CAPÍTULO 31

31. CASTIGO APLAZADO

—¡No! —gritó Frank al ver que Lucianne disparaba a sangre fría.

Vio la bala desplazarse como si estuviera en cámara lenta en dirección a la muchacha, no podía hacer nada para detenerla, jamás llegaría tan rápido para interponerse, pero entonces la bala rebotó contra algo invisible. Una barrera. Samael había aparecido en ese momento frente a la chica, evitando así que le hiciera daño. Franktick suspiró con alivio.

—Qué inoportunos —bufó Lucianne al ver que habían frustrado su disparo, y justo cuando se disponía a hacer otro, alguien la detuvo por la espalda y le arrebató la pistola.

—Se acabó —declaró Marianne con firmeza mientras los demás iban apareciendo y aproximándose, causando una nueva ola de pánico entre la gente.

—¡Los Angel Warriors nos atacan! —gritó alguien mientras la gente volvía a agolparse ante las puertas.

—Esto no se ve nada bien.

—¿Qué vamos a hacer con ella? —preguntó Mitchell, tratando de mantener inmóvil a Lucianne, aunque ella no parecía oponer mucha resistencia.

—¡No se les ocurra lastimarla! —advirtió Frank.

—¡Claro que no lo haremos! ¡¿Por quiénes nos tomas?!

—La gente está aterrada, deberíamos irnos de aquí antes de que llegue la policía —sugirió Angie y en ese momento se escucharon las sirenas.

—¡Qué oportunos! —dijo Lucianne, comenzando a reírse—. Si antes la policía los tenía en la mira, ahora con esto en definitiva entrarán a la lista de los más buscados.

—¡Y todo gracias a ti! —le reprochó Marianne, tratando de contener la rabia.

—Ohhh, ¿qué ocurre, primita? ¿Estás molesta conmigo? ¿O quizá celosa?

Marianne apretó las manos, pero no dijo nada, en vez de eso arrojó el arma al piso.

—…Lilith, derrítela.

Ella asintió y tras inclinarse en el piso comenzó a enviar olas de calor hacia la pistola, de modo que comenzó lentamente a fundirse hasta quedar una masa deforme de metal pegada al piso.

—De verdad sugiero que nos vayamos de aquí cuanto antes —insistió Angie, atenta al movimiento del exterior.

—Deberían hacerle caso o de lo contrario me escaparé —la secundó Lucianne.

—¿De verdad no sientes remordimiento por todo este desastre que has causado?

—Déjame pensar, ummmmh… no —respondió ella sin un solo dejo de afectación en la voz, con completa indiferencia.

—No pueden seguirla sujetando de esa forma, van a lastimarla.

—Eso debió pensarlo antes de empezar a atacar a personas inocentes —replicó Marianne, mostrándose inflexible.

—¿Podrían por favor decidir qué es lo que van a hacer? Porque mis brazos empiezan a entumirse —pidió Mitchell, tratando de mantenerse rígido a pesar de que Lucianne estuviera quieta.

—Suéltala entonces —exigió Frank, avanzando hacia ellos.

—¿Y luego qué? ¿La detendrás o te quedarás parado viendo cómo destruye todo?

—Tú no sabes lo que he hecho.

—Pues por el aspecto que tiene el lugar no creo que haya sido mucho.

—¿Quieren dejar de discutir? Tenemos cosas más importantes de qué preocuparnos.

Aprovechando aquella distracción, Lucianne apuntó hacia abajo y las centellas que disparó atravesaron los pies de Mitchell, quien de inmediato la soltó y se tiró al piso, revolcándose del dolor.

—Acérquense y no dudaré en dispararle a cualquiera de ustedes. —Lucianne retrocedía lentamente, apuntándolos y riéndose con malicia—. ¿No les parece gracioso? Todo este tiempo preocupándose por luchar contra demonios y nunca se prepararon para enfrentar a uno de los suyos. Los lazos afectivos siempre terminan descontrolándolo todo.

—Yo no diría eso —intervino Frank, dando unos pasos hacia el frente—. Después de todo tú me salvaste a mí.

—Awwww, qué tierno. Sin embargo… tú no me salvaste a mí —y al decir esto comenzó a disparar en dirección a ellos. Se dispersaron rápidamente para esquivarla, aunque Frank seguía avanzando hacia ella sin importarle las heridas que le infligía—. ¡Acércate más y esta vez apuntaré a la cabeza!

—Adelante —dijo Frank, deteniéndose firme frente a ella—. No me moveré de aquí, hazlo ahora.

Lucianne se mantuvo seria por unos segundos y él consideró que posiblemente se sentía conflictuada al respecto, lo cual era algo bueno, sin embargo, sus esperanzas se borraron en cuanto ella levantó el brazo y apuntó directo a su cabeza.

—Muere entonces.

Angie saltó sobre ella y la tomó del rostro, desviando su disparo hacia un costado de la cabeza de Frank. Lucianne logró soltarse y volteó furiosa hacia ella.

—¡Atacar por la espalda a tus compañeros no es jugar limpio!

Con rapidez apuntó hacia ella, pero al mismo tiempo Angie hizo también un movimiento propio, obligándola a imitarla, enlazando sus brazos de modo que sus manos apuntaban a sí misma. Lucianne parecía confundida y por primera vez durante ese día realmente desconcertada.

—¿Sorprendida? Al parecer ya no soy tan inútil después de todo.

—¡Policía! ¡Salgan con las manos donde podamos verlas! ¡El edificio está rodeado! ¡Repito! ¡El edificio está rodeado!

El sonido de aquella voz amplificada provenía de la calle y los obligó a hacer silencio, intercambiando miradas de urgencia.

—¡La policía! ¡¿Qué se supone que haremos ahora?! —musitó Lilith.

—Debemos marcharnos de aquí y pronto.

—…Rápido, acérquense todos —resolvió Samael, ayudando a Mitchell a levantarse.

En cuestión de segundos desaparecieron de ahí justo cuando la policía iba entrando, pistolas en mano y deteniéndose a observar con sorpresa lo destrozado que había quedado el lugar, como si un tornado hubiera pasado por ahí.

La casa de Lucianne fue el lugar que nuevamente optaron como refugio emergente. Ésta intentaba resistirse al control de Angie y aunque ella se veía agotada, no parecía dispuesta a ceder.

—…Oh, dios. No sé si pueda soportar esta vista —dijo Mitchell, observando sus pies. Un par de agujeros los atravesaban como hechos con cortador de galletas.

—¿Tú cómo estás? —preguntó Marianne en dirección a Frank, con el costado de su cabeza ensangrentado, además de múltiples heridas en el cuerpo.

—…Sobreviviré —respondió él con mirada sombría y expresión decepcionada. Samael quiso colocar las manos encima de su cabeza y él las apartó, sin entender lo que pretendía.

—Tranquilo, sólo intenta curarte. Ya lo hizo con Mitchell —aclaró Marianne, señalando a su primo, cuyos agujeros en los pies ya habían cerrado.

Frank volvió la vista hacia Samael con recelo, y éste conservó su distancia para mostrarle que no iba a hacer nada que no quisiera. Finalmente pareció relajarse y cambió de postura, lo cual le indicaba al ángel que podía curarlo.

—¿Creen que con esto ya terminó todo? —habló Lucianne, esforzándose por romper el control de Angie—. Están muy equivocados si piensan que simplemente permitiré que pasen sobre mí de esta forma. Aún hay muchas cosas que puedo hacer y sobre las que no tienen control alguno.

—Ah, ¿sí? ¿Como qué? —preguntó Marianne y Lucianne simplemente sonrió. Algo tenía en mente y ellos no podían saberlo a menos que…

—…Sujétenla, ¡ahora! Antes de que…

La advertencia de Samael no llegó a tiempo. Un par de centellas brillantes atravesaron los brazos de Lucianne, justo en los puntos donde tenía las manos apretadas contra su piel.

Angie perdió la concentración y su cuerpo se destensó, permitiendo que Lucianne recuperara el control sobre sus movimientos. Aunque herida, eso no le impidió correr a toda prisa hacia las escaleras, donde fue alcanzada rápidamente por Frank, cuidando no tocar sus brazos heridos, sin embargo, sus dedos ya comenzaban a encenderse.

—¡Mitchell, capa neutra, ya!

Apenas acababa de calzarse un zapato y tuvo que arrojar el otro al suelo para dibujar un arco con los brazos y levantar una capa neutra, anulando de esa forma todo poder al interior. Ella se removió frustrada entre los brazos de Frank y los demás sólo alcanzaron a lanzar un resoplido de cansancio.

—¿…Qué vamos a hacer con ella? Tiene razón, esto no se ha terminado aquí, no mientras carezca del don de la bondad —formuló Marianne, apoyando la espalda en la pared, sintiéndose agotada.

Samael se quedó pensativo mientras observaba a Lucianne, tratando de llegar a alguna resolución, pero por lo visto, únicamente existía una alternativa.

—…Tendremos que encerrarla y sellar sus poderes.

—¿Cómo se supone que hagamos eso?

—En teoría… podríamos combinar nuestros poderes para crear una capa tan resistente que la mantenga cautiva incluso si no estamos presentes después de eso.

—¡Un momento! ¿Están hablando de dejarla encerrada como si fuera una prisionera? ¿Cuál es su problema? ¡Se supone que son sus amigos! —protestó Franktick, mostrándose en desacuerdo ante la sola idea.

—Y precisamente porque lo somos, es lo mejor que podríamos hacer por ella —intervino Marianne, apoyando aquella solución—. Tú mismo viste lo que hizo, en este momento es un peligro para las demás personas y para sí misma.

—Si la encerramos estará protegida, no podrá hacerse daño siquiera —afirmó Samael, intentando más que nada convencer a Frank.

—¿O es que tienes una mejor idea? Adelante, ansiamos escuchar tu solución —espetó Marianne, cruzándose de brazos mientras el muchacho permanecía callado, tratando de pensar alguna forma de evitar que la encerraran.

—…El chico mesero —dijo de pronto al recordarlo—. Él me liberó a mí de la influencia de Hollow, ¿no?, quizá él pueda…

—Lucianne no está siendo controlada por fuerzas demoníacas —intervino Samael—. No hay ningún poder externo que esté influenciándola, así que eso no va a funcionar.

—¡¿Cómo lo saben si no lo han intentado?! —insistió Frank.

—¡Muy bien! ¡Si eso te hace feliz! —exclamó Marianne, perdiendo la paciencia.

Al cabo de unos minutos ya habían transportado a Mankee desde la cafetería y mientras le explicaban la situación, Samael curaba las heridas de Lucianne con Mitchell cerca de ellos para evitar que ocurriera otro incidente.

—…No creo que funcione —dijo Mankee sin estar convencido.

—Tú y todos los demás, pero al parecer el capitán puños de acero sabe más que nosotros —respondió Marianne, sintiendo que perdían el tiempo.

—El intento lo vale —replicó Frank sin soltar a Lucianne. Mankee dio un suspiro, se acercó a ellos y se quedó de pie, pensando de qué forma empezar.

—¿…Está bien sujeta? —preguntó por precaución.

—¡¿Quieres hacerlo ya de una vez?! —exigió Frank, dándole un sobresalto.

—¿…Están seguros que funcionó con él? Porque no me parece muy distinto —comentó Mankee, dirigiéndose a los demás.

—Te juro por dios que, si no lo haces ahora mismo, te perseguiré hasta terminar lo de ayer —repuso Frank, dedicándole su mirada más intimidante, por lo que Mankee se limitó a pasar un trago con dificultad y rápidamente posó las manos sobre la frente de Lucianne. Cerró los ojos para tratar de obtener una mejor concentración y sus manos comenzaron a brillar hasta emitir un estallido de luz, envolviendo a Lucianne con su brillo.

Pasados unos segundos, se apartó para saber si había funcionado y vieron a Lucianne abriendo los ojos titubeante y desorientada, mirando a su alrededor como si tratara de ubicar el lugar dónde estaba.

—Chicos… ¿dónde estoy? ¿Qué ha pasado?

—¡Funcionó! —expresó Frank sin poder ocultar su alivio mientras los demás intercambiaban miradas escépticas.

—¿Por qué… me estás sujetando? Me lastimas —repuso ella en tono doloroso y Frank de inmediato aflojó los brazos.

—¡Lo siento! Era sólo precaución. Pero ya estás bien. Todo estará bien ahora.

Apenas la soltó, su reacción fue inmediata. Empujó a Frank y extendió las manos hacia el frente, hiriendo a Mankee en ambos brazos, y aunque Franktick lo observó todo conmocionado, los demás ya parecían preparados para algo así y se apartaron para evitar que los atacara mientras Samael realizaba un rápido movimiento con las manos y una especie de cúpula de energía se cernió sobre ella, dejándola encerrada al instante.

—¡Sáquenme de aquí! ¡Déjenme salir ahora mismo o no respondo!

—¿Y ahora? ¿Convencido? —comentó Marianne mientras Franktick miraba desconcertado a Lucianne.

—¿Entonces? ¿Lo hacemos o no? —preguntó Lilith, observando la barrera tras la cual ahora estaba encerrada su compañera.

—No creo que sea conveniente dejarla aquí en la sala, a la vista de cualquiera que pudiera entrar. Quizá sea mejor pensar en algún lugar más escondido.

—¿Como el sótano? —intervino Angie, revisando tras una puerta que se ocultaba bajo las escaleras. La sugerencia fue tomada de inmediato. En los siguientes minutos se trasladaron al sótano y discutían la forma en que procederían mientras Lucianne no dejaba de golpear contra la barrera y Franktick se mantenía apartado, visiblemente contrariado.

—¿No podemos simplemente dejarla encerrada de esa forma? Parece funcionar muy bien —sugirió Lilith.

—El problema es que no durará mucho. En cambio, si todos colaboran con su propia energía, podemos fortalecerla de manera que sea resistente y permanezca a pesar de que no estemos en el mismo lugar. Lo único que tendríamos que hacer sería recargarla cada determinado tiempo —explicó Samael mientras se encargaba de cerrar las heridas de Mankee.

—Como una batería recargable —dijo Marianne frente a la barrera, observando a su prima que parecía un animal enjaulado.

—Y otro problema al que nos enfrentaríamos si fuera únicamente mi energía la que la mantuviera encerrada… —continuó Samael únicamente para verse interrumpido por un chispazo proveniente de la cúpula. Lucianne ahora lanzaba centellas contra la barrera para intentar liberarse—… es precisamente ése. Tarde o temprano la barrera terminaría cediendo bajo su poder.

—Y eso si antes no atenta contra sí misma como hace un rato —apostilló Angie.

—Bien. Pues está decidido —concluyó Marianne, volteando hacia ellos para ya no tener que ver a Lucianne en ese estado—… ¿qué hay que hacer ahora?

—Cada uno concentrará su propia energía en las manos y las colocará encima de la barrera, capa tras capa para fortalecerla —comenzó Samael a dar instrucciones—. Sugiero que el primero sea Mitchell, de esa forma la capa más interna neutralizará sus poderes.

—¡…Bien, pues aquí voy! —anunció Mitchell, tronándose los dedos y aproximándose a la barrera con expectación. Acercó las manos mientras movía los dedos como si estuviera tocando el piano hasta que tocó la barrera. Ésta adoptó automáticamente un tono más opaco, neutralizando al instante los poderes de Lucianne—…creo que también inutilizó tu barrera original, ¿eso debía suceder?

—Está bien, supuse que eso ocurriría. Ahora seguimos nosotros.

Samael inició creando una segunda barrera para reforzar la de Mitchell y a continuación fueron pasando uno a uno hasta que únicamente faltaba Frank.

Éste seguía sentado en un pequeño banco de madera, apartado de todos, y al sentir las miradas sobre él, decidió por fin alzar el rostro.

—Sólo faltas tú. Tienes que cooperar, eres también uno de nosotros.

Frank rió amargamente ante aquellas palabras y entonces se incorporó.

—…Pues me parece que pueden arreglárselas muy bien sin mí. Todos sabemos que la única razón por la que estoy aquí es por Lucianne, así que ¿para qué fingir interés? La realidad es que no les agrado, y está bien, no esperaría lo contrario después de las cosas que he hecho. Pero no me salgan con eso de “eres uno de nosotros” porque no va a funcionar conmigo.

Los demás se quedaron callados. Sus miradas desconcertadas lo decían todo, y Marianne finalmente dio un paso hacia adelante y se plantó firme ante él.

—Tienes razón, no me agradas, pero tampoco es como que hicieras un gran esfuerzo por cambiar nuestra opinión sobre ti. Además, nosotros no decidimos quién se une o no a nuestra lucha, las cosas son así y punto. Si por mí hubiera sido, Mitchell ni siquiera estaría aquí… —Mitchell la miró indignado, como si fuera la primera vez que se enterara—… y sin embargo aquí sigue, como un hongo bacteriano que se niega a desaparecer.

—¡…Oye! ¡Estoy parado aquí, puedo escucharte!

—Pero a pesar de ello he aprendido a tolerarlo con todo y sus mañas e incluso podría decir que me agrada… cuando no está actuando como un depravado.

—Ah, gracias, yo también te quiero.

—El punto es que no depende de nosotros. Eres lo que eres y no podrás cambiarlo. No pretenderé que me agradas, pero puedo hacer el intento por tolerarte. Si no te importa nuestra lucha, al menos hazlo por Lucianne. Se lo debes. Ella no volverá a ser la misma hasta que derrotemos a ese demonio y recuperemos los dones.

En cuanto se calló, Mitchell comenzó a aplaudir de forma lenta como si de un discurso se hubiera tratado, y las miradas de todos se posaron en él, por lo que fue deteniéndose hasta cruzarse de brazos como si no hubiera pasado nada.

Frank, por su parte, parecía pensativo. Recorrió la mirada por todos ellos hasta posarse en Lucianne, encerrada en aquella cúpula de energía, con ambas manos apoyadas sobre la capa, contemplándolos con ojos depredadores, como si estuviera imaginando las múltiples formas en que los torturaría en cuanto se viera libre.

—…Por Lucianne —dijo finalmente con la vista fija en ella—. Hasta que vuelva a ser ella misma. Sólo por eso los ayudaré.

Marianne asintió y con un movimiento de cabeza le indicó que hiciera entonces su parte. El muchacho se acercó y colocó las manos encima de la capa, haciendo contacto visual con Lucianne, que no se inmutaba ante lo que estaba pasando ni tampoco parecía dispuesta a suplicar.

—…Lo siento —susurró mientras sus manos se tensaban y la superficie de la capa comenzaba a temblar, como si estuviera hecha de un material dúctil, aunque en cuestión de segundos volvió al mismo estado sólido y visualmente cristalino.

—Bien, necesitamos no sólo un plan de acción sino también algo para encubrir lo de Lucianne por el tiempo que esté encerrada —dijo Marianne en cuanto estuvieron de vuelta en la sala—. Quizá pueda ocurrírseme algo para justificar su ausencia, pero tenemos qué pensar de qué forma manejaremos nuestra presencia en esta casa sin levantar sospechas.

—Mañana que nos reunamos en la cafetería podríamos…

—Un momento —interrumpió Frank, mostrando inmediatamente su inconformidad—. Yo en ese lugar no pongo un pie y no podrán convencerme de lo contrario. Si va a haber un lugar de reunión, prefiero que sea aquí.

—¿En serio? ¿Estás molesto por lo de Demian? Es una tontería, Lucianne ni siquiera estaba siendo ella misma —comentó Mitchell, meneando la cabeza.

—Ella no, pero él sí —espetó Frank con voz agria.

—Nos reuniremos aquí entonces —aceptó Marianne sin poner ningún pero.

Sus amigos la miraron algo sorprendidos de que cediera a su exigencia tan fácilmente.

—Nos reuniremos aquí en la tarde —continuó ella en aquella postura impávida—… Eso si su majestad no tiene ningún otro inconveniente.

—Me parece perfecto así —respondió él, llevándose las manos a los bolsillos y alzando el rostro para mostrarle que él también podía hacer el intento por ser diplomático.

Como el asunto ya había quedado resuelto por lo pronto, se dispusieron a marcharse, pero Frank continuaba mirando hacia atrás con ansiedad, como si no quisiera irse de ahí.

—Ni lo pienses, no vas a quedarte aquí. Ella estará bien, está protegida —le advirtió Marianne.

—…Si creen que ser mantenida prisionera es “estar bien”, vamos a tener problemas para entendernos —replicó él, abriéndose paso entre ellos para salir de ahí sin despedirse siquiera. Las miradas que intercambiaron en cuanto se marchó lo decían todo.

—…Intentaré hablar con él para que le baje tantito a su actitud la próxima vez que nos veamos —resolvió Mitchell para calmar los ánimos.

Nadie más dijo nada, se daba sobre entendido que así era como se harían las cosas. Finalmente se despidieron y cada quien se fue por su lado. Marianne y Samael permanecieron en silencio en todo el trayecto de vuelta a casa.

—¿Estabas con tu prima? —fue lo primero que le preguntó su padre en cuanto llegó a casa casi a media noche.

A ella le tomó por sorpresa que siguiera despierto. Las luces de la casa estaban apagadas excepto las de la cocina, de donde su padre salió sosteniendo una taza de café. Se preguntaba si ésa era su manera de compensar lo extremadamente permisivo que solía ser y ahora pretendía representar el papel de padre preocupado que se queda despierto hasta tarde esperando a sus hijos.

—…Sí, de ahí vengo —dijo ella, cerrando la puerta y manteniéndose estoica para no despertar sospecha—. Ella está… muy afectada.

—No creo que deba quedarse sola en esa casa mientras su padre está en el hospital.

—Tampoco sería la única que tendría que arreglárselas sola sin la presencia de sus padres. —Las palabras salieron simplemente. No se suponía que las dijera en voz alta, pero lo hizo. La mirada de Noah se ensombreció, entendiendo que lo decía por él. Marianne apretó la boca con remordimiento y pensó de qué forma podía arreglarlo o si optaba por hacer como si no hubiera dicho nada—… Lo que quiero decir es que no será necesario. Ella… ha decidido que lo mejor será regresar al internado en donde estudiaba. Mañana mismo se irá. Estuve ayudándole a empacar, por eso llegué tarde.

—¿Pero no es demasiado abrupto irse así y tan pronto?

—Lo de su padre ha sido doloroso, y aunque siga en el hospital, ella no cree tener las fuerzas para sobrellevarlo estando aquí. Quedé en llamarle periódicamente para darle noticias sobre él.

—…Bien, si ésa fue su decisión habrá que respetarla —finalizó él, dando un suspiro y desviando la vista como si hubiera algo más, pero no supiera la forma de decirlo.

—¿Pasa algo?

—Yo… no sé cómo decir esto…—comenzó a tamborilear los dedos en la taza que sostenía con la otra mano y a mover el pie con ansiedad—… Volvieron a llamarme del trabajo. Solicité un tiempo libre por la situación actual y quieren que vaya a entregarles unos informes y firme unos documentos…

Del rostro de Marianne se borró todo vestigio de remordimiento y adoptó de inmediato su máscara de imperturbabilidad mientras su padre continuaba hablando, o más bien intentando justificarse, tal y como lo veía ella.

—Sólo será un día cuando mucho. Voy, dejo los papeles, firmo lo que tenga que firmar y regreso. Loui ya lo sabe. Debo irme mañana a primera hora, necesitaba que estuvieras enterada.

—Bueno, pues misión cumplida. Que tengas buen viaje —finalizó ella de forma cortante para de inmediato subir corriendo a su habitación.

No la había esperado porque estuviera preocupado por ella, sólo necesitaba decirle con antelación sus intenciones de marcharse de nuevo y dejarlos solos. El padre del año.

Tuvo que contener las ganas que tenía de aventar la puerta y provocar un estrépito tal que despertara a toda la manzana. En cambio, cerró cuidadosamente, asegurándose de que la cerradura encajara con suavidad.

—¿Estás molesta?

Ella volteó rápidamente y vio que Samael estaba sentado frente a su escritorio, esperándola. Supuso que habría subido directo hacia el ático, pero al parecer había cambiado de opinión. Dio un resoplido y dejó asentada su mochila en la cama.

—No, sólo estoy cansada.

—No me parece que sólo sea eso.

—¡Ah, pero claro! ¡Sabes todo sobre mí, ¿no es así?!

Samael se limitó a mirarla con aquellos ojos celestes indagadores y ella dio otro resoplido en un intento por controlarse.

—En la cafetería, cuando saliste tras Lucianne —dijo finalmente Samael—, varios vasos se rompieron sin razón aparente; eso fue porque tu estado de ánimo estaba alterado… pero ¿por qué?

Marianne se quedó momentáneamente callada. Ni siquiera estaba consciente de que había hecho explotar vasos. Intentó rememorar la emoción que la había dominado en ese instante, pero todo le parecía nebuloso.

—…Creo que es comprensible con lo que Lucianne nos dijo.

—No lo creo, lograste contenerte después de que dijera esas cosas, pero una vez que ella salió… ¿fue acaso lo que hizo antes de irse?

El beso.

—¿A qué quieres llegar con eso? —interrumpió ella, estrechando los ojos.

—No sé, sólo quiero entender por qué de pronto tu poder se salió de control. Podría ser un problema futuro, podrías incluso atraer la atención de Hollow de esa forma y descubrir tu identidad, por eso pienso que deberíamos trabajar en ello para evitar que se repita —razonó el ángel de forma práctica, aunque sin dejar por eso de mostrarse genuinamente preocupado por ella.

—No te preocupes. No se repetirá, puedes estar seguro de ello —afirmó Marianne mientras se apoyaba en el marco de la ventana y miraba hacia afuera con expresión meditabunda.

—Tu padre… —agregó Samael, sacándola de su concentración.

—Sé lo que vas a decirme —se adelantó ella—, y mi respuesta sigue siendo la misma. No quiero saber lo que está pasando por su mente. Ya no.

—Podría no resultar como piensas.

—O podría ser peor —espetó ella.

Samael asintió a sabiendas de que no la convencería de lo contrario. Se levantó de la silla, haciéndola rodar hasta colocarla bajo la abertura del escritorio y salió de ahí tras desearle las buenas noches. Se encaminó hacia el ático, pero se detuvo al escuchar ruido en la habitación donde se estaba quedando el padre de Marianne. Volteó brevemente hacia atrás para cerciorarse de que la puerta de ella estaba cerrada y se acercó al lugar con pasos sigilosos. La puerta estaba entreabierta, así que no tuvo necesidad de acercarse demasiado, y al acechar a través de la abertura vio a Noah sacando algo de ropa de su maleta y metiéndola a una más pequeña.

A pesar de que Marianne le había dicho que no quería saber nada, eso no le impedía averiguar por su lado, así que mantuvo la vista fija en el hombre y se concentró. Estuvo así por varios segundos, hasta que se detuvo, contrayendo el entrecejo.

Noah de pronto levantó el rostro y se quedó quieto, por lo que Samael se inmovilizó y rápidamente se transportó, desapareciendo en el aire justo cuando el hombre volteaba hacia la puerta. Noah se mantuvo alerta por unos segundos más y luego continuó haciendo su maleta como si nada.

El sonido de unos golpeteos en la puerta despertó a Franktick de su reparador sueño. Era apenas el segundo día que se asomaba en casa, aunque fuera únicamente para dormir, después de haber sido utilizado como una herramienta de la Legión de la oscuridad. Su madre no le hizo preguntas, le bastaba con saber que había vuelto.

Se levantó de la cama con aspecto lagañoso y echó un vistazo a su habitación para asegurarse de que en verdad estaba ahí. Ropa tirada por todos lados, carteles de películas que tapizaban las paredes, cables que serpenteaban por el piso conectados a varios ordenadores de distintos modelos, y en todos éstos se podía ver el mismo salva pantallas: un escenario caricaturesco con un palacio que parecía hecho de dulces y de éste salían volando una por una las chicas tartaleta con su colorida apariencia inspirada en distintos pastelillos y postres. Una frase se iba formando conforme los personajes revoloteaban en la pantalla: Brownie por siempre. Los golpeteos de la puerta persistieron y él se palmeó el rostro con pequeños golpecitos para obligarse a despertar.

—¡…Ya voy, paren el escándalo! —respondió él, esperando que con eso dejaran de golpear insistentemente.

Se puso de pie y comenzó a caminar descalzo entre los huecos que dejaban los cables hasta salir de la habitación y poder cruzar con mayor fluidez hasta el vestíbulo, donde posó la mano sobre el pomo de la puerta y se acomodó el cabello con la otra antes de atreverse a abrirla. La casa era tan hermética que normalmente se mantenía a oscuras en su interior, así que sus ojos tuvieron que acostumbrarse primero a la creciente claridad de la mañana para luego fijar su atención en la silueta borrosa que tenía en frente.

—Sabes por qué estoy aquí, ¿cierto? —Conocía la voz y tenía una idea muy clara de la razón de su presencia, lo que no entendía era por qué le había tomado tanto tiempo.

Cuando su visión se estabilizó y la imagen dejó de bailar como un manchón borroso frente a él, no le sorprendió ver al oficial Perry mirándolo con dureza. Su rostro se veía bastante recuperado, aunque aún le quedaban magullones verdosos en las mejillas y pequeñas cicatrices en los labios y el puente de la nariz.

Frank dio un suspiro y apoyó el hombro en el marco de la puerta, consciente de que no había forma de escapar de ello.

—…Puedo hacerme una idea.

—Bien, entonces por tu conveniencia espero que no te resistas al arresto, eso hará el proceso más rápido para ti —afirmó el oficial, sacando unas esposas y asegurándose de que notara el arma en su cinturón.

Franktick no dijo nada, simplemente se dio media vuelta y se colocó frente a la pared con las manos a la espalda para que pudiera esposarlo, como si ya conociera todo el procedimiento.

—¿Puedo llamar a alguien? —preguntó mientras era conducido a la patrulla.

—Podrás hacer todas las llamadas que necesites cuando lleguemos a la estación.

Subieron al auto y mientras Perry conducía, Frank miraba por la ventanilla del asiento trasero hacia su casa con expresión lacónica, consciente de que debía pagar por sus errores.

—Empiezo a creer que en verdad hay fantasmas en esta casa —comentó Noah al bajar a la cocina con una bolsa de viaje al hombro.

Tanto Marianne como Loui desayunaban en silencio, en medio de una atmósfera fúnebre que le seguía al anuncio de que los dejaría solos nuevamente. Ambos intercambiaron miradas cómplices, pero apenas pasaron unos segundos y Loui le respondió a su padre de forma animada, como si le restara importancia a su partida.

—¿Viste a uno de los fantasmas de Marianne, papá? ¿Qué te hizo? ¿Te leyó algún pasaje de los libros que hay en el ático mientras dormías? ¿O te contó de la vez que su padre lo desmembró y metió en un baúl? ¿Piensa ahora que tú eres el suyo y busca venganza? —formuló Loui con un matiz burlón en sus palabras.

Marianne entornó los ojos con inquina. Traidor. No se suponía que aceptara tan de buena gana la nueva escapada de su padre.

—Nada, sólo me pareció escuchar algo fuera de mi habitación, aunque igual y pudo ser el viento —concluyó Noah, encogiéndose de hombros y revisando la nevera y la alacena—. Tienen todo, ¿verdad? No les falta nada.

—Si te refieres a lo material no creo que nos falte nada… aunque por otro lado en el departamento parental… —soltó Marianne sin poder evitarlo y recibió una patada de Loui por debajo de la mesa, por lo que le lanzó una mirada indignada mientras éste le respondía con otra de reproche.

Noah no dijo nada, aunque por la forma en que cerró la alacena y se acomodó la bolsa de viaje, dándoles la espalda, supieron que el comentario en verdad le había afectado. Los remordimientos volvieron a hacer su aparición por más que intentaba desecharlos.

—Bueno… será mejor que empiece a conducir si quiero llegar a la interestatal antes de la hora pico —acotó él, tratando de mostrar su mejor sonrisa en cuanto les dio la cara—. Estaré de vuelta en un día cuando mucho.

—¿Me traerás algo? —preguntó Loui con su sonrisa más ancha.

—Claro que sí, campeón. ¿Cuándo lo he olvidado? —respondió Noah, revolviéndole el cabello. Marianne giró los ojos hasta ponerlos en blanco y se levantó para dejar su cuenco de cereales en el lava trastes.

—Yo también ya me voy, con permiso.

—Te puedo dejar en la escuela de paso —propuso su padre.

—No, gracias, puedo caminar —rechazó ella sin voltear siquiera hacia atrás.

Salió de la casa y no se detuvo hasta llegar a la siguiente calle, desde donde miró nuevamente hacia su casa para comprobar que su padre ya se estaba marchando. Apretó los labios y miró nuevamente hacia el frente, dando largas y profundas respiraciones. Vio de reojo hacia la calle paralela por la que había estado zigzagueando el día anterior. La calle donde había terminado encontrándose con Demian.

Frunció levemente el ceño y continuó caminando derecho para atravesar el distrito escolar de forma directa. Al llegar a la esquina vio que ya estaba doblando Demian, envuelto en sus propios pensamientos.

En cuanto éste la vio, se detuvo. Sus miradas se cruzaron. Él abrió la boca como si fuera a decir algo, pero ella se limitó a mirarlo de reojo y a dar un simple “Buenos días” pasándolo de largo hasta entrar a la escuela sin detenerse un solo momento, pareciendo que aceleraba en el último tramo para desaparecer al fondo del pasillo.

Cerró la puerta del aula en cuanto entró y apoyó la espalda en ella. Se quedó ahí por un momento hasta que pareció caer en cuenta de lo ridículo que estaba actuando y sacudió la cabeza. La locura que había acaecido en los últimos días la había drenado por completo y seguro eso la hacía comportarse de esa forma.

Se dirigió a su asiento y sacó una hoja doblada del bolsillo de su saco. Comenzó a plancharla cuidadosamente con la mano. Era la hoja donde Samael había apuntado lo referente a los dones. Con un lápiz tachó el círculo que decía “Bondad” y miró con atención los que quedaban. Trató de pensar nuevamente de qué forma podrían manifestarse, qué tipo de personas podrían poseerlos.Sobrenatural, Resurrección, Reencarnación y Muerte. ¿Funcionaría si intentaban de nuevo poner alguna trampa sabiendo ahora que se trataban de dos demonios?

Estuvo tanto tiempo meditando que le tomó por sorpresa de pronto ver a Kristania entrando por la puerta y dirigiéndose hacia ella con expresión compasiva.

—¡Me he enterado! ¡Cuánto lo lamento! —dijo, sentándose a su lado y tomándola de las manos con ojos de venado en agonía.

—¿…Eh? ¿De qué hablas?

—Lo que hizo tu prima. Me imagino cómo te has de haber sentido. Yo misma sentí un nudo en la garganta sólo de imaginarlo.

Marianne se removió en su asiento, inhalando una bocanada de aire y apretando las manos sobre la hoja de papel.

—No tienes una idea clara de lo que realmente pasó ayer, así que será mejor que no hables sobre ello.

—No tienes que fingir, puedes desahogarte conmigo todo lo que quieras, nadie mejor que yo para entender tu dolor —insistió Kristania, apretando más sus manos a pesar de que Marianne ya tenía empuñadas las suyas.

—¡Por favor! ¡Tengo cosas más importantes en qué pensar! —espetó ella, soltándose antes de que la pusiera de peor humor.

—…Entiendo —respondió Kristania con gesto de mártir—. Entiendo que prefieras ocultarlo, quizá de esa forma sientes que te proteges a ti misma. No te presionaré en ese caso. Cada quien tiene su forma de lidiar con el dolor.

Ganas no le faltaron a Marianne de darle un golpe en la cabeza a ver si así se enfocaba en un dolor verdadero. Pero se contuvo, como últimamente no tenía más remedio cuando se trataba de Kristania y su irrefrenable necesidad de “hacer el bien”.

Se preguntó qué hacía tan distinta a la antigua Kristania de la actual Lucianne. Después de todo los dones que poseían eran prácticamente contrarios y bajo ese supuesto entonces debería de ser como si hubieran intercambiado personalidades, sin embargo, la Kristania de antes no había llegado tan lejos como intentar asesinar a alguien… eso claro, sin contar el que la hubiera empujado al lago provocando que casi se ahogara en él.

Pero no, a pesar de ello incluso Kristania era capaz de sentir remordimiento, de refrenarse, de ponerse ciertos límites. No hubiera ido tan lejos como hacerles daño físico a las personas por simple diversión, si algo la había motivado a tomar esa acción impulsiva era el odio que al parecer sentía por ella. Su prima en cambio no los odiaba, no tenía motivos concretos más que el placer puro de actuar sin inhibiciones. Era un tema con el que tenía para pensar largo rato y posiblemente tener una discusión con Samael al respecto.

Pero al encarrilar sus pensamientos nuevamente hacia Kristania y sus infinitos “actos de bondad” recientes que al parecer iban más enfocados hacia ella que hacia los demás, una nueva duda la asaltó: ¿qué había provocado en primer lugar que se la tomara contra ella?

—¿…Puedo hacerte una pregunta?

Kristania la miró interesada. Sus ojos se iluminaron como si le hubiera dicho que aceptaba ser su mejor amiga por siempre… mientras no tuviera don.

—¡Claro que sí! Tú sólo dime —respondió ella con expectación.

—¿Podría saber… por qué yo? —la cuestionó Marianne, dejándola confundida por instante, por lo que intentó explicarse—. ¿Por qué la tomaste contra mí desde el principio? No te había hecho nada, ni siquiera te conocía y sin embargo fuiste cruel conmigo. Me llegué a preguntar incluso si era por…

Se quedó callada, negándose a seguir esa línea de pensamiento. La idea la hacía sentirse incómoda consigo misma, como si se diera demasiada importancia.

Kristania esperó a que continuara, pero al no hacerlo, decidió añadir lo que suponía que Marianne estaba pensando.

—¿…Por envidia intentabas decir?

Marianne hizo una mueca de desagrado. Nunca se había visto a sí misma objeto de la envidia de alguien y no tenía motivos para pensar que pudiera serlo, así que el que aquello hubiera cruzado por su mente en algún momento la avergonzaba en cierta forma.

Kristania de pronto rió. No de una forma cínica o burlona como normalmente sonaría viniendo de ella, sino de una forma cálida. Y la sola idea de que algo pudiera sonar cándido saliendo de ella le provocaba escalofríos.

—Lo siento, no me río porque me esté burlando —aclaró Kristania con una sonrisa—. Es que era precisamente eso lo que temía que pensaras, que te tenía envidia. —Su sonrisa se mantuvo en su rostro mientras parecía dudar si debía continuar hablando, aunque finalmente decidió que se lo debía—… Pero no, la verdad es que no era envidia.

Marianne levantó las cejas algo sorprendida. Debía admitir que aquello no se lo esperaba. Se había visto a sí misma lidiando con su incipiente ego al pensar que ésa pudiera ser la razón, pero ahora que era descartada tampoco sentía alivio.

—…Te odiaba porque no podía controlarte —continuó Kristania con un tono más humilde—. Estaba acostumbrada a ser la líder, a que todos hicieran lo que yo quisiera y nadie me contradijera. Cada vez que llegaba alguien nuevo lo ponía a prueba por unos días, para ver qué tanto podía resistir. Los demás me seguían la corriente por supuesto, el rebaño va hacia donde el pastor los lleva. Después de un tiempo simplemente comenzaba a incluirlos en el grupo, sin mayores explicaciones y los demás lo aceptaban así sin más. Pero tú me desafiaste, en ningún momento permitiste que te midiera y tampoco parecía afectarte el rechazo del grupo. Me preguntaba de qué estabas hecha, cuáles eran tus intenciones… así que le pedí a mi primo que me consiguiera información tuya de tu anterior escuela.

Pero claro, Frank el hacker. De pronto cobraba sentido el que ella hubiera conseguido echar mano de información suya.

—Y fue entonces que entendí por qué eras inmune a mis intentos de intimidación. Estabas acostumbrada a no formar parte de la pirámide social, así que no tenías por qué pensar que aquí sería diferente. Sin embargo, algo pasó, no sólo te negaste a seguirme la corriente, sino que además… empezaste a quitarme poder sobre otros. Primero Belgina, luego Angie. Cuando me di cuenta, ya tenías tu propio grupo que te seguía a todos lados… ¡incluso mi propio hermano! —dijo esto último riendo, como si mirando hacia atrás pudiera apreciar la ironía—. Si lo quieres ver de alguna forma, te lo pongo así… éramos como dos alfas luchando por territorio.

—Mi intención nunca fue liderar ni controlar a nadie. No esperaba hacer amigos al llegar aquí, pero ocurrió. No se trataba de una competencia.

—Lo sé, pero eso era lo que antes solía pensar… Espero no enfadarte, sólo quiero ser completamente honesta contigo ahora que he cambiado.

Marianne la contempló en silencio por un momento. Se le dificultaba tomar por honestas las palabras de alguien que no estaba siendo ella misma en ese momento, sin embargo, sabía que decía la verdad. Kristania realmente estaba convencida de que actuaba por voluntad propia, así que decidió dejar de ponerse a la defensiva cuando estuviera frente a ella por el tiempo que durara aquello. El problema vendría luego cuando ella recuperara el don perdido y cayera en cuenta de la forma en que había estado actuando. Aquello sería seguramente el holocausto.

—…Está bien. Aprecio tu sinceridad. Creo que ya tengo una perspectiva más clara de las cosas.

Kristania sonrió de nuevo, aliviada y feliz de que por fin parecía aceptarla.

—¡Perfecto! ¡Muchas gracias por entender!

En ese momento entró Lilith, abriendo enseguida los brazos al verla.

—¡Kri!

—¡Lil!

Acto seguido ambas chicas se aproximaron la una a la otra y se dieron un gran abrazo con simulacro de beso en ambas mejillas incluido.

—Te traje el último sencillo de Lissen Rox, “Engel soul”, edición limitada con postales y además trae el dvd con el detrás de escenas del video y un ensayo acústico. Puedes devolvérmelo cuando quieras.

—¡Ay, muchas gracias! ¡Esta noche me desvelo viéndolo todo! —repuso Lilith con entusiasmo, atesorando aquel paquete entre sus brazos como si fuera un bebé.

—¡No es nada, las hermanas lisseners tenemos que apoyarnos!

Y entonces como si se hubieran puesto de acuerdo, las dos comenzaron a hacer su saludo secreto de forma sincronizada hasta acabar con las manos en la frente formando cuernos. Ambas se rieron y se separaron; Kristania salió del aula y Lilith fue a su asiento.

—¿…Kri? ¿Lil? —la cuestionó Marianne, sintiéndose enferma de tan sólo haber presenciado aquello.

—Es de cariño. Pueden llamarme así también, no me molestaría.

—…No, gracias. Prefiero seguir llamándote Lilith como hasta ahora —repuso ella con recelo y Lilith se rió, dándole unas palmadas en el hombro como si intentara transmitirle que no tenía por qué encelarse.

En los minutos siguientes fueron llegando más de sus compañeros y para entonces ella ya había guardado la hoja con los dones de vuelta en su bolsillo.

Cuando las clases terminaron y las chicas salían de la escuela, Mitchell las alcanzó, atravesando apresuradamente el corredor, esquivando y empujando a quien se interpusiera en su camino hasta detenerse frente a ellas jadeando como maniático.

—¡…Hay problemas! —anunció como si se estuviera ahogando, apoyándose de las rodillas e intentando recuperar el aliento—. ¡Frank llamó! ¡Lo arrestaron!

—¿…Qué?

—Pero fundí la pistola, no había forma de que tuvieran pruebas de que él le disparó a…

Marianne rápidamente le tapó la boca a Lilith antes de que continuara hablando de algo tan delicado en medio del tropel de estudiantes que iban de salida.

—No fue por eso que lo arrestaron —aclaró Mitchell con mayor fluidez una vez que recuperaba el aliento—. Asalto a un oficial. Al parecer le dio una golpiza al amigo de Lucianne cuando aún estaba bajo la influencia de… ya saben.

—¡Uhhhhh! Eso es malo —acotó Lilith, contrayendo el gesto como si hubiera visto a alguien darse un golpe muy doloroso.

—Supongo que la reunión en casa de Lucianne se pospone hasta nuevo aviso.

—¡Hay que decirle a los demás! Vayamos a decirle a Monkey —sugirió Lilith, pero Marianne ya comenzaba a torcer su camino hacia otro lado—. ¿A dónde vas?

—Ustedes vayan y avísenle, yo tengo algo que hacer antes. Aún así nos reuniremos en casa de Lucianne, recuerden que… aquello necesita recarga.

No dio más explicaciones, simplemente se marchó de ahí. Los demás intercambiaron miradas extrañadas, pero procedieron a cruzar la avenida para encaminarse hacia la cafetería. Lo que no se esperaban al llegar era que estuviera cerrada.

Lilith se pegó al cristal y trató de ver al interior, alcanzando a ver a Mankee sentado en una de las mesas con mirada perdida y en la barra estaba Demian con expresión fúnebre.

Ella golpeó el cristal para llamar su atención y, aunque los dos muchachos se miraron como decidiendo si acudir o no a su llamado, fue Demian finalmente quien se acercó a abrir la puerta y les permitió pasar, tan sólo para cerrar de nuevo en cuanto estuvieron dentro.

—¡Pensamos que había ocurrido algo malo al ver cerrado el lugar! ¿Por qué las caras largas? ¿Se murió alguien?

Ambos chicos reaccionaron incómodos ante aquel comentario y compartieron otra mirada cómplice.

—De hecho, sí. El propietario de la cafetería, el señor Ganzza, murió ayer de un infarto —confesó Demian con algo de pesar. Los demás se quedaron callados, imposibilitados para decir algo acorde a la ocasión.

—…Oh, entiendo. Cerraron entonces por luto.

Mankee se removió en su asiento e hizo un ruido que sonaba entre un quejido y un carraspeo de garganta. Demian hizo una mueca, buscando la forma de explicarles.

—Más bien… cerramos indefinidamente —respondió él.

El cocinero y el otro mesero salieron de la cocina, llevando unas cajas con ellos. Les lanzaron unas miradas a los muchachos, como si les pareciera inapropiado que estuvieran ahí, aunque no dijeron nada y salieron de la cafetería.

—…O sea, ¿cómo? ¿Van a cerrar por unos días, unas semanas? Eso no será muy bueno para el negocio.

—Dudo que siga habiendo negocio después de esto —intervino Mankee, dando una exhalación apesadumbrada.

—El señor Ganzza murió sin dejar testamento —explicó Demian—. Y como el único familiar vivo que le queda es un primo lejano, la propiedad pasa a ser ahora de él, y ya que vive en otro país, lo más posible es que la cierre y vea luego qué hacer con ella.

—Pero… si lo cierran, ¿qué pasará con Monkey? Él vive aquí.

Mankee dio un suspiro y reposó la barbilla sobre sus nudillos.

—Supongo que debería empezar a buscar algún lugar para refugiarme.

—Ya te dije que no tienes que preocuparte por eso. Mi casa está disponible para ti.

—¿Qué? ¿A él le ofreces techo mientras que a mí ni me invitas a pasar un rato en tu casa? —protestó Mitchell, entornando los ojos y cruzándose de brazos en actitud resentida.

—Éste no es buen momento para ponerte celoso —replicó Demian, arqueando una ceja para revirarle de esa forma todas las veces que le había aplicado ese mismo argumento.

—…Touché.

—Es posible que el nuevo dueño esté dispuesto a vender —conjeturó Angie, conservando su rostro inexpresivo—. Si es así, quizá quien compre el edificio podría mantener la cafetería abierta.

—…Es una buena idea —consideró Demian, apoyándose nuevamente en la barra con semblante meditabundo.

—Si tuviera dinero compraría el lugar, mantendría la cafetería abierta hasta la tarde y por las noches filmaría películas para adultos en el calabozo, eso sí que es un negocio —formuló Mitchell con tal seriedad y convencimiento que los demás dudaban que estuviera bromeando.

Demian entonces les echó un vistazo a todos con más atención, como si algo faltara.

—¿…Marianne no vino con ustedes?

—Dijo que tenía algo que hacer y se fue antes de que pudiéramos preguntarle —respondió Lilith, encogiéndose de hombros.

—Así es. Ya sabes cómo puede afectar el haber… visto algo que no esperabas —comentó Mitchell, alzando las cejas y mostrando una sonrisita con doble intención—… Por cierto, ¿qué tal estuvo el beso de ayer?

Demian le lanzó una mirada asesina mientras los demás parecían atentos a lo que respondiera, pero él se limitó a enderezarse y entrar a la cocina, dando un manotazo a la puerta de vaivén.

—Bueno, pues estaremos aquí un rato, así que sé tan amable de traernos unos refrescos y algo para picar, ¿sí? —dijo Mitchell, dándole unas palmadas a Mankee y acomodándose a sus anchas en uno de los asientos—. Si la cafetería va a cerrar, que sea ésta la despedida, no hay que desperdiciar la despensa.

Mankee lo miró como si fuera el colmo, pero finalmente dio un resoplido y se levantó resignado.

—No sé si esto sea del todo correcto —dijo Samael mientras Marianne y él rodeaban el edificio donde semanas atrás ella había acudido para los interrogatorios con respecto al ataque al hospital.

—Son medidas desesperadas. No estamos en condiciones para perder otro miembro más del equipo ahora que no contamos con Lucianne. Y a pesar de lo conflictivo que Frank pueda ser, lo necesitamos. Es el único que ha estado de ambos lados, su experiencia con Hollow puede resultarnos útil, darnos una ventaja.

—Lo sé. Es la forma lo que no me convence.

—Bienvenido al mundo humano. No todo es blanco y negro.

La entrada pública a la jefatura de policía se encontraba a un costado del edificio. Marianne entró directo y se acercó al primer escritorio que vio mientras Samael se quedaba cerca de la puerta.

—Quisiera hablar con el oficial… ehm… Perry, por favor.

La mujer sentada en el escritorio la miró de pies a cabeza con recelo, como si estuviera analizándola y juzgándola al mismo tiempo.

—¿Cuál es el motivo? —preguntó ella con ojos escrutadores.

—El motivo lo trataré con él en privado, ¿podría llamarle ahora, por favor?

La mujer pareció indignada, pero aún así se levantó y se adentró hasta el fondo de la oficina, asomándose por una puerta. Marianne estaba consciente de que quizá la había ofendido, pero aún así no le importó, tenía cosas más importantes en mente.

—Eso fue algo brusco.

—Me disculparé luego en mis plegarias si eso te tranquiliza, pero ella tampoco estaba siendo precisamente amable con la forma en que me miraba.

—Se estaba preguntando si el oficial Perry había cambiado a una estudiante por otra, aunque no entendí bien el significado de eso.

Marianne sí lo entendió y rió por lo bajo. Unos minutos después, el oficial Perry salió por la misma puerta del fondo y pareció sorprendido al ver que era ella. Se acercó, tratando de mantenerse ecuánime, pero en cuanto estuvo frente a ella no pudo evitar mostrar un atisbo de preocupación en su rostro.

—¿Le ocurrió algo a Lucianne?

—¿Qué? ¡No, ella está bien!

—No me he atrevido a ir a verla desde ayer. Entiendo que debe estar afectada por lo ocurrido con su padre, mucho más de lo que da a notar, así que… procuro no tomarme personal las cosas que me dijo, pero aún así no puedo evitar preocuparme por ella… ¿De verdad que está bien?

Marianne miró su rostro con moretones verdosos, preguntándose qué podría haberle dicho Lucianne para haberlo puesto de ese ánimo tan acongojado. Quizá eso lo habría impulsado a apresurar el arresto de Frank, aunque no podría estar segura. Se podía apreciar que le había dado una buena tunda y sin duda merecía pagar por ello, pero había vidas en riesgo para lo cual era requerido.

—De verdad, ella está bien… Aunque, de hecho… precisamente porque le ha afectado tanto lo ocurrido con mi tío… decidió que regresaría al internado por un tiempo —le dijo para de una vez dejar zanjado el asunto de la desaparición de Lucianne sin dejar cabos sueltos—. Ella se marchó esta mañana.

El joven oficial arrugó el entrecejo como si la noticia lo desconcertara.

—¿Se fue… así sin más?

—Sí, bueno, dijo que regresaría en cuanto lograra despejarse y le diera noticias sobre su padre, ya sean buenas o malas.

—Le llamaré.

El oficial Perry sacó de pronto su celular ante la mirada petrificada de Marianne. De todo lo que había considerado, aquello no se le había ocurrido. ¿Qué habían hecho con el celular de Lucianne? ¿Se lo habían quitado? ¿Lo habrían guardado en algún lugar de la casa? Se mantuvo en silencio por varios segundos, esperando a que él hiciera algún movimiento o dijera algo hasta que finalmente volvió a cerrar el móvil.

—Nada. No contesta.

—Dijo que… quiere un tiempo a solas. Ella misma se va a poner en contacto conmigo cuando lo necesite.

El muchacho asintió desanimado, pero convencido de que debía ser cierto. Marianne, por su parte, volvió a respirar con alivio, sintiendo que ahora podía proceder con su plan.

—Hay una cosa más… ¿podría acompañarme aquí afuera por un momento? Quisiera evitar… oídos ajenos.

Samael tomó aquello como la señal para salir del edificio. El oficial Perry siguió extrañado a Marianne hacia la puerta y luego a lo largo del corredor hasta llegar a los bajos del arco, donde iniciaba el pasaje adoquinado que conectaba con el edificio de justicia. Ahí ya estaba Samael esperándolos.

—Supe que arrestó esta mañana a Frank… ehm… —vaciló por un segundo al darse cuenta de que no sabía su apellido—… el amigo de Lucianne. También supe lo que hizo y no lo condono por ello, pero… ¿tiene alguna idea de cuánto tiempo estará encerrado? Mi prima me pidió que estuviera pendiente de él mientras estaba fuera y eso es lo que intento. Quizá… ¿podría verlo?

—Será mejor que te mantengas alejada de él, es un peligro latente, una bomba de tiempo. Se lo advertí varias veces a Lucianne, pero no me hizo caso. Si no hubiera sido por ella, esto hubiera sido mucho peor —dijo, señalando su rostro.

—¿Entonces… cuánto tiempo? —repitió ella, pasando un trago con dificultad, y el joven oficial dio un resoplido, llevándose las manos a la cintura.

—Algunos días quizá, mientras le hacen algunas evaluaciones psicológicas. Dependiendo de eso tal vez pase un tiempo en la correccional de menores o en el mejor de los casos sólo tenga que asistir a algunas sesiones de terapia —respondió el muchacho y Marianne volteó enseguida hacia Samael, mirándolo con urgencia. Éste dio un suspiro, entendiendo lo que aquello significaba, y comenzó a acercarse mientras el oficial Perry contemplaba extrañado aquel intercambio—. ¿Qué es lo que…?

El pensamiento se cortó ahí mismo. Samael tomó al oficial de la cabeza, con los dedos tocándole las sienes y lo miró fijamente a los ojos. Éste permaneció en silencio, sin poder despegar la vista de él como hipnotizado. Pasaron unos segundos y finalmente lo soltó. Perry parpadeó como si hubiera sido expuesto a una luz muy brillante y se llevó una mano a la frente, sintiéndose mareado.

—Perdón, ¿dijeron algo? Creo que me perdí por unos segundos.

—…No. Ya respondió a todas mis preguntas. Gracias. Le avisaré en cuanto sepa algo de Lucianne —aseguró ella, nerviosa ante lo que acababan de hacer.

El oficial Perry hizo una leve inclinación de cabeza a modo de despedida y regresó a la jefatura de policía mientras ambos lo observaban con atención y curiosidad.

—¿…Funcionará? —preguntó Marianne, expectante.

—Eso lo sabremos más tarde. Por lo pronto hice todo lo que estaba a mi alcance, espero haber corregido un poco los errores que cometí con tu hermano.

Marianne asintió y ambos permanecieron en el mismo lugar, esperando a que algo ocurriera. Esperaron un par de horas hasta finalmente ver salir de la jefatura a Franktick. Parecía confuso e incrédulo, como si le pareciera una locura lo que acababa de ocurrir.

—¡Oye, tú! ¡Aquí! —lo llamó Marianne y él volteó todavía más confundido.

Tras mirar hacia todos lados para asegurarse de que nadie iría tras él y volverían a arrestarlo, se dirigió con las manos en los bolsillos hacia Marianne y Samael.

—¿Qué hacen ustedes aquí?

—Te estábamos esperando, ¿qué más?

—¿Esperándome? ¿Cómo sabían siquiera que me dejarían libre así sin más?

—¿Por qué no nos cuentas lo que te dijeron al dejarte salir?

—Simplemente que el oficial Perry había desestimado los cargos porque pensó que ya había escarmentado lo suficiente y que me fuera con más cuidado a partir de ahora.

—¿Ves? ¡Sí funcionó! —celebró Marianne, dándole un codazo a Samael, aunque Frank no parecía entender lo que estaba ocurriendo—. Fue él quien lo convenció de que te dejaran libre, modificó un poco sus recuerdos de modo que la golpiza que le diste ya no le pareciera tan fuerte, además de agregarle un poco de autodefensa. Para él, tú también terminaste bastante dañado después de eso.

—No entiendo… ¿hicieron eso por mí? —preguntó Frank con escepticismo.

—Te necesitamos —afirmó Marianne y la expresión de él se endureció.

—…Ah, claro. Soy un bien material del que no pueden prescindir. Olvidaba eso —replicó él con algo de amargura y acto seguido comenzó a caminar, pasándolos de largo.

—¿A dónde vas? Aún tenemos una reunión a la que asistir…

—Sí, sí, ya sé, ¿a dónde crees que estoy yendo? Si no puedo quitármelos de encima, al menos haré todo lo que esté a mi alcance para que esta pesadilla acabe pronto —contestó de mala gana. Marianne y Samael intercambiaron una mirada resignada y fueron tras él.

Hollow se encontraba de pie en el último piso del edificio abandonado donde se reunía con Frank, observando estoico a su alrededor.

—¿Tu sirviente humano no volvió a aparecer? ¿Tan rápido lo eliminaron?

Ende apareció detrás de él, apoyando la espalda contra el muro en actitud pacífica.

—No era mi sirviente —gruñó Hollow—. Y no, no lo eliminaron, pero me intriga saber de qué forma lograron librarlo de mi influencia. Esos Angel Warriors son una caja de sorpresas.

—No me digas, ¿en verdad lo crees? —comentó el otro demonio con una sonrisa que parecía ocultar algo más—… Y eso que no has escuchado la mejor parte. —Hollow lo observó, esperando a que continuara hablando, y éste soltó una risita divertida—. Supongo que estás consciente de que a pesar de que somos demonios de reciente creación, la Legión de la Oscuridad ha subsistido durante milenios, ¿no te has preguntado si alguna vez, antes de esos chicos, habrá existido algún otro grupo encargado de combatirla?

—¿…Qué intentas decir con eso?

—Antes de estos existieron otros Angel Warriors —dijo finalmente, encantado de disponer de información valiosa que el otro demonio no tenía—. Hace mucho tiempo, mucho antes de que fuéramos creados. Y según escuché… hay altas probabilidades de que alguno de éstos haya renacido en el presente… ¿entiendes lo que eso significa?

El rostro de Hollow sufrió un cambio en su semblante que únicamente acentuó la intensidad de sus letales ojos rojos.

—…Uno de ellos posee el don de la reencarnación.

De pronto su boca se torció en una sonrisa intimidante. Eso era todo. Dentro de poco tendría otro don entre sus manos.


SIGUIENTE