27. RUMORES DESCONTROLADOS
Como todas las mañanas desde que se había avecindado en aquella ciudad, Mankee se levantó muy temprano para comenzar su día, tratando de hacerlo lo más rutinario y normal posible en sus circunstancias, las cuales incluían al menos una veintena de hombres invadiendo la cocina y parte del búnker que ejercía de su habitación para vigilar su sueño y prácticamente hacer todo por él a pesar de su renuencia. Estaba ya tan resignado que mientras subía las escaleras dejaba que fueran vistiéndolo con aquellas prendas más tradicionales que había estado usando últimamente.
La cocina era también ocupada por aquellos hombres dedicados a labores de limpieza y a reponer la despensa. Mankee suspiró al ver que sería otro día sin poder realizar su rutina como tanto añoraba y echó un vistazo al fondo de la cocina donde se distinguía una sección de reciente añadidura que incluía una escalera que subía a lo que antes era el techo y ahora correspondía a un lujoso loft que Latvi había mandado a construir en tiempo récord, aunque él prefería seguir alojándose en el viejo calabozo sin importarle las comodidades a las que renunciaba, con tal de mantenerse lejos de ella. Por el momento, no había dado señales de que hubiera despertado ya, así que al menos tenía esa mañana para sí solo.
Trató de esquivar a aquellos hombres para preparar el desayuno, pero en cuanto intentaba tomar su vaso, alguien ya le había dado una malteada y un plato rebosante de papas y hamburguesa. Dio otro suspiro de resignación y se dirigió al frente de la cafetería para al menos tener algo de paz en la soledad del comedor. Atravesó la puerta, aliviado de dejar atrás el ajetreo de la cocina, pero en cuanto se cerró a sus espaldas, se detuvo confundido al ver que en la mesa junto a la entrada estaba sentado Frank con un refresco en la mano (claramente sacado del congelador) y tomando directo de la botella con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos.
—Pero ¿qué…?
—Buenos días, princesa. Veo que traes el desayuno; toma asiento y tráeme otra botella ya que estás por ahí.
Mankee estaba tan patidifuso que, antes de poder razonar sobre su presencia, ya había sacado una botella del congelador y atravesado el comedor hasta llegar a su mesa.
—¿Cómo entraste y qué estás haciendo aquí? —se atrevió por fin a preguntar.
—Sencillo, no tuve más que esperar a que Lilith se distrajera para tomar su alijo de llaves de media ciudad y sacar un duplicado de la llave de la cafetería. Y luego no tuve más que decirles a tus esclavos que tú me citaste y que esperaría a que despertaras. ¿Sabes? Para tener tu propia hueste de matones orientales, aceptan fácilmente cualquier cosa que les digas. Creo que necesitan clases urgentes en nuestro idioma. —Mientras Frank hablaba, no perdía oportunidad de robar papas fritas del plato de Mankee y dar tragos a su refresco mientras el chico seguía mirándolo con incredulidad.
—¿…QUÉ estás haciendo AQUÍ? —repitió Mankee con mayor énfasis, ignorando que Frank ya hubiera tomado su hamburguesa, dándole una mordida.
—¡Qué grosero, alteza! ¿Así tratas a tus humildes súbditos? Con razón prefieren seguir órdenes de Sherezada —replicó Frank sin abandonar la actitud burlona.
Mankee se sentó con los brazos cruzados y antes de que el otro pudiera tomar otra papa de su plato, lo apartó de él.
—Bueno, ya, está bien. Solo hago tiempo mientras decido si entro a clases o no. ¿Satisfecho? Ahora sé una buena princesa y da de comer al hambriento.
—¿Por qué tendrías que decidir tal cosa? Solo es cruzar la calle, no es tan difícil.
—Claro. Y tú solo tienes que decirle a tu novia que se marche y te deje en paz. Pan comido, ¿no? —rebatió Frank a lo que Mankee no se atrevió a responder, aunque sí le dedicó una mirada insatisfecha. La puerta de la cocina se abrió entonces, y como si la hubieran invocado, Latvi apareció vestida lista para la faena.
—Muy temprano vienen a visitar a mi príncipe. Debe ser importante —comentó la chica con aquel acento que no dejaba entrever si hablaba en serio o sarcásticamente.
—Solo soy un humilde lacayo que viene a presentar sus respetos —replicó Frank levantando su refresco como si fuera a brindar, con una sonrisita que al contrario dejaba muy en claro que el sarcasmo era lo suyo. Latvi pasó la vista de los chicos al plato con la hamburguesa mordida a un lado de Mankee.
—…Eso no es desayuno apropiado para un príncipe. Te prepararé un Mognar como los que comías en casa. —Dicho esto volvió a la cocina sin esperar respuesta y Mankee casi dejó escapar un quejido de conmiseración.
—Tienes una chica que te cuida, obviamente te viste, te cocina, te trata literalmente como rey y tú no haces más que hundirte en tu miseria. ¡Qué sufrimiento, hombre! ¡No entiendo cómo puedes resistir tal tortura!
—No tienes idea de nada —replicó Mankee, negándose a caer en su provocación, mientras Frank se reía burlonamente, y aprovechando su distracción, jalaba el plato a su lado de la mesa y daba otra mordida a la hamburguesa.
Una musiquita muy festiva comenzó a escucharse de pronto con un sonido apagado y Mankee miró alrededor en busca del origen. Frank sin embargo ni siquiera se inmutó, tan solo volvió a llevarse el refresco a la boca y bebió, ignorando por completo aquella melodía, por lo que la mirada de Mankee terminó posándose en él nuevamente, bajando luego hacia su bolsillo de donde sobresalía un extremo de su celular.
—¿No vas a contestar?
—Mmmmh, tal vez en otro momento —dijo él sin mover un dedo mientras la molesta musiquita se reiniciaba, impacientando cada vez más a Mankee, pero antes de que pudiera manifestarlo, Latvi salió nuevamente de la cocina, llevando un plato que consistía en una especie de pan relleno que asentó frente a él y sin previo aviso estiró de pronto la mano y sacó el celular del bolsillo de Frank, apretando el botón de cancelar y dejándolo encima de la mesa—. ¡Hey!
—Si no vas a responder, al menos apágalo o siléncialo. Evita la molestia a los demás.
—Disculpa, Zelda, pero es mi celular y yo decido lo que hago con él.
—…Bueno, debo admitir que no esperaba esto —comentó Mankee al mirar la pantalla y ver que la llamada cancelada pertenecía a Lucianne. Frank de inmediato dio un manotazo sobre el teléfono para cubrir la pantalla y con un rápido movimiento volvió a guardarlo en su bolsillo, volcándose enfurruñado en la hamburguesa que había robado—. Así que… ¿algo que quieras decir al respecto?
—No es de tu incumbencia —gruñó Frank, escudándose tras lo que quedaba de la hamburguesa.
…
—…Mmmh, qué raro —murmuró Vicky al llegar a la escuela junto con Addalynn y notar las extrañas miradas que aparentemente iban dirigidas hacia ellas, y al dar una vuelta en el siguiente pasillo estuvieron a punto de chocar con Demian—. ¡Hermano!
Demian no esperaba topárselas tan pronto, y se sentía mal con Vicky por haberse marchado de casa sin explicación, pero el público cautivo solo incrementaba su nivel de incomodidad.
—¿Dónde te habías metido? Te estuve llamando todo el día de ayer y no respondías —continuó Vicky sin tomar en cuenta que tenían audiencia, la cual ni siquiera se molestaba en fingir discreción y muchos incluso se habían detenido como si fueran a presenciar una puesta en escena.
—¿…Podríamos hablar después? Este no es el momento ni el lugar para eso —respondió Demian, rodeándolas lentamente.
—¿Volverás a casa? —preguntó ella de nuevo, tan centrada en él que no parecía notar las miradas indiscretas.
—…Nos vemos después de clases, ¿de acuerdo? —resolvió Demian sin comprometerse, y viendo la oportunidad para huir de las miradas de todos.
Vicky suspiró con decepción, y continuó su camino mientras que Addalynn iba a su lado, consciente de las miradas dirigidas hacia ella, y aunque usualmente solía ignorarlas, cada vez se le dificultaba más.
El aula hizo súbito silencio cuando entraron. Vicky se dirigió a su asiento mientras Addalynn recorría la hilera de escritorios camino al suyo y no pudo evitar ver de reojo los gestos curiosos de los demás, resaltando el rostro ceñudo de Kristania. Y por último al llegar a su escritorio vio a Dreyson al fondo, con la espalda apoyada en su respaldo de forma descuidada y gesto que bien podía pasar por aburrimiento o indiferencia, a pesar de tener la mirada clavada en ella. Addalynn tampoco mostró expresión alguna, se limitó a tomar asiento y fijar la vista al frente, ignorando todos los ojos volteando subrepticiamente hasta que llegó la profesora.
Vicky dejó escapar una exhalación de desaliento al dejarse caer en su asiento y un par de segundos después cayó una bola de papel sobre su escritorio.
“Demian se está quedando con mi padre. No te preocupes por él.”
Giró el rostro al leer la nota y Marianne únicamente hizo un breve gesto con la cabeza para confirmar que había sido ella. Vicky se permitió una ligera sonrisa y trató de mostrarse menos desanimada por el resto del día.
En cuanto Marianne se enderezó en su asiento tras cumplir con su propósito, otra bola de papel cayó sobre su escritorio. No tenía necesidad de voltear para saber de quién provenía.
“El rumor se ha extendido por toda la escuela.
No tardará en salirse de control.”
Arrugó el papel y ni siquiera se molestó en voltear hacia Dreyson. ¿Qué esperaba que hiciera? No era problema suyo. Lo más que podía hacer era tratar de evitar que llegara a oídos de Vicky para ahorrarle el mal rato.
Desde su lugar podía ver a Kristania sentada más adelante con la espalda demasiado recta y hombros tensos; al contrario de sus demás compañeros no se molestaba en mirar de soslayo a la chica del momento. Otra bola de papel cayó sobre su escritorio y como si fuera ya por costumbre, la desarrugó y leyó sin mucha prisa.
“¿Aún quieres saber sobre mi padre?”
Marianne contempló la nota por varios segundos hasta voltear por fin hacia Dreyson. Estaba ahora reclinado sobre su escritorio, su mirada enfocada en ella. No hizo ningún ademán ni gesto, como si tan solo esperara su respuesta, pero ella no estaba segura ya de querer saberlo. Simplemente volvió la vista hacia el frente y lanzó el papel arrugado en su mochila, donde todas las notas iban a parar. Dreyson la ponía nerviosa cuando actuaba de esa manera, incluso más que cuando pretendía mostrarse interesado en ella, de modo que prefería evitarlo por ahora.
Cuando ya casi era la hora de esgrima, Marianne se apresuró a guardar sus cosas, pensando que podía tratar de averiguar todo lo que pudiera sobre el rumor que se estaba esparciendo. Marchó a toda prisa hacia la puerta, para intentar alcanzar a Kristania, pero cuando salió del aula, ella ya se había esfumado. Podía ser rápida y escurridiza cuando se lo proponía.
Se lanzó a correr por los pasillos hasta llegar al gimnasio con el pecho agitado; al fondo ya se encontraban la mayoría de los chicos del equipo. Estos giraron el rostro al mismo tiempo, pero al comprobar quién era, volvieron a su plática como si nada. Demian no estaba entre ellos. Se preguntó si habría asistido a clases siquiera. Tampoco veía a Kristania por ningún lado, así que supuso que debía estar en los vestidores.
Lo primero que hizo al entrar fue hacer un rápido reconocimiento visual, pero no vio nada ni escuchó ningún ruido. El lugar estaba vacío; Kristania ni siquiera había llegado al gimnasio. ¿Dónde se habría metido? No le quedó más remedio que dirigirse a su casillero para buscar su traje, y mientras iba sacando los aditamentos, la puerta se abrió y Kristania entró por fin, cargando con su bolso. Al verla pareció vacilar un poco, y se pasó el bolso al otro hombro; a continuación, sonrió de tal forma que hacía ver sus acostumbradas sonrisas fingidas como dignas de un Oscar en comparación.
—…Y yo que pensé que llegarías acompañada por Dreyson.
—¿Y por qué pensarías algo así? —preguntó Marianne frunciendo el ceño y Kristania se encogió de hombros mientras se aproximaba a su propio casillero y actuaba con naturalidad, o al menos su versión retorcida de lo que era comportarse con normalidad.
—Están pasándose notas a cada rato, cualquiera diría que tienen una relación estrecha, pero si dices que no hay motivo para suponer algo así, yo te creo —replicó Kristania mientras sacaba su traje del casillero, metiendo su bolso a cambio.
Marianne rechinó los dientes ante su tono condescendiente, pero lo que más le molestaba era el hecho de que supiera tal cosa a pesar de que sus asientos estaban hasta el fondo del salón, como si tuviera ojos en la nuca.
—…Así es como surgen luego los rumores —dijo Marianne, tratando de tragarse el coraje y aprovechar la situación para averiguar lo que sabía—… Como el que ha estado rondando por ahí. Quizá hayas escuchado algo.
—¿Oh? —Kristania levantó el rostro con súbito interés y un brillo en la mirada que le indicaba que debía irse con cuidado—. ¿Cuál de todos? Es una escuela muy grande, así que es fuente constante de rumores. Todos los días se generan al menos diez nuevos y al finalizar el día ya han evolucionado en otros más. Pensaba que era tu lema de vida el no hacer caso de ellos, ¿acaso escuchaste alguno que cambió tu forma de pensar?
—Sigo pensando lo mismo —replicó Marianne, tratando de mantenerse fría para no terminar picando el anzuelo que ella misma había lanzado—. No hago caso de ellos; no son más que elucubraciones de mentes patéticas que solo buscan hacer daño.
No podía negar que se sentía bien poder decir eso en su cara, aunque fuera bajo una máscara de cordialidad; estaba segura de que bajo la superficie ambas estaban conscientes de lo que pensaba la una de la otra. Ella sabía que Kristania solo fingía, y Kristania sabía que ella lo sabía, su sonrisita forzada lo demostraba.
—Sin embargo, eso no quiere decir que me quedaré de brazos cruzados si esos rumores afectan a personas que me importan. Me imagino que tú también sentirías lo mismo si hablaran de… —Iba a decir “alguien que te importara”, pero no podía forzar tanto su credibilidad, le quedaba claro que no le importaba nadie que no fuera ella misma.
—Claro, yo lo entiendo perfectamente —contestó Kristania para llenar el silencio, su sonrisa enmascarando lo que en realidad pensaba de su significativa pausa—. Y créeme que yo también actuaría al respecto en ese caso.
Y no lo dudaba. Claro que actuaría, aunque a escondidas y no precisamente a favor del afectado, pensó Marianne.
—¿Y entonces? ¿Cuál es ese rumor que tanto parece haberte afectado?
—…Una tontería. Tienes razón, no debería darle importancia. Quien sea que lo haya empezado no merece tal atención —finalizó Marianne, cerrando su casillero y alejándose, cargando con su uniforme. No tenía intención de cambiarse ahí, tan cerca de ella, ni se sentía capaz de soportar más su presencia. No necesitaba ya una confirmación explícita, le quedaba claro que, si no lo había iniciado, al menos había contribuido a extender el rumor. Solo esperaba que el resto se limitara a murmurar y cotillear por los pasillos como solían hacerlo y se abstuvieran de decirles algo de frente.
…
Si había alguien comprometida a ignorar rumores y miradas indiscretas, esa era Addalynn. Venía haciéndolo desde su primer día y no le resultaba muy difícil, las demás personas simplemente no despertaban su interés; pero su estrategia se vio truncada cuando apenas llevaba recorrida la mitad del camino empedrado que llevaba al domo de natación y cuatro chicas del mismo club que ella (las que alguna vez la habían hecho tropezar) le salieron al paso, mirándola despectivamente en silencio hasta que con un intercambio de miradas parecieron ponerse de acuerdo.
—Parece que te la pasaste muy bien durante el viaje, ¿no? —dijo la chica que estaba más al frente, la cabeza levantada con altivez y trasluciendo el desprecio en sus ojos.
Addalynn observó a las cuatro chicas sin mostrarse intimidada, aunque tampoco dio señal de responder.
—¿Qué? ¿Te comió la lengua el gato? —volvió a hablar la primera chica con el mismo tono displicente—. ¿O es que te sientes muy por encima de nosotras como para responder?
—Deja de actuar tan virtuosa que ya nadie te la cree —intervino otra de las chicas, escupiendo las palabras como si hubieran estado quemándole todo ese tiempo.
Addalynn no se inmutó, aunque podía hacerse una idea de hacia dónde iba el asunto.
—¿Saben qué creo? —dijo de nuevo la primera chica, en vista de que Addalynn se negaba a responder a sus provocaciones—. Que tenía todo planeado desde que decidió acompañar a su “amiga” desde el otro lado del océano. Quedarse en su casa, compartir espacio las 24 horas y estar pegada a ella todo el tiempo, de ese modo tendría pase libre para meterse con el hermano.
El rostro de Addalynn se contrajo en una mueca y sus ojos centellearon como una tormenta eléctrica.
—Uy, parece que se ofendió —agregó la cabeza del grupo, avanzando más hasta inclinarse hacia ella como si fuera a contarle una confidencia—. Podrás ahora actuar todo lo inocente que quieras, pero ahora todos ven lo que realmente eres.
Las cuatro rieron con desdén mientras Addalynn se replegaba.
—…Estás invadiendo mi espacio —dijo ella con un tono que no pretendía ser de amenaza, pero las chicas reaccionaron de inmediato a la defensiva.
—¿Invadiendo tu espacio dices? —repitió la chica más cercana, con el cabello color caoba, entornando los ojos y enderezando la cabeza para sentirse más alta que ella—. Podríamos decir lo mismo de ti. Llegas a nuestra escuela sintiéndote superior, moviéndote como si fueras la dueña, acaparando la atención de todos, pero esos días se acabaron y la única atención que recibirás ahora es del tipo que mereces. ¿Qué harás al respecto, eh?
Las otras chicas ya habían comenzado a avanzar también hacia ella, aunque Addalynn se mantenía impávida, sus ojos de un azul tan brillante que podrían resplandecer en la oscuridad. Por el rabillo del ojo vio que metían las manos a sus bolsos y revolvían al interior como si buscaran algo. Sin embargo, no le preocupaba, aún se sentía en control.
—Si eso es todo, háganse a un lado ahora y ya no me hagan perder el tiempo.
Las cuatro chicas volvieron a intercambiar miradas en medio de risas incrédulas.
—¡Oh, disculpa! ¿Te hacemos perder el tiempo? Permítenos entonces resumirte lo que pensamos de ti.
Dignas del equipo de nado sincronizado, las cuatro sacaron las manos del bolso de forma coordinada y las levantaron con teatralidad, sosteniendo algo entre los dedos. Sus brazos tomaron impulso al mismo tiempo, y al momento de estirarlos, un par de manos sujetaron a dos de las chicas de atrás y empujaron a la tercera, soltando tres huevos que acabaron cayendo sobre sus cabezas en medio de chillidos de sorpresa. Sin embargo, la cuarta chica al frente tenía la mira puesta en el premio mayor, e hizo el tiro tal y como habían planeado, pero Addalynn ya estaba alerta y se hizo a un lado de forma tan precisa que el huevo pasó rozando su rostro y fue a estrellarse algunos metros más al fondo.
La chica masculló un juramento por lo bajo al ver que su tiro había fallado y volteó hacia sus compañeras que ahora gimoteaban y se sacudían entre lamentaciones y expresiones de asco al recibir una dosis de su propia medicina. Detrás de ellas, Dreyson las seguía sujetando.
—¡Largo de aquí, esto no tiene nada que ver contigo!
—Tal vez no —respondió Dreyson con un encogimiento de hombros—. Pero tampoco me pareció un encuentro muy equilibrado.
—¡Ah, pero claro! ¡Siempre estás intentando reemplazar a Demian y recoger sus sobras! ¡No eres más que una pobre imitación de él!
La mirada de Dreyson se ensombreció ante sus palabras, pero un instante después apareció una sonrisa torcida en su rostro para sorpresa de la chica.
—…Y aun así tampoco estarías entre mis opciones.
La muchacha de cabello caoba se mordió los labios y su rostro se desfiguró en una mueca de indignación. Levantó la mano con la palma abierta con la intención de abofetearlo, pero acabó fallando cuando Dreyson la detuvo.
—Ya tuve suficientes de esos —replicó él, sujetando su muñeca y alzando una ceja. La chica perdió poco a poco la ferocidad en la mirada hasta que el propio Dreyson acabó por soltarla, y ella fue apartándose con sus amigas, frotándose la muñeca con una nueva ola de rabia creciendo en ella.
—…Ojalá se marcharan los dos. No pertenecen aquí —escupió la chica antes de alejarse de ahí junto con sus gemebundas amigas.
Addalynn enderezó el cuerpo y se limitó a acomodar su cabello y ropa, evitando mirar a Dreyson.
—No esperes que te dé las gracias.
—No lo necesito. Solo me dirigía al gimnasio, está del otro lado. —Dicho esto, se dispuso a avanzar en dirección opuesta a la vez que Addalynn se apartaba del camino sin abandonar la postura cautelosa—. Y esa no será la última confrontación que tendrás.
Addalynn también se dio la vuelta y marchó hacia el domo de natación como era su intención original. No quería dedicarle ni un minuto más de sus pensamientos, ni a él ni a rumores. Cruzó la puerta del domo y todos los ojos se posaron enseguida en ella. Nadie habló, pero la siguieron con la mirada al dirigirse a los vestidores, decidida a ignorarlos a todos, aunque le fue imposible pasar por alto el pedazo de papel que apareció frente a su rostro súbitamente, obligándola a detenerse.
—¡Qué bueno que llegas! Así puedo pedirte que entregues este justificante médico de mi parte al entrenador cuando llegue, ¿podrías?
Sosteniendo la hoja de papel estaba a quien todos veían como Samael. Este esperó a que tomara la hoja, y en cuanto lo hizo, pareció aprovechar el momento para agregar algo en voz lo suficientemente baja para que nadie más escuchara.
—…Quizá deberías evitar los vestidores. No sé lo que te esté esperando ahí dentro, pero por las cosas que alcancé a escuchar no parece nada bueno —susurró él antes de volver a su posición anterior con la misma sonrisa congelada en su rostro—… Y bueno, yo me retiro ahora antes de que contagie a alguien de este molesto virus estomacal.
Hizo una seña a manera de despedida y salió rápidamente antes de que lo entretuvieran ahí por más tiempo.
Addalynn contempló el justificante médico y luego echó un rápido vistazo alrededor. Las miradas seguían clavadas en ella, y aunque algunos hacían el intento por disimular, otros ni se tomaban la molestia.
Dobló la hoja de papel y tras guardarla en el bolsillo de su jersey, se dirigió a los vestidores a pesar de la advertencia de Mitchell. Dentro no quedaba nadie, todos se encontraban fuera, en la piscina. Una estela de vapor le dificultaba distinguir con claridad las formas de los casilleros, aunque sabiéndose de memoria la localización del suyo, caminó con pasos seguros, pero no menos cautelosos hacia su fila correspondiente y se detuvo frente a este esperando que el vapor se despejara.
Sabía que nadie más podía abrir su casillero y vandalizar su contenido pues se había asegurado de ello con un pequeño truco que mandaba descargas a cualquiera que intentara abrirlo, pero no había tomado en cuenta que algo pudieran hacerle a este, y en cuanto el vapor acabó por despejarse logró distinguir los firmes e intensos trazos rojos que cubrían el casillero de un extremo a otro con palabras insultantes en grande además de distintos tipos de caligrafía.
No le sorprendía; tan solo se quedó ahí parada, observando el ofensivo grafiti hasta que finalmente se dispuso a abrirlo, pasando previamente la mano por la cerradura para neutralizar su seguro especial. Cogió unas prendas del interior y antes de volver a cerrar, se detuvo unos segundos con expresión ausente y la mirada perdida en el oscuro interior del compartimento.
—…Tienes que volver —murmuró ella, su mano aferrando con fuerza la esquina del casillero hasta finalmente apartarse y volver a cerrarlo, marchando luego al fondo de los vestidores sin dedicarle ni una sola mirada al grafiti que lo cubría.
…
Cuando Marianne salió, vio a Kristania ya cerca de la pista, ensayando las posiciones básicas de esgrima por sí sola. Los demás integrantes del club seguían en las gradas, hablando entre ellos, solo que ahora se les había anexado Dreyson, sentado lo suficientemente cerca como para escuchar lo que decían. Este alzó la vista hacia ella, pero su cara de póquer no le transmitió nada. Se preguntó si hablarían precisamente del rumor.
La puerta del gimnasio se abrió y todos callaron, volteando del mismo modo que habían hecho con ella, pero en esta ocasión no volvieron a lo suyo al comprobar quién era, sino que mantuvieron la vista fija en el blanco. Demian vaciló un momento en la entrada al notar todas las miradas encima, pero al final se obligó a seguir su camino y evitó todo contacto visual, yendo directo hacia los vestidores. Marianne lo veía acercarse, consciente de lo atentos que parecían estar los demás de sus movimientos.
—Vicky estaba preocupada por ti —se le ocurrió decir justo cuando pasaba a su lado y él enseguida levantó el rostro.
—…La vi al llegar, le dije que hablaríamos después de clases.
Marianne asintió y notó que los demás seguían atentos a los movimientos de Demian, incluso Kristania, por más que fingía pulir su florete.
Demian miró sobre su hombro y todos fingieron volver a lo suyo de una manera tan obvia que hasta un ciego lo notaría.
—…Debo prepararme.
Entró a continuación al vestidor mientras Marianne se dirigía a las gradas, mirando de soslayo al resto de los esgrimistas, que estaban ahora reunidos en círculo, viendo algo en un celular. Se sentó cerca de donde estaba Kristania con las rodillas recogidas contra el cuerpo a esperar que llegara el entrenador.
—No tenía idea de que actuaras de intermediaria entre Vicky y su hermano —comentó Kristania, cambiando de lugar un poco más cerca de ella, aunque no del todo a su lado.
—…No lo hago —Marianne respondió secamente con recelo—. Y no sé de dónde sacarías tal idea.
—Tengo oídos, ¿sabes? —espetó la otra con un tono que casi parecía traicionar a la verdadera Kristania que tanto trataba de ocultar a los demás, aunque enseguida retomaba los modos artificiales que luchaba por mantener—… Además, Vicky no ha sido precisamente discreta al respecto; los vieron discutir en la mañana, parece ser que él se fue de casa sin dar mayores explicaciones. Cualquiera diría que ocurrió algo realmente grave para tomar tal decisión, ¿no crees?
—Como haya sido, no creo que sea de nuestra incumbencia.
—Ah, ¿no? Porque supe que le habías dado alojo o algo así.
—¡Yo no…! —intentó replicar, pero fue interrumpida por la llegada del entrenador y Lester, que desde lo de su pierna actuaba como su asistente personal.
Enseguida se puso a dar instrucciones, dividiendo a estudiantes avanzados y novatos, aunque hizo una excepción con Dreyson después de su papel en la competencia. Cuando Demian salió del vestidor, los grupos ya estaban formándose en extremos opuestos de la pista. Se dirigió hacia el grupo formado por sus compañeros mientras el entrenador echaba un vistazo a sus anotaciones. Por más intentos que hizo por ignorar al resto, por el rabillo del ojo notó que algunos de los chicos parecían discutir algo a la vez que lo señalaban, hasta que finalmente decidieron acercarse con un aire de curiosidad.
—¿…Y entonces? ¿Qué tal estuvo?
—¿Qué? —Demian frunció confundido el ceño.
—Vamos, hombre. Todos saben lo que pasó, lo único que queremos que nos digas es qué tal estuvo —añadió otro muchacho con la misma sonrisita mórbida que el resto de sus compañeros, esperando ávidos por una respuesta. Demian continuó mirándolos con expresión aturdida.
—…Bien, muéstraselo —intervino de nuevo el primer chico y otro de los muchachos avanzó desde la parte trasera del grupo con su celular a mano, volteando la pantalla hacia Demian. En ella se reprodujo un video de baja resolución y granuloso que parecía tomado de una cámara de vigilancia, en el que se veía un largo corredor vacío desde un sitio alto, posicionado en un ángulo transversal. De pronto entraron dos figuras a cuadro por el lado izquierdo de la pantalla y avanzaron con algo de lentitud, la más alta apoyándose de la otra.
El rostro de Demian sufrió un cambio significativo, ensombreciéndose al momento de reconocerse en el video junto con Addalynn, los dos avanzando a paso lento y algo vacilante hasta detenerse frente a la primera puerta del pasillo. Addalynn se apartó de él para sacar una llave mientras Demian apoyaba la espalda en la pared y levantaba el rostro con los ojos cerrados, como si sufriera de un ataque de vértigo. Ella lo tomó entonces del brazo, ocasionándole un ligero sobresalto, y a continuación la siguió al interior de la habitación sin protestar.
La puerta se cerró suavemente a pesar de que la grabación carecía de sonido, y con ello el video llegó a su final, tras lo cual el dueño del celular volvió a guardarlo. Demian se quedó ahí parado y mudo por varios segundos, con las manos apretadas y el rostro desencajado ante lo que acababa de ver.
—¿De dónde sacaron ese video? —preguntó una vez que consiguió hacer salir su voz.
—Ni idea, lo único que sabemos es que alguien estuvo enviándolo a varios contactos y estos han estado compartiéndolo. En serio, tienes que contarnos todo. Creíamos que la reina de las nieves no le haría caso a nadie, y luego resulta que ella misma te conduce a su habitación. ¿O es que así son las cosas en casa a puertas cerradas?
—¡Dinos! ¿Su comportamiento frío es pura fachada y en realidad es tan candente como se ve? —intervino otro de los chicos, pero Demian mantenía la vista fija en el video.
—…No pasó nada —aseguró él, pero los demás solo se rieron.
—¡Sí, claro! ¡Eso que te lo crea tu abuela!
—…Elimínenlo —dijo él de pronto, y ante la aparente incapacidad de los demás para entender lo que quería decir, estiró la mano y arrancó el celular de la mano del chico, y con rapidez borró el video a pesar de sus protestas—. Borren ese video inmediatamente.
—¿Te volviste loco? Además, ni creas que eso impedirá que el video siga circulando. A estas alturas ya debe haber llegado a todo aquel con celular.
Todo aquel con celular. Toda la escuela. Demian sintió que el estómago se le revolvía. Volteó enseguida y vio que el grupo del otro extremo tenía la atención puesta en él tras su breve arrebato y Marianne estaba entre ellos, observándolo desconcertada.
—¡Déjense de distracciones y colóquense en posición que vamos a comenzar! —exclamó el entrenador dando palmadas para que le prestaran atención, pero Demian no parecía escuchar nada.
Dejó caer de pronto máscara y florete y sin decir una sola palabra caminó hacia la salida, ignorando por segunda vez las órdenes del entrenador de que regresara.
El entrenador ordenó a gritos que todo mundo volviera a sus posiciones, pero no dejaron de escucharse murmullos tras la salida de Demian. Había sido tan inesperada que Marianne tuvo que contenerse para no salir también tras él.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Marianne, interceptando a Dreyson al salir del gimnasio.
—Oh, ahora sí te muestras interesada en lo que tenga que decir —replicó Dreyson con una sonrisa torcida y dejando que ella fuera la que intentara seguirle el paso para variar.
—Tú estabas cerca, debiste haber escuchado lo que le dijeron los demás.
—Creo que ya lo sabes, solo quieres que lo confirme.
—Déjate de juegos y solo dímelo —espetó Marianne, asiéndolo del brazo y obligándolo a parar cuando ya estaban fuera del edificio.
—…Lo único que puedo decir es que involucra un video. Uno que ha estado circulando por ahí.
—¿Video? —repitió Marianne, arrugando el entrecejo—¿Qué… qué clase de video?
—Creo que la pregunta que estás buscando es “quiénes aparecen en él” —agregó Dreyson levantando una ceja. Marianne frunció los labios, perturbada ante la idea—. Todos lo han estado recibiendo, quizá a ti también te lo envíen antes de que acabe el día.
—Debo… Debo regresar al salón —dijo ella, decidiendo que no necesitaba escuchar más y apartándose de él con los hombros tensos.
—Esta tarde en tu casa, ¿cierto? —agregó Dreyson y ella lo miró como si le estuviera hablando en otro idioma—. El trabajo de equipo.
—Ah… Sí… Supongo —respondió ella, apenas recordándolo. Tan distraída estaba últimamente que había terminado aceptando que la nueva investigación de equipo la hicieran en su casa, de otra forma habría puesto más excusas para hacerlo en otro lado.
—Ahí estaré entonces —finalizó Dreyson con una sonrisa, y en el breve instante en que miró de reojo a su izquierda, como si algo hubiera llamado su atención, esta se borró de forma abrupta, y sin decir nada comenzó a marchar en esa dirección con una repentina sensación de apuro.
Marianne lo siguió con la vista, y vio que al fondo había una figura asomando por la reja del estacionamiento, aferrándose a los barrotes como prisionero implorando por su libertad, y tras un breve análisis cayó en cuenta de que se trataba de la madre de Dreyson. Iba tan recargada de ropa: la falda que le llegaba a los tobillos, largas medias que no mostraban ni un milímetro de piel, un pesado abrigo encima de la ropa, además de la bufanda que le envolvía el cuello, y un par de guantes, que parecía lista para la próxima era del hielo, siendo el único detalle que desentonaba los lentes oscuros que llevaba puestos como si fuera un día de lo más soleado.
La vio gesticular con movimientos frenéticos de las manos, como si algo la hubiera alterado y Dreyson se limitaba a responderle con monosílabos y creciente disgusto. Ella hizo ademán de quitarse los lentes, pero él la detuvo, volviendo a acomodárselos con cuidado, y ella lo tomó del rostro de forma extremadamente maternal, acariciándole las mejillas a pesar de los gruesos guantes que traía puestos, contemplándolo con adoración detrás de los oscuros lentes, aún cuando Dreyson permanecía inmutable frente a ella.
No pudo evitar sentir curiosidad sobre por qué su madre parecía tan alterada. Se preguntó si tendría que ver con su padre y volvió a pensar en la foto que había visto en aquel expediente policiaco. ¿Habrían ya liberado los detalles a la prensa y los medios? ¿Sería aquello lo que tanto la preocupaba? Dreyson volvió de pronto la vista hacia atrás, como si fuera consciente de que era observado, y al encontrarse con su mirada, Marianne desvió de inmediato la suya, sintiéndose invasiva, y decidió reanudar su camino. Debía recordarse que cualquiera que fuera su dinámica familiar, no era de su incumbencia. Aceleró el paso hasta adentrarse en el edificio principal y asegurarse de que ya no podía verla, solo entonces se permitió aminorar la velocidad y caminar de vuelta a su salón donde se encontró con Lilith en la puerta.
—¿…Qué pasó? —preguntó Marianne.
—Belgina alcanzó a escuchar algo en los pasillos. Algo sobre… Demian y Addalynn. —Marianne no dijo nada, pero su expresión en blanco fue suficiente para confirmarle que ya lo sabía—. ¡No! ¿En serio? O sea que… ¿es verdad?
—Es solo un rumor —replicó Marianne sin confirmar ni negar nada—. Necesito alguna distracción para que todos salgan del salón un momento, ¿crees poder hacerlo?
Lilith se rascó confundida la cabeza, pero terminó asintiendo y se alejó corriendo de ahí, sabiendo ya lo que tenía que hacer.
Marianne entró al salón, y tras un par de minutos se escuchó saltar la alarma contra incendios, obligando a todos a salir de ahí, quedándose ella deliberadamente atrás hasta asegurarse de que ya no quedaba nadie en el salón ni en las inmediaciones.
Se acercó entonces al asiento de Vicky, y tras una breve búsqueda en su mochila, sacó su celular y revisó entre sus mensajes si había recibido algún video, pero no encontró nada sospechoso. Procedió entonces a bloquear cualquier llamada o mensaje entrante que no fuera de ellas, su círculo más cercano. Era una medida extrema, pero sería solo eventual, ya se lo desbloquearía después sin que se diera cuenta.
—¿Qué haces con eso?
Marianne dio un respingo tal que casi deja caer el celular, y tras hacer malabares con él, consiguió sujetarlo nuevamente para a continuación dar un suspiro de alivio y voltear.
—¿Por qué estás aquí? Se supone que todos deberían esperar afuera.
—No hay humo y apuesto a que ni siquiera encontrarán fuego cuando verifiquen las instalaciones —espetó Addalynn desde la puerta, observándola con recelo y posando la vista en el celular que tenía en la mano.
—…No es lo que parece.
—A mí me parece que estabas revisando un teléfono que no te pertenece. No tienes derecho.
—N-No lo hacía con esa intención —replicó ella, a pesar de la expresión de culpa reflejada en su rostro.
—¿Con qué intención entonces? —agregó Addalynn, avanzando hacia ella hasta quedar frente a frente en una de esas raras ocasiones en que se decidía a mirar a alguien a los ojos—… No eres diferente del resto. Manipulando a los demás a tu conveniencia, convenciéndolos de hacer cosas por ti. No eres mejor que ellos.
Marianne apretó la mandíbula, sintiendo el coraje correr por sus venas, y con un movimiento raudo le entregó el celular en las manos.
—¡Solo intentaba evitar que viera un video de su hermano y su supuesto ángel guardián! ¡Así que, en vez de juzgarme, deberías mejor preguntarte si estás cumpliendo con tu papel como deberías! ¡Samael nunca actuaría así! ¡Él no…! —Calló al mencionar a su ángel y sin pronunciar más palabras, se marchó de ahí, sintiéndose bullir de ira.
Addalynn permaneció de pie frente al escritorio de Vicky con el celular en la mano y expresión contrariada.
…
Marianne esperó inquieta en el comedor esa tarde, sintiéndose incómoda por adelantado después del breve roce que había tenido con Addalynn. Además de que Loui se había instalado en la sala con sus videojuegos y no tenía intención de moverse de ahí.
—¿No tienes tarea o algo así?
—La hice en la escuela, no tengo nada pendiente —respondió él sin despegar la vista de la pantalla mientras sus dedos bailaban sobre el control de mando—. Debiste pensarlo mejor antes de aceptar hacer su trabajo de equipo justo aquí; sabes bien que puedo ser algo escandaloso cuando juego.
—…No fue precisamente una decisión consciente —musitó Marianne con un resoplido, mirando el reloj de cabecera y repiqueteando los dedos sobre la mesa del comedor donde ya tenía apilados varios libros y una libreta para tomar notas, además de su laptop a un lado.
—Buena excusa, por cierto, la que diste para justificar la ausencia del falso primo Samsa. Me pregunto cuántas más excusas creíbles podrás inventar.
—Eso es lo que menos me preocupa en este momento —volvió a mascullar ella.
Su madre bajó por las escaleras llevando algo parecido a un reloj pulsera, mientras se colocaba unos zarcillos.
—¿No necesitas nada más para tu reunión de equipo? ¿Tienes todo?
—Mmmh, sí. Cualquier cosa busco en la cocina si hay algo para comer… No nos dijiste que tenías planes para salir —agregó Marianne, pero su madre no respondió, simplemente caminó con decisión hacia la sala donde Loui jugaba, toda su atención concentrada en la pantalla. Se inclinó con aquella extraña pulsera en la mano y la cerró alrededor del tobillo del niño.
—¡…Hey! ¿Qué…?
—Listo —dijo la mujer, enderezándose y sacudiéndose las manos. La pulsera comenzó a emitir un punto de luz roja intermitente mientras Loui la observaba confundido—. Saldré a tomar un café… con Gil. Así que estaré fuera por un par de horas.
—¿Qué es esta cosa? ¿Por qué parpadea esa luz? —preguntó Loui, sacudiendo la pierna como si así la pulsera fuera a caer solita al suelo.
—Es un grillete electrónico. ¿Te gusta? Tu tío Red me lo prestó cuando le dije que necesitaba algo para poder controlarte mientras estuvieras castigado. Si intentas salir de casa o poner tan solo un pie fuera, yo lo sabré. Si intentas quitártelo también. Considéralo tu arresto domiciliario —explicó su madre despreocupadamente, dándole unas palmaditas en las mejillas con una sonrisa triunfante al ver su rostro perplejo tras haberse visto superado en ingenio por una vez. A continuación, le quitó el control de las manos, lo desconectó de la consola y lo guardó en su bolsa, todo bajo la mirada atónita del niño—… Y nada de videojuegos. Ve a tu cuarto y estudia algo, no me importa si ya hiciste la tarea o no, nada de diversión para ti mientras estés cumpliendo tu castigo, ¿entendido?
Loui abrió y cerró la boca varias veces hasta que finalmente se dejó caer enfurruñado en el sillón, cruzando los brazos e inflando las mejillas con indignación.
—¡Esto es tan injusto!
—Debiste pensarlo mejor antes de ponerte a actuar como un chiquillo malcriado y rebelde —espetó su madre, tocándole la nariz de forma juguetona, como si para nada tomara medidas poco convencionales. Al escuchar que tocaran la puerta, fue a abrir, pensando que sería su cita, pero se encontró con un muchacho alto observándola desde arriba—… ¿Sí?
Marianne no tardó en colocarse a un lado de ella y hacer las presentaciones debidas con su correspondiente dosis de inquietud ante cualquier posible comportamiento extraño de parte de Dreyson, que se limitó a responder al saludo con sequedad.
—Entonces… doy por hecho que aún faltan por llegar más miembros del equipo, ¿cierto? —preguntó su madre, tratando de sonar indiferente, aunque el mensaje subyacente era de intranquilidad ante la perspectiva de dejarlos solos a pesar de la presencia forzada de Loui.
—No deben tardar en llegar —aseguró Marianne, captando la indirecta y aprovechando la ocasión para devolvérsela—… Podrías cancelar tu cita y esperar con nosotros a que lleguen. Estoy segura de que serás una fuente de información útil para nuestro trabajo.
Su madre estaba a punto de responder, pero el sonido de la puerta volvió a reclamar su atención. Era el padre de Angie esta vez, tal y como habían quedado. Marianne hizo un leve movimiento con la cabeza a manera de saludo, aún renuente a aceptar el hecho de que estuvieran saliendo seriamente, y Loui siguió enfurruñado en la sala sin responder.
Cuando se marcharon por fin de ahí, Dreyson se quedó de pie en la división entre la sala y el comedor, mirando fijamente a Marianne.

—¿…Qué? —dijo ella con el ceño fruncido.
—Solo pensaba que finalmente conseguí mi propósito y estoy dentro de tu casa.
Sonrió de aquella forma torcida que tanto le incomodaba a Marianne y su única reacción fue cruzar los brazos. Notó de reojo que su hermano se había subido al sillón de orejas, asomándose apenas por encima del respaldo con la vista clavada en Dreyson y ojos entornados, escudriñándolo con recelo. Marianne estuvo a punto de mandarlo a su recámara tal y como su madre había ordenado, pero luego lo pensó mejor y decidió que lo dejaría quedarse ahí como una especie de seguro, por más que pareciera una precaución exagerada.
—¿Empezamos ya o seguiremos esperando? —añadió Dreyson dirigiéndose a la mesa, sin prestarle la menor atención a Loui, a pesar de su mirada vigilante, como si en cualquier momento fuera a saltar del sillón dando un rugido para encajarle los dientes en las piernas. Marianne le lanzó una mirada para que se mantuviera quieto, y siguió a Dreyson.
—Como quieras, yo ya saqué todos los libros de biología que tenía guardados. Si tienes alguna idea de cómo empezar estoy dispuesta a escucharla.
El muchacho permaneció de pie, revisando la pila de libros, apartando uno por uno para poder ver los títulos, y una vez que terminó, los dejó como estaban y levantó la vista hacia ella, como si fuera un profesor a punto de darle una nota.
—Falta tu genealogía. El trabajo no estará completo sin un ejemplo.
Marianne hizo una mueca ante la idea.
—…Creí que solo íbamos a hacer la investigación principal y luego decidir sobre la genealogía de quién trabajaríamos.
—Bueno, estamos en tu casa, por lo tanto, tenemos más al alcance la tuya —replicó Dreyson y Marianne volvió a torcer la boca, incómoda con la idea de exponer su árbol genealógico como ejemplo para toda su clase. Justo ella, que le costaba tanto hablar sobre asuntos familiares—… No puedo esperar a ver tus fotos de niña. —Dijo aquello con una sonrisa burlona, como si fuera su venganza por la vez que vieron sus fotos en su casa. Pero ¿ella qué culpa tenía? No podía prever que su madre saldría corriendo a mostrarles sus fotos.
—…No estés muy seguro de ello —bufó Marianne de mala gana y los golpes de la puerta la hicieron dar un respingo.
—¡Yo voy! —anunció Loui, saltando del sillón y corriendo hacia la puerta. En cuanto la abrió y vio a Vicky al frente con su gorro de punto a juego con la capa que traía puesta y los guantes se quedó prácticamente congelado con la mano atenazada al picaporte.
—Hola. ¿Está tu hermana en casa? —lo saludó ella como si se estuviera dirigiendo a un adorable cachorrito que no dejara de mover la cola. Loui dio un paso hacia atrás con el rostro tan colorado que parecía a punto de echar humo, y tras señalar a su izquierda con un movimiento brusco, se fue corriendo escaleras arriba como si su vida dependiera de ello.
—Eso fue sencillo, creí que costaría más trabajo deshacernos de él —comentó Marianne, acercándose desde el comedor.
—No entiendo, por más que intento ser amable, siempre reacciona así. ¿Por qué no le agrado?
—…Creo que estás muy lejos de desagradarle —replicó Marianne, alzando una ceja, aunque ella no parecía captarlo. Tras colgar sus abrigos, la tomó de las manos con gesto suplicante.
—…Sé que tienes otras preocupaciones en este momento, ¿pero crees que después de que terminemos podrías llevarme con mi hermano? Me preocupa que no haya aparecido después de clase como había prometido y además siento que todos me ocultan algo.
Marianne titubeó y miró de reojo a Addalynn, pero esta desvió la vista, demostrando que no tenía intención de decir nada.
—…Empecemos mejor con la investigación y luego decidimos qué hacer —respondió para salir del paso. Las dos chicas la siguieron hacia el comedor (que solo quedaba a unos cuantos pasos de la entrada de todas formas), con Dreyson observándolas desde la esquina de la mesa y los brazos alrededor del respaldo.
Addalynn procuró sentarse alejada de él y se limitó a hacer anotaciones sin levantar la vista ni un momento, a pesar de sentir la mirada de Dreyson fija en ella.
—No veo por qué tiene que ser mi genealogía solo porque estamos en mi casa —espetó Marianne ante el resurgimiento del tema.
—Pues ya que estamos aquí deberíamos adelantarnos a hacerlo —respondió Vicky como si fuera la cosa más sensata de hacer.
—O bien podríamos continuar la investigación en tu casa y usar TU genealogía —replicó Marianne sin dar su brazo a torcer.
—El árbol de mi familia es aburrido, se me hace más entretenido descubrir el tuyo.
—…Me suena más a excusa para ver nuestros álbumes de recuerdos —bufó Marianne y Vicky sonrió sin desmentirla.
—Yo también quiero ver esas fotos —intervino Dreyson, alzando la mano con una sonrisa de provocación y Marianne le lanzó una mirada de advertencia.
—Me agrada esa voz —concordó Vicky, sorprendida ante su intervención y decidiendo continuar con aquella idea. Marianne intentó protestar, pero Addalynn dio de pronto un manotazo en la mesa.
—¿Piensan seguir perdiendo el tiempo en tonterías? No importa a quien tomen de ejemplo ni si inventan una. Lo único que quiero es terminar con esto y regresar a casa.
Varios segundos de silencio le siguieron a su repentino arranque de impaciencia. Vicky balbuceó un intento de disculpas y volvió a tomar el libro que estaba revisando mientras Dreyson tan sólo las observaba con sus penetrantes ojos oscuros hasta que apartó su silla y se puso de pie.
—¿Dónde queda el baño?
—…Arriba. Hay uno casi al fondo, antes de llegar a las escaleras de servicio —respondió Marianne con un titubeo.
Dreyson subió, siguiendo sus instrucciones, mientras ellas retomaban los apuntes en silencio y Addalynn, por su parte, intentaba concentrarse en el libro que tenía enfrente, pero durante los siguientes minutos no logró pasar del mismo párrafo y terminó apartándolo de sí, apoyando la frente sobre sus manos en un gesto de hartazgo. El repentino zumbido de un celular la sobresaltó y las otras dos chicas la miraron con curiosidad mientras ella sacaba el suyo y miraba la pantalla.
Se levantó entonces sin decir nada y se introdujo en la cocina para tener privacidad, provocando un intercambio de miradas confusas entre Marianne y Vicky.
—¿Qué has conseguido? —preguntó Addalynn con tono estoico, parada frente al lavaplatos y mirando a través de la ventana hacia la calle lateral mientras escuchaba atentamente la voz en la línea—… Eso no sirve de nada, tienes que dar directamente con él… Sí, ya sé que es elusivo, pero si le dedicaras al menos una fracción del esfuerzo que le dedicas a… Sé que no es tu responsabilidad, pero sabes que a la larga también terminará afectándote a ti. —Se llevó la mano libre al tabique nasal y comenzó a masajeárselo—… Estoy segura de que puedes usar alguno de tus cientos de recursos… No me importa que tengas otros deberes. Necesito que aparezca. Sigue buscando y mantente en contacto.
Finalizó la llamada y apoyó las manos en la orilla del lavabo con los ojos cerrados, dejando escapar un resoplido.
—Qué misteriosa. —Addalynn volteó tan rápido que su cabello dio un coletazo en el aire. Dreyson estaba al pie de las escaleras de servicio, apoyado en la pared con los brazos cruzados en postura curiosa—. Sonaba muy importante.
Ella no respondió, tan solo levantó la barbilla para mostrar firmeza. Dreyson sonrió y comenzó a dirigirse hacia la puerta, de modo que ella retrocedió.
Dreyson se detuvo a medio camino y levantó una ceja para luego señalar hacia la puerta con una sonrisa.
Addalynn lucía inusualmente exasperada. Era como si toda una combinación de factores adversos se formara a su alrededor y lo peor de todo era que su cabeza palpitaba. La mantuvo firme mientras caminaba hacia la puerta, tratando de ignorar a Dreyson. Este permaneció en el mismo punto, y una vez que ella llegó a la puerta y estaba por salir, de pronto sintió que la sujetaban de la mano, haciéndola voltear. Antes de que pudiera reaccionar, ya tenía los labios de Dreyson sobre los suyos. Fríos y sin sabor a nada. Pudo haberlo empujado, pero se quedó quieta hasta que él se apartó.
—…Ya no eres tan fiera ahora.
Los ojos de Addalynn centellearon como relámpagos, y de pronto le lanzó una fuerte bofetada que le volteó la cara hacia el lado contrario, saliendo de la cocina a continuación.
Dreyson se mantuvo en esa misma posición por varios segundos, con el cabello cayéndole sobre el rostro como antes, hasta inclinarse para recoger algo del suelo. Mientras lo hacía, levantó la vista y vio a Loui en las escaleras, con un pie en el aire.
El niño parecía desconcertado, como si hubiera entrado en una habitación e interrumpido a sus padres en una posición comprometedora, de modo que cuando su mirada se encontró con la de Dreyson, casi tropezó y se lanzó a correr escaleras arriba.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Vicky al ver a Addalynn salir de la cocina de forma impetuosa y apoyarse del respaldo de la silla más cercana con la respiración agitada. Esta no respondió; se llevó en cambio una mano a la sien y apretó los ojos—… ¿Te sientes bien?
Addalynn hizo un gesto con la mano para que no siquiera hablando, y Vicky cerró la boca, sin entender lo que estaba ocurriendo, mientras Marianne la observaba detenidamente, convencida de que algo estaba por pasar.
De pronto abrió los ojos de golpe, refulgiendo como centellas justo antes de echarse a correr hacia la puerta. Marianne saltó también de su asiento sin dudarlo para ir tras ella, con Vicky siguiendo sus pasos muy de cerca.
Addalynn abrió la puerta y una ráfaga de viento se coló en la casa, meciendo cuadros y los abrigos del colgador mientras ella salía corriendo de la casa. El cielo, que hasta hacía poco se tapizaba de tonos naranjas, ahora estaba cubierto por oscuros nubarrones que iban arremolinándose en el horizonte, formando un distintivo vórtice en la misma dirección hacia la que ella se dirigía.
—¡Espera! —exclamó Vicky al ver que Marianne se disponía a seguirla—… Dreyson aún sigue adentro.
—Que se las arregle solo —espetó Marianne.
Nada la detendría de seguir a Addalynn, convencida de que la conduciría hacia Samael. Vicky no se lo discutió y cerró la puerta detrás de ella para seguirla.
Les llevaba más de una calle de ventaja, pero aún la tenían en la mira. No había una sola persona en la calle, de modo que no tenían que preocuparse por testigos en el caso de que tuvieran que recurrir a alguna de sus habilidades. No podían perder de vista a Addalynn, que corría sin detenerse, su cabello revoloteando en el aire.
—¡Mira! —gritó Vicky, señalando al cielo, y Marianne levantó la vista, cubriéndose con una mano para evitar que las intensas ráfagas de viento le golpearan directamente en la cara. El vórtice estaba ahora en su punto más álgido, solo que, en vez de abrirse como la última vez, formó un embudo que bajó como si fuera un tornado, tocando tierra más adelante. Al mismo tiempo, Addalynn cambió de dirección y la perdieron de vista.
—…Síguela; yo veré si puedo interceptarla del otro lado —dijo Marianne, separándose de ella con la idea de tomar un atajo al reconocer la dirección de Addalynn. No tenía viviendo tanto tiempo en la ciudad como para conocer todas las calles y sus rincones, pero conocía muy bien esa calle y el edificio al que ella parecía dirigirse; después de todo, habían estado a punto de morir ahí mismo apenas unos meses atrás.
El edificio ocupaba gran parte de la manzana, y debido a su estado de abandono, era fácil acceder a él a pesar de las cintas de seguridad que habían colocado tras los destrozos que habían causado durante su pelea.
Marianne se detuvo a espaldas del edificio para recuperar el aliento mientras echaba un vistazo al cielo y veía que el extremo del embudo parecía empezar a desintegrarse, así que se apresuró en pasar por debajo de las cintas y corrió hacia la lateral para rodearlo, pero al girar en la esquina se dio de bruces contra una figura que no estaba ahí un momento antes.
—¿…Qué estás haciendo aquí? —preguntó al ver a Demian ahí de pie, igual de sorprendido que ella.
—…Sentí una densa concentración de energía formándose y quise ver a qué se debía —respondió Demian, ayudándola a levantarse. Escucharon a Vicky gritar algo ininteligible y bastó tan solo un intercambio de miradas para que reaccionaran.
Corrieron lateralmente a lo largo del edificio, esquivando escombros, y al llegar al frente vieron a Vicky de rodillas junto al cuerpo inconsciente de Addalynn.
—…Estaba de pie, mirando al edificio, y de pronto simplemente perdió el conocimiento —explicó Vicky, completamente confundida—… Fue cuando el vórtice empezó a desintegrarse; parecía como si hubiera atravesado el edificio… ¿Creen que se venga abajo? ¿Deberíamos alejarnos por precaución?
Marianne no respondió, pues por experiencia propia le parecía que aquel edificio se negaba a caer, aún después de todos los destrozos ocasionados la última vez que había estado ahí. Addalynn abrió entonces los ojos y aspiró por aire con fuerza.
—…Volvió —dijo apenas en un susurro, su mirada desenfocada puesta en el edificio, y Marianne giró enseguida en aquella dirección, con el corazón latiendo desbocado.
De entre los escombros y la oscuridad de la entrada, alcanzaron a captar unos movimientos. Eran erráticos y pausados, apenas se distinguían los bordes de una silueta que luchaba por mantenerse en pie, y cuanto más se aproximaba, un halo luminiscente parecía envolverlo, el resplandor que lo cubría lentamente atenuándose conforme salía a la luz. Dio unos pasos al exterior y se sostuvo de una precaria columna, con expresión aturdida.
—¡…Samael! —Marianne no aguardó ni un segundo más y fue corriendo hacia él en cuanto surgió de la entrada del edificio, y lo abrazó con fuerza, reflejando en su rostro el gran alivio que sentía al tenerlo de regreso.
—¿Ma…rianne? —dijo él con voz entrecortada, tratando de aclarar su vista, aunque ella se negaba a soltarlo y lo ayudaba a caminar tambaleante.
—…Oh, dios mío —murmuró Vicky al ver la enorme mancha roja que se extendía en su pecho. Sangre seca.
Demian se limitó a observarlos desde donde estaba parado. El cielo despejándose, y las ráfagas de viento aminorando con tanta rapidez como se habían formado, dejando atrás a aquel ángel desorientado que apenas y podía mantenerse en pie.
