CAPÍTULO 33

33. LA REGLA DE TRES

Cuando Marianne regresó a la cafetería por Loui, lo encontró muy entretenido leyendo una historieta y con una torre de revistas a un lado. Demian estaba sentado aparte en uno de los gabinetes, perdido en sus propios pensamientos.

—Lo siento por haber tardado tanto. ¿Te dio algún problema? Puedo pagar las molestias que haya causado.

Demian alzó la vista hacia ella, pero no parecía mirarla. Pasados unos segundos, se apoyó en la mesa para incorporarse.

—No hay problema, dejémoslo así… ¿Belgina está bien?

Por un instante ella olvidó su excusa, así que lo miró confundida, pero en cuanto cayó en cuenta trató de minimizarlo.

—¡…Ah, sí, claro! Fue sólo un… malentendido con su madre.

Demian no preguntó más, parecía aún inmerso en sus reflexiones, así que decidió no seguir molestando.

—Bueno, será mejor que nos vayamos, supongo que… aún quedarán cosas que hacer aquí después de lo que pasó y… eso. Gracias por vigilar a mi hermano por un rato… ¡anda, deja esas revistas que tenemos que irnos!

—¡Pero son de Cameron Devlin, y este número no lo tengo! —protestó Loui sin querer dejar atrás las revistas.

—¡Me da igual, tenemos que volver a casa!

—Puedes llevártelo —intervino Demian—. Y también puedes volver luego para leer los que quieras.

—¡…Gracias! —exclamó Loui, mostrando su mejor sonrisa victoriosa a su hermana para demostrarle que de nuevo se salía con la suya y ella únicamente frunció el ceño.

—¡…Bien, bien, ya vámonos!

—¿Saben cuándo volverá su padre? —preguntó de pronto Demian y por la mirada de ella, supo que debía tratar el tema con pinzas—… Mi casa es muy grande y… si necesitan algo, pues…

—Te lo agradezco, pero estamos bien en nuestra casa —respondió ella de una manera que parecía decirle entre líneas que no necesitaban de su caridad, así que él optó por cerrar la boca y asentir—… Adiós, y perdón de nuevo por las molestias.

Salieron ambos de ahí, Marianne empujando a su hermano por delante para que no se detuviera hasta llegar a casa.

—Vas a devolver esa revista cuando termines de leerla.

—¡Pero dijo que podía quedármela! —protestó Loui.

—¡No me importa! La vas a devolver y punto. Suficientes tienes en casa. —El niño hizo una mueca, pero no le discutió—. Espero que no te hayas portado impertinente. No se veía muy a gusto cuando llegué, y si me entero que es porque hiciste algo…

—¡Yo no hice nada! Me dejó las revistas mientras se la pasaba yendo de un lado a otro ordenando cosas y hablando por teléfono, incluso tuve el detalle de sacarlo a rastras de la cocina cuando casi se desmaya por el intenso olor de la lejía. Quizá por eso me dejó la revista, en agradecimiento, así que tengo derecho a quedármela. ¡No se diga más! —dijo Loui, dando por terminada de esa forma la discusión.

Marianne tan sólo emitió un gruñido y continuaron en silencio, aunque durante todo el trayecto ella no pudo evitar la extraña sensación de que alguien los estaba siguiendo y se la pasó volteando constantemente, sin embargo, nunca vio a nadie o nada fuera de lo común, así que trató de desecharlo, pensando que se estaba volviendo paranoica.

Demian continuó con semblante pensativo mucho después de que Marianne y Loui se marcharan, ocupando la mesa usual de ellos. Ya había oscurecido y únicamente tenían encendida la luz de la calle. Mankee salió de la cocina llevando dos platos de hamburguesas y se sentó frente a Demian, arrimando uno hacia él.

—Llevas aquí todo el día sin comer nada, tu padre se enfadará.

—No más después del desastre en que lo metí al incitarlo a comprar este lugar.

—Bueno, al menos no había nadie más cuando murió Gerald, hubiera sido peor. Los chicos no dirán nada que perjudique al lugar, así que supongo que deberías estar tranquilo en ese sentido —dijo Mankee, dando una mordida a su hamburguesa mientras Demian lo observaba sin tocar la suya.

—¿…Puedo saber cómo es que de pronto ya eres tan familiar con ellos? —lo cuestionó Demian con curiosidad y Mankee se detuvo a medio bocado. Estaba en extremo agradecido por la ayuda que le había brindado y por ello no se sentía a gusto mintiéndole, pero sabía que debía ocultarle la verdad.

—Bueno… ya sabes. Pasan tanto tiempo aquí que uno se acostumbra a estar en su presencia —respondió él, tratando de disimular su incomodidad con una sonrisa.

Demian no dijo nada y decidió darle una mordida a la hamburguesa que tenía enfrente solamente para tener algo en el estómago, pero desde el momento en que el jugo de la carne tocó su paladar se le abrió el apetito.

—¿Tú las hiciste?

—Sí, ¿por qué? ¿No quedaron bien? Lo siento. Hice lo mejor que pude.

—Al contrario… creo que es la mejor hamburguesa que he probado —expresó él, examinándola entre sus manos. Ahora que le prestaba atención no sólo sabía bien, se veía apetitosa y por si fuera poco el olor no hacía más que aumentar su antojo—. ¿Has intentado preparar otros platillos además de hamburguesas?

—Bueno… no sé si debería decírtelo ahora que eres el jefe…

—No soy el jefe, deja de llamarme así.

—Pues… a veces por las noches, cuando ya todos se han ido, me da por probar las distintas especialidades del menú… pero enseguida dejo todo limpio para que no se den cuenta al día siguiente… Espero que no te moleste.

—Todo lo contrario. Creo que es lo mejor que he escuchado en todo el día —repuso él con una sonrisa y una idea brotando en su mente mientras le daba otro gran bocado a la hamburguesa.

Esa noche las pesadillas de Marianne volvieron. Sin embargo, todo fue diferente. Estaba en medio de un enorme salón vacío y oscuro en el que solamente resonaba el eco de sus pisadas. De pronto las luces comenzaron a encenderse en distintos puntos, luces provenientes de candelabros de cristal que colgaban del techo. Notó entonces que llevaba un elegante vestido verde con cola de organza. Era imposible, ella nunca usaba vestidos.

De lejos empezó a escuchar el sonido de una orquesta tocando un vals, miró a su alrededor, pero estaba vacío. Dio vueltas buscando el origen de aquella música y cuando se dio cuenta, ya estaba en brazos de alguien bailando al compás de ese mismo vals. Trató de verle el rostro, pero no podía, parecía estar envuelto por las sombras.

De pronto el ritmo de la música fue acelerándose y la vista del salón empezó a marearla. Intentó soltarse, pero la sombra la sujetó aún más fuerte y un aura oscura y amenazante fue surgiendo de ésta, cerniéndose sobre ambos. Quería gritar, pero algo se lo impedía. La sombra comenzó a reír mientras la oscuridad los engullía. Y entonces vio a Samael, de pie en un extremo del salón, contemplando desorientado a su alrededor.

—¡Samael! —alcanzó a gritar y él centró su atención en ella, en sus ojos aterrados que tampoco comprendían lo que estaba ocurriendo.

Trató de acudir en su ayuda, pero un muro invisible le impedía avanzar, repeliéndolo como si estuviera electrificado.

Se puso de pie nuevamente y vio cómo la sombra iba arrastrando a Marianne hacia la oscuridad por más que ella se resistía y luchaba por soltarse, gritando su nombre. Volvió a arremeter contra la valla invisible, golpeándola por más daño que le hiciera, llamando a Marianne, pero ella no podía escucharlo, era como si el muro amortiguara su voz.

La sombra desapareció en la oscuridad y ahora le tocaba turno a ella. El aura oscura la rodeaba, cubriéndola de pies a cabeza, no había forma de escapar y en su desesperación lanzó un último grito que aún sentía en su garganta una vez que abrió los ojos y vio a Samael frente a ella, mirándola con preocupación.

—Tranquila, estás bien, ya todo pasó.

—¿Samael, qué…? —Se incorporó sin terminar la frase, mirando a su alrededor como si quisiera asegurarse del lugar en el que se encontraba. Era su habitación y el amanecer ya asomaba en el horizonte. Samael estaba frente a ella, con una rodilla sobre la cama y sujetándole el rostro—. ¿Qué haces aquí? Tuve una pesadilla… y tú estabas en ella.

—Lo sé. Lo vi —respondió él, soltándola una vez que ya parecía haberse calmado.

—¿Cómo que lo viste? —inquirió ella con sorpresa—. ¿Es que tuvimos acaso el mismo…?

—Estuve ahí. Quería probar si podía introducirme en tus sueños para saber lo que tu subconsciente te muestra —explicó Samael—. Se me dificultó al principio. La mente inconsciente no funciona igual que cuando estás despierta y puedes controlar tu línea de pensamiento, hay demasiadas trabas y distintas vertientes que pueden llevar a versiones falsas, trampas de la misma mente para protegerse. Pero finalmente lo conseguí, me encontré en medio de un salón enorme y vacío. Había música, pero no hallé el origen de ésta, y entonces escuché tu voz, me llamaste y cuando alcé el rostro te vi a lo lejos… había una sombra contigo.

Marianne se estremeció. Lo recordaba. Ahora sí podía recordarlo. Y no sólo eso, también Samael lo había visto y por alguna razón esto era lo que más le desconcertaba.

—¿…Acaso soy tu conejillo de indias? —Samael no supo qué responder a eso—. ¿Qué pretendías al introducirte en mis sueños? Se trata de mi subconsciente, es todavía más privado, incluso para mí.

—Lo siento, yo sólo… quería ayudar. Las otras veces que has tenido pesadillas parecías pasarla muy mal —respondió él, sintiéndose de pronto culpable.

Marianne parecía contrariada, pero dio un suspiro y trató de suavizar su expresión.

—¿…Entonces qué piensas? ¿Qué significa? —preguntó finalmente, pero Samael negó con la cabeza.

—Honestamente no tengo idea. Quizá solamente estés preocupada por lo que pueda ocurrir si llegan a completar todos los dones.

—Faltan tres —repuso ella con tono grave—. Tres más y habrán ganado.

Silencio.

—¿Qué crees que ocurrirá si consiguen todos? —continuó ella. Samael siguió sin responder—. Sé que te preocupa tanto como a mí, o quizá más, por eso debo insistir en que consideres seriamente mi idea. No nos queda mucho tiempo y mientras más lo pensemos, menos oportunidad tendremos de recuperar los dones.

—No hay discusión. Tú no lo harás —replicó él de forma inmediata.

—¿Entonces quién? Tú no puedes, podríamos perderte definitivamente en el intento y tanto las chicas como Frank ya no poseen los dones, además de apenas enterarse que sin ellos…

—No sé. Tengo un mal presentimiento —agregó Samael con la mirada baja y expresión preocupada—. Como si todo lo que intentamos fuera inútil y estuviera predispuesto que los dones deben aparecer. Que nada de lo que hagamos servirá y quizá nuestra atención debería estar puesta en lo que ocurrirá después.

—No puedes estar hablando en serio —dijo Marianne, contrayendo el rostro, sin poder creer que aquellas palabras salieran precisamente de él.

—Lo siento. Tengo la mente hecha un embrollo. Necesito aclarar mis ideas —y al decir esto desapareció con un chispazo de luz, dejando a Marianne más confundida de lo que ya estaba. Seguramente se había ido al ático para pensar en ello más detenidamente.

Ganas no le faltaron de seguirlo e insistir en el tema, pero decidió que no lo haría, que le dejaría meditarlo si es lo que deseaba. Revisó su móvil y no encontró ninguna respuesta al mensaje que había enviado por la noche. Un mensaje de disculpas.

Claro que seguirían molestos, ¿qué esperaba? No es lo mismo pensar en vivir el resto de tu vida sin aquello que te hace especial que el enterarte que ese “resto de tu vida” no será más que unos meses cuando mucho. Se sentía fatal, ¿de qué forma recuperaría su confianza? Se fue de espaldas contra el colchón y se quedó ahí recostada un rato hasta que vio de reojo la hora. Las siete de la mañana y era domingo. ¿Se molestarían en casa de Belgina si le hacía una visita? Ella era la única que dudaba que en ese momento la odiara y necesitaba además cerciorarse de su estado, que de verdad se encontraba mejor.

Y así lo hizo finalmente. Fue a casa de Belgina y aunque al parecer terminó despertando a su madre con el timbre, ésta la dejó pasar mientras murmuraba algo de que era demasiado temprano para las visitas. Belgina ya estaba despierta cuando entró a su cuarto. Estaba sentada en la cama muy quieta y con la espalda en extremo derecha. Una sonrisa se dibujó en su rostro en cuanto la vio entrar. Tomaron el desayuno ahí mismo y aunque efectivamente Belgina ya se veía mejor, no pudo evitar notar que sus distracciones eran cada vez más frecuentes.

—¿Te dijeron los chicos algo de lo que pasó ayer? —preguntó Marianne.

—Ah, lo siento por no poder ir, mi madre decidió pasar todo el día conmigo. Me llevó a la clínica para hacerme unos estudios. Me sacaron sangre. Mitchell vino ayer dos veces, pero no lo dejó pasar, no sé por qué.

Marianne arqueó las cejas, preguntándose si acaso su madre estaría sacando de contexto su misteriosa afección y se la atribuía a la secreta relación entre ella y Mitchell.

—¿Y ya recibieron los resultados?

—Mañana los tienen —respondió ella como si le restara importancia.

—¡Ustedes pueden entrar, pero no él! —la voz de la madre de Belgina se escuchó desde la sala hasta la habitación en la que ellas estaban, y sonaba más enojada esta vez.

—…Espera aquí, iré a ver qué pasa.

Marianne salió de ahí y fue directo hacia la sala. Angie, Lilith y Mitchell estaban en la puerta. Este último tenía la expresión más aterrada que le había visto hasta entonces.

—Pero ¿yo qué hice? Sólo quiero saber si ella está bien.

—Está perfectamente, ahora que lo sabes, ya puedes irte —reiteró la madre de Belgina, cediéndole el paso a Angie y Lilith, que enseguida entraban sin decir palabra alguna, temiendo empeorar su humor si lo hacían.

—Pero… pero… —balbuceó Mitchell, sin hallar explicación alguna para aquel recibimiento. La mujer procedió a cerrar la puerta sin darle oportunidad de decir nada más y se alejó de ahí farfullando algo sobre cómo los hombres eran todos iguales.

De pie en extremos opuestos de la sala, las tres chicas se miraron en silencio. Lilith observaba a Marianne con una expresión seria que no era común en ella mientras Angie se mantenía estoica, pasando la vista de una a otra.

—Bueno, ¿qué? ¿No piensan decir nada?

—Yo… de verdad lo siento. Debí decirles desde antes… pero no tenía idea de cómo hacerlo. Sobre todo, siendo ustedes las principales afectadas…

—¿Es lo único que nos has ocultado o hay más? —preguntó Lilith y Marianne calló.

Aún quedaba lo del origen de Samael. No podía decir otra mentira, sería imperdonable… pero tampoco podía simplemente exponerlo estando él ausente. Sólo quedaba una cosa por hacer.

—Eso… tendremos que hablarlo cuando estemos todos reunidos.

Lilith la miró confundida, pero no preguntó nada más. Se trasladaron hasta la habitación de Belgina y mientras pasaban una ronda de ensalada de frutas, decidieron ponerla al tanto de lo que presumiblemente le estaba ocurriendo.

—Entonces… ¿me estoy muriendo? —preguntó Belgina con gesto desorientado.

—No hay que pensarlo de esa manera —declaró Marianne, intentando borrar esa idea de sus mentes—. La muerte no tiene solución, esto sí lo tiene. Podemos detener el proceso, y para ello tal vez sea necesario recurrir a métodos un tanto peligrosos con tal de tener una oportunidad más para emboscar a ese demonio.

—Te refieres a la muerte inducida y posterior resurrección, ¿verdad?

Marianne asintió, temiendo que nuevamente se negaran, pero ahora Lilith parecía más presta a considerarlo.

—Es posible provocar un paro respiratorio y después de unos segundos realizar una reanimación cardio pulmonar —comentó Lilith algo reacia.

—Supongo entonces que soy la más apta para tal encomienda —dijo Angie.

—No, ninguna de ustedes puede hacerlo. Ya han perdido sus dones, no son de interés para Hollow.

—¿Qué sugieres entonces?

Un golpe en la ventana las sacó de concentración. Voltearon extrañadas y vieron una segunda piedra estrellarse contra el vidrio. Se acercaron a la ventana y al asomarse vieron a Mitchell abajo en la calle, agitando los brazos.

—¡Sólo quería ver que Belgina estuviera bien! —dijo Mitchell, alzando la voz para que lo escucharan.

—Existe el teléfono, ¿sabes? Pudiste haber roto la ventana y golpear a alguna de nosotras —le increpó Marianne.

—Tú aún tienes muchas cosas que explicarnos —le reviró Mitchell, señalándola, y ella puso los ojos en blanco mientras Belgina se asomaba en la ventana y le dedicaba un saludo—. ¡Hola, nena! ¿Te sientes mejor?

Ella asintió con una sonrisa, pero a ninguna le dio tiempo de decir nada más pues la madre de Belgina salió en ese momento, hecha una fiera.

—¡¿Qué te dije?! ¿Quieres que llame a la policía? ¡Puedo hacerlo, tengo contactos!

—¡Nos vemos! —alcanzó a decir antes de huir a toda prisa de ahí.

—¿Se dará cuenta siquiera que tu madre cree que estás embarazada? —comentó Angie con ligereza.

—¡¿Que yo qué?! —reaccionó Belgina realmente perpleja por primera vez en el tiempo que llevaba sin el don.

Samael no soñaba. Cada vez que dormía se sumergía en un estado de reposo total del que no se enteraba de nada hasta que volvía a abrir los ojos. Para él era como si momentos antes acabara de cerrarlos.

Sin embargo, a veces cuando despertaba tenía un conocimiento nuevo implantado en su mente. Era como si, mientras dormía, se descargara en su cerebro una nueva actualización de su sistema. Así fue que de un día para otro supo que podía modificar memorias, o que de pronto descubriera que podía transportarse a cualquier lugar con sólo pensarlo. Aquello tenía que ser obra del plano superior, de eso no tenía duda. Después de todo, ellos lo habían enviado solamente con una misión en mente, pero con varios espacios vacíos que le era imposible llenar sin mayor conocimiento previo.

Quizá lo habían hecho todo con premura, lo habían enviado inconcluso debido a un error de cálculo, y para compensar aquella falla habían estado incorporándole poco a poco los conocimientos que le hacían falta. De esa forma fue que esa mañana había despertado con la certeza de que, si lo intentaba, lograría introducirse en los sueños de Marianne y efectivamente lo había conseguido, pero algo más había estado rondando su mente desde entonces, y eso tenía que ver con los dones.

Por alguna razón, había despertado con la idea de que los dones eran caso perdido, que ya no podían hacer nada por recuperarlos, que sólo les quedaba esperar a que estuvieran completos para pasar a la siguiente fase: enfrentar las consecuencias. Esto lo desconcertó. ¿Cómo era posible que el plano celestial les ordenara indirectamente por medio de aquella noción que debían abandonar sus esfuerzos? Eso no tenía sentido para él. ¿Cuáles serían las consecuencias en cuanto los dones se completaran? ¿Había algo que impidiera que los dones fueran recuperados una vez que empezaron a aparecer?

Necesitaba más respuestas que sólo el sueño le podría proporcionar, así que se recostó y trató de obligarse a dormir, pero no lo consiguió. Recordó entonces las pastillas que Marianne tomaba después del accidente; si tenía suerte quizá las encontraría aún en su cajón. Se trasladó a la habitación de Marianne y comenzó a requisar su tocador hasta encontrar por fin los frascos. Los observó con atención, preguntándose cuál era el que necesitaba para ponerlo a dormir. Leyó las etiquetas, esperando así descubrirlo, pero no eran más que palabras complicadas que no tenían ningún sentido para él, así que optó por tomar una pastilla de cada frasco.

A continuación, regresó al ático y volvió a recostarse con la esperanza de que funcionara esta vez. Pasaron unos minutos y no parecía ocurrir nada hasta que lentamente el umbral de su visión comenzó a apagarse y dejó simplemente de pensar.

Para cuando Marianne regresó a casa, fue directo al desván y vio con sorpresa que estaba dormido. Qué inusual. Él no solía tomar siestas durante el día. Lo sacudió levemente, pero él no despertó. Hizo un segundo intento, esta vez con un poco más de vigor, pero él continuó sin despertar.

Aquello no era normal. De alguna forma u otra, Samael siempre estaba alerta cuando se le necesitaba. Algo no iba bien.

—¿Samael? ¡Oye, despierta! ¡No es hora para que estés durmiendo, aún quedan cosas por hacer! —exclamó ella, sacudiéndolo con fuerza, pero era inútil, él no reaccionaba.

Retrocedió alarmada. La idea de que hubiera hecho algo para evitar que intentara probar su teoría del don de la resurrección la sobrepasaba.

—¡Despierta! ¡Reacciona ahora! —continuó, presionándolo contra el colchón hasta hacerlo rebotar, pero ni así consiguió una sola reacción de su parte. Agotada y angustiada, terminó de rodillas frente a él, colocando el oído sobre su pecho, sin saber qué más hacer.

Y entonces escuchó su corazón. Latía con un ritmo cardíaco normal. Acercó la mano hacia su rostro y pudo sentir su respiración constante, sin jadeos ni dificultades. Su pulso también palpitaba con normalidad. No parecía tener ningún problema aparte del hecho obvio de que no despertaba. Como si estuviera inmerso en un sueño muy profundo.

Se echó para atrás y se sentó en el suelo, con el rostro hacia el techo en señal de alivio y a la vez sintiéndose tonta por imaginar lo peor, cuando lo primero que debió de hacer fue verificar sus signos vitales.

Pero aún así seguía sin entender a qué se debía su estado. Si solamente estaba durmiendo o en alguna especie de trance. Como fuera, por ninguna razón podía dejar la puerta sin asegurar. Si no despertaba pronto, tendría que excusarlo con los demás y retrasar su revelación.

Desafortunadamente continuó en aquel estado al día siguiente…

El ángel permanecía recostado con el mismo semblante apacible mientras Marianne lo observaba de pie frente a él.

—Si puedes escucharme, necesito que sepas que hoy es el día… Lo haremos —murmuró Marianne—. Lilith lo consiguió todo. Y aunque aún no llegamos a un acuerdo sobre quién lo hará, ya decidí que seré yo. Sólo quería que lo supieras.

Esperó unos minutos por alguna reacción, pero nada ocurrió. Decidió marcharse, no sin antes asegurar con llave la puerta del ático por precaución.

En su camino hacia la escuela volvió a tener aquella inquietante sensación de que la estaban siguiendo, pero cada vez que volteaba no había más que gente yendo al trabajo o chicos corriendo para llegar a clases.

De todo el tiempo que llevaba en la ciudad, la única ocasión en que se había sentido así fue cuando Ashelow había descubierto su identidad… pero ése no era el caso ahora.

Terminó llegando tarde a clases, pero al menos la sensación de que la estaban siguiendo había desaparecido. No sabía si compartir su inquietud con los demás o atribuírselo a la presión que tenían últimamente.

—Podríamos convencer a Monkey de que lo haga —comentó Lilith mientras se dirigían a sus prácticas de básquetbol—. Es prácticamente el nuevo, ha pasado por menos peligros, que al menos haga un pequeño sacrificio por nosotros.

Marianne no respondió. Tenía planeado exponer su caso llegada la hora para que ya no hubiera marcha atrás. Ni Mankee ni Mitchell eran los indicados para realizar esa tarea, puesto que Hollow ya había analizado sus dones y no eran elegibles para él. TENÍA que ser ella.

—¿Es cierto que murió el cocinero del Retroganzza? —preguntó Kristania, apareciéndose en medio de ellas y rodeándolas con los brazos en plan confidente.

—¡Sí, ¿cómo te enteraste?!

—Los rumores corren rápido por aquí. —Traducción: “Mi hermano me lo dijo y yo se lo dije a los demás”—. ¡Pobre Demian! Apenas y ha tomado el control del lugar y ya se le está viniendo abajo.

—Ya pensará en algo para solucionarlo —confió Marianne, y justo en la puerta del auditorio se toparon con él, que iba saliendo con sus compañeros del equipo.

—…Hola —las saludó él escuetamente y ellas respondieron casi al unísono.

Él pasó la mirada entre ellas hasta posarla en Marianne. Parecía querer decir algo, pero no se atrevía con ellas ahí presentes.

—¿Podría hablar contigo después? —dijo finalmente en cuanto sus compañeros salieron del lugar. Sus ojos fijos en Marianne—. Necesito preguntarte algo. Es… importante.

—…Está bien —respondió ella, extrañada. Parecía tratarse de algo serio y le daba curiosidad. Él tan sólo hizo un movimiento de cabeza a manera de despedida y a continuación salió de ahí mientras las tres chicas lo seguían intrigadas con la mirada.

En cuanto se hubo marchado, Kristania apretó fuertemente el brazo de Marianne y la sacudió, mirándola con los ojos y la quijada muy abiertos. Parecía desquiciada.

—¡¿Qué demonios pasa contigo?! ¡¿Quieres desmembrarme?!

—¡¿No entiendes lo que eso significa?! ¡Se te va a declarar! —afirmó Kristania con las manos casi clavadas en sus brazos.

El rostro de Marianne se contrajo en una expresión de incredulidad.

—¿De qué estás hablando?

—¿En serio lo crees? ¿Se atreverá por fin? —intervino Lilith, atrayendo la mirada inédita de Marianne.

—¿Qué es esto? ¿Tú también? —protestó ella, sintiéndose de pronto atacada y traicionada por quien debería apoyarla.

—¡Oh, vamos! Deja de lado el acto y enfrenta la verdad. Además, ¿quién no caería por alguien como él?

—Sin duda yo grito y me desmayo en ese momento —la secundó Kristania.

—Tendría sentido de hecho, confirmaría nuestras sospechas —añadió Lilith, dándole unas palmaditas en la cabeza como si la comprendiera.

—¡Pues están equivocados! ¡Eso no ocurrirá, ¿oyeron?! ¡Están malinterpretando todo! —exclamó ella, sacudiéndose y haciéndoles frente con disgusto.

En eso escucharon que alguien se aclaraba la garganta y al voltear se encontraron con el entrenador en medio de la pista, de brazos cruzados y moviendo impaciente el pie.

—¿Vienen a entrenar o a hablar de muchachos? ¡Diez vueltas a la cancha!

No protestaron. Se limitaron a correr alrededor de la pista a la orden.

Para cuando salieron del recinto ya no volvieron a mencionar el asunto a Marianne. Al menos de momento.

Se reunieron con los demás a las afueras del colegio y notaron que Belgina llevaba prácticamente guardaespaldas. El asistente de su madre la seguía de cerca, evitando que Mitchell se aproximara demasiado a ella, no dejándole más opción que caminar por detrás de ellas como un cachorrito perdido.

Para su sorpresa la cafetería estaba abierta y había gente, como un día cualquiera. Mientras entraban, el hombre que seguía a Belgina le hizo un ademán a Mitchell para indicarle que estaría vigilándolo y éste no pudo evitar sentir que algo se le atoraba en la garganta mientras lo veía quedarse en la puerta a custodiarla. Al interior de la cafetería, el otro mesero iba de un lado a otro llevando órdenes sin darse abasto y en lugar de Mankee, estaba Demian también haciendo su parte.

—¿Qué pasó con Monkey? ¿Lo despediste? —preguntó Lilith en cuanto Demian se acercó a su mesa—. ¡Qué cruel, no tenía a dónde ir!

—¡Claro que no! Él está en la cocina. Es el nuevo cocinero.

—¿…En serio? ¿Y es permanente o hasta que alguien se intoxique con la comida?

—Descuiden, realmente lo hace muy bien. Me tomó por sorpresa, pero creo que finalmente vino a solucionar el problema que teníamos.

—¿Significa eso que ahora estará más ocupado? —preguntó Marianne, imaginando que eso le impediría asistir a la mayoría de sus reuniones y Demian la miró con expresión insondable, como si estuviera preguntándose qué importancia tenía aquello.

—Pues si hay muchos clientes me imagino que sí. Así es el trabajo —dijo él con tono de obviedad y ella bajó la mirada sintiéndose estúpida, preguntándose de pronto por qué no le respondía con algún comentario sarcástico como solía hacer.

—¿Y qué pasó con nuestra ronda gratis de esta vez? —intervino Mitchell, sentado en la esquina de la mesa para observar al cuidador de Belgina por la ventana.

—No abuses —le replicó Demian. Entonces comenzaron a llamarlo de una de las mesas y él tuvo que acudir—. Ahora regreso por sus órdenes.

En cuanto se alejó de ahí, Lilith le dio un codazo a Marianne, tomándola desprevenida.

—¡Auch! ¿Por qué…?

—¿No le vas a preguntar qué quería hablar contigo?

Marianne se quedó callada y miró de soslayo a Demian. Parecía relajado y había desaparecido de su rostro aquel gesto serio.

—…Si es tan importante, él mismo me lo dirá, de lo contrario no pienso molestarlo, está ocupado.

Lilith dio un resoplido por la nariz y giró los ojos hasta ponerlos en blanco en señal de desacuerdo, y a continuación se puso de pie.

—Iré a convencer a Monkey de que sea nuestro voluntario.

Y sin más se metió a la cocina, sin ningún tipo de restricción.

—Yo también estoy dispuesto a hacerlo, con tal de terminar con toda esta locura de una vez —comentó Mitchell, jugando con una pajilla. Marianne prefirió guardarse sus argumentos hasta llegada la ocasión.

—¡Vamos, Monkey! ¡Tienes que hacerlo por nosotros! ¡Vamos a morir si no los recuperamos, ¿sabes lo que es eso?!

—¡Lo entiendo perfectamente, es el mismo riesgo que estaría corriendo! —respondió Mankee mientras freía unas hamburguesas—. ¡Y lo que es peor! Que ni siquiera puedan traerme de vuelta, no me extrañaría que ocurriera, ¡de hecho temo estar viviendo mis últimas horas de vida! ¿Sabes de qué me enteré? Cuando el señor Ganzza abrió esta cafetería, él mismo se encargaba de la cocina, ¿sabes lo que eso significa? —Lilith únicamente encogió los hombros sin entender a qué quería llegar con eso—. ¡Él, Gerald, la regla de tres! ¡Ahora yo estoy en la cocina, soy el próximo!

—¿No crees que te lo estás tomando demasiado en serio? No es más que una simple superstición.

De la estufa donde freía las hamburguesas salió entonces un fogonazo que llegó hasta el filtro de humo, provocando que la rejilla cayera sobre el mango de un cucharón que reposaba dentro de una olla, éste salió volando hasta topar contra el portacuchillos, el cual cayó hacia el frente y uno de los cuchillos se deslizó con rapidez hasta caer a los pies de Mankee, quien alcanzó a apartarse a tiempo.

—¡¿…Ahora lo ves?! ¡Este lugar está tratando de matarme! ¡No se detendrá hasta tener sus tres muertes seguidas! —El chico parecía realmente desquiciado y con los nervios de punta. Recogió de inmediato el cuchillo y lo colocó como estaba antes, pero lo más lejos posible de él—. Lo único que me queda por ahora es intentar sobrevivir esta semana y con suerte romper la regla, pero si hago una tontería antes que ponga en riesgo mi vida, sin duda no la contaré. Todo lo que podría salir mal, lo hará, ¿entiendes? Estoy caminando sobre una delgada capa de hielo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Demian al entrar a la cocina y ver a Lilith.

Ella únicamente rió y balbuceó alguna excusa tonta, tras lo cual salió de ahí y regresó a su asiento.

—Sigue obsesionado con esa regla de tres. Dice que es el próximo y no puede arriesgarse —informó Lilith, dando un suspiro.

—No importa. Ya dije que yo lo haré —aseguró Mitchell, observando hacia la calle y notando que el hombre parecía distraído con un dispositivo móvil, lo cual aprovechó para acercar su silla a la mesa—. En serio, nena, no entiendo por qué tu madre me odia tanto. Normalmente la gente termina adorándome después de que me conoce, no al contrario.

—Así es, Belgina, ¿por qué no le dices a Mitchell la idea que se le metió a tu madre en la cabeza? —intervino Angie, colocando los codos encima de la mesa y mirándola fijamente. Belgina tan sólo se sonrojó y comenzó a toser.

Demian retornó con ellos en cuanto se desocupó y apenas terminó de apuntar sus órdenes, volteó hacia Marianne.

—¿Podría hablar contigo un momento?

Marianne alzó la vista hacia él como si la hubiera tomado desprevenida, atrayendo también la atención de los demás. Demian se limitó a indicarle con la mirada que lo acompañara hasta la barra y se apartó de ahí. Lilith de inmediato comenzó a darle codazos en un gesto jocoso.

—¡Uyyy, anda a ver qué te dice! Quizá cuando regreses ya tendrás otro tipo de descuento en la cafetería —insinuó Lilith, moviendo las cejas con una sonrisa pícara.

—¡Basta con eso, Lilith! —reclamó Marianne, frunciendo el ceño y esperando no haber quedado roja.

La rubia tan sólo se rió y ella giró los ojos mientras se desplazaba hacia la barra tal y como Demian le había indicado. La invadió una sensación de malestar en el estómago que no hizo más que aumentar en cuanto tuvo a Demian delante. Ni siquiera se atrevió a tomar asiento. Se le hacía ridículo siquiera considerarlo, pero la idea de Lilith se le había metido a la cabeza ahora. ¿Y si no estaba del todo equivocada? No, era imposible. Tenía que tratarse de algo más, aunque en ese momento no se le ocurría nada, sin duda había una explicación racional.

—Perdón por tanto misterio, me imagino que te estarás preguntando de qué quiero hablarte —expresó Demian con la vista fija en sus manos sobre la barra, pensando qué decir—. Bien… Es posible que… la pregunta que te haga te tome por sorpresa… pero espero también que la respondas con sinceridad.

Oh, no. Aquello no tenía buena pinta. Parecía ir por un camino que ella no sabía cómo manejar. Trató de tragar saliva, pero sintió que la garganta se le secaba. El malestar que tenía se le pasó a la boca del estómago e iba en aumento.

—¿No crees que deberían contratar a un segundo cocinero? —lo interrumpió Marianne sin pensarlo. Demian arqueó una ceja sin entender por qué cambiaba el tema de esa forma y ella rápidamente buscó algún motivo para explicar su interrupción—. Lo digo porque quizá Mankee no esté acostumbrado y… podría no aguantar la presión, en todo caso… tal vez no le vendría nada mal algo de ayuda.

—Gracias por el consejo, lo tendremos en consideración. Ahora escucha, lo que necesito preguntarte es…

—¡Y otro mesero! —agregó ella—. En vista de la cantidad de gente que viene últimamente… apuesto a que Lilith estaría encantada de hacerlo, ella estaba en busca de trabajo, ¿recuerdas? Le harían un gran favor si le permiten trabajar aquí.

—De nuevo, agradezco tus sugerencias, pero justo ahora hay algo más importante que intento decir —recalcó Demian, haciéndole una seña para que se detuviera, pero en vez de seguir hablando, su atención se desvió hacia la puerta. Su rostro se tensó y resopló con resignación—. Pero ¿qué hace aquí?

A continuación, salió de la barra y se alejó, abandonando su propósito original. En cuanto Marianne volteó, descubrió que en la puerta estaba el señor Donovan, vestido con un traje gris sin corbata para lucir más casual. Sostenía una valija y tenía una sonrisa benévola, como si estuviera haciendo un reconocimiento del lugar recién adquirido.

—¿Por qué viniste? ¿No tenías una junta?

—Se canceló de última hora, así que tengo la tarde libre —respondió el hombre, observando la decoración del lugar con interés.

—Pero nadie más que tú puede cancelar las juntas.

Su padre sonrió divertido y asintió con la cabeza.

—Así es. En este momento estoy en casa convaleciente por una fuerte gripa, deberías ser más considerado con tu viejo padre. —Demian prefirió no comentar, tan sólo tomó aliento y volvió a expulsarlo varias veces para mantener el control mientras su padre reía y le daba unas palmadas en la espalda—. Relájate, hijo. Sólo quería conocer el lugar por el que luchaste tanto. Se ve bien, ¿piensas hacerle alguna renovación?

—Eso depende enteramente de ti, es tu propiedad ahora.

El hombre se echó a reír y lo sacudió levemente, sujetándolo del hombro.

—¡Eres en verdad algo especial! —dijo él, notando la mesa donde estaba el resto—. ¡Hola, muchachos! Qué bueno que los encuentro por aquí, ¿les gusta el lugar? Seguro son parte de la razón por la que mi hijo decidió rescatarlo.

—¡Awww, ¿en serio?! ¡¿Tanto nos quieres?! —expresó Mitchell en dirección a él con una gran sonrisa socarrona y pestañeando para hacerlo enfadar.

Demian tan sólo puso los ojos en blanco y meneó la cabeza mientras su padre se trasladaba ahora hacia la barra al ver ahí a Marianne.

—¡Hola! ¡Me alegra ver a todos aquí! Me da tanto gusto cuando las personas que son importantes para mi hijo están siempre presentes para apoyarlo en todo.

—…Creo que mejor me voy a la cocina —farfulló Demian entre dientes, sin poder seguir presenciando aquello.

—Es un muchacho algo huraño, no lo hace con mala intención —lo excusó su padre y ella intentó sonreír.

Por una parte, entendía su reacción, ella también se portaba esquiva cuando su padre trataba de mostrarse cariñoso con ella o se ponía a socializar con las personas alrededor a costa suya, aunque no le parecía que el señor Donovan fuera de la clase de padre ausente en que se había convertido el suyo, así que tampoco justificaba la hosquedad de Demian.

—Iré a ver el resto del lugar. Me dio mucho gusto verte —finalizó el señor Donovan con una leve inclinación de cabeza y entrando también a la cocina, siguiendo los pasos de su hijo. Marianne sintió que volvía a respirar. Lo que fuera que Demian intentara decirle, seguramente lo habría olvidado ya y ella podía volver a sus preocupaciones originales.

—¿…Y? ¿Qué te dijo? —preguntó Lilith con el pecho henchido, como si tuviera los pulmones a reventar.

—No era nada importante, sólo una tontería sobre… unas revistas que mi hermano se llevó y no le ha devuelto —mintió ella para no tener que hablar más sobre el tema.

Lilith soltó el aire como si se desinflara de la decepción, y los demás optaron por no decir nada al respecto, así que se enfrascaron en su discusión sobre cómo procederían con sus planes de esa noche. Luego de un rato la cafetería comenzó a despejarse, quedando apenas un par de muchachos en las mesas del otro extremo cuando salió de nuevo el padre de Demian, llevando una cabeza de alce y arrastrando una escalera mientras éste lo seguía.

—No tienes que hacer eso, el lugar está bien como está —objetó Demian mientras su padre colocaba la escalera contra la pared, justo por encima de la entrada, y sostenía la cabeza de alce, como si estuviera visualizándola ahí arriba.

—Éste fue un regalo que me hizo Eugene Ganzza hace muchos años, y en honor a nuestra amistad creo que es justo que lo cuelgue aquí, en tributo a él —alegó su padre, haciendo cálculos con la vista y moviendo la escalera hacia el lugar donde pretendía colocarlo. Entre tanto, Demian meneaba la cabeza en desacuerdo, pero consciente de que no podría hacerlo cambiar de opinión y los chicos observaban con curiosidad la escena.

—¿Necesitan ayuda? —preguntó Mitchell, inclinándose hacia atrás con todo y silla.

—Eso depende, si es ayuda para detenerlo, adelante —replicó Demian a regañadientes, pero su padre únicamente se reía como si fuera una broma.

—Sostén esto —pidió el hombre, dejándole la cabeza de alce para subir y Demian se apresuró a sujetar la escalera.

—¡No puedes subir de esa forma tan temeraria, ten más cuidado!

—Ahora los patos les tiran a las escopetas, ¿no es así? —replicó su padre con tono bromista mientras tomaba de nuevo el ornamento para acomodarlo en la pared.

Demian refunfuñó sin soltar la escalera y así se mantuvo por unos minutos hasta que algo fuera del local llamó su atención. Entornó los ojos en un intento por ver mejor, pero el movimiento de la escalera lo distrajo. Su padre iba bajando de nuevo.

—Veamos entonces cómo quedó. —El señor Donovan se apartó unos pasos hacia atrás en cuanto puso los pies en el suelo y contempló su obra, llevándose las manos a la barba en pose pensativa—… Mmmh, no, no es buen lugar, nadie lo verá al entrar.

—Yo diría que es lo mejor —gruñó Demian aún con la idea de que aquel nuevo capricho de su padre era ridículo, pero éste tomó a la ligera su comentario y volteó hacia su nuevo objetivo: encima de la puerta de la cocina. Quedaba justo en el medio y sería lo primero que la gente vería al entrar.

—¡Bingo! —exclamó su padre, trasladando ahora la escalera hacia ese punto mientras Demian lo seguía, a punto de perder la paciencia.

—¿En serio no necesita ayuda? —volvió a preguntar Mitchell desde su asiento.

—No es necesario, muchas gracias —respondió el hombre que ya llevaba subidos varios escalones hasta llegar a la mitad de la escalera. Demian de nuevo se apresuró a detenerla y a lanzarle miradas a su padre a manera de recriminación—. Relájate, hijo, prometo no volver a irrumpir en tu santuario después de esto, concédeme esta pequeña extravagancia.

Demian soltó una exhalación y se limitó a mirar hacia el frente, esperando a que terminara de colocar la cabeza de alce. Evitó mirar a los chicos para no tener que ver la cara de Mitchell, seguramente deseoso por hacerle burla, o la de Marianne reprochándole su comportamiento, así que mantuvo la vista hacia la calle, sintiendo por la vibración de la escalera cómo su padre realizaba aquella labor que se había propuesto. Y entonces vio de nuevo aquello que había llamado su atención afuera. Fueron tan sólo unos segundos en que la curiosidad inicial dio paso a una certeza alarmante que lo obligó a reaccionar de golpe.

—…Baja. ¡Baja ahora! —ordenó Demian, aferrándose a la escalera de modo que se mantuviera firme, y aunque su padre lo observó confundido, su insistencia era tanta que decidió bajar, aprovechando que ya había colocado el ornamento donde quería, pero en cuanto puso un pie en el peldaño de abajo, éste resbaló al posar todo su peso en él y se fue para atrás durante unos segundos que parecieron ralentizarse junto con todo movimiento.

Nadie alcanzó a reaccionar a tiempo, para cuando Demian soltó la escalera y los demás se pusieron de pie, la cabeza del hombre ya rebotaba fuertemente contra las baldosas y terminó yaciendo inerte sobre el piso.

—¡…Papá! —Demian apartó la escalera de golpe y se lanzó de rodillas al suelo, pasándole el brazo por debajo de la espalda.

—¡Que alguien pida una ambulancia! —exclamó Lilith mientras se aproximaban al sitio de la caída y los clientes que aún quedaban no se movían, aunque uno de ellos sacó de inmediato su celular para hacer la llamada. Mankee y el otro mesero se asomaron por la puerta de la cocina al escuchar el escándalo, y el asistente de la madre de Belgina entró también con radio en mano.

Lilith tomó la muñeca del hombre para comprobar su pulso y luego colocó la mano a un lado de su cuello. Demian la observó expectante, pero su rostro no fue nada alentador.

—…No tiene pulso —concluyó ella con voz trémula.

Demian no reaccionó al principio, tan sólo la miró con la respiración cada vez más pesada hasta que cayó en cuenta lo que aquello significaba.

—…No, no, no. —Demian colocó desesperado el oído en el pecho de su padre para intentar escuchar su corazón, pero su cuerpo era silencio e inmovilidad.

—…La regla de tres —murmuró Mankee sin despegar la vista del piso.

Demian colocó el cuerpo de su padre en el suelo y, desesperado, comenzó a presionar las manos sobre su pecho, en un intento por aplicarle los primeros auxilios.

—¡¿Qué esperan?! ¡Hagan algo, ayúdenme! —exclamó, alzando la vista hacia los demás sin dejar de presionar el pecho de su padre. Miró de reojo hacia la calle y su mirada se encendió mientras aplicaba más fuerza con sus manos.

Lilith siguió verificando su pulso con la vista fija en su reloj y los otros movieron mesas y sillas para hacer espacio.

—…Ya lleva cinco minutos —anunció Lilith.

Marianne se había quedado de pie, inmóvil todo ese tiempo, pero finalmente se colocó de rodillas frente al cuerpo.

—…Dime qué hacer.

Demian alzó la vista hacia ella con expresión alterada, pero a la vez firme, resistiéndose a aceptar aquel final para su padre.

—Ayúdame a aplicar presión sobre su pecho —indicó él, mostrándole cómo y ella asintió, colocando sus manos junto a las de él. Al menor roce de sus dedos sintió una leve estática, como al tocar una barra de hierro en algún autobús. Alzó la vista y notó por la mirada de él que también lo había sentido, pero no dijo nada, se limitó a seguir con aquel presionar frenético contra el pecho del hombre.

—…Diez minutos —agregó Lilith.

La desesperación de Demian aumentaba. A pesar de la presión, a pesar de todo lo que hacían, nada parecía funcionar. Hasta que de pronto el cuerpo de su padre se sacudió como si hubiera recibido una fuerte descarga eléctrica y con el mismo impulso abrió los ojos y dio una profunda calada de aire que infló su pecho.

—¡Papá, ¿estás bien?! —Demian lo sostuvo angustiado mientras él aspiraba varias veces seguidas y trataba de enfocar la vista a su alrededor.

—…Creo que les di un susto de muerte, ¿verdad? —dijo él, intentando sonreír.

—¡No es momento para hacer bromas! —le recriminó Demian, apretando los dientes con las extremidades tensas. Su padre comenzó a ponerse de pie, ayudado por él.

—Supongo que me quedará un chichón enorme después de esto.

—Iremos ahora mismo al hospital, no esperaré a que llegue la ambulancia —decidió Demian, tomando las llaves del bolsillo de su padre y pasándole la mano por la espalda.

—Leo puede llevarlos al hospital —intervino Belgina, haciéndole una seña a su chaperón que pareció considerarlo por un momento para luego aceptar.

—No es necesario, con unas aspirinas me bastará —lo desestimó el señor Donovan, intentando soltarse y caminar por su propio pie, pero Demian se lo impidió.

—¡De eso ni hablar! Mankee, te dejo a cargo. Lilith, ¿querías un trabajo? Pues ahora eres mesera. —Ella parpadeó sin poder pronunciar palabra. Demian recorrió con la mirada los rostros de los demás antes de salir—… Gracias a todos por su ayuda. La cuenta corre a cuenta de la casa.

Y se marchó, conducidos por el guarura de Belgina hacia la camioneta negra con emblema del gobierno, a pesar de las protestas de su padre, jurando que se encontraba bien.

Los chicos intercambiaron miradas en completo silencio, como si ni siquiera fuera necesario expresar lo que estaban pensando.

—…Supongo que los planes de esta noche se cancelan —dijo Mitchell finalmente, poniendo palabras a lo que rondaba por sus mentes.

Por más que Demian hubiera preferido que su padre permaneciera en el hospital en observación, resultó que ni los mismos médicos encontraron nada que fuera de cuidado, tan sólo se le había formado una pequeña protuberancia en la cabeza tras el golpe, pero no sufría daños internos ni craneales, así que el señor Donovan decidió volver a casa a pesar de la preocupación de su hijo.

—¿Puedo saber por qué estamos en este lugar? —preguntó Frank, cruzado de brazos y apoyándose de la reja que rodeaba la casa de Demian, resguardados tras un enorme árbol que se alzaba justo en ese punto—. Pensé que hoy era el día en que harían su experimento para resucitar.

—Pues ya no será necesario. Es posible que Hollow ataque al padre de Demian, así que debemos estar preparados para cuando eso ocurra —respondió Mitchell con las manos en los bolsillos y moviéndose inquieto.

—¿En serio no la quieres? —inquirió Belgina con la chaqueta de Mitchell a su espalda.

—No, no, nena, si te enfermas seguro tu madre no perderá ocasión para culparme y lo que menos necesito es que me odie más.

—No puedo creer que te haya permitido volver a salir, supongo que no le habrás dicho que él también estaría presente —terció Lilith.

—…No le dije que saldría —confesó Belgina—. Ha estado llamando tanto a mi celular que tuve que apagarlo.

—…Ah, bueno, supongo entonces que me quedan unas cuantas horas de libertad antes de que envíe a la policía por mí, perfecto, lo que me faltaba —replicó Mitchell, dando un resoplido que expulsaba vaho frío.

—Todo parece normal ahí dentro —comentó Marianne con la vista fija en la casa. Las luces estaban encendidas al interior y no se notaba ningún movimiento fuera de lo común—… Cuando tengamos algún indicio de peligro, alguien debe asegurarse de que Demian no trate de interferir.

—Parece el trabajo indicado para ti —dijo Lilith, alzando y bajando las cejas con una sonrisa jocosa. Marianne le lanzó una mirada hastiada, pero tampoco estaba dispuesta a seguir su juego.

—Yo puedo mantener al señorito a raya —se ofreció Frank, llevándose un cigarro a la boca y encendiéndolo, pero antes de que pudiera dar siquiera una calada, Marianne se lo arrebató y lo apagó en el suelo de un pisotón.

—No fumarás en nuestra presencia, no queremos llamar la atención.

Franktick la miró incrédulo y se limitó a resoplar una risotada mientras sacaba otro cigarro en abierto desafío.

—Pues te tengo noticias, somos siete chicos frente a las rejas de una mansión ocultándose tras un árbol en actitud sospechosa, por supuesto que vamos a llamar la atención, ¿acaso no estaba disponible su niño héroe que los transporta a todos lados para evitarnos toda esta ridiculez? —espetó el muchacho, encendiendo otro cigarro a lo que Marianne reaccionó lanzándolo al suelo nuevamente y apagándolo. Él le dedicó una mirada fría y retadora—… No vuelvas a hacer eso.

Ella le sostuvo la mirada y Mitchell se interpuso de inmediato para evitar más roces.

—¡Tranquilos! Recuerden por qué estamos aquí, no es momento para discusiones.

Marianne se apartó con un bufido y volvió a concentrarse en la casa mientras Frank aprovechaba y encendía su tercer cigarrillo con actitud triunfante mientras ella le dedicaba una mirada recriminatoria desde su posición.

—Sin embargo, es una buena pregunta, ¿podríamos saber por qué Samuel no está con nosotros? No se aparece desde ayer, ¿le pasa algo?

—Él… no está disponible —respondió Marianne, tratando de no ahondar en el asunto—. Tendremos que arreglárnoslas sin él por el momento. Podemos hacerlo.

Los demás no hicieron más preguntas, se limitaron a observar hacia la casa, en espera de que ocurriera algo.

—¿…Podrías ya dejar eso e irte a dormir?

Demian veía con intranquilidad cómo su padre había decidido de buenas a primeras comenzar a usar la caminadora que tenían en la sala de ejercicios.

—Realmente no tengo ni una pizca de sueño —se excusó su padre con el sudor cayéndole por el rostro, corriendo sobre la banda, enfundado en un chándal—. Lo ocurrido hoy me hizo darme cuenta de que necesito mayor coordinación y condición física para evitar otro tropiezo… y además me siento con una energía desbordante, creo que hasta podría correr alrededor de la casa hasta amanecer. Y quizá lo haga, ¿me acompañarías?

—Obviamente el golpe te ha hecho un desbarajuste mental. ¡Vete a dormir! —decretó Demian como si le estuviera dando un ultimátum—. Y será mejor que canceles tu vuelo de mañana porque vas a quedarte en cama todo el día hasta que estemos seguros de que el golpe no tuvo consecuencias.

—Escúchate nada más, ¿a quién estarás sonando? —le replicó su padre con una sonrisa orgullosa. Demian sintió que sus mejillas se encendían así que optó por desviar la vista y aclararse la garganta—. Muy bien, te daré gusto. No quiero preocuparte de más. —Bajó de la caminadora y tomó una toalla para secarse el rostro—. Tal vez necesite una de esas pastillas para dormir porque dudo conciliar el sueño, no me siento cansado.

—Aguarda aquí, iré por el frasco y te traeré agua.

Recibió una palmada agradecida de parte de su padre, lo cual finalmente le sacó una sonrisa más relajada. Salió a continuación del cuarto y subió rápidamente a su habitación en busca del frasco. Decidió cerrar la ventana antes de salir y en cuanto echó el cerrojo, fijó su atención en unas figuras al inicio de la verja que observaban hacia la casa, apenas ocultas por el gran árbol frondoso que tenían a la entrada. No alcanzó a distinguirlas bien, pero en cuanto las vio, tuvo la sensación de que algo iba mal.

—…Papá —susurró Demian con aquella misma certeza que tuvo en la tarde de que algo iba a ocurrir, aquella agobiante sensación de alarma. Sin perder tiempo, se lanzó escaleras abajo, saltándose escalones como si se tratara de una carrera de obstáculos, al llegar a la base siguió corriendo sin detenerse hasta llegar al cuarto de ejercicios y ya se preparaba para alguna desgracia en cuanto abrió la puerta, pero únicamente se encontró con su padre refrescándose ya con el aire acondicionado encendido.

—¿Por qué tan alterado? Cualquiera diría que alguien te persigue.

—No, yo sólo… olvídalo, aquí tienes —repuso él, entregándole el frasco y sintiendo que el corazón le regresaba al pecho.

—¿Y el agua?

—…Lo olvidé. Ahora vuelvo.

Ya más sosegado, se dirigió a la cocina con calma. El episodio de la tarde no había sido más que eso, un incidente aislado, debía dejar de pensar en ello y relajarse. Llenó uno de los vasos con agua y regresó al salón.

—Quizá deberías tomarte toda la semana libre y considerarlo unas vacaciones, estoy seguro de que la empresa resistirá sin ti —sugirió Demian, abriendo la puerta, y la sensación de alarma se volvió a disparar, pues ahí frente a su desconcertado padre se abría un agujero negro, dando paso a una criatura de ojos rojos y dientes de sierra que sonreía peligrosamente. El vaso escapó de las manos de Demian, estrellándose contra el suelo con un estrépito de cristales rotos y piso astillado.

—¿…Sintieron eso? —La alerta de Marianne se encendió y se pegó a la reja con los ojos fijos en la casa. Los demás la imitaron al tener igual aquella sensación—. ¡Algo pasa!

—Suban a mi espalda. Así será más fácil saltar sobre la verja —se ofreció Franktick, apoyándose en ésta y arqueando la espalda para poder soportar su peso.

En cuanto estuvieron todos dentro, se dirigieron a toda prisa hacia la casa, armaduras por delante. Aún tenían una identidad que proteger. Con un fuerte patadón, Frank se encargó de forzar la puerta, ansioso por enfrentar al demonio, siguiendo la ruta que aquella sensación de peligro le indicaba.

Irrumpieron en el salón sin mayor preámbulo. Demian le hacía frente a Hollow, de pie frente a su padre para evitar que se le acercara. El demonio sonreía, sabiendo que era inútil que se interpusiera.

—Recuerda lo que dijiste —remarcó Marianne en dirección a Franktick y éste asintió, pero en cuanto intentó desplazarse en dirección a ellos, una onda expansiva de energía originada de Hollow los lanzó a todos al piso.

—Tal y como suponía no tardaron en venir —dijo Hollow, dando unos pasos en dirección hacia el hombre que, estaba seguro, le proporcionaría el siguiente don—. ¿Ya no tienen a su protector con ustedes? ¿Volvió a donde pertenece?

—¿De qué está hablando? —preguntó Mitchell, tratando de incorporarse, pero al parecer aquella onda que los golpeó también los había dejado paralizados.

—¿Cómo? ¿No lo saben? ¿La verdad sobre su habilidoso compañero? —continuó el demonio, disfrutando la anticipación—. Parece que les ha estado ocultando el secreto todo este tiempo.

—¡Habla ya y déjate de rodeos! —exclamó Frank, tensando el cuerpo en su intento por moverse. El demonio se detuvo ante él y lo señaló con el dedo como indicándole que se anduviera con cuidado para a continuación esbozar una sonrisa y seguir su camino.

—¡No lo escuchen! —exclamó Marianne luchando por mover alguna extremidad.

—…Me refiero a que es un ángel, naturalmente —reveló por fin, dejando que la palabra fluyera en el aire de modo que entendieran por completo su significado—. No lo que ustedes representan, una identidad y una armadura para protegerse, no son más que unos émulos… Él, sin embargo, es legítimo. Un ángel auténtico.

Sus palabras por fin parecieron abrirse camino en su inconsciente. Nadie supo qué decir, tenían las mentes ocupadas conectando A con B y llegando a sus propias conclusiones, aquella verdad evidente que no lograron ver antes. Habían tenido un ángel frente a ellos todo ese tiempo.

—No tienen idea de lo mucho que disfrutaría un demonio como yo acabar con la existencia de un ángel, ansiaba el instante en que aparecieran para darme ese gusto, pero en vista de que eso será imposible por hoy, me conformaré con llevarme el don de ese hombre.

Volvió a fijar la vista sobre el padre de Demian, de espaldas contra el suelo mientras se aproximaba a él. Pero no pudo avanzar más, de pronto Demian se abalanzó sobre él, deteniéndolo contra el piso para su sorpresa, provocando que los demás recuperaran la movilidad.

—¡Llévense a mi padre de aquí! —gritó, mirando con furia a Hollow. Marianne le hizo una señal a Belgina para que ella fuera por el hombre y luego a Frank para que él sacara a Demian de ahí, sin embargo, no les dio tiempo de hacer nada pues Hollow expulsó una nueva ola de energía que arrojó a Demian y se puso de pie al instante, tieso como una tabla. Miró al muchacho con los ojos encendidos de furia y lo señaló.

—Morirás por eso.  

Demian le plantó cara, sin mostrarse intimidado.

—¡Hazlo, ahora! —exclamó Marianne y Mitchell levantó las palmas, dibujando un arco y quedando todos bajo una cúpula opaca.

—Perfecto, estaba esperando por este momento —dijo Franktick, tronándose los dedos, ansioso por una lucha mano a mano con el demonio.

—¡¿Qué haces?! ¡Se supone que ibas a encargarte de Demian! Chicas, saquen a su padre y a él de aquí.

—¿Y tú qué harás? —preguntó Lilith.

—Yo tengo la espada —finalizó ella, sacándola con un rápido movimiento de la mano, y justo cuando estaban por hacer cada quien su parte, notaron que la capa que los rodeaba desaparecía—. ¿Pero qué…?

Las miradas se desviaron hacia el punto donde Mitchell estaba ahora en el piso, y junto a él se alzaba una sombra borrosa, la cual tomaba consistencia lentamente.

Era el demonio de piel verdosa.

—Haz lo que tengas que hacer y yo me encargo del resto —enunció con aquella voz inexpresiva de quien parece hablar en sueños.

—¡Corran, salgan de aquí! —gritó Marianne en dirección a Demian, y aunque éste vaciló por un momento, finalmente ayudó a su padre a levantarse y lo sacó de ahí.

—Que te diviertas —repuso Hollow con una sonrisa torcida, tras lo cual desapareció absorbido por un hoyo negro.

Sabiendo que Demian y su padre estarían solos a merced de ese demonio, los chicos intentaron llegar a la puerta, pero el demonio de piel verdosa extendió los dedos y una especie de corriente eléctrica los alcanzó, pasando por sus cuerpos y conectándolos como si fueran parte de una red. Marianne y Lilith lograron salir a tiempo, pero al voltear y ver lo que ocurría se debatieron entre volver o continuar.

—¡Sigan! ¡Tienen que detenerlo!

Ambas asintieron tras intercambiar una mirada y se alejaron corriendo, deteniéndose justo en el medio del vestíbulo.

—Tú busca si están ocultos en la planta baja, yo iré arriba —propuso Marianne, tras lo cual se dividieron.

—¡¿Qué haces aquí?! ¡Deberíamos irnos ya! —urgió Demian a su padre cuando éste subió a toda prisa las escaleras y para sorpresa suya entró en la habitación del balcón, la que mantenía cerrada desde la muerte de su madre—. ¡Papá, ¿me estás escuchando?! —Al atravesar la puerta, lo encontró hurgando entre los cajones, buscando algo con desesperación, lanzando prendas al piso y dejando las gavetas abiertas en cuanto pasaba a la siguiente. Al no hallar nada de su interés, pasó al armario y continuó con su búsqueda—. ¡¿Qué estás buscando?! ¡Deja eso ya, tenemos que irnos!

—No recuerdo dónde está, necesito hallarlo —le espetó su padre, sacando ganchos con todo y vestidos en sus fundas para poder revisar más a fondo.

—¡No es el momento! —exclamó Demian, acercándose y obligándolo a que lo mire a los ojos—. ¡Luego podrás revisar todo lo que quieras, pero ahora debemos irnos!

Entre los dos se formó entonces un vórtice que crecía, brotando de su interior un brazo que aventó a Demian tan fuerte que terminó estrellándolo contra una de las tantas puertas del clóset, dejándolo inconsciente al instante. Seguido del brazo surgió otro y luego una cabeza que pertenecía a Hollow, y a continuación salió de cuerpo completo, haciendo retroceder desconcertado al hombre.

Al ver la puerta abierta, Mariane corrió lo más rápido que sus piernas le permitieron y se detuvo del marco para no caer. Al interior había todo un revoltijo de ropa y objetos en el piso, muebles y cristales rotos, y Demian inconsciente muy cerca de la puerta. Quería acercarse a él para conocer su condición, pero en ese momento había una prioridad, y ésa era su padre.

Fijo la vista hacia el frente y vio a Hollow avanzando peligrosamente hacia el hombre, que a su vez retrocedía aterrorizado. El demonio retorcía los dedos y en cuanto sintió la presencia de ella, giró su rostro y le dedicó una de sus miradas de llamas ardientes.

Sin decir palabra alguna, extendió el brazo y una energía salió disparada de su palma, golpeando al hombre directo en el pecho.

Una esfera brillante quedó en su lugar mientras él era expulsado hacia atrás, impelido por la fuerza de aquel ataque. Salió despedido por los aires y atravesó la enorme puerta de vidrio que llevaba al balcón, avecinándose de forma peligrosa a la orilla. Marianne tomó impulso y se echó a correr lo más rápido que pudo, intentando mantenerlo en el aire con su poder, pero fue demasiado para ella. En cuanto chocó contra los balaustres del balcón perdió el control sobre su poder y el hombre comenzó a caer en picada, así que como pudo se sostuvo con una mano de la barandilla y con la otra intentó sujetarlo, pero el peso terminó arrastrándola consigo, quedando colgada de la baranda y aferrando con todas sus fuerzas la mano del hombre.

Una ola de estupor le subió a la cabeza al mirar hacia abajo, así que cerró los ojos y trató de mantenerse concentrada en no aflojar las manos. Hollow se acercó entonces al balcón y la miró desde aquella posición, con el don flotando por encima de su mano.

—Se supone que no debo matarlos, pero… es tan tentador teniendo la oportunidad. Quizá la caída no te mate después de todo… ¿hacemos la prueba? —propuso con una sonrisa maligna y ella en lo único que pudo pensar fue en Samael.

Tendido en el colchón, el ángel comenzó de pronto a removerse. El lugar estaba oscuro y un singular brillo comenzó a emanar de él. El tipo de brillo etéreo que trajo consigo la primera vez que tomó forma humana. Sus ojos se abrieron de golpe y con el mismo ímpetu se incorporó con un solo propósito en mente. Fue entonces que sintió el llamado de Marianne.

—¿Te parece si verificamos primero que sea el don de la resurrección? Aunque para mí no hay duda —continuó Hollow, parloteando frente a Marianne que tenía las manos engarrotadas y ya casi no las sentía. Un contenedor se materializó frente a él y con un veloz movimiento introdujo la esfera en su interior. El recipiente emitió un brillo, indicando así que era compatible, y el demonio reaccionó más que satisfecho—. ¿Sabes? A pesar de todo, admiro sus patéticos esfuerzos por evitar que obtenga los dones, el trayecto no hubiera sido tan interesante sin ustedes.

Colocó entonces el pie sobre la mano que se aferraba a la baranda y comenzó uno a uno a pisar sus dedos. Marianne sintió que ya no resistiría, la presión era cada vez más insoportable y la mano con la que sujetaba al padre de Demian comenzó a resbalarse. Bajó la vista sobresaltada y vio que se iba deslizando. Hizo todo lo posible por recuperar el agarre, pero no sirvió de nada. Lo vio todo como en cámara lenta, el cuerpo parecía flotar como si de pronto tuviera su propio campo de gravedad y el piso subiera atraído hacia él. Un momento lo sujetaba, y al otro yacía inmóvil en el jardín bajo el balcón, bajo su mirada. Sus labios comenzaron a temblar y una sensación de desconcierto total la invadió.

—Igual ya era hombre muerto —dijo el demonio, soltando una perturbadora risa. Una oleada de rabia recorrió el cuerpo de Marianne.

Sus ojos estaban llenos de ira, y sin importarle ya que aún pisara su mano, su espada empezó a surgir de la otra hasta empuñar el mango con especial firmeza.

De repente Lilith apareció en la puerta y Marianne le dedicó una rápida mirada como si eso le bastara para decidir qué hacer a continuación.

—¡…Fuego! —gritó ella y aunque Lilith no pareció comprender en un principio, finalmente lanzó una llamarada de fuego que el demonio fácilmente esquivó para luego dedicarle una sonrisa de suficiencia.

—¿Eso es todo?

—¡¿Qué tal esto?!

Marianne hizo un movimiento rápido con su espada, de abajo hacia arriba; la hoja había quedado al rojo vivo y el demonio no se dio cuenta de lo que ocurría hasta que vio su brazo entero desprenderse de su cuerpo. Fue entonces que comenzó a aullar.

Ella soltó su espada y dejó que su mano la absorbiera para alcanzar a detener el recipiente antes de que cayera, pero el esfuerzo fue ya demasiado; terminó por soltarse de la baranda y comenzó a caer, apretando el contenedor contra su pecho para no perderlo.

Vio el rostro de Hollow, deformado por la ira y el dolor, alejándose cada vez más de su campo de visión a medida que iba perdiendo altura, próxima a estrellarse contra el suelo. Pero no importaba, al menos había salvado el don. Lo había conseguido.

Cerró los ojos, esperando el impacto, pero en cuanto llegó al piso, unos brazos la recibieron. Samael. Tenía que ser él. Abrió los ojos esperando encontrarse con el azul celeste de sus ojos, pero para sorpresa suya lo que vio fue un rostro oculto bajo una capucha gris, y por el contorno de su barbilla podía notar que era de rasgos finos. Quería decir algo, pero la confusión se lo impidió.

Demian recobró la conciencia en ese momento, y en cuanto abrió los ojos vio a una figura de armadura rojiza en medio de la habitación, observando hacia el demonio que se retorcía en el balcón, sosteniéndose a la altura del hombro donde antes había un brazo. Éste finalmente terminó desapareciendo, absorbido por un agujero negro, y la figura de armadura fue corriendo entonces al balcón. Él decidió seguir su ejemplo y aunque se sentía algo mareado, pudo llegar hasta aquel punto y miró hacia abajo. Otra chica en armadura estaba en brazos de una figura de capucha gris.

Aún aturdido, continuó recorriendo con la vista el jardín y entonces lo encontró. Su padre inmóvil sobre el pasto, en una posición que le disparaba el recuerdo de su madre, de la sangre cubriendo la hierba.

—¡Papá! —exclamó Demian.

Marianne reaccionó al escuchar su voz y encontró por fin la suya para poder hablar.

—¿…Quién eres? Ya te he visto en otras ocasiones —enunció ella, intrigada, pero en cuanto intentaba ver por debajo de la capucha, la figura la depositó en el piso y se marchó corriendo de ahí. Marianne no se quedó ahí parada, decidió también seguirlo—. ¡Oye, espera! ¡Detente! ¡Explícame qué…! —Intentó sujetarlo del brazo, pero su mano lo atravesó como si fuera de humo y lo vio desaparecer ante sus ojos, dejándola aún más confundida que antes—. ¿Pero qué…?

—Marianne. —Una voz familiar por detrás. Enseguida volteó. Samael lucía agotado y tenía la respiración agitada—. ¿Cuánto tiempo estuve…?

—¡Por fin despertaste! ¡Tienes muchas cosas que explicar! —dijo ella, dándole un abrazo efusivo, soltándolo casi al instante al recordar el recipiente que aún sostenía con la mano engarrotada—. ¡El don!¡Tengo que devolverlo cuanto antes! ¿Puedes creerlo? ¡Lo he recuperado!

—Marianne…

Él intentaba decir algo, pero ella ya se dirigía a toda prisa hacia el cuerpo del hombre que yacía inerte sobre la hierba. Los demás chicos iban saliendo de la casa y también se aproximaban a ellos.

Marianne tomó el contenedor entre sus manos e intentó abrirlo, pero no lo consiguió. Pensó entonces usar su espada, así que la blandió por lo alto y asestó varios golpes, pero el impacto no le hizo ni una abolladura al recipiente.

—¿…Qué sucede? ¿Por qué no se abre?

—Es lo que intentaba decirte. Una vez que los dones son absorbidos por esos contenedores no pueden ser recuperados… No hasta que estén todos reunidos.

—¿Todos? Pero eso significa…

Sus compañeros llegaron junto a ellos, cansados y heridos, pero enteros.

—Estuvimos luchando contra ese demonio con piel de zombi y de pronto escuchamos el chillido del otro y desapareció como una neblina.

—¿Por qué no le has devuelto el don a ese hombre? —preguntó Frank al descubrir que aún tenía el recipiente en sus manos.

Ella no respondió, pero al ver que Demian ya salía de la casa y se acercaba a toda prisa, se inclinó rápidamente hacia el hombre y creó con sus manos una esfera sustituta que introdujo en su pecho ante la mirada confundida de los demás. Éste abrió los ojos, boqueando con violencia por aire.

—¿Papá? —Demian se dejó caer de rodillas junto a él, perplejo de verlo sobrevivir a aquella caída. Los chicos se apartaron para darle espacio y él levantó la vista hacia ellos, inseguro sobre qué decirles. Notó de reojo el recipiente que Marianne sostenía entre sus manos y que de inmediato ocultaba tras su espalda—. No sé qué debo decirles. Supongo que… gracias.

Marianne apretó los dientes y frunció la boca para impedirse el decir algo. Tan sólo les hizo una seña a los demás para que se acercaran y de un momento a otro desaparecieron para sorpresa de Demian. En un abrir y cerrar de ojos aparecieron transportados en la sala de Lucianne.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no le devolviste el don teniéndolo en la mano? —preguntó Lilith, pero Marianne no respondió, tan sólo observó el recipiente que brillaba como si el don palpitara en su interior.

—Porque es imposible sacarlo del contenedor una vez que es absorbido por éste —respondió Samael en su lugar—. Al parecer es parte de un mecanismo que se activa únicamente hasta que estén todos reunidos y funcionales, de modo que ese contenedor no se abrirá hasta que el resto esté en las mismas condiciones.

—…Es decir que no se abrirá hasta que encuentren los dones faltantes —apostilló Franktick, recordando que él tampoco había logrado abrir el que se había llevado consigo en el campamento. Los demás intercambiaron miradas fúnebres, aquello era como una sentencia de muerte más concreta para todos los que ya no poseían los dones, incluidos ellos—. Deberíamos ocultarlo. De lo contrario Hollow volverá por él, es capaz de rastrearlo esté donde esté.

—…El lago —musitó Marianne y aunque a los demás les costó un poco más de tiempo hacer la conexión, Frank la captó de inmediato.

—Es la única opción —dijo él, serio y tajante. Si no era posible devolverle el don a su dueño, tampoco la Legión de la Oscuridad lo tendría.

Bastó un viaje al lago Tokenblue. Fue el mismo Frank quien se ofreció a enterrar el contenedor bajo el agua, aunque no avanzó tanto como la última vez pues no dejaba de sentir que algo tiraba de él. Los demás se limitaron a observar con curiosidad las luces de colores que flotaban en el interior del lago, como si intentaran atraerlos a una trampa. Para cuando se transportaron de vuelta a la ciudad, ya habían tenido suficiente por el día, querían irse a casa, pero aún quedaba una cosa por aclarar y no estarían tranquilos hasta confirmarlo.

—¿…Eres un ángel? —Mitchell dirigió esa pregunta a Samael sin previo aviso, directo y sin irse por las ramas.

Éste enmudeció en cuanto lo escuchó y recorrió los rostros de todos con la mirada. Precavidos, incrédulos y hasta cierto punto temerosos de la verdad. Parecían sentirse traicionados y eso no podía soportarlo.

—Escuchen, ¿por qué no hablamos de esto en otro momento? —intentó mediar Marianne—. Hoy ha sido un día muy largo y…

—Sí —respondió entonces Samael, tratando de mostrarse firme ante ellos, aunque sus expresiones de condena le dolían—. Soy el ángel guardián de Marianne.

Los ojos de todos se posaron en Marianne, que prefirió no decir nada esta vez. Se notaban realmente azorados con aquellas revelaciones que los hacían verlos bajo otra perspectiva. Samael esperó a que dijeran algo más, que reaccionaran, que opinaran, pero permanecieron en completo silencio, calibrando aquella información y uniendo todas las piezas que por fin empezaban a encajar.

Decepcionado, decidió entonces desaparecer de su vista antes de que lo detuvieran. Marianne quiso seguirlo, pero las alarmas de sus teléfonos sonaron al mismo tiempo y se dieron cuenta de que habían recibido el mismo mensaje: Demian había llevado a su padre al hospital.

Lo encontraron en la sala de espera yendo de un lado a otro, preocupado. No había gran cosa que decir, tan sólo se sentaron a hacerle compañía y esperar alguna noticia. Cada vez que veían salir a algún médico del área de urgencias, Demian de inmediato se detenía en seco y volteaba, pero en cuanto lo pasaban de largo no le quedaba más remedio que continuar dando vueltas con ansiedad.

Ya habían pasado un par de horas y aún no había novedad alguna, así que comenzaron discretamente a intercambiar miradas inquietas, señalando el reloj de la sala para enfatizar lo tarde que se estaba haciendo, pero nadie se atrevía a decir nada. Y cuando finalmente Marianne se decidió a externarlo, de pronto Demian se detuvo de golpe a pesar de no haber médico alguno saliendo de urgencias. Su vista, sin embargo, estaba fija en el corredor de junto, y de repente se echó a correr en esa dirección, tomando a todos por sorpresa.

Nadie se atrevió a seguirlo, estaban tan perplejos ante su inesperada reacción que no podían pensar en nada más.

—…Iré a ver qué ocurre —decidió Marianne después de varios minutos, dispuesta a seguir sus pasos, pero él regresó entonces con la misma extraña actitud con que se había marchado, incluso más desorientado si era posible—. ¿Estás bien? —Él levantó la vista y la miró con expresión vacía—. Pero ¿qué ocurre?

—¿Demian Donovan? —Un hombre de bata blanca salió del área de urgencias y captó enseguida su atención al escuchar su nombre. Era lo que estaba esperando—. Su padre desea verlo.

Él asintió sin decir nada y dirigió una mirada hacia los demás antes de adentrarse al área. Ellos permanecieron afuera por varios minutos, sintiéndose cada vez más impacientes por saber lo que estaba ocurriendo hasta que Demian finalmente salió, inexpresivo y pálido.

—¿Demian? —dijo Lilith para llamar su atención y él pareció apenas reparar en su presencia.

—¿Qué pasó? ¿Cómo está tu padre? —se aventuró a preguntar Mitchell y él guardó silencio por varios segundos más, como si le costara procesarlo todo. Pero al final abrió la boca, sabiendo que una vez que hablara ya no habría forma de escapar de ello.

—…Está muerto.

Un silencio sepulcral se apoderó de la sala de espera, como si el tiempo se hubiera congelado en torno a ellos. Su primer triunfo a medias se había convertido en el peor de sus fracasos.


SIGUIENTE