19. UN ÁNGEL Y UN DEMONIO
ENTRAN EN UN BAR…
—Lo más práctico que otras escuelas suelen hacer para eventos de este tipo es dejar unos cuantos aperitivos sobre una mesa y que los estudiantes se sirvan como quieran; es lo típico, menosprecian nuestro buen gusto pensando que mientras sea gratis nos da igual que nos pongan unas frituras rancias o unas cuantas galletas reblandecidas. Pero nosotras no queremos eso; debemos mostrar que tenemos clase y podemos organizar un evento a la altura de nuestra institución —dijo Kristania mientras Lilith iba detrás de ella, tomando nota—. En nuestro caso nada de frituras grasosas y poco nutritivas, somos deportistas los que iremos a los juegos, debemos poner el ejemplo. Bocadillos de frutas y pepinillos para empezar, espárragos con aderezo, canapés ligeros de foie gras e infusiones de té en una fuente para beber y por supuesto el decorado, hay que dejar el presupuesto suficiente para que la mesa parezca salida de un evento de primera categoría, porque el nuestro LO SERÁ.
—…Pepinillos, espárragos, “fuagrá”, té y decorado, listo —repitió Lilith, apuntando todo. Kristania hizo una mueca ante su ignorancia y dio unas palmaditas en su cabeza.
—Ya irás aprendiendo. Ahora continuemos; debes asegurarte de que todos los productos sean de la mejor calidad, y eso significa que no puedes decantarte exclusivamente por lo más barato, no queremos que haya un brote de salmonela a horas de iniciar los juegos. Cantidad no equivale a calidad —continuó Kristania con su perorata y Lilith se detuvo de pronto frente a un aparador a observar uno de los maniquíes que lucía un vestido rojo por debajo de la rodilla que tenía la forma de un capullo de rosa invertido—…Es un bonito vestido. Creo que te quedaría bien.
—¿En serio lo crees? —preguntó Lilith, contemplando el vestido como si fuera un perro frente a un jamón. Kristania entonces la tomó del brazo y la arrastró consigo hacia el interior de la tienda.
—Anda, pruébatelo.
Lilith intentó protestar, pero la atracción que aquel vestido ejercía en ella era mayor. En cuestión de minutos ya lo tenía puesto y observaba fascinada en el espejo del probador cómo caía la tela que tomaba la forma de los pétalos.

—Si pudiera retroceder en el tiempo, llevaría este vestido al baile de fin de curso. ¡No! ¡Lo llevaría a todos y cada uno de los bailes a los que asista en mi vida!
—No sé si sepas, pero al finalizar los juegos interestatales, cada delegación escolar tiene su fiesta de despedida —comentó Kristania—. Yo ya he escogido mi vestido con antelación y creo que tú ya escogiste el tuyo.
Animada ante la idea, Lilith tiró de la etiqueta del vestido para ver el precio y al instante su expresión volvió a perder brillo. Era simplemente demasiado caro para ella.
—Existen otras posibilidades… ¿acaso no tu admirador de la cafetería resultó ser un príncipe? Seguro el precio de este vestido no representará nada para él.
—¡No! ¡No pienso pedirle nada a él! Además… tiene prometida —respondió Lilith.
—Qué mal, pero no hay que perder la esperanza. Quizá te de un golpe de suerte en estos días y tengas la oportunidad de comprarlo —replicó Kristania como si intentara levantarle los ánimos, aunque no parecía especialmente comprometida a ello—. Vayamos a tu casa, te ayudaré a sacar las cuentas para el evento.
—…Está bien —accedió Lilith con un intento de sonrisa para ocultar su decepción.
…
Los días de Lucianne se habían reducido a ir de su casa a la escuela y viceversa. La estaba volviendo loca.
Mientras removía baja de ánimos la ensalada de su plato, de la que apenas y había probado bocado, su padre la observaba de reojo. Se llevó a la boca la última cucharada del almuerzo y se aclaró la garganta.
—…Bien, considero que tras una semana a prueba has demostrado que aún tienes el buen juicio para comportarte apropiadamente a pesar de tener… tentaciones cerca.
Lucianne levantó la vista de su plato para dirigirle una mirada inaudita. Ni que hubiera hecho algo que requiriera castigo. Es más, ni siquiera se consideraba castigada, solo le cumplía el capricho a su papá de mantenerse bajo su estrecha vigilancia para mantenerlo tranquilo mientras se dedicaba a sus pesquisas por debajo del radar.
—Creo que puedo confiar en que serás más cuidadosa a partir de ahora, así que… dejaré de ir por ti a la escuela, y puedes volver a reunirte con tus amigos… mientras estén en grupo, claro está.
Lucianne dio un suspiro para mantener la compostura y apretó los labios en un mohín que se quedaba a medias entre sonrisa y mueca.
—…Haré lo posible por honrar esa confianza, papá —fue lo único que se le ocurrió decir para darle por su lado—… Iré a hacer la tarea. No tengo mucha hambre.
Mientras salía de la cocina, sacó su celular para verificar si tenía alguna notificación, pero no tenía ninguna, dio un suspiro y continuó subiendo cuando escuchó unos golpes en la puerta.
—¡Ya voy! —avisó ella para evitarle a su padre el atravesar toda la estancia. Bajó los escalones y se dirigió distraída hacia la puerta, tejiendo en su mente otras opciones para llegar a la verdad en todo aquel asunto de Frank, así que cuando la abrió y lo vio precisamente a él ahí frente a ella, todos sus entretejes se desmoronaron y su mente quedó en blanco—. ¿Qué… qué haces aquí? Se supone que no deberías…
Frank la sujetó de la muñeca y tiró de ella para alejarse del umbral de la puerta, dando un breve rodeo a la casa para quedar fuera de la vista.
—¿Puedo saber por qué has estado interrogando a miembros de mi familia sobre mí?
—Yo… solo intento entender por qué razón evitas tanto hablar sobre el profesor Leiffson y lo que ocurrió hace un año…
—Te dije que tuve un altercado con él por una nota baja, ¿por qué sigues indagando?
—Porque sé que eso no es cierto —replicó ella, recobrando la firmeza en su voz para demostrarle que no estaba dispuesta a quitar el dedo del renglón—. Esa fue solo una excusa, pero estoy segura de que hay algo más detrás de esa mentira que has mantenido por tanto tiempo.
Frank no respondió, pero por su gesto malhumorado, ella pudo comprobar que estaba en lo cierto. Ahora solo tenía que conducirlo a revelar la verdad y con suerte ayudarlo a superar ese episodio de una vez por todas para que pudiera continuar con su vida. El problema era que la teoría que había estado gestándose en su mente (y originada por la sucia mentalidad de Mitchell) no era un tema agradable para traer a la luz. Temía su reacción tan solo de mencionarlo y debía ser cuidadosa al respecto.
—Cualquier cosa que haya pasado realmente entre ustedes estoy segura de que tus razones habrás tenido para hacer lo que hiciste, aunque no lo condono… Pero callarlo puede a la larga terminar siendo contraproducente, no solo para ti sino para otros chicos que… quizá tengan la mala suerte de pasar por lo mismo que tú y entonces la idea de que podrías haber hecho algo para evitarlo tan solo por hablar de ello te atormentará por siempre.
—¿…De qué rayos estás hablando? —preguntó Frank con ojos entornados, sus cejas fruncidas en un gesto de confusión total.
—Sé que puede ser difícil al principio, que pienses que habrá gente juzgándote por ello —continuó Lucianne ignorando su interrupción para seguir el hilo conductor de sus pensamientos, con la esperanza de que esto ayudara a Frank, sino a exorcizar sus demonios, al menos a darle la pauta para abrir su corazón con ella—, pero lo importante aquí es que puedas superarlo finalmente y que tengas por seguro que a pesar de las ideas que hayas estado cosechando durante ese año, tú no lo provocaste ni fuiste responsable de lo ocurrido.
—¡Alto, alto, aguarda un momento! —volvió a interrumpirla, esta vez con una expresión tan azorada que bien podría haberle estado acusando de asesinato y ni aún así mostrarse tan perplejo—… ¿Estás acaso insinuando lo que creo que estás insinuando?
—Yo solo… no creo que tengas nada de qué avergonzarte. Quiero apoyarte y ayudarte en lo que pueda a que dejes atrás todo eso.
El rostro de Frank se estiró tanto en un gesto horrorizado que Lucianne pensó haber quizá presionado demasiado y tan pronto.
—¿Piensas que intentó… tocarme o algo así? —preguntó él horrorizado—… ¡Diablos, no! ¿Cómo se te ocurre algo así?
—Yo… no tengo la menor idea —respondió ella, sintiéndose enseguida avergonzada por haberse dejado arrastrar por la loca teoría de Mitchell.
—¡Solo déjalo así, ¿quieres?! No volveré a esa clase por más que intentes desenterrar algo que quiero dejar en el pasado. Lo último que deseo es tener que volver a verle la cara a ese maldito megalómano que se cree por encima del resto. Definitivamente yo no querría.
Lucianne prestó atención a la actitud resentida que Frank tomaba de inmediato al hablar sobre él, y a pesar de su petición porque dejara de indagar en el asunto, no podía evitar preguntarse qué podría haberle hecho si no se trataba de la conclusión a la que había llegado Mitchell
—¿Hay algún problema?
En la esquina, el oficial Perry se erguía con la espalda muy recta y la mano cerca del cinturón donde tenía su pistola. Su mirada era de advertencia y ninguno de los dos dudaba que se atreviera a disparar si consideraba que Lucianne se encontraba en peligro, después de todo ya lo había hecho antes cuando ella carecía del don de la bondad.
—Eso depende. ¿Lo estás buscando? —rezongó Frank, y al ver que la mano del oficial descansaba ahora sobre la culata del arma, Lucianne se posicionó enseguida por delante de Frank.
—Todo está bien, Perry, gracias. Frank ya se iba —aseguró ella para evitar cualquier problema que pudiera llamar la atención de su padre. Frank le lanzó una mirada incrédula hasta que se llevó las manos a los bolsillos y levantó la barbilla.
—Pues parece que sí tengo que irme después de todo. No suelo quedarme donde nadie requiere de mi presencia —agregó él con tono resentido, caminando a lo largo de la pared, cruzándose con el joven oficial a quien le dedicó una mirada glacial hasta desaparecer de la vista de ambos.
Lucianne dio un suspiro. ¿Por qué tenía que ponerle las cosas difíciles con su actitud?
—¿De verdad te encuentras bien? —repitió el oficial Perry en cuanto se marchó.
—Por supuesto, él solo… está molesto. Y con justa razón, por enterarse de las investigaciones que he estado conduciendo sobre él y el profesor Leiffson.
—No es muy diferente de lo que él mismo estuvo haciendo al indagar en el pasado de este, por lo que indican sus incursiones al sistema —aseguró Perry, provocando que Lucianne meditara sobre ello. Algo estaba dejando fuera, alguna pieza de información que había pasado por alto. Siguió al joven oficial de vuelta a la casa y mientras caminaba detrás de él, su mente siguió girando.
Repasó uno por uno los eventos desde el primer momento que Frank comenzó a comportarse extraño en la reunión de padres y luego cuando el profesor Leiffson se presentó como su nuevo profesor de Biología.
Había algo. Algo que le había llamado la atención en ese momento además de la obvia fuga de Frank. ¿Hubiera huido de igual forma si el profesor no lo hubiera reconocido? Y además había estado investigando acerca de él antes incluso del incidente entre los dos. ¿Por qué se habría interesado en él? Algo que estaba pasando por alto… Sus palabras al reconocerlo… “Una cara familiar”. Frank investigando… Profesor de su madre hacía más de 18 años… Se detuvo de golpe en el umbral de la puerta como si en ese momento hubiera por fin visto la luz.
—…Oh, por dios —murmuró Lucianne con el rostro lívido—… Es el padre de Frank.
…
En cuanto Marianne llegó a casa, subió las escaleras hasta llegar al ático, pero Samael no estaba ahí. Rápidamente bajó y se dirigió a su habitación sin perder tiempo, sin embargo, tampoco estaba ahí.
Permaneció en medio del cuarto, tratando de pensar a dónde habría ido, hasta que un destello le anunció su llegada.
—¡Ah, menos mal que apareces! ¿A dónde te fuiste y qué hacías?
—Estaba haciendo unas comprobaciones. Necesitamos hablar —dijo Samael aún con el celular en la mano.
—Ya lo creo, tenemos una situación.
—Estabas con Demian, ¿cierto? —preguntó Samael mientras tomaba asiento frente al escritorio de Marianne y encendía la laptop, comenzando a conectar unos cables al celular mientras ella observaba con curiosidad todos sus movimientos.
—¿Cómo es que…?
—Cuando estás cerca de él no puedo localizar tu presencia. Pero ahora que ya estás de vuelta, necesito que veas esto. Es importante.
—Lo que tengo que decirte también es importante.
—Estoy seguro de que puede esperar después de esto.
Marianne decidió no discutir esta vez y esperó a que terminara de realizar aquellas conexiones. Cargó el video desde la memoria del celular y lo preparó para su reproducción.
—Quiero que lo veas con atención —pidió Samael, apartándose de la pantalla y señalando la silla de escritorio. Ella se limitó a hacer lo que le indicaba y tomó asiento.
El video comenzó a reproducirse y, de entrada, Marianne casi brincó de la silla ante la primera imagen que explotó en la pantalla: un sujeto con capucha gris encima de un chico indefenso, manteniéndolo inmóvil contra el piso con el peso de su cuerpo mientras escarbaba en su ropa hasta rasgarla y dejarle el pecho descubierto. Acto seguido colocaba sus manos desnudas encima de éste, y el chico daba unos escalofriantes gritos que sonaban como si estuviera quemándolo vivo. Alrededor de ellos se podían distinguir varios cuerpos más, inconscientes o imposibilitados para moverse.
Marianne alcanzó rápidamente el teclado de la laptop y presionó pausa. Permaneció en silencio, con la vista fija en la imagen detenida, y la respiración pesada.
—…Tiene una capucha gris —dijo ella finalmente, su voz apenas un susurro.
—Así es, por eso quería que lo vieras antes que nadie. ¿Se parece en algo a tu sujeto de gris? Yo sólo llegué a verlo de lejos cuando perdiste el don.
Marianne volvió a quedarse en silencio, demasiado impresionada para hablar.
—Solo… en que tiene una capucha gris —insistió ella sin poder despegar la vista de la pantalla—… Era muy escurridizo, apenas y llegaba a verlo un par de segundos antes de que de alguna manera… me ayudara. Su rasgo más llamativo era la capucha gris y ya. Nunca vi su rostro, nada.
Samael asintió y esperó a que ella misma decidiera continuar con el video, pero parecía hipnotizada con la imagen.
—Quizá debas terminar de verlo. No le falta mucho de todas formas.
Marianne aspiró profundamente, y tras asegurarse de que estaba bien aferrada a su silla, presionó la tecla para continuar. Aquellos espantosos gritos se reanudaron y aunque el video temblaba (probablemente a causa del pulso de quien grababa), vio que el sujeto de la capucha gris de pronto volteó en dirección a la cámara (más temblores y un jadeo ahogado), y aunque era imposible distinguir el rostro debajo de la capucha, sí vio un par de ojos ámbar resplandeciendo. La imagen se agitó súbitamente y se cortó en ese punto.
Marianne se mantuvo en su asiento tras finalizar el video y Samael esperó pacientemente a que hiciera algún comentario.
—…Ojos ámbar —dijo ella finalmente.
—Tal como los del sujeto que atacó a los chicos de la fiesta.
—Tiene que ser un demonio, ¿cierto? De otra forma… ¿por qué atacaría a chicos incautos y qué es lo que verdaderamente les hace? —se preguntó Marianne, la vista aún fija en la pantalla a pesar de que el video había acabado—. Y si es un demonio… ¿por qué no hemos sentido hasta ahora sus ataques o su presencia?
—Esa es una de las incógnitas que me gustaría resolver.
—Fuiste a aquel lugar, ¿no es así? Al lugar que aparece en el video.
—No hay ningún signo de que ahí hubiera tenido lugar lucha alguna —respondió Samael para confirmárselo—. Ninguna energía remanente. Nada. Es como si… el sujeto no existiera. Ni siquiera percibí la energía de ningún humano.
Marianne volvió a reproducir el video, esta vez viéndolo de principio a fin sin pausas y permaneció pensativa un rato más al terminar.
—¿…Crees que sea el mismo sujeto de gris que me ayudó en algunas ocasiones?
Samael suponía la confusión por la que estaba pasando en esos momentos. ¿Por qué un ser que la había ayudado a ella atacaba a otras personas? No tenía sentido para ella, y él temía dárselo.
—El sujeto de gris tampoco dejaba rastro alguno y su energía era indetectable.
Marianne asintió, aunque claramente no era la respuesta que deseaba.
—Si es un demonio… ¿por qué me ayudaría en ese entonces? No lo entiendo.
Justo la pregunta que temía responder y en la que prefería no ahondar por el momento. Se limitó a desconectar el celular y apagarlo, mientras Marianne continuaba sentada frente a su escritorio, devanándose los sesos en busca de una respuesta.
—¿Quién grabó el video?
—Pues… él creyó que de esa forma obtendría nuestro respeto y lo aceptaríamos —dijo Samael y Marianne supo enseguida a quién se refería. Se puso de pie de un salto y se arremangó el suéter como si estuviera preparándose para una pelea.
—¡Ese gusano entrometido siempre buscando problemas!
—Creo que ya se siente bastante mal.
—¿Desde que cuando te volviste defensor de los niños metiches sabelotodo?
—Simplemente pienso que la experiencia lo ha dejado tan perturbado que dudo que intente seguir nuestros pasos de nuevo por un tiempo.
Marianne dio un resoplido, con las manos en jarras.
—Supongo que tenemos que mostrarle el video a los demás, ¿cierto?
—Tienen derecho a verlo también. Aunque… no tenemos que decirles el asunto del sujeto de gris si no quieres —agregó él y Marianne lo consideró un momento hasta que terminó sacudiendo la cabeza.
—Deben saberlo. Es importante que les informemos cuando se trata de algo de esta índole; quizá a alguno se le ocurra alguna solución.
Samael se limitó a asentir mientras jugueteaba con el celular en su mano.
—Tenías algo importante que decirme —agregó él para cambiar de tema.
—¡Óbitos! —exclamó de golpe y él torció las cejas—. ¿Recuerdas cuando hablamos sobre ellos el día que estuve cavilando sobre el posible origen del don de la muerte? Dijiste que los humanos comunes no podían verlos y que de ninguna forma tendrían relación alguna con la Legión de la Oscuridad. Bueno, pues ya te había dicho que Demian vio uno…
—Y tal como te dije no es del todo descabellado ya que ni siquiera es humano.
—Sí, ya sé y él también es consciente de ello —dijo ella con gesto impaciente por la interrupción—. Lo que intentaba decir es que hoy volvió a ver al óbito. Yo estaba presente.
Samael sintió de repente un escalofrío de anticipación a lo que ella diría.
—¿…Quieres decir que también lo viste?
—¡No, no! De hecho, a mí me pareció que Demian hablaba solo cuando lo alcancé frente un entierro tras asegurar que alguien iba a morir… Que, por cierto, ocurrió en cuestión de minutos. Perturbador, pero sirvió para convencerme de su veracidad.
—¿Entierro? ¿Qué…? ¿En dónde estaban? —preguntó Samael atónito ante tal cantidad de información.
—En el cementerio, fui por… es irrelevante. El caso es que, según Demian, aquel sujeto que ya había visto en distintas ocasiones estaba ahí, habló con él anteriormente y se identificó como un óbito.
—…Bien. Haciendo de lado que los encuentros con esos seres suelen ser bastante escasos, no veo qué pueda tener de relevancia para nosotros.
—No te había dicho… pero el día que Demian me contó sobre ese ser, también me dijo que la primera vez que lo vio… fue el día en que casi me atropella —reveló Marianne, intentando no mostrar el repelús que aún sentía solo de imaginárselo. Samael la miró perplejo y enmudecido; ella se dirigió entonces hacia su armario, se puso de rodillas y forzó una tabla floja del piso del clóset hasta conseguir desprenderla y sacar algo del interior—. ¿Recuerdas esto?
En sus manos sostenía un pequeño cofre de madera con algunos detalles tallados en cuatro de sus lados. Samael nunca había llegado a verla, pero tenía conocimiento de ella de los tiempos en que permanecía en la mente de Marianne como una presencia incorpórea. Era el cofre de las plumas. Ella lo destapó y sacó de ahí una pluma negra muy bien conservada.
—Cuando desperté en el hospital, descubrí que esta pluma se había quedado pegada a mi ropa. En ese entonces no le di tanta importancia, representaba únicamente una adición más a mi colección… pero ahora que ha pasado tiempo y puedo pensar con la cabeza fría acerca de lo ocurrido el día del accidente… recuerdo un aleteo frente a mí, el atisbo de un ave negra y luego esta pluma balanceándose en el aire de forma hipnótica. Como si me atrajera hacia ese punto en medio de la calle, yo era apenas consciente de lo que hacía, lo único que quería era tomarla para mí… y esta tarde en el cementerio juraría haber visto un cuervo sobrevolando aquel entierro.
Samael tomó aquella pluma y sintió de nuevo un estremecimiento corriendo por su espina dorsal, una señal de mal agüero. Enseguida se la devolvió como si le quemara.
—Si estaba destinada a morir ese día, yo pensaría que al menos se esforzarían un poco más en volver por mí, ¿no crees? —continuó ella, depositando la pluma de vuelta en el cofre y guardándola de nuevo en el armario, bajo la tabla floja.
—No se detendrían ante nada si hubiera llegado tu hora —admitió Samael, aunque el tema le era desagradable.
—Exacto, eso mismo pensaba. Y, sin embargo, aquí sigo, y tampoco es como que me halle en peligro de muerte cada dos por tres —agregó ella en un tono demasiado casual para el tema del que hablaban. Había cerrado ya la puerta del clóset y se acercaba de nuevo a él sacudiéndose las manos—. Así que ¿por qué únicamente esa vez? ¿Qué les hizo ir por mí? —Samael no tenía una respuesta. Estaba tan o más confundido que ella—… A menos que no haya sido en realidad por mí, sino por Demian.
—¿Por qué iban a interesarse por él? —preguntó Samael, frunciendo el ceño, sabiendo improbable que un óbito fuera en busca de un demonio.
—Porque de alguna manera aquel sujeto con el que Demian se ha estado topando lo conoció cuando era un bebé.
Samael no creía posible sentirse más confundido, pero ahora estaba incluso mareado con tanta información que contradecía sus conocimientos preconcebidos. Los óbitos no iban en busca de demonios y procuraban no cruzarse en su camino. Simplemente no lo hacían. Ambos seres carentes de alma tenían tareas completamente opuestas. Los óbitos preservaban las almas y los demonios las corrompían. ¿Qué significaba entonces el hecho de que uno de ellos conociera a Demian cuando era bebé o que hubiera estado presente el día del accidente que no llegó a ocurrir? Tantas preguntas y tan pocas respuestas.
—¿Qué más te dijo?
—No logró sacarle gran cosa. Dice que es muy escurridizo y creo que ayer se le escabulló porque lo distraje.
—…Creo que han sido demasiadas cosas para un solo día. Descansa y mañana veremos de qué forma manejar todo esto.
—¿Crees que… los dos hechos estén relacionados? Que todo lo extraño y sin explicación a lo que nos hemos enfrentado tenga alguna relación —preguntó Marianne cuando él ya estaba cruzando la puerta y Samael se detuvo con la mano en el marco mientras lo pensaba por un minuto.
—…Si lo tiene, tarde o temprano lo sabremos.
Marianne asintió, no del todo conforme, quedándose sola en su habitación para meditar sobre aquellos dos eventos aparentemente no relacionados entre sí.
…
Demian miraba a través de su ventana hacia la fría noche cerrada. No creía poder dormir tras lo ocurrido ese día. Primero su nueva pérdida de control en esgrima y luego el encontrarse con aquel óbito en el cementerio. A pesar de no haber conseguido las respuestas que buscaba, le parecía tener una estrategia más sólida para volver a encontrarlo: solo debía rondar constantemente por los lugares más probables para que ocurriera una muerte. Hospitales, cruces peligrosos, quizá la prisión, podría incluso interceptar llamados policiales; sonaba desconcertante ir en busca de un ser a costa de la vida de alguien más, pero en ese momento sus opciones no eran muchas y si no encontraba respuestas pronto, se vería en la necesidad de recurrir a su último recurso, y la perspectiva de volver a la Legión de la Oscuridad no le atraía en lo más mínimo.
El sonido de una alarma lo sacó de su concentración; una luz azul parpadeaba sobre su escritorio en la habitación a oscuras. Un nuevo mensaje. Suficiente de cavilar frente a la ventana; se apartó de ella y tomó el celular con desgana, dejándose caer sobre la cama mientras revisaba la bandeja de entrada. Al ver que era un mensaje de Marianne, su rostro mostró de inmediato mayor interés y se incorporó hasta quedar sentado. Quizá había logrado conseguir más información del ángel acerca de los óbitos.
Lo abrió con expectación, pero al parecer se trataba de un mensaje enviado a varios contactos pues decía: “Véanlo y lo comentamos mañana. Es importante”.
Apoyó la espalda en la cabecera de la cama y se dispuso a reproducir el video sin mayores expectativas. Le bastaron unos segundos para volver a impulsarse hacia el frente con la espalda derecha y el rostro descompuesto en un gesto de perplejidad. No tardaba ni un minuto y, sin embargo, era el tiempo suficiente para que su breve calma se viera cortada de tajo. Se dirigió rápidamente a su computadora y pasó el chip de memoria a esta para ver el video en mayor resolución.
Permaneció pegado a la pantalla mientras se reproducía el video, y lo dejó en pausa justo en el momento en que aquellos ojos ámbar resplandecían por debajo de la capucha. Era como si lo miraran fijamente a través de la imagen, tanto que sintió un estremecimiento en la base de la columna. En su mente se agolparon aquellos recuerdos fragmentados de cuando era apenas un bebé y el demonio de los ojos ámbar había intentado sofocarlo. Y luego unos meses antes cuando también lo había atacado por sorpresa tras ser convocado por su padre. ¿Sería el mismo sujeto o era simple casualidad? Después de todo, no podía ser el único ser con ojos así.
Una oleada de coraje y frustración comenzó a invadirlo. ¿Lo había seguido hasta ahí para completar el trabajo? Si era así, ¿por qué entonces no se había simplemente presentado ante él las veces que su sangre de demonio había tomado el control o cuando se transformaba en uno? La idea le enfermaba, pero había estado pensando seriamente en la posibilidad de volver a la Legión de la Oscuridad. Estaba quedándose sin opciones. Ahí existían respuestas a algunos de los misterios que tanto le obsesionaban, como el paradero de su madre, y también comprobar si aquel sujeto de ojos ámbar continuaba haciéndole guardia a su padre o lo había seguido hasta la Tierra tal y como sospechaba. El problema era que la única forma de volver ahí sería acompañando a aquel repugnante ser de humo, y no estaba seguro de lo que ocurriría a continuación, quizá intentarían atarlo a ellos de alguna forma, tal vez con el par de dones que el ser había robado; tenía que asegurarse primero de que no pudieran echar mano de ellos.
Reprodujo el video unas cuantas veces más y concluyó que ya no podría tan solo echarse en la cama y dormir tranquilo hasta la mañana siguiente. Apretó las manos, sintiéndose agitado, y aunque la cicatriz no le escocía ni le palpitaba y tampoco se sentía fuera de control, decidió que necesitaba descargarse. Se puso de pie prácticamente de un salto y caminó hacia la ventana, posando la mirada en el horizonte. Luego desapareció en medio de una cortina de humo.
…
Cuando Samael entró al salón de clases, vio que contrario a la mayoría de las veces, Mitchell ya estaba instalado en su asiento con la barbilla apoyada sobre sus manos mientras miraba por la ventana. Él inclinó la cabeza con un “Hey” como si fuera de lo más normal encontrarlo ahí tan temprano.
—Ayer no apareciste —dijo Samael, sentándose delante de él.
—Pfff, sí. Frank tuvo uno de sus arranques psicóticos y me mantuvo cautivo en mi habitación toda la mañana. Hasta que mi madre regresó al medio día de hacer sus diligencias fue que pudo desatarme. Un poco más y me iba a ver obligado a tomar agua del excusado para evitar la deshidratación. En fin —explicó él, reclinándose en su respaldo con expresión relajada como si no hubiera sido gran cosa.
—¿Debo preguntar el motivo o…?
—Es solo Frank siendo Frank. Si algo no le parece, toma cartas en el asunto, aunque sus métodos resulten extremistas. Estoy vivo y tengo aún todos mis dedos, el cabello intacto, “Rizzo” está a salvo y eso es lo que importa —respondió Mitchell como si ese día amara la vida más que nunca. Samael se limitó a levantar las cejas y a darle por su lado—. Por cierto, vi el video que envió Marianne ayer. ¿Creen que sea el mismo sujeto del ataque a la fiesta?
—Es posible. Aunque la forma en que atacó a los chicos del video difiere un poco de lo que ocurrió en esa fiesta.
—¿Ya pensaron en interrogar a los chicos del video? —preguntó Mitchell como si fuera el paso más obvio a seguir.
—Estaba demasiado oscuro, era imposible distinguirlos.
—Quizá quien tomó el video haya tenido una mejor vista sin la cámara temblando y la imagen de baja resolución —sugirió Mitchell, encogiéndose de hombros, y Samael se sorprendió de no haberlo pensado antes. Únicamente necesitaba que Loui le permitiera entrar en su mente y quizá entonces podría no solo tener una mejor noción de quiénes fueron los chicos atacados sino incluso de aquel ser de ojos ámbar—. ¡Hey! Escuché lo que ocurrió ayer ¿En serio un novato te quitó el lugar en esgrima? ¡Viejo, eso debe doler!
Samael levantó la vista y vio a Demian llegando. Se veía muy serio, y para sorpresa del ángel, se detuvo frente a su asiento.
—¿Quién tomó el video? —preguntó él sin poder ocultar su ansiedad.
—¡Buena pregunta! No sé por qué no se me ocurrió hacerla; supongo que estoy más acostumbrado a centrarme en las noticias que en el portador —lo secundó Mitchell, pero Demian no pareció hacer caso a sus palabras. Mantuvo la vista fija en Samael, esperando una respuesta.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Solo responde —insistió Demian y Mitchell dio un silbido desde el asiento trasero como si estuviera previendo problemas.
—…Mitchell, ¿sabes? Belgina estuvo preguntando ayer por ti —dijo Samael y este de inmediato se enderezó en su asiento.
—¿En serio? ¿Qué dijo de mí? ¿Estaba preocupada porque no me aparecí ayer? ¿Se veía triste, deprimida, sin ganas de hacer nada sin mi presencia? —preguntó él con mayor interés que en el susodicho video.
—La vi llegar a la escuela hace unos minutos, podrías ir a preguntarle —sugirió Samael y Mitchell le echó una mirada a él y a Demian como si pudiera entrever el truco, pero aún así se puso de pie inmediatamente.
—No me lo dicen dos veces. Los dejo solos, tortolitos —dijo Mitchell al salir de ahí y ni con eso consiguió que Demian se inmutara.
—¿Quién fue entonces? —repitió él una vez que Mitchell se había marchado.
—No sé lo que pretendas hacer con esa información, pero ya que estás tan interesado en el asunto del video, creo que podemos ayudarnos mutuamente —dijo Samael de forma tan calculadora que hasta Demian se sorprendió. No se imaginaba al ángel ofreciendo tratos a cambio de algo.
—…Te escucho.
—El óbito con el que te has topado, ¿crees poder localizarlo nuevamente?
Los ojos de Demian se estrecharon ante la sola mención de ello.
—…Te lo dijo.
—Marianne me cuenta todo, no tiene secretos para mí.
Demian se apartó del asiento y caminó de un lado a otro con expresión contenida hasta que finalmente volvió a detenerse frente a su escritorio.
—¿Por qué quieres saber si puedo localizarlo? ¿Intentas contactar con alguno?
—¿Por qué estás interesado en el sujeto del video? ¿Lo conoces acaso?
Ambos se quedaron callados, mirándose a los ojos como si esperaran que el otro cediera primero.
—Llévame al encuentro de ese óbito y puedes estar presente cuando interrogue a quien tomó el video —dijo Samael para romper el silencio y Demian arrugó levemente el entrecejo ante su propuesta. No entendía cuál era su interés en el óbito, pero también necesitaba saber más acerca de las circunstancias alrededor de que aquel video, así que muy a su pesar, tendría que hacer nuevamente un trato con el ángel.
—No será fácil. Ese sujeto es increíblemente escurridizo. Las veces que me lo he topado han sido por pura casualidad.
—Pero supongo que has de tener una idea de dónde hay más posibilidades de hallarlo.
—Lo cual no es garantía de que se presente.
—Vale la pena intentarlo —afirmó Samael encogiéndose de hombros y ante su insistencia, Demian terminó aceptando a regañadientes.
—Podemos intentarlo en el hospital. Gente muere ahí todo el tiempo, quizá hoy tengamos suerte —sugirió Demian y Samael arqueó una ceja ante su selección de palabras—… Sabes lo que quiero decir.
—Esta tarde estaría bien —asintió Samael y Demian tomó aquello como el fin de la conversación. Se sentó dos filas detrás de él y decidió distraerse también mirando por la ventana, aunque tenía su mente aún llena de las imágenes del video y el encuentro con el óbito del día anterior, sin mencionar el incidente en esgrima que casi le hizo perder el control. Cada día iba haciéndose más difícil para él conservar la calma.
No tardó en comprobar que su autocontrol sería nuevamente puesto a prueba al llegar al club de Tae kwon do y reconocer aquel brillo peculiar en los ojos de sus compañeros, reunidos alrededor del entrenador como si discutieran algo de importancia. No necesitó acercarse para saber de qué se trataba, podía intuirlo, y dadas sus últimas experiencias en los otros clubes, no le extrañaría que también decidieran darle la espalda.
Ignorando sus miradas, fue directo a los vestidores y mientras se ponía el dobok, la puerta se abrió y entró Dreyson. Él esbozó una leve sonrisa al verlo, agitando la mano en el aire para mostrar la venda envolviendo su muñeca.
—Como nuevo —dijo él para demostrarle que el incidente del día anterior no había significado nada, pero aún así Demian mantuvo su semblante parco. Dreyson volvió a reír como si su actitud le hiciera gracia—. Deberías relajarte. Aún faltan dos. —Se dio la vuelta y se fue por otro lado.
Demian frunció el ceño ante su extraño comentario y justo entonces la puerta volvió a abrirse dando paso a Samael que parecía estar ahí en una misión. Echó un vistazo alrededor y se acercó a Demian con aire de misterio.
—…El moretón —dijo Samael en un susurro, consiguiendo tan solo que Demian lo mirara como si hubiera enloquecido—. El moretón de aquel chico, quiero verlo más de cerca y analizar su energía.
—¿Y qué se supone que debo hacer yo al respecto?
—Necesito una distracción.
Demian dio un bufido, pareciéndole inaudito tener una segunda conversación con el ángel en el mismo día. Y pensar que todavía faltaba que fueran al hospital. Le hizo una seña para que esperara y tras echarse una toalla sobre el hombro, caminó hasta el fondo donde se encontraban los lavabos y las regaderas. Se echó agua en la cara y se dio la vuelta mientras se secaba con la toalla. Hizo un rápido recorrido del lugar con la vista hasta que lo halló. En la última fila de casilleros estaba Dreyson, quitándose el saco del uniforme. Hizo un discreto gesto a Samael y este asintió para de pronto hacerse invisible. Demian caminó lentamente por el lugar, pensando en alguna distracción, cualquier cosa, hasta que, al sentir la presencia cercana de Samael, dijo lo primero que se le ocurrió.
—¿Y… qué se siente ser el seleccionado de esgrima a tan poco tiempo de unirte al club? —preguntó él, lamentando enseguida haberlo hecho. Dreyson volteó hacia él con genuina sorpresa, sosteniendo el traje que había sacado del casillero. Se había quitado ya la camisa y se alcanzaba a distinguir una zona oscura en la parte baja de su espalda, justo sobre la columna. Si se quedaba así de pie por unos segundos más, quizá Samael tendría la oportunidad de tocar el moretón sin problema.
Pero entonces, Dreyson sonrió.
—Cualquiera pensaría que estarías molesto por haberme quedado con el puesto que seguramente deseabas.
—Tengo cosas más importantes de las que preocuparme que un simple puesto para ir a los juegos interestatales —respondió Demian con un tono más puntiagudo del que pretendía y Dreyson acentuó más su sonrisa con un matiz desafiante.
—…Entonces espero que no te moleste cuando también me quede con los demás.
Demian entornó la mirada y tensó la mandíbula ante aquella clara provocación, mientras que Samael había pasado por fin junto a Dreyson para mirar más de cerca.
A simple vista el moretón lucía común y corriente, no se dispersaba ni movía debajo de la piel como con los chicos del hospital, sin embargo, si algo había aprendido era que no debía confiarse únicamente de la primera impresión, debía estar seguro. Se acercó más y comenzó a alargar la mano en dirección a su espalda. Necesitaba saber si el moretón producía o no algún tipo de energía negativa, y solo tocándolo podría asegurarse.
Dreyson de pronto se puso tenso y giró el rostro para mirar por encima de su hombro. Samael se detuvo de inmediato, quedándose inmóvil y conteniendo la respiración.
—Todos son libres de intentarlo —dijo Demian para volver a captar su atención—… También son libres de sobreestimar sus propias aptitudes.
Dreyson volvió a sonreír mientras abría la prenda para pasar los brazos por las mangas.
Al ver que estaba a punto de ponerse el dobok, Samael estiró con rapidez la mano y tocó con la punta de los dedos su piel desnuda, justo sobre la zona moreteada.
Este se arqueó como gato y volteó rápidamente con expresión contrariada, mirando al espacio supuestamente vacío, aunque Samael ya se había escabullido sigilosamente.
—…Suerte con lo que te propongas. Porque confianza ya te sobra —dijo Demian encaminándose de vuelta a su casillero y sin esperar respuesta de Dreyson. Tan solo quería alejarse cuanto antes de él.
Samael ya estaba ahí, sacando su propio dobok y meneando la cabeza a verlo acercarse.
—…Nada. No sentí ningún tipo de energía —susurró Samael—. Parece ser un hematoma común.
Demian abrió su casillero con pasividad.
—Supongo que eso lo resuelve entonces —dijo él finalmente antes de dirigirse al fondo para poder cambiarse en privacidad—. Esta tarde a las seis si no tienes ningún inconveniente. Yo pienso estar ahí de todas formas vayas o no.
Las sospechas de Demian resultaron finalmente ciertas. Sus compañeros exigían un torneo rápido tal y como los de esgrima para decidir al representante del club, así que para hacer más parejo todo, el entrenador había colocado los nombres de los integrantes elegibles en tiras de papel y las había revuelto en el interior de un recipiente para ir sacando al azar los nombres de quienes se enfrentarían. Estaba ya por seleccionar el primer par cuando Dreyson se levantó de pronto desde su lugar con los novatos.
—Yo quiero participar —dijo él sin mayores aspavientos. Los muchachos comenzaron de inmediato a murmurar. Era el chico que le había arrebatado a Demian el puesto en esgrima, el novato que de buenas a primeras había decidido medirse con los de mayor experiencia y salido airoso. Los rumores se habían rápidamente dispersado, así que se preguntaban si pensaba que podría repetir su hazaña del día anterior; nunca faltaba quien pensara sacarle todo el provecho posible a su racha de suerte.
—¿Estás seguro? La mayoría de estos muchachos ya lleva al menos un año en el club, así que tienen bastante más experiencia.
—Asumo cualquier consecuencia.
Ante la insistencia del muchacho, el entrenador decidió darle la oportunidad y agregó su nombre a la lista mientras Dreyson se dirigía hacia el grupo de chicos bajo la expresión parca y escrutadora de Demian. El chico le devolvió la mirada de forma retadora, con aquellos oscuros ojos inescrutables y su leve sonrisa de suficiencia que parecía pronunciarse más en cuanto captó su mirada.
Demian sintió una oleada de calor fluir por sus venas y su cuerpo se tensó. Un cosquilleo en la muñeca le hizo suponer sus peores sospechas: si de casualidad le tocaba combatir con él, no sería capaz de controlar al demonio que llevaba dentro y quizá las consecuencias resultaran mucho peores que un corte imposible con un florete. No sabía en verdad de lo que sería capaz en ese caso. Cerró los ojos e intentó relajarse y despejar la mente de aquellos pensamientos. No podía depender de Addalynn todo el tiempo ni seguir el destino del demonio.
El entrenador comenzó a sacar nombre por nombre de la improvisada tómbola y cuando mencionó el suyo, Demian se preparó mentalmente para que la suerte volviera a enfrentarlo con aquel chico, pero no fue así. Al menos podría respirar tranquilo durante su enfrentamiento y esperaba que el exceso de confianza de este resultara siendo su talón de Aquiles. Después de todo, Tae kwon do no era lo mismo que esgrima.
Sin embargo, cuando llegó el turno de Dreyson, pudo comprobar que las cosas no resultarían tan sencillas. Su inexpresividad durante el combate hacía imposible adivinar sus movimientos, y aunque que ni siquiera parecía llevar una ventaja evidente, pronto corregía sus errores tras estudiar los movimientos de su contrincante, llevándolo a ganar su primera pelea. Y luego otra. Cada victoria de él incrementaba las pulsaciones de la cicatriz de Demian. Hasta que al final quedaron ellos dos, y el escozor se hizo insoportable.
El entrenador los llamó al centro y Demian caminó hacia ahí como si estuviera en medio de un sueño. Su mente parecía en otro lado y al mirar de reojo al resto de sus compañeros no lograba identificarlos, los rasgos de sus rostros lucían borrados, lo cual no hacía más que aumentar aquella sensación de irrealidad. ¿Y si en realidad se trataba de una pesadilla? Él no solía soñar cuando tomaba las píldoras para dormir. ¿Las tomó antes de acostarse? No podía recordarlo, pero si se trataba de un sueño, quizá no importaba mucho el resultado…
Miró a Dreyson delante de él, estirando las extremidades y moviendo la cabeza de un lado a otro a modo de calentamiento. No había hecho eso con los demás, ¿tanto deseaba enfrentarse de nuevo a él? En su rostro había dibujada una sonrisa de anticipación que calaba en su paciencia. Sería tan fácil borrarla. Un solo golpe a la cara y podría romperle la nariz, prácticamente triturársela. Sí, sería muy sencillo. Era un sueño después de todo, ¿por qué no seguir sus instintos y dejar que corriera? Casi sonrió y comenzó a rendirse ante ese pensamiento cuando notó que entre la gente sin rostro estaba el ángel observándolo con atención. La idea de que era un sueño se esfumó al instante de su mente y su mirada se aclaró. Volvió de golpe a la realidad, con la herida pulsante en la muñeca y una opresión atosigante en su pecho. ¿Qué había estado a punto de hacer?
El muchacho hizo el saludo inicial tal como dictaban las reglas, pero Demian tenía la cabeza llena de escenas espantosas. No podría continuar. No sin consecuencias.
Estuvo a punto de decir algo cuando sintió un cosquilleo frío en la piel, sensación que había aprendido a identificar como el desdoblamiento de su propia energía, la que luego podía proyectar hacia los demás. Bajó la vista y vio aquella sombra extendiéndose más allá de él, en dirección a Dreyson. Era únicamente visible para él, pero sabía lo que eso significaba. Lo había hecho ya con Lester, y ahora dadas las circunstancias podría resultar incluso peor. Retrocedió rápidamente alarmado, provocando miradas confusas ante su reacción.
—¿Qué haces? —preguntó el entrenador, fulminándolo con la mirada para que volviera al centro, pero Demian no lo hizo. Simplemente no podía enfrentarse a Dreyson, consciente del gran daño que era capaz de infringirle tanto si lo deseaba como si no.
Y así, por segunda vez en dos días consecutivos, acabó abandonando un enfrentamiento en medio de murmuraciones que sin duda hallarían su camino fuera del club en cuanto terminara la hora y se diseminarían por el resto de la escuela antes de que finalizara el día. Pero a él no le importaba, solo necesitaba poner distancia en ese momento.
No sabía por qué continuaba realizando aquellas actividades entre humanos. Era un peligro para los demás. Y mientras más se empeñaba en demostrar que podía regresar a su vida normal, más se convencía de que era ya imposible a esas alturas. No pertenecía a este mundo, pero tampoco quería pertenecer al otro. Quizá no existía forma de eliminar aquel potencial para el mal que tan arraigado estaba en sus genes, pero si algo podía hacer era colaborar en su destrucción. Y para ello sería necesario realizar la visita que tanto temía.
—¿Se va poniendo peor?
Demian volvió en sí y vio a Samael a unos metros de él, al extremo del muro. Había buscado refugio a espaldas del edificio y ahora pensaba que de saber que el ángel iba a seguirlo, hubiera sido mejor marcharse.
—¿Qué?
—Los ataques de ansiedad, el deseo de hacer daño, de destruir, ¿ha ido en aumento?
Demian no respondió, tan solo desvió la vista con una mueca que parecía decir que no era asunto suyo, pero eso no detuvo a Samael. Se apartó de la esquina y se acercó a él.
—Espero que no estés intentando entrar en mi mente, porque no estoy de humor… y tampoco lo estaría en condiciones normales.
—Aunque quisiera, me es imposible. No puedo adentrarme en la mente de un demonio; tus pensamientos están bloqueados para mí.
—O sea que lo has intentado alguna vez —aventuró Demian, arqueando una ceja y Samael asintió, provocando que él lanzara un bufido de incredulidad—… Es el colmo. Y lo peor es que ni siquiera me siento enfadado por ello.
—Supongo que el luchar diariamente contra tus propios instintos puede ser agotador.
Demian dio un fuerte resoplido para darle a entender que se le estaba acabando la paciencia.
—¿Qué es lo que quieres? Me parece que ya hemos tenido suficientes interacciones por un día. No querrás contaminar el aire que respiras con mi esencia de demonio.
—La falta de control que experimentas es normal, no puedes evitarlo.
—Pero por supuesto que no —repuso Demian con una sonrisa amarga—. Después de todo soy un demonio. Intentar controlar mis instintos es antinatural para los de mi clase, ¿eso es lo que intentas decir?
—En parte sí, pero no es algo imposible. A lo que me refiero es que esos incontenibles arrebatos están ligados a un poder superior a tu voluntad y raciocinio. Provienen del lazo de sangre que compartes con la Legión de la Oscuridad.
—Dime algo que yo no sepa —bufó Demian, harto de volver a lo mismo una y otra vez.
—No estás entendiendo. Una vez que desaparezca la fuente de donde provienen aquellos pensamientos oscuros, se acabará el influjo que ejerce sobre ti —explicó Samael y Demian se quedó en silencio, asimilando aquello—. Cuando Dark Angel sea eliminado, serás de nuevo dueño de tus propias decisiones y recuperarás el control total de tu vida.
Demian tomó un profundo aliento, sintiendo una oleada de calor en el pecho, no como signo de una próxima pérdida de control sino todo lo contrario, la esperanza de retomar las riendas de su vida sin el temor constante de volverse un peligro para todos.
—¿Por qué me dices esto? Pensé que para ti los demonios no debían existir.
—He cambiado un poco de perspectiva. Pero aun así sigo pensando que la Legión de la Oscuridad debe ser destruida.
Demian asintió, aunque parecía completamente inmerso en sus pensamientos. La posibilidad de verse libre de la influencia demoníaca que había heredado de su padre se presentaba ante él con gran fuerza… Quizá incluso tendría pronto una oportunidad real de librarse de ella, si jugaba bien sus cartas. Se apartó a continuación de la pared con un suspiro.
—Ya todos se marcharon —dijo Samael, pensando que pretendía volver—. Aquel chico quedó finalmente seleccionado como el representante del club.
—Ya me imaginaba —respondió él con un bufido—. No era mi intención regresar de todos modos. Iré al hospital a ver si con suerte me topo con aquel óbito. Si decides venir o no, es tu decisión. —A continuación, desapareció de ahí con una implosión de humo y Samael se irguió de inmediato, indeciso entre seguirlo o regresar a clases, pero ultimadamente fue su necesidad de saber más sobre los óbitos lo que ganó, y terminó desapareciendo con un destello.
…
A Lucianne se le hizo imposible concentrarse durante la primera clase. No dejaba de darle vueltas a la teoría que había desarrollado el día anterior tras la aparición de Frank en su casa. Tenía sentido en realidad si se ponía a pensarlo, ¿por qué otro motivo él habría estado investigando al profesor antes del supuesto incidente? No podía quedarse quieta y sin hacer nada con aquella información. Necesitaba comprobarlo, necesitaba explicaciones. Y Frank no estaba ahí para dárselas.
Así que saliendo de aquella clase se dirigió a la oficina del profesor Leiffson y se quedó afuera, luchando por tomar una decisión, sabiendo que Frank lo desaprobaría, pero al final la curiosidad pudo más y golpeó a la puerta, secretamente deseando que nadie respondiera.
—Adelante —se escuchó al interior y Lucianne tomó aliento, armándose de valor para lo que haría a continuación. Entró y encontró al profesor Leiffson leyendo y corrigiendo varios documentos desperdigados en su escritorio. Apenas y le dedicó una breve mirada por encima de los papeles antes de continuar con lo suyo—. Dígame, señorita Fillian, ¿tiene alguna duda que no pueda esperar a la siguiente clase para resolverla?
—En realidad sí… aunque no se trate de un asunto estrictamente académico.
—Una pena entonces. Me temo que no podré ayudarla en ese caso —replicó el profesor sin apartar la vista de sus papeles, lo cual no hizo más que acrecentar la inquietud de Lucianne, con los brazos enredados al frente y decidiendo adentrarse más hasta detenerse frente a su escritorio.
—…Perdone, profesor, pero creo saber lo que verdaderamente ocurrió entre usted y Frank y me parece que le debe al menos una oportunidad.
El hombre se detuvo de tomar apuntes y se reacomodó los lentes, levantando el rostro impertérrito hacia ella, con los brazos sobre el escritorio.
—“Cree”, me parece que es la palabra clave, y yo “creo” haberle dicho que dejara ese tema por la paz, pero veamos, ilumíneme; quizá así pueda decidir si tiene una carrera asegurada en el mundo del periodismo o en el de la ficción —dijo el profesor, echándose hacia atrás en su asiento con aquella actitud sarcástica y de menosprecio que solía tomar, provocando que Lucianne se mordiera los labios.
—…Supongo que Frank lo enfrentó de alguna manera, no estoy segura pues él no ha querido decirme nada —decidió ella continuar a pesar de todo; ya había caminado hasta ahí y no iba a detenerse ahora—. Quizá le mencionó sobre quién era su madre para medir primero su reacción, y en algún punto le habrá dicho directamente quién era y tal vez usted pensó que lo único que deseaba era chantajearlo, de ahí se habrá originado todo el problema, pero le aseguro que lo único que deseaba era conocer a su…
La puerta de la oficina se abrió de golpe y Frank entró de la nada, dirigiéndose resuelto hacia ella sin dirigirle una sola mirada al profesor, la tomó de la muñeca y sin explicación alguna tiró de ella a pesar de sus protestas.
—¡Frank! ¡Suéltame ahora mismo! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! —Lucianne veía avergonzada cómo varios estudiantes que pasaban cerca del área los observaban. Frank caminó sin detenerse por el pasillo hasta finalmente salir del edificio, y tras hacer un rodeo hacia la parte trasera, se detuvo y finalmente la soltó—. ¡¿Cuál es tu problema?!
—¿Qué pretendías ahí dentro? ¿Qué ibas a decirle? —la interrogó con expresión dura.
—¿Cómo supiste siquiera que estaba ahí?
—Puse un micrófono en el saco de tu uniforme y estuve escuchando —respondió él sin ningún empacho, dejándola boquiabierta ante su descaro.
—¿…Qué? ¿En qué momento…?
—Ayer en que pasé por tu casa. Ese no es el punto ahora. ¿Qué pretendías decirle y por qué no puedes dejar ese tema en paz?
Lucianne estaba incrédula ante su confesión; ya ni sabía si enojarse por el asunto del micrófono oculto o por haberla sacado de esa forma, por lo pronto optó por quitarse el saco y entregárselo para que él mismo hiciera la extracción de aquel aparato. Frank simplemente metió la mano en uno de los bolsillos y sacó de él un pequeño objeto redondo con forma de pila de botón y acabó guardándolo.
—¡No puedo creer el cinismo que tienes para hacer algo así! —bufó Lucianne volviendo a colocarse el saco, aunque Frank ni se inmutaba.
—¿Qué ibas a decirle a ese hombre? —volvió a preguntar de forma insistente y Lucianne dio un suspiro para apaciguar su indignación inicial.
—…Escucha, sé lo difícil que debió ser para ti crecer sin un padre y aunque lo negaras cuando te conocí, no había nada de qué avergonzarse por desear encontrarlo. Así que entiendo lo confuso que debes haberte sentido cuando diste por fin con él; quizá te invadió la rabia al principio y no supiste manejarlo, de ahí que se desatara todo el problema, tal vez te pusiste algo violento en consecuencia, pero…
—¿Cuando por fin di con él? —repitió Frank con creciente disgusto y Lucianne se mantuvo en silencio, preguntándose si de nuevo habría teorizado mal, pero estaba segura de que esta vez estaba en lo cierto.
—…Hablo del profesor Leiffson, por supuesto —dijo ella y Frank se llevó las manos a la cabeza como si estuviera resistiendo un ataque de ira, frotándose con fuerza el cuero cabelludo y prácticamente dando vueltas sobre su eje.
—…Ese hombre no es mi padre —dijo por fin en cuanto logró dominarse.
—Entiendo que lo sientas así. Y en cierta forma es cierto, nunca te vio crecer ni se ocupó de ti, es solo la persona que te dio la vida, nada más.
—¡No es mi padre! ¡En ningún sentido de la palabra! —exclamó Frank, perdiendo la paciencia. Lucianne retrocedió unos pasos con expresión asustada, y él dio un bufido, intentando recuperar la calma—… Sí, de acuerdo, lo creí un tiempo, estuve investigándolo. Mi madre siempre se expresaba con tanto respeto de él que llegué a pensar que…
—Tomó una clase con él hace más de dieciocho años, ¿cierto? —se aventuró a decir Lucianne y él se limitó a asentir con los brazos cruzados.
—Más que una clase era como un taller para estudiantes avanzados de medicina. Duró apenas como un par de meses, pero mi madre guardó desde entonces cada artículo escrito por él. Cada vez que le preguntaba al respecto, decía que había sido su inspiración para convertirse en oncóloga —continuó Frank sin atreverse a mirarla a los ojos—… Por supuesto, hice las cuentas. Desde que mi madre tomó ese curso hasta que yo nací.
Lucianne no tuvo que preguntar para entender que coincidían, simplemente dejó que continuara para enterarse de toda la historia, ahora que por fin se atrevía a compartirla.
—Fue por eso que decidí investigarlo, y cuando me enteré de que me daría clases… —hizo una pausa; era obvio lo mucho que se le dificultaba hablar del tema, pero aun así buscó fuerzas para seguir—… Soy AB negativo, ¿sabes? Nadie más en mi familia cuenta con ese tipo de sangre.
—Yo también lo soy —apostilló Lucianne y Frank le dedicó la miró por interrumpir—. Mi madre lo era… No tiene importancia, solo… continúa.
—Primer día de clases y él llega y dice que su tipo es AB. — Volvió a hacer una pausa, esperando a que ella llegara a sus propias conclusiones para luego continuar—… Luego empezó a hablar sobre genética y otras cosas que ya no recuerdo, estaba demasiado ocupado meditando en el hecho de que fuera del mismo tipo de sangre que yo. Entonces pidió que en la siguiente clase lleváramos una muestra de sangre para analizarla. Pensé que sería el momento indicado para enfrentarlo.
—Entonces sí fue así —interrumpió Lucianne nuevamente a pesar de su intento por mantener silencio—. Es tal y como deduje.
—Déjame terminar. Cuando tomamos nuestras muestras de sangre y pasó al microscopio conmigo, hizo el comentario de que tenía un tipo de sangre muy poco común, pero nada más. Esperé a que todos salieran y fui a su escritorio. Intenté hacerle plática acerca de los tipos de sangre más raros y comentó que le interesaría hacer un análisis más profundo de la mía por algo que había visto por el microscopio, y tomé aquello como mi oportunidad para abordar el asunto. Saqué una foto de mi madre y le pregunté si la reconocía. Él parecía confundido, la observó como si nunca la hubiera visto en su vida y eso me molestó en verdad. Le recordé que 18 años atrás había tomado una clase que él impartía y lo único que dijo fue que le había dado clases a miles de personas por más de treinta años y que no recordaba todos y cada uno de sus rostros y que saliendo de ahí seguramente ya ni se acordaría del mío. —Frank se detuvo por unos segundos para tomar aliento. El recordar aquel día no hacía más que reavivar la frustración y el coraje que había sentido—. Le dije entonces, y admito que quizá me precipité y debí mejor quedarme callado, que era de cobardes olvidar el rostro de la mujer con la que había tenido un hijo.
—¿Y él qué dijo? —preguntó Lucianne tras otro lapso de silencio, ansiosa por conocer el resto de la historia y reprimiendo las ganas de abrazarlo a modo de consuelo.
—Se rió —respondió Frank con la mandíbula apretada y desviando la vista—. Dijo que de todas las sandeces que había escuchado y que le habían imputado en su vida, la mía era quizá la más grande y a la vez la más ridícula. Yo insistí, tenía pruebas; el hecho de que nuestro tipo de sangre fuera el mismo, y estaba incluso dispuesto a someterme a una prueba de paternidad si él lo pedía, pero lo único que recibí en respuesta fueron más risas: “Muchacho, me halaga que en tu desesperación por una figura paterna en tu vida hayas pensado en mí como una opción viable, pero debiste ahondar mejor en tus fuentes antes de hacer una acusación tan risible como la tuya; sin embargo no te culpo, los niños que crecen sin un padre suelen presentar conductas impulsivas proclives al antagonismo, y está claro que el fracaso de tu madre en el departamento parental te ha llevado a buscar atención en la figura de más autoridad que se ha cruzado en tu camino”… Y eso fue todo, perdí el control. Le lancé un golpe directo al rostro. Le rompí la nariz al parecer, la siguiente vez que lo vi durante la reunión con el director la tenía enyesada. Yo no había querido decir ni una palabra sobre el por qué lo había hecho y en cuanto escuché su versión sobre la discusión por una nota simplemente la acepté. Me suspendieron una semana, pero yo decidí no regresar. No quería volver a verle la cara y ahora me lo vuelvo a topar aquí. Yo y mi suerte.
—El comentario que hizo el primer día que dio clases… —intervino Lucianne por fin; este bufó una risa amarga.
—Algo de humor irónico para recordarme mi posición. El viejo puede ser un verdadero bastardo.
—Pero… ¿nunca realizaron una prueba de sangre para estar seguros?
—No fue necesario; resultó no ser mi padre después de todo, yo me equivoqué —aseguró Frank, llevándose las manos a los bolsillos en postura indiferente, aunque a Lucianne aquello le parecía una fachada para ocultar lo que verdaderamente sentía.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de ello? Quizá la razón por la que dijo aquello de la nota fue por la vergüenza de haberte rechazado de esa forma. Tal vez…
—Él tenía razón, debí ahondar más en la información que había conseguido en vez de enfocarme en las similitudes —la interrumpió Frank antes de que siguiera con aquella idea—. Detalles que pasé por alto en mi convicción de que él era el hombre que estaba buscando. Por ejemplo, el que fuera AB positivo, que según rumores tuviera predilección por la compañía masculina, y el más importante de todos, que nació con una enfermedad congénita que le impide tener hijos. Así que volví exactamente al punto de partida, y desde entonces decidí no darle más importancia. Fin del comunicado. ¿Ahora sí dejarás de insistir en el tema por la paz?
—Todo esto no ha sido más que… un enorme enredo causado por el deseo de saber quién es tu padre —dijo Lucianne, acongojada ante lo que había tenido que pasar. Frank dio un bufido y desvió la vista, como si de esa forma no dejara ver lo que estaba sintiendo—. Por más que lo niegues, creo ese asunto inconcluso es lo que en realidad te impide dejar atrás los problemas, y solo hay una manera de ponerle fin a esos sentimientos conflictivos que te impiden seguir adelante. Voy a ayudarte a encontrar a tu padre.
Frank comenzó a toser como si se hubiera atragantado y le dedicó a Lucianne una mirada incrédula.
…
Samael corrió hacia la entrada del hospital en cuanto apareció en la callejuela del costado; esperaba poder encontrar a Demian en el interior antes de que viera al óbito, si es que lo hallaba.
Demian estaba de pie a unos metros de recepción, mirando atentamente hacia los distintos pasillos decidiendo el camino a tomar. El área de internos abarcaba el mayor espacio, pero también se podía subir a las demás áreas como cardiología y oncología. También estaba el área de maternidad, pero dudaba mucho que ahí rondaran los óbitos muy seguido, quizá debía concentrarse en el área con mayor tasa de bajas diarias. En aquellas cavilaciones estaba cuando percibió la presencia de Samael colocándose a un lado de él.
—Es como buscar una aguja en un pajar; no hay manera de poder predecir que se presentará alguno, a menos que sepas con certeza que alguien va a morir —comentó Samael, mirando a su alrededor, sin saber realmente qué buscar.
—O provocar la muerte de alguien para forzar su presencia. —Samael le dedicó una mirada horrorizada y condenatoria ante aquella idea y Demian puso los ojos en blanco—… ¡Es broma! Tal vez sea un demonio, pero no un asesino psicópata.
El ángel no hizo comentario alguno, se limitó a mirar alrededor, esperando ver algo extraño o fuera de lugar. A Demian ya le parecía que se estaban convirtiendo en material para un chiste, “un ángel y un demonio entran un bar…”. Solo quería terminar con ello.
—El área de oncología tiene un ala para pacientes desahuciados. Quizá ahí tengamos algo de suerte.
Samael empezaba ya a mover la cabeza de manera afirmativa solo por hacer algo en vez de quedarse ahí parados, cuando escucharon las sirenas de una ambulancia. Varios internistas y enfermeras se movilizaron enseguida hacia la puerta y en cuestión de minutos ya estaban ingresando una camilla rodeada por paramédicos, corriendo hacia urgencias. Encima de la camilla, un hombre ensangrentado permanecía inmóvil, conectado a una sonda y siéndole proporcionado oxígeno en una mascarilla. Debió haber sido un accidente muy grave por su condición.
—Estamos de suerte —dijo de pronto Demian, con la vista fija en un punto más allá de la congregación de socorristas desfilando hacia el pasillo de emergencias.
Samael siguió la dirección de su mirada y entre la gente curiosa de recepción, percibió algo que no parecía encajar: una figura oscura que se mezclaba entre las personas sin que estas parecieran notarla. Lo más extraño fue cuando tomó forma más definida hasta verlo con total claridad: un chico pálido de cabello y ojos negros que vestía un saco también negro con capucha. A veces desaparecía entre la gente para luego emerger de nuevo, como siguiendo sin prisa el trayecto de la camilla.
—¿…Es el que va vestido con un saco negro con capucha?
—Espera, ¿qué? ¿Tú también puedes verlo? —preguntó Demian sorprendido, volteando hacia él, pero el ángel ya no estaba a su lado. Lo buscó entre la multitud antes de caer en cuenta de lo que debió haber pasado. El óbito también había desaparecido. Sintiéndose burlado, lanzó una maldición por lo bajo y se echó a correr.
Samael había utilizado su habilidad para hacerse invisible para introducirse en el área de urgencias y pacientemente esperó en un estrecho pasillo a que médicos, enfermeras y todo el equipo detrás de la camilla terminaran su procesión. Detrás de estos vio pasar entonces al chico de negro en completa calma. Rápidamente le salió al paso y tiró de él hacia aquel estrecho pasillo, apresándolo contra la pared para evitar que escapase.
El óbito no lucía sorprendido ni tuvo reacción alguna, únicamente lo miró con curiosidad, entrecerrando aquellos ojos tan negros que eran como mirar al vacío.
—No voy a hacerte daño, solo quiero hacerte unas preguntas —dijo Samael.
—Puedes verme —pronunció el óbito sin mayor inflexión en la voz.
—No soy un humano ordinario —fue lo único que respondió Samael para evitar más cuestionamientos al respecto.
—Últimamente proliferan —replicó el óbito con una sonrisa sobreentendida, sin embargo, Samael estaba únicamente enfocado en la razón por la que estaba ahí.
—¿Por qué fuiste tras ella? —preguntó Samael y el muchacho ladeó la cabeza como si no entendiera la pregunta.
—Tendrás que ser más claro, humano no ordinario. No puedo leer la mente.
—Hace varios meses, a principios de año, intentaste conducir a una chica a su muerte, sin embargo, no resultó. El auto que debía atropellarla se detuvo a tiempo salvándole la vida. ¿Por qué ella? ¿Si era su hora por qué entonces no volvieron por ella?
—Creo recordar —respondió el óbito con la vista hacia el techo como si meditara en ello para luego mirarlo de nuevo y encogerse de hombros—. Solo cumplía órdenes.
—¿Órdenes de quién? ¿Con qué propósito?
—¿Propósito? —repitió el óbito, frunciendo el ceño como si la pregunta careciera de sentido—. Simplemente es mi trabajo. Recoger las almas que se me indican.
—¿Entonces por qué motivo abandonarías un trabajo sin terminar? Ella claramente sigue con vida y de mi cuenta corre que así continúe.
—A veces surgen inconvenientes que aplazan o cambian los designios de las moiras —respondió el chico de insondables ojos negros, y el rostro del ángel reflejó una mayor confusión si se podía, comenzando a aflojar sin darse cuenta el punto donde lo sostenía.
—¿Cuáles son esos designios? —preguntó nuevamente, su voz bajando cada vez más de volumen, pero aumentando en ansiedad.
—Eso solo las moiras lo saben. Aunque supongo que tiene que ver con el trastocador de mundos.
La frente de Samael se arrugó aún más con aturdimiento. Había ya soltado por completo al óbito y se limitaba a observarlo con la mente en blanco.
—¡Hey!
La voz de Demian lo sacó de su concentración y volteó apenas un par de segundos para verlo dirigirse a él con expresión de enfado y en cuanto giró de nuevo hacia el frente, el óbito ya no estaba.
—¿No pudiste esperar a que lo interceptara?
—Desapareció —dijo Samael y Demian miró a su alrededor al igual que el ángel.
—¡Fantástico! ¡Y además has dejado que se marchara! ¡¿Tienes una idea de lo difícil que es dar con él?! ¡Yo también tenía preguntas que hacerle! —exclamó Demian con frustración.
—No creo que sea capaz de proporcionar demasiada información. Después de todo, no es más que un peón dentro de un sistema mayor —aseguró Samael, aún dándole vueltas a lo que había dicho mientras Demian intentaba recuperar la calma.
—Así que pudiste verlo. No entiendo para qué me necesitabas en ese caso.
—No estaba seguro. Pero ahora me ha quedado claro por qué podemos verlo —comentó Samael, y Demian esperó que terminara de hablar—. Son invisibles al ojo humano, pero nosotros no lo somos. Yo soy un ángel y tú un demonio. No pertenecemos en realidad a este mundo, así que somos más sensibles a lo extra-terrenal.
Demian meditó sus palabras y por su gesto pareció haber caído en cuenta de algo que no había considerado hasta entonces. Algo que definitivamente cambiaba las cosas.
—…En ese caso tenemos un problema. —Samael lo miró confuso hasta que Demian se atrevió por fin a mirarlo a los ojos—… Addalynn también pudo verlo.
