CAPÍTULO 32

32. DEBILIDAD CONTINUA

—…Y entonces antes de salir me dijo que esperaba que hubiera aprendido la lección y que el saber que estarías fueras de mi alcance le tranquilizaba, pero que aún así me mantendría vigilado para que me alejara de los problemas —relató Frank, sentado en un taburete frente al domo de energía bajo el cual Lucianne lucía fastidiada—. De verdad está convencido de que te marchaste, al menos eso lo mantendrá alejado de aquí.

—Y me cuentas todo esto porque…—replicó Lucianne, alzando una ceja con supremo hastío. Frank se encogió de hombros mientras se la pasaba retorciendo y haciéndole nudos a una cuerda que había encontrado en un rincón.

—Sólo quería verte y hablarte, el tema es lo de menos.

Lucianne lanzó un bufido y se dejó caer al piso, cruzada de brazos.

—¿No tienes nada mejor que hacer como andar con tus nuevos amigos?

—Ellos están arriba hablando sobre mí. No tenía ganas de escucharlos, así que bajé. No iría tan lejos como para decir que son mis amigos, pero tuyos sí lo son por más que ahora parezca no importarte. Y como tenemos el interés común de que vuelvas a ser la de antes, decidimos poner nuestras diferencias a un lado… por mientras.

—Ay, pero qué civilizados, qué buen corazón tienen —espetó ella con tono burlón.

—Nos importas más de lo que te imaginas —afirmó él, sin dejarse llevar por sus palabras. Lucianne bufó nuevamente y miró a su alrededor.

—Tengo hambre, ¿nadie aquí piensa alimentarme?

—Iré por algo de comida —respondió Frank, arrojando la cuerda al piso, muy cerca de la barrera que contenía a Lucianne, y se dirigió hacia las escaleras. Al salir del sótano escuchó las voces de los demás provenientes de la sala. Aún seguían discutiendo. Giró los ojos y se encaminó hacia la cocina sin molestarse siquiera en prestarles atención.

—Así que ahora apoyamos conductas criminales —comentó Angie en la sala.

—¡Fantástico! Deberíamos hacer una lista de nuestro nivel de tolerancia en cuanto a quebrantar la ley —intervino Mitchell sarcásticamente—. Ya tenemos para incluir encubrimiento de un delito, o bueno, dos si contamos al inmigrante. Sin ofender —Mankee frunció el ceño a un lado—. ¿Qué más podría ser? ¡Ah, sí! Mentirle a un oficial al implantarle un recuerdo falso y de paso violar su privacidad al introducirse en su mente. ¿Eso haces también con nosotros, Samuel? ¿Te introduces en nuestros pensamientos cuando se te antoja o te sientes aburrido?

Samael bajó la mirada sin responder. Parecía avergonzado y arrepentido.

—Déjalo en paz. Él sólo hizo lo que yo le pedí que hiciera —espetó Marianne.

—¿Entonces podríamos saber por qué hasta ahora venimos a enterarnos de que tiene esa habilidad?

—Porque… ¡no tienen que preocuparse, ¿de acuerdo?! ¡Él no se pone a leer sus mentes cuando quiere, puede controlarlo!

—Pero me imagino que lo habrá hecho en algún momento. ¡Y a saber si también habrá modificado alguno de nuestros recuerdos! ¿Lo has hecho? —continuó Mitchell, dirigiéndose ahora a él, quien se mantenía en silencio y con la cabeza gacha.

—¡Mitchell, te digo que ya basta! —repitió Marianne a la defensiva.

—Y eso que ni siquiera saben el resto —comentó Angie a la ligera por lo que todos los ojos se posaron en ella.

—¿Eso qué significa? ¿Qué más nos están ocultando?

Angie se encogió de hombros como si no estuviera dispuesta a decir más y miró fijamente hacia Marianne, dándole a entender que esa información quedaba en sus manos.

—…No tienen que preocuparse. Yo… procuro no escuchar sus pensamientos… sé que es incorrecto —intervino Samael finalmente, sin atreverse a mirarlos a los ojos.

—Pero lo has hecho en algún momento —sondeó Mitchell y Samael no tuvo más remedio que mover la cabeza afirmativamente, por lo que él se llevó las manos a la cabeza, resistiendo las ganas de mesarse los cabellos—. ¡Agh, me siento violado mentalmente!

Frank salió de la cocina con un emparedado y un vaso de leche y pasó de largo, tratando de ignorar lo que ocurría en la sala para volver al sótano.

Lucianne estaba sentada con las rodillas dobladas y postura frágil. En cuanto Frank bajó las escaleras, lo siguió con la mirada.

—Te traje algo. Es lo más que pude hacer con mis nulas habilidades para la cocina —comentó él, enseñándole lo que llevaba entre manos. Lucianne le dedicó una mirada inexpresiva.

—¿Y se puede saber cómo voy a comerlo? —preguntó ella, tras lo cual daba un manotazo a la barrera, mostrando lo sólida que era—. Te recuerdo que estoy encerrada.

Frank se detuvo frente a la barrera con aire pensativo. No habían tenido oportunidad aún de reforzarla, así que posiblemente ya estaría debilitándose, por más que a Lucianne siguiera pareciéndole sólida. Pero cuando él la había tocado el día anterior le daba una sensación de ser una sustancia líquida. Así que detuvo el plato y el vaso con una mano mientras con la otra se dispuso a comprobar sus sospechas.

Con la punta del dedo índice rozó ligeramente la capa y sintió que ésta vibraba bajo su tacto. Presionó con un poco más de fuerza y la barrera pareció ceder levemente, como si fuera una pompa de jabón o un globo, hasta que el dedo terminó permeándose al interior.

Lo sacó rápidamente y notó que la capa volvía a su anterior estado. Aquello podría funcionar. Se colocó de rodillas y asentó tanto el plato como el vaso en el suelo para a continuación deslizarlos en dirección a la cúpula mientras Lucianne lo observaba todo sin perder detalle.

Lo único que le preocupaba a Franktick era que la capa no permitiera pasar nada más, pero para su sorpresa los recipientes comenzaron a traspasar la barrera, posiblemente porque él los tenía sujetos. En cuanto la mano de Frank atravesó también la barrera, Lucianne se abalanzó sobre él, sujetando su mano con fuerza y clavándole las uñas para ir saliendo de ahí como si estuviera escalándolo. Sus gritos se escucharon hasta arriba, interrumpiendo la discusión de los chicos que, tras intercambiar miradas alertas, se apresuraron a bajar hasta el sótano. Lucianne tenía ya medio cuerpo fuera de la cúpula, atravesando la barrera, y apretando una soga en torno al cuello de Frank.

—¡Apártenla de él! —exclamó Marianne, pero en cuanto intentaban acercarse, Lucianne levantó una mano y comenzó a disparar centellas por doquier mientras con la otra continuaba apretando la cuerda.

Marianne decidió entonces probar suerte con su propio poder. Plantó los pies en el piso, entornó los ojos y apretó los dientes, haciendo un esfuerzo mental por detenerla. Pero era imposible, no era tan efectiva como Angie controlándola, así que se enfocó en la cuerda. Ésta de pronto pareció cobrar vida propia y comenzó a enrollarse alrededor de Lucianne, inmovilizándola. En cuanto Frank se vio libre, se arrastró lejos de ahí y volteó desconcertado hacia ella, viendo cómo la cuerda se enroscaba en su cuerpo hasta dejarla completamente atada.

—Qué está ocurriendo?

—Es Marianne —respondió Lilith—. Lo hace con la mente.

Franktick se giró para observar a Marianne. Tenía el ceño contraído y la mandíbula tensa. Sus ojos parecían trazar los movimientos de la cuerda. Hizo un último esfuerzo empujando la cabeza hacia el frente y Lucianne fue nuevamente repelida hacia el interior de la cápsula, momento en el que la cuerda perdió su tensión.

—¡Hay que reforzar la barrera! —indicó Samael y todos siguieron sus órdenes. Frank por su parte se quedó sentado en el piso con una mano en el cuello y la respiración agitada.

—Listo. Faltas tú —dijo Marianne, llamando su atención.

Frank apartó las manos de la garganta y apretó los labios, sintiéndose contrariado por haber permitido que aquello ocurriera. Se levantó de un salto para hacer su parte. Lucianne ya no estaba atada, pero de nuevo estaba encerrada bajo aquel domo de energía. Sus ojos destellaban de furia. Frank optó por no mirarla. Se limitó a pasar la mano por la superficie de la capa y apresurado, se dio la vuelta y se lanzó hacia las escaleras para salir del sótano. Los demás le siguieron minutos después. Él ya estaba de pie en medio de la sala dándoles la espalda con postura inquieta.

—Entonces… ¿cómo le vamos a hacer para recuperar esas cosas que llaman dones?

Los demás decidieron entonces dejar atrás la discusión de antes e ir al grano.

—Pues eso depende… ¿qué podrías tú decirnos sobre la Legión de la oscuridad, o más específicamente, sobre Hollow?

—¿Qué se supone que deba decirles? No sé nada sobre él, simplemente nos reuníamos en un edificio abandonado donde yo le pasaba información y él me pasaba un poco de su poder en recompensa… y únicamente lo hacía porque yo había escondido uno de esos contenedores que carga siempre —respondió él con postura cerrada.

—¿Cómo es que lograste esconder de él uno de los dones? No tiene sentido, él lo habría hallado enseguida —preguntó Samael.

—Lo escondí en el fondo del lago del campamento —reveló Frank, encogiéndose de hombros—. Al parecer no podía entrar; cada vez que intentaba cruzarlo algo lo rechazaba, como si el lago estuviera rodeado por una valla electrificada.

—Como un campo de energía —murmuró Samael pensativo.

—¿Tú qué crees? ¿Por qué un simple lago tendría esa clase de efecto en él? —preguntó Marianne al notarlo meditabundo.

—No tengo idea —confesó, moviendo la cabeza de forma negativa—. Quizá podamos más adelante hacer una exploración en ese lugar.

—Cuando estuve dentro de ese lago, sentí que algo me jalaba hacia el interior —agregó Franktick, provocando el recuerdo vívido de Marianne. La sensación de sopor al irse perdiendo en la profundidad, la imposibilidad de subir a la superficie, la angustia y de pronto la resignación. Samael colocó la mano sobre su hombro en señal de apoyo. Él la entendía, también lo había experimentado—. La última vez que me llevó y obligó a devolverle el recipiente… sentí que el agua me quemaba —continuó él, teniendo también una regresión a ese instante—. No, quemarme con agua hirviendo hubiera sido nada en comparación. El agua me estaba friendo, así lo sentí, y sin embargo mi piel únicamente quedó roja. Yo ya estaba listo para morir, pero no ocurrió, el maldito decidió convertirme en un demonio como él.

—Más bien estabas en transición, afortunadamente Mankee alcanzó a impedirlo a tiempo —aclaró Samael y él se limitó a mascullar un “Gracias” por lo bajo en dirección a Mankee. Éste hizo una leve inclinación de cabeza para aceptar su gratitud.

—¿Qué información era la que Hollow te pedía? —preguntó Mitchell y su primo se dio cuenta entonces de que estaba por entrar a terreno pantanoso, y que no tenía otra salida más que cruzarlo.

—Quería… información sobre personas. Debía decirle cada que me topaba con quien tuviera alguna característica particular. Él me decía más o menos de qué tipo. Alguien que fuera en extremo bondadoso, alguien que demostrara sus emociones abiertamente, alguien que tuviera algún talento artístico…

El resto calló por unos segundos, entendiendo lo que aquello implicaba.

—Tú… le vendiste… inocentes.

Frank hizo una mueca y evitó mirarlos, sabiéndose culpable de ello.

—¿Es por ti entonces que perdí el don? —preguntó Angie sin mostrarse afectada en absoluto. Frank no respondió, pero su gesto lo hizo por él—. Ah, bueno. ¿Pues ya qué? Quizá deba agradecerte. Me quitaste un gran peso de encima.

—No puedes decirlo en serio. ¡Yo ya no tengo mi único talento! Supongo que también debo culparte a ti —reclamó Lilith, dedicándole una mirada de encono.

—…Bueno, técnicamente, no te apunté de forma directa, sino al evento en general.

—Ah, pues eso lo cambia todo. No le ofreciste a una persona sino un lugar lleno de gente, eso lo mejora —replicó Mitchell y Frank se mantuvo con expresión dura; no parecía dispuesto a demostrar debilidad.

—¿Ya terminaron de reclamarme o piensan seguir desperdiciando el tiempo con más de lo mismo? —espetó él.

—Basta. Él tiene razón. Ya no vale la pena volver a lo mismo. Lo hecho, hecho está, no lo puede cambiar, pero puede intentar enmendarlo —decretó Marianne, tratando de dejar ese tema atrás—. Porque está arrepentido… ¿no es así?

—No estoy aquí precisamente porque me enorgullezca de ello —protestó Frank, harto ya del enjuiciamiento que le estaban haciendo, así que decidieron hacer de lado nuevamente las discusiones y enfocarse en lo que debía importarles: ¿cómo recuperar los dones perdidos?

La siguiente mañana Marianne llegó corriendo a clases tras quedarse dormida. Al recorrer el pasillo principal, alcanzó a ver a Belgina al centro de la intersección. Estaba de pie mirando fijamente hacia un punto del muro, como si algo ahí llamara su atención.

Se aproximó a ella, extrañada, preguntándose qué la habría distraído, y en cuanto estuvo lo suficientemente cerca pudo distinguir que sus ojos estaban fijos en el reloj principal del colegio, pero en realidad no miraban a nada. Como si se hubiera quedado congelada en el tiempo.

—¿Belgina? Oye… despierta —Marianne le pasó la mano por el rostro, esperando ver una reacción de ella, hasta que finalmente pareció volver en sí, sacudiendo la cabeza.

—Lo siento, creo que me distraje un poco… ¿me decías?

—…Nada. Será mejor que vayamos al salón —sugirió Marianne, tratando de sonreír como si se tratara de un simple descuido de su parte, aunque por dentro comenzaba a caer en cuenta de lo que aquellas distracciones cada vez más frecuentes representaban y que anunciaban la inminente cuenta regresiva para ella. Le pasó el brazo sobre los hombros para conducirla al aula, pero en cuanto Belgina dio un paso, las piernas le flaquearon y Marianne trató de sostenerla para que no se desplomara.

—Se mueve… El piso se está moviendo —musitó Belgina, con la vista hacia el suelo. Sus ojos se movían trémulos, como si no pudiera fijarlos en un punto, y su piel estaba fría.

—Tranquila… No vas a caer… Te llevaré a la enfermería —dijo Marianne, haciendo un esfuerzo por mantenerla en pie y cambiando de rumbo, dirigiéndose ahora hacia la puerta lateral del edificio.

Ahí aprovechó para hacer una pausa, apoyándose del marco y sujetando con más fuerza a Belgina, pero era como un peso muerto, sus pies parecían hechos de gelatina.

—Vamos, Belgina, ayúdame un poco. No puedo cargarte todo el trayecto.

—Pero todo da vueltas…

—¿Están bien? —preguntó una voz a sus espaldas.

Marianne trató de mirar hacia atrás a pesar de tener el brazo de Belgina sobre el cuello. Demian las observaba extrañado, con su bolsa deportiva a cuestas. Se hizo cargo de Belgina llevándola en brazos mientras Marianne los seguía de cerca, cargando por su parte la bolsa de él, hasta llegar a la enfermería. Ahí se quedaron fuera, sentados en silencio en una banca, esperando a que les dieran alguna noticia de ella.

—No tienes que quedarte aquí. Parecías estar yendo a uno de tus mil clubes, ¿no?

—Son tres y sólo iba a Tae a dejar unas cosas —aclaró él con la vista hacia el frente—. Pero quiero esperar. Belgina también es mi amiga.

—Bien. Pero no nos culpes entonces si entras tarde a clases.

Demian sonrió brevemente y volvieron a quedarse callados. El silencio era tenso, ella parecía incómoda mientras que él se notaba intranquilo, y por momentos la miraba de reojo como si deseara decir algo, pero luego se detenía, hasta que finalmente decidió hablar.

—…Me tomó por sorpresa. —Marianne volteó hacia él sin entender de qué hablaba—. Lucianne. No tenía idea de lo que haría. De haber sabido, yo…

—¿Por qué me dices esto? —lo interrumpió ella, dedicándole una mirada interrogante—. No tienes que darle explicaciones a nadie, mucho menos a mí. Además, no es la gran sorpresa dada tu historia con ella. Lo entiendo. Cualquiera lo entiende.

—…Mi historia con ella no logró pasar de cuarto grado —repuso Demian—. Cuando volví a verla pensé que quizá tendríamos una nueva oportunidad, pero… muchas cosas ya habían cambiado entonces.

Marianne no dijo nada, solamente lo observó. Él había desviado su mirada y parecía melancólico. Quizá estuviera preocupado de que Lucianne tal vez sintiera algo por él basándose en su acción. Marianne dio un resoplido. Ya ni siquiera sabía por qué se había portado tan hostil con él últimamente.

—Si te hace sentir mejor… no estaba siendo ella misma —dijo Marianne, tratando de sonar menos seca—. Actualmente está algo inestable por lo ocurrido con su padre… así que decidió volver al internado para despejar su mente.

—Entonces se marchó de nuevo —expresó Demian con tono apesadumbrado. Deja vu. Siete años atrás ella también se había marchado sin despedirse, aunque en esta ocasión no tenía la sensación de haber dejado algo inconcluso.

—Pero va a volver. No pasará mucho tiempo fuera —dijo nuevamente para tranquilizarlo y no pudo evitar agregarle un “Eso espero” en su mente.

Un teléfono sonó. Marianne sacó rápidamente el suyo al reconocer la tonada y vio que era su padre. De inmediato apretó la boca.

—¿No vas a contestar? —preguntó Demian al notar que se limitaba a observar indecisa la pantalla. Ella dio un suspiro y apretó un botón.

—¿Sí? ¿Qué ocurre?

—¿Cómo está todo? ¿Ha habido algún problema en mi ausencia? —preguntó Noah desde el otro lado de la línea.

—Todo bien, Loui y yo no nos hemos matado aún —respondió ella con voz robótica y Demian arqueó una ceja. La clara risa de Noah podía oírse tras aquel comentario a pesar de que Marianne ni se inmutaba.

Escucha… hay aquí un papeleo que se va a llevar algo más de tiempo que el que pensé, quizá un día más, de todas formas, yo les estaría avisando de cualquier cambio…

Los ojos de Marianne se endurecieron nuevamente y su rostro se volvió de piedra. A punto estuvo de responder alguna impertinencia cuando de pronto escuchó una segunda voz detrás de su padre: “Deberías quedarte”.

Marianne palideció. Aquella había sido la voz de una mujer. Se escuchó como si hubiera hablado a espaldas de su padre en un susurro, pero sin duda lo era. Se quedó tanto tiempo en silencio con la mano engarrotada en torno al móvil que Demian la miró extrañado, preguntándose qué habría cambiado de pronto.

¿…Sigues ahí? —preguntó Noah al no recibir respuesta y ella parpadeó como si de pronto volviera a la realidad.

—Sí. Aquí estoy —respondió ella volviendo a su tono seco, aunque sin darse cuenta de que hablaba más rápido de lo normal, como si estuviera a punto de hiperventilar—. Un día más, de acuerdo. Tómate los días que quieras. Estoy en medio de una clase, tengo que colgar, ¿sí?

…Oh, de acuerdo. Llamaré luego —finalizó él con una nota de desánimo y Marianne colgó tras despedirse.

Demian la observó fijamente después de haber presenciado aquel intercambio.

—¡¿…Qué?! —gruñó Marianne al darse cuenta de la forma en que la miraba.

—No, nada. Sólo me preguntaba de dónde habría sacado la idea de que no debía ser malagradecido con mi padre…

Ella refunfuñó mientras guardaba su celular. La puerta de la enfermería se abrió y ambos se pusieron de pie de un salto.

—¿Cómo está Belgina? —preguntó Marianne preocupada.

—Estará bien, no tienen que preocuparse por ella, sólo tuvo una baja de presión. Vendrán a recogerla en unos minutos. Mañana ya estará mejor —respondió la enfermera con una sonrisa tranquilizadora y Marianne soltó un suspiro de alivio.

—Bueno, creo que es hora de que vaya al club y luego a clases —decidió Demian estirándose y llevándose la bolsa a cuestas—. Estoy a tiempo de que los azotes sean 50 en vez de 100.

—¡Y ahora nos culparás a nosotras!

—Sólo bromeo —respondió él con una sonrisa más relajada—. ¿De verdad crees que nos azotan por cualquier retraso?

—¡Bueno, ya vete o te azoto yo! —exclamó ella y Demian arqueó las cejas.

—…Que no te escuche Mitchell —reviró él, reprimiendo una sonrisa.

Marianne enrojeció y optó por arrugar el entrecejo y cerrar la boca para no decir nada más. Demian ya se había dado la vuelta para marcharse de ahí, pero a medio camino se detuvo y giró hacia ella.

—…Por cierto, quizá quieran pasarse por la cafetería más tarde. Tengo una sorpresa.

No dijo nada más. Continuó su camino, dejando a Marianne intrigada mientras entraba a la enfermería para acompañar a su amiga.

—¡Debieron avisarme! Yo la hubiera llevado a casa sin ningún problema —reclamó Mitchell al salir de la escuela.

—Ya parece que te vamos a dar más oportunidades para aprovecharte de su condición —replicó Marianne.

—Pues perdóname, pero yo no me he aprovechado de nadie —protestó Mitchell, indignado—. Perdió el don intelectual, no la voluntad. Quizá nos hayamos besado una o dos veces, pero no tiene nada de malo. Fue completamente inocente y natural.

Marianne se detuvo, dio la media vuelta y le dio un puñetazo en el brazo.

—¡…Auh! ¡¿Cuál es tu problema?!

—Me salió natural. ¿Te dolió? Lo siento, fue sólo momentáneo. Lástima que luego quedará un moretón.

—Eres una sádica, ¿sabías eso? —le recriminó Mitchell, sobándose el brazo, y en respuesta Marianne volteó y le dio otro golpe.

—¡Oigan, miren! ¡La cafetería está abierta! —señaló Lilith con sorpresa.

—Ahora que recuerdo, Demian mencionó que si teníamos tiempo pasáramos por ahí, que tenía una sorpresa.

—¿Una sorpresa? ¡Adoro las sorpresas! —dijo Lilith, dando pequeños saltitos de emoción. Al pasar por la puerta, notaron que el lugar estaba lleno nuevamente a reventar.

Mankee los recibió con una sonrisa y señaló hacia la mesa que siempre tomaban, la única vacía. Ésta tenía una cadena al frente que impedía que cualquiera pasara, como si se tratara de un área exclusiva.

—¿Qué significa esto? —inquirió Marianne sorprendida.

—¿Qué les parece? —Demian apareció junto a ellos—. Como siempre se sientan en el mismo lugar, supuse que sería un buen detalle tenerlo apartado para ustedes.

—¿De verdad tenemos ahora nuestra propia área VIP? ¡Me siento importante! —exclamó Mitchell, quitando la cadena y sentándose encantado, como si nunca antes lo hubiera hecho, tomando aliento hasta llenar sus pulmones—. ¡Hasta huele distinto!

—Pero ¿cómo pasó? ¿No apenas ayer pensaban cerrar definitivamente? —preguntó Lilith.

—Mi padre se puso en contacto con el pariente del señor Ganzza, le preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto al lugar, respondió que pensaba tal vez venderlo así que le hizo una oferta —explicó Demian.

—O sea que ahora eres prácticamente dueño de la cafetería.

—Más bien ahora soy empleado de mi padre, y conociéndolo, sé que en ese sentido no me la pondrá fácil. Sin embargo, eso no quita que tenga ahora algunos privilegios, por ejemplo… invitarles una ronda de malteadas gratis.

—¡Sí, malteadas gratis! —exclamó Lilith sin medir su volumen y de inmediato el local completo estalló en aplausos y chiflidos de júbilo mientras Demian parecía contrariado.

—…Decía únicamente para ustedes —musitó él entre dientes ya sin posibilidad alguna de retractarse.

—¡Ups! —Lilith no pudo más que soltar una risita ante su indiscreción y después de eso a Demian no le quedó más remedio que enviarles malteadas gratis a todos en la cafetería.

Marianne decidió adelantarse a casa de Lucianne para dejarle comida. Confiaba en ser la más calificada para tal tarea, pues ella no se dejaría engañar tan fácilmente.

Sabiendo que debían ser precavidos, habían acordado que entrarían por la puerta de la cocina, así que apenas llegó a la altura de la casa y miró a su alrededor para verificar que nadie la observara, se escabulló hacia la parte trasera, descubriendo con sorpresa que Franktick ya estaba ahí, sentado en la puerta.

—…Estaba esperando —dijo él como si llevara ahí horas. Marianne sólo dio un resoplido y se limitó a tomar una llave del interior de una maceta y abrir la puerta.

—Ni creas que porque ya sabes dónde está la llave podrás venir a la hora que quieras —advirtió ella al entrar—. No puedes quedarte a solas con ella después de lo de ayer.

—Sólo me tomó desprevenido. Un error lo comete cualquiera.

—Pues tú ya sobrepasaste tu cuota de errores, así que perdónanos si preferimos no arriesgarnos.

—Entiendo que no confíen en mí —replicó Frank, tratando de mantenerse ecuánime—. Hasta ahora no he hecho más que tomar las decisiones equivocadas a sus ojos y probablemente lo siga haciendo, pero tratándose de Lucianne… necesito estar ahí con ella.

Marianne lo miró directamente a los ojos. Podía ver que era sincero y había una llama dentro de ellos cada vez que hablaba de Lucianne, pero no quería que eso suavizara su actitud hacia él, así que trató de mantener su postura firme.

—Bajas la guardia cuando te encuentras con ella. Podrás decir lo que quieras, que serás más cuidadoso, que no te dejarás engañar. Pero la realidad es que Lucianne es tu punto débil. Lo mejor será que mantengas tu distancia con ella. Puedes verla cuando haya alguien más en la casa, pero no solo, sería demasiado arriesgado.

Frank permaneció en silencio con la mirada fija en ella, tan inexpresiva que no sabía si pensaba hacer alguna escena o se estaba imaginando las formas en que podría asesinarla.

—¿Puedo ahora, por favor, bajar al sótano, su majestad? ¿O necesita también supervisar que no toque nada ni haga contacto visual mientras estoy ahí abajo? —formuló él entre dientes y ella se llevó las manos a las caderas, dando una exhalación malhumorada.

—…Sólo mantente lejos de la barrera, ¿de acuerdo? Y no hagas caso de nada de lo que diga.

El muchacho hizo una suerte de reverencia y se dirigió al sótano mientras ella giraba los ojos y optaba por abrir el refrigerador para ver qué podía preparar de forma rápida, decidiéndose finalmente por una pizza congelada. La metió al microondas y mientras esperaba que se horneara, se sentó a la mesa y sacó una hoja de su bolsillo, colocándola frente a ella. Era la hoja de los dones.

Faltaban cuatro dones. Cuatro oportunidades más o todo se habría acabado. Pensó en el fiasco del concurso, creyeron que estaban atrayendo a Hollow cuando en realidad había sido Frank quien le dio la idea de atacar ahí.

Quizá podrían hacer un nuevo intento por atraerlo, pero sin arriesgar a más gente. Tal vez… si uno de ellos mismos fuera la carnada. ¿Pero de qué forma? Miró fijamente los cuatro círculos que faltaban por tachar y su atención se posó en el de la Resurrección.

Era peligrosa la idea que comenzaba a germinar en su mente, demasiado arriesgada para cualquiera de ellos, pero si se realizaba apropiadamente, tendrían una oportunidad. Después de todo, la mamá de Lilith era enfermera y la de Frank, doctora, si hacían las preguntas correctas sin despertar sospechas era posible salir llevar a cabo aquel plan… El problema era quién de ellos se atrevería a dar el paso al frente.

Los golpes en la puerta de la cocina la sacaron de su ensimismamiento. Al abrirla se encontró con Angie, apoyando el hombro en el cancel.

—…Angie. ¿Qué haces aquí? No les esperaba hasta dentro de una hora o más.

—Samuel me envió un mensaje. Dijo que quería verme aquí por una prueba que quería hacer o algo así… ¿o debería llamarlo Samael en tu presencia? —dijo Angie con rostro inexpresivo. Hablaba sin el menor resentimiento o emoción alguna, pero Marianne no podía evitar sentir una pizca de resquemor.

—…No. Síguele llamando como acostumbras. ¿Te dijo qué tipo de prueba?

Ella se encogió de hombros y en eso escucharon el sonido de un golpe seco en la sala. No tardaron en ir corriendo hacia aquel sitio, viendo a Samael levantarse del piso con gesto adolorido.

—¿Qué ocurrió? ¿Resbalaste o…?

—Sólo quise hacer una prueba —respondió él, con una sonrisa avergonzada—. Traté de pensar en la casa como un lugar en general en vez de un punto específico. El resultado es que terminé arrojado al azar.

—¿Y para qué querrías hacer eso?

—Quizá de esa forma podría expandir los lugares a donde puedo transportarme, no sólo los que ya conozco. Con sólo tener una idea del sitio, podría aparecer ahí… aunque por el momento sea arrojándome de esta forma.

—Bueno, por suerte para ti el piso no es de lava ni hay acantilados al vacío.

—Pudo haber caído con Lucianne —terció Angie como si eso hubiera sido peor.

—…Tuviste suerte —reiteró Marianne mientras él se sacudía las rodillas—. ¿Se puede saber para qué citaste a Angie antes de la hora de la reunión?

—¡Ah, sí! Es por la habilidad que has mostrado últimamente —respondió Samael, dirigiéndose hacia ella—. Quisiera hacer unas pruebas contigo.

—¿Qué clase de pruebas?

—Quiero que me controles como lo has hecho con Frank y Lucianne.

Ambas chicas intercambiaron miradas extrañadas y Angie terminó por encogerse de hombros nuevamente.

—No tengo nada mejor que hacer de todas formas —concluyó Angie, descruzando los brazos y avanzando hacia él. Lo miró de pies a cabeza, como si estuviera decidiendo qué parte tocar, hasta que alargó la mano hacia su rostro y la deslizó por su cuello. Su tacto era tibio, contrario a las veces anteriores en que sus manos estaban casi siempre frías y temblorosas. Eso había sido previo a la pérdida del don sentimental, ahora estaba completamente imperturbable.

Fijó la mirada en él y comenzó entonces a levantar un brazo. Samael vio por el rabillo del ojo que el suyo también empezaba a moverse, como si fuera reflejo de ella. Se concentró para tratar de impedirlo y su brazo se tensó, vibrando levemente como si estuviera en medio de un juego de vencidas que él estuviera perdiendo.

—¿Sigo? —preguntó Angie, comenzando ahora a subir el otro brazo y el de él hizo lo propio. Marianne observaba todo con atención. Samael parecía realmente estar haciendo un esfuerzo enorme por resistirse a aquel control hasta que una especie de chispazo se produjo en medio de ellos, y él volvió a bajar los brazos, recuperando sus movimientos propios.

—¿Acabas de usar tu escudo conmigo? —inquirió Angie, por un momento aturdida.

—Lo siento. Fue un mecanismo de defensa, no es que lo haya hecho a propósito —respondió Samael, sacudiendo los brazos como si se le hubieran entumecido.

—¿Qué es lo que piensas entonces? —preguntó Marianne con curiosidad.

—¡¿A qué hora va a estar lista esa comida?! —gritó Frank desde el sótano y Marianne puso los ojos en blanco por la interrupción.

—¡¿Por qué no haces algo de utilidad y vas a la cocina a buscarla?! ¡Está en el microondas, sólo espera a que yo baje para dársela! —gritó ella de vuelta—. ¿Decías?

—Sí, bueno… Lo que pude notar es que el control que ejerces sobre la persona con la que estableces contacto es fuerte y definido, sin embargo, es únicamente del tipo físico —explicó Samael mientras Frank salía del sótano y pasaba de largo sin prestarles atención hasta llegar a la cocina—. Traté de resistirme y esto se produjo al activarse mi capa protectora de forma automática. Al contrario, a pesar de que antes el control que ejercías era infinitamente más débil, éste ocurría de forma voluntaria, no había resistencia de parte del cuerpo a quien correspondía la acción. Por ejemplo, en nuestras prácticas, las órdenes que dabas eran ejecutadas por voluntad propia.

—Sí, claro, el ordenarles que se dieran la vuelta o dar de saltos era muy útil.

—Pudo haberlo sido conforme pasara el tiempo y se desarrollara.

—Ya no importa de todas formas. Me has dado otra razón por la que sería mejor no tener mi don de vuelta —dijo ella con ligereza, provocando que Marianne arrugara la frente contrariada, intercambiando una mirada con Samael.

Frank, por su parte, sacó la pizza del microondas y mientras buscaba algún plato dónde colocarla, vio la hoja extendida en la mesa. Se acercó y vio su contenido por curiosidad. En un principio no entendió de qué se trataba, pero en cuanto vio tachado el círculo que contenía la palabra “Bondad” pensó en Lucianne. Ahí venían apuntados los dones de los que tanto hablaban. Un impulso lo obligó a tomar el papel y guardarlo en su chamarra mientras procedía a dirigirse nuevamente al sótano, llevando la pizza.

—No puedes decir eso, Angie. Sabes que es esencial recuperar el don que perdiste.

—Sí, sí, porque de lo contrario moriré sin él —espetó Angie, girando los ojos como si no fuera lo suficientemente importante y Frank se detuvo frente a la puerta del sótano al escuchar aquello—. Bueno, quizá no sea tan malo después de todo, ni siquiera lo sufro.

—Eso es porque no estás sintiendo nada. Debes recuperarlo, así es como deben ser las cosas.

—¿Para volver a ser igual de inútil que antes? Ahora tengo más control sobre mi poder, no necesito de un estúpido don que refrene mi potencial únicamente porque a la larga causará mi muerte, después de todo de algo nos tenemos que morir.

—¡Angie, basta! —exclamó Marianne con reproche.

Franktick abrió la puerta del sótano y bajó. Se sentó en el mismo banco que había estado usando a una distancia considerable de Lucianne y asentó el plato en el piso para a continuación sacar la hoja que había tomado en la cocina.

Contempló fijamente su contenido con gesto serio, como si lo estuviera estudiando. Si Lucianne no recuperaba el don que le correspondía, moriría a la larga. No podía permitirlo. Tenía que hacer algo pronto.

—¿Eso es lo que harán ahora? ¿Me torturarán mostrándome comida que jamás me darán en castigo por lo que hice? —interrumpió Lucianne sus meditaciones. Frank alzó la vista hacia ella y la vio ahí sentada bajo el domo con su rostro angelical y postura inocente.

—…En un momento más —respondió él, intentando no dejarse llevar por aquella apariencia. Sabía que si se acercaba demasiado podía representar un peligro para los dos. Ella estaba más segura ahí encerrada, ahora lo entendía.

—¿Qué sucede? ¿Ahora necesitas del permiso de los demás para acercarte a mí? Ohhh, pobrecito Frank. Te han domado —dijo ella, sonriendo de forma maliciosa, borrándole aquella previa apariencia inocente.

Frank prefirió no responder nada. Se concentró en la hoja para no tener que verla de esa forma, con ese gesto que no le correspondía y esas palabras que jamás saldrían de su boca normalmente. Tenía que haber una forma de recuperar el don de Lucianne. Los demás planeaban atraer a Hollow, pero mientras decidían cómo, el reloj seguía avanzando y la vida de Lucianne estaba en riesgo.

Se fijó en los círculos que no estaban marcados, los dones que aún faltaban por aparecer. El don sobrenatural llamó su atención. Todos ellos poseían algún tipo de poder, ¿no podía considerarse aquello una forma de habilidad sobrenatural? Aunque cuatro de las chicas ya habían sido despojadas de sus dones, quizá alguno de los restantes… entonces recordó el día anterior. Marianne había movido la cuerda con el poder de su mente. Si eso no era la definición de un poder sobrenatural, no sabía qué más podría serlo.

También estaba Samael, él parecía tener demasiados trucos escondidos bajo la manga. Aquellas eran dos posibilidades bastante factibles a su consideración. Mientras ellos seguían quebrándose la cabeza pensando en las formas de atraer a aquel demonio, quizá él ya había hallado una forma más rápida de recuperar el don de Lucianne.

No pasó mucho para que el resto de los chicos llegaran a su acordada reunión de la tarde. Marianne los hizo pasar por la puerta de la cocina y se aproximó a la mesa para recoger la hoja que había dejado, pero encima de ésta no había más que el mantel.

Buscó alrededor y en el suelo, pero no encontró nada. Bajó entonces al sótano. Lilith ayudaba a pasar el plato a través de la barrera con cuidado mientras los demás procedían a reforzarla, y en cuanto Frank cumplió con su parte, se dirigió a las escaleras con algo de prisa.

—¿A dónde vas?

—Tengo cosas que hacer, hoy no puedo quedarme, luego me ponen al tanto si así lo desean —respondió él, pasándola de largo.

—Oye… ¿no habrás visto una hoja en la cocina de casualidad? —preguntó Marianne y Frank se detuvo en las escaleras, volteando inexpresivo hacia ella.

—No sé de qué hablas.

Y sin dar más explicaciones se marchó. Marianne frunció el ceño con suspicacia, sin embargo, no hizo comentario alguno, aún quedaba una larga tarde para discutir con el resto sobre la peligrosa idea que acababa de tener.

Tal y como lo supuso, de inmediato obtuvo reacciones negativas de parte de sus compañeros. Era una locura y no consentirían que ninguno de ellos se arriesgara de esa forma, ni siquiera si ella misma se ofrecía de voluntaria. Su propuesta no fue muy bien recibida definitivamente, pero se mantuvo firme y la reunión finalizó con ella pidiéndoles que lo consultaran con la almohada y lo discutieran nuevamente al día siguiente.

Esa noche, Marianne ya tenía todo listo para dormir. Había apagado las luces, se había acurrucado en la cama y apenas cerraba los ojos una voz la interrumpió.

—Ni creas que voy a permitir que arriesgues tu vida en un plan que ni siquiera es seguro que funcione —dijo de pronto Samael.

Ella abrió los ojos y se asomó en la orilla de la cama, descubriéndolo en el piso con la espalda apoyada al colchón.

—Igual arriesgamos la vida cada vez que luchamos, ¿no? Además, ¿a qué hora entraste a mi cuarto? No te escuché.

—Me trasladé. Supuse que así haría menos ruido.

—…Me estás perturbando —agregó Marianne, alzando una ceja, pero él se mantuvo callado, con la vista fija en la puerta. Ella finalmente salió de la cama y se sentó junto a él, ambos con las piernas recogidas—… Bien, ¿quieres hablar de ello? Hablemos entonces.

—No voy a dejar que lo hagas —reiteró Samael con determinación—. Sé lo que estás pensando y de ninguna forma lo consentiré.

—Creo que ésa no es tu decisión —replicó ella, encogiéndose de hombros.

—Aunque no la sea, mi deber es protegerte, así que está en mis manos el evitar que hagas una locura —insistió él—. Inducirte una muerte clínica para luego regresarte a la vida no asegura que ese demonio aparecerá, así como tampoco es seguro que funcione, podrías simplemente quedarte…

Calló. No fue capaz de terminar aquella frase. Su garganta se ahogó con ella.

—Nos estamos quedando sin opciones. Algo hay que hacer, aunque sea peligroso. Al menos intentarlo.

—Pero no tú. Si es así, prefiero hacerlo yo. Seré voluntario —determinó él, decidido, y Marianne volteó hacia él desconcertada.

—Pero tú no puedes. Dijiste que los ángeles no tienen alma, si tú mueres… entonces sería imposible revivirte, ¿no es así?

Samael calló de nuevo por varios segundos.

—…Supongo que sólo hay una forma de averiguarlo.

—¡Basta! Dejemos de hablar de esto, ¿sí? Mañana los demás ya habrán meditado mejor mi idea y lo discutiremos más calmadamente. Ahora a dormir.

De un salto se puso de pie y volvió a la cama, pero Samael no se movía de su lugar.

—¿…Puedo quedarme aquí?

—¿De verdad piensas que soy capaz de hacer algo? —rezongó ella con un bufido. Samael tan sólo volvió a encogerse de hombros y ella lanzó un suspiro, se levantó de nuevo, fue al armario y sacó cobertores y un almohadón para él y subió una vez más a la cama, cayendo rendida—. Buenas noches.

Franktick no llegó a casa esa noche, en vez de eso acudió al lugar que hasta hacía poco había tomado como refugio mientras se sentía un monstruo fugitivo. Subió por las escaleras hasta el último piso de aquel edificio abandonado, consciente de que el elevador no volvería a abrirse para él, y en cuanto llegó al nivel que conocía muy bien, fue aproximándose hacia el fondo con pasos vacilantes. No sabía qué esperar, dudaba siquiera que él llegara a aparecer, pero aún así quería intentarlo. Debía hacerlo por Lucianne.

Se detuvo frente a la puerta por la que comúnmente el demonio salía y esperó, pero no ocurrió nada. Decidió entonces abrirla y mirar precavidamente al interior. Tampoco había nadie. Era tan sólo una simple oficina vacía y empolvada.

Se adentró, cerrando la puerta, y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. Se quedaría ahí toda la noche si era necesario hasta que él apareciera. Después de todo era su guarida y tarde o temprano tenía que pasar por ahí. Reclinó la cabeza en el muro y se dedicó a esperar hasta que lentamente fue quedándose dormido.

El sonido del teléfono despertó a Marianne y con un gruñido alargó la mano hacia su buró para tomarlo, mirando de reojo su reloj. Eran ya las diez de la mañana. Se frotó los ojos aún adormilada y revisó el mensaje que había recibido. Era de Lilith, habían decidido ir a la cafetería para, citando textualmente sus palabras, “aprovechar las ventajas de ser amigos del nuevo dueño”. Enseguida giró los ojos con incredulidad y bajó los pies para levantarse, pisando accidentalmente a Samael y despertándolo de golpe.

—¡Ups! Lo siento. Olvidé que seguías ahí. ¿Dormiste bien? Lilith dice que se fueron todos a la cafetería, nos van a estar esperando.

—¿Por qué ahí precisamente? —preguntó Samael, estirando las extremidades para desperezarse.

—Porque son unos aprovechados, por eso. —Salió del cuarto y bajó a la cocina, donde se encontró con su hermano sentado a la mesa con un cuenco de cereales ya blandos y jugueteándolos con desgana—. ¿Qué haces despierto a esta hora en sábado? Normalmente despiertas al medio día o más tarde.

—Ya nada es normal en esta casa desde que mamá está en el hospital —dijo él sin mirarla siquiera y sin parar de mover la cuchar—. Papá no volvió. Dijo que sólo sería un día y no ha regresado.

Ella tensó la boca al recordar la llamada que él le había hecho el día anterior. Y la voz de mujer… Había una mujer con él. Dio un trago e intentó alejarlo de su mente.

—…Ah, sí, olvidé decirte. Papá llamó ayer, dijo que se extendería un poco más su estancia ahí por un papeleo que le estaba dando problemas —dijo ella, tratando de sonar casual para tranquilizarlo. Loui no despegó la vista del bol y sólo susurró un “Oh” con tristeza resignada, como si ya lo hubiera visto venir—. Aún hay algo de comida en la nevera, tienes la televisión para ti solo, puedes verla o jugar todo el día, lo que gustes, yo tengo que salir.

—¿Puedo ir contigo? —soltó el niño con su mejor cara de huérfano desvalido rogando por un plato de sopa.

—No. Tengo cosas que hacer que no te incumben.

—No molestaré, lo prometo —insistió Loui con gesto suplicante.

—¡Que no! —repitió ella autoritariamente y él la miro de una forma tan lastimera que la hizo sentir culpable y terminó aceptando sin poder soportarlo—… De acuerdo, pero te advierto que debes mantenerte alejado de nosotros, no debes entrometerte en nuestra conversación y te sentarás donde pueda tenerte a la vista, ¿entendido? Ahora quita ya esa cara que me enfermas.

—¡Iré a vestirme! —dijo el niño, levantándose de un brinco y dejando su desayuno casi intacto.

Marianne comenzó a lamentar su decisión; ahora tendría que decirle a Samael que se quedara en casa pues, aunque todo indicaba que su hermano no podía verlo, prefería no arriesgarse. Tomó el cuenco de cereal y lo dejó en el lavabo mientras esperaba a que Loui bajara. Tenía el presentimiento de que ése sería otro largo día.

Lilith, Angie y Mitchell ya estaban en su mesa usual en la cafetería, y tenían frente a ellos unos banana splits que devoraban de buena gana. El lugar apenas acababa de abrir, así que no había más gente que ellos.

—¿Y Belgina? —preguntó Marianne al llegar.

—Fui a buscarla, pero su madre estaba en casa y dijo que aún estaba débil después de ayer. No me permitió verla. Creo que no le agrado —respondió Mitchell, llevándose una cucharada de helado a la boca con desánimo.

—No la culparía —espetó Marianne a lo cual Mitchell respondió con una mirada desagradable.

—Quiero uno de esos —dijo Loui, señalando los banana splits.

—Vete a la barra, pides uno y te quedas ahí.

—Pero aquí hay suficiente espacio para que pueda sentarme.

—Dije a la barra —repitió ella entre dientes. Loui se cruzó de brazos y frunció el ceño como si estuviera a punto de hacer un berrinche.

—¡Awww, trajiste a tu hermanito! —exclamó Lilith, dejando su cuchara de lado tras devorar su postre—. ¡Qué tierno! Es de la edad de mi hermanita, ¿no? ¡Hey, se me acaba de ocurrir algo! ¿Qué tal si le digo a Romy que venga? Así los presentamos, los emparejamos y dentro de unos años seremos familia. ¡Ay, sería tan maravilloso!

Loui quedó al instante blanco como papel y se dio la media vuelta para huir rápidamente hacia la barra.

—Gracias. Eso fue brillante —expresó Marianne, dando un suspiro de alivio y sentándose en la esquina de la mesa.

—¡De nada!

Demian salió de la cocina y se detuvo confundido al ver a Loui en la barra. Éste lo señaló al instante, reconociéndolo.

—¡Eh, eres el del cine, el novio de mi prima!

Marianne saltó de su asiento y se trasladó hacia la barra.

—¡…Ignóralo! —pidió Marianne, tapándole la boca al niño mientras Demian parecía incómodo ante su comentario—. En realidad, no está aquí, es sólo una proyección astral… que va a tener un banana split como el de los demás si jura mantenerse callado por el tiempo que estemos aquí… ¿entendiste, gusano?

Loui estrechó los ojos y le lanzó una mirada como si no estuviera dispuesto a ceder.

—No hay problema —dijo Demian finalmente—. Puede decir lo que quiera.

Marianne giró los ojos y soltó al niño, mientras Demian se inclinaba hacia él.

—Tienes muy buena memoria por lo que veo, seguro que también tienes buenas calificaciones en la escuela.

—Soy el mejor de mi escuela —afirmó él, alzando una ceja con petulancia.

—Me lo puedo imaginar. Es más, te mereces de premio ese banana split por ser tan buen estudiante. En un minuto te lo traigo… ¡ah! y una cosa más. Lucianne y yo no somos novios, sólo buenos amigos. Tu hermana puede corroborarlo.

Marianne le lanzó una mirada punzante por pasarle la pelota de esa forma mientras él volvía a la cocina. Loui apoyó la barbilla sobre sus manos y le lanzó una mirada inquisitiva.

—Entonces… ¿eres tú la que está saliendo con él?

—¡…NO! ¡Eso no es lo que quiso decir! —exclamó ella, poniéndose roja.

Loui únicamente arqueó una ceja y volvió la vista hacia el frente, como si ya hubiera escuchado suficiente.

—Lo que digas, sólo te recuerdo que le estás hablando a alguien que no está aquí, la gente te creerá loca —apostilló el niño condescendientemente—. Aunque claro, hablar sola es algo que se te da muy bien, ¿verdad?

Marianne apretó los dientes, resistiendo las enormes ganas que tenía en ese momento de zarandearlo, pero no debía caer en su juego. Era solamente una táctica para sacarla de quicio. Mejor se dio la media vuelta y regresó con los demás.

Mankee salió unos segundos después con una bandeja llena de papas fritas y palitos de queso. Le dirigió una mirada extrañada hacia el niño que daba vueltas sobre el taburete mientras se aproximaba a la mesa de los chicos.

—Ignóralo, él no está ahí, sólo es una ilusión óptica —gruñó Marianne, tomando una papa, directo de la bandeja y llevándosela a la boca.

—Yo no dije nada, soy un simple empleado aquí, ustedes son los clientes —aseguró Mankee, encogiéndose de hombros mientras asentaba los platos en la mesa.

—¡Clientes VIP! —aclaró Lilith con orgullo, zampándose la última cucharada del banana split.

—¿Samuel no iba a venir contigo? —preguntó Mitchell.

—Tuvo algo que hacer antes. Luego nos alcanza.

—Oye, Monkey, ¿el postre gratis del día no incluirá repetición? —inquirió Lilith, terminando prácticamente de lamer su plato.

—Lo siento, no creo que termine siendo redituable para el lugar… además, la máquina de helados está haciendo un ruido extraño y pensamos que quizá necesite reemplazo.

—Pero yo quiero más helado —dijo Lilith, haciendo un mohín y comenzando a hacer ruiditos con la garganta como si fuera a sollozar en cualquier momento.

—Ay, por dios, tráele otro helado, yo lo pago si es necesario —dijo Marianne con tal de que quitara esa cara y Mankee dio un suspiro, regresándose a la cocina. Lilith de inmediato sonrió al conseguir su objetivo, como una niña chiquita.

—¿Deberíamos entonces hablar sobre tu idea de que uno de nosotros debería morir y luego ser resucitado para que Hollow ataque y podamos atraparlo? —comentó Angie, como si se tratara de un tema banal.

—¿Te molestaría decirlo más fuerte para que mi hermano menor, que es el más metiche del mundo, te escuche y decida venir a meterse donde no lo llaman? —musitó Marianne entre dientes, pendiente de que Loui no hubiera escuchado nada.

—Tú fuiste la que lo trajo y sabías a lo que veníamos, no me culpes por tu propia falta de juicio —replicó ella, tomando uno de los palitos de queso. Marianne dio una exhalación al no poder refutarla y se puso de pie de nuevo, acercándose a Loui.

—…Cambié de idea, será mejor que te vayas.

—¿Qué te pasa? Ni siquiera me han traído mi postre.

—Luego te llevo algo, sólo regresa a la casa o ve al hospital, pero aquí no puedes estar —insistió ella y él comenzó a inflar las mejillas como si estuviera a punto de protestar, pero la llegada del banana split prometido lo interrumpió.

—Aquí tienes, espero que te guste, estamos teniendo problemas con la máquina de helados —dijo Demian, asentando el platillo frente a él, que se relamía con antojo en cuanto veía la cantidad de crema batida que tenía encima.

—No vas a comerte eso, te vas ahora mismo —le advirtió Marianne, pero él niño le lanzó una mirada retadora y de inmediato comenzó a devorar el postre—… ¡¿No me oíste?!

—Soy una proyección, no escucho ni veo a nadie a mi alrededor.

—¡Pequeño gusano insolente…! —gruñó Marianne.

—Es un niño, déjalo disfrutar un rato —intervino Demian.

—¡No eres tú quien luego tiene que lidiar con él!

—No creo que un poco de helado sea suficiente para que lo del cine se repita.

—¡No tienes la menor idea! —protestó ella mientras Demian no podía evitar soltar una breve risa que de pronto se borraba de su rostro al mirar hacia afuera—. ¿…Qué? —preguntó ella al notar su repentino cambio de gesto. Siguió la dirección de su mirada hacia el ventanal, pero no vio nada fuera de lo común—… ¿Qué miras? ¿Qué te pasa?

—…Lo siento —reaccionó Demian, sacudiendo la cabeza al notar que no sólo Marianne sino también los demás lo observaban extrañados—. Sólo me pareció ver… no, nada, olvídenlo.

Pasaron apenas unos segundos en silencio y de repente escucharon un estallido en la cocina que los puso sobre alerta. Los chicos intercambiaron miradas que indicaban que debían estar preparados para todo mientras la puerta se abría de golpe. Mankee salió de ahí con el rostro alarmado.

—¡Es Gerald, el cocinero! —exclamó, casi perdiendo el aliento. Todos se introdujeron a la cocina y vieron que el hombre estaba en el suelo en medio de un charco de helado derretido. Demian se inclinó hacia él para verificar sus signos vitales.

—No sé qué pasó. Yo estaba en el lavabo cuando de pronto escuché como un chispazo de corriente y entonces la máquina de helados estalló y él cayó al piso —explicó Mankee, atropellando las palabras y gesticulando nerviosamente.

—…Está muerto —dijo Demian desconcertado.

Volteó hacia los demás con semblante pálido, como si esperara a que alguien le dijera qué hacer, pero todos se veían igual de aturdidos que él.

—¿Escuché que alguien murió?

Loui se abrió paso entre todos con curiosidad, pero en cuanto vio el cuerpo de aquel hombre en un charco de helado como el que estaba comiendo apenas hacía un instante, quedó completamente verde y terminó vomitando una mezcla multicolor con chispas incluidas sobre los zapatos de Mitchell.

—¡Mis zapatos de gamuza! —exclamó él, más horrorizado por ello que por el cadáver que tenían enfrente.

—¿Es posible revivirlo? —preguntó Marianne, haciendo caso omiso al berrinche de Mitchell y los demás enseguida la miraron, sabiendo lo que estaba pensando.

—…Hay que llamar a una ambulancia. Rápido —dijo Lilith, tomando el control de la situación.

Los paramédicos llegaron minutos después, pero nada más pudieron hacer. El hombre había muerto electrocutado. La cafetería tuvo que cerrar y mientras se llevaban el cadáver, los demás permanecían sentados con expresiones fúnebres, mirándose los unos a los otros sin saber qué decir.

—…No puedo creer que esto esté pasando —dijo Demian finalmente—. Primero el señor Ganzza y ahora el cocinero. Es como si… la cafetería estuviera maldita.

—¡…La regla de tres! —exclamó de pronto Mankee, tapándose la boca de forma inmediata como si fuera de mala suerte mencionarlo, pero era demasiado tarde, los demás ya lo miraban con interés.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Demian, pero él mantuvo la boca cerrada, negándose a hablar de ello—. ¡Habla de una vez!

—…Se dice que cuando una persona muere, no se va sola —explicó Mankee sin más remedio—. Otras dos personas más mueren en los siguientes días, normalmente relacionados de alguna forma con la primera. El señor Ganzza era el dueño del lugar y ahora muere el cocinero… ¡No quiero ser el siguiente!

—¡Tonterías! No es más que una superstición, no puedes creer en ello —desechó Demian la idea—. Lo que me preocupa ahora es lo que va a pasar con el lugar, no tenemos cocinero y de aquí a que encontremos…

—¿Podría intentarlo? —Lilith alzó la mano en ese instante—. Hace tiempo que estoy buscando trabajo y me vendría bien en este momento, necesito el dinero.

—Pero no podrías estar aquí todo el tiempo sino hasta salir de clases. Necesitamos un cocinero de tiempo completo —respondió Demian y Lilith volvió a su posición reflexiva como los demás, aturdidos por lo ocurrido.

—El hijo pródigo regresa.

Frank abrió los ojos de golpe y alzó la vista. Hollow estaba frente a él, observándolo con una sonrisa maliciosa. De un brinco se puso de pie y retrocedió unos pasos.

—Me da curiosidad saber de qué forma esos muchachos lograron librarte de mi control, pero lo que más me intriga es… qué estará pasando por tu cabeza para volver a la cueva del demonio.

Franktick tomó aliento hasta inflar el pecho para armarse de valor y alzó la barbilla.

—…Vengo a hacerte una propuesta.

El demonio lo miró incrédulo, pero su sonrisa se amplió aún más.

—¿Qué podrías tú ofrecerme que fuera del menor interés para mí?

—El don sobrenatural —respondió él con firmeza, provocando una reacción sorprendida en el demonio. Si sabía concretamente lo que estaba buscando, entonces podría considerar dejarlo más tiempo con vida.

—…Te escucho.

—Tengo información sobre quienes posiblemente posean el don sobrenatural…

—Intenta de nuevo, me estás perdiendo —interrumpió Hollow, bostezando y dándose la media vuelta.

—¡…SÉ quién posee el don sobrenatural! —corrigió Frank, subiendo el volumen. El demonio se detuvo con una sonrisa, volteando nuevamente hacia él para que continuara—… A cambio… deseo que me entregues el don de la bondad.

Hollow no respondió, pero tampoco se inmutó ante aquella propuesta, era como si se lo esperara. Su sonrisa se mantuvo fija en su rostro, pues le acababa de dar la excusa perfecta para comprobar el conocimiento que acababa de obtener.

—¿…Te refieres a éste? —Con un movimiento de la mano hizo aparecer un contenedor que permanecía flotando a un lado de él.

El muchacho lo observó con ansias. El grabado decía “Bondad”. Sí, ése era el que quería. El don que le pertenecía a Lucianne. Alargó la mano para tomarlo, pero el demonio apartó la suya, moviendo el índice de la otra mano en ademán negativo. Frank rápidamente buscó algo en su bolsillo y sacó un pedazo de papel doblado.

—…Ésta es la persona que posee el don sobrenatural. —Sin más demora, le entregó el papel a Hollow y éste lo guardó entre los pliegues de su traje, el cual parecía replegarse por sí solo como si la sustancia que lo constituía se destejiera y volviera a tejerse. El demonio entonces extendió el contenedor hacia él, que a pesar de todo lucía desconfiado. No podía creer que de verdad lo estaba consiguiendo y en cuanto tuvo el recipiente entre sus manos, lo apretó fuertemente, sintiéndose ansioso por llegar cuanto antes a casa de Lucianne.

Alzó la vista hacia Hollow y comenzó a retroceder, temiendo que dijera algo o lo detuviera, pero al ver que seguía inmóvil, se dio la media vuelta y empezó a marchar. Su corazón latía excitado mientras se aproximaba a las escaleras. En verdad lo tenía, lo había conseguido, había recuperado el don de Lucianne…

—…Alto. —La voz de Hollow retumbó atronadora por todo el piso y en un santiamén había cruzado la distancia que los separaba, estrellándolo contra el muro y arrebatándole el don de las manos—… Nunca dije que te lo podías quedar.

Frank abrió adolorido los ojos y lo miró furioso. El contenedor con el don desapareció y el demonio se acercó a él con la misma siniestra sonrisa.

—No pudiste llegar en mejor momento.

Una fría sensación recorrió la espina dorsal de los demás, que aún seguían en la cafetería, ayudando a recoger las sillas en vista de que sería imposible recibir clientes. Algo ocurría, estaban seguros, debía tratarse de un ataque. Tenían que salir de ahí cuanto antes.

Por medio de miradas parecieron comunicarse, echándole un vistazo a Demian, que permanecía alejado con teléfono en mano, haciendo llamadas. Loui estaba sentado de nuevo en la barra, con un refresco enfrente para asentar su estómago.

—¿…Puedo pedirte un favor? —Marianne se acercó a Demian y él tan sólo asintió, aún demasiado contrariado para responder—. ¿Te importaría vigilar a mi hermano un rato? Recibimos una llamada de Belgina y… tiene un problema, nos necesita. No puedo llevarlo.

De pronto el teléfono de ella sonó. Era un mensaje de Samael. No había necesidad de verlo, sabía de qué se trataba. Alzó la vista y se encontró con la mirada inquisitiva de Demian, pero Marianne no tenía tiempo para enfrascarse en alguna explicación intrincada.

—…Por favor. No tengo con quién dejarlo —insistió casi con un matiz de súplica y al entender lo que aquella frase implicaba, a la luz de la llamada que había presenciado el día anterior, él finalmente aceptó y ella salió rápidamente del lugar, seguida por los demás y dedicándole una mirada a Mankee en código.

—…Ya casi no quedan productos para la limpieza, iré a comprar para poder limpiar la cocina —dijo Mankee, yendo del lado contrario para salir por la puerta trasera.

En menos de cinco minutos, Demian se había quedado solo en la cafetería, con únicamente la compañía de un niño que lo contemplaba expectante desde la barra.

—Entonces… ¿la que te gusta es mi hermana? —formuló el chiquillo como si no tuviera nada más que decir y Demian comenzó a masajearse entre los ojos con un resoplido de impaciencia. Apenas unos segundos y ya empezaba a arrepentirse de aceptar el encargo de cuidarlo.

Aparecieron en un oscuro y polvoriento piso. Hollow estaba a unos metros, deteniendo a Frank del cuello y sonriendo ampliamente en dirección a ellos.

—Angel Warriors. Los estaba esperando —expresó él con un tono extrañamente entusiasta, pero no tenían tiempo para detenerse a pensar en ello.

Marianne blandió su espada y fue decidida hacia él con la intención de cortarle las manos para que soltara a Frank, pero el demonio rápidamente se apartó, arrojando al muchacho como si ya no le sirviera. Observaron que no le había arrebatado ningún don, así que no entendían el por qué del ataque, aunque quizá se tratara de algún tipo de represalia tras haberse librado de su control.

Le hicieron señas para que se marchara de ahí y Frank corrió de inmediato hacia las escaleras, bajando unos cuantos escalones hasta perderlos de vista y entonces se detuvo. Aquella también era su pelea, y ahora más que nunca deseaba acabar con ese demonio. Así que empuñó las manos y se dio la vuelta, decidido a unírseles.

—¿Qué significa esto? ¿Por qué atacaste si no estabas buscando un don? —preguntó Marianne mientras arremetían contra él y el demonio únicamente los esquivaba, con una sonrisa sospechosa.

—¿Quién dice que no? —respondió Hollow, chasqueando los dedos, y del suelo surgieron unos filamentos de la misma sustancia que formaba su traje, atrapándolos de las extremidades y el cuello, inmovilizándolos por completo—… La única diferencia es que esta vez las víctimas vinieron directo hacia mí.

Los chicos intercambiaron miradas perplejas al entender a qué se refería. Había hecho precisamente lo mismo que ellos pretendían, los había atraído hacia una trampa.

—Verán, llegó a mi conocimiento reciente que en el pasado también existieron unos Angel Warriors, todos muertos a estas alturas por supuesto —explicó el demonio mientras se paseaba entre ellos, como si estuviera escogiendo a su primera víctima—. Y no sería sorpresa que alguno de ustedes fuera reencarnación de uno de ellos. —Al decir esto se detuvo frente a Mitchell, que luchaba por soltarse de aquellos filamentos, y sin decir nada, extendió la mano hacia él y una esfera salió expulsada de su espalda.

Los demás no podían hacer nada más que retorcerse inútilmente mientras él examinaba aquella esfera, y al instante la desechó, volteando ahora hacia Mankee, que temblaba aterrado, su garganta paralizada luchaba por lanzar un grito, pero Hollow fue rápido, pronto tenía otra esfera en sus manos.

Samael vio con inquietud que él era el siguiente en la línea. Si hacía lo mismo con él entonces sabría, todos lo sabrían, pues los ángeles no poseen dones.

—Tampoco —dijo Hollow después de examinar aquel don, arrojándolo al piso. Posó entonces la mirada sobre Samael. El ángel no pudo evitar crisparse al saber lo que pasaría a continuación—…Veamos si tú tienes algo para mí.

—¡No! —exclamó Marianne en cuanto el demonio colocó sus manos frente a Samael y una esfera luminosa salió expulsada de él.

La idea de la muerte como su final definitivo la hizo perder el aliento mientras Hollow sonreía al tomar aquella esfera brillante entre sus manos, pero de pronto ésta desapareció como si se deshiciera en el aire con un estallido de luz. Su reacción fue de sorpresa y más aún cuando Samael alcanzó a soltarse con un movimiento veloz, rasgando los filamentos que lo sujetaban. Sin embargo, el demonio lo detuvo del cuello, alzándolo.

—Pero ¿qué eres? —preguntó, acercándolo más a él e intentando mirar a través del casco. El destello de unos ojos celestes a través de éste le dio la noción de lo que tenía en frente y una estridente carcajada salió de sus pulmones—. Vaya, vaya, vaya. Pero si eres todo un regalo del cielo. Siempre he querido matar a uno de tu clase…

El piso comenzó a sacudirse, provocando que los filamentos se aflojaran. Fragmentos de concreto y polvo cayeron del techo.

Hollow ni siquiera lo vio venir. En un momento tenía a Samael sujeto por el cuello y al otro, un bulto de gran tamaño colisionaba contra él, mandándolo al suelo. Al levantar la vista, vio a otro Angel Warrior de armadura terregosa, con el pecho expandiéndose y contrayéndosele a cada respiración exaltada.

—Entréganos los dones. Ahora mismo —advirtió él, señalándolo de forma amenazante, pero el demonio lo miraba con interés, con la sensación de que ya lo conocía. Y además tenía enfrente otro posible candidato poseedor de aquel don que estaba buscando, así que sonrió.

—Nunca me había alegrado tanto de ver a otro Angel Warrior frente a mí.

—¡Aléjate! —exclamó Marianne, intentando advertirle, pero fue demasiado tarde, Hollow no se andaba con rodeos, en un pestañeo ya se había trasladado frente a él y presionó su pecho. Una esfera brillante salió expulsada de su espalda.

Los ojos de Frank se posaron sobre el demonio aún después de perdido el don, como si su cuerpo conservara unos segundos más de consciencia hasta que finalmente sus funciones se apagaron y cayó de bruces en el piso. Pero el espectro tenía la mira puesta en la esfera resplandeciente. Aquella era auténtica, podía sentirlo. Apenas colocó el contenedor por debajo de ésta, fue absorbida al instante y el recipiente brilló, sellándose en forma de aprobación. Su boca se curvó en una sonrisa triunfal y volteó victorioso hacia los que aún quedaban de pie. Por una vez habían resultado de utilidad, y por ello les hizo una reverencia con sorna, mientras se introducía en un agujero negro antes de que pudieran alcanzarlo, dejando atrás una risa que helaba la sangre, escuchando su eco después de que se cerrara.

Pasaron unos segundos y Marianne se dirigió hacia Mitchell y Mankee para devolverles sus dones y por último a Frank, para quien creó un don sustituto.

—¿…Qué ocurrió? ¿Y el demonio? —preguntó Mitchell en cuanto reaccionó.

—Se fue… Y ahora se llevó otro don más con él —respondió Lilith con desánimo.

—¿Otro? No me digan que… ¿fui yo? —inquirió Mitchell, llevándose desconcertado la mano al pecho, pero Marianne negó con la cabeza.

—Fue Frank —respondió ella mientras éste iba incorporándose desorientado.

—¿…Yo qué? —preguntó él, llevándose una mano a la cabeza.

—Tú eras poseedor del don de la Reencarnación. Hollow lo tiene ahora, era una trampa el atraernos hasta aquí, sabía que uno de nosotros lo tenía. ¿Por qué estabas con él? ¿A qué viniste?

—…Espera, aguarda un momento. ¿Que yo qué? —repitió él, sacudiendo la cabeza como si no hubiera escuchado bien.

—Responde, ¿qué es lo que hacías en este lugar? ¿Por qué estabas con ese demonio? ¿Acaso acudiste a él nuevamente? ¿En qué rayos estabas pensando? —continuó Marianne con su bombardeo de preguntas mientras Frank intentaba asimilar que ahora él había perdido un don.

—¡Lo hice por Lucianne! —dijo él finalmente, apretando las manos con actitud derrotada. Se sentía estúpido por haberse dejado engañar nuevamente—. Pensé que podría hacer algún tipo de intercambio, que me entregaría el don de la bondad si le ofrecía… otro a cambio…

—¿Y por eso decidiste ofrecerte a ti mismo? —preguntó Marianne y él se quedó callado.

Lo había entendido todo mal, no había ido corriendo a ofrecer un don que ni siquiera sabía que poseía. Levantó la vista hacia ella y luego miró a Samael. El papel que había entregado pertenecía a uno de los dos, pero ¿cuál habría sido? Se llevó la mano al bolsillo y sacó un trozo de papel que miró de reojo para luego volver a guardarlo.

—Algo tenía que hacer. No podía simplemente quedarme sentado, discutiendo planes mientras el tiempo para ella se agota. ¡Y ahora yo también tengo el tiempo contado! ¿Ya saben todos que si no recuperamos los dones moriremos?

Marianne volteó enseguida hacia los demás, que intercambiaron miradas de desconcierto, a excepción de Angie, que no parecía sorprendida.

—¿Es verdad? —preguntó Lilith, pero ella permaneció en silencio, confirmando así aquella revelación—. ¿Cuándo pensabas decírnoslo?

—No… No sabía de qué forma hacerlo.

—Entonces lo débil que se ha mostrado Belgina últimamente… ¿es porque se está muriendo? —formuló Mitchell, alarmado.

—No. No se está muriendo —Marianne alzó la voz—… Escuchen, sé que es difícil de asimilarlo, pero no quería decírselos precisamente por temor a que esto los desanimara… o peor aún, que los llevara a cometer locuras como la que Frank hizo.

—Aún así debiste decírnoslo —replicó Lilith con gesto decepcionado.

Marianne volvió a enmudecer, imposibilitada para decir algo más, y entonces Mitchell se dirigió hacia las escaleras.

—…Iré a ver cómo está Belgina.

—¿Alguien podría decirme cómo volver a la cafetería desde aquí? —preguntó Mankee, siguiéndolo en la misma dirección y detrás de él, Lilith también decidió marchar, apartando la mirada de Marianne sin decir nada. Angie pasó junto a ella, limitándose a encoger los hombros al llegar a su altura.

—Te dije que tarde o temprano se sabría.

Y de esa forma se marchó.

Samael esperó a que Marianne dijera algo, pero no lo hizo, mantuvo la vista en el piso. Frank se levantó, sacudiéndose la ropa y los contempló con gesto parco.

Se llevó la mano nuevamente a la chamarra y le echó otro vistazo al pedazo de papel que le quedaba. El nombre “Samuel Darwin” se distinguía claramente, lo que significaba que la nota que le había entregado a Hollow contenía los datos de Marianne.


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