CAPÍTULO 16

16. EL FANTASMA DEL ÁTICO

—¿…Qué estás haciendo aquí?

—¿Te sorprende? También es mi casa, ¿no crees que tendría el mismo derecho de subir al ático cuando quiera? Por cierto, qué buen trabajo de remodelación, hasta libros y todo. Cualquiera diría que hay alguien más viviendo aquí —comentó Loui con tono mordaz, cruzándose de brazos ante ella en actitud vencedora.

—¿Qué tiene de raro? —replicó Marianne, intentando mantenerse ecuánime mientras por dentro, su mente procesaba todo tipo de explicaciones que dar—. ¿No puedo tener mi propio estudio para desaparecerme del mundo cuando quiera? Me gusta leer y éste es el sitio más silencioso de toda la casa, simplemente lo ordené, así que ahora… lo reclamo como mío. —Al decir esto, le arrebató el libro de las manos—. ¿Así que faltaste a clases con tal de hacer este “gran” descubrimiento?

—Bueno, en realidad hay algo más —añadió él, comenzando a caminar alrededor de ella, en actitud detectivesca—… Cuando entré, el ático no estaba precisamente vacío. Y con vacío me refiero a que no había nadie en su interior. Alcancé a ver a alguien por una fracción de segundo… un muchacho. RUBIO —procuró colocarse de nuevo delante de ella al decir esto, poniendo énfasis en “rubio”—. Y es muy raro, pues ya es la tercera vez que veo… una “aparición” con esas mismas características. Es demasiada coincidencia me parece. —Marianne se mantenía impávida ante las deducciones de su hermano, sabiendo que cualquier mínima reacción sería suficiente para delatarse—. Así que volví a mirar y ya no estaba, pero yo sabía que seguía aquí, en alguna parte debía haberse escondido. Por lo tanto, cerré la puerta y no me moví de aquí hasta que él mismo revelara su posición. Ya no puedes seguir mintiendo, escondes a un chico, lo he visto y nada de lo que digas me convencerá de lo contrario.

Ella continuó mirándolo con gesto serio, pensando detenidamente qué le inventaría ahora, hasta que pareció ocurrírsele algo, basándose en su selección de palabras.

—…Bien, supongo que no hace falta ocultártelo más. Tienes casi doce años, ya eres grande así que mereces saberlo —comenzó a decir como si estuviera por revelar un gran secreto. Se inclinó hacia él de modo que la viera a los ojos y susurró—… Hablo con fantasmas.

Loui frunció el ceño, pero mantuvo los ojos muy abiertos. No esperaba que le saliera con esa respuesta.

—¿Pretendes que me crea eso?

—No tienes que creerlo. Sólo pienso que es hora de que lo sepas. —Tras decir esto comenzó a caminar frente a él con los brazos a la espalda y gesto reflexivo, como si estuviera evocando sus recuerdos—. Empezó hace algunos años, los veía de repente, pero no me decían nada, simplemente desaparecían. ¿Por qué crees que tengo revistas extrañas? Buscaba una respuesta a lo que me estaba pasando, no podía decirle a nadie a riesgo de que me creyeran loca. Hasta que finalmente comencé a escucharlos. Me hablaban como si estuvieran vivos, tratando de averiguar lo que había pasado con ellos. A veces me cuesta, pero una vez que logro convencerlos de que están muertos, son capaces de pasar al siguiente plano. —Loui guardó silencio, escuchándola con atención, entre escéptico y sugestionable—. A quien viste fue al fantasma de esta casa. Se llama… Sam… Sa …Samsa.

—¿…Y cómo murió?

—Él… salió un día a pasear en la nieve y no se abrigó muy bien, así que enfermó. —Mientras caminaba alrededor iba buscando cualquier detalle para urdir un relato más convincente—. Sus padres lo encerraron en este ático por temor a que contagiara al resto de su familia, pero a pesar de eso, fueron enfermándose con un síndrome muy raro. Así que, pensando que todo acabaría si cortaban el problema de raíz, una noche subió su padre con un hacha…

La expresión de Loui cambió por completo, su gesto dubitativo se transformó en una mueca de turbación, así que, al ver que estaba logrando su objetivo, se dio la media vuelta y se aproximó al baúl junto al colchón, inclinándose y pasando la mano sobre él.

—…Fue precisamente en este baúl que hallaron su cuerpo. Encontré unos recortes de la época que lo confirman, deben de andar por ahí guardados. Su familia se marchó y nunca los atraparon. Sin embargo, él no acepta su muerte, y mientras no lo haga no hallará paz y seguirá apareciendo. Pensé que era la única que debía cargar con esta maldición, pero al parecer estaba equivocada —dicho esto, se incorporó nuevamente y comenzó a acercarse a él de forma intimidante—. Tú lo has visto por breves instantes, yo comencé así, eso significa que eventualmente también lo escucharás. Y entonces comenzarás a hablar con los fantasmas. Como yo.

Loui pasó un trago con dificultad, mostrándose cada vez más perturbado ante sus palabras, así que, para cerrar con broche de oro, ella dirigió la mirada hacia una esquina.

—¿Qué dices, Samsa? ¿Que se parece a quién? —Loui siguió su mirada, tratando de ver lo que ella, pero ahí no había nada—. Pero no lo es, no te confundas. Él debe haber muerto hace mucho. ¿Qué? ¡No, no, eso no!

—¡¿Qué?! ¡¿Qué dice?! —preguntó Loui, poniéndose tenso.

—Le recuerdas a su hermano, piensa que eres él. Dice que volverá por ti en la noche y te llevará consigo.

—¡¿Q-Qué?! —exclamó él sin poder ocultar ya el terror que lo invadía.

—¡No, Samsa, te digo que no es él! Espera, ¿qué haces?

Lentamente comenzó a recorrer el espacio vacío con la mirada mientras Loui la observaba alarmado, con el cuerpo paralizado ante el repentino cambio de circunstancias.

—¡Samsa, no! ¡Te digo que no es tu hermano, así que no te acerques a él! —Alargó el brazo hacia un aterrado Loui como si quisiera detener al viento, y el niño retrocedió trastabillando, cayendo sobre su espalda y comenzando a arrastrarse hasta ponerse de pie de nuevo y salir corriendo de ahí. Marianne avanzó tranquilamente hacia la puerta y la cerró en el acto—. Ya puedes salir.

Samael se hizo visible cerca de la puerta, deteniéndose de la pared como si le faltara el aire. Ella le dio unas palmadas en la espalda.

—¿Estás bien?

—Sí, es sólo que ser invisible por tanto tiempo es realmente agotador —dijo Samael—… Así que ahora soy un fantasma y me llamo Samsa.

—Hey, tú eres el que se descuidó y dejó que lo vieran, algo tenía que inventarle.

—Lo único que deseo ahora es comer algo, tengo mucha hambre —finalizó él, sentándose extenuado en el piso mientras Marianne sacaba un celular de su bolsillo y otro de su mochila, comenzando a compararlos.

—En mi mochila tengo unas galletas, puedes comerlas mientras te traigo algo de la cocina —sugirió ella sin despegar la vista de los aparatos, verificando que fueran iguales—. Bien, parece que todo está en orden.

—¿Qué haces? —preguntó Samael, sacando las galletas de la mochila.

—Tuve el mal juicio de decir que tenías celular y peor aún hacer pasar el número de Loui como el tuyo, así que ahora hay que interceptar el de él para dártelo y como es idéntico al mío, conseguí otro para reemplazarlo sin que se dé cuenta.

—…No entendí, pero adelante si es lo que tienes que hacer —respondió él, dándole un mordisco a una galleta y ella curvó los labios en una media sonrisa.

—Oh, pero yo no haré nada. Tú lo harás —anunció con seguridad y él la miró con media galleta en la boca sin entender a qué se refería.

Esperaron a que fuera media noche, cuando Loui debía ya estar profundamente dormido. Samael se había instalado en la puerta para vigilar el pasillo mientras Marianne le daba instrucciones desde el piso, con el ordenador sobre la cama y ambos celulares conectados a él.

—Siempre deja el celular sobre el buró junto a su cama. Lo único que tienes que hacer es tomarlo y traerlo aquí. Sólo debes tener cuidado de no hacer ruido, no sabes en qué momento podría despertarse, ya vimos que por más inconsciente que parezca estar puede darse cuenta de muchas cosas.

—¿Por qué tengo que ser yo? ¿No crees que sea demasiado tentar a la suerte?

—Puedes hacerte invisible, ha funcionado hasta ahora. Si voy yo y me descubre, tendré que inventarle algo más y no me queda mucha imaginación por hoy.

—…Pero estoy demasiado agotado para hacerme invisible de nuevo.

—Entonces que la suerte te acompañe. ¡Ahora ve, y consigue ese celular!

Samael dio un suspiro de resignación y procedió a salir del cuarto para dirigirse sigilosamente hacia el de Loui. Se detuvo ante la puerta y tomó aliento antes de girar la perilla con extrema precaución y entreabrirla.

Había una pequeña lámpara de lava en forma de diamante en el buró, la cual iluminaba levemente un radio de dos metros con una tonalidad verde fosforescente. Loui dormía enroscado del lado derecho, dándole la espalda a la lámpara. El celular estaba justo a un lado de ésta. Dio un nuevo respiro y lentamente fue introduciéndose a la habitación, asentando con cuidado un pie tras otro. Iba descalzo a recomendación de Marianne para hacer el menor ruido posible y tuvo que esquivar varios objetos desperdigados descuidadamente en el piso hasta llegar al costado de la cama.

Loui se mantenía envuelto entre las sábanas como si se estuviera protegiendo de algún peligro, y justo cuando Samael estiraba el brazo para tomar el celular, se dio la vuelta, provocándole un sobresalto, pero para alivio suyo continuaba dormido.

El ángel cerró los ojos, tratando de controlar sus nervios, y aprovechando que estaba a unos centímetros de lograr su objetivo, alargó los dedos y tomó el celular con rapidez para acto seguido salir de ahí con la misma cautela con que había entrado.

Apenas regresó a la habitación de Marianne se sentó sobre la cama, exhausto, mientras ella tomaba el teléfono y lo conectaba al ordenador.

—Muy bien, ¿ves? No hubo ningún problema. Ahora sólo debo traspasar toda la información que tenga guardada al nuevo, enmascarar su número para que piense que sigue teniendo el mismo y listo, lo dejas en su buró y ni cuenta se dará.

—¿…Tengo que volver?

—Tranquilo, sólo haz lo que hace un momento y todo saldrá bien —sugirió como si no fuera la gran cosa y él echó el cuerpo hacia atrás, extenuado de pensar que tendría que pasar por lo mismo.

Mientras tanto, Marianne comenzó a revisar los mensajes recibidos del celular de Loui para empezar a traspasarlos al nuevo cuando notó que los últimos tres eran de un número desconocido. Vio el primero y se trataba del mensaje que había enviado Angie.

“¡Hola! Estamos esperándote. Ojalá no tardes mucho. J”

Entonces sí lo había recibido. Quizá Loui pensara que se trataba de un mensaje equivocado y no hizo nada, pero si había contestado, su mentira se vendría abajo. Rápidamente exploró la carpeta de mensajes enviados, pero no había ninguno reciente. Tal vez de verdad pensó que estaba equivocado o simplemente se había quedado sin crédito. Sabiendo lo curioso que era su hermano menor, lo más factible era lo segundo. Regresó a la carpeta de mensajes recibidos y abrió los otros dos enviados por Angie.

“Tuvimos que salir de emergencia.

No te preocupes si llegas y no nos ves. L”

El tercero y último había llegado un par de horas antes, presumiblemente cuando él se había ido a dormir y lo había apagado pues no aparecía como visto.

“Ojalá puedas vernos mañana, tenemos preguntas que hacerte.

Buenas noches y descansa. Soy Angie, por cierto.”

Se le hacía raro que enviara mensajes tan seguido, pero aún así guardó el número con el nombre de Angie y para que Loui no sospechara le traspasó únicamente los dos primeros, cambiando el número de procedencia.

—¿Qué haces ahora? —preguntó Samael, asomándose a un costado del monitor.

—Copio información al nuevo celular, para que todo quede exactamente igual al original. ¡Y listo! Misión cumplida. A partir de ahora éste es tu teléfono, toma.

—Oh… ¿y qué hago con esto? —formuló apenas recibió el aparato, dándole vueltas sin entender su función.

—Pues sirve para mantenerte en comunicación con los demás. ¿Ves esto? Son mensajes recibidos, y aquí dice de quiénes son. Se responden de forma escrita o haciendo una llamada presionando esta tecla. Puedes hacer la prueba escribiendo algo en respuesta a Angie —explicó ella, señalando la pantalla y el teclado.

—¿…Y qué escribo?

—No sé, pon simplemente que mañana nos veremos o algo así —le indicó ella mientras él iba presionando lentamente las teclas hasta conseguir escribir las palabras.

—¿Así está bien?

—Bien, ahora prueba enviárselo.

Samael presionó el botón que le había señalado previamente y salió el aviso de mensaje enviado. Ella sonreía al ver que había tenido éxito con sus arreglos.

—¡Perfecto! Ahora ya puedes llevar éste de vuelta a donde estaba el otro —le indicó, entregándole el celular y señalando hacia la puerta, a lo que Samael únicamente respondió con un suspiro resignado. Tomó el aparato fuertemente entre sus manos y marchó decidido hacia el pasillo.

Siguió prácticamente los mismos pasos que la vez anterior, llevando el celular por delante para ganar terreno. Finalmente alcanzó a llegar frente al buró y se dispuso a colocar el aparato en el mismo lugar de donde había tomado el otro. El chiquillo permanecía en la misma posición ahora del costado izquierdo, y por el movimiento rápido de sus párpados se podía deducir que tenía algún sueño o pesadilla. Samael se apresuró a dejar el celular en su lugar y justo cuando ya comenzaba a retroceder, Loui pegó un brinco, ocasionándole a él también un respingo. Abrió de golpe los ojos y al verlo frente a su cama, dio un tremendo grito que se escuchó por toda la casa.

En cuestión de segundos, Samael regresaba a la habitación, cerrando la puerta con los nervios alterados.

—…Dime que pudiste hacerte invisible —fue lo primero que Marianne dijo al verlo entrar, pero él únicamente jadeaba con agitación por lo que ella enarcó las cejas—… Bueno, al menos con el susto se le quitarán las ganas de andar curioseando por un rato.

Desconectó cables y cerró la laptop, entregándole a continuación uno de los celulares junto con su manual de uso.

—Ahora éste es tuyo oficialmente. Llévalo siempre contigo y haz buen uso de él. No vayas a dejarlo olvidado por ahí, que si lo llega a ver Loui comenzará a sospechar nuevamente.

—…Entendido —respondió él, recuperando el aliento mientras a través de la puerta alcanzaban a escuchar la voz de Loui, vociferando desde su recámara.

—¡No me llevarás contigo, fantasma! ¡No soy tu hermano!

—…Parece que alguien no podrá dormir hoy —comentó Marianne con tono divertido.

Tal y como había predicho, al bajar a la cocina a primera hora de la mañana se encontró con Loui sentado en la mesa con tremendas ojeras y cara somnolienta.

—Ohhh, ¿no dormiste bien?

—…Dile a tu fantasma que me deje en paz —pidió él con voz monocorde, como si estuviera puesto en modo de piloto automático. Ella sonrió a la vez que sacaba el cartón de leche del refrigerador y llenaba su tazón con cereal.

—Si no hubieras ido a meterte a su territorio, es decir el ático, no te habría notado en primer lugar —le espetó ella, llevándose la primera cucharada de cereal a la boca—. Tenía controlada la situación, ya casi lograba convencerlo de que no había nada aquí que lo atara, pero con tu jueguito de detectives lo has sacado de balance. No sé cuánto me vaya a llevar ahora persuadirlo de nuevo. Yo que tú no me vuelvo a parar por ahí o seguirá obsesionado contigo.

Loui dejó caer la cabeza sobre la mesa con un ruido seco mientras ella continuaba desayunando tranquilamente.

Inventarle la historia del fantasma era un arma de doble filo; conociendo la afición de él por las películas de terror, aquello bien podía tomar dos rumbos: o se emocionaba tanto que decidía indagar más en el asunto, o se friqueaba al verse envuelto en algo real de esa naturaleza. Afortunadamente para ella su reacción había sido la que esperaba. Era de los que les gustaba ver, pero no experimentarlo. Con esa información ahora tenía la ventaja sobre él. Como forma de compensación por aquel tormento psicológico al que lo estaba sometiendo, decidió acompañarlo hasta su colegio para que se sintiera seguro y luego marchó al suyo.

—Atención todos, cierren sus libretas y guarden todo lo que tengan en su escritorio, sólo pueden sacar lápiz y borrador —anunció uno de sus profesores a media clase.

—¿Qué? ¿Examen? ¡Nadie nos dijo nada! —exclamó Lilith, entrando en pánico.

—Es sólo una prueba de selección para la olimpiada de conocimientos que se llevará a cabo la próxima semana y de la cual seremos sede —explicó el maestro, dejando al frente de cada hilera de asientos la cantidad de hojas correspondiente a las pruebas—. Quien obtenga la calificación más alta representará a la escuela, uno por nivel, y como aliciente especial, si resultan también ganadores en el evento, estarán exentos de los exámenes finales.

Varias expresiones de excitación acompañaron aquel anuncio junto con la frustración de la mayoría al no sentirse preparados para presentar tal prueba.

Marianne no se sentía nerviosa ni preocupada; mientras el resultado no afectara su promedio le daba igual si le iba bien o no en aquel examen, aunque la apatía de Belgina sí que le parecía extraña, sobre todo considerando lo mucho que solía preocuparse por la escuela, en cambio la veía distraída, como si tuviera otras cosas en mente. Una posible razón rondaba por su cabeza, pero se negaba a considerarla siquiera.

Al salir de clases se encaminó hacia la cafetería con su celular en mano. No sólo debía esperar que Angie saliera de su práctica, sino que le había dicho a Samael que se reuniera con ella en ese lugar, para poder guiarlo a su punto de reunión.

Empujó la puerta con una mano mientras con la otra escribía algo en el móvil y apenas presionó el botón de enviar, alzó la mirada y vio que Mitchell estaba sentado en la barra sin moverse, con la cabeza sobre ésta como un peso muerto y la mirada perdida. Puso los ojos en blanco y pensó lo exageradamente dramático que estaba siendo si aquella reacción se debía el rechazo de Belgina.

Demian salió de la cocina con una malteada y la asentó frente a Mitchell, que se mantenía en estado comatoso. Ella entonces recordó que aún tenía un pendiente y sacó la cartera de su mochila.

—Toma esto y quita esa cara, estás incomodando a la gente —dijo Demian tras dejarle la malteada a Mitchell, pero éste continuó mirando hacia el infinito con expresión extraviada. Al final dio un suspiro, tomó un par de pajillas y tras unirlas y hacerles unos dobleces, colocó un extremo en la malteada de modo que el otro bajaba hasta su boca, y sin decir una sola palabra comenzó a sorber ruidosamente—…Eso no es para nada irritante.

Marianne irrumpió en ese instante dando un manotazo en la barra, dejando a la vista un billete al apartar la mano. Demian la observó confundido.

—Lo que le prestaste a mi hermano en el cine, te lo devuelvo.

—No es necesario —dijo él, arrimando el billete de vuelta hacia ella.

—¡No quiero deberte nada! —replicó ella, devolviéndolo con el mismo movimiento.

—¿Quién dijo que me quedarías a deber? Tómalo simplemente como una cortesía.

—¡Que no!

—¡Eres terca! ¡Además ya te debía dos favores!

Mitchell los observaba pelear por devolverle el billete al otro, hasta que se hartó y tras alargar la mano con rapidez, tomó el dinero y lo guardó en su bolsillo sin decir palabra alguna. Ambos lo miraron con extrañeza.

—…Bueno, asunto resuelto. Si quieres tu dinero de vuelta, arréglatelas con él —concluyó Demian, sacudiendo las manos en señal de deslindarse de aquello y ella le lanzó una mirada con los ojos entornados.

—Hay un problema. La puerta de la despensa está trabada, no quiere abrir —le avisó Mankee, asomándose desde la cocina.

—Ahora voy —respondió él, acudiendo de inmediato al lugar mientras Marianne analizaba con una mirada a Mitchell y acto seguido asentó su mochila encima de la barra.

—Así que… ¿qué cuentas? ¿Cuántas chicas más ya te rechazaron? —comentó ella en tono de broma, pero Mitchell tan sólo suspiró y continuó sorbiendo del popote—… Ok, tomaré eso como un número indeterminado.

Dicho esto, se acomodó en uno de los taburetes y apoyó los brazos sobre la barra mientras esperaba que le tomaran la orden. Mitchell permanecía ocupando su lado de la barra en estado vegetativo hasta que abrió la boca para hablar.

—¿…De verdad soy tan desagradable?

Ella volteó hacia los lados, tomándole por sorpresa su pregunta.

—¿Me hablas a mí?

Él entonces levantó la cabeza y giró hacia ella.

—En serio, dime, ¿soy tan repulsivo?

Ella se mantuvo en silencio, tratando de detectar si aquella pregunta era retórica o tenía algún propósito escondido.

—…Me reservo mis comentarios —respondió finalmente y Mitchell se enderezó en su asiento, removido por una repentina descarga de adrenalina.

—¡Es que no lo entiendo! Soy guapo, divertido, interesante, atento, con un gran sentido del humor y de la moda —comenzó él a enumerar sus virtudes, claramente convencido de ellas—. Y sin embargo, no importa lo que haga, las chicas parecen simplemente no tomarme en serio. ¿Qué es lo que quieren? ¿Que las trate mal, las humille, las someta, que las ate y les dé con el látigo o que me eche diamantina encima y use colmillos falsos? ¡¿Qué desean?!

Marianne lo observó con gesto ofuscado, preguntándose si lo decía en serio o era simplemente su orgullo herido el que reaccionaba con tan exacerbado dramatismo.

—¿Es en serio? ¿Te has escuchado siquiera? —replicó finalmente, pero él hizo una mueca de no saber de qué hablaba, de modo que ella giró los ojos con incredulidad—… “Hola, nena, ¿te gusta lo que ves? Puede ser tuyo” “¡Oh, otra chica! Hola, nena, ¿te gusta lo que ves?”.

Tras aquella representación fársica, se detuvo y esperó una reacción de él.

—Wow, en voz de una chica suena tan ridículo… y sin embargo tan excitante.

—¡Ése es exactamente el tipo de comentarios por el que nadie te toma en serio!

—Sólo bromeo —aclaró él con una sonrisa que reflejaba un ápice de amargura—. Quizá soy demasiado entusiasta, pero… no sé de qué otra forma acercarme a las personas.

Por primera vez ella lo vio despojado de todos los artificios en los que solía apoyarse y pensó que quizá estaba viendo por fin al verdadero Mitchell.

—Tal vez deberías empezar a mostrar más sinceridad, justo como ahora. Así es más probable que te tomen en serio y no como el payaso que persigue todo lo que tenga falda.

—Oh, pero yo no persigo faldas. Los pantalones también son sexis —puntualizó él, provocando un resoplido de parte de Marianne–. Broma, broma.

—Pues depende de ti ahora. La próxima chica a la que le hables, procura no comportarte como un imbécil depravado.

—Pero ya lo intenté y ni así conseguí que me tomara en cuenta —respondió, volviendo nuevamente a su melancolía—. Piensa que soy… todo lo que los demás creen.

—¿Hablas de Belgina?

—Traté de comportarme, suprimir mi propensión a ser… el de siempre, después de todo ella es diferente, frágil y sensible. Creí que vería más allá de lo que me pintan.

—¿Intentas culparme por eso?

—No, yo estoy consciente de que puedo ser en extremo irritante, es simplemente parte de quien soy, no lo puedo cambiar, pero eso no significa que mis intenciones sean malas… Bueno, claramente mi intención es ligar, pero no a costa de nadie ni por causar daño. Así que, si te hice sentir incómoda en algún momento, lo siento.

Marianne pareció sorprendida de que lo reconociera, y aunque su inclinación usual era desconfiar de todo, no pudo evitar que una parte de ella sintiera que era sincero.

—Pues… gracias —fue lo único que se le ocurrió responder, mientras él apoyaba los brazos sobre la barra y movía la cabeza con un intento de sonrisa taciturna.

—…Ella no volverá a hablarme, ¿verdad?

—No sabría decirte —contestó ella con un encogimiento de hombros.

Ambos permanecieron en silencio por varios segundos hasta que Demian regresó y colocó un refresco frente a Marianne.

—Cortesía, por tener que esperar.

—Menos mal, no pensaba pagarlo sin haberlo siquiera pedido —replicó ella, tomando la bebida.

—Siempre tan simpática —le espetó con una sonrisa sardónica a la vez que Mankee también salía de la cocina y se disponía a seguir atendiendo mesas.

—Tengo curiosidad, ¿se puede saber qué clase de trato hiciste para que él se quedara no sólo con el trabajo sino también con aquel cuarto? Y ya que estoy en eso… ¡¿qué rayos hace un cuarto con esas características oculto aquí abajo?!

—Bueno… no sé por dónde empezar. Tal vez no me corresponda a mí decir algo al respecto. Esa habitación era originalmente el cuarto de juegos del hijo del dueño —explicó Demian, procurando bajar la voz—. Pero murió hace algunos años y decidió conservarlo como una especie de altar. Mi padre y él son viejos amigos, así que cuando le propuso que yo trabajara aquí como parte de mi… sanción por cierto incidente —énfasis en lo último—, aceptó de inmediato. Dice que le recuerdo a su hijo, así que me permitió bajar al cuarto cuando quisiera.

—Y entonces, el trato…

—Le ofrecí al señor Ganzza seguir trabajando aquí sin sueldo a cambio de que lo contratara y le permitiera quedarse en esa habitación —respondió como si no fuera la gran cosa y ella torció las cejas.

—¿Tienes complejo de héroe o qué?

—¿Perdón?

—Te la pasas ayudando a los demás como si fuera tu responsabilidad o algo así. Me hace pensar que escondes algo —alegó ella, entornando los ojos con suspicacia mientras tomaba de su refresco y él soltó una risa breve.

—Por supuesto, soy uno de esos Angel Warriors que andan sueltos por ahí.

Marianne se atragantó y comenzó a toser ante la mirada confundida de ambos muchachos.

—¿Angel Warriors? ¿Qué es eso? —indagó Mitchell.

—Son una especie de héroes que protegen la ciudad. Al principio se pensaba que era una sola, pero hay rumores de personas que dicen haber visto más. Me sorprende que no hayas escuchado nada, ha estado en todas las noticias.

—Quizá porque los canales que veo muestran todo menos las noticias —afirmó él, tomando el resto de su malteada mientras Marianne trataba de verse indiferente ante el tema para no levantar sospecha, aunque no podía evitar que sus dedos tamborilearan sobre la barra, reflejando su ansiedad.

—Se supone que fui atacado por una. O al menos eso fue lo que me dijeron los oficiales —comentó Demian y ella se removió en su asiento, fingiendo acomodarse—. Pero yo no lo creo… aunque igual no recuerdo mucho.

—¡Ah, no pregunté! ¿Cómo vas con Lucianne? ¿Piensan salir de nuevo? —interrumpió Marianne con el propósito de cambiar de tema.

—No he… vuelto a hablar con ella —respondió él con cierta incomodidad.

—Oh, pues… parecían estarla pasando bien —añadió Marianne, pensando que había cometido alguna indiscreción y tomando de su refresco para no seguir hablando.

—¿Puedo decirle a mi hermana? Justo ahora su sufrimiento puede ayudarme a sobrellevar el mío —intervino Mitchell y Demian le dirigió una mirada tajante que él prefirió ignorar y continuó removiendo el popote en lo que le quedaba de la malteada, que era mayormente crema batida y cubos de hielo.

En ese instante entró Samael a la cafetería y Marianne se bajó del taburete de un salto para acercarse a él, dejando su mochila sobre la barra. Mitchell los miró por el rabillo del ojo, llevándose la pajilla nuevamente a la boca.

—Podrán no ser novios como creí, pero como que se traen algo, ¿no crees? —apostilló él, dando un sorbo, y Demian asentó las manos sobre la barra, provocándole un respingo. Le echó un vistazo y observó su gesto mientras parecía ocuparse de los vasos. Lo miró con suspicacia por unos segundos hasta que decidió decir lo que tenía en mente—. ¿Acaso te gusta Marianne?

—¿…Qué? ¡Claro que no! —respondió Demian con semblante airado tras titubear unos segundos, como si hubiera dicho algo en verdad absurdo. Pero Mitchell no se dejaba impresionar, alzó una ceja y continuó observándolo de forma sospechosa.

—Pues por la actitud que tomas cuando él está cerca…

—¡No sé de qué hablas, mi actitud siempre es la misma! —aseguró él, poniéndose a la defensiva. Marianne regresó a la barra, llevando su bebida vacía.

—¿Podrías rellenarlo, por favor? ¡Ah! Y trae una orden de papas. Algo ligero mientras esperamos a Angie.

Demian tan sólo tomó su vaso y prácticamente arrebató el de Mitchell, metiéndose a la cocina con pasos sólidos.

—¡Hey, ni me la había acabado! —reclamó él, sacándose la pajilla de la boca.

—¿Cuál es su problema ahora?

—Digamos que tal vez haya encontrado su talón de Aquiles —reveló Mitchell, entornando los ojos con mordacidad, satisfecho de su descubrimiento.

—Pues cualquier jueguito que tengan entre ustedes, no me interesa —dijo ella, tratando de recuperar la compostura—… Ahora sólo necesito lavarme las manos.

Mientras ella se alejaba, él se quedó sentado en la barra, acariciando su barbilla en ademán pensativo. Vio la mochila de Marianne y fijó la vista en el objeto que sobresalía de uno de sus compartimentos. Su celular. Una idea cruzó por su mente, pero debía ser rápido y preciso si no quería que lo sorprendieran.

Miró hacia los lados, verificando que nadie le estuviera prestando atención y que los involucrados no estuvieran presentes. Una vez comprobado, procedió a tomar el celular de ella y tras apoyar medio cuerpo en la barra, alcanzó las pertenencias de Demian y sacó de ahí otro celular. De inmediato comenzó a teclear con gran destreza en ambos y en menos de un minuto los colocó de vuelta en sus lugares. Se acomodó de nuevo en el taburete, complacido de haber llevado a cabo su plan con éxito y en vista de que aún le quedaba tiempo de sobra, volteó hacia la mesa donde el chico rubio estaba sentado. Decidió levantarse, recorrer aquella distancia y tomar asiento frente a él.

—Bien, vayamos directo al grano. Ni yo te agrado, ni tú me agradas.

—¿Por qué no me agradarías? —preguntó Samael, abriendo en grande aquellos ojos celestes que le daban una cualidad infantil.

—¿…En serio? ¿No te caigo mal? Bueno, tampoco es que me disgustes, quizá sólo esté un poco celoso de ver lo bien que te llevas con las chicas, o de tu perfecto cabello rubio… o de esa sonrisa celestial que parece sacada de una revista y esos ojos soñadores que podrían hechizar a cualquiera… ¡Agh, divago, ¿ves lo que provocas?!

—Lo… ¿siento? —enunció él sin entender por completo a qué venía todo eso.

—Como sea. Empezamos con el pie izquierdo, y no tengo nada contra ti así que rebobinemos la cinta y presentémonos de nuevo. Hola, soy Mitchell, mucho gusto —dijo, alargando la mano hasta dejarla suspendida frente a él.

Samael trató de dilucidar cuál debía ser su reacción hasta que decidió extender también la mano y estrechársela.

—Soy Samuel —respondió él, recordando a tiempo que para los demás debía seguir bajo ese nombre, y apenas tomó su mano, Mitchell tiró de ella hasta tenerlo frente a frente a media mesa.

—Ahora que somos amigos, dime cómo consigues que tu cabello luzca tan perfecto sin perder el aspecto suave y natural, ¿usas algún producto en especial? Porque a pesar de lo espectacular que se vea el mío, ni te imaginas por todo el proceso que tiene que pasar para que luzca así. Mira, siente. —Guió su mano hasta su cabello, obligándolo a tocarlo—. ¿Ves? Duro como roca. Quizá algunos tips tuyos me ayuden a mejorarlo y tal vez también algunos consejos sobre cómo dirigirme a las chicas.

Samael se quedó callado al no tener una respuesta concreta que darle y tan sólo alcanzó a emitir algunos sonidos que no lograron formarse en palabras.

—¿Qué haces? —preguntó Marianne apenas volvió, extrañándole encontrar a Mitchell hablando con Samael.

—Tan sólo platicaba con mi nuevo amigo, ¿algún problema? —afirmó Mitchell sin quitarse del asiento, pareciéndole a ella aún más extraño.

—¿…Y a ti qué mosco te picó?

—Disculpen, aquí está su orden —interrumpió Mankee, llevando el refresco y la orden de papas que ella había pedido.

—…Hmm, muy maduro —espetó Marianne, dando un resoplido al ver que había enviado la orden con alguien más.

—Lo siento, ¿hice algo malo? —preguntó Mankee, alarmado al pensar que era por él.

—No, no, olvídalo. Gracias —finalizó ella con un sutil movimiento de cabeza.

Angie entró a la cafetería en ese momento y al ver que ya estaban ahí, se aproximó con visible entusiasmo.

—¡Gracias por esperarme! —dijo ella apenas se plantó frente a la mesa, con la respiración agitada como si hubiera corrido para llegar ahí y mirando especialmente a Samael, quien la saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

—Así que te transportaste de un lugar a otro como por arte de magia —mencionó Lilith una vez reunidos todos en la sala de Lucianne—. ¡Suena genial! ¿Podrías mostrarnos?

—Bueno… no sé si funcione en estas circunstancias, pero puedo intentarlo —respondió Samael, colocándose en el centro de la sala con todas las miradas encima.

Cerró los ojos y trató de proyectar en su mente la imagen de alguno de los lugares en los que había estado físicamente, y el que más recordaba en ese instante era el ático. Intentó figurarse que estaba ahí, sin embargo, no conseguía que la representación de aquel espacio fuera real, ni siquiera le parecía estar tras un velo como la primera vez que experimentó aquella sensación de desdoblamiento. Más bien era como si la imagen consistiera en pinceladas que no alcanzaban a tener consistencia ni solidez. El truco no estaba funcionando.

—…Lo siento, no sé qué ocurre. Quizá… únicamente funcione cuando alguien se halla en peligro —se excusó algo decepcionado y Marianne puso la mano sobre hombro.

—¿Por qué no lo intentas una vez más?

Él la miró y de inmediato entendió que estaba intentando recrear lo que había ocurrido la primera vez, después de que ella lo había tocado y compartido la misma visión que él. Asintió con una sonrisa y volvió a cerrar los ojos. Se concentró lo más que pudo en conseguir una visión más realista del ático, recreando punto por punto el lugar.

Logró captar por fin una especie de versión en carboncillo que fue lentamente transformándose en algo más concreto, aunque con un efecto vaporoso que iba y venía. De nuevo parecía estar detrás del velo. El efecto era intermitente, no lograba mantenerlo estable y tampoco estaba seguro si en verdad veía el ático tal y como estaba del otro lado de la ciudad o se trataba simplemente del recuerdo que tenía de él, pues no había ningún cambio, ni un movimiento, hasta que de repente la puerta se abrió.  Entre el cambio alterno del carboncillo y el efecto vaporoso alcanzó a ver que Loui entraba con cautela, aún con ánimos de investigar a pesar de todo.

Se detuvo ante la puerta y entonces sus ojos se posaron en él, como si lo estuviera viendo a pesar del efecto discontinuo que estaba experimentando. Su pecho se infló a la vez que sus ojos parecieron salirse de sus órbitas y soltó un chillido ensordecedor que lo sacó de su trance. Cuando volvió en sí, las muchachas lo contemplaban con la boca abierta.

—Parece que… no se pudo después de todo.

—¿Eso crees? Estuviste desapareciendo de manera intermitente por varios segundos. Bueno, no desapareciendo por completo, más bien quedando transparente.

—Como un fantasma.

Samael se miró las manos, abriendo y cerrándolas varias veces, pensando que quizá con algo de práctica podría dominarlo sin necesidad de esperar a que alguien fuera atacado.

—¡No puedo esperar a aprender eso también! —exclamó Lilith entusiasmada—. ¿Cómo le haces? ¡Vamos, dínoslo!

Él estaba a punto de hablar cuando escucharon un grito proveniente de la planta alta.

—…Ay, no, mi papá. Ya despertó.

—¿Necesitas que ayudemos en algo? —preguntó Marianne al notarla angustiada.

—¿Podrían sujetarlo mientras voy por el tranquilizante?

Subieron tal y como les había pedido y se detuvieron ante la pesada puerta que ahora disponía de un mecanismo con palanca que la mantenía asegurada aparte del seguro en la cerradura. En su interior, el comandante Fillian se retorcía en la cama, sujeto a ésta por bandas que lo mantenían contra el colchón.

Samael decidió adelantarse y lo tomó de los brazos, presionándolo contra la cama para detenerlo, pero éste clavó sus ojos encolerizados en él, provocándole un sobresalto. Aquellos segundos de distracción le bastaron al hombre para afianzar sus manos en los brazos de Samael e incrustar los dedos en su piel. Las chicas de inmediato tiraron de él para intentar liberarlo, pero era imposible despegarlo, el comandante era un hombre corpulento y de gran fuerza.

En un acto de desesperación, Angie tomó al hombre del brazo. Su intención era simplemente actuar de palanca, pero al sólo toque, sus tendones comenzaron a distenderse y lentamente sus manos fueron aflojando y soltando a Samael. Cuando al fin lo liberó, se apartaron varios metros de él, pensando que volvería a su agitación inicial, pero extrañamente dejó sus manos descansando sobre su pecho como si hubiera alcanzado un estado de relajación total. Lucianne entró en ese momento, encontrándolos a todos con la respiración agitada del otro extremo de la habitación y su padre inusualmente calmado.

—¿…Qué ocurrió?

Los demás tan sólo menearon la cabeza, tan confundidos como ella.

—Angie, ¿hiciste algo? —preguntó Marianne y ella apretó sus manos como si las estuviera protegiendo.

—N-No sé, yo sólo… deseaba que lo soltara, que se estuviera quieto y… —Al ver que Samael se aproximaba a ella y tomaba sus manos, se quedó tan tiesa como una roca.

—Piensa en algo —le pidió Samael, mirándola fijamente a los ojos, ignorando las marcas dactilares que habían quedado en sus brazos—. Desea que realice alguna acción, no tienes que decir nada, tan sólo piénsalo. Debe ser algo que de verdad quieras o de lo contrario no funcionará.

Angie lo observó patidifusa, primero por su cercanía y segundo por la extraña petición que le estaba haciendo. Trató de alejar cualquier pensamiento vergonzoso de su mente e intentó concentrarse en algo que pudiera ser de utilidad, pero apenas pasó un instante, Samael la soltó y le dio un abrazo, dejándola pasmada. Él se apartó unos segundos después, y la miró con gesto extrañado.

—¿Deseaste un abrazo?

Angie enmudeció, sintiendo que la sangre subía a sus mejillas y echó un rápido vistazo hacia las chicas, que la observaban con curiosidad. Avergonzada y consciente de que ella misma se había puesto en esa posición, únicamente asintió con la vista fija en el suelo.

—Bien, resultó como pensaba —respondió él, sonriendo para sorpresa suya—. Al parecer tienes una habilidad para modificar las acciones y pensamientos de las personas de acuerdo con lo que desees y sientas al momento de entrar en contacto con alguien.

—…Como ocurrió con Ashelow —intervino Marianne mientras Angie permanecía estática, tratando de asimilar sus palabras sin dejar de pensar en la reacción de Samael, o falta de ésta. No sabía lo que él pensaba o si habría sacado alguna conclusión, pero era claro por la mirada de sus amigas que ellas sí que tenían una opinión al respecto.

Cuando Marianne regresó a casa, lo primero que vio al poner un pie dentro fue un palo de hockey pendiendo frente a ella de forma amenazante y una figura enfundada en un traje enorme con casco incluido.

—¿…Se puede saber qué rayos haces?

—¡Lo volví a ver! ¡Al fantasma! ¡Estaba transparente y luego desapareció! —exclamó Loui, prácticamente enterrado en aquel uniforme de hockey, al que por fin parecía haberle encontrado un uso.

—¿Volviste a subir? Te dije que no lo hicieras.

—¡No podía quedarme sin hacer nada!

La puerta del frente volvió a abrirse, y ambos voltearon en alerta.

—Pero ¿qué…? —exclamó el recién llegado al ver el extremo del palo de hockey apuntando a su rostro—. ¿Acaso siempre que llegue a casa van a recibirme de esta manera?

Marianne y Loui miraron silenciosos a su padre, y ella lo tomó como solidaridad ante su abandono. Quizá por fin había algo en lo que su hermano y ella podrían coincidir, pero todo se vino abajo cuando Loui dejó caer el palo de hockey al suelo unos segundos después y fue corriendo hacia Noah.

—¡Papá! ¡Qué bueno que regresaste! ¡Hay un fantasma en la casa y quiere llevarme consigo! ¡No lo dejes, por favor!

—¿Fantasma? ¿Pero de qué estás hablando? ¿Qué ocurrió aquí durante mi ausencia?

Marianne únicamente giró los ojos y comenzó a subir las escaleras. A pesar de que no se esperaba que regresara tan pronto, pensó que tal vez podría tomar beneficio de ello y aprovechar para hacerle compañía a Lucianne esa noche, de modo que se preparó, llevando lo necesario. Samael tendría que quedarse en casa, pero tenía el celular para estar en contacto.

—Gracias por venir. No tienes idea de lo que significa su apoyo en estos momentos —comentó Lucianne mientras ambas cenaban unas tortillas españolas hechas por ella.

—No es ningún problema, tu situación nos concierne a todos, y no descansaremos hasta hallarle solución permanente.

—Suenas como político —dijo ella en tono de broma.

—¡No me insultes! —replicó Marianne con gesto ofendido mientras su prima reía.

—Por cierto, no debe tardar en venir Perry a verificar que todo esté bien. Ha sido muy amable de su parte el cubrir a mi padre de esa forma.

Marianne se llevó un pedazo de la tortilla a la boca mientras la observaba.

—A él le gustas, ¿sabes?

Lucianne detuvo la trayectoria de su tenedor y permaneció callada, con la vista fija en el plato.

—No sólo le gustas, está loco por ti, se le nota enseguida —añadió Marianne tras darle un trago a su jugo.

—…Lo sé —respondió finalmente Lucianne—. No estoy ciega.

—¿En serio? ¿Y qué piensas al respecto?

—Él ha sido un gran apoyo durante estos difíciles años después de la muerte de mi madre, y ciertamente es un amigo muy querido para mí, pero…

—Está Demian —interrumpió Marianne y Lucianne se mordió el labio con nerviosismo.

—Es… complicado.

—¿Por qué? Él te gusta, me parece obvio que a él también. Son matemáticas simples.

Lucianne mantuvo la mirada en su cena sin decir nada más cuando escucharon tocar la puerta.

—…Ése debe ser Perry, ahora vuelvo.

Se levantó rápidamente y salió de la cocina, dejando a Marianne con tenedor en mano jugando con su comida.

Lucianne cruzó la estancia a paso firme, tratando de relajarse y de no pensar en nada más, pero al abrir la puerta, en vez de encontrarse al oficial Perry, ahí estaba Demian.

—…Demian. ¿Qué haces aquí?

—Necesitaba… hablar contigo —respondió él con semblante intranquilo—. El miércoles que salimos… fue una cita, ¿verdad?

—Pensé que habíamos salido como amigos.

—Sí, sé lo que dije —reiteró él, paseando la mirada alrededor como si tuviera la mente hecha un embrollo—. Pero en realidad… eso fue una cita.

Ella lo observó confundida, sin entender a qué quería llegar con eso. Él volvió a contener la respiración y dio un paso hacia ella.

—¿Dirías que… llevamos esperándolo desde que éramos niños?

—…Yo sé lo que sentía en ese entonces. Lo que no sé es lo que tú…

—Te fuiste muy pronto —la interrumpió él. Lucianne se mantuvo en silencio, comenzando a juguetear con sus manos—. Ni siquiera tuve oportunidad de despedirme.

—…Lo sé. Estaba destrozada en ese momento, si te veía iba a ser peor —respondió con melancolía.

Demian la observó, indeciso, pero finalmente decidió poner en pausa sus pensamientos y dio unos pasos al frente hasta quedar a unos centímetros de ella, quien lo miró expectante. La tomó de los hombros con suavidad y aunque titubeó por un instante, su rostro fue bajando con lentitud hacia el de ella, esta vez decidido a no detenerse. Cerró los ojos y contuvo el aliento por última vez. Lucianne siguió su ejemplo y lo que pareció un preludio tardío, finalmente culminó en cuanto sus labios se unieron.

A distancia, el oficial Perry observaba desde el interior de su coche, con la decepción ensombreciendo su rostro.


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