CAPÍTULO 15

15. REVENTANDO LA BURBUJA

Habían pasado horas desde que Samael había desaparecido sin dejar rastro y Marianne permanecía despierta, sentada en su cama con la luz encendida por si volvía. Aún no podía entender lo que había visto y mucho menos lo que había pasado con él.

Su día no había hecho más que empeorar desde que llegó el sobre dirigido a su padre y parecía no acabar. Se sentía muy cansada, pero no podía permitirse dormir, tenía la sensación de que en cualquier momento el ángel volvería a aparecer. Conforme los minutos pasaban y se escuchaba únicamente el tic tac del reloj, el sueño amenazó con vencerla, así que decidió dar un recorrido por toda la casa y de paso tomar algo para mantenerse despierta, un café quizá.

Salió al pasillo y mientras lo recorría, extendía los brazos hacia el espacio desocupado por si llegaba a toparse con él. Antes de bajar, verificó que Loui siguiera dormido y recorrió también su habitación, tanteando el aire por si acaso. Cada que pasaba por alguna pieza de la casa, repetía aquel procedimiento. Acabó recorriendo la casa entera hasta terminar en el desván, con una taza de café entre las manos y sentada en el catre mientras observaba lo ordenado que Samael había dejado el lugar. Ya no parecía el ático donde guardaban los muebles viejos, lucía irreconocible.

—¿…Dónde estás? —se preguntó, dando un sorbo a su café de forma similar a su padre, escaneando el lugar con la vista y tratando de no perder detalle por si ocurría algún cambio. Varias de las cajas que habían estado arrumbadas ahora decoraban los muros, fijadas de manera que la abertura quedaba a la vista y ahora funcionaban como repisas en las que había objetos y adornos de las propias cajas del desván, empaquetados al parecer por varios años. Había también varias puertas de armarios sueltas que él se había encargado de unir en forma de biombos, y éstos rodeaban la zona donde se encontraba el colchón, de modo que podía encerrarse y darle tiempo para ocultarse o desaparecer si en algún momento alguien que no fuera Marianne subía al ático.

Las paredes de por sí estaban antes tapizadas de tablas para darle un aspecto campirano, pero Samael se había encargado de hacer un ligero cambio justo en una de las esquinas, de donde había arrancado algunas de las tablas, y tras colocar ahí un armario, algo viejo pero funcional, lo tapizó con éstas, mimetizándolo con la pared de forma que a simple vista parecía una extensión de la misma. Ahí guardaba la ropa que ella le había conseguido. Incluso había organizado varios libros encontrados en uno de los baúles, colocándolos dentro de la caja-repisa más próxima al colchón. Justo encima de éste se encontraba el manual que ella le había dado.

Dio otro sorbo al café, y como éste ya comenzaba a enfriarse, asentó la taza encima del baúl a los pies del colchón; de todas formas la cafeína no le estaba haciendo mucho efecto, aún sentía un sueño descomunal. A continuación, tomó uno de los libros y trató de leerlo, pero mientras pasaba las páginas, no paraba de ver en su mente aquellas imágenes a través del velo que Samael le había transmitido con un solo toque. Pronto éstas se apoderaron de su pensamiento, al grado de que le pareció ver algo más que no recordaba, al mismo Samael en aquel sitio desconocido frente a Hollow, herido por él y abandonado a su suerte. Quiso llamarlo, pero estaba lejos. No podía ayudarle, no podía hacer nada. Extendió los brazos con la intención de llegar a él, pero ella sabía que no podía ser real.

Sin embargo, le pareció que él le devolvía la mirada a través del velo y que también extendía el brazo en dirección a ella. Debía ser sólo una proyección en su mente, únicamente eso, incluso cuando logró tomar su mano se convenció de que no podía ser real. Fue entonces que escuchó un fuerte golpe en el piso.

De inmediato abrió los ojos y por medio del tragaluz en el techo se dio cuenta de que estaba amaneciendo. No recordaba en qué momento se había quedado dormida, pero en ese instante lo que le preocupaba era el golpe que la había despertado. Bajó la mirada y vio para su sorpresa que Samael estaba en el piso, con una mano apoyada en el suelo en un intento por ponerse de pie y la otra aferrada hacia el frente. Parte de su ropa estaba desgarrada y jadeaba con fuerza, arqueando la espalda de forma pronunciada. Gotas de sangre caían de su cabeza al suelo. Al darse cuenta de que no se trataba de un sueño, se arrodilló a su lado y lo tomó de un hombro, a lo cual él reaccionó con un sobresalto.

—…Marianne —musitó al ver que era ella, normalizando su respiración poco a poco. La sangre corría por su frente, manchando su impoluta piel y su cabello, en contraste con el iridiscente halo que emanaba de él. Le era inconcebible ver a un ángel herido.

—¿Qué ocurrió? ¿Dónde te metiste?

—Fueron las imágenes, la visión de que atacaban a alguien. Era real, estaba ocurriendo. Tú también lo viste, ¿verdad? Cuando te tomé la mano…

—¡Pero ¿dónde estuviste?! ¡Estaba preocupada!

—…Estuve ahí.

—Pero… ¿cómo?

—Sólo pensé que debía llegar a ese lugar, aunque no supiera dónde era, quería estar ahí… y entonces pasó. La visión a través del velo se volvió clara, nítida y tú ya no estabas frente a mí, sino Hollow. Pensó que era simplemente una persona que pasaba por ahí. Me dio por muerto. No sé cuánto tiempo pasó, no tenía idea de cómo regresar, y entonces te vi de nuevo a través del velo. Me trajiste de vuelta.

—No sé… qué fue lo que ocurrió realmente —balbuceó ella, demasiado impresionada mientras Samael trataba de enderezarse, usando su mano como palanca.

—Debemos volver ahí.

—¿Estás loco? ¿Ya viste cómo estás? ¡Tienes que curar tus heridas y además…! —Él sacó la mano apretada contra su cuerpo y le mostró la esfera apagada que sujetaba fuertemente—. ¿Acaso eso es…?

—Es el don del hombre al que estaba atacando. Lo hizo añicos como la otra vez. Esperé a que se marchara para poder restaurarlo. Pero no pude devolvérselo. Tú eres la única que puede hacerlo.

—Pero ¿cómo se supone que iremos? Tú mismo dijiste que no sabías dónde era el lugar, ¿cómo piensas regresar? Y sobre todo, ¿cómo se supone que yo iré? Olvidas que aquí el ángel eres tú, y además ya casi es hora de ir a clases y…

Samael no esperó que terminara de hablar, simplemente la tomó de la muñeca y ambos desaparecieron en medio de un destello. En un pestañear se encontraron a mitad de un callejón oscuro, apenas iluminado por la tenue luz de un poste. Marianne miró a su alrededor atónita, era el lugar que recordaba en la visión velada. Era real.

—¡Ven, aquí está! —dijo Samael, llevándola hacia el fondo del callejón.

Tendido entre bolsas de basura había un muchacho enfundado en lo que parecía un conjunto de cuero, desde la punta de las botas hasta las cintas que rodeaban su cuello, con el cabello largo por debajo de los hombros y alborotado, e incluso algo de sombra en los ojos; había algo en su aspecto que le parecía conocido.

A unos metros del cuerpo había un estuche en forma de guitarra, así que supuso que debía ser músico. De hecho, tenía todo el aspecto de un rockero.

Se aproximó al cuerpo a la vez que Samael le entregaba la esfera para que pudiera devolvérsela y mientras seguía el procedimiento usual, observó su rostro, tratando de descubrir de dónde lo había visto antes.

—…Hey, creo saber quién es —comentó Marianne tras devolverle el don—. He visto que Lilith tiene varias cosas con su imagen. Me parece que es un cantante famoso. Lissen Rox o algo así. Habla todo el tiempo de él.

—Cantante entonces. Quizá buscaba el don artístico en ese caso —dedujo él con gesto reflexivo mientras Marianne observaba a su alrededor, fijando su mirada en una puerta al fondo.

—Quizá ahí es donde ensaya… ¿crees que haya podido atacar a más gente?

—No, sólo vi que lo atacaran a él.

—¿…Quiénes son? —preguntó de repente el muchacho al volver en sí.

Tenía los ojos entrecerrados, así que lo más probable era que no lograra verlos con claridad, pero el primer impulso de ambos fue invocar su armadura para que no los identificara.

—¿Son… androides o algo así?

—…Vámonos —dijo Marianne, tirando de Samael—. Debemos volver, rápido.

—Espera, debo concentrarme en el lugar, tú también deberías hacer lo mismo —indicó él, cerrando los ojos con fuerza y arrugando el entrecejo—. No debes soltarme en ningún momento.

Marianne asintió, tomándolo del brazo, mientras el chico vestido de cuero iba incorporándose con el cuerpo tambaleando.

—¿Son ángeles? ¿Demonios? ¡¿Qué son?! —continuó preguntando, pero ellos no respondieron nada y en cuestión de segundos desaparecieron en medio de un centelleo que dejaba impactado al cantante.

Fue sólo un parpadear para ellos, pasando del sucio callejón donde habían estado un milisegundo antes de regreso al ático. Sus armaduras se retrajeron y Marianne dio un rápido vistazo al lugar para asegurarse de que estaban de vuelta. Tablas de camuflaje, puertas-biombos, cajas-repisas, todo estaba tal y como lo había dejado. Volteó entonces hacia Samael, que se había sentado en el suelo y se tocaba la herida de la frente, mirando con curiosidad la sangre que quedaba impregnada en su mano. Se arrodilló frente a él y comenzó a revisar su lesión. Tenía un corte profundo en la línea del cabello y algunos moretones, pero nada de gravedad.

—¿Te duele mucho? —preguntó mientras tomaba un trapo de uno de los baúles más cercanos y le limpiaba la sangre con él.

—Ahora no, pero sentí el corte. Es extraño, después del impacto me quedé inmóvil por unos segundos, como si mi cuerpo no quisiera responder.

—Es por la conmoción. De hecho, se me hace tan extraño verte herido. Pensé que por ser un ángel estabas exento de ello.

—No, desde que tengo cuerpo físico estoy sometido a las mismas condiciones que cualquiera de ustedes.

—O sea que prácticamente eres humano.

—Mmmmh, no exactamente. Como dije es sólo algo físico. Aunque como ustedes ahora puedo ser herido y sentir dolor, mi origen sigue siendo celestial —aclaró él mientras Marianne terminaba de limpiarle la herida con sumo cuidado, aunque continuaba sangrando profusamente.

—¿Y puedes curarte a ti mismo?

—¡Ah, cierto! ¡Se me estaba pasando! —Se llevó la mano a la frente, tanteándola hasta sentir la herida y tratando de cubrirla en su totalidad. Cerró los ojos y su palma comenzó a emitir un cálido fulgor que fue disminuyendo poco a poco hasta volver a su brillo natural. Apartó la mano y la herida ya había desaparecido por completo—. Listo, como nuevo.

Marianne lo observó más de cerca. Su piel estaba lisa, sin marcas, solamente le quedaban las manchas de sangre en el cabello y la camisa.

—Dijiste que ahora puedes sentir dolor… ¿qué pasaría si te hirieran de gravedad?

—¿A qué te refieres?

—Si resultaras tan herido de forma que ni siquiera pudieras curarte a ti mismo… y nadie más pudiera salvarte, ¿qué pasaría entonces?

—¿Estás intentando preguntar si puedo morir? —Marianne hizo una mueca, pero asintió, aunque pensar en ello la inquietara. Él reflexionó por varios segundos hasta que volvió a mirarla sin cambiar su semblante sereno—… Sí, es posible.

—¿Qué? ¿Y lo dices tan tranquilo? Es básicamente lo mismo que nosotros.

—Bueno, la diferencia es que los humanos poseen alma, su cuerpo físico es únicamente el revestimiento que la protege. A pesar de la muerte, ésta continúa existiendo, algunas incluso reencarnando. En cambio, los ángeles no tenemos. Mi misma esencia fue la que tomó esta forma corporal. Así que si yo muriera… simplemente dejaría de existir. Sería borrado por completo.

Marianne lo observó perturbada ante la pasividad con que lo reconocía, como si estuviera conforme con aquel destino.

—¡Pero es tan injusto!

—Tranquila, no significa que vaya a morir tan fácilmente —afirmó él con una sonrisa afectuosa para calmarla—. Sólo tengo que ser cuidadoso.

—Más te vale, porque no pienso perder a mi ángel guardián —le advirtió con firmeza, levantándose de un salto y dirigiéndose a la puerta—. Debo prepararme para la escuela, y tú deberías darte un baño y cambiarte esa ropa.

—Lo haré —aceptó él sin borrar su sonrisa, sabiendo que aquella dureza era para no demostrar su preocupación.

Después de que ella salió, él permaneció en el piso, frotándose de la frente el resto de la sangre y contemplando las manchas que tenía en la camisa. Era primera vez que se enfrentaba a una situación peligrosa donde resultaba herido.

A pesar de saber que era parte del riesgo y lo había aceptado, se percibía diferente al experimentarlo de primera mano, una extraña mezcla entre pánico y adrenalina que no podía explicar. No tenía idea de que el dolor físico pudiera ser tan intenso, sin embargo, estaba consciente de que en el futuro podría resultar mucho peor, tal y como en el panorama que Marianne había puesto: la muerte.

Cerró los ojos y movió levemente la cabeza, dando un suspiro. Efectivamente la idea de la muerte en sus condiciones resultaba aterradora, pero su principal objetivo era proteger a Marianne, aunque eso significara romper algunas reglas que tenía impuestas de forma predeterminada.

—¿Quién era el muchacho que estaba contigo ayer? —preguntó Loui al salir de su habitación, ojeroso y con el pelo revuelto.

—¿Lograste despertar? Recuérdame no volver a invitarte a un solo dulce mientras viva, y tampoco al cine. No después de la escenita que montaste ayer. Y si te refieres a Demian, no estaba conmigo, pero qué bueno que lo recuerdas porque vas a devolverle el dinero que te dio ayer. No pienso deberle nada —le espetó ella con recriminación.

Loui apretó los ojos y meneó la cabeza como si el sonido de su voz lo mareara. Parecía más bien estar saliendo de una resaca. Una resaca de dulces.

—¡No! ¡Yo digo el rubio! —replicó, tomándola por sorpresa. No esperaba que se hubiera dado cuenta cuando lo llevaban a su habitación. Parpadeó durante unos segundos sin saber qué decir, pero de inmediato intentó recobrar la calma.

—…No sé de qué hablas, debiste soñarlo. Eso te pasa por comer tantos dulces.

—¡Yo sé lo que vi! ¡Incluso cuando dijiste que no había nadie en tu cuarto, yo estaba seguro de haber visto a alguien! —insistió él—. Es más, ahora que recuerdo, también era rubio. No creo que sea coincidencia, ¿o sí?

—Has estado imaginándote cosas, sólo eso —repitió Marianne sin dar el brazo a torcer. Lo único que le quedaba era negarlo y evitar a toda costa que viera a Samael, a riesgo de que pudiera reconocerlo—. Ve a cambiarte, tienes que ir a la escuela.

—¡Voy a descubrir lo que sea que estés ocultando! ¡Ya lo verás!

—¡Ve a cambiarte, gusano! —le ordenó, cerrando la puerta tras de ella.

Sabiendo que Loui podía llegar solo a su colegio, decidió irse antes de que él terminara de desayunar. Lo que había ocurrido con Samael, aunque angustiante al principio, podía resultar de provecho si es que aprendían a manejarlo. Les sería posible evitar muertes innecesarias sin importar la distancia. Aunque no estaba segura si era algo que sólo él podía hacer, ya que al menos ella había sido capaz de ver lo mismo que él al tocarlo, e incluso lo había traído de vuelta, quizá porque estaba conectado a ella siendo su ángel guardián. De cualquier forma, era otra habilidad que debían explorar más.

Al verla entrar por la puerta, Belgina se retorció en su asiento y bajó la mirada con gesto avergonzado. Marianne inhaló profundo y entró decidida hasta detenerse frente al asiento de ella.

—Explícame, Belgina, ¿qué hacías con Mitchell ayer? ¿Por qué aceptarías salir con él después de lo que te dijimos?

—Yo… no sé. Intenté negarme… pero no pude. Puede ser muy… insistente.

—¡Ésa no es excusa!

—¿Escuché bien? ¿Saliste con Mitchell? —intervino Lilith, colocándose a su costado a la vez que Angie se colocaba del otro, provocando que Belgina se sintiera acorralada.

—Se… se portó bien —dijo ella en un intento por restarle importancia—. Temía que intentara… cosas extrañas, pero… fue muy atento.

—Con todas las chicas se comporta igual.

—Escuché que antes de que fuera transferido aquí estaba en una academia militar y fue expulsado por involucrarse con la hija del director —comentó Angie, aportando como si estuvieran en medio de una intervención.

—¡Qué escándalo! —agregó Lilith y Belgina se encogió cada vez más en su asiento.

—No quería tener que decir esto, pero es por tu bien. La razón por la que comenzó a seguirte fue porque lo rechacé —reveló Marianne y ante eso Belgina contrajo el rostro en un gesto de decepción.

Las chicas asintieron con firmeza, pero antes de que pudieran agregar algo más, Kristania se apareció junto a ellas, mirando a Belgina con seriedad. Ni siquiera llegaron a advertir su llegada. Ésta sacó su aparato móvil, y escribió algo en él con rapidez.

“Supe que ayer saliste con mi hermano.”

Belgina no respondió, tan sólo miró hacia todos lados como si deseara que la tierra se abriera y la tragara, hasta que la vio escribir algo más en su dispositivo.

“Pensaba que eras más inteligente”.

Belgina alzó la vista, sintiéndose apabullada, y Kristania esbozó una sonrisa torcida mientras guardaba su dispositivo y regresaba a su asiento.

—Ustedes… también piensan que soy una tonta, ¿verdad?

—¡No, claro que no! Sólo queremos evitar que cometas un error.

—O que no lo vuelvas a cometer en cualquier caso —añadió Lilith, tras lo cual Belgina se levantó de golpe, y comenzó a caminar rígida hacia la puerta hasta salir de ahí.

Marianne dio un suspiro y movió la cabeza negativamente, saliendo a continuación detrás de ella.

Ésta se había detenido en la puerta lateral, pegando las manos a su espalda como si hubiera desplazado toda su tensión a ellas.

—¡Hola, nena! —Mitchell surgió detrás de ella y Belgina dio un brinco—. Tranquila, sólo soy yo. Quería agradecerte la salida de ayer. La pasé muy bien, espero que también tú.

Ella no respondió, únicamente echó un vistazo a su alrededor y él siguió su ejemplo, colocándose a su lado.

—¿Qué vemos? ¿Esperamos a alguien? —Ella retrocedió unos pasos, indecisa entre quedarse o salir corriendo—. ¿Pasa algo?

—Bueno, ¿acaso tú no piensas dejar de molestarla o qué? —interrumpió Marianne, colocándose junto a Belgina.

—Ah, ya te habías tardado en interrumpirnos, pero está bien, entiendo que aún no puedas superarme después de dejar pasar tu oportunidad.

—¡Ni vale la pena discutir contigo! Belgina, será mejor que regresemos al salón antes de que el maestro llegue.

—O podrías quedarte conmigo, nos saltamos clases y vamos por un helado o algo.

—¿Piensas que es una irresponsable como tú?

—Pues al menos yo no me la paso mangoneándola.

—¡Yo no la mangoneo! ¡Tú eres el que la está acosando!

—Acosar es una palabra muy fea, yo diría más bien que soy perseverante.

Belgina se mantuvo al margen, como si hubiera levantado una burbuja alrededor de ella, la cual comenzaba lentamente a resquebrajarse.

—Tengo una idea, que ella misma decida si la estoy molestando o no —resolvió Mitchell finalmente y ambos fijaron su atención en Belgina, quien al verse en el centro de sus miradas, sintió que el estómago se le revolvía.

—Vamos, Belgina, dile. Te está molestando, ¿verdad?

—No pongas palabras en su boca, mejor que simplemente diga si quiere que deje o no de hablarle.

—Sólo intentas forzar tu compañía.

—Pues yo creo que la disfruta, ¿verdad, nena?

Los dos la miraron fijamente, mostrando que no pensaban ceder. La respiración de Belgina comenzó a acelerarse, llenándose de ansiedad, hasta que la burbuja reventó.

—¡No! —exclamó ella, tomándolos desprevenidos—. ¡De hecho no quiero seguir escuchándolos en este momento! ¡A ninguno de los dos!

Acto seguido se echó a correr, dejando a ambos mudos y con la boca abierta por varios segundos, al menos hasta que Marianne volteó hacia Mitchell, lanzándole una mirada de reproche.

—¡…Esto es tu culpa! ¡Espero que estés satisfecho!

Marianne se marchó también, siguiendo los pasos de Belgina, sin reconocer que tenía en parte la culpa.

Belgina se mantuvo distante el resto del día mientras Marianne trataba de pensar una forma de abordarla. Pensó que quizá se había extralimitado un poco, pero estaba convencida de que era lo mejor para ella, y al menos su reacción en la mañana era un pequeño paso.

—Hoy debemos reunirnos, ¿recuerdas?—Trató de sonar casual al terminar las clases. Belgina no disminuía el paso ni despegaba la vista del frente—. Irás con nosotras, ¿verdad? ¿Belgina?

Ella continuaba sin responder por lo que volteó hacia Lilith y Angie, que iban unos pasos más atrás, pero ellas sólo se encogieron de hombros así que meneó la cabeza con resignación.

—…Háblame, por favor, yo sólo quería evitarte un mal rato con Mitchell, pero si aún así quieres verlo…

Belgina se paró en seco en ese instante y volteó hacia ella con gesto inexpresivo.

—Eso es lo de menos. Cuando te conocí, realmente deseaba ser tu amiga, pero Kristania era demasiado dominante y controladora. El que la confrontaras resultaba una novedad, nadie lo había hecho hasta entonces, y así me diste la determinación para tomar mis propias decisiones. —Marianne la miró en completo silencio, procurando no interrumpir—… Y ahora el que intentes apartarme de otras personas, quienesquiera que sean, es como una forma de coartar mi propio juicio. Es lo mismo que hacía Kristania.

Al decir esto, Marianne sintió que le lanzaba el peor golpe que le podría haber dado.

—¡…No soy como ella!

—Entonces no actúes como ella —le espetó Belgina, mostrándose firme, como en pocas ocasiones se le veía y Marianne optó por hacer a un lado su orgullo; pestañeó un par de veces en busca de las palabras que debía decir.

—…Lamento mi comportamiento. Me tomé libertades que no me correspondían y no debí tomar decisiones por ti. Ni por nadie más —afirmó ella con expresión de arrepentimiento y esperó a que Belgina le respondiera, pero ésta sólo la contempló con semblante estoico hasta dar una exhalación.

—…Vayamos a la cafetería entonces, aún tenemos toda la tarde por delante.

Reanudó la marcha y Marianne titubeó, pero apenas Lilith le tocó el brazo al pasar junto a ella, las siguió.

Demian entró en la cafetería con algo de prisa, a pesar de saber que prácticamente su puesto lo tenía ahora alguien más. Saludó con un asentimiento leve a Mankee y al asentar su bolsa deportiva en la barra, vio que Mitchell yacía a un lado, con los brazos y la cabeza reposando en ésta, la mirada perdida y expresión desalentada.

—¿Y ahora tú qué tienes? ¿Nuevamente te rechazaron?

Mitchell suspiró sin despegar la cara de la barra.

—…Quiero pensar que aún no.

—Sin ofender, pero tal vez deberías replantearte tus métodos de cortejo —sugirió Demian, reprimiendo una risa, y Mitchell frunció los labios en señal de descontento.

—¿Y de cuándo acá te has vuelto un experto? —preguntó él con tono caprichoso y entonces hizo una pausa al reflexionar en ello—. A menos que… ¿entonces siempre sí habías ido al cine con Marianne?

—¡No! Fui con Lucianne —aclaró con firmeza, aunque al instante se arrepintió al ver que Mitchell alzaba la cabeza como si fuera un globo inflándose.

—¿Ah, sí? ¿Te refieres a la Lucianne que está sentada en la mesa del frente con la misma expresión abatida que yo y que ni siquiera notaste al entrar? —expresó él, recuperando cierto brillo mordaz en la mirada y arqueando una ceja.

Demian miró rápidamente hacia la mesa cerca de la entrada y ahí estaba Lucianne, contemplando su té como si su mente estuviera en otro lado.

Él levantó la mano para llamar su atención y ella le respondió tímidamente con otro saludo, aunque su semblante no se mostraba tan animado como el día anterior.

—¿…Sabes qué? Te dejo espacio, queda lugar aquí para ti también —dijo Mitchell, dando golpecitos de su lado de la barra.

—¿Y qué se supone que significa eso?

—Lamento informarte que el que una chica tenga esa cara después de una cita es indicativo de que no fue de lo mejor —explicó, sintiéndose de nuevo experto en la materia.

—Que no fue una cita, fuimos como amigos —insistió Demian con tono irritado.

—Si eso te hace sentir mejor —le concedió Mitchell con tono condescendiente, por lo que él puso los ojos en blanco y optó por entrar a la cocina antes de comenzar su trabajo.

La campanilla de la puerta volvió a sonar y Mitchell se paró de un salto al ver entrar a las chicas, acercándose a Belgina de inmediato.

—…Hola, nena, ¿más tranquila? ¿Puedo invitarte a algo? ¿O tal vez quieras ir a algún lugar más tarde?

Belgina miró a sus amigas, que en esta ocasión prefirieron mantenerse calladas e ir a tomar asiento, dejando que lo resolviera sola, decidiera lo que decidiera. Cerró los ojos y dio un suspiro, esperando así tomar valor, y cuando los volvió a abrir, procuró mantener la mirada firme y fija en Mitchell.

—…No. Debí haberme negado desde la primera vez. Fue un error haber salido contigo y no se volverá a repetir.

Dicho esto, dio media vuelta y se unió a sus compañeras, dejando a Mitchell con expresión velada, como si se le hubieran ido todos los colores del rostro.

—¿Estás segura? —preguntó Marianne, queriendo asegurarse de no ser la causante.

—Sí. Tienen razón, ¿qué puedo esperar de alguien que le dice lo mismo a todas?

—…Bien. ¡Excelente! —Marianne parecía conforme con el resultado y las demás asintieron de la misma forma, mientras Lucianne intentaba sonreír, dándole vueltas a su té.

—¿Por qué la cara, Lucianne? Supimos que fuiste con Demian al cine, yo que tú tendría una sonrisa enorme en este momento —comentó Lilith.

—Sólo… fuimos como amigos —respondió como discurso preparado.

—Lo lamento si les arruinamos la noche.

—No, ya te dije que no te preocupes por eso. Todo está bien —reiteró Lucianne, sonriendo para tranquilizarla, aunque por dentro no se sentía del todo segura.

La noche anterior había sido una mezcla de sentimientos encontrados, el presente y el pasado colisionando de un modo que no podía prever.

En el momento en que llegaron a casa de Lucianne, el auto aparcó al frente y Demian la acompañó hasta la puerta. Sus manos se rozaban al caminar, provocando que la piel de ella se erizara.

Al llegar a la entrada, ella se adelantó a la puerta y se colocó frente a él, con una sonrisa radiante y un brillo singular en los ojos. Se sentía de nuevo aquella niña que acompañaba a Demian a todos lados y que ya desde entonces sentía algo especial por él. Quizá ese sentimiento no había desaparecido en todos esos años.

—Muchas gracias por todo —expresó ella con un matiz de emoción en la voz que él no sabía cómo interpretar del todo.

—No agradezcas nada, me dio mucho gusto este reencuentro, me trajo gratos recuerdos.

Lucianne se mordió el labio, pensando lo que debía hacer ahora. Tenía dos opciones: darse la vuelta y entrar a casa, o esperar ahí de pie a lo que fuera que pasara. Apoyó un pie hacia atrás y luego lo regresó a su lugar, indecisa. Él estaba a punto de hablar de nuevo cuando ella volvió a apoyar el pie por detrás, esta vez para tomar impulso y acabó enterrando su rostro en el pecho de él.

Demian parecía perplejo, y por varios segundos no hizo más que mantener los brazos a los costados como si le resultara imposible moverlos. Se trasladó nuevamente a su niñez, cuando estaba con Lucianne todo el tiempo, a pesar de las burlas de sus compañeros, que él ignoraba. Ella se aventuraba a jugar con él basquetbol y videojuegos. Incluso las madres de ambos parecían congeniar bastante bien, como si fueran viejas amigas antes de sus muertes acaecidas con unos meses de diferencia.

Él podía relacionarse bien con el resto de sus compañeros, pero consideraba su única amiga real a Lucianne, y cuando ella se marchó tras la muerte de su madre sintió que nadie más podría ocupar ese lugar, así que a partir de entonces mantuvo su distancia de los demás, volcándose en toda clase de actividades extracurriculares. De esa forma se hizo conocido en la escuela. Llevaba una relación cordial con sus compañeros, lo invitaban a lugares, a fiestas, se portaba amable con todos, pero procuraba no formar ningún lazo. Tenía conocidos, no amigos. Al menos hasta relativamente hacía poco.

Tenía la impresión de que últimamente había entrado demasiada gente a su vida sin esperarlo, y luego el regreso de Lucianne. El día que volvió a verla después de tantos años se removieron dentro de él demasiados sentimientos que habían permanecido en pausa desde su partida.

Su “yo” de diez años deseaba tomar control y desenterrar todo lo que en ese entonces había estado guardando.

Dobló los brazos lentamente, como si le costara moverlos y posó con cuidado las manos sobre sus hombros. Lucianne dio un respingo y alzó el rostro, encontrándose con los ojos de él, entre ansiosos y expectantes. Su expresión no desvelaba lo que estaba pensando, pero por su postura tensa, podía deducirse que estaba indeciso. Finalmente tomó sus hombros con firmeza y comenzó a inclinarse hacia ella.

Ella contuvo el aliento, sintiendo que el tiempo se alentaba, como si tardara una eternidad. Deseaba acelerarlo, no sabía cuánto tiempo más podría contener la respiración. Sin embargo, de un segundo a otro, Demian se detuvo a unos centímetros. Sus ojos se estrecharon y sus manos, que hasta hacía un momento tomaban con firmeza los hombros de ella, la soltaron, apartándose levemente.

—Yo… creo que debo irme —murmuró él con un jadeo, como si igual hubiera contenido la respiración por mucho tiempo. Al notar la expresión de ella de extrema confusión, intentó sonreír como si no hubiera pasado nada—. Nos vemos mañana. Irás al Retroganzza, ¿no?

—Sí… Seguro —respondió ella sin saber del todo cómo reaccionar.

—Bien, entonces hasta mañana.

Él retrocedió y se dio la media vuelta, dejándola cada vez más desconcertada. Le dirigió una mirada desde el coche e hizo un gesto de despedida con la mano. Lucianne imitó su gesto, acompañado de una leve sonrisa. No tenía idea de lo que acababa de pasar, pero definitivamente no era lo que estaba esperando.

Algo decepcionada, entró a casa, dejando su abrigo en el perchero de la entrada y caminando a oscuras. Conocía el lugar como la palma de su mano, así que no necesitaba de luz para recorrerlo.

Colgó las llaves en su correspondiente portallaves y se dirigió con pasos desanimados hacia la escalera, aún preguntándose qué había salido mal minutos antes, haciendo repaso mental e intentando recordar si había hecho algo que lo detuviera. En eso estaba, cuando al subir unos peldaños de la escalera, sintió que algo de gran tamaño pasaba junto a ella a toda prisa, colisionándola y provocando que cayera sobre los escalones, alcanzando a ver brevemente que la puerta del frente se abría y una silueta salía por ella. Permaneció unos segundos sobre la escalera, con la respiración agitada y mirando hacia la puerta. ¿Un ladrón? ¿De qué forma habría logrado entrar a la casa?

Y entonces un pensamiento cruzó por su mente. Apoyó la mano en uno de los escalones y tomó impulso para incorporarse, tras lo cual subió corriendo las escaleras hasta llegar a la planta alta y girar en dirección a la habitación de su padre. La puerta estaba abierta y no había señales de él. Encendió las luces y se acercó para revisar el marco de la puerta por si había sido forzada, pero estaba intacto.

Le dio un pequeño empujón con la mano para poder entrar a la habitación y descubrió en el suelo fragmentos de cristal. Su padre debió haber roto el vaso del jugo y usar los fragmentos para forzar la cerradura, incluso podía distinguir algunas manchas de sangre en la manija. Sus piernas ya no pudieron mantenerse firmes por más tiempo y terminó desplomándose en el piso. Su padre había logrado escapar y no tenía idea de lo que haría ahora. Su día no podía haber terminado peor.

—…Y teóricamente tendríamos así una forma de prevenir ataques a gran distancia, aunque quizá Samuel podría explicarlo mejor —comentaba Marianne mientras Lucianne seguía distraída, moviendo su vaso de té, que ya estaba vacío.

—¿Cómo es que sabes lo que pasó? ¿Estabas con él? —preguntó Angie con sospecha.

—Me… dijo por teléfono —inventó Marianne, sacando su celular y haciendo como que lo revisaba.

—Ah, ¿nos pasas su número? Así estaremos todos conectados —sugirió Angie y ella observó su pantalla con nerviosismo, pasando rápidamente su lista de contactos, que dicho sea de paso no era muy extensa, de hecho sólo las tenía agregadas a ellas y su familia. Y fue precisamente en su hermano que se detuvo, tratando de tomar una decisión rápida, hasta que finalmente seleccionó la opción editar y cambió con rapidez su nombre por el de Samuel, pasándoles el número para que lo guardaran.

No pudo evitar sentirse intranquila, ahora no sólo tendría que conseguir un teléfono para Samael, sino que debía ser precisamente el de su hermano.

—Dijiste que vendría, ¿no? Como que ya se tardó —comentó Lilith, jugueteando con su refresco tras apuntar el número.

—Es cierto, ya debería estar aquí —asintió ella, comenzando a preocuparse.

—Listo, ya le envié mensaje diciendo que lo estamos esperando —anunció Angie, lo que inquietó más a Marianne ante la perspectiva de que Loui respondiera y se le cayera el montaje. En ese instante un celular comenzó a sonar, ocasionándole un sobresalto al pensar que podría tratarse de su hermano tal y como temía, pero era el teléfono de Lucianne.

—¿…No vas a contestar? —preguntó Marianne al notar que tan sólo se había quedado mirando la pantalla del teléfono.

Lucianne no dijo nada, únicamente se levantó y se apartó un poco de la mesa para poder contestar, dejando a las demás intrigadas por su secretismo.

—¿Segura que salió con Demian? No tiene cara de haber sido una gran velada —expresó Lilith bajando la voz—… ¿Se habrá portado mal con ella?

—No lo creo. Él siempre ha sido muy respetuoso con todos, aunque suela mantener su distancia con los demás —aseguró Angie, quien de alguna forma, después de Lucianne, era la que más lo conocía por haber sido amiga de su hermana.

—Cualquiera que haya tenido el valor de salir con la arpía de Kristania tiene mi comprensión si se cierra a los demás a partir de eso, no lo culparía —determinó Lilith, alzando su bebida en señal de pedir otra más—. ¡Hey, Monkey! ¿Podrías traerme otro refresco?

—…Mankee —corrigió el chico, mientras Marianne observaba con atención a su prima, que se movía de un lado a otro mientras hablaba por teléfono, preguntándose qué habría pasado el día anterior. Lo último que recordaba era que se veía feliz al marcharse con Demian.

—…Disculpen —dijo Lucianne al volver con ellas. Su gesto se notaba aún más preocupado que antes—. Surgió algo repentino, tengo que dejarlas por hoy. Luego hablamos, ¿sí?

Tomó su bolso, dejó unos billetes en la mesa y salió de ahí a toda prisa.

—Eso fue extraño —afirmó Angie y las demás asintieron. Lilith, en cambio, adoptó una postura reflexiva, como si ella supiera algo que las demás no.

—¿…En qué piensas? —preguntó Marianne.

—Mmmh, no, no. No puedo decirles. Se lo prometí —aseguró Lilith, moviendo la cabeza de forma negativa, provocando únicamente que el interés de las demás aumentara y ahora la atención se centrara en ella.

—¿Sabes algo sobre Lucianne que nosotras no? —preguntó Marianne, apoyando las manos sobre la mesa con gesto intimidante.

Lilith dio un trago al darse cuenta de que había hablado de más y no podría escapar al escrutinio de ellas.

Tras caminar varias calles atravesando el distrito comercial, Lucianne alcanzó a ver a media manzana al oficial Perry apoyado impaciente sobre el capó de su patrulla. Apresuró los pasos y apenas cruzó la calle, comenzó a correr hasta llegar a él.

—Señorita Lucianne…

—Te dije que me llamaras simplemente Lucianne. Espero que no hayas tenido que esperar mucho. Vine corriendo apenas me llamaste.

—He estado vigilando el perímetro por si alguien más aparece.

—¿Qué ocurre entonces? ¿Qué es tan urgente? —preguntó ella con mirada inquieta, aunque en su mente no podía evitar pensar que tenía que ver con su padre.

El joven oficial desvió la mirada y se aclaró la garganta como si pensara qué decir.

—No sé cómo decirlo. Esperaba que me lo explicaras. Yo… no sé qué pensar.

Se llevó las manos al cinto y acto seguido se adentró en la callejuela que tenían enfrente, indicándole que lo siguiera. La condujo a lo largo de ésta mientras iba explicándole la situación.

—…Me llegó el reporte de un robo sobre la avenida central. Estaba cerca, así que llegué de inmediato y alcancé a ver a un hombre huyendo. Lo perseguí como por tres calles hasta que logré atraparlo tras derribarlo con fuerza. —Se detuvo entonces frente a un hombre inconsciente en el suelo, con las manos esposadas a la espalda—. Pero cuando lo esposé y le di la vuelta —al apartarse para que viera por sí misma, Lucianne palideció al darse cuenta de que era su padre—…jamás pensé que me encontraría con el comandante en estas circunstancias. ¿No dijiste que estaba enfermo?

—¡…Y lo está! ¡¿No te das cuenta?! ¡Está muy enfermo! —exclamó ella, arrodillándose junto a él en postura protectora—. ¡Papá no haría jamás estas cosas, no es él mismo! ¡No está actuando con cordura!

—Pero… ¿por qué no me dijiste lo que estaba pasando? Pude hacer algo para impedir que llegara a este punto. Ahora… estoy dividido entre cumplir con mi deber y traicionar su confianza.

—Por favor, no lo detengas, ¿tienes idea de lo humillante que será para él cuando recupere la conciencia de la realidad? No podrá soportarlo —suplicó ella con gesto desesperado, tratando de apelar a la lealtad que le tenía a su padre.

Él la observó con inquietud, sintiéndose en una encrucijada, pero al ver aquellos ojos angustiados no pudo resistirse. Haría lo que fuera por ella.

—…Te ayudaré a llevarlo de vuelta a casa —accedió finalmente ante la sorpresa y eventual alivio de Lucianne—. Y habrá que mantenerlo encerrado, de forma que no escape.

—¡Gracias! ¡Gracias, Perry, no tienes idea de lo que significa para mí! —expresó ella con gratitud, pero al alzar la vista su expresión se borró al distinguir detrás de él a sus amigas, observándolo todo con sorpresa—…¿Qué hacen aquí?

En cuanto se trasladaron a casa de Lucianne, ella permaneció en silencio, sentada en el sofá de la sala con la mirada hacia el piso, como si se sintiera avergonzada.

—Pudiste habérnoslo dicho, ¿sabes? Podríamos haberte ayudado —declaró Marianne para romper con el silencio.

—No entenderían. No es su padre el que está pasando por esta situación.

—Pero podría serlo —dijo Belgina, sintiéndose especialmente empática con ella—…Mi madre también fue blanco de la Legión de la oscuridad en su momento. Ella podría haber estado en el lugar de tu padre.

—Y yo también sólo tengo a mi padre. Si algo le pasara…—terció Angie mientras Lucianne apretaba las manos, sintiéndose desvalida.

—Mi madre también sufrió la pérdida de un don —intervino Marianne nuevamente, manteniéndose firme a pesar de todo para demostrarle a Lucianne que no estaba sola—… Y ahora está internada en el hospital, debilitada y sin posibilidad de recuperarse a menos de que se lo devolvamos. Así que sí, entiendo tu situación. Intentas proteger a tu padre, pero no servirá de nada si no aceptas que entre todas debemos ayudarnos, porque estamos igual de involucradas que tú en esta situación, de nosotras depende que nuestros padres regresen a la normalidad. —Lucianne la miró como si fuera a quebrarse en cualquier momento, aguantando las ganas de soltarse a llorar ahí mismo—… Pasaremos aquí todo el tiempo que podamos. Vigilaremos entre todas a tu padre. De esa forma no volverá a escaparse.

—¿…De verdad lo harían? —preguntó ella con un gimoteo y las chicas intercambiaron miradas asertivas.

—Es una promesa —reafirmó Marianne, tomándola de la mano para mostrarle su apoyo, seguida de las demás, sacándole una sonrisa acompañada de un sollozo.

—Y sólo para que quede claro, yo no dije una sola palabra, estas chismosas son las que decidieron seguirte para saber qué pasaba contigo —añadió Lilith, ocasionando algunas protestas entre ellas en broma.

—He asegurado las ventanas, la puerta y he sacado todo lo que pudiera utilizar de la habitación para intentar escapar de nuevo —anunció el oficial Perry mientras iba bajando por las escaleras—…Lo he inmovilizado también, de manos y pies por el momento. Habrá que mantenerlo así por si se pone violento cuando despierte.

—No sabes cuánto te lo agradezco, no sé qué habría hecho sin tu ayuda.

—De verdad que no es nada. Yo haría lo que fuera…—respondió el oficial, interrumpiéndose con un carraspeo ante la expresión confundida de Lucianne y los intercambios de miradas entre las chicas—… Bueno, debo irme, aún tengo trabajo qué hacer, pero pasaré por aquí seguido, para verificar que todo esté bien y ayudar en lo que sea necesario.

—No quiero sonar como un disco rayado, pero gracias nuevamente —repitió Lucianne, tomándole las manos en agradecimiento, ocasionando que se sonrojara.

—E-En serio que no es nada —aseguró él, comenzando a reír nervioso mientras caminaba de espaldas hacia la puerta—. ¡Hasta pronto!

Lucianne lo despidió, sintiéndose más tranquila de que ahora dispondría de ayuda. Se dio la vuelta, dispuesta a darse un respiro, y notó que las chicas le dedicaban unas miradas pícaras.

—¿…Qué pasa?

—Como si no tuvieras suficiente con uno. Comparte con los pobres, ¿no? —comentó Lilith, moviendo las cejas.

—…No digas tonterías —refutó Lucianne mientras se dirigía a la cocina y las demás la seguían, con Lilith a la cabeza sin dejar pasar el tema.

Esa tarde, Marianne regresó a casa, preguntándose si Samael habría alcanzado a llegar a la cafetería y cuál habría sido su reacción al no encontrarlas ahí.

—¡Ya llegué! —anunció ella para saber así quiénes se encontraban en casa, pero no recibió ninguna respuesta, lo cual se le hizo extraño.

Sabía que no podía simplemente llamar a Samael a riesgo de que Loui la escuchara si estaba en casa, así que decidió subir directo al ático. Se detuvo unos segundos frente a la puerta con la mano en la perilla y posó el oído en la madera, intentando escuchar al interior. No había un solo ruido, hasta que le pareció escuchar el leve doblar de una hoja de papel. Suspiró con alivio al pensar que al menos él seguía ahí, así que abrió la puerta con confianza, pero de inmediato se detuvo. Loui estaba dentro, recostado en el colchón y leyendo uno de los libros.

—Ah, por fin llegaste —dijo él, esbozando una media sonrisa con expresión aguda. Cerró el libro que tenía entre las manos y se levantó dando un salto—. Llevo aquí esperándote toooodo el día.


SIGUIENTE