CAPÍTULO 36

36. SEÑALES CONTRADICTORIAS

Marianne estaba sentada en su cama, con las piernas recogidas y mirando fijamente hacia el espejo de donde colgaba la chamarra de Demian. Hacía horas que debería estar durmiendo, pero no había conseguido conciliar el sueño, y a pesar de que en apariencia lucía meditabunda, en realidad tenía la mente en blanco. No podía pensar en nada, se limitaba a contemplar aquella prenda como si fuera a desaparecer en cuanto apartara la vista. Samael se materializó en medio de su habitación, mirándola con seriedad.

—Sé lo que vas a decirme. Fue arriesgado y me expuse imprudentemente al peligro al acercarme de esa forma —expresó Marianne, suponiendo que estaba ahí para darle algún sermón.

—¿Por qué me pediste que te llevara a ese lugar? —preguntó Samael y ella se quedó en silencio por varios segundos, sin despegar la vista de la chamarra.

—…Pensé que él podía ser la próxima víctima, que él poseía el don sobrenatural.

—¿Por qué pensarías una cosa así?

—La pregunta que te hice antes, sobre los óbitos… Él ha visto a uno varias veces antes de la muerte de alguien. Me lo dijo cuando estuve en su casa ayer. —Samael no hizo ningún comentario, pero ella podía sentir su mirada de desaprobación—. No es que él supiese lo que era, pero podía intuirlo. Y pensé… “¿cómo es que siendo un humano normal es capaz de ver a seres que ni siquiera nosotros hemos visto nunca?” Tenía que ser el don sobrenatural, no podía haber otra explicación…

—Pues ahora sabes la razón —intervino Samael, distrayendo su atención de la chamarra—. Es porque ni siquiera es humano.

—…No sigas —murmuró Marianne, sabiendo lo que diría a continuación.

—Es un demonio —continuó él con firmeza por más que ella parecía negarse a escucharlo, así que se colocó enfrente y la obligó a mirarlo cara a cara—. La persona que han conocido durante todo este tiempo no es real, solamente era un disfraz para mantenerlo oculto. ¿Por qué? No tengo la menor idea, pero ahora ha mostrado su verdadera forma, así que debemos irnos con cuidado, ¿entiendes?

—Él no sabía. Ni siquiera debe entender lo que está pasando. ¿Y si en realidad lo han convertido en demonio? Como hicieron con Ashelow. En el fondo debe seguir teniendo un alma humana —insistió ella, convencida de que había un error.

—…Escúchame —reiteró Samael con infinita paciencia—. Pude sentir su energía. Es completamente oscura, maligna. No hay ningún error, es en verdad un demonio, no por conversión, sino que ése es su verdadero origen. Incluso ya desde antes tenía mis reservas con él, podía sentir que algo no encajaba, aunque no podía estar seguro. Pero ahora por fin puedo verlo con claridad. Quien lo haya dejado en la Tierra hizo un gran trabajo al esconder toda esa energía negativa que percibí en él. Debió sellarlo desde su nacimiento y luego haberlo dejado en algún lugar al azar, con alguna familia que lo criara como suyo, de esa forma tendría una vida humana que lo respaldara e hiciera más difícil que la Legión de la Oscuridad lo hallara.

—“Su semilla” —pronunció Marianne después de guardar silencio unos minutos—. Ashelow lo dijo antes de morir. La Legión de la Oscuridad estaba reuniendo los dones para poder encontrar a “su semilla”.

—Sí, el hijo de Dark Ange.

Marianne sintió escalofríos tan sólo de escuchar aquel nombre. En su mente asomaba el momento en que habían escuchado una profunda voz cuando estuvieron a punto de derrotar a Hollow en el campamento.

—¿Recuerdas que te comenté que a veces cuando duermo, al despertar tengo nuevos conocimientos implantados? Pues esto es lo que sé. Dark Angel es el demonio original, quien creó la Legión de la Oscuridad y al resto de los demonios que moran en ella. Hubo una batalla entre ésta y el plano superior, la batalla del descenso —comenzó a relatar Samael mientras ella le prestaba atención, aunque de reojo miraba hacia la chamarra que colgaba del espejo—. Hubo muchas bajas en ambos bandos, pero finalmente la Legión de la Oscuridad fue derrotada, con prácticamente todos sus adeptos eliminados. Sin embargo, no pudieron acabar con Dark Angel, era demasiado poderoso, así que acabaron por sellarlo y desde entonces se ha mantenido en una especie de letargo, como si hibernara… No obstante, eso no le ha impedido hacer todo lo que está a su alcance para repoblar sus dominios, esperando el momento en que logre despertar de su letargo.

—¿Y Demian qué tiene que ver con eso?

—Pues es su hijo. Su sangre. Aún no sé de qué manera, pero necesita de él para poder despertar. Los demás demonios no son más que sirvientes, creados por él, pero no por eso dejan de ser inferiores. Debió pasar mucho tiempo buscando procrear un hijo que fuera semejante a él, que heredara su poder a pesar de su estado, y cuando finalmente lo consigue …alguien lo desaparece.

—¿Piensas que alguien pudo haberlo traicionado?

—Posiblemente.

—Demian recién se enteró de que era adoptado. Que los que él pensaba que eran sus padres no lo eran en realidad… Estaba confundido, dolido incluso. ¿Me estás diciendo que todo eso era fingido? ¿Que en realidad no lo sentía?

—No puedo hablar de lo que él haya o no sentido, simplemente de lo que sé. La vida que ha estado llevando hasta ahora no es real, aunque él mismo haya llegado a pensar que lo era, es la que iba acorde a su fachada. Ahora la carcasa en la que su verdadero ser se escondía se ha roto, así que lo único que nos queda es permanecer alertas.

Por más que aquello le resultaba difícil de aceptar, Marianne acabó finalmente por asentir, manteniendo la mirada gacha. Samael se abstuvo de nuevo de cualquier intento por indagar en su mente; si tenía cualquier otra duda o preocupación, confiaba en que acudiría a él si lo necesitaba, así que se giró y se despidió de ella.

—Intenta descansar un poco. Cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme.

Ella no respondió. Samael dio un suspiro y desapareció de ahí en medio de un destello. Marianne alzó la mirada nuevamente hacia la chamarra y después de unos minutos de indecisión, se levantó y tras hacerle unos dobleces, la metió en un cajón del armario y cerró la puerta. Aquella era su forma de guardar la última pieza de la humanidad de Demian, porque sin importar lo que pensara Samael, estaba segura de que ésta realmente había existido. Seguía existiendo. ¿De qué otra forma se explicaba el que hubiera matado a Hollow? Porque recordaba lo que le había hecho a su padre, estaba segura de ello. Aunque la forma en que la miró cuando quiso hablarle… y lo que hizo. No sabía si había sido un ataque directo o tal vez una reacción automática, quizá ni siquiera había tenido control sobre ésta, pero Samael creía que era una especie de advertencia. ¿De verdad lo había sido?

Tanto pensar en ello le estaba provocando dolor de cabeza. ¿Desde cuándo le importaba tanto lo que pasara con Demian? ¿En qué momento había pasado de ser el tipo del accidente a alguien importante en su vida? Negándose a ahondar más en ello, regresó a la cama y se enrolló bajo las sábanas, tratando de obligarse a dormir un poco, pero cada vez que cerraba los ojos veía la apariencia demoníaca de Demian y sus ojos azules resaltando de entre las sombras. Dio un resoplido y se tumbó boca arriba, fijando la mirada en el techo y tratando de vaciar su mente. Aquella sería sin duda una larga noche.

……………………..

Cuando Demian abrió los ojos estaba rodeado por los pasajes oscuros de lo que parecía un túnel cavernoso, como si estuviera perdido en medio de unas laberínticas catacumbas que iban y venían en varias direcciones y divergían en distintos pasadizos.

—¿Dónde estamos?

—En la Legión de la Oscuridad. TU hogar —respondió Ende, adelantándose como si fuera a enseñarle el lugar—. Algún día serás el heredero de todo esto.

—Dijiste que mi padre ha estado buscándome todo este tiempo… ¿cuándo podré verlo? —preguntó Demian con algo de ansiedad.

—Paciencia, amo. Todo a su tiempo. Cuando sea el momento, él mismo se encargará de convocarte —aseguró el demonio, agitando el brazo, y una enorme puerta se abrió a un lado de ellos. Demian se detuvo y observó al interior con recelo, como si se esperara una trampa en cualquier momento, pero Ende le hizo una seña para que pasara—. Adelante.

Demian se introdujo con cautela y observó el lugar. Parecía una mazmorra transformada en habitación. La atmósfera era pesada, y la decoración, así como los muebles, daban la sensación de haber permanecido guardados y sin usar por un largo período de tiempo, tanto que era capaz de causar claustrofobia tan sólo por mirarla desde afuera. Se quedó de pie en medio de la habitación y echó un vistazo a su alrededor. De entre todos los avejentados muebles uno llamó su atención, arrumbado en una esquina de modo que quedaba casi oculto detrás de un enorme sillón. Se acercó para verlo más de cerca y notó que era una especie de cuna con unas iniciales talladas en la cabecera: “D.A.”. El demonio que lo condujo hasta ahí lo había llamado Death Angel… ¿sería acaso ésa su cuna? Pasó los dedos sobre el grabado y en cuanto su piel entró en contacto con la madera, una imagen cruzó por su mente, como si estuviera viendo ese mismo grabado desde otra perspectiva, dentro de la misma cuna… ¿Sería ése un recuerdo?

—Estuve aquí antes —murmuró Demian con estupor.

—Cuando naciste —asintió Ende, satisfecho de que recordara.

—¿Qué es lo que ocurrió? ¿Cómo fue que acabé en la Tierra?

—Nadie sabe. Simplemente desapareciste de un momento a otro.

Demian volvió a colocar la mano sobre aquel grabado y otra imagen vívida apareció en su mente. De nuevo lo veía todo en perspectiva desde el interior de la cuna, sus ávidos ojos de infante pasaban hacia varios puntos de lo que su limitado confinamiento le permitía. Pasó del grabado hacia el techo, luego hacia los barrotes de la cuna y al pasar la vista por el frente alcanzaba a distinguir unos ojos ambarinos que resplandecían en la oscuridad, como los de un lobo. Cada vez que su mirada pasaba de nuevo por ese punto, aquellos ojos ámbar iban aproximándose, formándose una silueta alrededor de ellos, hasta tener a aquella sombra casi por encima de la cuna, observándolo como un predador a punto de atacar.

Entonces vio lo que parecía una especie de cojín bajando hacia su rostro y cegando su vista por completo. Una intensa sensación de asfixia le sobrevino, aún tratándose de una imagen mental, y de inmediato apartó la mano y retrocedió, sintiendo por un instante que le faltaba el aire. ¿Acaso alguien había intentado asesinarlo?

—¿Amo?

—No me quedaré aquí —musitó él de repente, dándose la media vuelta y saliendo de la habitación, seguido por un confuso Ende.

—¿Qué? Pero, amo… aquí es donde perteneces…

—Lo sé, pero no pienso quedarme en este lugar. Es… deprimente. Regresaré a casa.

—¿…Casa? —repitió el demonio con una expresión estupefacta.

Demian no dijo nada más, en cuanto estuvo de nuevo en aquel pasillo cavernoso se esfumó en el aire, ante la mirada atónita de su sirviente.

Para cuando volvió a aparecer, lo hizo justo en medio de la que solía ser su habitación. Todo estaba intacto, tal y como lo había dejado antes de salir. La enorme cama sin hacer, el escritorio ordenado con el monitor encendido y un salvapantallas predeterminado ondulando en ésta. Las cortinas seguían extendidas, bloqueando la vista de la ventana, aunque al parecer no estaba bien cerrada pues éstas ondeaban por acción del viento colándose por alguna rendija.

Demian se acercó a la ventana y, tras asegurarse de cerrar bien y pasar el cerrojo, contempló el jardín. Se sentía en casa, pero a la vez ajeno a ella, como si hubiera muerto y ahora fuera su propio fantasma rondando por el que solía ser su hogar, aferrado al pasado, a una vida que ya no le pertenecía… Que realmente nunca le perteneció.

—¿Por qué has vuelto aquí? —La voz de Ende lo sacó de su abstracción, obligándolo a apartarse de la ventana y voltear hacia él. Estaba de pie en el mismo punto donde él había aparecido unos minutos antes, observando a su alrededor casi con desprecio—. No perteneces a este lugar, amo. Regresa a la Legión de la Oscuridad.

—Se supone que eres mi sirviente, ¿no es así? Entonces no me digas lo que debo o no hacer —determinó él con voz firme, provocando una reacción atónita de parte de Ende—. Me quedaré aquí por esta noche y tú regresa ahí. Si necesitas algo de mí, ya sabes dónde buscarme.

El demonio no tuvo más remedio que inclinar la cabeza con sumisión y acatar sus órdenes por más que le pareciera una locura, dejando un rastro de bruma al desaparecer. Demian entonces volvió a la ventana y se encargó de replegar las cortinas, echándole un nuevo vistazo al exterior. Se veía todo tan tranquilo, casi como si el tiempo se hubiera detenido ante su llegada.

Se apartó nuevamente y se dirigió a paso firme hacia la habitación que había sido de sus padres, o más bien, de las personas que lo habían criado. En cuanto entró en ésta, fue directo al armario en el que había visto a su padre rebuscando algo justo antes de ser atacado por aquel demonio y abrió la puerta, contemplando su interior como si lo escaneara con la vista. Tiró de la puerta un poco más y entonces su atención se desvió hacia el espejo empotrado al interior. Por primera vez vio su reflejo tras el descubrimiento de quién y qué era en realidad, y el impacto que sintió no fue menor.

Se llevó las manos al rostro y comenzó a palparlo sin despegar la vista del reflejo, con afán de reconocimiento, de identificar a aquel ser que tenía enfrente como él mismo. Pasó los dedos por las fibras que tenía incrustadas en la periferia de la piel e intentó sacarlas, pero resultaba imposible, aunque tampoco sentía dolor alguno. Su cabello seguía intacto, tan negro como aquella armadura de ónice, siendo el único toque de color sus ojos azules.

Aquellos ojos eran lo único que podía identificar de su viejo ser. Lo que tenía enfrente era algo oscuro y maligno, algo que tenía encerrado en su interior y que finalmente había sido liberado.

—…Soy un demonio —murmuró con el mismo tono que si confesara algo vergonzoso, como si de esa forma se lo confirmara a sí mismo.

Permaneció mirando su reflejo por varios minutos, escrutando la imagen que tenía enfrente y conciliándola con la que recordaba de sí mismo, y de pronto notó que el armazón que lo cubría comenzaba a dimitir y su pálida piel mortecina iba recuperando su color. Bajó la vista y vio cómo sus brazos iban también liberándose, y lo único que sentía era un leve cosquilleo mientras esto pasaba. Para cuando alzó la vista nuevamente hacia el espejo, descubrió que su apariencia era igual a la de antes, llevaba incluso la misma ropa que en el hospital. Verificó una vez más, observándose a sí mismo y luego al espejo para confirmar que aquello era real. No había duda alguna, volvía a ser Demian. Al menos en apariencia.

—…Extraño —fue lo único que alcanzó a decir, notando por un leve destello proveniente del balcón que ya estaba amaneciendo. Volvió a mirar su reflejo y decidió hacer una prueba. Se plantó rígido y tensó los músculos, tras lo cual su cuerpo volvió a cubrirse de aquel armazón oscuro y su piel a decolorarse, quedando finalmente con su forma de demonio. Después de esperar unos segundos, volvió a hacer lo mismo; mantuvo la concentración, se relajó y recuperó la apariencia humana. El experimento había resultado un éxito—…Interesante. —Miró de reojo hacia el balcón de nuevo, con los rayos del sol cada vez más juguetones que iban extendiéndose por la alfombra de la habitación—…Supongo que a los demonios les da igual dormir o no.

Palpó entre su ropa como si estuviera buscando algo, pero sin hallarlo. No le quedaba más remedio. Salió entonces de la habitación. Quedaban muchas cosas por hacer, pero primero daría una caminata con aquella nueva visión y perspectiva que había adquirido. La perspectiva de un demonio.

Aquella había sido una noche larga. Marianne no había logrado pegar el ojo en ningún momento y a pesar de sentirse cansada, el sueño se le negaba. Desde temprano bajó las escaleras con pisadas perezosas y encontró tanto a su padre como a Loui vestidos y listos para salir.

—¿A dónde van tan temprano?

—Llamaron del hospital, dijeron que ayer por la noche hubo un problema con su madre, pero que ya está estable. Iremos a verla —respondió Noah, colocándose el abrigo al igual que el niño.

—¿Y tú dónde estabas anoche? No te apareciste hasta muy tarde —le reclamó el niño, casi como si fuera el padre en vez del que tenía a un lado.

—No era tan tarde. Iré con ustedes —decidió Marianne, subiendo de vuelta para cambiarse de ropa. El día anterior había sido tan caótico que ni siquiera había tenido tiempo de volver con su madre para saber cómo estaba llevando aquel nuevo reemplazo del don que había creado de emergencia.

Agarró lo primero que se encontró en el clóset, sin molestarse en verificar si combinaba siquiera. No le interesaba demasiado la moda, pero procuraba siempre que al menos su conjunto no fuera agresivo para los ojos y pudiera pasar discretamente desapercibida, todo lo contrario de Mitchell, que parecía despertar todas las mañanas y buscar inspiración de una plasta de crayones derretidos.

Tomó por último un suéter y su mirada se posó en el cajón donde había guardado la chamarra de Demian. La imagen de él atravesando el pecho de Hollow y luego arrojándolos a ella y Samael, con sus ojos azules centelleando, no dejaba de aparecer en su mente. Tiró del suéter y cerró la puerta. Debía dejar de pensar en ello. Demian era ahora un demonio… y eso lo hacía su enemigo, ¿no?

Marianne terminó acompañando a su familia al hospital, y tras quedarse unos minutos en la habitación de su madre, escuchando de nuevo el acompasado y tedioso sonido del monitor que demostraba lo estable que ya se encontraba, decidió darse una vuelta y pasar también a verificar el estado de su tío y Lester. Tal y como su madre, estaban igual de estables por el momento, así que esperaba por lo pronto no tener que preocuparse por otra crisis cercana. Sabiendo que Loui y su padre se quedarían más tiempo, terminó deambulando por los pasillos del hospital, sintiendo que no tenía nada qué hacer, y cuando menos se dio cuenta ya había llegado al área de cuidados infantiles. En el exterior había varios niños en la zona de juegos con un par de enfermeras vigilándolos.

Decidió acercarse a paso lento hacia aquel sitio, observando a los chiquillos jugando en el subibaja o el tobogán, columpiándose por sí solos o con la ayuda de alguna enfermera. Algunos incluso jugando en la arena, lo cual ella no pudo evitar mirar con desagrado al recordar que ahí mismo Hollow se había deshecho en cenizas. Ganas no le faltaron de ahuyentar a los niños de ahí bajo el riesgo de que la tomaran por loca.

Se detuvo ante un pasamanos y se apoyó de éste, recorriendo con la mano uno de los escalones mientras mantenía la vista fija en los columpios. ¿Por qué había vuelto ahí? No tenía la menor idea, así como tampoco entendía por qué se dedicaba a reproducir en su mente una y otra vez el recuerdo de ellos dos sentados en aquellos mismos columpios… o el de él colocándole la chamarra en todo caso.

—No esperaba encontrarte aquí.

El cuerpo de Marianne se paralizó por completo en cuanto escuchó la voz y su respiración se detuvo. Con un movimiento torpe y violento se dio la vuelta y se encontró de frente con Demian, vestido exactamente igual que la noche anterior. Su rostro se contrajo en lo más próximo a un gesto de alarma e intentó retroceder unos pasos, aunque sus piernas estaban tan agarrotadas que terminó dando un traspié y yéndose de espaldas. Sin embargo, Demian la detuvo a tiempo, sujetándola de un brazo y atrayéndola hacia él.

—Ten más cuidado, estos juegos para niños son más peligrosos de lo que parecen.

Marianne permaneció inmóvil sin saber cómo reaccionar a su presencia y preguntándose si había algo de amenazador en sus palabras. ¿Estaba ahí para atacarla, pero estaba conteniéndose ante la presencia de los niños o lo tomaba como algún tipo de juego perverso del gato y el ratón?

—¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes esa cara? Parece que has visto un fantasma.

—Yo… ah… n-no… yo… —balbuceó sin poder formar un enunciado coherente.

—Estás bien, ¿verdad? —agregó él en un tono más serio y al parecer preocupado, a la vez que iba desasiéndola del brazo con suavidad—. Ayer… ya no supe qué ocurrió contigo. Debí perder el conocimiento o algo.

Ella lo miró confundida, preguntándose si era honesto o se trataba de algún tipo de prueba, pero luego recordó que él ni siquiera la había visto ser atacada, así que en verdad no podía saber que ella era una Angel Warrior, pero en todo caso, ¿qué pretendía actuando así? ¿Continuar con su fachada ante las demás personas para que no sospecharan?

—…No sé lo que pasó —respondió ella finalmente, tratando de recuperar algo de seguridad para no levantar sospecha—. Cuando abrí los ojos tú ya no estabas y yo… estaba en la caseta del estacionamiento. —Lo miró de reojo, estudiando su reacción, y decidió agregar algo más como una especie de prueba—. Los Angel Warriors estaban ahí, así que… supongo que ellos me salvaron.

—Ah… Los Angel Warriors —dijo él con un particular tono que llamó su atención, pero de inmediato cambió el tema antes de que ella pudiera seguir indagando en ello—. Bueno, me alegro de que estés bien. Me has quitado un gran peso de encima.

Al decir esto esbozó una sonrisa relajada que lo hizo lucir más como el antiguo Demian, previo al demonio y a la muerte de su padre.

—Y… ¿qué has venido a hacer aquí entonces? —preguntó ella, mostrando un poco más de soltura.

—Perdí mi registro médico —explicó él—. Pensé que quizá encontraría aquí los papeles pues fue el último lugar en el que estuve.

La chamarra. Seguramente estaban en la chamarra. Marianne se debatió entre decírselo o no, quizá debía primero confirmarlo, aunque no entendía por qué le costaba tanto mencionárselo, después de todo le pertenecía, no era como si fuera a quedársela para siempre, tendría que devolvérsela algún día… pero ¿de verdad tenía planeado hacerlo aún antes de verlo actuar como “persona normal” nuevamente?

—En fin, ¿qué harás después? —inquirió Demian, mostrándose cada vez más cómodo y ella vaciló.

—…Iré a la cafetería. Veré ahí a los demás. De hecho… ya va siendo hora de que vaya, no te sigo distrayendo —respondió ella, viendo una oportunidad para escabullirse.

—Te acompaño —decidió él y Marianne lo miró con expresión dubitativa—. Por aquí, traje auto. —Con una seña le indicó que lo siguiera hacia el estacionamiento y ella miró de reojo a su alrededor como si estuviera analizando la cantidad de testigos que pudieran identificarlos a ambos en caso de su desaparición—. ¿Qué pasa? ¿No que ibas a la cafetería?

Ella reaccionó con un respingo y finalmente lo siguió a través del estacionamiento hasta llegar a un auto que ella no tardó en identificar. El carro del accidente.

—…Debes estar bromeando —murmuró con incredulidad y Demian volteó hacia ella.

—Ah, ya entiendo —dijo al notar su expresión y una media sonrisa asomó en sus labios—. Tranquila, prometo no intentar atropellarte… de nuevo.

Aunque claramente estaba bromeando, Marianne no pudo evitar sentirse inquieta. Hizo acopio de valor y se subió del lado del copiloto, prácticamente reteniendo la respiración, como si estuviera preparándose para lo peor.

Mientras Demian conducía, ambos se mantuvieron en silencio, ella visiblemente tensa y él atento al camino.

—¿…Sigues pensando que no debería buscar a mis verdaderos padres?

Marianne volteó hacia él, sorprendida por la pregunta. Era obvio que ya sabía de dónde provenía, no entendía por qué lo hacía parecer como si aún estuviera interesado en la búsqueda, quizá únicamente para seguir pareciendo el mismo Demian a los ojos de ella.

—¿Qué importa lo que yo opine? Después de todo se trata de tu vida y de lo que te parezca mejor. Tenías razón, no hay forma de que yo pueda entender por lo que estás pasando, supongo que es normal la necesidad que tienes de conocerlos… Sólo recuerda que, si alguna vez llegas a encontrarlos, al final del día no fueron ellos quienes cuidaron de ti todos estos años. Eso es lo que realmente importa.

Silencio. Demian no despegó la vista del frente ni parecía tener alguna reacción ante sus palabras. Marianne se mordió el labio al pensar que quizá se había excedido.

—…Suenas como una tarjeta con frases motivacionales, ¿sabías eso?

Una nueva sonrisa se había formado en su rostro y ella no supo si se debía a que trataba de aligerar el ambiente o porque le pareciera ridículo pensar así. Como fuera, se limitó a mirar por la ventanilla, comenzando a preocuparse por la forma en que los demás reaccionarían en cuanto la vieran llegar con él.

En el interior de la cafetería se vivía un ambiente más bien fúnebre. Ésta no había abierto al público y únicamente estaban los chicos dispersos en distintas mesas con rostros alicaídos y expresiones preocupadas, incluso Frank, que por fin había aceptado a reunirse con ellos en ese lugar, se veía de un ánimo gris.

—Sigue pareciéndome imposible que sea precisamente Demian a quien esos demonios buscaban —comentó Mitchell, después de un largo período de silencio—. Dices entonces que este gran demonio jefe supremo o lo que sea, es su verdadero padre, ¿no es así? No me explico entonces cómo fue a parar aquí, viviendo una vida de humano y que nunca diera muestras de lo que era.

—Eso no lo sé realmente, pero son detalles que carecen de importancia en este momento, teniendo en cuenta que nos enfrentamos a un problema mayor: él es un demonio, y por lo que todos pudimos presenciar, posee un poder que excede al de Hollow. No se trata de un sirviente como a los que hemos estado enfrentando. Es descendiente directo de Dark Angel, gobernante de La Legión de la Oscuridad, eso lo hace muchísimo más peligroso que cualquiera —explicó Samael con gesto grave y frotándose las sienes, como si le doliera la cabeza.

—Dijiste que hay algo más, ¿no es cierto? —intervino Frank, sentado en uno de los gabinetes del fondo mientras jugueteaba con una servilleta y mordisqueaba un palillo en vista de que no lo dejaban fumar.

—Sí. Pero esperaremos a Marianne. Todos tienen que estar presentes.

—Yo no sé ustedes, pero me siento tan desanimado y confundido —dijo Mankee, prácticamente desparramado sobre la barra—. Ya ni siquiera sé si deba seguir abriendo. Es decir… dos dueños muertos, otro desaparecido y además convertido en demonio… No sé, es demasiado.

—¿No dicen que el espectáculo debe continuar? Lo mismo aquí. Al menos este sitio nos sirve para mantener una fachada frente a las demás personas —sugirió Lilith, armando torres de cubitos de mantequilla—. Además, tú necesitas el lugar, no te hagas.

—Bueno… sí, pero… ¿y si él llega a aparecer una noche cuando esté solo… y me ataca? —inquirió Mankee, compartiendo su temor.

—Ahora simplemente estás haciendo suposiciones extremistas.

—Además, ni siquiera podemos afirmar que Demian se haya vuelto realmente “malo” ya que aún no ha hecho nada que lo confirme —aseguró Mitchell.

—¿Puedes decir eso con seriedad después de que ayer prácticamente atacó a gruñona y alitas? —espetó Frank desde su posición.

—No tienes que ser tan negativo, además… creo que en realidad eso no podría considerarse un “ataque-ataque” propiamente dicho —replicó Lilith, intentando encontrar algún motivo para el actuar de Demian—. Quizá pensó que se hallaba en peligro o algo.

—¿Peligro? Ahora tú eres la que está sonando increíblemente ingenua.

—Sólo prefiero enfocarme en pensar que el vaso está medio lleno en vez de dejarme llevar por el pesimismo, no es algo conveniente para mí.

—No me malentiendan, yo también quisiera pensar lo mejor, pero ¿qué tal si nos equivocamos? ¿Qué tal si un día decide deshacerse de todo lo que le recuerde a su vida humana y lo primero que hace es venir a la cafetería y destruirla… conmigo dentro? —insistió Mankee, obsesionado con aquella idea.

—Con todo respeto, creo que te estás dando demasiada importancia para pensar que querría matarte precisamente a ti —comentó Mitchell, minimizando su preocupación.

—Sin embargo, su temor no es infundado —añadió Samael sin levantar el rostro y los demás lo miraron sin entender a qué se refería.

—¿Tiene algo que ver lo que quieres comunicarnos cuando venga Marianne?

Él no respondió, aunque tampoco tendría tiempo de decir gran cosa, pues justo en ese momento iba estacionándose frente a la cafetería el auto de Demian, y mientras él aparcaba y ponía el seguro, Marianne casi se lanzó hacia afuera con las llantas aún en movimiento y al abrir la puerta de la cafetería, dirigió una mirada alarmada hacia todos a la vez que intentaba recordar cómo respirar.

—¡No vayan a friquearse! —musitó al mismo tiempo que soltaba una exhalación y se adentraba al lugar hasta llegar a la barra.

Sus compañeros le dedicaron miradas indagadoras, pero en cuanto la campana de la puerta volvió a sonar y vieron entrar a Demian, sus expresiones se transformaron con una mezcla de incredulidad y desconcierto, provocando que al menos Frank se pusiera tenso y en posición a punto de saltar de su lugar en cualquier momento y responder a algún ataque si era necesario. Demian, por su parte, se detuvo al notar todos aquellos ojos desorbitados encima de él, observándolo como si se tratara de una aparición.

—¿…Y a ustedes qué les pasa? ¿Por qué me miran así? —preguntó Demian, alzando una ceja—. Han estado llamándome y yendo a mi casa todos los días a pesar de ni siquiera responderles, pensé que querían verme.

Marianne lanzó una mirada imperiosa hacia los demás, pero estos parecían demasiado impresionados para responder apropiadamente, hasta que fue Mitchell quien finalmente se lanzó a salvar la situación, o al menos intentarlo, levantándose de un brinco y acercándose con movimientos desmesurados.

—¡Pero claro! ¡Qué bueno que te vemos! ¡Por fin te has animado a salir a la calle, respirar el aire fresco! —exclamó Mitchell quizá con un entusiasmo excesivo hasta para él.

—¿Quieres algo de tomar? ¡Ahora mismo te lo traigo! ¡Al jefe lo que pida! —lo secundó Lilith, tratando también de mostrarse exageradamente animada y complaciente, incluso arriesgándose a darle un ligero empujoncito en el hombro para obligarlo a sentarse en uno de los taburetes frente a la barra. Mankee enseguida se incorporó de golpe, apartándose nervioso de la barra y evitando mirarlo a los ojos.

—¿Y-Ya desayunaste? ¿Q-Quieres que te prepare algo? ¡Me aplicaré enseguida a ello! —expuso el tembloroso chico, retrocediendo a la cocina a pesar de estar a punto de tropezar varias veces.

—¿Qué tal va todo, grandulón? ¿Cómo lo estás llevando?

Mitchell se sentó finalmente junto a él, dándole unas palmadas cautelosas en la espalda, y en cuanto Lilith y Mankee volvieron de la cocina con sus respectivos “tributos”, también se desvivieron por mantenerlo distraído y apaciguado, cual si fuera un dios vengativo que pudiera descargar su furia contra ellos en cualquier momento.

Marianne se llevó una mano a la frente para no seguir viendo aquel despliegue de sobreactuación. Estaban realmente poniendo todo su empeño a pesar de que su interés y actuar exacerbado resultara sospechoso. Demian, por supuesto, también lo notó.

—Estoy bien como pueden ver, ya pueden abandonar el acto —espetó Demian y los muchachos intercambiaron miradas alarmadas al pensar que aquello significaba que sabía quiénes eran. Él colocó los brazos sobre la barra y dio un resoplido—. Fue difícil perder a mi padre y, en efecto, decidí cortar comunicación con todos por un tiempo, pero pensé que no podía seguir así, recluido.

—Esa es la excusa más vieja del manual.

El agrio comentario enseguida llamó la atención de todos y sus miradas se posaron en Franktick, que permanecía en el fondo sin cambiar de postura e incluso acentuándola del modo que lo haría un mafioso para mostrarse intimidante. Sus ojos centelleaban mientras miraba fijamente a Demian con actitud retadora, todo lo contrario a los demás, que habían decidido seguir el juego de las apariencias. Los chicos lo miraron con ojos tan abiertos como pelotas de golf y expresiones horrorizadas, tratando de transmitirle de esa forma que mejor se callara y se mantuviera al margen si no deseaba formar parte de ello. Demian, por su parte, entornó los ojos y le dedicó una mirada inquisitiva, como preguntándose qué hacía él ahí e inevitablemente terminó también pasando la vista hacia Samael, que permanecía imperturbable desde su asiento y de igual forma lo observaba con atención.

Tras varios segundos de un tenso silencio, Demian pareció finalmente ignorarlos y volvió el rostro hacia el frente.

—¿Por qué está cerrada la cafetería? Es sábado, se supone que debería estar abierta —formuló como si nada, y Frank resopló, sin creerse por un segundo aquella reacción pasiva.

Mankee balbuceó, tratando de dar alguna respuesta coherente, hasta que fue Marianne la que decidió salir al rescate

—Es nuestra culpa, nosotros le dijimos que no abriera hoy, que se dedicara este día a sí mismo porque… es su cumpleaños —inventó ella con increíble facilidad.

—…Así que hoy cumples años —reiteró Demian, escudriñando el rostro de Mankee.

—S-Sí. No pensaba decirlo, pero… se me escapó y… ya no podía desdecirme —tartamudeó él, sintiendo que sucumbiría a la presión en cualquier momento.

—Felicidades entonces —expresó Demian, a lo que Mankee tan sólo alcanzó a responder con un intento de sonrisa. Ante otro lapso de silencio, Mitchell se sintió obligado de nueva cuenta a romperlo para no despertar sospechas.

—¡Y es por eso que estábamos organizando una fiesta aquí mismo a modo de celebración! ¿Te quedarás a festejar con nosotros?

Las miradas de amonestación que los demás le dedicaron fueron un claro indicativo de que se estaba pasando y él se limitó a encoger los hombros como diciendo “ya ni modo”.

—…Una fiesta. No sé si tenga tiempo para ello —respondió Demian con la mirada fija en sus manos y gesto reflexivo, generando prácticamente una reacción colectiva de alivio por no tener que además organizar un falso festejo.

—Un par de horas, ¿qué más da? No te irás a enclaustrar de nuevo, ¿o sí? —dijo Mitchell como si no tuviera control sobre lo que saliera de su boca con tal de mantener la conversación activa, granjeándole varias miradas asesinas para que se callara.

—…Bueno, quizá un par de horas no me afecten —aceptó Demian finalmente, consiguiendo que los demás se quedaran fríos y sin idea de cómo proceder ahora.

—¡Entonces supongo que será mejor que empiece a encaminarme a comprar el pastel! —declaró Lilith, dando un salto fuera de la barra con expresión de quien no tiene idea de lo que está haciendo.

—No te olvides del dinero que juntamos, se lo dimos a Mitchell, ¿recuerdas? —apuntó Angie desde una de las mesas más cercanas y él las miró confundido, pero en cuanto Lilith entendió, se acercó a él con la mano extendida.

—Es cierto, tú tienes el dinero, suéltalo —exigió Lilith, alzando una ceja y entornando los ojos como diciéndole “tú te lo buscaste”. Mitchell cerró la boca y comenzó a hacer muecas como si estuviera esforzándose por no protestar.

—Claro… Deja saco mi cartera —masculló él, apretando los dientes y forzando una sonrisa mientras se revisaba los bolsillos. Justo entonces otra mano se extendió hacia Lilith sosteniendo unos billetes.

—Que corra por mi cuenta —ofreció Demian, y aunque al principio pareció dudar, finalmente tomó el dinero y le sonrió mientras salía de ahí, consciente de que ahora tendrían que dar una mini fiesta improvisada.

—Y quizá hagan falta también globos y serpentinas —insinuó Mitchell, pareciéndole una oportunidad para salir de ahí y dejar de complicar las cosas.

—Esto es ridículo —murmuró Frank con tono displicente.

—Deberías venir en vez de quejarte. Al menos así serás de utilidad —propuso Mitchell y su primo le echó una mirada altiva, para a continuación ir detrás de él sin protestar con tal de no seguir presenciando todo aquello.

—I-Iré a preparar los platos —decidió Mankee por su lado, viendo la oportunidad también para esfumarse unos minutos.

—Bueno. Supongo que ayudaré al festejado.

Angie fue la siguiente en escapar de aquel silencio incómodo, dejando a los otros tres para que se las arreglaran. Marianne mantuvo su distancia de Demian con creciente ansiedad y notó que Samael no le quitaba la vista de encima, vigilándolo desde su lugar por más que Demian ni siquiera volteaba. Ella le dirigió una mirada cuestionadora, pero el ángel se limitó a mover la cabeza de forma negativa.

—¿Por qué no te sientas? Me desespera verte de pie —sugirió Demian.

—Eh… estoy bien así, gracias —respondió ella, asentando un brazo en la barra, tratando de lucir serena. Demian colocó también una mano sobre ésta en postura impaciente. Se dedicó a repiquetear suavemente los dedos sobre la barra cuando de pronto uno de los saleros acomodados del otro extremo se desplazó hasta quedar bajo su mano como atraído por una fuerza magnética.

Él se quedó observando el salero entre sus manos, sorprendido, y aunque tanto Marianne como Samael alcanzaron a presenciarlo, ella rápidamente viró el rostro desconcertada y fingió no haber visto nada cuando él alzó la vista hacia ella.

—Me pregunto qué tipo de pastel traerá Lilith. Ojalá sea de chocolate, es mi favorito —comentó Marianne por decir cualquier cosa y procurando no mirarlo a los ojos para no mostrar su turbación. Aquello que había hecho era muy parecido a su propia habilidad. Demasiado. Quienes perdían los dones también perdían las características pertenecientes a ese don… ¿significaba eso que ella había perdido sus poderes y ahora él los poseía? Después de todo ahora la totalidad de los dones se encontraban en su interior.

Los dones… estaban dentro de él. Su estómago se hizo un nudo en cuanto cayó en cuenta de ello. Su mirada se topó con la de Samael que parecía pensar lo mismo. En ese instante volvieron Mankee y Angie de la cocina e interrumpieron aquel momento de tensión.

—Aquí traigo unos platos, espero que esté bien el tamaño —dijo Mankee, dejando una pila de pequeños platos en la barra y Angie dejaba los cubiertos a un lado. Al notar lo callados que estaban los tres, se detuvo cauteloso—. ¿Pasa algo?

—…Nada, sólo esperamos a que regresen todos —respondió Demian, apretando el salero y empujándolo de vuelta hacia donde estaba.

No pasó mucho tiempo para que volvieran los demás. Lilith llegó con un pastel de helado de fresas y Mitchell se encargó de darle a todos gorros de fiesta e inflar varios globos rellenos de confeti, como si se tratara de una fiesta infantil. Únicamente fueron Mankee y ellos dos los que acabaron poniéndose los gorros mientras Frank se mantuvo apartado en su esquina y los demás no tenían más remedio que seguir la corriente sin mucho entusiasmo. Incluso cuando encendieron las velas del pastel y comenzaron a cantar el “Feliz cumpleaños”. Lilith desafinó varias veces, pero aún así continuó, intentando inyectarles algo de ánimo a los demás mientras cantaban con voces apagadas. Sin embargo, una de las voces llamó su atención, como si fuera la primera vez que la escucharan, y fueron deteniéndose hasta dedicarle una mirada sorprendida a Demian.

—¿…Qué? —preguntó él al notar que lo observaban.

—Es sólo que… tienes una bonita voz… Realmente bonita —expresó Lilith, intentando sonreír, aunque se veía realmente afectada. Ella también parecía haberse dado cuenta. Demian reaccionó incómodo, se limitó a asentir con la cabeza y apartó la mirada.

—¿Por qué no parten el pastel de una vez? Antes de que el helado empiece a derretirse —sugirió Demian con la intención de desviar la atención de él.

Mankee se apresuró entonces a soplar las velas ante la insistencia de Lilith y se encargó de cortar las rebanadas mientras ella las repartía.

—¿Saben qué animaría más esta fiesta? —dijo Mitchell mientras relamía su tenedor.

—Por favor, no digas que encender la rockola —demandó Marianne, lanzándole una mirada de advertencia.

—No pensaba en eso, pero tampoco es mala idea, ¿siquiera funciona? —replicó él y tras ponerse de pie se acercó a la rockola, colocó una moneda y seleccionó varios botones, resonando enseguida un animado tema sesentero; después se aproximó a uno de los globos que flotaban sobre ellos y con la punta de su tenedor lo reventó, provocando que todo el confeti cayera sobre ellos.

—¡¿Por qué hiciste eso?! —reclamó Marianne, sacudiéndose el cabello, pero Mitchell no se detuvo, pasó hacia el resto de los globos y reventó uno por uno, generando una lluvia de confeti que cayó sobre ellos hasta dejar montoncitos apilados tanto en la barra como en el piso. Luego, sin darles oportunidad siquiera de respirar, tomó un puñado de confeti y lo lanzó hacia ellos, llenándoles las caras de círculos multicolores y echándose a reír, aunque la risa enseguida se esfumó cuando Demian se puso de pie con una expresión tan seria que paralizó a todos.

En cuanto terminó de sacudirse, alzó la vista hacia Mitchell y le dedicó una mirada intensa, obligándolo a pasar un trago con dificultad. En su imaginación ya se veía como el cuarto muerto relacionado con la cafetería, pero de pronto vieron con asombro cómo sus labios se curvaron hacia un lado y de un segundo a otro tomó un puñado de la barra y lo lanzó hacia Mitchell en respuesta. Éste terminó escupiendo confeti.

—¡Guerra de confeti! —gritó Lilith y aquello se transformó de un momento a otro en un pandemonio con todos tratando de ponerse a salvo y a la vez arrojando puñados de confeti a sus contrincantes en medio de una tormenta multicolor, con la música de la rockola de fondo. Samael se limitaba a esquivar los embates lo más que podía sin entender el alboroto que se había armado.

—…Ridículos —gruñó Frank, cruzado de brazos en su esquina, y una oleada de confeti arrojada por Mitchell terminó golpeándolo como arenisca y adhiriéndose a él—. ¡Ahora sí te lo buscaste!

De un santiamén se puso de pie y se unió a la batalla campal que se libraba de todos contra todos. Demian lucía relajado y parecía por fin estarse divirtiendo después de tanto tiempo, pero cuando miró de reojo hacia la calle, descubrió a Ende de pie, observando todo con expresión de condena. Fue sólo cuestión de segundos antes de que desapareciera de ahí y él se detuviera de golpe, seguido de los demás de forma inmediata. Extrañados, miraron en la misma dirección que él, pero no vieron nada fuera de lugar.

—…Tengo que irme —repuso él en cuanto salió de su ensimismamiento. Se sacudió todo el confeti que pudo y se dirigió a la puerta—. Gracias por esto. Lo necesitaba.

—¿…Te volveremos a ver? —preguntó Marianne con incertidumbre y él la miró sorprendido por su pregunta. Ella intentó rectificar al notar lo ansiosa que había sonado—. Es decir… no te volverás a recluir como has hecho últimamente… ¿verdad?

—…No es mi intención. Supongo que lo comprobarán pronto —respondió él con una media sonrisa antes de salir de ahí, dejando a todos como si hubieran reventado la burbuja en la que se encontraban y aterrizaran en la tierra. No les tomó más de unos segundos en cuanto vieron su auto alejarse para regresar a la realidad.

—¿…Y bien? ¿Qué es lo que piensan? —preguntó Marianne, intentando mantenerse controlada ante aquella inesperada situación.

—¿Lo ven? ¡Yo sabía que no podía ser malo ni estar en nuestra contra! —opinó Mitchell con gesto convencido y sin molestarse en quitarse el confeti que tenía pegado en la mitad de la cara en forma de manotazo—. Ayer simplemente estaba confundido, no tenía idea de qué estaba pasando. Ya hoy debe tener las cosas más en claro.

—¡Por favor, claramente estaba fingiendo! Intenta hacernos creer que no existe peligro para que cuando menos lo esperemos, ¡zaz! Nos agarra desprevenidos —dijo Franktick, quitándose el confeti que se le había quedado pegado en la palma de las manos.

—¡Sólo lo dices porque nunca te ha caído bien!

—Lo digo porque no me ciego a la realidad como ustedes, que están dejando que su previa amistad con él influya en su percepción.

—Pero tampoco podemos ser tan desconfiados.

—¿Tú qué dices? —preguntó Marianne en dirección a Samael, que permanecía meditabundo, escuchando las opiniones de los demás.

—Simplemente que no hay que descartar ninguna posibilidad. Sin embargo, estuve atento a él todo el tiempo que estuvo aquí… y seguí percibiendo aquella misma energía negativa que capté ayer —aseveró Samael con la mayor seriedad que le era posible—. Lo que proyecta a los demás dista mucho de la energía que fluye a su alrededor. Además… hay algo que aún no les he dicho. Un nuevo conocimiento que obtuve recientemente. —Todos hicieron silencio y prestaron total atención a sus palabras—. Les he dicho ya sobre Dark Angel y que él siendo su hijo es el único que puede ayudar a despertarlo de su letargo… lo que aún no les he dicho es cómo se supone que hará eso.

—¿De qué forma? —musitó Lilith casi como si no quisiera saber la respuesta. La pausa de Samael se les antojó aún más angustiosa que antes.

—…Debe matar a los Angel Warriors —reveló finalmente, dejándolos mudos por varios segundos.

Marianne se mantuvo callada y con gesto inexpresivo a pesar de que por dentro ya sentía que su estómago se revolvía. Varias imágenes como destellos comenzaron a cruzar por su mente, quizá fragmentos de algún sueño olvidado, donde sus amigos comenzaban a caer uno por uno tras ser envueltos por una sombra, que luego la perseguía y terminaba también cubriéndola por completo.

—No sé cómo, sólo sé que de alguna forma nuestra sangre es necesaria para hacerlo despertar, y él siendo su heredero es el único que puede hacer tal cosa… por eso Hollow tuvo que frenarse varias veces cuando tuvo oportunidad de matarnos, lo tenía prohibido.

—Pero… eso no quiere decir que él vaya a hacer tal cosa —comentó Mitchell, negándose a creerlo—. Después de todo estuvo aquí con nosotros y no hizo nada.

—Porque no sabe quiénes somos en realidad, tonto, ¿no es obvio? —intervino Franktick, totalmente convencido de las palabras de Samael—. Si lo supiera seguramente la historia sería otra. Además, no hay que perder de vista un detalle muy importante que se les está olvidando… él posee ahora todos los dones. Y eso incluye los nuestros.

Hasta Lilith se sintió impelida a bajar la vista en cuanto tocaron aquel punto. Mitchell no tuvo forma de refutar aquel argumento y Marianne alzó la vista para observar a todos y cada uno, que en ese momento tenían la expresión de quien no desea hacer algo, pero no ve más salida que realizarlo. La resignación total.

—¿…Es en serio? ¿Después de lo de hoy, después de que se mostrara deseoso por volver a su vida de antes, piensan aún así visualizarlo como nuestro enemigo? —espetó Marianne con un dejo de indignación—. ¡Él ni siquiera tenía idea de que lo buscaban, no pueden culparlo por ser algo que no pidió ser! ¡Somos sus amigos!

—…Eso no quita que tenga algo que nos pertenece.

—¡Pues nos los devolverá! ¡No por eso tenemos que considerarlo un enemigo! —replicó Marianne, pero al ver que nadie respondía, se dio la vuelta y marchó a la puerta—… Me voy a casa.

—Espera.

Samael fue tras ella mientras los demás permanecían en medio del comedor en silencio y alicaídos, con el confeti cayendo de todos lados.

En cuanto Demian arrancó el auto y había avanzado una calle, Ende apareció en el asiento copiloto, aunque él ni se inmutó, simplemente continuó manejando.

—¿Qué hacías con esos humanos, amo? ¿Aún no te das cuenta de que no existe ningún lazo que te una a ellos? No es más que una raza inferior con la que ya no tienes que volver a mezclarte… y esa apariencia tampoco es digna de ti.

—Eso lo decido yo. Lo que haga con ellos no es de tu incumbencia, además… no quiero que me estés espiando —demandó él sin dirigirle una mirada, aunque visiblemente molesto.

—Soy tu sombra, amo. Tengo que seguirte a donde vayas, además de asegurarme de que tengas muy en claro cuáles son tus responsabilidades como heredero de la Legión de la Oscuridad.

—¿Y ésas son…?

—La más importante en este momento es simple: matar a los Angel Warriors.

Demian no respondió ni pareció tener reacción alguna, continuó con la vista pendiente del camino con expresión inescrutable.

—¿Qué pasa si no lo hago?

El demonio le dedicó una mirada perpleja.

—¡No es una opción, amo! ¡Tienes que hacerlo! ¡Es la única forma en que tu padre despertará!

—¿Si te parece tan importante por qué no lo haces tú mismo?

—¡No puedo! ¡Tiene que ser el heredero! ¡Tú llevas la sangre del Amo Dark Angel, tú debes hacerlo! —aseguró con tono escandalizado y de pronto Demian frenó de golpe y volteó hacia él con expresión sombría e intimidante.

—…No me digas lo que tengo que hacer —expresó con un matiz de peligro en su voz. Ende lo observó algo temeroso, pero aun así se mantuvo firme.

—Lo siento, amo. Aunque no te agrade, es mi deber mantenerte enfocado. Los Angel Warriors deben morir para que tu padre despierte.

—¿Y cómo se supone que ocurrirá eso?

—Es un ritual de sangre. Sólo debes matarlos y el resto se desenvolverá por sí solo.

—¿Y qué seguirá en cuanto él despierte?

Ende esbozó una sonrisa al sentir que estaba cobrando genuino interés.

—…Con tu ayuda gobernará todos los planos.

Demian contrajo el entrecejo al escuchar esto. No entendía lo que significaba, ¿de qué forma podría él ayudarlo a gobernar “otros planos”? Ni siquiera tenía idea de a qué se refería con esa frase.

—…Así que tengo que matar a los Angel Warriors.

—Así es —Su sonrisa era aún más confiada—. Y para eso… hay que atraerlos.

Apenas dijo esto, desapareció en medio de una nube de humo.

Demian miró a su alrededor, preguntándose a dónde podía haberse ido tan de repente, aunque su duda fue respondida en los segundos siguientes cuando de pronto escuchó un estallido más adelante en el centro de la ciudad, seguido de gritos y gente huyendo desde esa dirección. Supo de inmediato lo que eso significaba, apretó la guía y dio un resoplido a la vez que tensaba su cuerpo a voluntad. Su piel comenzó a despigmentarse y el armazón oscuro volvió a cubrirlo en cuestión de segundos. Miró su reflejo por el retrovisor y aunque mantuvo su expresión impasible, por dentro seguía dejándole una impresión inexplicable. A continuación, desapareció también con una explosión de humo, dejando el auto parado en medio de la calle.

—Marianne, aguarda —le pidió Samael, siguiéndola calle arriba.

—Sé lo que vas a decirme y en serio que no estoy de humor. Tal vez tú o Frank le consideren peligroso, pero yo lo he visto en su momento más vulnerable y estoy convencida de que no es como esos demonios a los que hemos enfrentado.

—…Pero no deja de ser un demonio —señaló él y Marianne se detuvo y le plantó cara.

—Tú lo que tienes es un estigma con todo lo que tenga que ver con los demonios, ocurrió con Ashelow a pesar de haber sido humano y seguramente con Frank hubiera sido lo mismo de no haberte dado cuenta de que era uno de nosotros —replicó Marianne a voz de reclamo y él no pudo evitar bajar la mirada.

—…Lo siento, así es como me crearon. Soy un ángel, está en mi naturaleza el no confiar en los demonios. Pero entiende mi posición, mi deber es protegerte y guiar a los demás, ¿cómo se supone que debería actuar cuando he recibido en sueños el aviso de que el heredero de la Legión de la Oscuridad debe matar a los Angel Warriors? Yo soy lo de menos, no soy más que un guardián, un mero protector, pero ustedes…

—Tampoco digas eso. Después de todo ¿qué haríamos sin ti? El punto es que ya lo están satanizando y ni siquiera ha hecho nada que demuestre que es un peligro, ¿no deberíamos al menos darle el beneficio de la duda? Después de todo hoy se comportó… normal —hizo una breve pausa, como si dudara por un instante de su selección de palabras.

Ciertamente después de descubrir la noche anterior que era un demonio, las expectativas que se habían construido con respecto a él eran alejadas de lo que habían presenciado recientemente, pero no por eso podían considerar su comportamiento idéntico al del antiguo Demian, había algo más cauteloso y reservado en él, como si estuviera intentando emularse a sí mismo.

—¿Cómo es que te lo encontraste? —preguntó Samael.

—El hospital. Pasé por el área de juegos infantiles y ahí apareció él. Por un momento me puse nerviosa, pero luego se comportó… como siempre. No sabía qué pensar… pero si hubiera querido atacarme, tuvo suficiente oportunidad cuando me subí a su auto, así que por eso pienso que las cosas… no tienen que ser como supones.

—¿Qué estabas pensando al subirte a su auto? ¿Te das cuenta del riesgo que corriste? —le espetó Samael y ella giró los ojos, esperándose aquella reacción de su parte.

—Tranquilo. Estoy bien, ¿ves? Sigo viva e intacta. Si hubiera estado en verdadero peligro habrías aparecido, ¿no? Es lo que siempre dices.

—Así es, pero… lo normal es que hubiera percibido aquella sensación de temor cuando lo viste primero y no tenías idea de sus intenciones… sin embargo, no capté nada —comentó Samael, llevándose la mano a la barbilla en posición meditabunda—. Es como… si su presencia te bloqueara por completo de mi radar.

—¿Eso qué significa?

Samael meneó la cabeza, pensativo, y fue en ese momento en que escucharon la explosión varias calles más adelante en dirección al centro. Ambos intercambiaron miradas de alarma, él porque ya suponía que algo así terminaría pasando tarde o temprano, ella porque eso significaba que el beneficio de la duda estaba, de hecho, poniéndose en duda.

—Regresemos por los demás para ver qué ocurre.

Marianne asintió sin habla. En ese momento no había nada qué decir. Ambos corrieron de vuelta a la cafetería mientras que, en la avenida principal, Ende se dedicaba a causar destrozos a diestra y siniestra, provocando que los autos colisionaran, prendiéndoles fuego con el impacto de varias esferas de poder. La gente dejaba lo que fuera que estuvieran haciendo y huían despavoridas de la escena. Ni siquiera la policía podía hacer gran cosa, pues a pesar de haber enviado al escuadrón entero para hacerle frente a aquella amenaza, liderados por el tenaz oficial Perry, éstos no habían logrado acercarse siquiera, rechazados constantemente por unas poderosas ondas de energía que continuaba arrojándolos una y otra vez, y cada que optaban por hacer uso de las armas desde una distancia segura, las balas ni siquiera alcanzaban su blanco, terminaban topando contra una pared invisible o en el peor de los casos, regresándoseles. Aquello era un verdadero caos.

—¿Qué te propones con esto? —Demian apareció junto a él. Ni siquiera parecía inmutarse ante lo que estaba ocurriendo, era como si la situación le resultara indiferente.

—Sólo intento atraer a los Angel Warriors. No tardarán en aparecer y podrás cumplir tu misión —respondió Ende, claramente disfrutando del momento. Demian no respondió nada y el demonio le dirigió una mirada aguda—. ¿Quieres intentarlo?

Por la forma en que señaló con la cabeza hacia el frente, entendió que se refería a propagar el caos tal y como él estaba haciendo.

—…Me parece que no necesitas de mi ayuda para eso —respondió, limitándose a cruzarse de brazos con talante impertérrito. El demonio sonrió sin dejar en ningún momento de atacar a todos.

—Créeme, amo, una vez que pruebes esta sensación, no podrás dejarla. Resulta liberador el no tener límites —expuso él casi con voz hipnótica, como si intentara meterse en su cabeza—. Apuesto a que te sentiste satisfecho al matar a Hollow, incluso eufórico. ¿No sentiste la adrenalina hirviendo dentro de ti? Tienes la oscuridad en el interior. Lo llevas en la sangre después de todo, el mal.

Demian fue poniéndose cada vez más tenso ante aquellas palabras hasta acabar extendiendo el brazo y arrojando un poder de la mano que hizo estallar una de las patrullas, obligando a los policías alrededor a ponerse a cubierto. Demian ni se inmutó.

—¿Lo ves? Sólo necesitas la motivación adecuada —sostuvo su sirviente, tomando aquella reacción como un pequeño empujón mientras Demian bajaba el brazo lentamente sin cambiar aquel gesto impasible—. Un demonio en toda regla.

Demian apretó las manos, no como un mecanismo de represión, sino como una forma de aceptar que efectivamente había sentido una especie de gozo ante aquel ataque. Quizá poseía una oscuridad mayor de la que se imaginaba.

Los chicos observaban conmocionados aquel escenario que parecía sacado del apocalipsis, hasta acabar posando las miradas sobre Ende y, por lo tanto, sobre Demian, de pie junto a él.

—¡Los Angel Warriors! ¡Por fin aparecieron! —exclamó el demonio con una sonrisa que parecía cortada de oreja a oreja—. Adelante, amo, es tu oportunidad. ¡Acaba con ellos!

Los chicos miraron enseguida a Demian, a la expectativa; éste se limitó a observarlos fijamente de forma analítica. Su rostro se mantuvo inalterable hasta que al final se dio la vuelta y comenzó a marcharse.

—No haré lo que me pidas, yo soy quien decide. Me voy.

—¡Amo! —La mueca que Ende hizo en ese momento resultó tan pronunciada que parecía que se le saldrían los globos oculares de las cuencas.

Los chicos, por otro lado, intercambiaron miradas sorprendidas, sin idea de qué pensar sobre ello, hasta que Marianne decidió avanzar varios pasos hacia el frente.

—¿Eso significa que no eres nuestro enemigo? —preguntó ella con reservas, pero aun así esperanzada y Demian detuvo su marcha.

—…No hiciste nada por él —enunció él sin voltear siquiera.

—¿Qué?

Demian entonces giró el rostro y le dedicó una mirada sombría. Marianne sintió una punzada que la estremeció. De la impresión no alcanzó a reaccionar cuando él extendió el brazo en dirección a ella y una potente ráfaga la embistió, arrojándola al suelo y empujándola por el asfalto varios metros hacia atrás.

—¡Eso es! ¡Ahora es el momento! —exclamó Ende más animado al ver el repentino cambio de opinión de su amo.

—¡Les dije! ¡Sabía que era peligroso y no me hicieron caso! —exclamó Franktick—. ¡Si ustedes no piensan hacer algo al respecto, yo sí! —Dio unos pasos al frente y al golpear el piso, del asfalto se formó un enorme montículo que fue desplazándose como una ola en dirección a Demian y aquel demonio. Demian contempló aquella ola de asfalto aproximarse y esperó que se acercara lo suficiente para estirar el brazo nuevamente hacia adelante con la palma abierta y la ola terminó refrenándose hasta detenerse a unos centímetros, quedando un enorme montículo en pausa que de pronto volvió a coger impulso y se regresó con la misma fuerza hacia los demás—. ¿Pero qué…?

Esta vez, Samael se apresuró a colocarse delante de todos y formar una barrera de protección que, aunque alcanzó a detener el ataque, igual no pudo evitar que la fuerza del impacto los impeliera al menos media calle hacia atrás. Demian bajó el brazo con el rostro completamente inexpresivo, y de la misma forma se dio la media vuelta para continuar su camino, desapareciendo sin decir una sola palabra. Ende se veía frustrado, pero también parecía convencido de que aquello había sido un pequeño paso adelante en la dirección correcta. Miró a los chicos con arrogancia y desapareció.

—¿Están bien todos? ¿Marianne? —preguntó Samael, poniendo toda su atención en los demás por si habían resultado heridos, pero todos parecían demasiado impresionados para responder.

Marianne, por su parte, lucía conmocionada. En su mente no veía nada más que lo que aquellos ojos azules le habían transmitido al mirarla: un profundo odio.


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