CAPÍTULO 29

29. EMISARIO OSCURO

Marianne llegó a casa esa noche, cansada y hambrienta. En cuanto entró, notó que en la sala Loui permanecía recostado en el sillón frente a la tele, moviendo los pies descalzos y su cabeza reposando sobre los cojines. En el suelo junto al sillón había un tazón lleno de papas fritas, de modo que él alcanzaba a cogerlas con sólo extender el brazo.

—¿Dónde está papá?

—Fue por la cena. Será tailandesa.

Entonces estaba solo. Ésa era su oportunidad. Tomó aliento y se dirigió a la sala sin que él pareciera prestarle especial atención. La pantalla actuaba como hipnótico y de pronto algo vio en ella que lo hizo enderezarse en el asiento.

—¡Oh, ¿viste eso?! ¡¿Lo viste?! —exclamó, señalando la pantalla y rebotando entusiasmado sobre el sillón sin importarle que en el proceso volcara el bol en el suelo—. ¡Finalmente ocurrirá! ¡Harán película del Detective de las sombras! ¡Ojalá tuviera unos años más para hacer casting para Cameron Devlin!

Marianne no dijo nada, sólo se colocó frente a él, bloqueándole la vista del televisor y apagándolo tras quitarle el control de las manos.

—¡Hey! ¡¿Por qué hiciste eso?!

Ella se inclinó hacia él para mirarlo fijamente, con brazos cruzados y ojos entornados.

—¿Qué es lo que estás planeando?

—No sé de qué me hablas —aseguró él, sosteniéndole la mirada de forma desafiante.

—No te hagas, sé que algo sabes o has visto, no soy tonta y tampoco lo eres tú, así que dime qué planeas.

Loui estiró un poco más el cuello hacia ella, enderezándose en el sillón, y le devolvió una mirada retadora.

—Estás paranoica —remarcó él, enfatizando cada palabra.

—…Muy bien. Así que no estás dispuesto a dar tu brazo a torcer —al decir esto, Marianne dio media vuelta y se dirigió decidida hacia las escaleras.

Quizá lo que haría a continuación sería una locura, pero si su hermano era obstinado, ella podía ser aún peor y llegaría hasta las últimas consecuencias con tal de demostrar su punto. No se detuvo en todo su trayecto hasta llegar al ático y tomar a Samael por sorpresa, sujetándolo del brazo y obligándolo a seguirla.

—¿…Qué haces? —preguntó confundido, pero ella no respondió, continuó tirando de él hasta bajar, y sin advertencia ni previo aviso lo empujó hacia la sala ante la presencia de Loui.

—¿Y bien? ¿Ahora qué dices? —preguntó ella, señalando a Samael.

El ángel la miró desconcertado, como si hubiera perdido la cordura o fuera controlada por algún poder maligno que la estuviera obligando a hacer tal cosa.

Loui miró en esa dirección y luego volvió la vista hacia ella, imperturbable.

—¿Decir de qué?

Marianne le dedicó una mirada encendida y volvió a señalar con empeño a Samael.

—¿…Cómo que de qué? ¡¿Acaso no lo estás viendo?!

El chiquillo posó nuevamente la vista en el espacio que le señalaba y de la misma forma regresó a ella, alzando las cejas en un gesto de incomprensión.

—¿…Es ésta otra de tus historias de fantasmas? Porque ahí no hay nada.

—Pero ¡¿qué dices?! ¡¿No lo ves?! —insistió ella, mientras Samael lo único que deseaba era desaparecer de ahí.

—A menos que te refieras al genial saco de Batalla de los dioses que cuelga del perchero, no tengo idea de qué más estás hablando y francamente estás empezando a preocuparme. Quizá sea hora de que veas a un psiquiatra.

Marianne lo miró con impotencia, pero lo único que hizo fue darse la vuelta en un ademán dramático y subió corriendo las escaleras.

Samael se quedó de pie en la estancia sin saber qué hacer, sintiéndose expuesto ante Loui que no se inmutaba ni le dedicaba una sola mirada, como si no estuviera ahí. Finalmente se decidió a seguir los pasos de Marianne y subir las escaleras a toda prisa.

—¡Se está riendo de mí! ¡Sé que sólo se está burlando y además lo disfruta! ¡Ese pequeño gusano se cree más listo que yo! —gruñó Marianne, dando vueltas alrededor de la habitación como bestia enjaulada.

Samael cerró la puerta tras de sí y trató de tranquilizarla.

—…Quizá realmente no puede verme. Es una posibilidad —sugirió él sin atreverse a cruzarse en su camino en ese momento.

Ella se detuvo como si sus pies se hubieran pegado al piso y le dedicó una mirada dura.

—¿Una posibilidad? ¿Hablas en serio?

—Bueno, aquella técnica que probé en él… como te dije, era la primera vez que lo intentaba, así que pudo tener algunas consecuencias… dispares —explicó él—. Quizá no sólo enterró ese recuerdo, sino que además su propia mente ha bloqueado mi presencia.

—Pero entonces si eso es cierto… ¿Loui ya no podrá verte?

—No podemos estar seguros si es sólo un efecto temporal, así que… sería mejor no provocarlo —sugirió Samael, esperando ya con eso haberla calmado.

—Más bien será mejor que él no me provoque a mí —concluyó Marianne, dando un zapatazo en el suelo y con eso dando el asunto por terminado.

Él dio un suspiro y se dio la vuelta para salir de ahí.

—Estaré arriba por si me necesitas.

—Oye, espera. ¿Qué vamos a hacer con el asunto de Mankee?

—Trabaja en esa cafetería, ¿no? Ahí podemos verlo mañana.

—De acuerdo, después de clases entonces —convino ella mientras Samael asentía con gesto agotado y terminaba por marcharse.

Marianne se dejó caer sobre la cama, pensando que al fin podría descansar un poco, pero entonces un pensamiento la asaltó, o más bien, se acababa de dar cuenta de algo: Lucianne no había llegado al hospital con ellos.

De un brinco volvió a ponerse de pie y revisó su mochila hasta dar con su celular.

Esperó pacientemente a que respondiera, pero la llamada se desvió al buzón. Su prima debía de haber apagado el móvil.

Se sentó de vuelta en la cama, dándose ligeros golpecitos en la barbilla con el dispositivo, preocupada. Lucianne no había faltado a ninguna reunión, ni siquiera con la desaparición de su padre. No, algo tendría que haber ocurrido, algo lo suficientemente importante como para no asistir. Y entonces recordó a Franktick. Había ido al evento, pero después del ataque no había vuelto a aparecer, ni siquiera entre los heridos. ¿Tendría algo que ver con él? Podría apostar que sí. Con un suspiro comenzó a menear la cabeza de forma negativa. Aquel chico no acarrearía nada bueno. Si tan sólo Lucianne pudiera convencerse también de ello…

Lucianne estaba convencida. Frank era el emisario de la Legión de la Oscuridad. ¿Cómo había llegado a ese punto? No tenía idea, pero de algo estaba segura, él no debió saber en qué se metía, quizá pensó que se trataba de un juego y ahora lo estaba pagando al verse controlado por fuerzas fuera de su comprensión e imposibilitado para hallar una solución había acudido a ella esa mañana… pero las cosas se salieron de control. Lo había visto en sus ojos antinaturales antes de que se marchara. Y por ello estaba convencida. Debía ayudarlo. Quizá no conseguiría el apoyo de los demás en su decisión, pero si era necesario lo haría ella sola, no podía abandonarlo a su suerte.

Mientras pensaba en esto, observaba fijamente el vestido de volantes, extendido cuidadosamente sobre su cama con la nota encima de éste. ¿Por qué el jardín botánico? ¿Por qué el vestido? ¿Qué era lo que se proponía?

Sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo, como si estuviera siendo observada. Alzó la vista hacia la ventana y le pareció ver una sombra que pasaba frente a ésta en un parpadeo. Rápidamente se acercó y se apoyó en el marco para asomarse y mirar con mayor detenimiento al exterior. Calles iluminadas por los postes de luz y las luces de las casas vecinas. Ni una sola alma a esa hora. El viento soplaba en ráfagas constantes, agitando un solitario pañuelo que alguien había dejado amarrado en uno de los cables frente a su ventana, así que supuso que eso era lo que había visto. Se decidió finalmente a cerrarla y pasarle el seguro. Pensó que no ganaría nada poniéndose paranoica así que recogió todo, el vestido, la nota, los dobló cuidadosamente y los guardó en el armario.

Sin embargo, tenía toda la razón en ponerse paranoica, hubiera sido lo más sensato en ese momento, sospechar algo, pues todo ese tiempo había estado siendo observada por Hollow, desde que había encontrado el paquete a las puertas de su casa.

La pérdida del don era sin duda una carga difícil, sobre todo para alguien con un temperamento tan voluble como Lilith, sin embargo, desde el día anterior se sentía más ligera y relajada. Tanto que a pesar de que su madre habría permitido que se quedara a descansar en casa en vez de ir a la escuela, ella optó por lo segundo.

Recorrió a pie muy temprano el largo camino que la separaba del distrito escolar. Aquello le daba el tiempo suficiente para pensar lo que le diría a los demás después de la forma en que había actuado. Y como si se hubieran puesto de acuerdo, a la entrada de la escuela coincidió con todas. Se miraron como si llevaran años sin verse y no se reconocieran.

—¿Te sientes bien?

Fue Marianne la que habló primero, mirándola con preocupación, de modo que Lilith no pudo más que dar una exhalación y desviar la vista hacia el piso.

—…Mejor que ayer sí.

—Parecías poseída —comentó Belgina con los ojos muy abiertos, de modo que los lentes los hacía ver todavía más grandes.

—Concuerdo. Estabas lista para el psiquiatra —la secundó Angie, mereciéndole una mirada recriminatoria por parte de Marianne.

Lilith, sin embargo, soltó una risa ahogada y movió la cabeza como si estuviera ponderando las comparaciones.

—No voy a negar que en ocasiones he necesitado de ayuda médica. Pero por alguna razón desde ayer ya no me siento tan… hundida. Y supongo que se lo debo a ustedes. Nunca había tenido amigos que decidieran quedarse después de verme… en ese estado.

—Definitivamente no te abandonaríamos por algo así. Pero el motivo por el que te sientes de esa forma… a quien debes agradecérselo en realidad es a Mankee.

—¿Hmm? ¿Y él qué tiene que ver?

La campanada de entrada sonó y Marianne ya no pudo decirle lo que había pasado. Decidieron entrar a la escuela, pero apenas dieron la vuelta en un corredor se encontraron con varios estudiantes de distintas clases que miraban fijamente a Lilith con semblante serio, así que se detuvieron.

—…No me agradan esas miradas, ¿creen que sean capaces de meter mi cabeza al retrete o lanzarme a la basura? —susurró Lilith, imaginándose lo peor, y de pronto Kristania avanzó hacia el frente de todos llevando algo a sus espaldas.

Marianne parecía lista para defender a Lilith si era necesario, pero entonces ocurrió algo que no imaginó.

Kristania sacó un cartel y con una sonrisa todos gritaron a coro “¡Felicidades!”. Lluvia de serpentinas y confetis cayeron sobre una sorprendida Lilith.

—Pero… ¿qué es esto? —preguntó Lilith, casi tartamudeando ante aquella inesperada sorpresa. No podía creer que fuera por ella, pero en definitiva era su nombre el que venía en los carteles.

—¡Para nosotros fuiste la verdadera ganadora del concurso y lo que unos jueces sordos digan nos tiene sin cuidado! —aseguró Kristania, agitando su cartel con el nombre de Lilith decorado con estrellas, diamantina y lentejuelas.

—¿E-En serio lo creen? —su voz se entrecortaba, conmovida por la muestra de apoyo y ante una señal de Kristania todos comenzaron a aplaudir, regresándole la sensación que había tenido de pie en aquel escenario. Se sintió nuevamente plena y llena de ánimo.

—¡Ven, cuéntanos cómo fue todo mientras vamos al salón!

Kristania la tomó del brazo y la acompañó hasta su aula como si fueran las grandes amigas mientras las tres chicas se miraban como si hubieran sido testigos de una extraña puesta en escena en la que ellas no habían formado parte.

—Bueno, ¿quién lo diría? Tu mejor amiga te ha cambiado por Lilith —comentó Angie por decir algo y Marianne le dedicó una de sus miradas fulminantes.

Sin embargo, a pesar de tratarse de una broma, no parecía estar muy lejos de la realidad. Cuando llegó la hora de asistir a sus prácticas de basquetbol, Kristania había interceptado a Lilith desde que habían salido de su aula y avanzaba con ella a galope, sin soltarla del brazo e intercambiando risitas cómplices. Marianne iba detrás, observándolas como quien mira a alguien llevándose la última rebanada de pastel. Le parecía ya el colmo. Y justo del lado opuesto, las amazonas también les dedicaban miradas de recelo, más como si estuvieran perdiendo una líder que una amiga. Marianne sacudió la cabeza al sentirse identificada. Aquello ya era inaudito.

—Te lo juro, la cara de Lissen cuando comenzaste a cantar era de completa atención, sin duda lo dejaste fascinado, y si no se lo hubiesen llevado antes de que acabaras la canción, seguramente habría dicho algo como “Oh, qué maravillosa interpretación, es como si un ángel cantara, ya no hay que escuchar a nadie más, tú eres la ganadora, hagamos dueto ahora mismo” —parloteó Kristania mientras iban entrando al auditorio y Lilith la escuchaba más que encantada—. Los jueces no saben de música, escogieron a la que dio show, no al verdadero talento.

—¡Ay, en serio, muchas gracias por decirme esto! ¡No tienes idea de lo mucho que lo necesitaba! —agradeció Lilith, colgada de su brazo—. ¡Me sentía tan deprimida!

—¡Deberías cantar en el próximo baile de graduación! ¡Lo harías de maravilla!

Lilith se quedó callada ante aquella propuesta, mermando rápidamente sus ánimos. Marianne tuvo la intención de colocarse a su lado, pero ella logró manejarlo al final.

—…Lo pensaré. Gracias por los ánimos —respondió, tratando de mostrar una sonrisa mientras en la entrada se cruzaban con los chicos del equipo que iban saliendo.

Al final de la fila iba Demian, con la bolsa deportiva a cuestas y expresión distraída. Ya no tenía la venda en la cabeza y parecía completamente recuperado. En cuanto pasó junto a Lilith le dedicó una sonrisa.

—Lo hiciste muy bien. Felicidades. Qué bueno que no te pasó nada —comentó él, inclinando la cabeza levemente en un gesto de reconocimiento y ella respondió con una sonrisa agradecida.

—Gracias. Me alegra que tú igual estés bien.

Cuchicheos en la parte delantera del auditorio, al parecer provenientes de algunos chicos del equipo. ¿Sería acaso que de nuevo estaban corriendo rumores sobre él? Después de lo de Lester, había recobrado fuerza el rumor implícito de que él estaba involucrado en su misteriosa decaída. Si ahora se atrevían también a involucrarlo con lo ocurrido en el evento tan sólo por su presencia, sería demasiado.

Demian, sin embargo, parecía ajeno, o quizá simplemente trataba de ignorarlos. Miró de reojo a Marianne, y ya que se había tomado la molestia de comunicarle a su padre dónde estaba, pensó también agradecerle, pero en cuanto se cruzaron e intentó decirle algo, ella giró el rostro y lo ignoró.

Él reaccionó confundido. La última vez que habían hablado (sin contar su brusco recibimiento en el evento) él intentaba disculparse por la forma en que le había hablado y ella terminó abriendo la herida que aún tenía con respecto a su madre. Meneó la cabeza y siguió su camino.

—Lo que dije ayer —dijo Lilith al salir del auditorio, con voz tenue—… sobre que todo había acabado para mí…

—No lo decías en serio —intervino Marianne, consciente de que se trataba de un tema delicado para ella.

—Sí lo decía en serio —confirmó ella, desviando la vista—… Así lo sentía en ese momento, ¿entiendes?

Marianne la miró, taciturna. No sabía qué decirle, era un tema que no sabía realmente cómo tratar.

—No estoy orgullosa de esos lapsos. A veces vienen, a veces van. Llegué incluso a pasar largas temporadas en que no quería ni ver la luz del sol. Mi madre ya no sabía qué hacer conmigo… y luego de pronto un día me levantaba con ganas de salir, pasear, de comer y reírme eufórica.

—¿Alguna vez… supiste el motivo de esos cambios?

—No. Me hicieron exámenes de todo tipo. No tuve ningún trauma de infancia, ni reacciones químicas, ni nada que pudiera producirlo. Tan sólo ocurría sin previo aviso. Perdí muchos amigos a causa de ello. Les gustaba cuando era divertida… no tanto cuando estaba en mis “lapsos”. Pensé que… si se enteraban, ustedes también se alejarían.

—No te desharás tan fácilmente de nosotros —dijo Marianne, tratando de aligerar el momento y Lilith sonrió.

—Lo más curioso es que… apenas una semana antes de conocerlas fue que experimenté el primer momento de euforia verdadera en mucho tiempo y deseé regresar a la escuela. Mi madre no estaba segura de que estuviera lista, pero no demostré ningún síntoma de algún otro “lapso” próximo, así que lo permitió… y las conocí a ustedes.

Marianne pensó en la semana anterior a conocerla, fue cuando había llegado a la ciudad. ¿Habría tenido eso algo que ver? Claro que no, debía ser una coincidencia.

—Todo iba tan bien, me sentía tan cómoda y a gusto… No pensé que fueran a volver tan pronto.

—¿“Fueran a volver”?

Lilith guardó silencio ante su desliz. No quería que supieran lo de las voces, así que intentó desestimarlo.

—Nada, sólo… pensé que después de lo de ayer perdería también su amistad, y ver que no ha sido así, me reconforta.

—Lilith, hay una gran posibilidad de que lo que has padecido hasta el momento sea en gran parte causado por demonios.

—¿…Cómo?

—Acompáñame, es hora de que hablemos con Mankee.

Antes de salir se encontraron con Angie y se les unieron Mitchell y Belgina.

—¿No viene tu nueva mejor amiga?

Marianne gruñó ante el comentario de Angie mientras Lilith esbozaba una sonrisa.

—¿Lo dices por Kristania? Es tan buena persona últimamente. Me agrada que sea así. ¡Podríamos ser muy buenas amigas! ¿No podemos incluirla en el grupo?

—¡No hablarás en serio! —protestó Marianne sin poder concebir la idea.

—En todo caso, la pregunta correcta sería si podría vivir de esa forma —intervino Mitchell con un tono que puso a Marianne sobre alerta.

El día anterior se le había escapado un comentario sobre “la crisis de los dones”, quizá lo habían escuchado y comenzado a sacar conclusiones o al menos hacerse preguntas al respecto. Angie era la única que sabía lo que pasaba, pero había prometido no decir nada, y en cuanto la miró, ésta se limitó a hacer un gesto que parecía indicar “te lo advertí”.

—¿Por qué no hablamos de otra cosa que no sea Kristania?

—Perfecto, hablemos entonces de los dones, ¿qué pasará si no podemos recuperarlos?

Mal paso. Había tocado justamente el tema que Marianne trataba de evitar. Ella apretó los labios, tratando de pensar qué podría responder a eso, cuando vio a Samael frente al ventanal de la cafetería, mirando hacia el interior. Se adelantó hasta llegar a su lado, sintiéndose aliviada por haber escapado de un tema que no estaba lista para abordar.

—¿Llevas mucho tiempo esperando?

—Algunos minutos —respondió él, observando con atención los movimientos de Mankee al interior de la cafetería.

—¿Ya hablaste con él?

Samael negó con la cabeza.

—Estaba esperando a que llegaran todos.

—No he podido comunicarme con Lucianne, no creo que ella venga.

Samael desvió por fin la vista hacia ella y la miró como si ya se lo imaginara.

—Tenemos que hablar de eso luego. Hay algo que quiero mostrarles —respondió, señalando a su espalda, donde llevaba a cuestas una mochila. Sin dar mayores explicaciones entró a la cafetería, seguido por los demás, yendo directo hacia la barra.

Mankee salió de la cocina y al ver todos aquellos rostros observándolo y formando una barrera como si lo tuvieran rodeado, dio un respingo

—H-Hola… Si vienen a ver a Demian, él no ha salido de la escuela.

—¿Pues qué crees, mi exótico amigo inmigrante? Es a ti a quien vinimos a ver —dijo Mitchell, encorvándose hacia adelante y alzando las cejas.

—¿A… A mí? Es… otra de tus bromas, ¿verdad?

—Tú sabes por qué estamos aquí —intervino Marianne, mientras Lilith iba apenas acercándose por detrás, sin entender de qué iba aquello.

—N-No sé de qué me hablan —respondió Mankee, tratando de sostener con firmeza la bandeja que llevaba en las manos.

—Lo que hiciste ayer en el hospital —Samael habló finalmente.

—…No tengo nada qué decir —replicó él, intentando ocultar su nerviosismo.

—Sí lo tienes, ¿cómo fue que aprendiste a hacer tal cosa? ¿Estás consciente de lo que enfrentaste? —añadió Marianne, queriendo comprobar las sospechas de Samael.

—No fue nada. ¿Podrían dejarme pasar, por favor?

—¿Qué fue lo que hiciste ayer? —preguntó Lilith, abriéndose paso entre ellos.

Mankee la miró, sorprendido.

—Es… Estás bien. Me alegro… Y disculpa por lo de la última semana, yo…

—¿Qué ocurrió en el hospital? —repitió Lilith con firmeza. Necesitaba saber de qué estaban hablando todos pues ella no recordaba nada.

Mankee mantuvo silencio, sintiéndose abrumado por la repentina atención que se había centrado en él.

—…Hice lo que tenía que hacer —respondió por fin, dando una profunda inspiración y tratando de abrirse paso—. Me deshice del nonuma, eso es todo. Ahora con permiso, debo trabajar.

—¿Sabes que a lo que te enfrentaste fueron en realidad demonios? —murmuró Samael en cuanto pasaba junto a él.

—…Espíritus malignos.

—No es lo mismo.

El muchacho le dedicó una mirada confusa, como si para él no existiera diferencia.

—¿De qué hablan? ¿Qué demonios? —Lilith ya se había trasladado a un lado de ellos, intentando seguir el hilo de la conversación, pero sintiéndose cada vez más desorientada.

Mankee pasó la mirada de ella a Samael con expresión desconcertada, hasta que el ángel lo sujetó del brazo y sintió un leve hormigueo en la piel.

—No eres un humano común —dijo él, mirándolo fijamente, tratando de introducirse en su mente mientras Mankee se tensaba ante el contacto, viendo aquellos ojos celestes como un lago cristalino que empezaba a agitarse y a atraerlo a sus profundidades.

De pronto sintió pánico y tiró del brazo para soltarse, dejando caer la bandeja al suelo y ocasionando un estrépito que llamó la atención de todos los clientes.

—…Váyanse —musitó Mankee en una exhalación, retrocediendo con gesto aterrado—… ¡Déjenme tranquilo!

Se metió a la cocina trastabillando, dejando a todos desconcertados ante su reacción. Se dieron la vuelta y notaron las miradas de los clientes sobre ellos, quizá especulando sobre lo que le habrían hecho o dicho al chico. Sí, era definitivamente el momento de salir.

—¿Por qué reaccionó así? ¡Que alguien me explique que está pasando! —exigió saber Lilith en cuanto estuvieron fuera.

—Será mejor que vayamos a algún lugar donde tengamos privacidad —sugirió Samael, decidiendo que una acera tan concurrida no era la ideal para hablar de ello.

—Podemos ir a mi casa, mi mamá no se encuentra a estas horas —ofreció Belgina y así se hizo, en cuestión de minutos ya estaban ocupando la enorme sala con únicamente una pequeña mesa japonesa al centro y cojines alrededor para que la gente pudiera sentarse.

Era incómodo, pero intentaron colocarse como mejor podían, optando incluso por sentarse en el suelo.

—¿Quieren tomar algo? Tenemos varios tipos de té y un juego de vajilla de porcelana que mi madre compró para esta sala.

—Lo que sea estará bien.

—Yo te ayudo, nena. Vamos —dijo Mitchell, poniéndose de pie de un salto y adelantándose hacia la cocina como si ya conociera el camino previamente, generando un gesto de suspicacia de parte de Marianne.

—¿Van a explicarme o no lo que ocurrió ayer? Estoy confundida, ¿qué tiene que ver Monkey con todo esto? —insistió Lilith, sentada en una extraña posición encima del cojín.

—Él fue quien te libró de la influencia de esos demonios —reveló Marianne.

—¿Demonios? ¿Pero qué…?

—Era eso lo que te tenía en un estado casi catatónico —continuó Marianne—. Al parecer intentaban apoderarse de tu voluntad… consumirte.

El rostro de Lilith reflejó un profundo desconcierto. El recuerdo de las voces volvió a ella, susurros que escuchaba por las noches como pesadillas que intentaban escapar por sus oídos, invitándola a unírseles, mostrándole escenarios perturbadores que constantemente la acosaban. Mentiras, engaños, sabía que lo eran, pero podían ser muy convincentes. Y así había sido desde que tenía memoria. Toda su vida. ¿Cómo era posible que de la noche a la mañana aquello desapareciera?

Demonios… Eran demonios. ¿De verdad lo eran? No se sentía tan distinta. Los había dejado de escuchar, sí, se sentía más ligera y más lúcida, pero aún así, le parecía seguir percibiendo su presencia, como una huella indeleble, como ojos invisibles observándola en una habitación vacía. Aunque ya no podían dañarla, estaba segura de ello. Dio un suspiro y alzó la vista.

—Entonces Monkey logró bloquear su control… ¿cómo?

Marianne y Samael intercambiaron miradas mientras Belgina servía el té.

—Creemos que quizá… él pueda ser uno de nosotros —respondió Marianne y el consecuente ruido de las tazas golpeando la vajilla y que Mitchell casi escupiera su té fue claro indicio de su sorpresa.

—¿El inmigrante es uno de nosotros? Pensé que ya estábamos completos —dijo Mitchell con recelo.

—Sí, bueno, eso también pensé yo antes de que aparecieras tú —replicó Marianne, lanzándole una mirada para hacerle ver lo intolerante que había sonado.

—No me malentiendan, se le agradece lo que hizo, es sin duda un chico especial, ¡bravo por él! Pero me parece que ya estamos algo apretados en cupo. ¿Qué sigue después de esto? ¿Ofrecer suscripciones para formar parte del equipo?

—No se trata simplemente de negarle la entrada, no somos un club VIP. Todos fuimos convocados por una razón, porque nacimos con este poder en nuestro interior. No fuimos escogidos al azar. Díselos, Samael.

Él la miró fijamente en cuanto lo llamó por su nombre enfrente de los demás. Estos por su parte intercambiaron miradas confundidas, como si no estuvieran seguros de lo que habían escuchado y Marianne trató de rectificar en cuanto se dio cuenta.

—Samuel… ¡Diles, Samuel!

—¿Dijiste “Samael”?

—No… digo… fue un tropiezo, quise decir Samuel obviamente, cualquiera puede confundirse —afirmó Marianne, aunque los demás no parecían convencidos.

—Se están desviando del tema —dijo de pronto Angie—. Lo importante es que, si ese chico es como nosotros, entonces debería saberlo.

Marianne le dedicó un gesto de agradecimiento y ella tan sólo encogió los hombros como si no hubiera sido gran cosa.

—Hablaremos con él. Tenemos que convencerlo de que nos escuche.

—Me encargaré de eso —convino Samael finalmente, aferrándose a la mochila que tenía a un lado—. Ahora… deben ver algo.

—¿Qué traes ahí?

Samael se notaba algo dubitativo, pero aún así abrió la mochila y sacó de ella un ordenador portátil.

—Ésa es mi laptop, ¿por qué la trajiste?

—Debía mostrarles algo —respondió él, acomodándola en la mesa y encendiéndola—. El día anterior al evento instalé una cámara en el techo del escenario. La programé para que comenzara a grabar a la hora que iniciaba el concurso.

Marianne le dedicó una mirada curiosa, segura de que se trataba de la cámara que su padre le había regalado el año anterior por su cumpleaños y que mantenía guardada en el armario en su paquete original.

—Hoy estuve revisando la grabación.

Los demás permanecieron a la expectativa, pero después de varios segundos en silencio, trataron de reprimir las ganas de sacudirlo para que hablara.

—¿…Y bien? ¿Qué fue lo que hallaste? —inquirió Marianne, induciéndolo a hablar.

Samael se aclaró la garganta y tomó aire en señal de que no se trataba de nada bueno.

—Dejaré que lo vean por ustedes mismos.

Presionó unas teclas y acomodó la pantalla de modo que todos pudieran verla. La grabación se enfocaba a los asientos y se podía ver dónde se sentaría el jurado y parte del escenario. La gente comenzó a ocupar sus lugares y todo parecía ir normal los primeros segundos; la reproducción se adelantó hasta que ya estaban en plenas presentaciones y se veía a la gente de pie, aplaudiendo y apoyando a los participantes. Después de eso la grabación volvió a adelantarse y ahora las personas corrían histéricas sobre los asientos, empujando a quien tuvieran enfrente, intentando huir de ahí. Veían los cuerpos de los jueces, arrojados por una fuerza exterior sobre las cabezas de los demás. Las sillas más cercanas comenzaban a despejarse y entonces notaron a alguien abriéndose paso entre la gente, intentando avanzar hacia el escenario en sentido contrario a los demás.

—…Es Demian —murmuró Marianne al reconocerlo.

—Quizá así es como resultó herido, intentando acercarse al escenario.

—Continúen viendo —sugirió Samael.

Demian intentaba avanzar a través de la horda que se volcaba hacia la salida y a unos metros de él vieron otra figura aparecer en la esquina de la pantalla, luchando también contra corriente, acercándose cada vez más a él.

—¿No es ése tu primo, Mitchell?

—Eso parece, ¿qué intentaría hacer?

Llegando casi a la altura de Demian, vieron que se inclinó a recoger algo, y para cuando se puso de pie de nuevo, sostenía entre sus manos un tubo de metal, y sin dar señas de frenarse, de pronto golpeó a Demian con él, dejándolo inconsciente en el piso. Los chicos reaccionaron con un jadeo de sorpresa.

—¡Mitchell, ¿cuál es el problema de tu primo?! ¡¿Por qué haría algo así?!

—¡Les juro que no tengo idea! ¡Siempre ha sido imprevisible!

—Deben ver algo más —añadió Samael, apretando una serie de teclas, tras lo cual la imagen se pausó justo en el momento en que el muchacho se daba la vuelta y alzaba la cara.

La imagen se agrandó, haciendo un acercamiento a su rostro, y alcanzaron a distinguir que sus ojos se veían diferentes, como una mixtura de colores.

—Sus ojos… ¿estás queriendo decir que él es…?

—El humano con energía demoníaca.

—¿De qué hablan? —preguntó Lilith, completamente perdida.

—Alguien liberó al padre de Lucianne. Según un análisis de Samuel, la energía que dejó pertenece a la Legión de la oscuridad, pero también había algo de humano en ella —explicó Marianne—. Eso significa que hay un humano colaborando con la Legión de la oscuridad, recibiendo poder a cambio… quizá en proceso de convertirse en uno de ellos.

Los demás se miraron desconcertados. Una cosa era luchar contra un demonio, pero otra muy diferente enfrentar a un humano convertido en uno.

—¿…Lucianne ya lo sabe?

Marianne negó con la cabeza y le dirigió una mirada a Samael, significando que tendrían que hacerlo cuanto antes. De pronto Mitchell se levantó de golpe.

—¡Buscaré a ese imbécil y le pediré una explicación! —exclamó, marchando a la puerta.

—¡¿A dónde crees que vas?! ¡Podría ser peligroso!

—¡Cualquier cosa lo neutralizo y ya! —dijo a punto de salir, sin detenerse o voltear siquiera. La puerta se cerró de un portazo a los pocos segundos.

—¡Ese idiota sólo va a conseguir que lo lastimen! Belgina, Angie, ¿pueden seguirlo y evitar que haga una tontería? —pidió Marianne y ellas asintieron para a continuación salir tras él—. Supongo que deberíamos ir a hablar con Lucianne.

—…Yo iré a hablar con Monkey, si les parece bien —decidió Lilith y Marianne inclinó la cabeza con aprobación—. Y Marianne… gracias por todo. Aún si no recupero el don… al menos podré seguir con vida, y te estoy agradecida por eso.

El gesto que Marianne hizo fue como si se le hubiera caído el alma a los pies. Sintió que el corazón se le encogía y que la garganta se le cerraba, pero aún así hizo el intento por dibujar un esbozo de sonrisa en su rostro mientras la veía salir. Luego la borró.

Lo único que había hecho era extender su agonía hacia una muerte que llegaría inminentemente si no recuperaban los dones, y para como iban las cosas… el reloj de arena se estaba vaciando.

Lucianne estaba sola, sentada en la cocina con un vaso de té en la mano y sin haber tocado su comida. Tenía la vista fija en la mesa. Ahí estaba asentada la nota que había encontrado en el paquete donde venía el vestido. La nota de Frank. La observaba pensativa, intentando tomar una decisión. ¿Les decía a los demás o se arriesgaba a ir sola? De por sí ya tenían una mala opinión de él, quizá si se enteraban, intentarían darle caza, ¿pero no habría aún esperanza para él? Después de todo había acudido a ella, seguramente en busca de ayuda, y a pesar de que luego había ocurrido lo de Perry, no era él, estaba convencida de ello. De pronto los golpes de la puerta la sacaron de su concentración. Se guardó la nota en un bolsillo de la falda y fue a abrir a toda prisa.

Marianne y Samael estaban en la puerta y aunque le tomó por sorpresa en un inicio, intentó mostrarse casual y tranquila.

—¡Hola! Perdón por no haber ido ayer al hospital, se presentó un imprevisto, ¿Lilith está bien?

—Sí, ella está mejor. Estábamos preocupados por ti.

—No hay de qué preocuparse, estoy bien. —Al notar la mirada de Marianne, enfocando hacia el interior, se hizo a un lado para que pasaran—. ¡Pasen!

—Necesitamos hablar contigo.

—Claro, hablemos, soy toda oídos —dijo ella sin sacar la mano del bolsillo.

—Es sobre ese chico, Frank.

Lucianne se detuvo en ese instante, dándoles la espalda y su mano se aferró a la nota.

—…Es peligroso.

—Bueno, eso lo vienen diciendo desde hace tiempo, díganme algo que sea nuevo —espetó ella, mirándolos de frente. Intentaba sonreír, aunque se notaba tensa.

Marianne le dirigió una mirada a Samael en busca de apoyo y él pareció entender.

—Tenemos razones para pensar que él es el humano con energía demoníaca.

La sonrisa de Lucianne se borró de inmediato. Apretó tanto la nota que le pareció sentirla palpitar en su mano. Abrió la boca y un débil sonido salió de ella:

—¿…Qué?

Minutos después Lucianne observaba con semblante pálido la grabación de Franktick golpeando a Demian y el acercamiento a su rostro. Sus labios se habían tensado en una línea y tenía el ceño contraído.

—¿Entiendes ahora? —expresó Marianne una vez que la grabación se había detenido y en la pantalla se mostraba únicamente el acercamiento de él.

Lucianne se la pasó mordiéndose el labio. Su prima lo atribuyó a la impresión de enterarse de aquella forma, pero en realidad pensaba cómo reaccionar frente a ellos sin hacerlos sospechar que ya se había dado cuenta por sí misma… y vaya de qué manera. Pasó un trago con dificultad y se dispuso a decir algo, lo que fuera para no prolongar más aquel momento.

—¿…Qué hay que hacer ahora?

—Debemos ubicarlo antes de que el proceso de transformación se complete y termine convertido en uno de ellos —explicó Samael.

—Y cuando lo encuentren, ¿qué harán? ¿Es posible revertirlo?

Marianne volteó hacia Samael, en espera de que él respondiera. Hasta ahora no sabía qué procedimiento seguirían una vez que dieran con el muchacho, y dado el gesto de él, tampoco debía tener una idea clara.

—…Encontraremos la forma.

Lucianne únicamente asintió y bajó la vista sin atreverse a decir nada más. Marianne la observó, pensando que no había reaccionado de la forma que esperaba.

—…No ha estado aquí, ¿o sí?

—…No. Para nada.

Lo cual era técnicamente cierto, pues ahí en la sala no había estado. Marianne trató de imaginar lo que estaría pensando, así que la tomó de la mano y buscó su mirada.

—Escúchame, Lucianne. Hagas lo que hagas, no intentes contactar con él. Si llega a venir, avísanos. No trates de hacer nada heroico sólo porque confíes en cualquier tipo de sentimiento que pueda tener por ti. En este momento no es él mismo —aconsejó ella, mientras Samael mantenía la mirada fija en Lucianne, como si estuviera analizándola.

Ella volvió a asentir y esta vez intentó mostrarle una sonrisa para tranquilizarla.

—…Seré cuidadosa —finalizó ella y de esa forma dieron por terminada la visita. Lucianne los acompañó a la puerta y mientras se despedían, una duda la asaltó—. ¿De qué forma… se completaría la transformación?

—Existen dos formas en que un humano podría convertirse en un demonio una vez pasado por el proceso de asimilación: morir… o matar.

Marianne sintió un escalofrío al pensar en cualquiera de las dos opciones y no pudo evitar preguntarse cuál camino había tomado Ashelow para convertirse en uno.

—¿Qué pasaría si… llegara a completarse la transformación?

Ambos intercambiaron miradas desconcertadas. Marianne recordó a Ashelow y cómo fue su muerte lo que lo había liberado. Calló. No podía decirle eso y tampoco quería considerarla una posibilidad.

—Haremos lo que esté a nuestro alcance para evitarlo —respondió Samael y aunque no era la respuesta que ella esperaba, la aceptó y se despidió de ellos.

En cuanto la puerta se cerró y estuvieron lejos de ahí, él dio un suspiro y volvió a hablar.

—…Él vino a verla.

—¿Qué? ¡Pero ella dijo que no! ¿…Leíste su mente?

Samael asintió sin mostrarse molesto siquiera.

—Le dejó una nota. Quiere verla mañana en la noche en el jardín botánico. Ella piensa ir. —Marianne soltó un bufido, colocando los brazos en jarras en señal de desaprobación—. Si lo piensas, de esa forma podemos interceptarlo. Tan sólo esperemos llegar a tiempo.

—Aún si logramos encontrarlo… seguirá estando bajo influencia demoníaca. ¿De qué forma podremos…?

—Tenemos una esperanza —la interrumpió Samael con tono seguro. Ella esperó con cierto escepticismo a que continuara y entonces él le dedicó una sonrisa—… Sólo esperemos que Lilith logre convencerlo.

Franktick permanecía sentado en el suelo con la espalda encorvada, y las piernas recogidas contra su pecho. No se había quitado la capucha para nada, dejando que le cubriera el rostro; por alguna razón se sentía protegido así, como si de esa manera aquellos impulsos malignos se quedaran contenidos.

Alzó levemente el rostro y miró de reojo hacia donde el comandante Fillian yacía atado e inconsciente. Ya no tenía idea de qué hacer con él; no podía permitirse regresar a casa de Lucianne y exponerla sabiéndose peligroso en esas condiciones. Ni siquiera estaba seguro de volver a la suya. Quizá simplemente se quedaría en ese rincón sin moverse hasta que pasara algo, tal vez desaparecer… o dejarse morir, a esas alturas ya daba igual, de todas formas, ya estaba dejando poco a poco de ser él mismo. Posó la vista de nuevo en el padre de Lucianne. Hacía horas que no se movía. Quizá estaba agonizando… quizá sería mejor para él estar muerto en ese momento. Una oleada de calor recorrió su columna obligándolo a enderezarse y seguir en aquella línea de pensamiento. Quizá estaría mejor muerto…

De pronto se agazapó y comenzó a reptar la distancia que lo separaba de aquel hombre hasta llegar a su altura. Le dio la vuelta y lo observó a través de aquellos ojos antinaturales que ahora le permitía ver todo bajo una nueva perspectiva, como si tuviera implantados toda una serie de filtros, lo cual lo hacía más irreal y distante para él. Quizá estaría mejor muerto.

Sus manos comenzaron a moverse como si tuvieran voluntad propia hacia el cuello del comandante Fillian hasta que sus dedos se afianzaron a él. Estaría mejor muerto.

Lentamente sus manos fueron cerrándose en torno a su cuello, con una sensación como si tuviera las palmas adormecidas, así que apretó tratando de sentir algo, el palpitar de alguna vena, la porosidad de la piel, cualquier cosa. El hombre no reaccionó, pero comenzó a hacer sonidos guturales conforme la garganta se le cerraba. Sin embargo, Frank no escuchaba como normalmente lo haría. Era como si estuviera atrapado dentro de una carcasa de sí mismo. Apretó más. Los gruñidos guturales aumentaron y el rostro del comandante comenzó a ponerse colorado y a hincharse. Era demasiado fácil. Matar a una persona podía ser demasiado fácil si quería. Y quería. Estaría mejor muerto.

De pronto se tensó, sintió otro estremecimiento en la columna y le pareció que el piso se movía. Enseguida se apartó del jefe de policía y retrocedió en el suelo hasta topar nuevamente la espalda contra la pared. ¿Qué estaba a punto de hacer? Se llevó las manos al rostro y tiró de la capucha. No ver, no sentir, no pensar, era lo que necesitaba en ese instante. Estaba perdiéndose a sí mismo y no quería ser consciente del momento en que ocurriera, lo que al parecer no tardaría en suceder.

Lilith observó por el ventanal de la cafetería y vio que Demian ya estaba posicionado en la barra como de costumbre. Infló el pecho para darse valor y entró.

—Hola. Pensé que hoy ya no vendrían —comentó Demian tras un saludo.

—De hecho, estuvimos aquí antes de que llegaras, ahora vengo sola.

—Oh, ¿y a qué se debe entonces el honor de tu visita?

—Necesito hablar con Monkey —respondió ella con naturalidad, aunque él la miró con extrañeza, era la primera vez que alguien solicitaba hablar con él directamente.

—¿Mankee? Está en la cocina. Iré a avisarle.

—¡No le digas que soy yo! —pidió, previendo que tal vez no quisiera salir en cuanto supiera que se trataba de ella.

A Demian le pareció todavía más extraño, pero aún así aceptó y se internó en la cocina. Lilith colocó los codos en la barra y cruzó los brazos sobre ésta. Seguía confusa con respecto a la forma en que él pudo haberla salvado, pero esperaba poder aclararlo en cuanto hablaran. Cuando la puerta de la cocina se abrió de nuevo, salió Demian algo contrariado.

—Lo siento, salió a comprar y…

—¿Te pidió que dijeras eso para no hablar conmigo? —preguntó ella, entornando los ojos con recelo, y acto seguido se lanzó hacia la cocina sin pedir permiso, pero no vio más que al cocinero de pie en su estación.

—…Te dije que había salido a comprar —repitió Demian, señalándole con la mirada hacia la puerta que daba al callejón.

Si la intuición no le fallaba a Lilith, aquella era una forma de indicarle el lugar donde debía esperar. Y así lo hizo. Se apostó en el callejón a pesar del frío y se dedicó a esperar a que él volviera. Para contrarrestar la temperatura, se colocó a un costado del depósito de basura, de modo que la cubriera del aire gélido. Pasaron varios minutos hasta que escuchó unos pasos aproximándose. Esperó a que estuviera lo más cerca posible para darle el menor rango de huída y en cuanto las pisadas reverberaron junto al depósito, ella salió de su escondite.

—¿Se puede saber por qué nos huyes?

Lilith le salió al paso de improvisto, provocándole un susto de muerte y ocasionando que tirara las bolsas que cargaba, llevándose a continuación las manos al pecho.

—¿Podrías no volver a hacer eso, por favor? Casi me provocas un infarto.

—No me cambies el tema. Mira, no sé bien lo que ocurrió ayer, no tengo recuerdos muy claros, pero según tengo entendido… tú me salvaste y al parecer… es muy probable que seas como nosotros, así que no entiendo por qué nos estás evitando.

Mankee cerró los ojos y dio un suspiro.

—…Simplemente no quiero hablar de eso. No quiero tener nada que ver en lo que sea que estén involucrados.

—¿Pero por qué? ¿Tienes al menos una idea de lo que somos?

—…No —dijo escuetamente mientras se inclinaba a recoger las bolsas y se ponía de pie de nuevo, ahora sí mirándola a los ojos—. Y no quiero saberlo. Ahora si me disculpas, debo trabajar.

Y con ello finalizó el intercambio, entró por la puerta de servicio, dejando a Lilith en el callejón, sin saber qué más podía decir para convencerlo.

—…Y eso fue lo que dijo. Que no quiere involucrarse ni saber en qué estamos metidos —terminó de relatar Lilith durante un receso de clases, las cuatro sentadas en los escalones que conducían hacia las aulas del último año.

—Al parecer no será nada sencillo convencerlo.

—¿Por qué no simplemente lo obligamos? —sugirió Angie—. Debe haber alguna manera. Podría intentarlo.

—No, él tiene que aceptarlo por sí mismo. Si tan sólo pudiéramos averiguar la raíz de su rechazo… Por cierto, ¿lograron alcanzar ayer a Mitchell?

—Fuimos a casa de su primo, no había nadie —respondió Angie—. Llamó a su tía y le comentó que él llevaba un par de días sin aparecerse. Tomó una llave que había en una maceta y entramos. Su habitación era un desastre, y no sólo por el enredo de cables que tiene por todos lados, sino que el cuarto en sí estaba revuelto, como si hubieran estado buscando algo hasta poner de cabeza la habitación entera.

—…Se sentía algo maligno —intervino Belgina, con la mirada perdida.

Marianne dirigió una mirada a Angie, esperando que ella explicara con mayor claridad.

—Era un rastro leve —continuó ella—. Pero era definitivamente demoníaco. Y había estado ahí recientemente.

—¿Creen que fue Frank?

—Era demasiado definido para ser él. A menos que su transformación se haya completado.

Marianne frunció la boca con desagrado. Tal vez él no le cayera bien, pero eso no significaba que le fuera indiferente si llegaba a convertirse en un demonio. Sin duda Lucianne sería la más afectada con ello y deseaba evitarle el mal trago… además de que al parecer tenía planeado verse con él, así que eso aumentaba el peligro para ella.

—Aquí viene Mitchell —anunció Belgina, señalando hacia el corredor.

Éste se aproximaba junto con Demian, que iba con su bolsa de deporte a cuestas. Seguramente se dirigía rumbo al gimnasio. En cuanto lo vio, Marianne de inmediato se puso de pie, arguyendo una excusa para alejarse de ahí.

—…Debo hacer algo, ya regreso.

Y sin más se marchó aprisa de ahí.

—¿A dónde va? —preguntó Mitchell en cuanto se acercaron a ellas.

—Sólo dijo que tenía algo que hacer —respondió Angie, encogiendo los hombros, y Demian miró en la dirección donde se había ido, empezando a preguntarse si él era el motivo.

—Oye, Demian, ¿crees que sea posible que Monkey salga del trabajo en la tarde?

—¿…Por qué me preguntas a mí? Yo no soy el jefe ni el dueño; en todo caso tendría que ser él quien pidiera permiso —respondió Demian, intrigado por aquel repentino interés que parecían tener por Mankee.

—¿Celoso ahora del inmigrante? —preguntó Mitchell con una sonrisita burlona, a lo que Demian respondió dedicándole una mirada de hastío.

—…Tengo que ir a mi club, hasta luego —finalizó él, acomodándose la bolsa deportiva a la espalda y comenzando a alejarse.

—¡No seas celoso, guapo, también a ti te queremos! —gritó Mitchell desde donde estaba, divirtiéndose a su costa.

Demian se limitó a hacerle una seña sin voltear siquiera, provocando la risa del primero. Salió por la lateral del edificio hacia el gimnasio. Había ya prácticamente llegado a la puerta cuando recordó al revisar su bolsillo que aún tenía algo de lo que quería deshacerse y pensó que quizá podría entregárselo a alguna de las chicas. Así que dio media vuelta y regresó sobre sus pasos, y cuando ya estaba a mitad del camino, notó que más adelante estaba Marianne de espaldas, mirando hacia el interior del edificio como si buscara algo o quizá verificando que ya no estuviera alguien cerca. Entornó los ojos, imaginando quién sería ese alguien, y tras acomodarse la bolsa una vez más, caminó decidido hacia ella.

—¿Me estás evitando?

Marianne dio un respingo en cuanto escuchó su voz y giró sobre sus talones sin poder ocultar su sorpresa. Demian la observaba con severidad, esperando una respuesta. Ella deseó tener un programa en el cerebro que seleccionara la excusa perfecta. Pero no podía pensar en nada, así que decidió simplemente ser honesta.

—…Sólo te facilito las cosas.

—¿De qué hablas? ¿Facilitarme qué?

Marianne contrajo el ceño y le dirigió una mirada como si se tratara de algo obvio.

—El ya no cruzarme en tu camino, por supuesto —respondió, pero él continuó mirándola con el gesto contraído, sin entender de qué hablaba. Ella giró los ojos y dio un resoplido al ver que tendría que explicarlo—. Dijiste que dejara de aparecerme frente a ti, y eso es lo que hago.

—¿Qué? ¿Cuándo dije eso? —replicó él, sintiéndose en una especie de dimensión desconocida.

—¡En el hospital! Vi que estabas inconsciente en una camilla, me acerqué a ver si estabas bien y de pronto despertaste, me viste y de la nada me gritaste eso.

Demian parecía desconcertado tras esa afirmación.

—…No recuerdo nada de eso.

—Ah, claro, ahora resulta que no lo recuerdas.

—Estaba inconsciente… ¿y de pronto desperté? Quizá no lo hice en realidad —comenzó a discernir más para sí mismo, aunque ella pareció entenderlo al tener de pronto recuerdos del campamento, frente al lago. Era sonámbulo y no recordaba cómo había llegado hasta ahí. Quizá lo que había pasado en el hospital no era muy diferente. Para entonces Marianne ya comenzaba a sentirse ridícula después de las escenas que había montado a raíz de eso—… O sea, no es que sueñe contigo o algo así, simplemente no recuerdo haberlo dicho.

—¡Está bien, de acuerdo, te creo! ¡Disculpa entonces por asumir que eras un cretino sin darte el beneficio de la duda!

Demian alzó las cejas y soltó una risa.

—…Y eso que eres tú la que constantemente está quejándose de mi presencia, ¿eso qué dice de ti?

Ella no respondió, pero se aseguró de dedicarle su mirada más ácida, aunque eso no borró la sonrisa del rostro de Demian, que tras unos segundos dio un suspiro y miró a su alrededor.

—Bueno, entonces… ¿oficializamos esto?

—¿Qué? —preguntó sin entender a qué se refería y él extendió la mano hacia ella.

—¿Amigos?

Marianne lo miró con sorpresa, y a pesar de pensárselo por unos segundos, alargó también la mano y finalmente se la estrechó.

—¿…Esto significa que ya no discutiremos más?

Demian volvió a reír y meneó la cabeza.

—Pues podría ser optimista y decir que el intento se hará, pero temo que eso no depende de mí —respondió él, enarcando una ceja, y ella pareció indignada.

—¿Estás insinuando que la conflictiva y que siempre inicia las discusiones soy yo? ¿Que tengo mal carácter?

—Te acabas de responder a ti misma —finalizó él con expresión divertida mientras Marianne se quedaba sin argumentos y se limitaba a mover la boca como si esperara a que alguna réplica automática saliera de ella, pero su ingenio estaba fallando ese día, de modo que optó por cruzarse de brazos. Demian por su parte se dio la vuelta entre risas—. Me esperan en el club, hasta luego… ¡Ah! Lo olvidaba.

Sacó algo de su bolsillo y lo lanzó hacia ella, que alcanzó a atraparlo en el aire. Era el brazalete del evento con su nombre.

—…No preguntaré cómo es que llegó a mis manos, aunque supongo que tú debes saber—concluyó él, dirigiéndole una mirada significativa, y continuó su camino con un gesto de despedida.

Ella se sonrojó levemente al pensar en el instante en que lo había perdido, posiblemente cuando intentaba introducir la mano en el bolsillo de su chamarra y él la había sujetado. Sacudió la cabeza, obligándose a dejar de pensar en ello, guardó el brazalete y se dispuso a entrar al edificio.

Lucianne miraba inquieta el reloj mientras daban las seis de la tarde. Se había puesto ya el vestido de volantes y se había sentado en la sala a la espera de que pasara el tiempo, moviendo constantemente los pies y repiqueteando los dedos sobre el brazo del sofá.

Había tenido la precaución de avisarle a Perry que estaría fuera de casa con su prima y no regresaría hasta la noche, de modo que no llegara repentinamente justo antes de que saliera, la viera vestida así y sospechara algo. Lo que menos necesitaba en ese momento era que él la siguiera y descubriera a Frank.

¿Pero qué haría ella en el momento en que lo viera? Ni siquiera lo había pensado con claridad, simplemente estaba siguiendo sus impulsos. ¿Y si intentaba hacerle daño? No lo creía capaz, por más influencia maligna bajo la que estuviera en ese momento. Quizá pecaba de ingenua, pero se había convencido que de alguna forma él lograría contenerse frente a ella, que podría ayudarlo a mantener su esencia, que lograría salvarlo… pero quizá estaba dejando que su mente volara demasiado. Se incorporó, sintiendo que explotaría de la ansiedad, y comenzó a dar vueltas en la estancia. Veía imposible esperar más tiempo, así que decidió que iría al lugar de reunión de una vez.

Subió a su habitación y tomó un abrigo de pasada, disponiéndose a bajar nuevamente, pero se detuvo con un pie en las escaleras. Estaba consciente de que estaba actuando de forma irracional y que a pesar de ello continuaría, pero quizá sería mejor para ella llevar algo de respaldo, por pura precaución. Miró hacia la habitación de su padre con una repentina idea en mente y antes de acobardarse, se dirigió hacia ella y abrió el armario, comenzando a revisar uno de los cajones internos hasta sacar una pistola. La contempló como si se tratara de un objeto ficticio del que sólo hubiera escuchado en leyendas y sin embargo llevaba casi toda su vida viéndola en el cinto de su padre.

Verificó el cargador y sacó todas las balas dejando sólo una por cautela. Y sólo para redoblar la precaución, terminó poniéndole el seguro. Dio un suspiro mientras apretaba la empuñadura. Había llegado el momento de salir.

Franktick se había acurrucado en un rincón, como si éste funcionara de supresor para sus cada vez más crecientes impulsos violentos. Había estado planteándose durante varias horas la solución a su problema y tan sólo veía una salida. Lo único que lamentaba era no haber podido decirle a Lucianne la razón por la que originalmente la había buscado y ahora era demasiado tarde, de ninguna manera se arriesgaría a presentarse ante ella de esa forma, no confiaba en sí mismo, estaba totalmente fuera de control. Pero no por mucho.

Se removió en el empolvado suelo e introdujo la mano en el bolsillo de su suéter, sacando una navaja suiza. La observó por varios segundos, sosteniéndola delante de su rostro. La empuñó con fuerza y se llevó la hoja al cuello, preparándose para hacer lo que debía. Los músculos se le tensaron y su mano comenzó a temblar. Frunció la boca con frustración y bajó el brazo sin dejar de respirar pesadamente. Volvió a empuñar la navaja y esta vez se colocó en cuatro, arrastrándose hasta donde el comandante Fillian yacía inconsciente, comenzando a cortar las cuerdas que lo mantenían atado. Sería al menos lo último que haría antes de acabar con todo.

En cuanto lo liberó, se dio la vuelta, apoyando la espalda contra la pared, y volvió a aspirar hasta que se llenaron sus pulmones. Ahora sí que no se detendría, era lo mejor, no soportaría ser controlado por nadie. Empuñó la navaja nuevamente y la colocó bajo la barbilla, rozando la piel de su garganta. Un movimiento rápido, sólo eso necesitaría para terminar con ello.

—Adelante, hazlo. Facilítame el trabajo.

Franktick se detuvo apenas escuchó la voz. De pie a unos metros de él estaba Hollow apoyado del marco de la puerta, contemplándolo con una sonrisa perversa.

—…Aunque si lo haces ahora y de esta forma, quizá no tenga caso que mantenga con vida a esa novia tuya. Por cierto… lindo vestido el que le conseguiste. Seguro se verá bien cuando la vea al rato en aquel jardín.

Las facciones del muchacho se tensaron, pero el demonio no borró su sonrisa; realizó un movimiento con la mano y el cuerpo del comandante flotó hacia él.

—Bueno, es hora de irme. No quiero dejarla esperando.

Sujetó al hombre del cuello y, tras sonreír nuevamente, se introdujo en uno de sus agujeros negros, llevándose al jefe de policía con él.

La respiración del chico volvió a acelerarse y todos sus músculos se contrajeron. Se refería a Lucianne, de alguna forma se había enterado del regalo que pensaba hacerle y ahora se reuniría con ella en ese lugar. No podía permitirlo. Guardó nuevamente la navaja, y se incorporó ayudándose de la pared. Si algo haría por última vez antes de la irremediable pérdida de sí mismo, sería evitar que ese demonio le hiciera daño, quizá entonces su vida habría valido de algo.

—¿Estás segura de que funcionará? —preguntó Samael mientras esperaban en medio del callejón junto a la cafetería.

—Según Lilith es seguro que salga por aquí. Dijo que le diéramos 5 minutos —respondió Marianne mirando su reloj, y casi al tiempo que terminaba de decir esto, la puerta lateral se abrió y Mankee salió, llevando una hoja de papel entre las manos.

Apenas los vio, se detuvo de golpe y se planteó el retroceder como si rebobinara una cinta, aunque previendo sus intenciones, Samael se interpuso entre él y la puerta.

—¿Otra vez ustedes? ¿Qué es lo que quieren de mí? Están empezando a ponerme nervioso.

—Sólo queremos hablar —respondió Marianne, intentando mantener un tono calmado.

—¡No hay nada de qué hablar! Ya les dije que lo que sea en que estén metidos, a mí no me involucren, yo no quiero tener nada que ver con eso.

—¿Pero por qué? ¿Tienes siquiera una idea de lo que hiciste en el hospital? ¿A lo que te enfrentaste? —intervino Samael.

—¡No y no quiero saberlo! —exclamó, llevándose las manos a los oídos mientras Lilith llegaba corriendo desde el otro extremo y se detenía exhausta frente a ellos.

—¿Ya lo convencieron? —preguntó ella con la respiración agitada.

—¿…Se pusieron de acuerdo para emboscarme?

—¡Vamos, Monkey! ¡Deja de hacerte al difícil! Escucha lo que tengamos que decir.

—¡¿Por qué es tan importante para ustedes?!

—Porque eres uno de nosotros y te necesitamos —aseguró Samael con voz firme, atrayendo la mirada confusa del chico.

—…No sé de qué me hablan.

Samael dirigió una mirada a las chicas, como si ya se hubieran puesto de acuerdo previamente en algo, y ellas asintieron. Sus cuerpos comenzaron a cubrirse de sus armaduras ante la mirada atónita de Mankee, que retrocedió con horror.

—Pero ¿qué… qué son ustedes?

—Mejor hazte a ti mismo esa pregunta —replicó Samael mientras sus armaduras se retraían de nueva cuenta.

Mankee estaba petrificado. Había retrocedido hasta toparse con la pared y los observaba con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. No entendían por qué se notaba tan aterrorizado.

—…Habla, Monkey. Dinos algo.

—Ustedes no entienden… Toda mi vida he tenido que lidiar con cosas desconocidas. Y no puedo… no puedo soportarlas. El terror que me provocan es imposible de describir —confesó él, aferrándose a la pared, como si estuviera a punto de ser asesinado.

—¿Es eso lo que hacías realmente en tu lugar de origen? ¿Cosas como… lo que hiciste con Lilith? —preguntó Marianne y él se limitó a desviar la mirada, lo cual ella tomó como una confirmación—. Es por eso que huiste, ¿verdad? Para no tener que seguir haciéndolo.

—Pensé que aquí llevaría una vida normal. Todo iba bien hasta ahora… ¿por qué tenía que toparme con ustedes?

Samael se aproximó hacia él, que colocó los brazos por delante de forma defensiva, y lo tomó del rostro, obligándolo a mirarlo fijamente.

—…Porque es tu destino —enunció él de manera que pudiera asimilar sus palabras.

Mankee se le quedó viendo, como si se hubiera sumergido en sus ojos y a la vez en su propio interior. El cuerpo se le entumeció por completo y, sin embargo, le parecía sentir un cosquilleo en la piel.

No entendía qué estaba pasando, si él lo estaba provocando o no, pero quería gritar y no le era posible. De pronto una explosión de luz ante sus ojos lo cegó. Permaneció quieto por varios segundos hasta que fue recuperando su visión poco a poco y vislumbró tres siluetas frente a él. Cuando se aclaró su visión notó que Samuel ya se había apartado de él y se había unido a las chicas para observarlo con detenimiento.

—¿…Por qué me miran de esa forma? ¿Cuál es el problema?

—Ninguno —contestó Lilith, sacando un pequeño espejo portátil de su bolsa y abriéndolo frente a él para que se viera.

La imagen lo alarmó. Tenía el rostro cubierto de un material que no le pesaba ni sentía. Peor aún, todo su cuerpo estaba recubierto de aquella especie de armazón. Desesperado, intentó arrancárselo, pero estaba fijamente adherido a él.

—¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué me hicieron?!

—Tranquilo. Debes relajarte o de lo contrario no desaparecerá —aconsejó Samael, pero él había entrado en estado de pánico y comenzó a recitar varias frases en otro idioma, pegado al muro y elevando el rostro al cielo—… Está demasiado alterado.

—Déjenmelo a mí —pidió Lilith, avanzando hacia él y dándole un par de bofetadas, sujetándolo de los hombros para mantenerlo quieto. Él reaccionó perplejo—. ¡Enfoca! ¡Aún sigues aquí! ¡Deja de comportarte como un miedoso y relájate! ¡Nadie te está haciendo daño! ¡Mantén la calma y todo pasará!

La respiración de Mankee fue ralentizándose y recuperando su ritmo normal a la vez que la armadura se retraía.

—¿Cómo es que…?

—Ven con nosotros y te ayudaremos a controlarlo —ofreció Samael, indicando con una mirada que los siguiera. Mankee parpadeó dubitativo y el ángel insistió—. No tenemos mucho tiempo, te necesitamos. Te explicaremos en el camino.

El muchacho pasó un trago con dificultad y miró de reojo hacia la puerta cerrada que tenía detrás de él. Aún estaba temeroso, pero también estaba deseoso de acompañarlos.

Sopesó sus opciones, huir de nuevo y marcharse a otra ciudad o hacerle frente a lo que parecía ser su destino. Dio un suspiro y decidió que estaba cansado de huir.

—…Sólo ayúdenme a justificar mi ausencia del trabajo o perderé el empleo.

Los tres sonrieron al ver que por fin lo habían convencido.

Treinta minutos a pie le había tomado a Lucianne llegar al jardín botánico. La temperatura había bajado tanto que exhalaba vapor por la boca y el suéter cubría el vestido de modo tal que los volantes no lograban lucirse, aunque eso a ella parecía importarle poco. Lo único que podía pensar era en el momento en que Franktick apareciera.

¿Qué haría entonces? ¿Sacaría la pistola para demostrarle que era capaz de defenderse? Pero eso sólo demostraría desconfianza y ella aún quería confiar en esa parte de él que la había protegido, que había acudido a ella en busca de ayuda. ¿Entonces por qué llevaba la pistola? Se sentía tan inquieta que no podía pensar con claridad. ¿Cuánto más tendría que esperar? Tenía la sensación de ser observada, pero intentaba convencerse de que era originado por su nerviosismo pues no había nadie más ahí.

El jardín botánico era comúnmente visitado por las mañanas y las tardes, pero cerraban a partir de las cinco de la tarde. Lo único que podía hacer era aguardar a que Franktick llegara y dijera lo que tuviera que decirle.

Lo que no sabía era que efectivamente había ojos observándola. Tres pares para ser exactos. Angie, Belgina y Mitchell habían recibido la encomienda de vigilar el lugar de cerca mientras los demás iban por Mankee. En el momento en que la vieron llegar fue que se pusieron en guardia y observaron con mayor empeño.

—Llegó antes de la hora.

—¿No es ése un récord para una chica? —comentó Mitchell de forma casual, mereciéndole una mirada de reprobación por parte de Angie.

—…Ignorando el comentario sexista, hay que avisarle a los demás para que se apresuren en venir; no vaya a ser que también a él se le ocurra llegar antes.

—¿Y si quien llega es alguien más? —preguntó Belgina, mirando hacia el punto que debían vigilar, y los otros dos siguieron la trayectoria de su mirada.

Un agujero se abría a espaldas de Lucianne, comenzando a salir unas manos de éste sin que ella se diera cuenta.

—…Oh, mierda —soltó Mitchell con el móvil en la mano, justo cuando había apretado el botón de llamada.

¿Qué fue eso? ¿Qué ocurre? ¿Hola? —se escuchó por el auricular.

Lucianne ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, una mano le tapó la boca y la otra le rodeó los hombros para a continuación tirar de ella hacia el interior del agujero, justo cuando los tres chicos llegaban corriendo al lugar, pero ella ya había desaparecido.

—¡…Mierda, mierda! —repitió Mitchell, azotando un pie contra el suelo al ver que habían llegado tarde. Aún tenía el móvil en la mano con la llamada en curso.

¡¿Podrías dejar de ser tan procaz y explicar lo que ha pasado?! —Marianne continuaba en línea, esperando información.

—Disculpe usted, mi lady, ¿prefiere que diga “heces” para sus delicados oídos?

¡Mitchell…! —exclamó ella, perdiendo la paciencia, y finalmente Angie le arrebató el móvil de la mano.

—Tenemos un problema. Un… imprevisto —explicó ella sin perder el estoicismo—. Lucianne fue secuestrada por Hollow. No alcanzamos a detenerlos.

…De acuerdo. Vamos para allá.

En cuanto se cortó la llamada, Marianne alzó la vista hacia los demás que la observaban en ascuas, intrigados por saber qué había ocurrido.

—…Creo que Lucianne cayó en una trampa.


SIGUIENTE