CAPÍTULO 30

30. LIBRE DE ESCRÚPULOS

El jardín botánico se dividía en varias zonas, incluyendo un pequeño lago en el centro con un puente que lo cruzaba, un vivero y un invernadero con paneles solares. Fue en este último donde, tras la aparición de un agujero negro, Lucianne fue arrojada al piso, aturdida y sin entender lo que ocurría.

Logró amortiguar su caída con ambas manos y con las mismas se impulsó para quedar boca arriba. Ahí distinguió a Hollow surgiendo de aquel agujero hasta apoyar los pies en el piso y enderezarse en toda su altura. Sus ojos de brasas ardientes fijos en ella. Una aterradora sonrisa se formó en su rostro y ella sintió escalofríos.

Con una rápida ojeada a su alrededor trató de encontrar algo que pudiera utilizar de distractor para poder huir, pero en cuanto posó la vista sobre unas tijeras de podar a un par de metros de ella, el demonio se encargó de llamar su atención, chasqueando la lengua y moviendo un dedo en ademán negativo.

—Ni se te ocurra —advirtió éste, y con un simple movimiento de la mano la herramienta fue impelida lejos de su alcance. Luego se colocó en cuclillas con aquella sonrisa atroz, disfrutando de antemano lo que tenía planeado—. Aún no es el momento, todo a su tiempo.

Lucianne no entendía nada, no sabía por qué la había interceptado cuando había quedado de verse con Franktick, y de pronto el pensamiento de que él pudo haberle puesto una trampa para venderla a aquel demonio hizo que se le revolviera el estómago. Hollow lanzó una risotada ante su expresión.

—No pongas esa cara. La fiesta aún no comienza. Sólo hay que esperar un poco más… ah, sí, aquí viene…

En ese momento, Franktick se materializó frente a Lucianne, expulsado de un inestable agujero negro que lo arrojó a sus pies con aspecto exhausto y la respiración agitada.

Alzó el rostro y sin decir palabra alguna, se lanzó sobre ella y se introdujo nuevamente en aquel agujero, llevándosela con él. Hollow no hizo nada para impedirlo, simplemente observó como si ya se esperara algo así.

Cuando volvieron a salir despedidos del agujero, estaban cerca de la zona del lago. Lucianne intentó incorporarse y Franktick la tomó de los hombros con las manos temblorosas, mirándola con aquellos ojos que de humanos ya casi no tenían nada.

—¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —apuró en decir, atropellando las palabras.

Ella fijó la vista en su boca mientras hablaba y atisbó un vestigio de colmillos crecientes. Él se detuvo y pareció avergonzado, se apartó y volvió a bajarse la capucha para que no lo viera.

—…Lo sé. Soy un monstruo ahora. ¡Sí que la hice buena esta vez!

—¡No, tú no eres un monstruo! Si lo fueras no me habrías salvado ni intentarías protegerme —afirmó Lucianne, evitando que se alejara y quitándole la capucha del rostro para mirarlo más de cerca. Sus pupilas parecían haberse destintado y ahora destacaba un punto de sangre en el centro que aparentemente comenzaba a esparcirse en la parte clara. La palidez de su piel era tal que parecía tonarse azul, como si hubiera pasado mucho tiempo encerrado en un congelador. Verlo así le oprimía el corazón.

—Deberías alejarte de mí —aconsejó él, llevándose la mano al pecho con expresión adolorida—. No sé cuánto tiempo más… pueda resistir estos impulsos.

—¡Lo has conseguido hasta ahora! ¡No dejes que ese demonio te controle!

—¿…Cómo sabes lo que es? —preguntó Franktick, contrayendo el rostro. No le cabía en la cabeza que ella pudiera estar familiarizada con la existencia de los demonios.

—Da igual, sólo escúchame, cualquier cosa que hayas hecho en los últimos días, tú no tienes la culpa, estás siendo manipulado y en ti está el poder para impedirlo. Tienes que luchar. ¡Lucha contra su influencia!

Su cuerpo tembló, sobrecogido ante sus palabras. Quería aceptarlas y de esa forma sentir su conciencia limpia, pero estaba convencido de que una parte de él deseaba aquella oscuridad.

—No… Todo esto es mi culpa —respondió él, negando con la cabeza, y de pronto una serie de espasmos lo obligaron a encorvarse en el suelo, atormentado por el dolor.

Lucianne se inclinó hacia él, acunándolo entre sus brazos, y él intentó levantar el rostro hacia ella.

—Te prometí que te daría todas las flores del mundo… y aquí estamos… aunque sea… en estas circunstancias.

—¿De qué hablas? —preguntó Lucianne confundida, temiendo que hubiera empezado a decir cosas sin sentido—. Nunca… has dicho algo como eso.

Él continuó en aquella posición agónica y, sin embargo, un destello de sonrisa apareció en su rostro.

—Lo hice… en sueños, creo.

Lucianne pestañeó con desconcierto. Quería decir algo, pero su mente se había quedado en blanco y de todas formas no hubiera tenido el tiempo para hacerlo. Un agujero apareció por encima y unas manos los sujetaron, tirando de ellos hacia el interior de éste. En cuestión de segundos estaban de vuelta en el invernadero y Hollow retenía a Lucianne mientras el chico luchaba por ponerse en pie.

—Levántate —ordenó el demonio, mientras Lucianne trataba de pensar si debía o no usar su poder a riesgo de revelar su identidad.

Recordó entonces el arma que tenía en la bolsa, así que con la mano que tenía libre intentó alcanzarla, pero antes de que pudiera siquiera tocarla, Hollow le arrebató la bolsa y le detuvo las manos.

—Pero ¿qué tenemos aquí? —Sacó la pistola con gesto sonriente—. ¿De verdad pensaste que podrías hacerme daño con esto? Sólo funciona con una raza débil como la de ustedes. —La lanzó hacia Franktick y éste la observó confundido a sus pies, respirando trabajosamente por la boca—. Tómala y levántate, o la chica se muere.

El chico levantó la vista, intentando mantener los ojos abiertos como si estuviera mirando directo al sol. Vio que Lucianne lo miraba aterrada, pero al menos no parecía herida ni que le estuviera haciendo daño. Así que, apoyando las manos en el suelo, comenzó a levantarse sobre sus adoloridas piernas y tras tomar la pistola por la culata, se enderezó por completo, a pesar de lo mucho que le costaba mantenerse firme.

—Muy bien. Así me gusta. Que sepas reconocer quién tiene el control —expresó el demonio, sonriendo satisfecho—. Ahora escucha bien, si deseas que ella siga con vida, quiero que tomes esa arma… —Lucianne esperó nerviosa a que le pidiera que se disparara, sabiendo lo que eso acarrearía y él también parecía esperarlo—… y mates a ese hombre.

Hollow señaló directamente hacia un bulto que bajaba colgando de una cuerda en medio del invernadero. Lucianne sintió un vuelco en el pecho y Franktick reconoció al hombre de inmediato. El comandante Fillian.

—Mátalo y la dejo ir —continuó él, disfrutando notoriamente cada segundo de ello.

—¡No, no lo hagas! ¡Es una trampa! ¡Te convertirás en un demonio! ¡No lo permitas!

Hollow soltó una carcajada al escucharla.

—¿Y tú cómo puedes saber eso, niña? ¿Acaso ocultas algo?

Al decir esto la tomó fuertemente del rostro, obligándola a encararlo, y ella se retorció ante la idea de que pudiera descubrir lo que era en realidad.

—¡Suéltala! —exigió Franktick, colocando el dedo en el gatillo con la mano temblorosa. El demonio miró de Lucianne a él y su sonrisa se extendió más.

—¿…O qué? ¿Me dispararás a mí? Inténtalo siquiera, sólo ten en cuenta que, si lo haces, quizá pierda el control de mi mano y termine haciendo pedazos su garganta. ¿Quieres arriesgarte? Adelante, ponme a prueba.

La mano de Frank no dejaba de temblar. El índice rozaba peligrosamente el gatillo a la vez que el pulgar comenzaba a presionar el seguro.

—No lo hagas… por favor —suplicó Lucianne con voz trémula, sin mover la cabeza mientras por lo bajo su mano ya se preparaba para hacer uso de sus centellas si era necesario. Movía los dedos para recargarlos, sabiendo que debía ser cuidadosa, hacerlo parecer que había ocurrido a la distancia.

Estaba lista para llevarlo a cabo en cuanto Franktick diera muestras de perder el control y en eso vio aparecer a varios metros de distancia a los demás, listos para el combate.

Ella sonrió con alivio, pensando que ahora estarían a salvo, pero no contaba con la velocidad de Hollow. Sabía que no disponía de mucho tiempo así que, con un movimiento rápido de la mano, cernió sobre ellos una barrera negativa, llenándose ésta de una especie de gas, provocando que Lucianne comenzara a asfixiarse y a sentir como si su cuerpo se comprimiera al interior.

—¡Hazlo ahora o se muere! —exclamó Hollow, tirando del cabello de Lucianne de modo que su cabeza se inclinó hacia atrás de un jalón, mostrando su expresión descompuesta y falta de aire.

Franktick se revolvió en su propia agonía, pero en cuanto escuchó aquello, abrió lo más que pudo los ojos, inyectados de sangre ya casi en su totalidad. Los espasmos empeoraban y los gritos del demonio retumbaban en sus oídos. En un arranque de desesperación, acabó quitándole el seguro al arma y apretando el gatillo. El estallido cortó la respiración de todos y atrajo sus miradas desconcertadas hacia el blanco. La bala había atravesado el pecho del comandante Fillian.

—¡Papá! —gritó Lucianne con el poco aire que le quedaba en los pulmones. Franktick cayó de rodillas, aquejado por intensas sacudidas que se extendían por todo su cuerpo.

—¡Haz algo, ¿qué esperas?! —Marianne le exigió a Mitchell. Éste dio un pequeño brinco y sin decir nada fue corriendo hacia la barrera, deshaciéndola en cuanto la atravesaba—. ¡Vamos! ¡Hay que ir por Lucianne!

Pero Hollow ya estaba preparado para su siguiente movimiento. Sin soltar a Lucianne y al ver que aquel Angel Warrior había desaparecido su barrera, le dedicó una mirada a Franktick, encorvado de rodillas en el suelo.

—Detenlo —ordenó con voz firme a la vez que sus ojos rojos centellaban.

El muchacho se removió al escucharlo y de pronto se incorporó de un salto, deteniendo a Mitchell del cuello en cuanto pasaba a su lado y comenzando a apretar de él. Sus ojos eran dos pelotas sanguinolentas y el iris le resplandecía como si fuera una especie de coral fluorescente. Su mirada parecía perdida.

—…La transformación se completó —musitó Marianne con un tono de gravedad.

Hollow volvió a formar otra barrera alrededor de él y de Lucianne. Mientras Mitchell no los alcanzara, nada podría atravesarlo.

—Esto ha sido divertido… pero aún no hemos terminado —declaró, bajando ahora la mirada hacia Lucianne, que tenía los ojos llorosos y luchaba por aspirar algo de aire. Volvió a sonreír y apuntó hacia su pecho. Sus intenciones eran claras.

Mankee se mantenía al margen, sin saber cómo debía actuar o qué hacer ante aquella situación; lo habían arrastrado hasta aquel lugar sin explicarle realmente su papel ahí y aunque tenía puesta la armadura, no se atrevía a dar un paso al frente.

—¡Reacciona, Frank! —gritó Mitchell, tratando de apartar sus manos de su garganta mientras los demás también intentaban separarlos, pero sus dedos estaban prendidos en torno a su cuello.

—¡Estás aquí por Lucianne, ¿no?! —dijo Marianne y vio un leve tic en el rostro del chico, como si la sola mención de su nombre lo hiciera reaccionar—. ¡Está en problemas, tienes que ayudarla! ¡Mira hacia Lucianne! ¡Mírala ahora!

Las facciones de Franktick comenzaron a contraerse y su rostro giró con movimientos de carrusel oxidado hacia donde Hollow tenía a Lucianne.

El demonio notó la atención centrada en ellos y se limitó a esbozar una sonrisa. Con un movimiento rápido, su mano golpeó contra el pecho de ella y de su espalda salió disparada una esfera brillante. El cuerpo de Lucianne cayó inerte en el piso, con los ojos apagados y fijos en Franktick. Una oleada de sacudidas comenzó a originarse desde la base de la columna del muchacho y pasando por todas sus terminaciones nerviosas como pequeños estallidos internos. El piso comenzó a moverse.

—¿Está… temblando? —preguntó Lilith, tratando de mantener el equilibrio.

Los demás también fijaban los pies en el suelo. Samael contempló el piso, siguiendo el origen del movimiento con la mirada hasta descubrir que provenía del punto donde Franktick estaba parado. Sus ojos se entornaron y volvió a fijar la vista en él.

—…Hay que hacer todo lo posible por detenerlo. Rápido.

No hicieron preguntas, simplemente acataron órdenes. Se colocaron de forma nivelada a ambos lados del muchacho y lo sujetaron de los brazos con fuerza hasta que soltó a Mitchell, quien se llevó las manos a la garganta y retrocedió unos pasos para recuperar el aliento.

—¡No te quedes ahí parado! ¡Destruye esa barrera pronto!

—¡…Ya voy! ¡No es como si hubiera estado a punto de morir ahorcado o algo así!

Aún aturdido, se dirigió hacia la barrera, y en cuanto la tocó, vieron a Hollow de pie con una extensa sonrisa en el rostro, sosteniendo en la mano un contenedor que brillaba desde su interior. Aquello sólo podía significar una cosa.

—A esto le llamo suerte. Vine aquí únicamente por la diversión y salí ganando uno de los dones.

Marianne dio un salto hacia él, blandiendo su espada, pero el demonio era rápido y en cuanto vio sus intenciones, apartó la hoja con la mano libre y a continuación la retuvo con ésta misma, inmovilizándola sin soltar siquiera el contenedor que sostenía con la otra.

—¿Sabes? Tengo prohibido matar a cualquiera de ustedes, si lo hiciera enfadaría mucho a nuestro Amo. Así que no me queda más remedio que obedecer, no puedo eliminarlos por mano propia —farfulló Hollow al oído de Marianne, y tras una breve pausa volvió a esbozar aquella aterradora sonrisa de tiburón—… Pero alguien más puede hacerlo por mí. —Tras decir esto, la arrojó de vuelta hacia los demás y posó la vista sobre Franktick—… Mátalos a todos, que no quede un Angel Warrior vivo.

Sus ojos brillaron ante esta orden y en respuesta, los ojos de Franktick también centellearon, recibiendo aquel mandato como si fuera una máquina programada para matar.

De un solo movimiento se liberó, lanzando a todos por los aires como impelidos por una fuerza centrífuga.

El demonio se limitó a lanzar risotadas mientras un agujero más grande se abría detrás de él y lo absorbía, llevándose consigo el don que había pertenecido a Lucianne.

—¡No, no! ¡No puede llevárselo! —exclamó Marianne, dando un manotazo en el piso, más enfocada en la pérdida del don que en el peligro que ahora representaba Franktick.

—¡Levántate, tenemos cosas más serias de qué preocuparnos en este momento! —exclamó Lilith, pasándole el brazo para ayudarla a ponerse en pie y señalando a Franktick que estaba fuera de sí, arremetiendo contra cualquiera que se pusiera en su camino como un rinoceronte rabioso. Arrojaba violentamente a todo aquél que intentara sujetarlo y ni siquiera se atrevían a usar sus poderes por temor a hacerle daño.

—¿Qué se supone que debemos hacer? Ahora es un demonio, ¿no? ¿Debemos darle el mismo tratamiento que a los demás? —preguntó Angie entre jadeo y jadeo.

Samael seguía con atención los movimientos del muchacho, con la vista fija en el piso. En un momento Franktick se arqueaba como si tuviera un espasmo y el piso comenzaba a moverse, pero al otro volvía a enderezarse y continuaba con su racha violenta.

—…No. Necesitamos a Mankee —determinó él después de su análisis.

Mankee, por su parte, se ocultaba detrás de una fila de crisantemos, nervioso y confundido. Miraba constantemente su brazo temiendo que aquella armadura desapareciera y lo dejara desprotegido en medio de aquel caos.

—…Ustedes sigan distrayéndolo. Yo despertaré a Lucianne, quizá ella pueda ayudar a controlarlo —decidió Marianne con la intención de desplazarse por el suelo para evitar el impacto de los objetos que volaban a diestra y siniestra.

—¿Sabes qué don le arrebató? —la detuvo Samael con tono urgente y ella negó con la cabeza, preguntándose si eso era importante en ese momento.

—No. ¿Ocurre algo?

Samael desvió la vista y se limitó a negar con la cabeza.

—…Ten cuidado —susurró él antes de darse la vuelta y volver con los demás.

Marianne serpenteó por el lugar hasta llegar junto a Lucianne, girándola y dejándola boca arriba. Aún tenía gotitas cristalinas que circundaban sus ojos apagados. Colocó las manos sobre su pecho, disponiéndose a crear el don suplementario cuando escuchó que gritaran su nombre.

Levantó la vista y vio que Franktick se dirigía hacia ella a pesar de los vanos intentos de los demás por detenerlo. Su fuerza era titánica y con un simple agitar de brazos se desembarazaba de quienes intentaran sujetarlo como si fueran simples moscas. Y ahora iba hacia ella con todo el poderío de una estampida, pero no podía moverse, era como observar un tren a punto de embestirla.

Y entonces en un parpadeo apareció Samael frente a ella, levantando una capa protectora de modo que Franktick tan sólo chocó contra ésta, pero con tanta fuerza que incluso la escucharon retumbar, empujando a Samael unos centímetros hacia atrás.

—…Rápido. No sé cuánto tiempo pueda mantenerla.

Marianne miró de reojo al muchacho, que arremetía contra la capa, comenzando a resquebrajarla como si fuera cristal. Estaba más descontrolado que antes y cuando ella volvió a posar sus manos sobre Lucianne, sus acometidas se tornaron aún más violentas, usando incluso su propio cuerpo. Comprendió entonces que eso era lo que lo provocaba.

—…Es por Lucianne. Cree que intento hacerle daño. Si nos apartamos… ¿qué crees que haría?

—Te recuerdo que tiene la orden expresa de acabar con nosotros.

—Sí, pero…

Se detuvo. Algo rojo y líquido corriendo en la capa captó su atención. Sangre. Se acercó y miró aquella mancha de sangre que opacaba el escudo.

—…Mira. ¡Mira su sangre! ¡Es roja! ¡¿Te das cuenta?! Ashelow tenía la sangre oscura a pesar de haber sido humano, eso debió ser parte del proceso de transformación a demonio… ¡pero él la tiene roja aún! ¡La transformación no se ha completado! Eso quiere decir… —Pasó la vista hacia el cuerpo del comandante Fillian colgado del techo—… que mi tío sigue con vida.

Un retumbo. La fisura se extendió por la capa que claramente ya no resistiría más.

—Toma a Lucianne del brazo y sujétate de mí, porque en cuanto esto se venga abajo nos transportaremos a otro punto.

Marianne hizo lo que le pidió y cuando el escudo se hizo añicos ellos desaparecieron de ese punto, apareciendo en el otro extremo donde Mankee se ocultaba, provocándole un respingo al verlos.

Samael se sostuvo agotado del piso. Usar sus poderes tantas veces en tan poco tiempo lo debilitaba.

—¿Estás bien? —preguntó Marianne y Samael asintió, respirando por la boca.

—…Hay que hacer todo lo posible por detenerlo. No debe convertirse en demonio.

—Eso no tienes ni qué decirlo —replicó ella, poniéndose de pie de un salto y regresando al campo de batalla.

Samael permaneció en la misma postura mientras recuperaba el aliento y Mankee se limitaba a cubrirse los oídos, hecho un ovillo.

—Es una pesadilla, es una pesadilla, es una pesadilla… —murmuraba él, apretando los ojos para no tener que ver nada.

—Repetirlo todas las veces que quieras no lo hará menos real.

—¿Por qué me trajeron hasta aquí? ¿Qué es lo que necesitan de mí?

—Lo que hiciste con Lilith, tienes que hacerlo igual con él —dijo, haciendo un gesto con la cabeza para señalar hacia Franktick que estaba hecho un energúmeno, causando destrozos a su paso como un huracán. Mankee le echó un vistazo y sus ojos reflejaron el terror de pensar siquiera en acercarse a él en su estado actual.

—¿…Cómo se supone que voy a hacerlo? ¡Me matará si me aproximo a él!

—Sólo tienes que estar atento al instante en que logremos inmovilizarlo, entonces será tu turno. Dependemos de ti, por favor.

A continuación, se incorporó y salió de aquel escondite para reintegrarse a la lucha mientras Mankee lo seguía con la mirada y observaba todo como si aún le pareciera irreal.

—…Es una locura —musitó él, meneando la cabeza.

Era imposible detener a Frank, era demasiado fuerte, en cuanto alguien le ponía las manos encima lo arrojaba con increíble facilidad de un manotazo. Podía verlo claramente desde donde estaba.

Mitchell le saltó a la espalda y éste se convirtió en una especie de toro mecánico que de una sacudida lo mandó de vuelta al piso. Angie y Lilith habían conseguido una cuerda y entre las dos rodearon al chico, yendo hacia lados opuestos, cada una sujetando un extremo de la soga, pero en cuanto ésta se tensó alrededor de él, tiró de ellas y las hizo volar por los aires, siendo Belgina quien alcanzó a amortiguar su caída por acción del viento, aunque parecía que cada vez se le dificultaba más controlar su poder.

Marianne se había trasladado hacia el punto donde el comandante Fillian colgaba inmóvil. Estaba alto, pero confiaba en su espada y en su poder, así que la arrojó en dirección a la cuerda que lo sostenía, cortándola de tajo. Con un sólo movimiento de la mano, la espada regresó y desapareció engullida por ésta. Ella hizo un gesto de triunfo que al instante se borró al darse cuenta de que el cuerpo se desplomaría estrepitosamente en el suelo.

—¡Belgina! —gritó para llamar su atención y ella volteó confundida—…¡Mi tío!

La chica asintió y agitó las manos para crear ráfagas que pudieran evitar la caída, pero apenas y lo mantuvo flotando por medio segundo cuando de pronto el viento dejó de soplar y el cuerpo terminó cayendo la altura que restaba. Belgina trastabilló levemente como si se sintiera mareada.

Marianne corrió hacia su tío, temiendo que la caída hubiera cegado cualquier esperanza de salvarle la vida. Justo en medio del esternón tenía un agujero que lo atravesaba de ambos lados, la bala había cruzado limpiamente. Colocó el oído sobre su pecho y alcanzó a escuchar unos tenues latidos en su interior. Seguía vivo, había oportunidad.

—¡…Samael! —llamó entonces a su ángel.

Éste esquivó algunos ataques de Franktick hasta llegar a ella e inclinarse junto al cuerpo.

—¡Sigue vivo, tienes que cerrar su herida cuanto antes!

Samael colocó las manos sin pensarlo encima de la herida, pero no le dio tiempo de hacer nada, en ese momento Franktick había puesto su atención sobre ellos y se aproximaba a toda velocidad. Aún cansado como estaba, el ángel alzó otra capa sobre ellos, pero estaba consciente de que no era lo suficientemente fuerte para detenerlo ni duraría tanto esta vez; sus reservas del día se estaban agotando.

Los demás intentaron distraerlo, pero nada funcionaba, al contrario de ellos su fuerza parecía no menguar, hasta que Angie, harta, subió sobre su espalda y lo tomó con ambas manos del rostro. Con un rápido movimiento, la arrojó contra unas macetas, y sin más, continuó con sus intentos por romper la capa que ya comenzaba a ceder bajo sus puños.

—…Colócate detrás de mí. No creo tener las fuerzas suficientes para volver a transportarnos, pero al menos evitaré que te haga daño —pidió Samael, tratando de mantener las manos firmes por encima de él, pero la protección ya estaba resquebrajándose, y cuando por fin se hizo trizas, el ángel retrocedió unos pasos, procurando quedar frente a Marianne para protegerla.

Sin embargo, Franktick no avanzó; se había quedado inmóvil, como si una fuerza invisible lo detuviera. Lo observaron extrañados, preguntándose si sería él mismo quien desde su interior intentaba retomar el control de sí. Sus brazos se alzaron violentamente a ambos lados de su cabeza, flexionados como si estuviera por levantar pesas, su gesto deformado por el esfuerzo, resaltando sus ya de por sí visibles venas a través de su pálida piel.

—¿…Lo está haciendo él? ¿Intenta refrenarse? —preguntó Marianne desconcertada.

—…No. Es alguien más —respondió Samael después de unos segundos al notar que por detrás del muchacho aparecía una figura dando unos pasos hacia el centro. Era Angie, con los brazos en la misma posición que él y su rostro tenso, con la vista fija en Frank.

La contemplaron estupefactos. Si los ojos no los engañaban de alguna forma Angie estaba obligando a Frank a moverse de esa forma, lo estaba controlando como si fuera una marioneta, replicando él los movimientos que ella hacía, como si jalara de los hilos.

—¿Pero cómo…? —se preguntó Marianne sorprendida—. Angie, ¿estás consciente de lo que…?

—Silencio. Intento concentrarme —musitó Angie entre dientes.

Tenía la mandíbula completamente rígida y el ceño contraído con un leve temblor en los párpados. Si no fuese porque había perdido la capacidad de sentir emoción alguna, habría disfrutado de aquel momento. Ahí estaba ella, la inútil. La que ni siquiera tenía un poder definido. La que hacía “algo con los sentimientos”. Ahí estaba por fin controlando la situación, salvando el día.

Con mucho esfuerzo comenzó a bajar las manos, al tiempo que el muchacho imitaba su movimiento, hasta colocarlas por detrás de la espalda, como si se las esposaran.

—¡Lo que vayan a hacer, que sea rápido! ¡No sé cuánto tiempo más pueda contenerlo! —los apuró Angie, manteniendo fija la vista en Franktick con tal de no romper aquella especie de conexión que había conseguido.

—¡Monkey! —gritó Lilith y él asomó la cabeza desde donde estaba oculto.

Dio un suspiro, entendiendo que ésa era su señal, y trató de armarse de valor para salir de ahí sin que las piernas le temblaran, pero en cuanto se incorporó con premura, terminó empujando la larga fila de plantas tras la cual se había apostado, dejando al descubierto el cuerpo de Lucianne.

Esto captó la atención de Franktick que, como si hubiera recibido una inyección de adrenalina, comenzó a resistirse a aquella fuerza que le mantenía paralizado. El piso comenzó a temblar, provocando que Angie perdiera el equilibrio y por lo tanto la concentración, recuperando éste el control sobre su cuerpo.

En cuanto se vio libre, posó aquella vista innatural sobre Mankee, provocando que él se estremeciera. Franktick flexionó entonces las piernas y tras coger impulso se lanzó hacia el frente, justo en dirección del tembloroso chico.

—¡Ya me harté! Esto se acaba ahora —determinó Marianne, poniéndose de pie con decisión y corriendo a toda prisa hacia ellos, llevándose las manos a la nuca.

—¡¿Qué haces?!

Samael no alcanzó a detenerla de lo agotado que estaba. La vieron plantarse frente a Franktick a la vez que su casco se retraía, dejando su rostro a la vista. El muchacho de repente se detuvo, torciendo el gesto por un breve instante, como si la reconociera.

—Así es, soy la prima de Lucianne —Marianne comenzó a hablar, manteniendo un tono ecuánime—. No tienes que hacer esto. No tienes que seguir las órdenes de ese demonio, puedes resistirte, ¡lucha!

Franktick parecía indeciso, flexionaba las piernas y las tensaba como si estuviera dividido entre lanzarse nuevamente a la carga o quedarse ahí parado, pero el brillo en sus ojos indicaba que se inclinaba por lo primero. De pronto Mitchell también se plantó junto a Marianne, retrayendo su armadura hasta mostrar igualmente la cara, aunque después de un segundo de silencio ya comenzaba a dudar.

—¿…Tu idea conduce a algún lado? Porque empiezo a tener flashbacks de nuestra infancia y éste no sería el mejor momento para que Frank decidiera recrearlos.

El pecho de Franktick se extendía y contraía a un ritmo frenético, como si estuviera a punto de explotar, y entonces el resto de los chicos se unieron a ellos, formando una barricada en su trayectoria. Los cascos desaparecieron y rostros conocidos aparecieron ante sus ojos inyectados de sangre.

La voz dentro de su cabeza seguía repitiendo la orden, “Mátalos”, pero su cuerpo se había endurecido por completo; quería hacer algún movimiento, pero éste se negaba a obedecer. De pronto una nueva descarga recorrió su columna, obligándolo a encorvarse en medio de una agonía insoportable.

Era como si cada vaso sanguíneo hubiera decidido realizar actos kamikaze dentro de su cuerpo, explotando en distintos puntos de su sistema. No podía respirar, una parte de él luchaba por recuperar el control, rechazar al intruso, podía sentir una columna de humo negro invadiendo sus pulmones e intentando adherirse a las paredes de su organismo, siendo aquellos choques eléctricos los que se lo impedían del todo. Comenzó a temblar, y la tierra también se estremeció, esta vez con mayor intensidad.

—¿Acaso esto es provocado por acción de la energía demoníaca?

—Sí y no —respondió Samael con la vista fija en Franktick—… Su cuerpo lucha por rechazarla. Son dos energías opuestas tratando de mantener el control, la invasora y la que ya residía en él.

—¿A qué te refieres con la que ya…?

—Fui un tonto, debí darme cuenta antes.

Marianne lo miró incrédula, parpadeando varias veces seguidas sin poder asimilar del todo sus palabras, pero a la vez entendiendo lo que aquello significaba.

—No… ¡¿él?!

Un alarido de dolor surgió de la garganta de Franktick. El temblor de sus extremidades ya era incontrolable, de modo que no pudo mantenerse de pie por más tiempo, cayó de rodillas y con las manos se detuvo contra el piso. Sus ojos parecían una lámpara de lava, plasma de sangre flotando en el blanco, cubriéndolo todo y remitiendo, sus pupilas oscureciendo y volviendo a inyectarse con ese aspecto sanguinolento, su iris parecía un caleidoscopio de colores cambiando de forma inconstante. Y los gritos no cesaban.

—¡Rápido! ¡No queda mucho tiempo, hazlo ahora! —exclamó Samael en dirección a Mankee y éste tuvo un sobresalto.

Recorrió la mirada sobre todos que ya se hacían a un lado para que él pudiera pasar. Los nervios lo asaltaban. Se obligó a dar los primeros pasos robóticamente, y aunque el terror amenazaba con apoderarse nuevamente de él, dio un trago y continuó avanzando, a pesar de que el piso seguía estremeciéndose hasta detenerse a unos centímetros de Franktick, observando cómo se retorcía desde aquella postura encorvada.

—¿Qué… qué se supone que debo…?

No le dio tiempo de terminar la frase, en ese momento el muchacho se enderezó de un salto y se fue sobre él, comenzando a apretar su cuello.

Los demás se colocaron a los lados de él e intentaron detenerlo, pero en cuanto lo tocaron, sintieron un chispazo eléctrico que les recorría los dedos.

—…Energía negativa. Va y viene, es demasiado inestable —explicó Samael, sacudiendo la mano en cuanto sentía la descarga.

—¿Qué… es eso? ¿Cómo es que…?

Mitchell señaló confuso hacia los brazos de su primo. Partes de armadura comenzaban a surgir y a retraerse nuevamente, cambiando de un tono terregoso a uno más oscuro como herrumbre. Samael tensó la boca.

—¡Hazlo rápido que lo perdemos!

Mankee no podía quitarse las manos del chico del cuello, presionaba con demasiada fuerza, y la serie de descargas que traspasaban su piel lo hacían pensar que perdería el sentido en cualquier momento, pero la insistencia de los demás y la propia convicción de que algo debía hacer lo impulsó a extender finalmente los brazos, dejando de luchar por que lo soltara, y posó las manos sobre el rostro de Franktick.

Comenzó a recitar las mismas frases en otro idioma que había usado con Lilith, pero no parecía funcionar y el oxígeno ya empezaba a faltarle, así que, en un gesto de desesperación, lo tomó con más fuerza del rostro, y simplemente cerró los ojos. La luz que salió de sus palmas fue como un estallido que envolvió la cara de Franktick y luego se extendió por todo su cuerpo, cuarteando su exterior como si fuera una cáscara seca que finalmente se partía y desintegraba, dejando al descubierto a un Frank humano con la piel coloreada y sus ojos canela mirando hacia el frente con expresión desconcertada.

Apenas disminuyó la luz del restallido, el muchacho soltó a Mankee y retrocedió, pasando la mirada hacia los demás. No se notaba confundido sino más bien abrumado.

—…Así que eran ustedes. Los del campamento que lucharon contra ese demonio… Eran ustedes en realidad.

Nadie respondió, tan sólo intercambiaron miradas como decidiendo quién sería el primero en hablar, pero él no esperó a que dijeran nada, se abrió paso entre ellos hasta llegar junto a Lucianne, pasando el brazo con delicadeza por debajo de su espalda y levantando levemente su cabeza. Sus ojos abiertos y opacos miraban hacia algún punto perdido en lo alto.

—Hagan lo mismo que con los demás. ¡Regrésenla a la vida, ahora! —exigió él, haciendo gala de su poca paciencia.

Marianne contrajo el entrecejo, pero hizo la parte que le correspondía, esperando que su cuerpo absorbiera el don suplementario. Lucianne reaccionó con una fuerte bocanada de aire que llenó su pecho mientras Frank se mantenía a su lado.

—¡Hace falta algo de ayuda aquí! —pidió Lilith desde el otro extremo, inclinada a un lado del comandante Fillian con las manos presionadas sobre su pecho. Tanto Marianne como Samael acudieron a su llamado inmediatamente y se colocaron de rodillas junto a ella—. Está perdiendo mucha sangre, intentaba parar la hemorragia.

—Puedes hacerlo, ¿verdad? —inquirió Marianne, dirigiéndole una mirada a Samael.

Él tan sólo asintió y colocó las manos sobre el pecho del hombre, por lo que Lilith se apartó. El ángel se concentró en aquel punto, sus manos comenzaron a brillar tenuemente y su ceño se contrajo, como si estuviera experimentando alguna dificultad. Se detuvo unos segundos, apartó ligeramente las manos y vio que la herida ahí seguía, así que hizo un segundo intento. Sus palmas brillaron de forma intermitente y él apretó los dientes, conteniendo el aliento. Se detuvo lanzando una exhalación y volvió a apartar las manos. La herida continuaba igual, nada había cambiado.

—¿Ocurre algo?

—Creo… que me he quedado sin reservas.

—¿Eso qué significa?

—No puedo cerrar sus heridas. Supongo que he agotado mis recursos, tendría que recuperar las fuerzas para hacerlo.

—…Oh, no. ¿Qué vamos a hacer ahora? No podrá resistir mucho tiempo así.

—Acabo de llamar al hospital para que envíen una ambulancia. Viene en camino —avisó Lilith mientras cerraba su celular.

—No pueden vernos aquí, levantaremos sospechas.

—Oigan, Lucianne ya se levantó. Insiste en que quiere irse a casa —anunció Mitchell, señalando hacia ellos. Lucianne se sostenía la cabeza como si tuviera una fuerte jaqueca.

—Muy bien, todos… Salgamos de aquí antes de que lleguen los paramédicos —resolvió Marianne sin estar muy segura de lo que debían hacer a continuación, tan sólo sabía que no podían ser vistos en aquel lugar.

Se marcharon de ahí a tiempo para alcanzar a ver de lejos las luces de la ambulancia y las patrullas de la policía llegar al jardín botánico. No se detuvieron, de ninguna forma podían permitir que alguien los viera e identificara. Llegaron al único lugar donde pensaron que podían estar seguros en ese momento: la casa de Lucianne.

Ella seguía con la mano en la frente y los ojos cerrados como si la luz le molestara.

—Bueno, creo que deberíamos hablar de lo que pasó ahí hoy —comenzó Marianne en cuanto estuvieron dentro de la casa.

—Sí, claro, comencemos hablando sobre la razón por la que Frank tenía partes de armadura en las extremidades, ¿alguien podría explicarnos eso? —interrumpió Mitchell con un dejo pasivo agresivo.

—¿Que yo qué? —preguntó Franktick.

—Ah, y ya que estamos por ahí, ¿por qué no nos explicas también de qué forma te involucraste con Hollow? No fue precisamente una decisión muy brillante de tu parte, ¿sabes?

—¿Quieres dejarme en paz? No tengo tiempo para tus ataques de inseguridad y tus niñerías. Ahora sé lo que eres, lo que todos son, y no creo que les convenga que abra la boca —le espetó Franktick, desechando sus cuestionamientos.

—Lo que somos —corrigió Samael.

—…Exacto, eso fue lo que dije —respondió Franktick, alzando una ceja con obviedad.

—No, tú dijiste “lo que son”, lo correcto es “lo que somos”. Todos los que estamos bajo este techo compartimos una misma característica. Algunos ya han aprendido a aceptarlo y vivir con ello, otros aún están dubitativos ante la responsabilidad… y luego está quien aún no se da cuenta.

Franktick le sostuvo la mirada, como si estuviera ante un predicador del fin del mundo, y entonces Samael se acercó a él y posó la mano sobre su hombro.

—…Eres como nosotros, aunque no lo creas.

—No me toques —dijo él, sacudiéndose la mano de su hombro, advirtiendo que tenía las miradas de todos encima—. ¿Estás insinuando que también Lucianne es uno de ustedes?

—No está insinuando nada, fue muy claro en lo que dijo, y eso te incluye a ti, nos guste o no —intervino Marianne con voz dura.

—Ah, pues mira qué bien, quizá a mí me guste menos que a ustedes —replicó el muchacho con actitud instigadora, encerrándose en aquella burbuja que lo separaba del resto del mundo.

—¡¿Quieren callarse de una vez?! ¡Están empeorando mi dolor de cabeza! —los interrumpió Lucianne y los demás hicieron silencio y la miraron, pero ella parecía más ocupada en masajearse las sienes que en prestarles atención. De un empujón apartó a Franktick y se detuvo del barandal de la escalera, comenzando a subir—. Me iré a dormir, cierren la puerta cuando hayan terminado.

—Pero… tu papá…

—Del hospital no va a salir —respondió fríamente, sin voltear siquiera.

—Bueno… ve mañana a la cafetería, te estaremos esperando —repuso Marianne, recibiendo tan sólo un agitar de mano a modo de asentimiento y despedida.

Apenas se fue, todos intercambiaron miradas confusas mientras Franktick permanecía a los pies de la escalera. Nadie habló por varios segundos hasta que él se dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

—¡También a ti te esperamos mañana!

Él se detuvo y le dedicó una mirada hosca.

—Tienes que ir. Es necesario que todos hablemos… Eso si quieres ver a Lucianne de nuevo.

—…Sí, bueno, como sea —finalizó él, con un resoplido y saliendo de ahí.

De un instante a otro el resto del grupo comenzó también a dispersarse.

—Ni siquiera salió a despedirnos —comentó Marianne, echando un vistazo hacia el segundo piso una vez Samael y ella fueron los únicos que quedaron en la calle—. Tú sabes cuál fue el don que perdió, ¿verdad? —Samael asintió con gesto solemne—. Dilo de una vez… Aunque puedo hacerme una idea.

—El don de la bondad.

Marianne tomó aliento y movió la cabeza afirmativamente. Aún recordaba la hoja que le había dado Samael con la lista de los dones y de los que aún faltaban por aparecer aquél era el que más se ajustaba a las características de Lucianne. Y no eran buenas noticias.

—¿Crees que aún así ella pueda… seguir luchando con nosotros como Angel Warrior? Es decir… si tomamos como precedente lo que ocurrió con Kristania y el cambio drástico que tuvo… ¿es posible que con ella ocurra lo contrario?

—Honestamente, no estoy seguro. Todo depende de cómo se desenvuelva en las próximas horas, pero sugiero que estemos pendiente de ella.

—Sí. Será lo mejor —finalizó Marianne con un suspiro.

Sentía que cada vez perdían más terreno contra la Legión de la oscuridad, pero no quería detenerse a lamentarlo. Los dones aún no estaban completos, así que eso le daba esperanza de tener oportunidad de ponerles un alto antes de que los encontraran todos. Se suponía que ahora tendrían la ventaja de dos nuevas adiciones al equipo…¿o no era así?

—Espero que te lo tomes con calma —dijo su padre en cuanto Marianne bajó a desayunar la mañana siguiente—. Llamaron del hospital, tu tío fue ingresado ayer con una herida de bala en el pecho.

Ella lentificó sus movimientos y permaneció callada, tratando de pensar qué decir y esperando que su rostro mostrara al menos algo de sorpresa.

—¿…Y cómo está?

—Al parecer la bala no tocó ningún órgano vital, lo traspasó limpiamente. Sin embargo, no ha reaccionado desde su ingreso ni ha mostrado signo alguno de mejoría, así que consideran su estado como crítico.

—¿Le dispararon a alguien? —preguntó Loui, bajando detrás de ella.

Mientras su padre lo actualizaba con la noticia, Marianne se tomó un momento para pensar qué más decir. El que no hubiera resultado dañado ninguno de sus órganos le sorprendía, eso significaba que, o había tenido suerte, o Franktick había apuntado precisamente a una zona donde estaba seguro de no hacerle daño de gravedad, después de todo, su madre era médico, así que seguramente habría adquirido algún tipo de conocimiento por parte de ella. Pero era el hecho de que no reaccionara aún lo que le preocupaba. ¿Sería acaso que la falta del don ya comenzaba a afectarle también a él?

—¿Tienen a algún… sospechoso?

—No, el arma no fue hallada, aunque supongo que ése ya es un tema concerniente al departamento de policía, ellos se ocuparán del asunto. Quizá quieras pasar un tiempo con tu prima para apoyarla. Tal vez quiera venir aquí por unos días mientras se resuelve todo.

—…Lo hablaré con ella en cuanto salga de clases. Ya me voy —finalizó ella, tomando una pequeña caja de jugo de la nevera y saliendo de ahí.

—¿Y la herida de qué tamaño es? ¿Se puede ver a través de ella? ¿Puedo verlo cuando vayamos al hospital? —preguntó Loui en cuanto se cerró la puerta de la cocina.

El arma. Si llegaban a encontrarla podrían inculpar a Franktick. Con todo lo ocurrido no recordaba qué había pasado con ella, dónde había acabado. Quizá él mismo la había vuelto a tomar. Trató de ya no pensar en ello y continuó su camino.

Decidió zigzaguear entre calles para hacer tiempo. Una calle caminaba por la avenida y en la siguiente se pasaba a la calle trasera, y fue en esa parte donde antes de llegar a la escuela, un auto de vidrios polarizados se detuvo de pronto junto a ella. Marianne paró en seco y observó el carro con extrañeza. Entonces la ventanilla trasera se abrió, asomándose el padre de Demian con una sonrisa.

—¡Hola! Buenos días, ¿de camino a la escuela?

La sorpresa le impidió responder. Quizá estaba camino a su trabajo o alguno de sus viajes, pero notó que a su lado iba Demian, algo incómodo por el encuentro.

—…Ah, claro, te preguntarás a dónde estamos yendo. Vamos de camino al hospital, este muchacho descuidado no se cansa de darme sustos últimamente.

—¡Ya te dije varias veces que estoy bien! Fue sólo un mareo, ¿podrías relajarte? —protestó Demian, dando una exhalación de hartazgo.

—No pienso correr riesgos. Tu hermana y tú son lo único que tengo y aunque me tilden de padre sobreprotector pienso estar sobre ustedes mientras me alcance la vida —replicó su padre sin perder el talante afable que lo caracterizaba y dedicándole una sonrisa y un guiño a Marianne. Demian puso los ojos en blanco y optó por salir del auto.

—Bueno, pues yo pienso ir a la escuela aprovechando que ya estamos por aquí y que me siento perfectamente, así que con permiso —decidió él, rodeando el vehículo y pasando junto a Marianne—… Camina ahora o te usará en mi contra.

Ella vaciló ante sus palabras, pero decidió también retomar su camino, no sin antes hacer una inclinación de cabeza en dirección al señor Donovan.

—Regresa al auto, no seas testarudo. No hagas una escena.

—Yo no soy el que la está haciendo —refunfuñó Demian mientras el auto los seguía.

—Bueno, pues en ese caso no te molestará que le pida a Marianne que me llame ante el menor signo de que te sientas mal. Lo harás, ¿verdad? No dejarías que un pobre padre sufra una angustia de esa magnitud —continuó él, ahora dirigiéndose a Marianne quien parecía abrumada, sin comprender de qué forma había acabado en medio de aquella suerte de disputa familiar y además ajena.

Demian meneó la cabeza con fastidio y al ver que ya estaban llegando a la esquina, decidió que ésa era su oportunidad para emprender la huída.

—…Corre ahora y no te detengas. —En cuanto dijo esto, sujetó a una confundida Marianne de la muñeca y comenzó a correr, doblando la calle por donde el auto ya no pudo seguirlos y deteniéndose en la siguiente esquina—. Disculpa a mi padre. Ya has visto lo paranoico que se pone en lo que se refiere a mi salud.

Echó un vistazo hacia atrás para verificar si el auto seguía ahí, pero ya se había marchado. Marianne estaba en silencio, así que volteó hacia ella y advirtió que miraba fijamente la mano que la sujetaba. Su rostro parecía levemente contrariado y su brazo entero se había puesto tenso. Interpretó aquello como un gesto de desagrado así que se apresuró en soltarla, prácticamente empujando su mano. Ella por su parte, interpretó esa reacción como un desaire.

Los dos se miraron con sendos gestos desencajados, como si la actitud del otro les hubiera herido en cierta medida. Pero aquello no significaba nada, y necesitaban convencer de ello tanto al otro como a sí mismos.

—Existen inyecciones de vitaminas, ¿sabes? Una a la semana no te vendría nada mal, a ver si así ya se te quita lo enfermizo —dijo Marianne finalmente, para romper la tensión del momento. Él no pareció reaccionar al principio, pero después su rostro se relajó, mostrando una sonrisa.

—Empiezas a sonar como mi papá.

Ella arrugó la nariz y entornó los ojos en respuesta.

—Pues quizá él tenga razón y deberías tomártelo un poco más en serio, ¿qué tal si tienes una enfermedad incurable que está poco a poco consumiéndote por dentro? Tal vez sea alguna nueva cepa de una bacteria mortal que ataca primero las neuronas y por eso a veces te comportas como un verdadero idiota.

Demian no pudo evitar soltar una carcajada al escucharla.

—¡Wow! Me alegro de que ahora seamos amigos, no me imagino el tipo de virus apocalíptico altamente contagioso que me atribuirías de lo contrario.

Marianne apretó los labios para reprimir una sonrisa justo cuando el celular de Demian comenzó a sonar. Él miró la pantalla, sabiendo ya de quién se trataba.

—Es papá. Seguramente le ha ordenado al chofer que de toda la vuelta para interceptarme —comentó él con un meneo de cabeza, y acto seguido volvió a guardarlo sin molestarse en responder la llamada—. Será mejor que me apresure a llegar a la escuela antes de que se aparezca… ¿Una carrera?

Marianne reaccionó algo sorprendida por aquel repentino reto que le lanzaba. Parecía estar de buen humor, de modo que le dedicó una mirada alzando una ceja y tronándose los dedos en respuesta. Reto aceptado.

Él se encorvó ligeramente hacia adelante, flexionando las piernas para correr, pero antes volteó una última vez hacia ella.

—Por cierto… —de pronto y sin previo aviso le tocó la frente con la punta del dedo. Un toque rápido y firme que la sacó de balance—… ahora estás contagiada.

Ella le dedicó una mirada entre sorprendida e indignada y él tan sólo sonrió antes de echarse a correr en dirección a la escuela.

—¡…Tramposo! —gritó ella, emprendiendo también la carrera detrás de él.

Cuando llegó a la entrada, Demian ya se ocultaba detrás de la puerta, observando con atención hacia la calle como si esperara algo.

—Lo sabía, ahí está —dijo apenas vio el auto en el que iba su padre pasando frente al instituto. Marianne también lo siguió con la mirada y el celular de Demian volvió a sonar—…No se cansa.

—Respóndele ya, es tu padre, sólo está preocupado por ti, no seas malagradecido.

Demian quiso replicarle, pero el teléfono no dejaba de sonar, así que giró nuevamente los ojos y por fin se llevó el aparato al oído.

—Te llamaré a cada hora si eso te tranquiliza, ¿está bien? Vete ahora o perderás otro vuelo —convino Demian y se pasó escuchando por el auricular, hasta que por un momento pareció ruborizarse y se giró levemente para no ver a Marianne y decir algo en voz baja—…Sí, sí, yo también… —Ella contuvo una risa al entender el tipo de intercambio que estaría ocurriendo entre ellos e hizo como que no lo escuchaba—. ¡Vamos, no me estoy muriendo, deja de preocuparte ya! Te veo cuando regreses de viaje.

Y colgó. Levantó el rostro y dio un suspiro de alivio. Marianne le dedicó una sonrisa guasona.

—¿Papi te quiere y tú a él?

Él le lanzó una mirada mientras ella no podía ya contener la risa.

—…Muy graciosa —masculló Demian, torciendo la boca para reprimir su sonrisa.

—Vaaaaaaaaaya.

El sonido de una voz conocida los puso en guardia de inmediato. Mitchell estaba parado en la puerta junto a su hermana, con una sonrisa de oreja a oreja y pasando la vista de uno a otro.

—Pero qué curioso verlos aquí tan temprano. ¿Acaso vinieron juntos?

—¡Claro que no! Simplemente nos encontramos en el camino —aclaró Marianne.

—Ahh, mira nada más qué casualidad —continuó él con aquella sonrisa y tonito que les sacaba de quicio.

—¿Están saliendo? —intervino ahora Kristania en un tono similar a su hermano.

—¡No! —exclamaron los dos a coro.

—¡Esto es ridículo! ¡Me voy a mi salón! —anunció Marianne, perdiendo la paciencia y adentrándose más en la escuela, lejos de ellos.

Kristania siguió sus pasos de inmediato, dejando a Mitchell contemplando a Demian con aquella sonrisa que parecía permanentemente tatuada en su rostro.

—Quita esa cara, ¿quieres? —Demian ordenó, frunciendo el ceño.

—No puedo, es la única que tengo —respondió él, ensanchando más su sonrisa. Demian tan sólo dio un bufido y se marchó de ahí refunfuñando.

Mitchell lo siguió de cerca, sin abrir la boca, pero tampoco cambiando de gesto, el cual Demian aún podía percibir a pesar de darle la espalda, como una sonrisa láser apuntándole a la nuca. Era molesto, pero no podía hacer nada por borrársela, no había forma de ganarle en ese aspecto.

El sonido insistente de la puerta de la calle terminó despertando a Lucianne. Se giró levemente y el sol que entraba por la ventana le pegó de lleno en la cara, obligándola a cubrírsela con la almohada. Gruñó algo que parecía una maldición y de una patada apartó las sábanas de la cama para ponerse de pie.

Se asomó por la ventana con la mano haciéndole de visera y vio que se trataba del oficial Perry, paseándose preocupado frente a la puerta de la cocina y golpeando cada cinco segundos en espera de que le abrieran. Puso los ojos en blanco y dio una exhalación. Sólo quería continuar durmiendo, pero si lo ignoraba y se metía a la cama de nuevo, los golpes no iban a cesar y posiblemente hasta terminaría echando la puerta abajo para poder entrar y verificar que ella estuviera bien. Era un verdadero fastidio.

Finalmente bajó al cabo de unos minutos y abrió con gesto malhumorado y frotándose los ojos aún adormilada.

—¿Qué quieres? ¿Por qué tienes que golpear tan fuerte? Me despertaste.

El muchacho la observó algo sorprendido de su reacción. Normalmente siempre abría la puerta con la mejor de sus sonrisas o en su defecto un tímido “buenos días”, sin embargo, admitía que quizá en esa ocasión se había sobrepasado un poco en sus golpes.

—Lo siento, es sólo que… traigo noticias de tu padre, y no sé si lo sepas ya, pero…

—Está en el hospital, ¿no? —lo interrumpió ella con absoluta indiferencia—. Llegas tarde con tus noticias de última hora, ayer me enteré.

—Pero… ¿has ido a verlo? Él… está delicado. Le dispararon, pero no es eso lo que lo tiene así, es decir… la herida no tocó ningún órgano, pero por alguna razón no reacciona…

—Está estable, ¿no? —volvió ella a interrumpirlo sin inmutarse, haciéndolo vacilar por unos segundos—. Entonces no pasará nada si voy o no. Ahora déjame seguir durmiendo que estoy cansada.

Intentó cerrar la puerta, pero él la detuvo, colocando el pie en el umbral y ofreciéndole la mirada más decepcionada que podía mostrar.

—¿Ocurrió algo? ¿Es que acaso viste a ese chico? ¿Te dijo algo? ¿…Te hizo algo?

Su voz sonaba con un ápice de rabia ante la sola idea. Lucianne lo contempló, moviendo la cabeza de un lado a otro y de pronto sonrió.

—…De verdad eres patético —dijo, dándole un particular tono insidioso y calmo a sus palabras. Él se quedó helado—. Vienes aquí todos los días y a todas horas con la excusa de cuidarme, intentas alejar a cualquiera que muestre interés por mí y sin embargo te conformas con ser únicamente mi niñera, mi perrito faldero.

Perry estaba mudo y pálido, no podía creer que estuviera escuchando esas palabras de su boca. Y entonces ella se inclinó ligeramente hacia adelante.

—…Pero lo cierto es que nunca podría fijarme en ti, por más que fantasees con ello cada que te vas a dormir, con la esperanza de al menos poder soñar conmigo. Jamás. Vas. A. Tenerme.

Remarcó palabra por palabra como si las escupiera, asegurándose de que cada una tuviera la cantidad exacta de veneno para terminar de destrozarlo. El joven oficial no pudo decir nada, estaba demasiado conmocionado para hablar. Ella volvió a enderezarse sin una pizca de remordimiento en el rostro y sonrió de nuevo, tan gélidamente que Perry podía incluso sentir minúsculas púas de hielo clavándose en su corazón.

—¡Adiós y no vuelvas muy pronto! —finalizó ella, cerrándole la puerta en la cara y estirando los brazos sobre su cabeza como si recién estuviera despertando.

Aquello no había significado nada. Era de hecho liberador. Qué sensación tan maravillosa la de poder decir lo que tuviera en mente sin temor a las consecuencias. Se sentía otra persona y no podía esperar a salir y hacer algo que le trajera nuevas emociones.

Miró el reloj de la sala y vio que faltaba poco para la hora en que debería reunirse con los demás. Hizo una mueca, no tenía ganas de reunioncitas ni de pláticas extensas. Ella quería acción.

Y entonces una nueva sonrisa se dibujó en su rostro. Pensó que, si quería divertirse, quizá no tenía por qué esperar a que la diversión llegara a ella, sino salir a buscarla. Así que subió de vuelta a su habitación y comenzó a sacar toda la ropa que tenía en su armario, desechando la mayoría al considerar que era demasiado aburrida, y tras dejar unas pocas prendas encima de la cama se marchó por unos segundos para regresar con tijeras en mano. Era una suerte que supiera coser.

Terminando su práctica de esgrima, donde intentó ignorar los cuchicheos que se escuchaban cada que le tocaba turno al florete, Demian cruzó la puerta de la cafetería con teléfono en mano tras su último reporte con su padre. No le sorprendió ver en su cubículo usual a los demás, sentados en grupo.

Éstos le dedicaron un saludo desde donde estaban y él respondió de igual manera, notando que Marianne le hacía una seña con la mano, imitando un teléfono. Él mostró en alto el celular y ella levantó el pulgar en señal de aprobación. Él esbozó una media sonrisa en respuesta.

Pasó bajo la barra, asentó sus pertenencias por debajo de ésta y en cuanto se enderezó, vio que Mitchell ya estaba sentado en uno de los taburetes de cara a él. La forma en que lo miraba era la misma que en la mañana, y para complementarla ahora también movía las cejas. Demian soltó una exhalación y apoyó ambas manos sobre el mueble con resignación.

—¿…Qué?

—Así que ya hasta lenguaje de señas, ¿eh?

—Mitchell, si sigues con eso, el que va a necesitar aprender lenguaje de señas eres tú después de arrancarte la lengua y sellarte la boca con pegamento.

—¡Uy! Bueno, ya, ya, entiendo, discreción es lo tuyo, no diré nada más —finalizó el muchacho, pasándose la mano por la boca como si cerrara un cierre invisible.

Samael entró entonces al local con aquel aire etéreo, inconsciente como siempre de la atención que atraía a su paso. Se acercó a las chicas con una sonrisa y tras los saludos usuales le hicieron espacio junto a Marianne y Lilith.

Demian los miró de reojo con expresión indescifrable mientras se ocupaba de limpiar unos vasos y Mitchell pasó la vista de un extremo a otro hasta que volvió a llevarse la mano a la boca para abrir el cierre invisible.

—Haciendo un paréntesis en todo este asunto de la discreción —apostilló Mitchell, acomodando ahora ambos brazos sobre la barra—, me gustaría señalar algo que he observado. Verás, al principio era muy fácil pensar que podía haber algo entre ellos visto desde afuera, pero ya una vez que he tenido acceso más… exclusivo y he podido verlo todo más de cerca y con más atención, he notado que su relación es más… mmmh, no sé si como de hermanos, pero definitivamente no hay esa atmósfera romántica en el aire ni capto alguna vibra de ese estilo entre ellos.

—Y me dices eso porque…

—Nada más. No está de más que lo sepas —declaró él, sonriendo y guiñándole el ojo como si estuvieran en contubernio, regresando a la mesa con los demás.

Demian giró los ojos sin molestarse en discutir con él y continuó limpiando los vasos, aunque de vez en vez miraba de nuevo en aquella dirección.

—¿Podrías ir a la cocina? —Mankee salió en ese momento cargado de bandejas y con rostro ojeroso y cansado—. Están intentando contactar con el señor Ganzza por unos arreglos que hay que hacer, pero no lo pueden localizar.

—Ahora voy… ¿te sientes bien? Te ves muy cansado, ¿mucho trabajo?

Mankee abrió la boca para contestar y veía que los chicos le hacían señas para que se acercara a su mesa.

—…Se podría decir —respondió él, dando un suspiro y abriéndose paso hacia el comedor mientras Demian entraba a la cocina.

—¿Creen que Frank venga?

—Yo creo que mientras sepa que Lucianne estará presente, tendrá suficientes motivos para aparecer —acotó Marianne, mirando atentamente a la puerta.

—Por favor, ya les dije que no importa cuántas veces me lo pidan, no puedo sentarme con ustedes mientras esté trabajando —dijo Mankee mientras les dejaba una nueva orden de papas a la francesa sobre la mesa.

—¡Oh, vamos, unos minutitos no te dañarán! —expresó Lilith, señalándole una de las sillas libres que habían agregado a un lado, pero el chico se negó como por milésima vez hasta acudir al llamado de otras mesas—. Al parecer va a ser difícil hacer que todos coincidamos, ¿verdad?

Marianne pretendía decir algo, pero se quedó callada al ver que la puerta se abría y entraba Lucianne, dejando a todos boquiabiertos. Su blusa parecía modificada de tal forma que la había dejado sin mangas y se ceñía a su cuerpo, además de que la falda estaba recortada al frente a la altura de sus muslos y a los costados iba bajando hasta formar una cola con el resto de la tela que correspondía al modelo original. Su rostro que normalmente ofrecía una apariencia natural estaba ahora totalmente maquillado como si fuera a algún evento nocturno. Se pudo escuchar el sonido de vasos a punto de caerse y varios ojos alrededor de la cafetería la siguieron en su andar firme y seguro hasta la mesa.

—Lucianne, ¿qué…?

—Les ahorraré saliva, no pienso quedarme, tengo planes para salir a divertirme el día de hoy, sólo quise pasar aquí por si alguno de ustedes quería acompañarme.

—¿Pero de qué estás hablando? —la cuestionó Marianne, incrédula—… No es momento para salir a divertirse, ¿cómo puedes siquiera pensarlo? ¡Tu padre está en el hospital!

Lucianne enarcó una ceja y de pronto todo su cuerpo se puso derecho, cruzándose de brazos y adoptando una postura altiva.

—¿Y eso qué? Tu madre también y sin embargo aquí estás, y eso tampoco te impidió ir a un campamento que yo recuerde. Vaya forma de preocuparte por ella —le rebatió con frialdad y el rostro de Marianne se contrajo.

No podía ser su prima. Lucianne jamás diría algo así. Los demás permanecieron en silencio, comprendiendo que algo no iba bien con ella.

—O-Oye, Lucianne, ¿qué tal si te sientas un momento y hablamos, sí? Quizá estés aún algo alterada por lo de ayer, pero sólo tenemos que mantener la calma —intervino Lilith, con la intención de tranquilizar las cosas.

—¿Tú me estás pidiendo que me calme? ¿La que prefiere dejarse morir si no obtiene la atención y el reconocimiento que desea?

Ahora fue Lilith la que enmudeció ante sus palabras y Marianne se incorporó de su asiento.

—¡Basta! ¡Ésta no eres tú! Es la ausencia del don la que está hablando.

Lucianne la miró de forma desagradable y entonces lanzó una risotada.

—¿Estás diciendo entonces que quienes carecemos del don no podemos considerarnos nosotros mismos sino una especie de usurpadores? En ese caso la mitad de este grupo lo seríamos. Está claro que Belgina se volvió tonta, de otra forma no andaría besuqueándose con Mitchell cuando piensan que no hay nadie cerca.

Marianne de inmediato lanzó una mirada de reproche a Mitchell que desvió la vista hacia el infinito, fingiendo demencia.

—Y sin embargo sigue aquí. Si no fuera ella misma no podría seguir siendo… parte del selecto grupo. ¿Qué tal Angie que sigue siendo igual de inútil, con sentimientos y sin ellos? Pero no, de alguna manera soy YO la que no está siendo ella misma. ¿Por qué? ¿Te molesta por primera vez no ser quien lleve el control de la situación? ¿Te molesta que ahora decida por mí misma y no vaya conforme a tu plan?

Marianne no respondió, pero mantuvo las manos empuñadas en la mesa y el cuerpo tenso, los labios incluso comenzando a temblarle. Sonaba como la antigua Kristania, pero aún peor. No podía soportarlo. Lucianne terminó sonriendo ante su silencio.

—…Lo supuse. Bueno, pues adiós. Si ustedes quieren quedarse aquí haciéndola de salvadores del mundo, adelante, yo por mi parte haré lo que me plazca.

Se dio la vuelta con la misma actitud con que había llegado y comenzó a caminar hacia la puerta, justo cuando Demian iba saliendo de la cocina con celular en mano. Ella en cuanto lo vio, sonrió y se acercó a él.

—Hola, Lucianne —saludó él con un movimiento de cabeza y sin soltar el aparato—. ¿Me permites un momento? Intento llam…

No le dio tiempo de reaccionar. Cuando se dio cuenta Lucianne ya estaba rodeándole el cuello con los brazos y presionando sus labios contra los suyos. La cafetería entera pareció detenerse y fijar su atención en ellos.

Fue apenas un par de segundos, Lucianne se apartó de él y sonrió de forma calculadora. Demian estaba perplejo.

—Es una lástima que lo nuestro no haya funcionado. En fin, tú te lo perdiste —expresó ella, tocándole la punta de la nariz mientras él permanecía sin habla.

Lucianne lo soltó y al voltear hacia la puerta vio que Franktick estaba ahí de pie, mirándolos con el rostro desencajado.

—¡Ah, perfecto! Ya llegó la caballería. Eres justo lo que necesito. —Con total desenfado, se acercó al muchacho y lo tomó del brazo, ignorando su gesto contraído y jalándolo fuera de ahí como si no hubiera pasado nada—. Vámonos, tengo ganas de divertirme.

La conmoción inicial de Demian dio paso al desconcierto en cuanto estuvo plenamente consciente de lo que acababa de ocurrir. De inmediato dirigió la vista hacia los demás, que lucían tan sorprendidos como él, pero su mirada se posó sobre Marianne. Ella continuaba de pie, con los hombros tensos y postura en general rígida. Su rostro se había transformado.

De repente con un ágil movimiento, ella salió corriendo de ahí al tiempo que varios vasos estallaban alrededor de la cafetería, ocasionando un confuso desorden al interior. Samael la siguió de cerca y detrás de él fueron los demás.

—¡Wow! —fue lo único que Mitchell dijo al pasar junto a Demian y darle unas palmadas, lo cual no hizo más que acrecentar aquella sensación de malestar junto con la confusión que ahora reinaba alrededor.

—¡Lucianne, detente! —exclamó Marianne, siguiéndola a lo largo de la calle, entre furiosa e indignada—. ¡No puedes simplemente hablarnos de esa forma e irte como si nada! ¡Ni tampoco hacer lo que quieras sin algún tipo de consecuencia!

—Ah, ¿no? Me parece que es lo que acabo de hacer —respondió ella, volteando con una sonrisa cínica que no correspondía a su rostro.

—…Por última vez, vuelve con nosotros ahora mismo —demandó ella, dándole un ultimátum, pero Lucianne se rió.

—Tendrán que detenerme —finalizó Lucianne, haciendo una seña y deteniendo un taxi, al que se subió junto con Franktick.

—¡No puedes irte! ¡Lucianne! ¡No está siendo ella misma, Frank, tienes que convencerla!

El muchacho la miró como si no estuviera ahí; no parecía haber asimilado aún lo que estaba pasando, y antes de que pudiera decir cualquier cosa, el taxi arrancó y se alejó de ahí. Marianne corrió unos metros más en la misma dirección que el auto hasta que terminó doblándose exhausta y sosteniéndose de las rodillas para recuperar el aliento. Los demás la alcanzaron en cuestión de segundos y se colocaron a su lado.

—¿Qué es lo que ocurre con Lucianne? ¿Por qué está comportándose así?

—Perdió el don de la bondad —explicó Samael—. No estaba seguro de cómo reaccionaría, pero por lo que hemos visto hasta ahora quizá sea peor de lo que pensaba.

—¿Eso significa que es algo así como lo que pasó con mi hermana, pero a la inversa? —preguntó Mitchell mientras el taxi ya estaba bastante alejado.

—Tenemos que dar con ella y detenerla, no podemos permitir que haga algo de lo que podría arrepentirse cuando vuelva a la normalidad —determinó Marianne, enderezándose tras conseguir regularizar el ritmo de su respiración.

—Le llamaré a Frank y lo pondré sobre aviso para que la vigile mientras los alcanzamos —dijo Mitchell, sacando su celular.

—Deberíamos conseguir un auto para seguirlos, aunque estará difícil ahora que los perdimos de vista.

—Los buscaremos entonces en toda la ciudad si es necesario. Debemos detenerla —sostuvo Marianne, observando con decisión el punto en el que el taxi ya había desaparecido de su vista.

La pantalla del móvil se encendió y el aparato volvió a vibrar como por cuarta vez mientras Franktick le echaba un vistazo desde la barra de lo que parecía un centro nocturno, y tras varios tonos se decidió a responder.

—Ya les dije que estoy pendiente de ella, no tienen que darle caza como si fuera una criminal, estamos bien. Al menos ella lo está si es lo que les preocupa… No, no les diré dónde estamos, no contribuiré con sus paranoias, déjenla en paz.

Colgó y se quedó mirando el aparato por unos segundos con expresión contrariada, levantó la vista y la fijó en la pista de baile donde Lucianne se movía frenéticamente al ritmo de la música. Gracias al maquillaje ella parecía mayor de lo que era y él no había tenido problema en utilizar una de sus tantas identificaciones falsas para poder entrar.

Debía de sentirse satisfecho de estar con ella, pero no lo estaba, no se sentía a gusto. No después de lo que había presenciado en la cafetería y los hombres con los que había coqueteado al entrar a aquel lugar. Así no era Lucianne. Quizá ellos tuvieran razón y lo mejor sería llevarla de vuelta a casa, pero verla bailar de esa forma era casi hipnótico, como si todo alrededor desapareciera y sólo estuviera ella, con su largo cabello ondulándose al compás de sus movimientos. Quería quedarse ahí mirándola todo el tiempo.

Y entonces la intrusión de una figura rompió la ilusión. Un muchacho comenzó a bailar muy cerca de Lucianne, aproximándose hasta colocar las manos en su cintura, cosa que a ella no pareció molestarle y posó los brazos sobre los hombros de éste, dejándose llevar por la música. El muchacho tomó esto como una invitación, sus manos comenzaron a bajar por sus caderas lentamente, pero antes de que continuaran, de pronto otras manos lo detuvieron con fuerza, apretando tanto las suyas que pensó que se romperían.

—No te atrevas a tocarla. Aléjate de ella —ordenó Franktick, apareciendo junto a ellos con aspecto amenazador y apartando al chico tras casi triturarle las manos.

Éste lo miró desconcertado y, temeroso, optó por marcharse mientras Lucianne continuaba moviéndose sin parar, pasando los brazos alrededor de Franktick y bailando ahora para él a pesar de estar rígido como estatua.

—Eso fue excitante. Pensé que no vendrías a bailar conmigo.

—¿Por qué haces todo esto? —preguntó él, manteniéndose estoico a pesar de que ella no dejaba de bailar pegada a él.

—Me cansé de ser la niña buena, lo he sido toda mi vida. Ahora me siento liberada, puedo hacer lo que yo quiera sin remordimientos.

—Lo que hiciste en la cafetería…

Lucianne rio con aquella cualidad que tanto le atraía de ella, pero ahora carecía de la inocencia que solía irradiar.

—Si eso es lo que te ha estado atormentando todo este tiempo, sólo tenías que decirlo, podemos solucionarlo —dijo ella, rodeándolo con sus brazos y poniéndose de puntillas para acercar su rostro al de él.

De pronto, Frank la detuvo. Sujetó con delicadeza sus brazos y la apartó de él.

—…Creo que es hora de volver a casa —sugirió él con suavidad.

Lucianne se apoyó nuevamente sobre sus talones y puso los ojos en blanco.

—Eres igual de aburrido que los demás.

Dicho esto, le dio la espalda y comenzó a alejarse.

—¿…A dónde vas?

—¡Al baño, ¿piensas seguirme ahí también?!

Él la observó alejarse y dio un resoplido.

Lucianne fue directo a los lavabos y se apoyó en uno, mirándose fijamente al espejo. No aceptaba el rechazo y tampoco estaba dispuesta a renunciar a su nuevo sentido de la diversión. Quizá era hora de dar el siguiente paso y explorar un poco más lo que sus poderes podían ofrecerle.

Observó a su alrededor; la última chica que quedaba en el baño acababa de salir. Miró su reflejo nuevamente y esbozó una sonrisa. Había llegado la hora del espectáculo.

Franktick le echó un vistazo a su celular para ver la hora. Pasaban ya de las nueve de la noche. Volvió a guardarlo y miró con impaciencia hacia el área de los sanitarios. ¿Por qué tardaba tanto? Llegó a pensar que posiblemente se hubiera escapado por alguna ventana para no tener que lidiar con su vigilancia, pero entonces la gente a su alrededor paró de bailar y comenzó a arremolinarse, tapándole la vista. Todos miraban hacia un mismo punto y parecían murmurar algo ininteligible hasta que la música también se detuvo. Trató de abrirse paso para saber lo que ocurría y fue cuando vio una figura cubierta de una armadura marmoleada que avanzaba con firmeza entre la gente, la cual iba apartándose en masa, observándola con precaución. Supo inmediatamente que se trataba de Lucianne tras considerar todo lo que había pasado en las últimas horas y lo que había descubierto.

—Es uno de esos Angel Warriors, ¿no? —La gente comenzó a comentar.

—Pero ¿qué hace aquí? Se supone que sólo aparecen cuando atacan a alguien…

Franktick tan sólo escuchaba y se limitaba a mirar fijamente a Lucianne, preguntándose qué era lo que pretendía, cosa que ella misma dejó claro cuando de pronto sonrió y apuntó hacia arriba. Empezó a disparar centellas, primero al techo y luego hacia todos lados, creando destrozos en el lugar.

La gente comenzó a huir despavorida de ahí, amontonándose en la salida y empujando a quien tuvieran enfrente. Era como una repetición de lo ocurrido en el Music Center, sólo que a menor escala. Focos, cristales, parte del techo caían en pedazos sobre las personas, y Franktick hizo lo posible por apartar a quienes estuvieran más cerca del centro para que no fueran heridos mientras Lucianne permanecía en medio de todo, disfrutando del caos que estaba causando, riendo mientras se dedicaba tan sólo a apuntar y disparar.

—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Herirás a alguien! ¡Detente ya! —exclamó él, intentando acercársele y Lucianne volteó hacia él sin borrar su sonrisa.

—Quizá ése sea el propósito.

Y sin más, apuntó hacia él. Entendiendo sus intenciones, Frank se echó rápidamente hacia atrás, esquivando una de aquellas centellas, y fue a ocultarse tras la barra de bebidas. Astillas de cristal cayeron como lluvia sobre él, que plegó los brazos y el cuerpo. Era una locura, no tenía idea de qué forma detenerla sin hacerle daño. Sacó el celular y miró la pantalla. Sólo quedaba una cosa por hacer. Buscó enseguida el número de Mitchell y llamó.

—Entendido, vamos enseguida —dijo Mitchell, colgando a continuación—. Al parecer Lucianne está totalmente descontrolada y está atacando a gente inocente.

—Temía que algo así ocurriera —dijo Samael con expresión preocupada.

—¿Están muy lejos de aquí? —preguntó Marianne, tratando de mantener la serenidad.

Estaban parados justo a mitad de la calle en la llamada zona roja de la ciudad, donde se ubicaban la mayoría de los centros de entretenimiento nocturno, y entonces vieron a un grupo de gente saliendo aterrorizados de un lugar, entre gritos y tropiezos.

Frank permanecía apostado tras la barra, esperando a que los demás llegaran, pero comenzaba a cansarse de esperar. Lucianne seguía causando destrozos y aún había gente atrapada bajo escombros u oculta en los baños y tras los muebles. Tenía que hacer algo pronto. Apretó las manos, su cuerpo se tensó y su respiración se hizo más profunda mientras se preparaba para salir de su escondite. Volvió a tomar el móvil para revisar si tenía alguna llamada perdida o algún mensaje de Mitchell y entonces notó algo singular: sus brazos comenzaban a recubrirse de un material muy similar a la armadura de los demás.

—…Rayos.

Era verdad. Ellos decían la verdad. Cerró los ojos, intentando concentrarse y así evitar que la armadura se extendiera, pero lo único que logró de esa forma fue verse a sí mismo, como si estuviera frente a su reflejo. Expresión decidida, ojos aguerridos mientras su cuerpo se cubría completamente y un solo pensamiento llenando su mente: Lucianne.

Sus ojos se abrieron de golpe tras aquella visión. Su respiración se aceleró y se dio cuenta de que ahora la armadura lo cubría en su totalidad. Lanzó un bufido de resignación.

—Pero claro… Por supuesto.

Alzó los brazos para sujetarse de la orilla de la barra y en cuanto sintió que estaba firme, tomó impulso con sus pies y dio un salto que lo llevó de vuelta al frente, retumbando el piso en cuanto sus pies lo tocaban. Lucianne se detuvo momentáneamente al verlo.

—Mírate nada más. Así que siempre sí era cierto.

—Detente de una vez y vámonos de aquí, antes de que llegue la policía y…

—¡Ah, pero claro! ¡La policía te está buscando! —recordó ella, dando una solitaria palmada—. Imagínate lo que harán cuando sepan que tú fuiste quien le disparó a mi padre. Asalto menor a un oficial palidece ante el cargo de intento de homicidio, es una suerte que haya conservado la prueba conmigo.

Al pasar la mano detrás de ella sacó de repente una pistola y se alcanzaron a escuchar algunas expresiones de terror y sollozos entre la gente que seguía ahí dentro. Franktick trató de mantenerse ecuánime.

—…Si lo que quieres es entregarme a la policía con eso, adelante, no me opondré, pero por ahora salgamos ya de aquí.

—Mmmh, pero un cargo por intento de homicidio es insuficiente, ¿no crees? Quizá …si le agregáramos unos más… ¿qué tal de una vez uno por homicidio en primer grado?

Con increíble destreza quitó el seguro y apuntó firmemente hacia una muchacha que intentaba escabullirse hacia la puerta y que, al verse en la mira, se quedó petrificada y comenzó a sollozar.

—…No lo harías —articuló Frank, conteniendo el aliento.

—¿Me pones a prueba? —espetó Lucianne, sonriendo y apretando más el dedo en torno al gatillo, disfrutando de cada segundo que él se tensaba y la muchacha a la que tenía en la mira lloriqueaba aterrorizada.

Se preguntaba qué ocurriría si cruzaba esa línea, si sería capaz, si eso la convertiría en algo parecido a un demonio, pero luego decidió que en realidad no le importaba.

Y entonces disparó.


SIGUIENTE