CAPÍTULO 26

26. CARNADA EN BANDEJA DE PLATA

Lo primero que Marianne hizo al despertar fue mirar la pantalla de su celular, pero no había recibido ningún mensaje.

Al llegar a casa la noche anterior les había enviado un nuevo mensaje a sus amigos para acordar otra reunión. Necesitaba explicarles lo de su madre, lo de los dones y además, debían saber lo que había ocurrido con Angie, si es que ella no les había dicho ya.

Al pensar que ahora Angie también sabía lo que Samael era, se llevó las manos a la cara en un gesto desesperado. Esos eran momentos para estar más unidos que nunca y no podía evitar pensar que en menos de un día las cosas, al contrario, se habían complicado todavía más.

Incapaz de seguir durmiendo, se levantó y bajó a la cocina para desayunar, encontrándose con su padre que al parecer iba de salida.

—Buenos días, ¿te sientes mejor? Ayer no te veías muy bien.

—Era sólo un dolor de cabeza… ¿pensabas ir al hospital sin Loui?

—Bueno, me parece que necesita descansar, así que regresaré por él más tarde. En realidad, recibí una llamada de Lucianne, al parecer su padre está enfermo y no puede hacerse cargo de su traslado de escuela. Me pidió el favor, así que hacia ahí me dirijo —explicó él, tomando las llaves de su auto.

—…Oh, así que decidió pedírtelo ella misma —expresó ella con cierta decepción. Debía estar demasiado molesta como para no esperar por ella.

—¿Hay algún problema? —preguntó Noah al notar su gesto, pero ella únicamente sacudió la cabeza.

—Ve. Yo me ocuparé de Loui cuando despierte.

Ella se adentró en la cocina con una sensación de remordimiento oprimiéndole el pecho. Sacó leche y cereal y se sentó a desayunar, aunque los siguientes minutos sólo se la pasó moviendo la cuchara en su tazón con la mirada perdida y gesto pensativo.

Se preguntaba en qué le afectaría a Angie carecer del don sentimental, ¿significaría eso que ya no le importarían los demás? ¿Se vería afectada su integridad como Angel Warrior por ese motivo? Samael le había explicado que perder el don no significaba perder su identidad, sin embargo, Belgina ya no era la misma desde entonces, pasaba más tiempo en las nubes, extraviada en su propia mente.

De pronto escuchó un fuerte ruido en la planta alta, como de un golpe seco. Dejó la cuchara a un lado y se levantó de un salto. Subió a toda prisa las escaleras y se dirigió directo hacia el ático, alarmada.

Pensó en el demonio de ojos rojos; quizá de alguna forma había descubierto sus identidades y había atacado a Samael por sorpresa.

Sin embargo, lo que no se imaginó al abrir la puerta del ático fue encontrar a Samael en el suelo con Loui encima, aferrado a él como si no quisiera dejarlo escapar.

—…Abrí la puerta y se lanzó sobre mí. Me tomó por sorpresa —dijo él sin poder ocultar su perplejidad.

Marianne tomó aliento e intentó mantenerse ecuánime.

—…Loui, suéltalo.

—¡No! ¡Si lo hago, seguro desaparecerá e intentarás convencerme de que lo he imaginado todo!

—Normalmente lo haría, pero has demostrado ser más inteligente que eso, así que mereces la verdad —admitió ella con voz firme—… Ahora suéltalo.

Loui entornó los ojos con recelo y poco a poco fue soltándolo, hasta que Samael pudo apartarse y levantarse del piso.

—Quiero respuestas y las quiero ahora —exigió Loui.

Marianne se llevó las manos a la cintura como si estuviera preparándose para lo que le diría, mientras Samael los observaba a la expectativa.

—…Bien, la verdad es ésta —comenzó ella—: Su nombre es Samuel y es un mago itinerante. Ilusionista. Por eso de repente lo has visto aparecer de la nada y desaparecer, es uno de sus mejores trucos. Su nombre artístico es “Samsa el extraordinario”. No tiene un lugar a dónde ir y había estado quedándose ilegalmente en esta casa desde antes que nos mudáramos, así que en cuanto llegamos se tuvo que mudar al ático. Yo lo descubrí de casualidad un día que subí a dejar unas cajas. No tiene familia, no tiene a nadie, se me hizo inhumano sacarlo de la casa en plena temporada invernal, así que le he permitido quedarse desde entonces, manteniéndolo en secreto de ustedes. Hasta ahora.

—¡Mentira! —exclamó Loui, negándose a creerle después de todas las mentiras que le había contado ya.

—Piénsalo bien, ¿es más creíble decir que es un fantasma, que es un producto de tu imaginación o qué se yo, que es un ángel o algo así? ¿Lo creerías más si te dijera eso? —continuó ella, sintiendo que recuperaba el control mientras Loui parecía indeciso.

De todas las cosas que le había dicho, ésa era la explicación más lógica y plausible, sin embargo, se rehusaba a aceptar por verdad cualquier cosa que saliera de ella.

—…Lo que dirá papá cuando se entere que has estado escondiendo a un chico en la casa todo este tiempo.

—Papá no debe saberlo —le advirtió, entrecerrando los ojos con gesto amenazante, signo que el niño pareció tomar como un reto.

—¿Qué harás para impedirlo?

Los dos se miraron como si estuvieran en un duelo y en cualquier momento empezarían a intercambiar balazos. Samael permaneció a un lado en silencio, sabiendo que era mejor no intervenir, y por la pinta que tenía todo, aquello no iba a terminar nada bien. Ambos permanecieron inmóviles, enfrascados en una batalla de voluntades hasta que, con un movimiento de ojos imperceptible, Marianne previó la intención de su hermano, pero éste resultó más veloz y en una fracción de segundo había corrido hacia la puerta.

—¡Atrápalo! —ordenó ella, pero Samael no se movió y Loui cerró la puerta para obstaculizarlos—. ¡Te dije que lo atraparas! ¡Vamos! ¡Aún estamos a tiempo!

—Yo… creo que no debería interferir.

—¿De qué hablas? ¡Esto te concierne! ¡Si mi padre se llega a enterar, ya no podrás seguir viviendo aquí! ¿A dónde más piensas ir? Tú mismo dijiste que ya no podías regresar.

Samael dio un suspiro y fue detrás de ella, siguiendo el rastro del niño. Bajaron y revisaron los cuartos minuciosamente, recorriendo la casa de cabo a rabo; examinaron cada rincón que pudiera haber usado de escondite y ni así lo encontraron.

—¡¿Cómo puede ser tan escurridizo?! —se quejó Marianne, dando un zapatazo y girando hacia Samael como último recurso—. ¿Puedes detectar su presencia?

El ángel cerró los ojos y trató de localizar la energía del niño, viendo la casa en su mente como si fuera un mapa de calor, en el que los puntos rojos en medio de la estancia los representaba a ellos, y si expandía más su visión alcanzaba a ver otro punto más en la parte de arriba, lugar que supuestamente ya habían revisado.

—…Planta alta, lado derecho.

—¡Bien! ¡Esta vez lo atraparé! —aseguró ella, dando un golpe en su puño, pero en cuanto se disponía a subir las escaleras, escucharon la puerta del frente—… Ay, no, ¿quién podrá ser ahora?

—¿Debo esconderme?

—Ve a buscar a Loui mejor. No sabemos de lo que sea capaz en este momento.

Samael asintió y subió corriendo mientras Marianne trataba de recobrar la calma y se acomodaba el cabello antes de ir a abrir la puerta. Mitchell, Belgina y Angie estaban afuera, mirando atentamente hacia arriba.

—Pero… ¿qué hacen aquí? Les envié un mensaje para vernos en la cafetería.

—Lo recibimos, pero nos pusimos de acuerdo y decidimos que era mejor venir a verte… aunque supongo que vinimos en mal momento —respondió Mitchell sin despegar la vista de arriba, por lo que ella dio unos pasos hacia afuera y también alzó la mirada con curiosidad, descubriendo a Loui encaramado en el alféizar de su ventana, pasándose hacia el techo y Samael asomándose por la ventana.

—¡Loui! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡Baja de ahí ahora mismo!

—¡¿O qué?! ¡¿Enviarás a tu “fantasma” para jalarme los pies por la noche?!

—¡Estás llevando las cosas demasiado lejos! —le gritó ella, perdiendo la paciencia.

—¿Crees que salte? Porque podría ir por una silla y sentarme a esperar, no tengo ninguna prisa —comentó Mitchell, demasiado entretenido por la escena que se producía en el techo.

—¡No es gracioso! —le replicó Marianne, volviendo enseguida su atención hacia Loui—. ¡Si no te bajas de ahí, le diré a papá que…!

—¡Ohhh, hay tantas cosas que podríamos decirle a papá! ¡¿Quieres arriesgarte?! —reviró él con total seguridad, sabiendo que tenía el sartén por el mango.

Ella apretó las manos y los dientes hasta hacerlos rechinar. No podía decir nada al respecto con sus amigos ahí presentes, siendo que ellos apenas sabían una verdad a medias. Así que respiró hondo, como si contara hasta diez, y luego dirigió una mirada hacia Samael.

—…Bájalo de ahí. Ahora.

Samael no tuvo más remedio que hacer lo que le pedía, comenzando a escalar la ventana, mientras Loui trataba de apartarse más, pisando con cuidado el tejado.

—Ahí va, ahí va, ahí va… —repetía Mitchell como si estuviera esperando que en cualquier momento alguien cayera, y como si fuera un conjuro, Loui acabó resbalando con unas tejas flojas.

Samael tomó impulso para alcanzar a detenerlo antes de que cayera, pero no llegó a sostenerse él mismo. Al ver que la caída era inminente, giró el cuerpo boca arriba, deteniendo al niño contra su pecho para que no sufriera daño.

Marianne sintió que se le iba el aliento en ese instante, pero antes de que tocaran tierra, Belgina alcanzó a amortiguar su caída con una ráfaga de viento, de modo que Samael únicamente tuvo que colocar los pies en el piso y enderezarse, con Loui aferrado a él.

—…Gracias, Belgina —soltó ella con una exhalación de alivio.

—Sé que no es de nuestra incumbencia, pero lo que menos esperábamos al venir a tu casa era encontrarnos con un niño temerario saltando por los techos.

—Yo tampoco —gruñó Marianne, volviendo a su estado de furia ante la osadía de su hermano.

Samael se aproximó a ellos con el niño en brazos. Al parecer se había desmayado.

—¿Qué hago con él?

—Llévalo a su habitación, ahora subo.

El ángel hizo lo que le pidió, entrando a la casa cargando a Loui mientras Marianne invitaba a los demás a pasar.

—No tenían que presenciar eso, lo siento mucho.

—Al menos fue entretenido —expresó Mitchell con ligereza, granjeándose una mirada recriminatoria de su parte.

—¿Sólo ustedes decidieron venir?

—Lucianne dijo que nos alcanzaría en cuanto terminara de ver lo de su traslado.

—Y Lilith no responde los mensajes. Suponemos que se aparecerá luego.

—…Oh. Está bien —respondió Marianne, sintiéndose de repente desvalida ante ellos.

Aún no estaba segura qué habrían decidido como para ir directo a su casa para hablar con ella. Los tres se sentaron en la sala mientras Marianne permanecía de pie, esperando a que hablaran.

—Sigue inconsciente —dijo Samael al bajar de las escaleras.

—¿Y entonces qué? ¿No piensas ofrecernos el desayuno o algo para tomar al menos? —comentó Mitchell, acomodándose en el sillón como si estuviera en casa.

—Eres un maleducado —lo censuró Angie sin ningún tapujo.

—¡Uy! Alguien se levantó con el pie izquierdo.

Marianne los miró extrañada, dándose cuenta por la reacción de Mitchell de que Angie no les había dicho lo ocurrido el día anterior, y por la mirada que ella le dirigió, entendió que esperaba que ella se encargara de dar la noticia.

—Bueno… supongo que esperan que les explique lo de ayer.

—Tómate tu tiempo, estamos muy cómodos aquí.

—Lucianne dice que viene en camino —anunció Belgina tras revisar su celular.

Marianne se sintió algo nerviosa al pensar que también su padre llegaría con ella, y si Loui despertaba y decía algo sobre Samael, estarían perdidos.

—Esperen un momento aquí, iré a ver si mi hermano ya despertó… ¿me acompañas? —con una mirada le indicó a Samael que fuera con ella y éste la siguió—. ¿Hay alguna forma de borrarle la memoria a Loui?

—¿Quieres que olvide absolutamente todo?

—No, obviamente no todo, tan sólo lo que ha pasado el día de hoy. Mi padre viene en camino y si le llega a decir algo…

Samael se quedó pensativo mientras llegaban a la puerta del cuarto del niño.

—Nunca lo he hecho, pero… supongo que podría intentar.

Ella hizo un gesto de agradecimiento al abrir la puerta y entrar a la habitación.

—¿Exactamente qué es lo que quieres que olvide?

—Todo lo del día de hoy, que sea como si apenas acabara de despertar.

—Haré el intento. Pero no olvides que es primera vez que lo hago, así que podría no funcionar.

Ella asintió y se hizo a un lado para darle espacio mientras él cerraba los ojos para concentrarse, colocando los dedos en las sienes del niño. Después de un rato, Samael lo soltó y se hizo invisible sin previo aviso. Marianne volteó confundida hacia los lados y fue justo en ese momento que Loui comenzó a abrir los ojos.

—¿…Qué haces aquí?

—¿No… recuerdas nada?

Loui lo meditó por un instante y luego la miró con expresión interrogante.

—¿Y qué se supone que debo recordar exactamente? Apenas acabo de despertar.

Ella dio una exhalación de alivio y comenzó a retroceder hacia la puerta.

—Sólo quería avisarte que papá viene en camino, por si quieres alistarte para ir con él al hospital —respondió ella, dejando la puerta medio abierta para que Samael también pasara, sintiendo que se quitaba un peso de encima en cuanto la cerró—… Parece que funcionó.

—¿Necesitas algo más?

—Mi padre no tarda en venir, así que será mejor que esperes por mientras en el ático, y en cuanto ambos se hayan ido te avisaré para que bajes.

Samael asintió e hizo lo que le indicaba. Mientras ella bajaba, Noah llegó acompañado por Lucianne, quien lucía decepcionada.

—Lo siento, al parecer no fui de gran ayuda —expresó Noah apesadumbrado y Lucianne intentó explicar.

—Dijeron que el curso ya está muy avanzado, si quiero pedir un traslado tendría que ser hasta el próximo semestre, y deberé repetir el tercer año.

—…Lo sentimos mucho.

—No, está bien. De todas formas, ya estaba preparada para algo así —respondió ella con un suspiro. Se escuchó entonces el ruido de unas pisadas estridentes en las escaleras, señal inequívoca de que Loui iba bajando.

—¿Vas al hospital?

—Sí, ¿ya estás listo o…?

—¡Estoy listo! Vámonos.

Loui bajó rápidamente y lo jaló del brazo en dirección a la puerta, sin molestarse en saludar a nadie, apurado por salir.

—Bueno, adiós a todos. Siéntanse como en casa —se despidió Noah, dejándose llevar.

Al ir saliendo, a Marianne le pareció ver una expresión sospechosa de parte de Loui, pero ya se habían marchado cuando intentó confirmarlo.

—Entonces… ¿alguien tiene algo que decir? —preguntó Mitchell ya que nadie más se atrevía a hablar. Sabiendo lo que vendría a continuación, Marianne decidió retroceder hacia la cocina.

—…Iré por bebidas para todos. Esperen aquí, ¿sí?

Sin esperar respuesta alguna, fue directo hacia la cocina y de ahí subió por la escalera de servicio para avisarle a Samael.

—…Creo que la memoria de Loui no se borró del todo —soltó ella mientras llenaban unos vasos con jugo.

—¿Qué te hace pensarlo?

—No sé exactamente, es sólo una sospecha. De todas formas, no estaremos seguros hasta que ellos estén de vuelta, así que será mejor que estés preparado para entonces porque es posible que tengas que desaparecerte por un largo rato.

Samael no respondió, pero dio un suspiro de resignación, sabiendo lo agotado que quedaba en circunstancias así. Luego regresaron a la sala, llevando tres vasos cada uno para repartirlos.

Pasaron varios minutos en silencio, esperando a que alguien hablara.

—…Muy bien, yo empiezo —dijo Lucianne tras soltar una larga exhalación—. ¿Por qué no querías decirnos lo de tu mamá?

Marianne les dirigió una mirada lacónica, mordiéndose ligeramente los labios.

—No quería que se preocuparan por ella ni por mí, es lo que menos necesitamos en este momento.

—¡Pero es tu madre! Obviamente querríamos apoyarte en lo que pudiéramos, serte de ayuda —protestó Lucianne.

—La única forma en que podrían ser de ayuda es derrotando a Hollow y recuperando los dones —replicó ella con firmeza—… Entiendan que por mientras no hay nada más que hacer, sólo mantenernos enfocados en una sola meta en común.

Sus compañeros se quedaron callados, sabiendo que su argumento era válido.

—¿Era eso precisamente por lo que nos citaste? ¿Tienes algún plan en mente? —preguntó Lucianne. Marianne pasó la mirada entre todos, pensando de qué forma decirlo.

—¿…Cuándo le falta a Lilith para llegar?

—Estuve intentando comunicarme con ella toda la mañana, pero la llamada no entra, es como si tuviera apagado su celular —dijo Lucianne, abriendo la pantalla de su móvil por si tenía algún mensaje.

—…Bueno, supongo que luego podemos ponerla al corriente. —Marianne dio una larga inhalación para poder decir lo que debía a continuación—… Angie fue atacada ayer.

Las miradas se posaron de inmediato sobre Angie, quien permanecía cruzada de brazos con expresión flemática, como si no fuera de ella de quien estuvieran hablando.

—Entonces de eso se trataba la extraña sensación de peligro que tuve ayer de repente —comentó Mitchell.

—¿Le arrebataron algún don?

—…El don sentimental.

Los demás reaccionaron sorprendidos al principio, pero luego sus expresiones parecieron ir transformándose en un silencioso reconocimiento, como si eso explicara muchas cosas.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? —intervino Angie, observándola fijamente con el mismo gesto inexpresivo.

Marianne volvió a quedarse callada, sabiendo que aquella pregunta implicaba lo que ocurría a falta de los dones y, sobre todo, la verdadera identidad de Samael. Le estaba dando la oportunidad de decírselos ella misma. Miró a Samael, que permanecía a su lado y en silencio, como si lo dejara a su consideración. Ella dio un trago de su jugo tratando de hacer tiempo y tras asentar el vaso casi vacío, dejó finalmente que su boca decidiera por sí misma lo que iba a decir.

—…Tengo una idea que posiblemente no sea correcto realizar, pero es la única forma que se me ocurre para atraer a Hollow.

Sus amigos la observaron con interés mientras Angie daba un resoplido ante su repentino cambio de tema.

—¿De qué se trata?

—…Carnada —respondió Marianne con tono grave. Los demás la observaron confundidos, mientras Samael se removía intranquilo en su asiento.

—¿…Te refieres a algo como conseguir gusanos y una caña de pescar y a ver si pica o algo por el estilo? —preguntó Mitchell como si no hubiera escuchado bien.

—Hablo de llamar su atención para que venga hacia nosotros.

—Pero eso es fácil. Tú misma has dicho que, si nos transformamos, ellos son capaces de rastrearnos y así nos volveríamos blancos fáciles de sus ataques, ¿no? Entonces sólo tendríamos que hacer eso y él aparecerá ante nosotros —sugirió Lucianne, pero su prima meneó la cabeza de forma negativa.

—Si hacemos eso, él no aparecería. No es tonto, sabría que es una trampa. Además, después de que casi lo eliminamos la última vez, lo que menos deseará es un enfrentamiento con nosotros.

—No somos su principal objetivo en este momento, hará lo posible por evitarnos —intervino Samael por fin—. Su única meta es conseguir el resto de los dones.

—Eso quiere decir que…

—Le daremos lo que quiere —respondió Marianne, inflando el pecho y soltando las palabras en una exhalación—. Le daremos la oportunidad de obtener los dones faltantes.

Los chicos la observaron con perplejidad, convencidos de que había perdido la cordura.

—No puedes estar hablando en serio —musitó Lucianne desconcertada.

—¿Darles los dones en bandeja de plata? ¿Después de lo mucho que hemos luchado por recuperar los que ya tiene? —intervino Mitchel, incrédulo—. ¡Sería como colaborar con el enemigo!

—No digo que le entreguemos los demás dones, sólo que facilitemos una situación para que piense tener la oportunidad de encontrar algún nuevo don, de esa forma lo estaríamos atrayendo con lo que más quiere y lo emboscamos —explicó ella, tratando de mantenerse ecuánime para que entendieran su propuesta.

—¿Dices encontrar a alguien o que uno de nosotros se ofrezca? —preguntó Lucianne—. ¿Ser conscientemente el blanco del enemigo?

—Ser carnada —repitió Marianne.

Sabía que aquello era peligroso, pero no se le ocurría de qué otra forma forzar un nuevo encuentro con Hollow. El ataque a Angie había sido inesperado y no les había dado tiempo de reunir a los demás para poder hacerle frente como era debido, por eso consideraba necesaria esa medida, para estar ellos preparados y tomarlo a él desprevenido.

Cuando ya todos se despedían para marcharse de ahí, Marianne detuvo a Angie antes de que saliera.

—¿Les dirás lo de Samuel? —preguntó ella.

Angie pasó la mirada entre ella y el ángel, que permanecía de pie detrás de las dos con rostro cetrino, como si toda la conversación referente al plan de Marianne lo descompusiera.

—No soy yo quien debería. Así que no lo haré. Pero tarde o temprano la verdad terminan sabiéndose y las cosas no resultan como uno espera. Tendrían que tener eso en cuenta.

En cuanto dijo eso con aquel rostro inexpresivo que ahora parecía permanente en ella, se marchó, dejando a ambos en silencio, conscientes de que tenía razón.

—En este momento Loui está leyendo en su habitación —anunció ella en cuanto entró a la suya, donde Samael esperaba pacientemente por indicaciones—. Necesito saber qué se trae entre manos, si realmente recuerda o no algo de lo que pasó hoy.

—Quieres entonces que lea su mente.

—Sólo así podré estar tranquila —pidió, juntando las manos en un gesto de súplica.

—¿…Y tu padre?

—Debe estar en la cocina, preparándose un café o algo.

Samael asintió y tomó aliento, dirigiéndose hacia la puerta con decisión. En cuanto la cruzó, se hizo invisible y recorrió el pasillo hasta detenerse frente al cuarto de Loui.

La puerta estaba entreabierta y se alcanzaba a ver al chiquillo reclinado en la cama con una historieta en sus manos. Concentró la mirada en él y comenzó a saltarse capa tras capa de ideas azarosas hasta lograr introducirse en su mente, esperando encontrar algo que delatara lo que había visto esa mañana, algún recuerdo de ello.

La imagen de dos personajes apareció entonces en su mente, como si representaran una escena. Un muchacho de cabello negro alborotado y ojos completamente negros de un lado y otro con un sobretodo encima, engullido por las sombras del extremo opuesto.

Tras ello, Samael se apartó de la puerta y decidió regresar a la habitación.

—¿Qué pasó? ¿Averiguaste algo? —preguntó Marianne.

Él únicamente se dedicó a describirle lo que había captado en sus pensamientos y ella chasqueó la lengua.

—…Cameron Devlin, el detective de las sombras. Es su historieta favorita —explicó ella, llevándose las manos a las caderas y dando un suspiro—… Ni hablar, habrá que intentarlo nuevamente cuando no esté embobado con alguno de sus cómics.

—Sin embargo, aunque su mente esté ocupada en algo más, aún así sería capaz de percibir sus otros pensamientos, todo lo que ocupe algún grado de importancia.

—¿Quieres decir que si recuerda algo de lo que pasó en la mañana lo pudo haber desechado en el transcurso del día como si fuera algo intrascendente?

—Si lo recordara sería imposible considerarlo algo que no tiene importancia. A menos que el recuerdo haya quedado enterrado de forma subconsciente. En ese caso éste podría resurgir si algo externo lo provoca. Te dije que algo podría salir mal, era la primera vez que intentaba algo así.

Marianne dio un resoplido con decepción y cerró los ojos, intentando pensar en algo.

—Sea como sea, hay que asegurarnos. Tienes que intentar leer sus pensamientos en otro momento, cuando esté haciendo cualquier cosa o incluso nada. Si el recuerdo quedó enterrado en algún lugar de su mente, no quiero arriesgarme a que resurja en el momento menos indicado —determinó ella, golpeando sus manos de forma contundente.

Samael lo aceptó sin protestar mientras ella sacaba su teléfono y, tras apretar unas teclas, esperó con el auricular en el oído.

—Lilith no contesta.

—Quizá esté enferma —conjeturó él, pero ella ya no estaba tan segura.

—¿Me transportarías a su casa?

—Lo haría, pero no sé dónde queda. A excepción de un punto de ataque no puedo transportarme a ningún lugar a menos que haya estado ahí previamente.

—…Claro, entiendo. Olvídalo entonces, le enviaré un mensaje y esperemos que responda pronto —decidió ella, tecleando algo rápidamente en el celular—. Por cierto, quizá sería de ayuda si me dijeras cuáles son los dones faltantes para hacernos a una idea de qué tipo de víctimas podrían estar buscando.

Samael comenzó a revisar entre sus bolsillos hasta que sacó una hoja arrugada de uno de ellos y se la entregó.

Ella abrió la hoja con cuidado, como si se le fuera a romper entre las manos, y no pudo evitar dirigirle una mirada de reproche, por ser tan descuidado en ese aspecto.

Observó los once círculos dibujados, formando a su vez otro círculo en cuyo centro había otro más. Había seis tachados al momento.

—…Increíble que tengas conocimiento de todo esto y sin embargo no sepas cómo.

—Son conocimientos preconcebidos. Ya te había dicho.

—Entiendo, entiendo —aceptó ella mientras leía el nombre de los dones sin tachar.

“Artístico”, “Bondad”, “Resurrección”, “Reencarnación”, “Sobrenatural” y “Muerte”.  Podía hacerse más o menos a una idea de qué podrían estar buscando con los tres primeros, pero no sabía de qué forma podrían identificar los restantes.

Pensó en las extrañas historias de las revistas que solía comprar. A veces tenían reportajes sobre personas que juraban ser reencarnaciones de otras vidas, quizá podría investigar por ese lado.

—¿Sigues convencida en lo de… la carnada? —preguntó Samael, distrayendo su atención de la hoja. Sus ojos denotaban ansiedad—. ¿No crees que sea… algo cruel?

Marianne lo miró sorprendida de que siguiera mortificado por eso; ya lo habían discutido un día antes de que ella lo planteara a los demás.

—Créeme que tampoco me siento muy a gusto con la idea de poner en peligro a alguien para poder atraer a ese demonio. Por eso debe ser una situación lo más controlada posible, y tener un plan de acción metódico —respondió Marianne, intentando de paso convencerse a sí misma—. No es como que vayamos a enviar a alguien al matadero. Tal vez no sea correcto, pero es lo más viable. No podemos quedarnos sentados a esperar.

Samael asintió resignado. Ella mientras tanto continuó observando la hoja. Su atención se centraba en el círculo dibujado en el centro, el que decía “Muerte”. Se preguntaba de qué forma podría presentarse un don de esa naturaleza. Habían comprobado ya que al menos cuando se trataba del don de la resurrección, los demonios buscaban gente que hubiera regresado de la muerte. ¿Sería entonces que en el caso de ese don buscaran específicamente cuerpos ya sin vida? No le resultaba imposible imaginárselos explorando cementerios, depósitos o dondequiera que hubiera cadáveres, incluso tratándose de muertes recientes, pero no le cuadraba el sentido de aquel don.

Si como le había explicado Samael, los dones eran parte esencial del alma, al morir naturalmente continuarían ligados al alma… a donde fuera que éstas se transportaran después de la muerte. En ese caso no habría nada que quedara en sus cuerpos sin vida, ni un sólo residuo. A menos que…

—Samael… ¿a dónde van las almas cuando el cuerpo muere?

Él la miró desde el suelo, sorprendido ante su pregunta. Ella ya se había instalado frente al computador para dar comienzo a su investigación.

—Al plano espiritual, por supuesto.

—¿Quiénes pueden acceder ahí? ¿Podría, por ejemplo, algún demonio…?

—¡Sería imposible! —respondió él como si fuera una locura siquiera pensarlo—. Cada uno de los planos tiene un nivel de tolerancia e interacción con respecto al otro. El plano superior nunca podría acceder a la Legión de la Oscuridad, ésta por su parte tampoco podría ascender al plano superior, ambos se excluyen mutuamente, sin embargo, el plano terrenal es campo neutro para todos. Y luego está el plano espiritual. A éste, no pueden acceder ni ángeles ni demonios y únicamente está ligado al plano terrenal pues ahí es a donde las almas se dirigen cuando un humano muere. Los óbitos son los únicos que tienen paso de este plano al espiritual, y tampoco tienen acceso a los demás, ellos disponen de su propio plano, el obitual.

—¿Óbitos?

—Son los seres encargados de transportar las almas hacia el plano espiritual.

—O sea que, básicamente, nuestro mundo es un hotel de paso para los demás y nosotros nos quedamos aquí estancados hasta ser “promovidos” al mundo espiritual.

—Si lo quieres ver de esa forma…

—Dijiste que había interacción entre los planos. ¿Únicamente puede darse aquí en nuestro mundo?

—También en los límites de cada plano, sitios intermedios. En teoría, los humanos también podrían llegar a esos límites, pero tendrían que ser conducidos por alguien perteneciente a ese plano.

—O sea que, si tú quisieras, podrías conducirme a la antesala del plano superior.

Samael se quedó callado, con los ojos muy abiertos como si no hubiera pensado en ello antes. Marianne lo miró fijamente, esperando su respuesta.

—Hay… un problema —expresó él con cierta frustración—… No sé dónde queda.

—Debes estar bromeando —espetó ella con incredulidad.

—¿Recuerdas que te dije que todos los conocimientos que traigo son preconcebidos? Pues ése no es uno de ellos. Yo fui creado específicamente para acompañarte. Así que técnicamente… no he pisado el plano superior.

Marianne tan sólo se llevó las manos a las sienes y comenzó a masajeárselas mientras Samael parecía avergonzado de admitirlo.

—De acuerdo. Supongo que puedo entender… que hay distintos tipos de ángeles y que hasta ellos tienen niveles —aceptó con un suspiro—. En realidad, deseaba saber si hay forma de que los demonios tengan algún tipo de interacción con el plano espiritual.

—Podrían, aunque los óbitos evitan contacto con ellos. De todos modos, no les pueden hacer nada, son portadores de la muerte.

Portadores de la muerte. La mente de Marianne trabajaba a mil por hora, imaginando distintas posibilidades y teorías.

—…Sé lo que estás pensando. Es imposible que ellos posean don alguno pues no tienen alma. El alma es exclusiva para los humanos —aclaró Samael al notar su gesto meditabundo, pero aún así, ella estaba convencida de que el tema estaba de alguna forma relacionado, no tenía manera de saber en ese momento cómo, pero nada le quitaba de la cabeza que tenía que ver con el don de la muerte.

—Supongo entonces que, si algo ocurre, ya nos enteraremos —finalizó Marianne, decidiendo dejar de pensar en ello por mientras.

Las siguientes horas se dedicó de lleno a su investigación, buscando situaciones con las que atraer a Hollow por los dones faltantes hasta toparse con una página que anunciaba un concurso de canto que se llevaría a cabo en la ciudad la siguiente semana. Le pareció de lo más oportuno. Revisó las bases y descubrió que estaban solicitando voluntarios para la organización y decoraciones. Era demasiado perfecto.

Imprimió todas las páginas que tuvieran que ver con el concurso y les envió a los demás el enlace para que lo revisaran. No había nada más que pudiera hacer por el momento.

Lucianne tomó un sorbo de jugo por la mañana, mientras miraba en la pantalla de su celular el enlace que su prima les había enviado a todos por correo.

El oficial Perry bajaba las escaleras en ese instante.

—Dio algo de trabajo esta vez, pero alcancé a sedarlo. Ahora está tranquilo —comentó él, bajándose las mangas hasta el antebrazo—… En la estación ya comienzan a hacerse preguntas y a correr rumores.

—¿…Rumores de qué tipo? —preguntó Lucianne, dejando el móvil en la mesa y volteando hacia él con interés.

—No creo que quieras saberlo. La mayoría involucra asuntos con drogas y una red de chantaje y corrupción que hacen ver al comandante como un mafioso de cuidado.

—¿Cómo pueden decir tales cosas? Lo conocen desde hace muchos años, ¿cómo se atreven siquiera a pensarlo?

—Ya ves lo que dicen: cuando el gato está ausente…

Lucianne meneó la cabeza con decepción. El joven oficial tomó asiento junto a ella con expresión pensativa.

—Escucha… no quiero que me lo tomes a mal, pero… ese muchacho que ha estado viniendo a verte…

—¿Frank?

—…no confío en él.

Lucianne entrecerró los ojos, suponiendo la razón por la que desconfiaba tanto de él.

—Entiendo que quieras tomar el lugar de mi padre ahora que él está… indispuesto —Él sintió una punzada ante sus palabras—, y que cuestiones las intenciones de cualquiera que se acerque a mí, pero te aseguro que, a pesar de la primera impresión que hayas tenido de él, no es lo que aparenta.

—…Créeme que lo que menos deseo es ocupar el lugar de tu padre —replicó él—. Pero estoy seguro de que ese chico se trae algo entre manos, y que no es nada honesto. Te lo digo porque no quiero que termines involucrándote y salgas lastimada.

—Perry, por favor… —pidió ella con un suspiro, cansada de que todos le dijeran lo mismo, y en ese momento tocaron a la puerta. Lucianne fue a abrirla, sabiendo de quién se trataba, mientras Perry adoptaba ya una postura inflexible.

—Hola, pensé que ya no volverías.

—No quiero parecer un aprovechado, pero si no fuera por ti, creo que ni siquiera desayunaría —dijo Franktick en cuanto Lucianne abrió la puerta. Llevaba su chamarra negra de franjas rojas que tanto le gustaba.

—¿Entonces sólo vienes por la comida? —intervino el oficial Perry, apareciendo detrás de Lucianne y mirándolo con suspicacia—. Éste no es un comedor comunitario.

—¡Perry! —exclamó Lucianne, pero Frank sonreía como si aquello no le afectara.

—…Y sin embargo no soy el único que viene aquí a gorrear el desayuno —replicó él con expresión retadora.

—¡Frank, tú también! —le reprochó ella, llamándole la atención con la mirada, y tratando de recuperar la compostura—… Justamente estaba por preparar waffles, ¿quieren?

—A mí no tienes que decírmelo dos veces —aceptó Franktick con confianza. Pasó junto al joven oficial, mostrando aquella enorme sonrisa de suficiencia y volteó en su dirección—. ¿Piensa acompañarnos en esta ocasión, oficial? ¿O tiene asuntos más importantes que atender?

—…Hoy me quedo, gracias por preguntar —respondió Perry, dispuesto a seguirlos cuando una voz salida de su radio solicitó su presencia en una de las calles más transitadas de la ciudad.

—Parece que el deber lo llama después de todo. Qué oportuno —dijo Franktick, alzando una ceja como si lo disfrutara.

El oficial lo miró furioso mientras apagaba su radio y no tuvo más remedio que regresar sobre sus pasos hacia la puerta.

—…Me tengo que ir, pero ten presente lo que te dije —reiteró él en dirección a Lucianne, ignorando completamente al otro chico.

En cuanto la puerta se cerró, Franktick se llevó las manos a los bolsillos y dio la vuelta sobre sus pies en actitud despreocupada.

—Me pregunto qué te habrá dicho, ¿alguna advertencia sobre mí? No me extrañaría. Es la historia de mi vida.

—Y sólo tú puedes cambiarlo —respondió Lucianne, sabiendo que no tenía caso desmentirlo.

Franktick sonrió de forma socarrona, y sin esperar que ella dijera algo entró a la cocina con desparpajo.

—¡Muero de hambre!

Lucianne dio un suspiro ante su desfachatez y lo siguió.

—Oye… ¿es cierto eso de que normalmente no desayunas? —preguntó unos minutos después, mientras observaba al chico devorar sus waffles con buen ánimo.

—Tranquila, no estoy necesitado ni vivo en la calle si es lo que estás pensando. Simplemente mi madre trabaja desde muy temprano, así que ni tiempo le da de cocinar algo, y yo no puedo ni cocer un huevo sin que se incendie la cocina —aclaró él mientras se llevaba a la boca un enorme trozo de waffle—. Así que la solución más simple para mí es no desayunar y luego ordenar algo para el almuerzo si es que me acuerdo.

—Pero siendo primo de Mitchell… ¿no puedes ir con ellos cuando necesites algo o…?

—Su madre me tiene terror —soltó él como si no fuera la gran cosa—… Aunque bueno, siendo justos, le tiene terror a muchas cosas, es un manojo de nervios. El tío es buena onda, está pendiente de mí y de que no le falte nada a mi madre, pero se la vive trabajando en el hospital, así que prefiero no asomarme cuando él no está presente, lo cual es prácticamente todo el tiempo.

—¿Y con Mitchell presente no podrías…?

—Contrario a lo que parezca, él es un hijo de mami. Si ella tiene algún arranque de histeria, siempre está ahí para controlarla, y si el motivo soy yo, pues… —se encogió de hombros, indicando que ya estaba acostumbrado—. Además, sólo acude a mí cuando necesita algo.

—¿Y la escuela?

—Hasta hace unos meses estudiaba el tercer año del bachillerato, pero tuve un problema…

Lucianne se removió en su asiento, inquieta ante su situación, y el muchacho terminó riendo levemente, con el tenedor en la boca.

—…Y de alguna forma siempre acabo contándote más de lo que a nadie le he dicho. Eres buena, en serio deberías considerar volverte psicóloga.

—No lo hago a propósito.

—Y eso es precisamente lo que te hace buena en ello —refrendó él, terminando de limpiar su plato y asentando los codos sobre la mesa en actitud satisfecha—. Listo, ¿qué hacemos ahora?

—Pues no sé qué harás tú, pero yo pensaba limpiar la casa.

—¡Ah, limpiar! No sirvo para las tareas domésticas, pero podría acompañarte. Me gusta hablar contigo.

Lucianne se sonrojó ligeramente, pero enseguida trató de enfocar su concentración en el set de limpieza que guardaba en un pequeño almacén de la cocina.

—En ese caso podrías hacer algo de provecho y ayudar un poco. Toma, afortunadamente siempre guardamos dos escobas —dijo lanzándole una desde donde estaba—. Será un ejercicio interesante.

—…Eso parece —respondió él, sosteniendo la escoba como si fuera un arma.

Los siguientes minutos barrieron los pisos de la planta baja mientras hablaban sin parar. Así se enteró que su madre y el padre de Mitchell eran hermanos, y mientras él era médico clínico, ella era especialista en el área de cardiología. Se le ocurrió que quizá tratara a Angie y a su padre, pero prefirió no comentarlo pues de todas maneras tal vez ya lo supiera, en vista de la “investigación” que había realizado sobre ellos.

—¿Sabes? Normalmente no hago este tipo de cosas, así que considérate afortunada de presenciar algo así… Aunque espero que no lo menciones frente a nadie más, porque lo negaré sin dudarlo.

—Nadie lo creería, aun así —respondió ella con una sonrisa.

Habían terminado de limpiar todo el piso de abajo y él ya ponía un pie en la escalera cuando ella cayó en cuenta de que, si continuaban hacia el segundo piso, podría descubrir a su padre, así que rápidamente le bloqueó el paso.

—¿Qué? ¿Sólo limpias el piso de abajo? ¿O escondes ahí arriba algo que no quieres que vea? —preguntó él en tono bromista y ella se crispó ante la sola mención.

—Es que… no alcancé a ordenar lo suficiente y… sería vergonzoso que alguien viera tal desorden.

—¿En serio? Se me dificulta visualizarte como alguien capaz de dejar algo desordenado.

—…Te sorprendería.

—Bueno, si vieras mi cuarto te parecería sacado de un episodio de acumuladores, así que el desorden no me impresiona —aseguró él con la intención de pasar a su lado, pero ella volvió a cerrarle el paso.

—Pero no es lo mismo la habitación de una chica que la de un chico, nosotras somos más… privadas en ese sentido.

—¿Es sólo eso? Porque de verdad pareciera que estás ocultando algo.

Se escuchó un quejido y un ruido seco en la parte de arriba, provocando que ambos se quedaran callados.

—¿Qué fue eso?

—¡Es sólo mi papá! Está enfermo. Debe haber tirado algo al piso sin querer —respondió ella con nerviosismo—… Será mejor que te vayas, él no sabe que estás aquí, podría molestarle.

Franktick no dijo nada, tan sólo se dejó empujar hasta llegar a la puerta.

—…Luego te veo. Debo atender a mi padre. Adiós —dijo ella de forma apresurada, prácticamente cerrándole la puerta en la cara mientras él permanecía ahí parado, escuchando sus pasos al interior, subiendo con pisadas ágiles las escaleras.

Alzó la vista hacia la planta alta y se detuvo en la habitación del extremo izquierdo, de donde parecía provenir aquel ruido en primera instancia. Se quedó observándola por unos segundos hasta que finalmente se llevó las manos a los bolsillos y se marchó de ahí.

—¿Alguien sabe algo de Lilith? —preguntó Marianne al llegar a la escuela ese lunes.

—Nada, tampoco responde al teléfono —comentó Angie con rostro inexpresivo—. Dudo mucho que haya visto siquiera los correos que enviaste.

—¿Cómo estás segura?

—Basta con ver el premio del concurso.

Marianne continuó sin entender, había leído las bases y datos de contacto para los voluntarios, pero no se había detenido a leer sobre los premios, le parecía algo irrelevante para sus intenciones. Angie giró los ojos.

—¿Es en serio? Bueno, pues si lo hubieras leído sabrías que de ninguna manera Lilith podría haberlo ignorado.

—¿De qué hablas?

—Lissen Rox —terció Belgina, con la barbilla reposando sobre sus brazos como si estuviera somnolienta.

—Hasta Belgina lo sabe, ¿ves? —replicó Angie con lo que a Marianne le pareció poco tacto para ella, por más que su falta de don la excusara.

A continuación sacó una serie de copias de su mochila y comenzó a revisarlas hasta llegar a la parte del premio que había ignorado olímpicamente en un principio.

Éste consistía en realizar una grabación a dueto con Lissen Rox para su nuevo álbum, aunque no estaría presente en el evento, al menos no en persona.

—¿Ahora entiendes? Definitivamente ella tendría algo qué decir.

Marianne no podía negarlo, pero le seguía preocupando el hecho de no saber nada de ella desde que volvieron del campamento, comenzaba incluso a sentirse culpable por no haber ido directamente a verla cuando había tenido oportunidad.

—¡Hola, buenos días, ¿cómo están todos?!

Kristania entró al aula saludando a todo mundo como si fuera la señorita simpatía, atrayendo las miradas incrédulas de sus compañeros, pero fue el repentino abrazo que le dedicó a las tres chicas, empezando por Marianne, lo que generó mayor desconcierto, aunque nadie pudo hacer comentario alguno pues la profesora entró en ese momento dándoles la bienvenida tras las vacaciones de primavera y avisándoles a las chicas de basquetbol que debían presentarse una hora después de su horario normal. Marianne mantuvo la vista en la puerta, esperando que Lilith llegara, pero ella no se asomó.

—Será mejor que vayamos a verla cuando salgamos de clases, esto ya no me está agradando —sugirió ella mientras se preparaba para dirigirse a su práctica.

—¿Y estás segura de poder quitarte a Kristania de encima para entonces? —preguntó Angie y ella volteó hacia la puerta donde la chica de ojos grises parecía estarla esperando, y con un agitar de manos se lo confirmó. Marianne dio un suspiro, imaginando la tortura que le esperaba durante la siguiente hora.

—…Algo se me ocurrirá —dijo finalmente antes de salir del salón con Kristania a su lado como si fuera dibujo animado viviente, dando brinquitos y sonriendo ampliamente sin prestar atención a las miradas confusas de los demás.

Los muchachos ya iban saliendo de su respectiva práctica cuando llegaron al auditorio, y en cuanto Demian la vio, sus facciones se tensaron. Ella lo miró con seriedad, alzando la cara un poco para mostrarse digna. Él desvió la vista y procuró caminar rápido al pasar a su lado, avergonzado de su comportamiento de la última vez.

—¡…Oh, por dios! —exclamó Kristania en cuanto la puerta se cerró, ocasionándole un sobresalto. Volteó hacia ella y vio que tenía las manos sobre la boca y ojos muy abiertos con expresión conmocionada—… ¡Le gustas!

—¿…Qué? —preguntó ella, frunciendo el ceño como si no hubiera oído bien.

—¡Le gustas a Demian! —repitió Kristania sin medir su volumen.

Marianne miró primero hacia los lados desconcertada, pero luego pareció recuperar el control sobre sí misma y entornó los ojos.

—¡Ay, por favor! No sabes lo que dices —le replicó, desechando completamente una idea tan ridícula y trató de alejarse lo más que pudo de ella.

—Estoy en una encrucijada. Por un lado me siento celosa, pero por el otro me da gusto que seas tú por difícil que te parezca, sobre todo después de las cosas que te hice y dije. —Kristania la siguió, aunque ella hacía lo posible por ignorarla—. Pero no te preocupes, por mucho que mi antiguo yo tomaría represalias en tu contra, ahora que veo todo con claridad jamás lo haría, prefiero hacerme a un lado si también te gusta.

—¡Basta! —exclamó Marianne, enfureciendo—. ¡No entiendo por qué de todas las personas, tenías que tomarme a mí de blanco, pero no es gracioso y ya me estoy hartando! ¡Así que diré esto por única vez! ¡No éramos amigas antes ni lo seremos ahora por más que digas haber cambiado! ¡No quiero ser tu amiga!

Kristania emitió un gemido como si le faltara aire y se llevó las manos al pecho en un ademán que le recordaba a Mitchell haciéndose al dramático. Sus ojos enrojecieron y sus labios comenzaron a temblar y contraerse, peor que si estuviera chupando un limón o algo ácido. Y finalmente se echó a llorar. Se cubrió el rostro y se alejó corriendo de ella, gimoteando cual damisela sufrida de telenovela, siendo interceptada en el camino por sus amigas, quienes la consolaron a la vez que fulminaban a Marianne con la mirada.

No le habría importado de no ser porque comenzó a sentirse culpable. Necesitaba recordarse que en ese momento Kristania no era ella misma, y por más que dudara de sus intenciones, éstas no eran maliciosas pues carecía de aquel don. Era como si se hubieran invertido los papeles.

—¿Pero qué es esto? Se supone que vienen aquí a entrenar no a discutir sus asuntos personales. ¡Detengan el drama ahora mismo y muévanse que ya de por sí nos falta una integrante y no podemos perder el tiempo! —ordenó el entrenador, dando palmadas y un silbatazo para llamar su atención.

Las chicas se reunieron en el centro de la cancha sin más remedio, con Kristania sorbiéndose la nariz y sollozando cada tanto, las amazonas prácticamente asesinando a Marianne con la mirada y ella deseando salir de ahí cuanto antes. Aquello era tolerable con Lilith presente, pero sin ella sólo quería estar muy lejos.

En cuanto terminó la sesión, se apresuró a ser la primera en salir mientras Kristania continuaba con su drama sentada en las gradas, consolada por sus amigas. Sentía remordimiento, pero no deseaba lidiar con ello en ese momento. Ya fuera del auditorio, escuchó un ruido de combate en el gimnasio. Recordó que los lunes también les tocaba a los de esgrima, pero supuso que a esa hora ya habrían terminado también.

Sin saber por qué, sus pies se pusieron en marcha hacia aquel lugar, y se quedó parada frente a la puerta por un instante, escuchando el sonido de las pisadas sobre la madera y el ruido metálico del choque de los floretes. Parecía únicamente haber dos personas en el lugar. Empujó la puerta con cuidado y se asomó para ver quiénes eran.

Ambos tenían los trajes y las caretas puestos, pero podía hacerse una idea al escuchar las voces con más claridad.

—Pisa más firme y tira del brazo con fuerza, no tengas miedo de que el florete me toque, recuerda que los trajes están protegidos.

—¡Sé bien todo eso, no tienes que decírmelo! ¡Además no es miedo! ¡Es mi maldito brazo que no deja de temblar!

El chico parecía un novato a pesar de que el tono de su voz decía lo contrario. Sus pies chocaban constantemente uno contra otro y parecía que en cualquier momento el florete se le caería de la mano. Carecía completamente de coordinación.

—Tira entonces tu mejor estocada. Anda. Hazlo.

El muchacho pareció caer ante la provocación y apretó la mano con la que sostenía el florete. Tomó impulso y, con un empuje que pretendía generar mayor potencia en su estocada, extendió el brazo en dirección a su contrincante, pero el florete se le escapó de la mano y salió volando hacia el frente. Aunque el otro logró esquivarlo, éste continuó su trayectoria hacia la puerta. Fue tan rápido e inesperado que Marianne no alcanzó a hacerse a un lado, sólo levantó las manos por reflejo. El florete se detuvo justo frente a ella como si hubiera chocado con una pared invisible y permaneció flotando un par de segundos antes de caer a sus pies.

Demian se quitó la careta y enseguida se acercó corriendo a ella.

—¡¿Estás bien?!

—Sí… Sólo fue… la impresión —respondió ella con la respiración agitada, mirando el florete a sus pies.

—¿Estás segura? ¿No te lastimaste?            

Tomó sus manos sin esperar respuesta para revisarlas y ella notó una sensación de punzada en su interior, como si alguien la apuñalara repetidas veces en el pecho y el estómago. Quizá no tan extremo, pero podía hacerse a la idea. Sintió también que sus manos se enfriaban mientras él revisaba si tenía alguna herida y se encontró de pronto preguntándose si estaría demasiado bajo el aire acondicionado.

—Qué raro. ¿De verdad lo detuviste con las manos? —preguntó Demian al notar que estaban intactas, no tenían una sola marca como supondría después de haber detenido un objeto a aquella velocidad y sobre todo puntiagudo aunque tuviera la punta roma.

—Supongo. Aunque no podría decir… de qué forma exactamente. Todo fue muy rápido.

Demian alzó la vista y ella dio un leve respingo en cuanto sus miradas se cruzaron. Él la miró fijamente por varios segundos hasta que cayó en cuenta de que seguía sujetando sus manos, por lo que rápidamente la soltó y se apartó.

—De lejos pareció como si el florete se detuviera solo y se quedara flotando en el aire por un par de segundos.

—¡…Es una tontería! ¿Cómo podría alguien creer algo así? —replicó ella, intentando sonar casual para que no sospechara.

—¡Si no le pasó nada, deja de socializar, tráeme el florete y continuemos practicando! —exclamó Lester desde el otro extremo, comenzando a ir y venir sobre su mismo radio para demostrar su desesperación.

Demian recogió el florete y se lo lanzó de vuelta.

—¡Sigue practicando esas estocadas, ahora regreso! —dijo él, volteando nuevamente hacia Marianne—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Sólo me dio curiosidad escuchar ruido cuando ya no debía de haber nadie. De todos modos ya me iba —respondió, sintiendo de pronto una nueva ola de indignación.

Él la detuvo del brazo para evitar que se fuera y con el mismo impulso la soltó segundos después.

—Escucha, yo… no debí haberte hablado así en la cafetería. No tenía idea… por lo que estabas pasando.

—¿Eso hace alguna diferencia?

—La hace para mí. Tu situación no es nada fácil y pretendes actuar como si todo fuera normal, excluyendo a los demás… Lo sé y lo entiendo… porque yo también lo viví.

Aquello fue como encender una mecha, Marianne lo miró con los ojos encendidos y el gesto contraído.

—¿…Entiendes por lo que estoy pasando? ¿Qué quieres decir con eso? Mi situación no es igual a la tuya. ¡Mi madre no está muerta!

Se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho. Demian la miró dolido, como si hubiera tocado el punto más sensible para él, y se apoderó de ella un nuevo remordimiento que se anteponía al anterior más que justificadamente.

—No quise…

—Olvídalo. —Demian mantuvo un gesto adusto y su mirada se volvió glacial—… Supongo que lo merecía.

Marianne trató de decir algo, pero en eso escucharon un golpe seco. Voltearon buscando el origen y vieron a Lester en el piso, inconsciente. Ambos corrieron hacia él y Demian se arrodilló, intentando hacerlo reaccionar sin éxito.

—…Ve a buscar a alguien pronto. Algo no está bien, él no responde.

Marianne retrocedió unos pasos, mirando fijamente el rostro pálido de Lester, hasta darse la vuelta y salir en busca de ayuda, aunque sabía muy bien que era inútil, aquello no podía tratarse más que de lo mismo que le había ocurrido a su madre, lo que eventualmente ocurriría también con los demás. Y era mucho antes de lo que pensaba.

Más tarde llegó la ambulancia y algunos profesores intentaban alejar a los estudiantes curiosos. Los paramédicos acomodaron a Lester en una camilla para llevárselo de ahí mientras Demian permanecía sentado en las bancas, observando sin poder hacer nada. Marianne se acercó, quedándose de pie a un lado, buscando qué decir.

—Deberías irte —fue Demian quien habló primero, sin despegar la vista del frente—. Agradezco tu ayuda, pero por ahora ya no hay nada más que hacer.

—Tú tampoco puedes hacer nada. Sabes eso, ¿verdad? Lo que ha ocurrido con él no es tu culpa.

Demian sonrió ligeramente con amargura, como si en el fondo ya no estuviera tan seguro de ello.

—Aún así tengo que quedarme. Querrán interrogarme, después de todo yo estaba con él cuando ocurrió. Tú únicamente ibas pasando.

Marianne miró a su alrededor y notó a maestros hablando con paramédicos y estudiantes intentando mirar más de cerca, pero sobre todo se dio cuenta de sus miradas en cuanto se fijaban en Demian, cómo hablaban entre ellos, especulando. Seguramente se dispararían los rumores como la última vez, pensó. Pero, aun así, prefirió no hacerle ningún comentario, aquello era su desastre y tenía que limpiarlo pues había sido su descuido el que lo había desencadenado. Más que nunca estaba decidida a arriesgarlo todo con el plan que llevarían a cabo.

Lucianne esperaba pacientemente en la cafetería en su mesa usual. Llevaba ya su tercer vaso de té y miraba fijamente la pantalla de su celular. Últimamente había estado intercambiando mensajes con Franktick, y mientras leía los últimos, no pudo evitar que se le escapara una sonrisa. Cuando no estaba siendo insolente con los demás, era en verdad divertido.

—¿Qué es tan gracioso? —Lucianne de inmediato alzó el rostro y vio a Frank frente a ella, sonriendo de forma confiada—. ¿Leíste algo que te puso de buen humor?

Ella se sonrojó, consciente de que debía saber que estaba leyendo sus mensajes.

—¿…Qué haces aquí? —preguntó, guardando su celular antes de que se le ocurriera ver la pantalla—. ¿Acaso me estás siguiendo?

—¡Pero por supuesto! ¿No ves que soy tu acosador declarado? —respondió él, riendo mientras tomaba asiento frente a ella—. Uso tecnología de punta y satélites rusos para rastrear el chip de tu celular a donde quiera que vayas… Eso y el mesero mencionó que siempre se reúnen aquí después de clases. Como no estabas en casa, supuse que aquí estarías.

—…Ah, claro, tiene sentido.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó al ver que sujetaba unas hojas.

—Es sólo… una convocatoria, nada importante —dijo, apartando las manos y permitiendo que las tomara.

—¿Cantas?

—¡No, para nada! Es sólo que… al parecer estaremos de voluntarios durante el evento, por lo tanto… eso es lo que veremos el día de hoy.

—….Así que voluntarios —repitió él, observando atentamente la hoja como si estuviera pensando en algo—. ¿Puedo unirme yo también? Quiero ver de cerca el show de fenómenos que se creen cantantes.

—Pues… si lo deseas. Ahí viene el teléfono y correo.

—¿Me lo puedo quedar? —dijo mientras doblaba una de las hojas y la guardaba en su chamarra. Lucianne lo observó confundida, no entendía cuál era su repentino interés en aquel concurso.

—No estás haciendo esto sólo por mí, ¿verdad?

—Wow, debes tener una gran confianza en ti misma para pensarlo siquiera. Requiere de una buena cantidad de ego y eso me agrada.

—Sólo quiero asegurarme de que lo hagas por las razones correctas y no por mí solamente.

—Define una razón correcta. Para mí serían las necesidades del momento. Por ejemplo, como hoy que necesitaba verte.

Lucianne nuevamente sintió que las mejillas se le encendían y trató de agachar el rostro para que no se le notara.

—¿De nuevo por aquí?

Mitchell estaba ya junto a la mesa, mirando a su primo con desconfianza.

—Hola, Mitchelín, ¿al fin lograste atrapar a alguna chica o las órdenes de restricción te lo siguen impidiendo?

—Ja-ja-ja, qué gracioso, lo dice quien necesita que una computadora le de los datos de una chica para poder abordarla —replicó él con inquina.

—Y fuiste tú quien acudió a mí y terminó sacando provecho de esos mismos datos.

—¿Pueden parar? Son primos, deberían apoyarse mutuamente.

—…Se nota que llevas poco tiempo teniendo una.

Tras decir esto, Mitchell jaló una silla y se sentó en la punta de la mesa, dirigiéndole una mirada a Franktick que intentaba ser intimidante, pero que sólo le provocaba risa.

—Cambio momentáneo de planes —interrumpió de repente Marianne, apoyando una mano en la mesa apenas se aparecía junto con Belgina y Angie. Al notar la presencia de Frank, lo miró de nuevo como si fuera un intruso y le dirigió otra mirada cuestionadora a Lucianne, aunque en vez de decir algo al respecto decidió continuar con la idea inicial—… Debemos ir a casa de Lilith.

—¿No fue a clases?

Marianne negó con la cabeza y trató de pensar qué podía decir con aquel muchacho ahí presente sin revelar nada que le pareciera sospechoso.

—Tenemos que verla… sólo nosotras.

—¿Y yo qué? ¿Por qué no puedo ir? —preguntó Mitchell, sintiéndose excluido.

—Es un asunto… de chicas. Tú te quedas aquí y esperas a Samuel, ¿de acuerdo?

Él se hundió en su asiento, visiblemente descontento, y Franktick, por su parte, sólo sonrió al notar que lo ignoraban.

—…Está bien. Vayamos —aceptó Lucianne, levantándose y dirigiéndole a éste una última mirada como si fuera a decirle algo, pero él se adelantó.

—Que te diviertas. Envíame una postal.

Ella únicamente apretó los labios y siguió a las demás.

—¿Ya se van tan pronto? —preguntó Mankee al salir de la cocina.

—Iremos a ver a Lilith y si es necesario arrastrarla hasta aquí —comentó Marianne de paso y él reaccionó con un tropiezo, casi tirando las bandejas que cargaba con ambas manos, llamando la atención de ellas—… ¿Ha venido últimamente?

—¡…N-No, p-para nada! —balbuceó él, tratando de recuperar el equilibrio de las bandejas—. Sólo… si la ven… díganle que mantenga el humor arriba.

Rápidamente se apartó para entregar las órdenes que llevaba consigo y ellas intercambiaron miradas extrañadas hasta que decidieron continuar su camino.

Apenas Franktick vio que se marchaban, se enderezó en su asiento, revisando su bolsillo y asentando un billete sobre la mesa.

—Ordena algo, Mitchelín, yo invito —indicó él, dándole unas palmadas en la cara antes de marcharse de ahí.

—¡…Odio que hagas eso! —se quejó Mitchell, frotándose la cara. Franktick salió de la cafetería, mirando con cautela hacia los lados, y a continuación comenzó a caminar.

Muy cerca de ahí, el oficial Perry encendió su auto y comenzó a seguirlo como la última vez. Llevaba haciéndolo desde la mañana cuando había pasado por casa de Lucianne y lo había visto en la puerta, mirando atentamente hacia la habitación donde tenían encerrado al comandante. Aquella era una señal que no podía ignorar.

Lo vio detenerse ante el mismo edificio que la otra vez e introducirse en él sin mayor preámbulo. Pero en esta ocasión no pensaba quedarse ahí, esperando a que saliera. Él también entraría.

Se aseguró de que su arma estuviera cargada por pura precaución y se dirigió hacia la entrada del edificio. Miró hacia arriba y luego hacia el interior. De cerca parecía aún más desolado y a punto del derrumbe.

No le atraía la idea de quedar enterrado entre sus escombros ante un posible desplome, pero menos le agradaba que Lucianne siguiera expuesta a cualquier peligro que ese muchacho pudiera representar. Así que tomó aliento, sujetó el arma, y se adentró.

Cada uno de los niveles de aquel edificio era únicamente accesible por medio de una escalera semi derrumbada que iba descascarándose cada que alguien ponía un pie encima, y aunque no era frecuente dada su condición de abandonado, últimamente se habían ido marcando en ellas las huellas de las pisadas de Franktick cada vez que subía. Sin embargo, había ocasiones en las que el ascensor de repente se abría en el piso que estuviera y sabía que ésa era una señal para meterse.

En esa ocasión no había ni bien puesto un pie en la escalera cuando se escuchó la campanilla del ascensor, indicadora de que se había abierto y esperaba a ser abordado. La primera vez que había ocurrido dudó mucho en subir, más que nada por las precarias condiciones de las instalaciones en general. Entre caer de una escalera derrumbada y quedar atrapado dentro de un elevador que en cualquier momento podía desplomarse, la segunda opción era la menos atractiva. Sin embargo, después de adentrarse en él y subir sin ningún problema hasta el último piso del edificio, había aprendido a aprovechar cada que la oportunidad se presentaba. Y ésa era una de ellas.

A pesar de que el edificio estaba en completas ruinas, el interior del ascensor parecía en perfecto estado, incluyendo la iluminación.

Entró en él y sin necesidad de apretar botón alguno, la puerta se cerró automáticamente y comenzó a ascender con rapidez, pero a la vez tan suavemente que no sentía el movimiento. Cuando finalmente se detuvo, las puertas se abrieron revelando una zona tan oscura y descuidada como las demás, los pisos empolvados, escombros entre escritorios y paneles arrinconados, pero que él parecía conocer ya a la perfección pues apenas puso un pie fuera del ascensor, se dirigió directamente hacia el fondo, donde lo esperaba una figura de espaldas.

—Ya era hora de que vinieras.

—Para que me estuvieras esperando, eso parece.

—Mejor vayamos directo al grano —dijo Hollow, volteando hacia él con sus ojos rojos encendidos—. Espero que traigas algo para mí.

Franktick no lucía intimidado ante su presencia, y mientras se llevaba la mano a la chamarra, le sostenía la mirada para demostrar su osadía, entregándole la hoja que había tomado de Lucianne.

—¿Qué es esto?

—Un concurso de canto que se realizará este fin de semana.

—A éste ya lo verifiqué —indicó él, agitando una de las hojas con la imagen de Lissen Rox—. Es peculiar, pero no posee un don. Esperaba algo interesante de tu parte.

Al decir esto, le arrojó la hoja y se dio la vuelta con la intención de marcharse de ahí.

—Pero habrá mucha gente participando. Gente con algún talento, me imagino.

El demonio se detuvo por un instante, pensándolo mejor.

—…Debo admitir que aquella pista que me diste para hallar el don sentimental fue un gran acierto. Hasta entonces no sabía bien cómo buscarlo.

—Sólo fue una idea.

—Y diría que tienes muy buenas ideas… de no ser porque aparte de ésa, las demás no me han servido de nada.

—Hago lo que puedo —afirmó Frank, conteniéndose—. El trato era únicamente que yo trajera información. He cumplido trayendo la de hoy, quiero mi recompensa.

Hollow sonrió, mostrando sus afilados dientes, y tras girar nuevamente hacia él, le arrebató de vuelta la hoja.

—Muy bien entonces. Si es lo que estás esperando.

Sin decir nada más, extendió la mano hacia él, con la palma casi tocando su frente y una especie de aura oscura lo rodeó con una sacudida que duró un par de segundos, tras los cuales se apartó y comenzó a sacudirse las manos mientras Franktick se distendía con un fuerte jadeo y abría los ojos, los cuales brillaron momentáneamente con un destello rojo que se diluía.

—…Cuando dije que quería aprender a hacer lo mismo que tú no esperaba que fueras a ir proporcionándome de ese poder en pequeñas porciones. Es desesperante.

—Jamás dije que te mostraría todo por completo. Además, aún debes devolverme el don que robaste, y mientras no lo hagas tendrás que conformarte.

El muchacho dio un resoplido de decepción y observó sus manos, notando pequeñas virutas de energía surgiendo de ellas, haciéndole cosquillas en las palmas. Era una sensación increíble, pero al mismo tiempo deseaba más. Podía considerarlo una adicción.

—Ahora vete, ya veremos si la información que me has dado sirve finalmente de algo —ordenó el demonio, haciendo un ademán para que se marchara—… ¡Ah, lo olvidaba! —Arrojó entonces algo que el muchacho alcanzó a detener al vuelo. Un fajo de billetes—. Date un gusto. Sé que los humanos disfrutan de esos pedazos de papel.

Su “recompensa humana”, así le llamaba. Frank no lo había pedido en un principio, pero tampoco era capaz de rechazarlo, así que guardó el dinero en el bolsillo delantero de su chamarra y se dirigió al elevador, que de nueva cuenta se abría ante él, mientras que, desde las escaleras, el oficial Perry observaba oculto, con el arma sin seguro y en alto.

Acababa casi de llegar, así que no había alcanzado a presenciar todo, pero si de algo estaba seguro era de que estaba involucrado en algo sucio, como la entrega de aquel dinero le indicaba. Además, estaba la presencia de aquel hombre extraño que le recordaba mucho a los dos sujetos que la policía buscaba desde hacía varias semanas y que no habían vuelto a aparecer en la ciudad. Aquello no hacía más que confirmar sus sospechas. El muchacho no era de fiar. Convencido de ello, guardó el arma en cuanto vio el ascensor cerrar sus puertas y se dispuso a retomar el camino de vuelta hacia abajo, cuidadoso de dónde asentaba el pie en aquellas viejas escaleras.

Hollow había ya formado uno de sus agujeros hacia la Legión de la Oscuridad con la intención de pasar a través de él cuando una sombra le salió al paso.

—Qué curioso. Siempre proclamaste no necesitar de ninguna sombra a tu servicio, ¿y ahora piensas crear precisamente una a partir de un humano? Me sorprendes.

Era Ende, con sus ojos fantasmales mirándolo a través de la oscuridad. Hollow lanzó un resoplido para desestimar sus palabras y negó con la cabeza, sintiéndose ofendido con la sola idea.

—Jamás tendría un sirviente de origen humano, no caeré en el mismo error de Umber —afirmó él, manteniéndose ecuánime, esbozando una sonrisa calculadora—… Sólo lo estoy utilizando un poco. Él quiere algo que piensa que yo puedo darle, y efectivamente podría, pero no estoy aquí para cumplir los deseos de nadie. Únicamente le paso pequeñas rachas de energía para que se sienta poderoso por un tiempo, pero sólo de forma pasajera, después de todo no puedo llenarlo de energía negativa cuando aún debe devolverme el don que ocultó en ese lago. Eventualmente su cuerpo terminará asimilándolo… quizá envenenándolo poco a poco.

—Ya me parecía extraño. Aunque debes admitir que los humanos suelen ser bastante manipulables.

—…Éste no. Pero sería divertido doblegar su voluntad.

Miró nuevamente la hoja que le había dado y sonrió mientras alzaba la vista de nuevo hacia el agujero frente a él y lo atravesaba.


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