23. DOPPELGÄNGER AL ACECHO
Guiaron a Demian a su habitación, y Frank tuvo que prestarle ropa a regañadientes ya que eran de la misma talla y él aún no estaba listo para volver a casa. La ropa de Frank le sentaba bien, pero no se sentía cómodo con ella; su estilo de vestir oscuro y tosco no hacía más que recordarle su propio origen igual de oscuro.
—¿Qué pasó en la Legión de la Oscuridad? —preguntó Samael tras concederle unos minutos de asimilación. En vez de sentarse, Demian observaba al exterior por la ventana mientras se sostenía el cuello con la mano.
—Si se preguntan si llegué a hablar con mi padre, ni siquiera pude verlo —respondió él—. El demonio de humo me dejó ahí solo en cuanto llegamos y tras unos minutos merodeando por el lugar, fui atacado. No recuerdo más después de eso.
—¿Quién te atacó y por qué? —preguntó Marianne, pero él no respondió. Siguió pasándose la mano por el cuello, recordando aquellos ojos ámbar brillando en la oscuridad justo antes de atacarlo. Y luego todo negro. No tenía idea de qué había pasado en el lapso que había perdido la conciencia y mucho menos de qué forma había llegado ahí.
Finalmente dio un suspiro y volteó hacia ellos, quitándose la mano del cuello, de forma que todos pudieron notar las marcas de dedos que le habían quedado impresas.
—Honestamente, no conozco el motivo por el que fui atacado, pero no ha sido la primera vez. Al parecer, así como hay demonios que desean mi regreso, hay otros que me quieren ver muerto.
—Debe doler que hasta los de tu propia especie te rechacen. Deberían escribir tu historia, serías como un Oliver Twist demoníaco —comentó Frank con sorna y los demás le lanzaron miradas de advertencia. Demian, sin embargo, optó por ignorarlo.
—¿No recuerdas cómo llegaste hasta aquí? —preguntó Samael, tratando de enfocarse en el hecho de que había sido expulsado de un portal que apareció de la nada.
—Por más que me dicen sobre el agujero en el cielo, en realidad no lo recuerdo. No sé cómo es que apareció, ni sé cómo es que acabé yo ahí. Perdí el conocimiento cuando fui atacado, no tengo idea de lo que pasó después —aseguró Demian, volviendo a llevarse la mano al cuello inconscientemente. Samael ladeó la cabeza, observando con interés las huellas que le habían quedado marcadas.
—¿…Me permites?
Demian vaciló al principio ante aquella petición, manteniendo la mano en el cuello de forma protectora. Pasó la vista por los demás y se detuvo en Marianne, que lo miraba muy seria e intranquila tras ver aquellas huellas, así que lentamente bajó la mano y a pesar de que la idea no le entusiasmaba, terminó por asentir, dando un bufido de mala gana, sentándose en una silla con el cuello al descubierto para que el ángel lo examinara.
Samael colocó las manos en la misma posición de las huellas y sintió un leve choque eléctrico al contacto. Presionó un poco más y Demian hizo una breve mueca de dolor.
—¿Puedo ir yo después de alitas? —intervino Frank, alzando la mano, y Lucianne le dio un leve manotazo en respuesta.
—No es muy grave —determinó Samael, apartando las manos—. Creo que el demonio que te hizo esto no tenía intención de matarte.
—¿Que no tenía intención de matarme? —repitió Demian con incredulidad—. ¿Tú qué puedes saber? No estuviste ahí. Si no lo logró fue porque algo se lo impidió; quizá tenga que ver con ese portal o lo que sea antes de acabar en la playa.
—Solo digo que al menos en ese momento no era su intención hacerlo, me parece más una advertencia —insistió Samael y Demian calló. En tres ocasiones lo había atacado ya el demonio de ojos ámbar, y en las tres había salido vivo. Quería creer que algo le había impedido terminar con lo que había empezado, quizá alguna otra sombra fiel a su padre a punto de descubrirlo lo obligó a abandonar su propósito, pero ahora no estaba tan seguro. Una advertencia. “No debiste volver”.
—¿De qué forma podría ser esto una advertencia?
—Por las marcas que te dejó. Quería que lo tuvieras presente cada vez que las vieras… o que los demás las vieran —respondió Samael, y él volvió a tocarse el cuello, preguntándose si en realidad querría matarlo o sacarlo de la Legión de la Oscuridad.
“No debiste volver”. Y aun así atacar a un bebé indefenso… Ya no sabía qué pensar.
—Quizá Samuel pueda desaparecer las marcas —sugirió Marianne y Demian la miró como si no se esperara su propuesta.
—¿…Cómo?
Samael levantó las manos para ilustrar a lo que se refería.
—No puedo asegurar que vaya a servir de algo, pero puedo intentarlo —agregó el ángel, previendo que no funcionara dado lo inestable que había estado su poder de curación últimamente. Después de todo, sus recientes intentos habías sido un fracaso.
Demian lo pensó por un instante y finalmente pareció aceptar al levantar la cabeza para dejar el cuello al descubierto. Samael volvió a colocar las manos sobre las huellas y esperó a que sus palmas se cargaran de energía.
Hubo silencio por un rato, únicamente interrumpido por una tos fingida de Frank que sonaba algo como “Cof-cof-GAY-cof-cof”.
Demian le dirigió una mirada de disgusto sin moverse siquiera. Marianne solo hizo un movimiento raudo con la mano y una de las almohadas salió volando hasta estrellarse en la cara de Frank. Los demás ahogaron unas risitas, y por un momento, Marianne alcanzó a ver una leve sonrisa asomando en los labios de Demian y eso la complació por alguna razón.
Las palmas de Samael comenzaron a resplandecer y todos callaron y se quedaron quietos. Cuando el brillo disminuyó y él apartó las manos, no parecía muy convencido de que hubiera funcionado, sin embargo, su rostro mostró sorpresa al ver que las marcas habían desaparecido.
—Ya no siento dolor —dijo Demian, moviendo el cuello de un lado a otro y mirando de reojo a Samael, como si lo que diría a continuación le resultara un esfuerzo sobrehumano que fuera a quemarle la garganta—… Gracias.
Se escuchó otra tos fingida con epíteto al fondo de la habitación y una nueva ola de miradas de advertencia se posaron sobre Frank, cerca de la puerta por si tenía que huir.
—¿Qué? ¡Tengo la garganta irritada!
—Creo que deberías descansar —sugirió Lucianne para evitar así que Frank volviera a hacer algún otro comentario ofensivo—. Nosotras estamos en el piso de abajo, por si necesitas algo. Los chicos tienen también habitaciones en este piso.
—Pero a mí no me llames si necesitas algo, supongo que para eso está alitas —agregó Frank y Lucianne le dio un manotazo al pasar junto a él, aunque ni eso lo detuvo de decir algo más antes de salir—. ¡Y no te molestes en devolverme esa ropa, puedes quemarla si quieres!
—¡Te lo juro, Frank, si dices algo más no volveré a dirigirte la palabra mientras estemos aquí! —musitó Lucianne, tirando de él.
—Addalynn, ¿podemos hablar un momento? —dijo Demian antes de que ella saliera y todas las miradas cayeron sobre ellos.
Addalynn no respondió, pero se quedó parada a un lado de la puerta y Marianne miró confusa de ella a Demian hasta finalmente marcharse sin volver la vista hacia atrás. El único que quedó rezagado fue Mitchell, que permanecía apoyado del buró, así que Demian le dedicó una mirada interrogativa.
—…Ah, sí, olvidé explicarte. Verás, me subí al avión haciéndome pasar por ti y me dieron esta habitación pensando que era tú, y como nadie más sabe que estoy aquí tomando tu lugar para así evitarte problemas en la escuela por tu desaparición (En serio, hasta yo me admiro de lo buen amigo que puedo ser, tienes que admitirlo), lo más justo sería que compartamos el cuarto y en agradecimiento a mi sacrificio deberías al menos dejarme a mí la cama, ¿eh? ¿Qué dices?
La mirada irritada que Demian le dedicó fue más que suficiente para indicarle que no estaba de humor para sus ocurrencias, así que, con una ancha sonrisa, Mitchell se dirigió a la puerta como si nada.
—…Pero bueno, supongo que unos minutos a solas no se le niegan a un amigo. Me iré a dar una vuelta por ahí y… me llevaré las llaves para volver al rato. ¡Tsk! ¡Nos vemos! —salió de ahí, guiñándole un ojo antes de cerrar la puerta, quedándose él y Addalynn finalmente solos.
—¿…Cómo está Vicky?
—Cuando la dejé había estado llorando toda la noche —respondió Addalynn.
—¿Y ahora? —volvió a preguntar él y Addalynn simplemente se encogió de hombros—… ¿Qué significa eso? Deberías saber cómo se siente en todo momento.
—¿Qué crees que soy? ¿Su anillo del humor?
—Eres su ángel guardián, se supone que es tu trabajo saberlo —replicó Demian y Addalynn cruzó los brazos indignada, por lo que él dio un suspiro exhausto—… Lo siento, no debí hablarte así. Nada de esto es tu culpa.
—Si tanto deseas saber cómo se encuentra, podrías ir a verla por ti mismo.
Demian calló, con la vista fija en sus manos ociosas. Por supuesto era la opción más lógica, pero…
—No puedo —respondió él, cerrando las manos y viendo el corte recto que tenía en la muñeca; tenía los bordes enrojecidos como si se lo hubiera estado frotando recientemente y optó por girar la mano para no seguir mirándolo—… No después de la carta que le dejé. En este momento debe odiarme.
—No tienes forma de saberlo hasta que no hables con ella.
—Pero tú sabes lo que piensa de los demonios, los aborrece por lo que ocurrió con nuestro padre, y si llegara a enterarse de lo que hice… —de inmediato calló al darse cuenta de que estaba hablando de más. Addalynn lo observó con curiosidad y esperó a que completara la frase, pero él no continuó. ¿Estaría intentando acceder a su cabeza para averiguar el resto? No, los ángeles no podían leer la mente de demonios, una de las pocas cosas de las que se sentía genuinamente aliviado de ser lo que era.
¿Qué estaba a punto de decir? No podía hablar con nadie sobre lo ocurrido con su madre adoptiva. Si se enteraban, su percepción sobre él cambiaría… y ya de por sí sentía a veces que su imagen era irredimible a pesar de la confianza que pudieran tener todavía en él. Addalynn, mientras tanto, seguía observándolo con aquellos ojos de un azul eléctrico que parecía resplandecer en la oscuridad.
—No podrás saberlo hasta que decidas hacerle frente —dijo Addalynn, dando por finalizada aquella conversación, y a continuación salió de ahí, dejando a Demian indeciso y atormentado por la culpa.
Fuera de la habitación se encontró a Samael apoyado de la pared a un lado de la puerta, como si estuviera esperándola.
—Tenemos que hablar.
Addalynn puso los ojos en blanco y continuó caminando, seguida de cerca por Samael.
—Ya no se puede tener un minuto de respiro al parecer —masculló Addalynn, dirigiéndose sin detenerse hacia el ascensor al final del pasillo.
—Aquel portal, ¿cómo supiste que iba a parecer ahí?
—¿Cómo iba yo a saberlo? Me das demasiado crédito.
—Tú fuiste la que nos guió hasta ahí y segundos después apareció ese vórtice que trajo a Demian de vuelta desde la Legión de la Oscuridad; ¿qué conclusión se supone que saquemos de ello? —insistió Samael, tratando de seguirle el paso. Addalynn se detuvo frente al ascensor y volteó hacia él.
—Tú mismo lo dijiste. Fue una casualidad. No hay ninguna conclusión que sacar. Ni siquiera sabía lo que iba a pasar cuando llegué ahí, solo me dejé guiar por un instinto.
—¿Un instinto? ¿Tú no provocaste la aparición de aquel portal?
—Si yo lo hubiera hecho, lo sabría. No tuve nada que ver —respondió ella con total estoicismo. No había forma de saber si estaba mintiendo o no, su rostro no mostraba la mínima vacilación. Un tintineo anunció la llegada del ascensor al piso y ella se introdujo con la cabeza en alto, dejando a Samael de pie frente a este, su mirada trasluciendo la confusión que reinaba en su mente en ese momento—. Deja de complicarte con teorías conspirativas. Hay cosas más importantes en las que enfocarse en este momento.
—¿Como cuáles? —preguntó Samael, pero la puerta del ascensor se cerró, y ella tampoco pareció muy puesta a responder, dejando al ángel con más dudas que antes.
…
Esa noche algunos pudieron dormir plácidamente mientras otros no lo hicieron en absoluto. Como Demian. Había dejado que Mitchell ocupara la cama tras la forzada confesión que le había sacado sobre aquel nuevo poder que había estado usando a expensas de los demás. Así que, mientras este roncaba sonoramente en una posición que lucía bastante incómoda a pesar de disponer de toda la cama para él, Demian había permanecido junto a la ventana mirando al cielo, llevándose por momentos la mano al cuello, aunque ya no le dolía.
No dejaba de pensar en lo que Samael había dicho, que aquello había sido una advertencia. “No debiste volver”. ¿Era acaso quien lo había mantenido fuera de la Legión de la Oscuridad todo ese tiempo? Lo había atacado ya en tres ocasiones, pero no lo había matado. Y lo más importante, había comprobado que continuaba ahí… ¿Habría entonces otro sujeto de ojos ámbar rondando en la Tierra? Un misterio más para agregar a la colección.
Recordó entonces la pequeña cajita de latón que había tomado de aquella habitación y la sacó de su bolsillo. En ella había juntado tanto el medallón como el mechón… Cabello que había pertenecido a su madre, o al menos así lo suponía.
Sacó el mechón y lo acercó más hacia la ventana para poder verlo contrapuesto a la luz de la luna. El color cenizo se aclaraba e incluso resplandecía, como si las hebras mismas estuvieran hechas de plata, pero sin llegar a parecer canas. Trató de imaginarse a la portadora original, pero le era imposible hacerse con una imagen mental de ella. ¿Dónde estaría? …Si es que estaba viva aún. Volvió a ponerlo a contraluz y por un momento logró imaginar una figura sin rostro que abría sus brazos hacia él, y tuvo la esperanza de que un día pudiera también darle forma a aquel rostro que se le negaba por el momento.
—No, no… Te juro que no quería poner la mano ahí… Solo quería ver el collar —balbuceó Mitchell entre sueños. Y el momento fue arruinado.
Demian volvió a guardar el mechón en la cajita, y tras dedicarle una mirada de reprobación a Mitchell que volvía a roncar descuidadamente, decidió salir de la habitación. Caminó por el pasillo hasta llegar al extremo donde se hallaba el ascensor, pero en vez de entrar en él, vio una puerta de cristal deslizante que llevaba a un balcón. Al comprobar que podía abrirla, decidió tomar la oportunidad y salir. Se apoyó en la balaustrada y miró hacia el cielo, únicamente iluminado por la luna. No había estrellas, pero soplaba una brisa refrescante que quizá lo ayudaría a acomodar sus ideas.
Cuando volvió a abrir los ojos, vio un jardín decorativo que se extendía por debajo del hotel, y la primera imagen que mostró su mente fue el de la sangre extendiéndose sobre el verde pasto y unos apagados ojos fijos en él. Por un momento le pareció tan real que contuvo el aliento y retrocedió unos pasos. Aquello había sido una mala idea. Los balcones y él eran una mala combinación, mejor sería regresar…
—¿Tampoco puedes dormir? —Demian volteó con un respingo y vio que Samael había dado un paso el frente, con la mano aún sobre la puerta deslizante—. ¿Intentando recordar o dejar algo atrás?
Demian se enderezó para no mostrar ningún tipo de emoción en el rostro.
—No necesito dormir, solo lo hago por costumbre —aseguró él, llevándose las manos a los bolsillos y encogiéndose de hombros con actitud indiferente.
—Yo tampoco creía necesitarlo, pero si algo me ha enseñado este cuerpo es que a veces debe descansar para recargar energías —replicó el ángel que estaba inusualmente expresivo con Demian, tanto que casi se le ocurrió que podía ser Mitchell practicando su poder—. ¿Puedo quedarme aquí unos minutos?
—Adelante. Yo ya me iba —respondió Demian, dirigiéndose a la puerta.
—El demonio de ojos amarillos… —agregó Samael y él se detuvo ante la puerta de cristal—… lo conoces, ¿verdad?
Debió haberlo previsto. Por supuesto que no era casualidad que de pronto se mostrara tan comunicativo. Deseaba información. Esa era la única razón por la que el ángel osaría dirigirle la palabra.
—¿Es por eso que vienes? ¿Para hablar de ese demonio?
—Yo tampoco podía dormir —replicó Samael con un encogimiento de hombros, como si eso lo excusara, y Demian rio con incredulidad—. ¿Fue él quien te dejó esas marcas en el cuello?
—¿Qué te hace pensar que es el mismo?
—Tu interés por él. Además, está lo que dijo Addalynn, así que pensé que…
—¿Qué dijo Addalynn? —Demian lo interrumpió, sus ojos destellando como si hubiera encendido una llama en su interior.
—Dijo que los demonios de ojos ámbar eran de cuidado.
“Los demonios de ojos ámbar”. Entonces tenía razón, eran más de uno. El que estaba en la Tierra planeando a saber qué y el que seguía en la Legión de la Oscuridad, eso sumaba al menos dos.
—Entonces… ¿es quien te atacó? —volvió a preguntar Samael.
—Ya no estoy tan seguro de que se trate del mismo —respondió Demian dubitativo.
—Es por eso que deseabas tanto saber lo que Loui había visto, ¿cierto? Supongo que tendrás que dar con ese sujeto primero.
—Tus dotes perceptivas me asombran —replicó Demian con sarcasmo, pero Samael no se lo tomó personal.
—Solo digo que tenemos un objetivo en común, así que deberíamos unificar conocimientos acerca de ese sujeto —sugirió Samael, y Demian permaneció junto a la puerta, deteniéndola en el punto medio entre abierta y cerrada, esperando a que empezara a compartir información, pero el ángel parecía estar esperando lo mismo de él, pues permanecieron en silencio el siguiente minuto, en otra batalla de voluntades por quien fuera el primero en ceder. Finalmente, Demian sonrió y terminó de deslizar la puerta hasta abrirla por completo.
—Me lo imaginaba. Hazme saber cuando tengas información que pueda interesarme y entonces tal vez yo considere lo mismo —concluyó Demian, cerrando la puerta y dedicándole una última mirada a través del cristal antes de darse la vuelta y marcharse.
Samael permaneció en medio del balcón, apoyado del barandal. El cielo era oscuro, sin estrellas y sin rastro de las nubes que habían formado el vórtex. Cómo lo había previsto Addalynn, aún quedaba por verse.
…
Belgina se trenzaba el cabello cuando escuchó que tocaran a la puerta y vio primero por la mirilla para asegurarse de quién era.
—¡Limpieza! —dijo una mujer con una sonrisa que mostraba los dientes. Belgina dio un suspiro y dejó pasar a la mujer, asomándose a continuación por la puerta y mirando con cautela a ambos lados del pasillo. Al ver que no había nadie, pareció relajarse y volteó hacia la mujer de limpieza… excepto que no había tal.
—Por favor, nena, solo déjame explicarte por qué lo hice. Ya sé que no tengo excusa, pero… —dijo Mitchell, gesticulando desesperadamente, pero Belgina de inmediato se apartó de la puerta casi de un salto y extendió la mano. Un fuerte ventarrón surgió, aventando a Mitchell fuera de la habitación, dando giros como una hoja al aire hasta estamparse con la pared del frente, quedando de cabeza con las piernas cayéndole por encima. Lo único que alcanzó a ver fue la puerta cerrándose y la escuchó echar el cerrojo.
Todavía aturdido y decepcionado ante su fracaso, escuchó de pronto que la puerta de junto comenzaban a abrirse, así que pasó rápidamente las piernas por encima de la cabeza para que tocaran el suelo y poder ponerse de pie antes de que alguien más lo viera, pero acabó enredado entre sus extremidades.
—¿Se puede saber ahora qué estupidez te traes entre manos? —preguntó Marianne desde su puerta, con los brazos cruzados—. Deberías saber ya que no conseguirás nada atosigando a Belgina. Y mucho menos con tu método tan poco ético basado en engaños.
—¡No era mi intención! Lo único que quería era que dejara de huir de mí como si fuera un monstruo.
—Bueno, pues lo que vimos ayer podría fácilmente haber salido de cualquier pesadilla.
Mitchell dio un suspiro de resignación, consiguiendo por fin ponerse de pie.
—…Solo quiero otra oportunidad —dijo tras sacudirse la ropa y arreglar su copete.
—Tendrás que ganártela —replicó Marianne sin compasión, entrando de nuevo a su habitación con un portazo mientras más puertas comenzaban a abrirse, dificultándole la concentración para salir de aquel apuro. En cuestión de segundos, varias chicas fueron asomándose al pasillo para ver qué ocurría, y únicamente vieron a una mujer del servicio con una antinatural sonrisa de oreja a oreja haciendo una inclinación ante cada chica al ir recorriendo el corredor en dirección al ascensor.
—Olvidé el carrito de la limpieza, lo siento. Olvidé el carrito —repitió una y otra vez hasta llegar al elevador, y cuando este se abrió, se encontró cara a cara con su réplica exacta. La mujer se quedó de una pieza y su doppelgänger sonrió, tirando del carrito que la otra sujetaba para sacarlos del ascensor y poder ocuparlo—. ¡Llegó el carrito, hora de la limpieza! ¡A trabajar, hermana!
Las puertas del elevador se cerraron y la mujer de la limpieza procedió a santiguarse con el rostro aterrado.
…
La ceremonia de apertura tardó alrededor de dos horas, que tediosa al inicio se volvió una tortura que parecía no tener fin. Unos centenares de adolescentes amontonados y de pie mientras escuchaban la monótona voz de un hombre hablando sobre los valores del deporte sano y trabajo en equipo bajo una enorme bóveda de cristal que reflejaba un cada vez más intenso sol era una idea muy mal planeada. Finalmente, el sorteo de equipos determinó que esa misma noche jugarían su primer partido de básquetbol y Samael le dio un codazo a Marianne para señalarle el escudo del equipo que se enfrentaría al de los chicos. Era el mismo que había visto en los recuerdos de Loui. Colegio Valle del Sol. Marianne simplemente asintió en silencioso acuerdo. Tendrían que estar pendiente de sus integrantes.
Buscó con la vista a Demian, y cuando por fin dio con él, ya estaba prácticamente con un pie fuera del edificio, aunque ni siquiera los miró. Algo debió haber pasado en la Legión de la Oscuridad además de lo que les había dicho. Quería hablar con él, pero él no parecía querer lo mismo… Quizá aún no le perdonaba haberle dicho a Samael, después de todo.
Demian volvió a su habitación y lo primero que vio fue una gran cantidad de bolsas reunidas sobre el piso. Al parecer Mitchell había tenido un día muy ocupado mientras ellos se la habían pasado amontonados como ganado durante la inauguración.
—¡Hey, llegas justo a tiempo! Pasa y ponte cómodo que esto te va a gustar —Mitchell señaló una silla rodeada de bolsas con el logo de una tienda departamental.
—¿Qué significa todo esto? ¿Cómo se te ocurre salir de compras? Se supone que nadie sabe que estás aquí, si usaste una tarjeta podrían rastrearte fácilmente —le recriminó Demian y Mitchell tan solo se rio, restándole importancia a sus palabras.
—Tranquilo, mi querido y demoníaco amigo, soy más listo que eso, no hay de qué preocuparse. No usé mi tarjeta, ni siquiera la traje —espetó Mitchell como si estuviera a punto de contar un muy buen chiste (al menos para sus estándares).
—…Yo no traje nada conmigo, así que sé que de mí no la tomaste —dijo Demian, tratando de pensar cómo había hecho esas compras mientras Mitchell no hacía más que sonreír como si disfrutara con ello, sacando algunas prendas de las bolsas.
—¡Mira esto! Es de gamuza. Con esto y un sombrero puesto podría hacerme pasar por vaquero —dijo Mitchell, mostrándole un chaleco con hechura al estilo del viejo oeste, pero de apariencia suave y manejable—. Vi también unas botas con espuelas, pero pensé que ya sería demasiado. ¡Ah! Y unas camisas biodegradables que me parecieron perfectas para algún día de lluvia, para darle a las damas algo atractivo que mirar.
—No has respondido a mi pregunta.
—¡Y esto es para ti! Por ser un buen amigo y permitir que me quede aquí ocupando parte de tu espacio —prosiguió Mitchell, sabiendo que aquello lo sacaría más de quicio, mostrándole un conjunto compuesto de pantalones bombachos con patrones de rombos y tirantes, una camiseta de mangas cortas recogidas, encogida al frente y larga a los lados, y un sombrero fedora forrado con la misma tela que los pantalones. Demian no pudo ocultar su expresión horrorizada. Era como si intentara imponerle su propio estilo.
—…Estás loco si piensas que me pondré eso; antes prefiero seguir usando la misma ropa toda la semana —replicó Demian, mirando las prendas como si fueran radiactivas.
—Supuse que despreciarías mi regalo desinteresado —dijo Mitchell, fingiendo indignación y regresando la ropa a su bolsa—. Y como sé que en estos momentos estás de capa caída y básicamente traes esta vibra de huérfano sin hogar que no tiene a dónde ir, te conseguí algunos conjuntos alternativos que son más de tu aburrido estilo.
De otra bolsa sacó más prendas que, tal y como había dicho, se aproximaba más a su gusto, y aunque Demian pareció realmente interesado al principio, enseguida dudó.
—…Un momento, ¿es acaso una treta para hacerme pagar luego por todo de alguna forma? Porque sabes que justo ahora estoy prácticamente quebrado, ¿cierto?
—¡Relájate! Ya te dije que no tienes nada de qué preocuparte. Este es un obsequio de mí para ti; acéptalo, por favor, no desprecies mi muestra de gratitud —insistió Mitchell, ofreciéndole el par de bolsas que contenía la ropa.
Demian tardó un momento en decidir si era sincero y lentamente estiró la mano hacia las bolsas con cautela para luego apartarse, como si esperara algún movimiento en falso, pero Mitchell se mantuvo sonriente y solícito.
—…Ya lo acepté, ¿contento? ¿Me dirás ahora de dónde sacaste el dinero?
La sonrisa de Mitchell se extendió aún más y sus ojos brillaron de entusiasmo. Se llevó una mano al bolsillo y con un movimiento rápido sacó una tarjeta que exhibió como si fuera un trofeo muy difícil de conseguir.
—La tarjeta de mi hermana. Nunca sale sin ella —dijo él como si fuera un comercial.
—¿Cómo…?
—Cuando los llevaron a la inauguración del evento, los seguí de incógnito; esperé unos minutos a que se formaran en grupos y una vez que el discurso aburrido comenzó, me interné y caminé erráticamente hasta llegar a ella, fingí que chocamos y mientras se impulsaba con dramatismo hacia el frente, tomé su cartera y huí de la escena —explicó Mitchell con tanto orgullo que tal pareciera que estuviera relatando una gran hazaña para acabar ganando la medalla de oro en hurto con obstáculos.
—¿Y lo dices tan tranquilo? ¿Crees que ella no se dará cuenta tarde o temprano?
—No hay problema, se la devolveré a la menor oportunidad y cuando le llegue el estado de cuenta a mi padre a fin de mes y ella intente alegar que le robaron, hay un video en cierta tienda departamental donde se le puede ver comprando alegremente —finalizó Mitchell, haciendo girar la tarjeta en sus dedos y volviendo a guardarla en su bolsillo, completamente satisfecho con el resultado.
—…Solo porque no pienso usar la ropa de Frank y ya me empieza a incomodar la que llevo puesta —dijo Demian, dirigiéndose al baño con las bolsas—. Tengo partido al rato, así que no estaré de vuelta quizá hasta muy tarde. Hagas lo que hagas no te dejes ver, y sobre todo, no se te ocurra ir por ahí haciéndote pasar por mí.
—Descuida, creo que cada vez me voy haciendo más experto en esto de transformarme en alguien más —respondió Mitchell, muy seguro de sí, aunque Demian tenía sus dudas.
…
Esa noche ambos equipos disputarían sus partidos en el mismo lugar, y ya que las chicas jugarían primero, los demás esperaban en las gradas a que el juego empezara. Los muchachos del equipo ocupaban los lugares más próximos a las bancas, y como para hacer más obvia la alienación a la que tenían sometido a Demian, todos platicaban entre ellos, excluyéndolo por completo mientras él permanecía a un lado del grupo, dejando un visible trecho entre ellos, con la vista fija en la cancha donde las chicas se preparaban para el partido. Entonces alguien tomó asiento en ese espacio que había dejado.
—¿Crees que te dejarán jugar siquiera? —Demian se negó a responder o a voltear; ya sabía de quién era esa voz—. He escuchado a los demás, no te darán el balón mientras lo tengan en su poder. El entrenador también está consciente de ello y ahora debe estarse preguntando si hizo bien en incluirte en el equipo después de todo.
—¿Qué quieres, Dreyson? —preguntó finalmente con la mandíbula tensa—. Si eso ocurre, ¿a ti qué más te da? Tienes lo que deseabas, ¿no? ¡Oh, es cierto! No eres capitán, olvidaba ese pequeño detalle. —Al decir esto, giró el rostro para ofrecerle una mirada gélida—… Supongo que simplemente no eres tan bueno como creías serlo. Dos lugares obtenidos porque renuncié y el tercero porque fui saboteado por mi propio equipo. Espero que te sientas satisfecho con esos logros. Disfrútalos, te los he regalado.
Ahora le tocó el turno a Dreyson de quedarse callado con el rostro parco y ojos que destellaban a través de los contactos. Demian deseó que hiciera algún movimiento, algo que justificara las enormes ansias que empezaba a sentir. Su cicatriz palpitaba, y sin duda no tardaría en escocerle, amenazando su autocontrol. Sin embargo, Dreyson no se movió, al contrario, terminó esbozando una sonrisa como si hubiera obtenido la reacción esperada.
—…Nada de lo que he obtenido ha sido un regalo —replicó él, levantando la barbilla y yendo a sentarse en otro lado, dejando a Demian con las manos empuñadas por la furia.
Si su propósito había sido sacarlo de concentración antes del partido, lo había conseguido. Había caído en su juego y se recriminaba por ello, pero ya no podía cambiarlo. Siempre resultaba más difícil recuperar el control que perderlo.
—¿Ya empezó el partido? —preguntó Samael, sentándose junto a Angie y Belgina y ofreciéndoles palomitas de maíz con caramelo.
—Aún no, pero ya casi —respondió Angie, aceptando gustosa las palomitas, pero Belgina se negó, mirándolo con recelo.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así? —preguntó Samael, parpadeando confundido.
—Belgina ya no se siente muy segura de que seas realmente tú… o quizá Mitchell haciéndose pasar por ti —dijo Angie y Belgina pareció avergonzada mientras Samael se rascaba la cabeza, como si él mismo empezara a dudarlo.
—No se atrevería a hacer algo así de nuevo, creo que es más listo que eso.
—Pero no dudo que se atreva a aparecerse aquí a pesar de todo —objetó Angie, echando un vistazo a las gradas—. Podría ser cualquiera. Conocido o desconocido.
Belgina siguió su ejemplo y contempló los rostros que la rodeaban, preguntándose quién de ellos podría ser Mitchell, y aquello la inquietó tanto que volvió la vista hacia la cancha, prefiriendo dejar de pensar en ello.
Un silbatazo dio inicio al partido y aunque las chicas parecían perdidas al principio, poco a poco fueron recuperándose durante la primera mitad hasta ponerse a la par con su equipo rival, que coincidentemente también participaba por primera vez en los juegos.
Demian seguía de cerca el partido a la vez que iba estirando la banda elástica de su muñeca, hasta que percibió que alguien se sentaba junto a él y de nuevo sintió su cuerpo tensarse, aguardando algún comentario que le hiciera perder los estribos.
—Hay que admitirlo, Lucianne es la fuerza que mantiene el equipo a flote. —Demian volteó extrañado hacia Frank, a quien menos esperaba ver ahí—. Si por mí fuera, la clonaría y reemplazaría el equipo completo con sus clones… o al menos uno solo para reemplazar a mi prima. No sé qué está pensando el entrenador al dejarla jugar cuando claramente solo perjudica a las demás. Debería pedir cambio por el bien del equipo.
Demian lo miró, empezando a entender el mensaje subyacente de sus palabras. Estuviera leyendo o no demasiado entre líneas, la idea que dejaba entrever le indignaba.
—Solo sé directo. Obviamente no estás aquí por mi compañía.
—Han corrido la voz entre los chicos de que, si te pasan la pelota durante el partido, les harán la ley del hielo. Lo mejor sería que te quedaras en la banca esta vez —dijo Frank con total frialdad y Demian soltó un bufido.
—¿Te han mandado como declaración de guerra? Porque me temo que en ese caso Dreyson ya se les adelantó, así que no me sorprende en absoluto.
—A mí nadie me mandó; solo digo lo que escuché, para que sepas a lo que te atienes si decides entrar a la cancha —replicó Frank con un encogimiento de hombros—… y porque me parece juego sucio, como si eso fuera a darnos la victoria.
Demian levantó una ceja con escepticismo, preguntándose si estaría malinterpretando aquellas palabras, sobre todo viniendo de él.
—¿…Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
—¡Hey, nadie me dice lo que debo hacer! Yo hago lo que quiero y además voy por la victoria. Tomaré las oportunidades que se me presenten para obtenerla, y si eso significara quedarme con la pelota y no pasársela a nadie, lo haría —espetó Frank con hosquedad.
—Y entonces dejarían de dirigirte la palabra —agregó Demian y Frank volvió a encogerse de hombros con indiferencia.
—Soy un lobo solitario de todas formas —respondió él, poniéndose de pie para cambiarse nuevamente de asiento—. ¡Ni creas que eso significa que ahora me caes bien o algo por el estilo! ¡Para mí sigues siendo un demonio!
—No esperaba menos.
De pronto comenzaron a escucharse gritos ahogados en el público que fueron aumentando hasta unirse en un solo grito histérico.
—Pero ¿qué demonios…? —masculló Frank al voltear en busca del origen de aquellos gritos y encontrar el motivo.
Por la puerta del centro deportivo iba entrando Lissen Rox con el cabello suelto, teñido con toques azul y violeta además de su infalible delineador de ojos que resaltaba sus intensos ojos azul eléctrico; así que la incredulidad al principio había dado paso a los gritos de emoción al correrse pronto la voz de que estaba ahí. Y a pesar de ello, en lo único en lo que Demian podía fijarse era en sus pantalones bombachos de rombos, los tirantes, la camiseta de mangas cortas recogidas, y el sombrero fedora.
—…Ese idiota —murmuró Demian, conteniendo las ganas de estrellar su palma contra su frente. Si lo creía capaz de entender la sutileza de la discreción, claramente le había dado demasiado crédito.
Mientras el recién llegado caminaba confiadamente hacia las gradas y los gritos se iban intensificando a su paso, echó un rápido vistazo entre la multitud hasta dar con tres rostros sentados lado a lado, observándolo con curiosidad en lugar de la devoción que el resto le profesaba. Sonrió y les hizo una seña como si disparara con el dedo, guiñando un ojo. La reacción inmediata fue de locura total, y entre gritos de “Me guiñó el ojo a mí” y “No, a mí” la sorpresa inicial que mantenía a todos paralizados en sus asientos se fue por la borda, dando paso al desenfreno. Decenas de chicas y chicos saltaron de sus asientos y comenzaron a bajar en hordas en dirección a su ídolo, mientras que el blanco de toda aquella locura se detenía al ver de pronto aquella masa de estudiantes bajando como si fuera una jauría y él una jugosa chuleta. Titubeó apenas unos segundos antes de reconocer el peligro que se le venía encima y echarse a correr de vuelta a la puerta, perseguido por un ejército de adolescentes.

Los gritos fueron tan intensos que el partido tuvo que ser interrumpido mientras la multitud salía del lugar. Las chicas miraron hacia la puerta, tratando de descubrir a qué se debía tal alboroto, pero ya el 90% del público se había marchado y las gradas lucían casi vacías. El silbato volvió a sonar para que continuara el partido, y aunque no entendían lo que estaba ocurriendo, volvieron a sus posiciones en la cancha.
—¿Tan malo estuvo el partido que todos se fueron? Eso no da muchos ánimos —comentó Lucianne al finalizar el partido con un 30 – 27 a favor de ellas. Había sido su primera victoria y casi todo su público se había marchado.
—¿Qué importa? Ganamos. Al menos sin tantos gritos ayudó a nuestra concentración —replicó Marianne mientras se dirigían a las bancas y los chicos comenzaban a bajar de las gradas para prepararse para su propio partido.
—Buen trabajo a pesar del tibio inicio —dijo Frank, mostrando el pulgar arriba.
—Al parecer a los demás no les pareció así. —Lucianne señaló hacia las gradas y Frank le restó importancia.
—Eso fue obra de mi primo idiota; ustedes ni se fijen.
—¡Oh, por dios! —exclamó Lilith, corriendo hacia ellas y repitiendo incansablemente la misma cantaleta—. ¡Ohpordiosohpordiosohpordios! ¡Escuché que Lissen Rox estuvo aquí! ¡Entró a ver el partido y por eso eran todos esos gritos! ¿Saben lo que eso significa? ¡Quizá aún no me haya olvidado desde el concurso! ¡Ha estado buscándome todo este tiempo y finalmente ha venido por mí y yo ni siquiera me di cuenta! ¡Me quiero morir! ¡El destino me odia!
—¿Lissen Rox? —Marianne levantó una ceja, considerándolo improbable, y por la cara divertida de Frank supo enseguida qué disfraz había escogido Mitchell esa vez. Solo meneó la cabeza en desaprobación de su nulo sentido común.
—Estén atentos a los chicos del otro equipo —dijo Samael al tomar asiento en la fila del frente junto a las chicas y Frank asintió. Previo a los partidos ya les habían advertido sobre el equipo contrario y la posibilidad de que alguno de los miembros fuera uno de los alumnos atacados en el video que Loui había tomado. Así que debían estar atentos por cualquier moretón inusual en ellos.
En unos quince minutos ya estaba todo listo para que diera inicio el segundo partido. La mayoría del público había regresado tras haber perdido de vista a “Lissen Rox”. Al extremo de su fila se sentó entonces un chico desconocido que se dejó caer en el asiento totalmente agotado y dio una larga exhalación, estirando piernas por delante y espalda por detrás mientras los demás lo observaban con curiosidad. El chico volteó al darse cuenta de que lo miraban y sonrió.
—Lo siento, me perdí su partido —dijo aquel, encogiendo los hombros, y eso fue suficiente para saber de quién se trataba. Marianne puso los ojos en blanco y Belgina enseguida se tensó al otro extremo de la fila.
—No sé cómo tienes el descaro de aparecerte y sentarte aquí como si nada —le espetó Marianne.
—No sé de qué me habla, señorita. Solo vengo desde muy lejos a ver un partido —respondió el otro actuando como si no la conociera y fijando la vista en la cancha. Marianne meneó la cabeza mientras Lilith se inclinaba hacia ella para decirle algo al oído.
—…No sé tú, pero como que ese chico me recuerda a Mitchell, ¿no crees?
Marianne se limitó a dedicarle una mirada inaudita.
El entrenador había empezado a designar a los jugadores que iniciarían el partido, y cuando se detuvo en Demian, pareció dudar, y naturalmente él lo notó.
—…Si le parece bien me quedaré en la banca —dijo Demian adelantándosele, y él tomó su petición con sorpresa al igual que los demás. Pudo percibir el alivio de Frank al ver que no iba a tener que desafiar a los demás. Incluso el mismo entrenador parecía conforme.
—…Bien. Castell, tú entras. Estén listos que en cinco minutos comienza —finalizó el entrenador, dando una palmada para todos.
Mientras los chicos pasaban junto a los que se quedarían en la banca, Demian los contemplaba, atento a sus expresiones, y aunque casi todos parecían satisfechos, Dreyson únicamente lo miró de reojo sin demostrar ninguna emoción; casi parecía indiferente al hecho de que entrara o no al juego. Esto, por alguna razón, le enfadó más que si hubiera reaccionado de forma burlona. Después de todo, él era el motivo de su decisión, no las amenazas de negarle el balón durante. La cicatriz de la muñeca no había parado de palpitarle, de modo que prefería mantenerse fuera del juego, de lo contrario corría el riesgo de perder el control y alguien podría salir lastimado.
El partido comenzó y Demian no dejó de estirar y soltar la muñequera que usaba para cubrir la cicatriz. Los muchachos no tuvieron problemas para coordinarse rápidamente, como si fueran parte del mismo enjambre, y aunque le pesaba mucho haber perdido el puesto de capitán, Aldric lo manejaba de forma decente. Al menos todos lo escuchaban y hacían caso a sus órdenes. Incluso era capaz de reconocer, por más que detestara admitirlo, que Dreyson resultaba un valioso elemento del equipo con sus constantes robos y bloqueos. El único que parecía ir a su propio ritmo era Frank con su afán individualista de siempre, y aun así hasta él podía darse cuenta cuando no tendría oportunidad de anotar algún punto y terminaba arrojando (de mala gana, eso sí) la pelota a alguien más. Tendría que sentirse tranquilo por cómo iban resultando las cosas, pero la cicatriz no dejaba de escocerle, y eso repercutía en su humor y forma de percibir todo.
Quería estar ahí, quería anotar, liderar las jugadas. Se le hacía tan injusto que le hubieran dado la espalda por una tontería. Y peor aún, que de alguna forma influyeran en el resto de los clubs para que también se volvieran en su contra. Solo de recordarlo le hacía hervir la sangre. Literalmente, sentía que algo quemaba en su interior, y su origen era la palpitante cicatriz que se hinchaba como si estuviera en carne viva.
El partido estaba llegando ya al final de la primera mitad cuando Frank robó un pase y fue corriendo al área de anotación, donde fue bloqueado por tres chicos del equipo contrario. Botó la pelota unos segundos mientras pensaba en la forma de romper el bloqueo y anotar sin depender de los demás cuando notó un moretón extraño en el cuello de uno de los chicos. Se movía de forma errática y parecía extenderse. Eso era. Justo lo que buscaban. Vio a Aldric al otro lado, pidiendo el balón y decidió finalmente hacer el pase y seguir marcando al chico con el moretón para no perderlo de vista. Aldric llevó la pelota por el centro, apuntando a la canasta; parecía muy confiado en su tiro, y tras intercambiar la pelota con sus aleros, se lanzó hacia el aro, seguro de que anotaría y quedando suspendido por unos segundos, sujeto a la canasta mientras la pelota caía al piso. Cuando se soltó satisfecho, preparado para caer sobre sus pies, uno de estos se dobló inexplicablemente al posarse en el suelo, cayendo de lado sobre su pierna con un grito de dolor.
El silbatazo de medio tiempo llegó justo en ese momento. Entrenadores y compañeros se acercaron para ver cómo estaba y Demian se quedó en pausa, con el dedo aún enganchado en la muñequera. De pronto el fuego que le hervía en la sangre había comenzado a mitigar y únicamente le quedó un estremecimiento frío que recorrió su piel. ¿Él había hecho eso? No, tenía que ser un accidente, ni siquiera recordaba la sensación de desprendimiento como cada que su sombra se proyectaba fuera de su cuerpo… pero ¿recordaba siquiera algo más aparte de la sangre hirviendo y la cicatriz escociéndole en los últimos minutos? No estaba realmente seguro.
Entraron camilleros a la cancha, y mientras Aldric no dejaba de lanzar aullidos de dolor, lo sacaron de ahí a la vez que ambos equipos volvían a sus bancas. Demian sabía lo que vendría a continuación, el entrenador tendría que designar a un capitán temporal para terminar el partido y quizá incluso el resto del torneo, así que, motivado por la idea de volver al juego, sin importarle si los demás lo incluían o no, se puso de pie casi de un salto.
—Quiero jugar en la segunda mitad —pidió Demian, y el resto de los chicos le dedicó miradas hoscas. El entrenador era consciente de esto, pues parecía sopesar los pros y los contras, pero el tiempo de receso se les estaba acabando y debía tomar una decisión pronto.
—…Entrarás como alero. Avery, tú tomarás el centro —dijo el entrenador tras meditar sus opciones y Demian se mordió la lengua para no protestar.
Estaba acostumbrado a ser centro, y aunque no era regla de oro, sabía bien lo que esa posición significaba; era prácticamente quien dirigía el equipo, y de todos, se lo había dado a Dreyson. Lo miró de reojo, casi esperando ver una sonrisita triunfal de su parte, pero él se mostraba serio y concentrado; lo único que hizo fue asentir en cuanto recibió la orden y el resto del equipo pareció más satisfecho con aquella resolución.
—Adelante —finalizó el entrenador dando palmadas y todos volvieron a la cancha y a sus posiciones.
Al ver que Frank se había colocado cerca de él, no pudo evitar pensar que lo culparía por lo ocurrido.
—…Supongo que debes pensar que planeé esto.
—Yo no dije nada —dijo Frank con un encogimiento de hombros—. Además, puede que haya otra opción. —Al decir esto, dirigió una mirada a uno de los chicos del equipo contrario y Demian lo miró sin entender.
En cuanto el silbato sonó y la pelota estuvo en juego, Demian casi deseó que el equipo contrario la consiguiera para así tener la oportunidad de robarla en vez de esperar que sus propios compañeros se la pasaran (cero probabilidad de que eso ocurriera), pero Dreyson resultó más rápido de lo que pensaba, y en una fracción de segundo ya tenía la pelota en las manos y cruzaba la cancha a toda carrera. Lo siguió de cerca junto con el resto del equipo y aguardó a la anotación que no tardó en llegar. La pelota rebotó en el piso, cayendo en posesión del equipo contrario, y Demian vio su oportunidad. Siguió al chico con la intención de interceptarlo, pero cuando ya estaba llegando a su lado de la cancha, Frank le salió al paso, emitiendo un gruñido para que retrocediera intimidado y robarle el balón; el chico trastabilló unos pasos hacia atrás, dejándole el camino libre.
Demian volvió a cambiar de dirección y siguió ahora la trayectoria de Frank, que a medio camino quedó acorralado entre dos jugadores del equipo contrario, y su tiempo de posesión se estaba acabando. Detrás de él se acercaban corriendo el base y el guardia, pidiendo la pelota, pero el más cercano a él era Demian, que había logrado burlar a quien lo marcaba, e indicó con la mirada su intención de seguir hacia la canasta, esperando que se decidiera a pasarle la pelota.
Frank deseaba hacer el tiro él mismo, pero no tardó en sentir una especie de presión manteniendo sus pies en el piso y notó que el chico del moretón era uno de los que lo marcaban y lo miraba fijamente.
—¡…Al diablo! —masculló Frank, lanzando la pelota en el último segundo de posesión y esta fue a caer en manos de Demian, quien sin perder tiempo se detuvo a unos metros frente a la canasta, flexionó las piernas para saltar e hizo el tiro con tanta potencia que era una anotación segura, pero cuando ya estaba por entrar en el aro, de pronto unas manos la atajaron y se encargaron de completar la anotación con una clavada, aterrizando luego en el piso con mayor eficacia que Aldric.
Demian se detuvo perplejo al ver su jugada frustrada por Dreyson, que apenas y le dedicó una mirada antes de ir tras la pelota, en posesión del equipo contrario, pero eso no le impidió distinguir un atisbo de sonrisa en él, demostrando que había sido a propósito. Apretó la mandíbula y continuó con el juego. Afortunadamente, Frank cumplió su amenaza de “hacer lo que más le convenía para ganar” y la pelota ya no le estaba exenta cuando no la robaba él mismo. El juego terminó con una aplastante victoria a pesar del drama interino.
Al finalizar, ambos equipos se dirigieron a los vestidores, que eran el doble de grandes que en el instituto, y cada quien se fue a extremos contrarios, pero en cuanto la puerta se cerró, Demian se fue directo sobre Dreyson, sujetándolo de la camisa y empujándolo contra la pared ante la mirada alarmada de sus compañeros.
—¿Por qué bloqueaste mi tiro? —preguntó Demian mientras sus compañeros gritaban que se separaran, sin atreverse a intervenir. Dreyson se mantuvo ecuánime a pesar de estar contra la pared.
—El balón no iba entrar, traía demasiada potencia, solo rebotaría contra el tablero —respondió Dreyson en completa calma.
—¡Eso no es cierto, lo tenía todo bajo control! —replicó él, apretando más las manos alrededor de su camisa, pero Dreyson siguió sin inmutarse.
—¿Tan en control como ahora?
Demian apretó más los dientes y las manos; la cicatriz palpitaba como si fuera un volcán a punto de hacer erupción, pero antes de que pudiera hacer o decir cualquier otra cosa, Frank lo apartó de Dreyson.
—Será mejor que le cortes si no quieres que haya problemas. Acabamos de ganar un partido, ¿quieres que nos descalifiquen?
Demian dejó de forcejear y a su alrededor vio que tanto sus compañeros como los del equipo contrario lo miraban con curiosidad morbosa, como si esperaran el momento en que comenzaran a liarse a golpes. Había permitido nuevamente que la sangre de demonio cegara su raciocinio, así que se soltó de Frank y sin decir nada se dirigió al fondo.
—Oye, una cosa más… —intentó decir Frank, mirando de reojo al chico del moretón del otro lado de los vestidores.
—Ahora no. Quiero estar solo —espetó Demian sin querer escuchar más.
Como ya se le estaba haciendo costumbre, esperó a que todos salieran. El lugar estaba ya casi vacío, pero aún se podían ver grupos de estudiantes reunidos en la entrada.
Tomó aliento y se dispuso a cruzar la cancha. La puerta del vestidor de chicas se abrió justo en ese momento y Marianne salió apresurada de ahí, cargando su bolsa. Ambos se quedaron en silencio al encontrarse frente a frente.
—…Felicidades por la victoria —dijo Marianne para romper aquel silencio.
—Gracias, pero yo no hice nada. El resto del equipo se aseguró de ello —respondió Demian con acritud a pesar de no tener la intención de sonar de ese modo.
—Eso no es del todo cierto. Frank estuvo pasándote la pelota durante el partido. Tienes que admitir que al menos esta vez se comportó de forma honorable —replicó Marianne, cruzándose de brazos como hacía cada que intentaba protegerse de las palabras (o falta de ellas). Era su escudo de protección.
—Claro, honorable siempre que le convenga para ganar —replicó Demian, cruzando también los brazos, aunque su tono sonó más relajado esta vez, e incluso se permitió levantar una ceja para hacer valer su punto. Marianne entornó los ojos por un momento y luego bajó los brazos, lanzando un suspiro como si decidiera concederle aquello.
—…De acuerdo. No sé ni por qué me molesto en defenderlo, él tampoco lo haría.
Demian sonrió levemente una vez roto el hielo, y también descruzó los brazos, pensando qué más decir.
—Jugaron bien. Merecían ganar. Cada vez lo hacen mejor.
—Creo que podemos agradecerle a Lucianne por eso. Aunque el público no pareció muy satisfecho al final.
—Tendrán que agradecerle a Mitchell por eso.
—Sí, ya tuve oportunidad de hacerle saber mi opinión sobre el abuso de ese nuevo poder suyo —respondió Marianne, tronándose los dedos, y Demian rió más abiertamente, lo cual la animó a hablar con más confianza—. Entonces… ¿sigues sin recordar cómo llegaste aquí?
La sonrisa de Demian fue desapareciendo hasta volver a mostrarse serio y cauteloso.
—…No. Pero supongo que ya tu ángel te habrá dicho lo que hablamos anoche, ya que no hay secretos entre ustedes —replicó Demian, reanudando su camino hacia la entrada, y Marianne corrió a colocarse delante de él.
—¡Basta! Entiendo que sigas molesto por haberle dicho algo que no debía, pero admití mi error y prometí que no ocurriría de nuevo; ¿podrías entonces dejar de comportarte como un imbécil cuando lo único que hacemos es preocuparnos por ti? “Bujuuu, nadie entiende por lo que estoy pasando” “Bujuuu, soy diferente a los demás” “Bujuuu, soy una bomba de tiempo, estaría mejor muerto”. Pues si tanto deseas acabar con tu miseria, podemos arreglarlo ahora mismo: tengo una espada y sé cómo usarla. Solo dilo y terminemos con esto de una vez, basta de dramas —le espetó Marianne, mirándolo con expresión severa y la espalda derecha, con las manos apretadas en torno a su bolsa. Demian la miró sorprendido, y justo cuando ella estaba a punto de perder la seguridad en su reacción, él se echó a reír incluso más animado que antes.
—¿Así es como sueno? Wow, debo parecer realmente patético —dijo él sin parar de reír, y ella comenzó a relajarse.
—No tanto como el hecho de parecer salido de una tragedia griega; siempre lleno de malos augurios y destinos crueles e irremediables —respondió Marianne y él rió aún más.
—Bueno, supongo que tendré que ponerle remedio a eso —dijo él en cuanto consiguió aplacar la risa—. Contrario a lo que parece, no tengo intención de morir. Al menos no aún; me quedan todavía muchos asuntos que resolver, así que espero que puedas guardarte esa espada por un tiempo más, y cuando la necesite, yo mismo me encargaré de pedirte que me cortes la cabeza, e incluso puedes quedártela de trofeo si lo deseas.
Marianne se contuvo de sonreír, pero por su tono supo que hablaba tan en serio como en broma, y que a su manera le estaba concediendo la razón al burlarse de sí mismo.
—En ese caso tendrá un lugar de honor en mi vitrina de cabezas cercenadas —respondió ella, siguiéndole la corriente, y Demian asintió, aceptando la pulla y haciendo un ademán con la cabeza para indicar que debían seguir su camino, pero apenas dio unos pasos y ella lo detuvo de nuevo, mirándolo con seriedad—… Sabes que cuentas con nosotros, ¿verdad? No te aísles más. Queremos ayudarte y apoyarte en lo que necesites.
Ver aquella expresión de genuina preocupación en su rostro lo hizo sentir vulnerable. No le gustaba sentirse así, pero de todas formas le sonrió agradecido.
—Siempre trato de recordármelo. Pero a veces resulta difícil con la mente nublada —admitió él y Marianne apretó inesperadamente su brazo, provocando una onda de corriente que recorrió su piel.
—Te lo recordaremos las veces que sean necesarias —aseguró ella de forma comprensiva. Demian pareció desprevenido, mirando la mano con que lo sujetaba, y tras unos segundos en silencio, ella pareció consciente de que el momento amenazaba con volverse incómodo, así que lo soltó—… A menos que vuelvas a comportarte como un completo imbécil. Tengo muy poca paciencia y si la colmas, mi espada sigue en oferta.
—…Y estás de vuelta —Demian sonrió de nuevo, señalando la puerta, y mientras caminaban, no se le escapó el hecho de que no mencionara lo ocurrido con Aldric a la mitad del partido. Por un momento llegó a creer que le preguntaría si él había sido responsable, pero no lo hizo, y agradecía que no hubiera sacado el tema a colación. Ahora, lo creyera o no, era harina de otro costal. ¿Cómo defenderse cuando ni él mismo tenía la certeza?
…
Esa resultó otra noche de insomnio para Demian. Mitchell prácticamente se había apropiado de su cama y por el suelo aún se desperdigaban las bolsas de las compras que había hecho a expensas de su hermana. Le sorprendía la facilidad con que podía echarse a dormir tranquilamente a pesar de sus circunstancias, como si nada pudiera quitarle el sueño. Casi envidaba la ligereza con la que se tomaba las cosas; si dejara de darle vueltas una y otra vez a todos aquellos pensamientos, quizá le resultara más sencillo conciliar el sueño, pero no, su mente no paraba de plantearse preguntas, hacer conjeturas, embrollarse más cada vez que topaba con una idea que no llevaba a ninguna parte. Y a pesar de todo, resultaba más conveniente que aquellos pensamientos lo mantuvieran despierto, pues había dejado en casa las pastillas que necesitaba para dormir, y sin ellas era por completo impredecible. Su subconsciente podía ser un peligro que hasta ahora no habían considerado.
—¿Qué clase de monstruo querían crear conmigo? —murmuró él, mirando por la ventana hacia la ciudad a oscuras. De nueva cuenta sacó la cajita de latón que ahora llevaba consigo a todos lados como si fuera un amuleto y en cada mano sostuvo tanto el medallón como el mechón de pelo que estaba convencido pertenecía a su madre. Si tan solo supiera algo de ella. Saber si al menos seguía con vida…
Apretó con fuerza el medallón, deseando saber por qué había sido abandonado con ese objeto como única conexión con la madre que no llegó a conocer. ¿Qué esperaba que hiciera con él? ¿De qué le serviría? No era más que un simple medallón… No obstante, con ese mismo simple medallón había conseguido abrir aquel cajón donde encontró el mechón de pelo… Quizá le había dejado pistas dispersas que solo el medallón sería capaz de desbloquear para él.
Con esta idea en mente, guardó el mechón y la cajita de latón quedándose únicamente con el medallón. Cerró la mano en torno a este con fuerza y cerró también los ojos, tratando de concentrarse en la energía residual del objeto. “Guíame, madre” pensó él, enfocándose en el tacto del medallón y en lo que este pudiera transmitirle.
Fue una sensación muy tenue al principio, como una mano fantasmal tocando su cabeza, pero luego creció hasta percibir una especie de energía distante que desembocaba en el mismo medallón. Algo estaba llamándolo. Abrió los ojos de golpe, excitado ante aquella certeza. Solo debía seguir el rastro de aquella energía y ver a dónde lo conducía.
Dio un rápido vistazo a Mitchell para asegurarse de que siguiera dormido (roncaba y abarcaba todo el ancho de la cama como si fuera la suya), y volvió a cerrar los ojos, concentrándose enteramente en el rastro de energía, dejándose llevar por esta, y de pronto fue transportado hacia el punto donde conducía el medallón. Tras asegurarse de que estaba en terreno firme, decidió abrir los ojos y descubrir el lugar al que había sido conducido. Pero cuando lo hizo, su rostro se ensombreció con desconcierto, pues el lugar le resultaba demasiado familiar.
…Demasiado. Doloroso. Debía ser un error. No podía estar ahí. No podía…
—¿…Demian?
Su cuerpo se tensó al escuchar aquella voz y palideció tanto como si hubiera perdido el color. Por un segundo no supo si podría moverse, pero finalmente consiguió darse la vuelta y hacerle frente con el valor que no había tenido antes.
Sentada en la cama, Vicky lo observaba con ojos muy abiertos y alarmados que transmitían una emoción tan intensa que no podía ser otra que el miedo. Demian retrocedió, las piernas aún sin responderle del todo. Esos ojos que antes lo miraban con admiración ahora lo observaban como si fuera un monstruo, y así era como se sentía en ese momento.
¿Por qué? ¿Por qué el medallón lo había conducido justo ahí, con Vicky? Había sido un error; no podía seguir sometiéndola a su indeseable presencia, así que se forzó a darse la media vuelta y marcharse.
—¡Espera! —exclamó Vicky y sus fuerzas volvieron a abandonarlo—… Voltea.
Él permaneció inmóvil por varios segundos. No se atrevía a voltear de nuevo; no quería ver aquella expresión en su rostro. Pero, así como había hallado las fuerzas para intentar marcharse, lo hizo también para hacer lo que le pedía. Al menos le debía eso.
Dio la vuelta y se quedó ahí parado, esperando su veredicto. Que terminara de desconocerlo como hermano, que lo hiciera oficial de una vez.
—…Transfórmate —dijo Vicky tras observarlo por un rato.
El rostro de Demian se contrajo ante aquella petición. Si necesitaba verlo como lo que realmente era para convencerse y terminar de cortar todo lazo con él, tendría que hacerlo, aunque la idea de mostrarse ante ella en su forma de demonio le desagradara.
Con un suspiro, desvió la mirada mientras su cuerpo iba adoptando la apariencia de demonio. Se mantuvo en la misma posición, sin atreverse a mirarla. No quería ver el desprecio en sus ojos. Esperó varios segundos a que dijera algo, pero no se esperó que ella bajara de su cama y se acercara a contemplarlo con más detalle. Como si fuera un fenómeno de circo. Aquel pensamiento lo hizo sentir avergonzado y humillado.
—¿Desde cuándo? —preguntó ella con voz contenida.
—Lo sé desde hace unos meses. Pero técnicamente… así nací. No fue hasta hace poco que me enteré de que era adoptado. Me lo dijo papá justo antes de… —No pudo terminar la frase. Simplemente esperó mejor a que ella hablara, pero Vicky también permaneció en silencio por más tiempo del que él podía soportar—. Tan solo… me marcharé y prometo que no volverás a saber de mí.
—¡No! —dijo Vicky antes de que él hiciera un segundo intento por desaparecer. Demian por fin se animó a mirarla y notó que sus ojos estaban rebosando de lágrimas. Sabiéndose el causante, dio unos pasos hacia atrás, pero para sorpresa suya, Vicky se arrojó inesperadamente hacia él, abrazándolo a pesar de su apariencia, ya sin poder contener las lágrimas que caían a raudales por sus mejillas—. ¡Sigues siendo tú, no importa la apariencia que tengas! ¡Sigues siendo mi hermano! ¡Debí haberlo visto antes!
Momentáneamente aturdido, los brazos de Demian vacilaron sobre ella, y al ver que aún conservaba aquel aspecto, decidió primero retomar su forma humana y finalmente corresponder a su abrazo.
La retuvo con fuerza hasta que dejó de gimotear y fue tranquilizándose, solo entonces se apartó de ella.
—Entiendes que fue por mí que papá fue cazado de esa forma, ¿verdad? ¿Aun así estás dispuesta a seguir tratándome como un hermano?
—¡No tuviste la culpa! —dijo Vicky con ojos rojos y sorbiéndose la nariz—. ¡No murió por tu mano, no eres responsable de ello y no quiero volver a escuchar que lo repitas!
Demian sintió como si una pesada mano de hierro se hubiera posado en su pecho. No. No fue su padre el que murió por su propia mano. Su madre, por el otro lado…
—Quiero que todo vuelva a ser como antes —continuó Vicky, secándose el rostro con el dorso de la mano—. No importa qué tipo de sangre tengas ni de dónde procedas. Quiero llamarte hermano y que no sientas que estás viviendo en una mentira, porque eso has sido y siempre lo serás para mí.
Aquel peso se asentó aún más en el pecho de Demian. Si llegara a enterarse de la verdad sobre la muerte de su madre… pero no, eso nadie lo sabía y tampoco tenían por qué enterarse. ¿De qué serviría ahora? Ese secreto se lo llevaría a la tumba. Tomó hondo aliento e intentó sonreír para hacerla sentir mejor.
—Me alegra escucharte decir eso —dijo él, su mano vacilando un momento antes de posarse sobre la cabeza de Vicky y darle unas suaves palmadas como solía hacer—… Ahora debo volver. Hablaremos cuando regrese del viaje.
—¡Llévame contigo! —pidió Vicky—. ¡Puedo decir que decidí viajar para apoyarlos!
—Pero tienes que ir a la escuela.
—¡No me importa perder unas cuantas clases! ¡Lo único que quiero en este momento es ir contigo! —insistió ella con aquel gesto suplicante al que él no podía negar nada.
Demian no estaba del todo convencido, pero sonrió y extendió la mano hacia ella. Y con un estallido de humo desaparecieron de ahí.
