CAPÍTULO 28

28. NONUMA

En la televisión no hacían más que dar las noticias sobre el concurso de canto que había terminado en tragedia, con cientos de heridos, varios de ellos de gravedad, y teniendo por sospechosos a unos sujetos muy parecidos a los que habían estado aterrorizando la ciudad, así que no tardaron en especular su conexión y de la misma forma sospechaban que los Angel Warriors tenían relación con ellos. Algunos empezaban incluso a armar teorías conspirativas sobre experimentos fallidos con personas con la intención de formar un ejército de súper humanos para esclavizar a la humanidad y que usaban armaduras y cascos para ocultar las mutaciones sufridas durante los procedimientos experimentales a los que habían sido sometidos.

Era ridículo. Pero no más ridículo de lo que sonaría la verdad si se llegara a saber.

Si hubiera tenido un control en sus manos en ese momento, Marianne hubiera cambiado de canal o apagado el televisor, pero estaba en el área de espera del hospital, que en ese momento funcionaba también como sala de emergencias para los cientos de personas que habían sido trasladados ahí desde el Music Center, con los de mayor gravedad siendo tratados en urgencias.

—No debes sentirte culpable —dijo Samael, sentado a su lado—. Esto hubiera ocurrido estuviéramos o no ahí. Incluso hubiera terminado en catástrofe de no haber estado presentes.

—Habríamos evitado todo esto si hubiéramos actuado a tiempo.

—No teníamos forma de saber que otro demonio aparecería para ayudarlo. Había actuado en solitario hasta ahora.

—…Lo siento —dijo Lucianne, sintiéndose terrible—. No llegué a tiempo al punto que me correspondía. Si lo hubiera hecho…

—Toma un número y haz fila. Todos tenemos culpa en lo que pasó.

Lucianne calló. Sabía que todos debían sentirse igual de culpables, pero no podía evitar pensar que fue su retraso lo que había arruinado el plan.

Mitchell y Kristania eran abordados por su madre cerca de ahí, hecha un manojo de nervios y gesticulando de forma tan pronunciada que podían prácticamente adivinar que estaría agradeciendo al cielo porque ambos estuvieran ilesos.

Por las puertas automáticas entró a continuación la madre de Belgina acompañada por su asistente, con talante impertérrito. La abrazó y tras comprobar que estaba bien, le hizo una seña a su asistente y salieron juntos del hospital.

—¡Papá, ya te dije que estoy bien! —insistió Angie mientras su padre trataba de convencerla de acompañarlos a él y a una mujer que estaba de pie a su lado para un hacerse un chequeo.

Lucianne supuso en cuanto vio a aquella mujer que era la madre de Frank. Era quizá la forma en que sus ojeras hacían juego con las que él presentaba recientemente. Recordó entonces que no había vuelto a verlo a partir de que había explotado el caos. Se preguntó si quizá estaría entre los heridos y se sorprendió a sí misma sintiéndose angustiada por el solo pensamiento.

En la puerta apareció el oficial Perry, que miró desesperado a su alrededor hasta encontrar a Lucianne. Corrió hacia ella como si el alma le regresara al cuerpo y la abrazó con fuerza.

—Fui al Music Center apenas escuché las noticias. Cuando llegué ya habían transportado a casi todos los heridos al hospital y tuve que quedarme a revisar si aún quedaba alguien entre los escombros —explicó el joven oficial con la respiración entrecortada—… No tienes idea de lo mucho que temía que estuvieras herida. Si algo te pasara, yo…

Lucianne vio de reojo que Marianne alzaba las cejas, desviando la vista como si fingiera no verlos. Sabía bien lo que significaba esa expresión.

—Gracias por tu preocupación, Perry. Como verás, estoy bien —dijo ella, dándole unas palmadas en la espalda y soltándose poco a poco—. Hay más gente por la que habría que estar preocupados. ¿Habrás visto de casualidad… la lista de heridos?

—Antes de venir me pasaron una lista de todas las personas que habían traído al hospital, ahí vi tu nombre y por eso me preocupé.

—¿No viste si estaba… el nombre de Frank?

Perry de inmediato endureció su gesto al escuchar aquel nombre.

—¿…Él estaba ahí?

—Creo que aprovecharé y le haré una visita a mi madre, con permiso —dijo Marianne, alejándose de ahí oportunamente. Samael hizo lo mismo y la siguió.

—Fue al evento como muchas otras personas. Pero si no estaba en la lista, está bien, eso quiere decir que no está herido, así que no hablemos más sobre el asunto —agregó Lucianne, tratando de dejar el tema de lado para no discutir.

—Si él estuvo presente en el evento, entonces tendré que interrogarlo.

—¿Ahora crees que él tuvo algo que ver? ¿Por qué no dejas ya de atribuirle culpas que no le corresponden?

—El sujeto que provocó todo, el que apareció de repente en el escenario… es con el que lo vi hablando —le reveló con gesto serio, dejando a Lucianne fría.

—…No puede ser. Quizá lo confundiste con alguien más. Dijiste que lo viste de lejos, no puedes estar seguro.

—Esos ojos rojos y dientes afilados nunca los podré olvidar —reafirmó Perry, dejándola enmudecida—… Escúchame, no estoy diciendo que él sea culpable, ¿de acuerdo? Pero a raíz de ese encuentro es necesario que lo interrogue. Podríamos evitar otro incidente como el de hoy y es importante su colaboración para eso, así que, por favor, si llegas a saber algo de él, avísame. Y, sobre todo, te lo vuelvo a repetir… ten cuidado.

Lucianne no respondió. En su mente no paraba de repasar una y otra vez lo que Frank le había dicho durante el evento, la urgencia que tenía por sacarla de ahí, como si presintiera que algo iba a ocurrir. O quizá… porque sabía lo que iba a ocurrir. ¿Pero por qué? No entendía. No podía pensar con claridad en ese momento. ¿Por qué él? Y entonces recordó lo que Marianne había dicho, “sombras creadas a partir de seres humanos”. La perilla y cerradura derretidas. La desaparición de su padre… ¿Habría sido él?

Marianne pensaba ir a ver a su madre tal y como había dicho, pero justo cuando cruzaba la sala de espera seguida de Samael, vio entrar a su padre por la puerta y junto a él iba su hermano, por lo que de inmediato empujó al ángel fuera del camino.

—¡Rápido, vete por otro lado! ¡Loui no debe verte!

Samael pareció momentáneamente desorientado hasta marcharse por el primer pasillo que encontró. Una vez teniéndolo fuera de vista, a ella no le quedó más que esperar a que su familia se acercara. Noah parecía muy en control de sí a pesar de las noticias, pero en cuanto estuvo en frente de ella la abrazó con alivio.

—¿Estás bien? ¿No estás herida?

—Estoy bien. De verdad.

—¿A quién le hablabas? —preguntó Loui, mirándola fijamente como si la evaluara, y ella procuró devolverle la misma mirada para mostrarle que no tenía nada que ocultar.

—Pues hay como unas cien personas caminando de un lado a otro en esta improvisada sala de emergencias, tú escoge.

El niño sólo arrugó la nariz y entrecerró los ojos.

—Pensábamos pasar a ver a tu madre también, pero si prefieres podemos ir a casa ahora mismo, debes estar cansada.

Marianne giró el rostro hacia el fondo, donde aún podía ver a Lucianne por un lado, a Angie discutiendo con su padre y a Mitchell escuchando con gesto aburrido el sermón histérico de su madre. Todavía no podía irse.

—Pensaba quizá… quedarme un rato más.

Noah únicamente sonrió de forma comprensiva y le dio un apretón en el hombro.

—Ya sabes dónde encontrarnos —dijo él, posando la mano sobre la cabeza de Loui y haciéndolo girar en dirección a los ascensores. Ella tan sólo asintió y esperó a perderlos de vista. Entonces decidió tomar rumbo por el pasillo de emergencias.

Muchas personas con más que contusiones eran atendidas en esa área. Había huesos rotos, heridas expuestas, y esos eran únicamente los que estaban fuera de las habitaciones, tenían en observación especial a quienes habían sido atacados directamente en el escenario, los concursantes. Después de hacer algunas preguntas dio por fin con la habitación que buscaba. Ahí estaba Lilith acostada con la mirada fija en el techo mientras su madre le ponía un sedante y le decía algo, aunque ella no parecía prestar atención. En cuanto la mujer la vio en el umbral de la puerta, pareció aliviada de que apareciera.

—Qué bueno que estás aquí. Necesito ir a atender a más pacientes. ¿Podrías… vigilarla un rato? Espero que al menos contigo sí hable.

La mujer salió de ahí y Marianne se acercó a la cama con cautela, jugueteando con las manos. Lilith no apartó la vista del techo ni dijo nada en ningún momento. Era como si estuviera en estado de shock

—¿Estás…?

—Fue a mí a quien se lo arrebataron, ¿verdad? —dijo Lilith con voz monocorde y Marianne se limitó a asentir levemente, gesto que la rubia alcanzó a distinguir por el rabillo del ojo—. ¿Cuál era?  El don que tenía.

—…El don artístico —respondió ella sin atreverse a mirarla, aunque le pareció escuchar una especie de gemido que le siguió a su respuesta.

—O sea que no sólo no gané, además me han arrebatado el único talento que tenía.

—¡Lo recuperaremos! —afirmó Marianne, tratando de infundirle ánimos y a la vez convencerse a sí misma.

—Es lo mismo que decimos siempre —le espetó Lilith con voz rasposa—. Pero hasta ahora no hemos conseguido nada más que fallar miserablemente.

—No digas eso, Lilith. Esto aún no termina.

—…Ha terminado para mí —finalizó ella con la voz ahogada, y sin más le dio la espalda. Marianne entendió que ya no seguiría hablando, al menos con ella.

Dio la media vuelta y caminó lentamente de regreso por aquel largo corredor. Los pies le pesaban y sentía una opresión en su pecho que se intensificaba cada vez que veía a las personas heridas del evento, trayendo con claridad los recuerdos de lo que había ocurrido en ese lugar: la gente intentando huir en estampida, aplastándose entre ellos, los que eran arrojados a varios metros por el demonio de ojos rojos y luego la aparición del otro de ojos plateados. El fracaso de su plan que sólo contemplaba a uno y su imposibilidad de hacerles frente siendo ahora dos.

Había sido una serie de sucesos en cadena en los que cada uno de ellos había fallado en lo que les correspondía hacer. Lucianne no había disparado sus rayos en cuanto Hollow había aparecido para distraerlo mientras intentaba regenerarse, Marianne entonces le hubiera cortado la mano con la que sostenía el don. Pudo haber tomado la iniciativa en cuanto vio que su prima no aparecía, pero se empecinó en esperar la señal de ella y eso terminó contribuyendo a que Mitchell y Samael también fallaran respectivamente. Belgina hizo lo que pudo, pero con el plan original arruinado, ya no supo cómo proceder en su confusión. Y Angie simplemente parecía haber perdido todo poder que podía serle de utilidad. “Angel Warrior inútil” la había llamado Hollow al apartarla de su camino cuando ella intentaba aferrarse a alguna parte descubierta de su piel. Entonces el demonio de ojos plateados agitó el brazo y una barrera de energía negativa los dividió de ellos. Aprovecharon ese momento para recolectar el don de Lilith y confirmar con satisfacción que era el que buscaban. Hollow sonrió mirando en su dirección y comenzó a dispararles rayos que atravesaban la barrera.

Podrían haber muerto. Y no era un simple decir, de verdad aquellos demonios habrían podido matarlos si querían, pero por alguna razón no lo hicieron. Cuando Hollow los atacó, de pronto el otro demonio lo detuvo con un ademán, y aunque pareció molesto, aun así paró. Algo le había dicho el demonio de ojos plateados para que se detuviera, aunque no tenían forma de saber qué había sido.

Para cuando desaparecieron, el escenario comenzó a caerse en pedazos y ellos se apresuraron a actuar para sacar a los chicos que aún seguían ahí. Cuando la policía y las ambulancias llegaron, el lugar parecía el escenario de un terremoto. Y ahora estaban ahí, impotentes tras no poder hacer nada por los cientos de heridos, y sobre todo por Lilith.

Marianne continuó caminando por aquel pasillo, mirando de reojo a los heridos, cuando le pareció ver dentro de una de las habitaciones un rostro familiar. Se detuvo y regresó, acercándose esta vez para observar mejor.

En una camilla yacía Demian inconsciente. Entró sin pedir permiso y se detuvo frente a la camilla, buscando con la vista si tenía alguna herida perceptible, pero aparte de una venda en la cabeza, parecía ileso. Volteó hacia los lados en busca de algún médico o enfermera que pudiera darle información e interceptó al primer auxiliar médico que pasaba por ahí.

—Disculpe, el chico que está en la camilla, ¿qué le pasó? ¿Está herido?

—Una fuerte contusión en la cabeza. Está bien, sólo que no ha reaccionado. Ya estaba inconsciente cuando lo trajeron.

Marianne le dio las gracias y lo dejó continuar su camino mientras ella regresaba a un lado de la camilla. Quizá debía avisarle a su padre, pero no tenía su teléfono. La vez que le había llamado lo había hecho desde el celular de Demian. ¿Y si tomaba entonces su teléfono y buscaba ahí el número? El único problema era que no estaba a la vista, así que posiblemente lo tenía en algún bolsillo.

Tensó la boca por la sola idea, quizá podía pedirle a alguna enfermera o auxiliar que le ayudara revisando sus bolsillos, pero todos estaban ocupados yendo de un lado a otro, así que no tenía muchas opciones. Tomó aliento para darse valor y comenzó a palpar el primer bolsillo del pantalón. Lo hizo con precaución, como si se tratara de un león dormido. El bolsillo parecía vacío pues no sentía nada que hiciera bulto, aunque su mente apuntó al instante que era mejor así. Sacudió la cabeza y miró de reojo el rostro de Demian para comprobar que siguiera inconsciente.

Pasó entonces al siguiente bolsillo. Sintió algo. Lo sacó con cuidado, pero era sólo su billetera. Estuvo a punto de regresarla a su bolsillo cuando la misma curiosidad que la había llevado a revisar los documentos de su padre la indujo a revisar su contenido, quizá esperando encontrar ahí algún número de contacto. En ella había lo que se podía esperar, dinero, tarjetas, su credencial de estudiante (Fecha de nacimiento: 30 de noviembre, 17 años). Revolvió un poco más y encontró fotos. De su familia, su madre, su padre, incluso había unas donde estaba con su hermana cuando eran niños. Era una chiquilla de cabello castaño claro, ojos vivaces y rasgos élficos. Debían haberla tomado antes de que su madre muriera. Un poco más atrás encontró también una foto de él con Lucianne, posando con una pelota de basquetbol como si acabaran de jugar. Tendrían unos diez años entonces.

Sintió de repente una punzada que atribuyó a estar revisando objetos ajenos ante la posibilidad de que el dueño despertara en cualquier momento, así que guardó todo nuevamente en la billetera y la devolvió a su bolsillo izquierdo. Posó la vista ahora en su chamarra, ahí también tenía un par de bolsillos donde bien podía guardar su celular.

Alargó la mano, palpando ligeramente ambos hasta sentir algo sólido en el interior de uno. Lentamente colocó los dedos a la entrada del bolsillo cuando de pronto una mano la sujetó con fuerza de la muñeca, provocándole un mini infarto.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Demian con voz somnolienta y ojos entrecerrados.

Marianne tan sólo alcanzó a balbucear. Él trató de incorporarse. Parecía un dragón al que acabaran de despertar y la miró como si aún no reaccionara completamente.

—¡Deja de aparecer frente a mí!

Tras decir esto, sus ojos se pusieron en blanco y volvió a perder el conocimiento, cayendo nuevamente sobre la camilla y aflojando la mano con la que la sujetaba.

Ella parpadeó confundida y su única reacción fue soltarse y salir corriendo de ahí. No se detuvo hasta salir de nuevo a la sala de espera, encorvándose e inhalando con fuerza. No entendía lo que había pasado, pero prefería no pensar en ello, ni siquiera notó haber perdido la pulsera con su nombre. Sintió entonces el peso de una mano sobre el hombro y volteó con un sobresalto, tan sólo para descubrir que se trataba de Samael.

—¿Pasó algo?

—…Nada. Todo está bien —respondió ella con un suspiro mientras realizaba varias respiraciones para recuperar la calma. Vio entonces en recepción al padre de Demian, buscando con quién hablar—… Espérame aquí.

Algo indecisa, se acercó al hombre que tenía una mano sobre el escritorio, tamborileando los dedos con impaciencia mientras con la otra sostenía un teléfono.

—Disculpe… —El hombre de inmediato volteó, poniéndola nerviosa—… Debe estar buscando a Demian, él está…

—¡Gracias a dios! Empezaba a angustiarme el no saber nada —dijo él, dándole un abrazo efusivo—. ¿Cómo están todos? ¿Resultaron heridos?

—E-Estamos bien, gracias. Demian está en el área de emergencias. Al parecer tuvo una contusión, pero dijeron que estaría bien.

—¡¿En dónde?!

Marianne le mostró el camino y tras dedicarle un gesto de agradecimiento, él marchó en esa dirección, como cualquier padre preocupado. No era que el suyo no se preocupara por ella, pero a veces deseaba que lo demostrara como la mayoría de los padres que había conocido, y en cambio siempre se mostraba imperturbable y complaciente.

—¿Qué fue eso? —preguntó Samael y ella se limitó a mover la cabeza de forma negativa.

—Nada. Pienso ir a ver a mi madre, quizá sea mejor que regreses a casa.

Él asintió y Marianne se detuvo por un segundo a contemplar el punto donde Demian la había sujetado. Samael la observó, tratando de dilucidar a qué se debía aquella expresión, pero ella rápidamente la borró de su rostro.

—…Te veré al rato, ¿sí? Hasta luego.

Samael la vio marchar en dirección a los ascensores, y hasta que la puerta del elevador la bloqueó de su vista se decidió a ponerse en marcha.

Franktick caminaba de forma errática por las oscuras calles de la ciudad. En ocasiones renqueaba y en otras se sostenía de los muros como si fuera a tropezar. A cada número indeterminado de pasos se detenía y comenzaba a boquear. Solía tener buena condición física, así que no era normal para él quedarse sin aliento tras haber recorrido tan sólo unas cuantas cuadras a pie.

Llegó por fin a aquel edificio abandonado que últimamente frecuentaba y apenas entró, se dirigió con pasos inestables hacia las escaleras. Ni se molestó en verificar si el ascensor abría, estaba convencido de que no lo haría en esa ocasión. Subir las escaleras en ese estado tan lamentable resultaba físicamente una tortura, pero echó mano de todas sus fuerzas para conseguirlo.

Sin embargo, su intención no era subir hasta la última planta. Cuando llegó a un punto medio, en lo que parecía una zona de oficinas en abandono, se introdujo en una de ellas y se sentó en el piso, apoyando la espalda contra la pared, exhalando como si hubiera llegado por fin a su destino. Aspiró tanto aire como pudo, manteniendo los ojos cerrados, y comenzó a frotárselos como si le escocieran.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? —murmuró para sí mismo—. Yo me metí en esto, debo resolverlo.

Bajó las manos y comenzó a parpadear rápidamente, evitando lagrimear en el proceso. Sus ojos tenían el aspecto de estalagmitas, el color canela lucía seccionado en distintos tonos y su pupila estaba roja, aunque no parecía consciente de esto.

Pegó la cabeza contra la pared y encogió una pierna mientras la otra la dejaba reposando en el piso.

—Tengo que resolverlo. Lo sabe. Sabe que lo hice por eso, ¿verdad?

A unos cuantos metros de él yacía un bulto inmóvil entre un desvencijado escritorio y un sofá sin relleno. Era el comandante Fillian, atado de pies y manos. Parecía inconsciente así que no escuchaba nada de lo que Frank pudiera decir, pero él continuó a pesar de saber que prácticamente estaba hablando solo.

—No debió engañarme. Puso en peligro la confianza que Lucianne ha depositado en mí. Y ahora tengo que regresarlo donde pertenece. Y no sé cómo le voy a hacer.

De pronto se encorvó, una oleada de dolor comenzó a estremecer su cuerpo e incluso por un momento creyó sentir que el piso temblaba, o quizá eran espasmos involuntarios. Eventualmente cesaron y sintió su cuerpo aflojarse.

—¿…Qué me está pasando?

—¿Acaso no es obvio? Tu cuerpo está empezando a asimilar la energía demoníaca.

Franktick levantó el rostro y vio a Hollow en la puerta, cruzado de brazos y apoyado en el marco con pose despreocupada.

—Te dije que habría consecuencias desde el momento en que empezaras a manejar la clase de poder que yo poseo. Sobre todo, después de pedirme una dosis mayor de la usual para localizar a ese hombre —señaló con la mirada hacia el bulto que era el padre de Lucianne—. Te advertí que podía haber efectos secundarios a corto plazo. Eres humano y es natural que te afecte.

Frank no respondió nada, tan sólo volvió a encogerse al sentir una nueva oleada de espasmos que le recorrían la columna y sus terminales nerviosas.

—¿Me estoy muriendo?

El demonio sonrió mientras lo veía doblarse del dolor.

—Piénsalo más bien como un renacer —al decir esto, se enderezó y dio unos pasos en dirección a él—. Puedo hacer que pare.

—¿Como una especie de… desintoxicación? —preguntó el muchacho, con el cuerpo encorvado y los ojos como rendijas. Su respiración era entrecortada y varias perlas de sudor frío se formaban en su rostro. Hollow se puso en cuclillas y acercó el rostro hacia él para que lo escuchara claramente.

—…Sólo tienes que darme lo que quiero.

Franktick lo miró, sabiendo a qué se refería, y a pesar de que por dentro sentía que sus huesos, tendones y músculos estaban siendo licuados para crear una especie de frappé de órganos, su retorcido sentido del humor se impuso.

—…No tenía idea de que los demonios tuvieran esa clase de gustos.

Hollow también sonrió en respuesta, sin embargo, su sonrisa tenía un toque de amenaza latente.

—No juegues conmigo, mocoso.

Frank tosió por varios segundos hasta que volvió a sostenerle la mirada.

—No lo hago. Simplemente que, si tu intención desde el principio era hacer peligrar mi vida de esta forma, puedes ir preparando el ataúd porque como dije la primera vez, no me importa lo que ocurra conmigo —replicó sin dejarse intimidar.

El demonio mantuvo su horripilante sonrisa de advertencia. Se incorporó nuevamente y lo miró desde su posición, como quien mira una hormiga.

—…Muy bien. Admiro tu resolución y coraje, muchacho. Sin duda serías una buena adición para la Legión de la oscuridad… pero hay un problema.

Franktick esperó a que el demonio terminara de hablar. Sentía el cuerpo cada vez más pesado, pero aún así tenía curiosidad por lo que diría.

—…A un demonio no puede importarle nadie más, y ésa no es la impresión que me das con esa chica.

La expresión de Frank cambió al instante y su cuerpo se tensó. Hablaba de Lucianne.

—¿Qué pasa? ¿Creíste que no me enteraría? Posees energía demoníaca proporcionada por mí, así que conozco todos tus movimientos y sé que últimamente has estado visitando mucho a una chica en particular.

Franktick sintió una ola de calor que se superponía al dolor que lo asediaba.

—…No te acerques a ella.

—¿…O? ¿Qué harás? —preguntó el demonio con tono divertido y un destello malicioso en sus ojos rojos—. He pensado que tal vez… podría hacerle una pequeña visita y averiguar qué clase de don posee. Sólo por curiosidad.

Los músculos de Frank se contrajeron y, haciendo de lado lo insoportable que le resultaba el más leve movimiento, se incorporó de un salto como impulsado por un resorte y trató de golpearlo, pero Hollow lo esquivó con un ágil movimiento y se colocó detrás de él, deteniéndolo con facilidad tras doblarle el brazo por la espalda.

—¿En serio piensas que puedes enfrentarte a mí? Tienes agallas, debo admitirlo —susurró a su oído con tono festivo y una sonrisa que mostraba sus afilados dientes de tiburón. Se notaba lo mucho que estaba disfrutando ese momento—. ¿Entonces qué decides? ¿Me entregarás el don o tendré que hacerle una visita a esa noviecita tuya?

Frank era consciente de que no podía contra él, su fuerza era muy superior, y por más que en otra situación le hubiera dado igual, las cosas eran distintas ahora pues estaba Lucianne de por medio, así que se tragó su orgullo y apretando los dientes terminó por mover la cabeza afirmativamente.

—Muy buena decisión. Sabía que tendrías algo de sentido común —agregó Hollow, dándole unas palmadas en el rostro, y a continuación tiró de él hasta atravesar un agujero negro a sus espaldas.

En un dos por tres aparecieron en un lugar descampado, y tras ser arrojado al piso, el muchacho levantó el rostro. Estaban frente al lago del campamento, el Tokenblue.

Sin la menor consideración, el demonio lo tomó de la camisa y lo arrastró hasta la orilla del lago, donde de un empujón lo obligó a introducirse a éste.

—Ahora entra ahí y tráeme lo que me pertenece.

En cuanto Franktick entró en contacto con el agua, sintió una especie de corriente eléctrica que corría por sus nervios. Ardía. Era como si estuviera dentro de una freidora hirviendo. No pudo evitar soltar un grito por más que intentaba no demostrar dolor.

—¡Muévete! ¡¿Qué estás esperando?! ¡De ahí no sales hasta que me traigas el contenedor, ¿entendiste?! ¡Así que avanza de una vez!

Él comenzó a avanzar hacia el interior del lago. A cada paso que daba sentía que su piel se achicharraría, y una opresión le invadía el pecho y el estómago como si fuera a vomitar en cualquier momento.

Conforme se adentraba más, el agua borboteaba como si estuviera hirviendo y brillaba con aquellas misteriosas luces de colores que surgían del interior. En más de una ocasión le pareció sentir que algo tiraba de él por debajo del agua. Una de dos, o quedaría definitivamente con la piel quemada o moriría ahogado. Cuando llegó al punto en el que había ocultado el contenedor, tomó aire y se sumergió por completo; casi pudo sentir la piel del rostro en carne viva.

Permaneció bajo el agua como un minuto hasta que volvió a salir con un objeto entre las manos. Hollow dibujó en su rostro una sonrisa retorcida. Le tomó a Frank otros cinco minutos estar de vuelta en la orilla, a pesar de sentirse completamente molido de pies a cabeza. Apenas salió del lago, cayó de bruces contra el suelo, aspirando con fuerza todo el aire que sus pulmones le permitían. Su piel no estaba quemada como creía, pero sí había quedado enrojecida, como si hubiera pasado mucho tiempo bajo el sol.

Hollow le arrebató el recipiente de las manos y lo observó extasiado. Por fin había recuperado el don que había perdido en un descuido.

—Ha sido un placer hacer negocios contigo —expresó el demonio con tono burlón. Finalmente se había salido con la suya. Había doblegado su voluntad.

Tiró del muchacho como si fuera un bulto y lo arrastró hacia otro agujero que se abría ante él hasta aparecer nuevamente en el punto de partida. Franktick se giró sobre su espalda y lo miró. Ya sólo le quedaba aguardar por su muerte.

—…Ya tienes lo que querías. No me importa lo que hagas conmigo, pues seguramente de aquí no saldré con vida… pero a ella no te acerques.

El demonio apartó la vista del contenedor y la posó ahora sobre él. No dijo nada, pero sonrió de forma tenebrosa. Con un veloz movimiento se aproximó a él, colocando una mano en su cabeza y lo único que Frank alcanzó a hacer fue lanzar un grito que le desgarró la garganta antes de que la oscuridad se cerniera sobre él.

Marianne regresó a casa muy entrada la noche. Tenía muchas cosas en mente y no sabía en cuál de todas enfocarse cuando al entrar a su habitación vio que Samael estaba en el piso, a un lado de la cama. Se habría quedado esperándola por horas y finalmente no resistió el sueño, como si fuera un niño. Su expresión era tan plácida, que parecía no soñar siquiera. Quizá los ángeles no tendrían nada qué soñar.

Decidió que no lo despertaría, así que tomó una frazada de su armario y cuidadosamente comenzó a arroparlo. Debía tener un sueño tan profundo que ni siquiera sentía el roce de la cobija, aunque en cuanto ella puso la mano en el piso para apoyarse, de pronto sujetó su muñeca.

Tal vez fuera un simple impulso o un movimiento automático de su parte, pero ella reaccionó con un sobresalto, reviviendo el momento en que Demian la había sujetado en el hospital, justo en ese mismo lugar. El agarre de Samael era suave, sin embargo, y en segundos volvió a soltarla lentamente y regresó a su misma posición.

Ella retrocedió con el brazo contra el pecho. La había tomado por sorpresa, sí, pero lo que más le desconcertaba era el hecho de recordar tan vívidamente aquel momento en el hospital. Incluso si observaba con detenimiento, podía distinguir unas leves marcas en el antebrazo, donde Demian la había sujetado. Unas pequeñas huellas rojizas en forma de dactilares.

“Deja de aparecer frente a mí”, eso le había dicho. Había sonado a reclamo, pero no entendía por qué. ¿Quizá porque últimamente se lo topaba en todos lados? Era posible, tal vez ya estaba harto de verla tan seguido. Pero no era su culpa que ambos estuvieran en la misma escuela ni que frecuentaran los mismos lugares; de hecho, era ella la que debería estar harta, después de todo no dejaba de ser el chico del accidente. ¿En qué momento había pasado a formar parte de su grupo de amigos? O más específicamente, ¿cuándo se habían convertido en amigos de manera oficial?

Hasta entonces no recordaba que hubieran acordado en dejar sus diferencias atrás y ser amigos, era más como un acuerdo implícito que habían ido alcanzando. Aunque a veces la hiciera perder la paciencia y decir cosas hirientes, cosa que él también había hecho, no pensó hasta ese momento que le molestara tanto su presencia.

Pero lo había dicho. Sus palabras se lo habían dado a entender y eso la hizo sentir furiosa. Arrugó el ceño y se bajó la manga para cubrir su brazo. Pues entonces ella tampoco quería volver a topárselo en adelante. Cerró la ventana y se tiró en la cama. Ni siquiera tenía ánimos para ponerse el pijama. Apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos. Tan cansada estaba que se quedó dormida al instante.

Estaba de nuevo corriendo sin rumbo fijo. A los lados varias siluetas se aglutinaban. Sus amigos. Uno a uno, fueron cayendo sin que pudiera hacer nada. Si intentaba tocarlos se deshacían en sus manos como si fueran de arena. Miró hacia atrás. Una sombra la seguía, devorando todo a su paso. Corrió lo más rápido que sus piernas le permitían, pero parecía estar sobre una banda caminadora, no podía avanzar. La sombra terminó por cernirse sobre ella, engulléndola por completo.

Unas manos presionaban sus brazos, sacudiéndola, y una voz comenzó a abrirse paso en sus oídos, pronunciando su nombre una y otra vez. Abrió los ojos y se encontró con la mirada azul celeste de Samael, observándola preocupado.

—¿Estás bien?

Ella se incorporó confundida, frotándose los ojos con aspecto perdido.

—¿…Me despertaste?

—Tuve que hacerlo. Estabas muy inquieta y murmurabas algo.

Marianne parpadeó varias veces para aclarar su vista. La luz del sol entraba por la ventana, así que trató de cubrirse los ojos, formando una visera con la mano.

—¿Me observabas mientras dormía?

—No. Al menos no esta vez, desperté en cuanto te escuché murmurar.

—¿…Dijiste que no esta vez? ¿O sea que ya lo has hecho antes?

—Cuando no puedo dormir —respondió él como si no fuera la gran cosa y ella lo miró incrédula por unos segundos para luego tratar de restarle importancia—. Normalmente estás muy quieta y en silencio, así que después de unos minutos me da sueño. Pero hoy te movías de un lado a otro y algo decías entre dientes. Parecías a punto de gritar y pensé que era mejor despertarte.

—…Una pesadilla. Debió ser eso.

—¿La recuerdas?

Marianne lo meditó por unos segundos, pero por más que conservaba la sensación de agobio, no lograba recordar qué lo había causado, así que negó con la cabeza.

—Supongo que no era algo importante —concluyó ella, aunque Samael no parecía convencido.

La había escuchado decir claramente “Aléjate de mí” y repetir varios “No” con desesperación. Hubiera querido meterse en su mente, pero no estaba seguro si funcionaría cuando estaba soñando. Quizá no estaría de más intentarlo en alguna otra ocasión. Como fuera, Marianne ya estaba de pie revisando su guardarropa.

—¿Vas a algún lado?

—Regresaré al hospital. Lilith sigue ahí y no quiero dejarla sola mucho tiempo. Menos con lo que ha pasado últimamente.

—¿Puedo acompañarte?

—Mmmh, no sé, mi familia también estará por ahí, y es mejor evitar cualquier contacto con ellos. Quizá sea mejor que esperes aquí. Al menos hasta que vuelvan a casa.

—…De acuerdo —aceptó él, mientras ella dejaba la ropa que había seleccionado sobre la cama y le dirigía una mirada con la que le indicaba que debía salir.

Él pareció captar su significado y de inmediato desapareció de ahí. Ella aprovechó la ocasión para revisar su celular y vio con sorpresa que en su bandeja de entrada había un mensaje de Demian. Sintió un extraño vuelco en su interior.

Abrió el mensaje y vio que simplemente decía “Gracias por avisarme. Él estará bien. Ojalá puedas visitarnos pronto”. Sus hombros se aflojaron al instante. Era su padre el que lo había enviado, no él. Sintió ganas de reír por lo ridícula que se sentía.

Cerró el móvil y se dispuso a continuar con su propósito inicial. Tenía prácticamente su día planeado, aunque no descartaba alguno que otro cambio en el transcurso, lo normal, suponía ella. Sin embargo, estaba consciente de que el concepto de lo normal se alejaba cada vez más de sus vidas, así que también debía estar preparada para cualquier eventualidad. Eso sí que era lo normal ahora.

Tras sentir los primeros rayos del sol esa mañana, Franktick volvió en sí con un espasmo. Desorientado, miró a su alrededor, dándose cuenta de que seguía en aquel edificio abandonado. El comandante Fillian continuaba atado en la misma posición.

Recordaba destellos del día anterior. El ataque en el Music Center. Su intento por sacar a Lucianne de ahí. ¿Había golpeado a alguien? Le parecía recordar que sí, pero no estaba muy seguro, el dolor que llevaba sintiendo todo el día y que fue intensificándose con el paso de las horas había nublado parte de sus recuerdos.

De lo que sí estaba seguro era que Hollow se le había aparecido. Lo amenazó para que le devolviera el don que había ocultado a cambio de no hacerle daño a Lucianne y lo había hecho. Ya no disponía de su seguro de vida. Pensó que lo mataría y sin embargo ahí estaba, seguía vivo y ya no sentía dolor. Quizá lo había despojado de aquel poder demoníaco que estaba haciéndolo trizas por dentro.

Mejor, pensó él. Se incorporó, sintiendo el cuerpo aún algo pesado, y le pareció escuchar que el comandante Fillian se removía. Avanzó algo mareado hacia una puerta pegada al fondo de la oficina y se introdujo sin vacilación. Al interior había un reducido cuarto de baño, cuyo único retrete no funcionaba, pero, milagrosamente, el lavabo sí disponía de agua.

Se lavó la cara y también se echó un poco de agua en la cabeza, pensando así que le ayudaría a despejarse. Se mantuvo con las manos aferradas al lavabo y la cabeza gacha por varios segundos, realizando varias respiraciones con la intención de recuperar el dominio sobre sí mismo y entonces alzó el rostro hacia el espejo.

El reflejo le devolvió una imagen que no se esperaba. Su piel estaba tan pálida que las venas se le transparentaban y surcaban su rostro de modo que parecía la piel de un muerto. Pero fueron sus ojos los que llamaron más su atención. Su color canela natural parecía diseccionado por distintos prismas de color, como si fuera una geoda.

Escuchó entonces los quejidos del comandante Fillian por debajo de su mordaza. Había finalmente despertado.

Sin decir palabra alguna, cogió un vaso que reposaba junto a la llave y lo llenó de agua, tras lo cual buscó algo por debajo del lavabo y sacó un pasamontañas. Se lo pasó por encima de la cabeza y volvió a contemplarse en el espejo. Su rostro estaba completamente cubierto, quedando visibles únicamente sus extraños ojos de geoda. “Adelante”, murmuró para sí mismo, tomando aire y saliendo de ahí con el vaso.

Marianne no se caracterizaba precisamente por su gran apetito en casa, comía lo normal, pero nunca se le veía doblar raciones. Así que era de esperar que levantara las sospechas de Loui cuando la descubrió haciendo un sándwich, habiendo ya desayunado.

—¿Vas a comer otra vez?

—Ah… no. Sólo preparo algo para llevar al hospital… por si me da hambre. Deberías hacer lo mismo, tú que siempre estás comiendo —respondió ella, algo dubitativa, pero retomando el control enseguida.

—Ahí tienen cafetería —replicó él, cruzándose de brazos.

—¿Y? ¿Has visto el precio que le ponen ahí a todo? Como si sus pacientes fueran millonarios. Hay que ahorrar lo más que podamos. Eso, claro, si tienes intenciones de ir algún día a la universidad. De lo contrario empieza a practicar cómo hacer malabares porque tu única opción será entrar al circo y ser payaso.

Loui le dedicó un gruñido y salió de nuevo de la cocina. Ella de inmediato soltó un suspiro de alivio. Guardó el emparedado en el refrigerador para que Samael pudiera tomarlo en cuanto se marcharan.

—¿Todos listos? ¿No olvidan nada? —preguntó Noah, esperándolos en la puerta.

—¡Ah, un momento! —exclamó Loui, corriendo de vuelta a la cocina mientras Marianne se apoyaba en el marco de la puerta.

Tras esperar alrededor de un minuto, el niño regresó, llevando algo envuelto que le entregó a Marianne en cuanto estuvo cerca.

—Toma, se te olvidó en el refrigerador.

Marianne desenvolvió aquello dándose cuenta de que era el sándwich que había preparado para Samael. Loui sonreía como si supiera que le había estropeado algún plan y ella tan sólo apretó los dientes y trató de devolverle la sonrisa.

—…Gracias. Salvaste mi merienda, qué amable —masculló ella.

—Fue un placer —replicó su hermano sin borrar aquella sonrisa.

—Qué bueno que se lleven bien. Su madre estaría feliz de verlos así. Pongámonos en marcha ahora —indicó Noah, por completo ignorante de lo que en realidad ocurría ahí.

No muy lejos de ahí, Mitchell esperaba en la barra del Retroganzza, repiqueteando los dedos con impaciencia hasta que Mankee salió de la cocina.

—…Hola. ¿Buscas a Demian?

—No, esta vez vengo a verte a ti.

—¿…En serio? —preguntó él con sorpresa y Mitchell se soltó a reír.

—¡No, lo siento! ¡Pero hubieras visto tu cara cuando lo dije! No recibes muchas visitas por aquí, ¿verdad?

Mankee torció la boca con indignación y se limitó a limpiar los vasos de la barra.

—…Pues lo lamento, Demian no vino a trabajar. Escuché que está en el hospital, así que no creo que venga hoy.

—Oh, ¿él también acabó en el hospital después de lo de ayer? ¿Por qué nadie me avisó? Podríamos haberlo visitado después de ver a Lilith.

—¿…Lilith? ¿Está en el hospital?

—Así es. Ayer en serio que no fue su día, no sólo no ganó el concurso, su cantante favorito no terminó de ver su participación y además la despojaron de… —se dio cuenta de que estaba hablando de más y se detuvo. El chico continuó mirándolo con atención, esperando a que terminara de hablar, pero él decidió concluirlo ahí—… y así. Simplemente no vio una.

—Debe estar… destrozada.

—Sí, bueno, esperemos que pronto se le pase. Es Lilith, al rato estará brincando y vuelta loca por algún grupo nuevo o algo así —supuso Mitchell con despreocupación, aunque Mankee no parecía convencido de ello.

—Bueno, yo… debo volver al trabajo. Si deseas ordenar algo… me dices.

—No me vendría mal tomarme una malteada antes de irme al hospital. Con doble crema batida, agrégale unas galletas con chispas de chocolate y ponla a mi cuenta. Algún día pagaré, lo juro.

Mankee no dijo nada, se limitó a dedicarle una mirada, sabiendo que no cumpliría, y se metió a la cocina.

Lilith pasó la noche entera en el hospital sin pegar los ojos. Las voces no le permitían dormir. Continuaba escuchando una y otra vez cosas que no deseaba oír y había empezado a abandonarse a ello.

—¿Lilith? —Marianne tocó levemente a la puerta, entreabriéndola—. ¿Te sientes mejor? Tu madre dijo que hoy darían de alta a todos los heridos del evento. Eso te incluye a ti, ¿estás lista para salir de aquí?

—¿…Salir? —repitió Lilith con la voz apagada—, ¿Para qué quiero salir ya? No me queda nada que sea de importancia.

—¡Lilith, por dios, deja de hablar así! —protestó Marianne, acercándose a ella y tomándola de los hombros—. ¿Y nosotros qué? ¿No te importamos? ¡Somos tus amigos!

—…No veo a nadie más que a ti en este momento —respondió la rubia sin ninguna inflexión. Ni siquiera la miraba a los ojos. Marianne ya no sabía qué decirle para que cambiara esa actitud.

—¡Escucha! Los demás no tardan en venir, así que será mejor que quites ese gesto de sufrimiento y te prepares para salir de aquí porque no puedes permanecer en este lugar. ¿Entendiste? —le ordenó con voz firme, aunque ella no parecía hacer mucho caso—… Ahora iré a esperar que lleguen y los traeré aquí, así que más te vale estar presentable para entonces.

Acto seguido salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí y pegándose a ella con la sensación de que había sido demasiado dura, pero tampoco deseaba tratarla con condescendencia en ese momento. Sacó su celular y rápidamente comenzó a teclear mientras caminaba por el pasillo. Al pasar por el cuarto donde había visto a Demian el día anterior notó que la puerta estaba abierta. Minutos antes la había encontrado cerrada y lo había tomado como señal de que no tendría que verle.

Se detuvo sin pensarlo y se asomó levemente. Demian estaba sentado sobre la camilla, tratando de quitarse la venda de la cabeza mientras su padre, al contrario, trataba de impedírselo.

—Ya te dije que estoy bien, no las necesito.

—Y yo ya te dije que no voy a permitir que ningún hijo mío arriesgue su salud únicamente porque no se siente a gusto con algo —le reviró su padre, dándole un manotazo para que dejara de tocar sus vendas.

Demian se detuvo al notar la presencia de Marianne y su padre también volteó, provocando que ella diera un respingo y mirara enseguida hacia los lados, en busca de una salida más próxima.

—¡Marianne! ¡Qué bueno que vienes de visita! Pero entra, no te quedes ahí afuera.

—Eh… gracias, pero… sólo iba de paso, y yo…

—Viene a ver a su madre, es por eso que está aquí. No hay que hacerla perder su tiempo, déjala seguir su camino.

—¡Oh, lo siento de verdad! Espero que no sea nada grave y se recupere pronto.

—…Gracias, eso espero yo también —respondió ella, sintiéndose de pronto culpable al recordar las palabras que le había dicho a Demian. Había sido innecesariamente cruel y hasta entonces no había tenido la ocasión de enmendarlo. Así que se mordió el labio y también desvió la mirada—… Qué bueno que estés bien. Con permiso.

Se marchó sin esperar respuesta. Caminó con rapidez a lo largo de aquel pasillo con la vista fija en el piso, de modo que no fue de extrañar que, al dar la vuelta para dirigirse a los ascensores, terminara chocando con alguien. Alzó la vista y al ver que era Samael, de inmediato lo apartó de ahí, temiendo que su hermano se apareciera de repente y lo viera.

—¡¿…Qué haces aquí?! Te dije que esperaras en casa a que volviera.

—Lo sé, pero no encontré nada para comer en la nevera.

Lo cierto es que era domingo y ese día solía hacerse la despensa, pero con todo lo acontecido ni tiempo había tenido para pensarlo. Dio un suspiro y lo guió lejos de ahí, procurando verificar que no estuviera Loui rondando antes de entrar a algún área. Fueron hasta el extremo del hospital donde se ubicaba la cafetería, la cual constaba de una barra enorme donde se mostraba el guiso del día con algunos complementos, exhibidores con golosinas y una larga pizarra en la pared con los precios.

—Adelante, escoge lo que quieras —indicó Marianne mientras vigilaba a su alrededor. Samael observó todo con interés, pero indeciso.

—¿…Qué me recomiendas?

—Comer en otro lado porque en el hospital todo es insípido —respondió ella, dando un resoplido, y en vista de que Samael la miraba sin entender, giró los ojos y se apoyó en la barra para ordenar por él—. La ensalada y unas galletas, por favor. Jugo de naranja también. Y si puede penicilina, es mejor prevenir.

—…Lo siento. No quería causarte molestias —comentó Samael, sintiendo que estaba de alguna forma estorbando en sus planes.

—¡Claro que no! ¡No lo haces! —recalcó ella, empujándolo hacia el extremo de la barra para pagar—. Perdona si parezco brusca o algo, es sólo que… tengo muchas cosas en mente. Lilith me preocupa, y además está el asunto del otro demonio…

—Y el humano con energía demoníaca —agregó Samael.

—…Y el humano con energía demoníaca —repitió ella, sintiéndose agotada—… Pareciera que todo no hace más que empeorar.

—Ten confianza. Cuando piensas que ya todo está perdido, tarde o temprano termina resolviéndose, ya lo verás —expresó él en tono conciliador.

—…Unas galletas y un té, por favor.

Marianne se paralizó en cuanto escuchó aquella voz. Empujó a Samael, rodeando la barra hasta que topó con la pared, y giró la cabeza para mirar de reojo del otro lado.

Vio a Loui marchándose como si nada, con un paquete de galletas en una mano y una botella en la otra. Volteó de nuevo hacia el frente con expresión desesperada.

—¡¿Nos habrá visto?!

Samael echó un vistazo hacia la puerta por donde Loui salía en ese mismo instante.

—Hubiera dicho algo en ese caso —aseguró él para tranquilizarla.

—…Tienes razón. Quizá no alcanzó a vernos, si no, seguro habría comentado alguna impertinencia —dijo ella, intentando convencerse. Sin embargo, no quería dejarlo pasar. Aquella pasividad suya en los últimos días la desesperaba. Nada le quitaba de la cabeza que se traía algo entre manos.

Incapaz de dormir, aunque por razones distintas a las de Lilith, Lucianne no dejaba de pensar en lo que el oficial Perry le había dicho.

No quería creer que en verdad Frank estuviera involucrado con Hollow, tenía que haber alguna explicación y se negaba a emitir algún juicio al respecto hasta que no fuera él mismo quien se lo negara o confirmara. Aunque no tenía idea cómo alguien podría admitir abiertamente tener algún tipo de conexión con un demonio. Sabía que pecaba de ingenua, pero no podía evitarlo, prefería esperar lo mejor de los demás.

El oficial Perry había pasado a visitarla como todas las mañanas, poniéndola al corriente de las noticias recientes. Pensó también que volvería a decirle algo sobre Frank, pero no lo hizo y eso lo agradeció.

—Debo volver al hospital. Hoy dan de alta a Lilith y escuché que también Demian pasó ahí la noche. Así que quisiera ir a verlos —comentó Lucianne mientras recogía los platos del desayuno.

—¿Quieres que te lleve?

—Si no es mucha molestia, por favor.

—Sabes que jamás lo es para mí. Lo haré con todo gusto —aceptó él con una sonrisa que parecía indicar mucho más de lo que Lucianne podía corresponder, así que volvió la vista al frente mientras lavaba los platos y apretó la boca en un gesto incómodo.

Entonces tocaron a la puerta. El corazón de Lucianne dio un vuelco al pensar en la única persona que había estado yendo a su casa por las mañanas aparte del oficial Perry.  Dejó corriendo el agua del lavabo sin que ella moviera las manos, ya fuera para asentar los platos o cerrar la llave. Otro toque, su corazón comenzó ahora a desbocarse.

—¿…No piensas abrir? —formuló Perry observándola, como si supiera lo que estaba pasando por su mente.

Ella volvió de su ensimismamiento y cerró la llave para a continuación dirigirse a la puerta, deteniéndose únicamente para tomar aliento y finalmente abrir. Frente a ella había alguien con una chamarra negra con la capucha sobre la cabeza y lentes oscuros que sobresalían bajo ésta. Parecía un criminal escondiendo su rostro y, sin embargo, pudo reconocerlo.

—¿…Frank?

—Lo siento por aparecer así. Necesito hablar contigo —dijo él con una sensación de urgencia que se denotaba en su tono y sus movimientos. Tenía incluso las manos introducidas en los bolsillos de la chamarra como si ocultara algo.

—¿Qué ocurre? ¿Y por qué los lentes? —preguntó ella, alargando la mano hacia su rostro con la intención de quitarle los lentes, pero él se apartó.

—…Tenemos que hablar —fue su única respuesta. El tono grave que había utilizado alarmó a Lucianne, pero trató de no demostrarlo.

—…Déjame ir por mi abrigo y ahora vuelvo —resolvió ella, adentrándose de nuevo en la casa mientras Franktick esperaba impaciente en la puerta, dando un paso hacia el frente y otro hacia atrás, a la vez que observaba el minúsculo jardín que adornaba la entrada, gardenias y enredaderas entrelazadas que le daban un aspecto hogareño. Pensó en cómo se verían aplastadas, con la tierra removida e inservible, y de inmediato sacudió la cabeza para alejar esas ideas de su mente, no entendía por qué de repente pensaba algo así.

—No te ves muy bien, muchacho.

Franktick volteó. En la puerta estaba el oficial Perry observándolo con recelo.

—Como si te hubieras metido en algo serio. ¿Por eso la capucha y los lentes? ¿No quieres que nadie más te reconozca?

—No es de su incumbencia —respondió él, sintiendo que su sangre borboteaba sólo de verlo, así que se apartó un poco sin sacar las manos de los bolsillos.

—Todo lo que afecte a Lucianne es de mi incumbencia, así que lo preguntaré una sola vez: ¿en qué estás metido con el sujeto que atacó el Music Center?

—¿…Me ha estado siguiendo? ¿Aún sin motivos legales para hacerlo?

—Eso no responde a mi pregunta.

—Y tampoco a la mía —replicó Franktick, apretando las manos por dentro de sus bolsillos. Perry soltó una risa; aquello le resultaba demasiado inaudito.

—Puedo seguir a quien sea si sospecho de él. Y resulta que contigo mis sospechas eran correctas. Estabas trabajando para ese sujeto, no puedes negarlo, yo los vi.

Franktick no respondió, tan sólo parecía mirarlo fijamente a través de aquellos negros lentes que ocultaban sus ojos, lo que comenzó a desesperar al joven oficial.

—…Mírame directo a los ojos cuando te estoy hablando —espetó él, perdiendo la paciencia e intentando quitarle los lentes.

Aquello fue como si algo se encendiera dentro de Franktick, una mecha que cegó por completo su raciocinio en los siguientes segundos, como una descarga en su cerebro. Los lentes cayeron al piso y su visión se volvió completamente roja, como si los ojos se le hubieran inyectado de sangre, y cuando se dio cuenta ya estaba sobre el oficial Perry, golpeándolo repetidamente, aplastando las gardenias y enredaderas que adornaban el pequeño jardín. Eso lo hizo sonreír. No entendía qué pasaba, pero se sentía bien. Como si una presión dentro de él se liberara en su cuerpo provocándole una sensación placentera. Mejor que la adrenalina, aquello era…

—¡Frank, ¿qué estás haciendo?! ¡Suéltalo!

La voz de Lucianne lo trajo de vuelta a la realidad. Vio sus manos, manchadas de sangre. Fijó la vista por debajo de él y vio al oficial Perry con el rostro golpeado, los labios partidos y la nariz rota. Se levantó vacilante mientras Lucianne se acercaba a Perry.

—¿…Por qué lo hiciste? ¡¿Qué ocurre contigo?!

No pudo responder. No sabía por qué lo había hecho, simplemente fue un impulso que no pudo controlar. Y ahora la forma en que Lucianne lo miraba, como si fuera un monstruo, le confirmaba la realidad que había estado negándose a reconocer. Se había desintoxicado, sí, pero de su humanidad; aquel demonio lo había convertido en uno de los suyos.

Con parsimonia comenzó a retroceder, dejando que ella se ocupara del oficial, y en silencio dio la media vuelta para marcharse de ahí.

—¡…Aguarda! —lo llamó Lucianne al darse cuenta de que se marchaba. Apoyó un pie en la tierra revuelta del jardín, se impulsó para intentar detenerlo y lo tomó de la chamarra—. ¡Detente, Frank!

Su cuerpo giró de un jalón, y con ello no pudo evitar el contacto visual. Ella se detuvo de tajo al verlo fugazmente por debajo de la capucha. El rostro surcado por venas y los ojos que parecían una mezcla de distintos minerales, desprovistos de todo rastro humano.

Franktick tiró del brazo y en cuanto estuvo libre, se bajó más la capucha para cubrir su rostro, echándose a correr lejos de ahí ante la mirada atónita de Lucianne.

Ya no le cabía la menor duda, él era el humano poseedor de energía demoníaca.

De pie en medio de la recepción, como un niño perdido en una feria, Mankee observaba cómo iban y venían los médicos y enfermeras del hospital, sin atreverse a preguntar nada, como si esperara que milagrosamente la respuesta llegara a él, y para suerte suya, el milagro pareció llegar en la forma de Marianne y Samael, que cruzaban de un área para entrar a otra, aprovechando que tanto Noah como Loui habían regresado a casa.

—¿…Y eso? —se preguntó Marianne, extrañada de verlo ahí—. ¿Qué hará él aquí?

—¿Quizá venga a ver a Lilith?

—…O a Demian —agregó ella y sin hacer más conjeturas se aproximó a él con curiosidad, seguida por Samael—. Hola. ¿Estás… perdido? Pareces no saber dónde estás.

—¡Hola! —contestó él, haciendo una pequeña reverencia—. Sé dónde estoy, es sólo que… no sé a dónde dirigirme.

—¿Vienes a ver a Demian?

—Su padre llamó al trabajo hace rato. Dijo que ya estaba en casa y que se tomaría el día libre —explicó el chico mientras contemplaba a toda la gente que iba pasando a su lado—. En realidad, vine porque… creo que se lo debo a Lilith.

—¿Se lo debes? —repitió ella, extrañada.

—Quizá… si le hubiera advertido a tiempo en cuanto vi las señales…

—¿De qué estás hablando?

—¡Oigan! —gritó Mitchell, corriendo desde el otro extremo en dirección a ellos—. Tienen que venir, algo le está pasando a Lilith.

No se detuvieron a preguntar qué, simplemente fueron corriendo detrás de él, incluido Mankee, algo dubitativo.

Frente al cuarto donde la tenían, Angie y Belgina observaban hacia el interior sin atreverse a entrar. La madre de Lilith se encontraba dentro, sacudiendo a su hija con desesperación mientras ella permanecía en una especie de estado catatónico.

—¡¿Qué pasa contigo?! ¡Reacciona! ¡No me hagas esto!

—…Está ida —comentó Belgina con expresión asustada cuando los demás llegaron.

—Señora, debería ir por un médico —aconsejó Angie, que parecía ser la única que conservaba la calma en esa situación.

La madre de Lilith reaccionó ante eso y salió corriendo de la habitación.

—¡Ahora regreso, no la dejen sola, por favor!

Los chicos se decidieron finalmente a entrar y se acercaron con precaución a la camilla donde Lilith yacía inmóvil, con los ojos abiertos y la mirada perdida. Sus pupilas se habían dilatado tanto que sus ojos parecían opacos. Detrás de ellos, Mankee se asomaba indeciso.

—¿Qué le ocurre? —preguntó Marianne a Samael con tono angustiado—. Es muy pronto para que entre en crisis sin el don, ¿qué está pasando?

—No es eso —contestó Samael, mirando fijamente hacia la camilla. Los demás parecían no notarlo, pero había una capa oscura y transparente que se pegaba a Lilith como si fuera una segunda piel. Como si estuviera formándose una crisálida a su alrededor.

—¡…Nonuma! —exclamó Mankee, retrocediendo con expresión aterrada. Los demás lo observaron confundidos, pero antes de que pudieran preguntar cualquier cosa, él salió a toda prisa de ahí.

Samael le dedicó a Marianne una mirada, indicándole sin palabras que iría tras él y salió de ahí, seguido de cerca por ella que había captado el mensaje.

—…Iremos a ver qué tiene. Ustedes vigílenla, ¿sí? —dijo ella antes de salir. Al final del pasillo alcanzaron a detener al chico, que lucía pálido y con mirada asustadiza—. ¿Se puede saber qué fue eso? ¿Qué se supone que debiste advertirle a Lilith? ¿Y esa palabra que dijiste? Estás actuando muy extraño.

Mankee miró con urgencia hacia los lados, sintiéndose acorralado, y finalmente aspiró hondo. No le quedaba más remedio que hablar.

—“Nonuma”, los sin alma. Mi pueblo tiene la creencia de que existen unos espíritus malignos que, al carecer de alma y voluntad propia, vagan buscando seres vivos que les sirvan de alojamiento temporal y se alimentan de su energía hasta llegar a consumirlos por completo, incluso llegando a controlarlos —explicó con cierta reluctancia al principio—. La única forma en que se puede combatir su influencia es evitando que el ánimo decaiga, mantenerlo arriba, de otra forma pueden resultar muy persuasivos y una vez que logran doblegar la voluntad de alguien…

Marianne y Samael intercambiaron miradas. Aquello les sonaba demasiado familiar. La acción propia de un demonio.

—¿Y eso es lo que supones que le ocurre a Lilith?

—No lo supongo. Lo sé —afirmó él con total convencimiento—… Lo he visto. En sus ojos. Y ahora… la ha envuelto por completo.

—¿Envuelto? ¿Puedes verlo? —preguntó Samael con algo de sorpresa.

—¿Cómo es que estás tan seguro?

Mankee observó de nuevo a su alrededor, para evitar cualquier oído ajeno.

—En mi pueblo tenemos personas especialmente entrenadas para detectarlos. Lo aprenden por medio de síntomas. Igual no es algo que ocurra frecuentemente, pero cuando pasa, es necesario un ritual para detenerlo.

—¿Algo así como un exorcismo?

—Lo llaman “desmanuzación”. He presenciado algunos, pero no así de fuerte.

—Lo has visto. ¡Era eso lo que hacías realmente en tu lugar de origen, ¿no es así?!

El chico se quedó callado. No parecía dispuesto a negarlo o admitirlo. Marianne lo tomó de la manga y tiró de él.

—¡Ayuda a Lilith entonces! ¡Dijiste que se lo debes, ¿no?! ¡Pues retribúyeselo!

—Pero no lo entiendes… lo que vi ahí… es demasiado fuerte. Nunca antes había visto algo así —se excusó él, pasando un trago con dificultad, pero ella no estaba dispuesta a aceptar una negativa. Tiró más fuerte de su camisa y le dirigió una mirada intensa.

—Pues haz el esfuerzo —masculló de forma amenazante y él tan sólo la miró temeroso.

Lo llevó casi arrastrado de vuelta al cuarto de hospital donde los chicos seguían contemplando a Lilith con preocupación. Ella no estaba ya simplemente inmóvil. Mantenía la mirada perdida, pero ahora su cuerpo parecía sufrir de espasmos que la hacían rebotar ligeramente sobre la camilla.

Samael pudo distinguir que la segunda piel se había extendido de modo que la cubría no sólo a ella, sino también el espacio por encima de ella. Como un capullo aceitoso que palpitaba a cada espasmo.

—Oh, no… Ha crecido —expresó Mankee, luchando contra las ganas de salir huyendo.

Samael le dirigió una mirada suspicaz. Él también lo veía.

—¿Qué hacemos? —preguntó Belgina, aferrada al marco de la puerta.

—Cierren la puerta. Ustedes quédense fuera y distraigan a cualquiera que intente pasar, aún si es la madre de Lilith.

Angie, Belgina y Mitchell se quedaron fuera tal y como Samael había indicado, cerrando la puerta detrás de ellos. El cuerpo de Lilith había dejado de rebotar espasmódicamente y ahora su espalda se mantenía arqueada en un ángulo bastante incómodo, como si en cualquier momento fuera a levitar.

—¿Qué esperas? ¡Haz lo que sea que vayas a hacer! —ordenó Marianne, empujado a Mankee hacia Lilith.

Él dio unos pasos hacia adelante, con el terror reflejado en su rostro y comenzó a recitar con voz trémula unas frases en un idioma desconocido, a la vez que trataba de extender las manos hacia el frente, aunque sus extremidades parecían haberse engarrotado.

Samael no perdía detalle de lo que ocurría. Miraba con atención a Mankee y delante de él aquella masa de energía oleica que iba expandiéndose, introduciéndose en la boca de Lilith o quizá surgiendo de ella, no tenía idea, pero Marianne era la única que no lo notaba.

El chico continuó conjurando aquellas palabras en un idioma desconocido. No se veía muy convencido, pero al menos lo estaba intentando, y el capullo parecía reaccionar a ello, agitándose como gelatina. Y luego lo inesperado, la energía se deformó, moldeándose en una especie de tentáculos que atraparon al muchacho de brazos y piernas y lo introdujeron hasta el centro de aquella masa, justo por encima de Lilith.

—¿Qué ocurre? ¡¿Qué hacemos?! —preguntó Marianne, desconcertada.

Ella sólo veía al chico flotando por encima de la camilla, como si algo invisible sujetara sus extremidades.

Samael no respondió. Se limitaba a ser observante, como si no quisiera o no pudiera hacer nada más. Pero Marianne no podía simplemente mirar. Con un agitar de la mano, su espada surgió en un santiamén y blandiéndola en lo alto dio un zarpazo en el aire con la intención de cortar cualquier cosa que estuviera provocando aquello, pero ella no vio lo que Samael. En cuanto la espada tocó la capa exterior fue como si impactara sobre la superficie de un globo. Uno muy resistente. La espada rebotó, lanzando a Marianne hacia atrás del impulso.

—No podemos hacer nada —expuso Samael tras sujetarla.

—¡¿Lo has intentado siquiera?!

Él posó su mano sobre aquella superficie invisible para los ojos de Marianne y de su mano volaron chispas al menor roce.

—¿Ves? Energía negativa. Muy concentrada. Nos haría mucho daño.

—¡Le diré entonces a Mitchell! ¡Él podrá neutralizarla!

—Lo único que conseguirá así será neutralizar la energía exterior. El problema radica en el interior de Lilith.

—¡¿Pero no ves que a Mankee le está afectando?!

Samael miró hacia el chico y se dio cuenta de que no podía respirar ahí dentro, como si estuviera atrapado en una enorme burbuja de aguas negras. Se acercó nuevamente al capullo y comenzó a golpearlo a pesar de las chispas que salían de sus puños.

—¡Concéntrate! ¡Concéntrate! —exclamó Samael, tratando de llamar su atención.

Mankee lo escuchaba como a través de un embudo, uno muy largo. Entreabrió los ojos, sintiendo que le ardían sólo de hacerlo, y vio que justo frente a él estaba el rostro de Lilith. Sus ojos abiertos y fijos como si de una figura de cera se tratara. Miró a través de sus pupilas dilatadas y ahí estaba el destello, creciendo y aferrándose a ella. Sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía teóricamente, pero ahora también tenía una certeza implícita que provenía de quizá una parte de su memoria ancestral.

Tensó los músculos y trató de mover las manos hacia el frente, como si sus brazos estuvieran atados a una cinta elástica muy potente, hasta que finalmente logró posarlas en el rostro de Lilith, de manera que sus pulgares se tocaban por encima de su nariz y sus ojos se mostraban sobre la curvatura que formaba con las manos. No podía respirar y no estaba seguro de poder hablar siquiera, pero aún así abrió la boca y más conjuros salieron de ella, mudos, pero expresados fuertes y claros en su mente.

La masa de energía comenzó a dimitir, como si fuera una burbuja desinflándose, soltando también las extremidades del muchacho hasta posarlo en el piso. Pronto la capa se adhirió nuevamente a la piel de Lilith como barniz y continuó retrocediendo hasta liberarla, dejando su cuerpo reposando sobre la camilla en posición relajada. Parecería que ya todo había acabado, sin embargo, debía asegurarse primero. Posó los pulgares ahora sobre la frente de Lilith y dibujó una especie de símbolo con ellos. Un leve temblor sacudió su cuerpo, pero en cuestión de segundos se calmó. Sus pupilas de pronto volvieron a su tamaño normal y ella tomó aire con fuerza. Mankee retrocedió exhausto e hizo lo mismo.

—¿Lilith? ¿Estás bien? —preguntó Marianne, acercándose con precaución.

En ese momento la puerta se abrió de golpe y entró la madre de Lilith acompañada de un médico.

—¡Que me impidieran ver a mi hija, faltaba más! —reclamó ella mientras los demás entraban a sus espaldas—. ¡Oh, Lilith! ¡Por fin reaccionas! ¡Casi me das un infarto!

—¿…Vinieron todos a verme? —musitó Lilith casi sin voz, viendo que estaba rodeada por sus amigos, y mientras estos se acercaban, Mankee aprovechó para salir de ahí.

—En serio lo logró. No puedo creerlo. Justo cuando pienso que lo he visto todo…

—Se marchó —anunció Samael con un susurro al notar que el chico ya no estaba en el cuarto—. Tenemos que hablar con él.

—Debe de estar exhausto. Y no es para menos, ¿cuántas personas podrían hacer lo que él acaba de hacer? Es extraordinario.

Samael le dedicó una mirada que ella entendió después de unos segundos.

—¿…Es en serio? —ella inquirió y casi al instante sus ojos se distendieron ante el golpe de reconocimiento—… Se estaba ahogando. No podía respirar bajo la energía negativa.

Samael asintió con expresión solemne.

—Tenemos que hablar con él —concluyó él, haciendo énfasis en “tenemos”.

—Realmente deberías ir al hospital —sugirió Lucianne mientras curaba el rostro herido del oficial Perry.

Después de limpiar las heridas y la sangre le quedaban el labio y un ojo hinchados, además de unos moretones en los pómulos y la nariz medio torcida, pero la cara no se le veía destrozada como parecía al principio.

—Estaré bien. Unos analgésicos y mañana estaré como nuevo —afirmó él, aunque con la boca hinchada como la tenía sonaba más como “endadé mien…”, pero poco a poco fue recuperando el habla normal, quizá con un leve ceceo.

—¿…Lo arrestarás por esto?

—¿Hay alguna razón por la que no debería?

Lucianne permaneció en silencio. Si Frank estaba siendo controlado por la Legión de la Oscuridad, eso significaba que aquel repentino ataque violento estaba fuera de sus manos. Quería convencerse de ello. Y sin embargo tampoco podía decírselo a Perry de esa forma, él no lo entendería.

—No estaba… siendo él mismo —fue lo único que ella alcanzó a decir, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

Perry, sin embargo, sí la miró fijamente, al menos con el ojo que no tenía hinchado. Le dolía que a pesar de todo lo defendiera.

—…Puede que tengas razón. Definitivamente estaba bajo la influencia de algo —concluyó él, dando un suspiro—. Pero aún si ése fuera el caso, tendré que detenerlo. Por ser menor de edad únicamente pasará unas horas en una sala especial, tendrá una fianza y lo más importante, se le impondrá ayuda psicológica y será imperativo que acuda a ella, de lo contrario podría revocársele esa libertad. Sabes que lo necesita, ¿no es así?

Ella de nuevo calló, pero asintió con la cabeza. Quizá en verdad era lo mejor. Se levantó y recogió el recipiente donde había puesto las gasas manchadas de sangre.

—Puedes quedarte a dormir en la habitación de papá. Iré por unos analgésicos.

Salió de la cocina, llevando aquel recipiente con la intención de tirar su contenido en la basura, y al estar por tomar el pomo de la puerta, escuchó que tocaran.

Se detuvo desconcertada, preguntándose qué haría si se trataba de Franktick. Se armó de valor y abrió la puerta, pero afuera no había nadie. Únicamente soplaba un viento helado.

Estaba a punto de cerrar cuando fijó la vista en el piso. Había ahí un paquete envuelto como para regalo. Lo recogió, extrañada, y buscó algún nombre, pero no había nada escrito.

Decidió abrir el paquete y vio con sorpresa que se trataba de un vestido de volantes dorado. Le pareció hermoso, pero seguía sin entender de dónde provenía, hasta que encontró la nota que venía con éste:

“Ve el martes a las 6:00 p.m. a la entrada del parque botánico.

Lleva puesto este vestido”.

Su corazón se detuvo. No tenía firma, pero debía de tratarse de Franktick. Estaba segura.

—¿Todo bien? —preguntó el oficial Perry desde la cocina y ella reaccionó con un leve sobresalto.

—¡…Sí! Ahora voy por los analgésicos —respondió, metiendo de nuevo el vestido junto con la nota en su envoltura y echando un último vistazo a la calle antes de entrar de nuevo a la casa y cerrar la puerta.

Cerca de ahí, acechando desde las sombras, Hollow esbozó una sonrisa retorcida.

El pez había mordido el anzuelo.


SIGUIENTE