CAPÍTULO 20

20. TOKENBLUE

—¿Qué ocurre ahí? —se preguntó Marianne al ver que todos se iban aglomerando en torno al autobús de los chicos.

—Quizá estén dando instrucciones —supuso Lucianne, intentando igual distinguir lo que pasaba, pero resultaba imposible.

No fue hasta que escucharon que alguien gritaba “pelea” que decidieron unirse a la multitud, la cual estaba tan amontonada que no podían atravesarla, así que Mitchell se encargó de abrirse paso a empujones hasta llegar al frente. Ahí vio a Demian en el centro, junto al chico de chamarra negra.

—…Oh, no —dijo Mitchell con alarma.

El chico de chamarra era tan alto como Demian y parecía más que presto para pelear, apoyándose de un pie a otro sin bajar la guardia, como si no fuera la primera vez que estuviera involucrado en una situación similar. Demian por su parte permanecía inmóvil, mirándolo fijamente con la mandíbula tensa. Comenzaba a empuñar sus manos con fuerza, hasta que el chico decidió lanzar otro golpe que él alcanzó a obstaculizar con una mano, deteniéndola con firmeza y comenzando a apretar. El chico luchaba por mantener la postura, transformando aquello en una especie de juego de vencidas en el que ninguno estaba dispuesto a ceder.

—¡Mitchell, haz algo! —exigió Kristania, emergiendo a su lado de entre la horda de jóvenes y dándole un manotazo.

—¡¿…Yo por qué?! —le replicó, sobándose el brazo, y entonces el grupo congregado se fue haciendo a un lado, abriéndole paso al joven guía junto con otro hombre, que de inmediato separaron a los muchachos y se los llevaron.

Las chicas descubrieron con sorpresa que uno de los involucrados en la pelea era Demian al ver que era conducido hacia una de las cabañas junto con otro chico, cuya mirada salvaje les provocó escalofríos.

—¡Atención todos! Lamentamos el incidente de hace un momento y esperamos que no se repita. Ahora pasaremos a las cabañas a desempacar y en cuanto llegue el último autobús haremos un recorrido de reconocimiento —anunció la guía Luna, indicándoles que la siguieran hacia el interior de las cabañas.

Cada cabaña tenía capacidad para albergar a veinte personas, constando de cinco literas dobles a la derecha y otras cinco a la izquierda. Las chicas al frente se miraron como si estuvieran pensando lo mismo y en una fracción de segundo se lanzaron a la carrera para apropiarse de las camas de su elección hasta que fueron ocupadas en su totalidad. Las cinco chicas no llegaron siquiera a parpadear cuando se dieron cuenta de que se habían quedado fuera de la repartición junto con otras más detrás de ellas.

—No se preocupen, aún quedan cabañas desocupadas —dijo Luna para tranquilizarlas, y al salir pudieron captar un atisbo de Kristania cerca de la litera que había ocupado, con expresión burlona y triunfante.

En la siguiente cabaña procuraron mantenerse avispadas, así en el momento en que la guía dio la señal, las cinco corrieron a las más próximas a la puerta, y Marianne notó que las demás habían ocupado las otras literas.

—…Cielos, muchas gracias, nuevamente me dejan sola.

Ellas se miraron, dándose cuenta de que habían repetido la misma distribución que en el autobús.

—¿Quieres cambiar lugar conmigo? Yo soy la anexada aquí de todas formas —se ofreció Lucianne desde la cama de junto.

—No, está bien así. De esa forma puedes conocerlas mejor —decidió ella, dando un suspiro. Lilith bajó de un salto desde la litera de arriba y se sentó junto a ella.

—No te sientas mal, podemos ir rotando turnos por día. Hoy te toca en esta cama, pero mañana me toca a mí, y así con cada una, ¿qué te parece?

—Si están todas de acuerdo…

Lilith la rodeó con un brazo y la estrechó con fuerza.

—¡Está decidido! Ahora… ¿qué te parece una explicación sobre Lissen Rox? —agregó entre dientes, manteniéndola atenazada con su brazo para que no escapara, y ella no tuvo más remedio que confesar, con algunas omisiones.

—…Fue la primera vez que Samuel descubrió que podía transportarse —comenzó a explicar, una vez que la cabaña se había vaciado y únicamente quedaban ellas dentro–. Resultó que él era la víctima.

—¿Eso fue todo? —inquirió Lilith, entornando los ojos como si esperara más.

—¡Si preguntas por el video, obviamente tiene cosas que nunca ocurrieron!

—Pero sabías de mi veneración por él… ¡¿por qué no me llevaron?! —insistió con un puchero, y ella giró los ojos, sabiendo que el momento de seriedad había terminado.

—¡Ah, aquí estaban! —En la puerta vieron asomarse a Mitchell con cautela—. Pensé que debían saber esto, pero Samuel se fue solo al bosque, en busca de un lugar solitario para poder entrenar.

—¡¿Y no lo detuviste?!

—¿…Tenía que hacerlo? —preguntó con prudencia, a lo cual Marianne respondió con un gruñido para a continuación sacar su celular.

—¿Dónde estás? ¿Por qué te fuiste así nada más sin avisarnos? —le reclamó por teléfono ante la mirada intimidada de los demás—. ¿Qué pasaría si alguien te descubriera o peor aún que te perdieras?

No te preocupes, nadie se dará cuenta. Sólo avísame cuando tenga que estar ahí y llegaré a tiempo. Creo que estoy en buen camino de encontrar algo que pueda servirnos.

—¡Pero podrías perderte!

Si eso ocurre, me guiaré de ti.

Ella mantuvo silencio, sabiéndose observada por los demás, y al final dio un suspiro para recuperar la calma.

—…Sólo no te alejes mucho y ten cuidado. —Al terminar la llamada y guardar el celular, se encontró con la mirada expectante de los demás, en especial Angie—. Estará de vuelta a tiempo. Al menos eso dice… y más le vale.

—¿O si no, lo castigarás? —preguntó Mitchell con tono burlón y sonrisa socarrona a lo que ella le lanzó una mirada de antipatía.

—¿Sabes qué ocurrió con Demian? —preguntó Lucianne.

—Justo iba a buscarlo. Síganme.

Afuera, la mayoría de los campistas comenzaba a alternar y conocerse mientras esperaban la llegada del último autobús. Kristania no había perdido oportunidad de hacerse de un pequeño séquito, sumando nuevos adeptos de otros colegios.

Marianne se preguntó qué clase de historia estaría inventándoles ahora, pero decidió no darle importancia y continuar su camino, hasta que llegaron a una de las primeras cabañas a la entrada del campamento. En el interior había un par de camillas separadas únicamente por una especie de biombo, en las cuales tenían sentados a ambos chicos como si fueran pacientes.

Del lado derecho se encontraba Demian, sosteniendo una compresa de hielo contra su mejilla, mientras que el otro chico, aparte de tener también su respectiva compresa en la boca, era vendado de la mano por una mujer que tenía pinta de enfermera. Éste no dejaba de lanzar palabrotas cada vez que la venda le presionaba la mano, a lo cual la mujer le dedicaba miradas de desaprobación. En cuanto escucharon el sonido de la puerta, las miradas se concentraron en ese punto.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Demian, enderezándose sobre la camilla y apartando la compresa de su rostro.

—Estábamos preocupados por ti —respondió Lucianne, decidiéndose a entrar a la cabaña junto con los demás, algo tensos ante la penetrante mirada del otro chico que seguía todos sus movimientos con sus ojos color canela, de modo que sintieron alivio apenas el biombo los obstaculizó de su vista—. ¿En qué estabas pensando al ponerte a pelear a unos segundos de llegar al campamento?

—Yo no fui el que inició.

—Pues el rostro y la mano de ese chico tampoco indican que hayas hecho mucho por no caer en su provocación —comentó Marianne.

—¡Sólo lo detuve! —aclaró él, intentando justificarse.

—¿Por qué sigues ahí? ¿No piensas entrar? —preguntó Lilith al notar que Mitchell continuaba en la puerta, dando vueltas algo inquieto.

—Ahm… estoy bien aquí —dijo él, volteando el rostro como si intentara ocultarlo y dándoles la espalda, lo cual les pareció una actitud bastante extraña de su parte. Del otro lado del biombo alcanzaron a escuchar al otro chico recitar una nueva retahíla de improperios, generando reacciones de incomodidad entre ellos, hasta que finalmente la enfermera salió de ahí.

—¿Tienes que quedarte aquí más tiempo?

—Nos dijeron que debemos esperar a que el coordinador hable con nosotros —explicó Demian con reticencia y entonces el chico de al lado rió—… ¿Qué es tan gracioso?

El muchacho apartó el biombo. En su rostro se había dibujado una sonrisa cínica.

—¿Es en serio? ¿Te has escuchado acaso? —inquirió el chico con una expresión que delataba su insolencia, desde sus agudos ojos canela hasta el cabello color caoba que le llegaba a los hombros y mantenía recogido en una coleta rebelde—. Seguro has de ser el típico hijo de papi que no se atreve a llevarle la contraria a algún adulto.

—¡Hey, tú no lo conoces, no le hables así! —le reclamó Lucianne a la defensiva. El chico la miró fijo, con un semblante serio hasta que volvió a sonreír.

—…Corrijo entonces, el hijo de papi que necesita que su novia lo defienda.

—¡No soy su novia! —replicó ella rápidamente y él pareció satisfecho.

—Ah, es bueno saberlo —añadió el chico, acentuando su sonrisa descarada, tras lo cual se levantó de la camilla y se dirigió a la salida con aire sobrado. Apenas llegó a la puerta, pasó el brazo encima de Mitchell y le dio unas palmadas en el pecho como si fuera un viejo conocido—. Interesantes tus amigos, Mitchelín. Me sigues debiendo un favor.

Tras decir esto, les dirigió una última mirada a los demás, posándose finalmente en Lucianne, a quien le guiñó un ojo para desconcierto suyo y se marchó de ahí, dejando a todos confundidos y a Mitchell tenso, como si fuera un niño descubierto en una travesura.

—¿Qué significa eso? ¿Lo conoces?

—Sí, bueno… él… —balbuceó Mitchell hasta terminar suspirando—. Es mi primo. Fue quien me ayudó a sacar sus identificaciones.

—Tu primo el hacker es ese pandillero —reiteró Marianne.

—…Sí, básicamente.

—¡Es definitivo que eres un idiota! ¿Cómo te atreves a poner nuestros datos personales a disposición de alguien así? ¿En qué estabas pensando?

—En realidad no lo pensé —respondió con sinceridad, riendo como si fuera lo único que le quedara hacer, provocando un mayor enfado en Marianne.

—Es a él a quien le debes un favor —dijo Demian y Mitchell lo observó, temeroso de su reacción, pero él sólo lo miró fijamente, enarcando una ceja.

—¡…Pero ya te dije que si te molesta, no hago nada!

—No es a mí a quien debes preguntarle —reiteró él mientras las chicas los observaban, tratando de seguir el flujo de información.

—¿De qué están hablando?

—Bueno… ¿cómo les explico? La razón por la que él me siguió hasta aquí fue para cobrarse el favor, y… básicamente el pago que pide es… que le presente a Lucianne.

—¿Eh? ¿Yo qué tengo que ver en esto? ¿Por qué querría conocerme a mí?

—¿De verdad es necesario explicártelo? —espetó Lilith.

—Eso no tiene importancia, porque Mitchell no le va a presentar a nadie… ¿verdad? —remarcó Marianne, señalándolo amenazadoramente y él se limitó a cerrar la boca, sabiendo que cualquier cosa que dijera le resultaría contraproducente en ese momento—… Andando, salgamos de aquí.

—¿No vienes? —preguntó Lucianne al ver que Demian no se movía de la camilla.

Tenía expresión de disgusto por más que intentaba no demostrarlo.

—No, adelántense, yo esperaré a que venga el coordinador.

Finalmente salieron de la cabaña y apenas se vio solo, Demian se llevó la mano al rostro para verificar que hubiera bajado la hinchazón y después miró de reojo a la otra camilla donde minutos antes había estado el chico con el que había tenido el enfrentamiento. Odiaba reconocerlo, pero aquel chico tenía razón en algo. Aunque una parte de él deseaba marcharse de ahí con la misma despreocupación, la otra parte acostumbrada a seguir las reglas se lo impedía, logrando únicamente que aquella frustración se manifestara a través de su creciente mal humor. Detestaba sentirse así y no poder hacer nada para contrarrestarlo. Lo único que funcionaría quizá sería descansar un poco, y para eso necesitaría sus pastillas.

—Parece que ya llegaron los que faltaban —comentó Angie al notar que un nuevo grupo de jóvenes iba adentrándose en el campamento acompañado de los guías.

—No deben tardar entonces en agruparnos para el recorrido.

Marianne se dedicó a enviarle mensajes a Samael para que regresara cuanto antes, mientras observaban cómo los recién llegados eran también conducidos a las cabañas que quedaban desocupadas.

—Uy, creo que ya le va a tocar el sermón —apostilló Mitchell al ver que un hombre se introducía en la cabaña principal donde habían dejado a Demian.

—No es justo que él cargue con toda la culpa —se quejó Lucianne—… Deberías hablar con tu primo, Mitchell, hacerlo entrar en razón.

—Créeme que lo he intentado muchas veces, pero es como hablarle a una pared.

—Quizá el problema es que nadie se ha molestado en ponerlo en su lugar. A veces una buena reprimenda podría ser de ayuda para poner las cosas en perspectiva —intervino Marianne, verificando su celular por si tenía noticias de Samael.

—Si quieres intentarlo, adelante, ¿trajiste las fustas?

Ella le dedicó una mirada de fastidio mientras él sonreía de forma juguetona.

Mientras iban agrupándose con el resto de los campistas, Demian se unió a ellos con gesto sereno, la furia previa ya disipada.

—¿Qué ocurrió? ¿Qué te dijeron?

—Simplemente que me mantuviera alejado de ese chico, y que, si volvía a ocurrir algún percance entre nosotros, tendrían que dar aviso a nuestros padres y posiblemente expulsarnos del campamento.

—Nada mal para el primer día, ¿eh? —bromeó Mitchell, dándole unas palmadas, y él tan sólo le lanzó una mirada de encono.

—No vuelvas a acercarte entonces a él. No queremos que te expulsen —aconsejó Lucianne. Entonces notó que más adelante estaba aquel chico, apostado en un árbol con los brazos cruzados y alejado del montón, mirando fijamente hacia ella de una forma tan intensa que resultaba imposible ignorarlo, y por más que desviaba la mirada, aún así seguía sintiendo aquellos ojos canela fijos en ella, incomodándola.

—¿Te sientes bien? —preguntó Marianne al notar su repentino cambio de talante.

—…Sí, claro, sólo es la expectación —respondió ella con una sonrisa forzada, aunque su prima no lo creyó del todo. Expandió su vista más adelante y entre toda la congregación de muchachos había un solo par de ojos que miraban en dirección a Lucianne con insistencia. Ni siquiera se preocupaba en disimularlo; el chico de chamarra negra y franjas rojas parecía determinado a hacerse notar.

—¡Muy buenos días a todos! Sean oficialmente bienvenidos a nuestro campamento de primavera. —La voz de la guía, Luna, retumbó a través de las bocinas instaladas en el poste que se alzaba al centro del lugar. Justo ahí, encima de una improvisada plataforma, se encontraba ella junto con el otro asesor y tres personas más que ella presentó como encargados del campamento.

A continuación, enumeró las reglas y el itinerario que llevarían diariamente. Su horario iniciaba a las ocho de la mañana con el desayuno y a partir de las nueve tenían planeadas varias actividades a realizar con ellos, con una pausa para el almuerzo y hasta las ocho de la noche, hora en que servirían la cena, después de lo cual eran libres de participar en la fogata o descansar en sus respectivas cabañas. Entre sus reglas destacaban la prohibición de visitar las otras cabañas de noche, así como los paseos nocturnos que estuvieran fuera de los límites del campamento; también hizo énfasis en que no tolerarían la agresión entre compañeros y que debían participar en todas las actividades programadas.

—¿Me perdí de mucho?

Samael ya estaba parado junto a ellos, como si todo el tiempo hubiera estado ahí.

—¡Estábamos preocupados! —exclamó Angie con gran alivio al verlo.

—Tardaste —fue lo único que Marianne enunció al darse la vuelta para confrontarlo.

—Quise regresar usando el mismo camino que tomé para asegurarme de que era el correcto, así no nos perderemos —explicó él, manteniendo su postura relajada.

—Pues espero que puedas igual guiarnos de noche, porque sólo tendremos tiempo disponible después de las ocho.

—Estaremos ocupados el resto del día y debemos participar en las actividades.

—Eso no me lo esperaba —dijo él, tratando de meditar alguna solución, aunque eso no parecía mermar sus ánimos—. No importa, podremos ajustarnos al horario. Si tiene que ser en la noche, de noche será.

—¡Totalmente de acuerdo! De noche pueden ocurrir muchas cosas interesantes, si entiendes lo que digo —añadió Mitchell, guiñando un ojo y esbozando una enorme sonrisa que enseñaba los dientes, aunque Samael realmente no sabía lo que eso significaba y Marianne respondió con un manotazo entre sus costillas.

—¡Deja de ser tan enfermo!

—Muy bien, ahora que ya conocen el reglamento, acompáñenme a conocer el resto de las instalaciones y el terreno del campamento —intervino ahora Benny, el asesor de los chicos, tomando un megáfono y comenzando a caminar a través del lugar, pasando por el área de los dormitorios, conformada por doce cabañas equidistantes.

Más adelante llegaron al área del comedor que era una especie de granero totalmente equipado con su propia cocina y sus mesas de picnic distribuidas de forma organizada, con un estrecho espacio vacío al centro, el cual más tarde se enterarían era para separar a los chicos de las chicas. Detrás del comedor se encontraba el área de juegos, el cual era una extensión de terreno del tamaño adecuado para organizar una carrera o competencia de algún tipo.

A continuación, había una pequeña zona justo en el límite que colindaba con el bosque, rodeada de los árboles suficientes para dar la ilusión de estar internados en él. En el centro de ésta había una línea de rocas para la fogata.

—Ahora, si me acompañan, podrán conocer por último uno de nuestros principales atractivos en el campamento —continuó el joven, animándolos a seguirlo a lo largo de un camino que conducía a través del bosque hasta un punto en el que no lograban atisbar más allá pues parecía descender en una pendiente.

—¿No les emociona? ¡Es como estar adentrándose en una aventura en plena naturaleza! —declaró Lilith encantada. Marianne, por lo contrario, no parecía del todo entusiasta, al grado de que apenas pusieron un pie fuera del terreno para adentrarse en el bosque, se bajó las mangas y se colocó la capucha del suéter, bajándola lo suficiente para que le cubriera el rostro, procurando ir al centro del grupo.

Los chicos la contemplaron intrigados, pero no se atrevieron a hacerle algún comentario, así que se mantuvieron en la misma formación, siguiendo al grupo con el guía por delante, aunque Marianne parecía más alerta que nada y al menor ruido o movimiento de la maleza se sobresaltaba.

—Cielos, cualquiera diría que te dan miedo unas cuantas plantas.

—…No precisamente —replicó ella, observando con atención el suelo que pisaba.

—Tranquila —murmuró Samael, colocándose detrás para que supiera que estaba ahí para apoyarla.

Demian iba más atrás, tampoco muy entusiasmado por todo el asunto del campamento, y tomando en cuenta los recientes acontecimientos cualquiera diría que ese día se había levantado con el pie izquierdo y sólo le hacía falta un empujón más para convencerse de ello. No pasó ni un minuto y escuchó un alboroto más delante. Levantó la vista extrañado y a continuación vio a Marianne retroceder, agitando el brazo con desesperación.

—¡Quítenmelo, quítenmelo! —exclamó ella con apuro, intentando sacudirse de encima un escarabajo que se le había quedado prendido de la manga.

Los demás intentaban ayudarla, pero no se quedaba quieta. El resto de los campistas comenzó a voltear, curiosos por saber lo que estaba ocurriendo. Demian intentó detenerla, pero ella volvió a sacudir el brazo, propinándole un tremendo golpe directo a la mandíbula que lo hizo recular un par de pasos. Samael consiguió finalmente inmovilizarla y quitarle aquel bicho de encima, tras lo cual ella se calmó de inmediato.

—¿Qué demonios te pasa? —preguntó Lilith una vez que la vio recobrar la calma.

—…Odio los insectos, no soporto tenerlos cerca.

—Ah, pues mira nada más a dónde viniste a meterte, el reino de los insectos.

Ella bufó ante su comentario a la vez que trataba de recuperar la compostura al notar que tenía varios ojos curiosos encima.

—¿Todo bien ahí atrás? —se escuchó el potente megáfono desde la parte de adelante, y ella dio un suspiro, consciente del espectáculo que acababa de dar y que seguramente la perseguiría durante todo el campamento.

Lo único que pudo hacer fue alzar la mano para indicar que estaba bien y terminar con ese asunto lo más rápido posible. No le extrañó escuchar algunas risas adelante, pero no podía hacer nada al respecto. Entonces recordó que en su desesperación por deshacerse de aquel bicho había golpeado a Demian accidentalmente, así que volteó avergonzada hacia él.

—¿Te lastimaste? —preguntó Lucianne mientras él se descubría el rostro, mostrando que el corte que tenía en el labio se había vuelto a abrir.

—Parece que hoy no es tu día, ¿eh? —comentó Mitchell, tomándolo a la ligera. Una mirada de él bastó para indicarle que no estaba de humor.

—…Lo siento —se disculpó Marianne, visiblemente avergonzada—. Fue un accidente. Aunque si lo quieres ver de esta forma… así ya quedamos a mano.

Él la observó como si no le hiciera gracia, pero terminó sonriendo levemente y alzando la mano hacia el corte para sentir el borde de la herida, verificando que no estuviera sangrando de nuevo.

—A estas alturas creo que ya me sales debiendo —replicó él, llevándose las manos a los bolsillos y retomando la marcha.

—¡¿Deberte?! —exclamó ella en tono de protesta, pero como no tenía argumentos para rebatirlo, simplemente refunfuñó y también continuó el camino.

El final del sendero estaba ya muy próximo y los que iban hasta el frente comenzaban a bajar por el declive. Marianne seguía alerta por cualquier otro insecto que le diera por prenderse de ella, pero mientras contemplaba a su alrededor comenzó a tener una sensación de déjà vu, como si ya hubiera estado ahí antes. Intentaba acceder a sus recuerdos, pero su memoria no se lo permitía, y sin saber por qué, su cuerpo había comenzado a tensarse.

Conforme avanzaba hacia el declive, aquella sensación agobiante crecía cada vez más, produciéndole escalofríos, y en cuanto llegaron al borde y vio lo que había al final del camino, se detuvo como si hubiera chocado contra una pared invisible.

—El lago Tokenblue ha estado aquí varios miles de años según se tiene calculado. Posiblemente han escuchado hablar de él, una de sus principales características es que de noche las piedras del fondo brillan por un efecto refractario con la luz de la luna, haciendo que la superficie del lago se llene de luces de colores —relató el joven guía, colocándose al frente, sobre el pequeño muelle de madera que estaba encima del lago—. Muchos han intentado examinarlas, pero una vez que las rocas salen del lago pierden su iridiscencia y por más que intentan colocarlas en otro tipo de agua no la recuperan. Por otro lado, tampoco los análisis del agua han arrojado resultados fuera de lo común, así que éste es realmente un lugar muy especial que no puede ser explicado ni duplicado.

Los muchachos se acercaron con curiosidad para observar el lago más de cerca, mientras que Marianne comenzaba a retroceder con el rostro demudado de color y la respiración pesada.

—¿Qué tienes? Estás pálida, ¿te sientes mal? —preguntó Lucianne y los demás también voltearon, notando su rostro lívido como el papel.

—Yo… no me siento muy bien. Creo que mejor regreso a la cabaña.

—Te acompaño —se ofreció Samael.

—¡Yo también voy con ustedes! —dijo de pronto Angie, avanzando hacia ellos—. Ya saben, por si necesitan ayuda.

Los chicos los vieron alejarse con una mezcla de preocupación y extrañeza mientras Demian los siguió con la vista.

—Demian, estás sangrando —señaló Lucianne y él se frotó la boca, descubriendo que su corte había empezado a sangrar de nuevo. Ella sacó un pañuelo para limpiar su herida, pero él la detuvo con suavidad.

—…Gracias, yo puedo hacerlo —dijo él, tomando el pañuelo.

Lucianne bajó las manos algo vacilante y terminó entrelazándolas hacia adelante, desviando la vista. Fue así que notó que el chico de la chamarra continuaba observándola fijamente. Ella frunció el ceño y miró hacia otro lado, sintiéndose cada vez más incómoda.

—No tienes fiebre —aseguró Angie con un termómetro digital mientras Marianne se había recostado en su litera—. Quizá simplemente fue una baja de presión.

—Sí, tal vez fue eso —aceptó ella, con el color de vuelta en su rostro, aunque conservaba el gesto azorado.

—Estarás bien —dijo Samael—. Recuerda que no tienes nada qué temer.

—…No tengo nada que temer —repitió ella como mantra. Angie regresó, llevando un vaso con agua, y se detuvo a contemplarlos.

—Creo que alguien debería avisar a los demás que estás bien, para que no se preocupen. ¿Puedes hacerlo, Samuel?

—Claro. ¿Necesitas algo más? —preguntó, solícito, y Marianne negó con la cabeza.

—Sólo diles que necesito descansar un poco, eso es todo. Supongo que los veré al rato en el almuerzo.

Él asintió con una sonrisa confortadora para después salir de ahí.

—…Es muy protector contigo, ¿no es así?

—Es su deber después de todo —respondió ella inadvertidamente, antes de darse cuenta de lo que había dicho—. Es decir… como es casi de la familia, mi papá le ha hecho prometer que me cuidaría en todo momento. Siempre ha sido así.

—Oh… Quieres decir entonces que lo hace por costumbre.

—Sí, se podría decir —concluyó ella, dando un suspiro de alivio. Eso estuvo cerca. Miró de nuevo a Angie, que se había puesto a acomodar las sábanas como si no supiera qué más hacer—. Oye, Angie… ¿acaso te gusta Samuel?

Ella reaccionó nerviosa ante aquella pregunta.

—¿Por-por qué lo preguntas? ¿Qué te hace pensarlo? O sea… es lindo, claro, cualquiera puede darse cuenta de eso… y además de todo es muy amable…

—¡Te gusta! —reiteró Marianne con mayor convencimiento y Angie se ruborizó.

—…Lo dices como si no debiera.

—No es que tenga algo de malo —aclaró ella, tratando de corregir su anterior reacción, pero a la vez consciente de que debía hacer algo sobre ello—. Solamente no quisiera que salieras lastimada.

—¿Por qué habría de salir lastimada? ¿Sabes algo sobre él para decirlo?

—No me refiero a que él haría algo intencional para herirte, sólo que… no creo que tenga ese tipo de interés por nadie en especial.

Al ver que Angie la miraba cada vez más intrigada, trató de pensar en algo que no sonara sospechoso.

—¡Pero, hey, ésa es sólo una opinión mía! Sólo lo digo porque no me gustaría que te ilusionaras de más.

—No te preocupes. No puedo evitar que me guste, pero entiendo que él es igual de amable con todos y después de Aldric… bueno, simplemente me basta con verlo y tenerlo cerca —aclaró Angie mientras jugueteaba con sus dedos—. ¿Podrías por favor… guardar el secreto?

—Está bien. Aunque no soy la única que se ha dado cuenta, digo… no eres precisamente muy discreta al respecto.

—¿En serio? ¿Soy tan obvia?

Marianne le dedicó una mirada que hacía evidente su declaración, provocando que enrojeciera más de lo que ya estaba. Por otro lado, trató de pensar de qué forma podría hablar con Samael sobre el tema. Una cosa era que Angie estuviera consciente de que posiblemente no fuera correspondida, y otra permitir que Samael siguiera ilusionándola sin darse cuenta. Sólo debía encontrar el momento adecuado para hablar con él.

Esa noche les dieron indicaciones a todos de asistir a la primera fogata de bienvenida, pero según palabras de Samael no podían desaprovechar el valioso tiempo que les quedaba en la noche, así que idearon un plan sencillo en el que se atrasarían a propósito mientras el resto de los campistas se dirigía a la zona de la fogata y le pedirían a Demian que se adelantara para luego alcanzarlo.

—¿Están seguros de que ya no hay nadie cerca? —preguntó Marianne, observando vigilante a su alrededor una vez que salieron de la cabaña de forma cautelosa. Se había cubierto de pies a cabeza, esperando no pasar por otro momento bochornoso.

—No, ya todos están en la fogata, y si se preguntan por nosotros, ya hemos acomodado las camas para que parezca que estamos en ellas.

—Es una verdadera pena. Yo sí moría por asistir a la fogata, comer malvaviscos y contar historias de terror —se lamentó Lilith mientras observaba a lo lejos la luz en tonos naranjas desde aquella zona del campamento.

—Quizá podamos tomarnos una noche libre un día de estos.

—Si no mejoramos, no cuenten con eso —intervino Samael, pasando de largo en dirección contraria como si estuviera haciendo unos cálculos mentales.

—…Qué pocos ánimos nos das.

—¿Creen que podamos mantener este mismo ritmo todos los días? Una vez que no aparezcamos en la fogata es comprensible, pero que no vayamos nunca puede resultar algo sospechoso.

—Quizá lo ideal será que al menos hagamos acto de presencia unos minutos y luego vayamos desapareciendo poco a poco —sugirió Marianne, colocándose un gorro con alas laterales que le cubrían las orejas.

—Eso lo decidiremos mañana. Ahora debemos encaminarnos —indicó Samael.

—¿Ya revisaron las demás cabañas por si alguien se quedó atrás? —preguntó Lucianne con un dejo de paranoia.

—No queda nadie, comprobado —afirmó Mitchell, levantando la mano.

—Entonces no hay más tiempo que perder, síganme —repitió Samael, yendo en dirección hacia el límite entre el campamento y el bosque.

Los demás comenzaron a seguirlo, aunque Lucianne no pudo evitar dar un último vistazo, aún sintiéndose vigilada, hasta eventualmente darse la media vuelta y correr para alcanzarlos, internándose en el bosque con ellos.

Unos segundos después, unos pies se detuvieron justo donde ellos se habían introducido. Aquella figura no lo meditó mucho, pues acto seguido se adentró de forma sigilosa, siguiendo sus pasos muy de cerca.


SIGUIENTE