CAPÍTULO 34

34. GUARDIÁN DE RESPALDO

Las luces multicolores se extienden de carpa a carpa con un titilar inconstante y festivo, acorde al bullicio a su alrededor conforme van abriéndose paso entre juglares, tenderos y miles de asistentes que van de un lado a otro queriendo acaparar con una sola mirada los juegos, las artesanías y los dulces que se despliegan ante ellos.

Desde su posición elevada observa de primera mano la manera en que el algodón sale volando de una máquina para adherirse a un largo palillo hasta tomar la forma de una esponjosa nube rosa con motitas violeta, y una vez que es entregada a una persona el proceso se repite, ahora con colores diferentes, amarillo y verde, naranja y azul. Contempla fascinado el procedimiento, deseando también tener una nube en sus manos, comerse un pedazo de cielo y conocer su sabor.

El siguiente palillo se va formando completamente blanco, sin motitas, y en cuanto está listo comienza a elevarse a su altura, como hacen las nubes en el cielo, flotando. Coge un poco y se lo lleva a la boca, derritiéndose al instante. Es dulce, tanto como se imaginaba que serían las nubes.

—¿Te gustó?

Baja la vista hacia el hombre que lo sostiene en hombros, con aquella sonrisa benévola y ojos tan dulces como el pedazo de nube que se está comiendo. Le sonríe en respuesta y le ofrece compartir parte de aquel fragmento de cielo que ahora les pertenece. El hombre acepta entre risas y terminan con la lengua y los dedos blancos.

—Ahora quiero subir al cielo —dice, señalando hacia una enorme rueda que se alza a varios metros sobre ellos.

—Quizá algún día cuando crezcas, pero por ahora no es seguro para ti —le responde el hombre sin perder aquella dulzura al hablar—. Regresemos a casa con mamá, nos debe estar esperando.

Asiente sin más remedio y mientras se dan la vuelta para atravesar de nuevo las carpas, se contenta con observar de cerca las luces parpadeantes y escuchar las melodías de organillo de la feria que van dejando atrás.

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Demian despertó con un sobresalto, pálido y sudoroso, clavando la vista a su alrededor para asegurarse de dónde estaba. Era su habitación. La luz del amanecer comenzaba a colarse por su ventana, anunciando que era un nuevo día.

Se incorporó, deseando que lo ocurrido hubiera sido sólo un sueño, que saliendo de su habitación encontraría a su padre, listo para salir de viaje o volviendo de uno. Pero no sería así. Caminó hasta la ventana y miró hacia afuera; el sol que comenzaba a salir en el horizonte le confería al jardín el aspecto de un océano verde. Su vista se posó en el punto donde encontró a su padre. El mismo sitio… Había sido el mismo sitio.

Colocó las manos sobre el marco de la ventana y observó las vendas. Se las quitó enseguida y miró sus nudillos, tenía unas muy leves marcas, casi imperceptibles. Se las había hecho el día anterior, después de pasar los últimos minutos con su padre.

En cuanto salió del área de urgencias y les anunció a todos que había muerto, no esperó a que le dijeran nada ni tampoco a que se acercaran, que intentaran consolarlo, sólo caminó a paso firme, pasándolos de largo, y salió del hospital sin aminorar el paso, doblando hasta llegar a un costado de éste, a una callejuela cerrada. Una vez ahí se colocó frente al muro de piedra y comenzó a golpearlo a puño cerrado, sin detenerse ni para tomar aliento. Debía descargarlo todo hasta que los pensamientos salieran volando de su mente o que sus manos se deshicieran.

No supo en qué momento se detuvo y se apoyó en el mismo muro, deslizándose hasta el suelo, sintiéndose destrozado. Sus puños habían quedado cubiertos de sangre, pero no le importaba. Tampoco recordaba cuándo alzó la vista y vio a Marianne de pie al inicio del callejón, todo le parecía irreal para entonces, como si estuviera alucinando. Tenía el rostro contraído y de cierta forma culpable, como si ella tuviera algo que ver, aunque igual no se fiaba de la forma en la que percibía el mundo en esos instantes. Ella giró el rostro y dijo algo a alguien más, pero ya no recordaba nada a partir de eso.

Cerró las manos con fuerza y volvió a mirar por la ventana. El sol ya avanzaba por el jardín y comenzaba a colarse por la ventana, excepto por una zona del pasto que permanecía a la sombra como si la luz no pudiera tocarla. Corrió entonces la cortina y la dejó cerrada para que el sol no entrara a la habitación.

En cuanto se puso el uniforme, Marianne subió directo al ático y abrió la puerta sin molestarse en tocar. Samael estaba sentado sobre el colchón con las piernas recogidas y gesto meditabundo. No parecía sorprendido al verla entrar de esa forma, pero tampoco dijo nada, tan sólo la contempló esperando a que fuera ella quien hablara.

—¿Vas a seguir en ese estado de autocompasión? De acuerdo, los chicos ya saben que eres un ángel, demuéstrales que eso no tiene que cambiar nada.

—No sólo me miraron como si fuera un fenómeno —externó Samael con expresión afligida—… sino también lo pensaron. Ya no será la misma dinámica que teníamos cuando creían que era humano. Ahora me ven como una especie distinta. Algo más cercano a los demonios que combatimos.

—Deben ajustarse, dales tiempo —dijo Marianne, quedándose callada los siguientes segundos. Era claro que no era eso lo que pretendía decirle, así que se mordió los labios y soltó finalmente el resto—… El padre de Demian murió. —Samael no parecía sorprendido, como si ya se lo esperara— ¿Por qué? ¿Qué hice mal? ¡Le coloqué un don sustituto como a los demás! ¡¿Por qué él tuvo que morir?!

—Debí decírtelo. El don de la resurrección no es como los otros. Su función es traer de vuelta a la vida al cuerpo que los aloja y se activa únicamente en cuanto éste pierde todas sus funciones —explicó Samael—. Una vez que el don lo abandona…

—…Muere automáticamente —completó Marianne con voz ahogada.

—Al darle un don sustituto, lo único que hiciste fue postergar su muerte un par de horas. Puedes reemplazar por tiempo indefinido el don que actúa como característica de su alma… pero no puedes sostener por completo las funciones vitales de un cuerpo cuando ese don específico tomó control de éste por completo. Dejó de tratarse de una pieza secundaria y se convirtió en la principal, la que lo mantenía con vida. Quizá si se lo hubieran arrebatado antes de que sus funciones se detuvieran una primera vez, habría seguido con vida por más tiempo.

Marianne trataba de mantenerse firme, pero la idea de que no pudieran hacer nada por el padre de Demian la enfermaba. Sentía náuseas.

—¿Significa que no podremos devolverle el don una vez que recuperemos todos? ¿No sería posible conservar su cuerpo y en cuanto los dones estén disponibles de nuevo…?

Samael la observó compasivo.

—Aún si deciden conservarlo, no podrán detener el deterioro natural de un cuerpo sin funciones vitales. El don de la resurrección pone un cuerpo a funcionar de nuevo, pero no lo repara.

—Pero… tú podrías… con tu poder de curación… —insistió ella, tratando de encontrar forzosamente una solución.

—Marianne, no puedo reparar tejido en descomposición. No insistas —replicó Samael y ella guardó silencio, sintiéndose realmente afectada por ello—… Lo siento.

—…Debo ir a la escuela. Con permiso.

Se marchó antes de que Samael dijera algo más. Bajó por la escalera de la cocina y se detuvo al ver a su padre sentado a la mesa con Loui.

—Ah, buenos días —la saludó él con una sonrisa como si jamás se hubiera ido de casa—. Llegué muy temprano por la mañana, espero no haberlos despertado.

—¡Mira lo que me trajo! —anunció Loui, mostrando orgulloso una caja por completo blanca y un único símbolo en la tapa—. Es la película de “La batalla de los dioses” que incluye también el último videojuego y una nueva consola. ¡Es lo máximo!

—…Qué bueno por ti —expresó Marianne, tratando de contener las ganas de hacerle algún reclamo a su padre. Lo único que pensaba al mirarlo era en la voz que había escuchado cuando habló con él por teléfono. La voz de mujer.

—¿Desayunas con nosotros? Traje panecillos y donas rellenas.

—No, gracias —respondió escuetamente, pasando a su lado y tomando una manzana de la canasta de frutas—. Comeré de camino a la escuela.

Y sin agregar nada más se retiró de ahí.

El camino a la escuela le pareció eterno, los pies le pesaban y sentía que la cabeza le daba vueltas. Los demás dueños de los dones aún tenían oportunidad, tenían esperanza, pero no así el padre de Demian. ¿Por qué tenía que ser él? ¿Por qué carecían del poder necesario para sacar el don de aquel recipiente? Por más que deseaba hacer el intento, devolverle el don y revivirlo en cuanto dispusieran de él, Samael tenía razón, su cuerpo acabaría con daños irreparables para entonces. Además, no se imaginaba yendo con Demian en pleno funeral a sugerirle que conservara el cuerpo de su padre en formol, en un congelador o algo así sin darle mayores explicaciones, pensaría que estaba loca o caería en cuenta de que ella tuvo algo que ver, acabaría haciendo la conexión entre ella y los Angel Warriors y no sólo pondría en riesgo la identidad de los demás sino también a él al tener conocimiento de ello.

La cabeza seguía punzándole, tenía demasiadas cosas en qué pensar y ni siquiera había tenido tiempo de meditar sobre el chico de capucha gris. Se detuvo. ¡El chico de capucha gris! ¿Cómo pudo pasar por alto un detalle de esa magnitud? Le parecía haberlo visto antes a la distancia, como un destello de un espejismo. Llegó a pensar que sólo era un figmento de su imaginación, pero ahora que lo había tenido tan de cerca, había tomado validez real. Existía. Y sin embargo no había podido ver su rostro, o más bien no se lo había permitido. ¿Por qué habría huido? Y luego la forma en que desapareció… Intentó incluso sujetarlo del brazo y lo había atravesado como si de repente su cuerpo se hubiera convertido en vapor. Quizá Samael pudiera tener alguna idea más concreta.

Se paró en la esquina de la escuela y miró hacia el costado lateral que llevaba a la calle que usualmente Demian recorría para llegar al colegio, pero dudaba mucho que apareciera ese día después de lo ocurrido.

Se obligó a continuar, hasta que en el corredor que llevaba a su aula alguien le pasó un brazo por el hombro y le dio una sacudida.

—¡Me he enterado! ¡Es horrible! —A un costado de ella apareció el rostro apesadumbrado de Kristania, que se había tomado la libertad de estrecharla por los hombros como si requiriera de consuelo—. ¡Que el padre de Demian muriera así tan repentinamente, dios mío! Todo el mundo ya lo está comentando, sobre todo por la increíble similitud, ¡es perturbador, pobre Demian!

—¿…Similitud? ¿De qué hablas?

—De la forma en que murió su padre, dicen que se cayó del balcón de su casa, ¿no es así? Pues su madre murió de la misma forma —relató Kristania, obligándola a alentar el paso—. Los que llegaron a pasar por su casa cuando ella aún vivía dicen que siempre la veían de pie en el balcón, con sus mejores vestidos como si quisiera que todos la admiraran. Una mañana, Demian entró a la habitación de sus padres y al ver que su madre no estaba en la cama, fue al balcón y la vio ahí debajo tirada sobre el pasto, inmóvil y con los ojos abiertos. Su papá lo encontró luego ahí mismo parado en el balcón, con la vista fija en su madre, conmocionado. Estuvo semanas sin hablar después de eso.

Marianne sintió un nudo en la garganta. Ahora entendía por qué le afectaba tanto el tema de su madre. Y luego ella que a veces actuaba como si todas las desgracias le fueran exclusivas sin detenerse a pensar que había quienes lo habían pasado peor, como Demian, que había presenciado ya la muerte de sus dos padres.

Cuando lo encontraron en aquel callejón a un costado del hospital, con los nudillos cubiertos de sangre, estaba en tal estado de shock que ni siquiera habló, tan sólo los miró con expresión vacía y así estuvo todo el tiempo que lo llevaron a casa, sin pronunciar palabra alguna. Quizá la situación le había hecho revivir lo de su madre.

—¿Qué piensas? ¿Que quizá, dado su historial, vuelva a cerrarse como hizo tras la muerte de su madre? —preguntó Kristania al notarla pensativa.

—Claro que no. Él ya no es un niño —respondió ella, tajante. Sin embargo, después de la forma en que lo había visto el día anterior, tenía sus reservas.

El día pasó lento y carente de interés, y lo único que se escuchaba en los corredores era sobre la muerte del padre de Demian, lo cual no sería del todo fuera de contexto, de no ser por los rumores maliciosos que comenzaban a correr de forma anónima. La mayoría se trataba de la increíble coincidencia entre la muerte de sus padres y de que él estuviera presente, dando a entender que estaba involucrado de alguna forma. Hay gente que no necesita del don de la malicia para pensar de forma perversa y ruin, pensó Marianne, sintiéndose asqueada por esos rumores.

—¿Alguien sabe algo de Demian? —preguntó Lilith una vez terminadas las clases.

—No vino a clases hoy —acotó Mitchell, siguiéndolas.

—Apenas ayer murió su padre. Supongo que es normal que falte a la escuela —respondió Angie, encogiéndose de hombros.

—¡Ha sido espantoso! ¡Aún no me cabe en la cabeza todo lo que ha ocurrido! No podemos liberar los dones a menos que estén todos reunidos, el padre de Demian muere a pesar de tener un don sustituto y Samuel es un ángel… ¿cómo se supone que debemos reaccionar a todo eso? —soltó Lilith, sintiéndose abrumada.

—Un ángel. Ahora entiendo por qué actuaba tan extraño. ¡Un maldito ángel!

—Por eso siempre estaba tan apegado a Marianne, porque es su ángel guardián.

—Ya me parecía que era demasiado protector con ella —agregó Mitchell.

—¿Y nosotros qué? ¿No merecemos también un ángel sexy que nos proteja? ¡Yo también quiero el mío, no es justo! —se quejó Lilith.

—¿Quieren dejar de hablar como si no estuviera aquí? —protestó Marianne—. Si no quería que supieran la verdad sobre él era por el temor a que reaccionaran precisamente como lo están haciendo. Sigue siendo la misma persona que conocieron, nada ha cambiado.

Los demás hicieron silencio, como si le concedieran la razón de esa forma.

—…Sin embargo sí que ha cambiado. Yo ya no podría comportarme con él igual que antes, sería como… estar frente al Papa o algo así.

Marianne dio un suspiro y decidió no seguir la discusión. Se abrieron paso hacia la intersección y escucharon a un par de chicas que platicaban, pegadas a la pared.

—…Escuché que la fortuna que heredará es enorme, su padre era presidente de Dono Electrics, una de las empresas de electrónica más importantes, así que por ahí podría haber una motivación.

—¿Pero no tiene una hermana? Tendrían que compartir la herencia entre los dos.

—Entonces quizá ella debería cuidarse a partir de ahora…

—¡¿Cómo pueden hablar de esa forma de alguien que acaba de perder a su padre?! —explotó Marianne, arremetiendo contra aquellas chicas—. ¡Él no lleva ni un día muerto y ya todos se sienten con derecho a opinar y a correr rumores maliciosos! ¡Y la gente que lo cree es la peor!

Lilith la sujetó rápidamente y jaló de ella para sacarla de inmediato de ahí mientras aquellas chicas la observaban aterradas, temiendo que fuera a saltarles encima y arrancarles las cabezas, y varios alumnos más que pasaban por ahí observaron la escena con curiosidad.

—Wow, pensé que te les irías encima si no te detenía.

—La hubieras dejado, habría sido un espectáculo sexy —comentó Mitchell, sonriendo y moviendo la cabeza como si se lo estuviera imaginando—… Yo me encargaba de agregar el barro en mi mente.

Marianne se liberó de Lilith y le dio un pisotón a Mitchell, que lo dejó dando saltos sobre un pie.

—¡No estoy de humor! —espetó ella, adelantándose para salir de la escuela.

Ellos la siguieron, cuidadosos de no encender su ira.

—¿Hoy no tienes guardaespaldas, Belgina?

—Dijo mi mamá que ya no era necesario.

—Supongo que ya recibió los resultados de tus análisis —conjeturó Angie.

—Decían que no tengo nada, que estoy perfecta de salud.

—¿Análisis? ¿De qué hablan? —preguntó Mitchell, tratando de seguirles el paso cojeando.

—¿Que no sabes? Ese repentino desvanecimiento de Belgina hizo que su madre sospechara y le hicieran análisis. No dejaba que te acercaras a ella porque pensó que tú eras el culpable —explicó Angie robóticamente.

—¿Culpable? ¿Pero cómo podría yo haber tenido la culpa de eso? No tiene sentido.

—Pensó que estaba em-ba-ra-za-da —le susurró Lilith al oído, dejándolo como estatua.

—¿…Qué? ¡¿QUÉ?!

La cafetería estaba llena a pesar de todo, y aparte del otro mesero, Mankee también salía de la cocina llevando órdenes apurado, como si cada plato tuviera conectada una bomba de tiempo.

—¡Ah, qué bueno que llegaron! Toma, esto es para la mesa cuatro y las malteadas para la mesa seis —dijo Mankee, entregándole a Lilith la bandeja, pero ella lo miró confundida—. Querías trabajo, ¿no? Demian dijo ayer que podías ser mesera.

—¡Ah! Pero… ¿era ya para hoy? —Mankee dio un resoplido y volvió a inclinarse para tomar la bandeja de sus manos—. ¡No, no, no, está bien! ¡Yo lo hago! ¡Mírenme, tengo empleo! —Fue pavoneándose con todo y su mochila a cuestas en busca de las mesas que correspondían a las órdenes.

—¿Alguna noticia de Demian? —preguntó Marianne en cuanto Mankee estuvo libre.

—Llamó por la mañana. Sólo dijo que iba a faltar por unos días y que me encargara de todo. De verdad que le agradezco la confianza, pero… no sé cómo espera que saque adelante todo esto yo solo si apenas la semana pasada era un simple mesero, hay momentos en que siento que voy a explotar de la presión.

—Si te parece bien, podría convencer a Samuel para que venga a ayudarte, de todas formas, no tiene mucho que hacer por las mañanas —propuso Marianne.

—Eh… quizá… no sea buena idea —respondió Mankee dubitativo, como si buscara alguna excusa—. No creo que este tipo de trabajo sea para… un ángel.

—¡Ay, por favor! ¿Quieren dejarse de eso? ¡No es un monstruo, dejen de actuar como si lo fuera o si hubiera matado a alguien! —Marianne levantó la voz, obligándolo a retroceder unos pasos sintiéndose intimidado.

—¡…Puedes traerlo mañana temprano, yo le explico lo que hay que hacer! —accedió Mankee para evitar que se sulfurara más, pero ella continuó resoplando.

—…Los veo esta noche en casa de Lucianne —dijo ella, prefiriendo salir de ahí.

Durante el camino de vuelta a casa tuvo de nuevo aquella fuerte sensación de que la estaban siguiendo. Trató de ignorarlo y atribuírselo a la tensión que había estado sintiendo últimamente, pero para cuando llegó a su vecindario, aparentemente desierto, le pareció escuchar unas pisadas aparte de las suyas, así que se paró en seco y se dio la vuelta. No vio nada. Contrariada, continuó su camino, pero esta vez se apresuró en llegar a su puerta y cerrar de golpe. No escuchó nada más afuera.

Dio un suspiro y procedió a anunciar que estaba en casa. Nadie respondió. Pasó primero por la cocina y vio una nota de su padre diciéndole que habían ido al hospital.

Giró en dirección a las escaleras, pero llamó su atención el periódico que estaba sobre la mesa de la cocina. Estaba doblado en una nota con la foto del padre de Demian, vestido tan formal como siempre, estrechando la mano de otro hombre, quizá sellando un trato comercial o algo por el estilo. El encabezado rezaba “Muere importante empresario en extrañas circunstancias”. Sintió de nuevo aquel nudo en la garganta.

Pasó los ojos rápidamente por la nota. Se hacía mención a su esposa, muerta siete años atrás en condiciones similares, y las especulaciones que se habían hecho en ese entonces sobre la posible responsabilidad de éste en su muerte, cosa que él siempre negó ya que estaba fuera de la ciudad cuando ocurrió y tampoco se encontraron nunca pruebas. Acompañaba esta nota una foto de la mujer. Una foto en el balcón, con un sombrero de ala ancha y mirada hacia el horizonte. Parecía tomada a la distancia, por fuera del terreno. Había algo en ella que sin duda era fascinante.

La nota continuaba, describiendo las terribles similitudes entre ambas muertes, para a continuación enlistar los nombres de los familiares que les sobrevivían, siento éstos únicamente sus dos hijos adolescentes. Ya no tenían a nadie más que a ellos mismos.

No pudo seguir leyendo. Dejó el periódico donde estaba y subió las escaleras. Decidió tocar la puerta primero y abrirla luego. Samael yacía sobre el colchón con los ojos cerrados, en la misma posición que los días anteriores.

Lo primero que pensó fue que nuevamente había caído en aquel trance de sueño del que le era imposible despertar, así que volvió a sacudirlo para asegurarse, pero él abrió los ojos enseguida, causándole un sobresalto.

—…Estoy despierto —aclaró él, incorporándose mientras ella intentaba calmarse.

—¡Casi me matas del susto! ¡¿Qué intentabas?!

—No logro dormir desde ayer. Quizá sobrecargué el flujo de información del plano superior. ¿Y si ya no puedo volver a dormir? ¿Y si ya no vuelven a enviarme más conocimientos? Aún hay tantas cosas que necesito saber…

—¡Alto, alto, alto! No sé de qué estás hablando. ¿Flujo de información del plano superior? ¿Tiene que ver con ese maratón de casi dos días que estuviste dormido? —lo interrogó Marianne y él entonces le explicó lo que había descubierto mientras dormía y las pastillas que había tomado de su habitación—. ¿…Así fue como supiste que los dones no podrían ser extraídos de esos contenedores y que sólo se liberarían hasta que estén todos reunidos?

Samael asintió con solemnidad.

—Me mandan información a medias, incompleta, y no sé por qué. ¿Qué haré si no vuelvo a dormir? Dejaré de recibir las respuestas que me hacen falta para ayudarlos.

—Deja de torturarte con eso, no has podido dormir porque no llevas ni un día despierto —lo tranquilizó Marianne—. Ahora escúchame, olvidé comentarte algo por todo lo ocurrido. Cuando apareciste… ¿no llegaste a ver una figura de gris más adelante? —Samael meneó la cabeza de forma negativa—. Entonces… ¿lo habré visto sólo yo?

—¿De qué figura gris hablas?

—…No sé. De verdad que no tengo idea de lo que es —murmuró Marianne, perdida en sus pensamientos, tratando de arrojar luz sobre su relevancia—… Lo único que sé es que anteriormente ya lo había visto de reojo a la distancia, como si se tratara de un efecto refractario pasajero, por eso no le di importancia, pero ayer… fue demasiado real. Me detuvo antes de caer al piso. Pensé que habías sido tú, pero cuando alcé la vista… sólo vi una capucha ocultando un rostro. No dijo una sola palabra, huyó después de eso y cuando intenté detenerlo… mi mano lo atravesó sin más.

—¿Qué sensación te dio? —preguntó Samael, tratando de meditar sus palabras.

—Tampoco lo sé. Estaba demasiado confundida, fue totalmente inesperado. Y luego la forma en que desapareció… no sabría explicarlo. —Samael se mantuvo en silencio por varios segundos, pensativo—. ¿Me harás partícipe de tus cavilaciones o tendré que conformarme con verte reflexionar con la mirada perdida?

—Lo siento, intento repasar los conocimientos que tengo implantados al momento, pero en ninguno hallo algo parecido a lo que describes. Tendría que verlo por mí mismo.

—…Muy bien —dijo ella, tomando una bocanada de aire—. Te dejo entrar en mis recuerdos entonces. Sólo por esta ocasión.

Samael sabía cuánto le disgustaba que leyera su mente, así que realmente debía estar ávida por saber más acerca de aquella extraña aparición. Se enderezó de frente a ella y la miró fijamente a los ojos, adentrándose en su mente y yendo más allá de sus pensamientos actuales, cruzando el momento del periódico en la cocina, de la cafetería con sus demás compañeros; los escuchó hablando sobre él, como si estuviera presente, que no podían verlo de la misma forma, dijeron; siguió más atrás, la caminata hacia la escuela, el encuentro con su padre en la cocina, la subida al ático y antes que todo eso el callejón, Demian con los puños ensangrentados, el hospital, las luces del lago y finalmente llegaron al jardín. La vio a ella intentando alcanzar una figura que se desvanecía en el aire y siguió la trayectoria anterior hasta estar debajo del balcón. Marianne había caído en brazos de una misteriosa figura de gris y justo ahí la imagen del recuerdo quedó en pausa.

Observó a su alrededor; ante él tenía una reproducción exacta de la escena ocurrida en el jardín el día anterior. Por encima, en el balcón, podía ver a Lilith mirando hacia abajo, inmóvil como estatua y junto a ella también estaba Demian. A unos metros de Marianne estaba el cuerpo del hombre atacado, pero era la figura gris en quien debía concentrarse. Sin embargo, para desconcierto suyo, lo que en un principio había tomado por una silueta gris ahora le parecía un manchón en aquella imagen estática de la memoria de Marianne. Por más que intentaba distinguirla desde varios ángulos y acercarse a la misma distancia que ella lo había visto, seguía pareciendo una mancha borrosa sin rostro. Probó poniendo en marcha de nuevo la imagen mental, adelantándola y pausándola varias veces, pero cada vez que lo hacía, la silueta se difuminaba nuevamente, como una foto velada, haciendo imposible el identificarla.

A continuación, salió de su mente con un espasmo y ella lo observó con curiosidad.

—¿Qué pasó? ¿Pudiste verlo? ¿Tienes alguna idea?

—…No —respondió él, sacudiendo la cabeza para recuperar la visión normal—. Sea lo que sea, no creo que se trate de nada de lo que tenga conocimiento por ahora. De alguna forma tus recuerdos sobre él son borrosos, debe ser algún tipo de efecto que cause a voluntad para protegerse. —Marianne sacudió levemente la cabeza algo confundida. Estaba segura de recordar aquella figura, pero por alguna razón no podía hacerse de una imagen mental clara de ésta. No entendía qué se lo impedía.

—Bien, olvidemos eso por lo pronto. Salgamos de aquí, tenemos que ir a casa de Lucianne y al menos comer algo antes.

—Vi lo que los demás dijeron de mí —comentó Samael con mirada apesadumbrada.

—¡Basta! Ya tuve suficiente. Esta noche me encargo de que las cosas queden bien claras, ¿de acuerdo? Ahora vamos, antes de que a Loui y mi papá se les ocurra regresar.

Lucianne se mantenía sentada con las piernas cruzadas, observando todos los movimientos de Marianne mientras le pasaba la comida por el domo, como si esperara el menor descuido para usarlo a su provecho.

—Así que tienes un ángel haciéndola de tu guardaespaldas —comentó Lucianne con indiferencia—. Ya decía yo que había algo raro en él. Es imposible para un ser humano actuar de esa forma todo el tiempo.

—Al parecer has estado recibiendo visitas extra temporáneas por más que hemos acordado no venir en solitario.

—¿Y crees que de verdad acatan tus instrucciones al pie de la letra como si fueras qué? ¿Su líder? —le espetó Lucianne burlonamente—. ¡Qué gran líder, ocultando cosas todo el tiempo, mintiendo y menospreciando a sus compañeros!

—¡Calla! ¡Nada de eso es cierto y tampoco soy su líder!

—Y sin embargo te pones a la defensiva de inmediato, eso quiere decir que en verdad te afecta. Y eso es porque muy dentro sabes que es así.

—¡Ni siquiera debería estar escuchándote! —finalizó Marianne, yendo hacia las escaleras, harta de escucharla.

—Demian me besó el día que estuviste aquí por lo de mi padre, ¿recuerdas? —dijo su prima de pronto y ella se detuvo a medio subir—. Deberías recordarlo bien, tú abriste la puerta en ese instante. Preguntaste si habías interrumpido algo y yo dije que no, pero sí que interrumpiste, tan es así que él salió huyendo. Ése fue el momento que considero que mató toda posibilidad de relación entre nosotros.

—No veo qué tiene eso que ver conmigo ni tampoco me interesa —replicó ella sin voltear siquiera.

—Sólo te informo —dijo Lucianne tras una risita satisfecha—. Para que entiendas que al besarlo no estaba tan fuera de mi carácter. Sólo le devolvía el beso anterior… y tampoco me parece que le haya desagradado.

—Su padre murió —dijo Marianne para cambiar el tema—. ¿Qué puedes decir a eso?

—…Sólo falta la hermana y entonces será el partido ideal —respondió Lucianne, esbozando una sonrisa maliciosa.

Marianne no fue capaz de seguir escuchando, subió corriendo los escalones y salió de ahí, azotando la puerta. Apoyó la espalda sobre ésta y trató de recuperar la calma.

—¿Te dijo algo? —preguntó Samael al verla en ese estado.

—…No importa. No debí escucharla.

La puerta de la cocina se abrió en ese momento y vieron a Franktick entrando con la respiración agitada como si hubiera estado corriendo todo el trayecto hasta llegar ahí.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él, señalándola de forma recriminatoria.

—¿…Cómo que qué hago aquí? Lo mismo que todos los días —respondió ella, arqueando una ceja ante la extraña pregunta—. Y, en cualquier caso, creo que soy yo la que debería reclamar. Parece que has estado viniendo a ver a Lucianne fuera de horario, ¿no es así? Eso no es lo que habíamos acordado.

Franktick se apoyó del marco de la puerta que separaba la cocina del comedor y se inclinó para recuperar el aliento. Pasados unos segundos volvió a enderezarse como si no hubiera pasado nada.

—No he tenido ningún problema hasta ahora como podrás ver. He sabido controlarme, así que merezco hacerle compañía cuando nadie más puede —se justificó él sin poder evitar otra exhalación al final de su frase.

—¿Estás bien? Pareces nervioso —inquirió ella con suspicacia.

—¡Claro que no! Sólo vine corriendo hasta aquí, eso es todo.

—¿Y por qué razón tendrías que venir corriendo?

—¿Y por qué no? ¿Insinúas que oculto algo? ¿Qué problema hay en que venga corriendo hasta aquí? ¡Y tú, angelito, ojos hacia otro lado, no te atrevas a leer mi mente!

Samael de inmediato bajó la vista hacia el piso como niño regañado.

—¡No le hables así, no te ha hecho nada! —le reclamó Marianne.

—Sólo pongo las cartas sobre la mesa. Mientras él se abstenga de usar alguno de sus poderes de ángel sobre mí, me da igual si cayó del cielo o si hicieron alitas búfalo con las suyas, pero no quiero que me mire o de lo contrario sabré que está intentando introducirse en mi mente —advirtió Franktick.

—No puedo leer sus mentes con sólo mirarlos, se requiere más que eso —respondió Samael algo cansado ya de todo aquello.

—Bien, pues aún así no quiero que me mires, angelito.

—¡Ya basta! Si no fuera por él, estarías en la cárcel en este momento, así que deja de portarte como un idiota, que tu acto insufrible comienza a cansar —le remedó ella, preparada para alguna respuesta a la defensiva, pero en vez de eso, él se limitó a torcer la boca como si resistiera el impulso por contestarle.

—…Bajaré a ver a Lucianne —fue lo único que respondió, procediendo a bajar al sótano. Marianne dio un resoplido y se sacudió, esperando con eso alejar su mal humor.

—Sólo continuemos —propuso ella, yendo en busca de la escoba y el sacudidor.

Para cuando terminaron de limpiar, ya estaba oscureciendo y Frank ya había salido del sótano. Se había sentado en uno de los sillones de la sala, encorvado hacia adelante, con la cabeza casi tocando sus rodillas y expresión agotada.

—¿…Demasiado absorbente hablar con Lucianne? —comentó Marianne, bajando las escaleras, y él trató de enderezarse como si nada.

—Sólo me cansé de estar sentado en ese incómodo banquito, quería descansar un rato en el sillón —respondió él, inclinándose ahora hacia el respaldo y sacando un cigarrillo para encenderlo ante la mirada de reproche de Marianne—. ¿Qué? ¿Aquí tampoco me permites fumar? ¿Temes que incendie la casa? —Ella no tuvo necesidad de responder, únicamente se cruzó de brazos y contrajo el ceño, a lo que él reaccionó con un bufido y poniendo los ojos en blanco—… De acuerdo, de acuerdo, iré afuera.

Se incorporó con toda la pereza que aquello le suponía y se dirigió con pasos flojos hacia la puerta de la cocina por donde entraron los demás, huyendo del humo del cigarro.

En cuanto los vio, Samael retrocedió unos pasos y volvió a bajar la mirada para que no pensaran que quería adentrarse en su mente. Los chicos alentaron el paso en cuanto llegaron a la sala y se mantuvieron en silencio, sin saber qué hacer o decir ahora que lo tenían enfrente. Marianne se hallaba justo en medio, mirando a uno y otro lado, pensando de qué forma interceder.

—¡Bueno, ya! Esto tiene que terminar —exclamó ella—. Sí, ya todos se enteraron de que es un ángel, acéptenlo y aprendan a vivir con ello porque vamos a seguir compartiendo espacio por tiempo indefinido. Tal vez no tenga el mismo origen que nosotros, pero está intentando acoplarse, y el que empiecen a tratarlo distinto por un tecnicismo no va a ayudar en su confianza. Entiendan que necesitamos estar unidos ahora más que nunca, y si pueden pasar por alto las bravuconerías de Frank para que el grupo funcione, pueden hacerlo también con él.

—¡¿Sabes que puedo oír todo desde aquí afuera?! —resonó la voz de Frank desde el patio. Ella giró los ojos y se cruzó de brazos.

—El punto es que está en sus manos el permitir que algo así les afecte tanto que perjudique todo por lo que hemos luchado o dejarlo pasar.

Sus amigos guardaron silencio e intercambiaron miradas, como decidiendo quién sería el primero en decir algo.

—…Entonces, ya que eres un ángel… —intervino Mitchell, como si estuviera considerando la información—… ¿eres entonces asexual?

—¡Mitchell!

—¡¿Qué?! ¡Es una duda razonable! ¡Y explicaría también muchas cosas!

—¡No tienes que responder eso!

—Ni siquiera sé lo que significa —admitió él, confundido.

—Si quieres te lo explico. Una visita al vestidor lo resolvería todo.

—¡Mitchell, basta! —le ordenó Marianne, perdiendo los estribos.

—¿No tienes alas? —preguntó ahora Lilith, uniéndose al aluvión de dudas—. Siempre representan a los ángeles con alas, ¿dónde dejaste las tuyas? ¿Tuviste siquiera?

—¿Hay ángeles con forma de mujer? Y digo forma, porque aún no me queda claro si están anatómicamente equipados.

—¡Agh, ya fue suficiente! ¡No más preguntas para él! —interrumpió Marianne, colocándose en medio.

—¿Por qué no les dices su verdadero nombre? —intervino Angie desde una esquina, donde presenciaba todo sin aparente interés.

—¿Entonces ni siquiera se llama Samuel?

—Eso no importa. Ustedes lo conocieron como Samuel, pueden seguir llamándolo de esa forma, él está de acuerdo, ¿verdad?

—¿Cuál es su verdadero nombre? —preguntó Lilith, aunque podían hacerse a una idea dado el desliz que Marianne había tenido anteriormente.

—…Samael —respondió ella. Los chicos asintieron como si por fin hubieran visto la luz mientras él permanecía a un lado, incómodo.

—¿Eso es todo entonces? —preguntó Mitchell—. ¿No hay nada más que nos estén ocultando?

Marianne meneó la cabeza, tratando de recordar si había algo más, pero eso era todo lo que podía pensar en ese momento.

—Que nos hable entonces de qué era lo que ese demonio quiso decir cuando mencionó a otros Angel Warriors, unos anteriores a nosotros —formuló Frank, apareciendo en la puerta del comedor y avanzando hasta quedar frente a Samael—. Háblanos sobre ellos, ¿por qué Hollow mencionó que alguno de nosotros podía ser su reencarnación? ¿Por qué yo tenía ese don?

Samael se vio entonces rodeado por aquellas miradas ávidas de conocimiento, incluyendo la de Marianne. Se sintió tenso, a sabiendas de que estarían esperando una respuesta que él no poseía de momento.

—…Lo siento. Quisiera poder responder a sus dudas, pero la verdad es que no sé muchas cosas aún. Fui enviado a este mundo con ciertas ideas preconcebidas, pero por lo pronto ésa no es una que posea. Los únicos Angel Warriors que conozco son ustedes.

Los demás se notaban decepcionados y dejaron de hacer preguntas. Samael entonces quiso aprovechar la oportunidad para enmendarse.

—Escuchen, sé que no debí ocultarles lo que yo era, pero… temía la reacción que tendrían ante mí. Sigo siendo el mismo, aunque me vean ahora con otros ojos. Lo único que quiero es que me den la oportunidad.

—¿O de lo contrario nos iremos al infierno?

—¡Mitchell, te lo advierto! —gruñó Marianne nuevamente.

—Ay, bueno, ya, está bien. Venga, compadre —finalizó Mitchell, estrechándole la mano y tirando de él para darle un abrazo, momento que aprovechaba para palparle la espalda como si estuviera buscándole vestigios de alas. Él se apartó extrañado y Mitchell sólo rió y levantó los brazos en señal de que no lo volvería a hacer.

—Esto es en cierto modo… emocionante —comentó Lilith, comenzando a tocarlo con un dedo como si se tratara de una extraña especie venenosa.

—…Auch.

—¡Ups! Lo siento —sonrió Lilith avergonzada—. Así que tienes sensaciones humanas, ¿eh? ¿Y qué me dices de… las cosquillas?

Sus dedos comenzaron a moverse velozmente y se lanzó a hacerle cosquillas en las costillas; él se apartó asustado, pero Mitchell lo inmovilizó por la espalda y él terminó retorciéndose bajo sus dedos, lanzando inevitables carcajadas hasta el punto de las lágrimas.

—¡Ya déjenlo! —dijo Marianne, tirando de él para que dejaran de hacerle cosquillas. Samael se refugió de inmediato detrás de ella con el rostro completamente rojo y los brazos protegiendo sus costillas. Los demás únicamente se reían—. Parecen unos niños.

—Creo que empiezo a ver el lado divertido de tener un ángel entre nosotros —opinó Mitchell, sacudiéndose las manos.

—No veo qué tenga eso de divertido —artículo Samael, cubriéndose con los brazos para evitar que volvieran a la carga.

—Va a necesitar toda una vida —intervino Franktick. Las miradas se desviaron hacia él—. Me refiero a un pasado que lo respalde. Identificaciones, actas, todo lo que sea necesario para demostrar su existencia como ser humano.

—La que le dieron por el campamento nos pareció bien. Pensábamos construir algo alrededor de eso —respondió Marianne y Frank se aclaró la garganta.

—…Yo podría hacerlo—sugirió él como quien no quiere la cosa—. Introducirlo en el sistema, así nadie tendría dudas sobre él ni su identidad.

—¿…A cambio de qué? —preguntó Marianne con suspicacia.

—¿En serio en tan mal concepto me tienen? —replicó Frank, lanzando un bufido indignado—. Les estoy ofreciendo mi ayuda desinteresada, si no quieren aceptarla es cosa de ustedes. Que luego no digan que no lo intenté.

—…Nos vendría bien tu ayuda —aceptó Marianne, tratando de suavizar su tono.

—Tenemos un trato entonces —finalizó él, inclinando la cabeza levemente como si de esa forma estuviera mostrando que podía poner de su parte, pero a la vez sin querer abandonar la imagen de duro. Apoyó a continuación la espalda en la pared, intentando mostrarse relajado y sacó otro cigarrillo.

—Fuera de la casa —ordenó Marianne con tono inflexible.

—¿Es en serio? —le espetó Frank con encendedor en mano y ella se limitó a entornar los ojos. Él dio un resoplido y regresó sobre sus pasos hacia la cocina—. Delicada.

Esa noche quedó sellado un nuevo acuerdo de unión entre ellos.

—¿Tengo que hacerlo? —preguntó Samael al día siguiente ante la repentina decisión de Marianne de que él iría a ayudar en la cafetería.

—Tienes mucho tiempo libre por las mañanas, y Mankee necesita toda la ayuda que pueda tener. No te cuesta nada ayudarle un poco.

Él dio un suspiro de resignación mientras Marianne bajaba de nuevo por la escalera de la cocina. Su padre y Loui ya estaban desayunando.

—Buenos días —saludó Noah con una taza de café en la mano. Ella respondió con un leve movimiento de cabeza y notó que había otro periódico a un lado de él en la mesa y de portada seguía estando el padre de Demian—… Terrible, ¿verdad? Por los pocos minutos que lo pude conocer me pareció buena persona. Me da pena por sus hijos, ya no les queda nadie.

—Estoy segura de que estarán bien —replicó ella, resistiendo las ganas de hacer algún comentario respecto a cómo ellos mismos se las habían arreglado bien sin la presencia de su padre, aunque la cara de su hermano le advertía que no se atreviera a decir lo que pensaba.

—El periódico dice que el funeral será mañana, ¿irás?

Marianne se quedó callada por un momento. Hasta entonces no se había puesto a pensar si debía o no asistir al funeral del hombre de cuya muerte se sentía en parte responsable. ¿Lo llegaría a ver Demian en sus ojos si la tuviera enfrente? Ni sabría qué decirle. No fue capaz de pronunciar palabra alguna ante él desde el momento en que anunció la muerte de su padre. Tampoco estaba segura de ser bienvenidos, quizá sería un funeral privado.

—…No lo sé aún. Quizá únicamente sea para la familia.

—Los amigos son familia —añadió su padre, tomándola por sorpresa. Ella de nuevo hizo silencio y decidió mejor encaminarse a la escuela.

—…Ya me voy. Hasta luego —se despidió tras tomar otra manzana de la canasta.

Tal y como había prometido a Mankee, dejó al ángel en la cafetería mientras ella cruzaba al colegio, sin dejar de pensar en el funeral.

Al salir de clases, le sorprendió ver que el lugar estaba más lleno que antes, incluso la que supuestamente sería su mesa exclusiva estaba siendo ocupada por otras personas mientras sus amigos habían tenido que refugiarse en la barra.

—¿…Qué ocurre? —preguntó Marianne, tomando asiento junto a ellos.

—Shhhh, fíjate bien —susurró Mitchell, señalándole con la mirada hacia las mesas.

Ella observó a su alrededor y notó que la mayoría de los clientes del día eran chicas, que tocaban constantemente sus campanillas o alzaban la mano con ferocidad, intentando atraer la atención de Samael, que iba de mesa en mesa apuntando órdenes, y cuando Lilith acudía, rápidamente se deshacían de ella para volver a hacer el intento con el ángel.

—Tal como suponía. Ese encanto no era precisamente algo normal. Ser un ángel tiene sus ventajas —añadió Mitchell con un destello de envidia—… Bueno, al menos ya no me siento tan mal sabiendo la verdad.

—En ninguna mesa han querido que les tome la orden. ¡Me siento tan frustrada! —se quejó Lilith, lanzando un resoplido en cuanto se apoyaba en la barra junto a ellos.

—Tranquila, no es competencia.

—¡Excepto que sí lo es! ¡¿Así cómo se supone que tenga alguna propina?!

—¿Sólo están ustedes dos aquí afuera?

—Remy, el otro mesero, está ayudando a Monkey en la cocina.

—…Mañana será el funeral del padre de Demian —soltó Marianne de repente y los demás se quedaron callados por unos segundos.

—Tenemos que ir entonces —decidió Mitchell sin pensarlo mucho.

—Pero… ¿no creen que después de lo que pasó, el que vayamos sería algo…?

—¿Algo qué? No podemos culparnos para siempre. Es nuestro amigo, tenemos que estar ahí para que sepa que cuenta con nosotros —determinó él nuevamente y Marianne decidió dejarlo así. Quizá él no se sintiera culpable pues el don no estuvo en sus manos, pero ella no dejaba de pensar en ello.

—Es extraño —dijo Samael, acercándose a ellos mientras revisaba varias hojitas de los pedidos—. Me apuntaron varios números con unos nombres detrás de las órdenes. ¿Qué creen que signifique?

Mitchell le dedicó una de sus miradas resentidas y tuvo que resistir el impulso de agarrarlo de los hombros y sacudirlo para hacerlo reaccionar.

Por respeto a la memoria del señor Donovan, el jueves se mantuvo cerrada la cafetería. Según el periódico, el funeral se llevaría a cabo al medio día en el mismo cementerio donde sería el entierro, así que en cuanto salieron de la escuela, los chicos se dirigieron hacia aquel lugar. No iban vestidos de negro como la etiqueta requería, pero pensaban que la intención era la que contaba. Los únicos que no los acompañaron fueron Frank y Samael.

El cementerio estaba dividido en varias secciones; había desde tumbas normales hasta capillas familiares. Les tomó varios minutos caminar entre lápidas con inscripciones de todo tipo y estatuas de ángeles que se les antojaban medio tétricos, hasta ver a lo lejos un mausoleo con una pequeña congregación de gente vestida de negro.

Se detuvieron a varios metros, escudándose tras un gran árbol, y observaron a las personas que se hallaban ahí reunidas. Había un puñado de hombres mayores y de mediana edad que tenían un cierto aspecto corporativo. Probablemente eran socios de la compañía del señor Donovan. Al frente de todos estaba Demian, con la espalda recta y talante rígido. Se limitaba a mirar fijamente el féretro, que ya empezaba a ser transportado al interior del mausoleo.

Quizá el único gesto humano que tenía en ese momento era el consolar a una chica que lloraba desconsolada a su lado. Tenía un largo cabello castaño completamente recogido hacia atrás en una coleta y un bonete negro la coronaba.

—Es Vicky, la hermana de Demian —dijo Angie en cuanto la reconoció—. Hace años que no la veía, pero no ha cambiado mucho.

—¿No deberías ir y darle las condolencias?

—No creo que en este momento tenga la capacidad empática para darle unas sentidas condolencias. Hace siete años que no nos vemos y ahora soy un robot sin emociones.

—Al menos lo reconoces.

Lilith permaneció en silencio, observando con atención a aquella chica que en teoría debía ser la primera vez que la veía, pero había algo en ella que se le hacía vagamente familiar. Pensó detenidamente dónde había visto antes aquel rostro con ojos grandes y facciones estrechas de duendecillo, y entonces una imagen ocupó su mente: unos ojos abiertos como platos que miraban en dirección a ella mientras un agujero de fuego la atravesaba y hacía arder por dentro. La imagen que las voces le enseñaban. Era real, ella existía. Retrocedió perturbada, tomó aliento y ahogó un grito para luego desmayarse mientras sus amigos la sostenían y trataban de hacerla reaccionar.

—Tenemos que sacarla de aquí antes de que nos vean —musitó Marianne, tratando de hacer el menor ruido posible, pero el pequeño alboroto ya comenzaba a atraer la atención de los asistentes al entierro, así que entre Mitchell y Mankee la cargaron y comenzaron a trasladarla de regreso.

Marianne miró de reojo hacia atrás y notó que Demian los observaba con la misma expresión vacía. Le dio una punzada de culpabilidad y rápidamente desvió la vista hacia el frente, siguiendo a los demás. Mientras volvían, no pudo evitar el notar cierto olor a humo al pasar junto a algunas lápidas.

Terminaron refugiándose en la cafetería, a puertas cerradas, dejando a Lilith con un vaso de limonada y una compresa fría en la cabeza.

—¿Qué ocurrió contigo? Parecías asustada, ¿viste algo?

—No sé, yo… simplemente sentí que todo me daba vueltas y… me desvanecí —respondió ella, sin despegar la vista de su bebida para no tener que mentirles a los ojos. No podía decirles lo que había visto, ni siquiera ella estaba segura de lo que significaba, lo único que sabía era que debía mantenerse lo más lejos posible de aquella chica.

—Supongo que tendremos que posponer las condolencias para otro día —dijo Mitchell y los demás estuvieron de acuerdo.

Marianne, sin embargo, aún tenía en la mente aquella mirada inexpresiva que les había dedicado cuando se marchaban, y cuando estaba llegando a su casa, de pronto dio un giro inesperado y continuó caminando en dirección norte. Unas calles más adelante estaba la casa de Demian, y aunque no tenía idea de qué diría o haría al llegar, continuó su camino siguiendo un impulso.

Las calles eran bastante tranquilas y calladas, y eso la hizo centrarse nuevamente en aquella inquietante sensación de que la estaban siguiendo. Cerca, lejos, no podía asegurarlo, sólo sabía que una presencia la acechaba y no tenía idea de qué tipo. En cuanto llegó frente a la casa de Demian, se detuvo ante la reja y se dio la vuelta rápidamente, pensando quizá sorprender a quien estuviera detrás de ella, pero la calle estaba vacía. Dio un suspiro y volteó nuevamente, encontrándose con Demian detrás de la reja, ocasionándole un respingo. Éste parecía extrañado de verla ahí, sin embargo, no hizo preguntas y simplemente abrió la reja para dejarla pasar.

—…Pasa. Aquí afuera hace frío —le indicó él, cerrando la reja en cuanto ella entraba. A continuación, lo siguió hasta la casa sin intercambiar palabras. Él ya estaba vestido normal, con unos jeans y una gruesa chamarra de gamuza con polar, como si estuviera de salida. En cuanto entraron a la casa, él continuó caminando y ella vaciló sin saber si seguirlo o no—. ¿Quieres agua o refresco?

—…A-Agua —titubeó Marianne, extrañada de que no le preguntara qué hacía ahí ni le hiciera algún comentario sobre haberlos visto en el cementerio.

Él se internó en la cocina mientras ella permaneció de pie en medio de la estancia, mirando a su alrededor como si se sintiera una hormiga en tierra de gigantes. Minutos después Demian regresó llevando dos vasos con agua, ofreciéndole uno a ella y sentándose en la base de la enorme escalera principal, acción que Marianne imitó, sumiéndose casi al instante en un silencio que duró varios minutos. Demian mantuvo la mirada fija en el vaso mientras que ella trataba de pensar qué decir, pero su mente estaba en blanco.

—¿…Cómo te sientes? —preguntó ella finalmente, arrepintiéndose casi de inmediato, y la forma en que él la miró acabó por confirmarle que había sido una mala idea.

—¿Tú cómo crees que me siento?

—…Lo siento. Fue una pregunta tonta —se disculpó, rehuyéndole a su mirada y comenzando a preguntarse qué impulso la habría llevado hasta ahí. Demian tomó aliento y lo fue soltando lentamente en un suspiro.

—Disculpa. No debí hablarte así, tú no tienes la culpa de nada —añadió Demian y ella sintió que la garganta se le hacía un nudo—. Aún no lo asimilo. Incluso me quité el luto. No me gusta el negro. He tenido demasiadas muertes en mi vida.

—¿…Ibas a algún lado?

—A ver al abogado de mi padre. Debo resolver un problema o los de servicios sociales no nos dejarán en paz.

—¿Qué problema?

—Necesitamos un tutor legal —explicó Demian—. Al menos hasta que yo cumpla la mayoría de edad y pueda hacerme cargo de los bienes de mi padre y de la tutela de mi hermana. No nos queda ningún pariente vivo y la persona que nuestro padre había designado como guardián legal en caso de que le ocurriera algo… era el señor Ganzza. No tenía a nadie más de reserva.

—¿Y alguno de sus socios quizá…?

—Cualquiera de ellos estaría ansioso por tomar el control de la empresa gracias al poder que ser nuestro tutor les representaría —aseguró él, moviendo la cabeza de forma negativa—. De ninguna forma podría permitirlo. Necesitamos a alguien que acepte serlo únicamente de nombre y nos de libertad, de esa forma las decisiones de la empresa tendrían que pasar primero por mí y dependerían de mi última palabra. Mi padre me enseñó mucho acerca del manejo de la compañía… Sólo necesito tiempo para aclimatarme. Sin embargo, la que no tiene tiempo es mi hermana. Sin la designación de un tutor no puede viajar de vuelta a su escuela y si no está ahí para el lunes, perdería el resto del semestre.

Marianne escuchó con atención sin hacer ningún comentario. Le sorprendía verlo tan entero y práctico después del estado de turbación en que lo había visto cuando recién había muerto su padre, aunque entendía que debía mostrarse fuerte por su hermana pues era lo único que le quedaba y lo respetaba por eso. Con un leve movimiento de cabeza, echó una mirada escaleras arriba, como si esperase ver a la chica bajando y quizá así poder conocerla más de cerca, lo cual Demian pareció notar.

—Te presentaría a mi hermana… pero no ha querido salir de su habitación desde que llegamos —comentó él como si de pronto volviera a la realidad de su dolorosa situación—. Papá la iba a visitar casi cada semana, por eso viajaba tanto.

—…Lo siento —repitió Marianne como si no le quedaran más palabras, empujada por el sentimiento de culpa que aún la carcomía—. Quizá… pueda ayudar.

—Te agradezco el interés, pero a menos que seas mayor de edad, no veo de qué forma podrías ser de ayuda en nuestras circunstancias.

—Mi padre —respondió segura de sí—… Él lo hará. Aceptará ser su tutor.

Demian la miró dubitativo, preguntándose por qué de pronto tenía tanto interés en ayudarlos al punto de ofrecer a su propio padre.

—No tienes que hacer esto. No quiero causarle problemas a tu familia.

—¡No será ninguno! —dijo ella, levantándose de golpe—. Después de todo dijiste que no le representará ninguna responsabilidad real, ¿no? Será pan comido para él, igual y ha evadido muchos deberes como padre durante años, así que esto no será tan distinto.

Al darse cuenta de lo que había dicho, cerró la boca como si hubiera de pronto soltado una confesión vergonzosa. Demian se limitó a mirarla fijamente. Si había un destello de compasión en sus ojos, no quiso saberlo; desvió la vista y se dirigió hacia la puerta.

—…Dile a tu abogado que ya tienes guardián legal, sólo mándame la dirección y hora donde tiene que presentarse mañana para hacerlo oficial y me encargo de que esté ahí —finalizó ella, intentando abrir la puerta, pero sin lograrlo, hasta que Demian también se levantó y abrió por ella, accionando un par de cerraduras al mismo tiempo. Ella sólo hizo un movimiento torpe de cabeza a manera de despedida y se apresuró a salir de ahí, con él siguiéndola de cerca hasta alcanzar la reja.

—…Gracias —enunció él en cuanto ella pasó a su lado.

Marianne sintió una punzada en el corazón, ¿de nuevo el sentimiento de culpa? Se limitó a asentir, tratando de no mostrarse conmovida. No esperó a que dijera nada más, se marchó de ahí a paso veloz. Incluso la sensación de que la seguían pasó a segundo plano, aunque eso no le impidió percibir un sutil olor a humo en el ambiente, como en el cementerio.

Al llegar a casa, esperó el momento oportuno para abordar a su padre cuando estuviera solo pues Loui no parecía querer despegarse de él y fue solamente hasta que el niño fue a dormirse que tuvo la oportunidad de encontrarlo solo en la cocina, tomándose un café.

—¿…Puedo hablar contigo? —preguntó a los pies de la escalera de servicio. Su padre alzó la vista hacia ella con sorpresa y enseguida le señaló el asiento frente a él para que se sentara, pero ella negó con la cabeza—. Será breve. Sólo… necesito pedirte un favor.

—Claro. Dime qué puedo hacer por ti.

—No es por mí. Demian y su hermana necesitan un guardián legal a raíz de la muerte de su padre —explicó ella mientras Noah escuchaba con atención—. Al menos sólo por unos meses hasta que él cumpla la mayoría de edad.

—¿Me estás pidiendo que me convierta en el tutor de tu amigo y su hermana?

—No tendrás que hacer nada, únicamente será de nombre, él se encargará de todo, sólo necesita de un adulto que lo avale. Podrás seguir haciendo lo de siempre, sin preocuparte por tener alguna responsabilidad.

Dijo esto último de tal forma que él pareció percibir una pizca de resquemor en sus palabras, como si entendiera de pronto que eso mismo era lo que ella pensaba de él. Marianne notó el repentino cambio de semblante de su padre y sólo entonces fue que se dio cuenta de lo que había dicho.

—…Claro. Entiendo. Si es lo que quieres, entonces lo haré —aceptó él, intentando sonreírle a pesar de su gesto herido.

Marianne apretó la boca para no decir nada más y dio un leve asentimiento con la cabeza, volteando enseguida. No podía seguir viéndolo de esa forma, no cuando aún tenía fresca en la memoria la voz de aquella mujer en el teléfono.

Subió corriendo a su cuarto y se quedó con la espalda pegada a la puerta mientras esperaba a que su mente se despejara. El pitido de su celular la sacó de concentración, había recibido un mensaje. Éste provenía de Demian, traía una dirección y una hora. Aquello significaba que iban a proceder con su propuesta: su padre se convertiría en tutor legal de Demian y su hermana. ¿Eso los convertiría en algo así como hermanos ante la ley? La idea se le antojaba absurda y hasta cierto punto desconcertante, casi tanto como la idea que se le había metido a Lilith en la cabeza… pero no, era tan ridículo que ni siquiera se atrevía a pensar en ello. Mejor no pensar en lo absoluto. Fue directo a la cama y se dejó caer en ella, esperando que el sueño la venciera.

Al día siguiente Noah condujo en completo silencio hasta la corte, con la que Marianne estaba ya familiarizada después de todas las veces que había estado ahí. Aparcaron en uno de los estacionamientos libres del parque central y salieron del auto con aire solemne. Su padre iba lo más formal que podía con una camisa blanca de manga larga con corbata y pantalones negros mientras que ella había optado por un suéter con capucha que se había puesto sobre la cabeza mientras iban por el pasaje que conectaba ambos edificios.

Al entrar al juzgado llegaron a una sala donde estaban Demian y un hombre de lentes y bigote canoso sentados en uno de los muebles. De inmediato se pusieron de pie y comenzaron los saludos y las presentaciones.

—Le agradezco que aceptara hacer esto —dijo Demian, estrechándole la mano.

—No es nada y lamento mucho lo de tu padre —respondió Noah, colocando una mano sobre su hombro en señal de apoyo.

Demian se estremeció levemente y echó un vistazo por detrás de él hacia Marianne, que mantenía su distancia con las manos metidas en los bolsillos de su suéter.

—Sígame por aquí, señor Greniere. Le explicaré algunas de las responsabilidades que tendrá como guardián legal de Demian y Givicha Donovan, luego procederemos a firmar los documentos —le indicó el abogado.

—…Claro, responsabilidades —expresó Noah con una sonrisa amarga, y Marianne desvió la vista hacia sus pies—. Esperen aquí entonces.

Los dos hombres entraron al despacho, cerrando la puerta detrás de ellos, dejando a ambos chicos de pie en aquella sala en completo silencio por un par de minutos.

—…Gracias de nuevo —dijo Demian y ella meneó la cabeza en señal de que no tenía que agradecerle.

—¿Vas a volver a la escuela?

—Quizá falte unos días más. No estoy seguro. No me siento listo para volver. —Ella únicamente asintió y volvieron a quedarse callados por varios segundos más—. ¿Me permites decirte algo? Cualquier desacuerdo que tengas con tu padre, cualquiera que sea, no vale la pena a la larga. Cuando menos te lo esperes él podría… dejar de estar ahí… y entonces ya no habrá vuelta de hoja. Las cosas que no dijiste en su momento ya jamás podrán ser dichas.

Marianne lo miró con el rostro contraído, como si quisiera decir algo, pero le fuera imposible hacerlo. La puerta del despacho se abrió y salieron su padre y el abogado.

—Todo en orden, ahora firmaremos los documentos. Tú también vienes con nosotros, Demian —dijo el abogado y él los siguió hacia la puerta del fondo.

—Yo… debo irme —anunció de pronto Marianne, comenzando a retroceder.

—¿No vas a esperar que salgamos? —preguntó su padre.

—Tengo algo que hacer. Nos vemos en la casa más tarde.

—…Está bien. Hasta luego —respondió su padre con una sonrisa parca, consciente de que no la haría cambiar de opinión.

Demian tan sólo la miró inexpresivo mientras ella retrocedía hacia la puerta. Él, que apenas había perdido a su padre y conocía perfectamente el significado de esas últimas palabras. ¿Cómo discutir con eso? Y sin embargo la voz de la mujer en el teléfono…

Marianne marchó hacia la salida sin atreverse a voltear atrás.

Debía ir a casa de Lucianne y reunirse con los demás. Despejarse. La caminata le ayudaría a tal efecto. Fue a través del pasaje que conectaba los edificios y volvió a percibir el olor a humo. Giró el rostro con rapidez, pero la gente que pasaba por ahí no le parecía sospechosa, cada quien en su propio mundo. Era normal sentirse acechada, estaba en un lugar público con gente entrando y saliendo de ambos edificios a cada minuto.

Miró a los lados y continuó su camino, metiendo las manos en los bolsillos. Unos metros más atrás, una figura alta y espigada salió de un costado y comenzó a caminar en la misma dirección que ella, siguiendo sus pasos.

En cuanto salió del pasaje, se detuvo, sacó un cigarrillo y se lo llevó a la boca mientras con la otra mano sacaba un encendedor y lo prendía. Tras dar una calada, Frank se sintió con energías renovadas y continuó su camino, siguiendo el mismo trayecto que Marianne.


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