CAPÍTULO 14

14. EL IMPERIO DE LOS DIOSES

La llegada de aquella carta había sacado a Marianne de balance. Era como si todo pensamiento hubiera volado de su mente y sólo hasta que estuvo de vuelta en su habitación sintió que volvía a ser ella misma.

Le había llevado pizza a Samael tal y como le había pedido, y mientras él comía, ella permanecía recostada en la cama con la mirada fija en el techo, en silencio. Samael relataba su aventura durante las vueltas que estuvo dando al pensar que la cafetería estaba cerrada, pero ella no prestaba atención. Tan sólo pasó la vista hacia el escritorio y fijó su atención en el ordenador portátil que su padre le había dado. Lo había dejado ahí, sin abrirlo siquiera, así que fue por él, regresó a la cama y lo encendió.

—¿Qué es eso? —preguntó Samael, tomando su tercera rebanada de pizza.

—Una máquina que lo sabe todo —respondió Marianne, comenzando a teclear.

—¿En serio? —Empujó la silla móvil sobre la que estaba sentado para trasladarse frente a la cama y miró con atención la pantalla—. ¿Le puedes preguntar lo que sea y te lo responde?

—Se podría decir —dijo ella, abriendo el buscador y escribiendo la palabra “Gerbinkav”. La búsqueda no arrojó muchos resultados, y solamente ofrecían una breve información sobre el lugar, que incluía su ubicación geográfica, su forma de gobierno, registrado como monárquico, y algunas cifras como el tamaño de su superficie, la cual era realmente pequeña, y su cantidad de habitantes. No decía nada sobre sus prácticas esclavistas, lo cual supuso debía ser un tema que manejaban con gran discreción.

Cerró entonces la página y apartó el ordenador, aunque Samael se acercó a la pantalla para mirar más de cerca.

—¿Y cómo le preguntas? ¿Hay que seguir algún protocolo?  

—Sólo escribes aquí lo que quieras buscar y pulsas el botón que dice “Enter”, y debes mover el cursor para poder seleccionar los resultados, así como lo hago, ¿ves? —explicó ella, moviendo el dedo sobre el área del mouse.

Él siguió su ejemplo y ella decidió dejarlo entretenido con la máquina mientras salía por un momento. Suponía que su familia estaría durmiendo, pero al ir bajando las escaleras, escuchó la voz de su padre en la cocina.

—Sí, ya sé, sólo venía por un fin de semana, pero… hubo algunos contratiempos. Yo sé, yo sé, pero… ahora no es el momento —dijo él, tratando de mantener la voz a un volumen bajo—. Bueno, quizá… pueda ir un par de días, pero no más de eso. En este momento me necesitan. ¿Cuánto tiempo más? No lo sé y francamente no puedo pensar en ello, es mi familia después de todo.

Marianne se mantuvo estática contra la pared del comedor, con los músculos en tensión. Tenía las manos cerradas en un puño y su percepción parecía haberse nublado por un momento, pero un ligero tintineo la hizo girar el rostro y se dio cuenta de que la porcelana de la vitrina junto a la que estaba parada había comenzado a vibrar. Ella lo estaba provocando inconscientemente.

Trató de mantener la calma para que la porcelana dejara de agitarse, pero lo único que logró fue que una figura con forma de caballo, de las favoritas de su madre, saliera volando de su sitio principal sobre la vitrina y comenzara a flotar por encima de ella.

La observó con los nervios de punta, temiendo que cualquier movimiento que hiciera o cualquier pensamiento que tuviera pudieran hacerle caer y llamar así la atención de su padre, así que se concentró en que la pieza bajara lentamente hacia ella. Su rostro comenzaba a quedar rojo por la fuerza que estaba realizando, pero no podía permitirse flaquear estando el objeto a unos centímetros de su alcance.

—…Iré solamente un par de días. Es todo lo que puedo hacer por ahora  —continuó su padre, provocando que ella se distrajera y la pieza reanudara su caída, pero afortunadamente alcanzó a detenerla al vuelo—… Bien, entonces así será. Sólo una cosa más… no quiero recibir ninguna otra carta.

Su voz sonaba firme y severa, como pocas veces, si es que nunca, lo había escuchado. Ésa era la voz del padre que ellos necesitaban, no el consentidor que intentaba ser un amigo más. En eso escuchó pasos aproximándose a la puerta de la cocina, él estaba a punto de salir. Colocó la estatuilla a un lado de la vitrina, sin comprobar que estuviera bien asentada, y sabiendo que no alcanzaría a marcharse a tiempo, se metió por debajo de la mesa y esperó. Cuando su padre salió de la cocina, la figura cayó a sus pies, forzándolo a detenerse frente a la mesa e inclinarse a recogerla.

Marianne permaneció inmóvil, conteniendo la respiración mientras veía la mano de su padre descender hacia el piso y tomar la pieza de porcelana. Éste la recogió extrañado y la colocó de vuelta en la vitrina, quedándose de pie en aquel sitio por unos segundos antes de continuar la marcha.

Ella alcanzó a escuchar sus pisadas subiendo las escaleras, pero aún así no se movió, se quedó ahí por varios minutos, procesando la conversación que acababa de escuchar. Si antes no tenía la certeza con respecto a la doble vida de su padre, ahora no le quedaba la menor duda. Solía pensar que no la tomaría por sorpresa el confirmarlo, pero no se imaginó la decepción que sintió en ese instante, como si muy dentro tuviera aún la esperanza de que fueran sólo sospechas. Le tomó un rato más volver a su habitación. Samael estaba todavía frente a la pantalla, presionando varias teclas con gesto agobiado.

—¡Qué bueno que regresaste! De repente empezaron a saltar varias imágenes, pero se quedaron ahí atrapadas, y no dejan de aparecer. ¿Hice algo mal?

—¿Qué apretaste? ¿Te salió alguna ventana y le diste aceptar? —preguntó ella mientras examinaba el ordenador y él no sabía qué responder.

—Sólo… presioné “enter” como dijiste.

—…Genial, debiste haber aceptado algún virus, lo que me faltaba —concluyó, enterrando la cara en el colchón.

—¿Un virus? ¿Es contagioso? —preguntó él cada vez más angustiado, y ella alzó nuevamente la cara, dando una exhalación.

—Tranquilo, tiene solución, le pasaré algún antivirus toda la noche y listo. Sólo recuerda la próxima vez no aceptar todo lo que salga en pantalla. Es más, toma, es el manual. Te sugiero que lo leas y así sabrás cómo manejarla —dijo, pasándole un instructivo mientras Samael la observaba.

—¿…Estás bien?

Ella sabía a qué se refería. Quizá había leído su mente o no, pero ya llevaba puesta la máscara de la indiferencia y no pensaba quitársela.

—¿Por qué no iba a estarlo? —respondió, restándole importancia. Él la miró por unos segundos. Sabía lo que le molestaba, aunque no lo admitiera, y normalmente no seguiría insistiendo, pero pensó que siendo su ángel debía hacer algo para hacerla sentir mejor.

—…Puedo leer su mente si así lo quieres —sugirió él y Marianne volteó sorprendida. Por un momento pareció considerar su ofrecimiento seriamente, pero después de pensarlo mucho, decidió que no quería saber con quién se había envuelto su padre.

—…No, no quiero que lo hagas, no quiero saber nada. Además, te he dicho que no es correcto escuchar los pensamientos de las personas, son privados.

—Entonces dime de qué forma puedo ayudarte, sólo deseo que estés bien —le pidió con un tono tan preocupado que ella no pudo más que sonreir para tranquilizarlo.

—No necesitas hacer nada por mí, en serio. Ahora lo que quiero es descansar, deberías hacer lo mismo.

—Bien, si me necesitas sólo tienes que llamarme.

No iba a hacerla cambiar de opinión, pero al menos le había sacado una sonrisa.

Una vez sola, Marianne dejó la laptop sobre el escritorio, encendida para que se examinara durante la noche, y se recostó con la intención de dormir, pero en su mente se repetía una y otra vez la conversación que había escuchado.

Sospechaba que su madre ya lo sabía. Tal vez ésa era la verdadera razón por la que había decidido dejarlo todo atrás. Pues a pesar de su naturaleza impulsiva, su arrebato de quemar sus cuadros debía tener raíz en algo más profundo que la acumulación de sus constantes viajes y ausencias. Por algo él ni siquiera la detuvo. Tenía sentido. Todo encajaba ahora.

En la mañana, Loui y ella coincidieron en el desayuno. Ambos parecían competir por ver quién se terminaba primero su cereal cuando Noah entró con gesto intranquilo.

—Qué bueno que están los dos, necesito hablarles de algo —comenzó a decir, con las manos en los bolsillos y moviendo el pie con apuro—… Surgió un problema en el trabajo, solicitan mi presencia urgente. Tengo que ir hoy mismo. Sólo será un par de días.

Marianne no se mostró sorprendida, pero Loui saltó de inmediato.

—¿Te vas? ¡Pero te necesitamos, no puedes dejarnos solos!

—Será sólo un par de días y regresaré lo más pronto posible.

—¡Me prometiste que iríamos al cine a ver “El imperio de los dioses”!

—Podemos ir cuando regrese.

—¡Hoy es el último día en cartelera!

Tras decir esto, salió corriendo de la cocina, dejando su cuenco a medio acabar y a su padre con gesto afligido. Marianne tomó ambos recipientes y los dejó en el lavabo, dirigiéndose a la puerta con una tranquilidad poco común.

—Sé que no tengo que decirte que cuides de Loui. Incluso estoy consciente de que pueden ver por ustedes mismos, pero estaría más tranquilo si se quedaran con su tío Red —propuso Noah apenas pasó junto a él—. Puedo llamarle antes de irme, y por favor… no le digan nada a su madre, no quiero que se preocupe en el estado en que se encuentra.

Marianne le dirigió una mirada seria pero fría.

—…Nosotros nos encargamos de eso, no te preocupes. Mejor vete de una vez, no querrás perder más tiempo. Diviértete en tu… viaje —replicó ella, haciendo una pequeña pausa para luego continuar su camino.

El resto de la mañana trató de mantenerse ocupada en la escuela, afortunadamente tenía a sus amigas para que la distrajeran.

—¿Qué crees que haya hecho Demian con el inmigrante? —se preguntó Lilith mientras se dirigían al auditorio. La escuela les había por fin proporcionado uniformes de basquetbol.

—Podrías preguntarle ahora que vayamos al club.

—¿Qué clase de ayuda le habrá pedido a Lucianne? ¿Crees que haya algo entre ellos?

—No tengo la menor idea —respondió algo desconectada.

Los integrantes del equipo ya estaban en el auditorio. El entrenador continuaba en observación en el hospital, así que los chicos se limitaban a practicar por sí mismos como estaban acostumbrados.

Apenas entraron ellas, estos fueron avisándose hasta llegar a oídos de Demian. Éste volteó desde el fondo de la cancha y al verlas del otro extremo, dio un suspiro al entender la razón por la que lo llamaban y se aproximó a ellas.

—…Supongo que nuevamente esperan que las asesore.

—Lo siento, ¿estás molesto? —preguntó Lilith, haciendo un mohín para que quitara esa cara y aunque él la miró serio al principio, pronto suavizó su expresión y sonrió.

—No tienes que ayudarnos, ¿sabes? No lo hagas sólo porque te sientes obligado —dijo Marianne con actitud retadora. Demian borró la leve sonrisa que apenas había mostrado y la miró fijamente, pero no dijo nada, sólo tomó el balón que llevaba bajo el brazo, lo hizo girar sobre su dedo índice y lo lanzó hacia ella, quien alcanzó a atraparlo a tiempo.

—10 vueltas a la cancha, dribleando el balón.

—¿…Qué?

—15 vueltas —corrigió él, cruzándose de brazos sin añadir nada más.

Marianne lo miró pasmada y Lilith tan sólo los observó en silencio, temiendo decir algo que pudiera granjearle su respectivo set de vueltas.

—…Si lo haces como un tipo de reproche, se me hace muy infantil de tu parte.

—Piensa lo que quieras, ahora son 20 —continuó Demian, con expresión impávida.

—¡No es justo, no puedes…!

—El tiempo que usas para quejarte, bien podrías emplearlo para comenzar la actividad. Menos protestas, más acción. ¡Ahora! —ordenó con firmeza y Marianne apretó los dientes, pero se aguantó las ganas de replicar y comenzó a recorrer la cancha, dribleando el balón. Lilith lo miró entre temerosa y expectante.

—…No sé si debería tener miedo ahora.

Demian fue por otro balón y se lo lanzó con una sonrisa.

—Tú practicarás conmigo.

—¡Perfecto! —exclamó ella con alivio. Justo en eso entró Kristania con la nariz enyesada, flanqueada por sus amigas-guaruras. Llevaba una hoja de papel que le entregó a Demian sin decir una palabra. Trataba de mantenerse firme y digna.

—…Un justificante médico —dijo él al ver la hoja, sintiendo nuevamente remordimiento—. Yo… lo siento.

Kristania intentaba mantener su gesto de orgullo, pero apenas escuchó su disculpa, toda esa dignidad se fue por la borda y sacó un dispositivo móvil que al abrirse constaba de pantalla y un pequeño teclado. Comenzó entonces a presionar rápidamente las teclas, tras lo cual giró la pantalla hacia él para mostrarle lo que había escrito.

“No importa, a cualquiera le puede pasar, pero gracias.

¡Eres muy lindo!”

Demian intentó mostrar una sonrisa de cortesía que acabó en una mueca.

—Bueno… hay que continuar. Ustedes dos, tomen una pelota y practiquen como la vez pasada —dijo a las custodias de Kristania y ésta fue tras él, tecleando algo más en su dispositivo y mostrándoselo.

“¿Puedo quedarme? ¡Me encanta verte practicar!”

Él aspiró a profundidad, cerrando momentáneamente los ojos, cuando un fuerte pisotón en el pie izquierdo lo puso rígido. Se retorció adolorido y vio a Marianne pasando después de dar su primera vuelta.

—Ups, no te vi, perdón.

—¡Supongo que eso te hace muy madura! ¡25 vueltas!

Ella se detuvo, sosteniendo la pelota, y le lanzó una mirada asesina. Demian pensó que le arrojaría el balón a la cara, pero en vez de eso volvió a botarlo y continuó su camino por los bordes de la cancha. Kristania volvía a teclear algo con rapidez.

“Es una inadaptada social”

Él únicamente giró los ojos y regresó con Lilith, mirando brevemente a Marianne que ya iba por el otro extremo.

—¡Es un idiota! —exclamó Marianne furiosa al salir del auditorio.

—Te la aplicó, ¿eh? —replicó Lilith sin aguantar la risa.

—¡Él inició, yo sólo respondí!

Angie apareció corriendo por el pasillo hasta detenerse frente a ellas, jadeando y sosteniéndose el pecho, aunque ni eso borró su sonrisa.

—¡…Me invitaron a formar parte del equipo oficial de atletismo de la escuela! —anunció con júbilo—. ¡Dicen que tengo de los mejores tiempos! ¡Si continúo así podría incluso ser seleccionada para los próximos juegos interestatales!

—¡Excelente! Y tú que decías no poder hacer nada. ¿Le dirás por fin a tu papá?

—¿Decirle? No puedo, sólo se preocuparía. Además… no me permitiría participar. Ni siquiera sabe que me uní al club.

Según ella misma les había contado, su condición era congénita; su padre también sufría del corazón y debía evitar todo tipo de emoción intensa. Años atrás había tenido un infarto y desde entonces llevaba un marcapasos que lo mantenía controlado, pero aún así se revisaba con constancia, al igual que ella. Era en extremo protector debido a eso.

—Pues tendrás que pensar una forma de decírselo en algún momento porque no podrás ocultárselo para siempre —le aconsejó Lilith mientras se dirigían a su salón.

—…Supongo. Pero no sé cómo hacerlo —respondió ella, pasando rápidamente de la emoción al desasosiego. Marianne prefirió no opinar, no quería escuchar nada sobre padres.

—¿Belgina aún no sale del laboratorio? —cambió radicalmente de tema.

La vieron llegar entonces con una expresión congelada de perplejidad, como si hubiera visto un fantasma.

—¿Pasó algo? ¿Te sientes bien?

—N-Nada, sólo… salgamos de aquí —pidió ella, tomando sus pertenencias y saliendo del salón. Las demás tan sólo se encogieron de hombros y la siguieron.

—¿No les parece raro que no haya habido algún ataque? Al menos del que tengamos conocimiento —comentó Lilith mientras cruzaban su ruta usual para cortar camino.

—El nuevo demonio es más intimidante que el otro, y parece tan… en control.

—Debe estar planeando algo —añadió Marianne—. No podemos bajar la guardia. Deberíamos seguir el consejo de Sam…uel —A punto de llamarlo por su nombre, se corrigió a tiempo—, y buscar algún lugar secreto donde podamos prepararnos mejor, no quedarnos solamente con los entrenamientos de los clubs.

—¿Crees que podría enseñarnos a hacernos invisibles como él? ¡Las cosas que podría hacer con esa habilidad! Entraría a la sala de maestros, tomaría los exámenes y tendría por fin una calificación decente por primera vez en mi vida —expresó Lilith, sonriendo al imaginarlo todo.

—Dejando de lado lo de hacer trampa en los exámenes… no creo que las cosas funcionen de esa forma —explicó Marianne—. Es decir, tú puedes crear fuego y manipularlo, pero nadie más puede. Creo que cada quien tiene una habilidad propia que los demás no poseemos. Quizá la invisibilidad sólo funcione con él. Así con Belgina y el viento, o Angie y… eh…. —La peliframbuesa la miró expectante, pero ella parecía no encontrar una palabra adecuada para describir lo que hacía, de hecho, no tenía claro cuál era su habilidad, por no decir la utilidad de ésta. No sabía qué decir y eso le avergonzaba—…. ¿las emociones?

—¿Ésa piensas que es mi habilidad? ¿Las emociones? —preguntó Angie y Marianne no supo qué responderle.

—Bueno, no es como que hayas tenido mucha oportunidad de demostrar lo que puedes hacer, ¿verdad? Supongo que ya lo harás más adelante —intervino Lilith sin darle gran importancia.

Angie se limitó a asentir algo desalentada. Por dentro reconocía que tenían razón, ni siquiera ella misma sabía lo que podía hacer. Empezaba a pensar que lo que había ocurrido con Ashelow había sido un incidente fortuito y no estaba segura de poder repetirlo.

—Quizá… si Samuel nos ayuda, podríamos aprender a controlarnos mejor —sugirió Belgina, intentando sonar normal.

—¡Y luego quién sabe, hasta podríamos acabar volando! ¿Se imaginan? —agregó Lilith, abriendo la puerta de la cafetería.

Marianne se detuvo antes de entrar. No deseaba verle la cara a Demian después de su encontronazo en el auditorio. En ese momento volvía a ser el tipo que la había atropellado.

—Yo mejor me voy a mi casa —decidió ella, con la intención de dar media vuelta y marcharse, pero Lilith la detuvo y la empujó para que entrara primero.

—¡No seas pesada, entra!

Demian estaba ya acomodando unos vasos detrás de la barra y apenas las vio entrar, dirigió una mirada severa a Marianne. Ella entornó los ojos y le retiró la mirada en actitud de desaire, por lo que él arrugó el entrecejo y se dio media vuelta para entrar a la cocina.

—¿…Hoy se odian de nuevo? —preguntó Belgina.

—¡Ja, los hubieran visto! La hizo dar 25 vueltas al auditorio botando la pelota mientras ella le pegaba unos buenos balonazos y puntapiés, ¡fue tan divertido! —comentó Lilith, lanzando una risotada mientras se acomodaban frente a la mesa.

—En serio, qué bueno que eres mi amiga, no me quiero imaginar si te cayera mal —dijo Marianne, lanzándole una mirada de reproche, y ella le guiñó un ojo con las mejillas rojas de tanto reírse.

—¿Van a ordenar algo? —Marianne apretó los puños, tratando de controlarse para no decir nada, pero el coraje terminó venciéndola.

—¡…Otro mesero para mí! —exclamó impetuosamente, pero al voltear se dio cuenta de que no se trataba de Demian, ni del otro empleado, éste era nuevo, no recordaba haberlo visto antes, o al menos eso pensó a primera vista. Algo en él se le hacía conocido, pero no podía asegurar en qué. Las demás chicas lo observaron también con curiosidad, mientras él daba un jadeo como si hubiera contenido la respiración.

—¿…Por qué me gritas? —preguntó con los nervios de punta, sosteniendo la libretita de los pedidos por delante de él como si fuera un escudo.

—Lo… lo lamento… pensé que… ¿quién eres?

—¿Eres nuevo? Nunca te habíamos visto por aquí. ¿Tienes novia? —preguntó Lilith, sonriendo y moviendo la cabeza de manera que su cabello le cayera sobre los hombros.

Marianne únicamente le dirigió una mirada de censura para que se comportara, pero ella le sacó la lengua y apoyó un brazo en la mesa para luego posar la barbilla sobre la palma con expresión coqueta.

—¿No me recuerdan? —preguntó él y ellas se miraron confundidas, tratando de rememorar dónde lo habían visto antes hasta que Marianne pareció reconocerlo por fin.

—¡El inmigrante! —lo señaló en voz alta y el chico hizo señas para que bajara la voz mientras miraba nervioso alrededor, esperando que nadie la hubiera escuchado.

—¿En serio? ¿Eres el mismo de ayer? —preguntó Lilith sorprendida y no era para menos, parecía otra persona completamente distinta. Se había recortado la maraña de pelo que le llegaba casi a las rodillas y ahora lo traía corto, de color cenizo. Su piel era bronceada y sus ojos de un avellana oscuro. Su ropa era sencilla, un pantalón de mezclilla y una camisa blanca, pero le daba un aspecto pulcro, a comparación del día anterior—. ¡Te ves muy diferente! ¡Ya no pareces un vagabundo harapiento y zarrapastroso!

—¡Lilith! —musitó Belgina ante su falta de delicadeza.

—…Sí, bueno, admito que no estaba en mis mejores días —aceptó el chico, avergonzado.

—¿Cómo es que estás trabajando aquí? —preguntó Marianne, tratando de enmendar su reacción anterior.

—Fue por Demian, hizo no sé qué trato con el dueño. Gracias a él estoy aquí, incluso me han dejado quedarme en el cuarto de abajo —respondió él con gesto de gratitud.

—¡Demian salvando el día! —agregó Lilith y Marianne solamente lanzó un bufido—. Y a todo esto, ¿cómo te llamas? Ni siquiera nos hemos presentado oficialmente.

—Ahm… no sé si puedan pronunciarlo correctamente, es Mankeehesham —respondió con algo de recelo y al notar las caras que ponían, intentó facilitárselos—… Pero pueden llamarme Mankee.

—¡Ah, como los monos! —Él intentó corregirla, pero ella ya había comenzado a hablar nuevamente—. ¡Yo soy Lilith, y ellas Angie, Belgina y Marianne! Mejor que nos conozcas porque nos verás mucho por aquí y nos gusta que nos atiendan bien.

—Ehm… sí, hablando de eso, ¿qué van a ordenar? —dijo el chico, tratando de regresar al punto y cumplir con su trabajo.

—Qué bueno que lo preguntas porque tengo mucha hambre, espero que escribas rápido. —Se tronó los dedos y aspiró profundamente—. Una hamburguesa doble con tocino, champiñones, agrégale también piña y barbacoa, papas a la francesa, un burrito relleno de carne y queso, una orden de waffles con helado de vainilla, crema batida y chispas de chocolate y por último un pay de limón. ¡Ah, y un refresco light, hay que mantener la línea! Ahora es su turno, pidan.

Él apenas alcanzó a escribirlo, entre agotado y sorprendido, sin dar crédito a todo lo que había pedido una sola persona, aunque a las demás chicas no parecía sorprenderles en lo más mínimo.

Entre tanto, Demian salió nuevamente de la cocina y regresó a la barra. De vez en cuando le echaba un vistazo al nuevo chico para verificar que estuviera yendo bien y atisbaba a las chicas brevemente.

No planeaba acercarse en esa ocasión, su tobillo aún dolía después de las patadas que Marianne le había propinado cada que pasaba junto a él con alguna excusa tonta como que había tropezado o no lo había visto. Ella era definitivamente la inmadura, no él.

Mitchell entró entonces irradiando seguridad a su paso, caminando como si fuera dueño del lugar, saludando como si conociera a todo mundo. Pasó junto a la mesa de las chicas e hizo un movimiento de cabeza en dirección a Belgina, guiñando un ojo y con una sonrisa perfectamente delineada de extremo a extremo, provocando que ella únicamente enrojeciera y desviara la vista. Aún seguían decidiendo qué pedir.

—¿Qué tal, mi estimado? ¿No crees que la vida es bella cuando las cosas salen como deseas?

—Voy a asumir que estás feliz por algo, y siendo tú, supondré que se trata de algo que no quiero saber, así que no preguntaré.

Mitchell lanzó una risotada y le dio unas palmadas en el hombro.

—Algún día tú harás lo mismo y ahí estaré yo para escucharte como el buen amigo que soy. Pero ahora, con permiso, que se me antoja una partida —avisó él, frotándose las manos y dispuesto a entrar a la cocina, pero Demian lo detuvo del cuello de la camisa regresándolo a su lugar con un solo movimiento.

—No puedes bajar, dejó de ser un cuarto de diversiones, ahora es habitación de él —dijo, señalando hacia el muchacho que seguía tomando las órdenes de las chicas.

—¿Qué? ¿Y ése quién es? ¿De dónde salió? ¿Por qué él sí puede y yo no? —lo interrogó con mirada resentida.

—Porque sí. No puedo decírtelo en público, pero ahora trabaja aquí.

—Un momento… ¿no será acaso…? ¿El inmi…?

—¡Shhhhh! —lo silenció Demian antes de que completara la palabra.

—Se ve diferente, no parece el psicópata lunático que me amenazó ayer a muerte.

—Lucianne ayudó cortándole el cabello y yo le traje algo de ropa.

—Ah, con que Lucianne, ¿eh? —dijo Mitchell, alzando las cejas con una sonrisa suspicaz. Demian giró los ojos, sabiendo lo que se estaría imaginando en ese momento, pero no pensaba seguirle el juego.

—Nadie más sabe sobre él y la forma en que llegó hasta aquí. Espero que puedas mantener el secreto, ¿entendiste?

—Claro, claro. Aunque me resultaría más fácil si pudiera tener acceso ilimitado a cierto lugar subterráneo tapizado de cómics y videojuegos —expresó Mitchell, dirigiéndole una mirada astuta, advirtiendo que podía sacar provecho de aquella información.

Demian estrechó los ojos y meneó la cabeza con expresión de censura.

—No tienes vergüenza.

—Hey, yo estuve ahí antes que él, merezco algo de trato especial —se justificó sin borrar aquella expresión sagaz.

La campanilla de la puerta anunció la llegada de alguien, y al voltear atisbaron a Samael. Esta vez ni siquiera se detuvo a dar un vistazo al lugar, ya sabía perfectamente a qué punto dirigirse. Se acercó con aire desgarbado hacia la mesa de las chicas y tras saludarlas con una sonrisa, apoyó las manos en la mesa y se acercó para decirle a Marianne algo al oído.

—Míralo nada más, tan sereno y tan… rubio —comentó Mitchell, agitándose como si se estremeciera—. Siempre tan tranquilo y fresco, seguramente disfrutando de la atención. En serio, ¿qué le verán? ¿Así les gustan a las chicas? ¿Niños bonitos y andróginos? No me parece para nada su tipo.

Demian se apartó de la barra, generando un ruido seco, y acto seguido se introdujo nuevamente en la cocina sin decir nada. Mitchell lo miró extrañado, tratando de pensar si había dicho algo malo, incluso después del pequeño chantaje de minutos antes.

—Escuchen, tengo que irme, surgió algo imprevisto —dijo Marianne tras haber escuchado a Samael—. Las veo mañana, ¿sí?

—¿Ocurrió algo malo? ¿Podemos ayudar?

—No, sólo… debo ir a casa. Se quedan con Samuel. Mañana hablamos.

—¿No quieres que te acompañe? —preguntó él.

—No es necesario. Nos vemos luego —afirmó Marianne, tomando su mochila y cediéndole el lugar.

—Qué bueno que te quedas, tenemos algunas cuantas preguntas más por hacerte —dijo Lilith, entrelazando los dedos con gesto sobrio. Sin duda le esperaba un torrente de preguntas, de modo que dio un suspiro y se preparó mentalmente para recibir la embestida, recordándose a sí mismo que no debía dar demasiados detalles. Debería haber acompañado a Marianne, aunque ella se hubiera negado, pero ya era tarde para hacerlo. Ella era rápida cuando se lo proponía.

En cuestión de minutos llegó a casa. Dejó la llave en la cerradura y se plantó en medio del vestíbulo, echando un rápido vistazo a su alrededor hasta que su mirada se posó en la sala. En el sofá estaba su hermano, recostado boca abajo e inmóvil. Dejó caer su mochila al suelo y se aproximó a él para sacudirlo.

—Loui… ¡Loui! ¡Despierta!

Él levantó el rostro con los ojos enrojecidos, como si hubiera estado durmiendo una siesta.

—¿…Qué haces aquí? Pensé que habías salido, me pareció escuchar la puerta.

—¿Estuviste llorando? —preguntó Marianne directamente. Loui la miró con indignación al principio, pero luego pasó a la vergüenza.

—¡…No, claro que no! ¡Estaba durmiendo, eso es lo que pasa! —aseguró Loui, resuelto a no admitirlo.

Ella meneó la cabeza, pero no insistió, aunque le preocupaba lo decepcionado que se veía. Hasta entonces había tenido a su padre en un pedestal y la forma tan abrupta en que había reaccionado a su partida fue por mucho inesperada para ella.

—…Bueno, ¿ya comiste? —preguntó nuevamente para no presionarlo, después de todo podía ser igual de testarudo que ella.

—No tengo hambre —dijo él, inflando las mejillas y frunciendo el entrecejo.

No era precisamente la hermana perfecta, de hecho, muchas veces terminaban peleando por el mal genio de ella y la impertinencia de él, pero tomando en cuenta la situación por la que estaban pasando, pensó hacer a un lado su orgullo e intentar devolverle los ánimos, aunque fuera a su manera.

—Si tantas ganas tienes de ver esa película ¿por qué no simplemente vas?

—¡No iré solo, es vergonzoso!

—¡Ve con un amigo entonces! —sugirió ella y Loui permaneció en silencio y esquivó su mirada, como si fuera un tema que prefería evitar—… Tienes amigos, ¿verdad?

Él tan sólo torció la boca, negándose a responder, pero ella entendió de inmediato lo que su mirada avergonzada transmitía.

—¿…Es en serio? ¿No has hecho ningún amigo en la escuela?

—¡Es difícil! Soy siempre el primero en acabar tareas y exámenes. Me ven como si fuera una especie de fenómeno y por más que hago el intento, no me dan entrada… ¿Por qué crees que siempre me la paso en casa viendo tele o jugando? ¡Tú sabes cómo es, pasaste la escuela sin amigos!

—…Auch, no era necesario el golpe bajo.

Loui se reclinó nuevamente sobre el sofá con los brazos cruzados, arrepentido de haber hablado sobre ello.

—Olvídalo, ¿qué puede importarte ahora que ya tienes amigos?

Marianne lo observó, debatiéndose interiormente sobre lo que debía hacer, hasta que finalmente dio un suspiro, resignada.

—…Ve por tu chamarra, iremos al cine —le ordenó ella, caminando hacia el recibidor y recogiendo su mochila. Loui reaccionó sorprendido, sobre todo viniendo de ella.

—Pero es hasta la noche.

—Pues entonces comeremos algo, iremos a ver a mamá y luego pasamos al cine, pero haz lo que te digo. No lo repetiré dos veces —reiteró con firmeza, sacando las llaves de la cerradura y subiendo las escaleras. Sería un largo día para ella.

Ni siquiera se pusieron de acuerdo sobre lo que dirían a su madre, pero en cuanto Marianne mintió diciendo que su padre se había quedado en casa, intentando arreglar una tubería rota, Loui la secundó de inmediato. Era primera vez que compartían algo sin ningún tipo de acuerdo previo, como un pacto implícito.

—…Y entonces para impedir que se apodere del mundo, Ahura decide enviar sus tropas de daevas lideradas por Samandar en contra de Ahriman, pero lo que Samandar no sabe, es que la razón por la que lo han enviado es que dentro lleva la semilla de Spenta, la cual al entrar en contacto con Ahriman siendo su opuesto, crearía una ola de energía destructiva que erradicaría por completo a la humanidad en una especie de operación encubierta de purificación extrema —relataba Loui con recobrado entusiasmo mientras se encaminaban hacia el cine—. Si la película es tan buena como el videojuego, será épica. Sólo faltará que hagan película del Detective de las sombras y mi vida estará completa.

—…Suena interesantísimo —comentó Marianne con desgana.

El cine se localizaba justo dentro de la más importante plaza comercial de la ciudad.

La intención de Marianne era entrar directo a la sala de proyección y terminar pronto con su compromiso, pero Loui se plantó frente a la fila de la dulcería y contempló con antojo las vitrinas. Podía prever lo que pasaría a continuación, y dado que su madre comúnmente le prohibía los dulces, no desaprovecharía la oportunidad que se le presentaba.

—¡Quiero refresco y dulces!

—Dije que te invitaría al cine, pero no abuses.

—La experiencia del cine no está completa SIN refresco y dulces —insistió Loui, cruzándose de brazos con gesto de estar dispuesto a hacer una escena si no se salía con la suya. En un abrir y cerrar de ojos había vuelto a ser el chiquillo latoso de siempre.

Marianne refunfuñó, pero decidió dejarlo pasar para evitar una confrontación. Lo mandó a ocupar asientos mientras ella se formó en la fila y esperó pacientemente turno. Recordó que aún tenía la tarjeta de su padre así que pensó en castigarlo de cierta forma excediéndose con los dulces, no sería gran cosa, pero al menos eso les haría olvidar todo por un momento.

—Deme unas palomitas grandes con caramelo, una bolsa de gomitas, quiero dos… ¡no! Cuatro de esas barras de chocolate, unos nachos con mucho queso, un paquete de maní y dos refrescos jumbo, por favor —pidió Marianne una vez en el mostrador, y mientras esperaba su orden, comenzó a tamborilear los dedos con impaciencia.

—¿Podría darme dos refrescos y unas palomitas, por favor? —dijo una voz que enseguida reconoció. Giró el rostro, deseando que no fuera quien pensaba, pero apenas se encontró con aquellos ojos azules, su expresión cambió, al igual que la de él.

—No puedo creer mi mala suerte —dijo ella, adoptando una postura rígida.

Demian pareció recobrar el aplomo en la mirada y aspiró hondo.

—Parece que compartimos la misma suerte.

—Espero que no vengas con Mitchell, no estoy de humor para soportarlo también.

—Pues no. No vengo con él —replicó Demian, esperando su orden para marcharse.

Marianne dio un resoplido y decidió también ocuparse de su pago. Él miró de reojo y torció las cejas ante tal cantidad de dulces.

—¿No es eso demasiado para ustedes?

Ella volteó como si no se esperara que volviera a hablarle.

—Te sorprendería todo lo que somos capaces de comer —respondió secamente, tomando unas palomitas y metiéndoselas a la boca.

—Al menos algo tienen en común —dijo él con tono indiferente y ella lo miró sin entender el sentido de su comentario—. Y… ¿cuánto tiempo llevan juntos?

—Pues supongo que unos once años. En serio, no entiendo a qué viene la pregunta —respondió ella, alzando una ceja.

—¿Once años? ¿Pues cuántos años tienes? —preguntó Demian de nueva cuenta, tratando de detectar si lo decía en broma o en serio.

—¿Qué preguntas son ésas? ¿Cuántos tienes tú? ¿Tiene alguna importancia?

—Supongo que no, sólo quería ser diplomático y hacer conversación, pero supongo que tienes prisa por regresar con tu novio, así que no te interrumpo más —dijo él, dando por finalizada la plática y llevándose la bandeja con su orden.

—…Un momento, ¿qué? —Él ya se alejaba, de modo que tomó su bandeja rebosante de dulces y se plantó frente a él, intentando mantener el equilibrio—. ¿Qué fue lo que dijiste? —Demian se detuvo, cuidándose de no chocar con ella, y le devolvió la mirada con hosquedad—… Fue Mitchell, ¿verdad? ¡Ay, ese idiota, que prefiere tergiversar todo a aceptar un rotundo rechazo!

—¿Eso significa que…?

—¡Hey! ¿Escuché que decían mi nombre?

Mitchell se apareció de repente como por arte de magia a un lado de ellos.

—¿No que no venías con él? —masculló Marianne con un resoplido.

—¡No lo hice! —insistió Demian igual de confundido que ella.

—¡Pero qué sorpresa encontrarlos aquí! ¿Acaso vinieron…? —comentó Mitchell, apuntando a uno y a otro, extrañado de verlos juntos.

—¡No! —exclamaron ambos a coro.

—De acuerdo, no tienen que gritar. Ya estaba a punto de protestar después del teatrito que montaste con el güerejo, pero ya supe que a las chicas les contaste otra historia.

Marianne aspiró y lo miró como si fuera a echar fuego por la nariz.

—¡Bueno, da igual! De todas formas, creo que encontré por fin a la indicada —finalizó Mitchell, haciéndose a un lado y señalando con la mirada a la puerta de la sala de proyección. Ahí estaba Belgina, mirando distraída alrededor con gesto ausente.

—¿Belgina? —dijo Marianne boquiabierta mientras Mitchell sonreía triunfante.

—En fin. Novio, primo, amigo o lo que sea, ya no importa, así que… gracias de nuevo por tu rechazo —finalizó, guiñándole el ojo y dirigiéndose hacia Belgina.

Ésta dio un pequeño sobresalto al sacarla de su distracción y tras decirle algo, volteó en dirección a Marianne, reaccionando espantada al verla, pero antes de que pudiera hacer algo, Mitchell la tomó del brazo y la condujo a la sala de proyección.

—…No lo creo —farfulló Marianne, sacudiendo la cabeza.

—¡Hey, ¿por qué tardas tanto?! ¡Ya casi va a empezar la película! —Loui apareció junto a ella con gesto impaciente, escaneando el contenido de la bandeja—. ¡¿Dónde están las papas?! ¡Siempre se te olvida algo!

—¡Si tanto las quieres, ve a comprarlas! ¡Bastante he hecho hasta ahora! —le respondió, dando un pisotón que la sacaba de balance momentáneamente. Loui le mostró la mano en señal de que le diera dinero, tal y como solían hacerle a su madre, y ella lanzó un gruñido—.  ¿Te importa? ¡Tengo las manos ocupadas!

—Ten, esto debe ser suficiente —intervino Demian, sosteniendo su propia bandeja con una mano y sacando un billete de su bolsillo con la otra. Loui lo observó desconfiado al inicio, pero luego tomó el billete, comenzando a ondearlo frente a la cara de Marianne.

—¡Gracias, extraño! —dijo, corriendo hacia la dulcería.

—¿Por qué le diste dinero?

—¿Es tu hermano?

—Qué observador eres, Sherlock —replicó ella con sarcasmo.

—Así que vienes con él.

—¿Con quién pensabas que venía? —Él solamente encogió los hombros y miró su reloj antes de volver a tomar la bandeja con ambas manos. Ella giró los ojos y trató de acomodar la suya entre sus brazos para inmovilizarla—. ¡Ah! Y para que quede claro: NO, Samuel no es mi novio. Mitchell malinterpretó las cosas a su conveniencia. Aunque de haber sabido que acosaría a Belgina ahora, lo hubiera manejado de otra forma.

—Creo que ya está mayorcita para decidir con quién sale. Déjala cometer sus propios errores, ya se dará cuenta si se equivoca.

—Imagino que lo dices por experiencia, pero dudo que estés muy orgulloso de tu error  con K.

Él la miró como si no entendiera de qué hablaba, pero no alcanzó a preguntar, pues Loui regresó con una bolsa enorme de papas.

—¡Listo! Ahora a la sala que ya escuché que empezaran los tráileres.

—¡Espera, al menos carga algo de lo que llevo! —Marianne dio media vuelta con cuidado, sintiendo cómo la bandeja vibraba a cada paso que daba y justo cuando pensaba que en cualquier momento se le caería, Demian la levantó con una mano, llevando así las dos bandejas consigo. Ella no pudo evitar mirarlo con sorpresa.

—No te preocupes, te la devuelvo en cuanto encuentren sus asientos —aclaró él mientras entraban a la sala de cine. Ella no sabía de qué forma tomar aquello y entonces vio a Loui agitando los brazos desde la fila de en medio. Al acercarse, notó que junto a él estaba Lucianne, quien la saludó con una sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella y Marianne se disponía a responder cuando Demian le extendió una de las bandejas.

—Aquí tienes, sin mantequilla como pediste.

—¡Gracias! Qué casualidad encontrarte aquí, Marianne. ¿Sabías que Belgina también vino? Me parece que se sentó del otro extremo, pero no me vio, parecía distraída.

—Y supongo que ustedes vinieron juntos —dedujo Marianne, mirando de Demian a ella. Lucianne sonrió ruborizada mientras Demian guardaba silencio y tan sólo le entregaba su bandeja para luego pasar a sentarse junto a Lucianne.

—¡Dame, dame! —pidió Loui, tomando uno de los refrescos y el bote de palomitas.

Ella dio un suspiro y se sentó junto a él, acomodando la bandeja entre los brazos de los asientos, aunque de repente ya no sentía ganas de dulces, sólo quería que la película terminara para volver pronto a casa.

Tanto lo pensó que cuando menos se dio cuenta, ésta ya había finalizado. Era como si hubiera parpadeado un segundo en el título y de repente ya estaban los créditos finales.

—¡Estuvo genial! ¡Quiero verla otra vez! ¡Pónganla de nuevo! —exclamó Loui, saltando sobre su silla, aterrizando en el piso y comenzando a correr por los pasillos donde la gente ya comenzaba a aglomerarse para salir.

—¡Loui, regresa ahora mismo! ¡¿Te volviste loco o qué?!

—¿Dejaste que se comiera todos los dulces? —preguntó Lucianne y ella miró la bandeja, notando que estaba prácticamente vacía a pesar de que ella no había tomado nada—. Le has dado combustible para toda la noche.

—¡Baja de ahí! —ordenó Marianne al ver que comenzaba a escalar el escenario donde se alzaba la pantalla.

—Iré por él —se ofreció Demian, saliendo de la fila y bajando a lo largo de todo el pasillo.

—Supongo que no tendrás alguna pastilla para que duerma por varias horas —inquirió Marianne, sintiendo que las sienes comenzaban a palpitarle.

Lucianne se vio a sí misma haciendo polvo unas pastillas, esparciéndolas sobre un vaso con jugo y pasándolo por la abertura de la puerta para que su padre lo tomara y así mantenerlo dormido la mayor parte del día. Sintió una punzada de remordimiento en ese instante por el punto al que había tenido que llegar para tenerlo controlado.

—…Lo siento —respondió ella. Demian regresó, cargando a Loui como si fuera un bulto mientras éste se revolvía inquieto.

—¡Ha sido un día genial, la película lo valió todo! ¡Ya ni siquiera me importa que papá nos haya abandonado!

Marianne enmudeció y levantó la vista hacia Lucianne y Demian con la intención de desmentirlo, pero ninguna palabra salió de su boca. Agobiada, se mordió el labio y tomó a Loui de la muñeca.

—¡Es hora de irnos! ¡Camina! —ordenó, tirando de él para salir de ahí. El cine ya casi terminaba de vaciarse, pero a cada paso Loui parecía oponer mayor resistencia, dificultándole el avanzar—. ¡Vamos, no te pongas pesado!

Estaban ya a unos pasos de la salida cuando él se detuvo por completo, apoyó su mano libre en uno de los respaldos y tras encorvarse, vomitó copiosamente todo lo que había comido esa noche. Marianne permaneció inmóvil, con el gesto contraído, pensando que oficialmente el día había alcanzado el pináculo de lo horrible, siendo ese instante la guinda del pastel, y dadas las circunstancias, parecía ser lo único que faltaba en aquel charco.

Lucianne y Demian intercambiaron miradas, como si pensaran lo mismo.

Él aún no tenía permitido volver a manejar, de modo que un chofer conducía. Demian iba en el asiento copiloto, mientras Lucianne iba con Marianne y Loui en el asiento trasero.

El chiquillo ya había caído rendido y cabeceaba con los ojos cerrados mientras el auto avanzaba en dirección a su casa. Marianne mantenía la mirada fija en la ventanilla, mirando el camino en completo silencio. No soportaba la idea de que alguien más conociera su situación, la hacía sentir vulnerable. Al único a quien no podía ocultárselo por razones obvias era a Samael, y aún así optaba por no hablarlo directamente.

En cuanto el auto se estacionó frente a su casa, Demian ayudó a cargar a Loui hasta el interior, mientras Marianne se bajaba del auto, cruzada de brazos.

—Lo dejé en el sillón de la sala —dijo Demian al salir.

—Bueno, al menos no deberás preocuparte porque esté despierto toda la noche —comentó Lucianne con la intención de aligerar el momento, pero ella no respondió nada—… ¿Quieres que me quede con ustedes por esta noche?

—No es necesario, estaremos bien. Gracias por traernos…y perdón por arruinar su cita.

—¡No te preocupes, no fue una cita! Sólo fuimos como amigos —aclaró Lucianne de forma inmediata, aunque no pudo evitar sonrojarse. Marianne sólo asintió y se dirigió a la puerta mientras ambos la seguían con la mirada.

Una vez dentro, dio un vistazo por la ventana y alcanzó a verlos subir de nuevo al coche. A pesar de que Lucianne lo había negado, tenía la impresión de que algo podía estar surgiendo entre ellos, lo cual no sería de extrañar si uno los veía juntos. Parecían perfectos el uno para el otro.

Apretó la tela de la cortina y su mano comenzó a deslizarse sobre ésta. Estaba tan distraída que no alcanzó a escuchar que alguien se colocaba detrás de ella, dando un brinco al sentir una mano posarse sobre su hombro.

—Tranquila, soy yo —susurró Samael. Ella suspiró con alivio y dirigió una mirada a su hermano para asegurarse de que siguiera dormido—. Estaba preocupado, ¿fueron a algún lado?

—Sólo salimos. Nos llevó más tiempo de lo que esperaba —respondió ella—… Hay que llevar a Loui a su cama, ¿me ayudas? Está noqueado, no creo que se dé cuenta.

Samael asintió y entre los dos lo tomaron con suavidad de las extremidades para subirlo cuidadosamente hasta su habitación. El niño había agotado todas sus energías, así que ni siquiera pareció darse cuenta de que ya estaba en casa. Lo acomodaron en la cama y salieron de ahí, cerrando la puerta con sigilo.

—Lamento haberte dejado solo, espero que no te hayan abrumado con sus preguntas.

—Hubo unas cuantas —admitió él, dando un suspiro—. Pero creo que pude eludir algunas que no podía responder sin revelar… cosas.

—¿Cosas como qué? ¿Las que ya sé o las que no me has contado aún? —preguntó, entornando los ojos.

Samael se quedó callado, sabiendo que sin importar lo que respondiera, igual caería en su trampa, así que se aclaró la garganta y desvió la vista. Fue entonces que una intensa sensación de ansiedad se apoderó él, como si una tonelada de aire comprimido comenzara a ejercer presión en su cabeza. Empezó a escuchar voces lejanas que no estaban ahí. Gritos. Se apoyó de la pared y se llevó una mano a la frente.

—¿…Samael? ¿Estás bien?

Él no respondió, apenas cerró los ojos fue como si mirara a través de un velo oscuro con visión nocturna, viendo proyectarse fragmentos de un ataque en un lugar desconocido, pero de algo estaba seguro, era real, lo supo en cuanto logró distinguir a Hollow en aquella proyección que corría en su mente. Estaba ocurriendo en ese instante y no tenía idea de cómo impedirlo.

Marianne lo miró alarmada. No tenía idea de lo que ocurría. Intentó tomarlo de los hombros, pero él la detuvo de la mano, transmitiéndole a continuación aquella misma visión. El efecto velado no impedía que aquellos ojos rojos resaltaran en su mente. Ella se apartó al instante, jadeando pesadamente. ¿Qué había visto?

—¿Qué fue eso? ¿Cómo es que…?

Samael abrió los ojos, y aunque seguía viendo aquellas imágenes, también la veía a ella a través del velo.

—Está atacando… Debemos detenerlo…

—¡¿Pero cómo?! ¡Ni siquiera sabemos dónde es! ¡Podría ser cerca, podría ser en otro país o al otro lado del mundo! ¡¿De qué forma podríamos…?!

En ese instante, Samael desapareció en un parpadear con un destello de luz. Ella permaneció en silencio, pensando que simplemente se había hecho invisible, y comenzó a tentar el aire, creyendo que de esa forma lo encontraría, pero ahí no quedaba nadie más que ella.

Su ángel se había ido.


SIGUIENTE