CAPÍTULO 13

13. EN EL CALABOZO

A las dos de la mañana, Arkelance era prácticamente una ciudad dormida y solamente una patrulla recorría las calles, vigilante. Hacia el sur se encontraba la zona marítima destinada principalmente para el desembarque de importaciones y en la que pernoctaba un buque mercante en la zona de atraque.

Lo único que iluminaba la embarcación era la luz de la luna que proyectaba sombras sobre cubierta cada vez que ésta se mecía con el oleaje. Una silueta surgió de pronto de entre esas sombras, desplazándose con rapidez por la borda hasta saltar a tierra firme y terminar de perderse en la oscuridad de la noche.

A esa misma hora, Lucianne yacía recostada en su cama, con la vista fija en el techo y una llave que iba pasándose entre los dedos. No había pegado el ojo, esperando pacientemente a llevar a cabo su plan. Aunque el sueño la invadía, no podía permitirse el dormir; no mientras aquella preocupación continuara oprimiéndole.

Entonces escuchó que se abría la puerta del frente, el tintineo de unas llaves, y unos pasos que subían pesadamente las escaleras, disminuyendo conforme se alejaban al fondo del pasillo. De inmediato se incorporó y abrió su puerta para asomarse, alcanzando a ver que la habitación de su padre se cerraba por dentro. Empuñó las llaves y salió de su cuarto, atravesando el pasillo con sigilo hasta llegar a ese punto. Posó el oído en la puerta y escuchó movimiento al interior, como si arrastraran objetos pesados en el piso. Por un instante dudó si debía hacerlo o no, pero después de escuchar el día anterior sobre el efecto de la pérdida de los dones en las personas y a la luz del reciente comportamiento de su padre, no podía quedarse sin hacer nada. Respiró profundamente para tomar valor y finalmente le echó llave al cerrojo.

Se produjo un silencio momentáneo, como si el tiempo se hubiera detenido. Mantuvo la mano pegada al cerrojo, preguntándose si su padre habría escuchado el chasquido de la cerradura, y en los siguientes segundos unas pisadas se acercaron a la puerta, seguidas del sonido del picaporte siendo forzado.

—…Lucianne, si eres tú, ábreme ahora mismo.

Ella se mantuvo inmóvil, conteniendo el aliento, pero en cuanto la puerta comenzó a sacudirse, se apartó de un salto y vio el marco temblar tras cada golpe. Temió que ésta cediera bajo su fuerza, pero desde que su padre había ascendido a comandante años atrás decidió instalar en cada habitación de la casa un tipo de puerta de seguridad que parecía de madera por fuera, pero rellena de un material de gran dureza y solidez con marco reforzado, lo que la hacía resistente a todo intento de derribarla.

—¡Ábreme!

—¡Lo siento, papá! ¡Es por tu bien! ¡Me lo agradecerás más adelante! —afirmó ella, retrocediendo sin quitar la vista de la puerta, que continuó sacudiéndose en sus goznes aún después de que ella se metió a su habitación y se tendió nuevamente en su cama. Se colocó los audífonos y apretó con fuerza una almohada en torno a sus oídos, cerrando los ojos para no saber nada más, sólo escuchar la música e ignorar todo.

—Marianne…. Marianne… Marianne —repetía Samael, despertándola nuevamente en plena madrugada por segundo día consecutivo. Ella se frotó los ojos y lo encontró de rodillas frente a su cama, por lo que le lanzó una mirada de enfado.

—¿Qué pasa ahora? Te dejé suficiente comida por si te daba hambre.

—No es eso. Es que siento algo extraño en los ojos, no sé qué sea —le dijo con voz algo debilitada y Marianne enfocó la vista hacia él, notando que sus ojos estaban algo enrojecidos y que parpadeaba con frecuencia—. Me están ardiendo y por más que intento mantenerlos abiertos, no dejan de cerrarse.

—¿…Ya dormiste?

—¿Dormir? Los ángeles no dormimos —aseguró él, sacudiendo la cabeza y luchando por mantener los ojos abiertos.

—¿O sea que llevas dos días sin dormir nada? ¡No juegues! Lo que tienes es sueño. Tú mismo dijiste que debías adaptarte a tu nueva forma humana, pues dormir es una de las necesidades esenciales que tenemos —explicó ella, levantándose y restregándose la cara.

—Pero… ¿cómo hago para dormir? —preguntó él, con expresión vulnerable.

—Sólo cierra los ojos y deja de pensar, cuando vuelvas a abrirlos te sentirás mejor.

—De acuerdo —aceptó Samael, cerrando los ojos y quedándose estático por unos segundos mientras Marianne lo observaba, preguntándose si pretendía seguir su consejo ahí mismo, pero antes de que pudiera decir algo, él simplemente se desplomó en el piso, profundamente dormido.

—…Ay, debes estar bromeando —enunció ella en una exhalación, dándole la vuelta para poder acercarse a su armario, del cual sacó una almohada extra y una cobija para tratar de acomodarlo y arroparlo de la mejor forma posible. Luego se sentó en la cama y buscó su alarma para ver la hora; apenas pasaban de las dos de la mañana.

Dio otro suspiro y se recostó, manteniendo los ojos cerrados por largo rato, pero sintiendo que no lograba conciliar el sueño. Pasaron a su parecer varios minutos, escuchó algunos ruidos en la planta baja y luego el pitido de su alarma, lo cual supuso era su imaginación, pues aún faltaban varias horas para que sonara. Seguidamente oyó unos golpes lejanos y una voz incomprensible que poco a poco comenzó a aclararse.

—¿…Estás escuchando? ¡Se hace tarde! ¡¿Acaso no me oyes?!

Escuchó el ruido del picaporte y ella entreabrió los ojos justo cuando la puerta comenzaba a abrirse. Aquello la despertó de golpe como invadida por una corriente eléctrica y miró de reojo al piso, donde Samael continuaba durmiendo. Al levantar nuevamente la mirada, Loui ya iba entrando a la habitación, y en lo que le pareció una fracción de segundo, se levantó de un salto e hizo a un lado su cobertor y todas las mantas que tenía encima de la cama, las cuales cayeron en pila sobre Samael hasta cubrirlo por completo.

—¿…Qué fue eso? —preguntó Loui, deteniéndose con gesto de sospecha.

—¿Qué fue qué? —repitió ella, colocándose delante de la pila de mantas.

—…Hay alguien ahí, lo vi —aseguró el niño, señalando hacia aquel montón.

—Debiste imaginarlo —respondió ella con gesto inexpresivo y ambos sostuvieron una guerra de miradas por varios segundos hasta que Loui retrocedió un paso y giró el rostro hacia afuera, manteniéndose entre la puerta y el marco para evitar que la cerrara.

—¡Papá, ven aquí! ¡Marianne esconde a alguien en su cuarto!

Ella inmediatamente dio una ligera patada a la pila y cuando escuchó las pisadas de su padre aproximándose, pateó con más insistencia.

—¿Qué ocurre? —preguntó él, entrando a la habitación.

—…Nada, simplemente me quedé dormida.

—¡Hay alguien ahí, bajo todas esas mantas! ¡Yo lo vi, lo está escondiendo!

—Lo imaginó —reiteró ella, manteniendo su postura, aunque por dentro estaba a punto de un colapso.

Su padre la observó, pasando la mirada hacia la pila de mantas hasta que finalmente se acercó y comenzó a levantar las cobijas, colocándolas de vuelta en la cama. Conforme la pila disminuía, la inquietud de ella iba en aumento, pensando que apenas retirara la última manta encontraría a Samael en el piso y ella no sabría cómo explicarlo.

Finalmente llegó a la última capa; ahí estaba la cobija que le había colocado encima horas antes, y en cuanto su padre la tomó ya se estaba preparando para lo peor, pero ahí no había nada más que la almohada, la cual recogió como el resto de las mantas y la colocó de igual forma sobre la cama.

—Listo, cuando regreses de clases puedes ordenar la cama, pero ahora alístate o llegarás tarde —sugirió él mientras Loui examinaba aquel punto con decepción, revisando también por debajo de la cama.

—¡Te juro que aquí había alguien, papá! —insistió el chiquillo mientras su padre lo acompañaba a la puerta.

—Anda, ve por tus cosas, los llevaré a la escuela en 5 minutos —le ordenó con aquella actitud cálida y apacible, cerrando la puerta tras de sí.

Marianne se mantuvo estática, sintiendo que de nueva cuenta se había salvado por un pelo. Sin darse el tiempo para relajarse, comenzó a buscar a Samael con la mirada por todo el cuarto, suponiendo que se había hecho invisible. Se inclinó para revisar por debajo de la cama, pero a simple vista era un espacio vacío. Decidió pasar la mano hasta tocar algo sólido, tras lo cual Samael se hizo visible frente a ella.

—Menos mal, casi te descubren —dijo ella con alivio.

—No tenías que golpearme —replicó él, llevándose una mano a las costillas mientras con la otra se arrastraba para salir de ahí.

—Quizá si no te hubieras quedado aquí dormido no habría tenido la necesidad de despertarte como fuera. Para eso tienes el desván, ¿sabes?

—Tenías razón, los ojos ya no me arden. Me siento mucho mejor —afirmó él con aspecto más fresco y relajado.

Al menos después de eso ya parecía consciente de que nadie debía verlo mientras estuviera en casa, y con su madre en el hospital y su padre no muy dado a las investigaciones, del único de quien debían cuidarse era de Loui, pues ahora que tenía metida en la cabeza la idea de que había visto a alguien no descansaría hasta conseguir pruebas. Tendrían que extremar precauciones con él.

El llamado de su padre la instó a ponerse el uniforme y alistarse en tiempo récord. Le concedía un punto por estar disponible para llevarlos a la escuela, aunque nunca llegara a ser un padre estricto. De hecho, no recordaba una sola ocasión en que los hubiera regañado o siquiera hablado fuerte. Mantenía siempre la misma actitud afable y mesurada, aún cuando su madre, impulsiva y temperamental como era, tuviera arranques explosivos de la nada. Como el “día de la gran fogata”, en que decidió quemar en el jardín los retratos que había pintado. Mientras ella lanzaba papeles y lo que tuviera a mano para alimentar el fuego, su padre permanecía de pie frente a su auto en silencio, con semblante serio, pero sin un atisbo de ira en él, más bien con una especie de melancolía conformista, como si aceptara la situación con docilidad.

—¿Ya están listos? —preguntó él, esperándolos en el auto. Marianne se subió al asiento delantero sin decir nada y mantuvo la vista fija en el camino a través de su ventanilla. Dejaron primero a Loui en su escuela para luego dirigirse hacia la de ella—. ¿…Has abierto mi maleta? —Aquella pregunta la tomó por sorpresa, al grado de no saber qué responder—. Sólo pregunto porque me parece que desaparecieron algunas cosas, aunque no estoy seguro de qué.

—…Si no estás seguro, entonces debes haberlas dejado por ahí sin darte cuenta. Ya reaparecerán —respondió ella, tratando de no mostrar alguna expresión que la delatara.

—Sí, tienes razón. A veces soy tan descuidado —aceptó él, restándole importancia al asunto con una sonrisa, lo cual le devolvió la calma, aunque sabía que ahora debía encontrar el momento adecuado para devolver su ropa de manera casual.

Miró nuevamente por la ventana y al pasar a espaldas de la escuela vio a Demian caminando en la acera. Tal como ella también llegaba tarde. Él alzó la vista y alcanzó a atisbarla. Marianne no supo si saludarlo o no, pues no estaba segura de qué forma definir su trato con él últimamente, si podían considerarse amigos o qué. Pero aquellos breves segundos no le bastaron para decidirse pues el auto dio la vuelta y lo perdió de vista.

Demian sólo se detuvo ahí, observando el auto alejarse. Acto seguido continuó su camino, pasando frente a la cafetería aún cerrada y paseando la mirada por la fachada como se había habituado los últimos días, cuando un ruido lo obligó a detenerse y voltear hacia el estrecho pasadizo a un lado del establecimiento. Sabía que ahí se encontraba el depósito de basura, así que no se le hizo difícil pensar que podía tratarse de gatos peleándose, pero un quejido claramente humano lo hizo retroceder sobre sus pasos y echar un vistazo al interior del pasaje. Su longitud ocupaba todo el largo de la cafetería, a la mitad se encontraba una puerta de acceso y a un costado estaba el depósito de basura. Éste le bloqueaba la vista hacia el resto del pasadizo, pero eso no le impidió distinguir un par de pies que se encogían hasta quedar ocultos detrás del depósito. Su reloj indicaba las ocho y cinco, así que tarde ya se le había hecho, y pensó que unos minutos más no harían gran diferencia. Miró antes a los lados por si pasaba alguien, pero la calle estaba inusualmente solitaria. Finalmente exhaló una bocanada de aire frío y se introdujo en el estrecho pasaje.

—¿Quieres que venga por ti saliendo de clases? —preguntó Noah tras dejarla a las puertas de la escuela—. Podemos ir los tres por helado y llevar de contrabando al hospital.

—Tengo que hacer otras cosas, pero ustedes háganlo, seguro mamá lo agradecerá.

—Oh, bueno. Guardaremos un poco para ti entonces —dijo él con tono algo decepcionado, pero sin dejar de mostrar aquella sonrisa de que todo estaba bien.

Sin perder más tiempo, ella entró a la escuela, pensando que no alcanzaría a llegar, pero afortunadamente el profesor tampoco se había asomado.

Al dirigirse a su asiento pasó junto a alguien que traía la nariz enyesada. La miró sin reconocerla al principio, hasta que ésta frunció el ceño y entornó los ojos, obligándola a desviar la vista, aunque no pudo contener una expresión de sorpresa cómica. Kristania nunca había lucido mejor, en su opinión.

—Así es. Es un día maravilloso, ¿no crees? —declaró Lilith con una gran sonrisa de oreja a oreja, claramente disfrutando de su situación.

—No es correcto regodearse en la desgracia ajena —replicó Marianne, aunque intentaba reprimir una sonrisa.

—Oh, yo sé que lo estás disfrutando tanto o más que yo —aseguró ella, alzando las cejas y manteniendo aquella sonrisa de satisfacción. Marianne únicamente meneó la cabeza con la esperanza de no soltar una risa y darle la razón.

—Marianne… ¿puedo preguntarte algo? —Angie se acercó, sentándose en el escritorio a su izquierda con actitud reservada, como si no quisiera que nadie más la escuchara.

—Claro, dime.

Angie vigiló a su alrededor con secretismo, pensando qué decir. Finalmente se inclinó hacia ella y habló en voz baja.

—¿Samuel es… algo tuyo?

—¿A qué te refieres exactamente?

—Bueno… a que si él y tú…

—¡No, claro que no! —respondió con prontitud sin medir el volumen de su voz. Cuando se dio cuenta, Lilith ya se había girado sobre su silla y las observaba.

—Oh… es que parecen muy unidos.

—Bueno, es que somos amigos de la infancia —explicó ella, aunque su mente no evitaba agregarle un “y además es mi ángel guardián”. Angie tan sólo asintió con expresión reflexiva.

—Es algo peculiar, ¿no? Parece fuera de este mundo.

—Sí, bueno, dejémoslo en peculiar.

La peliframbuesa movió la cabeza afirmativamente con la mirada perdida, sin notar siquiera que tanto Marianne como Lilith la observaban con las cejas arqueadas con suspicacia.

—¿No ha llegado Belgina? —preguntó Marianne para cambiar de conversación.

—Sí, pero fue al lavabo hace rato.

Cada área del instituto tenía sus propios baños y los suyos quedaban justo al fondo del último corredor. Marianne se dirigió ahí para ver por qué tardaba tanto, y apenas dio la vuelta por el pasillo, vio a Belgina prácticamente adherida a la pared mientras Mitchell se apoyaba con un brazo a un lado de ella en actitud galante. Su sonrisita pícara parecía un tatuaje permanente en su rostro.

—Así que conoces a mi hermana desde hace años, qué coincidencia. Y nunca nos presentó. Pero bueno, ya le reclamaré luego. ¿Por qué no me cuentas más de ti?

—¡No la molestes, pervertido! —Marianne interrumpió, colocándose delante de Belgina.

—¿Molestándola? Solamente intento conocerla. ¿No puede un chico hablarle a una chica hoy en día sin que piensen que la están acosando?

—Tu postura dice otra cosa —añadió Marianne, señalando su brazo afianzado a la pared y su cuerpo inclinado al frente.

—Así me paro, que yo sepa no está prohibido —reviró él, acentuando más su pose y arqueando una ceja—. ¿No será que estás celosa?

—¡Brincos dieras! —replicó ella, indignada ante la sola insinuación mientras Belgina ya no sabía dónde esconder la cara, hasta que Marianne la tomó del brazo y tiró de ella—. Vamos, debemos regresar a clases.

—Adiós, nena, nos vemos después —se despidió Mitchell, guiñándole un ojo, causando que Belgina se sonrojara y desviara la vista hacia el frente. Marianne le lanzó una mirada de reproche.

—¿Recuerdas lo que hablamos ayer? —preguntó Marianne y ella comenzó a balbucear.

—¿Que… tuviera cuidado con… él?

—Exacto, debiste huir apenas lo viste aproximarse.

—…Lo siento, mi mente se quedó en blanco —se justificó Belgina, bajando la mirada con la esperanza de que dejara de hablar de eso.

—¿Qué tienes en la mano?

Belgina pareció apenas darse cuenta de que tenía la mano cerrada en un puño y al abrirla, mostró un par de pequeños aretes de piedra como los que usaba Mitchell. Marianne le dedicó una mirada de amonestación, lo cual la hizo avergonzarse aún más.

—Se los llevaré de vuelta —decidió ella. Belgina sólo asintió y le dejó las piezas en la palma. Ella regresó al pasillo de tercer año, pero él ya no se encontraba ahí, así que no tuvo más remedio que llegar hasta el salón del fondo y asomarse en la puerta. Ahí estaban los de tercero, platicando para matar el tiempo mientras su maestro aparecía. Mitchell la distinguió desde el otro extremo y se acercó a la puerta con actitud fresca.

—¿Vienes a disculparte y decirme que sin mí no puedes vivir y que te de otra oportunidad? Pues lo siento, chiquita, porque este barco ya zarpó.

—¡Ni loca! ¡Toma! —dijo ella, depositando los zarcillos en sus manos.

—¿Por qué me los devuelves? Yo se los di a Belgina.

—A ella no la compras con regalos, ¿de acuerdo? ¡Y déjala en paz! —Se dio media vuelta para marcharse de ahí no sin antes echar un último vistazo al salón de clases.

Se le hizo raro no ver a Demian ya que estaba prácticamente a unos pasos de la escuela. Estuvo tentada de preguntarle a Mitchell, pero de inmediato descartó la idea y decidió que no tenía motivos para pensar en ello y regresó por su camino.

De pie frente a la sólida puerta reforzada que aprisionaba al comandante Fillian, Lucianne permanecía inmóvil con una bandeja entre las manos. En ella llevaba un plato con un omelette, tostadas y un vaso con jugo de naranja. El desayuno de su padre. O al menos su intención era que lo fuera. Realmente no tenía idea de lo que pasaría al abrir la puerta, y menos al entrar. En su mente abrigaba la esperanza de que su padre la recibiría arrepentido o que al menos le permitiría pasar, pero la parte racional de ella le decía que eso era imposible, que lo menos que podría esperarse era que la empujara con todo y comida y saliera de ahí como tren bala, y eso era algo que no podía permitir. Así que mientras estaba ahí parada, pensando de qué forma hacerle llegar el desayuno antes de que se enfriara por completo, trataba de distinguir algún sonido al interior, algo que le indicara si estaba o no despierto, pero no lograba escuchar nada. Si tan sólo pudiera entrar rápidamente, dejar la bandeja y salir en cuestión de segundos. Pero no podía arriesgarse, no si le era imposible actuar con tal rapidez.

Recorrió la vista por el marco de la puerta, deseando tener velocidad supersónica o algún súper poder. Y entonces cayó en cuenta. Era una Angel Warrior. Tal vez no tenía súper velocidad, pero sí que tenía un poder especial. Rápidamente se inclinó frente a la puerta y asentó la bandeja en el suelo mientras hacía cálculos mentales con respecto a su tamaño y densidad. Finalmente, tras unos minutos de estar examinándola, cerró la mano derecha, dejando únicamente el índice extendido, y aspiró con fuerza. Entornó los ojos, fijos en las tablas de abajo y una centella de luz salió de la punta del dedo, atravesando el material con facilidad, como si fuera un rayo láser. Mantuvo el rayo fijo mientras recorría la parte baja de la puerta, seccionándola hasta dejar una pequeña abertura por donde podía fácilmente pasar la bandeja e incluso se había ocupado de hacer un orificio por el que pudiera entrar también el vaso. Ni siquiera tendría que preocuparse porque su padre intentara salir por ahí, ya que le resultaría imposible con su tamaño.

En cuanto vio su labor concluida, acercó la bandeja y comenzó a introducirla con cuidado a través de la brecha que había abierto, alerta por si escuchaba algún ruido, y cuando ésta ya se hallaba casi completa en el interior, sintió de pronto cómo se la arrebataban de las manos. Todo ocurrió tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar, casi se escuchó a sí misma gritar en su mente que se apartara pronto de ahí, pero apenas comenzaba a retirar los brazos, una mano la detuvo firmemente de la muñeca derecha.

—A-BRE-ME —retumbó la voz de su padre. La puerta vibró, no sabía si por el forcejeo o por la poderosa resonancia que tenía el sonido de su voz, pero aquello la hizo entrar en pánico. Y lo que más pavor le causaba no era la posibilidad de que le hiciera daño, sino el tener la certeza de que lo haría en esas condiciones—. ¡Abre la puerta ahora mismo!

Lucianne tiró desesperada del brazo, intentando soltarse, pero la mano de su padre se cerraba con más fuerza en torno a su muñeca.

—¡Papá, me estás lastimando! —exclamó con la esperanza de que al escuchar el temblor en su voz se diera cuenta del daño que le estaba haciendo y se detuviera, pero eso no pareció surtir efecto alguno, estaba completamente fuera de sí.

Con el brazo libre se detuvo de la puerta y empujó el cuerpo hacia atrás, sintiendo que los músculos de su brazo se desgarraban y no pudo evitar que se le escapara un grito. De repente sintió un cosquilleo en los dedos, algo muy parecido a la sensación que tenía cada que estaba por arrojar alguno de esos rayos. Hizo un esfuerzo mayúsculo para soltarse antes de que ocurriera algo, pero sintió una picazón en la punta de los dedos seguida del grito de su padre, liberándola al instante. Ella se fue de espaldas, quedándose en el suelo jadeando extenuada. Se llevó la mano hacia el rostro y vio que las puntas de sus dedos estaban enrojecidas, pero comenzaban a recuperar su color original. De fondo podía escuchar los quejidos de su padre.

—¡¿Qué me hiciste?! ¡Tengo un agujero en la mano, ¿qué hiciste?!

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! —exclamó Lucianne agobiada, preguntándose qué hacer cuando escuchó unos golpes en la puerta principal. Entró a la habitación que daba a la parte frontal de la casa y se asomó por la ventana. Aparcada frente al jardín estaba una patrulla de policía, y más abajo estaba el oficial Perry dando vueltas por delante del pórtico. Antes de que alzara la vista y la viera, se apartó de la ventana y cerró las cortinas.

Debía pensar rápido, pues si no obtenía respuesta, era capaz de entrar por la fuerza, sospechando que algo había ocurrido. Y aún podían escucharse los lamentos de su padre, no podía arriesgarse a que lo descubriera.

Aspiró profundamente para recuperar la compostura. Acto seguido, fue corriendo al baño y tras abrir el espejo del lavabo, sacó vendas, alcohol y lo que pudiera ser de utilidad. Apenas salió del baño, se inclinó nuevamente frente a la habitación de su padre y deslizó todo lo que había tomado por la abertura, tras lo cual se precipitó hacia su cuarto, tomando con rapidez un suéter y su bolsa, sin molestarse siquiera en ver si combinaba o no con lo que llevaba puesto.

El oficial Perry esperaba impaciente en el pórtico, con la mano muy cerca del porta armas y los dedos tamborileando sobre éste con inquietud. Llevaba días preocupado por no tener noticias de su jefe, pero sobre todo preocupado por Lucianne.

Siempre que estaba en la ciudad recurría a él para que la llevara a cualquier lado, y él aceptaba con todo gusto, no le molestaba ser su chofer con tal de estar cerca de ella. La conoció cuando apenas era un cadete que seguía al comandante Fillian a todos lados como su aprendiz y él le había encomendado que fuera prácticamente su sombra, y en eso se había vuelto, tan sólo tenía que decir una palabra y él dejaba lo que estuviera haciendo para ir por ella. Si algo le ocurría no sabía de qué era capaz. En ese instante la puerta se abrió y él se puso en estado alerta, pero al ver que era Lucianne, se tranquilizó.

—¡Señorita Lucianne, por fin la veo!

Ella rápidamente cerró la puerta, sin darle oportunidad de entrar.

—Justamente iba saliendo, ¿podrías llevarme?

—Sí, claro, pero… ¿está su padre en casa? Estamos preocupados por él en la jefatura, ni siquiera hemos recibido alguna llamada de su parte, ¿sigue enfermo?

—¡Sí! Tiene un caso extremo de varicela, ya sabes lo que dicen cuando un adulto la contrae. Yo la tuve de niña, así que no tengo riesgo de contagio.

No era cierto, pero él no tenía por qué saberlo.

—¿En serio? Qué extraño, ¿cómo pudo haberse contagiado?

—Lo mismo me pregunto, pero en fin, no estará disponible por las siguientes 2 semanas. Pueden darle la licencia médica, ¿verdad?

—Claro. ¿Necesita ayuda en algo? Sabe que puede contar conmigo en lo que desee.

El ruido de un cristal rompiéndose les llegó desde el interior, por lo que Lucianne se apresuró a tomar su brazo y tirar de él hacia el auto.

—¿Me llevarías al Retroganzza? Tengo algo que hacer ahí.

—Pero, su padre…

—Él está descansando. Vamos —insistió Lucianne para que se la llevara de ahí, antes de que él notara que algo andaba mal.

—Espero —se ofreció el joven oficial apenas se estacionaba frente a la cafetería.

—¡No! No es necesario esta vez, voy a estar un buen rato aquí. Esperando a mis amigas, eso es —afirmó Lucianne con urgencia porque se fuera—. Cualquier cosa yo te llamo, ¿sí?

—…Bien, como usted desee, señorita Lucianne.

—Y deja de llamarme así. Lucianne a secas, por favor. Nos conocemos desde hace mucho —le pidió ella, señalándolo como si fuera una orden.

—Entonces… nos vemos después, Lucianne —finalizó él, con una gran sonrisa.

Salió del estacionamiento sin borrar aquel gesto de felicidad y se marchó de ahí, dejando a Lucianne con una extraña mezcla entre alivio, remordimiento y un poco de hambre. Miró de frente hacia la cafetería y entró, notando que en el reloj cucú que exhibían como reliquia aún no daban las diez de la mañana, por lo que se le hizo raro que estuviera abierto y más aún no ver a nadie.

—¿…Hola? —llamó en voz alta, esperando recibir alguna respuesta y escuchó un ruido amortiguado como de pasos subiendo o bajando escaleras, lo cual le extrañaba más, considerando que el establecimiento era de un solo nivel.

Luego de escuchar un sonido golpeado, como si una pesada puerta se cerrara, vio a Demian salir de la cocina con expresión agitada.

—…Lucianne, ¿qué haces aquí? Aún no es hora de abrir.

—Lo sé, pero estaba abierto. Además… ¿no deberías estar en clases a esta hora?

—Sí, pero… surgió algo. No me di cuenta de que dejé la puerta abierta —comentó más para recriminarse a sí mismo y volviendo la vista hacia atrás con algo de ansiedad.

—…Lo siento. Claramente llegué en mal momento, así que me voy.

—¡No, está bien, quédate! —exclamó él, deteniéndola del brazo para evitar que se marchara y ella pasó la mirada de su mano a sus ojos, provocando un leverespingo en él, que la soltó de inmediato, avergonzado—… Como dije, está bien si te quedas, aunque hay un problema atrás en la cocina, pero podrías hacerme compañía… sólo si tú quieres, claro.

—Si no te molesta —aceptó Lucianne con una sonrisa, y Demian le devolvió el gesto mientras colocaba el cartel de “cerrado” en la puerta. Después fue por una bebida para ella, y aguardaron a que llegaran el cocinero y el otro empleado, pero a pesar de que decía estar solo, constantemente miraba hacia la cocina.

—¿De verdad no necesitas ayuda? Podría llamar a alguien.

—No, todo va a estar bien —aseguró él, tratando de contener aquel impulso de mirar hacia atrás—. De hecho, se me hace raro que estés aquí tan temprano, ¿pasó algo?

—No, sólo… tenía ganas de verte —dijo ella sin pensar mucho en lo que salía de su boca, pero al notar el gesto sorprendido de Demian, se dio cuenta de que había dicho algo que no debía, o al menos eso le parecía. Aunque tampoco era del todo una mentira.

—…Ah —fue lo único que él dijo, a lo cual le siguieron varios segundos de silencio incómodo. Él desvió la mirada, pensativo, mientras ella buscaba algo que decir para contrarrestar aquel lapsus que había tenido, y justo cuando estaba a punto de abrir la boca nuevamente, él se le adelantó—. Hay una película que… se estrenó hace poco. “El imperio de los dioses” creo que se llama. Me han dicho que es buena. Quizá podríamos…

—¿Me estás invitando a salir? —interrumpió Lucianne, siendo ahora ella la sorprendida. Demian se aclaró la garganta y su sonrisa se curvó ligeramente hacia un lado.

—…Los amigos salen, ¿no? —No era precisamente la respuesta que esperaba, pero eso no evitó que también sonriera y moviera la cabeza de forma afirmativa.

—Me parece bien entonces —aceptó ella, olvidando momentáneamente el problema que tenía en casa. En ese instante un golpe que parecía provenir de la cocina los interrumpió.

—…Ahora regreso —se excusó Demian, volviendo a entrar con urgencia, dejando a Lucianne sentada en un taburete frente a la barra, preguntándose qué estaría pasando ahí atrás como para decidir faltar a clases estando a unos pasos de la escuela.

De niño lo recordaba siempre preocupado por sus notas y ocupando el cuadro de honor. No había día que faltara a la escuela, exceptuando cuando murió su madre; aquello lo había encerrado en sí mismo, pero aún así ella estuvo presente para él, y de no haber sido porque su padre la envió a un internado tras la muerte de la suya, estaba segura de que Demian también hubiera estado para ella. En ocasiones se preguntaba cómo habría sido todo de no haberse marchado, pero supuso que era algo que nunca sabrían realmente.

—¿Entonces piensa quedarse en la ciudad? —preguntó Angie mientras cruzaban el atajo que las conduciría a la cafetería.

—Pues… sí, después de todo vino exclusivamente para luchar a nuestro lado.

—Entonces tendrá que transferirse de escuela, ¿no? ¡Sería genial que viniera a ésta! —afirmó Lilith, caminando delante de ellas.

—Ahm… claro… está en eso —mintió Marianne, impaciente por cambiar de tema.

—Se reunirá con nosotras hoy, ¿verdad? —volvió a preguntar Angie—. ¿Dónde se está hospedando?

—Cielos, ¿qué es esto? ¿Un interrogatorio? Mejor pregúntenle a él directo, aunque les advierto que es muy reservado con respecto a su vida personal.

—…Lo siento —se disculpó Angie algo avergonzada.

—No tengo ningún problema, me encantan los chicos reservados —afirmó Lilith, frotándose las manos.

—Como digas. Belgina, ¿en qué tanto piensas?

—En nada, yo las sigo —respondió ella con voz monótona.

Escucharon entonces unos pasos apresurados detrás. Apenas y giraban los rostros cuando Mitchell ya estaba junto a ellas, provocándoles un sobresalto.

—¡Hey, las vengo siguiendo desde hace rato! ¿Les importa si me les uno?

—¿Te irás si decimos que sí? —replicó Marianne, girando los ojos en señal de fastidio, mientras Mitchell caminaba a un lado de Belgina, moviendo las cejas de arriba abajo y guiñándole el ojo por más que ella se retraía, tratando de ocultar su inquietud.

—Qué raro, dice que está cerrado —dijo Lilith, señalando el cartel en la puerta.

Marianne se pegó al cristal para intentar mirar a través de éste y para su sorpresa, alcanzó a ver a Lucianne sentada en la barra. Golpeó entonces el cristal para llamar su atención. Lucianne volteó y al ver a las demás saludando desde el exterior se acercó a la puerta, permitiéndoles pasar.

—Las estaba esperando.

—¿Cómo es que entraste si está puesto el cartel de cerrado?

—Ah, es que al parecer hubo un fogonazo en la cocina y varias cosas se quemaron. El cocinero y el otro empleado fueron a comprar los reemplazos y dejaron a Demian a cargo mientras regresan.

—¿…Qué hacen aquí? —preguntó Demian al salir de la cocina.

—Lo siento, les abrí, ¿no debía?

—…No importa —respondió con un suspiro, masajeándose el puente de la nariz—… Sólo quería que esto involucrara el menor número de personas posible.

El resto intercambió miradas de confusión, preguntándose lo que estaría ocultando. El único que parecía ajeno a todo era Mitchell, que apenas cerraba la puerta, dejó el cartel sobre la mesa y dio unas palmadas a Demian en el hombro con desfachatez.

—Así que decidiste saltarte las clases y no me invitaste, ¿eh? ¡Ah! Por cierto, buen trabajo con mi hermana —comentó, señalando su nariz—. Se le desvió el tabique y comenzó a hablar con voz nasal, así que hizo votos de silencio hasta que le quitaran el yeso. ¡Ha sido el mejor día de nuestras vidas y todo gracias a ti!

—…No es motivo de broma —dijo Demian, sintiéndose culpable.

—¡Y lo estoy diciendo con toda la sinceridad de mi corazón! ¡Muchas gracias por darnos el anhelado regalo de su silencio! ¡Sería capaz de besarte! —expresó, tomándolo del rostro con ambas manos y apretando sus mejillas.

—¡Deja de bromear! —exclamó Demian, apartando sus manos—. Escuchen, si van a estar aquí, deben saber que lo más que podré traerles será bebidas, y deberán irse en cuanto regresen los otros empleados.

Los demás le dieron por su lado mientras iban sentándose en su mesa preferida y Mitchell caminaba en dirección a la cocina, pero Demian lo detuvo antes de que entrara.

—¿A dónde crees que vas?

—Pues al calabozo —respondió como si se tratara de lo más normal y las chicas posaron su atención en ellos al escuchar aquella palabra. Demian le lanzó una mirada de reproche.

—Los clientes no pueden pasar —masculló con énfasis, bloqueándole el paso.

—Entonces no hay problema, yo no soy cliente, nunca pago.

—¿Significa eso que de verdad existe un calabozo en este lugar? —intervino Marianne con expresión incrédula.

—¡Deberían verlo! ¡Las maravillas que hay ahí!

—Uy, Demian, ¿qué tanto ocurre en ese calabozo? —comentó Lilith en tono guasón.

—¡No es lo que parece! —se defendió él mientras seguía bloqueándole el paso a Mitchell, pero el sonido de la campanilla los interrumpió y todos voltearon hacia la puerta. Un par de hombres uniformados entraron a la cafetería—… Disculpen, pero está cerrado, hoy no hay servicio.

—No había ningún cartel, y además, nos parece que está muy abierto —dijo el más alto, haciendo una seña hacia el grupo reunido en la mesa de junto.

—Ups, ¿debía poner el cartel de vuelta? —preguntó Mitchell y Demian le lanzó otra mirada recriminatoria.

—No estamos aquí por el servicio. Recorremos la ciudad en busca de alguien —aclaró el otro hombre—. Somos agentes de inmigración y tenemos informes sobre una persona que entró ilegalmente a la ciudad. Llegó oculto en un barco carguero y al parecer es peligroso, es buscado en su país de origen. Sólo necesitamos que miren unas fotos y nos digan si lo han visto o no.

A continuación sacaron unas carpetas de sus chaquetas, de las cuales extrajeron unas fotos y se las entregaron. Las chicas miraron las fotos por unos segundos, pero al no reconocer el rostro que veían se las fueron pasando hasta devolverlas al agente. Mitchell tan sólo le echó un vistazo a la suya y la regresó, pero Demian la mantuvo frente a él, observándola fijamente con gesto serio. El chico del copete aprovechó aquella distracción para dar unos pasos hacia la cocina e introducirse en ella.

—¿Y bien? ¿Lo reconocen? ¿Lo han visto recientemente?

—…No, lo siento —respondió él finalmente, extendiendo la foto hacia ellos.

Su rostro permaneció impávido. Los agentes no tuvieron más remedio que meter las fotos nuevamente a las carpetas, excepto una, la cual dejaron asentada en la barra.

—…Si llegan a verlo, comuníquense inmediatamente a los teléfonos que vienen al reverso. Como dijimos, es considerado potencialmente peligroso.

—Por supuesto —respondió Demian, colocando la mano sobre la foto en la barra y repiqueteando los dedos, claramente esperando a que se fueran.

Ambos hombres reclinaron ligeramente la cabeza hacia adelante y tras echarle un último vistazo al lugar, se marcharon de ahí.

—¿Estás bien, Demian? —preguntó Lucianne al notarlo tenso, pero él recorrió el lugar con la mirada como si buscara algo.

—¿…Y Mitchell dónde está?

Un grito proveniente de la cocina los puso sobre alerta. Demian entró corriendo, seguido de las chicas. A un costado de la cocina había una puerta con unas estrechas escaleras que descendían hasta una compuerta corrediza a manera de reja.

El “calabozo” era el sueño de todo adolescente, lleno de estantes de revistas, videojuegos y figuras de acción, con una pantalla de plasma al fondo y las paredes enteras tapizadas de posters y páginas de cómics. Pegado a la pared, Mitchell permanecía congelado con expresión de pánico, conteniendo el aliento mientras una larga varilla de metal apuntaba hacia su rostro, sostenida por una persona de espaldas a la puerta.

—Baja el tubo —pidió Demian al pasar la reja.

—¡No voy a regresar! ¡No me harán volver!

—Él es amigo mío, no te llevará a ningún lado —continuó Demian con tono sereno y pausado—. ¿Escuchaste? Es amigo.

El extremo del tubo comenzó a descender lentamente hasta caer en el piso, momento que Demian aprovechó para tomarlo y hacerle una seña a Mitchell para que se alejara.

Éste no lo pensó dos veces, de un salto pasó del fondo de la habitación al punto en el que estaban todas de pie, observando con curiosidad y a la vez con cautela a la persona que hasta hacía unos segundos lo amenazaba. Ahora estaba encima de un catre, con las piernas recogidas y el rostro hundido en sus rodillas. Su largo cabello ensortijado caía sobre el catre. Demian se mantenía delante de todos en actitud protectora.

—Todo está bien, ¿de acuerdo? Nadie te va llevar.

—Demian… ¿quién es él? —preguntó Lucianne.

—¿Es el inmigrante? —inquirió Marianne.

Demian no respondió, pero los demás dejaron escapar un resoplido de conmoción.

—¿Cómo puedes tenerlo escondido? ¿No escuchaste a esos hombres? Es peligroso —puntualizó Mitchell, recuperando la seguridad.

—No soy peligroso —replicó el muchacho, incorporándose.

Vestía una especie de kurta de algodón y un pantalón del mismo tejido, ambos tan sucios que se mimetizaban con su cabello. Claramente había pasado demasiados días oculto en el barco, posiblemente sin agua y comida. Difícilmente se podían distinguir sus facciones tan cubierto de mugre como estaba y con el largo cabello cayéndole en la cara.

—¡Pues no sé qué tipo de costumbres tengas, pero amenazar a alguien con un tubo no es muy bien recibido aquí! —reclamó Mitchell de repente sacando el coraje, pero bien escondido detrás de Demian.

—…Pensé que eran los del barco que venían por mí. No quiero regresar. No puedo —contestó el chico con claro remordimiento y a la vez desesperación.

—¿A dónde crees que vas? —preguntó Demian al ver que Mitchell comenzaba a moverse hacia la puerta.

—¿Cómo que a dónde? A buscar a ya sabes quiénes —murmuró Mitchell, haciendo una seña con las manos.

—¡No vas a decirle a nadie de esto!

—¿Y qué piensas hacer con él? Lo están buscando, cometes un delito al encubrirlo.

—¿Quién les dijo que me buscan? ¿Con quién hablaron? —intervino el muchacho, reaccionando con nerviosismo al escuchar aquello.

—Vinieron unos hombres. Dicen que eres buscado en tu país y que eres peligroso.

—¡…Es mentira! ¡No soy peligroso ni tampoco un criminal! —exclamó él, llevándose las manos al pecho en un movimiento rápido que provocó un ligero sobresalto en los demás, como si se esperaran alguna reacción violenta de su parte. Al notar esto, el muchacho se sentó nuevamente sobre el catre con gesto desalentado—. No lo entienden, no puedo regresar ahí.

—¿Hiciste algo malo? —lo cuestionó Demian, seleccionando con cuidado sus palabras.

—…Huí, eso es lo que hice —murmuró más para sí mismo, escondiendo el rostro bajo toda aquella maraña de pelo.

—¿Por qué tuviste que huir?

El chico salió de su ensimismamiento ante esa pregunta, pero aún así se quedó callado, como si reflexionara lo que iba a responder.

—Es que… no tienen idea de cómo son las cosas en Gerbinkav. Los más jóvenes somos prácticamente esclavos, no tenemos ninguna oportunidad —comenzó a explicar con la mirada fija en el suelo y apretando las manos—. Todo aquél que se atreva a huir es considerado traidor al país y… suelen ofrecer recompensas a quienes los devuelvan, así que normalmente los caza recompensas vigilan todas las embarcaciones que salen de ahí y esparcen la noticia como si se trataran de criminales para poder encontrarlos con más facilidad. No quieren saber lo que les hacen una vez que son devueltos al país.

—¿…Qué les hacen? —preguntó Mitchell con curiosidad mórbida y el chico permaneció en silencio durante varios segundos más.

—…Les cortan la lengua y los pies. Si me entregan, eso es lo que me harán a mí. No puedo volver —insistió él, encogiendo las manos contra su cuerpo ante las miradas desconcertadas de los demás.

—Nadie va a delatarte. ¿Verdad que no? —aseguró Demian, dirigiéndole una mirada a los demás, especialmente a Mitchell.

—…Insisto, ¿qué vas a hacer con él? No puedes mantenerlo aquí escondido para siempre. ¿Cómo podré venir así por los videojuegos?

—Ni siquiera voy a responderte —dijo Demian, lanzándole una mirada irritada.

—Demian, él tiene un punto, no puedes mantenerlo oculto, alguien más lo descubrirá y podrías tener problemas —secundó Lucianne.

—Lo que menos quiero es ser una carga —intervino el muchacho nuevamente—. Gracias por ayudarme ahí afuera, pensé que moriría de frío. Puedo arreglármelas de aquí en adelante.

Se incorporó nuevamente algo tembloroso, y comenzó a encaminarse hacia la puerta.

—…Espera. No puedes irte así —lo detuvo Demian, interponiéndose entre él y las escaleras.

En ese instante escucharon la campanilla de la entrada, al parecer los otros empleados estaban de vuelta y ellos seguían ahí debajo, en el “calabozo”. Nadie se movió, pero todos intercambiaron miradas de urgencia, como si compartieran la misma responsabilidad.

—…Quédate aquí, no te marches, tengo una idea. Ustedes suban, ahora los alcanzo.

Los demás fueron subiendo tal y como Demian les había pedido, preguntándose aún qué planeaba hacer. Al cruzar la puerta de la cocina, esperaban encontrar al cocinero o al otro mesero de vuelta, pero quien esperaba de pie a media estancia era Samael, observando a su alrededor en busca de alguien.

—¡Por fin llegaste! —exclamó Marianne, cruzando la estancia.

—Llevo horas dando vueltas por aquí, pero siempre veía el cartel de cerrado. Apenas ahora es que pude entrar… ¿ocurre algo?

—Sólo algunos… contratiempos —respondió ella mientras Demian iba saliendo de la cocina. Su gesto pareció endurecerse al verlo, pero lo único que hizo fue ir detrás de la barra y tomar unas llaves.

—Lo siento, pero no pueden quedarse, debo salir.

—Pero el ilegal sí puede, ¿eh? —interpeló Mitchell, cruzándose de brazos con indignación. Demian le dedicó una mirada de censura mientras se dirigía hacia la puerta y la dejaba abierta para que salieran.

—Suerte con tu idea —comentó Marianne al atravesar la puerta. Él tan sólo los observó salir sin decir nada hasta que Lucianne pasó a su lado.

—Lucianne, ¿podrías hacerme un favor? —Tanto ella como el resto del grupo voltearon, haciéndolo vacilar por un momento—. Ah… es sólo que… necesito tu ayuda, ¿puedes acompañarme?

—Bueno, es que… —Miró vacilante hacia los demás; en sus ojos se notaba que deseaba ir con él.

—Ve. Cuando termines, puedes alcanzarnos —resolvió Marianne para que no se preocupara—. Te avisaré dónde estaremos.

Lucianne sonrió agradecida y volteó de nuevo hacia Demian, marchándose con él ante las miradas curiosas de los demás.

—Necesitamos buscar otro lugar para la reunión —dijo Marianne para enfocarlos.

—Si les parece bien… podríamos ir a mi casa. Mi madre debe estar en el tribunal en estos momentos —sugirió Belgina.

—¿Solos en casa? Yo sí le entro —intervino Mitchell, recordándoles que aún estaba presente y debían deshacerse de él.

—¡Tú no estás invitado! —decretó Marianne, haciéndoles señas a los demás para comenzar a encaminarse y tirando del brazo de Belgina para mantenerla lejos de él.

—¡Están conscientes de que voy a ir detrás de ustedes, ¿verdad?! —advirtió Mitchell, y sabían que hablaba en serio, así que debían pensar pronto en algo para perderlo de vista, cosa que Samael resolvió con rapidez, creando un manto de invisibilidad alrededor de ellos apenas dieron la vuelta en una calle, gracias a lo cual Mitchell ya no pudo seguirlos, haciéndolo pensar que los había perdido de vista al primer giro de esquina.

Al regresar a casa más tarde, Marianne revisó el buzón y sacó la correspondencia. Era el ritual que habitualmente le pertenecía a su madre, pero desde que ella estaba en el hospital, se sentía con la obligación de hacerlo. Comenzó a pasar los sobres de promociones y de inscripciones a revistas que usualmente les llegaban, rara vez recibían alguna carta importante o correspondencia personal.

—¿Vas a decirme qué ocurrió mientras estaban ahí? —preguntó Samael. Se le hubiera hecho muy fácil averiguarlo leyendo su mente, pero le había prometido no volver a hacerlo.

—En cuanto subamos te cuento —respondió ella, concentrada en la correspondencia.

Comenzaba a separar la que podría interesarle a su madre cuando algo la hizo detenerse y mirar con fijeza uno de los sobres. Estaba completamente liso y blanco, con únicamente un nombre escrito al reverso: Noah.

Recordaba aquellos trazos finos, la caligrafía delicada, el aroma a lavanda. Era idéntico al sobre que había encontrado en la maleta de su padre. De inmediato sintió cómo su sangre comenzaba a bombear con fuerza y dejó de escuchar cualquier cosa que Samael estuviera diciendo. Lo único que podía pensar era en abrir el sobre y leer su contenido.

—Hey, ¿desde qué hora estás ahí parada?

La voz de Loui la trajo de vuelta. Fijó la vista hacia el frente y vio que él había abierto la puerta y la observaba con extrañeza. Rápidamente volteó a su lado al recordar que iba con Samael, pero él ya no estaba.

—¿Qué traes ahí? ¿Es el correo?

Ella miró los sobres que tenía en la mano y por su mente pasó guardar el que iba dirigido a su padre, pero Loui se adelantó, arrebatándoselos.

—¡Papá, ya llegó Marianne!

—¡Justo a tiempo! Se nos hizo tarde, estábamos por almorzar. Trajimos pizza, ¿quieres? —dijo Noah, saliendo de la cocina, pero Marianne sólo miraba con inquietud la pila de cartas que Loui revisaba, deseando que pasara por alto aquel sobre, pero con todo y su austeridad, resultaba demasiado llamativo hasta para él.

—¡Mira, papá, te llegó una carta! —le anunció Loui, entregándosela ante la mirada ansiosa de Marianne. Noah tomó el sobre con su usual semblante apacible, pero apenas veía el reverso, su gesto cambiaba radicalmente, borrando su sonrisa.

—¿…Qué ocurre? ¿Es de tu… trabajo? —lo cuestionó Marianne, atenta a su expresión, como si de esa forma pudiera desvelar sus pensamientos.

Él trató de sonreír nuevamente, pero su sonrisa resultaba más una imitación, una mueca que no pertenecía a su rostro.

—Sí, creo que… la leeré más tarde. ¡Es hora de la pizza! —respondió, intentando parecer normal, guardando el sobre en su bolsillo y volviendo a la cocina seguido de Loui.

—Iré arriba, si me guardas pizza te lo voy a agradecer —le dijo Samael al oído. Había estado junto a ella todo ese tiempo.

Marianne únicamente asintió mientras escuchaba sus pasos en las escaleras, pero no podía pensar en pizza en ese momento, no podía pensar en nada. En su mente sólo estaba esa carta. La maldita carta.


SIGUIENTE