Capítulo 18

18. LA CICATRIZ PALPITANTE

La alarma sonó puntual a las 7 de la mañana con una tonada muy pegajosa, impulsando a Mitchell a ponerse de pie para iniciar su ritual diario que incluía treinta minutos bajo la regadera además de un baño de cremas y loción para mantenerse fresco y perfumado por horas. Luego venía la parte de mayor diversión para él, seleccionar su anti-uniforme (el que normalmente usaba debajo de la chaqueta de la escuela) y moldear su cabello de forma tal que ni un ventilador industrial fuera capaz de desprenderle un solo rizo de su peinado casi plástico.

Durante todo el proceso dejaba reproduciéndose una lista de música igual de pegajosa para mantener sus ánimos arriba, de modo que iba tarareando la canción en turno y se movía al ritmo de esta mientras escogía su ropa. Tan concentrado estaba en su ritual que ni se fijó al abrir su armario y pasar de prenda en prenda que, oculto entre las sombras, estaba Frank vestido completamente de negro y la cara embadurnada de pintura también, inmóvil como muñeco arrojado al fondo del clóset.

Dio la espalda al armario, sin dejar de cantar por lo bajo la canción en turno, e ignorando completamente el par de manos enguantadas que salían sigilosamente del clóset en dirección a él.

—¡Listo para empezar el día! —dijo satisfecho con la combinación que había escogido. No bien había terminado de decirlo cuando aquel par de manos lo atrapó, una cubriéndole la boca y la otra sujetándolo del pecho y tirando de él hacia el armario, de modo que acabó siendo engullido por aquel montón de coloridas prendas con un grito sofocado.

—…Despierta, dormilón. —Mitchell abrió los ojos, aturdido, y frente a él vio el rostro recién lavado, pero aún con restos de pintura de Frank—… Tú y yo tenemos que hablar.

Intentó decir algo, pero había sido amordazado con uno de sus calcetines, y al intentar moverse se dio cuenta de que estaba amarrado a la silla de su escritorio con la camisa que había seleccionado para su uniforme, así que no pudo hacer más que retorcerse.

—¿Qué fue? ¿Estás intentando decir algo? Lo siento, no te entiendo, tendrás que ser más claro —dijo Frank, llevándose la mano a la oreja y sacudiendo la cabeza en una negativa. Mitchell se retorció con más fuerza y sus gritos ahogados se alzaron—. Oh, ¿estás dispuesto a hablar y responder mis preguntas? ¿Eso es lo que quieres decir? —Más ruidos incomprensibles de su parte, y Frank comenzó a desatar su improvisada mordaza—. ¡Haberlo dicho antes! Y yo que pensaba que ya empezabas a disfrutarlo.

Apenas le quitó el calcetín de la boca, Mitchell comenzó a gritar a quien estuviera en casa.

—Grita todo lo que quieras. Nadie te escuchará: ya todos salieron —le informó Frank con expresión relajada—. Estamos completamente solos tú y yo.

—¡¿Te volviste loco o qué te pasa?! ¡Desátame ya, maldito psicópata!

—Mala elección, Mitchelín. Esa no es la respuesta que estoy buscando.

—¡Mi cabello es un desastre, mi uniforme está arruinado y mis extremidades están entumiéndose! ¡Deja ya de jugar y desátame de una buena vez! ¡Esto no es divertido!

—Verás, no estoy seguro de recordar cómo desatar un nudo, todo depende de qué tan convincentes me resulten tus respuestas.

—¡No sé de qué me hablas! ¡¿Qué respuestas quieres?! ¡Estás demente! ¡No puedes ir por la vida usando este tipo de métodos para obtener información!

Frank de pronto sacó una pequeña navaja y Mitchell calló de inmediato, mirándolo aterrorizado, pero a continuación sacó una manzana y comenzó a pelarla.

—Es simple. Me dices qué hacías exactamente con Lucianne en el hospital el otro día y te dejaré libre. —Mitchell torció la boca mientras Frank seguía cortando pedazos de manzana y llevándoselos a la boca—. Admiro tu repentino sentido de la discreción, en serio que sí, pero si no empiezas a cantar como golondrina en primavera, probaré qué tan bueno es el filo de esta navaja y te daré un nuevo corte estilo pista de aterrizaje. Quizá y hasta te sea de provecho tener algo de ventilación en esa cabecita tuya —dio unas leves palmadas en la cabeza, crispándolo ante aquella idea, pero aun así mantuvo la boca cerrada—… Oh, mira nada más este mechón rebelde que no se quiere quedar asentado; quizá pueda ayudarte con eso, deshagámonos de él.

Tomó un mechón de su copete y colocó la hoja de la navaja en el nacimiento de éste, provocando el inmediato sobresalto de Mitchell.

—¡Está bien, está bien, te lo diré! ¡Solo suelta a Rizzo y hablaré todo lo que quieras! —pidió Mitchell como si tuviera la navaja en el cuello y Frank se apartó con una carcajada.

—¿Le tienes puesto nombre a tu mechón rebelde? No tienes idea de lo feliz que me haces con esa información para futuras referencias —dijo Frank, riendo burlonamente—. Habla. ¿Qué hacían Lucianne y tú en el hospital?

—¡Intentábamos conseguir información acerca de ti y ese profesor con el que has tenido problemas, ¿de acuerdo?! ¡Solo eso! Acudió a mí porque creyó que yo sería de ayuda teniendo en cuenta que soy tu primo y eso a pesar de advertirle que no serviría de mucho. No averiguamos gran cosa de todas formas. Más de lo mismo… y quizá, también, que tanto tu madre como la mía tomaron una clase con el mismo profesor hace 18 años o algo así, ¡pero eso es todo!

Frank no dijo nada, se limitó a mirarlo con el gesto endurecido mientras Mitchell esperaba alguna reacción y pronto comenzó a sentir un hormigueo en sus extremidades.

—¿Podrías ahora sí desatarme, por favor? Quiero al menos llegar a la segunda clase e intentar colarme al club de gimnasia a ver si Belgina queda en la selección oficial.

Ni una palabra. Nada. Hasta que Frank simplemente dio media vuelta y salió, dejando a Mitchell atado a su silla giratoria.

—…Solo vas a tomar aire fresco, ¿verdad? No te atreverías a dejarme atado aquí sin nadie más en casa —Mitchell alzó la voz—… Un poco de agua no me vendría mal tampoco. Sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero la sangre siempre es más fuerte, ¿no crees, primo? ¿Hola?

Angie había llegado a clase más temprano que de costumbre y esperaba en su asiento a que Marianne llegara, pensando cómo debía actuar en su presencia.

—¡Vaya sorpresa! —dijo Kristania en cuanto entró al salón y la vio ahí sentada.

—…Tampoco suelo llegar tarde; simplemente hoy desperté un poco más temprano.

—No lo digo porque estés aquí a temprano —replicó ella con una sonrisita que parecía sacar a flote a la antigua (o escondida) Kristania—… Verás, yo fui al “Louvre” el sábado.

El “Louvre” era la cafetería a la que había ido con Samael en el centro. El que ella estuviera ahí significaba que los había visto y dado su conocido historial, Angie comenzó a temer que usara aquella información para manipularla con algún objetivo.

Kristania llegó a su asiento y tras acomodar su bolsa, dio un suspiro y se mantuvo de pie en dirección a Angie con los brazos cruzados. Su sonrisa perniciosa era imborrable a pesar de sus vanos intentos por parecer accesible, y eso la volvía más inquietante.

—…Así que finalmente decidiste salir con el chico que te gusta. Bien por ti —dicho esto, tomó asiento y sacó su libreta sin decir nada más.

—¿Le… le dirás a Vicky? —preguntó Angie temiendo la reacción de su amiga, y Kristania levantó la vista con expresión sorprendida, como si nunca hubiera pasado por su cabeza tal idea.

—¿Por qué habría de hacerlo? Creo que eso no me corresponde a mí, ¿no crees?

Angie no dijo nada, pero no pudo evitar sentirse inquieta los siguientes minutos. Ahora no solo tenía que pensar cómo actuar frente a Marianne después de lo visto el sábado, sino también de qué forma hablar con Vicky antes de que lo supiera por alguien más, porque aún cuando Kristania juraba no tener motivo para decirle, eso no excluía la posibilidad de que lo hablara con alguien más (si es que no lo había hecho ya), y las noticias solían propagarse rápido en aquel entorno.

No tardaron en llegar varios estudiantes más; Belgina la saludó como siempre, ignorando lo ocurrido el fin de semana. Angie respondió, tratando de mostrarse normal, y fue justo cuando Marianne entró. Enseguida se enderezó, pensando qué decirle, pero ante su usual desborde de ideas, al final no pudo reaccionar.

—¿Pensabas decirme lo del sábado? —preguntó Marianne, deteniéndose ante su asiento con expresión indescifrable.

—¿Te refieres a la salida con…?

—Hablo de lo que viste, a tu padre con… —no se atrevió a terminar la frase, solo el imaginarse la escena le enfermaba—… Samuel me lo dijo, obviamente. Mi pregunta es ¿por qué tú no pensabas hacerlo?

Angie pestañeó nerviosa; de reojo pudo notar que la mayoría del salón había empezado a mirar hacia ellas, atraídos por su discusión, y esto hizo que se hundiera más en su asiento.

—…Porque sabía que te pondrías así —susurró ella, tratando de evitar las miradas de los demás. Marianne por fin miró a su alrededor, dándose cuenta de que estaba llamando demasiado la atención, así que se sentó detrás de Angie y decidió continuar con aquello de forma más discreta.

—Tenía derecho a saberlo también, es mi madre después de todo. No puedes decidir si soy apta o no para recibir ese tipo de información. Yo también soy afectada en todo este… perturbador asunto —dijo ella, inclinándose hacia el frente para que solo Angie la escuchara, aunque Belgina parecía algo desconcertada en su asiento.

—¡Lo siento! Yo simplemente… no sabía cómo reaccionar en ese momento. No había visto a mi papá de esa forma en mucho tiempo y supongo… que me entró pánico. Me asustó lo que aquello podría significar a futuro… Para ti y para mí.

—No significará nada —aseguró Marianne—. Mi madre solo está pasando por una fase. Está dolida e intenta recuperar la confianza en sí misma. No es nada serio lo de ellos, de hecho, no hay nada, ella misma me lo aseguró.

—Oh… Hablaste con ella.

—¿Tú no lo hiciste?

—…No, yo… él no sabía que estaba ahí en primer lugar.

—Bueno, pues… he dicho todo lo que tenía que decir. Esas pequeñas salidas amistosas no pasarán a más, te lo aseguro, así que no hablemos más del asunto —finalizó Marianne, volviendo a apoyar la espalda en su propio respaldo. Angie únicamente se mordió el labio y desvió la vista con inquietud.

Desde que su madre se había marchado cuando ella tenía cinco años, su padre parecía haberse cerrado a cualquier posibilidad de rehacer su vida con alguien más. Se volcó por completo en su trabajo y en el cuidado de ella para no derrumbarse como lo había hecho al leer la nota que su madre había dejado al marcharse. Ese había sido el momento en que sufrió su primer infarto. El momento en que su corazón se destrozó para no volver a enmendarse jamás. Se había vuelto extremadamente serio, parco, desprovisto de humor, únicamente preocupado por ella y su salud. No podía recordar la última vez que lo había visto tan alegre y relajado como en los últimos días, y si la madre de Marianne no consideraba aquello de seriedad, le hacía temer por la estabilidad emocional de su padre. No estaba segura de que pudiera soportar una segunda decepción. Quizá tendría que hallar el momento indicado para hablar del tema con él.

—¿Es cierto?

La voz la trajo de vuelta y levantó la vista. Vicky estaba de pie frente a ella con gesto de consternación.

—¿…Qué cosa?

—Que saliste con Samuel —agregó Vicky; unos leves surcos se acentuaban en su frente indicando lo desconcertante que le resultaba aquella noticia.

Angie no supo qué responder, no esperaba que lo supiera tan pronto. Kristania. De alguna forma debió asegurarse de que se enterara. Balbuceó apenas unas sílabas justo cuando el maestro entró, obligando a todos a ocupar sus asientos. Los últimos alumnos que llegaron detrás de él incluían a Lilith y Dreyson.

Dreyson se dirigió a su nuevo asiento, dedicándole a Marianne una mirada de recordatorio por el día anterior. Ella entornó los ojos con disgusto mientras él sonreía y tomaba asiento.

Marianne trató de atender a la case cuando escuchó el sonido de una bola de papel arrugado cayendo sobre su escritorio. Bajó rápidamente la mirada y dejó escapar un resoplido de fastidio al suponer de quién provenía. Con cuidado la desarrugó y leyó la nota.

“No desistiré hasta que aceptes salir conmigo.”

Giró los ojos y sin perder tiempo, escribió una respuesta clara y concisa: “NO”. Volvió a arrugar el papel y ante el menor descuido del profesor, lo lanzó de vuelta hacia Dreyson sin verificar que lo recibiera; si por ella fuera, que le diera de lleno en la cara o en un ojo.

Unos minutos después recibió la segunda bola de papel justo en la cabeza, y aunque no dolió, sí la indujo a voltear molesta ante su atrevimiento, y el muchacho únicamente sonrió como si lo hubiera hecho a propósito para llamar su atención. Ella tomó de mala gana el papel y leyó su contenido.

“Me gustan los retos.”

Marianne rechinó los dientes y tomó su pluma con fuerza para a continuación escribir su respuesta como posesa.

“Te reto a que dejes de fastidiarme y pongas atención a clase.”

Arrojó la respuesta con potencia, esperando darle mínimo en la cara, y esta vez no pasó ni un minuto cuando otra bola de papel cayó sobre su cabeza, forzándola a tomarla con rapidez antes de que alguien más lo notara.

“Todo reto tiene una recompensa.

¿Qué recibiré a cambio del tuyo?”

¡La desfachatez total! ¿De verdad creía que iba a seguirle el juego? Pues no, señor, que se buscara a alguien más que respondiera a su necesidad de atención. Decidió no volver a responder, arrugó el papel y lo arrojó dentro de su propia mochila, sin embargo, más bolas de papel se acumularon en su escritorio durante el transcurso de la clase, las cuales ella se limitaba a arrojar en la mochila con el resto sin molestarse en ver su contenido. Aquello ya era demasiado y no tenía por qué aguantarlo.

Cuando llegó la hora del club de Esgrima, ella se apresuró para poner distancia, pero apenas dio la vuelta al pasillo y no tardó en ser alcanzada por Dreyson.

—No entiendo ahora qué te molestó —dijo él como si de pronto se hubiera materializado a su lado y ella dio un respingo.

—¡¿…Quieres dejar de seguirme?!

—Nos dirigimos al mismo club.

—¡Pues espero sinceramente que esa sea la razón y no una excusa para acosarme! —replicó ella, redoblando la velocidad de sus pasos, aunque resultara inútil dada la facilidad y rapidez con que él se colocaba a la par de ella.

—No te estoy acosando.

—¿Ah, no? —Ella se detuvo y volteó hacia él—. Tengo en mi mochila unas diez o quince notas que me lanzaste sin cesar durante clases. No las leí porque no pienso seguirte el juego, pero la respuesta a todas sigue siendo NO.

—No es un juego —insistió Dreyson a pesar de que ella no dejaba de resoplar en respuesta—. No entiendo por qué te molesta tanto, solo te invité a salir.

—Y yo dije claramente que NO, pero eso tampoco pareces captar.

—Ni siquiera entiendo por qué la negativa. Todos salen y no hacen un alboroto de ello. Varias chicas me han invitado en la última semana.

—¡Perfecto! ¡Entonces sal con ellas y déjame a MÍ en paz! —concluyó ella, continuando su camino mientras el chico la seguía de cerca.

—No me interesan. Lo único que ven es en lo que me he convertido.

—Me parece que era lo que querías, por eso todo esto del cambio, si mal no recuerdo, así que no tienes derecho a quejarte ahora.

—Oh, no me quejo, disfruto la atención. Pero es contigo con quien quiero salir.

—Pues a mí me parecía que era alguien más.

—Las cosas pueden cambiar de un momento a otro.

—No de la noche a la mañana —espetó ella y Dreyson la adelantó para cerrarle el paso.

—…Nunca he tenido amigos —Dreyson enunció con total seriedad—. Tú viste las fotos de antes; y esto del intercambio social sigue siendo algo relativamente nuevo para mí, así que no puedo evitar si de repente hago o digo algo que pueda resultar ofensivo o alejado de la norma para los demás. Supuse que tú lo entenderías.

—Has estado preguntando por ahí sobre mí, al parecer —replicó Marianne, cruzando los brazos y sintiendo que únicamente intentaba apelar a su empatía.

—Hay más información en los archivos escolares de la que te imaginas.

—Bien… antes que nada, déjame decir que eso de andar revisando archivos ajenos es totalmente invasivo y no la mejor forma de propiciar un acercamiento con alguien. Haciendo ese detalle de lado, y suponiendo que no es perturbador en absoluto, digamos que puedo entender lo que sientes al ser nuevo en la ciudad, en la escuela, sin amigos y lo que quieras. Sin embargo, eso no significa que vaya a aceptar salir contigo por una especie de conexión especial entre ex-marginados. Las cosas no funcionan así.

—¿Por qué no? Tal vez tengamos más en común de lo que piensas.

—Bueno, ya que lo pones de esa manera… —dijo ella como si lo estuviera considerando—… No.

En cuanto dijo esto, se echó a correr para aprovechar el elemento sorpresa. Dreyson se limitó a observarla entre incrédulo y divertido, y acabó sonriendo, dispuesto a concederle aquella ventaja.

Ella llegó al gimnasio, jadeando y falta de aliento, y vio que prácticamente todos los chicos tenían ya puestos sus trajes, discutiendo algo con el entrenador mientras otros hacían ejercicios de calentamiento. Demian estaba entre el grupo congregado alrededor del entrenador, escuchando atentamente a sus instrucciones.

Decidió dirigirse a los vestidores de las chicas, tratando de no llamar la atención, y cuando ya tenía la mano en la puerta, Dreyson también llegó al gimnasio y le dedicó una sonrisa que parecía decir que no se tomaba a pecho su huída. Ella dio un resoplido, tratando de no darle más importancia de la que merecía.

Mientras Marianne se cambiaba, intentó enfocarse en interceptar a Demian a la menor oportunidad. Aún quedaba un asunto pendiente con respecto al celular que debía resolver.

—¡Wow! ¿Quién lo diría?

Marianne dio un respingo tras escuchar aquella voz que rompía su concentración. Kristania había llegado un par de minutos después de ella.

—Parece ser que ahora el “chico cisne” ha decidido fijar su atención en ti.

—“Decidido” parece ser la palabra apropiada —musitó Marianne más para sí misma que en respuesta a Kristania.

—¿Entonces qué dices? ¿Saldrás con él?

—…Escuchaste la plática de hace rato —conjeturó ella ante su repentino interés.

—Lo suficiente antes de que salieras corriendo —respondió Kristania con una sonrisa que revelaba un disfrute más allá de lo que pretendía aparentar—. Deberías aceptar; no todos los días te invita a salir uno de los chicos más atractivos de la escuela.

—¿Por qué habría de hacerlo? Si te parece tan atractivo, sal tú con él —replicó ella, optando por dirigirse a la puerta una vez terminando de cambiarse para no estar más tiempo ahí junto a ella.

—¡Oh, no! Si eres tú la que le interesa ahora, no me gustaría entrometerme.

Marianne tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no carcajearse en su cara ante lo irónico de sus palabras. Ella, que cargaba en contra de cualquier chica que mostrara el más leve interés en Demian o que incluso intercambiaran una palabra. Su acto le parecía cada vez menos consistente, pero claro, mientras no se tratara de Demian, suponía que le daba igual quién saliera con quién.

—No, gracias, estoy bien así —finalizó ella, abriendo la puerta para salir de ahí.

—¿Es en general o estás esperando a que alguien más te lo pida?

Marianne se detuvo con medio cuerpo fuera del vestidor y expresión de hastío. Aquel era su acto ahora, darse ínfulas de amabilidad, pero con doble intención, tratando de sacar información que le fuera de utilidad.

—Tengo cosas más importantes que hacer que perder mi tiempo de esa forma.

—¿En serio? ¡Cuánta madurez! —comentó ella con una sonrisita que parecía delatar a la verdadera Kristania que se ocultaba detrás de su máscara de gentileza.

Marianne reprimió las ganas de contestarle, limitándose a mostrar una sonrisa forzada antes de cerrar la puerta a su salida.

Dreyson iba también saliendo del vestidor de chicos, así que ella apuró el paso hacia el resto de los chicos de esgrima para evitar que se le acercara.

—¿Va a ocurrir algo de lo que no estoy enterada? —preguntó ella al aproximarse a Demian. Él estaba sentado en una banca con el florete en una mano y balanceando la careta de la rejilla con la otra.

—Hoy se decide quién representará al equipo en los juegos interestatales. El favorito era Lester, pero…ya sabes lo que ocurrió —respondió Demian y Marianne echó un vistazo a las gradas donde Lester, pierna enyesada y todo, discutía algo con el entrenador mientras observaban una lista—. El entrenador decidió dejarlo como consejero mientras tanto.

—¿Ellos decidirán al representante? Pensé que tú eras el segundo mejor del equipo. No entiendo por qué tienen que discutirlo tanto.

—Recuerdas lo que pasó en básquetbol, ¿verdad?

Ella prefirió no hacer comentario al respecto; aquel había sido un momento en que había temido que él no fuera capaz de mantenerse en control y aunque finalmente lo había conseguido, no había sido gracias a ella.

—…Pues al parecer la historia se difundió y ahora también mis compañeros de esgrima quieren una oportunidad para representar el equipo. Creen que elegirme de forma directa sería una forma de favoritismo cuando algunos piensan que lo que le ocurrió a Lester fue solamente un golpe de suerte para mí.

—¡Tonterías!

—Siendo realistas… es verdad que tuve que ver con lo ocurrido, aunque ellos ignoren lo que hubo detrás, así que no puedo discutir contra eso —respondió Demian, demasiado tranquilo en contraste con su reacción en básquetbol.

—¿…Cómo lo estás llevando?

—¿Honestamente? Me siento decepcionado. Pero después de lo ocurrido en básquetbol, ya no me sorprende. Es como si de pronto todos hubieran decidido hacer un frente unido contra mí, compañeros con los que he estado conviviendo por años y que ahora me parecen irreconocibles, o simplemente por fin están mostrando sus verdaderos rostros. Como sea, no quiero dejar que me afecte. Por eso intento tomármelo con calma.

Y por eso se había sentado apartado de los demás, pensó Marianne, para evitar cualquier posibilidad de que su parte demoníaca volviera a tomar control de él.

—¿Y qué se supone que harán entonces? ¿Enfrentarse todos contra ti por la oportunidad de representar al equipo?

—Si así fuera, estaría en desigualdad de condiciones. Seis chicos contra mí, un combate tras otro, eso agotaría a cualquiera… Claro que yo no soy una persona normal como ya sabemos, y no sería un problema para mí, pero debo regirme bajo las reglas humanas. Será un torneo ráfaga. Los vencedores irán avanzando hasta que solo quede uno.

—¿O sea que me puse el traje de adorno porque hoy los nuevos no haremos nada?

—No te preocupes, estoy seguro de que el entrenador hallará algo que hacer para ustedes —aseguró él con una sonrisa. Ella decidió aprovechar el momento para manifestar la duda que había estado carcomiéndole desde el día anterior.

—Me preguntaba si… —comenzó ella y Demian la miró con curiosidad—… ¿recordarías tal vez el lugar exacto donde encontraste el celular de mi padre?

—¿Te refieres a la lápida junto a la que lo hallé?

—Sí, yo… pensaba quizá echarle un vistazo, me conformaría con un croquis o algo para poder localizarla, no suelo visitar el cementerio, así que no lo conozco bien.

Demian pareció meditarlo por un instante y echó un vistazo a su alrededor; el entrenador se había puesto de pie y parecía a punto de convocar a los involucrados en el torneo ráfaga, así que no le quedaba mucho tiempo.

—Puedo conducirte ahí, será más fácil para mí recordar el camino de esa forma… Bueno, solo si quieres.

—Es… Está bien —respondió ella tras unos segundos en silencio, sorprendida ante su ofrecimiento—… ¿Podrías… esta tarde tal vez?

—Me parece bien. ¿Después de clases o paso a tu casa?

Marianne consideró las opciones y se preguntó si sería más problemático el que la vieran irse con él saliendo de la escuela o que su madre estuviera en casa cuando él llegara. De cualquier forma, generaría malentendidos, y eso era algo que quería evitar.

—…A la entrada del cementerio mejor. Al menos ahí sí sé cómo llegar —resolvió ella, y a pesar de que Demian entendió que era su forma de mantener distancias, sonrió y asintió con la cabeza.

—A las cinco si te parece bien. Cualquier cambio, me mandas un mensaje.

El entrenador comenzó a llamarlos. Los siete chicos que se disputarían el lugar para las interestatales se reunieron en torno al entrenador mientras Marianne se quedaba junto a la banca en la que Demian había estado sentado, observándolos con atención.

—¿Es por eso por lo que no aceptas salir conmigo entonces?

Marianne pegó un brinco y volteó hacia Dreyson que se había colocado ya junto a ella.

—¿…Qué? —Ella parecía distraída y él hizo un movimiento de cabeza, claramente señalando a Demian.

—Te gusta.

Hubo una pausa antes de que ella quedara roja e intentara rápidamente enmascarar su reacción arrugando el ceño.

—¡…Pero ¿qué estás diciendo?! ¡Somos amigos desde hace tiempo y nada más! —replicó ella en plan defensivo.

—¿Es así en verdad? —dijo él, levantando una ceja con duda.

—¿Sabes qué? Piensa lo que quieras, no tengo por qué darte ninguna explicación —finalizó ella, mejor dándose la vuelta para ir a sentarse a las gradas junto con los demás novatos, pero para irritación suya, él se sentó junto a ella y siguió observando a Demian y los demás veteranos.

—Puedo ser tan bueno como él. Podría incluso superarlo —aseguró él y Marianne se llevó las manos al rostro con exasperación.

—Ay, por dios. En primer lugar, no tienes que ser como nadie más. En segundo lugar, aun así, no saldré contigo. Y, en tercer lugar, ¡que no me gusta!

—Tu desesperación por aclarar ese punto resulta sospechoso.

—¡Más que desesperación, yo diría hastío! ¡Estás empezando a impacientarme! —se quejó ella, comenzando a masajearse las sienes.

—Tranquilo, la vas a sofocar con tanta insistencia —intervino Kristania tras salir de los vestidores con el uniforme modificado tras la adición de una cinta rosa para marcar su cintura y el cabello recogido en una cola alta—. Dale su espacio y tal vez así ella termine dándote una oportunidad. —Marianne le dedicó una mirada de hartazgo y Dreyson se mantuvo en silencio mientras ella tomaba asiento junto a ellos—. ¿De qué me he perdido?

—¡No, no es justo! ¡¿Por qué a mí tienen que dejarme fuera?! —Uno de los chicos reunidos alrededor del entrenador alzó la voz y todos centraron su atención en ellos—. ¡Yo también tengo derecho a participar, he estado en el equipo por tres años!

—Los combates tienen que ser por pares y solo hay siete de ustedes. Lo lamento, pero uno tendrá que quedarse atrás —explicó el entrenador y el chico volteó desesperado hacia las gradas.

—¡Que uno de los nuevos combata conmigo! ¡Así tendremos los cuatro combates que necesitamos! —sugirió el muchacho y varios de los nuevos murmuraron nerviosos, deseando no ser elegidos.

—Es una solución, pero no podemos obligarlos a participar tan pronto.

—¡Seguro que alguno estará interesado en poner a prueba lo que han aprendido! —insistió el muchacho casi con aire suplicante, pero los novatos permanecieron mudos, mirándose unos a otros como esperando a que alguno se ofreciera para no tener que pasar por una selección al azar.

Pasados unos segundos, una mano se levantó, atrayendo la atención del resto.

—Yo lo haré.

Dreyson se puso de pie entre los murmullos del grupo y el alivio del muchacho que había estado a punto de quedar fuera del torneo.

—¿Estás seguro, muchacho? Tal vez sea algo interno, pero las reglas se aplicarán igual que si fuera un combate de campeonato —preguntó el entrenador y Dreyson asintió, encogiendo además los hombros como si le diera igual—. Muy bien entonces, a prepararse todos, vamos a iniciar.

—¡¿Qué rayos estás haciendo?! —musitó Marianne con tono recriminatorio antes de que fuera a unirse con aquel grupo.

—Pondré a prueba lo que he aprendido en las últimas clases.

—¡Solo hemos tenido dos! ¡De verdad que este exceso de confianza tiene que parar!

—¿Ahora te preocupas por mí? —replicó él con una sonrisa que la obligó a hacer una mueca—. Tranquila, he estado practicando por mi propia cuenta. No tenía intención de quedarme haciendo ejercicios básicos por mucho tiempo.

—Por algo son esos ejercicios y creo que lo aprenderás a la mala en unos minutos.

—Supongo que ya veremos —respondió él sin mostrarse preocupado en lo más mínimo—. Y ya que estás tan segura de ello, ¿qué tal si apostamos? Si gano todos los combates, sal conmigo.

Ella frunció el ceño, pero antes de que pudiera volver a negarse, él ya se dirigía hacia los esgrimistas alistándose para el torneo interno. Una mano cayó pesada sobre su hombro y no tuvo necesidad de voltear para saber que era Kristania.

—Esto va a ponerse interesante —comentó ella, lista para divertirse, y Marianne hizo un gran esfuerzo por no sacudirse la mano de encima.

El torneo rápido inició con Demian y otro chico, aunque el asalto no tardó ni tres minutos antes de que su oponente acabara en el piso tras cinco tocados y se le declarara vencedor. Él no hizo ningún aspaviento ni señal de triunfo, se limitó a regresar a la banca con el resto de sus compañeros para esperar al siguiente combate.

Pasaron otros dos asaltos más hasta que le tocó turno a Dreyson contra el chico que estuvo a punto de quedar fuera. Este parecía ansioso por demostrar el gran error que estuvieron a punto de cometer mientras Dreyson se colocaba en posición, con una calma que lo hacía parecer un experimentado esgrimista, o tan solo era parte de su exceso de confianza.

A la señal de “Adelante”, el chico con mayor experiencia no perdió tiempo en avanzar para su primer ataque y, aunque Dreyson pareció no reaccionar con la misma rapidez al inicio, en cuanto la hoja se dirigió a su torso, hizo una parada con un movimiento ágil, desviando la hoja y tocando a continuación a su contrincante de forma calculada, tomando por sorpresa no solo al chico, sino al resto de sus compañeros que no se esperaban aquella reacción tan metódica de un novato. El muchacho finalmente reaccionó y volvió a ponerse en guardia. El combate continuó su curso y él volvió a la carga, pero Dreyson demostró ser un rival que no se podía tomar a la ligera, y tras varios intentos del chico por ganar terreno o intentar que traspasara alguno de los limites, de alguna manera Dreyson volteó la situación a su favor hasta que al final del combate ráfaga fue declarado vencedor del asalto.

Hubo un silencio total en el gimnasio, sorprendidos por la inesperada victoria del novato. Dreyson se quitó la careta y mientras se dirigía a la banca, miró a Marianne con una expresión que indicaba lo mucho que estaba disfrutando ese momento y se sentó en la esquina de la banca, con Demian en la otra punta dirigiéndole una mirada de reojo. Era su turno para la siguiente ronda antes de la final y debía concentrarse en su propio combate.

Sin que resultara sorpresa para nadie, Demian ganó su siguiente asalto. Las cosas iban como esperaba al principio, esperaba que continuaran así, fuera quien fuera su oponente.

Dreyson se puso de pie para su segundo combate y se dirigió resuelto al centro de la pista. Se colocó en posición y cuando el enfrentamiento dio inicio, dejó de nuevo que su rival hiciera el primer ataque. En cuanto lo desvió, lanzó un rápido contraataque, obligando a su contrincante a retroceder, mientras este hacía todo en su poder por pararlo, a la vez que era conducido hacia el límite de la pista. En su desesperación, acabó usando su mano libre para desviar un estoque, valiéndole una sanción. Después de eso, el chico no logró recuperarse, cometió error tras error hasta que el combate terminó y Dreyson fue declarado vencedor de nueva cuenta. Se quitó la careta y dirigió una mirada hacia Demian, mientras este se limitó a sostenérsela sin ninguna expresión.

—¿Listos para el último combate? —preguntó el entrenador, haciendo señas a ambos para acercarse nuevamente al centro de la pista.

Ambos se colocaron en sus respectivas posiciones, intercambiando miradas antes de bajarse la careta y ponerse en guardia.

—Hasta ahora ha tenido suerte. De ninguna manera le ganará a Demian —comentó Kristania, atenta a la pista sin fijarse si había alguien más escuchándola.

Marianne prefirió ignorar su comentario; de todas formas, dudaba que fuera dirigido a ella. Tampoco creía que Demian pudiera perder, pero temía que Dreyson llegara a ejercer tanta presión en él que perdiera el control.

—¡Adelante! —indicó el entrenador y Demian apretó el mango del florete, suponiendo que Dreyson esperaría a que hiciera el primer movimiento tal y como en sus anteriores combates, de modo que le tomó por sorpresa cuando este avanzó hacia él de improvisto y apenas alcanzó a parar su estoque. Demian retrocedió al ver que había muy corta distancia entre ellos y esperó a que el entrenador determinara si lo permitía o no. Este hizo una señal para indicar que lo autorizaba, así que Dreyson volvió a la carga.

El combate continuó con los dos chicos manteniendo al mismo nivel, cada uno intentando ganar terreno, pero terminando en el mismo punto al centro de la pista al pasar los tres minutos y que el entrenador exclamara “¡Alto!”. Estaban empatados, ninguno había hecho ningún punto, así que tendrían que irse a un encuentro extra.

Todos los integrantes del club estaban tan callados que casi podrían pasar por estatuas colocadas de adorno alrededor de la pista. Ambos contendientes lucían tan relajados y compuestos como al principio, como si el primer encuentro no hubiera sido más que un calentamiento. Sin embargo, Demian había comenzado a sentir un cosquilleo en la muñeca, y aquello solo podía significar que estaba al borde de perder el control en cualquier momento. Debía mantener la concentración, de lo contrario algo podría ocurrir y no quería otro accidente en su conciencia. Se frotó la muñeca mientras se colocaba en posición antes de iniciar el segundo enfrentamiento y se lamentó no haberse puesto el calentador; aquello quizá le hubiera disminuido la tentación de rascarse la cicatriz.

El entrenador dio inicio al combate y esta vez Demian no quiso esperar; enseguida se lanzó hacia el frente y el otro hizo lo propio, quedando ambos floretes enfrentados.

Permanecieron así por un par de segundos a corta distancia, como si estuvieran midiendo fuerzas, lanzándose miradas intimidantes a través de las caretas. Finalmente, terminaron separándose al mismo tiempo y continuaron lanzando estocadas y desviándolas, a la vez que cada uno trataba de conducir al otro hacia los límites de la pista.

El cosquilleo en la muñeca de Demian había ido aumentando gradualmente hasta sentir que le escocía, como si la tuviera en carne viva. Trató de ignorarlo cuanto pudo, pero su mano ya comenzaba a pesarle y a actuar por cuenta propia como reacción automática al dolor. Y el otro chico no cedía un centímetro ni parecía agotado.

La comezón se extendía ahora por la periferia de su piel, y temió que en cualquier momento la parte de él que no controlaba decidiera que era hora de poner la balanza a su favor. El combate debía finalizar cuanto antes. Así que hizo lo que consideraba más conveniente en esas circunstancias: apartó el florete del chico y lanzó una rápida estocada hacia su pecho para asegurarse un tocado. La punta roma presionó la acolchada tela del traje contra el pecho del muchacho y al mismo tiempo sintió que algo golpeaba entre sus clavículas. Bajó la vista, manteniendo el brazo firme en la misma posición y vio que la punta del florete del otro chico lo tocaba a unos centímetros por encima del pecho. De alguna forma su brazo había tomado impulso tras desviarlo y vuelto de rebote, de manera que mientras él se ocupaba en su propio ataque, el otro había hecho lo mismo y ahora ahí estaban ambos con las espadas contra el pecho de su adversario, deseando que las puntas atravesaran sus uniformes.

Escucharon al entrenador pidiendo que se separaran, pero ellos no se movieron, mirándose fijamente de forma desafiante.

—Sepárense ahora mismo —advirtió el entrenador de nueva cuenta.

Con la mano aferrada al florete con tanta fuerza que ya ni sentía la sangre circular por sus nudillos (y sin embargo sí que seguía sintiendo el palpitar de la cicatriz, su energía demoníaca acumulándose en ese punto), Demian tomó impulso, y al hacer aquel brusco movimiento para apartarse, su brazo acabó impelido hacia un lado y la hoja se deslizó en el brazo del otro chico, que de inmediato retrocedió de un salto, soltando el florete y cubriéndose con la otra mano.

Hubo un ligero barullo; Demian no entendió al principio lo que estaba ocurriendo hasta que vio por fin una gota de sangre cayendo a la pista y la mancha roja en el guante y manga del otro chico. Dreyson se sostenía la muñeca y ante la insistencia del entrenador se descubrió la mano, mostrando un corte que había traspasado la tela hasta tocar la piel. Demian levantó su florete y vio que la parte más angosta de la hoja estaba manchada de sangre. ¿Cómo pudo ocurrir? Las armas que utilizaban carecían de filo, y aunque se les recomendaba ser cuidadosos con ellas, de ninguna manera la hoja tendría la capacidad para atravesar la doble capa de tela reforzada que se formaba con el guante protector. Continuó observando la hoja con desconcierto y su mirada se desvió hacia su mano, que permanecía agarrotada en torno al mango; una sensación fría y hormigueante aún recorría sus terminales nerviosas. A pesar del guante que la cubría, casi podía ver la palidez en sus nudillos extendiéndose por su puño y pronto hacia el resto de su piel. No le cabía duda, aquello había sido obra de su poder oscuro.

Hizo un esfuerzo para abrir la mano, dejando caer el florete al piso, y a continuación se marchó, sin importarle que abandonar la pista significaría su descalificación. Le pareció escuchar al entrenador ordenándole que regresara, pero no se detuvo, ni siquiera se quitó la careta. Necesitaba alejarse de ahí, por el bien de todos. De reojo vio que Marianne se ponía de pie, pero aun así no paró; de hecho, apresuró el paso hacia la puerta y salió, quitándose la careta una vez fuera y lanzándola al suelo en un arranque de rabia hacia sí mismo.

Recordó entonces las palabras de Addalynn incentivándolo a que acudiera a ella cada vez que se sintiera a punto de perder el control. Se quitó los guantes y vio que efectivamente sus nudillos habían perdido color y su palpitante cicatriz estaba hinchada. Escuchó unos pasos acercándose a la puerta del gimnasio, pero no quería que nadie lo viera en esas condiciones. Desapareció antes de que la puerta se abriera y saliera Marianne, encontrando únicamente la careta en el piso. La recogió y echó un vistazo alrededor antes de volver a entrar al gimnasio.

—¡En sus marcas! —la voz del entrenador retumbó en el domo de natación y Samael tomó enseguida la posición de salida en su respectivo carril junto con otros siete chicos.

Desde las gradas, el resto de los miembros del club de natación observaba y hacían sus apuestas, aunque varias de las chicas parecían más ocupadas en cotillear sobre los muchachos en competencia, especialmente Samael.

Addalynn mantenía su distancia como siempre, sentada a un extremo de las gradas con su permanente gesto de póquer, y los brazos cruzados sobre las piernas.

Ya no se preocupaba por su taquilla en los vestidores; desde que había encontrado su uniforme hecho trizas, había recurrido a un método especial para evitar que alguien volviera a acercarse a esta. Quien se atreviera a poner una mano sobre el casillero sufriría descargas eléctricas. No necesitaba presenciar su efectividad, desde su implementación el casillero había permanecido inviolado y sus pertenencias intactas. Las miradas hostiles habían aumentado de igual manera, pero tampoco le importaba, no había llegado a la ciudad a hacer amigos. Tenía un único motivo para estar ahí, y continuaría hasta el final.

El entrenador dio la señal de inicio y los chicos se lanzaron al agua. Addalynn siguió el curso de la carrera con apatía, y de repente irguió la cabeza, como si escuchara algo a la distancia. Se incorporó, y mientras el resto permanecía atento a la alberca, ella caminó hacia los vestidores, guiada por algún instinto. Frente a su casillero vio a Demian de espaldas a ella, vestido con la indumentaria de esgrima y con la respiración agitada.

—¿Qué haces frente a mi casillero? —preguntó ella y él se dio la vuelta en cuanto la escuchó. Su rostro lucía sudoroso y sujetaba su mano derecha a la altura de la muñeca. Por la decoloración de sus nudillos comprendió enseguida la razón.

—Dijiste que si alguna vez me sentía… a punto de perder el control de nuevo, acudiera a ti —dijo él, intentando contenerse—. Intenté localizar tu energía y me condujo hasta aquí.

Se escuchó un estallido de aplausos y gritos de celebración afuera, por lo que ella no perdió el tiempo y se aproximó a él, haciendo una seña con las manos.

—Palmas hacia arriba.

Demian se soltó la muñeca para a continuación colocar las manos tal como ella le indicaba, tan pálidas que ni siquiera se distinguían sus huellas dactilares, y ligeramente temblorosas. Addalynn se frotó las manos como si con eso las cargara de energía, y en cuanto las puntas de sus dedos tocaron sus palmas, él sintió una sacudida que de inmediato lo alivió. Ella fijó la vista en la hinchada cicatriz de su muñeca.

—Gracias. No sé de qué forma podré pagarte. No es mi estilo acudir a alguien más por ayuda.

—¿Te has tratado eso ya? —preguntó ella y por la dirección de su mirada entendió que se refería a su cicatriz.

—…No es nada —aseguró él, jalando la manga del traje para cubrirla—. Solo una fea cicatriz que a veces no puedo evitar frotar cuando me siento estresado… Supongo que eso revela el nivel de estrés que he sentido últimamente.

Ella se quedó unos segundos en silencio, como si estuviera prestando atención a algún sonido distante.

—Debes irte —agregó ella—. El vestidor no estará a solas por mucho tiempo.

—¿Puedo preguntar por qué este casillero está lleno de tu energía?

—Es porque yo la deposité ahí. Digamos que es mi seguro contra robos —respondió ella despreocupadamente, y él miró de nuevo el casillero.

—…Qué curioso. Para ser autodidacta pareces disponer de más conocimientos y recursos que los demás teniendo guía.

—No querrás que nadie más te vea aquí —insistió Addalynn, optando por ignorar su comentario, y ante el sonido de la puerta, él se desvaneció en el aire.

—Dice el entrenador que te toca —dijo bruscamente una chica asomándose por la puerta, como si quisiera dejar en claro que no le avisaba por iniciativa propia.

Addalynn únicamente pasó a su lado sin dedicarle una sola mirada, lo que pareció irritarla más. Samael se dirigía al vestidor de chicos con su toalla a la espalda y sonrió al llegar a la misma altura que ella, deteniéndose para compartirle las buenas noticias.

—Quedé seleccionado.

—¿Tenías alguna duda? —replicó ella pasándolo de largo, y él tan solo la siguió con la mirada, preguntándose si lo decía por el hecho de ser un ángel y eso lo ponía evidentemente en ventaja con respecto a los demás. Sin embargo, ella parecía también muy segura de sí misma, tanto que no mostró una pizca de sorpresa cuando al final de su prueba ocupó el primer puesto, quedando así seleccionada para los juegos. Salió de la piscina y tras exprimirse el cabello como era su costumbre, tan solo recogió su toalla y se dirigió de vuelta a los vestidores, volviendo a toparse con Samael que había estado observando la prueba—. Nada complicado —dijo ella al pasar junto a él, cuya mirada la siguió nuevamente con curiosidad.

Al terminar las clases, Vicky se había detenido en la parada de autobús y observaba la fachada de la cafetería con una mezcla de perplejidad y escepticismo. Toda la parte del frente había sido cambiada de manera que ahora parecía la entrada a una mezquita con una colorida marquesina que desplegaba el nombre “Hisham Deluxe” en grande.

—Un minuto de silencio por el “Retroganzza” —dijo Marianne, acercándose por detrás junto a Angie y Belgina.

—Casi doy gracias porque no esté mi hermano para ver en lo que se ha convertido.

—¿…No se irán con él? —preguntó Marianne tratando de sonar casual.

—Dijo que tenía algo importante que hacer, así que volveremos a casa solas —respondió Vicky, encogiéndose de hombros.

—Oh… ¿Lo viste?

—No, me envió un mensaje.

Marianne miró de reojo a Addalynn, que permanecía pegada a la pantalla de su celular. Se preguntó si Demian habría acudido a ella como la última vez.

—¿Sabes de casualidad si hoy vio a Mitchell en clases? —preguntó Belgina y tanto Marianne como Angie la miraron con sorpresa—… Solo pregunto por curiosidad.

—Ni idea, no lo he visto desde la mañana. Puedo preguntarle por mensaje si quieres —respondió Vicky, contemplando ahora las cúpulas agregadas en la cima de la cafetería que le daban un toque oriental. Belgina se negó con un rápido sacudir de cabeza para evitar hablar de ello.

—Bueno… ¿vienen o no? —dijo Marianne al ver que parecían dudosas y finalmente se decidieron a cruzar la avenida.

El interior estaba incluso más cambiado que la fachada. El decorado de época había sido por completo reemplazado por coloridos pufs que servían como asientos, y manteles bordados sobre las mesas, largas cortinas con flecos en las ventanas además de un gigantesco tapiz con dibujos étnicos cubriendo cada centímetro del piso, de modo que todo aquel que entrara debía dejar sus zapatos en la entrada e ir descalzo. Era tal la explosión de rojos, naranjas y dorados en el decorado que se vieron obligadas a apartar la vista, temiendo quedar ciegas si lo miraban fijamente por mucho tiempo. Los exóticos “hombres de los sables” tenían ahora diferentes tareas dentro de la nueva temática de la cafetería; había un par recibiendo a la gente en la entrada como si fuera un elegante restaurante de la más alta categoría y algunos no solo actuaban de meseros, sino que también se colocaban junto a las mesas ocupadas y se dedicaban a abanicar a los clientes.

—Si alguno intenta darme uvas en la boca, me voy —masculló Marianne.

Se dejaron caer en los pufs colocados en su sitio usual, y se quedaron incómodamente quietas con las espaldas erguidas, observando el nuevo dispensador del menú que tenía forma de árbol de cuya cada rama colgaba una tarjeta. Los nuevos platillos distaban mucho de las hamburguesas y comida rápida a la que estaban acostumbradas.

—…Esto es excesivo, ¿de verdad creen que una cafetería así pueda funcionar cuando sus principales clientes son estudiantes de secundaria y preparatoria?

—Supongo que funcionará al principio por la novedad —dijo Belgina, viendo que varios de los clientes parecían fascinados por los colores y los exóticos “meseros adorno” que les servían devotamente como si fueran de la realeza.

—Mi hermano no aceptó ningún pago, así que técnicamente el lugar sigue siendo nuestro… ¿creen que pueda hacer yo algún comentario al respecto en su ausencia? —inquirió Vicky, y como si hubiera sido convocado, Mankee se apareció a un lado de su mesa, vestido de forma más étnica y en actitud sumisa.

—…Gracias por venir. Lamento todo lo sucedido… eh… ¿van a ser las únicas?

—Demian tuvo algo que hacer, pero yo estoy aquí en representación suya. No quisiera ser aguafiestas, pero no creo que él apruebe los cambios que le han hecho al lugar.

—¡Lo sé, lo sé! ¡Pero no pude hacer nada! ¡Es como si tuviera las manos atadas! —replicó Mankee con ademán desesperado.

—Más que el “príncipe”, pareces el esclavo de esa chica —comentó Marianne y Mankee dejó escapar un suspiro de frustración.

En ese momento comenzó a salir un misterioso humo amarillo con olor a especias de la cocina, pero antes de que cualquiera alcanzara a levantarse y gritar “fuego”, la puerta se abrió y salió la exótica chica que se decía prometida de Mankee, vestida como si estuviera a punto de interpretar la danza de los siete velos en medio de aquella explosión de humo que fue cambiando de color además de esparcir distintos aromas almizclados. Hubo algunos aplausos y ella hizo una breve reverencia con las manos unidas hacia el frente, acercándose a continuación a la mesa donde se encontraban ellas, y Mankee enseguida se hizo a un lado.

—…Hagan lo que hagan, eviten que las toque —susurró él en un tono siniestro.

—Bienvenidas —dijo ella, haciendo una cortesía como si el incidente de los sables del viernes jamás hubiera ocurrido—. Tengo entendido que son amigas del príncipe Hisham, y como tales es mi deber el procurar que se sientan cómodas, así que no duden en pedirme cualquier cosa que necesiten. Mi nombre es Latvi Mitra y estoy para servirles.

Las chicas intercambiaron miradas, confundidas ante la extraña petición de Mankee, y Vicky decidió tomar la oportunidad para hablar en representación de su hermano con respecto al giro que había tomado la cafetería.

—¡Mucho gusto! Mi nombre es Vicky. Posiblemente no estés enterada, pero Demian es mi hermano, así que técnicamente el sitio también es…

—¡Oh, querida! ¡Cuánto lamento escuchar eso! —la interrumpió Latvi, llevándose la mano al pecho como si hubiera escuchado una mala noticia—. Ciertamente no lo pareces.

Las demás chicas se miraron, temiendo que de alguna manera ella pudiera revelarle que Demian no era en realidad hermano suyo a pesar de que no tenía forma de saberlo (a menos que Mankee le hubiera dicho algo, lo cual dudaban dada su proclividad a evitarla), pero Vicky únicamente frunció el ceño sin captar el sentido de aquello.

—…En fin, lo que quería decir era que mi hermano no aprobó todos estos cambios, y a pesar de lo que dijo el viernes, lo cierto es que no aceptó ningún pago y se suponía que Mankee solucionaría este aparente problema de comunicación para que no pensaran que podían hacer con el lugar lo que…

—Dame tu mano, querida —volvió a interrumpir la chica, haciendo oídos sordos a sus palabras y extendiendo la mano con la palma arriba. Vicky observó aquella bronceada y bien cuidada mano y alzó la vista hacia Mankee, que con una mueca desesperada le indicaba que no lo hiciera—… Juro que no muerdo.

Vicky dudó un instante más, pero luego decidió que, si fuera ella, no le gustaría que la dejaran con la mano extendida, así que relajó el brazo y se la estrechó. La chica enseguida cerró los ojos y se estremeció como si al solo contacto una corriente de energía la invadiera. Vicky y las demás la observaron perplejas, y aunque la primera intentó soltarse, la chica había sujetado tan fuerte su mano que le resultó imposible. Desconcertada, volteó hacia Mankee, esperando que él interviniera de alguna forma, pero él permanecía a un lado prácticamente paralizado con una viva expresión de horror.

Finalmente, la chica abrió los ojos con una última sacudida y la mirada fija en el techo como si hubiera tenido una epifanía. Vicky tiró hacia atrás, nerviosa, y los ojos de arena de la chica se posaron en ella, tan abiertos y expresivos que por un momento sintió escalofríos.

La chica, sin embargo, continuó mirándola con aquella expresión aturdida que no hizo más que incrementar su nerviosismo. Justo cuando pensaba que las cosas no podían tornarse más extrañas, la chica se apartó y se rodeó a sí misma con sus brazos, como si se le pusiera la carne de gallina. Luego miró a Vicky con expresión insondable, y tras enderezarse, hizo tronar sus dedos y el hombre con el abanico que se mantenía a un lado de la mesa se acercó a ella en espera de órdenes. Ella dijo algo en otro idioma y con una reverencia, el hombre se dirigió hacia la cocina.

—Está hecho. El lugar será devuelto a como era antes esta misma noche. ¿Algo más?

Vicky no cabía de la sorpresa ni tampoco esperaba que aceptara con tanta facilidad. Imposibilitada para responder en ese momento, se limitó a sacudir la cabeza y la chica pareció tomar aquello como señal de que su trabajo estaba hecho.

—Bien. Cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde encontrarme —concluyó Latvi, haciendo una reverencia hacia ella y luego a las demás, terminando con una más pronunciada hacia Mankee antes de marcharse de vuelta hacia la cocina, dejándolas momentáneamente mudas.

—¿…Qué demonios fue eso? —preguntó Marianne.

—Quizá solo… quería ser amable —sugirió Belgina.

—Ser amable no es lo mismo que actuar como el genio de la lámpara. En serio, Mankee, ¿qué demonios fue eso? —repitió Marianne y él balbuceó un intento de respuesta coherente.

—Solo… era… Latvi siendo Latvi —dijo finalmente con una risa nerviosa y comenzando a retroceder—. No se preocupen, es inofensiva… en circunstancias normales. Yo… iré a ver qué tal les está yendo en la cocina y haré que les envíen algo de cortesía, ¿sí?

—Oye, ¿no está Lilith por ahí?

—…Ella no se presentó a trabajar hoy —respondió Mankee con pesadumbre.

—Quizá piense que ya no es necesaria con todos los ummh… ¿empleados nuevos? —dijo Angie, echando un vistazo al grupo de hombres que ahora parecían ocuparse de todo.

—¿Podrían decirle que aún tiene un trabajo aquí si la ven? No contesta mis llamadas ni mis mensajes —pidió Mankee, dirigiéndose a la cocina.

—Lo haremos —convino Marianne, sacando a continuación su celular en cuanto Mankee se introdujo en la cocina, sin embargo, entre el ruido de la gran cantidad de curiosos en el lugar y además la música étnica utilizada de ambiente, le era imposible concentrarse en la llamada, así que optó por salir—. Ahora vuelvo. Llamaré a Lilith y a Lucianne a ver en dónde se metieron. Pregunten los ingredientes de lo que traigan.

Las chicas se quedaron calladas en cuanto ella salió, Angie aún sintiendo aquella tensión con Vicky tras enterarse de su salida con Samael, y como si Belgina pudiera también captarlo, de pronto se puso de pie con la excusa de ir al baño. Dado que Addalynn ya había vuelto su atención a su teléfono, era prácticamente como si hubieran quedado ellas dos solas en la mesa sin saber qué decirse la una a la otra.

—Entonces… saliste con Samuel el sábado —dijo Vicky por fin y Angie encorvó los hombros, echándole un breve vistazo a Addalynn, que prefería mantenerse ajena a la conversación.

—¿…Fue Kristania quien te lo dijo? Porque a veces suele exagerar las cosas. Yo no confiaría mucho en su palabra.

—Samuel me dijo —respondió ella, tomándola por sorpresa—. A veces nos mandamos mensajes. Le pregunté cómo había sido su sábado y respondió que había salido contigo.

Angie no supo qué decir. Ella también solía comunicarse con él por mensajes, le resultaba incluso más fácil que el estar frente a frente. Él siempre respondía sin importar qué y de alguna manera aquello la hacía sentir especial. Ahora el saber que también Vicky se comunicaba así con él le hacía ver lo ilusa que había sido.

—Me habría hecho a un lado de saber que te gustaba, ¿sabes? Después de todo, llevas conociéndolo más tiempo que yo y además eres mi amiga.

Angie la miró sorprendida y a la vez con la terrible sensación de no ser tan buena amiga, pues su corazón se empeñaba en aquella cruzada por ganarse el afecto de Samael cuando nada de eso importaba al final.

—…Es irrelevante. De todas formas, nada de lo que hagamos servirá de algo —respondió Angie con un suspiro y las cejas de Vicky se torcieron inquisitivas.

—¿Por qué lo dices? ¿Le sabes algo? Es… ya sabes… ¿batea para el equipo contrario? —preguntó Vicky, bajando la voz y cubriéndose la boca con disimulo. Angie no pudo evitar que se le escapara una risa.

—De hecho… puede que nunca entre a jugar y coja el bate alguna vez. Dudo siquiera que entienda el juego —respondió Angie con un toque de humor que le habría sorprendido de no ser por la autocompasión subyacente en él.

Vicky, por otro lado, seguía confundida, intentando captar el significado escondido de aquella metáfora que ella misma había iniciado. Angie se preguntó entonces si sería apropiado el hacerle saber la verdad sobre Samael o dejarle la responsabilidad a él, y por el rabillo del ojo vio a Addalynn, que levemente levantaba la vista de su pantalla como si supiera hacia dónde se dirigía la conversación.

—Escucha, no sé si te hayas dado cuenta, pero Samuel no es igual a los demás.

—Por supuesto que me he dado cuenta, ¿quién no lo haría? ¡Por dios, es como si fuera la perfección hecha persona! Y yo que pensaba que no existía tal cosa como el chico perfecto —declaró Vicky con expresión soñadora—. Es como si no fuera de este mundo.

—Eso es porque no lo es —soltó Angie por fin—. Ni siquiera es humano… Es un ángel y además el guardián de Marianne.

Los ojos de Vicky se abrieron tanto que parecían a punto de salirse de sus órbitas; Marianne regresó entonces acompañada por Samael tras encontrárselo en la puerta.

—Pues Lilith se fue de compras con Kristania para algo de su club, y a Lucianne pasó a buscarla su padre. De Frank y Mitchell no tenemos noticias, ni siquiera vinieron a la escuela. ¿Ya ordenaron algo? —dijo ella, sentándose en el puf mientras Samael tomaba asiento junto a ella, saludándolas.

—¡¿Eres un ángel?! —dijo Vicky impulsivamente y Marianne miró alrededor con alarma; algunas de las personas en las mesas más cercanas ya volteaban hacia ellos con curiosidad.

—…Lo soy —admitió él con aquella voz suave y tersa que invitaba a mantener la calma—. De hecho, pensaba decírtelo. Eras la única que faltaba por saberlo.

Vicky continuó mirándolo con ojos de pelotas de golf hasta que de pronto sonrió.

—¡…Pero qué maravilloso!¡Por favor, quiero saber más, esto es demasiado genial como para desaprovecharlo! —pidió Vicky, fascinada ante la idea de que fuera un ángel y una sonrisa apareció en el rostro de Samael al ver que su reacción no era como había pensado.

Angie, por su parte, sintió aquella punzada que le indicaba que sin importar cuánto hiciera, no conseguiría jamás arrancar una sonrisa así de parte de él.

Cuando Marianne llegó al cementerio, no sabía si Demian se presentaría (ni siquiera se había atrevido a mandarle mensaje para confirmar). Corrió el último trecho que le quedaba de la parada de autobús al cementerio, y fue disminuyendo el paso al ver que en la entrada aguardaba una alta figura de espaldas a ella. Era Demian, vestido casualmente como si hubiera tenido tiempo de ir a casa después de todo.

—…No estaba segura si vendrías. —Demian no volteó al principio, y estuvo varios segundos sin responder, haciéndola pensar que quizá su comentario había estado de más y trató de pensar en algo rápido para contrarrestarlo, pero él giró hacia ella y sonrió.

—Una promesa es una promesa.

Su sonrisa parecía un claro intento de demostrar que se encontraba en control, así que pensó que sería mejor no presionarlo en ese aspecto. Dio un fugaz resoplido y miró hacia el cementerio tal como él había estado haciendo un momento antes.

—¿Algo interesante ahí dentro? Parecías concentrado cuando llegué.

Demian volvió a echar un vistazo hacia la colección de lápidas a la entrada del camposanto, todas de distintos tamaños y estilos, agrupadas en islas para formar los caminos por donde pasaban los visitantes. Algunos árboles adornaban la vista.

—Cuando llegué había una procesión. Así que en este momento debe estarse celebrando un funeral ahí dentro —respondió él, señalando con la barbilla hacia el interior.

Dada su expresión al mencionar el funeral, Marianne supo de inmediato que aún le resultaba difícil hablar de lo que le recordara a su padre… y no lo culpaba. Era una muerte que podía haberse impedido, una víctima más de la Legión de la Oscuridad. Demian acabó dando un suspiro y sacudió la cabeza.

—…Odio los cementerios. Entremos de una vez antes de que oscurezca.

Ella lo siguió a través de los caminos formados entre las isletas de tumbas y de paso observó su variada arquitectura. Había algunas que parecían muy antiguas, con esculturas desgastadas que ya presentaban grietas y decoloraciones por el paso del tiempo e incluso varios casos de invasión de enredaderas en otras, sin embargo, el sitio parecía bien cuidado para su tamaño y antigüedad. Cuando Demian se detuvo, lo hizo justo en el punto más alto de una colina junto a unos árboles que tenían tanto follaje que dejaban todo en sombras, senda que finalmente bajaba hacia otra zona descampada en la que resaltaba el impoluto y bien cuidado mausoleo de su familia.

Marianne se detuvo a la misma rectitud que él y observó también la cripta. Prácticamente se hallaban en el mismo punto en el que meses atrás se habían ocultado para observar de lejos el entierro del padre de Demian, sintiéndose fuera de lugar y con el remordimiento impidiéndoles acercarse a darle el pésame.

—¿Es ahí donde lo encontraste? —preguntó ella para romper la atmósfera melancólica.

—…No. Es por aquí —dijo él, desviando la vista del mausoleo y dando media vuelta para regresarse unos metros más por donde habían llegado. Se detuvo frente a una lápida sencilla que podía confundirse con el montón si no fuera por su único punto de referencia: un árbol que crecía tan cerca de esta que sus raíces habían comenzado a circundarla de modo que empezaba a adquirir forma de silla, con la lápida siendo el respaldo y las raíces de reposabrazos—. Estaba entre la lápida y la raíz de ese árbol. Si no hubiera sido por el reflejo de la pantalla nunca lo habría visto.

Ella se acercó más hasta inclinarse frente a la lápida, y con la manga de su suéter comenzó a limpiar la superficie para ver con más claridad el grabado. Elsbeth Marie Grenoir, muerta a los 60, dos años antes de que ella naciera. “Un encanto de mujer” decía su epitafio. Marianne frunció el ceño, tratando de darle sentido a aquello.

—¿Te dice algo el nombre?

—…No. Nunca lo había escuchado —respondió ella, sintiendo que había entrado en la dimensión desconocida.

—“Grenoir”. Suena parecido a Greniere. ¿Crees que puedan tener algún parentesco?

Marianne meneó la cabeza, aún intrigada por el nombre de la lápida e intentando pensar en una razón por la que su padre la hubiera visitado.

—…Que yo sepa la familia de mi padre no está enterrada aquí. Mis otros abuelos sí, pero no llegué a conocerlos. Hace menos de un año que nos mudamos y ni siquiera sé en qué parte se encuentran, aunque me sé sus nombres. Jamás había escuchado éste.

—Quizá sea un pariente lejano de tu padre.

—Nuestra familia es muy pequeña, aparte de Lucianne y su padre no nos queda ningún pariente vivo, y aun así… nuestro árbol genealógico no tiene muchas ramificaciones.

—Al menos que tú sepas —puntualizó Demian, y ella se limitó a dar un resoplido. Había muchas cosas que no sabía sobre sus padres hasta relativamente hacía poco. Por ejemplo, la existencia del tío Red, distanciado de su madre desde que decidió fugarse con Noah. O el de la misteriosa mujer que había estado rondando la vida de su padre. Y ahora Elsbeth Grenoir de quien no tenía idea alguna de qué forma se relacionaba con él—… Quizá no haya sido más que una vieja amiga de su familia cuando era niño.

—…Tienes razón. No debo seguir pensando en ello —dijo Marianne, incorporándose y sacudiéndose las manos como si hubiera perdido el interés, aunque se había asegurado de memorizar bien aquel nombre. Por el rabillo del ojo notó que él parecía nuevamente sumido en sus propios pensamientos y supuso que lo ocurrido en esgrima aún le afectaba—… Gracias por conducirme hasta aquí, no era necesario. Seguro que tienes cosas más importantes en qué preocuparte.

—Quizá lo que necesite precisamente es dejar de pensar en ello por ahora —replicó Demian, mirando a la distancia.

—Si te hace sentir mejor… él estaba perfectamente cuando volvió a clases. Dijo que había sido un roce superficial, pero ya sabes, los capilares y esas cosas…

—Ese no es el problema. El asunto es que… si no voy a poder controlarme cada vez que esté compitiendo por algo, si mi sangre de demonio va a reaccionar inmediatamente no como mecanismo de defensa, sino como un medio para asegurar la victoria… ¿entonces qué caso tiene toda esta farsa de intentar pasar por un humano normal? No lo soy, nunca lo seré.

—Bueno… si a esas vamos, nosotros tampoco somos precisamente personas comunes y corrientes —dijo Marianne en un intento por restarle importancia a lo ocurrido—. Y sé bien lo que se siente actuar antes que tu cerebro se dé cuenta de lo que está haciendo. He tenido unos cuantos problemas de ese tipo en el pasado.

—Sí, claro, con la diferencia de que tus “lapsus” no ponen en peligro mortal a nadie.

—Bueno, eso si no cuentas a Kristania.

Demian la miró, levantando una ceja. Ella se limitó remover los pies en el pasto con expresión avergonzada, lo que provocó su eventual sonrisa de diversión.

—…Así que siempre sí habías causado su caída esa vez.

—Y unas cuantas veces más —admitió ella con renuencia—. ¡No es que me sienta especialmente orgullosa de ello! En mi defensa, ella podía ser un verdadero fastidio.

—¡De acuerdo, tienes mi atención! —dijo Demian sin poder contener más la risa, relajando de inmediato sus facciones que hasta entonces habían permanecido sombrías—. Supongo que puedo cargar con esto un poco más ahora que conozco tu lado oscuro.

—Creo que todos tenemos un lado oscuro —replicó ella, reprimiendo una sonrisa—. Depende de nosotros aprender a controlarlo.

—Solo me queda seguir intentando, en ese caso —finalizó él con un suspiro y de pronto se quedó callado e inmóvil, la vista fija en un punto a la distancia, como si algo hubiera captado su atención. Marianne siguió la dirección de su mirada, pero no vio absolutamente nada, y justo cuando estaba por preguntarle, él de pronto se echó a correr, sorteando tumbas e incluso saltando sobre ellas como si fueran simples vallas en una carrera de obstáculos. A ella le tomó un par de segundos reaccionar y seguirlo, pensando que quizá habría visto al demonio de humo o percibido su rastro. Cuando por fin lo alcanzó, vio que se había detenido a varios metros de un entierro en proceso.

—¿Qué ocurre?

—…Alguien va a morir —murmuró él, observando aquella congregación de personas reunidas en torno a una tumba abierta con un sacerdote al frente de todos.

—¿Cómo dices? —inquirió Marianne, pasando la mirada también entre aquellas personas, pero seguía sin ver nada fuera de lo ordinario, al menos dentro de un cementerio—… Pero ¿cómo puedes saber tal cosa?

—Lo vi.

—¿Qué? ¿Una premonición, sus auras o algo por el estilo?

Demian había estado recorriendo el lugar con la vista de forma frenética hasta que por fin la fijó en un punto del extremo contrario. De pie entre esculturas de querubines y lápidas cubiertas de zarzas, un sujeto vestido completamente de negro, incluyendo un suéter con capucha, contemplaba aquel grupo de dolientes, y tras consultar su reloj, levantó la mano con la palma hacia arriba, y fue cerrándola lentamente en esa misma posición como si estuviera atrayendo algo.

Demian apenas había posado la vista en él y se echó nuevamente a correr en su dirección, dejando a Marianne aturdida ante su extraño comportamiento. Pretendía seguirlo cuando escuchó un alboroto entre la gente ahí reunida. El sacerdote a cargo del entierro se había llevado una mano al pecho y tras dar un traspié, caía al agujero donde habían depositado el ataúd. Los hombres más cercanos se aproximaron enseguida al borde del hoyo y varias mujeres empezaron a gritar y sollozar mientras Marianne trataba de darle sentido a lo presenciado. Volvió entonces la atención hacia Demian y lo vio frente a las tumbas con los querubines perturbadores, pero no veía a nadie con él. Tratando de ignorar todo el jaleo que se había formado varios metros más allá, se encaminó hacia Demian, intrigada ante su repentina reacción y el hecho de que de lejos parecía estar hablando solo.

—¡…Tengo derecho a saberlo! —le escuchó decir con tal vehemencia que pudo percibir la frustración y desespero en su voz.

—¿Con quién hablas?

Demian volteó hacia ella como si hubiera olvidado por completo que lo había seguido hasta ahí, y cuando volvió la vista hacia el frente, su gesto se ensombreció de nuevo.

—¡…Lo perdí otra vez! —masculló él en tono de reproche.

—¿Puedo saber qué es lo que está pasando o me estoy metiendo en un terreno personal que no debería cruzar? —preguntó Marianne, totalmente confundida—. De pronto te echas a correr como si persiguieras fantasmas, dices que alguien va a morir y acto seguido un cura cae de bruces dentro de una tumba abierta. En cualquier otro momento sonaría a chiste, pero no me siento con ganas de reír.

Demian continuó explorando alrededor con la vista y ella torció la boca, pensando que la estaba ignorando intencionalmente.

—…Bueno, pues gracias por todo. Me voy a casa.

—Aguarda —dijo Demian, dando la vuelta y estirando el brazo—… Te aseguro que yo tampoco me siento con ganas de reír.

Marianne se quedó ahí de pie con el alboroto del entierro por partida doble de fondo, esperando una explicación con los brazos cruzados.

—¿Qué es lo que ocurre entonces?

Demian miró de reojo por detrás de ella; habían conseguido sacar al sacerdote del agujero y le aplicaban los primeros auxilios, pero él sabía que era inútil. Desvió la vista de vuelta hacia ella que parecía impaciente y dispuesta a ignorar lo que ocurría a unos metros.

—¿Recuerdas cuando dije que había visto a la muerte rondando a mi padre como una manifestación física, una persona?

También había dicho que lo había visto el día que ella debió tener el accidente, según recordaba, pero no pensaba interrumpirlo. Quería primero escuchar lo que tuviera que decir y hacer las preguntas después.

—He vuelto a verlo un par de veces más. Incluso hemos hablado —agregó él.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Han sido demasiadas cosas últimamente como para mantener un registro de ellas. El caso es que, por alguna razón, puedo verlo cuando no debería. Tú no lo viste, ¿o sí? —Ella negó con la cabeza—. Me preguntó por qué yo podía verlo y no sabía qué responder hasta que de pronto comprendí. Yo no soy humano como el resto, así que lo que sea que los hace invisibles para las demás personas, no funciona conmigo. Entonces me dijo lo que era y recordé haber escuchado esa palabra antes: óbito.

Marianne no dijo nada, consciente de que lo había escuchado precisamente de ella el mismo día que le había hablado de sus encuentros previos con aquel ser, pensando que ella podría tener alguna respuesta. No la tenía en ese entonces y tampoco la tenía ahora, la diferencia estribaba en que al menos ya no tenía una identidad que ocultar.

—¿…Qué quieres que te diga?

—No sé, cualquier cosa que sepas sobre ellos; algo que pueda ayudarme a hacerme una idea de la relación que pueden tener conmigo.

—¿Por qué iban a tener relación contigo?

—…Porque ese sujeto me reconoció de cuando era un bebé.

Las cejas de Marianne se alzaron hasta ocupar casi toda su frente, demasiado sorprendida para responder, tanto que la tragicomedia que ocurría a sus espaldas se difuminó por completo.

Loui y Samael habían pasado horas jugando “El imperio de los dioses”, y durante todo ese tiempo Loui permaneció extrañamente quieto a pesar de que Samael había hecho lo posible por animarlo. No mencionó nada aún así; si algo estaba pasando por la cabeza del niño, esperaba que él mismo lo dijera eventualmente. Finalmente, Loui puso pausa tras perder una vez más, y se quedó con el control sobre su regazo y la mirada baja. Samael aguardó con paciencia a que él mismo manifestara lo que había estado molestándolo, así que cuando el niño por fin habló, se limitó a escuchar.

—…Yo solo quería ser parte de algo especial. Demostrarles que pueden confiar en mí.

—Creo que lo has demostrado al mantener en secreto lo que sabes sobre nosotros.

—Pero eso no me bastaba. Yo quería… que me consideraran uno más de ustedes. Ser como un superhéroe —continuó Loui sin soltar el control—. No había pensado seriamente… en los peligros que eso conllevaba.

—¿A dónde quieres llegar con eso? —preguntó Samael y entonces el niño sacó su celular del bolsillo, observándolo indeciso mientras le daba vueltas entre sus manos.

—Quizá no esté preparado aún para esa responsabilidad… y supongo que es mejor dejársela a quienes sabrán qué hacer —agregó el niño tras dar un suspiro y entregándole el celular al ángel—… Iré a mi habitación. Puedes devolvérmelo cuando hayas terminado.

Al decir esto, se marchó de ahí, dejando a Samael confundido con su celular en la mano y un solitario archivo de video en pantalla, listo para ser reproducido.


ANTERIOR  |  SIGUIENTE