CAPÍTULO 19

19. VIAJE NO DESEADO

—¿Qué hiciste qué? ¡Nadie te lo pidió! —protestó Marianne justo frente a la cafetería.

—Así es, y eso es precisamente lo genial de todo esto, que tuve la iniciativa de hacerlo por ustedes, así que podrían empezar por mostrarme algo de gratitud —repuso Mitchell con orgullo mientras ella intentaba resistir las ganas de ahorcarlo.

—¡No debiste inscribirnos sin consultarnos antes!

—Pensé que la plática de ayer contaba como consulta.

—¡Por última vez, que insistas varias veces en el mismo tema hasta hartarnos no implica que terminaremos aceptando! —explotó ella, con las manos cerradas en puños y luchando contra los deseos asesinos que empezaba a inspirarle.

—Como sea, ya está hecho y estos son sus folios de inscripción. No fue barato, ¿eh? Así que deberían agradecerme tantito —demandó él, entregándoles unas hojas con los datos de registro, incluyendo fecha y lugar en el que recogerían a todos.

—…Esto requiere de datos personales, ¿cómo los conseguiste?

—Tengo un primo que es hacker —respondió él como si no fuera la gran cosa—. También tengo el de Lucianne y el de Samuel, a quien por cierto tuvo que crearle una identidad temporal, no logró conseguir información sobre él y eso lo tiene muy frustrado, je, je, ¿quién se los pasa?

Marianne dio un suspiro y estiró la mano para que le entregara las hojas, notando que al parecer aún le quedaban unos cuantos folios más.

—¿…A quiénes más inscribiste? —preguntó, temiéndose lo peor. Mitchell hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa.

—Verán, la cosa es… que una vez que mis padres se enteraron del campamento, y en vista de que son mi fuente de ingresos, les pareció poco fraternal de mi parte que no inscribiera a mi hermana, y pues ella se enteró, una cosa llevó a la otra y terminaron anexándose ella y sus amigas.

—¡O sea que las gárgolas también vendrán con nosotros! —exclamó Lilith con una mueca de desagrado.

—No se preocupen, ni se fijarán en ustedes, mi hermana se la pasará todo el día persiguiendo a Demian, él nos servirá de carnada para distraerlas.

—Entonces también lo inscribiste a él sin siquiera preguntarle.

—¡Lo tengo todo bajo control! —aseguró él, mostrando el pulgar arriba, con una sonrisa de completa confianza. Marianne puso los ojos en blanco, cansada de intentar razonar con él, y optó por entrar a la cafetería junto a los demás.

No se dieron cuenta de que a unos metros de la parada de autobús había una patrulla aparcada. El oficial Perry esperaba en el interior, observando con atención a cada estudiante que cruzaba en dirección a la cafetería.

Cualquiera que lo viera diría que tenía toda la pinta de estar esperando a que apareciera algún criminal peligroso debido a su expresión decidida y mirada escrutadora, pero en cuanto vio a su objetivo salir por el enrejado lateral, cargando una bolsa de deporte y pasando por la parada de autobús para cruzar la calle, encendió el auto y avanzó hasta detenerse justo frente a él, cortándole el paso.

—…Buenas tardes, oficial, ¿hay algún problema? —preguntó Demian al inclinarse para mirar al interior del auto y reconocer al oficial Perry. Éste mantuvo su gesto adusto con la vista hacia el frente y las manos al volante.

—Sube. Daremos una vuelta —le ordenó sin ningún matiz en la voz.

—¿…Es algo importante? Tengo que trabajar ahora.

El joven oficial alargó el brazo hacia la puerta del asiento copiloto y la abrió en una clara indicación de que subiera.

—Entonces no hay que perder tiempo. Sube.

Demian miró hacia los lados, tratando de decidir si hacía lo que le ordenaba o no. No le agradaba su tono intimidante, pero le intrigaba lo que tuviera que decir, de modo que finalmente se metió, cerrando la puerta tras de él. Acto seguido, el auto arrancó y giró hacia la derecha al llegar a la esquina. Demian se mantuvo en silencio, esperando a que él empezara a hablar.

Durante varios minutos, mientras el auto se posicionaba, nadie dijo nada. El ambiente era tenso y podía percibirse la creciente ansiedad que se iba apoderando del oficial conforme apretaba la guía entre sus manos, hasta que finalmente habló.

—…Los últimos siete años he estado pendiente de Lucianne, cuidando de ella y protegiéndola cada vez que su padre estaba ocupado, incluso cuando él no me lo pedía. —Demian ni siquiera tuvo qué mirarlo para comprender hacia dónde iba encaminado el asunto—. Ella es tan amable que suele ayudar a los demás sin fijarse en sus intenciones, así que muchas veces he tenido que ahuyentar cualquier peligro que pudiera acecharle. Y por lo mismo no pienso permitir que nadie le haga daño.

—¿…Tiene esto algo que ver conmigo? —interrumpió él, tratando de mantener un tono sereno—. Porque de lo contrario no le veo el sentido a esta plática.

—Sólo quiero dejar en claro que lo único que me interesa es que ella sea feliz, así que cualquiera que atente contra esa felicidad y la haga sufrir se las verá conmigo. —Un destello fugaz cruzó por sus ojos en cuanto posó su mirada sobre él, la primera desde que se había subido al coche—… ¿Entendido?

Demian le sostuvo la mirada sin perder el semblante estoico, pero aún así no respondió. El auto terminó deteniéndose frente a la cafetería tras dar la vuelta completa a la manzana. No hubo una sola palabra ni intercambio de miradas, en cuanto Demian salió y cerró la puerta, el coche se marchó de ahí con el rechinar de los rines sobre el asfalto.

—¿Era ése el oficial Perry? ¿Pasó algo con Lucianne? —preguntó Marianne apenas entró Demian a la cafetería. Había un plato de papas fritas al centro de la mesa junto a otro de nachos, los cuales se estaban encargando de devorar entre las cuatro.

—…No, todo está bien —respondió él sin poder borrar aquel gesto de seriedad.

—Mírate, tan saludable después de lo mal que te veías ayer, y todo gracias a mis remedios —señaló Lilith con suficiencia, pasando varias papas en el queso derretido de los nachos para luego llevárselos a la boca—. La próxima vez que te enfermes no dudes en llamarme, con gusto iré a prepararte de mis infusiones especiales.

—…Gracias, ahora ya tengo un incentivo adicional para no volver a enfermarme.

—¡De nada! —dijo ella como si tuviera un filtro para escuchar sólo lo que quería.

—¡Ah, qué bueno que llegaste! —Mitchell salió en ese momento de la cocina como si anduviera por su casa—. Pensé que estarías dentro. Tengo algo para ti.

Al instante sacó un papel de entre sus cosas y se lo entregó.

—¿…Qué es esto?

—Tu folio de inscripción al campamento que inicia este lunes, cuando puedas pagármelo está bien, no tiene que ser ahora.

—¿Y yo a qué hora lo consentí?

—¡Vamos, será divertido! ¡Iremos todos! —aseguró, señalando hacia las chicas.

—Por mucho que me deleite en su compañía, tengo que trabajar, así que ve pensando qué hacer con esto —respondió Demian, devolviéndole la hoja y metiéndose a la barra aunque Mitchell lo seguía, sin dar su brazo a torcer.

—¡No tienes que preocuparte por eso, en serio! Hablé ayer con tu padre —Demian se crispó y de inmediato volteó al escuchar eso—, y él está de acuerdo que vayas, le expliqué de tu situación.

—¿Y cuál se supone que es mi situación?

—Tú sabes. —Arqueó una ceja y le guiñó un ojo como si compartieran un secreto, a lo cual Demian únicamente reaccionó con un gesto entre confundido y harto de sus juegos.

—No tengo idea de qué hablas y francamente me tiene sin cuidado. No iré y ésa es mi última palabra —afirmó, dando por terminada la conversación y dedicándose a acomodar los vasos encima de la barra.

Mitchell permaneció impertérrito ante aquella declaración y sin decir nada más, sacó su celular y comenzó a presionar unas teclas.

—¿…Qué haces? ¿A quién le envías mensaje?

—Ah, pues ya verás —respondió él, volviendo a cerrar el móvil y guardándolo con una sonrisa dibujada en el rostro.

Antes de que Demian pudiera decir algo más, su celular comenzó a sonar, provocando que mirara nuevamente a Mitchell como si lo relacionara con él.

Éste tan sólo sonrió, mostrando los dientes, y se dio la vuelta para dirigirse hacia la mesa mientras él sacaba su celular y veía en la pantalla que era una llamada de su padre. Su rostro se deshizo en una mueca y dio un suspiro de resignación antes de responder.

—Parece que las cosas no te salieron como esperabas, ¿eh? —comentó Marianne en cuanto Mitchell se sentó a la mesa con ellas.

—Aguarden sólo unos minutos y verán —respondió, sin mostrar un ápice de preocupación.

—Como sea, ni creas que por habernos inscrito, automáticamente nuestros padres nos permitirán ir.

—Lo tengo todo resuelto ya, mientras estábamos en clases mi madre se encargó de llamar a sus padres para convencerlos. Puede ser muy persuasiva.

—…Estás de broma.

Demian se acercó en ese instante con gesto malhumorado y le arrebató de las manos su folio de inscripción.

—…Te odio —masculló, regresando a la barra sin decir nada más.

—¿Ven? Les dije que lo tenía todo bajo control.

—Eres un completo manipulador —soltó Marianne con el ceño fruncido.

Y como pudo comprobar, Mitchell no mentía. Efectivamente había conseguido convencer a los padres de todos de permitirles ir.

—Supongo que es oficial. Iremos a ese campamento.

—Será para nuestro beneficio, estoy seguro de eso —comentó Samael con su hoja de inscripción en las manos—…Samuel Darwin.

—Mitchell dijo que tuvieron que crearte una identificación falsa pues no lograron encontrar información sobre ti. He pensado que quizá pueda resultar útil en el futuro, es decir, tener una identificación para que así puedas pasar por una persona como cualquier otra, ¿qué te parece?

Samael continuó observando la hoja en silencio, como si estuviera analizando los datos que ahí venían.

—¿Crees que sería lo mejor?

—¡Claro que sí! Podrías incluso llegar a ser independiente algún día, tener vida propia. Sólo tienes que decidirte por una identidad humana y eso comienza por el nombre, ¿qué te parece ése? Puedes cambiarlo si así lo deseas, después de todo es temporal.

—¿Tú qué piensas?

Ella lo meditó por un momento, como si en su mente repasara otras posibilidades hasta que pareció convencida y volvió a mirarlo con una sonrisa.

—…No me desagrada, creo que tiene musicalidad y un cierto toque de ironía.

—¿Ironía? —repitió él sin entenderlo del todo. Su vista seguía fija en el nombre que se anteponía a los demás datos de la hoja—…Samuel Darwin será entonces.

—¡Perfecto! —celebró ella, dando una vuelta en su silla giratoria.

El lugar del que partirían hacia el campamento era el parque central de la ciudad, el cual era rodeado por los principales edificios gubernamentales y tenía una zona de aparcamiento donde tres autobuses esperaban llevarlos.

Noah permaneció junto a Marianne, vigilando su equipaje y observando la llegada de cada vez más adolescentes equipados como si fueran exploradores. Samael se había quedado atrás y ella le enviaría indicaciones de cómo llegar al punto de encuentro.

—Se ve que será divertido. Ojalá pudiera ir —comentó Noah.

—…Toma mi lugar, nadie lo notará —murmuró Marianne con desgana. Sus compañeros aún no llegaban y trataba de pensar en una forma de deshacerse de su padre.

—¡Tengo hambre! ¿Cuánto más vamos a esperar? —preguntó Loui, apareciendo detrás de ellos con el aburrimiento tatuado en la cara. Había aceptado acompañarlos con la promesa por parte de su padre de llevarlo a comer pizza después de eso.

—Aguanta un poco más. Toma, ve a comprar algo mientras —le indicó su padre, dándole dinero y señalándole una tienda a unos metros del parque.

—No tienen que quedarse hasta que me vaya, pueden marcharse si quieren, seguramente no tardan en llegar mis amigas.

—Entonces esperamos a que lleguen —resolvió su padre sin borrar su sonrisa de que todo estaba bien, cosa que solía desesperarle, y más aún cuando cada nueva chica que llegaba y pasaba frente a ellos le echaba un vistazo sin discreción alguna. Era una verdadera molestia y una de las razones por las que prefería que no la acompañara.

—Quizá yo también debería ir a comprar algo por ahí —repuso ella, dando media vuelta con la intención de alejarse, pero apenas lo hacía, se encontraba cara a cara con Kristania y sus amigas, una a cada lado.

—Ah, pero miren nada más a quién tenemos aquí —expresó ella con tono altivo y sonrisa torcida. El vendaje de su pie ya se había reducido, pero continuaba usando muletas—. ¿Estás solita? ¿Te han abandonado tus amigas?

—¿Cómo crees que se me vería una chamarra así? —intervino Noah, tomando a Marianne del hombro y señalándole a un muchacho a varios metros de distancia que llegaba portando una chamarra negra de piel con franjas rojas, acabados metálicos y cuello levantado que le daba un aspecto rebelde—. ¿Me vería moderno o sería demasiado? Estoy pensando en renovar mi guardarropa.

Ella puso los ojos en blanco mientras Kristania lo miraba con suspicacia.

—Mira nada más, ¿acaso tienes a otro buen amigo viviendo en tu casa? Pareces pasártela muy bien, ¿eh?

—…Es mi padre —refunfuñó Marianne, arrugando el entrecejo, y Kristania por primera vez se quedó callada, como si estuviera consciente de que había cruzado un límite.

—¡Hola! ¿Son amigas de Marianne? Mucho gusto, pueden llamarme Noah —se presentó él con la sonrisa que le solía ganar adeptos, ofreciéndoles la mano mientras Marianne las miraba con los ojos entornados de forma retadora, pero ellas permanecieron mudas, como si se sintieran intimidadas ante la presencia de un padre.

—Mu-Mucho gusto… Ya tenemos que irnos…Con permiso —respondió Kristania finalmente, adoptando una actitud inusualmente sumisa y cojeando para alejarse de ahí acompañada de sus amigas.

—…Qué chicas tan raras —comentó Noah, retirando la mano del aire.

—¡Hey, ¿qué tal?! ¿No ha llegado el resto? Ya casi es la hora.

Mitchell se apareció unos segundos después. Llevaba puestos unos pantalones color mostaza con una camiseta de rayas en blanco y azul y una chaqueta roja con bordes del mismo color mostaza que su pantalón. La pieza que tenía en la oreja izquierda era de color rojo esta vez, como si quisiera de alguna forma hacer juego con su chaqueta a pesar del revoltijo de colores que estaba hecho. Y por supuesto, el copete perfectamente acomodado y fijo por acción del gel.

—Nadie más aparte de ti —respondió mientras él se detenía en silencio ante ellos, esperando una presentación apropiada y ella puso los ojos en blanco al entenderlo—… Él es mi padre, y este entrometido se llama Mitchell.

—¡Ah, tu padre! ¡Genial! —comentó él, saludándolo efusivamente—. ¿Sabía que estuve a punto de ser su yerno?

Marianne le lanzó una mirada enardecida y su padre ladeó el rostro como si no hubiera escuchado bien.

—¡No digas tonterías!

—¡Pero no se preocupe! Ahora tengo los ojos puestos en alguien más. Aunque bueno, eso no me impide echar un vistazo por aquí y por allá, si entiende lo que digo —continuó él, guiñando un ojo y codeándolo confianzudamente ante la creciente irritación de ella. Afortunadamente, la inmediata llegada de sus amigas una tras otra evitó una tragedia.

Belgina fue llevada por el asistente de su madre y justo después de ella llegó Angie en auto, acompañada por su padre, un hombre pelirrojo de unos cuarenta años, delgado y de apariencia frágil, posiblemente debido a su afección cardiaca. Llevaba lentes y un traje formal como si estuviera listo para asistir a una junta de trabajo, y apenas la ayudó a bajar su equipaje, ella le dijo algo, tras lo cual él miró en dirección a los demás e hizo una ligera reverencia en forma de saludo a la distancia.

—¿Ya llegó Samuel? —fue lo primero que ella preguntó al acercarse a ellos.

—Hola, buenos días, Angie, un placer saludarte.

—¡Ah, lo siento! Buenos días —se corrigió ella, riendo avergonzada y sacando su celular—. Pregunto porque me envió un mensaje diciendo que ya estaba en camino.

—Entonces debe estar por llegar, no te apures —repuso Marianne, analizando su rostro mientras contemplaba su celular. A continuación apareció Lilith completamente sola, arrastrando una maleta. Apenas se detuvo frente a ellos, soltó su equipaje, resollando de cansancio, y se llevó las manos a la cadera.

—¿Has escuchado la nueva canción de Lissen Rox?

—Ahm… no —respondió Marianne, pareciéndole una pregunta un tanto extraña para comenzar el día.

—La escucharás. Tienes que escucharla —añadió ella, sacudiendo las extremidades como si las tuviera entumidas.

—Bueno, como veo que ya están llegando tus amigos, supongo que querrás que te deje con ellos —dijo Noah, preparándose para marchar—. Iré por Loui.

—¡Hey, Demian, aquí! —llamó Mitchell, agitando el brazo.

En frente vieron estacionarse un auto blanco. Demian salió de éste y mientras sacaba su maleta de la cajuela, su padre los saludó con una sonrisa cómplice. Demian se despidió de su padre al alejarse del auto, pero éste se bajó y comenzó a acompañarlo para desconcierto suyo.

—Sólo quería saludarlos, me imagino que están emocionados por el viaje. Si tuviera su edad sin duda me iría con ustedes.

—Es exactamente lo mismo que digo yo —intervino Noah. El señor Donovan no había notado su presencia al principio, confundiéndolo con alguien más del grupo, pero al notar que se trataba de otro padre como él, enseguida se mostró más animado.

—¡Ah, por fin alguien que me comprende! Mucho gusto, mi nombre es Dante Donovan —se presentó, dándole un apretón de manos mientras Demian tan sólo quería desaparecer de ahí.

—Noah. Soy su padre —dijo él, posando la mano en el hombro de Marianne.

—¡Oh, no me diga! En ese caso aprovecho para pedir disculpas en nombre de mi hijo, por el accidente.

—¡Papá! —exclamó Demian, avergonzado de que lo sacara nuevamente a colación.

—¿…Accidente? ¿De qué habla? ¿Por qué nadie me ha dicho nada? —preguntó Noah en voz baja.

—¡Porque no tiene importancia, no fue nada grave! —explicó Marianne, tratando de zanjar el asunto y que no se volviera a hablar de él.

—Pero no se preocupe, ya todo se arregló, ahora son buenos amigos —aseguró el hombre nuevamente, dándole unas palmadas en el hombro a Demian que se llevaba las manos al rostro para intentar ocultar lo abochornado que estaba.

—¿Ya viste? Se están llevando bien —susurró Mitchell, dándole un codazo entre las costillas, provocando que apartara las manos de la cara.

—¿…Y eso qué?

—Ya sabes —repitió él con un guiño, desesperándolo cada vez más.

—¡Francamente no sé, deja de hablar en clave!

—Papaaaaa, ¿ahora sí ya nos vamos? No había nada que se me antojara en la tienda.

Loui había vuelto y estaba ahora de pie con los brazos cruzados y cara de fastidio.

—Ah, sí. Disculpen, creo que ya va siendo hora de que nos vayamos. Les encargo que cuiden de ella —finalizó Noah, colocando la mano en la cabeza de Marianne.

Ella únicamente soltó un resoplido de resignación, resistiendo las ganas de sacudir la cabeza y replicar que ya no era una niña.

En cuanto ellos se marcharon, el padre de Demian decidió que era hora de dejarlos solos también, antes de que la exasperación de su hijo creciera.

—Bueno, como dije, sólo bajé a saludarlos, yo también debo viajar. De verdad espero que se la pasen bien. Llevas todo, ¿verdad? —le preguntó a Demian antes de retirarse de ahí y el únicamente movió la cabeza afirmativamente, lo cual parecía tranquilizarlo—. Bien, diviértete entonces. ¡Adiós a todos!

Apenas se marchó, Demian sintió que podía respirar nuevamente. Quería a su padre, pero a veces le irritaba que lo tratara como un niño; podía ser demasiado sobreprotector y decir las cosas más innecesarias de forma inoportuna.

Pronto se detuvo una patrulla frente a ellos y de ella bajó Lucianne con un bolso portaequipaje, cerrando la puerta tras de sí y despidiéndose con una sonrisa del oficial Perry. Éste miró a Demian fijamente, como si estuviera transmitiéndole en silencio su advertencia. Él le sostuvo la mirada todo el tiempo hasta que el auto se marchó de ahí. Lucianne, por su parte, parecía ignorar la plática que había tenido lugar entre ellos, y se encargó de saludar a todos apenas se acercaba.

—Pensamos que ya no llegarías.

—Afortunadamente Perry llevaba varios meses posponiendo sus vacaciones y decidió tomarlas ahora, así que se hará cargo de mi padre mientras estoy en el campamento.

—¿Tu padre está enfermo? —preguntó Demian y Lucianne cayó en cuenta de que había hablado de más, pues él no estaba enterado de lo que había ocurrido realmente.

—Sí… Algo así.

La gran cantidad de chicos que se había reunido ya en la explanada del parque comenzó de repente a moverse, convocados a un lado por una pareja de jóvenes algo mayores que ellos. Estos de inmediato se presentaron como sus guías, Luna y Benny. Explicaron que debido a que llevaban un retraso esperando al resto de los muchachos, llenarían los primeros dos autobuses con los que estaban presentes y estos partirían al instante a su destino.

—¡En este autobús subirán las chicas, y en este otro los chicos! ¡En 10 minutos partirá el primer grupo! —anunció el joven guía, señalando hacia los autobuses que comenzaban a ser abordados.

Angie revisó insistentemente su celular en espera de alguna noticia de Samael, y Marianne tampoco pudo evitar mirar el suyo con preocupación. Agradecía que no hubiera llegado estando su padre aún presente, pues si su hermano lo llegaba a ver sin duda lo reconocería, pero si no aparecía en ese momento tampoco alcanzaría a ir con ellos.

—Aún quedará un autobús en espera, podría ir en ése —sugirió Lilith para tranquilizarlas. Las filas formadas frente a los autobuses iban disminuyendo conforme trepaban y solamente ellos quedaban afuera, aún indecisos.

—¿Qué tanto están esperando? ¿No se supone que ir al campamento era lo que tanto querían? —preguntó Demian al notar que nadie se movía de su lugar.

—Sí, pero Samuel no ha llegado —respondió Mitchell.

—¿…Él viene también?

—Ahhh, pero claro —agregó él, viendo una oportunidad para molestarlo—. ¿Qué no sabes que donde vaya Marianne, él va? Es como su sombra. —Demian mantuvo aquella expresión seria, sin decir una sola palabra—. ¿Por qué? ¿Te molesta que venga?

—Me da igual —replicó Demian, desviando la mirada hacia el autobús en el que deberían estar subiendo en esos momentos.

—¡Ustedes faltan, muchachos! ¿Qué esperan? —avisó el joven guía desde la puerta del autobús de los chicos mientras que la otra guía esperaba en el otro, haciéndoles también señas a las chicas para que subieran.

Ellos intercambiaron miradas indecisas hasta que empezaron a cargar su equipaje. Marianne se retrasó todo lo que pudo, en espera de que apareciera Samael, y fue hasta que puso un pie en el autobús que finalmente lo vio llegar. Traía a cuestas una mochila de explorador que ella había encontrado en el ático y no parecía agotado ni con gran apuro por llegar.

—¡Ya era hora!

En el otro autobús, Mitchell y Demian se detuvieron en la puerta al escucharla.

—Lo siento, las instrucciones que me enviaste no me fueron de mucha ayuda, tuve que arreglármelas.

—Bueno, parece que siempre sí llegó a tiempo, ¡a subir entonces! —dijo Mitchell, metiéndose al autobús mientras Demian los observaba de reojo antes de seguirlo.

—¿Cómo se te pudo haber complicado tanto? ¡Más claras no te las pude enviar!

—Aún no estoy familiarizado con las calles de la ciudad, me perdí y tuve que guiarme por tu energía.

—¿Mi energía? ¿Puedes hacerlo aún cuando no haya peligro?

—Ya funcionó cuando me transporté la primera vez. Supuse que sería un problema si de repente aparecía entre tanta gente, así que decidí continuar a pie, guiándome de ti.

—…Pues definitivamente hubiera sido un problema —aceptó ella, sorprendida de las capacidades que albergaba. Quería hacer más preguntas, pero Luna ya la llamaba desde el autobús. Era hora de partir.

—Ve al otro autobús, ahí está Mitchell. Quédate con él y recuerda no revelar nada sobre ti. Nos veremos al llegar al campamento.

Los primeros en subir a ambos autobuses habían ocupado los asientos traseros, así que las chicas tuvieron que sentarse al frente, quedando únicamente un par de asientos vacíos en la hilera derecha. Angie y Belgina se habían sentado del lado izquierdo, y Lucianne y Lilith detrás de los asientos vacíos, en la segunda fila.

—¿Era ése Samuel? —preguntó Angie, reclinándose sobre el brazo del asiento y sacando medio cuerpo en dirección a Marianne.

—Sí, alcanzó a llegar a tiempo —respondió ella, sentándose del lado del pasillo.

—¡Fiu, menos mal! —añadió Angie, dando un suspiro de alivio. Lilith de inmediato se reclinó hacia adelante y presionó el brazo de Marianne, dedicándole una mirada significativa.

—Emh… Angie… me preguntaba…

—¡Abran la puerta, falta una!

La puerta del autobús volvió a abrirse a petición de Luna, la guía del campamento.

—¡Sólo fui al baño un momento! ¿No deberían estar atentos por si alguien falta? —se quejó la recién llegada, que no era otra más que Kristania. Buscó con la vista a sus amigas, sentadas hasta el fondo y sin apartarle lugar, provocando que tuviera un berrinche silencioso—… ¿Dónde se supone que me sentaré ahora?

Marianne miró el asiento vacío junto a ella y empezó a lamentarse. No hacía falta ser clarividente para saber lo que pasaría a continuación. La guía le indicó a Kristania que tomara el único asiento disponible, y al ver que era junto a ella no cesó en protestas, convocando incluso a un intercambio de asientos, pero esta propuesta fue recibida con un silencio que decía más que mil palabras; naturalmente nadie iba a aceptar tal intercambio, ni siquiera sus secuaces que estaban muy bien posicionadas en la penúltima fila. Finalmente, al ver su fracaso en conseguir otro lugar, terminó abriéndose paso, chocando a propósito las muletas contra las piernas de Marianne hasta sentarse del lado de la ventanilla. Ella ni siquiera le dirigió una mirada y se mantuvo encorvada del lado contrario, apoyada del brazo del asiento y sosteniéndose la barbilla con cara de pocos amigos, al tiempo que sentía la mano de Lilith palmeándole el hombro con compasión. Nadie podía tener una peor suerte que la de ella en ese momento.

En el autobús de los chicos, Demian miraba con incredulidad a Mitchell.

—¿…Puedes repetirlo? —preguntó él, tratando de asimilar lo que acababa de decir.

—Que te encargo a Samuel, yo tengo que hablar con alguien ahí atrás, me guardó asiento y todo —respondió Mitchell, señalándole a Samael que se sentara del lado de la ventanilla mientras Demian se levantaba y tomaba a Mitchell de la camisa antes de que se marchara.

—¡Cuando dijiste que te guardara el asiento no pensé que sería para alguien más! —masculló él en voz baja.

—¡Tranquilo! Sólo tienes que conocerlo un poco, te prometo que te caerá bien. Sé amable, ¿sí? Ahora con permiso, tengo algunos asuntos que tratar.

—¡Mitchell!

Por más que intentó detenerlo, él se marchó, dejándolo con aquella compañía inesperada. Al final se sentó nuevamente y lanzó un resoplido, mientras Samael no apartaba la mirada de la ventana. Lo único que quedaba claro era que iba a ser un largo viaje.

—…Pssst, pssst —El sonido detrás de su asiento llamó la atención de Marianne, y al voltear, Lilith le habló al oído—. ¿Cuándo hablaremos con Angie?

Ella miró de reojo a Angie, que estaba entretenida mirando la pantalla de su celular con una sonrisa.

—Tendrá que ser hasta que lleguemos al campamento. No podemos con… testigos —murmuró Marianne, ladeando discretamente el rostro en dirección a Kristania. La rubia le enseñó el pulgar a modo de gesto afirmativo y ella volvió a mirar hacia el frente, pero unos segundos después unas manos le detuvieron el rostro y antes de que pudiera reaccionar, le colocaron algo en los oídos—. ¿Pero qué…?

—Dije que tenías que escuchar la última canción de Lissen Rox.

La voz de Lilith se escuchaba amortiguada por los audífonos que le había puesto.

—¿No podría ser en otro momento?

La música comenzó a sonar, así que echó la cabeza hacia atrás para intentar relajarse y escuchar la canción tal como Lilith deseaba. Las primeras notas eran de un clavicordio que le daba un inicio medio gótico, pero tras la introducción de unos 15 segundos, las guitarras eléctricas comenzaron a sonar y la canción aumentó el ritmo de forma vertiginosa.

No era fan, pero admitía que sonaba bien. Y entonces se escuchó la voz principal con una tesitura suave que reverberaba con una gran sonoridad, pasando con facilidad de las notas más bajas a unos agudos impresionantes; sin duda poseía una voz dúctil, sin embargo, al prestar atención a la letra de la canción, comenzó a entender el por qué Lilith había insistido tanto en que la escuchara.

Básicamente contaba su encuentro con dos seres celestiales y sus batallas contra demonios para evitar que se robaran la esencia de las personas, todo esto aderezado con un marco de misterio en torno a estos seres de origen desconocido que bien podrían o no ser ángeles. Podría considerarlo coincidencia, pero desde el momento en que escuchó la palabra “don” como referencia a aquella esencia robada supo que no podía ser producto de la casualidad. Había sido una imprudencia hablar frente a él pensando que seguía inconsciente. Claramente debía haber escuchado parte de su conversación y ahora ésa era la consecuencia: una canción de rock sobre ellos, a pesar de tomarse licencias artísticas. Hasta ahora su promesa de discreción no parecía estar funcionando.

—¿Y bien? —formuló Lilith con gravedad—. ¿Hay algo que deba saber?

—Ahm… debe ser una… coincidencia.

—¿En serio? ¿Una coincidencia? —continuó ella, entornando los ojos con suspicacia—. ¡Hey, Belgina! ¿Trajiste tu i-pad? ¿Tienes el video que te pasé?

Belgina le pasó un dispositivo con una pequeña pantalla y ella conectó sus audífonos a éste, volviendo a colocárselos a Marianne y dejándole el aparato. Ésta mantuvo la vista fija en la pantalla, y apenas sonaron los primeros compases de la misma canción, se veía a una bailarina danzando al ritmo de la música, a la lejanía, con movimientos gráciles y ligeros que se parecían más a un ballet clásico que al estilo que representaba. No entendía la relación, pero continuó mirando hasta que el intro llegó a su final y fue entonces que obtuvo un primer plano de la bailarina, encorvándose en el suelo con el último acorde del clavicordio. Notó que tenía un corte de cabello parecido al de ella y en cuanto las guitarras comenzaron a sonar, un par de alas se desplegaban de ésta y a partir de ese momento el video se llenaba de una acción trepidante entre sujetos vestidos de espectros y gente siendo atacada en medio de un concierto de rock donde él era el último en quedar de pie, inmerso en su propia música, ignorante de lo que ocurría a su alrededor. Fue entonces que aparecieron sus salvadores. Siluetas aladas a la distancia cuyas alas los cubrían y solidificaban hasta formar una armadura metálica que semejaba las de ellos, para a continuación librar una batalla contra los demonios salidos de las sombras, derrotando a uno por uno mientras él continuaba cantando, como si se le fuera la vida en ello, hasta que el último demonio se iba sobre él y la música se cortaba de tajo en cuanto caía inerte al piso. Durante los siguientes segundos no se escuchó más que el eco de unos pasos en el escenario que se detuvieron ante él, la figura se inclinó y se quitó el casco, revelando que era la chica del corte similar al de ella. Con un beso pareció devolverle la vida y al instante la música continuó tocando rumbo a su gran final, en el que ambos supuestos ángeles desaparecían al terminar la canción, en medio de un resplandor de luces de colores y humo que cubría el escenario, dándole un aspecto de limbo.

El video terminó, dejando a Marianne con la boca abierta y las cejas torcidas, sin idea de cómo reaccionar ante lo que acababa de ver, sobre todo tras aquella última escena que le había revuelto el estómago por más que se repetía a sí misma que solamente era su versión magnificada de los hechos.

—¡Pffft! —Un bufido a su derecha la hizo voltear. Kristania también había visto el video y alzaba una ceja en ademán petulante—. No puedo entender cómo hay gente que pueda gustarle ese tipo o su música. Incluso se maquilla más que yo.

—Y eso ya es decir mucho —añadió Marianne con la intención de que dejara de hablarle y se ocupara de sus asuntos.

—¡Hey, a mí me gusta! ¡Soy una ‘lissener’ a mucha honra! —protestó Lilith, aferrándose al respaldo por encima de sus asientos.

—…Lo cual refuerza mi opinión al respecto —replicó Kristania con actitud instigadora, provocando que el rostro de la rubia comenzara a enrojecer y sus dedos se clavaron al respaldo de Marianne. Lucianne se lanzó al rescate de inmediato, al menos para evitar que su compañera de asiento cometiera alguna locura.

—¡Miren, traje panecillos para el viaje! ¿Quieres uno?

El rostro de Lilith recuperó su tonalidad natural y el gesto se le suavizó apenas escuchaba las palabras mágicas.

—¡Panecillos! ¡Yo quiero de chocolate! —exclamó, volviendo a su asiento como si no hubiera pasado nada momentos antes.

—¿Ustedes quieren? —repitió, ofreciéndoles a las demás, incluyendo a Kristania, que no sólo rechazó su ofrecimiento sino que la inspeccionó con la mirada.

—Así que tú eres la chica que salió con Demian.

—Bueno… como amigos, sí.

—Exacto, como amigos. No te hagas ilusiones —concluyó Kristania, mirándola de forma intimidante.

—…Ni te molestes en escucharla —recomendó Marianne, haciéndole una señal a Lucianne para que no dijera nada, y ella simplemente volvió a sentarse con gesto contrariado, a la vez que Kristania parecía satisfecha y volvía a mirar por la ventana.

—¿Aún no tienes nada que decir respecto al video? —volvió a cuestionarla Lilith, asomándose a un lado de su asiento con medio panecillo en la boca.

—Cuando bajemos, ¿de acuerdo? No es el lugar indicado —musitó, sabiendo que cualquier cosa que dijeran sería escuchado por su odiosa compañera de asiento y muy posiblemente lo usaría luego en su contra, así que decidieron mejor permanecer en silencio el resto del camino, aunque constantemente escuchaban el ruido proveniente del celular de Angie, que no dejaba de teclear con una gran sonrisa en el rostro, y a Marianne no se le dificultaba el imaginar con quién estaría intercambiando mensajes.

La alarma del celular de Samael estuvo activándose en intervalos cortos  con un sonido que comenzaba a sacar de quicio a Demian, tanto que decidió que si lo escuchaba una vez más, le quitaría el celular de las manos y lo lanzaría por la ventana, y estuvo tentado a hacerlo en cuanto volvió a escuchar la alarma, hasta que se dio cuenta de que se trataba del suyo. Al mirar la pantalla vio que era un mensaje de Mitchell. En éste le pedía expresamente que le hiciera plática y fuera amable con él, lo cual a Demian le pareció inaudito. Giró el rostro hacia atrás y alcanzó a ver a Mitchell apoyándose por encima de un asiento del fondo, haciéndole señas de súplica para posteriormente volver a sentarse, sin alcanzar a distinguir quién estaba a su lado.

Puso los ojos en blanco y miró de reojo a su compañero de asiento, que ahora observaba el camino con la ventana entreabierta y el viento dándole de frente en la cara. Parecía estar disfrutando de aquella sensación, como si fuera algo nuevo para él.

—¿…Nunca has viajado antes?

Samael parecía sorprendido de que le hablara.

—No, es primera vez.

—¿En serio? ¿Has pasado toda tu vida encerrado o qué?

Él no supo qué responder pues básicamente había sido así, pero no era algo de lo que debía hablar.

—Digamos que no había tenido la oportunidad.

Demian no parecía convencido de su respuesta, pero tampoco pensaba ahondar en ello, sólo intentaba hacer plática como Mitchell le había pedido. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no se le ocurría nada más que decir.

—No tienes que hablar conmigo sólo porque Mitchell te lo pidió —agregó Samael repentinamente.

—…Bueno, no podrá decir que no lo intenté —finalizó Demian, encogiéndose de hombros y volviendo la vista hacia el frente.

Samael mantuvo la mirada fija en él, como si intentara escudriñar su mente, pero para desconcierto suyo no lograba captar nada. Podía percibir los pensamientos de todos los que estaban en el mismo autobús, incluso los de Mitchell que aparentemente estaba lamentándose por una ayuda que había pedido a alguien, pero los de Demian parecían completamente sellados. Éste, por su parte, trató de ignorar el hecho de que lo observara fijamente, pero pronto empezó a sentirse incómodo.

—¿Necesitas algo?

—No, nada —respondió al notar su incomodidad, tras lo cual desvió la vista y continuó viendo el camino por la ventanilla, dejando a Demian extrañado por lo raro que había sido aquello.

El viaje duró un par de horas más hasta que fueron adentrándose en una zona boscosa, en la que al final de la vía se alcanzaba a distinguir un conjunto de cabañas de madera distribuidas de forma irregular. Un trío de personas esperaba a la llegada de los autobuses. En cuanto éstos llegaron a su destino, los chicos comenzaron a descender.

Una de las ventajas de haberse sentado hasta el frente fue el aprovechar la ocasión para ser los primeros en bajarse, y la que no perdió oportunidad de dar un salto fuera de su asiento y correr hacia lo que consideraba libertad era Marianne.  Temía sufrir de envenenamiento del alma tan sólo por respirar el mismo aire que Kristania por tanto tiempo.

—No tenías prisa por salir, ¿eh? —comentó Lucianne, procurando no reír mientras bajaban del autobús, a lo que ella únicamente respondió con un gesto arrugando la nariz.

—¿Ya salieron los chicos? —preguntó Angie con visible entusiasmo.

—Si con chicos te refieres a Samuel, me parece ver que está bajando —comentó Lilith, señalando con la mirada hacia el otro extremo. Ella se sonrojó, aunque acto seguido, miró en esa dirección y vio a Samael bajando distraído.

Comenzó a llamarlo, agitando el brazo para que las distinguiera entre la creciente cantidad de adolescentes descendiendo de los autobuses.

A él le tomó algunos segundos notarlas y se llevó la mochila al hombro, comenzando a recorrer el tramo que los separaba. Demian tan sólo lo siguió con la mirada, pero al sentir el peso de una mano sobre su hombro, se apartó con rapidez, descubriendo que se trataba de Mitchell.

—Soy yo, ¿qué tal les fue? ¿Ya se conocieron mejor?

—Ni me hables sobre eso —espetó él, recogiendo su equipaje con la intención de alejarse de ahí, pero Mitchell le bloqueó el paso.

—Oye, por cierto… No sé cómo decirlo… pero necesito preguntarte algo. —Su gesto revelaba una preocupación poco común en él, por lo que Demian decidió prestarle atención para saber de qué se trataba—. Verás… espero que no te moleste. Puede ser que en esta ocasión haya metido un poco la pata…

—Dilo de una vez, Mitchell. No le des tantas vueltas.

—Aún sigues con lo de que Lucianne es solamente una amiga para ti, ¿verdad? Por lo tanto, no te importaría si hubiera alguien más que, digamos, tenga interés en ella o algo así…—Demian le dedicó una mirada de sospecha que él de inmediato se dispuso a aclarar—. ¡No, no lo digo por mí! Aunque bueno, en otros tiempos yo sí le hubiera dado… ¡Pero ése no es el punto! Digamos que tal vez me precipité en aceptar deberle un favor a alguien y digamos que tal vez ese alguien vino siguiéndome hasta aquí y tal vez me haya pedido que le presente a Lucianne… Sólo tal vez.

Esperó a que Demian le respondiera algo, pero éste únicamente continuó mirándolo con aquel gesto severo e intimidante, por lo que comenzó a retroceder con una sonrisa forzada hasta dar media vuelta y alejarse de ahí a toda prisa.

Tras darse a la huida, Demian alzó de mal humor su equipaje y con un movimiento súbito se lo llevó a cuestas, con tan mala suerte que acabó golpeando a alguien a sus espaldas, que terminó en el suelo, tragando polvo.

Demian permaneció unos segundos de pie en el mismo sitio, lamentando su suerte, mientras se arremolinaban alrededor de él para ver lo ocurrido. Finalmente se dio la vuelta con la intención de disculparse y vio en el suelo al chico que había golpeado accidentalmente, boca abajo, con una chamarra negra de piel y franjas rojas. Levantó la cabeza y Demian vio que sangraba de un corte que tenía en el labio.

—Lo siento —dijo él, avergonzado y ofreciéndole la mano para ayudarlo a levantarse—, no fue mi…

El chico se la apartó de un manotazo y se limpió la boca con el dorso. Su expresión de inmediato se contrajo ante la visión de la sangre, como la de un toro salvaje, e incluso a algunos les pareció oírlo bufar.

Todo ocurrió en cuestión de segundos en los que nadie alcanzó a reaccionar hasta que Demian ya tenía medio cuerpo de lado y trastabillaba para intentar mantenerse en pie.

En cuanto logró recuperar el equilibrio, sintió un hormigueo caliente en el borde de la boca, se llevó la mano ahí y notó que había sangre entre sus dedos. Alzó la vista y vio a aquel chico de chamarra negra y franjas rojas, con mirada iracunda y manos empuñadas, esperando el momento de dar el siguiente golpe.

A su alrededor todos se reunieron expectantes por ver el comienzo de una pelea.


SIGUIENTE