CAPÍTULO 10

10. DE CENIZAS A POLVO

El primer rayo de la mañana iluminó el rostro de Marianne; sus ojos se mantenían abiertos y su mirada fija en la ventana después de permanecer en vela toda la noche.

Debiste dormir un poco —dijo Samael mientras ella apenas y parpadeaba.

—Podrían atacar en cualquier momento, debo estar alerta.

¿Crees que yo no te avisaría? Mi principal deber es protegerte. Será mejor que las demás lo sepan.

—Les envié un mensaje anoche… aunque tengo miedo de que puedan estar vigilándome de cerca y al reunirme con ellas puedan atar cabos.

No lo harán, no debes preocuparte por eso. A menos que presencien el momento en que se transformen, para ellos todos los humanos son iguales.

—…Excepto yo, ahora que Ashelow sabe quién soy.

Dio un suspiro y se levantó, comenzando a dar vueltas alrededor del cuarto. Era sábado, así que no tenía que prepararse para ir a la escuela. No tenía idea de qué hacer para matar el tiempo o dejar de torturarse con la idea de que la atacarían, y lo único que se le ocurrió al momento fue sacar sus pertenencias de las cajas que aún quedaban sin vaciar y terminar de ordenar su habitación. Estaba vaciando la segunda caja cuando escuchó un ruido en la planta baja. Probablemente su madre recién levantada para hacer el desayuno. Dejó a un lado lo que estaba haciendo para bajar a hacerle compañía.

Su habitación se hallaba al fondo del segundo piso, justo a un lado de un estrecho pasillo cerrado que subía hacia el ático. La siguiente puerta después del ático pertenecía a la habitación de su hermano. Luego seguía un cuarto vacío que era usado prácticamente de bodega donde mantenían el resto de las cajas que aún no habían clasificado. Justo frente a la escalera se hallaba la habitación de su madre, cuya puerta estaba abierta, y al asomarse notó que ella seguía tirada en la cama, boca abajo y con las sábanas desarregladas, vestida con la misma ropa del día anterior.

¿Habría despertado Loui tan temprano entonces? Lo consideraba improbable, pues cuando no había clases normalmente dormía hasta medio día. De todas formas, quería asegurarse, así que regresó a la habitación de Loui y la abrió con el mayor sigilo posible. Las paredes estaban cubiertas de posters y el piso seguía repleto de cajas. Y con el mismo descuido de su madre estaba él recostado con su pijama de aviones, con un pie al aire y el otro recogido. Otro sonido proveniente de la planta baja la puso sobre alerta. Había alguien más en la casa y lo único que podía pensar era en la posibilidad de que fuera Ashelow.

Dio un rápido vistazo alrededor de la habitación y posó los ojos sobre un bate de beisbol que reposaba a un lado de la cómoda. Loui nunca mostró interés en los deportes y su madre pensó que podría fomentárselo comprándole equipo de distintas disciplinas, de modo que en alguna de las cajas debía estar la manopla correspondiente, así como balones de todo tipo, raquetas de tenis e incluso un equipo completo de hockey, pero todos habían ido a parar al fondo de su armario pues para él no existía más que la televisión, los cómics y los videojuegos. Entró procurando hacer el menor ruido posible, tomó el bate y volvió a salir de ahí, pero a pesar de las muchas horas que Loui solía dormir, también tenía el sueño muy ligero, así que alcanzó a verla llevárselo a través de las rendijas de sus ojos.

Con sumo cuidado, Marianne fue bajando las escaleras, tomando con fuerza el mango del bate. No podía estar segura de quién se trataba, si es que había alguien, así que no podía andar transformándose fortuitamente.

Llegó al pie de las escaleras y escuchó nuevamente el ruido que provenía de la cocina. Se preguntó si podría tratarse de ratas, eso claro, si las ratas midieran al menos un metro y fueran capaces de abrir el refrigerador. Giró hacia la izquierda y comenzó a atravesar el comedor, dando pasos lentos y seguros, asentando primero la punta de los pies y luego los talones. Se escuchó entonces el ruido que hacía la vajilla al topar con los trastes. ¿Sería algún ladrón? Uno muy limpio en todo caso.

Se apostó finalmente contra la puerta de la cocina, que estaba entreabierta, y esperó el momento oportuno para entrar. Escuchó unos pasos en el interior y lentamente fue empujando la puerta. El refrigerador estaba abierto, así que, tras dar un profundo respiro, empuñó el bate y lo levantó en actitud amenazadora, cerrando de una patada el frigorífico.

—¡¿Quién es?! —exclamó, alzando los brazos y blandiendo el bate con fuerza, pero se detuvo al ver de cara a ella un par de ojos esmeralda.

—¡Uoh, alto! ¿De esa forma recibes a tu padre?

El hombre que estaba frente a ella iba vestido con ropa casual y lucía tan joven como su madre. Su cabello era completamente negro sin un atisbo de canas y contrastaba con su inmaculada piel clara. Aunque Marianne tenía los rasgos de su madre, era imposible negar el parentesco, sobre todo compartiendo aquellos mismos ojos.

—¡Papá! —gritó Loui, apareciendo en la puerta y corriendo a abrazarlo. Marianne retrocedió unos pasos y se apoyó contra la pared. El bate quedó colgando hasta que lo dejó caer al piso.

—¿Qué hay, campeón? Te traje algo, supuse que te gustaría —dijo su padre, sacando de una bolsa unos paquetes de videojuegos.

—¡Son los últimos de “Zombie crisis” y “Pandemonium”! ¡Moría por tenerlos! ¡Tú siempre sabes lo que quiero! —exclamó Loui con entusiasmo.

—Me alegra que te gusten —respondió él, para luego mirar hacia Marianne, y con una sonrisa sacó algo más del bolso—…También te traje algo, espero sea de tu agrado.

Ella tomó la caja, intentando no mirarlo a los ojos. La abrió y vio que se trataba de un ordenador portátil, precisamente algo que ella había querido durante mucho tiempo pues la computadora ya no les bastaba, pero nunca lo había expresado abiertamente.

—…Gracias —alcanzó a decir mientras paseaba la mirada por los distintos muebles de la cocina.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto ruido? —apareció su madre, frotándose los ojos y deteniéndose en la puerta—…Ah, eres tú, Noah.

—Hola, Nide, ¿cómo has estado? —la saludó él con una sonrisa cariñosa.

—Nunca me he sentido mejor —afirmó ella, tratando de parecer indiferente, aunque de inmediato se acomodaba el cabello despeinado y la ropa. Cuando no usaba maquillaje como en ese instante se quitaba varios años de encima—. Cuando dijiste que vendrías pensé que era otra de tus promesas que acabarías rompiendo por algo importante de última hora.

—Mi familia es lo más importante —afirmó él, sacudiendo el cabello de Loui que estaba demasiado embelesado con sus nuevos videojuegos.

—Sí tú lo dices —comentó ella, arqueando una ceja y pasando junto a él para tomar uno de sus jugos del refrigerador—. Al menos sirvió de algo la llave que te dejé.

—No quería despertarlos, pero al parecer eso terminé haciendo.

Marianne no veía el momento de salir de ahí, constantemente le echaba un vistazo a la puerta, preguntándose si alcanzaría a atravesarla antes de que la detuvieran.

—¿Cuánto tiempo vas a pasar aquí? —preguntó la mujer, apoyándose en la mesa, tratando de lucir casual mientras bebía de su jugo.

—Pensaba quedarme este fin de semana si no tienes inconveniente, y también me gustaría llevarme a los chicos a un día de campo.

—¡Excelente, iré a vestirme enseguida! —irrumpió Loui con emoción.

—Ah, muy bien, tendré la casa completamente sola para mí entonces —comentó la mujer con un tono desinteresado, aunque con cierto dejo pasivo-agresivo.

—Yo… tengo mucha tarea pendiente, así que tampoco podré ir —mintió Marianne, buscando la manera de desligarse del compromiso y su padre la miró con algo de decepción, pero aún así se esforzó en sonreírle.

—…Bien, supongo entonces que será un día de sólo hombres.

Ella hizo un pequeño gesto con la intención de marcharse ante la mirada mohína de su padre y no pudo evitar sentir una punzada de remordimiento. Eso era precisamente lo que más temía al tenerlo en frente, que con una sola mirada o una sonrisa pudiera hacerla sentir culpable por el resentimiento que le guardaba a causa de su constante ausencia.

Desde su ventana los observó introducirse en el auto de él más tarde. Loui rebosaba de entusiasmo. Recordó una vez cuando tenía 5 años que fueron a acampar fuera de la ciudad en busca del lago Tokenblue, cuyas piedras que cubrían el fondo eran de un material iridiscente que brillaba a la luz de la luna, haciendo parecer que el agua se llenaba de luces acuáticas de colores. Loui tenía poco más del año y se la pasó llorando durante todo el camino, sin embargo, su padre nunca perdió la paciencia ni la sonrisa. No recordaba con claridad el lago en sí, esa parte le era borrosa y hasta cierto punto sentía un estremecimiento al pensar en ello, pero lo que sí recordaba era que después de eso no volvieron a hacer un viaje, y su padre comenzó a ausentarse con mayor frecuencia durante largos períodos de tiempo argumentando su trabajo. Sacudió la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos de su mente; en ese momento había cosas más importantes de qué preocuparse.

Su mamá seguramente dedicaría su tiempo en arreglar la casa o cualquier cosa que la mantuviera ocupada, y ella debía reunirse en unas horas con sus amigas.

Se recostó para descansar un poco, pero al cabo de unos minutos se encontró pensando nuevamente en las distintas formas en que podrían sorprenderla y atacarla. Perturbada ante su línea de pensamiento, se levantó, y sin importar que aún no fuera hora, decidió salir de ahí. Al pasar por la sala vio que todos los muebles estaban arrimados a un costado mientras su madre pasaba de un lado a otro, empujándolos en distintas direcciones. Era su forma de descargar la frustración que sentía cada que veía a Noah como siempre tan entero y equilibrado, como si nada le afectara ni le hiciera perder la serenidad.

—¿A dónde vas? ¿No que tenías tarea que hacer?

—Sí, es trabajo en equipo, voy a reunirme con mis amigas para que lo hagamos.

—Está bien. Anda, vete. Yo puedo aquí sola con la casa —replicó ella con tono de reproche y Marianne únicamente puso los ojos en blanco y se dirigió hacia la puerta—. ¡Ah, ya que vas a salir, consígueme un estuche de pinturas acrílicas! Estoy pensando en decorar un poco las paredes para que no se vean tan vacías y sin vida. —Marianne extendió la mano hacia ella con la palma hacia arriba en señal de que le diera dinero para tal efecto—. ¡No seas así! Luego te lo devuelvo.

Cerró la mano, la devolvió a su costado e hizo una mueca, saliendo de ahí. Pensó ganar tiempo yendo primero al distrito comercial para buscar las pinturas que su madre solicitaba.  

Enid solía pintar mucho e incluso llegó a vender varios cuadros y exponer en galerías, pero llevaba algunos años sin inspiración, y el día que decidió separarse de su padre se deshizo de todos los cuadros que había pintado, algunos los echó a la basura, otros los regaló y los que peor suerte sufrieron eran los retratos que había hecho de él, esos terminaron alimentando una hoguera.

Su búsqueda por las pinturas no duró mucho pues en el primer comercio de artículos de arte encontró el estuche que necesitaba, y cuando ya estaba encaminándose a su punto de reunión se detuvo al pasar frente a la óptica en la que había entrado con Belgina una vez. Recordó que tenía algo pendiente que hacer si quería dejar de deberle “algo” a alguien.

Cuando finalmente llegó a la cafetería, ésta se encontraba vacía y Demian estaba recostado en el primer gabinete, con un paño cubriéndole la cara. No sabía si estaba dormido o sólo descansaba, pero ése era el gabinete de su predilección, así que se detuvo frente a la mesa y se aclaró la garganta. Él se incorporó de inmediato, quitándose el paño de la cara, pero al ver que se trataba de ella, volvió a sentarse y apoyó la espalda en la pared con aspecto exhausto.

—No me asustes así, pensé que era alguien importante —dijo él, echando la cabeza hacia atrás nuevamente y Marianne se sintió ofendida.

—¡¿Perdón?! ¡Soy un cliente!

Demian emitió una leve risa mientras le indicaba con la mano que se sentara en la silla del frente.

—Hoy no tengo ánimos para discutir, ¿por qué no te sientas y hacemos como que somos amigos por un rato?

Ella entornó los ojos y arrugó la frente, pero como tampoco tenía ganas de pelear, se sentó, apoyando el rostro sobre las manos.

—¿Y ese milagro que no hay nadie más?

—Acabamos de abrir, es sábado y la gente comienza a llegar más tarde —respondió él con los ojos cerrados y la mano masajeándose la frente.

—Pensé que no te cansabas. Dijiste que siempre tenías que estar activo.

—No estoy cansado —aclaró, apartando la mano del rostro y volviendo a abrir los ojos—. Sólo me duele un poco la cabeza, tal vez vaya a darme la gripe o algo.

—Si es así, guárdatela para cuando lleguen Kristania y su molesto hermano, con suerte los contagiarás y no les veremos las caras en varios días. Le harás un favor a la humanidad.

—Admito que la idea es tentadora —aceptó él, sonriendo ante aquella sugerencia, y ella aprovechó para sacar algo de su bolso, colocándolo en la mesa y deslizándolo hacia él—. ¿Qué es eso?

—Ya no te debo nada —afirmó ella y Demian tomó el pequeño paquete, sacando de él los lentes reparados—. De hecho, no sé ni para qué los necesitas en primer lugar, nunca he visto que lleves lentes puestos.

—No son míos, son de mi padre, me pidió que los mandara a reparar —respondió él, revisando que estuvieran en buenas condiciones—. Se le cayeron cuando le avisé que había tenido un conato de accidente.

—… “Conato” —repitió Marianne con énfasis, arqueando las cejas como si aquello hubiera sido un gran descaro de su parte.

—Acéptalo ya, no hubo tal accidente, yo frené y tú te desmayaste. No se le encontró ningún golpe o abolladura al auto.

—¿Y mi cuello qué?

—De cuando caíste desmayada, pero del auto no recibiste ni un solo golpe —insistió Demian y ella parecía tener la intención de refutarlo, engarrotó las manos sobre la superficie de la mesa y tomó aire, pero muy dentro sabía que era cierto pues lo mismo le habían dicho en el hospital, fue la caída lo que había provocado la contusión que le hizo perder el conocimiento, además del esguince en el cuello, de modo que tuvo que morderse los labios para no hablar y prefirió mirar por la ventana para estar pendiente de la llegada de sus amigas—… Me tomó por sorpresa enterarme que Lucianne es tu prima, hace mucho que no sabía de ella —agregó él de repente y ella volteó de nueva cuenta, notando que su mirada tenía un cierto brillo que no supo si atribuírselo a la nostalgia o a algo más.

—Pues estás de suerte, posiblemente la verás más seguido —afirmó ella, esperando por su reacción.

—¿Vendrá hoy? —Sus ojos se abrieron más y ella esbozó una ligera sonrisa.

—Eso y además está pensando en cambiarse a nuestra escuela —añadió con un toque de diversión.

—¿En serio? Me encantaría ponerme al corriente con ella. —Marianne soltó una risita que de inmediato intentó contener ante su confusión—… ¿Qué fue eso? ¿Qué significa esa risa?

—Nada —respondió ella, apretando los labios y reprimiendo otra sonrisa. Él la observó por unos segundos hasta que pareció entender hacia dónde iba dirigida aquella reacción y de inmediato se le subieron los colores al rostro.

—¡Espera! ¡No sé qué estarás pensando, pero te advierto que no se trata de eso!

—¿Cómo puedes afirmarlo si no sabes lo que estoy pensando? —reviró ella, colocando los codos en la mesa y apoyando la barbilla sobre sus manos entrelazadas en actitud airosa.

Demian permaneció en silencio sabiendo que no tenía forma de contrarrestar aquella réplica, así que únicamente emitió un leve gruñido y volvió a echar la cabeza hacia atrás y a colocarse el paño sobre el rostro.

Marianne tomó aquello como otra pequeña victoria para ella y devolvió la vista hacia la ventana. Aún faltaba para que llegaran las demás, pero al menos la vista de la calle la distraía.

Y entonces lo vio. Cruzando la avenida, junto al paradero de autobuses, estaba Ashelow enfundado en una larga gabardina con capucha, mirando fijamente hacia ella. Los autos que pasaban frente al paradero creaban una corriente de aire que hacía volar la tela del gabán que llevaba encima, pero él ni se inmutó. Mantuvo los ojos fijos, sin parpadear, como si pudiera perforarla con ellos.

Marianne se incorporó y entreabrió la boca como si quisiera decir algo, pero sólo alcanzó a exhalar un hilillo de voz. En ese instante un autobús pasó frente aquel punto y al avanzar, él ya había desaparecido.

—¿Qué ocurre? —preguntó Demian, asomándose por debajo del paño.

—Nada, sólo… pensé haber visto algo —respondió ella, tratando de recuperar la calma y sentándose de nuevo. Aunque no había hecho ningún movimiento, esa aparición había sido suficiente para ponerla sobre alerta nuevamente. Debía ser una advertencia o lo había hecho tan sólo para perturbarla, para demostrarle que la estaba vigilando muy de cerca y no había forma de escapar de él.

—Sólo que haya sido un fantasma.

—…Pues ya veré la misma reacción en ti en 5, 4, 3…

En ese instante la puerta se abrió y, sintiéndose dueña del lugar, entró Kristania llevando varias bolsas y escudriñando el espacio con la mirada hasta encontrar a Demian pegado a la pared del primer gabinete, como si pudiera evadir su vista de halcón.

—¡Demian! ¡Qué bueno verte! —exclamó ella mientras él se incorporaba de un salto y trataba de escabullirse.

—Creo que me llaman de la cocina, con permiso.

—¿A dónde vas? ¡Quiero mostrarte lo que traje para decorar la cafetería! ¡Quedará mil veces mejor! —lo abordó, tratando de mostrarle el contenido de las bolsas.

—¿De qué hablas? El lugar no necesita decoración —expresó él mientras ella sacaba de las bolsas centros de mesa, velas aromáticas e incluso linternas japonesas ante su creciente exasperación—… Nada de eso va con la temática del lugar.

—¿Qué importa? ¡Se verá genial! Por cierto, espero que estés listo porque estuve enviando correos a todo mundo y como hoy es cumpleaños de Rochelle, convencí a todos de venir aquí a festejarlo, ¿no es maravilloso?

Él respiró profundo, como si mentalmente comenzara a contar hasta diez para mantener el temple, pero Marianne sabía que en el caso de Kristania y su potencial irritante contar al infinito no bastaría, e incluso ya le parecía ver que una vena palpitaba amenazante en su frente.

—Hey, a qué hora me traes la hamburguesa que pedí? Al menos un refresco o algo para tomar, ¿qué clase de servicio es éste? —interrumpió ella y la chica de inmediato giró la cabeza como poseída al escuchar su voz.

Demian le dedicó un gesto de agradecimiento y se dirigió a toda prisa hacia la cocina, antes de que ella pudiera detenerlo.

—¡Mira lo que hiciste, lo has ahuyentado!

—Créeme, ojalá tuviera ese poder, sería tan útil —aseguró ella, sacando el estuche de pinturas para no prestar atención a sus graznidos, pero la fuente de aquella estridente voz terminó sentándose frente a ella.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó autoritariamente.

—Es un lugar público, puedo venir cuando quiera —replicó sin molestarse en mirarla—. Ahora, por favor, despeja el asiento porque en cualquier momento llegarán mis amigas.

—…Tus amigas —repitió Kristania con tono sarcástico y una media sonrisa.

—¿Dónde debo dejar esto?

Ahora era Mitchell quien atravesaba la puerta, cargando arreglos florales y más bolsas, pero apenas vio a Marianne lo soltó todo y sacó a su propia hermana del asiento para poder tomarlo él. Su camiseta verde limón con estampado de leopardo y el armazón de sus lentes de sol que le hacían juego eran quizá demasiado.

—¡Pero qué grata sorpresa encontrarte por aquí!

—¡¿Qué crees que haces?! —lo cuestionó su hermana, sintiéndose traicionada.

—Ahora no, ya traje lo que pediste, así que déjame ligar a gusto y no estorbes —declaró él, haciéndole una seña con la mano para que se apartara, sin borrar su sonrisa ni despegar la mirada de Marianne, quien lucía irritada.

Kristania hizo un sonido de indignación y se apartó, tomando las bolsas del piso y llevándolas con el resto hacia la barra.

—Realmente no sé quién es más molesto, si tu hermana o tú —soltó ella finalmente, dando un suspiro de resignación al ver que no había forma de deshacerse de él.

—Podríamos discutirlo en la cena o si todo va bien en el desayuno —insinuó él, moviendo las cejas y el rostro de ella se contrajo en una mueca de disgusto.

—…Eres un cerdo.

—Podría hacer un buen tocino —reviró él con aquella expresión jocosa que tanto le repelía, pero cualquier nuevo método de rechazo tendría que esperar pues en ese momento se escuchó un estrépito en la cocina.

Mitchell se levantó de un salto y fue corriendo hacia aquel lugar mientras Marianne se incorporaba vacilante, preguntándose si sería posible que Ashelow se atreviera a atacarlos para obligarla a exponerse ante ellos. Permaneció varios segundos sin decidirse, mirando hacia la puerta de vaivén, hasta que vio pasar por ella a Mitchell ayudando a Demian a caminar.

—¡¿Estás bien?! —lo abordó Kristania, intentando tocarlo, pero él de inmediato se apartó y enderezó como si no hubiera ocurrido nada.

—No tiene importancia, sólo tuve un mareo.

—No te ves nada bien —dijo Marianne al notar su rostro pálido y algo sudoroso—. Deberías irte a casa.

—No puedo, hoy sólo estoy yo para ayudar —explicó él, secándose la frente con el dorso de la mano, y de inmediato Mitchell alzó la suya.

—Puedo suplirte por hoy, no tengo nada mejor qué hacer —se ofreció sin mayor dificultad.

—No quiero causar molestias.

—¡No es nada! ¿Para qué son los amigos? —afirmó Mitchell, restándole importancia, y a Marianne ese gesto le pareció más genuino de su parte que la actitud de conquistador que solía tomar. Incluso llegó a pensar que podría agradarle si no fuera por la hermana que tenía o sus hábitos de acosador.

—¡Yo te acompaño a tu casa! —Kristania se ofreció voluntaria, creyendo que le hacía un favor a Demian, pero él se estremeció ante la idea. Trató de pensar en alguna excusa para que ella no lo siguiera cuando entró Lucianne con semblante parco, su mente llena de sus propias preocupaciones. Marianne encontró la solución perfecta al ver la patrulla estacionada frente a la cafetería.

—¿Crees que podrías pedirle al oficial Perry un favor?

En cuestión de minutos Demian ya estaba dentro del auto, aunque algo incómodo ante la situación.

—Mejórate pronto —dijo Lucianne, asomándose por la ventanilla y dedicándole una sonrisa. Demian le respondió de la misma forma mientras el joven oficial los miraba con recelo y Kristania permanecía detrás, con pistolas por ojos y un triturador por dientes. Su rostro había enrojecido y Marianne intentó reprimir una sonrisa al imaginarse su rabieta interna. En cierta forma lo estaba disfrutando, hasta que vio que la patrulla se ponía en marcha y que Demian le dirigía un gesto.

—…Te debo dos ahora —dijo él, levantando dos dedos mientras el auto se iba alejando. Ella levantó una ceja; no esperaba que lo tomara de esa forma.

—¿Nadie más ha llegado? —preguntó Lucianne una vez que se quedaron solas.

—No, aún queda tiempo —respondió mientras entraban de vuelta a la cafetería, seguidas por la mirada rapaz de Kristania.

Apenas se sentaron a la mesa, Lucianne comenzó a apretarse las manos en un gesto muy similar al que adoptaba Marianne cuando se ponía nerviosa.

—¿…Pasa algo?

—Es mi papá. Se está comportando muy extraño. No quiso ir a trabajar y no ha querido salir para nada de su cuarto, tuve que decirle a Perry que está enfermo. No puedo evitar pensar que tiene que ver con lo que ocurrió ayer. Es sólo… algo temporal, ¿verdad?

—…No sabría decirte —respondió Marianne, considerando revelarle lo poco que conocía sobre el funcionamiento de los dones, pero pensó que podría ahorrarle la angustia de pensar que a su padre le quedaba un tiempo limitado sin el don moral—… Quizá es sólo una fase temporal.

Lucianne pareció tranquilizarse un poco, aunque no dejó de frotarse las manos. En los siguientes minutos se aparecieron Lilith y Angie, y ésta fue presentada a Lucianne.

Como Belgina seguía sin llegar, Marianne se tomó unos minutos para realizar una corta introducción para Lucianne sobre todo lo que sabían hasta ahora. Trató de ser lo más discreta posible en vista de que había un par de ojos vigilantes que las observaban desde distintos puntos del local. Mitchell se apareció minutos después con la camisa arremangada, llevando libreta y lápiz.

—Buenos días, señoritas, el día de hoy yo las atenderé, así que, si desean dejarme propina, les anuncio que acepto teléfonos, direcciones, correos y prendas, aunque los besos también son bienvenidos, ¿se les ofrece algo para empezar?

—A ti no te conocía, ¿eres nuevo? —preguntó Lilith.

—Me llamo Mitchell y estoy a sus servicios, señoritas —se presentó, haciendo una reverencia, y Lilith emitió una de sus risitas rítmicas que le salía entre dientes. Marianne supo de inmediato lo que estaba a punto de hacer y trato rápidamente de impedírselo, pero fue demasiado tarde.

—Soy Lilith, y ellas son Angie, Lucianne y Marianne.

—¡Ja, ahora ya me sé sus nombres! —celebró él como si acabara de enterarse de un secreto de estado, y las tres miraron a Lilith con reproche.

—¡¿…Qué?! —preguntó ella sin entender el por qué de sus miradas.

Eventualmente retomaron el tema del ataque del día anterior. Marianne buscaba la forma de revelar que la habían descubierto, pero se centraron en la pérdida de un segundo don.

—Tienen que morir —afirmó Lilith mientras se llevaba a la boca una hamburguesa doble. La ligereza con la que hablaba de ello no dejaba de sorprenderles—. Aún no entiendo cómo es que no acabaste con él cuando tuviste la oportunidad.

—Eso fue porque…

Las tres la miraron fijamente, esperando una razón de peso, pero lo cierto era que ni siquiera ella estaba segura, tan sólo alcanzó a emitir unos sonidos incomprensibles.

—¿Ves? Hasta tú sabes muy bien por dentro que fue una oportunidad desaprovechada.

—¿Sigues pensando en la reacción que tuvo cuando lo toqué? —preguntó Angie y ella únicamente encogió los hombros, alicaída—. Bueno… lo he estado pensando mejor y… lo que más recuerdo es que aún tenía muy presente el dolor que sentí cuando vi a Aldric con esa chica. Así que… lo único que tenía en mente fue eso, quería que sufriera, que sintiera dolor, pero no un tipo de dolor físico, sino algo más… interno.

Marianne recordó el momento en que la expresión de Ashelow se contraía en un gesto torturado, y el pensar que fueron emociones ajenas no la tranquilizaba más.

—Ahí tienes, no es que de repente desarrollara algún tipo de sentimiento propio. Sintió lo que Angie quería que sintiera, fin de la discusión —concluyó Lilith, terminando el último bocado de su hamburguesa y tratando de hablar con la boca llena—. Deberíamos procurar estar juntas la próxima vez que ataquen, somos cinco, podríamos acorralarlos y acabar con ellos. No debe representar una gran dificultad ahora.

Marianne permaneció callada, ya no se sentía tan segura. No deseaba exponerlas a ellas y sus familias al peligro si descubrían también sus identidades.

Mientras llegaban sus pedidos, decidieron llamar a Belgina para saber por qué no había llegado, pero lo único que recibieron fue una disculpa de su parte pues de nueva cuenta su madre le había pedido que la acompañara a comer. Comenzaban a sonar más como un pretexto.

Marianne miró la hora y vio que pasaban de las tres de la tarde, así que pensó mejor volver a casa y permanecer alerta. Al menos había cumplido con comunicarles lo que había acontecido en las últimas horas. Se despidió de ellas y salió de ahí ante la mirada preocupada de las tres chicas, que intuían que había algo más que no les había dicho.

Debiste decirles. Juntas podrían hacerles frente con mayor efectividad.

—Sí, bueno, es muy fácil para ti decirlo cuando eres el que menos peligro corre ahí… en mi mente o donde sea que estés.

Créeme que no es por gusto —respondió Samael y Marianne prefirió no seguir hablando hasta llegar a casa.

Llevaba el estuche de pinturas en la bolsa y esperaba encontrarlo todo de cabeza al llegar, tal y como su madre solía hacer cuando se sentía frustrada. Arrimaba todos los muebles de un lado para limpiar y después terminaba reacomodando todo en distintas posiciones, pensando que de esa forma la casa no caería en la monotonía. Eso lo hacía cada que su padre se ausentaba por largos períodos y Marianne llegó a pensar que su madre lo tomaba como una forma de represalia contra él, sabiendo que cada vez que regresara encontraría prácticamente una casa diferente a la que estaba acostumbrado. Era eso o de alguna forma tenía que descargar su falta de inspiración, creyendo quizá que el reacomodo actuaría como una especie de feng shui que la ayudaría a pintar de nuevo.

Al entrar a la casa, lo primero que hizo fue avisar que ya había llegado, pero no recibió respuesta alguna, lo cual fue un signo de alarma para ella. De inmediato miró a su alrededor, la casa relucía de limpia, aunque se mantenía en el mismo orden. Quizá se había hartado de usar siempre el mismo método sin resultados, así que decidió finalmente dejarla como estaba. Sin embargo, no la encontraba a ella y eso comenzaba a preocuparla. Podían haberla atacado o tomado como rehén, y eso sería únicamente su culpa por haberla dejado sola. Se encaminó hacia la cocina y entonces vio en el suelo del comedor unas piernas que sobresalían por detrás de la mesa. De inmediato soltó la bolsa con el estuche y se acercó corriendo hacia ella.

—¡Mamá! —gritó, sintiendo que el corazón descendía a sus talones. Al aproximarse al extremo de la mesa, esperando lo peor, vio a su madre asomarse al ras del suelo y quitándose un audífono del oído.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué gritas? —preguntó ella con gesto confuso y un lápiz en la mano. Había estado dibujando motivos florales en la parte baja de la pared.

Su alivio fue inmediato, pero la sensación de culpabilidad que le había antecedido no hizo más que aumentar. Debió pasar por su mente desde el principio que su familia podía ser atacada. Y sólo entonces la posibilidad la golpeó por completo. Su padre y su hermano también podían estar en la mira de ellos y no podría saber con certeza si algo les había ocurrido en el transcurso del día.

Sin decir una palabra, subió corriendo a su habitación, dejando a su madre donde la había encontrado con lápiz en mano.

— ¡¿…Conseguiste el estuche?!

Marianne, tranquila, si les hubieran hecho algo ya lo sabrías; los demonios no se guardan ese tipo de venganzas, les gusta exhibirse.

—Pero ¿cómo saberlo? Hasta ahora ni siquiera había considerado que también mi familia estaba en peligro, estuve pensando egoístamente en mí —dijo mientras entraba a su habitación, y al instante quedó congelada.

Ashelow ya estaba ahí, esperándola. Marianne intentó retroceder para salir de nuevo, pero él tan sólo agitó la mano y la puerta se cerró a su espalda.

—¿…Vienes a matarme? —preguntó Marianne, pegándose a la puerta y tratando de mantenerse en control.

—Si eso quisiera ya lo habría hecho. Vengo a hablar contigo —espetó Ashelow con los ojos fijos en ella—. ¿Por qué no me mataste cuando tuviste oportunidad?

Aquella pregunta la tomó por sorpresa, era como volver al interrogatorio de sus compañeras, pero ahora por parte del aludido. Temía que fuera una trampa y dependiendo de su respuesta era la reacción que obtendría, quizá la muerte, quizá una oportunidad más para seguir siendo sometida a otra tortura psicológica. De cualquier forma, estaba perdida, ni siquiera supo qué responder a sus amigas, así que las probabilidades de tener una respuesta satisfactoria eran mínimas.

—…Porque eres distinto a Umber —contestó lo primero que se le vino a la mente, provocando no sólo la sorpresa de él sino también de ella misma.

—¿Tú qué puedes saber?

Ella tragó saliva, sintiendo que la boca se le secaba, y se dispuso a responder, esperando que la voz le saliera.

—…Tus heridas —indicó ella con la mirada, pasando de su costado a su rostro, donde aún le quedaba la marca que le había hecho con su espada—. No sanan como las de él. Tampoco te regeneras. —Ashelow se llevó la mano a la mejilla y palpó la cicatriz sin despegar la vista de ella. Marianne buscaba la forma de retomar la palabra mientras pasaba la mano por detrás de ella hasta tomar la perilla de la puerta—. ¿Decidieron esta vez intercambiar roles? ¿En qué momento aparecerá Umber para atacarme?

—No le he revelado tu identidad… aún —comentó Ashelow y ella apartó la mano de la puerta. Aquello no se lo esperaba y tampoco sabía qué rumbo iba a tomar todo.

—¿Qué es lo que quieres? —lo cuestionó, y justo en que él abría la boca, se escuchó un grito proveniente de la planta baja. Ambos se miraron, sabiendo lo que vendría a continuación.

Marianne giró la perilla y bajó a toda prisa, esperando llegar a tiempo. En el comedor, justo donde había dejado a su madre, estaba ahora Umber a un lado de ella, con una esfera brillante entre las manos. En ese momento se materializó Ashelow desde el techo.

—Me preguntaba para qué querrías venir a esta casa sin avisarme, qué tendrían de especial los habitantes, así que decidí ponerlos a prueba y mira nada más lo que me encontré —dijo, observando embelesado aquella esfera, haciéndola girar entre sus dedos—. Éste es definitivamente otro don.

—¡Apártate de ella! —exclamó Marianne, sintiendo que la adrenalina comenzaba a recorrer su cuerpo. La había sentido la noche que habían atacado a su hermano, pero en esa ocasión no tenía una noción completa de lo que estaba pasando, ahora era diferente, sabía lo que implicaba el que aquella esfera resultara ser una de las que estaban buscando. No podía permitirlo—. ¡Suéltala!

Umber soltó una risotada ante aquella amenaza y ella sintió que sus músculos se estremecían, estaba incluso dispuesta a transformarse ahí mismo sin importar nada.

—Creo que no estamos para desperdiciar oportunidades, así que… veamos qué tiene esta niña —continuó él, con una sonrisa de triunfo mientras sus dedos se retorcían, preparados para atacar, pero nunca se imaginó que Ashelow se le adelantaría, ni mucho menos que tomaría a la chica y desaparecía junto con ella en medio de una cortina de humo.

Sin embargo, no llegaron muy lejos. Terminaron apareciendo en el ático, entre cajas empolvadas y unos muebles arrumbados.

—…Me salvaste —musitó Marianne con la perplejidad reflejada en su rostro.

Ashelow se veía desorientado, como si él tampoco entendiera la dimensión de lo que acababa de hacer. Había seguido un impulso y temía ahora las repercusiones.

—…Supongo que ahora estamos a mano —respondió él, pero Marianne ya no pensaba ignorar más los signos que había estado recibiendo. Se plantó frente a él, bloqueándole el paso, y lo miró fijamente a los ojos.

—Dijiste que todo lo hacías por tu salvación. Dime de qué se trata y tal vez pueda ayudarte —le pidió con determinación. Él dudó por un instante.

—…No puedo, Umber me mataría.

—¿Y crees que no lo estará pensando después de lo que hiciste? ¡Déjame ayudarte, sólo tienes que confiar en mí! —prometió con ímpetu y él la observó sinceramente sorprendido. En sus ojos se notaba una lucha interna, hasta que finalmente pareció tomar una decisión, aún cuando terminara resultándole contraproducente. Tomó aliento y soltó lo que había estado carcomiéndole por dentro.

—…Alguna vez fui humano —confesó él, como si se tratara de un secreto vergonzoso. Aquella revelación tomó a Marianne desprevenida, suponía que había algo diferente en él, pero no se esperaba aquella confesión.

—¿Umber también…?

—No, él siempre ha sido un demonio. Fue quien me convirtió también en uno… Quien me condenó —reveló con amargura. Su reacción ante el toque de Angie cobraba un nuevo sentido ahora. Debían ser recuerdos de su vida humana, los vestigios que aún conservaba.

—¿Por qué tú? ¿Qué le hizo escogerte?

—Mi vida humana… no fue precisamente ejemplar. Hice cosas de las que no estoy orgulloso —continuó él con gesto pesaroso—. Me eligió para formar parte de la Legión de la Oscuridad debido a ello… pero no imaginaba lo que eso acarrearía. Intenté renunciar, pero ya no me era posible. Él me lo advirtió, si quería salvarme debía ayudarlo a encontrar los dones. Sólo así sería libre.

—¡Los dones! ¿Para qué los quieren? ¿Por qué los están buscando? —preguntó ella con especial interés, pero Ashelow se quedó callado, pensando que ya había hablado suficiente, como si pese a todo se sintiera comprometido a mantener silencio con respecto a ese tema—. ¡Responde, por favor!

¡Marianne, ya viene! —avisó Samael, por lo que ella se colocó de inmediato a la defensiva, dejando que la armadura la cubriera y empuñando con fuerza su espada.

En cuanto el demonio se materializó frente a ellos, Ashelow retrocedió, sabiendo que no podría escapar de él.

—¡¿Qué significa esto?! ¡Me has traicionado! —Umber dio unos pasos con la intención de acercarse a él, pero Marianne se interpuso—. ¿Es una broma? ¿Ahora resulta que una Angel Warrior va a defender a un demonio?

—¡No de acuerdo con lo que ahora sé acerca de ustedes! —afirmó ella y él miró a Ashelow de forma condenatoria.

—¡Idiota! ¡¿Qué le contaste?!

—…Estoy dispuesto a recibir mi castigo. —Ashelow avanzó y se arrodilló frente a él ante la confusión de Marianne.

—¡No, ¿qué haces?! ¡No tienes que obedecerle, no le debes nada! —exclamó ella, pero de un manotazo Umber la arrojó hacia el fondo del ático. Varias cajas le cayeron encima y ella trató de cubrirse con las manos.

¡Levántate pronto! ¡Rápido! —Samael le advirtió de nuevo.

Umber hizo un ademán circular con la mano y una ráfaga salió disparada hacia ella. Fue tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar, así que únicamente cruzó los brazos por impulso y cerró los ojos. La ráfaga acabó chocando con una especie de barrera invisible frente a ella. Marianne entreabrió los ojos confundida al ver que no había ocurrido nada y Umber decidió repetir aquel ataque, tan sólo para verlo frustrado nuevamente por el bloqueo de aquella valla incorpórea que la protegía.

—¿Cómo es que…? —se preguntó sorprendida hasta que la barrera se desvaneció.

…Lo siento, no puedo sostenerla por más tiempo —se disculpó Samael con voz exhausta, indicándole de aquel modo que él había sido el responsable.

—¡Haré lo que debí desde el principio! —exclamó el demonio, alargando sus dedos en formas puntiagudas y afiladas, las cuales cruzaron veloces la distancia que lo separaban de Marianne, que veía ya su final. Pero Ashelow se apareció frente a ella en un parpadear. Su pecho fue atravesado por aquellas garras, salpicando a Marianne con la sangre oscura que manaba de él. Las garras se retrajeron de inmediato, volviendo a su tamaño normal—. ¡Estúpido! ¡Ahora desaparecerás en el vacío!

—¿Qué hiciste? —balbuceó Marianne, pasmada ante su acción. Él trató de mantenerse de pie junto a ella, sosteniéndose el pecho con los ojos abiertos de par en par.

—Tú así lo quisiste, al menos conseguí el tercer don —sentenció Umber, mostrando entre sus manos el contenedor que tenía grabada la palabra “Salud”. Marianne sintió que su interior se revolvía al comprender que ése era el don de su madre.

El demonio volvió a alargar la mano libre en forma de garra.

—Muere junto con ella.

Pero no alcanzó a atacarlos de nuevo; al instante se vio envuelto por un remolino de fuego que se extendió por su espalda y lo obligó a luchar por apagarlo. Marianne miró por detrás de él y en la puerta del ático descubrió a Lilith con las manos cubiertas de fuego, apuntando a continuación hacia Ashelow.

—¡Hazte a un lado, falta el otro! —anunció Lilith, arrojando otra llamarada.

—¡No! —exclamó ella, tratando de detenerla, pero sólo alcanzando a colocar su espada delante de él. Al entrar en contacto con la hoja, la llama pareció unirse a ella, otorgándole un tono rojizo como si estuviera al rojo vivo.

Observó la espada con detenimiento, pero sabía que no era tiempo de ponerse a averiguar. Umber no había tardado en recuperarse y ya se dirigía hacia ellos de forma amenazante, pero ella, con un ágil movimiento, le cortó una mano. Al momento del contacto entre la hoja y la piel del demonio se generó una humareda, como si la espada cauterizara la herida de forma inmediata y permanente. Los alaridos que éste emitió fueron tan intensos que tuvieron que cubrirse los oídos, pensando que les estallarían los tímpanos. Lucianne se adelantó y comenzó a lanzar centellas a diestra y siniestra, esperando atinarle a alguna parte vital de su cuerpo, pero sólo alcanzó a herirlo superficialmente, hasta que el demonio pareció haber tenido suficiente y finalmente decidió desaparecer de ahí, dejándolas con el zumbido retumbando en sus oídos.

—¿Cómo supieron lo que estaba pasando? —preguntó Marianne, desconcertada.

—Presentimos que algo ocultabas, así que te seguimos —explicó Angie—. Vinimos corriendo tan rápido como pudimos.

—¡Mejor explícanos por qué le salvaste la vida de nuevo! —exigió Lilith, señalando a Ashelow, quien caía a los pies de Marianne entre estertores de dolor, expulsando por la boca un líquido opaco, con el cuerpo convulsionando. Ella se inclinó hacia él, y al apartarle las manos del pecho vio un enorme agujero que lo atravesaba de extremo a extremo. Dio un trago amargo al recordar que él no podía regenerarse.

—…Tranquilo. —Fue lo único que pudo decir. ¿Qué más podía agregar en un momento como ése?

Ashelow enfocó la mirada en ella e intentó hablar.

—No permitas… que lo encuentren —expresó entre espasmos, mientras las demás iban acercándose con algo de cautela.

—¿De qué hablas?

—Si lo encuentran… Él podrá despertar… y será el fin de todo —continuó él.

—No entiendo… —dijo Marianne con desconcierto, y el brazo de él se aferró a ella, tratando inútilmente de levantar el torso chorreante de sangre oscura, que iba además deshaciéndose en cenizas poco a poco a partir de su revestimiento.

—…Su semilla —murmuró él, tras lo cual volvió a aflojar el cuerpo y sus pupilas comenzaron a dilatarse, fijando la mirada en un punto perdido del techo. Marianne miró hacia sus amigas como si con ellas fuera a encontrar alguna explicación, pero sabiendo que no la obtendría bajó nuevamente la vista hacia él.

—¿…Qué puedo hacer por ti?

—No quiero… desvanecerme… en la nada —enunció él con un susurro. Lágrimas negras comenzaron a correr por su rostro—. No me dejes… disolverme… en la nada.

Marianne pareció entender a qué se refería. Vio que las fibras que conformaban su vestimenta comenzaban a hacerse polvo junto con él y buscó a Angie con la mirada.

—…Por favor, piensa en algo feliz —le suplicó y Angie la observó con escepticismo, pero siguiendo su ejemplo se inclinó a su lado y tomó la muñeca izquierda de Ashelow, que reposaba inmóvil a un costado. Tras unos segundos, comenzó a dibujarse una sonrisa en su rostro. Marianne posó las manos sobre su pecho, aún sin saber del todo lo que haría, e imitando el movimiento que realizaba para crear los dones provisionales, comenzó a concentrarse en lo que quedaba de la energía vital de él.

Pudo ver cómo acumulaba todo en una esfera entre sus manos, como si absorbiera poco a poco la energía residual de su cuerpo, barriendo con sus rasgos que iban difuminándose y dejando atrás el puro recubrimiento.

—…Gracias —alcanzó a escucharle decir antes de que el último rastro de sus facciones se disipara, absorbido por la esfera de luz que había formado. Como si sólo hubiera quedado una cáscara vacía, su revestimiento terminó por deshacerse en polvo.

La boca de Marianne se tensionó y miró la esfera que aún sostenía entre sus manos. Ésta comenzó a resplandecer y a flotar por encima de ellas, elevándose hasta desaparecer a través del techo.

—¿…Qué pasó con él? —preguntó Lucianne sin despegar la vista del tejado.

—Supongo… que ahora es libre —respondió Marianne con un ligero temblor en la voz, y tras unos segundos de silencio, se levantó de un salto y bajó corriendo de vuelta al comedor. El cuerpo de su madre seguía ahí, inmóvil, como si solamente durmiera.

Entonces sintió el duro impacto de la realidad. Ahora ella tendría el tiempo contado si no recuperaba el don que le habían arrebatado. Tal y como Lester, tal y como el comandante Fillian. Había permitido que aquel demonio se lo llevara. Esperó alrededor de un minuto para intentar recuperar la calma y luego reanimarla. Las tres chicas la esperaron en la sala hasta que la vieron aparecer con ella, apoyada de su hombro.

—No entiendo cómo pude haberme desmayado, nunca me había pasado —comentó la mujer con una mano en la cabeza, sintiendo que el piso se movía. En breve, las chicas aprovecharon para presentarse y ella pareció reconocer a Lucianne—. Ah, Lucianne, cuánto has crecido, me hubiera gustado verte en otras condiciones.

—Ya será en otra ocasión. Mejor será que descanses —aconsejó Marianne sin soltarla, y con una mirada indicó a las chicas que luego hablarían, así que las tres se despidieron tras asegurarse de que ya había pasado el peligro.

Marianne permaneció junto a su madre, tratando de obligarla a descansar, aunque ella aseguraba estar mejor, y fue sólo hasta que regresaron su padre y su hermano que supuso que estaría bien con ellos. Pero tan sólo le tomó unos segundos en darle la espalda para que ella se desplomara en el suelo.

No entendía lo que estaba pasando, se suponía que aún tenía tiempo de reserva antes de que llegara a colapsar, pero lo siguiente que supo es que se la llevaban de emergencia al hospital.

El tiempo que estuvo ahí en la sala de espera se le hizo irreal, como si se hubiera desconectado y mirara todo a través de una pantalla, como si no estuviera ahí presente. Fue hasta que su padre la llamó para volver a casa que reaccionó. Su madre permanecería en el hospital para hacerle unos exámenes. Ella tan sólo asintió y lo siguió hasta el auto.

Durante el trayecto de vuelta permaneció callada, mirando por la ventanilla. Loui estaba dormido en la parte trasera, agotado después del día que habían tenido. Su padre conducía, con la vista fija hacia la carretera. Siguieron en silencio hasta llegar a su destino.

—Regresaré al hospital para tener más noticias —anunció él apenas cruzaban la puerta, con aquel tono sereno y controlado—. Confío en que podrás cuidar de tu hermano esta noche.

—…Hace mucho que Loui puede cuidarse solo —respondió Marianne, subiendo las escaleras sin voltear siquiera. Una vez en su habitación permitió que sus piernas le fallaran, y apoyó la espalda contra la puerta hasta tocar el suelo.

Lo siento, no me imaginé que algo así pasaría.

—Empieza por aclarar qué, de todo lo que ya pasó —pidió ella, con voz monocorde—.  ¿Qué ocurrió con mi madre? Pensé que tendría un lapso antes de que…

El problema no es ése, es por el don que ya no posee —explicó Samael—. Aunque la hayas reanimado, la salud ya no es parte de sus características.

—…Así que se la pasará en el hospital hasta que la diminuta chispa de energía que le brindé termine por apagarse —completó ella, cerrando los ojos, sintiéndose derrotada.

—Aún puedes recuperar los dones —aseguró él, tratando de animarla.

—¡Que lo digas no significa que pasará! Siempre estás diciendo que debes protegerme, ¿pero de qué sirve si yo no puedo ayudar a los demás? Si todo lo que eres capaz de hacer pudiera ser usado con quienes más lo necesitan, como tu poder de curación, quizá entonces Ashelow no habría…

—Mi límite son tus propias capacidades, no puedo hacer más allá de lo que tu habilidad me permita —respondió él, provocando un silencio de varios segundos por parte de Marianne, sin poder creer lo que estaba escuchando.

—¿…Entonces soy yo quien te obstaculiza?

—No quise decir eso, sólo que mientras vayas desarrollándola más, entonces mi propio poder tendrá mayor alcance y quizá podría…

—Es eso… Soy yo —lo interrumpió de nueva cuenta.

—Marianne, por favor…

—¿De qué sirve que tengas todas estas maravillosas habilidades si por mi causa no pueden ser usadas cuando más las necesitamos? Es como… si yo fuera tu prisión.

—No era mi intención que te sintieras así…

—Ya no hables. No quiero seguir escuchándote. No por hoy —finalizó ella y Samael no volvió a pronunciar palabra.

Marianne se incorporó y fue directo hacia la cama. Lo único que deseaba era cerrar los ojos y no pensar más, y tras varios minutos su deseo se cumplió. Finalmente, el sueño logró vencerla.

En el transcurso de la noche, la calma y el silencio preponderaron de tal forma que hubiera parecido como si el tiempo se detuviera, de no ser por una pequeña órbita de luz que súbitamente emergió de Marianne y comenzó su lento recorrido por la habitación.


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