una pipa de gas y explotaron en mil pedazos dejando a su hijo solo en el mundo, con la encomienda de encontrar a su último pariente vivo. —Marianne le dedicó la mirada más inaudita que le era posible por encima de los papeles—… ¿Qué? ¡Es una bella historia de amor!

—Decidimos conservar algunos de los datos utilizados para el campamento —agregó Frank, sacando un usb de su bolsillo y entregándoselo a Marianne—. En esta memoria están todos los archivos recolectados, por si alguno de esos llega a perderse.

—¡Y todavía hay más! —volvió a interrumpir Mitchell, indicándole que continuara pasando las páginas hasta llegar al final. Marianne sacó de ahí una hoja con la foto del ángel y una lista de materias.

—¿…Y esto?

—Conseguí agregarlo al sistema escolar. A partir del inicio de este semestre figura como nuevo estudiante de traspaso al igual que Lucianne —explicó Frank.

—¿Escuchaste? ¡Irás a la escuela con nosotros! —exclamó Marianne sacudiendo el hombro de Samael y mostrándole la hoja.

—Bueno, en realidad estará conmigo en cuarto grado. Pensé que le beneficiaría pasar más tiempo de calidad entre chicos —aclaró Mitchell señalando las materias.

—Lo más importante de todo es que ya no tendrá que estar escondiéndose en el ático —repuso Marianne y notó que a pesar de que los ojos de Samael estaban puestos sobre la hoja, parecían mirar a través de esta, así que le dio una leve sacudida para hacerlo reaccionar. Él levantó la vista y vio que todos lo observaban como si esperaran una respuesta de su parte.

—…Suena genial. Muchas gracias —contestó finalmente, sonriendo y tratando de mostrarse lo más animado posible.

Los demás continuaron con la celebración y del helado pasaron a una competencia para ver quién comía más del pastel de cátsup, siendo Mitchell y Frank los únicos que se atrevieron a probarlo, tomando el primero la ventaja por un bombón sangriento, aunque todo llegó a su fin en cuanto Frank le arrojó el resto del pastel encima.

De camino a casa, Samael continuó en completo silencio, y sin poder soportarlo más, Marianne se detuvo delante de él.

—Muy bien, a mí no me engañas. A ti te pasa algo, ¿por qué estás tan distraído últimamente? —inquirió ella y a Samael pareció tomarlo por sorpresa por un segundo, aunque luego se quedó pensativo.

—…No sé realmente. Es solo que… se siente muy raro que haya pasado un mes sin que hubiera alguna manifestación de la Legión de la Oscuridad.

—Eso es bueno, ¿no? Que haya paz. —Samael asintió levemente, aunque continuaba con aquel gesto de embrollo que la hizo sonreír—… Ya sé lo que te pasa. Extrañas precisamente eso, la acción. Es cuando puedes mostrarte como un líder natural y puedes tomar el control. Sin eso te sientes desorientado, sin un propósito. —Samael contrajo el ceño con el mismo semblante pensativo mientras ella se daba la vuelta para seguir—. Es normal, la guerra no iba a durar para siempre. Relájate y disfruta de la paz actual.

—…Pero la Legión de la oscuridad no ha sido destruida aún por completo.

Marianne se detuvo, dándole la espalda.

—¿…Es eso entonces lo que te tiene preocupado? ¿Que Demian aún siga con vida? —Samael no respondió, sabía por el tono de su voz que el tema le afectaba en distintos niveles que aún no alcanzaba a comprender, pero ella tan solo continuó su camino—. No deberías. Él cortó lazos con la Legión de la Oscuridad, así que ya no disponen de su principal arma contra nosotros, y todo lo que hicieron para encontrarlo tampoco valió de mucho. Si tanto dependían de él para despertar a su padre, no hay nada que puedan hacer ahora.

—Esa es una de las cosas que me preocupan —dijo él por fin y ella volvió a detenerse.

—Nunca vas a dejarlo estar por el hecho de tener sangre de demonio, ¿cierto?

Samael se crispó levemente y evitó su mirada.

—…No se trata de eso. Creo… que puedo aprender a aceptar la existencia de demonios que no actúen conforme a lo establecido… Pero se me dificulta creer que la Legión de la Oscuridad haya simplemente aceptado su derrota y dejarlo ir, después de todo él no es un demonio de bajo rango, es el heredero y lo necesitan. Que no haya habido noticias de ellos no hace más que intranquilizarme… Quisiera pensar como tú y disfrutar de esta paz, pero no puedo evitar la sensación de que es momentáneo y que algo deben estar planeando.

—…Antes de la tormenta, reina la calma —parafraseó Marianne—… Entiendo a qué te refieres, pero tampoco puedes vivir preocupado todo el tiempo, pensando que en cualquier momento alguien va a atacar. Relájate un poco. Deberías tomar esta oportunidad para conocer más de este mundo como humano y no como mi ángel guardián.

Con unas palmadas en el hombro y una sonrisa le indicó que era hora de continuar. Samael hizo el intento por sonreír como si fuera a seguir su consejo, pero lo cierto era que le resultaba imposible sentirse tranquilo. Después de todo había dicho que esa era UNA de sus preocupaciones.

—Espero que te sientas cómoda en esta habitación —dijo Demian, dejando en el suelo la última maleta de la fila que la chica de blanco había traído desde Londres. Esta observaba con atención la recámara de forma analítica. Era espaciosa y sobria, aunque sin ningún detalle que la hiciera destacar. La sobrecama y las cortinas eran de un gris plomizo que junto a las paredes blancas y desnudas le daban un aspecto pulcro e impersonal—… Vicky no me dijo que venía con una amiga hasta el último momento, así que no tuve tiempo de hacer arreglos. Siéntete libre de decorarla como mejor te parezca. La habitación de Vicky está al lado y la mía al final del pasillo.

—¿Y por qué querría yo ir a tu habitación? —espetó ella sin ninguna inflexión particular en su voz y sin dejar de examinar las paredes. Demian abrió la boca sorprendido de su réplica y su hermana le dio un golpecito en el brazo, indicándole con el gesto que tuviera cuidado con su respuesta.

—…Solo era información. Por si necesitas algo y Vicky no está para ayudarte.

—Mmh. Suena lógico. —Demian le dedicó la mirada más confusa que pudo a su hermana, la cual se limitó a encoger los hombros con una sonrisa congelada—. Givicha, una vez que termines de instalarte en tu habitación, ¿podrías venir y ayudarme a desempacar?

—Eh… ¡sí, sí, claro! ¡No tardaré, después de todo mi habitación está tal y como la dejé! ¡Ya vuelvo! —Y de esa forma salieron de la recámara, Demian dedicándole una mirada indagadora a su hermana—… ¿Qué? Te dije que tuvieras paciencia con ella.

—¿Y dices que se quedará el semestre entero?

—¡Verás cómo se pasa volando! —afirmó ella, haciéndolo parecer sencillo—. Tiene sus manías, pero nada que sea difícil de manejar. No causará problemas, lo prometo. Sólo… unos cuantos detalles: no le gusta que la miren fijamente por mucho tiempo; contrario a lo que pueda parecer, tampoco le agrada llamar la atención; detesta que los chicos intenten abordarla y Por. Nada. Del. Mundo toques su cabello.

Demian dio un suspiro y le dio unas palmadas.

—…Descansa, hermanita. Tienes que volver a acostumbrarte a nuestro horario. El próximo lunes comienzan las clases —aconsejó él, marchando hacia su habitación.

—Buenas noches, hermano… ¡y por cierto! ¿Hiciste remodelaciones a la casa? Se ve algo diferente de… la última vez que vine.

Demian se paró en seco al recordar el motivo de aquellas “remodelaciones”. A raíz de la muerte de su padre y el eventual descubrimiento de su verdadera identidad, había prácticamente destrozado la mayoría de los muebles en su búsqueda por el objeto del que él le había hablado antes de morir. Objeto que ahora llevaba consigo a todos lados, oculto en un bolsillo, lo cual se aseguró de comprobar, metiendo la mano en éste y oprimiéndolo con fuerza. El medallón seguía ahí.

—…Algo así —respondió finalmente con tono grave. Por más que tratara, jamás podría dejar atrás esos días. Debía aprender a vivir con ellos.

—¡Arriba todos, primer día de escuela! —La voz retumbó en toda la casa, despertando incluso a Samael en el ático. Casi enseguida se alcanzaron escuchar las respuestas a coro tanto de Marianne como de Loui aún adormilados.

Samael se incorporó de inmediato y se frotó los ojos. Dadas sus nuevas circunstancias, ahora también tendría que asistir a la escuela de Marianne, así que debía prepararse. Miró hacia el biombo que rodeaba el área y vio que de un gancho colgaba el uniforme que le habían conseguido. Encima del baúl, a los pies del colchón, había una mochila y unos libros. Por un instante se sintió abrumado y necesitó cerrar los ojos y llevarse las manos al rostro con ansiedad.

Lo cierto era que Marianne no estaba del todo equivocada cuando sugirió que la idea de la paz actual lo desconcertaba. Después de todo había sido creado para guiar y proteger en tiempos oscuros, luchar contra el mal, estar constantemente en guardia, pero había pasado más de un mes sin que nada ocurriera. Ni siquiera había vuelto a recibir más mensajes del plano superior mientras dormía, lo cual lo inquietaba. Definitivamente no podía hablar de una paz definitiva mientras la Legión de la Oscuridad siguiera existiendo, pero sabía que eran posibles los períodos de paz que duraran varias vidas, suficientes para que los actuales Angel Warriors dejaran de existir, y él no podía soportar la idea de ser el único que quedara con vida después de todo ese tiempo. Era un ángel, aunque no fuera inmortal podía ser eterno. Y ahora tenía que limitarse a llevar la vida normal de un humano…

Dio un suspiro y se destapó el rostro. Si esa era su vida ahora mejor sería que empezara a acostumbrarse. Ahora tenía una identidad humana que lo respaldaba. Cogió el uniforme y escuchó un ruido en la puerta.

Se puso el saco y se acercó a esta con cautela. Sonaba como si alguien estuviera rascando la puerta o quizá el piso. Colocó la mano en la perilla y esperó unos segundos por si dejaba de escucharse, pero ante la persistencia del ruido, abrió la puerta de golpe y vio entonces a Loui inclinado en el suelo, tallando algo en la madera con una navaja de bolsillo. El niño alzó la vista y esbozó una sonrisa de pilluelo.

—…Hola, primo Samsa. El desayuno está listo.

A continuación, bajó corriendo de ahí entre risas mientras Samael observaba lo que había tallado en la puerta: “Espíritu Santo”. Dio un suspiro y la cerró.

—Espero que no se les esté olvidando nada porque cualquier llamada que reciba pidiéndome que les lleve algo la ignoraré por completo —advirtió su madre mientras llenaba un plato con panqueques que iba preparando al momento.

Tanto Marianne como Loui se sentaron a la mesa ya enfundados en sus uniformes y ella le echó una mirada de encono al verlo dedicarle una sonrisita socarrona mostrando el escudo del Saint Pearl en su saco color vino como si intentara restregárselo en la cara.

—¿…Era realmente imperativo que entrara Loui a mi escuela? ¿No podían buscarle otra? Suficiente tengo con soportarlo en casa.

—El Saint Pearl tiene reputación de ser la mejor escuela en el estado. Tu hermano merece la mejor educación igual que tú, así que es justo que estudie ahí también.

Marianne dio un resoplido mientras Loui se encargaba de sonreír burlonamente, satisfecho de poder invadir territorio de su hermana. Samael se asomó entonces con ciertas reservas desde la escalera de servicio.

—Oh… Buenos días, Samuel —enunció Enid, dosificando su actitud como si de pronto hubiera llegado un invitado especial. Samael hizo un movimiento tímido con la cabeza para responder el saludo y dirigió una mirada furtiva hacia Marianne, que con un gesto le indicó que mantuviera la calma mientras su madre se forzaba a actuar con naturalidad—… ¡Pero pasa, adelante, ven a desayunar!

Samael se sentó a la mesa y ella colocó frente a él un plato rebosante de panqueques mientras Loui y Marianne se encargaban de devorar los suyos como si nada. Él permaneció en silencio, mirando su plato con rostro intranquilo.

—Come con confianza, muchacho. Adelante —lo incitó Enid tratando de mostrar el gesto más maternal que le era posible. Marianne, por su parte, le dio una leve patada por debajo de la mesa para indicarle que comiera, por lo que él procedió a tomar el primer bocado—… ¿Qué te parece? ¿Sabe bien?

—…Gracias —respondió Samael con un asentimiento, sin atreverse a mirarla a los ojos.

—No agradezcas. Eres parte de la familia ahora, es lo mínimo que podemos hacer por ti —replicó ella con una sonrisa, volviéndose hacia la estufa para hacer más panqueques.

El rostro de Samael se contrajo levemente. La atención le incomodaba y la consideraba inmerecida. Habían pasado cinco días desde que hicieron efectiva su nueva identidad, proclamando ser el hijo de un hermano perdido de Noah. La sorpresa de la familia fue inmediata dado que Noah siempre había clamado ser hijo único, pero con los documentos y pruebas que él traía a cuestas parecieron finalmente convencerse y terminaron aceptándolo. Ayudaba también que él parecía más distraído que de costumbre desde que había recibido el don de la resurrección. Y ahora ahí estaba Samael, departiendo como un miembro más de la familia. Se sentía raro, como pez fuera del agua.

Loui se reclinó sobre la mesa e intentó tomar un panqueque del plato de Samael en vista de que se había acabado los suyos y Marianne se lo impidió con un manotazo.

—¡…Auch! —se quejó el niño, sobándose el dorso de la mano.

—Compórtate —le advirtió ella, señalándolo con su tenedor.

—¡Basta los dos! —intervino su madre, dándoles un zape a ambos—. ¿No puede haber un día de paz en esta mesa?… Discúlpalos, por favor, Samuel. No sé de dónde sacan esos modales. —Marianne intentó replicar y recibió en cambio una leve patada en la espinilla por parte de su madre mientras Loui sonreía burlón.

—¿No ha despertado papá? —preguntó el niño, dando un bocado.

—Debe seguir durmiendo. Si quieren que los lleve a la escuela, será mejor que vayan a despertarlo —respondió su madre, regresando a la estufa.

—No es necesario. Podemos caminar —afirmó Marianne, prefiriendo no molestarlo.

Otro detalle desde que su padre poseía el don de la resurrección era que se la pasaba casi todo el día durmiendo. No entendía por qué, ni siquiera Samael tenía una explicación. La única razón que se le ocurría era que tal vez su cuerpo aún no acabara de aceptar aquel don ajeno y aquellos fueran efectos secundarios: sueño y agotamiento permanente, distracción constante y repentinos cambios de humor fuera de su carácter. Esperaba que se tratara de algo temporal y que su cuerpo acabara asimilándolo.

—…Buenos días.

Noah apareció en la puerta de la cocina con expresión somnolienta y frotándose el rostro con una mano. Enid respondió el saludo con sequedad, como si de pronto su presencia la obligara a entrar en un mutismo indiferente y continuó cocinando. Él se sentó a la mesa y pasó la mirada por todos hasta detenerse en Samael. Lo observó por un par de segundos como si estuviera procesando a quién tenía enfrente y finalmente acabó por mostrar una de sus sonrisas afables.

—¿…Y cómo dormiste? ¿Descansaste bien?

—…Sí, gracias —contestó Samael, bajando la vista hacia su plato para no mirarlo a los ojos. Noah asintió sin borrar su sonrisa, aunque pronto parecía abstraerse en sus propios pensamientos y acabó llevándose las manos a las sienes como si le doliera la cabeza. Marianne y Loui intercambiaron una mirada inquieta.

—…Bueno, nosotros ya debemos ir a la escuela o llegaremos tarde el primer día —intervino Marianne, incorporándose y haciendo señas a los otros dos para que la imitaran.

—¿Quieren que los lleve? —inquirió su padre haciendo el ademán de levantarse.

—No, iremos caminando. Creo que necesitas descansar un poco más… y tal vez tomar alguna aspirina —sugirió Marianne, saliendo de ahí seguida de su hermano y Samael. Este último miró de reojo a Noah antes de dedicarle una leve inclinación a Enid y marcharse.

—¿Qué fue lo que le hicieron a papá? —preguntó Loui mientras caminaban en dirección al distrito escolar—. Está actuando muy extraño últimamente y eso sin mencionar que casi no ha salido de casa.

—No le pasa nada, está en perfecto estado, ¿de acuerdo? Sólo… algo agotado tal vez.

—Espero que no hayan estado jugando con su cerebro como intentaron con el mío, porque de lo contrario podrían escapárseme algunos secretos —informó Loui con tono de advertencia, granjeándose una mirada áspera de parte de su hermana.

—…Repíteme por qué no le has borrado la memoria a esta sabandija —masculló Marianne en dirección a Samael y Loui lanzó una risotada.

—Porque, aunque lo hicieran, soy tan listo que acabaría descubriéndolo todo una vez más y nunca se librarían de mí —afirmó el niño con suficiencia—… Además de los cientos de horas que tengo grabadas del ático que demuestran la presencia del primo Samsa antes de que lo fuera y cuyas grabaciones tengo ocultas en un escondite que nunca hallarán.

Marianne entornó los ojos y dio un resoplido de hartazgo.

—…Y tampoco puedo arriesgarme a intentar otra modificación en su mente, la primera fue experimental y no funcionó del todo como podrás ver —explicó Samael—… Creo que, al contrario, la modificación fallida acabó haciéndolo inmune.

—¡Ja, ¿cómo ves?! ¡Me convirtieron en un cabeza de aluminio! —replicó Loui sonriendo satisfecho.

—¡De acuerdo, ya entendí! ¡No tenemos más remedio que aguantar al gusano metiche! Pero una palabra que se le escape y yo no prometo no intentar una lobotomía por mis propios medios —refunfuñó Marianne.

—¡Excelente! ¿Puedo ser un miembro honorario de su equipo entonces? —agregó Loui con aire triunfante y su hermana le dedicó una mirada de hastío.

—…No presiones.

Al llegar a la escuela, se detuvieron frente al edificio y lo observaron desde afuera. Todo pintaba a que sería un año escolar común y corriente, contrario al semestre anterior con todos los peligros que habían tenido que enfrentar. Por un lado, Marianne esperaba que fuera así, aunque por el otro temía que la rutina terminara aburriéndoles.

—¡Hola! ¿Van llegando? —los saludó Lilith, llevando de la mano a su pequeña hermana que también vestía el uniforme color vino de la secundaria—. ¡Ahh, veo que tu hermanito también estudiará primer año aquí!

—Desafortunadamente —espetó Marianne con un bufido.

—Hola, Loui. Te presento a mi hermanita Romy. Parece que serán compañeritos después de todo —expresó ella, inclinándose y tirando de su hermana para presentársela al niño. Este se limitó a saludar con un movimiento de cabeza sin mucho ánimo y la niña respondió de igual forma con timidez—. Estaba por conducirla hacia el edificio del nivel medio para que no se pierda, ¿quieren venir ustedes también?

—¿Puedes llevarlo contigo? Quería esperar a que llegue Lucianne. También es su primer día.

—¡Ah, claro! No hay problema. Ven con nosotras. Sirve así que conoces más a mi hermanita. Nunca se sabe, puede que terminen enamorados y nos convirtamos en una gran familia. ¡Sería tan genial! —expresó la rubia despreocupadamente, avergonzando a su hermana menor. Loui le dirigió una mirada de horror a Marianne mientras era conducido por Lilith hacia el interior de la escuela.

—Menos mal que no tiene un hermano o intentaría hacer lo mismo con nosotras —comentó ella con un escalofrío.

—¿Es muy difícil? —preguntó Samael, mirando el edificio como si estuviera a punto de adentrarse en un sitio lleno de misterios y peligros.

—¿Te refieres a la escuela? No es más peligroso que luchar contra una legión de espectros ávidos por derramar sangre y corromper almas, aunque definitivamente hay uno que otro que encajaría muy bien en ese perfil —aseguró Marianne viendo cómo iban entrando por la enorme puerta las amazonas, que en cuanto la reconocieron, le dedicaron sus miradas más rencorosas.

Pensó en Kristania y su más que seguro regreso como la reina de la maldad. No había vuelto a verla desde que fuera hospitalizada a raíz de la crisis de los dones, pero por comentarios de Mitchell sabía que había vuelto a sus viejas costumbres que seguramente incluían reuniones con su cofradía de monos voladores para planear a quiénes destrozarles la vida durante el nuevo año escolar (y a Marianne no le cabía la menor duda de estar dentro de la lista, sino es que al tope de la misma).

Sin embargo, no le preocupaba. Después de todo, no había nada que pudiera usar en su contra y además, era perfectamente capaz de lidiar con ella. Aunque tampoco podía esperar a ver su cara cuando la tuviera enfrente. ¿Actuaría como si los meses anteriores no hubieran ocurrido, esperando que los demás le siguieran la corriente y no le comentaran nada al respecto?

—¿Qué tanto contemplan? ¿El símbolo de nuestra esclavitud juvenil? —Mitchell apareció por primera vez con el uniforme bien puesto y sin ningún color estrambótico sobresaliendo de éste.

—¿…Tú quién eres, impostor, y dónde dejaste a Mitchell?

—¿Qué? ¿Esto? —replicó él, señalando su uniforme—. El primer día siempre hay que dejar una buena impresión. Pero en cuanto toquen la campana de retirada —se desabrochó entonces el saco mostrando el revés, estampado a rayas moradas y azul rey—… ¡estaré de vuelta!

Marianne únicamente arqueó las cejas en una expresión de duda respecto a su elección, aunque fuera algo de lo que ya tendría que estar acostumbrada.

—¿…Y no viene tu hermana contigo?

—¡Ah, ya veo que te carcome la curiosidad! Descuida, ella estará aquí. Tuvo una emergencia de moda de último momento. Pero créeme, ya quisiera estar ahí cuando se encuentren cara a cara por primera vez después de este tiempo. Si pudiera, lo grabaría para la posteridad. ¡De hecho podría! ¿Tu celular tiene cámara? Deja lo configuro para que lo grabe todo.

—¡No voy a ponerme a grabar el momento en que ella llegue! —protestó Marianne, evitando que tomara el celular de su mochila y de pronto él se quedó callado y se colocó en posición firme, abotonándose nuevamente el saco y mostrándose lo más propio que le era posible. A la orilla de la acera se detuvo una camioneta con el escudo del departamento de justicia y de este bajó Belgina. Ella saludó con una sonrisa, pero en cuanto vio a Mitchell se quedó como piedra.

—¡Hola, nena! Te ves increíble hoy —la saludó Mitchell haciendo una ligera reverencia y ella comenzó a balbucear.

—Y-Yo… iré a las aulas —dijo ella, escabulléndose mientras Mitchell la veía adentrarse a la escuela con un suspiro de resignación.

—…Dale un poco más de tiempo, seguro se le pasa —sugirió Marianne en cuanto ella desapareció más allá de la entrada.

—Ya pasó un mes, ¿me va a odiar toda la vida? Ni siquiera sé lo que hice mal —espetó él con desánimo y lo cierto era que Marianne tampoco lo sabía.

Belgina había estado evitando a Mitchell a toda costa desde que había recuperado el don. Cualquier alusión que se le hiciera de ello, lo negaba rotundamente o vacilaba hasta cambiar de tema.

—…Bueno, ¿ya conociste las instalaciones? —agregó Mitchell y Samael negó con la cabeza mientras le echaba otro vistazo al edificio.

—¿Por qué no vas con Mitchell? Así puede darte un recorrido antes de que empiecen las clases —propuso Marianne, haciéndole una seña para que lo acompañara—. Yo seguiré esperando a Lucianne.

Samael asintió, aún abrumado por aquella experiencia completamente nueva para él. Tomó aliento para infundirse valor y siguió a Mitchell hacia la puerta mientras Marianne daba un suspiro y se cruzaba de brazos en espera a que llegara su prima.

Se preguntó si Demian ya habría llegado y si les presentaría por fin a su hermana. Y si había decidido finalmente decirle que en realidad él era adoptado. Durante el período de vacaciones se había mantenido alejado de la cafetería y aún se mostraba reservado ante ellos a pesar de haberle asegurado de varias maneras posibles que no había resentimientos. Marianne trataba de mantenerlo en contacto por medio de mensajes para que siguiera aferrándose a su humanidad, y esto parecía estar funcionando, permitiendo que poco a poco fuera abriéndose nuevamente a ellos. Aún conservaba un mensaje que él le había enviado una noche por iniciativa propia para agradecerle lo que hacía. Pensar en ello la hacía sonreír, pero el sonido repentino de la campana de la escuela la devolvió a la realidad.

Había cada vez más estudiantes llegando, de recién ingreso o de traspaso. Había quienes incluso se quedaban fuera por unos minutos, observando la fachada del edificio tal y como Samael había hecho minutos antes. Recordó su primer día, en que ni siquiera se tomó la molestia en contemplarla con la prisa que llevaba, lo que la había llevado a su primer encuentro con Belgina (o más bien un encontronazo en el que ambas acabaron en el suelo).

Miró con melancolía aquel espacio en la entrada en el que había comenzado todo, aunque en ese momento fuera ocupado por alguien más, seguramente un nuevo estudiante. Un par de muchachos pasaron corriendo frente a ella, empujándose el uno al otro a modo de juego y acabaron por embestir al chico que estaba de pie en ese punto. Este cayó al suelo boca abajo, perdiendo unos pesados lentes de grueso armazón a unos metros delante de él. Ambos muchachos se detuvieron y acabaron riéndose.

—¡No estorbes, cuatro ojos! —dijo uno de ellos, lanzando una carcajada mientras el otro pateaba los lentes para apartarlos del camino. A continuación, entraron a la escuela sin dejar de festejar su “ocurrencia”.

Marianne sintió una súbita ola de rabia al recordar su propia experiencia como la nueva. No podía tolerar ese tipo de comportamiento y tampoco fue incapaz de contenerse.

—¡Qué valientes, intimidando a un chico indefenso! —Ya habían entrado a la escuela, pero los chicos voltearon con expresiones confundidas, haciéndose muecas entre ellos como preguntándose de dónde habría salido la loca gritona.

Ella terminó dando un resoplido y se plantó firme para recuperar la compostura, sin importarle que los recién llegados la miraran como si fuera una desquiciada. Tomó aliento y se dio la vuelta hacia el chico que seguía en el piso, cubriéndose los ojos con una mano mientras con la otra tanteaba el suelo. Sus hombros temblaban levemente, sin duda invadido por la rabia.

Marianne buscó con la mirada los lentes hasta que los halló a varios metros, sobre el pasto. Los recogió y limpió con su saco para a continuación extender el brazo hacia él.

—Trata de que no te afecte, es lo que ellos desean, poder jactarse de tener el control sobre alguien. Pero con el tiempo aprendes a manejarlo y a lidiar con gente así —aconsejó ella, ofreciéndole los lentes y tomando su brazo con la intención de ayudarlo a levantarse, pero el chico se crispó.

—¡No me toques! —exclamó él, apartándose de forma abrupta y arrebatándole los lentes bruscamente de la mano. Ella retrocedió unos pasos, sorprendida. No se esperaba aquella reacción.

—¿…Cuál es tu problema? ¡Sólo intentaba ayudar!

El muchacho se colocó los lentes y se incorporó con los hombros tensos. Era tan alto que ella tuvo que levantar el rostro para mirarlo.

—No necesito la ayuda de nadie —espetó con voz ronca y actitud hosca para a continuación entrar al colegio, acelerando el paso y chocando contra su hombro, haciéndola tambalearse levemente.

—¡…Tampoco hay que ser tan grosero! —exclamó ella, apretando los dientes con indignación—. Malagradecido.

—¡Marianne! —Lucianne iba bajando del auto de su padre, luciendo su nuevo uniforme con orgullo y visiblemente entusiasmada. Tras hacerle un gesto de despedida al comandante, se acercó a ella y dio una vuelta con gracilidad para mostrar el conjunto—. ¿Cómo me veo?

—Muy bien, aunque raramente hay algo que no te quede —respondió ella con un intento de sonrisa.

—¿…Qué ocurre? ¿Estás molesta por algo?

Marianne se llevó las manos a las caderas y dio un resoplido.

—…Olvídalo, no dejaré que nadie me arruine el día —decidió ella. Otro auto aparcó en la acera y de este bajó Angie, corriendo hacia ellas con una sonrisa.

—¡Hola! ¿Ya llegaron todos? —preguntó con una emoción desbordante.

Era agradable tener de vuelta a la misma Angie de siempre, al igual que a Lucianne aunque ella por obvias razones; tenerla como una malvada villana era desgastante.

—Lo sabremos cuando entremos —respondió Marianne, poniéndose en marcha.

Lucianne observó a su alrededor con nuevos ojos, ahora como una estudiante más. Quizá el único inconveniente era que tendría que repetir el tercer año, pero aun así trataba de mantenerse positiva.

Mientras pasaban por el corredor principal, vieron de pronto a Demian entrando por la puerta lateral. Él se detuvo en seco al verlas y se quedó ahí de pie en silencio.

—…Hola —dijo Marianne para llenar el silencio, seguida de Angie y Lucianne. Demian respondió con una sonrisa y tras mirar sobre su hombro, se aproximó a ellas.

—No vengo solo—explicó él con un movimiento de cabeza.

—¡Ah, entonces Vicky está aquí! ¡Hace mucho que no la veo! —intervino Angie y él asintió mientras seguía verificando a sus espaldas.

—…De hecho no es la única.

En ese momento se apareció por la misma puerta una chica de largo cabello grafilado y teñido en varios tonos degradados de violeta, usando unos guantes a juego con su uniforme. Tras buscar unos segundos con la mirada, advirtió a las tres chicas a unos metros de Demian. Su sonrisa creció más al reconocer una cara de su infancia.

—¡Angie! ¡Por fin vuelvo a verte después de tanto tiempo! —dijo ella, prácticamente saltándole encima en un fuerte abrazo.

—También a mí me alegra verte de nuevo —respondió ella, sintiendo que se ahogaba. Demian tocó su hombro en señal de que ya era suficiente y procedió a las presentaciones.

—¿Recuerdas a Lucianne?

—¡Por supuesto! Siempre estaban jugando básquet o a los videojuegos. Incluso llegué a pensar que era un niño de pelo largo —respondió ella y Lucianne rio ante tal idea—. ¡Tendría como seis años, compréndanme!

—…Y ella es Marianne —Demian posó los ojos en ella que enseguida se puso rígida. Quizá fuera el escuchar su nombre en boca de él o quizá la reacción usual al presentarse con alguien nuevo; de cualquier forma, se sintió nerviosa.

—…Mucho gusto —extendió la mano con algo de torpeza y la chica de enormes ojos topacio se la estrechó firmemente, esbozando una sonrisa que formaba hoyuelos en sus mejillas.

—He oído sobre ti —soltó ella con un brillo en la mirada.

—¿…Eh? —Marianne titubeó confundida y miró de reojo a Demian, que abrió más los ojos como si no se esperara que dijera tal cosa.

—Papá me habló de ti… De todos, de hecho —aclaró con un dejo de melancolía en la voz, provocando un inmediato silencio alrededor.

Marianne volvió a dirigir una mirada hacia Demian, notando que su rostro se contraía ante la mención de su padre. Era un tema que aún era delicado para él, y lo entendía. Posiblemente nunca lo superara enteramente.

—¡…Bueno, pero ¿qué la hará tardarse tanto ahí afuera?! —agregó Vicky en un intento por aligerar los ánimos. Las chicas torcieron las cejas.

—Vino con una amiga de Londres —explicó Demian, y en ese instante entró por la misma puerta una chica de belleza gélida y andar rítmico, con un largo cabello meciéndose a su espalda conforme caminaba, y a pesar de que llevaba puesto el mismo uniforme que ellas, lo hacía parecer como si fuera un traje de diseñador en una pasarela de modas. Se detuvo ante ellos y pasó la vista a su alrededor, como si estuviera reconociendo primero el lugar para a continuación dedicarles una muy breve mirada a cada una.

—No es tan grande como el Victorian Gold, pero ¿qué se le va a hacer? —comentó la chica con total indiferencia.

—El Victorian Gold era nuestro colegio en Londres —explicó Vicky, tratando de minimizar su comentario—. Ella es Addalynn. Te presento a Angie, Lucianne y Marianne.

—Mucho gusto —dijeron las tres a coro, y Angie extendió la mano para saludarla, pero la chica retrocedió y Vicky hizo una discreta seña llevándose la mano al cuello y meneando ligeramente la cabeza para que bajara la suya.

—Bueno, creo que deberían ir a su clase —intervino Demian para evitar algún malentendido—. Yo aún debo acompañarlas a las oficinas de control escolar, por ser estudiantes de traspaso.

—¿Eso significa que yo también debería? —preguntó Lucianne.

—Puedes venir con nosotros —sugirió Demian, empujando a su hermana hacia el lado contrario. Lucianne cambió de rumbo y los siguió mientras Demian dedicaba una última mirada a Angie y Marianne antes de irse, esbozando una sonrisa—… Me da gusto verlas.

Addalynn los siguió unos pasos detrás para guardar su distancia. Las dos chicas intercambiaron miradas confusas. No sabían qué opinar del extraño comportamiento de aquella chica, pero tampoco podían quedarse ahí paradas, así que decidieron continuar su camino. Marianne echó un último vistazo en dirección a Demian antes de volver la vista al frente, justo al momento en que Demian miraba sobre su hombro, alcanzando a verlas doblar el pasillo.

Al llegar al corredor de segundo, vieron a varios de sus antiguos compañeros rondando frente a unas listas pegadas a las puertas. Las listas de estudiantes por clase. Ya se disponían a buscar sus nombres cuando la voz de Lilith las interrumpió.

—¡Hey, aquí! —exclamó Lilith, agitando el brazo. Belgina estaba también a un lado de ella. El aula que les había tocado quedaba hasta el fondo del corredor, pero al menos seguían juntas, y de acuerdo a la lista pegada en la puerta, todo parecía indicar que el resto de sus compañeros seguirían siendo los mismos, incluyendo a Kristania, quien no había llegado aún—. ¡Qué emoción! Esperemos que este año sea fantástico ya sin peleas, ni demonios intentando asesinarnos y esas cosas.

—¿…No quieres decirlo un poco más alto para que los demás lo escuchen? —la reprendió Marianne, mirando de reojo alrededor mientras Lilith reía.

—¡Tranquila! ¡Nadie nos está prestando atención en este momento! ¿No lo ves? —dijo Lilith, señalando a sus compañeros que se la pasaban platique y platique entre ellos, ignorando a los demás, a menos que entrara alguien al aula, momento en el cual todos dejaban lo que estaban haciendo y volteaban hacia la puerta como perros de la pradera. Solamente hasta que identificaban al recién llegado regresaban a su conversación o lo saludaban según fuera el caso.

—Me pregunto en qué clase le tocará a Vicky —expresó Angie y el ánimo de Lilith mermó considerablemente—… Aunque su amiga es bastante extraña.

—Quizá no hay que juzgar tras una primera impresión —barruntó Marianne. Ella solía ser prejuiciosa con sus primeras impresiones, pero había aprendido a ser más abierta con el tiempo. Aunque no tenía una clara impresión de ella. Simplemente una sensación extraña, ambigua.

—Mi madre se fue a un seminario fuera del estado, estaré sola en casa, ¿me acompañarían esta noche? —preguntó Belgina mientras colocaba un encabezado en su libreta.

—Por mí no hay problema —aceptó Marianne con un encogimiento de hombros y tanto Angie como Lilith asintieron de la misma forma.

De pronto la puerta se abrió y todos voltearon de forma sincronizada. Kristania entró y se detuvo al frente, tomándose unos segundos para acomodarse el cabello inadvertidamente, aunque se notaba a leguas que era un movimiento deliberado para que la miraran bien: se había degradado el pelo a la inversa, comenzando de un rubio platinado en las raíces y oscureciéndose en las puntas. Angie y Marianne intercambiaron miradas, pensando en las otras dos personas que habían visto recientemente con aquel estilo.

Sus compañeros comenzaron a elogiarla y preguntarle dónde se lo había hecho y cómo le había llegado la inspiración, mientras ella mantenía una pose despreocupada, claramente disfrutando ser el centro de atención. Y entonces las vio. Las cuatro chicas sentadas al fondo de la clase observándola fijamente. Su cuerpo se tensó y tras unos segundos sin moverse, comenzó a caminar en dirección a ellas.

Marianne se enderezó rápidamente. Sin duda alguna aquel era el momento que había estado cocinándose en su mente durante el último mes, el enfrentamiento con la abeja reina recargada. Ahora que había recuperado su don no había nada que la contuviera. Debía mantener la cabeza fría y no permitir que su poder actuara nuevamente como vengador anónimo y acabara ahora desnucándola. Kristania ya se hallaba muy cerca, unos pasos más y sabría cuánto más había crecido su odio por ella.

Ella se detuvo al tenerlas enfrente y las contempló con gesto serio. Marianne ya se preparaba mentalmente para cualquier comentario malintencionado, pero ni todo el entrenamiento del mundo la tenía preparada para lo que vio a continuación: una sonrisa curvándose en los labios de Kristania.

—…Buenos días. Parece que volveremos a estar en la misma clase este año. Mantengámonos unidos y seremos la mejor clase de todas.

Las chicas se quedaron mudas, con sendos gestos sorprendidos, y de pronto Lilith saltó de su asiento como si la hubieran picado con una aguja.

—¡…Kri! ¡Te extrañé estas vacaciones! —exclamó, abriendo los brazos con ojos brillantes y saltando sobre Kristania tan impulsivamente que casi la hace caer.

Marianne se crispó, pensando que esta la empujaría, pero en vez de eso le dio unas palmadas ligeras en la espalda.

Las tres chicas intercambiaron miradas atónitas. Era como si Kristania nunca hubiera recibido de vuelta el don de la malicia, pero era imposible, incluso Mitchell mencionó que había regresado a sus malas costumbres, ¿por qué entonces estaba portándose amable?

—…Si Lucianne no hubiera vuelto a la normalidad, cualquiera diría que sus dones fueron intercambiados —susurró Angie en voz baja y Marianne asintió ligeramente.

No apartaba la vista de Kristania, esperando verle algún gesto que la delatara, y aunque su sonrisa continuaba ahí, estaba segura de que no era el mismo tipo de sonrisa benévola que cuando había perdido el don. ¿Estaría jugando algún tipo de juego mental?

La puerta volvió a abrirse y entró un nuevo profesor que obligó a todos a ocupar sus asientos y dejar la cháchara para después. Kristania se despidió con aquella inusual amabilidad que despertaba la suspicacia de Marianne y fue a sentarse hacia el frente.

Tras presentarse como el profesor de Literatura, procedió a dar la típica charla de inicio de cursos y las instrucciones de cada semestre, agregando que al final de esa semana habría una reunión de padres de familia para discutir algunos eventos que se llevarían a cabo durante ese curso. Marianne no pudo evitar sentir un escalofrío al recordar las asambleas de padres en su anterior escuela, donde el suyo terminaba acaparando toda la atención. Solo esperaba que ahí no se repitiera.

De pronto tocaron a la puerta. El profesor regresó unos minutos después para comunicarles que tendrían nuevos estudiantes de traspaso en la clase, y cuando estos entraron finalmente, la mayoría de los alumnos acabó girando el rostro de forma automática hacia Kristania, esperando su reacción al ver que las dos chicas tenían el mismo estilo de cabello que ella. Esta pareció ligeramente turbada, y sólo si se le observaba con atención (cosa que Marianne hizo) podía apreciarse cómo tensaba la mandíbula y apretaba los dientes con un leve tic en el ojo. Sin embargo, enseguida se recompuso y mostró una sonrisa claramente forzada.

Marianne reprimió una sonrisa propia. Era obvio que se estaba conteniendo en público. Quizá al tomar conciencia de la forma en que había estado comportándose los últimos meses decidió seguir con la farsa. Mientras el profesor se encargaba de presentar a ambas chicas, fijó su atención en el muchacho de pie a la derecha de ellas. Lo reconoció enseguida. El malagradecido de esa mañana.

—…Y también estará acompañándonos —continuó el profesor su presentación, leyendo los nombres de una lista y deteniéndose en la tercera línea, como si intentara enfocar la vista—… Dreyson Avery, ¿así se pronuncia?

El chico se limitó a asentir una vez y barrió el salón con la mirada detrás de unos lentes gruesos. Algunas risitas se escucharon en el salón. Era alto y tal vez demasiado delgado para su ropa, que era una talla más grande, haciéndolo lucir desgarbado y descuidado. Su postura se encorvaba ligeramente hacia adelante con los hombros tensos, como si intentara de esa forma recortar su estatura. Mantenía la cabeza inclinada un poco hacia abajo de modo que el cabello le caía en la cara. Era un blanco andante.

—Bien, ¿por qué no pasan a ocupar asientos? Hay escritorios libres al fondo —sugirió el profesor, dándose la vuelta para escribir algo en la pizarra.

Vicky de inmediato emprendió el camino con una sonrisa entusiasta, seguida muy de cerca por Addalynn, que atraía todas las miradas a su paso por los escritorios; el muchacho, por su parte, también comenzó a marchar detrás de ellas, las manos a los bolsillos y los hombros encogidos como si estuviera evitando cualquier roce, hasta que de pronto tropezó y trastabilló. Algunas risitas se dispersaron y él se limitó a recuperar su postura encorvada y continuar su camino con la vista fija en el piso, quizá atento a algún pie que debiera esquivar.

Marianne tuvo un deja vu de su primer día de clases. El mismo trato había recibido por parte de Kristania y su rebaño de seguidores, así que sintió una punzada de indignación, pero decidió desecharlo después de su reacción esa mañana. Si quería seguir siendo una víctima y permitir que le pasaran encima, allá él.

Vicky ocupó el asiento contiguo a Lilith y sonrió a las chicas. Lilith permaneció tensa, con la mirada al frente y rostro contraído. Addalynn se sentó a la izquierda de Vicky, sin dirigirle una sola mirada a nadie, ni siquiera por cortesía.

El muchacho siguió de largo y Marianne notó que a su izquierda había escritorios libres; llegó al fondo de la fila y se detuvo justo entre el asiento contiguo al de ella y el siguiente. Con su suerte, Marianne estaba casi segura de que se sentaría precisamente a su lado, pero para sorpresa suya terminó tomando el asiento siguiente, justo detrás de Addalynn. Poco le faltó para dar una exhalación de alivio. Al menos había un asiento intermedio entre ellos.

El profesor había comenzado a enlistar el temario de su clase y todos abrieron sus libretas de apuntes. Todos excepto el muchacho de lentes. Este mantuvo la vista fija en Addalynn, en su cabello, como si intentara desentrañar la fórmula de su champú. Marianne tan solo levantó una ceja y sacudió discretamente la cabeza. En definitiva acabaría buscándose problemas.

Lucianne también esperaba a ser presentada. Era la única de pie en la puerta, sintiéndose expuesta. Si hubiera hecho el traslado cuando decidió quedarse en la ciudad, en ese momento estaría en cuarto año con los demás y no estaría sola. Pero después de lo ocurrido los últimos meses, tenía suerte de siquiera seguir con vida. Todos ellos, de hecho.

—Qué bárbaros, cómo la hacen de emoción tan solo para presentar a los nuevos. —Lucianne se sobresaltó al escuchar aquella voz y enseguida volteó con el corazón desbocado. Frank estaba a su lado con el uniforme de la escuela y una sonrisa que formaba un hoyuelo en su mejilla—. Hola, nueva, parece que seremos compañeros.

—¡Frank! Pero… ¿cómo? No dijiste que…

—Quería que fuera sorpresa. Solicité mi traspaso desde el momento en que entré al sistema para introducir a alitas. Quería ver tu cara cuando me presentara.

—Pues misión cumplida, en verdad me sorprendiste —dijo Lucianne con una sonrisa—… Espera un momento, ¿significa eso que manipulaste también nuestros salones para que estuviéramos juntos? —Frank se limitó a ensanchar más su sonrisa y ella soltó una risa incrédula—… ¡Eres incorregible!

—Me alegra que lo tomes así, tu padre ya me habría puesto una orden de restricción —replicó él, y Lucianne hizo una mueca ante la mención de su padre.

Desde que había vuelto a ser el mismo, su complejo de culpa por lo hecho en el tiempo que estuvo desprovisto del don moral era tan grande que trataba de no perderla de vista en ningún momento, y cuando tenía que estar fuera por su trabajo se la pasaba llamándole a toda hora. Cuando Frank apareció un día en su casa de visita, él pareció reconocerlo, aunque aquel período en sí se le hacía algo borroso, como si hubiera ocurrido en sueños. Por supuesto, le prohibió verlo. Alguien que se escabulle de esa forma en una casa ajena no le despertaba confianza alguna, además de la multitud de problemas en los que parecía haber estado envuelto. Naturalmente, esto había causado algunas fricciones entre Lucianne y él, defendiendo su derecho a escoger a sus amigos y, dividido entre la culpa y la sobreprotección, su padre acabó aceptando que podía volver a verlo siempre y cuando sus demás amigos estuvieran presentes. Y de esa forma, la cafetería había acabado convirtiéndose en territorio neutro para ellos.

…Y ahora tenían la escuela. Al menos hasta que su padre se enterara y entonces sí hiciera efectiva la orden de restricción. Lo consideraba capaz.

—Tienes cara de haber chupado un limón —comentó Frank aguantando la risa y Lucianne enseguida relajó el rostro y sonrió avergonzada—. Espero que no sea porque te haya seguido hasta aquí o te lo haya ocultado.

—¡No! De todas formas, no es como que tuvieras mucha oportunidad para decírmelo en vista de la nueva política de “amigos incluidos todo el tiempo” de mi padre.

—Bueno, pues ahora tendremos tercero exclusivamente para nosotros —dijo él, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza, justo cuando la puerta se abrió, exponiéndolos ante un aula lleno de caras curiosas—… y cuarenta pares de ojos más.

La introducción de Samael fue algo más sencilla. Mitchell ya se había encargado de conducirlo a su salón de clases, así que cuando llegó el profesor y empezó a preguntar por el estudiante nuevo, él ya estaba sentado junto a la ventana. Mitchell se había sentado justo detrás de él, seguido de Demian, que se limitaba a mirar por la ventana con desinterés.

A pesar de que había quedado en buenos términos con los demás (exceptuando quizá Frank, que siempre le dedicaba miradas recelosas donde estuvieran), con el ángel prefería mantener su distancia, lo cual sería más difícil ahora. Así que, mientras la atención se centraba en Samael, prefirió mirar hacia afuera. El día era soleado y soplaba una suave brisa que mecía levemente las copas de los árboles; ni una sola alma rondaba a esa hora.

Demian mantuvo la vista fija en el jardín para distraer su mente un rato, cuando vislumbró en un parpadeo una sombra en el pasto, por una fracción de segundo que le hizo dar un respingo. ¿Por qué de pronto se sentía tan inquieto? No había sido más que un juego de luz y sombras, ¿no era así? No debía ponerse paranoico por ello. Había pasado ya por eso mismo todos los días durante el último mes, esperando alguna represalia por rebelarse en contra de sus raíces, contra su propia sangre. Ya habrían hecho algo a esas alturas. Continuó observando afuera, pero nada pasó en los siguientes minutos, tan sólo la brisa meciendo el pasto y las hojas.

—…Señor Donovan, ¿hay algo ahí fuera que quiera compartir con nosotros?

Demian giró el rostro al escuchar su nombre. Era el profesor, observándolo fijamente al igual que el resto de sus compañeros. En algún momento de los minutos anteriores la atención había cambiado hacia él y no pudo evitar sentirse como una atracción de circo, como si de alguna forma todos pudieran percibir que él no era como ellos, que era de una especie distinta. Sintió una oleada fría corriendo por sus venas, su cuerpo se tensó y sacudió la cabeza. No debía llamar la atención de ninguna manera. Ya no quería hacerlo. Que dejaran de mirarlo, eso era lo único que deseaba.

Dejen de mirarme…

—¡…Oiga, profe! Escuché rumores de que las interestatales se celebrarán este año en la costa. Si me uno a algún club, ¿es posible que yo también pueda ir? —interrumpió Mitchell de pronto y las miradas se posaron en él—. Me atrae la idea de sol, playa y bikinis. Y definitivamente me vería bien en cualquiera de ellos.

Varios chicos en la sala rieron mientras Demian volvía a relajarse; por un momento sintió que perdería el control. Tendría que agradecer más tarde a Mitchell por su oportuna intervención, como si supiera que lo necesitaba. Por alguna razón se le hacía más fácil mantenerse controlado con ellos que rodeado de otras personas, quizá porque eran los únicos que sabían sobre él y así lo aceptaban. O al menos eso quería pensar.

Los días posteriores a su enfrentamiento no podía evitar la sensación de que en cualquier momento se volverían en su contra y terminarían matándolo para prevenir una recaída, aunque siendo justo, quizá ellos también pensaran lo mismo con respecto a él. Habían sido unos días difíciles de exploración interna y redescubrimiento, intentar sentirse humano de nuevo. Pero finalmente había llegado a un punto en que casi podía percibirse como él mismo otra vez. Casi. Aún sentía ocasionales ataques de ansiedad, pensamientos oscuros arrastrándose de vuelta a su mente, penamientos que intentaba desechar. Había incluso vuelto a tomar sus pastillas para dormir. No podía arriesgarse a lo que su subconsciente fuera capaz de realizar. No se sentía listo para probar su control sobre esta parte de él.

—…Gracias —murmuró Demian mientras se preparaban para su siguiente clase. Mitchell lo miró como si no entendiera de qué hablaba—… Por lo que hiciste hace rato.

—¡Ahhh! No es nada, en verdad me interesa ir a esas interestatales si eso significa estar rodeado de hermosas chicas en la playa —afirmó Mitchell con una sonrisa despreocupada. Demian respondió con otra sonrisa y salió de ahí.

De acuerdo a su nuevo horario le tocaba ir al club de esgrima, así que bajó las escaleras sintiéndose ya más relajado, y antes de girar hacia la puerta lateral, miró de reojo al pasillo, pero el corredor permanecía vacío a esa hora.

El club de esgrima había disminuido considerablemente tras graduarse varios de sus integrantes, pero la semana siguiente se llevaría a cabo la tradicional semana de los clubes y la mayoría de los ocho que quedaban estaban confiados en que otros más se les unirían y para ello habían empezado a planear su exhibición. Lester había retomado el liderazgo tras su regreso “más fuerte y más seguro que nunca”, según sus propias palabras, y había decidido que ese año presentarían una exhibición de mayor nivel de dificultad en el que se enfrentarían todos a la vez hasta que un solo vencedor quedara al final (por supuesto él, según su predicción).

Demian se limitaba a seguir instrucciones, pero su mente parecía en otro lado, aunque apenas la práctica inició, combatió con todo el que tuviera enfrente, venciéndolos uno por uno hasta quedar únicamente Lester y él. Demian lucía más concentrado y sus movimientos tenían una mayor precisión, tanto que Lester parecía tener dificultades por primera vez. Usualmente el muchacho se mantenía estoico durante sus enfrentamientos, consiguiendo la victoria con facilidad, pero en esta ocasión parecía un combate muy cerrado.

Demian, por su parte, trataba de que no se le subiera a la cabeza el por fin darle batalla a Lester (ahora que estaba en buenas condiciones). Aunque ¿podría acaso ese mérito deberse a su sangre de demonio? ¿Y si todo lo que había conseguido hasta entonces se debía únicamente a eso, a una superioridad física propia de su condición? ¿No sería el equivalente a hacer trampa? Después de todo, disponía de un poder sobrehumano, no había forma de que estos pudieran hacerle frente de forma equitativa, no había ningún mérito en eso. Pronto comenzó a sentirse ansioso. ¿Entonces qué sería justo para un demonio? ¿Medirse contra otros demonios? ¿Contra otros de habilidades similares? No, ya había pasado por eso. Estaba permitiendo de nuevo que la oscuridad tomara control de él. Debía vaciar su mente, concentrarse en la práctica y hacer a un lado aquellos pensamientos. Podría cuestionarse éticamente todo lo que quisiera después… Pero entonces la vio de nuevo. Una sombra cruzando las gradas en un parpadear, desapareciendo en la pared. Lo había visto claro esta vez, no podía ser una alucinación. ¿Por fin habían mandado por él? ¿Lo habían encontrado de nuevo?

Sintió entonces un estoque en el pecho que le hizo perder el equilibrio y caer al suelo justo fuera de la pista, poniendo así fin a la práctica con Lester como vencedor. Este se enderezó y guardó el arma con su acostumbrada postura digna y a continuación se quitó la careta, ofreciéndole a Demian la mano para ayudarlo a levantarse. Él lo miró, casi esperando encontrar su usual gesto de superioridad, pero para sorpresa suya no había rastro de aquella arrogancia, incluso hasta parecía haber desarrollado un nuevo respeto hacia él.

—Estuvo bien, Donovan. Casi lo logras. Concéntrate más a la próxima.

Demian alzó una ceja con incredulidad. ¿Realmente le estaba haciendo un cumplido? Quizá el tiempo que había pasado sin el don atlético le había dado una nueva perspectiva. Finalmente le dio la mano y se puso de pie, sacudiéndose el uniforme y tratando de relajarse, aunque no pudo evitar mirar de reojo a su alrededor, en busca de aquella sombra que había vislumbrado segundos antes, pero no volvió a verla. Tal vez estaba solo en su cabeza. Debía dejarlo pasar.

En cuanto terminó la práctica, solo quedó Demian en los vestidores, acomodando su bolsa con increíble lentitud, viéndose nuevamente arrastrado por sus pensamientos oscuros.

—Por fin te has estado tomando esto en serio —dijo de pronto Lester, sacándolo de su ensimismamiento. Demian alzó la vista y lo vio apostado en la puerta aún con su uniforme de esgrima puesto.

—¿…Quién dice que no lo hacía antes? —replicó él y Lester encogió los hombros.

—Sólo digo lo que veo. No sé qué haya pasado mientras estuve fuera de juego, si tuviste alguna especie de epifanía, pero te noto diferente, ya no estás jugando a ver a cuántos más clubs puedes unirte y qué otros deportes puedes practicar. Tu mirada es diferente. Ahora lo único que te hace falta es mantener el enfoque y no distraerte la próxima vez… aunque eso no significa que dejaré que me ganes.

Demian no dijo nada. Entendía que esa era su muy particular forma de mostrarle respeto e incuso agradecimiento por su paciencia, así que se limitó a soltar una risa esnifada y menear la cabeza. Lester respondió también con una leve sonrisa y salió de ahí.

Regresó a la pista, tomó su florete y empezó a practicar sus movimientos, cuidándose de mantener siempre su postura. Como si aún temiera perder en cualquier momento sus habilidades otra vez y por ello necesitara entrenar hasta el cansancio en sus tiempos libres. Al menos para comprobar que su destreza seguía ahí.

Continuó avanzando en línea recta tras una ronda de movimientos de paradas y respuestas seguidas hasta detenerse en medio de la pista para recuperar el aliento. Fue entonces que vio su sombra alargarse bajo él y unos ojos de gato brillando mientras se alzaba del suelo. El cuerpo del chico se quedó paralizado mientras contemplaba aquello, su cerebro incapaz de reaccionar ante lo que tenía enfrente.

—…Amo —expresó aquella sombra con voz cavernosa, como si careciera de cuerdas vocales. El cuerpo de Lester finalmente respondió, retrocediendo un paso y comenzando a hiperventilar. Cuando por fin pudo abrir la boca y lanzar un grito, la sombra se le fue encima, introduciéndose a su cuerpo.

Demian ya se había puesto tenso antes de escuchar el grito, sobrecogido por una sensación de zozobra, así que, al escuchar aquel alarido, levantó el rostro como si fuera una confirmación de sus peores sospechas. Dejó todo lo que tenía a mano y fue corriendo hacia la puerta de los vestidores. Vio a Lester en el suelo como si simplemente hubiera colapsado y luego una especie de humo saliendo de su cuerpo, tomando forma de sombra sin facciones definidas y sosteniendo una esfera brillante entre las manos.

—No eres el amo. ¿Dónde está el amo? —siseó la sombra con aquella voz que no era voz, flotando sobre el cuerpo inconsciente del chico.

Demian sintió que el estómago se le revolvía. Estaba ocurriendo finalmente. La Legión de la Oscuridad había montado una nueva cacería en su búsqueda. No podía permitirlo. No quería regresar. NO volvería a ese lugar. Cuando se dio cuenta, sus manos ya estaban perdiendo su color y sentía aquel cosquilleo en su cuerpo que le indicaba que estaba tomando forma de demonio. Él no deseaba eso, pero finalmente lo entendió. No podía cambiar lo que era, pero sí lo que hacía con ello. Si no podía resistirse a su propia naturaleza, podría hacer uso de ella, incluso actuar en su contra.

Decidido, se disipó de los vestidores y volvió a aparecer frente a la sombra, extendiendo las manos hacia él en ademán de amenaza.

—…Suelta esa esfera. —La sombra delineó una enorme sonrisa rota en su rostro sin facciones y sus ojos de gato brillaron.

—…Amo Death Angel —resolló la sombra y Demian sintió una mezcla de repulsión y rabia. De sus manos surgió un rayo oscuro, pero la sombra se deshizo en humo y volvió a rehacerse, permitiendo que aquel poder lo traspasara sin llegar a tocarle. Su sonrisa se mantuvo indeleble, como si no le causara sorpresa su acción, y a continuación se llevó la esfera a aquella enorme franja que tenía por boca—… Ya volverás, amo.

Él contrajo el rostro, dispuesto a disparar de nuevo, pero para su desconcierto la sombra se tragó la esfera por completo. Sus ojos de gato resplandecían, sus pupilas parpadeando como si fueran de reptil.

Demian quedó patidifuso y enseguida comenzó a disparar un poder tras otro en su dirección, pero el demonio se limitaba a flotar por el lugar como humo mientras daba risotadas hasta precipitarse hacia él, atravesándolo como si fuera un fantasma y mezclándose con las sombras proyectadas en el piso hasta desaparecer de ahí, dejando a Demian con la respiración agitada y sin poder detenerlo.

Frustrado, se dejó caer de rodillas frente a Lester. Lo había tenido enfrente y no había podido hacer nada. ¿Así se habrían sentido los demás cada que la Legión de la Oscuridad iba un paso por delante de ellos? Era horrible. Apretó los dientes, enojado consigo mismo, cerrando las manos en torno al uniforme de Lester y conteniendo su compulsión por sacudirlo, pero sintiéndose desesperado con toda razón. Y entonces las puertas del gimnasio se abrieron, obligándolo a levantar el rostro contraído, dándole una expresión casi salvaje.

Los chicos estaban ahí frente a él, con sus armaduras. Se habían detenido en seco en la entrada, observándolo con semblantes que abarcaban de la confusión al desconcierto. Y de entre todos, Marianne lo miraba con el rostro congelado y ojos que denotaban su inquietud, pues lo que ellos tenían enfrente en ese momento era a un demonio sujetando a su víctima, a punto de perder el control.


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