CAPÍTULO 35

35. LA MUERTE ALREDEDOR

Para un demonio la regeneración requería usualmente de todas sus fuerzas e implicaba también la pérdida de parte de su energía, y dependiendo de la herida era el tiempo que tardaba en recuperarse. Pero cuando la parte amputada se negaba a regenerarse, había un problema, y eso era algo que Hollow había aprendido por las malas desde el primer momento en que había perdido los dedos bajo el filo de la espada de aquella chica. Pero perder los dedos no se comparaba a perder el brazo completo. Consciente de que no podría crecerle otro brazo, había esperado pacientemente a que las fibras de su vestimenta ayudaran a cerrar la herida que le quedaba a la altura del hombro. Crear una extensión prostética con los filamentos como había hecho con sus dedos también requería de una energía mayor de la que estaba dispuesto a perder, así que decidió simplemente prescindir de aquella extremidad y concentrarse en la que aún le quedaba.

—Por suerte el don está dentro del contenedor —comentó Ende, observando al otro demonio remendándose a sí mismo—. Una vez que se junten todos, automáticamente se reunirá con los demás, no hará falta que intentes recuperarlo. Sólo faltan un par más y entrará en rigor la siguiente fase, lo que significa la muerte de esos chicos y el despertar del Amo.

—…Sólo dos dones más —repitió Hollow con tono de amenaza subyacente, los ojos fijos en su muñón, encendidos por la ira.

—Aunque realmente bastaría con que consiguieras el don sobrenatural, el último simplemente surgirá por sí solo en cuanto los demás estén reunidos.

Hollow se llevó la mano que le quedaba al pecho y los filamentos que lo cubrían comenzaron a removerse como si estuvieran abriendo un compartimento. De ahí sacó un pedazo de papel y lo observó con atención. El nombre de Marianne destacaba escrito con trazos fuertes y angulosos. El muchacho quizá le habría ofrecido cualquier nombre por desesperación, sin embargo, no perdía nada con probar. Cerró la mano en torno al pedazo de papel y lo arrugó hasta que acabó haciéndose añicos y dejando caer los restos al piso. Lo tenía grabado en la mente. Ella sería su siguiente objetivo.

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Franktick había tomado muchas malas decisiones y cometido muchos errores en su vida, llevado siempre por su impulsividad e incapacidad para admitir ayuda ajena. Sin embargo, se consideraba a sí mismo una muestra constante de prueba y error, necesitaba cometer esas equivocaciones para entrar en razón y luego buscaba la forma de corregirlo, redimirse de cierta manera, aunque prefería hacerlo a escondidas de los demás.

Cuando le entregó a Hollow aquel papel con el nombre de Marianne era consciente de que le estaba vendiendo no una víctima cualquiera, sino a alguien que a pesar de todo había depositado algo de confianza en él, y todo por una remota posibilidad, la de recuperar el don de Lucianne por más que su sentido común le gritaba que nunca lo conseguiría. Y ahora la única forma que tenía de resarcirse era vigilando a Marianne y siguiéndola a donde fuera, desde que salía a clases hasta que volvía a casa.

Varias veces la había descubierto mirando hacia atrás como si supiera que alguien la estaba siguiendo, pero él era ágil y de reacción rápida, y siempre se ocultaba antes de que ella pudiera verlo.

La siguió todo el camino desde el juzgado hasta llegar a casa de Lucianne, donde tras esperar unos minutos reglamentarios, se dispuso también a presentarse frente a la puerta de la cocina y golpear por pura decencia, ya que sabía perfectamente dónde estaba la llave y ya varias veces había entrado cuando no había nadie más.

Marianne abrió y le dedicó una mirada de fastidio, pero nada sorprendida. Él movió la cabeza a manera de saludo e hizo ademán de querer pasar, pero ella se lo impidió señalando con la mirada el cigarrillo que tenía entre las manos. Frank torció los ojos y dejó caer el pitillo al suelo para apagarlo a continuación con la suela. Luego alzó nuevamente la vista con una mueca que parecía decir “¿Satisfecha?” y ella finalmente le cedió el paso.

—No sé cómo te aguantan los demás, en serio —comentó Frank, pasándola de largo y ella se limitó a girar los ojos—. ¿Hoy no te acompañó tu angelito? Si siempre te sigue a todos lados.

—¿Cómo sabes que él no vino conmigo? —preguntó Marianne con suspicacia y él guardó silencio al darse cuenta de que había hablado de más, pero su rostro se mantuvo inexpresivo mientras fingía buscar un vaso en el estante de los cubiertos.

—Nada más. No lo veo cuidándote la espalda ni siguiéndote como sombra.

—Está en la cafetería —le rezongó ella—. Al contrario de ciertas personas que no hacen nada de provecho con su vida, él sí trata de ser útil en algo.

—¡Auch! ¡Qué cruel! —dijo Frank, llevándose la mano al pecho y pasándola de largo para ir en dirección al sótano. Ella decidió ignorarlo y concentrarse en la comida.

Mientras llegaban sus compañeros, se la pasó meditando lo que Demian le había dicho. En cualquier otra circunstancia ella se habría puesto a la defensiva, pero le resultó imposible hacer tal cosa. Ni siquiera era por consideración a la reciente pérdida de su padre, aunque claro que eso influía, pero lo que le impedía desdeñar sus palabras era lo que ella misma había presenciado entre éste y Demian. Aquella sensación de asfixia ante sus excesivos cuidados no era tan diferente a lo que ella sentía cuando de pronto el suyo intentaba comportarse como un padre responsable. Era muy egoísta de su parte el pensar que su situación era única y su actuar justificado, ¿no era así, después de todo, como muchos adolescentes se sentían con sus padres? Si Demian había alcanzado o no a rectificar con el suyo, era lo de menos, pues su tiempo se había visto reducido dramáticamente. Y ahí estaba ella, negándose a darle una oportunidad a su padre teniendo toda una vida por delante, que a la vez era efímera e impredecible. Él tenía razón, no sabía lo que podía depararle el destino de un día para otro, ¿pero se sentía preparada para hablar directamente con su padre del tema que tanto le molestaba? No tenía forma de responder a esa pregunta hasta estar frente a él.

—¿…Qué dices? ¿Que ahora tu padre es legalmente el tutor de Demian y su hermana? —inquirió Lilith con sorpresa en cuanto ella les contó todo.

—Era eso o quedarían a merced de servicios sociales o algún socio mayoritario de su padre ávido por controlar la empresa.

—¿Eso no los convierte ahora en… hermanos tutelares o algo así? —intervino Mitchell, reservándose su opinión.

—Es curioso que lo menciones, justamente me preguntaba lo mismo.

—¡Pero… pero… sería entonces algo perturbador que Demian y tú…! —replicó Lilith con una mezcla de escepticismo y turbación.

—Oh, sí, sería algo asqueroso, ¿verdad? Supongo que ya no podrás seguir imaginándote cosas imposibles. El fin —dijo Marianne, aprovechando la ocasión para terminar de sepultar la tonta idea que se le había metido a la cabeza.

Lilith emitió unos extraños sonidos con la garganta como si se quejara.

—Si es algo prohibido… ¡eso lo hace más excitante aún! —replicó de pronto, iluminando su rostro con una sonrisa voraz.

Marianne giró los ojos sabiendo que sería imposible sacarla de ese estado.

—¡Mejor vayamos a reforzar la barrera de una vez! —decidió ella, mandando a todos hacia el sótano.

—¡Hey! Ahora que lo pienso, ¿significa entonces que vivirán bajo el mismo techo? —formuló Lilith sin soltar el asunto mientras iban bajando las escaleras.

—¡Nada de eso! ¡Ya les dije que será solamente de nombre! Ni mi padre se ocupará de ellos, ni hará nada de lo que por ley le correspondería. Es tan sólo una fachada.

—¿Y crees que él se quedará conforme de no cumplir su deber por más que lo estén usando de cubierta? —preguntó Angie y Marianne estuvo de nuevo a punto de hacer algún comentario con respecto a la que ella consideraba frecuente falta de responsabilidad de su padre con sus propios hijos, pero se detuvo a tiempo y se limitó a hacer una mueca.

—Demian fue muy claro. Sólo necesitan un tutor para que los dejen en paz y puedan continuar con su vida normal. Mi padre lo sabe y aún así aceptó, fin de la historia, no se hable más del asunto —dijo ella, dando por terminado el tema y señalando hacia el domo de energía que encerraba a Lucianne—… Mitchell, tú vas primero.

Los chicos fueron pasando uno por uno a reforzar la capa de energía, asentaban su mano sobre ésta y la dejaban ahí unos segundos, sintiendo un cosquilleo que les recorría desde la base de la palma hasta la punta de los dedos, la barrera emitía un destello que indicaba que una nueva capa de energía se había agregado y era entonces que procedían a levantar la mano y apartarse de ella. Sin tener un orden prescrito, más que el que Mitchell debía ser el primero para no neutralizar el poder de los demás, llegó al final el turno de Belgina, que todo el tiempo se había mantenido callada y sus movimientos eran más lentos que de costumbre.

—¿…Te sientes bien, Belgina? —preguntó Marianne y ella la miró de forma mecánica, pero como si realmente no estuviera prestando atención.

Posó sus manos sobre la capa y en cuanto ésta emitió el leve brillo, se apartó, retrocedió un paso y cayó desvanecida al piso. Los demás se precipitaron alarmados hacia ella, intentando hacerla reaccionar, pero nada funcionaba. El momento de crisis parecía haber llegado finalmente para ella.

Esa noche terminaron en el hospital por segunda vez en menos de una semana. Sentados todos en fila en la sala de espera, observaban a la madre de Belgina hablar más adelante con un médico. Vestida con un sobrio traje sastre, la mujer escuchaba preocupada lo que el galeno le decía. Los chicos no podían oír nada desde donde estaban, pero tenían a Samael a un lado diciéndoles lo que alcanzaba a captar de la plática.

—A pesar de que no encuentran nada malo en ella, no logran hacerla reaccionar. La mantendrán vigilada y darán aviso en cuanto haya algún cambio en su condición.

—Entonces… al fin está pasando. Los siguientes en caer seremos nosotros —apuntó Lilith con tono desalentado.

—Tiene que haber algo que podamos hacer. No podemos dejarla en ese estado, ¡hay que hacer algo! —exigió Mitchell, poniéndose de pie y colocándose delante de ellos, pero todos bajaron la mirada, conscientes de que no podían hacer nada—. ¿Piensan darse por vencidos y dejar que Belgina se quede en estado vegetal? ¡¿Qué clase de amigos son?!

—Sabes bien que no se trata de eso —respondió Marianne—. Esto no se terminará ni la situación mejorará a menos que recuperemos los dones, y ahora sabemos lo que hace falta para ello.

—…Que aparezcan los dones faltantes —acotó Samael, poniendo voz a lo que todos estaban pensando sin la necesidad de entrar en sus mentes.

Mitchell volvió a sentarse con desánimo y se unió a aquella atmósfera general de desesperanza. Frank miró de reojo a Marianne y como ocurría cada vez que pensaba de más, de pronto la idea de estarla protegiendo si de todas formas necesitaban que aparecieran los dones se le antojaba inútil. Quizá si la atacaran… ¡No! Debía alejar esos pensamientos de su cabeza. Eliminar a esos demonios, ése debía ser su objetivo primordial en cuanto atacaran… Aunque tal vez esperando que encontraran primero los dones restantes.

Marianne y Samael volvieron a casa en silencio durante casi todo el trayecto. Lo de Belgina representaba otro duro golpe para ellos pues era una fuerza menos con la que contarían. Y después de Lucianne era una pérdida importante. Naturalmente estarían pensando en estrategias, pero de pronto Samael la sorprendió con una pregunta que no se esperaba.

—¿Por qué fuiste sola a verlo? —Marianne no parecía entender de qué hablaba, así que trató de explicarse—. Ayer cuando volvías, pude sentir tu presencia acercándose a la casa y de pronto cambiaste de rumbo. No lo tenías planeado, ¿verdad?

—No. Yo sólo… quería comprobar que Demian estuviera bien —sostuvo ella, encogiéndose de hombros, pero Samael la observaba sin parecer convencido.

—¿Por qué te ofreciste a ayudarlo? No estabas obligada a hacerlo.

—Eso es lo de menos, ¿qué tiene de importancia?

—Simplemente creo que te tomas demasiadas molestias con ese chico.

Marianne se detuvo, obligándolo a parar de golpe.

—No lo hago por algún motivo escondido si eso es a lo que te refieres. Y tampoco quiero que intentes buscar alguna respuesta en mi mente porque no la tendrás.

—Sólo trato de entender. Hay ciertos aspectos en los que has cambiado desde que tomé forma física y quiero saber por qué. Antes conocía todo sobre ti, y ahora siento que me estoy quedando rezagado por más que intento alcanzarte.

—No puedes saberlo todo sobre mí. No sería sano para ninguno de los dos. Nadie sabe absolutamente todo sobre los demás, y es mejor así.

Y con eso finalizó su intercambio. Marianne continuó su camino hacia la puerta mientras Samael daba un resoplido de resignación y desaparecía de ahí. Ella meneó la cabeza, sabiendo que seguramente se había ido directo al ático.

Entró a la casa y vio a su padre y Loui frente al televisor, sosteniendo unos controles de mando y probando la nueva consola de videojuegos.

—Buenas noches —la saludó su padre en cuanto la vio de pie en la estancia.

Ella hizo un leve asentimiento de cabeza y desvió enseguida la vista sin atreverse a mirarlo a los ojos después de haberlo dejado en el juzgado.

—¡Ya te mataron, papá! ¡Ten más cuidado, sólo te queda una vida! —gritó Loui, rebotando sobre el sillón sin despegar la vista de la pantalla.

—Ya, ya, perdón, continuemos —respondió él, riendo afectuosamente y volviendo su atención a la pantalla. Marianne los observó unos segundos más, era la imagen perfecta de padre e hijo divirtiéndose juntos, tanto que podía imaginársela como estampa bajo el título del padre del año si no fuera por la voz de mujer que seguía retumbando en su cabeza.

Las palabras de Demian volvieron a hacerse eco en ella. La vida era efímera e imprevisible, un día estaba ahí y al otro día quizá ya no estaría, y las cosas que quería decir ya no podría decirlas nunca.

Subió a su habitación y esperó a que Loui se fuera a dormir. Siendo ya casi media noche, decidió salir y buscar a su padre en la cocina donde normalmente lo encontraba, pero estaba vacía. Escuchó ruido en la sala y al irse aproximando vio que él seguía frente a la pantalla, aferrado al control e intentando pasar de nivel de aquel videojuego que tanto le gustaba a Loui, hasta que salió el aviso de “Game over”.

—Quizá ya es demasiado tarde para mí el intentar algo así —comentó él, dejando caer las manos sobre su regazo y sonriendo con cansancio mientras apagaba el aparato—. Tantos años que simplemente presencié el juego y ahora que lo intento, resulto un estrepitoso fracaso.

Quizá estaba leyendo demasiado entre líneas, pero a Marianne aquello le pareció más una metáfora de lo que había sido su repentina toma de responsabilidad parental y no pudo evitar sentir aquella punzada como cada vez que lo veía reaccionar a su constante rechazo.

—…Como bien dicen, la práctica hace al maestro —respondió ella y su padre únicamente sonrió como si estuviera resignado a que en su caso aquello no funcionaría. Marianne se quedó en silencio, pensando al mismo tiempo en lo que Demian le había dicho y en la voz de mujer que había escuchado por teléfono. Libraba una lucha interna sobre lo que iba o no a decir hasta que finalmente lo soltó—… Lo sé. —Noah alzó la vista hacia ella, inadvertido, como si aquella frase no fuera suficiente para arrojar luz sobre lo que supuestamente ella sabía—. Sobre tus viajes. Lo sé todo.

—¿…Todo? —El gesto de su padre se transformó al instante. Sus labios se tensaron y su rostro se contrajo con inquietud—. ¿Qué es… lo que sabes?

—…Sé que hay otra mujer —respondió ella tras tomar aliento e infundirse valor para pronunciar esas palabras—. La has estado viendo cada que sales a un “viaje” de trabajo.

Noah se quedó callado con aquel marcado gesto de desolación de quien se ve descubierto y no tiene manera de escapar.

—¿…Cómo? —inquirió por fin con voz controlada.

—Los sobres que has recibido. Leí uno por curiosidad. La caligrafía era en extremo delicada y además el perfume… definitivamente de mujer —reveló ella con increíble serenidad y fluidez para su propia sorpresa. Su padre la escuchaba atentamente—… Y luego la última llamada que me hiciste… La escuché a tus espaldas… Una voz de mujer.

—…Entiendo —fue lo único que él dijo tras aquella confesión y ella sintió de pronto que le hervía la sangre ante su reacción pasiva.

—¿…Entiendes? ¡¿Entiendes?! ¡¿No sabes decir otra cosa?! ¡De ninguna forma podrías entender realmente lo que he sentido todo este tiempo desde que mamá está en el hospital mientras tú te ibas a tus dichosos viajes de trabajo, mientras yo ya sospechaba de lo que en verdad se trataban! —explotó ella, apretando las manos y manteniéndose firme y tensa en el mismo lugar. Noah tan sólo asintió sin atreverse a mirarla a los ojos.

—Tienes toda la razón y no te culpo por estar molesta —le concedió él con aquella actitud pasiva que tanto la sacaba de quicio—. Estás en todo tu derecho de odiarme si así lo prefieres.

—Yo no te… —empezó a decir ella, pero se detuvo en favor de su respiración agitada, tratando de recuperar el control sobre sí misma—. ¿Cuánto tiempo llevas con esa doble vida?

—Es lo de menos, ya no tiene importancia. Se acabó —aseveró él, manteniendo la cabeza levemente inclinada en postura de sumisión.

—¿Es porque te he dicho que lo sé o…?

—Se acabó desde la última vez que me fui. Ése fue el final, no volveré. Me quedaré aquí con ustedes.

Marianne lo contempló escéptica. Su ira ya había menguado y sólo quedaba aquella sensación de desentumecimiento que le sigue a un violento calambre. No era la reacción que esperaba de su padre, pensó que al menos por una sola vez lo vería actuar a la defensiva, intentar justificarse, dar alguna explicación más o menos plausible, pero al contrario no sólo lo había aceptado, sino que se había atrevido a jurar que aquello había terminado. Así de sencillo.

—¿Y eso cuánto tiempo será? ¿Hasta que mamá salga del hospital y pueda volver a ocuparse de nosotros? ¿Entonces volverás a tu estilo de vida nómada, yendo de un lugar a otro y pasándote una o dos veces al mes a vernos?

Su padre volvió a mirarla a los ojos con expresión dolida, pero a la vez satisfecho de que por fin estuviera externando sus sentimientos.

—…No. No pienso irme. Si es necesario buscaré algún lugar en la ciudad para permanecer cerca de ustedes —aseguró él con tono decidido y ella no supo qué pensar. Aquello implicaba naturalmente que sus padres no volverían a estar juntos y aunque ya se había hecho a la idea por más que su madre aún parecía esperanzada, le resultaba difícil asimilarlo ante una confirmación implícita como la que acababa de escuchar.

—¿Mamá sabe? ¿Lo de la mujer?

Noah negó con la cabeza.

—No. Y es mejor que no lo sepa.

Marianne se mordió los labios; aquello significaba que debía guardar otro secreto. Noah se levantó del sillón y se acercó a ella.

—¿Podría pedirte que a partir de ahora te sinceres conmigo cada vez que te sientas de esa manera? Sé que no he sido el mejor de los padres, pero lo intento. Al menos concédeme el beneficio de la duda.

Ella no respondió, pero terminó asintiendo levemente. Su padre se acercó hasta abrazarla y ella intentó poner de su parte correspondiendo al abrazo, pero fue apenas un par de segundos y se soltó nuevamente.

—…Iré a dormir. Tengo sueño.

—Claro. Descansa.

Intentó sonreír, pero aquella sonrisa era aún más afligida que las anteriores. Quizá por verse por fin expuesto ante ella o porque lo hubiera sospechado todo ese tiempo, pero quedaba claro que al menos ahora estaba al tanto de lo que ella pensaba, ambos lo sabían.

Marianne subió de nuevo a su habitación con pasos lentos, sopesando aún si había sido o no lo mejor haberle dicho todo aquello. Entre la sospecha y la verdad no tenía idea de qué prefería en ese instante, pero de lo que estaba segura era de que no quería volver a hablar de ello, ni una sola mención. Ya había tenido su momento de desahogo, eso era lo que necesitaba, ¿cierto? Cansada de seguir dándole vueltas al asunto, se acostó en la cama y quedó dormida al instante.

Pasaron un par de días cuando menos se dieron cuenta. Demian no había vuelto a clases desde la muerte de su padre. Varias veces habían pasado por su casa en un intento por verlo, pero nadie les había abierto ni respondido. Estaban preocupados por él.

—Se ha encerrado como un ermitaño —declaró Mitchell mientras esperaban en la barra, en vista de que nuevamente habían ocupado su mesa por unas chicas de secundaria embobadas con Samael—. He intentado llamarlo varias veces, pero jamás contesta, salta enseguida el buzón. Creo que ha apagado el celular para que nadie lo moleste.

—No puedo creer que haya simplemente decidido encerrarse. Me parecía que estaba llevando con entereza lo de su padre. Dijo que iba a faltar unos días, pero no especificó cuántos, quizá haya que darle un poco más de tiempo.

—O tal vez es que apenas y comenzó a asimilar lo que ocurrió —opinó Angie—. No muchos lo sobrellevan bien. Una vez que pasa el funeral y todos los “dolientes” se han ido, no les queda más que enfrentarse ellos solos a la pérdida y es entonces que la realidad golpea fuerte.

—¿…Alguien de tu familia ha muerto, Angie? —preguntó Marianne con el mayor tacto posible, aún cuando Angie no lo tomaría a mal en su condición actual.

—No. Pero vi a mi padre derrumbado por mucho tiempo cuando mi madre se marchó —expuso ella con indolencia—. Supongo que es una clase de pérdida similar.

Marianne cerró la boca sin atreverse a decir nada más al respecto. Sabía que únicamente eran Angie y su padre, pero hasta entonces nunca había hecho mención sobre su madre y ahora entendía por qué.

—Agh, esto es tan deprimente —soltó Mitchell, dejando caer la cabeza sobre sus brazos en la barra—. Saber que Belgina está en el hospital y que no podemos hacer nada por ella mientras no aparezcan los dones faltantes es desesperante.

—Quizá si tuviéramos alguna idea de quiénes puedan poseerlos, pero piénsenlo bien, ¿implicaría eso entonces permitir que esos demonios los introduzcan a los recipientes aquellos? —planteó Angie, haciéndolos meditar sobre aquello.

—…Sería lo mismo que ofrecérselos en bandeja de plata —consideró Mitchell, claramente en desacuerdo. Marianne se limitó a asentir y mirar su reloj.

—…Debo irme. Los veré al rato en casa de Lucianne.

—¿Sabes que sería bueno? —dijo Mitchell antes de que se marchara—. Que tu papá usara esos derechos nuevos que tiene como tutor de Demian y lo obligara a salir de casa. No es bueno que se quede ahí encerrado tanto tiempo.

Ella no supo qué responder, así que se limitó a tensar levemente la boca y continuó su camino, parando un momento para despedirse de Samael. Una vez en casa se topó con su padre al bajar a la cocina y vio que tomaba las llaves del auto, listo para salir.

—¿Vas a algún lado?

Él volteó con expresión intranquila, como si estuviera acusándolo de algo, quizá sospechando que volvería a marcharse como las otras veces.

—…Sí, de hecho. Tu amigo Demian llamó, necesita que firme para él algunas formas y peticiones, no estoy muy seguro para qué. Estoy yendo hacia su casa.

Ella tomó aquello como una oportunidad para averiguar cómo estaba, así que rápidamente se ofreció a acompañarlo.

—¡Voy contigo! —La vehemencia con la que le habían salido las palabras le sorprendió hasta a ella misma. Noah sonrió a pesar de lo extraño que le parecía y le indicó con un movimiento de cabeza que lo siguiera.

El camino no era largo, pero aún así fueron en auto, y en cuanto éste llegó frente a la verja, en cuestión de segundos se abrió automáticamente como si los esperaran. El carro atravesó el jardín hasta detenerse frente a la entrada. Ambos bajaron en completo silencio y se encaminaron hasta la puerta, Marianne retorciendo nerviosamente los cordones que colgaban del cuello de su suéter. En cuanto Demian abrió la puerta y la vio, su rostro se contrajo con inesperada sorpresa.

—¿…Qué haces tú aquí? —El énfasis con que pronunció aquel “tú” la sacó de balance y le hizo pensar que quizá había cometido un error al ir.

—Ella quiso acompañarme. Espero que no haya algún problema por eso —respondió Noah, notando aquella repentina tensión. Demian pareció darse cuenta de la forma en que había reaccionado, así que de inmediato intentó rectificar.

—…No, no. Claro que no. Eh… el estudio está por aquí. Tengo preparadas ya todas las formas —indicó Demian, señalando a su lado izquierdo.

El hombre fue detrás de él, haciéndole una seña a Marianne para que se relajara y ella se quedó sola de nuevo en medio de aquella enorme estancia, cuestionándose el haber decidido acompañarlo. No era que esperara alguna reacción en especial de Demian, pero ciertamente no se imaginaba un recibimiento tan gélido, después de todo ella lo había ayudado a conseguir un tutor, ¿no? ¡Le había prestado incluso a su propio padre! ¿No merecía un poco más de agradecimiento? Pero aquel pensamiento pronto fue opacado por el recuerdo de su propia responsabilidad en la muerte del señor Donovan. Era ella quien se sentía en deuda, no al contrario.

Dio un suspiro y volvió a recorrer la mirada a su alrededor. Los cuadros de arte que antes decoraban las paredes habían desaparecido y únicamente destacaban un par de retratos en la cima de las escaleras, el de la madre de Demian que ya antes había visto y a su lado ahora se mostraba imponente uno de las mismas dimensiones y estilo, pero éste pertenecía a su padre. Observó con más detenimiento la estancia y la sala y se dio cuenta de que había varios muebles fuera de lugar, como si recién se hubieran mudado o los hubieran movido. Empezaba ya a sentirse un poco cansada de estar de pie cuando escuchó las pisadas de su padre y Demian saliendo del estudio.

—Le agradezco nuevamente lo que está haciendo —dijo Demian.

—No es ningún problema. Me agrada poder ser de ayuda —contestó Noah con una sonrisa y en cuanto se acercó a Marianne la tomó de los hombros—. ¿Nos vamos?

—Ah… ¿podría… hablar un momento con ella? —interrumpió Demian antes de que se marcharan y ambos se detuvieron ante la puerta. Marianne y su padre intercambiaron una mirada extrañada y él finalmente pareció aceptar de buena gana.

—Estaré en el auto —murmuró su padre, dándole un leve apretón en el hombro y saliendo de ahí. Marianne permaneció de pie ante la puerta, mirando fijamente a Demian en la espera de que dijera algo, pero éste parecía haberse quedado mudo.

—…Veo que estás haciendo algunas remodelaciones —comentó ella para romper el hielo y él echó un vistazo a su alrededor.

—…Algo así —respondió algo tenso y finalmente se acercó hasta quedar frente a ella. Su postura indicaba inquietud, y ella por su parte también sintió que el estómago se le hacía un nudo al tenerlo tan cerca—. Escucha… disculpa por mi reacción al verte, es sólo que… estoy pasando por momentos difíciles y no quería…

—Lo entiendo —dijo Marianne, de pronto sintiéndose como su padre cuando ella lo enfrentaba. No supo si reír ante aquella ironía.

—…No, en realidad no. Pero espero que lo entiendas —expresó él con un tono intranquilo que ella no alcanzaba a comprender. Con una mirada señaló hacia la sala y ella lo siguió hasta sentarse frente a frente en torno a la mesa del té. Aguardó en silencio por varios segundos y la espera comenzaba a inquietarla—. ¿Recuerdas que intentaba decirte algo… el día en que ocurrió lo de mi padre?

Oh, no. Aquel tema de nuevo. Pensó que había quedado en el olvido con todo lo que había pasado, pero por alguna razón lo volvía a sacar a colación. Intentó convencerse a sí misma de que debía tratarse de algo importante y no la chorrada que se les había metido a Kristania y Lilith en la cabeza, pero la verdad era que aquella idea volvía a ocupar sus pensamientos por completo.

—Lo que intentaba decir era que…

—¿Está tu hermana? —interrumpió ella de forma impulsiva, poniéndose de pie y asomándose hacia las escaleras, como si estuviera esperando a que ella bajara de pronto.

—No, ella se marchó el domingo, tenía que volver a su escuela, pero escucha lo que intento decir, es que tú…

—Pensaba que tenían empleados, las veces que he venido no he visto a nadie más por aquí, ¿no tenían también un chofer? —volvió a interrumpir, incapaz de contenerse a pesar de estar consciente de lo molesto que podía resultar aquello, pero su necesidad de evitar que aquella conversación se fuera por derroteros incómodos era aún mayor.

—…Ya no trabajan aquí, decidí dejarlos ir, pero… ¿podrías dejar de interrumpir, por favor? Me estás volviendo loco —pidió él, obligándola a sentarse de nuevo en el sillón.

—E-Está bien… Lo siento.

Sus hombros estaban tensos y cruzó brazos y piernas en un intento por reprimir cualquier otro impulso por interrumpirlo. Demian se aclaró la garganta y permaneció pensativo por un momento, con la mirada en el piso como si ahí fuera a encontrar respuestas. La intranquilidad de Marianne aumentaba conforme pasaban los segundos y ya empezaba a sentir aquel malestar en la boca del estómago, retorciendo sus entrañas.

—…Bien. Aquí va. Espero que no lo tomes a broma pues es algo muy serio para mí, y eres la única a la que podría decírselo.

Marianne contuvo el aliento, sintiendo que el corazón se le desbocaba. Ganas no le faltaban de taparse los oídos y cerrar los ojos, pero ni siquiera se sentía capaz de moverse. Él desvió la mirada, incapaz de verla a los ojos mientras hablaba.

—¿…Recuerdas el segundo interrogatorio por el ataque al hospital?

La tensión de Marianne de pronto comenzó a dimitir. No tenía idea de hacia dónde apuntaba la conversación, pero definitivamente dudaba mucho que tuviera relación con aquello que tanto se habían empeñado sus amigas en meterle en la cabeza. Dejó por fin de retener la respiración y su corazón comenzó a recuperar su ritmo normal. Demian no parecía haber notado aquel repentino cambio y continuó exponiendo lo que aparentemente le preocupaba.

—Esa vez fuimos los únicos citados.

—Lo recuerdo bien —asintió Marianne, esta vez no para interrumpirlo sino para animarlo a continuar.

—Entonces supongo que recordarás que te pregunté por qué estabas tan interesada en aquel empleado de mi padre… y lo que me respondiste.

Claro que lo recordaba. Aquella había sido una de las primeras tantas veces en que tuvo que recurrir a una mentira, o como ella prefería considerarlo, una distorsión de la realidad, para salir del paso. Creía que él ya lo habría olvidado para entonces, después de la ridiculez que le había inventado.

—No entiendo a qué viene eso —inquirió Marianne con extrañeza y él pareció de nuevo indeciso entre decírselo o no, pero en vista de que ya estaba encauzado, decidió simplemente soltarlo.

—Dijiste poseer un sexto sentido que te hace ver… espíritus. Yo no supe cómo reaccionar, pensé que podías estar bromeando, pero lo dijiste con tanta seriedad, tan convencida, que no me atreví a hacer algún comentario al respecto, pero desde entonces la idea ha estado rondando en mi cabeza, sobre todo últimamente, en vista de los acontecimientos recientes —comenzó a exponer Demian, sin mirarla a los ojos.

Marianne tuvo la sospecha de que aquello iba en una dirección que ella no podría manejar y que solamente le haría más daño a él, pero no tenía forma de saber en su momento que una tonta excusa podría derivar en algo como aquello. Comenzaba a sentir remordimiento por la decepción que podría causarle. Pero Demian no se detuvo ahí, aún tenía algo más que decir y al parecer era el verdadero meollo del asunto pues hizo una pausa para tomar aliento y de paso convencerse de continuar.

—Traigo esto a colación porque pensé que tú más que nadie podría entender esto, ya que yo… he visto a la muerte.

Los ojos de Marianne se posaron de inmediato sobre él, atónitos e incrédulos. Aquello la tomaba totalmente desprevenida.

—…Al menos eso creo que es. Han sido ya unas cuantas veces —continuó Demian ahora inmerso en sus pensamientos—. Primero pensé… que debía de ser algún tipo de efecto de la luz pues fue apenas un destello de unos segundos, pero… luego me di cuenta de que no era así. Se trataba de algo más.

—Cuando dices que has visto a la muerte… ¿te refieres a una especie de premonición de que alguien va a morir o…?

—No, me refiero a la personificación de la muerte. A una persona.

Marianne no pudo evitar hacer la conexión con el encapuchado gris que se le había llegado aparecer a ella en distintas ocasiones. Tal y como él, había pensado que se trataba de una alucinación, pero después resultó más real de lo que imaginaba, ¿podría tratarse de la misma persona?

—Esa visión… ¿tenía de casualidad una capucha gris?

Demian la observó extrañado por su pregunta.

—…No. En lo absoluto. Vi su rostro, lo vi perfectamente… Aunque tu descripción me parece recordarla de algún lado.

Ella trajo entonces a su memoria el momento en que el encapuchado gris la había salvado y por encima de ellos, Demian se había asomado en el balcón y seguramente los había atisbado antes de desviar su atención hacia su padre. Si recordaba aquel detalle y llegaba a establecer la relación con lo que acababa de decir, sin duda se daría cuenta de que ella era una Angel Warrior, así que debía reencauzar el tema rápidamente.

—No era nada, olvídalo. Entonces… esta persona que dices que es la personificación de la muerte…

—Al menos es lo que creo. Lo recuerdo bien. Piel pálida, cabello y ojos completamente negros, tenía incluso una chamarra de lana negra. Lo vi justo antes de que el cocinero muriera, estaba fuera de la cafetería, mirando sospechosamente hacia adentro, fue apenas por unos segundos y luego desapareció. Después fue cuando mi padre… tuvo ese accidente —relató él, quebrándosele la voz en cuanto lo mencionaba—. Entonces él reaccionó y pensé que se había tratado de un hecho fortuito… pero luego… lo volví a ver en el hospital… y lo seguí…

—¿…Qué pasó entonces?

Demian se quedó callado nuevamente, como si no pudiera seguir hablando. Apretó los labios y pasó un trago de saliva.

—Dijo que sólo hacía su trabajo… y desapareció. Minutos después… fue que mi padre falleció. —Marianne permaneció en silencio. No sabía qué decirle, y pensó que nada podía impresionarla más, hasta que él alzó la vista y la miró con una seriedad que cualquiera podría considerar desconcertante—. Estaba indeciso entre decirte esto o no… ya que, después de todo, la primera vez que vi aquella misma figura… fue cuando ocurrió lo del accidente.

Su rostro se contrajo de inmediato. Todos sus problemas actuales y los lazos personales que había formado desde entonces se derivaban justamente de ese mismo momento: el accidente. ¿Habría acaso una fuerza mística capaz de ser la causante directa de todo lo que había acontecido a partir de ese percance? ¿No había estado en el lugar y el momento equivocados, sino que podría haber sido todo planeado? Ya no entendía nada…

—Dime qué estás pensando.

—…No sé. Realmente no sé qué pensar. Todo esto ha sido… un gran impacto para mí… ¿que lo viste cuando ocurrió el accidente? ¿Significa que debí haber muerto? ¿Entonces por qué sigo aquí? Tú mismo dijiste que alcanzaste a frenar a tiempo… No tiene sentido entonces que haya estado ahí…

—Frené no sólo porque te vi al frente… también vi de reojo a aquel sujeto en la esquina… mirando directamente hacia ti.

Marianne sintió un escalofrío que le recorrió la columna, ¿aquello qué podía significar?

—Cuando salí del auto para ver cómo estabas, volví la vista hacia ese punto, pero ya no había nadie. Por ese motivo no mencioné nada, pensé que había sido un espejismo.

—¿…Por qué? ¿Por qué esperaste hasta ahora para decirme esto?

—Porque hasta ahora no había tenido idea de lo que realmente había sido. Y quizá aún no lo entiendo del todo. Pensé que tal vez tú… tendrías alguna idea. —Ella no respondió, estaba demasiado impresionada con lo que acababa de enterarse. El semblante de Demian comenzó a oscurecerse, como si de pronto entendiera que aquello había sido en vano—… pero ahora veo que no. Ni siquiera era cierto aquello de que veías espíritus, ¿o me equivoco? Sólo te estabas burlando de mí. —Marianne intentó decirle algo, excusarse al menos, pero él se puso de pie y le dio la espalda—… Tu padre está esperando, será mejor que te marches.

Alcanzó a percibir un dejo de indignación en su voz y a la vez de decepción. En verdad contaba con que las palabras que había dicho en su momento fueran reales, contaba con ella y le había fallado. Incapaz de decir nada más, se levantó y marchó hacia la puerta, desde donde le dedicó una última mirada antes de salir. Demian ni siquiera volteó, y por alguna razón sintió que algo dentro de ella se rompía.

Cuando volvió al auto de su padre con aquel gesto desencajado, éste la observó preocupado y vaciló si debía preguntar o no.

—¿Estás bien?

—…Sí, claro. Vayamos a casa —respondió ella, tratando de sonar normal. Él encendió el auto y condujo hasta la reja, que de nuevo se abrió ante ellos. Estuvieron un rato en silencio hasta que ella finalmente se decidió a hablar—. ¿Qué fue lo que te pidió que firmaras?

—No sé bien, eran como unas peticiones para poder acceder a los registros médicos de su familia, aunque no pregunté. Después de todo no soy más que una fachada, no me corresponde hacer preguntas de ese tipo, ¿o sí? —expuso él con una sonrisa amarga y ella no dijo nada. No se sentía con ánimos para lidiar con alguien más decepcionado por ella. Su padre la observó de reojo mientras conducía y se animó finalmente a expresar lo que tenía en mente—. Sé que quizá no sea de mi incumbencia o tal vez pienses que no tengo derecho a hacerte esta clase de preguntas, pero… ¿hay algo entre tú y ese muchacho?

—¡…No! ¡¿Qué te hace pensar eso?! —exclamó ella, poniéndose de inmediato a la defensiva—. ¡Sólo somos amigos!

—Ah, bien. De acuerdo —respondió él, más tranquilo al parecer.

Marianne meneó la cabeza y optó por mirar por la ventanilla para evitar cualquier otra pregunta al respecto. Bastante tenía con todo lo que Demian le había revelado como para además tener que preocuparse por lo que su padre pudiera pensar. Necesitaba concentrarse en ello, ahí tenía que haber algo importante, pero no podía con la mente tan embrollada. Ni siquiera dejó de pensar en ello mientras se dirigía a casa de Lucianne, con todo y aquella sensación de que la seguían y el aroma a humo que le llegaba de algún lado.

Apenas y habían pasado unos minutos de su llegada cuando Frank fue el siguiente en tocar la puerta. En cuanto Marianne la abrió, él entró con su usual extrema confianza.

—De nuevo llegas temprano. Cualquiera pensaría que no tienes nada mejor que hacer —comentó Marianne, a lo que él respondió con un resoplido indiferente mientras se limitaba a entrar, pero en cuanto pasaba frente a ella, arrastrando consigo aquel olor a cigarro, tuvo de pronto un deja vu en el que se vio transportada de vuelta a la calle, con unos ojos escondidos vigilándola y aquel aroma a humo persiguiéndola—. ¿Me has estado siguiendo?

—¿…Qué? —Frank se detuvo y volteó hacia ella sin poder creer que se lo preguntara tan a la ligera—. ¿Estás loca? ¿Por qué habría de seguirte?

—No sé, por eso pregunto.

Frank vaciló por un instante al sentirse descubierto, pero rápidamente retomó su actitud de confianza excesiva, levantando la cabeza con altivez.

—¿Qué? ¿Ahora piensas que podría estarte acosando? Tienes una gran autoestima. Pues lamento destrozar tu ego, pero no eres mi tipo. Me gusta tu prima, y además me gustan las chicas más… desarrolladas.

—…Idiota —gruñó Marianne, cerrando de un portazo para a continuación salir de la cocina dando zancadas. Frank dio un suspiro al sentir que la había librado y se dirigió por su parte al sótano.

Para cuando los demás llegaron y discutían en la sala las opciones que les quedaban para recuperar los dones, Marianne apartó a Samael de todos.

—¿Te puedo hacer una pregunta? Una vez mencionaste algo sobre unas entidades llamadas creo que óbitos o algo así… los que se encargan de llevarse las almas de los humanos cuando mueren, ¿no es cierto? —Él asintió, preguntándose por qué de repente tenía interés en el tema—. ¿Existe alguna posibilidad de que de una forma u otra estén aliados con la Legión de la Oscuridad?

—¿Qué? No. ¿De dónde sacas una idea así?

—Es sólo una pregunta hipotética, ¿habría alguna razón para que se aliaran?

—Ninguna, ellos poseen su propio dominio y se mantienen al margen de lo que suceda en los demás planos, el único que es de su pleno interés es el mundo humano porque de aquí es de donde proceden las almas que mantienen en función el plano obitual, es como una relación simbiótica; en cualquier caso, la Legión de la Oscuridad va en contra de lo que ellos defienden, corrompen almas y las destruyen, jamás se aliarían con ellos.

—¿Y podría alguien, digamos, ver a alguno de estos seres?

Samael la miró cada vez más intrigado.

—¿…Has visto algo que haya llamado tu atención últimamente?

—No, sólo… es una pregunta.

—Bueno, la respuesta es no. Los óbitos son invisibles al ojo humano, al menos cuando están en funciones. Algunos llegan a mezclarse con los seres humanos, pero procuran no llamar la atención.

Marianne hizo una mueca. ¿Cómo explicaba entonces que Demian hubiera visto alguno si es que en verdad lo era como todo parecía indicar?

—¿Pero no podría haber un puñado de personas en el mundo con un… sentido muy desarrollado que tal vez puedan atisbar a uno de ellos por una fracción de segundos?

Él continuó observándola en silencio, resistiendo las ganas de entrar en su mente para descubrir el por qué de aquel repentino interés.

—Podría ser. Te lo concedo. Pero las probabilidades son muy escasas.

Marianne siguió dándole vueltas al asunto; que Demian pudiera poseer un sentido muy desarrollado, que eso le permitiera ver destellos de lo que presumiblemente podía tratarse de un óbito, que éste mismo hubiera estado presente el día del accidente, ¿qué podía significar todo eso? Demian con un sentido desarrollado, fuera de lo normal… sobrenatural. Aquel pensamiento disparó una alarma en ella, ¿sería acaso posible? Después de todo, nadie más había visto lo que él. Si eso era cierto entonces…

—¿A qué viene todo esto? —preguntó Samael, esperando que al menos le explicara, y ella dio un ligero respingo como si la hubiera despertado de un sueño.

—…No sé bien, necesitaría hacer algunas averiguaciones primero. ¿Me llevarías al hospital? Te aviso cuando termine para que vuelvas por mí.

—Podría quedarme contigo.

—No, debes volver con los demás para no hacerlos esperar. No tardaré de todas formas. No te preocupes.

—Que tengas que decirlo me preocupa.

Ella esbozó una sonrisa para tranquilizarlo mientras tomaba su mano y desaparecían de ahí en medio de un destello.

En el hospital, lo primero que hizo fue ir directo a recepción para intentar averiguar algo sobre los registros médicos y dónde los guardaban, además de la clase de información que contenían.

—Básicamente en ellos se documenta toda tu información desde que naciste, tus archivos clínicos, padecimientos, cualquier pieza de información relevante que tus padres deseen guardar, incluso documentos personales, en fin, datos que deben manejarse de forma confidencial y por lo mismo se requieren ciertos protocolos y permisos para acceder a ellos, así que a menos que traigas un documento firmado por parte de tu tutor legal, no puedo decirte en dónde los guardamos —respondió la enfermera de guardia.

Marianne estuvo a punto de protestar cuando unos pitidos provenientes de un panel de control a espaldas de la mujer las interrumpieron. En éste figuraban varios números con sus respectivas luces led que permanecían apagadas hasta antes de que resonaran aquellos pitidos, fue entonces que se encendieron un par de ellas de forma intermitente y la enfermera rápidamente tomó el teléfono.

—Emergencia en los cuartos 306 y 308. Repito. Emergencia en los cuartos 306 y 308 —indicó la mujer, haciendo gala de su autocontrol; seguramente ya había pasado por emergencias así muchas veces antes. Justo cuando Marianne pretendía apartarse de ahí para dejarla hacer su trabajo, otra luz se encendió en el tablero, acompañada de su respectivo pitido—. También en la habitación 310. Emergencia en los cuartos 306, 308 y 310.

Sintió que el alma se le salía del cuerpo. La habitación de su madre era la 310. Hecha un bólido se echó a correr en dirección al pasillo que llevaba a su cuarto, esquivando enfermeras, médicos y pasantes del turno nocturno que iban de un lado a otro, hasta llegar a la habitación 310. Abrió la puerta de golpe y vio a uno de los pasantes y una enfermera tratando de regularizar los signos vitales de su madre, pero el monitor conectado a ella, que hasta entonces tanto la había desesperado con su golpeteo constante, ahora presentaba una definida línea recta acompañada de aquel pitido de una sola nota que se alargaba sin pausa, como si le hubieran estallado los tímpanos y sólo eso pudiera escuchar.

—Prepare las paletas, iré por uno de los médicos de guardia —indicó el pasante, apartándose de la cama y saliendo de la habitación mientras la enfermera se dirigía a una esquina y comenzaba a sacar un carro de reanimación y a prepararlo todo.

Marianne se acercó a la cama con pasos lentos y vacilantes, como si todo aquello le pareciera un mal sueño ¿Era todo? No pudo evitar sentir que era una especie de mal karma. No había podido salvar al padre de Demian y ahora le tocaba a ella perder a su madre. ¿Estaría alguno de esos óbitos en ese momento detrás de ella, esperando su turno? No. No iba a permitirlo. Aquello no podía terminar así. Si querían hacerle pagar por burlar la muerte en su momento, pues se los pondría difícil. No se llevarían a su madre.

Impulsada por un acto de desesperación, colocó las manos por encima del pecho de su madre, de la forma en que lo hacía cada vez que creaba un don sustituto, y una esfera opaca de luz se formó entre ellas. Desconcertada, miró de reojo hacia la enfermera que estaba demasiado ocupada preparando las paletas como para prestarle atención, así que, insuflada con una nueva determinación, con la adrenalina circulando por su sangre, aplicó presión sobre aquella esfera hasta introducirla en el cuerpo de su madre. El monitor de signos vitales cortó de tajo el largo pitido para volver a sus golpeteos constantes que marcaban el ritmo cardíaco. Sólo entonces fue que la enfermera volvió su atención hacia ella. Rápidamente dejó lo que estaba haciendo y se acercó al monitor y a la mujer, verificando que no fuera un error de la máquina, sino que en verdad sus signos se hubieran estabilizado. Parecía genuinamente sorprendida, pero no más que Marianne. Ella retrocedió sin poder creer lo que había hecho, dejando que la mujer hiciera su trabajo, aunque le quedaba claro que lo había conseguido. Había extendido una vez más la vida de su madre.

Ni siquiera sabía que era posible hacer tal cosa. Eso significaba que podía darles a los demás la oportunidad de aguantar un poco más hasta recuperar los dones. Aquel pensamiento la animó, era una esperanza dentro de la serie de calamidades que últimamente los rodeaban. Entonces recordó las otras dos emergencias que se anunciaron junto con la de su madre. Cuartos 308 y 306. Ahora que podía pensar con más claridad, se lanzó hacia la habitación 308, ahí tenían a su tío. Esperó el momento en que tanto el médico como la enfermera en turno se distrajeran para entrar con rapidez y repetir el proceso con él. La alarma del monitor se detuvo, volviendo al suave bip que indicaba la estabilización de sus signos vitales. Le hubiera gustado quedarse y disfrutar de los rostros de confusión de ambos, pero aún le quedaba una habitación más que visitar.

Llegó al cuarto 306 y vio que estaba vacío, la persona que yacía en la cama estaba cubierta de pies a cabeza con una sábana. Al parecer lo habían dado por perdido. Rápidamente se acercó y lo destapó. Era Lester. Los tres primeros en perder los dones habían ya pasado su momento de crisis. Colocó las manos sobre su pecho y luchó por crear otra esfera. Le costó un poco más que las anteriores veces, pero finalmente lo consiguió. Ésta se introdujo en él y al instante su monitor volvió a sonar con aquel repiqueteo. A continuación, apretó el botón de emergencia y salió de la habitación.

En cuanto puso un pie fuera, todo empezó a darle vueltas. Se sostuvo de la pared y cerró los ojos, tratando de recuperar el equilibrio. Quizá había sido demasiado esfuerzo crear tres esferas seguidas. Por lo pronto lo dejaría así, ya tendría oportunidad de probar si podía Belgina recuperar la consciencia de esa forma.

Se enderezó y abrió los ojos para continuar su camino y entonces vio a unos metros frente a ella a Demian, saliendo de un ascensor con unos papeles en la mano. Él la observó con una mezcla de extrañeza y confusión por el alboroto que se había armado en aquel corredor, vio médicos y enfermeras entrando y saliendo de aquellos cuartos, y posó nuevamente la vista sobre Marianne, como si estuviera esperando alguna explicación, pero ella no pudo decir nada, era como si hubiera agotado hasta su capacidad de hablar. Intentó dar unos pasos y de nuevo se sintió mareada, pero en esta ocasión fue Demian quien la sostuvo.

—¿…Puedes caminar? —preguntó él, pasándole el brazo por la espalda para que se apoyara en él mientras salían de ahí.

A espaldas del hospital, frente al ala de cuidados infantiles, había un pequeño parquecito con algunos juegos para niños, desierto a esa hora. Marianne aguardaba sentada en un columpio mientras Demian volvía y le entregaba un refresco, sentándose por su parte en otro columpio a un lado de ella.

—¿Te sientes mejor?

—Sí, no era necesario que hicieras esto —respondió ella, tomando la lata entre sus manos y recordando la vez que había hecho algo similar en el auditorio. Ya no se sentía mareada, pero aún así Demian le había impedido levantarse y había ido por algo para tomar. No lo entendía, apenas unas horas antes prácticamente la había echado de su casa.

—Escuché que hubo un problema con algunos pacientes en coma… ¿fue tu madre una de ellos?

Marianne volvió a asentir, aún sintiendo la adrenalina del momento.

—Igual mi tío… y Lester. Pero al parecer ya están estables—respondió ella, dándole un trago al refresco y ambos se quedaron callados, sentados en aquellos columpios sin más ruido que el chirrido de los soportes al mínimo movimiento. Marianne sabía que debía decir algo, sobre todo después del secreto que él le había confiado con la falsa esperanza de que ella “entendería”. Y ciertamente lo hacía, aunque no por la razón que él esperaba—. Escucha… lo de esta tarde…

—Disculpa si me comporté bruscamente. Es sólo que… no me encuentro en mi mejor momento.

—Es normal, no te culpo —lo dispensó ella y notó que aún tenía en las manos los papeles que llevaba cuando salió del elevador. Quería preguntar de qué se trataba, pero él se le adelantó.

—…No fui del todo sincero cuando te conté eso. La verdad es que no sólo esperaba que entendieras por lo que estoy pasando, sino que también deseaba tu ayuda —admitió él—. Quería… Pensaba que de alguna forma me ayudarías a contactar con el espíritu de mi padre.

Marianne lo miró con un ápice de conmiseración, era justamente lo que se temía.

—¿Para qué? ¿No te das cuenta de que eso sólo te lastimaría más?

—Hubo algunas cosas… que no alcanzó a decirme —apostilló él, tensando la mandíbula y estrujando levemente los papeles que aún tenía en la mano—… y ahora en lo único que puedo pensar es en conseguir respuestas.

—¿Qué son esos papeles? ¿Es por eso que le pediste a mi padre que firmara una petición para indagar en tu registro médico? —se aventuró ella a preguntar y Demian bajó la vista hacia su mano, aflojándola en cuanto se dio cuenta de que estaba arrugando las hojas. Se quedó meditabundo por unos segundos hasta que finalmente dio un suspiro y le entregó los papeles, dejando que ella misma lo viera. Marianne retuvo la lata de refresco entre sus rodillas y pasó las hojas con algo de cautela, insegura de si debía o no estar revisando aquella clase de información, por más que contara con su aprobación. Había actas de registro, pruebas médicas de todo tipo, incluso notas escritas a mano, pero seguía sin entender nada—. ¿Y esto qué significa? No entiendo lo que prueba.

—…Significa que fui adoptado —declaró él sin despegar la vista del frente y con el cuerpo encorvado hacia adelante. El rostro de ella no hizo más que reflejar su perplejidad. Ese día las revelaciones parecían no tener fin.

Franktick salió por fin del sótano y se unió a los demás en la sala, donde seguían en plena discusión sobre su siguiente plan de acción. Tomó un pedazo de pizza de la mesa y se dejó caer sobre el sillón sin prestar mucha atención a sus palabras. Intentar hablar con Lucianne lo drenaba mentalmente y terminaba agotado; lo único que podía pensar era en desconectarse un rato y disfrutar del momento de serenidad que se le presentaba. Dio unas tres mordidas a la pizza y se decidió finalmente a mirar a los demás. Exploró la sala con la vista y le extrañó no ver a Marianne entre el grupo, y más el que los demás no parecieran preocupados por eso.

—…Hey, ¿dónde está la gruñona? —preguntó Frank con su habitual desparpajo. Los chicos lo miraron extrañados de que preguntara por ella.

—Salió un momento. Regresa en un rato —respondió Samael sin imaginarse que él de pronto se pondría de pie de un salto y reaccionaría alarmado.

—¡¿Cómo que salió sola?!¡¿Y la dejaron irse así nada más?!

—¿Y a ti qué mosco te picó? ¿Desde cuánto te interesas en su bienestar? —lo cuestionó Mitchell cada vez más extrañado.

Frank se obligó a cerrar la boca y en ella se dibujó una mueca. Si se atrevía a decirles sus motivos nunca se lo perdonarían. Así que fingió mostrarse indignado y optó por marchar de ahí para ir en su busca.

—¡No me interesa su bienestar y tampoco tengo que darles explicaciones! ¡Me voy de aquí! —exclamó él con toda la prepotencia que le fue posible, pero antes de que pudiera cruzar a la cocina, Samael se interpuso en su camino.

—¿Por qué estás tan apurado en salir y buscar a Marianne? —inquirió el ángel, escrutándolo con la mirada.

—¡Dijiste que no volverías a meterte en nuestras mentes! ¡Vaya forma de cumplir tu promesa! —reclamó Frank, retándolo con la mirada, pero Samael no se mostró ni intimidado ni con intención de moverse de ahí.

—Si se trata de Marianne y su seguridad, ten por seguro que no me importa romper algunas promesas —afirmó Samael, sosteniéndole la mirada de forma desafiante, a pesar de verse superado en altura por algunos centímetros.

—…Uhhh, un ángel rudo —comentó Mitchell para aligerar la tensión.

—No es el momento, Mitchell —replicó Samael sin desviar la mirada de Frank, que se mantenía de pie frente a él todo lo altivo y firme que se podía permitir—. Será mejor que nos digas qué es lo que ocurre o me veré obligado a indagar en tu mente por mi propia cuenta, y quizá por la prisa no tenga el menor cuidado para dejar todo intacto ahí dentro, tal vez algún recuerdo tuyo se me escape de las manos y no puedas recuperarlo.

—¿Me estás amenazando?

—No. Sólo te estoy dando la opción de que seas tú mismo el que nos diga lo que ocurre. Si se trata de Marianne tenemos derecho a saberlo.

La mueca de Frank se intensificó. Todos lo miraban a la expectativa y sabía que en esos momentos el tiempo apremiaba. Tensó los músculos e infló el pecho para después expulsar lentamente el aliento en un suspiro.

—…Van a odiarme por esto —aseguró él, desviando la mirada con una actitud más contenida.

—¿No dices todo el tiempo que de todas formas ya te odiamos? —intervino Mitchell de nuevo, como si con eso fuera a mejorar las cosas.

—…La he estado siguiendo sin que se diera cuenta. Algo así como protección extra.

—¿Por qué necesitaría protección extra? —preguntó Lilith mientras que él intentaba pensar en la forma de decírselos.

—Porque ella podría ser la próxima en ser atacada por Hollow.

—¿Pero tú cómo sabes eso?

—¡Porque yo le di su nombre, ¿de acuerdo?! ¡Cuando fui en busca de Hollow no fue para entregarme a cambio del don de Lucianne! ¡Fue para entregarle a alguien más! ¡Y fue su nombre el que le di! —reveló finalmente, sin atreverse a mirarlos a los ojos. Los demás se quedaron mudos ante su confesión.

Samael lo tomó de pronto de la camisa, dedicándole una mirada intensa y feroz como no le habían visto antes. Los demás contuvieron la respiración, pensando que aquello terminaría mal, pero Frank ni se inmutó. No se atrevería a detenerlo si lo golpeaba. Lo merecía. No obstante, Samael terminó aflojando su agarre y soltándolo a la vez que recobraba la compostura.

—Vayamos por ella —decidió él, retrocediendo unos pasos e indicándole a los demás que se acercaran. Frank vaciló, pero también se les unió.

Marianne observaba a Demian sin saber qué decirle. Lo que había tenido que pasar los últimos días era seguramente un infierno entre la pérdida, la duda y luego el descubrimiento de la verdad. No podía imaginarse en sus zapatos.

—Antes de morir me lo dijo —continuó él después de una pausa que le ayudó a reordenar sus ideas—. No quería creerlo. Pensé que ya no estaba… razonando… pero he acabado comprobándolo. —Marianne fijó la vista en los papeles que suponía eran los de adopción. Ahí figuraban los nombres de Dante y Damaris Donovan y más abajo el de Demian con un mes de nacido—. He vivido en una mentira todo este tiempo. Los que siempre pensé que eran mis padres, no lo eran, ¿en qué se supone que debería creer ahora?

—Pero sí eran tus padres. Ellos te criaron y te formaron en lo que eres, ¿qué importa si no llevas su sangre? Tu padre te amaba y eso podía notarlo cualquiera con sólo ver la forma en que te trataba y se desvivía por ti —aseguró ella, inclinándose ligeramente hacia adelante para intentar asentar los pies en la tierra y que así el columpio dejara de rechinar.

—No hay forma de que puedas entenderlo. Tendrías que descubrir de un día para otro que tus padres no son quienes pensabas para poder siquiera imaginarte lo que siento.

Ella no podía refutarlo. No tenía idea de cómo reaccionaría a una noticia así, ya de por sí no se tomaba muy bien los viajes secretos de su padre y menos aún el enterarse de su presunta aventura. Jugueteó con las hojas unos segundos hasta que acabó doblándolas y devolviéndoselas a Demian.

—Supongo entonces que pretendes averiguar quiénes son tus verdaderos padres.

—¿Tú no querrías saberlo?

—…Algunas cosas es mejor no saberlas —determinó ella, dibujando círculos en la tierra con la punta de sus zapatos. La temperatura había descendido considerablemente y a pesar de traer puesto un suéter, no pudo evitar frotarse los brazos para evitar que la tela se enfriara también.

—¿Tienes frío? —preguntó Demian, observándola de reojo.

—Lo normal, supongo —respondió ella, encogiendo los hombros como si no fuera de importancia, de modo que le tomó por sorpresa cuando Demian se levantó, se quitó la chamarra y la colocó sobre su espalda. El calor que emanaba de ésta de inmediato la envolvió y sus latidos se intensificaron tanto que hasta los sintió en las orejas.

Demian se quedó detrás de ella, con las manos aferradas a los colgantes del columpio como si en cualquier momento fuera a mecerla. No se atrevió a voltear, pero podía sentir su cercanía a tal grado que su cuerpo no respondía, sus articulaciones parecían haberse engarrotado. Escuchó entonces ruido de movimiento detrás y a pesar de no poder verlo, supo enseguida que se había inclinado hacia ella pues casi podía escuchar su respiración al oído, poniéndola tensa.

—…Corre —susurró él, desconcertándola. A continuación, la sujetó de los hombros obligándola a levantarse y la empujó con fuerza—. ¡Corre!

Marianne no entendía qué estaba ocurriendo, del impulso dio unos pasos hacia el frente, pero terminó tropezando con sus propios pies y con trabajo alcanzó a colocar las manos al frente para amortiguar la caída. Sólo entonces pudo voltear hacia atrás y vio a Demian de espaldas, en postura defensiva. Trató de mirar más allá de él y distinguió a una sombra aproximándose con parsimonia, con una única extremidad colgándole a un costado. Marianne sabía lo que aquello significaba, era justamente lo que temía y ahora estaba ocurriendo. Se incorporó, metiendo los brazos en la chamarra y se plantó de pie justo cuando Hollow se detenía a escasos metros de ellos. Lucía su falta de brazo casi con orgullo, como si demostrara que eso no lo detendría.

—Espero no estar interrumpiendo algo —expresó el demonio con una sonrisa que enfureció a Demian y puso sobre alerta a Marianne.

—¡Apártate de ahí! ¡Viene por ti! —exclamó ella, poniéndolo sobre aviso. Demian contrajo el ceño sin moverse mientras Hollow reía ante aquella advertencia.

—Niña tonta. Es por ti por quien vengo —replicó éste con una nota de triunfo en la voz. El rostro de ella palideció al instante. Por supuesto, él era quien la había estado siguiendo, ¿pero por qué ella? ¿Sabría que era una Angel Warrior?

—¡¿No me escuchaste?! ¡Vete de aquí, rápido! —ordenó Demian, bloqueándole el paso a Hollow, que se limitaba a observarlo casi de forma condescendiente, sabiendo que cualquier intento por detenerlo sería inútil.

Marianne vaciló. Sentía deseos de enfrentarse a él, pero Demian estaba presente y podría descubrir su identidad. Sin embargo, su mano derecha ya comenzaba a retorcerse, como si estuviera preparándose para sacar su espada en cualquier momento. Y entonces notó el gesto de Hollow, observándola fijamente con ojos depredadores. Era aquél el rostro del cazador merodeando a su presa a la espera de conseguir una recompensa, y en su caso ya sabía lo que más codiciaba. Estaba ahí para arrebatarle el don que poseía. Si lo hacía no podría luchar en ese caso. Tendría que esperar a que sus amigos aparecieran, y sabía que sería en cualquier momento, sólo debía hacer tiempo. Con la certeza ahora de que no estaba ahí por Demian, se lanzó a correr tal y como él le había pedido, saliendo de la zona de juegos bajo la mira del demonio que parecía estar haciendo algunos cálculos. Intentó dar un paso hacia el frente y Demian volvió a cortarle el paso.

—¿De verdad crees que podrás detenerme? —inquirió él, alzando una ceja con burla.

—…Tú atacaste a mi padre —espetó Demian entre dientes, temblando de rabia.

Hollow sonrió divertido.

—Nada personal, pero… igual lo volvería a hacer —respondió éste, esbozando una sonrisa siniestra. Demian reaccionó como si le hubieran encendido una mecha y de un impulso se lanzó hacia Hollow, quien únicamente tuvo que extender el brazo que le quedaba y arrojar una bola de energía que atravesó a Demian y siguió su trayectoria en dirección a Marianne.

Ella ya había salido del área de juegos y veía cada vez más próxima la caseta de salida al estacionamiento. Una vez que pasara por ella podría llamar a sus amigos y entonces… un golpe la impactó por la espalda. Sintió de pronto como si su cuerpo y mente se desconectaran por completo, dejando su conciencia al último. Vio una esfera brillante surgir de su pecho justo antes de que la vista se le oscureciera y cayera inerte al piso.

Hollow se acercó a ella, satisfecho, seguro de que todo había resultado a pedir de boca. Tomó la esfera entre sus manos, irradiando aquel brillo que indudablemente la delataba como el don que estaba buscando y apareció frente a él su contenedor correspondiente. Casi podía saborear ya el triunfo y se detuvo un momento para disfrutarlo.

—¿Qué esperas? —Una voz detrás de él lo sacó de su momento de gloria. Ende había aparecido y parecía incluso más ansioso que él porque el proceso de absorción se completara—. Hazlo ahora, no hay que perder más tiempo.

A Hollow no le agradaba que le diera órdenes, después de todo no se trataba del Amo, pero era cierto que tampoco estaban para desperdiciar el momento, así que ya encauzado, colocó la esfera por encima del contenedor y al instante fue absorbida por éste, agitándose ligeramente como si la estuviera analizando para finalmente quedarse quieto.

—Por fin. Los dones están completos —expresó el demonio de piel ajada con especial entusiasmo a pesar de su lacónica voz aletargada.

—Pensé que aún faltaba uno.

—Como te había dicho, una vez que apareciera el resto, el don de la muerte surgiría por sí solo. Ahora sólo ocúpate de sacar los demás recipientes y…

Al darse la media vuelta de pronto calló. Hollow siguió intrigado su mirada y no vio más que el cuerpo del muchacho y por encima de él otra esfera, la que había salido disparada de su pecho. Había decidido ignorarlo pues no había ido por él, pero ahora que lo observaba bien, se dio cuenta de que la esfera estaba completamente oscurecida y sin embargo emitía un brillo singular, casi infrarrojo. Ende se trasladó rápidamente hacia él, seguido de cerca por Hollow, dejando el cuerpo de Marianne en el mismo sitio.

Del otro lado de la caseta aparecieron los chicos, transportados por Samael y preparados para cualquier eventualidad, pero en cuanto éste vio a Marianne inconsciente en el piso a varios metros de distancia, perdió la compostura al imaginarse lo peor.

—…Marianne.

Sin esperar a nadie, se lanzó a correr en dirección a ella, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de él. Si la habían despojado de su don, ¿de qué forma podrían hacerla regresar? Era ella quien se encargaba de crear los dones sustitutos, nadie más podía. El solo pensamiento de que no pudieran recobrarla aumentaba su inquietud. Su deber era protegerla, ¿qué clase de ángel guardián era si no había sido capaz de cumplir la principal de sus encomiendas? Estaba ya próximo a pasar la caseta cuando vio de pronto una figura encapuchada junto a Marianne, con las manos sobre ella.

—¡…Hey!

La figura levantó el rostro hacia él, pero la capucha lo cubría lo suficiente como para distinguirlo; lo único que alcanzó a ver fue la suave línea de la barbilla justo antes de incorporarse y marcharse por otro lado, perdiéndose entre las sombras. El cuerpo de Marianne entonces sufrió un espasmo y ella abrió los ojos de golpe a la vez que Samael se inclinaba hacia ella, sorprendido de verla reaccionar.

—¿…Qué pasó? —preguntó ella, tratando de enfocar la mirada, sintiéndose desorientada. Samael miró con cautela hacia los demonios, pero estos parecían demasiado ocupados como para fijarse en ellos, de modo que la ayudó a incorporarse y la llevó de vuelta con los demás.

—¿Qué fue lo que ocurrió contigo? —musitó Lilith en cuanto se acercaron.

—Hollow… Él apareció diciendo que venía por mí —comenzó a explicar Marianne a medida que lo recordaba—. Corrí, pero luego sentí un impacto por la espalda y todo se nubló… pero antes vi esta luz… —Su rostro cambió de gesto en cuanto cayó en cuenta de lo que había pasado—. Un don. Fue un don. El mío, pero… ¿cómo es posible entonces que esté consciente si…?

—Eso podemos averiguarlo más adelante, por ahora… parece que esos demonios por fin han conseguido lo que estaban buscando —declaró Samael, echando un vistazo hacia donde ellos permanecían de espaldas en torno a algo o alguien.

—¡Demian! —exclamó Marianne, mirando en dirección al área de juegos—. ¡Demian sigue ahí! ¡Tenemos que hacer algo!

—¿Qué hacías con Demian aquí a solas? —preguntó Lilith, pero ella ni se molestó en responder, se lanzó a correr de vuelta hacia aquel lugar, con la armadura cubriéndola de forma automática, pero Samael la detuvo antes de pasar la caseta.

—¡Detente! ¡Ni siquiera sabemos lo que estén planeando!

Marianne ya estaba a punto de protestar cuando alcanzaron a escuchar fuerte y claro las voces de los demonios.

—¡¿Te das cuenta de lo que esto significa?! —La voz aletargada del demonio de piel verdosa adquiría un tono más alto y urgente—. ¡El don de la muerte! —Hollow lo miró parco, sabiendo que no importaba lo que dijera, aquello no se encontraba dentro de sus planes—. ¡El contenedor! ¡Rápido!

Con la mano que le quedaba y sin decir palabra alguna, Hollow hizo aparecer un contenedor totalmente negro, el último que le quedaba desocupado, y algo dubitativo lo colocó por debajo de aquel don rodeado de un aura oscura. La esfera fue absorbida al instante y el recipiente comenzó a emitir aquella luz infrarroja mientras ambos se apartaban. El resto de los contenedores empezó a aparecer alrededor de éste, y como si se tratara de un mecanismo que se hubiera desencadenado de forma automática, de pronto los recipientes se abrieron al mismo tiempo y todos los dones comenzaron a flotar y a girar en una vorágine en torno al don de Demian, uniéndoseles una esfera más que parecía cruzar desde una larga distancia.

—Ese don… ¿no es el que ocultamos en el lago? —formuló Mitchell una vez que se reunieron todos con Marianne y Samael a la altura de la caseta, observando igual de pasmados aquella exhibición que tenía lugar ante sus ojos.

Frank, por su parte, miraba fijamente uno de los dones desde el momento en que emergió de su respectivo contenedor. Lo tenía identificado, ése era el de Lucianne, ni siquiera se había molestado en localizar el suyo. No tenía idea de cuánto tiempo disponía, pero sabía que debía aprovechar mientras estuvieran todos atentos a aquella escena. Tomando todo el impulso que sus piernas le permitieron, se echó a correr directo hacia los dones sin que sus compañeros pudieran hacer nada para detenerlo. Ambos demonios alcanzaron a detectar su presencia aproximándose.

—¡Que nadie se acerque! —indicó Ende, dedicándole una mirada aguda a Hollow y éste, con un firme movimiento de la mano, provocó una ola de energía que golpeó a Franktick y lo lanzó lejos, de vuelta con los demás.

—¡¿Qué estabas pensando?! —le cuestionó Mitchell a modo de reclamo.

—¡Recuperar los dones, ¿no se dan cuenta de que es el momento que estábamos esperando?! ¡Ya no están dentro de esos recipientes! —explicó él y los chicos volvieron a mirar aquel vórtice que giraba alrededor de la esfera oscura que flotaba sobre Demian.

—Podrá no haber actuado con precaución, pero tiene razón, podemos aprovechar este momento… ¡andando! —dijo Samael, haciéndoles señas para avanzar, pero en cuanto estaban listos para la carga, de pronto la vorágine se comprimió hasta formar un torbellino que terminó uniéndose a aquella esfera de aura oscura ante las miradas estupefactas de todos, y para mayor desconcierto suyo, aquella esfera oscura acabó introduciéndose de vuelta al cuerpo de Demian. Le siguieron un silencio sepulcral y una calma inquietante en los que nadie supo qué decir ni qué hacer.

—¿Qué fue…? —La pregunta de Mankee se vio interrumpida de tajo, pues justo en ese instante el cuerpo de Demian se levantó de golpe y comenzó a sufrir una serie de espasmos con la espalda arqueada hacia atrás, como si algo estuviera tirando de su pecho, justo donde se había introducido el don.

—¿Qué significa esto? —inquirió por fin Hollow y al voltear hacia el otro demonio notó que la piel de éste comenzaba a cambiar a un tono pálido a la vez que cerraba los ojos y alzaba la cabeza como si estuviera recibiendo una inesperada carga de energía.

Del pecho de Demian comenzó a surgir una espesa bruma oscura que fue cubriendo su cuerpo y adhiriéndose sobre éste, de forma similar al material que recubría a los otros demonios. Los espasmos entonces parecieron aumentar, torciendo sus extremidades de una forma desorbitada, fue entonces que él abrió los ojos y comenzó a gritar conforme su cuerpo se retorcía y era cubierto por aquella emanación oscura, seguido de una coraza que iba formándose en una armadura flexible parecida a la que los Angel Warriors tenían, con la diferencia de que ésta era tan oscura como el ónice. La coraza subió también por su columna hasta llegarle a la cabeza y pasar hacia su rostro, de forma que acababa también rodeando la periferia de éste, como si se le incrustara en la piel, la cual fue también perdiendo su color y adquiriendo un aspecto pálido y antinatural. Finalmente, los espasmos se detuvieron y el cuerpo de Demian se encorvó hacia adelante, volviendo a soportar su peso sobre sus pies. Su cabeza permaneció inclinada hacia abajo mientras que el constante movimiento de ascenso y descenso de sus hombros denotaba la fuerza con que tomaba aliento. Marianne se limitó a observar todo, demasiado desconcertada para poder reaccionar. Sus ojos abiertos como platos no se despegaban de Demian, tratando de entender a qué se debía todo eso.

—Finalmente… lo hemos logrado —expresó Ende con una sonrisa de triunfo, a pesar de que Hollow no se veía tan satisfecho—. Siento todo mi poder de vuelta, y esto sólo puede deberse a un motivo. Te hemos encontrado, Amo Death Angel.

Decir que aquél fue un gran impacto para los demás sería poco. Perplejos e incapaces de pronunciar palabra alguna, se limitaron a observar y escuchar todo como si estuvieran presenciando una perturbadora película de la que no podían apartar los ojos.

Demian alzó el rostro y contempló con expresión ofuscada a aquel demonio, como si estuviera tratando de descubrir en dónde estaba. Sus ojos azul éter destacaban aún más con la apariencia monocromática que ahora presentaba entre su pálida piel y el armazón negro que lo revestía. Fijó de pronto su atención en sus manos y comenzó a analizar atentamente aquella coraza que lo cubría, pasando las manos por ésta y por su rostro como si no se identificara.

—Amo, estamos a tus órdenes —dijo Ende, postrándose a sus pies con servilismo.

Por su parte, Hollow continuaba observándolo escéptico y receloso, y vaciló ante la postura que había adoptado el otro demonio, pero ante la mirada que éste le dirigió, indicándole que debía también mostrarle respeto, tuvo que tragarse su orgullo y lentamente comenzó a inclinarse ante él.

—…Amo —fue lo único que dijo de forma no muy convencida.

Demian desvió la vista hacia él y sus ojos se encendieron en cuanto lo vio. Con un rápido movimiento y sin darle tiempo de reaccionar, extendió el brazo hacia él y le atravesó el pecho para su sorpresa. Éste le dirigió una mirada perpleja, pero ya nada podía hacer, su cuerpo de pronto comenzó a deformarse como si se estuviera licuando por dentro y terminó por deshacerse por completo hasta no quedar más que un pequeño montón de cenizas en el suelo que al instante se evaporó en el viento. Tanto Ende como los muchachos se quedaron estupefactos ante aquella acción.

—¡Amo! ¡¿Por qué?! —exclamó el demonio restante, poniéndose de pie y observándolo con una mezcla de desconcierto y temor de que hiciera lo mismo con él.

—¿Vieron eso? ¡Acabó con Hollow así de fácil! —expuso Mitchell tan sorprendido como los demás—. ¡Debe estar de nuestro lado!

—No podemos saltar a conclusiones precipitadas hasta estar seguros —aconsejó Samael, tratando de mostrarse precavido, y de pronto Marianne se soltó a correr sin previo aviso—. ¡Espera!

Ella corrió a toda prisa hasta detenerse a unos metros de Demian y el demonio restante, que tenía la mirada desorbitada como si temiera su propio final.

—Dime que estás de nuestro lado. ¡Lo estás, ¿verdad?! —pidió Marianne con la respiración agitada y ojos ávidos, sin poder aceptar del todo lo que estaba pasando, pero ansiosa por saber que, a pesar de todo, él seguía siendo el mismo y haría lo correcto.

La mirada de Demian, sin embargo, se posó en ella con frialdad, y casi de inmediato se ensombreció al identificarla.

—…Tú —dijo con una voz profunda e inexpresiva que le heló la sangre. Un aura comenzó a crecer desde sus pies y expandirse de forma peligrosa en dirección a ella, que tan sólo la observó aproximarse sin poder moverse.

Estaba prácticamente ya a punto de impactarla cuando Samael apareció frente a ella, resistiendo el embate al colocar los brazos por delante y formar una barrera. La colisión fue tan fuerte que, tras aguantar unos segundos, la capa terminó cediendo, arrojándolos con potencia hacia atrás.  Al ver esto, Ende pareció recuperar la confianza y se acercó a él, tomándolo del hombro como si fuera un estudiante que necesitara de guía.

—Vamos, amo. Tu padre ha pasado mucho tiempo buscándote —indicó él para que lo siguiera, y aunque Demian continuaba mirando fijamente hacia el par de Angel Warriors que acababa de arrojar únicamente con su propia aura, finalmente se dio la vuelta y dejó que Ende lo guiara hasta terminar desapareciendo en medio de una bruma negra.

—¡¿Están bien?! —preguntaron los demás, acercándose a Marianne y Samael.

—¿Qué fue todo eso? ¡¿Qué demonios fue todo eso?! —exclamó Mitchell aún sin poder creer lo que había visto.

—Fue una advertencia. Por eso seguimos intactos y con vida —respondió Samael, sacudiéndose la tierra de la armadura.

—¿Pero por qué Demian…? ¿Por qué él…? —preguntó ahora Mankee sin poder completar con palabras su pensamiento.

—…Porque es a quien buscaban —respondió Marianne con expresión desolada, recordando entonces las últimas palabras de Ashelow antes de morir y lo que el mismo Demian le había dicho—…Todo este tiempo se trató Demian.

Todos se quedaron mudos, y aunque les quedaban aún muchas preguntas, se limitaron a intercambiar miradas desconcertadas mientras sus armaduras se retraían. Los ojos de Marianne refulgían consternados, fijos en el punto donde habían desaparecido y bajando luego hacia la chamarra que aún tenía puesta, la que pertenecía a Demian. La chamarra que él mismo se había encargado de colocar con gentileza sobre su espalda minutos atrás. Sus dedos se encogieron hasta formarse en puños y se mantuvo en aquella posición tensa, tratando de lidiar con la idea de que ese Demian ya no existía… o quizá nunca había existido.

SIGUIENTE