CAPÍTULO 2

2. OJOS DE LOBO

 

Lo primero que vieron al entrar al gimnasio fue a Demian agazapado frente al cuerpo de Lester, con una mano aferrada como garra sobre su pecho. Sus hombros subían y bajaban violentamente al ritmo de su respiración. Tenía una mirada salvaje en sus ojos. La mirada de un demonio.

Marianne avanzó unos pasos hasta detenerse en seco, retrayendo su casco y dejando expuesto su rostro desencajado. El rostro de Demian se contrajo al darse cuenta de la forma en que lo miraban, comenzando a entender a qué se debía. A sus ojos era un demonio en rehabilitación que acababa de recaer de la peor manera posible, y como un adicto aferrado a sus drogas aún permanecía junto a su víctima.

Quiso decir algo, aclarar que no era lo que estaban pensando, pero no pudo. Después de todo, lo que dijera no cambiaría el hecho de que siempre lo verían como un demonio que en cualquier momento podría ceder a sus impulsos.

—…Lo sabía. ¡Sabía que tarde o temprano pasaría algo así, pero no me escucharon! —externó Frank en pose condenatoria—. ¡Y ahora ahí lo tienen, tal y como les advertí después de todo lo que lo defendieron! ¡La confirmación de que el fruto nunca cae muy lejos del árbol!

—¡Cállate, Frank! —espetó Marianne con enfado y comenzó a caminar en dirección a Demian para sorpresa tanto de él como los demás.

—¡…Hey, hey! ¡¿Piensas permitir eso, alitas?! —replicó Frank señalándola en cuanto se puso en marcha. Samael la siguió de cerca sin despegar la vista de Demian y el cuerpo inmóvil a su lado. No podía descartar cualquier posibilidad.

Marianne se arrodilló frente a Demian y lo miró a los ojos con expresión férrea. Él le sostuvo la mirada, tratando de encontrar algún destello de decepción en sus ojos, pero eran inescrutables.

—¿Qué pasó? ¿Quién hizo esto?

Una leve contracción en el rostro de Demian demostró su sorpresa. Ella parecía no culparlo, o al menos no desechar cualquier otra explicación. Inocente hasta que se demostrara lo contrario. Pero él no era ningún inocente…

—¿…Fuiste tú? —preguntó Mitchell sin moverse de donde estaba.

Demian volteó hacia él como si apenas reaccionara. Lo había dicho. Por fin había expresado lo que todos debían estar pensando en ese instante. Confirmarlo fue aún más difícil de lo que imaginaba. Se sintió desamparado de pronto, solo en un mundo al que no pertenecía y que nunca acabaría por aceptarlo del todo.

—¡Cierra la boca, Mitchell, claro que él no lo hizo! —intervino Marianne de nuevo, dedicándole una mirada que ahora parecía inquieta, ansiosa por confiar, pero con una inevitable pizca de duda. Las facciones de Demian se suavizaron, aunque por dentro sintió que algo se estrujaba al descubrir aquella nota de duda en sus ojos. Finalmente meneó la cabeza en ademán de negación.

—…Me están buscando —respondió mientras iba aflojando la mano que aferraba a Lester—… De nuevo. No descansarán hasta tenerme de vuelta. —Su rostro volvía a contraerse, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros—. Yo no ataqué a Lester, pero como si lo hubiera hecho. Lo tuve enfrente y no pude hacer nada para evitarlo.

—¿Quién lo hizo? —preguntó de nuevo Marianne, sintiéndose de inmediato más relajada en cuanto escuchó que él no lo había hecho.

—Era una sombra —explicó él mientras los demás se acercaban—… Me fue imposible detenerlo, no mantenía una consistencia sólida, constantemente se desvanecía en el aire como un fantasma.

—Y se llevó el don de Lester —completó Marianne y él asintió como si la cabeza le pesara.

—Al principio parecía simplemente haberse desplomado en el suelo… y luego vi esa sombra surgir de su cuerpo como si fuera humo. Sostenía el don entre las manos… y simplemente se la tragó —explicó Demian, sintiendo que nuevamente recuperaba el control sobre sí mismo—… Dijo que acabaría volviendo con ellos.

—¿Entonces… están reuniendo los dones de nuevo? —preguntó Lilith, llevándose las manos al pecho en ademán protector.

—¿Para qué querrían reunirlos de nuevo si de todas formas Demian ya sabe quién es y aun así decidió por sí mismo no estar de su lado? —agregó Lucianne.

—Porque de alguna forma los dones me mantenían conectado a la Legión de la Oscuridad —respondió Demian, sintiéndose mentalmente agotado—. Podían saber dónde estaba, quizá hasta lo que hacía. Y yo también podía percibirlos, sabía exactamente cómo llegar ahí. Al expulsar los dones, corté la conexión con ellos. No pueden volver a convocarme ni localizarme.

—¿Entonces intentan establecer de nuevo la conexión? —conjeturó Mitchell.

—No tiene sentido, de todas formas, él lo volvería a rechazar, ¿no es así? —inquirió Lucianne, pero Demian no respondió, ni siquiera había alcanzado a entender hasta entonces cómo había logrado expulsar los dones en primer lugar, simplemente había ocurrido de un momento a otro y no estaba seguro de poder repetirlo si se diera el caso.

—Volverán —intervino finalmente Samael y las miradas se centraron en él—. Lo que sea que estén planeando, lo único seguro es que volverán a atacar.

—Y lo harán por mí —añadió Demian, poniéndose tenso sólo de pensarlo—. No se detendrán, seguirán regresando y nunca nadie estará a salvo… Debieron acabar conmigo cuando tuvieron oportunidad, se habrían evitado todo esto.

—Basta. No vuelvas a lo mismo —espetó Marianne, frunciendo el ceño.

—¿Por qué no? Sería lo mejor. Quizá deberían hacerlo mientras aún haya oportunidad.

—¡Ya no digas eso! ¡Deja la autocompasión!

—No es autocompasión, es la realidad —replicó Demian con un resoplido—. ¿No entiendes? Si vuelven a recolectar los dones, no estoy seguro de poder resistir su poder una vez más. No se trata solo de restablecer la conexión con la Legión de la Oscuridad, significa también el sentir nuevamente esa imperiosa necesidad por destruir, por acabar con ustedes.

Los demás permanecieron en silencio al escucharlo y Marianne apretó los dientes.

—Tiene razón. Si nadie se atreve a ensuciarse las manos, yo me ofrezco, sería por el bien de todos —dijo Frank, avanzando con decisión mientras se tronaba los dedos.

—¡No se va a matar a nadie, ¿entendido?! —exclamó Marianne, mirándolo con recriminación para a continuación voltear de nuevo hacia Demian—… ¡Y tú, no puedes estar hablando en serio! Ni siquiera sabemos si eso es lo que están planeando hacer, ¿y ya quieres sacrificarte? ¡No puedes darte por vencido tan fácilmente! ¡Lucharemos todos! La próxima vez que aparezca esa sombra, la estaremos esperando. Además, ya te resististe una vez, puedes volver a hacerlo. ¡Tienes derecho a ser tan humano como desees, recuerda que es tu decisión!

Demian la observó sorprendido ante su convicción. A pesar del peligro latente que él representaba, ella seguía dispuesta a darle su voto de confianza. Quizá eso era lo único que él necesitaba, que al menos una persona no renunciara a él. Tan solo una. Tomó un leve impulso para apartarse del cuerpo de Lester y dio un suspiro. Su cuerpo entero pareció relajarse y comenzó a recuperar su forma humana.

—…Qué fraude —masculló Franktick, cruzándose de brazos y haciendo una mueca de decepción al ver que no habría pelea. Marianne se inclinó hacia el cuerpo de Lester y lo observó por un instante antes de colocar las manos sobre su pecho.

—Quizá deberían todos salir del gimnasio, porque una vez que le coloque el don sustituto no querrán que nos vea aquí reunidos en torno a él.

Mientras todos fueron saliendo, Samael permaneció de pie a su lado.

Marianne volvió su atención al muchacho, abriendo las manos sobre su pecho cuando Demian la sujetó de la muñeca.

—Gracias… de nuevo —externó él con gesto serio, volviendo a soltarla casi al instante.

Ella sintió una punzada en el pecho y podía incluso percibir las palpitaciones de la muñeca, pero consiguió mostrar una breve sonrisa hasta que él se apartó para dejarla hacer su trabajo.

Llevaba un par de meses sin usar su poder, pero esperaba no haberse oxidado. Flexionó las manos formando una concavidad y justo al centro se formó un punto de luz que fue creciendo lentamente hasta convertirse en una esfera muy similar a los dones, con la diferencia de que esta era un poco más opaca. La presionó sobre el pecho del chico hasta que no quedó de ella más que un tenue brillo que se extendió por el área del torso. El cuerpo del muchacho se arqueó hacia el frente, dando una fuerte bocanada de aire. Samael rápidamente tomó a Marianne del hombro y ambos desaparecieron de ahí bajo la mirada de Demian.

—¿Lo viste? —preguntó Lester mientras él lo ayudaba a levantarse, pasando una mirada aterrorizada a su alrededor—. Pensé que habían vuelto por mí… Que se habían robado nuevamente mi habilidad… Pero solo me desmayé, ¿verdad? Solo fue eso.

El rostro de Demian se tensó al recordar la primera vez que le habían arrebatado el don a Lester. Sus desesperados intentos por recuperar su destreza y cómo no hacía más que fallar una y otra vez. No sabía si podría soportarlo ahora que era consciente de lo que estaba pasando y sobre todo sabiéndose en parte responsable.

—Será mejor que te vayas a descansar. Quizá eso sea lo que necesites en este momento —sugirió Demian tratando de sonar en control. Lester asintió, pálido y distraído, y se dirigió a los vestidores con pasos vacilantes.

Demian permaneció de pie en medio de la pista, observándolo marchar tambaleante como si tuviera una fuerte resaca y aumentando su desasosiego cada que daba un traspié.

No tenía idea de lo que haría ahora, pero estaba decidido a acabar con aquel demonio la próxima vez que lo viera. No podrían obligarlo a regresar a la Legión de la Oscuridad, ni con todos los dones del mundo. Rechazaría esa parte de él todas las veces que fueran necesarias y, aun así, una pequeña voz interna no dejaba de recordarle que mientras siguiera con vida, regresarían siempre por él. Jamás se detendrían.

 

—¿Qué piensas? —preguntó Marianne una vez en la intersección.

El ángel había estado demasiado callado desde el momento en que habían entrado al gimnasio y visto a Demian en su forma de demonio. Cualquiera pensaría que estaba distraído, pero no, su gesto era alerta y sus ojos reflejaban un intenso proceso mental. Le dedicó una mirada que confirmaba todos aquellos temores que había estado acarreando durante ese período de paz.

—Es lo que sospechaba. La Legión de la Oscuridad jamás renunciaría a su heredero.

—…Pero eso no es lo único en lo que piensas, ¿verdad? ¿Acaso estás de acuerdo con Frank? ¿Que la mejor opción para todos sería que Demian…? —Samael guardó silencio y ella contrajo el ceño—… No puedes simplemente restar importancia a sus esfuerzos. De verdad lo está intentando. Está demostrando que puede llevar una vida normal.

—No digo que no lo intente. Lo que me preocupa es que ustedes vuelvan a perder sus dones si es que en verdad están recolectándolos de nuevo —respondió Samael—. Y que tal y como él dijo… no sea capaz de controlarse si vuelve a absorberlos.

—Podrá hacerlo, estoy segura. Solo hay que tener confianza y transmitírsela para que sepa que no está solo. —Samael asintió sin borrar aquella expresión entre pensativa y preocupada—… No es todo, ¿verdad? Hay algo más.

—Es sólo que… desde que estamos aquí tengo una sensación extraña. Como si hubiera entrado en una burbuja y algo me estuviera llamando por fuera, pero no alcanzara a distinguir qué ni de dónde proviene el llamado.

—¿Quizá…  el plano superior intenta enviarte un mensaje?

—No sé —respondió él, sin poder borrar aquel gesto preocupado—. Será mejor que tengan más cuidado ahora. Traten de estar lo menos solas posible. No podemos arriesgarnos a que vuelvan a arrebatarles sus dones.

—Descuida, creo que todos pensamos lo mismo.

—Te acompañaré a tu salón, quizá aquella sombra aún esté rondando por aquí.

Marianne giró los ojos. Debió verlo venir, estaba ya en modo guardián. Ambos se encaminaron hacia su pasillo. Era hora de una nueva clase y al parecer llegaba tarde.

—Quizá podamos hablar a la salida de lo que pasó hoy —dijo ella en cuanto llegaron a la puerta.

Samael se detuvo, arrugando levemente el ceño. Había empezado a detectar un disturbio en el ambiente, una especie de fuerza magnética y un zumbido indetectable para el oído humano. Probablemente lo habría pasado por alto si no fuera por aquella creciente ansiedad en su pecho. ¿Provenía acaso de ahí dentro?

—¿…Me escuchaste? Bueno, como sea, nos vemos al rato —finalizó Marianne, golpeando la puerta, y en cuanto esta se abrió, él tuvo un breve vistazo de la clase entera. Fijó la vista en el fondo y se posó sobre la chica del cabello de gradientes azules. Por una fracción de segundo sus miradas se encontraron y a él le pareció ver un destello en sus ojos justo antes de que volviera la vista hacia el frente con rostro gélido.

Samael contrajo el entrecejo en un gesto de confusión en cuanto la puerta terminó por cerrarse, bloqueándole la vista. No entendía lo que había significado ni quién era esa chica, pero había algo en ella. ¿Tendría que ver con la alteración que percibía en la atmósfera o era simple coincidencia? Había tenido aquella sensación antes, estaba seguro, pero no recordaba cuándo ni dónde. Consciente de que no podía quedarse ahí, decidió darse la vuelta y marcharse, con la firme intención de averiguar lo que pudiera acerca de aquella chica.

 

—Hola, ¿conoces ya la ciudad? Podríamos enseñarte varios lugares divertidos.

Varios muchachos se acercaron a Addalynn al terminar las clases.

—No estoy interesada —respondió ella sin levantar la vista siquiera, ocupándose en resguardar sus pertenencias ordenadamente como si fuera un ritual.

—¡Vamos! ¿Cómo puedes saberlo si no pruebas antes? Tendremos una fiesta esta noche. Nos gustaría que vinieras —insistieron los muchachos, ansiosos por establecer contacto con ella, pero la chica ni se dignó a responder—… Bueno, si cambias de opinión, aquí está la dirección.

Uno de los chicos extendió una tarjeta hasta colocarla en su escritorio y ella se echó hacia atrás para evitar cualquier roce y mientras terminaba de ordenar metódicamente sus útiles, cerrando su bolso y volteando de inmediato hacia Vicky.

—Givicha, ¿podemos irnos ya?

—Eh… este… claro. Busquemos a mi hermano y nos vamos —contestó ella, pasando una mirada a su alrededor para ver las reacciones de los demás. Varias chicas al frente de la clase ya estaban cuchicheando y otras se limitaban a levantar las cejas. Trató de mostrar una sonrisa resignada mientras ambas salían de ahí—… Supongo que nos veremos mañana.

Un par de segundos más tarde, el muchacho de lentes se puso en pie y salió también de ahí sin mirar a nadie.

—Deben admitirlo, ni siquiera yo me comportaba así —comentó Kristania, dirigiéndose a la puerta y soltando una risita que sonaba más a la antigua ella por más que intentaba sonar cándida y autocrítica.

«Pero al menos esa chica no trata de hacerle la vida miserable a nadie», pensó Marianne para sus adentros.

—Nos vemos mañana —se despidió Kristania con una sonrisa un tanto extraña y torcida y un destello en los ojos que a Marianne no le inspiraba confianza.

—¿Cuál es tu problema, Lilith? —preguntó Angie una vez que ya no quedaban testigos.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—No le has dirigido ni una sola palabra o mirada a Vicky, no es propio de ti —agregó Marianne, anexándose a los reproches.

—…No tengo idea de a qué se refieren. Intento ser una alumna modelo este año. Si quiero entrar a una buena universidad algún día necesito mejorar mis notas, ¿no es lo que siempre me dicen? —replicó Lilith haciéndose a la desentendida y las chicas intercambiaron miradas. Sabían que se lo estaba inventando, pero para evitar dramas decidieron dejarlo así.

—¿Se quedarán en mi casa esta noche?

—Sí… con respecto a eso… —dijo Marianne mientras salían de ahí—… Tengo la impresión de que Samuel querrá que nos mantengamos cerca por un tiempo, ya saben, mientras acabamos con este asunto de la sombra “come-dones”.

—¿Eso significa que él también querrá estar ahí? —inquirió Angie con una expresión que obviaba lo feliz que aquello le hacía.

—Pe-Pero… ¿muchachos en mi casa? ¿Por la noche? —Belgina, por el contrario, pareció entrar en pánico con la sola idea.

—Tranquila, no dijo exactamente eso, solo que no debíamos estar solas en ningún momento, ya saben, para evitar una emboscada.

—¿Espera que estemos juntas todo el tiempo? Va a estar difícil con las distintas cosas que tenemos que hacer en nuestra rutina diaria —intervino Lilith actuando más normal una vez que Vicky estaba fuera de vista—. Por ejemplo, tengo que ir a trabajar a la cafetería a trabajar, ¿piensan esperar hasta que termine mi turno?

—Lo siento, pero con eso de que ahora mi enfadoso hermano también esté aquí, tengo que asegurarme de que llegue sano y salvo a casa.

—O simplemente déjalo andar con nosotros, no hay mucho que mantener en secreto de él de todas formas, ¿o sí? —dijo Lilith, restándole importancia, y Marianne dio un resoplido tan solo de imaginarlo rondándolos como un mosquito latoso.

—…Prefiero que lo sepa en teoría a que lo presencie directamente.

—¿No debería saber ya sobre las aves y las abejas? —Frank apareció detrás de ellas mientras recorrían el pasillo. Lucianne caminaba a su lado, acelerando el paso para alcanzarlas. Marianne volvió a soltar un bufido en respuesta a su presencia.

—…Ni sabes de lo que hablo y tampoco deberías estar aquí, así que no opines.

—¡Uy, lo siento! No sabía que debía pedirte permiso para matricularme en esta escuela. Pensaba que era el Saint Pearl, no el Saint Gruñona —espetó Frank con su usual tono mordaz.

—¿No creen que deberíamos mejor hablar de lo que pasó hoy? —intercedió Lucianne para evitar una discusión entre ellos, pero antes de que alguien pudiera responder, llegaron a la intersección, donde varios estudiantes en grupos cuchicheaban entre sí mientras observaban de soslayo al par de chicas que esperaban a un lado de la puerta.

Entre uno de los grupitos se podía distinguir a Kristania contemplándolas con atención, como si estuviera estudiándolas o quizá comparando estilos y decidiendo en su mente que ella lucía mejor con su cambio de imagen.

Demian bajó entonces por las escaleras, seguido de cerca por Mitchell y un poco más atrás Samael. Demian parecía más recompuesto, y al llegar al pie de la escalera, posó su vista sobre ellos, recién salidos del corredor. Lentamente esbozó una sonrisa para transmitir que todo estaba bien y Marianne intentó responder de igual forma, tan solo para ser interrumpida por Vicky.

—¡Hermano, aquí estamos! —Vicky agitó los brazos para llamar su atención, atrayendo de paso las miradas indiscretas del de por sí cautivo público que ya tenían.

Demian les dedicó una última mirada antes de acercarse a su hermana y Addalynn, que permanecía como estatua, ignorando la cantidad de ojos que tenía prácticamente encima. Tras un intercambio, los tres se marcharon bajo el escrutinio de los demás estudiantes, entre ellos Kristania, que de pronto parecía interesada.

—¿…Quién era esa chica? —preguntó Samael con la vista fija en la puerta.

—No sé a cuál de las dos te refieras, pero la que iba junto a Demian es su hermana Vicky, y la que iba delante de ellos es una amiga suya de Londres, Addalynn.

—…Addalynn —repitió Samael con un halo misterioso y Marianne lo miró extrañada por su repentino interés.

—¡Qué suerte tiene Demian de vivir bajo el mismo techo que esas dos chicas! —comentó Mitchell acercándose.

—Una de ellas es su hermana —replicó Marianne.

—Pueeeeeeees…. técnicamente no. No olvidemos que es adoptado —declaró él, meneando la cabeza—. Me recuerda a una película que vi hace tiempo a escondidas en la academia…

—Tu depravación no conoce límites —le reprochó Marianne con una mueca asqueada para a continuación mirar su reloj—… Bueno, ¿te parece bien que estemos en tu casa a las siete, Belgina?

—¿Harás una fiesta en tu casa, nena? Estamos invitados, ¿verdad? Si es así no pienso ir a la fiesta de Aldric. Prefiero algo más íntimo.

—Yo llevo el alcohol y los cigarros —intervino Franktick, dándole un sonoro manotazo en la espalda a su primo. Belgina se encogió al instante en su mutismo, colocándose tras las chicas como si intentara ocultarse.

—¡Nada de eso! No se trata de una fiesta —aclaró Marianne—. Las chicas pasaremos la noche en casa de Belgina para hacerle compañía, y pensamos que sería mejor reunirnos todos a las siete para discutir… lo que ocurrió hoy. Pero después de las diez los chicos tendrán que irse, ¿entendido?

—Peor es nada —expresó Frank con un encogimiento de hombros.

Loui salió entonces del corredor de secundaria, cabizbajo y arrastrando los pies.

—…Me tengo que ir. Nos vemos a las siete —finalizó Marianne, haciéndole una seña a Samael para que la siguiera y reuniéndose con Loui—. Conozco esa cara, tu primer día fue un asco, ¿verdad? —Loui se limitó a emitir una especie de gruñido y ella reprimió las ganas de soltar una risita burlona—. Bienvenido al Saint Pearl.

Al llegar a casa, Samael hizo el ademán de hacerse invisible, pero Marianne lo detuvo, posando la mano sobre su hombro y negando con la cabeza.

—Ya no es necesario, recuerda que ahora eres parte de la familia. —Samael intentó relajarse e inhaló profundo. Seguía sin acostumbrarse a la idea de ya no tener que ocultarse—. ¿Estás bien? Pareces distraído. ¿Tú también tienes el síndrome del primer día de clases?

Loui dio un bufido y Samael tan sólo meneó la cabeza y trató de sonreír.

—…No es nada —aseguró él, dando un paso hacia el frente y ella optó por no insistir.

Al abrir la puerta, descubrieron un par de maletas a un lado de las escaleras. Marianne parpadeó confundida y entonces vio a su padre en la sala, sentado como si los hubiera estado esperando.

—…Qué bueno que llegaron. Necesito hablar con ustedes —dijo él con su usual sonrisa afable de que todo estaba bien, pero algo en su tono indicaba que no era realmente así.

—…Los dejaré solos —decidió Samael, subiendo rápidamente las escaleras mientras Marianne y Loui se dirigían dubitativos a la sala, tomando asiento en el sofá del centro.

—¿Donde está mamá? —preguntó Marianne con un mal presentimiento.

—Salió a hacer unas compras, no tardará en regresar. Necesito decirles algo antes de que ella vuelva.

—¿Y esas maletas bajo la escalera? —inquirió Loui casi con miedo de preguntar. Noah hizo lo posible por mostrar su sonrisa más cálida, pero aquello no hizo más que encender sus alarmas—… ¿Te vas? ¿De nuevo?

Marianne permaneció en completo silencio e inexpresiva. Ya no estaba en aquel lugar sino lejos, muy lejos de ahí.

—Más bien me mudaré —aclaró él sin borrar su sonrisa, aunque parecía costarle un poco más de trabajo mantenerla—. Ustedes saben que… las cosas entre su madre y yo no estaban del todo bien, y desde que me estoy quedando aquí puedo notar lo mucho que le incomoda mi presencia, así que buscaré un lugar donde quedarme.

—Pero… ¿te irás de la ciudad? ¿Nos dejarás de nuevo? —lo interrogó Loui, encajando los dedos en el sofá como para evitar que lo arrancaran de ahí. Noah exhaló una leve risa que Marianne no lograba discernir.

—…No podría dejarlos. Me quedaré en un hotel por lo pronto. Hice una reservación hace un par de horas, les dejaré la dirección para que puedan localizarme cuando quieran —explicó él, extendiendo una tarjeta que Loui acabó tomando al ver que Marianne permanecía inmóvil—. Estaré ahí hasta que encuentre un sitio dónde mudarme.

—¿Por qué no puedes quedarte aquí? Mamá lo entendería, así ha sido durante el último mes —insistió Loui, buscando alguna excusa para que no se fuera.

—Las cosas no funcionan así, campeón. Pero esto no significa que dejarán de verme; pasaré por ustedes, comeremos juntos, lo que quieran hacer.

Loui se quedó callado al ver que su esfuerzo era inútil y permanecieron en silencio hasta que Marianne finalmente pareció reaccionar.

—¿Qué pasará con Samuel? —Noah la miró extrañado de su pregunta y Loui decidió apoyarla por tener algo más para decir.

—Sí, ¿qué pasará con el primo Samsa? —Marianne le dio un codazo furtivo para que dejara de llamarlo así, pero él ni se inmutó.

—Puede quedarse aquí si lo desea; esta situación es independiente de él. Parece haberse acoplado bastante bien en los días que lleva aquí, así que sería injusto arrastrarlo conmigo.

Marianne asintió sin agregar nada más. Se mantuvo impávida frente a él como si estuviera únicamente esperando una señal para poder marcharse. Loui la miró con resentimiento de que no lo apoyara en su intento por mantener a su padre en casa.

—…Eso era todo lo que tenía que decirles. Llevaré las maletas al auto —Noah finalizó, esbozando otra de sus sonrisas distintivas y saliendo de la sala.

—…Es oficial, éste es el peor día de todos —masculló Loui, levantándose de un salto.

Marianne permaneció sentada en aquella postura rígida sin cambiar de expresión. Ni siquiera esperó a que se marchara, simplemente subió las escaleras y fue directo a su habitación. Samael ya estaba dentro, sentado en su escritorio.

—Escuché todo.

—…Por supuesto que lo hiciste —espetó ella con un resoplido, asentando su mochila sobre la cama y dejándose caer pesadamente sobre ésta.

—¿Necesitas algo?

—Justo ahora solo necesito estar sola. —Samael no se movió de su sitio por lo que ella dio un suspiro y se incorporó—… No lo harás, ¿verdad?

—Mientras no estemos seguros de las verdaderas intenciones de este nuevo demonio no pienso dejarte sola —aseguró Samael de forma determinante—. Al menos tratándose de otros dones puedes sustituirlos temporalmente, pero si llegas a perder el tuyo de nuevo… ya no podríamos hacer nada ante otros ataques… y tampoco para recuperarte.

Ella no respondió, tan solo lo miró por un instante hasta que volvió a resoplar y se dejó caer nuevamente en la cama.

—…Entonces me tendrás que disculpar los próximos minutos porque no pienso hablar y tampoco quiero escuchar una sola palabra, entraré en un estado catatónico del que no quiero ser interrumpida hasta que sea hora de ir a casa de Belgina, ¿de acuerdo?

Samael asintió; después de todo, él mismo necesitaba también de un momento de silencio para poder pensar. Permanecieron un largo rato sin decir nada, cada quien inmerso en su propia burbuja de meditación. Ni siquiera resultaba incómodo, era como volver a una época anterior en la que él estaba en su mente, antes de ser capaz de escucharlo. Finalmente fue ella misma la que acabó rompiendo el silencio.

—¿…Es muy difícil? —soltó Marianne de repente, sacándolo de su ensimismamiento—… A vivir como tú me refiero. Sin padres, sin familia, sin raíces ni pasado.

Samael lo pensó por unos segundos y acabó encogiéndose de hombros.

—No conozco otra vida, así que no sabría decirte. Supongo que ya estoy acostumbrado.

—A veces yo también desearía no tener familia ni raíces, así tendría una preocupación menos —soltó ella, sintiéndose enseguida culpable por decirlo en voz alta, y de inmediato se incorporó como si hubiera tenido suficiente de su tiempo fuera, sentándose al borde de la cama—… Y bien, dime entonces, ¿qué pasa con esa chica? —Samael la miró confundido—. No te hagas, por algo me preguntaste por ella. Addalynn. Dime qué hay con ella.

Él lo pensó por unos segundos, buscando algún motivo, pero lo cierto era que ni él mismo sabía por qué de pronto se había interesado en ella.

—No sé. Tan solo llamó mi atención por alguna razón.

—¿En serio? —Marianne levantó las cejas con expresión incrédula, pero decidió aceptar su respuesta y dejarlo así—… Si tú lo dices. Bueno, hora de irnos. Hay que ir a casa de Belgina.

 

La reunión se llevó a cabo de acuerdo con lo planeado, a pesar de que Belgina seguía incómoda con la presencia de los chicos, y peor aun cuando Frank se asomó con varias cajas de pizza y un cartón de cerveza, granjeándole algunas miradas de desaprobación.

—¿…Qué? Algo tenemos que cenar, ¿no?

—Estoy segura de que la cerveza no era necesaria —lo reprendió Lucianne.

—Un pequeño gusto de vez en cuando no hace daño —replicó Frank con una de aquellas sonrisas que usaba cuando sabía que se había salido con la suya, sacando a continuación una lata.

—De ninguna forma puedes haber conseguido que te las vendan legalmente —le reprochó Marianne, entornando los ojos de forma acusatoria.

—No sé de qué hablas, mi credencial aquí dice lo contrario —reviró él, sacando una credencial de su bolsillo mientras sorbía de la lata.

—Sí, claro. También dice que eres veterano de guerra.

—¿Y en cierta medida no lo somos todos ya? —añadió Frank con una sonrisa socarrona a lo que Marianne respondió con un bufido. Mitchell decidió seguir su ejemplo, tomando otra lata y comenzando a repartirlas para quien quisiera.

—…Nunca he probado las de aquí, pero a ver qué tal saben —comentó Mankee algo indeciso al aceptar la suya. Las chicas prefirieron abstenerse y vieron con sorpresa que Lilith tomara una.

—¿Es en serio? —Marianne le dedicó una mirada de reproche y la sonrisa de ella se ensanchó como si la hubieran atrapado en una travesura.

—¡…Hey, él tiene razón! Un gusto al año no hace daño.

—Toma, alitas, no puedes perderte del placer de una buena cerveza humana —afirmó Frank ofreciéndole una y antes de que Samael la tomara siquiera, Marianne se interpuso.

—Nada de eso, no permitiré que lo corrompas, aleja tus vicios mundanos de él —le advirtió Marianne y tanto él como Mitchell se echaron a reír.

—¡Lo que digas, gruñona! Mejor comamos la pizza antes de que se enfríe —sugirió él, poniéndose cómodo mientras Mitchell ayudaba a cargar las cajas. Minutos después ya estaban todos dispuestos alrededor de la mesa japonesa, con las cajas de pizza sobre ésta y ellos sentados en el suelo.

Belgina había procurado sentarse lo más lejos posible de Mitchell y cada vez que él trataba de dirigirle la palabra, ella se limitaba a ocultarse detrás de Marianne y Lilith.

—Muy bien. Es hora de enseriarnos —determinó Frank, dejando su cerveza a un lado y sacudiéndose las manos tras acabarse la última rebanada de pizza—. ¿Quién de aquí está convencido de que el principito oscuro puede a la larga ser un peligro para todos? —Todos hicieron silencio e intercambiaron miradas de reojo—… ¡Oh, por favor! ¡No puedo ser el único! ¡Él no está aquí, no van a “herir sus sentimientos con sus dudas”! ¡Pueden ser honestos! ¡Vamos, alitas, seguro tú estás de acuerdo conmigo!

—…No es que no exista la posibilidad de que algo así ocurra —respondió Samael finalmente y Marianne contrajo el ceño, pensando que le daría la razón a Frank—… pero creo que la diferencia está en sus intenciones. Si fuera su deseo el matarnos, pienso que tendríamos derecho a defendernos… pero no me parece que ese sea el caso. Quizá lo único que podemos hacer es confiar en su fuerza de voluntad.

Frank chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, enfurruñándose en su lugar.

—Luego no digan que no se los advertí —espetó él de mal humor, cogiendo de nuevo su lata y dándole otro trago.

—Déjalo correr, Frank. No puedes seguir guardándole rencor —agregó Lucianne en un intento por hacerlo entrar en razón, pero lo único que logró fue molestarlo más.

—…Y aquí se termina la reunión para mí. Ahí se ven —finalizó Frank, poniéndose de pie y marchando hacia la puerta.

—Frank, detente. No hagas esto, por favor —dijo Lucianne, intentando que volviera.

—Demasiado tarde, ya me fui —fueron sus últimas palabras antes de azotar la puerta a su salida. Lucianne soltó una larga exhalación, apoyándose desanimada sobre sus rodillas.

—Parece que algunas cosas nunca cambian—comentó Marianne tras unos segundos.

—Bueno, pues él se lo pierde, al menos nos dejó las cervezas. ¿Jugamos a la botella? —intervino Mitchell, arrastrando el cartón con las cervezas restantes hacia él y antes de que cualquiera pudiera contestar, Marianne hizo un gesto con la mano y el cartón salió arrojado por la ventana—… Eso fue descortés.

—Si tanto las quieres, ve por ellas. Ahora mismo nos ocuparemos de discutir nuestro plan en el caso de que esa sombra aparezca de nuevo, así que tú decides si te quedas o te vas a hacerle compañía a Frank.

—¡…Tranquila! ¡Cielos! Deberías controlar ese carácter. —Marianne realizó otro breve gesto con la mano y Mitchell recibió un golpe en la cabeza de su propia lata—… ¡Auch! ¡Está bien, está bien, ya me callo!

La planeación, sin embargo, no resultó tan fructuosa como esperaban. Sin haber visto antes a aquel demonio de humo, como Demian lo había descrito, no tenían forma de saber cómo proceder ante él. Aunque la idea no les agradara, necesitaban verlo en acción.

Y así terminó otra reunión sin llegar a nada en concreto. El único punto en común era confiar en la capacidad de autocontrol de Demian. Incluso Mitchell acabó sugiriendo el incluirlo en sus reuniones, moción que Marianne apoyó de inmediato, aunque Samael no estaba muy convencido y decidió dejar ese tema para otra ocasión. Eran las diez de la noche y ya era hora de que los chicos se marcharan.

—¿Tan pronto? Yo que venía preparado para hacerles guardia. En serio, podría quedarme en la sala, no molestaré.

Belgina de inmediato clavó los dedos en los brazos más próximos a ella, siendo Marianne y Angie las desafortunadas.

—De ninguna forma. Nada de chicos después de las diez. Andando —repuso Marianne, señalándoles la puerta.

—¿En serio vas a aceptar esto, Samuel? —preguntó Mitchell mientras caminaba a regañadientes hacia la salida.

—Mientras se mantengan juntas creo que no hay problema.

—¿No deberíamos entonces… también nosotros permanecer juntos en un solo lugar? —sugirió Mankee, sintiéndose de pronto inseguro.

—No poseemos ningún don original, no creo que debamos preocuparnos —dijo Samael, como si no fueran lo suficientemente importantes.

—…Eso dolió, ¿sabes?

—Dejen de quejarse. Nos veremos mañana en la escuela. No se desvelen mucho —finalizó Marianne antes de cerrarles la puerta. Solo entonces Belgina pudo relajarse.

—…Si mi madre supiera, se enojaría mucho.

—No exageres, no es la primera vez que nos reunimos todos aquí por si lo olvidas.

—…Sí, esa fue… una época un tanto extraña —comentó Belgina como si se avergonzara de ello y las demás le dedicaron miradas inquisitivas.

—¿…Hay algo que no nos estés diciendo, Belgina?

—¡Nada! Deberíamos prepararnos para dormir. ¿Trajeron todo? —dijo Belgina con tono urgente, como si intentara evitar el tema, pero las demás parecían más que conscientes de ello y comenzaron mentalmente a urdir un plan para sacárselo.

—Muy bien, entonces… ¿cuál es el asunto con Frank? —preguntó Lilith una vez que se habían acomodado todas en la habitación, los pisos llenos de almohadones y cobijas, cada quien ocupando un espacio.

—¿…A qué te refieres con eso? —Lucianne parecía tomada por sorpresa; se suponía que interrogaran a Belgina, no a ella.

—Ya sabes, ¿están saliendo o no? ¿Son novios, amigos con derechos…?

—¡Lilith! —exclamó Lucianne, avergonzada.

—¡Vamos! Puedes decirnos. Estamos entre amigas, de aquí no saldrá —aseguró Lilith mientras se trenzaba el cabello—. ¿Siquiera te ha besado?

Lucianne quedó roja y enseguida sacudió la cabeza negativamente.

—…Somos amigos. Los amigos no se besan.

—¿En serio? —replicó Lilith, levantando una ceja como si intentara recordarle cierto evento cuando estaba desprovista de su don. Ella quedó todavía más roja y paseó la mirada por el suelo, siguiendo el estampado de las cobijas que las circundaban.

—…Lo que haya hecho mientras carecía del don no cuenta.

—Quizá eso sea lo que le molesta a Frank —supuso Angie boca arriba y con la cabeza vuelta hacia atrás—. Que, a pesar de todo, no logre pasar de la etiqueta de “amigo”, mientras que Demian…

Marianne se levantó de un salto y fue directo a su mochila sin pronunciar palabra alguna, interrumpiendo abruptamente la plática. Las demás la observaron atentamente mientras ella hurgaba en su interior hasta sacar su celular y ponerse a revisar sus mensajes. Al darse cuenta de la forma en que la observaban, se detuvo y les devolvió la mirada.

—¿…Qué?

—Lo siento, no debí decir eso —se disculpó Angie ante lo cual Marianne frunció el ceño, confundida.

—¿…Qué? ¿De qué hablas?

—¡Por supuesto que de Demian! —intervino Lilith, viendo enseguida una oportunidad para enfocarse ahora en ella—. Confiesa, ¿qué hay entre ustedes? Obviamente hay algo porque se la pasan enviándose mensajes y siempre tienen esas miraditas como si se estuvieran comunicando telepáticamente… ¿O a poco sí lo hacen? ¿Ya desarrollaste también esa capacidad?

—¡Claro que no! ¡Eso es una locura! ¡Somos amigos y ya! No intentes leer demasiado entre líneas.

—Pensamos que te molestaría que habláramos de que Lucianne y él… —dijo Angie y Marianne se apresuró a interrumpirla antes de que terminara.

—¡Solo vine a ver si tenía algún mensaje! ¡Dejen de hacer suposiciones y hablemos claro! ¡Muy bien, Belgina, dinos de una vez qué te traes con Mitchell y por qué has estado rehuyéndole!

Las miradas se posaron de inmediato en Belgina, que se quedó de piedra ante su pregunta directa y comenzó a balbucear, retorciendo con los dedos su propia cobija.

—Puedes decirnos, no te juzgaremos. Estamos entre amigas, después de todo —dijo Lucianne, tratando de mostrarse comprensiva.

—Y si te hizo algo, puedes estar segura de que lo haremos pagar lenta y dolorosamente —añadió Lilith, haciendo un gesto con las manos como si estuviera aplastando algo, provocando una expresión horrorizada en Belgina.

—¡No la asustes, Lilith!

—Dinos, Belgina, ¿por qué has estado comportándote así con Mitchell? —insistió Marianne—. Nos parecía que se estaban llevando muy bien antes.

—¿…Antes de que recuperáramos los dones quieres decir? —dijo por fin Belgina y las chicas se miraron confundidas, aunque Lucianne pareció captar el sentido.

—…Ohhhh.

Las otras tres chicas les dedicaron miradas confundidas, esperando una explicación.

—¿…Qué es esto? ¿Acaso me perdí de algo?

—Bueno, tal y como había dicho, lo que hayamos hecho mientras carecíamos del don no cuenta —reiteró Lucianne—… Sobre todo, si eso modificó nuestra conducta.

—¿Te refieres a…? —intervino Marianne nuevamente y la chica de lentes dio un largo suspiro, sin dejar de jugar con sus dedos ni despegar la vista de ellos.

—…Mientras estuve sin el don, me parecía ver todo a través de un sueño, se sentía irreal. Por supuesto que lo recuerdo, pero de nuevo, es como en los sueños: simplemente aceptas lo que ocurre y el papel que te toca interpretar en ellos.

—Puedo identificarme con eso —Angie concordó.

—…Supongo que estamos solas en esto, Lilith —comentó Marianne, pues no habían sufrido modificación alguna en su conducta—. Pero entonces, ¿qué fue lo que…?

—Mitchell no ha hecho nada malo, al menos que él esté consciente de ello —continuó Belgina ya encaminada—… Aunque yo permití su acercamiento entonces, no puedo evitar pensar… que tomó provecho de mi condición. Y no puedo con eso.

—…Ahora entiendo —asintió Marianne.

—Entonces ¿quieres decir que jamás le volverás a dirigir la palabra? Eso será difícil considerando que convivimos todos los días y más ahora con este nuevo demonio come-dones —intervino Lilith.

—…No… No lo sé —admitió Belgina, sintiéndose confundida.

—Eventualmente tendrás que hablarlo con él o nunca entenderá lo que hizo mal —aconsejó Lucianne.

—…No puedo pensar en ello ahora. —Belgina sacudió la cabeza y cerró los ojos—… No puedo hablar con él.

Las chicas suspiraron ante su negativa, pero decidieron no presionar.

—…Bueno, al menos hay una razón para tu comportamiento —dijo Lilith, dejando caer la cabeza sobre su almohada después de terminar de trenzarse el cabello, aunque este quedara más bien hecho una maraña—… Buenas noches.

Las demás no parecían tener la intención de dormir en ese momento, pero ya que Lilith se había acomodado, decidieron seguir su ejemplo. Marianne apagó las luces y regresó a su nido de cobijas y almohadones, llevando su móvil consigo. Trató de amortiguar la luz de la pantalla mientras pasaba una y otra vez sus mensajes, pero aún así traspasaba la cobija.

—¿…Es en serio? ¿Así te la vas a pasar toda la noche, “cel-adicta”?

—¡No soy “cel-adicta”! Solo intento poner la alarma para mañana —se excusó ella sin dejar de pasar las pantallas.

—Eso o está esperando recibir cierto mensaje… —bromeó Angie.

—¡No espero ningún mensaje! ¡Ya, lo apagué, ¿satisfechas?!

La tenue luz que traspasaba las cobijas se apagó de repente y le siguió un silencio de algunos minutos, hasta que se escuchó el sonido de un mensaje entrante.

—Ah, ya llegó —reiteró Angie y algunas risitas se escucharon a su alrededor mezcladas con los refunfuños de Marianne.

—¡Hay gente que intenta dormir aquí! —exclamó Lilith, arrojando una almohada.

—¡Oye! —protestó Marianne, tomando la almohada y lanzándosela de vuelta, pero terminó cayendo sobre Angie, y esta respondió de la misma forma, arrojando la almohada a ciegas. Se escuchó un golpe amortiguado, seguido de un quejido que sonaba muy parecido a Lucianne.

Aquello degeneró en una guerra de almohadazos en la oscuridad. Las almohadas pasaron volando de un extremo a otro sin tregua, con golpes suaves y esponjosos acompañados de risas y gritos hasta que acabaron rendidas en medio del desastre de plumas que habían creado.

Una pequeña luz se encendió entonces y voltearon exhaustas hacia la fuente. Marianne revisaba de nueva cuenta su móvil.

—…Casi las dos de la mañana. Estaremos muriendo de sueño en plena clase.

—Y todo por un mensaje. Espero que haya valido la pena. —Marianne solo gruñó en respuesta, procediendo a apagar el aparato—. ¿Qué decía el mensaje? ¿Fue Demian?

—¡Buenas noches! —soltó Marianne, negándose a seguir el juego y cubriéndose por completo con una de las cobijas. Las demás únicamente rieron y Marianne volvió a aventar su almohada para callarlas, generando una nueva batalla de almohadazos.

Esto, por supuesto, no hizo más que cumplir con su predicción cuando esa mañana fueron caminando a la escuela con caras adormiladas y profundos círculos grises alrededor de los ojos. Ni siquiera les pareció extraño llegar a su salón y encontrarlo casi vacío.

Conforme sus sentidos se reactivaban, empezaron a notar con mayor claridad que varios de sus compañeros no habían llegado aún, ni siquiera Kristania, que solía ser puntual.

—Es raro, ¿no? Apenas es el segundo día para que ya estén faltando a clases.

—Quizá no fuimos las únicas que se desvelaron ayer —conjeturó Marianne.

—Wow, tal parece que la fiesta duró toda la noche —comentó Vicky al entrar por la puerta y ver la mitad del salón vacío. Las chicas la saludaron y Lilith de inmediato se sumergió en un mutismo absoluto, manteniendo los ojos fijos en sus manos.

El rostro de Vicky se contrajo, pero tomó aliento y volvió a sonreír, dirigiéndose decidida hacia el escritorio que había tomado el día anterior. Addalynn iba detrás de ella con aquella expresión imperturbable que parecía labrada en mármol. Al contrario de su amiga, ni se molestó en saludar a nadie o dedicarles una sola mirada. Era casi robótica.

—¿Es común que se salten clases aquí? ¡En mi anterior escuela ni pensarlo! Bastaba siquiera llegar tarde para recibir castigos como limpiar la escuela por una semana.

—Lo de la fiesta sigue siendo la teoría más factible —asintió Angie, torciendo un poco la cabeza para responderle ya que Lilith ocupaba el asiento intermedio.

—¿Saben? Estaba pensando hacer una pequeña reunión en casa este fin de semana. Por mi cumpleaños. ¿Irían?

—¡Por supuesto! —respondieron las chicas enseguida, aunque Lilith no habló.

—…Tú también, ¿vendrías?

Lilith se puso tensa. Mantuvo su vista fija en el escritorio, sin atreverse a apartarla. Podía sentir las miradas de las demás, sobre todo aquellos ojos topacio observándola a la expectativa; los ojos que veía siempre fijos y apagados en sus pesadillas. Muertos como su dueña. Tragó saliva. Tenía que alejar esa imagen de su mente.

—…Lo pensaré —contestó secamente.

Vicky pareció aún más confundida ante su cortante respuesta y se limitó a asentir con un movimiento vacilante antes de ponerse a hacer garabatos en su libreta. Lilith no pudo evitar notar la forma en que sus amigas la miraban, pero prefirió hacer como que no se daba cuenta y mirar ciegamente una página de su libro.

De pronto el sonido de sus celulares alertó a las cuatro chicas; estaban recibiendo un mensaje al mismo tiempo. Vieron sus pantallas e intercambiaron miradas de reconocimiento.

Salieron rápidamente de ahí, y se dirigieron a la intersección, donde no había nadie presente más que Mitchell y Samael de pie frente a las escaleras, mientras Demian estaba sentado en los escalones con expresión distante. Lucianne y Frank también se les unieron, a pesar de que el último se mostró renuente ante la presencia de Demian.

—¿…Qué? ¿Ahora también vamos a compartir nuestros secretos con él? ¿Lo nombraremos miembro honorario y ofreceremos una fiesta en su honor? —espetó Frank, prácticamente escupiendo las palabras, y Demian se limitó a poner los ojos en blanco.

—¡Frank, basta! —le reclamó Lucianne.

—Silencio, por favor, esto es importante y creo que debemos escucharlo todos —intervino Samael antes de que Frank volviera a la carga—. Diles, Mitchell.

—Bueno, quizá habrán notado que hoy faltaron muchas personas a clases, incluyendo mi hermana —comenzó a explicar Mitchell—. Ayer que llegué a casa me enteré que ella se había ido con sus amigas a una “pequeña reunión” y mamá estaba preocupada porque no había regresado, pero si recuerdan, ayer les comenté sobre una fiesta en casa de Aldric, a la cual decidí no asistir por estar con ustedes, para que vean lo considerado que soy y lo mucho que me importan, porque cualquier otro hubiera preferido irse de fiesta para poder tomar todo lo que quiera sin que le estén diciendo…

—Directo al punto, Mitchell —interrumpió Samael para reencausarlo.

—¡Ah, sí! Bueno, como decía, no le di importancia, así que me fui a dormir, y a eso de las dos de la mañana me despierta mi mamá toda histérica, diciendo que se habían llevado a mi hermana junto con otros más al hospital. Para ese punto, creí que finalmente le había hecho honor a su fama de chica mala y le habría dado alguna sobredosis de algo, pero cuando llegamos al hospital resulta que solo la tienen bajo observación junto con otros por inhalar humo. Hubo un incendio en la fiesta, pero ningún herido de seriedad.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? Digo, está bien que sea tu hermana y tengas que preocuparte por ella, pero…

—¡Pobre Kri! —interrumpió Lilith, juntando las manos en una oración silenciosa.

—Continúa, Mitchell —indicó Samael, haciéndole una seña.

—¡Ah, sí! Pues… mientras mamá se encargaba de regañarla y decirle que estaría castigada hasta que tuviera cuarenta, yo pregunté qué había pasado y de mala gana me contó que en efecto había ido a casa de Aldric. Sus padres salieron de la ciudad, así que la tenía para él solo. Muchos de la escuela fueron porque es conocido y el lugar se llenó rápidamente, incluso tocó con su banda. Bueno, el caso es que en pleno apogeo de la fiesta algunos notaron que alguien se paseaba con una máscara, cosa a la que no le dieron mucha importancia, pensaron que simplemente se trataba de alguien que quería hacerse el misterioso. Pero entonces hubo un alboroto y encontraron a varios chicos medio inconscientes diciendo que el tipo de la máscara los había atacado. Así que se dieron a la tarea de localizarlo y fue entonces que el incendio se inició en donde estaban los instrumentos, al parecer un corto circuito en donde los tenían conectados. Para cuando los bomberos y los paramédicos llegaron, también lo hizo la policía y dispusieron que ninguno dejara el hospital hasta que terminaran de interrogarlos. La mayoría inhaló humo únicamente, pero hay como cinco muchachos que dicen haber sido atacados por el sujeto de la máscara.

Los demás se quedaron callados, tratando de discernir su relato.

—¿…Qué estás insinuando? ¿Que un demonio fue quien los atacó?

—Hay muchas coincidencias, pero eso no significa que lo haya sido. Ninguno fue despojado de su don, ¿no es así? Además, si algún demonio los hubiera atacado lo hubiéramos sentido, siempre ocurre —opinó Marianne, por más inquieta que el evento la hiciera sentir.

—…Quizá fuera algún imitador —intervino Belgina—. Los noticieros estuvieron pasando por mucho tiempo las imágenes tanto de los demonios que combatimos como de nosotros. Incluso aún circulan por ahí máscaras que sacaron a la venta y que luego prohibieron para evitar más disturbios. No sería raro que alguien decidiera utilizar alguna para hacerlo.

—Eso tiene más sentido —asintió Marianne.

—Te faltó decir algo más, Mitchell —lo apremió Samael para que siguiera.

—Mi hermana también dijo que ella llegó a ver al tipo de la máscara, que le pareció un sujeto muy escurridizo; un momento lo veía al frente y al voltear lo veía al fondo. Lucía misterioso, pero lo que más le llamó la atención fue su mirada. “Ojos de lobo” fue lo que ella dijo.

Demian de inmediato alzó la vista y se puso de pie con expresión turbada.

—¿…Dijiste ojos de lobo?

—Sí, ¿te suena de algo?

Demian no respondió; a su mente volvió el recuerdo del demonio de ojos ámbar que había intentado asesinarlo cuando era un bebé, y luego el haberlo visto nuevamente cuando fue llamado a la presencia de su padre. Lo había atacado y, sin embargo, lo había dejado vivir. Pero no tenía sentido, si había sido enviado por él, ¿por qué rondar una fiesta de estudiantes, atacar a unos cuantos e iniciar un incendio? Ni siquiera habían sido despojados de sus dones, no parecía el modus operandi de la Legión de la Oscuridad en absoluto. ¿Podría ser una simple coincidencia?

—¿Qué piensas, Demian? ¿La descripción concuerda con la sombra que viste ayer?

Él volvió su atención hacia ellos y se dio cuenta de que lo observaban a la expectativa, esperando por una respuesta.

—…Podría ser. Aunque sus ojos eran más bien una mezcla entre felinos y reptilianos.

—Con todo el alboroto no sería extraño que los confundiera. De todas formas, no es como que se vean ojos de ese tipo usualmente —apostilló Mitchell.

—También existen los lentes de contacto —intervino Lucianne.

—Aun así, no podemos ignorar este hecho —aseguró Samael, adoptando su pose de gravedad—… Si en verdad fue aquella sombra, tenemos que considerar un detalle que debería preocuparnos aún más: ninguno de nosotros sintió su presencia ni el ataque.

El silencio que le siguió pareció una confirmación. Eso sí que debía preocuparles.

—¿Cómo se supone que haremos entonces para rastrearlo cuando ataque? Si es que en verdad puede enmascarar su energía.

—No lo harán —intervino Demian—. No hay forma de saber si ha sido un hecho fortuito, si se repetirá o si ha sido una simple coincidencia; lo único que pueden hacer por el momento es dejarlo pasar y esperar. Si vuelve a haber un ataque de ese estilo, nos enteraremos de una forma u otra, hasta entonces no se puede hacer nada.

—…Él tiene razón —admitió Samael y los demás lo miraron sorprendidos.

—¿Es en serio? ¿Tú de todos vas a estar de acuerdo con el príncipe demonio? ¿Has perdido la cabeza? —lo cuestionó Frank con aquella actitud intransigente.

—Frank, por favor… —suplicó Lucianne, dando un suspiro de hartazgo.

—Puedes llamarme como desees, eso no cambia el hecho de que pude haberlos matado en cualquier momento, pero elegí no hacerlo. Mi naturaleza no me hace peor ni mejor persona que tú —espetó Demian, harto ya de su constante menosprecio.

Los demás arquearon las cejas como si no se esperaran su respuesta. Mitchell hizo un sonido de pulla y Frank apretó la mandíbula y empuñó las manos.

—¡…Para eso primero tendrías que ser una persona, demonio! —replicó Frank, perdiendo los estribos y Lucianne de inmediato lo sujetó de la muñeca, rogándole con la mirada que no lo hiciera. Esto, sin embargo, pareció enfurecer más a Frank, que tan solo se soltó y marchó en dirección a la salida, a pesar de que aún quedaban clases por delante.

—¡Frank! —lo llamó Lucianne, pero él no hizo caso, simplemente desapareció a la distancia. Ella lanzó un resoplido de frustración.

—Tranquila, deja que se le pase —aconsejó Lilith, dándole unas palmadas en la espalda. Varios profesores salieron del área administrativa y comenzaron a encaminarse hacia sus clases.

—Hora de la retirada, nos vemos después —advirtió Mitchell mientras comenzaban a dispersarse, aunque en vez de subir, Demian bajó un par de escalones.

—…Marianne. —Ella se detuvo antes de dar la vuelta en el corredor y volteó hacia él con expresión sorprendida, mientras las demás chicas también giraron con curiosidad—… ¿Recibiste mi mensaje?

Marianne se quedó muda por unos segundos. Podía sentir las miradas de sus amigas a sus espaldas y no sabía cómo reaccionar.

—…Sí, claro. Algo tarde, pero lo recibí.

Demian pudo detectar también el peso de aquellas miradas sobre ellos y lo incómodas que resultaban, así que subió unos escalones con la mano firme en el barandal.

—…Hablaremos después —finalizó él, y ella asintió, aunque sentía el cuello tan tenso que casi podía escucharlo tronar al menor movimiento.

Finalmente se separaron y cada quien se dirigió a su respectiva aula. Las chicas miraban a Marianne con enormes sonrisas por más que intentaba ignorarlas, mientras los chicos subían las escaleras. Samael de pronto se detuvo a la mitad y echó un vistazo alrededor, viendo que los únicos a quienes tenía cerca eran los dos chicos, de modo que desapareció en medio de un chispazo de luz.

—¡…Hey! ¿A dónde vas? —lo llamó Mitchell, pero él ya se había esfumado—… ¿En qué rayos estará pensando ahora?

Demian no comentó nada, simplemente miró de reojo hacia el punto donde había estado el ángel y continuó su camino, mientras Mitchell se quedaba con los pies fijos en distintos escalones, indeciso entre seguirlo o esperar por Samael.

 

El ángel se dirigió al único lugar donde creyó que encontraría respuestas: el hospital. Había algunos oficiales de policía dentro y todavía más personas en la sala de espera. Familiares de los chicos. Quizá no sería tan fácil introducirse de la manera tradicional, después de todo.

Trató de concentrarse y abrir su mente a cualquier flujo de información que pudiera guiarle hacia los chicos de la fiesta. Le bastaba cualquiera, pero en cuanto captó el pensamiento de una enfermera a cargo del área de internos, supo enseguida hacia dónde debía dirigirse. No quería exponerse a que las cámaras de vigilancia lo captaran, de modo que fue hacia los sanitarios y una vez comprobado que no había nadie dentro, se volvió invisible. La siguiente parte fue la más sencilla, simplemente siguió a la enfermera que había captado en su mente, la madre de Lilith, que lo condujo hacia una de las habitaciones. Cinco muchachos reposaban ahí en sus respectivas camillas, los ojos cerrados, suero y algunas vendas. Debían tratarse de los chicos atacados.

Una vez que la madre de Lilith comprobó el estado de cada uno, salió de la habitación y Samael aprovechó para hacerse visible; necesitaría de toda su energía disponible para lo que pensaba hacer.

Observó a los muchachos inconscientes en sus respectivas camillas y trató de decidir con quién empezaría. El que se veía más herido quizá, el de la cabeza vendada.

Se acercó a este y tras dar un breve vistazo a su condición, sujetó su muñeca. No sabía qué tan bien funcionaría pues sólo lo había probado una vez con Marianne y ella estaba consciente, pero tenía que hacer el intento al menos.

Neblina, una capa muy gruesa. El eco de voces distantes y repentinos chispazos de imágenes que se confundían entre el humo. Debía enfocarse, tratar de encontrar el recuerdo al que necesitaba acceder. Las voces distantes comenzaron a escucharse con más fuerza, pero no se les entendía nada, era un barullo que se mezclaba con la música estruendosa. Ruido incomprensible. De pronto entre la niebla vislumbró una serie de luces intermitentes que fueron intensificándose. La neblina comenzó a disiparse y, de un momento a otro, pasó de estar solo en medio de la oscuridad a estar rodeado por decenas de muchachos brincando frenéticamente al ritmo de la música, en medio de un espacio oscurecido, pero con varias luces estroboscópicas que hacían parecer todo como una proyección cuadro por cuadro. Ni siquiera podía distinguir bien los rostros que le rodeaban entre el ruido, el efecto de las luces y los movimientos de la gente alrededor. Comenzaba a sentirse mareado.

Una figura estática en medio de los movimientos desenfrenados de todos llamó su atención. Llevaba un suéter oscuro con una capucha sobre la cabeza, de modo que le hacía sombra al rostro. Las manos metidas a los bolsillos. Cada vez que el grupo de chicos saltaba, podía verlo al frente, y de un segundo a otro ya no estaba ahí. Buscó rápidamente con la mirada algún punto cercano a donde pudiera haberse trasladado, pero no veía más que cuerpos agitándose con cada salto, bañados de luces multicolores. Y entonces sintió que alguien le tocaba el hombro. Apenas se dio la vuelta, sintió un fuerte golpe en la cabeza y todo se volvió negro.

Estaba de nuevo en el cuarto de hospital, sujetando la muñeca de aquel muchacho. Había logrado ver sus recuerdos del incidente y, sin embargo, no le había mostrado nada que pudiera ser de ayuda. Él no vio quién lo había atacado.

Soltó al chico y dio un resoplido de frustración. Tendría que intentarlo con alguien más. Miró hacia las demás camillas y optó por el que parecía menos herido, quizá ése había alcanzado a defenderse y por lo tanto ver mejor a su atacante. Tomó su muñeca y repitió todo el proceso hasta encontrarse de vuelta en la fiesta. Estaba ahora próximo a la salida, cerca de la banda mientras tocaba, y por lo tanto muy cerca de las bocinas. Tuvo que taparse los oídos, el ruido era insoportable.

Dirigió la vista hacia el punto donde había visto al sujeto de la capucha la primera vez y ahí estaba. Esta vez se encontraba algo más cerca así que pudo distinguir mejor la tela desgastada de la capucha y también notó que por debajo parecía traer una especie de máscara, aunque las luces le impedían verlo con claridad. Y luego simplemente ya no estaba ahí, le había tomado apenas un parpadeo para perderlo de vista. Intentó ponerse de puntillas y mirar por encima de las cabezas de la gente para encontrarlo, pero apenas tuvo un breve vistazo de la capucha justo al extremo izquierdo y unos segundos después volvía a verlo ahora del extremo derecho. Era como si hubiera más de una persona con la misma capucha intentando despistarlo; sin embargo, sabía lo que vendría a continuación, seguramente atacaría al primer chico, así que se abrió paso en esa dirección para alcanzarlo.

Al calor de la fiesta, su vista empezó a parecer nebulosa; no sabía si era porque los recuerdos comenzaban a difuminarse o porque realmente había humo. Quizá el incendio ya había iniciado y nadie se había dado cuenta aún.

Cuando finalmente alcanzó el fondo, había ya un chico en el suelo con la cabeza ensangrentada mientras los demás seguían bailando a unos pasos. Con tanto alboroto ni siquiera habían notado el ataque.

Miró a su alrededor y por fin lo vio: el sujeto con gabán largo y capucha desgastada, justo frente a sus ojos. Sacó las manos de los bolsillos y Samael notó que, al contrario de los demonios, sus manos tenían un tono normal. Las levantó en dirección a la capucha y se la quitó, revelando una máscara de arlequín en forma de demonio. Era un humano, tenía que serlo, pero entonces vio sus ojos y sintió un escalofrío. Unos brillantes ojos ámbar lo observaban bajo aquella máscara… y parecían sonreír.

Todo pasó demasiado rápido; de un segundo a otro, el sujeto de la máscara se desplazó hacia él y le dio un fuerte golpe en el estómago, dejando el puño un par de segundos más de lo necesario, de tal forma que, a pesar de ser un recuerdo, Samael sintió que algo quemaba en su interior y de inmediato rompió la conexión. Volvió al cuarto de hospital y soltó al muchacho a la vez que se llevaba las manos al estómago. La sensación había desaparecido, pero el recuerdo seguía ahí, dentro de aquel chico.

No tenía una explicación para ello, pero tras esa experiencia, tuvo un mal presentimiento. Observó de nuevo al muchacho y decidió echarle un vistazo a su estómago, alzando levemente la bata que tenía puesta. Sus ojos se abrieron desconcertados al ver que el punto donde había recibido el golpe estaba completamente negro, pero no como un moretón fijo sino como una sustancia extendiéndose desde su interior. Enseguida decidió regresar con el primer chico y mirar por debajo de su venda. Tenía también una extensión negra en la cabeza que parecía echar raíces en sus propias venas.

Uno a uno pasó con el resto de los muchachos y pudo comprobar que poseían el mismo tipo de hematoma creciente en distintas partes del cuerpo.

Samael palideció.

El sujeto de la máscara de arlequín definitivamente no era humano, pero tampoco parecía seguir el mismo patrón de los demonios que habían enfrentado hasta entonces. Y lo que era peor, había pasado totalmente desapercibido para ellos. ¿A qué clase de ser se estarían enfrentando?


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