CAPÍTULO 24

24. CHICO HOLOGRAMA

La última diana se escuchó puntual a las ocho de la mañana como todos los días. Los jóvenes campistas comenzaban a despertar y levantarse, listos para empacar sus pertenencias y abandonar el lugar.

Aunque Angie se levantó a la par que sus compañeras, lo cierto era que llevaba un par de días sin poder dormir. Simplemente se mantenía acostada en la litera, cerrando los ojos con la esperanza de poder engañar a su mente e inducirla al sueño, pero aún así no lo conseguía. No había un momento en que su mente tan sólo se desconectara y la dejara descansar. Aunque más que su mente, mucho se temía que era su propio corazón el que se iba apoderando de todas sus funciones.

Ya no sólo eran los esfuerzos físicos extremos los que provocaban que éste padeciera, sino el simple hecho de pensar en algo emocionalmente lastimero. Compadecerse a sí misma causaba tal efecto, la inseguridad que tenía con respecto a su contribución al equipo también, pero nada resultaba más doloroso que la certeza de que por más cerca que estuviera de Samael, seguía siendo inalcanzable. A pesar de su amabilidad y la manera atenta en que se dirigía a todos, había algo en él que lo separaba del resto. No sabía exactamente qué lo mantenía en un nivel diferente al de sus demás compañeros, pero era casi holográfico, como un autómata programado para comportarse de determinada forma sin llegar a involucrar sus emociones, siendo quizá Marianne la única excepción.

Cualquiera podía ver lo excesivamente protector que era con ella. Y aunque admitía no haber captado hasta entonces ninguna actitud entre ellos que denotara una relación más allá de la que proclamaban, le parecía que dependía demasiado de ella para las situaciones más cotidianas, no así en batalla o en entrenamiento cuando repentinamente se convertía en un líder nato. Ya no era su sentido común, era su corazón el que le indicaba que había algo más oculto.

—¿Ya tienes todo listo? —preguntó Marianne mientras luchaba por cerrar su maleta. Angie la observó distraída y vio que las demás ya tenían todo preparado y esperaban afuera para ir a desayunar.

—…Adelántense, yo ahora salgo —respondió con voz monocorde.

Marianne ya no tenía duda de que algo pasaba con ella, pero al momento no pudo decir nada, simplemente asintió y en cuanto su maleta cerró, dejó una chaqueta sobre ésta y se dispuso a salir de la cabaña junto con las demás.

Apenas Angie se quedó sola, comenzó a acomodar su equipaje, aunque las mismas cuestiones continuaban asaltándola.

Todo se remontaba al día en que se habían enterado de que él vivía con Marianne. No pudo evitar sentirse al principio engañada. Sin embargo, luego lo pensó mejor. A pesar de haberse dado cuenta de sus sentimientos antes de siquiera decirlo, Marianne nunca trató de impedir que se acercara a él.

Decidió entonces que de nada le serviría mantenerse en segundo plano, así que en cuanto le pidió acompañarla al lago, quiso aprovechar la oportunidad para averiguar más.

—¿Sabes? Mi padre es abogado del dueño de un complejo departamental y lo ha sacado de varios apuros. Si te interesa… podría ayudarte a conseguir un apartamento ahí para ti solo —propuso algo nerviosa—. Así no tendrías que preocuparte por llegar a estorbar o ser una carga.

—¿…Estorbar?

—¡N-No me refiero a que seas un estorbo! Es solamente un decir. Al menos… lo que me imagino debes sentir de repente —ella intentó arreglarlo al pensar que lo había ofendido de algún modo, sin embargo, él no parecía haberlo tomado de esa forma, al contrario, mantenía su mismo gesto apacible de siempre.

—Nunca me había puesto a pensarlo —respondió con gesto reflexivo, lo cual ella tomó como una buena señal.

—Por eso si te parece bien, regresando a la ciudad puedo preguntarle a mi padre.

—Gracias. Lo tendré en cuenta —finalizó él con una sonrisa amable, pero distante a la vez. El tipo de sonrisa que le dedicaba a todos y a nadie en especial.

Desvió la vista nuevamente hacia el lago, iluminado por múltiples luces de colores, como si hubiera miles de luciérnagas atrapadas en el interior del agua intentando volar a la superficie, sin jamás tocarla.

Angie supo entonces que había perdido su atención nuevamente. Lo único que deseaba era saber qué estaba pasando por su cabeza, qué era lo que en verdad sentía, si es que sentía algo en absoluto. Una idea cruzó por su mente. Recordó las veces que había practicado su propio poder con él y sus demás compañeros, aunque la vergüenza que sentía cada vez que sus propios deseos la traicionaban la disuadían de intentarlo siquiera. Tal vez de nuevo fallara o incluso si lo conseguía, él podría tomarlo mal pues no era parte de una práctica con su previo consentimiento. De cualquier forma, era arriesgado.

Le dedicó otra mirada. Él seguía atento al lago, absorto en las luces. Echó una rápida ojeada a su alrededor. Todos parecían distraídos, si no en el lago, en sus propias charlas. Más hacia su derecha veía a Mitchell y Belgina. Mientras ésta miraba absorta hacia el lago, Mitchell parecía aprovechar la ocasión para levantar los brazos como si bostezara e ir bajándolos lentamente hacia ella. Al ver de reojo que Angie le dedicaba una mirada de condena, giró los ojos con fastidio y dejó caer los brazos a los lados con un resoplido.

Tras comprobar que no había nadie más que estuviera atento a ellos, dio un respiro para darse valor. Samael parecía distraído, así que sujetó levemente su muñeca, conteniendo la respiración. Él pareció estremecerse por un instante, pero como si hubiera encendido un interruptor, de repente volteó hacia ella mecánicamente.

—No es que esté ahí porque no encuentre alojamiento. Debo estar cerca de Marianne. No puedo apartarme de su lado.

El rostro de Angie comenzaba a quedar morado hasta que finalmente exhaló para volver a jalar más aire.

—¿Es porque te sientes obligado por alguna promesa o algo así?

Él parpadeó nuevamente, como si por momentos su atención se dispersara y tratara de recuperar el hilo.

—Obligado no —respondió tras unos segundos—. Pero es mi deber protegerla.

—¿…Sientes algo por ella? —preguntó con voz trémula, percibiendo en sus oídos la vibración de su propio corazón, bombeando con más fuerza, cada latido comenzando a punzarle más.

Él la miró con gesto desorientado, no parecía entender a qué se refería. Angie cerró más los dedos en torno a su muñeca conforme pasaba más tiempo sin responder, hasta que él terminó por llevarse la mano a la cabeza con expresión adolorida, y ella lo soltó de golpe.

—¿E-Estás bien?

—Sí. No sé qué pasó. ¿Me decías algo?

Su voz sonaba normal y su gesto volvía a ser el mismo de siempre, sin embargo, al bajar la mano, Angie notó que un hilillo de sangre corría por su nariz.

Lo señaló, ahogando un resuello, y él se limpió la sangre con el dorso, contemplándola luego con curiosidad.

—…Qué extraño.

Ella no pudo decir nada más después de eso, simplemente se dio la media vuelta con el corazón retumbándole en los oídos y se marchó corriendo. Si ella había sido la causante de lo que había ocurrido, no se lo perdonaría nunca. Lo que menos deseaba era hacerle daño.

Esa misma noche se vio atacada por el insomnio. Por más que cerraba los ojos y cambiaba de posición constantemente, lo único que veía era a Samael, tan pálido y resplandeciente como era, con aquel hilillo rojo carmín contrastando con su piel. Cuanto más lo pensaba, más sentía aquellas punzadas en el corazón. Consideró incluso salir de ahí para aliviar su ansiedad y entonces escuchó ruido en la litera de abajo. Entreabrió los ojos y alcanzó a distinguir a Marianne colocándose sus botas para luego abrir un cajón con sumo cuidado y sacar unos lentes oscuros. Cuando echó un vistazo hacia arriba, Angie volvió a cerrar los ojos y se mantuvo así hasta que la escuchó salir de la cabaña. Esperó unos minutos y entonces se levantó.

—Ése fue el desayuno más triste y deprimente de mi vida —dijo Lilith mientras acomodaban las maletas en el portaequipaje del autobús—. ¡No me quiero ir! ¿No podemos quedarnos a vivir aquí indefinidamente?

—Puedes hacer la prueba y escabullirte en alguna cabaña vacía. Vivirías de las reservas de la cocina hasta que se acaben todas y tengas que aprender a cazar o mudarte al bosque a vivir como salvaje. Nosotras no diremos nada, ¿quiénes somos para interponernos en tu felicidad? —comentó Marianne con sarcasmo.

—Lo dirás de broma, pero soy capaz. No me retes.

Ella sólo emitió una risa bufada mientras dejaba su maleta al interior del maletero, sosteniendo la chaqueta en un brazo.

—¿Y eso? ¿Aún tienes la chaqueta de Demian? Pensé que ya se la habrías devuelto.

—No he tenido oportunidad. Pensaba hacerlo antes de abordar el autobús.

—Qué detalle, ¿verdad? Es un caballero, no le hace falta el corcel blanco —comentó Lilith, tomando la chaqueta y aspirándola como si se tratara de un ramo de rosas—. Es una verdadera lástima que ALGUIEN no sepa apreciar lo que tiene enfrente.

Al decir esto le dedicó una mirada recriminatoria a Lucianne.

—¿…Por qué me miras así?

—Veamos, ¿por qué será? Tienes a tu disposición a un apuesto príncipe y decides hacerlo de lado por un bárbaro cavernario. Una decisión completamente lógica.

—¡No digas eso! Además, ya me cansé de repetir una y otra vez que mi relación con Demian no es como la imaginan. Somos amigos simplemente. ¡Amigos!

—¿Igual que con el primo de Mitchell? —inquirió Marianne con aquel gesto que indicaba su desacuerdo. Lucianne meneó la cabeza y optó por dar la vuelta al autobús.

—Me avisan cuando ya no estén de pesadas.

—¡Ah, ahora nosotras somos las pesadas! —protestó Lilith con indignación.

Marianne, por su parte, le arrebató la chaqueta de las manos y marchó hacia el autobús de los muchachos.

—¿No van a extrañar esto? —dijo Mitchell, aspirando una larga bocanada de aire después de dejar su equipaje en el maletero—. Siento que esta semana me he purificado a un nivel casi de santo.

—Eso ni tú te lo crees —replicó Demian con la espalda apoyada en el autobús, impaciente por empezar a abordar.

Samael permanecía a un lado de Mitchell, mirando todo como si quisiera memorizar la vista antes de marcharse definitivamente.

—Ohhh, ¿qué pasa, Demian? ¿Estás molesto porque el niño malo del campamento te arrebató el caramelo que venías guardando en tu bolsillo? —expresó en tono burlón—. Pero no te preocupes, hay un rico dulce de avellana con menta en el aparador, sólo tienes que decidirte a tomarlo, sé lo mucho que se te antoja.

—…Empiezo a pensar que el oxígeno puro no hace más que atrofiarte el cerebro. Menos mal que ya regresamos a casa —gruñó Demian de mala gana ante la sonrisa socarrona de su amigo.

—Y hablando de dulces de avellana…

En ese momento, Marianne se acercó a ellos, con la chaqueta en el brazo. Demian supo de inmediato a lo que iba en cuanto reconoció aquella prenda.

—Toma. No había tenido oportunidad de devolvértela. Ehm… Gracias —expresó ella de forma escueta, como si tragara las palabras en vez de sacarlas.

Demian tomó la chaqueta sin decir nada y notó de inmediato la sonrisa de Mitchell, como si estuviera a punto de decir algo propio de él, lo cual le sacaba de quicio.

—…No esperaba que me la devolvieras. De todas formas, se ha encogido, ya no podré usarla. Pudiste haberla tirado, es sólo una chaqueta.

Mitchell dio un silbido, sabiendo lo que provocaría con eso.

Al instante, la mandíbula de Marianne se tensó y sus ojos se entrecerraron como signo inequívoco de que estaba por arder Roma.

—¡Ah, claro! ¡Ya veo! —exclamó Marianne, arrancándole la chaqueta de las manos—. ¡Yo me encargaré de ella entonces!

Acto seguido, se dio la media vuelta y se alejó de ahí dando grandes zancadas y resoplando a cada paso.

—Muy bien, campeón, así se hace. Desdeña el dulce, seguramente así se te antojará menos —le susurró Mitchell al oído, dándole una palmada en la espalda y Demian se apartó de un salto, lanzándole una mirada asesina.

—¡Deja de decir disparates, ¿quieres?!

—Oh, ¿pero en verdad lo son? ¿Lo son? —repuso él, enarcando una ceja.

Demian puso los ojos en blanco, dio un bufido y a continuación se alejó de ahí.

—A veces me pregunto por qué tengo que soportarte.

—¡No puedes lidiar con la verdad! —exclamó Mitchell, viéndolo marchar en la misma dirección que Marianne.

Samael tuvo la intención de seguirlos, pero Mitchell lo detuvo, pasándole un brazo sobre el hombro y chasqueando la lengua.

—Tranquilo, guapo, ella no necesita que la rescates todo el tiempo. He estado pensando que quizá te haga falta salir más, relacionarte con más gente, así que se me ocurrió que en cuanto acabe esta locura de los dones, te daré un tour especial por mis sitios preferidos, auspiciados por mí. De mi cuenta corre convertirte en un hombre nuevo y más experimentado.

Samael no respondió nada, tan sólo le dedicó una mirada confundida pues nunca comprendía de qué estaba hablando.

—¿Se puede saber qué piensas hacer con ella? —preguntó Demian, siguiendo a Marianne a través del camino que llevaba al lago.

—¿Qué importa lo que haga? ¡Es sólo una chaqueta después de todo!

—¿No crees que estás exagerando?

Marianne volteó súbitamente, plantando los pies en el suelo con firmeza, por lo que él también se detuvo, conservando la distancia.

—¡Si no la querías de vuelta, entonces no tienes derecho a opinar! —exclamó ella, continuando su camino.

Él la siguió y en cuanto llegaron a la rectitud del lago, ésta se detuvo antes de llegar al muelle y con una mano asió el saco, tomando impulso para arrojarlo, pero apenas extendió el brazo hacia el frente, Demian alcanzó a sujetar la manga de la chaqueta, evitando que pudiera aventarla.

—¡¿Te has vuelto loca?!

—¡Suelta! —le espetó ella, tirando de la manga contraria para arrebatársela.

—¡No lo haré, es mía!

—¡Dijiste que podía tirarla si quería, así que has perdido derecho a decidir sobre ella!

—¡Eres desesperante, ¿sabías eso?!

—¡¿Yo?! ¡Únicamente intentaba ser agradecida, pero ahora sé que no tengo por qué tomarme la molestia la próxima vez!

Demian emitió un gruñido exasperado y terminó por arrebatarle el saco.

—¡Tanto lío por una tontería! —bufó él mientras se quitaba la chaqueta que traía encima para ponerse la otra en cuestión—. ¡Ya! ¡Me la he puesto! ¿Satisfecha? ¡Gracias por devolvérmela!

Marianne apretó los dientes con toda la intención de continuar la discusión, pero en cuanto vio que las mangas del saco le quedaban prácticamente en los antebrazos, reprimió una risa.

—…Te queda fantástico —dijo ella, cubriéndose la boca con la mano. Una vibración procedente de su voz amenazaba con irrumpir y convertirse en un ataque de risa.

—No, no es cierto —repuso él, levantando una ceja con obviedad.

Ella acabó soltando una carcajada, llevándose las manos al estómago.

—¡Te ves ridículo!

La expresión de él pareció relajarse y una media sonrisa curvó sus labios.

—Aprecio tu sinceridad.

—En eso concordamos —interrumpió una tercera voz, atrayendo sus miradas y quitando las sonrisas de sus rostros.

A unos metros de ellos, en la orilla del lago, Franktick los observaba con expresión cáustica, sentado sobre una roca con pinta de haber estado ahí todo el tiempo.

—A lo de verte ridículo me refiero —aclaró él, esbozando una sonrisa cínica.

Las facciones de Demian se tensaron y sus manos comenzaron a formarse en puños. El muchacho, por su parte, se incorporó de un brinco, sacudiéndose los pantalones.

—¿Ya terminaron con todo ese acto o todavía queda más por presenciar? Porque honestamente esperaba pasar un rato a solas antes de regresar a los autobuses, pero su pequeño ritual de apareamiento me lo impide.

Demian dio un paso hacia el frente con la mirada ensombrecida, pero fue Marianne quien lo adelantó.

—¡¿Quién te crees que eres para hablarnos de esa forma?! ¡Quizá hayas logrado convencer a Lucianne de que tus intenciones no son malas, pero no a mí! ¡No sé qué te traigas entre manos, pero seguro que no es nada honesto!

—¡Wow, fuera garras! —pronunció el muchacho, llevándose la mano al pecho en actitud dolida—. Y yo que pensaba que nuestro convivio de ayer les habría llenado sus corazones de arco iris y estrellas.

—Obviamente es imposible hablar en serio contigo —concluyó ella, optando por marcharse de ahí.

Demian, por su parte, permaneció de pie en el mismo lugar, con la vista fija en él, luchando por mantener el control.

—¿No vas a ir tras ella? —preguntó Franktick sin borrar aquella sonrisa descarada, pero él continuó en silencio—. Así que dos primas, ¿eh? ¿Quién lo diría con esa pinta de total corrección? Quizá te juzgué mal al principio y después de todo no eres tan aburrido como pareces.

Demian apretó las manos y cuando se dio cuenta ya las tenía en torno a la camisa del muchacho, mirándolo de forma amenazante.

Éste se mantuvo impávido, con sus intensos ojos canela fijos en él, en los cuales Demian creyó distinguir un extraño destello rojo, como si en su interior se hubiera encendido una chispa.

—¡Demian!

La voz de Lucianne cortó de tajo aquella tensión entre los dos, apartándose como si se hubiera roto un hechizo. Ella los observaba desde el declive, con la respiración acelerada tras haber corrido por un largo tramo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella al notar que lo sujetaba de la camisa.

Demian terminó soltándolo, recogió su chaqueta y se marchó de ahí en silencio.

—Ten cuidado —murmuró al pasar junto a ella, quien lo siguió con mirada inquieta para luego volver la vista hacia Franktick.

—Supongo que esperó a que terminara el campamento para poder tomar represalias. No es nada tonto —comentó él, sacudiéndose la camisa y minimizando lo que acababa de ocurrir.

—¿Dijiste algo para provocarlo?

Él la miró y dejó que una sonrisa torcida curvara sus labios.

—…Supongo que, aunque dijera que no, seguirías pensándolo, así que ¿para qué me molesto en negarlo siquiera?

—¿Sabes? De verdad lo he intentado, pero si tú no pones de tu parte, no puedo hacer nada más —su voz se escuchaba cansada o quizá decepcionada—. Y no creo que sea porque no te interesa, como tú mismo has dicho es porque así estás acostumbrado.

—¿Así tan pronto vas a renunciar a mí? Pensé que era un buen proyecto para tu alma samaritana —replicó él, tomándolo a broma.

Lucianne dio un suspiro y se dio media vuelta, volviendo la cabeza levemente hacia él.

—…Adiós, Frank. Aunque por corto tiempo, me dio gusto conocerte.

Él no dijo nada más, simplemente la observó alejarse por aquel camino que había tomado tantas veces los días anteriores. Su gesto parecía imperturbable, aunque su mirada se había ensombrecido. Giró la vista hacia el lago, al sitio exacto donde había sumergido y enterrado aquel contenedor, fuera del alcance del demonio de ojos rojos, y ahora, quizá, fuera de su propio alcance también.

En cuanto Demian regresó a la zona de los autobuses, ya habían comenzado a abordar y Mitchell no pudo evitar lanzar una carcajada al ver la chaqueta que traía puesta, que a duras penas le cubría el antebrazo.

—Cierra la boca si sabes lo que te conviene —le advirtió él, subiendo al autobús.

En el interior los asientos ya comenzaban a ocuparse y notó que en el mismo sitio donde había viajado la vez anterior ya estaba Samael, nuevamente del lado de la ventanilla.

Éste levantó la vista hacia él en cuanto percibió su presencia y por unos segundos sus miradas se encontraron, pero Demian volvió los ojos hacia el frente y pasó de largo, sentándose unas filas más hacia atrás.

Samael no pareció tomar aquello a modo personal y tan sólo volvió a mirar por la ventanilla del autobús, esperando a partir finalmente de ahí.

—¿Hubo algún problema? —preguntó Marianne al ver a su prima de regreso con ellas. Minutos antes ella misma le había avisado al ver que Demian se había quedado atrás.

—Afortunadamente no. Aunque quizá si hubiera llegado unos segundos después…

—Por lo menos no pasó a mayores.

Lucianne asintió con la cabeza. Conocía a Demian y sabía que él no solía tomar la iniciativa ante una provocación, sin embargo, todo parecía indicar que en esa ocasión así había sido.

—¡Mi día no podría ir peor! ¿En serio van a dejar que me siente solita? —irrumpió Lilith mientras subía al autobús con desánimo.

—La suerte lo decidió, no puedes quejarte —respondió Marianne mientras Lilith lloriqueaba y gimoteaba en un intento por que las demás le cedieran su lugar.

—¡Son malas conmigo! —se quejó la rubia, sentándose solitaria en la primera fila.

—Ahora sabrás lo que yo sentí —le replicó Marianne, tomando asiento en la segunda fila y antes de que Lucianne se sentara a su lado, de pronto Kristania salió de la nada y se acomodó junto a ella ante sus miradas sorprendidas.

—Creo que voy a hacerte compañía en el camino de regreso. A mi modo de verlo es la mejor forma de cerrar el círculo de un viaje esclarecedor que ha cambiado mi vida —dijo Kristania con una expresión risueña que no hacía más que causarles escalofríos.

Marianne le dedicó una mirada hosca, como si pudiera ahuyentarla con los ojos. Si la antigua Kristania no le agradaba, la nueva todavía menos, y eso la hacía sentir algo de culpa, pues sabía que sólo intentaba ser amable y entendía que no había malicia en su proceder, ya que en ese momento carecía del don para ello.

Mientras Luna daba su discurso de despedida, Lucianne miró de reojo por la ventanilla y vio pasar a Franktick, apenas regresando del lago. Pensó en hablarle, pero luego cambió de opinión y decidió dejarlo así, aunque más tarde terminó lamentando su decisión en cuanto los autobuses llegaron al final de su recorrido, con unos minutos de diferencia. Los muchachos ya habían bajado y Franktick había sido el primero en marcharse.

—…Perry debe estar por llegar, ¿quieres que te llevemos? —ofreció Lucianne en cuanto quedaron únicamente ella y Marianne tras marcharse el resto de las chicas—. ¿O vendrá tu padre a buscarlos?

Marianne miró de reojo hacia el autobús de los chicos y localizó a Samael que ya tenía la mochila de explorador a cuestas. Quizá lo mejor era no llamar la atención de su llegada a casa, a riesgo de que Loui pudiera reconocerlo en cuanto lo viera.

—No hay problema, la casa queda realmente cerca, así que mejor caminaremos.

Apenas un par de minutos después llegó el oficial Perry por Lucianne. Marianne pensó ya no tener nada más que hacer ahí pues la mayoría ya se había marchado, de modo que caminó directo hacia el autobús de los muchachos.

Demian parecía esperar a que se despejara el sitio para intentar recuperar su maleta y para sorpresa suya, notó que aún traía puesta la chaqueta que horas antes había despreciado.

Samael estaba esperándola del otro lado. Sin decir nada, ella le hizo una señal con la cabeza, indicándole que debían marcharse de ahí, ademán que él pareció entender.

—¿Se van caminando? ¡Los llevamos! —dijo de repente Kristania, apareciendo detrás de ella y poniéndole los pelos de punta con su acción.

—¿Ya se fue Belgina? —preguntó Mitchell, aproximándose con su maleta a cuestas.

—Desde hace rato.

—¿Verdad que podemos llevarlos a casa? Seguro que a ti no te importa ir en el asiento de adelante, así yo podría ir con mi nueva mejor amiga —propuso Kristania, tomándola del brazo y causando que se crispara cual gato y le lanzara una mirada a Mitchell en forma de advertencia para que la alejara de ella.

—¡Tengo una mejor idea! —planteó él, sonriendo como si se le hubiera ocurrido algo que no necesariamente ella aprobaría—. Yo digo que Demian los lleve.

Él reaccionó de forma inmediata al escuchar su nombre, justo cuando ya había localizado su equipaje.

—¿De qué hablas? Yo me iré caminando.

—Yo no estaría tan seguro de eso —replicó Mitchell, alzando las cejas con una sonrisa sospechosa.

Demian examinó su expresión por unos segundos hasta ver que traía su celular a mano.

—¡…No te atreviste!

Mitchell únicamente movió las cejas y casi enseguida se escuchó el sonido de un claxon. Desde un auto blanco, estacionado al borde del parque, el padre de Demian los saludaba alegremente, sacando la cabeza por la ventanilla.

—Mitchell, te juro que, si no corres en este mismo instante, te romperé las manos para que no vuelvas a usar ese teléfono en mucho tiempo.

—Por suerte tiene reconocimiento de voz —rebatió él sin tomarlo en serio.

—¿Por qué no me avisaste que ibas a llegar a esta hora? Sabes que habría enviado por ti como fuera. ¡Mira! Incluso hoy decidí conducir yo mismo.

Demian dio un suspiro, sabiendo que no tenía forma de excusarse. Se llevó la maleta a la espalda y prefirió encaminarse hacia el auto para terminar con eso de una vez, sin embargo, su padre desvió la atención hacia Marianne.

—¡Hola! ¿Vendrá tu padre por ti?

—Ahm… no, pero nosotros ya nos íbamos… Mi primo y yo —respondió ella, señalando hacia Samael, quien se mantenía a un lado en espera de instrucciones.

—¿Caminando con esas maletas tan pesadas? No, de ninguna forma voy a permitirlo. Demian, mete su equipaje a la cajuela.

Él pasó la mirada incrédula de su padre hacia ellos y luego de regreso. Consciente de que no tendría sentido protestar, pues cuando a su padre se le metía una idea en la cabeza no había quien se la sacara, soltó su maleta de mala gana y tomó las de ellos, mientras Mitchell sonreía satisfecho a un lado.

Sin manera de negarse ante la insistencia del hombre, a Marianne no le quedó más remedio que aceptar su ofrecimiento. Era arriesgado, pero esperaba que se le ocurriera algo en el camino. A pesar de que el viaje era esencialmente corto del centro a su casa, ella permaneció intranquila durante todo el trayecto, imaginando diferentes escenarios con los que podría enfrentarse y sus posibles soluciones.

Demian, por su parte, iba en el asiento copiloto con expresión malhumorada. De reojo miró por el espejo retrovisor hacia el asiento trasero y vio que Marianne se la pasaba con la mirada perdida por la ventanilla mientras Samuel contemplaba de igual forma hacia el lado contrario, como si fueran un reflejo del otro.

—Listo, hemos llegado. Aquí es, ¿verdad? —anunció el señor Donovan al estacionar frente a la casa de Marianne.

Ella se apresuró a bajar antes de que se le ocurriera también pasar y saludar a su padre, o en el peor de los casos incluso quedarse a platicar con él.

—Le agradezco mucho que se haya tomado la molestia de traernos. No era necesario. Ahora si nos disculpa, tenemos mucho que hacer —expresó, apurada por entrar, sin embargo, el hombre se tomó su tiempo para descender del auto y acompañarla.

—No hay problema, sólo saludo a tu papá, que sepa que los hemos traído sanos y salvos, y nos marchamos —dijo el señor Donovan, apostándose en la puerta y comenzando a golpearla suavemente.

Marianne lo miró con ansiedad, pasando la vista hacia Demian, quien permanecía en el auto con gesto de hartazgo. Éste únicamente dio un resoplido, habituado ya a las costumbres de su padre.

Samael optó por mantenerse alejado de la puerta por si alguien respondía al llamado. Sin embargo, pasaron un par de minutos y nadie salió.

—…Supongo que no deben estar en casa —dijo Marianne, con cierto alivio.

—Bueno, entonces esperamos —sugirió el hombre más que dispuesto a sentarse en el pórtico a esperar, pero Demian se aclaró la garganta, llamando su atención.

—…Creo que tendrán mejores cosas que hacer que sentarse a esperar a que llegue su familia.

—Pero podrían tardar —replicó su padre y Marianne sacó rápidamente algo de su bolsillo.

—¡No hay problema! Tengo llave.

Con la rapidez de un prestidigitador, introdujo la llave en el picaporte y en un santiamén la puerta se abrió.

—Oh, bueno. Entonces si no hay mayor inconveniente, pasaremos a retirarnos —finalizó el hombre, haciendo un leve asentimiento de cabeza, a lo que ella respondió con otro movimiento parecido, aunque con su torpeza habitual.

—¿No vas a despedirte? —dijo el hombre apenas subió al auto.

Demian respondió con un resoplido y giró el rostro hacia ellos, forzando una sonrisa.

—…No puedo esperar a que esto se repita.

Una breve mueca se mostró en el rostro de Marianne mientras el auto se alejaba. ¿Cuál era su problema ahora? Igual no dejaría que le amargara el día.

Había ya casi terminado de vaciar su maleta y guardar sus pertenencias cuando escuchó el sonido de la puerta principal y unos pasos estridentes que no podían pertenecer a nadie más que a su hermano.

Pensó seriamente en no hacer ruido y quedarse encerrada en su cuarto para evitar preguntas sobre el campamento, pero luego lo meditó mejor y quizá era demasiado drástico pasar hambre tan sólo por un capricho suyo. Así que se incorporó y se puso en marcha hacia las escaleras.

—Sí, ya llegué, pero advierto que no estoy de humor para hablar acerca del campamento, ni del viaje, ni de nada…

Al ver el gesto serio de su padre y los ojos rojos de Loui, se detuvo en seco. Lo primero que cruzó por su mente era que tenía que ver con su madre, y la sola idea provocó que su estómago diera un vuelco. Ni siquiera se atrevía a preguntar, sentía que la garganta se le había cerrado.

—Mamá… mamá está… —comenzó a decir Loui con voz ronca y temblorosa, pero ésta terminó por quebrársele, e impedido para seguir hablando, se fue corriendo de ahí, dejando a su padre de pie en medio de la estancia.

Él permanecía derecho y con gesto imperturbable, como si de esa forma intentara transmitirles serenidad. Eso o tan sólo no le importaba realmente, pensó Marianne.

—…Entró en un coma profundo —le comunicó él finalmente con voz solemne—. Los médicos no tienen idea de cuánto tiempo durará así. Podrían ser días, incluso semanas o meses, todo depende de su progreso. El punto es que… al menos la mantienen estable.

Marianne no respondió, simplemente se dio media vuelta y regresó sobre sus pasos, pero en vez de entrar a su habitación, subió al ático, entrando en él de golpe y sin avisar.

—Deja lo que estés haciendo. Llévame al hospital ahora mismo —pidió ella con voz sorprendentemente calmada.

Samael dejó a un lado el libro que estaba leyendo y la miró con ojos indagadores, sin embargo, no dijo nada, simplemente se levantó y extendió la mano hacia ella.

Al instante el espacio en el que se encontraban comenzó a cambiar como si estuvieran ante una diapositiva en medio de un efecto de transición. Todo lo visible se desdibujó, cambiando de vivos colores a sepias apagados y finalmente en una versión de carboncillo que iba desvaneciéndose hasta no quedar nada, para a continuación repetirse todo el proceso a la inversa, creándose un nuevo espacio ante ellos, todo en cuestión de segundos. Estaban ahora ante un frío cuarto de hospital, con aquel olor aséptico que Marianne tanto detestaba. No pasaron ni dos segundos y cruzó corriendo la distancia que la separaba de la única cama que había en la habitación. Por suerte no había nadie que pudiera haberlos visto llegar de la forma que lo hicieron.

Yaciendo en aquella cama estaba su madre, conectada a varias máquinas que ella no sabía para qué servían, pero aún así procuraba no tocar alguna ni tropezar con los cables o tubos. Las únicas que lograba identificar eran el monitor cardiaco y el respirador artificial, y verla conectada a ellas no la tranquilizaba más. A pesar de eso, su madre parecía tan sólo sumida en un sueño profundo. Como la bella durmiente, excepto que para despertar necesitaría algo más que un beso.

Samael se colocó junto a ella, que permanecía inmóvil frente a la cama, simplemente observando a su madre. Sabía que no era momento para decir nada, así que esperó a que fuera ella misma la que hablara.

—¿…Y ahora qué? ¿Cuánto tiempo le queda disponible? —preguntó ella finalmente, con la voz contenida.

Samael permaneció en silencio por varios segundos más, pensando qué responderle.

—No podría estar seguro —admitió él—. Como había dicho, el efecto de la ausencia de los dones varía de acuerdo con su función principal. Tu madre poseía el don de la salud, sin éste, no puede más que empeorar con el tiempo. Su cuerpo se ha debilitado, te dije que eso pasaría. Por lo pronto… las máquinas de tu mundo tendrán que hacerse cargo de ella.

—¿Pero por cuánto? —insistió Marianne, con la mirada fija en su madre—. ¿Cuánto tiempo hasta que ni siquiera las máquinas puedan mantenerla con vida? —Samael ya no supo qué decir. Bajó la vista, decepcionado por no poder ser de ayuda—. Los demás no deben saber sobre esto —añadió ella con voz firme, y él la miró nuevamente, sorprendido ante aquella petición.

Su gesto era resuelto y su mandíbula estaba tensa. Finalmente, ella le devolvió la mirada, con expresión decidida.

—Si se llegan a enterar, se enfocarán más en mis necesidades y tratarán de ser complacientes conmigo, y no quiero que hagan eso, no lo soportaré. Tenemos que estar enfocados en derrotar a ese demonio y recuperar los dones. Así que ni una palabra de esto.

Samael la contempló enmudecido. No se esperaba esa reacción de ella. Sabía que podía ser dura en ocasiones, pero aquello era algo más, algo diferente que había estado desarrollándose en ella desde el momento en que se convirtió en una Angel Warrior: el sentido de la responsabilidad.

—…No sé si sea el momento adecuado para decirte esto, pero estoy orgulloso de ti.

Marianne le dedicó una mirada sorprendida. Parecía agradecida de cierta forma y se sentía impelida a responderle, sin embargo, dio un suspiro y giró sobre sus talones.

—…Tienes razón, no es el momento adecuado. Regresemos a casa.

Él siguió su ejemplo y en cuanto estuvieron varios pasos alejados de la cama, se tomaron de las manos y desaparecieron de ahí.

Cuando Angie llegó a casa, ya le parecía extraño que su padre estuviera serio y distante durante el camino, pero no se esperaba que en cuanto cruzaran la puerta, él se interpondría en su paso, sacando un papel de su bolsillo para mostrárselo.

—¿Me puedes explicar esto? —preguntó él con gesto severo y Angie observó mejor el papel. Era su hoja de inscripción al club de atletismo.

Se quedó sin habla. Había postergado mucho tiempo el confesárselo y ése no era precisamente el momento ideal para ella. Su padre tomó aliento e hizo varias respiraciones pausadas.

—¿…Cuándo pensabas decírmelo?

—…No lo sé —respondió ella por fin, incapaz de mirarlo.

Su padre entonces arrugó el papel entre sus manos.

—Bueno, pues cuando regreses a clases vas directo a ese club y renuncias —dictaminó él—. Sabes bien que no puedes exponerte así. Es peligroso para ti.

—¡Pero papá! ¡El doctor dijo que puedo correr y soy muy buena además! ¡Hay grandes posibilidades de que vaya a los juegos interestatales!

—¡Dije que no! —exclamó él, alzando tanto la voz que ella se quedó callada—. ¡No puedo permitir que te expongas! ¡Sabes bien que tenemos la misma condición cardiaca! ¡¿Quieres terminar usando un marcapasos como yo?! —Mientras más gritaba, se llevaba una mano al pecho y su cara iba poniéndose más colorada con la respiración agitada—. ¡Así que, o te das de baja del club, o te cambio de escuela!

Angie lo miró con impotencia. Los ojos comenzaron a arderle y sus labios a temblar. Era primera vez que su padre le gritaba de esa manera y no podía soportarlo.

Por más que trató de contenerse, sus ojos acabaron llenándose de lágrimas y lo único que le quedó por hacer fue irse corriendo a su habitación y encerrarse. Casi de forma inminente se llevó la mano al pecho mientras apoyaba la espalda en la puerta, intentando detener el llanto. Procedió a realizar varias inspiraciones como le habían enseñado para recuperar su ritmo cardiaco y en cuanto consiguió controlarse, secó sus lágrimas con el dorso de su mano y se echó en la cama, presionando el rostro contra su almohada, tan fuerte como si quisiera dejar de respirar.

Estuvo así un buen rato, ni siquiera se fijó del tiempo hasta que escuchó la alarma de su celular. Volvió a levantar el rostro y sacó el móvil de su bolso para revisarlo. Era un mensaje de Marianne.

“Mañana a las 12 del día en el café. No falten.

Estrategias importantes por discutir.”

Gimoteó un poco y volvió a cerrar el dispositivo, girando ahora el cuerpo hasta quedar boca arriba, mirando hacia el techo fijamente. Había una sola cosa que deseaba saber en ese momento, y seguramente no sería lo que Marianne tenía pensado como tema de discusión. Cerró los ojos y le pareció ver todo como si lo tuviera enfrente de nuevo.

Minutos después de que Marianne salió de la cabaña, Angie se incorporó también y bajó con cuidado de su litera. Pensó que no tendría el tiempo suficiente para cambiarse de ropa a riesgo de perderla de vista así que simplemente tomó un abrigo y salió de ahí.

El clima había descendido considerablemente a esa hora así que casi de inmediato empezó a arrepentirse de su repentino ataque detectivesco estando aún en pijama. Se detuvo, intentando distinguir más allá de sus narices y gracias a la luz de la luna alcanzó a ver varios metros más adelante a Marianne adentrándose en la zona del bosque, por el camino que llevaba al lago.

En un principio le extrañó, sobre todo por los últimos acontecimientos que la ligaban a ese lago, pero luego decidió no hacer más conjeturas y simplemente seguirla. Caminó unos pasos, tratando de no tropezar, cuando notó que de una cabaña más adelante salía otra figura. Volvió a detenerse para no llamar la atención y tratar de percibir quién era, lo cual no le resultó muy complicado al notar el antinatural brillo que la luna reflejaba en su piel, adjudicándole una especie de halo luminiscente que lo cubría.

Era Samael. Éste parecía tener muy claro hacia dónde dirigirse, pues no bien puso un pie fuera de la cabaña y ya estaba yendo en la misma dirección que Marianne momentos antes.

Angie se quedó estática por unos segundos, con distintas ideas dando vueltas en su mente hasta que trató de apartarlas con una sacudida de cabeza. Decidió continuar el camino, por más insegura que se sentía de lo que encontraría. Estaba ya llegando a la entrada del bosque cuando escuchó un ruido aproximándose en dirección opuesta, justo desde la senda que conducía al lago.

Se ocultó rápidamente entre unos arbustos y vio pasar frente a ella a Demian, con expresión seria y los hombros tensos. Pasó de largo sin detenerse ni voltear hacia atrás, como si ni siquiera estuviera prestando atención a su alrededor.

Una vez que se alejó, ella asomó el rostro con curiosidad, mirando en su dirección y luego hacia el lado contrario, preguntándose qué pudo haber ocurrido, cuando nuevamente escuchó unos pasos.

Apenas alcanzó a ocultarse cuando oyó un par de voces hablando con familiaridad mientras caminaban por aquella senda.

—En serio, no tienes que venir corriendo a “rescatarme” cada que pienses que voy a meterme en problemas. También puedo cuidarme sola.

—Lo siento, es algo que no puedo evitar. Prometo darte más espacio la próxima vez… o al menos intentarlo.

Marianne y Samael iban aproximándose al sitio donde ella se ocultaba y temía que pudieran percibir su presencia, así que pensó en marcharse de ahí antes de que lo hicieran, pero algo dentro le impedía moverse, deseaba seguir escuchando.

—Bueno… aunque debo admitir que nunca terminaré de agradecerte lo del lago —añadió Marianne, tratando de suavizar su tono—. Si no hubiera sido por ti… incluso desde aquella vez cuando era niña…

—Te he dicho que no tienes que agradecérmelo. Es mi deber protegerte —interrumpió él con una sonrisa.

Marianne hizo una mueca de insatisfacción y se detuvo antes de llegar a la altura donde Angie permanecía oculta, y ésta contuvo la respiración.

—…Aún no entiendo cómo puedes simplemente saber dónde me encuentro y si estoy o no en peligro.

—Yo tampoco. Sólo sé que desde que tomé forma física puedo percibir tu energía estés donde estés —explicó él como si se tratara de algo simple—. Así me resulta más fácil velar por tu seguridad.

—…Si tú lo dices —respondió Marianne sin parecerle tan irrelevante como lo quería hacer ver—. Lo único que deseo que entiendas es que no TIENES que vigilarme todo el tiempo, no sólo porque me restas responsabilidad propia, sino porque… los demás podrían sospechar algo.

Él la observó por unos segundos sin responder nada, hasta que terminó dedicándole una de aquellas sonrisas que indicaban consentimiento.

—…Haré lo posible por controlar mis impulsos la próxima vez.

Una bandada de pájaros salió volando de la copa de un árbol próximo a ellos, atrayendo su atención y dándole la oportunidad a Angie para marcharse de ahí a toda prisa y regresar a su cabaña antes que Marianne.

Prácticamente contuvo el aliento todo el camino, dejándolo salir en una sola espiración en cuanto subió a su litera. El pecho había comenzado a dolerle, pero no podía permitirse el lujo de volver a bajar por una de sus píldoras, así que simplemente cerró los ojos y trató de concentrarse en su respiración para ir controlando su ritmo poco a poco.

Durante esos minutos que le parecieron eternos, escuchó a Marianne llegar y recostarse en su cama, conciliando el sueño casi al instante, mientras que ella había perdido por completo las ganas de dormir.

En su mente sólo se repetían una y otra vez lo que había escuchado de boca de ellos. Pero, sobre todo, una frase hacía eco en su interior, una que quizá englobaba todas las respuestas del enigma que era Samael para ellos: “Desde que tomé forma física…”


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