CAPÍTULO 11

11. ALAS NO INCLUIDAS

La pequeña órbita de luz comenzó a recorrer diversos puntos de la habitación. Aunque ya estaba ordenada, una pila de cajas vacías seguía arrinconada en una esquina, a un lado del espejo de cuerpo entero posicionado junto a la ventana. Fue justo frente a éste que la órbita se detuvo. Quedó suspendida en el aire por unos segundos, y de repente comenzó a crecer y expandirse hasta alcanzar el suelo. El resplandor que expulsaba era suficiente para iluminar la habitación entera como si fuera un día de sol, así que Marianne comenzó a oprimir los ojos por impulso.

El cúmulo de luz comenzó a tomar forma en una silueta luminosa cada vez más humana a la vez que el resplandor disminuía. Cuando la figura acabó de formarse con más detalle, se arqueó de pronto hacia adelante, acompañada del sonido de una respiración pesada que interfirió con el apacible silencio de las últimas horas.

Marianne entreabrió los ojos tras escuchar aquel extraño sonido, además de la luz golpeando sus párpados, y alcanzó a ver al otro extremo una figura resplandeciente que se encorvaba frente al espejo. En un principio pensó que debía tratarse de un sueño, pero al irse despejando las brumas de su percepción y percatarse de que era real, de inmediato se incorporó con los ojos bien abiertos. Quería gritar, pero su voz no le respondía, tenía las cuerdas vocales paralizadas. La figura luminosa se fue de lado y se desplomó sobre las cajas vacías, las cuales le cayeron encima, enterrándole.

Ella se quedó por unos segundos con las manos clavadas en el colchón y el pecho latiéndole con fuerza. Miró con alarma a su alrededor y tomó rápidamente la estatuilla que permanecía asentada en la mesita del buró.

Realmente no tenía idea si sería capaz de golpear a alguien con ella, pero el hecho de tener un intruso en su habitación en plena madrugada le parecía motivo suficiente.

Se acercó con cautela al montón de cajas, sosteniendo por lo alto la estatuilla.

No sabía con lo que se encontraría al llegar ahí, pero estaba segura de que no sería un intruso común y corriente, después de todo ¿cuántas veces había visto a alguien brillar como bombilla eléctrica? Lo normal para ella eran demonios que podían regenerarse como lagartijas y espectros que habían sido humanos alguna vez… Al pensar en esto último no pudo evitar un estremecimiento al recordar a Ashelow. Había convertido su energía residual en una esfera de luz, ¿no podría ser entonces que aquel ser luminoso…? No, era imposible, lo había liberado, ya no existía nada que lo atara a este mundo, pensó para sí misma. Sin embargo, la semilla de la intriga se había sembrado en ella. Con mayor fuerza empuñó la estatuilla y se asomó por encima de la pila de cajas regadas en el suelo. La silueta resplandeciente se detenía contra el piso y lentamente el brillo iba disminuyendo.

—¡¿Quién eres y qué haces aquí?! —preguntó Marianne, alzando amenazante la estatuilla, aunque aquel ser no parecía tener las fuerzas suficientes para hacer algo.

—Ma…rianne —pronunció la figura como si la garganta se le cerrara y no pudiera respirar. Ella dio un respingo al escucharle nombrarla.

—¿Cómo sabes mi nombre? ¡¿Quién eres?! —repitió con mayor turbación. El ser susurró algo incomprensible para ella, pero no se atrevía a acercarse más—. ¡¿Qué fue lo que dijiste?! ¡Repítelo!

—Sa…mael —expresó la figura entre jadeos y ella retrocedió unos pasos, confundida. Los brazos le colgaron a los costados y dejó caer la estatuilla al suelo, produciendo un ruido seco. Al ir disminuyendo el resplandor fue notando aquel cuerpo con mayor nitidez. Era de complexión delgada, lo que lo hacía ver vulnerable, y además no traía ropa. De inmediato fue de vuelta hacia su cama, de un jalón sacó el cobertor y como si se tratara de una carrera de relevos, regresó hacia la pila de cajas y lo dejó caer sobre el cuerpo cada vez menos luminoso y más nítido de aquel ser.

—Cúbrete con eso —ordenó Marianne y pudo notar por debajo del cobertor cómo la figura iba envolviéndose y el jadeo iba menguando. Esperó a que se acomodara mientras trataba de dilucidar por qué habría mencionado a Samael y por qué estaba ahí. El ángel no respondía y empezaba a temer que hubiera decidido abandonarla después de sus palabras.

—No me he ido —dijo el ser debajo del cobertor, incorporándose ligeramente hasta quedar sentado en el piso, envuelto en la cobija.

Los jadeos habían desaparecido hasta convertirse en una respiración normal, aunque pausada y arrítmica por momentos.

—Yo no he dicho nada.

—No, pero lo pensaste.

Su voz comenzaba a sonar más clara y familiar, pero ella se negaba a reconocerlo.

—¿Cómo es que…? ¿Cómo puedes escuchar mis pensamientos?

—De la misma forma en que lo he hecho siempre —respondió, sosteniendo la cobija por el frente, dejando ver su mano nívea que aún conservaba un halo de resplandor.

Marianne ya no podía seguir negando que conocía esa voz. Apartó las cajas y con algunas reservas se arrodilló frente a él, observando aquel cuerpo envuelto por el cobertor, sobresaliendo únicamente aquella mano que conservaba aún cierto fulgor.

—¿…Samael? —le llamó al fin y él alzó ligeramente el rostro por debajo del cobertor, que había formado una especie de capucha encima de su cabeza. Ella se echó hacia atrás con expresión perpleja hasta quedar sentada en el piso. Se llevó las manos a la boca para acallar cualquier sonido que pudiera salir de ella y trató de mantener la calma—. No puedo creerlo… ¿de verdad eres tú?

—Pensé en lo que dijiste, y tienes razón, puedo ser más útil de esta manera —explicó él, tiritando ligeramente debajo de la cobija—. Aunque no estaba seguro de lo que pasaría al adoptar forma física. Aún debo acostumbrarme a… las funciones de este cuerpo.

Tras toser un poco, extendió la mano frente a él, comenzando a mover los dedos, y la capucha que se había formado con el cobertor se deslizó, dejándole la cabeza al descubierto. Su piel era pálida e inmaculada, y sus ojos celestes eran como un lago cristalino; sus facciones eran delicadas y andróginas, y su cabello de un rubio platinado tan suave que parecía flotar al menor movimiento. Todo esto aunado al halo luminiscente que aún lo rodeaba le confería una cualidad etérea.

—No pareces real —expresó Marianne sin salir aún de su sorpresa.

—¿De verdad? ¿No parezco humano? —preguntó él, entreabriendo la cobija para mirarse, pero ella lo detuvo.

—¡Alto! Tan sólo… espera aquí un momento, ahora vuelvo. —Se levantó a toda prisa, dirigiéndose hacia la puerta—… ¡Y no te muevas de ahí

Él se mantuvo inmóvil como estatua ante la orden, mientras Marianne salía de la habitación con sigilo.

Sabía que su padre se había quedado en el hospital toda la noche, pero Loui estaba en casa y podía despertar al menor ruido, aunque le sorprendía que todavía no lo hubiera hecho después del desplome de las cajas. Debía actuar pronto antes de llamar su atención, así que pasó a la habitación que había permanecido vacía hasta entonces y encontró ahí el equipaje de su padre. Cuidándose de no hacer mucho ruido, abrió la maleta y comenzó a buscar entre los compartimentos.

Su padre era de una complexión similar y calculaba que de la misma estatura. Supuso que cualquier prenda de él le quedaría bien, aunque le preocupaba que terminara notando su desaparición. Pero si eso pasaba ya se le ocurriría algo después, las mentiras le salían últimamente tan naturales como si parpadeara.

Escogió una camisa azul cuadriculada de algodón, una camiseta blanca y unos jeans de mezclilla, y también sacó unos tenis algo gastados. Eran sus tenis aventureros. Los colocó en el montón que había escogido y observó la pila de prendas, preguntándose si faltaba algo. Pensó que quizá podría inventar que en la escuela habían organizado una colecta y al ver aquella ropa desgastada en su maleta había decidido donarla. Se dispuso a cerrar de nuevo los compartimentos y al meter la mano en uno, sus dedos sintieron la aspereza de un cúmulo de hojas de papel.

Apretó los labios pensando que, si de por sí era incorrecto hurgar entre las pertenencias de su padre, más lo era revisar sus documentos personales, pero cuando se dio cuenta ya tenía los papeles en la mano. La mayoría eran contratos y cosas de ventas de su trabajo, así que fue pasando las hojas hasta llegar a una foto de su padre de adolescente con un grupo de chicos. Debía de tratarse de una foto de sus años de estudiante. Siguió pasando las hojas hasta que encontró unos documentos que parecían ser unas pólizas de seguros a su nombre. No debía sorprenderse, la mayoría de los adultos se preocupaban por asegurar todo por cualquier eventualidad. Pero entonces vio justo detrás algo que llamó su atención: un sobre que tenía únicamente el nombre de Noah al reverso.

Lo tomó entre sus manos con sumo interés y observó la pulcra caligrafía con la que estaba escrito el nombre, de una delicadeza casi femenina. Una idea desagradable cruzó por su mente, y la única forma que tenía de comprobarla era viendo su contenido. Lo abrió con cuidado y sacó una simple hoja en blanco, sin ningún tipo de membrete, la cual despedía un suave aroma a lavanda que le parecía reconocer de algún lado. Las únicas palabras que podían leerse en ella eran: “Es hora de tomar una decisión. No puedes seguir posponiéndolo más. Debes dejarlos o no podrás regresar.”

No decía nada más, ni siquiera estaba firmada. Revisó el sobre, pensando que tal vez había algo más en su interior, pero no encontró nada. Dejó caer las manos sobre su regazo y mantuvo la vista fija en la hoja. De repente sintió una oleada de rabia que empezó a hervirle la sangre. Se preguntaba cuánto tiempo habría estado llevando esa doble vida, pero lo sentía más por su madre que, muy a pesar de todo, sabía que únicamente estaba dejando pasar un tiempo para intentarlo de nuevo.

Tomó de nuevo los documentos y buscó si había algún otro sobre que se asemejara a ése, pero el resto de los papeles eran más contratos de ventas y al final tenía unas escrituras a nombre de su mamá. La ira no le permitió seguir indagando; metió el sobre de vuelta a la pila de papeles y los devolvió al compartimento donde los había encontrado. Acto seguido, cerró la maleta con un forcejeo y se dejó caer a un lado de las prendas que había tomado, resollando mientras trataba de desvanecer el coraje. Tomó la ropa y se dirigió de vuelta a la habitación, pero apenas salió al pasillo el corazón le dio un vuelco al ver a Loui fuera de su cuarto.

—¿Qué haces despierto? ¡Vuélvete a dormir! —dijo ella, ocultando las prendas a sus espaldas. Loui se frotaba los ojos y los mantenía entrecerrados.

—Escuché algo, como un golpe en el piso seguido de varios ruidos… ¿qué haces saliendo de esa habitación?

—¡Yo también lo escuché! Provenía de este cuarto. Alguien dejó la ventana abierta y entró un gato. Tiró varias cajas al suelo, pero ya la cerré. Ahora regresa a la cama.

Loui la observó con cierta suspicacia, pero tenía tanto sueño que regresó a su habitación, dando un gran bostezo. Ella suspiró con alivio y aprovechó para volver a su dormitorio, aproximándose al cobertor enrollado que seguía en el piso sin moverse.

—Ya volví, te traje esto. —Al acercarse, notó que él continuaba inmovilizado en la misma posición en que lo había dejado—… ¿Por qué no te mueves?

—Dijiste que no lo hiciera —respondió Samael y ella reprimió una risa.

—Era un decir, no es literal —aclaró ella, entregándole la ropa—. Ponte esto, es de mi papá, debe quedarte bien.

Él sostuvo las prendas con expresión confusa y comenzó a examinarlas, dándoles vueltas sin saber bien cómo ponérselas, tomando los pantalones y metiendo los brazos donde debían ir las piernas por lo que Marianne se llevó las manos a la frente en un gesto de exasperación. Intentó explicarle cómo debía ponerse básicamente cada prenda y le dio unos minutos para que se vistiera mientras ella le daba la espalda y trataba de pensar con claridad. La sorpresa inicial había comenzado a disiparse y se iba abriendo paso la incertidumbre de lo que haría ahora con Samael.

Una cosa era lidiar diariamente con una voz en su mente que podía saber lo que ella pensaba y aconsejarla como si fuera su conciencia, por más molesta que fuera en ocasiones, pero otra muy diferente era tenerlo como una especie de Pepe Grillo tamaño familiar que la siguiera a todos lados. ¿Dónde lo metería? No sabía si su mamá volvería a casa en el futuro inmediato, y su hermano era un metiche de primera, aunque posiblemente podría engañarlo por un tiempo, pero tampoco sabía lo que su padre tenía pensado hacer, después de todo ellos seguían siendo menores de edad necesitados de un tutor en ausencia de su madre. De repente el eco de las palabras de aquella carta comenzó a invadirla y la idea de que su padre hubiera ido únicamente para despedirse y escoger su “otra vida” cruzó por su mente. Un pensamiento enervante. Se preguntaba si esa otra vida incluía otra familia.

—¿Así está bien? —preguntó Samael, sacándola de su ensimismamiento. Ella volteó y lo vio de pie con la ropa puesta, algo desacomodada, pero básicamente había seguido bien sus instrucciones.

—Te quedó perfecto —admitió ella, notando de igual manera que el brillo de su piel ya era mínimo—. Al menos ya no resplandeces tanto, supongo que podrás pasar por una persona normal más fácilmente.

De pronto él se precipitó hacia ella, haciéndola retroceder de un impulso hasta chocar contra la base de la cama. Al abrir los ojos lo descubrió arrodillado a unos centímetros, observándola con detenimiento.

—¿Así eres? —preguntó él sin despegar la vista de su rostro, como si lo examinara a detalle con ayuda de la tenue luz matinal que comenzaba a entrar por la ventana. Ella permaneció pegada a la base sin saber qué responderle ni cómo reaccionar.

—¿…Nunca habías visto a un ser humano o qué? —dijo ella, contrayendo el rostro.

—Es primera vez que te veo. Hasta ahora sólo había escuchado tus pensamientos. Es increíble —explicó él, contemplándola fascinado, como si fuera un niño apenas descubriendo los colores y las formas.

Ella, sin embargo, se sintió incómoda, así que se incorporó de un salto y lo empujó de vuelta hacia el espejo de cuerpo entero para que se viera a sí mismo.

—Pues mírate, ahora tú también luces humano —indicó ella, señalando el espejo. Samael se acercó a su reflejo con gesto de asombro, queriendo tocar el cristal, pero al notar que era plano retrocedía unos pasos y continuaba observándose, llevándose las manos a la cara y presionándose la piel con la punta de los dedos.

—…Se siente extraño —comentó él, examinando sus facciones—. ¿Así me veo?

—Impacta, ¿verdad? —dijo ella, tomando asiento en la cama y admirando su capacidad de asombro ante lo que le rodeaba—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué tomaste forma física?

—Ya te dije, quiero ser de mayor utilidad. Yo soy quien debí protegerte, no ese demonio. Ése era mi deber —afirmó él, moviendo las extremidades para asegurarse de que controlaba sus movimientos.

—Ese demonio también fue humano alguna vez —replicó ella, sintiéndose en deuda con Ashelow.

—Pero eso no quita que terminó convirtiéndose en un demonio —insistió él de tal forma que ella pudo entrever cierta intransigencia hacia todo lo que estuviera relacionado con la Legión de la Oscuridad.

—…Tenemos que encontrarte un lugar dónde quedarte.

—¿No puedo quedarme aquí? —preguntó él con expresión confusa.

Ella de inmediato pensó en lo difícil que sería tener escondido en su habitación a un ángel convertido en humano, y no quería ni pensar cuando comenzara a sentir curiosidad por sus diferencias físicas.

—¿A qué te refieres con diferencias físicas?

—¡Deja de escuchar mis pensamientos! —reclamó ella, avergonzada.

—Lo siento, es la costumbre. Trataré de no volver a hacerlo.

En eso se escuchó el sonido de una puerta en el pasillo y unos pasos dirigiéndose hacia la habitación.

—Hey, ¿qué es todo ese ruido? No me dejas dormir —dijo de repente Loui, girando la perilla, y Marianne de inmediato trató de impedir que entrara.

—¡No entres! —exclamó ella, incorporándose de un salto, pero la puerta se abrió por completo y el niño entró al dormitorio con ojos entrecerrados.

—En serio, ¿qué no duermes nunca? Si no estás escabulléndote por la casa, te la pasas en tu cuarto hablando sola, ¿no tienes nada mejor que hacer? —se quejó mientras ella esperaba el momento en que notara a Samael y comenzara a gritar, pero él se mantuvo en la misma posición y, al contrario, se le hacía extraña la actitud intranquila de ella—. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Viste un fantasma o qué?

—¿No lo… ves?

—¿De qué hablas? –—preguntó el niño con cansancio y ella volteó hacia atrás, dándose cuenta de que no había nadie—. En serio, creo que te urge dormir algo.

Se dio la vuelta para regresar a su habitación, cerrando la puerta detrás de él mientras Marianne se quedaba de pie, mirando hacia todos lados confundida. Se preguntaba si lo habría imaginado todo y en realidad Samael nunca había estado ahí, quizá lo había soñado.

—¿Samael? —lo llamó con un susurro.

—Aquí estoy —le dijo al oído, por lo que ella volteó con un sobresalto, pero siguió sin verlo. Quizá había vuelto a su mente. Entonces sintió que la sujetaban del brazo y vio una mano que comenzaba a hacerse visible, extendiéndose aquel efecto por todo el cuerpo hasta reaparecer ante ella.

—¡¿Qué fue eso?!

—Me hice invisible, no sabía que podía hacerlo —repuso él, extendiendo la mano y mostrando cómo sus dedos repentinamente desaparecían y luego regresaban a su campo de visión—. Increíble, ¿verdad?

—…Bueno, supongo que de esa forma no te descubrirán si te quedas en la casa.

—¿Entonces dejarás que me quede? —preguntó él con una gran sonrisa, pero ella seguía pensando en las dificultades que representaría mantenerlo en su habitación, seguiría siendo bastante incómodo.

Le avergonzó darse cuenta de que estaba pensando como si se tratara de una mascota en vez de una persona (o algo así) y deseó que no estuviera escuchando sus pensamientos en ese momento. Entonces recordó el ático. Nadie más solía subir y le parecía haber visto un colchón entre los muebles arrumbados.

Enseguida le pidió que la siguiera con sigilo, y tras comprobar que el pasillo estaba despejado, se dirigieron a las escaleras que conducían al desván.

Apenas entraron, su vista se posó en la mancha negra justo en el punto donde el cuerpo de Ashelow se había desintegrado. Sintió un estremecimiento al recordarlo y Samael intentó distraerla, colocándose delante para bloquear la vista de la mancha.

—…Bueno, ¿qué te parece? —preguntó ella, tratando de enfocar su atención al sitio. Se acercó al colchón del fondo y le dio unos golpes que levantaron polvo, por lo que intentó cubrirse la nariz y la boca—. Está algo… empolvado y desarreglado, pero puede servir por mientras.

—Si así lo crees, me parece bien entonces —aceptó Samael, observando el lugar con atención. Ella sintió algo de remordimiento por estar enviándolo al ático como si se tratara de un mueble más a pesar de que él no parecía tomarlo de esa forma. Estaba en ese temprano estado de adaptación en el que todo le parecía algo fascinante y maravilloso.

—Te ayudaré a limpiarlo, ¿de acuerdo? Y también intentaré conseguirte más ropa. Tal vez las chicas puedan ayudarnos cuando les diga…

—¡No puedes decirles lo que soy! —la interrumpió él con tono urgente.

—¿…Por qué no? —preguntó ella, tomándole por sorpresa su reacción.

—Yo… no se supone que hiciera esto. Si llegara a saberse más allá de los dos…

Marianne no entendía por qué el secretismo, pero considerando que ella también había conservado en secreto la comunicación que mantenía con él, decidió hacer caso a su petición, por más extraña que le pareciera.

—…De acuerdo, no les diré nada. Pero si vas a estar yendo conmigo por todos lados, debo buscarte al menos una razón, una historia de fondo. Tal vez… que eres un primo que vino tras lo ocurrido con mi mamá. Así de simple.

Samael únicamente asintió, aunque ella seguía sintiéndose inquieta por la clase de artimañas de las que tendría que echar mano para ocultarlo de su familia y mantener su identidad en secreto. Tendría que elevar el nivel de sus mentiras ahora.

De repente se descubrió mirando fijamente la mancha del piso y recordando las palabras de Ashelow antes de desaparecer, preguntándose a qué se refería y si Samael sabría algo de eso, pero cuando pensaba cuestionárselo, él ya había comenzado a arrastrar el colchón hasta colocarlo por encima de la mancha. Era como si de nuevo hubiera escuchado sus pensamientos y no deseara hablar de ello.

Escuchó entonces la puerta de la planta baja. Al parecer su padre había regresado.

—Ahora vuelvo, quédate aquí y cualquier cosa, ya sabes, sólo hazte invisible y que no te vean.

Eran ya las seis de la mañana y a través de la puerta abierta de la cocina vio a su padre tomando un café con gesto reflexivo.

A pesar de que había escuchado que las preocupaciones hacían que la gente se viera de más edad, al contrario él lucía más joven de lejos. No pudo evitar pensar en el sobre que había encontrado entre sus cosas y que ese gesto posiblemente era porque el repentino deterioro de su madre había arruinado sus planes.

Él salió de su concentración y al verla en la puerta sonrió de aquella forma que hacía parecer que nada le preocupaba.

—Lo siento, ¿te desperté? Traté de hacer el menor ruido posible.

—No importa, ¿cómo está mamá? —preguntó ella, dirigiéndose al refrigerador.

—Sigue en observación, no saben qué es lo que tiene —respondió mientras ella revisaba la nevera para no tener que mirarlo—. ¿Ocurrió algo ayer antes de que regresáramos?

—Nada, sólo… estuvo limpiando todo el día. Y tuvo un… desvanecimiento.

—Estará en el hospital mientras no descubran su afección —añadió él, dándole vueltas a la taza—. Sé que dije que sólo me quedaría el fin de semana, pero… en vista de la situación… me quedaré el tiempo que sea necesario.

Marianne cerró el refrigerador de un golpe, tratando de apartar el sobre de su mente.

—…Lamento mucho que hayamos arruinado tus planes. Cualesquiera que estos fueran —masculló con la mano echa una garra en torno a la puerta del frigorífico. No quería ni voltear a verlo. Únicamente escuchó el sonido de la silla al levantarse, pensando que saldría de ahí, pero para su sorpresa la tomó de los hombros.

—Te prometo que todo estará bien —afirmó él mientras ella permanecía inmóvil, sin responderle ni voltear—. Ella volverá a casa. Hoy nos permitirán entrar a verla.

Marianne tan sólo apretó la boca y acto seguido se apartó de él.

—…Iré a cambiarme para ir al hospital —enunció, dejando atrás a su padre con gesto afligido. Una parte de ella se reprochaba la dureza con que lo trataba, pero la otra tenía demasiado presente aquella carta que le había encontrado y eso dominaba por completo cualquier remordimiento que pudiera llegar a sentir.

En el hospital, por más gusto que le dio ver a su madre con ánimos a pesar de todo, no pudo soportar estar tanto tiempo en aquel cuarto lleno de aparatos y olor medicinal, así que dejó a Loui con ella y salió con la intención de ir a tomar aire fresco, encontrándose a su padre sentado en un mueble del corredor.

—¿Quieres regresar a casa? Sé que no te agradan los hospitales.

—Me iré caminando, ustedes mejor quédense con ella —respondió Marianne.

—Aguarda.

Pensó que quizá sería el momento en que por fin le daría algún sermón paterno o una larga justificación a sus ausencias, pero lo único que recibió fue un objeto laminado que depositó en sus manos. Marianne giró la palma y vio que era una tarjeta de crédito.

—Por cualquier cosa que necesites, sólo cárgalo a mi cuenta.

Ella observó la tarjeta, preguntándose si lo hacía por remordimiento, pero únicamente movió la cabeza de forma afirmativa y se marchó de ahí. No eran ricos, pero nunca les había faltado nada, en parte por el trabajo de su padre y por los cuadros que su madre había vendido en galerías. Pasó por su cabeza sobregirar la tarjeta a modo de desquite, pero se sabía incapaz de hacer eso a pesar de todo, así que la guardó en su bolsillo y se dirigió hacia la salida del hospital.

Al pasar por el vestíbulo lo que menos imaginó fue ver a Demian, sentado en uno de los sillones del frente con semblante pálido. Llevaba una chamarra gruesa y estaba cruzado de brazos.

—¿…Tú qué haces aquí? —preguntó ella.

Él levantó la vista con los ojos entrecerrados y vio a Marianne a unos metros de él.

—Ah, eres tú. ¿Tuviste otro “accidente”?

Ella hizo una mueca, pero él lucía tan enfermo que pensó que no valía la pena discutir.

—…Ja, ja, muy gracioso. Al menos yo no me veo como si estuviera recién salida de un congelador criogénico —replicó ella y él rió brevemente.

—Sí, bueno… parece que siempre sí enfermé después de todo. Quería quedarme en casa, pero mi padre me trajo aquí a rastras.

—¿Gripa? —preguntó mientras él se frotaba los ojos.

—Fiebre, no se me ha quitado desde ayer —respondió, apoyándose en el respaldo del sillón. Tenía la frente aperlada, así que probablemente su fiebre era alta.

—¿Y desde qué hora estás esperando?

—Acabo de llegar, mi padre está en recepción, intentando contactar con nuestro médico de cabecera —dijo, señalando hacia el frente y Marianne alcanzó a ver a un hombre de espaldas, discutiendo con la recepcionista. Vestía demasiado formal para ser un domingo tan temprano—. Perdió un vuelo por quedarse conmigo.

—Se toma demasiado en serio una simple fiebre, ¿eh?

—Le dije que no se preocupara, pero no me escuchó. Siempre se pone muy paranoico cuando se trata de mi salud —explicó Demian, volviendo a cruzar los brazos.

—Pues quizá un virus de vez en cuando no te vendría nada mal para que se habitúe a la idea de que no eres inmortal —sugirió Marianne y él rió de forma más relajada.

—Lo tomaré en cuenta. ¿Qué haces aquí entonces? —preguntó, tratando de desviar su atención de su malestar y ella miró el pasillo que acababa de recorrer.

—…Mi madre. Tuvo un desvanecimiento y la internaron anoche.

—…Oh, lo siento —repuso él con sinceridad, borrando la sonrisa de su rostro.

—Gracias. Yo… ya me iba a casa, adiós —finalizó, deseando salir de ahí.

—¡Oye! —la llamó él antes de que se alejara—. Vuelve cuando quieras a la cafetería. Quien sea capaz de controlar a ya sabes quién es más que bienvenido.

—¡…Yo no voy a ser tu guarura, búscate uno! —rebatió ella antes de salir de ahí.

Según su reloj eran las diez de la mañana, últimamente sentía que los días se le pasaban demasiado lentos, y aún le quedaban muchas cosas por hacer. Se preguntaba de qué forma manejaría a Samael cuando ella estuviera en clases, porque la idea de dejarlo solo en casa por tanto tiempo la inquietaba, sobre todo si se proponía explorar por él mismo. Y de repente cayó en cuenta del uso que podría darle a la tarjeta que su padre le acababa de dar.

—¡Samael, ¿sigues ahí?! ¡¿Hola?! —exclamó ella apenas llegó a casa, sabiendo que no había nadie más. Como no contestó, subió corriendo al ático, temiendo que hubiera salido en su búsqueda—. ¡Samael!

Al entrar vio que estaba todo limpio y ordenado, con las cajas acomodadas al fondo. Dio unos pasos, sintiendo que había entrado a otra dimensión, y él se apareció detrás de ella.

—¿Qué te parece?

—Estoy impresionada —aceptó ella, gratamente sorprendida, y ahora que la luz del sol iluminaba la estancia notó que su aspecto lucía más natural, aunque con cierto resplandor que bien podía atribuírsele a la claridad de su piel—. Escucha, lamento no haberte avisado que salía. Papá nos llevó al hospital y hasta ahora es que pude regresar. —Él mantenía su sonrisa cándida, observándola a detalle, incomodándola en extremo—… ¿Podrías dejar de mirarme así?

—Lo siento, es que ahora veo todo más claramente y me parece increíble, no puedo esperar a conocer más —explicó Samael y de repente su estómago gruñó. Ambos se quedaron en silencio por algunos segundos hasta que él acabó riendo—. Es raro, ha estado haciendo eso toda la mañana.

—¡Pero si no has comido nada!

—No pasa nada, soy un ángel, no necesito comida para vivir —aseguró él con una sonrisa y al instante su estómago volvió a gruñir.

—Ven conmigo, busquemos algo de comer.

En la cocina, Samael se sentó a la mesa, contemplando cada detalle del lugar mientras Marianne revisaba el refrigerador. Tan sólo quedaban algunas salchichas y algo de leche. Con todo el alboroto del día anterior había olvidado que los domingos era el día que su madre surtía la despensa, y mientras ella estuviera en el hospital ya no había quien se encargara de esa tarea, excepto ella. De repente le encontró justificación al hecho de que su padre le hubiera otorgado una tarjeta de crédito. Él había previsto el tipo de responsabilidades que tendría ahora.

—Tenemos un problema. No hay comida —le comunicó ella con tono lúgubre, cerrando el refrigerador—. Tendremos que salir a comprarla.

—¿Saldremos? —preguntó Samael con expresión entusiasta.

—Andando, mientras menos tardemos, más pronto podremos comer.

Apenas salieron a la calle, Samael se cubrió los ojos por la intensidad del sol, a pesar de que hacía lo posible por mirarlo de frente.

—¡No mires directo al sol! Te lastimarás los ojos —le aconsejó ella, obligándolo a bajar la vista; él parpadeó con rapidez y apretó los ojos hasta recuperar la visión normal mientras trataba de seguirle el paso.

Durante todo el camino se la pasó distraído observando la acera, las casas, los autos y siguiendo con la mirada a las personas que pasaban junto a ellos. De igual manera él captaba de inmediato la atención de todos con su apariencia, como un espejismo andante.

En el supermercado, Samael continuó admirando todos los artículos que se encontraban y constantemente le preguntaba a Marianne qué era tal o cual cosa, comenzando a sacarla de quicio.

—¿Qué es esto? —preguntó una vez, tomando una caja de cereal y sacudiéndola con fuerza para hacerla sonar.

—Es cereal, todo está empaquetado para conservarlo por mucho tiempo, escoge el que más te llame la atención y lo llevamos —le explicó mientras empujaba un carrito de compras por los pasillos del supermercado, deteniéndose por momentos para seleccionar pan, leche y frutas. Samael se dispuso a revisar el anaquel de los cereales para escoger alguno, y de pronto escuchó una risa extraña detrás de él que lo obligó a voltear, viendo enfrente un carrito de compras con un bebé en la cesta. Éste alzaba las manitas y movía los piecitos en dirección hacia él, carcajeándose risueñamente.

El ángel se acercó con curiosidad y comenzó a picarle los cachetes como si le buscara alguna función. El bebé continuó riendo, provocando que él también esbozara una sonrisa y de inmediato volteó, buscando a Marianne. Ella se encontraba ahora un pasillo más adelante, en la sección de carnes frías, escogiendo paquetes de jamón, queso y hamburguesas para tener en la despensa. Como no solía hacer las compras, se le dificultaba mucho tomar decisiones con respecto a las marcas y los precios, aunque trataba de convencerse de que no debía preocuparse por ello mientras tuviera la tarjeta de su padre. En eso estaba cuando sintió que le tocaban el hombro.

—¡Mira, mira! —la llamó Samael, y al voltear hacia él lo vio cargando un bebé—. ¡Un humano pequeñito!

—¡¿Pero qué…?! —El bebé no dejó de reír mientras ella miraba alrededor, hecha un manojo de nervios—. ¡¿De dónde tomaste a ese bebé?!

Al mirar por detrás de él vio el carrito acomodado en el pasillo de los cereales y en el otro extremo a una mujer inclinada, revisando el aparador del fondo.

De inmediato le quitó al bebé de las manos y se dirigió aprisa al carrito, cuidándose de no tropezar y devolviéndolo en la cesta para apartarse rápidamente de ahí, justo en el momento en que el bebé comenzaba a llorar.

—¡¿Estás loco?! ¡No puedes andar tomando a los bebés de otras personas así como si nada! La próxima vez no te separes de mí, ¿de acuerdo? No necesitamos un cargo por secuestro.

—…Lo siento —respondió él sin comprender del todo qué había hecho mal.

Salieron del supermercado cargando varias bolsas y Marianne vio que cruzando había una tienda de ropa.

—Vayamos a un lugar más antes de volver a casa —dijo ella para que la siguiera hasta el establecimiento.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó él, observando con curiosidad los maniquís, tocándolos con cautela como si fueran a moverse.

—Consiguiéndote más ropa, no puedes andar con la de mi papá todo el tiempo, sólo puede ser algo eventual —respondió ella, revisando un perchero de camisas, sacando un par y entregándoselas—. Ve a los vestidores que están allá atrás y pruébate estos, tampoco vamos a llevar algo que no te quede bien.

Él siguió sus indicaciones y se dirigió hacia unos cubículos en la parte trasera de la sección, mientras ella continuaba revisando los percheros y escogiendo entre pantalones y suéteres que pudieran quedarle. En eso estaba cuando sintió unos toquecitos en el hombro.

—¿Te probaste las camisas?

—No sé de qué camisas hablas, pero me probaré todo lo que tú quieras.

Ella volteó de inmediato al escuchar la voz e hizo un gesto de fastidio al ver que se trataba de Mitchell.

—…Oh, eres tú —dijo ella sin entusiasmo.

—¿Y qué haces aquí? No pensé que usaras ropa de hombre, aunque admito que sería una vista sexy ahora que lo pienso —dijo Mitchell, mientras ella hacía una mueca de desagrado y miraba detrás de él por si Samael se aparecía—. Entonces… ¿cuándo salimos a esa cita que me debes?

—¡Yo no te debo nada!

—Lamento diferir, pero tú me miraste primero y abriste las puertas de mi corazón; no puedes hacer dejarlas así a menos que las cierres por dentro—dijo, moviendo las cejas con una sonrisa de desparpajo.

—…Por dios, no puedo creer el descaro total —gruñó ella, moviendo la cabeza y presionándose las sienes para evitar perder la poca paciencia que le quedaba.

—¿Está bien así? —interrumpió Samael tras regresar de los vestidores, con una de las camisas puestas. Mitchell de inmediato le lanzó una mirada recelosa.

—Me parece que se ve bien, ¿ya te probaste la otra? Si te queda, las llevamos.

—¡Ahora mismo lo haré! —repuso con una sonrisa y volviendo a los probadores bajo la mirada escrutadora de Mitchell.

—¿…Quién es el güerejo? ¿Por qué te habla con tanta confianza? —comenzó a interrogarla con severidad—. Dime que es familiar. Lo es, ¿verdad? Tiene que serlo, porque definitivamente no es de tu tipo. Lo que necesitas es a alguien como yo, guapo, simpático, interesante y que aún si vistiera de mujer no perdiera la masculinidad, ¿entiendes lo que digo? No es que lo vaya a hacer, claro, aunque si me lo pidieras podría pensármelo, no tengo problemas de identidad.

Marianne rechinó los dientes y empuñó las manos con exasperación. Era suficiente.

—¿…Pues sabes qué? Importa muy poco lo que sea, eso no cambiará el hecho de que NO estoy y nunca estaré disponible para ti —exclamó ella y Mitchell la miró con gesto compungido, llevándose las manos al pecho.

—…No me digas eso, nena, me rompes el corazón —expresó en tono melodramático.

—¿…Todo bien? —preguntó Samael al regresar, sosteniendo las dos camisas. Mitchell lo miró con desconfianza y lo observó de pies a cabeza como si lo evaluara.

—¿Cómo te llamas, amigo?

—¿Yo? Me llamo Sa…

—¡Samuel, su nombre es Samuel! —interfirió Marianne por impulso—. Ahora si nos disculpas, aún nos quedan cosas que hacer. Con permiso.

Tomó el brazo de Samael para tirar de él lo más lejos posible y en cuanto lo perdieron de vista, lo soltó y comenzó a refunfuñar.

—¡Pero qué molesto!

—¿…Qué fue eso? —preguntó Samael, confundido.

—Ése era Mitchell, el tipo que ha estado acosándome últimamente —explicó ella, tratando de recuperar la calma—. Con suerte dejará de hacerlo después de lo que le dije.

—¿Por qué dijiste que me llamo Samuel?

—Bueno, Samael no es precisamente un nombre común que se use por aquí —intentó explicar—. Así que pensé que tal vez podrías llamarte de una forma más… humana. Después de todo suena muy parecido a tu nombre.

—Si eso piensas, está bien, confío en ti —aceptó él sin mayor problema.

Al volver a casa y ya que nadie más había llegado, le pidió a Samael que llevara las bolsas a la cocina mientras ella subía a dejar la ropa nueva en el ático.

Durante el lapso en que él vaciaba las bolsas en la mesa, tocaron a la puerta. Permaneció unos segundos inmóvil, esperando a que Marianne contestara, pero volvió a escuchar el toque. Salió de la cocina y miró las escaleras.

—¿…Marianne? —la llamó, pero ella no respondió. La puerta continuó sonando, así que se acercó a la ventana del frente y apartó ligeramente la cortina para ver quién era.

Belgina se encontraba de pie frente a la puerta, esperando pacientemente a que le abrieran, y al ver por el rabillo del ojo que la cortina se movía, volteó hacia la ventana y alcanzó a ver una silueta antes de que volviera a cerrarse.

Samael permaneció pegado en el espacio entre la puerta y la ventana sin saber qué hacer, hasta que vio a Marianne descender por las escaleras.

—¿Qué tienes? —preguntó ella al notar su reacción.

—…Creo que me vio —murmuró él y Marianne se acercó a la ventana, descubriendo a Belgina con gesto confuso.

—¡Es Belgina! ¿Cómo permitiste que te viera? ¿Sabes lo que podría pensar? —masculló ella en el tono más quedo que le fue posible.

—…No sé, dijiste que de todas formas me presentarías con ellas, ¿no? —repuso él y ella tomó profundo aliento para mantenerse en calma.

—Vuelve a la cocina, yo me encargo de esto —le indicó con firmeza y él obedeció mientras ella abría la puerta, tratando de fingir sorpresa—. ¡Hola! ¿Qué haces aquí?

—…Lo siento si interrumpí algo —dijo la chica de lentes, mirando hacia el interior.

—No te preocupes, no interrumpes nada —aseguró Marianne, invitándola a pasar.

—Yo… quería hablarte sobre ayer. Pedirte disculpas por no haber aparecido cuando más lo necesitabas.

—Ah, lo dices por la reunión en la cafetería. No te preocupes por eso —le respondió ella, pendiente de que Samael no se asomara desde la cocina.

—Por eso y cuando estabas en problemas. Pude sentir una especie de llamado, creo… que estabas siendo atacada, y aún así no acudí —reveló Belgina con la mirada en el piso y frotando el cabestrillo de su brazo—… Me siento avergonzada por eso.

—Ya te dije que no tienes que preocuparte…

—Pero es que sí me preocupo —interrumpió de nuevo—. Y ése es el principal problema, que me preocupo demasiado. Hasta antes de todo este… asunto de ser Angel Warrior, mis únicas preocupaciones eran la escuela y la atención de mi madre. Luego fue no ser descubierta, y a pesar de que el peligro era latente, aún me parecía ajena la probabilidad de salir herida, hasta que pasó esto —señaló su brazo enyesado—. No sólo estaba ahora el sentirme imposibilitada para hacer algo… sino también el temor de que pudiera ocurrirme algo peor. Lo siento, sé que debo parecerte una cobarde, pero…

—No, es un miedo razonable, créeme que yo lo he tenido todo el tiempo.

—…Y sin embargo no has renunciado en ningún momento —afirmó Belgina, desviando la mirada con vergüenza—. ¿Lo ves? Soy una cobarde.

Marianne no supo qué decirle. Samael, mientras tanto, seguía en la cocina, dando vueltas a la mesa donde había vaciado el contenido de las bolsas de la despensa, tocando apenas con la punta del dedo los paquetes y las latas, y apenas llegó a las manzanas, una de ellas comenzó a rodar hasta caer de la mesa y siguió rotando hasta la puerta. Trató de recogerla torpemente, pero terminó resbalando y cayendo contra la puerta, con medio cuerpo fuera.

Marianne y Belgina voltearon ante el ruido y vieron a Samael en el suelo, sobresaliendo a través del resquicio de la puerta.

Él se incorporó rápidamente con la manzana en las manos y las miró sin saber qué decir mientras Marianne se quedaba igualmente muda.

—¿Quién es él?

—E-Él es… mi primo Samuel… Está de visita por unos días —respondió ella, haciéndole una seña a Samael para que se acercara a ellas.

—¿Primo? Pensé que aparte de Lucianne y tu familia no tenías más parientes.

—Bueno, no es que seamos primos de sangre… pero nuestros padres eran muy unidos y crecimos juntos —inventó ella.

Belgina no respondió, pero continuó mirándolos con escepticismo.

—…Tú debes ser Belgina, ¿no es así? —dijo Samael por fin.

—Sí, ¿cómo sabes mi nombre?

—Marianne habla todo el tiempo de ustedes —respondió él con una sonrisa y Belgina únicamente asintió, quedándose los tres en silencio por unos segundos.

—Ehm… estábamos a punto de comer, ¿nos acompañas? —la invitó Marianne.

—No quisiera ser una molestia.

—¡Para nada! Ven, sólo no te asustes de ver la cocina atestada, acabamos de comprar la despensa.

Belgina los siguió hasta la cocina donde, después de despejar la mesa, se sentaron y Marianne preparó hamburguesas para los tres.

—¿Por qué no hay nadie más en casa? —preguntó Belgina al ver que sólo eran ellos.

—…Están en el hospital. Ocurrió algo ayer —respondió ella mientras Samael le daba vueltas a la hamburguesa sin saber qué hacer con ella.

—¿Pero qué fue lo que pasó? ¿Fue por… el llamado? —dijo Belgina, cuidando de no revelar nada frente a él.

—…Sí, algo así —aceptó Marianne y con una mirada le indicaba a Samael que siguiera su ejemplo mientras tomaba la hamburguesa y le daba una mordida, cosa que él imitó, y apenas sintió su sabor, comenzó a comer más aprisa—. ¡Hey, hey, tranquilo! Nadie te la va a quitar.

—¿Puedo comer otra? —pidió tras devorar la hamburguesa en un santiamén.

—Puedes tomar la mía si quieres, no tengo hambre de todas formas —terció Belgina, empujando su plato hacia él.

—¿En serio? ¡Gracias! —exclamó él, tomando la hamburguesa y procediendo a devorarla.

—…Pareces un niño —declaró Marianne con desaprobación y volviendo su atención hacia Belgina—. Como iba diciendo… es a mi mamá a quien internaron. Estará ahí mientras no descubran qué tiene.

—¿Pero por qué? ¿Tuvo algo que ver… lo de ayer? —volvió a preguntar Belgina con cautela y ella asintió; aquello provocó que su rostro se encogiera con remordimiento—. De verdad lo lamento mucho.

—Supongo que las cosas pasan por algo —concluyó Marianne, tratando de no hacerla sentir mal, y en ese instante Samael se levantó de golpe, dejando lo que quedaba de la hamburguesa en el plato y manteniéndose inmóvil como si estuviera escuchando un sonido lejano—… ¿Qué ocurre?

De pronto se lanzó sobre ella a la vez que empujó el asiento de Belgina de una patada, justo en el momento en que algo cortaba la mesa desde el sitio donde Marianne estaba sentada.

—¡¿Creíste que no volvería por ti, Angel Warrior?! —vociferó Umber, apareciéndose donde ahora estaba la mesa partida a la mitad y recorriendo con ojos de desquiciado la estancia hasta detenerse en Marianne—. ¡Ja, sí, tú! ¡No creas que no sé quién eres! ¡Muéstrate ante mí! ¡Ya no tienes nada qué ocultar!

Ella hizo una mueca de rabia y con firmeza apartó a Samael para incorporarse mientras la armadura la cubría de forma instantánea ante la risa histérica de Umber, satisfecho de saber que estaba en lo cierto.

—Sí, ahí estás, lo sabía.

—¿Ahora qué? ¿Piensas matarme? —preguntó ella, con la mano flexionada para aparecer su espada en cualquier momento.

El demonio lanzó una carcajada con los ojos abiertos como platos.

—Eventualmente llegaremos a esa parte, pero primero… ¡te haré pagar con creces esto que me hiciste! —le advirtió, mostrando el muñón cauterizado que era su brazo derecho, mientras el otro se alargaba en una filosa cuchilla.

Marianne inhaló una fuerte bocanada de aire, tratando de prepararse para lo que vendría, cuando para su sorpresa, Samael se colocó delante de ella.

—¿…Qué haces?

—¿Qué parece? Te protejo —declaró él, manteniéndose firme.

—¡Me da igual con quienes tenga que acabar mientras estés incluida! —exclamó el demonio, alzando el brazo de cuchilla, pero justo antes de que pudiera hacer algo, una ráfaga lo golpeó de costado, aventándolo contra la estufa y haciéndole una abolladura.

—¡No! ¡Primero la mesa y ahora la estufa! —se lamentó Marianne.

—…Lo siento, no me siento muy equilibrada con el brazo así —se disculpó Belgina también con la armadura.

—Olvídalo, no importa ahora.

La espada surgió de su mano y se dirigió hacia Umber, que estaba prácticamente estampado en la estufa. Blandió la hoja en alto con la firme intención de acabar con aquel demonio, pero justo cuando se acercaba, sintió una densa energía por encima de ella y alzó la vista. Una especie de agujero negro se empezaba a formar en una esquina del techo, del cual asomaron un par de ojos rojos.

—¿Pero qué…?

En ese instante Umber se incorporó de un salto, con el brazo de guillotina en guardia, alcanzando a asestarle un corte por debajo de las costillas. Ella retrocedió llevándose la mano a esa zona, notando que empezaba a sangrar. Miró hacia arriba y el agujero había desaparecido.

—¡…Marianne! —exclamó Samael al ver que había sido herida, y al darse cuenta de que Umber arremetía nuevamente contra ella, se interpuso, cruzando los brazos por delante de él. La cuchilla chocó contra una barrera invisible que se había formado entre los dos y el espectro lo observó sorprendido al igual que Belgina.

—¡¿Quién rayos eres?! ¡¿También un Angel Warrior?!

A Samael pareció desconcertarle aquella pregunta. Algo dentro de él parecía aceptar aquella idea a pesar de que le pareciera algo descabellado. Una chispa se encendió en su mente, por más que intentaba contenerla, pues había sido una presencia en el interior de alguien más hasta hacía poco, pero aquella chispa que se había encendido de repente se convirtió en una llamarada que inundó su forma física. Algo muy superior a él mismo trataba de comunicarle que así estaba contemplado desde el inicio. Así debía ser.

—…Samael —susurró Marianne y él volteó momentáneamente hacia ella, notando su rostro atónito—. Tus brazos.

Bajó la mirada y notó que sus brazos comenzaban a recubrirse de aquel material flexible que formaba la armadura e iba extendiéndose por su cuerpo.

Alzó el rostro de nuevo, con la respiración agitada, como si una parte de él aún no pudiera concebirlo, así que cerró los ojos para enfocar su concentración al máximo y cuando los abrió, su transformación ya se había completado.

No tenía tiempo para sorprenderse, con un movimiento rápido descruzó los brazos, desapareciendo la barrera e impulsando su cuerpo contra Umber, embistiéndolo con fuerza hasta sacarle el aire y precipitándolo contra el piso.

—¡Hazlo ahora! ¡Justo en el pecho! —la exhortó él, deteniéndolo con todo su peso por más ligero que pareciera. Ella blandió entonces la espada con fuerza y la enterró en el pecho de Umber, retorciéndola con especial fiereza. El rostro de él se deformó en un rictus de dolor. Un bramido ensordecedor fue su último aliento.

Ella se apartó, dejando la espada enterrada en su cuerpo y vieron que empezaba a deshacerse en un material corrosivo, por lo que Samael retrocedió unos pasos y se colocó junto a Marianne. Belgina se les unió y los tres contemplaron cómo su cuerpo iba desintegrándose y evaporándose en el suelo.

—¿Y los dones? —preguntó Belgina y Marianne reaccionó ante eso.

—¡…Los dones!¡¿Qué pasará con ellos?! —exclamó ella con ansiedad, y mientras el cuerpo se desintegraba, de repente salieron expulsados de él tres contenedores.

—Esos son…—susurró Belgina. Marianne sonrió al darse cuenta de que eran los dones, sólo tenía que dar unos pasos y cogerlos, pero un pequeño agujero negro se abrió, saliendo una mano de él y tomando los contenedores, cerrándose de un segundo a otro y dejando al trío desconcertado.

—¿Qué fue eso? Los dones…—enunció Marianne confundida.

—¿Habrá sido… otro demonio el que los tomó? —sugirió Belgina y los tres permanecieron en silencio por unos segundos, viendo el cuerpo de Umber desintegrarse por completo, dejando una mancha negra en el piso. Intentaron recobrar la calma y Samael se acercó a revisar la herida de Marianne.

—Te curaré —dijo, colocando las manos sobre aquella herida mientras Belgina observaba sorprendida cómo ésta cerraba hasta dejar una imperceptible marca.

—No sólo eres un Angel Warrior…¿también puedes curar?¿Cómo sabes tanto? —preguntó ella y Samael volteó hacia Marianne en busca de ayuda.

—Bueno… hay algo más que quizá debas saber sobre él —comenzó a decir, generando una reacción de alarma de parte de Samael al suponer que revelaría su origen—… Él fue quien me dijo quién era yo… en Palmenia… antes de venir a esta ciudad. Por eso es que parezco saber tanto… él es el Angel Warrior original.

—¿Entonces él es quien en realidad sabe todo sobre nosotros? —preguntó Belgina y él pasó la mirada de una a la otra sin saber qué responder.

—¡Tu brazo! —interrumpió Marianne como si le llegara la iluminación—. ¡Puedes curar el brazo de Belgina, ¿verdad?!

—Ah… pues puedo intentarlo —accedió él, acercándose con prudencia a Belgina, colocando las manos sobre la escayola mientras ella observaba con cautela. En cuestión de segundos su mano comenzó a brillar y este resplandor envolvió la escayola. El gesto de Belgina fue cambiando de desconfianza a incredulidad al sentir una ola de calor que invadía su brazo—. Creo que ya está.

Marianne se acercó al cajón de los utensilios y sacó un cuchillo carnicero. Belgina la miró aterrorizada por un momento, pero luego levantó ligeramente el brazo, permitiendo que cortara la escayola, y tras unos minutos tenía el brazo libre, descubriendo con sorpresa que podía moverlo con total libertad sin sentir dolor.

—…Increíble. Es como si mi brazo no hubiera estado roto.

—Me da gusto que haya funcionado —dijo Samael con alivio.

Marianne observó a su alrededor y cayó en cuenta de que la cocina estaba hecha un desastre. Irónicamente fue eso lo que la hizo sentir más pánico que el ataque reciente. No tenía idea de qué podría inventar ahora para salir de ese problema.

—Puedo llamar a mi mamá y su asistente conseguirá una mesa y una estufa exactamente iguales a las que tenías —ofreció Belgina, sacando su celular—. Prometo que tu familia no lo notará.

Marianne asintió agradecida mientras Samael trataba de despejar la cocina y la mirada de ella se detuvo en la mancha en el piso. Tal vez serían capaces de reemplazar la mesa y la estufa, pero aquella marca parecida a una quemadura quedaría ahí de forma permanente, tal y como la del ático.

Ahora eran dos las manchas que le recordaban el peligro que les acechaba cada vez más cercano. Y luego estaban esos ojos rojos observándola desde el agujero. Los ojos rojos que al parecer habían tomado los dones y que se cernían sobre ellos como una nueva amenaza a partir de ese momento.


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