CAPÍTULO 25

25. SENTIMIENTOS INTERRUMPIDOS

«Nunca lo olvides…»

«No puedes ser feliz…»

«¿Cómo permitírtelo?»

«Después de lo que hiciste…»

Los susurros surgían de todos lados, amenazadores y siniestros, como si residieran en alguna recóndita parte de su interior.

«Sabes bien de lo que eres capaz…»

«No podrás seguir ocultándolo por mucho tiempo…»

«Tarde o temprano mostrarás tu verdadera cara…»

«Y te unirás a nosotros…»

En la oscuridad brumosa de su inconsciencia se dibujaba una imagen: un cuerpo inmóvil en el piso, yaciendo de lado, en su espalda un agujero carbonizado y éste a su vez sangrando profusamente.

«…Asesina…»

Lilith despertó de golpe con la respiración entrecortada y la cara cubierta de sudor frío. Miró de reojo a su alrededor para asegurarse de que seguía en su habitación y vio la otra cama donde su hermana menor dormía plácidamente.

Se pasó la mano por el rostro, intentando secarse el sudor, y se recostó nuevamente, esperando recuperar la calma. Sin embargo, sabía lo mucho que se le dificultaría, sobre todo después de un sueño así. Aunque a veces dudaba que fuera sólo eso.

Las voces. Los susurros. Habían vuelto.

Llevaba un año sin escucharlos, pensó incluso que por fin podría hacer una vida normal dentro de lo que cabía en sus circunstancias actuales, pero hasta eso resultaba un cambio positivo, tener otras cosas en qué mantenerse ocupada, una distracción. Creyó al fin tener el control. Hasta ahora.

No tenía idea de lo que significaba la imagen de aquel cuerpo sin vida ni sabía de quién se trataba, lo único que deseaba era que se diluyera de su mente.

Ella no era una asesina. No lo era. Lo repitió varias veces en su mente como si necesitara convencerse de ello. Una nueva ola de susurros intentó abrirse paso, como si taladraran su mente en busca de una entrada. Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a golpearse insistentemente cerca de los oídos.

—¿…Estás bien? —una vocecita la sacó de su concentración.

Su hermana menor estaba mirándola con sus enormes ojos pardos asustados. Conocía esa mirada, hacía más de un año que no la veía de esa forma.

—…No es nada, duérmete —dijo para tranquilizarla, aunque ella no dejaba de mirarla preocupada—. Fue sólo una pesadilla, en serio. Estoy bien.

La niña no parecía convencida, pero finalmente el sueño la venció. Lilith por su parte volvió a acomodarse en la cama, obligándose a dormir con la esperanza de que en la mañana aquello quedara en el olvido. No podía permitirse perder el control, no cuando todo iba tan bien para ella. Ahora menos que nunca.

—¿…Marianne? ¿Estás despierta? —preguntó Noah, tocando a su puerta. Eran apenas las ocho de la mañana, pero él parecía listo para salir—. Loui y yo iremos al hospital. ¿Vienes con nosotros? —Ella no respondió. Noah dio un suspiro y dejó de golpear—…Bien, si más adelante sientes deseos de salir, ya sabes dónde encontrarnos.

Después de esperar unos segundos por alguna respuesta y no obtenerla, optó por marcharse de ahí. Marianne permaneció recostada en la cama mientras esperaba a que ellos salieran de casa.

La puerta del frente se cerró unos minutos después y el sonido del auto indicó que su familia iba camino al hospital. Hasta entonces procedió a levantarse y vestirse.

Cuando salió de su cuarto, Samael ya estaba bajando del ático. La temperatura había bajado considerablemente, así que al verlo tan sólo con una camisa de mangas cortas le provocó un ligero castañeo de dientes.

—¿Acaso no tienes frío? Ponte un suéter o algo, sólo de verte siento que me congelo.

—…Lo siento —respondió él como si hubiera hecho algo malo, dándose la vuelta para regresar al ático.

—Olvídalo —lo detuvo y cambió de rumbo hacia las escaleras de la cocina—. Ven, vamos a desayunar.

Marianne revisó el refrigerador y la alacena, pero para su sorpresa no había nada medianamente comestible, ya sea por haber adquirido una tonalidad excesivamente marrón o por haber sobrepasado recientemente su fecha de caducidad.

—…No queda nada. ¿Crees poder aguantar un par de horas para ir a la cafetería y que ahí comamos algo?

—Claro —aceptó Samael de buena gana, mientras ella miraba sobre la mesa, encontrando una nota que su padre había dejado:

“No pudimos comprar la despensa esta semana.

Ordena o compra lo que quieras y cárgalo a mi cuenta.

Con amor, Papá.”

 Marianne dio un suspiro como si ya lo viera venir y sin pensarlo mucho, caminó hacia la puerta, dispuesta a no perder más tiempo

—…Bien, vayamos a buscarte algo lo suficientemente abrigador para salir de casa.

La única preocupación de Lucianne al regresar a casa, era el estado en que encontraría a su padre, si habría dado algún problema al oficial Perry, pero afortunadamente éste logró controlarlo bastante bien durante su ausencia, mucho mejor de lo que ella misma podría haberlo hecho, por lo cual le estaba muy agradecida y él a su vez parecía más que feliz de tenerla de regreso.

Mientras ella estaba en el campamento, el joven oficial prácticamente se había mudado temporalmente a su casa para poder vigilar al comandante más de cerca.

Con ella de vuelta, naturalmente se trasladó de nuevo a su propio departamento, pero aún así a primera hora de la mañana ya estaba otra vez en casa, con la excusa de asegurarse de que todo estuviera bien.

Lucianne, con la extrema amabilidad que la caracterizaba, lo invitó a desayunar aprovechando que ya estaba ahí, ofrecimiento que él ni tardo ni perezoso aceptó.

—Señorita Lucianne, déjeme decirle que estos son los mejores panqueques que he comido en mi vida —expresó él mientras se llevaba un bocado tras otro.

—Gracias, aunque no es la gran cosa. Y ya te he dicho miles de veces que dejes de llamarme así. Eres casi parte de la familia.

El joven oficial se atragantó al dar un mordisco y se golpeó repetidamente el pecho mientras Lucianne le ofrecía un vaso con agua. En cuanto se le pasó el atragantamiento, alzó la vista hacia ella con expresión ilusionada.

—¿…De verdad lo crees así?

—Claro, papá te ve como un hijo, así que es como si fueras mi hermano —respondió ella con una sonrisa inocente, dejándolo como estatua a punto de derrumbarse.

—…Ah, claro. Por supuesto —dijo él, llevándose otro bocado con desánimo.

Se escucharon golpes en la puerta y Lucianne se levantó de un brinco.

—Ahora regreso.

Se dirigió a la entrada en completa calma, sabiendo que al menos su padre parecía tranquilo esa mañana, así que abrió sin mayores expectativas. Afuera había alguien de espaldas, mirando hacia el cielo nublado con las manos metidas en los bolsillos de una chamarra negra. Tenía el cabello corto, ondulado en las puntas.

Lucianne torció una ceja, sin idea de quién podría ser.

—¿…Hola? ¿Se le ofrece algo? —El extraño se dio media vuelta y su expresión cambió al instante—. ¿…Frank?

—¿Apenas un día y ya no me reconoces? Y yo que pensaba haber causado al menos algún impacto —comentó él con aquella sonrisa que se curvaba hacia un lado.

Ella dio unos pasos hacia afuera, pegando la puerta a su espalda, entre sorprendida y desconcertada.

—Pero… ¿qué haces aquí? ¿Cómo supiste dónde vivo?

—Hacker, ¿lo olvidas? —admitió sin vergüenza alguna—. Pensé que no me despedí correctamente cuando estábamos en el campamento, y considerando que sólo tratabas de ser amable, supongo que me comporté como un imbécil, así que… aquí estoy, de alguna forma tratando de compensarlo.

Ella continuó observándolo sin poder creer que estuviera ahí, parpadeando con expresión pasmada.

—Tu cabello… —fue lo único que se le ocurrió decir.

—Ah, ¿esto? —dijo él, pasándose la mano por el pelo—. Pensé que ya era hora de un cambio. Además, ya me urgía un corte, ¿no crees?

Lucianne no dijo nada y el muchacho alzó una ceja en espera de alguna reacción.

—…Y supongo que no soy del todo bienvenido, así que…adiós.

Dio unos pasos hacia atrás con la intención de marcharse, pero Lucianne lo detuvo.

—¡No, espera! Lo siento. Es que… me has tomado por sorpresa. Sólo eso.

—Entonces misión cumplida, ése era mi propósito —contestó él, tratando de sonar despreocupado, aunque no tardó en suavizar su expresión—… Aunque quizá debí avisar antes de venir.

—Hubiera sido buena idea… aunque definitivamente habría arruinado la sorpresa.

Franktick sonrió de nuevo y ella respondió de la misma forma.

—¿Quién era…?

La puerta se abrió y el oficial Perry se detuvo en seco al ver a aquel muchacho frente a Lucianne, alto y con aspecto duro. Éste a su vez lo miró como si hubiera interrumpido algo importante y no debiera estar ahí.

—Oh, lo siento, Perry. Los presento. Él es Frank, un amigo que hice en el campamento. —Luego volteó hacia Franktick para continuar con la presentación—. Y él es Perry, un amigo de la familia… bueno, su nombre real es Sascha, pero prefiere que le llamemos por su apellido.

El oficial le dirigió una mirada como si hubiera dicho algo innecesario y Franktick no pudo evitar sonreír con un dejo de burla.

—¿…Qué no es nombre de mujer?

—Es ruso y significa “Defensor del hombre”, lo cual resulta muy apropiado dado lo que soy —replicó él, mostrando su placa como advertencia.

—Ah, claro. Mis disculpas, oficial. A veces suelo tener problemas con la autoridad… y eso incluye el obedecerla —respondió Frank sin borrar su sonrisa insolente, provocando que el oficial Perry lo mirara con mayor recelo.

—Mucho cuidado. No cualquiera se tomaría a la ligera ese tipo de comentarios.

—Y no deberían —replicó Franktick con actitud confrontadora y Lucianne se vio forzada a intervenir.

—¿De verdad harán esto, chicos?

El oficial Perry tomó una bocanada de aire y cerró la boca mientras Franktick emitió una breve risa y meneó la cabeza, dándose la media vuelta.

—Bueno, al parecer llegué en mal momento, así que… con permiso.

—¡…Espera! —Lucianne avanzó unos pasos fuera de la casa para detenerlo, ante la mirada sorprendida de Perry—. ¿Viniste hasta aquí tan temprano únicamente para volver a irte a los cinco minutos? Al menos quédate a desayunar.

Franktick alzó las cejas y miró de reojo al oficial Perry que parecía haber dejado de respirar.

—…Pero claro. Muero de hambre —accedió él, mostrando una sonrisa altiva y dedicándole una mirada burlona al oficial.

Éste, por su parte, pareció dolido ante la invitación de Lucianne y decidió entonces tomar su chamarra y salir de ahí.

—¿Perry? ¿A dónde vas?

—Terminó la hora del desayuno, debo ir a trabajar.

—Vaya tranquilo, oficial. Yo cuidaré de ella en su ausencia —expresó Frank con un tono de suficiencia que encendió más la ira del oficial.

Éste pareció arrepentirse al instante de su impulsiva decisión, pero no podía simplemente desdecirse. Se detuvo por unos segundos con gesto contrariado y apretó las manos, tras lo cual continuó su camino a pesar de lo mucho que le mortificaba.

Lucianne lo observó alejarse con algo de pesar, pero tampoco deseaba que Frank se marchara. No de esa forma.

El “Retroganzza” abrió en punto de las diez como todos los días, y a pesar de que su padre lo había eximido de seguir cumpliendo aquella penitencia que le había impuesto, Demian decidió seguir trabajando ahí para de esa forma mantenerse activo.

—Pensé que ya no volverías. Me alegra que hayas decidido seguir —comentó Mankee mientras acomodaban sillas. Sólo ellos dos estaban al frente en ese instante.

—Supongo que ya me he acostumbrado al ambiente. Tanto que no sabría qué hacer en mis ratos libres —respondió él, separando un par de sillas cerca de la puerta y al mirar a través de la ventana de pronto le cambió el semblante—…Iré a la cocina a ver qué necesitan.

Tan pronto como lo dijo, se dio media vuelta sin esperar respuesta y marchó hacia la cocina ante la mirada extrañada de Mankee. La campana sonó y Marianne y Samael entraron.

—Buenos días, se les extrañó durante la semana —los recibió Mankee con una reverencia y Marianne simplemente trató de mostrarle una sonrisa débil.

—…Gracias, eres muy amable.

Mankee los condujo a su lugar habitual, añadiendo además un par de sillas como si supiera que más adelante llegaría el resto del grupo.

—¿Van a ordenar algo mientras o esperarán a que lleguen los demás?

—Pediremos algo para empezar, tenemos mucha hambre —respondió ella, tomando el menú y dando antes un vistazo hacia el resto del lugar como si buscara algo—… ¿Estás solo o ya llegaron todos?

—Si te refieres a Demian, está en la cocina, ¿quieres que lo llame?

—¡No, no! Sólo preguntaba —se apresuró a decir, volviendo la vista al menú y levantándolo un poco más de modo que le cubriera el rostro.

Samael le dirigió una mirada extrañada. Marianne trataba de mostrarse entera en esos momentos, pero no podía evitar que por instantes la preocupación se reflejara en su rostro, impidiéndole concentrarse.

—…Tráenos hamburguesas —decidió ella, cansada de revisar el menú sin realmente prestarle atención.

Samael únicamente sonrió mientras devolvía el suyo en vista de que ya ella había decidido por él.

—¿Estás segura de poder hacer esto? —preguntó él en cuanto Mankee se retiró.

—Claro que sí, es absolutamente necesario —afirmó ella, apoyando los codos en la mesa y comenzando a repiquetear los dedos con ansiedad. Samael le detuvo las manos con la intención de tranquilizarla.

—Igual y yo puedo ocuparme de todo. Tú podrías ir al hospital con tu familia y yo me encargaría de lidiar con los demás —Ella estuvo a punto de protestar, pero él se adelantó—, y prometo no decir nada sobre lo ocurrido.

Marianne consideró su propuesta, pero terminó negándose.

—Te lo agradezco, pero no. Soy perfectamente capaz de sobrellevarlo.

Samael dio un suspiro, entendiendo que no la convencería, y optó únicamente por asentir y darle un apretón de manos en señal de apoyo.

En la cocina, Mankee se preparaba para salir con la orden de hamburguesas, pero al abrir la botella de cátsup, ésta le cayó encima, ensuciando su camisa.

—¡Meelban! —exclamó él con frustración, aunque casi de inmediato parecía avergonzado—… Lo siento.

—No lo sientas, a cualquiera puede pasarle —dijo Demian, ayudándole a sostener la bandeja para que intentara limpiarse la camisa.

—…Tendré que cambiarme. ¿Podrías llevar esa orden?

Él estuvo a punto de negarse, pero Mankee se fue corriendo escaleras abajo hacia el calabozo, dejándolo a él con la bandeja en manos, mirando alrededor como esperando a que alguien más se hiciera cargo de aquella tarea, pero no había nadie más que el cocinero, así que tomó aliento y se dio la media vuelta para salir de la cocina.

En cuanto abrió la puerta, alcanzó a atisbar brevemente a Samael soltando las manos de Marianne. Avanzó hacia ellos, deteniendo la bandeja con firmeza.

—Aquí tienen. Provecho —dijo secamente, asentando sus órdenes frente a ellos y dándose la vuelta para volver a la cocina.

—Pensé que ya no trabajarías más aquí —comentó Marianne mientras jugueteaba con una de las papas—. En vista de que ni siquiera te pagan.

Demian se detuvo, aún dándoles la espalda, y torció la boca como si estuviera resistiendo las ganas de contestar, pero no tardó mucho en hacerlo.

—…Si tanto deseas no volver a verme sería más fácil que empezaras a buscar otro punto de reunión —respondió él para a continuación seguir su camino hacia la cocina, dejando a Marianne prácticamente boquiabierta. ¿Qué había dicho ahora para que reaccionara así?

—¿Hubo algún problema? —preguntó Mankee al salir del calabozo con una camisa limpia y ver que Demian entraba a la cocina con gesto contraído.

—Ninguno. Saldré un momento —gruñó él, dejando la bandeja a un lado y yendo directo a la puerta que llevaba al callejón, el sitio en el que había encontrado a Mankee unas semanas atrás.

Se detuvo del lado contrario del depósito de basura, y se apoyó contra la pared, cerrando los ojos y exhalando vapor frío por la boca.

Escuchó entonces unos pasos en la calle, pasando justo frente al callejón donde se hallaba, y al levantar la vista, sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa e incredulidad.

—No has comido nada —comentó Samael al ver que Marianne no había tocado su comida más que para revolver sus papas y jugar con ellas.

—Se me quitó el apetito —masculló ella con el rostro malhumorado.

—¿…Por qué te afecta?

—¿Afectarme qué?

Samael la miró fijamente como si intentara introducirse en su mente y ella entornó los ojos al entender lo que pretendía.

—…No te atrevas.

Él desvió la vista con un suspiro, sabiendo que no conseguiría que le dijera nada, y al mirar hacia el frente su gesto de inmediato pareció expandirse.

Marianne quiso voltear, curiosa por saber qué miraba, pero no resultó necesario pues Lucianne apareció frente a ellos.

—Hola, no pensé que llegarían tan temprano —saludó ella con una sonrisa.

Marianne estuvo a punto de responder cuando vio que justo detrás de ella venía Franktick, con las manos en los bolsillos y caminar despreocupado. Abrió la boca con la intención de hacer algún comentario, pero no pudo decir nada, simplemente miró a Lucianne como pidiéndole una explicación.

—Ah… espero que no les moleste. Frank quería conocer el lugar.

El muchacho se detuvo ante su mesa con una sonrisa de lado que parecía reconocer lo inverosímil de la situación.

—Hola, nos volvemos a ver las caras. ¿Sin resentimientos? —expresó él, haciendo un movimiento de cabeza en dirección a Marianne, quien únicamente frunció el entrecejo. A continuación, pasó la vista hacia Samael, y le dedicó otra sonrisa altiva—. ¿Aún tienes ganas de golpearme?

—No pensaba hacerlo —respondió él sin mostrar una pizca de rencor en su voz.

—Pero no niegas que sí lo deseabas —reiteró Franktick, guiñándole un ojo, divirtiéndose a costa de ellos.

Samael torció las cejas, sin saber cómo responder a eso.

—Está bromeando, no le hagan caso —intervino Lucianne a la vez que Frank se reía.

—¿Por qué todo se lo toman tan a pecho?

—…Lo dice quien se involucró en una pelea el primer día del campamento a causa de un simple accidente —soltó Marianne sin poder resistirlo más, recibiendo en consecuencia una mirada de censura de parte de su prima mientras Franktick entornaba los ojos como si hubiera tocado un tema desagradable, sin embargo, volvió a su rostro aquel gesto jovial con el que había llegado.

—Tienes toda la razón, tengo un ligero problema de temperamento en el cual debo trabajar. Ése no es motivo para condenarme, ¿o sí? …Después de todo, no me parece que seas quién para hablar de ello.

Al decir esto, esbozó una sonrisa instigadora, como si de esa forma le hubiera regresado el golpe, y Marianne empuñó las manos, sintiéndose aludida.

—¡¿Por qué no nos sentamos todos y platicamos tranquilos como gente madura?!

Lucianne se colocó nuevamente en medio para acabar con aquel intercambio antes de que terminara saliéndose de control, así que Marianne optó por cerrar la boca y mejor cruzarse de brazos mientras Franktick tomaba asiento con expresión victoriosa.

Demian tomó aliento por última vez para recuperar la compostura y entró de nuevo a la cocina, topándose en la puerta con Mankee, que iba saliendo algo apresurado.

—Me mandaron de compras, ¿podrías ocuparte mientras tanto de las mesas? Me harías un gran favor —pidió él, pasando junto a Demian.

—¿…Qué? ¡Espera! —Intentó oponerse, pero él ya había recorrido a paso veloz el callejón hasta llegar a la calle principal.

Como si no fuera suficiente, ahora también tendría que soportar la presencia de aquel muchacho con quien ya había tenido problemas. De nueva cuenta parecía haberse levantado con el pie izquierdo.

—Marianne…¿puedo pedirte algo?

Lucianne la apartó de la mesa, dejando solos a los chicos.

—¿Crees que tu padre podría ayudarme a pedir un traslado a tu escuela?

—…Supongo que sí, no creo que haya problema —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Y ya de paso, ¿podrías explicarme qué hace él aquí?

—Fue algo… inesperado. De repente se apareció en mi casa y pensé que sería de mala educación no invitarlo a pasar… y a desayunar.

Marianne le dedicó una mirada recriminatoria.

—¿Y luego qué? ¿Pensaste que sería una excelente idea traerlo a nuestro punto de reunión donde no sólo hablamos de asuntos que nadie más debe saber sino donde además trabaja Demian?

—…No pude prohibirle que viniera —dijo Lucianne, jugueteando con sus manos—. Además… ya te he dicho que no hay más que amistad entre Demian y yo. Y lo mismo con Frank. Sólo somos amigos.

—Sigue repitiéndotelo hasta que te lo creas.

—De verdad —reiteró ella con un suspiro, cansada de intentar convencerla—. Si lo que te preocupa es lo que Demian pueda pensar, no deberías, él no está interesado en mí, al menos no de esa forma.

—¿Cómo puedes estar tan segura de eso?

Lucianne meneó la cabeza con incredulidad.

—Sólo… no te preocupes por eso, ¿sí? Demian es un amigo. Frank es un amigo. ¿No podemos ser todos amigos?

—Eres demasiado idealista —concluyó Marianne.

—Así que entonces… ¿qué relación te une a la pequeña guerrera? —preguntó Franktick de forma casual en cuanto se quedó solo con Samael, cruzándose de brazos y echándose hacia atrás en su asiento.

Samael lo miró algo alarmado ante su elección de palabras.

—¿…A qué te refieres?

—Creí ser lo bastante claro, pregunté qué relación tienes con ella —repitió él, levantando una ceja como si le pareciera una obviedad—… Digo, para que actúes casi de su guardaespaldas es porque algo te debe unir a ella.

—…Soy amigo de la familia —respondió él, tratando de sonar igual de casual que Franktick, pero éste entrecerró los ojos y chasqueó la lengua con suspicacia.

—No me digas. ¿Y eso te da el derecho de seguirla a todos lados, aún si es un lago a mitad de la noche?

Samael reaccionó desconcertado. ¿Cómo podría él saber algo así? Lo miró fijamente por varios segundos, con la intención de infiltrarse en su mente y Franktick le sostuvo la mirada. Sus ojos canela brillaron con un destello rojo y de pronto el ángel se encontró con un muro que bloqueaba el acceso a sus pensamientos. Un muro de brumas.

Parpadeó confundido. ¿Por qué de repente le era imposible acceder? El día que se había interpuesto entre él y Marianne se había introducido en su mente y leyó sus pensamientos para saber qué clase de persona era. En ese entonces no había captado algún tipo de mala intención hacia ella o cualquiera, por lo tanto, había decidido dejarlo pasar. Pero algo había ocurrido desde aquello, y fuera lo que hubiera sido, le inquietaba, pues no existía explicación alguna para que de repente pudiera bloquear sus propios pensamientos.

—Disculpen por haberlos dejado solos —expresó Lucianne al volver las dos a sus asientos—. ¿Platicaban de algo?

—Cosas. Simplemente intercambiamos opiniones sobre la capa de ozono y el calentamiento global —respondió él, llevándose las manos a la cabeza como almohada.

—¿No puedes hablar en serio alguna vez?

—¿Qué puede ser más serio que el calentamiento global?

Lucianne meneó la cabeza, sabiendo que sería imposible sacarle una respuesta seria mientras estuviera aferrado a aquella actitud juguetona.

«Lucianne debe tener cuidado con él.»

La voz resonó en la cabeza de Marianne, y ella alzó la vista hacia Samael, quien con una mirada le bastó para transmitirle el mismo mensaje. Ella asintió y miró con recelo hacia Frank. El muchacho no le daba buena espina, pero si Samael también lo advertía, debía tomarlo con mayor seriedad. Si tan sólo Lucianne también pudiera verlo…

—…Ok, que alguien me diga qué pasa aquí, porque no entiendo nada.

Mitchell había llegado y en cuanto vio a su primo sentado junto a ellas como si nada, no pudo evitar que una expresión de perplejidad se dibujara en su rostro.

—Hola, Mitchelín, ¿sorprendido de verme?

—Para ser honesto, sí. Pensé que habrías vuelto con tus computadoras a dejar tus “estampas brownies” en redes privadas.

—Siempre me subestimas. Puedo hacer mucho más que eso y lo sabes.

—¿…Estampas brownies? —inquirió Lucianne.

—No quieres saber —le indicó Frank, negando con la cabeza.

—El punto es que no deberías estar aquí —declaró Mitchell con un dejo de superioridad y por primera vez, Marianne concordó con él.

—Lo dices como si se tratara de una organización ultrasecreta cuando simplemente vienen a comer hamburguesas —replicó el chico, soltando una risotada como si todo aquello le pareciera ridículo.

—Pues tal vez sí. Tal vez seamos parte de un culto que conspira para apoderarse del mundo y usamos un lugar público para desviar la atención y no levantar sospechas.

—Ah, vaya. ¿Y tu hermana también es parte de ese culto?

Apenas dijo esto, Kristania entró al lugar con las mejillas arreboladas y el pecho agitado como si hubiera estado corriendo para llegar ahí.

En cuanto los vio sentados en la mesa de siempre, agitó el brazo en un saludo efusivo y sonrió en toda su amplitud, de tal forma que la hacía parecerse más a Mitchell, lo cual les causaba escalofríos.

—¿Qué rayos haces aquí? Te advertí que no me siguieras.

—Sabía que vendrías y tenía ganas de ver a mis nuevas amigas. ¡Hola!

Ignorando las protestas de su hermano, fue directo hacia la mesa y se colocó entre Marianne y Lucianne, abrazándolas como si fueran viejas amigas.

Marianne parecía a punto de gritar.

—Lo siento por llegar tarde, me quedé dormida.

Belgina apareció en ese preciso instante, quedándose callada al ver que también Kristania y Franktick estaban ahí. Pareció meditarlo por un minuto hasta que volvió a abrir la boca.

—¿Ellos también son…?

Mitchell de inmediato le tapó la boca ante las miradas alarmadas de los demás.

—¡Claro que no, nena! Jamás podrían formar parte de nuestro fabuloso club de gente que no hace nada fuera de lo ordinario, sólo están de colados.

Marianne le lanzó una mirada para que se callara de una vez mientras Franktick los observaba con sospecha.

—¿Van a ordenar algo?

Todas las miradas se posaron ahora en Demian, y como si fuera el elemento distractor que necesitaban, Frank desvió su atención hacia él y soltó una leve risa.

—No tenía idea de que el señorito trabajara aquí. Te sienta bien el ambiente. Quizá a la próxima puedas apegarte más al estilo y atender las órdenes en patines o en botarga —comentó él con un inequívoco tono burlón.

Demian únicamente apretó el lápiz con una mano y la libreta de pedidos con la otra.

—Frank, basta —le reprendió Lucianne con voz firme—. Si vas a estar burlándote de mis amigos, mejor será que te marches.

Él la contempló desde aquella misma postura, como si analizara su rostro, hasta que terminó enderezándose en su asiento.

—Me disculpo entonces. Sé cuándo es el momento de retirarme. Con permiso —apostilló él, apartando su silla e incorporándose. Dio unas palmadas a Mitchell en el rostro al pasar junto a él y marchó hacia la puerta.

Lucianne cerró los ojos y dio un suspiro.

—…Lo siento —dijo ella, sintiéndose culpable. Acto seguido se levantó y fue tras él.

En la puerta, el muchacho se topó con Angie, quien iba entrando con el rostro descompuesto, como si estuviera a punto de deshacerse en lágrimas. Lucianne lo detuvo antes de que se marchara.

—¿Por qué tienes que reaccionar así? No entiendo cuál es tu problema con los demás.

—No tengo problema alguno con ellos. Simplemente así me llevo, soy de trato pesado, no cualquiera puede soportarlo y lo entiendo, no espero que lo hagan —respondió él, llevándose las manos a los bolsillos de la chamarra, en aquella actitud indolente y despreocupada que solía adoptar—. En serio, ni siquiera me caen mal. Bueno, a excepción de don perfecto, pero creo que el sentimiento es mutuo.

—No puedes seguir excluyéndote de esa forma.

—No me excluí. No me importa estar en un lugar lleno de gente que no desee mi presencia mientras haya una sola que sí lo haga… Pero en el momento en que ni siquiera esa persona se siente cómoda con que yo esté ahí… pues no veo motivo para quedarme.

—Ahora simplemente harás que me sienta mal.

—No tienes por qué. Sin resentimientos —replicó él, encogiéndose de hombros—. Soy un proyecto complicado. O quizá simplemente me gusta complicárselo a los demás.

Sonrió entonces y le guiñó un ojo, ocasionando que Lucianne se ruborizara.

—…O inconscientemente te complicas tú mismo —determinó ella, tratando de no demostrar alteración alguna.

—¿Auto sabotaje? ¿Sigues intentando psicoanalizarme? —enunció él con las cejas enarcadas, pareciéndole divertido, aunque Lucianne no sonrió, tan sólo continuó mirándolo con aquel gesto de genuina preocupación.

Angie, por otro lado, había entrado a la cafetería con una sola cosa en mente y en cuanto vio que Marianne estaba ya en el lugar de siempre, no se detuvo hasta llegar ahí.

—¿Qué estás haciendo?

—¿…A qué te refieres? Yo les pedí que vinieran, ¿lo olvidas? —respondió Marianne, sorprendida ante su tono.

—No deberías estar aquí —replicó ella con severidad, aunque sonaba como si su voz fuera a quebrarse en cualquier momento y su rostro no sólo se contraía, sino que además su boca comenzaba a temblar por más que intentaba mantenerse rígida.

—Angie… no entiendo qué es lo que…

—Tu madre está en coma, ¿cómo puedes estar como si nada?

Marianne se quedó callada y notó las miradas sorprendidas de todos sobre ella. Eso no era lo que tenía planeado, nadie más debía enterarse.

—¿No tienes sentimientos? ¡Es tu madre! —reiteró Angie con el pecho agitado, descomponiéndose cada vez más, como si hablara de la suya.

Marianne abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. Angie entonces se enderezó y salió corriendo de ahí, empujando a Franktick en su carrera.

—Más cuidado por dónde caminas, ‘rosita fresita’.

Angie se detuvo y volteó hacia él. Su expresión, contenida hasta entonces, finalmente pareció quebrarse y terminó rompiendo en llanto a la vez que optaba por echarse a correr.

—Wow, hoy estoy de racha hiriendo susceptibilidades.

—¿Qué habrá pasado? Angie es muy sensible, algo debió afectarle.

—…Entiendo —respondió él con repentino interés, mirando por algunos segundos en dirección a donde ella había marchado, hasta que retomó su anterior actitud de indiferencia y estiró los brazos—. Bueno, pues auto sabotaje o no, yo ya tengo que irme. Te avisaré la próxima vez que haga llorar a un niño, así puedes llevar la cuenta.

—No es gracioso. No creo que seas responsable de lo de Angie.

—No rompas mis ilusiones —finalizó él con una sonrisa mientras se alejaba de ahí.

Lucianne lo observó alejarse con curiosidad, preguntándose qué sería aquello que de repente debía hacer. Le parecía más bien una excusa para marcharse, aunque no entendía por qué si él mismo había decidido acompañarla.

Pero ése no era el momento para pensar en ello, debía averiguar primero qué había detonado aquella reacción en Angie, así que se introdujo de nuevo en la cafetería.

En cuanto la puerta se cerró detrás de ella, la patrulla del oficial Perry se encendió y comenzó a avanzar. Al pasar frente a la cafetería, observó de reojo hacia su interior, pero no se detuvo. Con un ligero rugir del motor, puso el auto en marcha y siguió a Franktick.

—¿Qué sucedió con Angie? ¿Por qué salió así de repente? —preguntó Lucianne al regresar con los demás y notó los semblantes serios de todos.

—¿Por qué no le preguntas a Marianne? Su madre está en coma y al parecer no pensaba decirnos nada —dijo Mitchell, señalándola.

—¿Qué? ¿Es… es eso cierto?

Marianne permaneció en silencio. Exceptuando sus arranques impulsivos de ira, no se permitía dejarse llevar por sus emociones. Trataba de ser lo más racional y práctica posible. No era que no le importara, pero sabía que echarse a llorar no iba a solucionar nada.

—…Creo que mejor los dejaré solos —dijo Demian, sintiendo que él no tenía cabida ahí. Regresó a la cocina y se apoyó en la puerta en cuanto ésta se cerró.

Si antes pensó haber exagerado en su reacción, ahora se sentía culpable, e inevitablemente pensó en su propia madre.

—¿Cuándo pensabas decírnoslo? ¿O es por eso que nos habías citado? —continuó Lucianne en espera de que dijera algo.

—…No debían saberlo. Ni siquiera sé cómo Angie se enteró —dijo ella finalmente.

—¿Por qué? ¿No nos consideras lo suficientemente amigos para apoyarte en estos momentos? ¿Como ustedes lo hicieron con mi padre?

Marianne alzó la vista; Lucianne parecía realmente dolida.

—No es el momento para preocuparse por mí.

—Siempre es el momento para preocuparse por alguien.

Lucianne decidió marcharse de ahí tras aquellas palabras. Belgina parecía tan desorientada como en el último par de semanas y Mitchell miraba a Marianne de forma recriminatoria, aunque sin decir nada más.

—Pobrecita, no te preocupes, yo te consolaré —dijo Kristania, pasándole un brazo por los hombros y acomodándole el cabello detrás de las orejas.

Marianne no aguantó más y se levantó de golpe. Sin decir nada, se dirigió también hacia la puerta a la vez que Samael se incorporaba y la seguía.

—¡Llámame cuando necesites a alguien! —exclamó Kristania, agitando un brazo.

Mitchell pasó la mirada de la mesa hacia ellos y luego de vuelta a la mesa.

—…Ah, fantástico, ahora yo tendré que pagar sus órdenes.

Si algo no le enorgullecía al oficial Perry eran las medidas un tanto extremas que solía tomar cuando se trataba de cuidar de Lucianne, aún cuando ella no estuviera al tanto.  Sin embargo, las justificaba, pues más valía prevenir a que ella terminara sufriendo las consecuencias de un mal juicio en su elección de amigos y ahorrarle un corazón roto, ¿y por qué no? De paso también evitárselo a él.

Después de todo, aquella medida había demostrado ser efectiva tras haber descubierto que varios muchachos que habían mostrado interés por ella en el pasado andaban en malos pasos, así que el mismo comandante se había asegurado no sólo que ella no volviera a verlos, sino que ellos recibieran un llamado de atención antes de meterse en problemas con la ley.

Era como si Lucianne fuese una especie de imán para chicos problemáticos, a los que ella acogía como si fueran un proyecto de beneficencia. Así que cuando entró Demian en el panorama y no encontró nada incriminatorio ni sospechoso en él, además de que el asunto del hospital había quedado zanjado, pensó que finalmente había aparecido un muchacho digno de Lucianne… y eso lo asustó.

No podía simplemente inculparlo de algo tan sólo para mantenerlo alejado de ella, pues eso sería algo ruin de su parte, así que lo único que se le había ocurrido en el momento era advertirle que no la hiriera. Por supuesto que se exponía a que Lucianne se enterara y en consecuencia se enfadara con él, sin embargo, para su sorpresa, eso no ocurrió, lo cual hizo que de alguna forma se ganara su respeto y se resignara a lo que fuera a darse entre ellos.

Pero esa mañana, cuando vio a aquel muchacho en la puerta, platicando con ella en esa postura tan desenfadada, sus alarmas se dispararon. Aunque era común que nadie interesado en Lucianne le inspirara confianza, tenía la sensación de que con él no era infundado.

A pesar de haber dicho que debía marcharse, no pudo simplemente dejarla sola con aquel muchacho, así que se quedó lo más cerca posible para vigilar, y en cuanto los vio salir decidió seguirlos, guardando su distancia hasta finalmente ir detrás de él, en busca de alguna prueba para justificar su recelo.

Lo había seguido por varias calles, adentrándose en una zona cada vez más deshabitada, al menos a esas horas del día. Había tenido incluso que dejar el auto y seguir a pie, a riesgo de que lo descubriera. Franktick parecía saber bien hacia dónde dirigirse y no mostraba inseguridad hasta detenerse frente a un edificio.

El oficial también se detuvo una calle antes, ocultándose de su vista y esperando a que hiciera algún otro movimiento. El muchacho miró hacia los lados por un instante, como vigilando que no hubiera nadie más cerca, y a continuación, se metió en aquel edificio que a todas vistas lucía abandonado, con parte de sus cimientos a punto de venirse abajo.

Perry permaneció en el mismo lugar sin moverse, preguntándose qué estaría haciendo en un sitio como ése. No podía arriesgarse a acercarse más, pues cabía la posibilidad de que él se percatara de su presencia, así que esperó hasta que lo vio salir de nuevo, cerrándose la chamarra y llevándose las manos a los bolsillos. Era definitivamente sospechoso y por el bien de Lucianne debía averiguar lo más que pudiera sobre él.

Aunque no estaba en sus planes originalmente, Marianne terminó yendo al hospital, y por suerte su familia ya se había marchado.

No dejaba de pensar en las palabras de Angie, sintiéndose culpable por no seguir el comportamiento que se esperaba de cualquier otro en una situación así. Pero en cuanto entró al cuarto y la vio lívida en la cama como la noche anterior, nuevamente sintió que no podía respirar. Verla así la hacía perder el enfoque, y eso no podía permitírselo.

Samael posó una mano sobre su hombro.

—No tienes por qué sentirte culpable. Nadie más que tú puede saber lo que en verdad estás sintiendo en estos momentos.

—…Dime entonces por qué sigo sin llorar —le espetó ella y él no supo qué decirle—. Mejor salgamos de aquí. Mi madre no mejorará sólo porque esté presente. Y ya sabemos bien cuál es la única solución, sólo necesitaba refrendarla.

Mientras ellos salían de aquel cuarto, al otro lado del pasillo colindante, Angie se encontraba sentada en un sillón a la espera por alguna noticia.

La noche anterior, horas después de discutir con su padre, bajó nuevamente para hablar con él, esperando que hubiera ya recuperado la calma, pero en vez de eso lo encontró en el suelo, inconsciente. Había sufrido un infarto y no podía evitar sentirse responsable de haberlo provocado. Pasó toda la noche en vela en el hospital, esperando noticias sobre su condición, soportando su propia afección cardiaca con tal de no desviar la atención de su padre. Le habían dicho que su condición era estable, pero debía pasar unas horas más en observación. Cuando decidió finalmente ir por algo de comer, se topó con Noah. Él fue quien le informó de lo sucedido.

No podía entender por qué Marianne no estaba ahí con ellos, en el estado tan delicado de su madre. Era eso lo que hacía la familia, estar ahí para los suyos.

Cuando tenía cinco años y su madre los abandonó, fue la primera vez que su padre sufrió un infarto. Ella no entendía lo que pasaba, y sin embargo ahí estuvo todo el tiempo, de la mano de su tía que había acudido desde fuera de la ciudad para poder estar al pendiente de su hermano, llevando incluso a su propia familia con ella. Ni siquiera solía verlos tan seguido, pero no tenía duda de que si les hacía una llamada en ese momento para hacerles saber que su padre había sufrido otro infarto, acudirían de inmediato. Pero no quería preocuparlos de más mientras no fuera algo grave, después de todo ella ya tenía edad suficiente para estar al pendiente de él.

Pensó de nuevo en la madre de Marianne. Trató de ponerse en su lugar, imaginarse qué estaba pasando por su cabeza, pero seguía sin entender. Si fuera su madre no se separaría de ella, pues no sabría en qué momento podría ocurrir algún cambio o…

Y entonces cayó en cuenta, Marianne no necesitaba estar esperando un cambio porque ella sabía que no lo habría, no sin el don. Quizá se había adelantado en juzgarla.

Sintiéndose ahora culpable por lo que le había dicho, se incorporó y comenzó a dirigirse hacia el área de cuidados intensivos. Pensó que quizá si hablaba con su padre podría entender un poco más su forma de pensar, pero en cuanto estuvo a punto de doblar por aquel pasillo, vio que ella y Samael salían del cuarto, así que se detuvo y retrocedió hacia la esquina de manera instintiva.

—¿Qué harás ahora que los demás saben lo de tu madre?

—No hay nada que hacer, solamente continuar con lo planeado.

—¿Pero no crees que sería mejor para ellos saber que lo que le ha ocurrido no es sólo consecuencia del tipo de don que le arrebataron, sino de carecer del don mismo? Eso les daría una motivación más para enfocarse en recuperarlos.

Angie se mordió el labio ante aquella revelación y encajó los dedos en la pared.

—En ese caso, bien podríamos también decirles sobre ti.

Al escuchar eso, abrió en grande los ojos y se apoyó en la pared con la intención de escuchar con más atención. Su corazón comenzaba a palpitar con mayor velocidad ante la posibilidad de saber por fin qué ocultaban sobre él.

—Eso es… diferente.

—¿A qué tanto le temes? A estas alturas ya han visto demonios en acción, contigo no sería tan distinto.

—¿Me estás comparando con un demonio?

—No, sólo digo que, tras pasar de una vida normal a luchar contra demonios de un día para otro, ya no hay muchas cosas que puedan sorprendernos tanto.

—Aún así, no creo que alcancen a entender…

—Samael —lo detuvo con voz firme y Angie torció las cejas—. No tienes forma de saberlo. ¿Qué tal que aparezca alguien más como tú más adelante?

Samael no supo qué responder a eso, y Angie contuvo el aliento mientras intentaba no moverse ni hacer ruido alguno.

—Vamos, que no puedo ser la única con ángel guardián, ¿no crees?

Angie no pudo seguir guardándose más tiempo. Apenas escuchó, su corazón se volcó con un latido hinchado.

—¿…E-Era eso entonces? —interrumpió ella, saliéndoles al paso y tomándolos por sorpresa. Su rostro empezaba a enrojecer a la vez que se llevaba la mano al pecho, jadeando sin control—. ¿Sa-Samuel en realidad es…? Y los dones… ¿Por qué no nos dijeron nada?

Ambos intercambiaron miradas desconcertadas, pensando con cuidado qué responder.

—A lo mejor entendiste mal… a lo que yo me refería era que…

—¡No sigas mintiendo! ¡Los escuché muy bien! —exclamó ella a la vez que su mano se retorcía sobre su pecho—¿Es por eso… que me dijiste aquello en el campamento?

—¿Aquello…? —preguntó Marianne hasta que pareció captar a qué se refería y tan sólo asintió, mientras Samael permanecía en silencio.

Angie sintió como si varias agujas se clavaran en su corazón. De repente todo cobraba sentido para ella: lo extremadamente protector que se portaba con Marianne, el aura antinatural y el secretismo que lo rodeaba, y la sensación de lejanía por más cerca que estuviera. Y para empeorarlo todo estaba la certeza de que era eso último lo que le dolía más, darse cuenta de que era más inalcanzable de lo que pensaba.

Sus ojos comenzaron a nublarse y supo lo que ocurriría a continuación. No podía permitir que la vieran llorar de nuevo. Apoyándose de la pared con una mano, tomó impulso para darse la vuelta y salió corriendo de ahí dando tumbos.

Marianne se quedó ahí de pie sin saber si seguirla o no. Miró a Samael en espera de que dijera algo, pero él parecía una estatua viviente. Estuvo así por varios segundos hasta que por fin habló.

—…Su padre está hospitalizado, por eso se enteró de lo que ocurrió con tu madre. Lleva aquí desde la noche de ayer.

—¿Y fue lo único que captaste? —preguntó Marianne, sorprendiéndole el estoicismo con que lo estaba manejando.

—No. También hubo otras cosas, pero… no sé bien lo que significan. Tenían que ver conmigo, pero no eran algo concreto, eran más bien emociones… y aún no sé bien cómo interpretarlas.

—…Bien. Intentemos entonces alcanzarla.

Angie se las había arreglado para salir del hospital sin desarmarse completamente, pero en cuanto se detuvo a un costado de éste, fuera de la vista pública, sus ojos no aguantaron más y comenzó a llorar como si estuviera exprimiéndose desde adentro.

Su corazón estaba desbocado, no sólo latía con violencia, sino que además dolía con una intensidad mayor a la que había sentido antes. ¿Era sólo físico o su corazón se había hecho finalmente de su control tal y como temía?

Se aferró al muro de concreto en cuanto sus piernas comenzaron a flaquear y levantó la cabeza para jalar aire. Su corazón no parecía dispuesto a darle tregua hasta apoderarse de todas sus funciones. Deseaba que se detuviera, que dejara de latir, lo que fuera, pero ya no quería seguir sintiendo aquello que tanto daño le hacía.

Y entonces vio por el borde de sus ojos una figura oscura que aparecía frente a ella. Quiso aclarar su vista, pero las lágrimas se lo impedían, veía borroso. Intentó decir algo, pero tampoco salió un solo sonido de su garganta, se había cerrado.

La figura ensombrecida rió por lo bajo y fue entonces que entendió el peligro en el que se encontraba. Intentó hacer un movimiento, por más que se le dificultara en esas condiciones, pero aquella presencia la detuvo sin esfuerzo alguno, colocando una mano sobre su pecho.

—…Puedo ayudarte con eso.

La vista de Angie alcanzó a aclararse por una fracción de segundo, distinguiendo los ojos rojos que la miraban intensamente justo antes de que todo se oscureciera.

Marianne y Samael se detuvieron al sentir aquella opresión que les anunciaba un ataque y se miraron en sincronía. Sin perder más tiempo buscaron un punto donde no hubiera cámaras de vigilancia para poder transportarse y aparecieron a un costado del hospital, con las armaduras ya puestas. Hollow estaba en medio del callejón, sosteniendo entre sus manos un recipiente que resplandecía desde su interior. El cuerpo de Angie yacía a un lado.

El demonio les dedicó una mirada de triunfo y sonrió mostrando sus dientes afilados.

—…Uno menos, faltan seis —dijo antes de desaparecer a través de un agujero que se abrió por debajo de él.

Fue hasta entonces que Marianne reaccionó y fue corriendo hacia el cuerpo de Angie, con su armadura retrayéndose en el transcurso, mientras Samael meditaba en las palabras del demonio

—…Seis. Llevan la mitad.

—Lo siento. Lo siento mucho —repitió Marianne mientras trataba de crear un don temporal para ella.

Angie abrió los ojos una vez que la esfera sustituta entró en su pecho, jalando una intensa bocanada de aire como si hubiera pasado bajo agua mucho tiempo.

—¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?

Angie los observó confusa por unos segundos, enderezando la espalda y llevándose la mano al pecho.

—…Ya no me duele.

—Angie, perdónanos, por favor. No llegamos a tiempo —suplicó Marianne mientras Angie permanecía con expresión vacua—. Ese demonio se llevó tu don y no pudimos hacer nada para evitarlo. De verdad, lo siento mucho.

—…Ah, está bien —respondió ella apartando la mano de su pecho y levantándose como si nada, sacudiéndose la ropa con indiferencia.

—¿Escuchaste lo que dije? Hollow se llevó tu don.

—Sí, claro, lo escuché, pero ¿qué se le puede hacer? —continuó ella con inquietante calma—. Supongo que ahora sólo quedará esperar a recuperarlo.

—Angie… ¿en verdad te sientes bien? —preguntó Marianne, pareciéndole una reacción extraña de su parte.

La chica del pelo frambuesa la miró impasible, como si minutos antes no hubiera sufrido ataque alguno.

—A decir verdad, nunca me había sentido mejor.

Con aquel mismo gesto imperturbable se giró y salió del callejón mientras Marianne la contemplaba desconcertada. Samael se colocó junto a ella, desapareciendo el armazón que lo cubría.

—Samael…¿cuál fue el don que perdió Angie?

—El don sentimental —respondió él sin dilación, provocando que ella apretara los labios al saber lo que eso significaba.

—…Ahora será indiferente a todo.

Samael enfocó su mirada en la misma dirección que ella. Angie caminaba con ligereza lejos de ahí, con lo que parecía una nueva percepción de libertad para ella. Libre de su corazón.

Lilith caminaba como zombi por la calle en dirección a la cafetería. Sombras grises surcaban bajo sus ojos. No había podido dormir bien desde que aquella pesadilla la había despertado en plena madrugada.

Intentaba alejarla de su cabeza, pero no podía evitar regresar a ella constantemente. Necesitaba distraerse y esperaba que el reunirse con sus amigos sirviera para tal efecto. No, no lo esperaba, estaba segura de que ellos la ayudarían a distraerse. Últimamente sólo con su presencia se sentía segura.

Alzó la vista y en cuanto vio las enormes letras que decoraban la entrada de la cafetería se apresuró a llegar a la puerta y abrirla con una sensación de premura.

—¡Perdón por llegar tarde! —exclamó ella en cuanto entró, tan sólo para descubrir que su mesa usual estaba vacía. Ignoró las miradas de los presentes y fue a sentarse confundida, preguntándose dónde estarían todos.

—¡Hola! Llegas algo tarde, ya los demás se fueron —anunció Mankee, acercándose a la mesa en cuanto la vio ahí sentada como si estuviera perdida.

—¿Se fueron? ¿Y no dijeron nada?

—Mmmh, no sé en realidad, cuando regresé de hacer las compras ya se habían ido; fue Demian el que los atendió, y él también tuvo que irse hace un rato. Creo que se sentía mal.

—…Oh, ya veo —respondió ella, bajando la mirada con decepción, mientras el muchacho se ocupaba de otras mesas. Sacó su celular para buscar entre sus mensajes, pero a excepción del que había recibido en la noche, no había más.

Trató entonces de enviar un mensaje a los demás para averiguar qué había ocurrido, pero éste rebotó, mostrándole en pantalla un aviso de que se había quedado sin crédito. Cerró el móvil con desánimo y dejó las manos asentadas en la mesa, sin poder ocultar su frustración.

«Te abandonaron ahora y lo volverán a hacer…»

«Porque no les importas, saben que no se puede confiar en ti…»

«Lo saben, ellos lo saben…»

Lilith se llevó las manos a los oídos, presionado con fuerza. Era primera vez que escuchaba los susurros en un sitio público, a plena luz del día, estando en sus cinco sentidos.

—…Perdona, ¿te encuentras bien?

Ella alzó la vista y se dio cuenta de que Mankee la observaba algo preocupado, por lo que se descubrió los oídos y volvió a colocar las manos en la mesa.

—Claro que sí, ¿por qué lo preguntas?

—Bueno, en primer lugar, porque no te notas tan animada como siempre, y en segundo, porque no me has llamado “monkey” desde que llegaste.

—…Bueno, supongo que es normal tener uno de esos días en que todo sale mal.

Mankee la observó por unos segundos y repentinamente tomó asiento frente a ella.

—En mi pueblo hay algunas creencias de que la tristeza y depresión son causadas por espíritus que se alimentan de nuestra energía positiva y la única forma de combatirlos es con la risa —dijo con semblante serio, y de un segundo a otro se echó a reír a carcajadas para luego volver a su mismo gesto ante la confusión de ella—. Vamos, inténtalo.

Él volvió a reír, ignorando las miradas de las demás personas, indicándole que se uniera a él. Tras parpadear unos segundos con perplejidad, Lilith también irrumpió en carcajadas exageradas para seguirle la corriente, hasta que éstas fueron encausándose poco a poco a una risa normal.

—¿Qué tal? ¿Verdad que ya te sientes mejor?

—Sería mentira si dijera que no. Muchas gracias —aceptó ella, dando una exhalación de alivio y sonriéndole.

Fue entonces que a él le pareció ver una especie de mancha blanca que destellaba en sus pupilas y se levantó de golpe.

—¡Nonuma! —exclamó de repente, con el rostro pálido.

—¿…Qué? —preguntó Lilith confundida, pero el chico ya comenzaba a retroceder y a mirar a su alrededor como si buscara una salida.

—Se-Será mejor que regrese al trabajo… Las mesas no se servirán solas —pretextó él, regresando rápidamente a la cocina y chocando con algunas mesas en su prisa por alejarse de ahí, dejando a Lilith desconcertada ante su reacción.

«Tú sabes bien por qué te huye…»

«Se ha dado cuenta…»

«Tarde o temprano todos te abandonarán…»

Lilith clavó los dedos en la mesa y apretó los dientes, haciendo lo posible porque no castañearan. Hubiera preferido pensar que todo estaba en su mente, pero era imposible negar lo que acababa de presenciar: el rostro aterrorizado de Mankee mientras huía desesperadamente de ella.


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