CAPÍTULO 37

37. DESAPARICIÓN NECESARIA

Es de madrugada y, como es de esperarse, el pasillo está en penumbras, iluminado únicamente por la tenue luz de luna que entra por los enormes ventanales que rodean cada ala de la casa. El ambiente es silencioso, tan sólo el tictac del reloj de fondo acompasa sus lentos y sigilosos pasos mientras avanza a lo largo del corredor hasta llegar a una habitación de puerta doble, donde, tras accionar ambas manijas, entra también a oscuras, pero con la luminiscencia de la enorme luna llena más allá del balcón, cuyas puertas también están abiertas de par en par. Una suave brisa entra a través de ellas, haciendo que las cortinas vuelen de forma casi etérea, vislumbrándose a través de ellas una figura de pie en el balcón, de espaldas.

Se adentra en la habitación con aquel mismo paso lento y tambaleante, acercándose a aquella presencia que parece admirar el paisaje nocturno desde su posición privilegiada; su propio palco privado con vista al aire libre, con el viento jugando con su largo cabello como con las cortinas. El sonido de sus pasos cada vez más cercanos termina por alertar a la estilizada figura, que se da la vuelta con curiosidad. Sus deslumbrantes ojos topacio le observan extrañados hasta que esboza una afectuosa sonrisa y se inclina ligeramente hacia adelante, dejando que su sedoso cabello castaño le caiga como cascada sobre los hombros.

—¿Qué haces despierto a esta hora, cielo? Deberías estar dormido.

No hay respuesta. La mujer inclina la cabeza de un lado y vuelve a sonreír con dulzura, pero esto no parece funcionar. Suspira sin borrar aquel gentil gesto de su rostro y da un paso hacia el frente con la intención de acercarse.

—Vamos, querido, te llevaré de vuelta a la cama.

Sin embargo, en cuanto intenta tomarlo del brazo, se detiene de pronto como si se hubiera congelado. Lentamente la sonrisa de su rostro comienza a borrarse dando paso a un confuso gesto de turbación, que por más que intenta ocultar, resulta imposible. Sus extremidades han quedado rígidas e inmóviles, y aunque trata de enderezarse y retroceder, tampoco le es posible.

—¿…Demian? —enuncia con voz trémula y ojos aterrados, sin saber que ésa sería la última palabra que pronunciaría.

Como absorbida por una fuerza invisible, su cuerpo sale expulsado por el balcón, desapareciendo de su vista al instante. Todo regresa a la calma entonces. Por unos segundos se queda ahí parado, sintiendo la fresca brisa nocturna hasta que sus pies desnudos se ponen en marcha de nuevo. Se acerca con el mismo paso vacilante hacia el balcón y se detiene ante la balaustrada, apoyándose de la baranda y poniéndose ligeramente de puntillas para poder mirar mejor. Ahí debajo están aquellos ojos topacio mirándolo fijamente, apagados y sin vida, y el cuerpo inerte al que pertenecían va tiñendo de rojo el pasto del jardín.

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Demian abrió los ojos de golpe en ese momento. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba de vuelta en su habitación. Dejó caer la cabeza sobre la almohada, llevándose las manos a la frente. De nuevo aquellas imágenes. Desde el instante en que se había producido su transformación, o despertar, como quisieran verle, había estado teniendo aquellos fragmentos de recuerdos que estaban sellados en él. Recuerdos de los momentos que hasta entonces constituían un vacío en su memoria cada vez que dormía, pero ahora se habían liberado. Y no había sido nada agradable.

La primera vez que había caído en cuenta de la verdad fue cuando su cuerpo entró en aquel estado de transición y el dolor físico resultaba insoportable; pero nada comparado con enterarse que él había sido el responsable de la muerte de su madre.

Había ocurrido precisamente durante uno de esos lapsos en que caminaba dormido, de los cuales no tenía idea alguna hasta que Marianne se lo hizo notar en el campamento. Por ello era que le hacían tomar esas pastillas para dormir, para que no cayera en uno de esos estados en que no tenía control sobre sí mismo… o quizá en realidad ése era el momento en que mostraba su verdadera naturaleza: un demonio sin compasión.

Se incorporó hasta quedar sentado en la cama y se cubrió la cara con ambas manos mientras jadeaba como si le faltara la respiración. El pensar nuevamente en el rostro de su madre con sus ojos apagados e inertes bajo el balcón le provocaba un escalofrío. Se había quedado ahí de pie por mucho tiempo hasta que había tomado conciencia y su primer recuerdo al despertar ese día habían sido esos ojos mirándolo fijamente. La impresión lo había dejado paralizado. Fue entonces que su padre entró a la habitación al regresar de su último viaje, y lo encontró ahí en estado de shock, tras lo cual no volvió a hablar por un par de meses. Su padre nunca lo demostró en su trato, pero ahora estaba seguro de que sabía que él había sido el responsable, por eso le insistía tanto en tomar aquellas pastillas, para protegerlo de sí mismo… para proteger lo que quedaba de su familia. Ahora entendía por qué había enviado a su hermana a estudiar al extranjero justo después de la muerte de su madre, por precaución, para que ella no corriera peligro si él volvía a caer en uno de esos lapsos. La sola idea de que su padre estuviera consciente de lo que él era capaz aún cuando no tenía idea de su verdadera naturaleza le enfermaba.

Entonces así eran las cosas. A veces no recordaba soñar porque, o estaba bajo la influencia de aquellas pastillas, o su verdadero ser tomaba control de él cuando dormía sin haberlas ingerido. Y los trastornos del sueño que supuestamente padecía se trataban de fragmentos de recuerdos de su breve estancia en la Legión de la Oscuridad, así como sus propias acciones cuando caía en aquel trance demoníaco. Su vida hasta entonces no había sido más que una cáscara de la que acababa de eclosionar. De pronto le entraron ganas de reír ante todo ello. Se había esforzado tanto por hacer las cosas bien, por mantenerse siempre ocupado, ¿sería acaso alguna forma inconsciente de mantener a raya al demonio que llevaba dentro?

—¿Sigues aquí, amo? —Ende apareció frente a él, observándolo con aire de censura por decidir quedarse en ese lugar en vez de volver a la Legión de la Oscuridad.

—Y aquí seguiré hasta que termine con lo que necesito hacer —respondió él, poniéndose de pie y dirigiéndose al armario para sacar su ropa.

—Espero que eso sea el eliminar a los Angel Warriors —repuso el demonio, pero Demian no respondió nada mientras seleccionaba lo que se pondría ese día—. Amo, es en serio, tienes que acabar con ellos. No puedes simplemente ignorar el deber que como heredero de la Legión de la Oscuridad tienes por delante.

—Y lo haré en su momento, ¿sí? Por ahora tengo otras cosas en mente, ellos pueden esperar, no representan ningún peligro.

—Subestimarlos no es la mejor opción, hay que eliminarlos antes de que causen más problemas —refutó aquél, tratando de mostrarse paciente con él.

—Dime una cosa —inquirió Demian, ignorando por completo su insistencia—, ¿cualquiera de la Legión de la Oscuridad es capaz de encontrarme donde sea que esté?

—Al menos cuando estás en tu verdadera forma, amo —respondió Ende, extrañado de su pregunta—. Esa forma humana sirvió para ocultarte, y aún ahora puede bloquear cualquier rastreo. La única razón de que yo pueda seguirte a pesar de todo es porque soy tu sombra y ahora conozco tu identidad.

—…Bien —respondió secamente, sin añadir nada más. Colocó la ropa que había seleccionado en la cama y se dispuso a cambiarse, pero antes de quitarse la camisa, le dirigió una mirada a Ende al ver que no se movía de su lugar—. Si no tienes nada más que decirme, puedes retirarte, no necesito que me estés vigilando las 24 horas del día.

El demonio se enderezó con talante airado y tras soltar un bufido, desapareció de ahí tal y como le había ordenado. Demian aprovechó ese momento para sentarse en la orilla de la cama y apoyar los brazos en las rodillas en postura reflexiva. Lo cierto era que tenía muy en claro que ya no pertenecía al mundo humano, o mejor dicho jamás había pertenecido, pero tampoco podía fiarse de la Legión de la Oscuridad, después de todo, alguien había intentado asesinarlo al nacer, de eso estaba seguro y podía apostar también que aquella sombra estaba involucrada de alguna forma en su desaparición.

—…Otro día de búsqueda —murmuró, poniéndose de nuevo de pie para vestirse.

Después del repentino ataque en el centro de la ciudad, los chicos habían tenido que realizar una reunión de emergencia en casa de Lucianne. Acordaron por fin, aunque con algo de reluctancia, que efectivamente Demian representaba un peligro para ellos como Angel Warriors y debían irse con cuidado. Sin embargo, y dadas las inusuales circunstancias actuales, decidieron también que debían seguir comportándose normal ante él en el caso de que volviera a acudir a ellos, esto para tenerlo de cierta forma vigilado.

—No sé si pueda. La presión es demasiada para mí —había dicho Mankee sin estar convencido.

—Ninguno de nosotros se siente a gusto con esta situación, imagínate yo que tendría que bromear con él como siempre e incluso portarme impertinente para que no sospeche. Esas cosas no salen bien si no es al natural —le había replicado Mitchell igual de preocupado, aunque dispuesto a hacer su parte como habían quedado.

Marianne, sin embargo, no se sentía a gusto con aquellos planes y decisiones que estaban tomando. Sentía que engañar de esa forma a Demian era algo muy cruel. Aunque por otra parte tampoco era como si pudiera negarse, después de todo eran sus vidas las que estaban en riesgo, pero no por eso pensaba prestarse a fingir ante él en ser “la misma de siempre” (lo cual, según podía recordar, incluía discusiones, malas caras y algunos desagradables encontronazos). No, aquello no funcionaría con ella. Quizá lo mejor sería simplemente… evitarlo, si es que se lo volvía a topar alguna vez.

—¿Por qué te pesan tanto los planes? —preguntó de pronto Samael pasada la media noche y Marianne abrió los ojos de su de por sí actual insomnio, se asomó en la orilla de la cama y lo vio sentado en el suelo con la espalda apoyada en el colchón como solía hacer algunas veces—. ¿Qué preferirías? ¿Que le declaremos la guerra abiertamente y de esa forma sepa también nuestras identidades?

—…No lo sé. Preferiría que no hubiera guerra en absoluto —respondió Marianne, dejando caer la cabeza nuevamente en la almohada, sin ánimos de discutir.

—Tú misma has visto que eso es imposible. Intentó hacerte daño…

—No lo hizo. Me arrojó, de acuerdo, pero no me hirió —replicó ella.

—…Y nos devolvió el ataque de Frank.

—Respondió un ataque con otro ataque, eso fue lo que ocurrió.

—¿Lo estás justificando? —la cuestionó él con gesto confundido.

—No, yo… sólo… intento ponerme en su lugar —respondió, tomándole por sorpresa su pregunta, como si no se hubiera puesto a pensar realmente en los motivos que la llevaran a defender las recientes acciones de Demian—. ¿Tú qué harías si de repente yo resultara ser un demonio? ¿Igual me darías la espalda y tratarías de eliminarme?

—¿…Qué clase de pregunta es ésa? ¡No podría siquiera pensarlo!

—Pero supongamos por un momento que lo fuera, ¿eso cambiaría algo para ti? ¿Aún así me protegerías?

Samael se quedó callado, aquel ejercicio de suposiciones era demasiado para él, contradecía todos sus conocimientos y obligaciones.

—…Entiendo. Un ángel, guardián de un demonio, sería algo impensable. Supongo entonces que, si yo lo fuera, las cosas cambiarían.

—Es injusto que me pongas en esta posición. El terreno de las suposiciones es demasiado amplio e inexplorado. ¿Quieres saber lo que yo haría? Pues no lo sé, no tengo idea, ni siquiera ha pasado por mi mente algo así, pues como has dicho es impensable.

—Bien. Entonces ya sabes cómo me siento —replicó ella, dando por terminada aquella conversación. Samael inclinó la cabeza hacia atrás, apoyando la nuca en el colchón, y dio un suspiro.

—Esto no nos llevará a nada por hoy. Te dejaré dormir —finalizó él, poniéndose de pie—. He decidido, por cierto, que a partir de mañana regresamos al campo a entrenar.

—¿Te refieres al campamento?

—Tenemos que estar preparados para todo… y eso incluye un enfrentamiento con Demian. —Marianne apretó la boca e hizo una leve mueca al escucharlo—. Buenas noches.

Y desapareció en medio de un fulgor. Ella permaneció boca arriba, con la vista fija en el techo, pensando que nuevamente le ganaría el insomnio, aunque el cansancio esta vez pudo más que su intranquilidad y varios minutos después quedó profundamente dormida.

Fue finalmente su celular el que acabó despertándola por la mañana. De un manotazo lo cogió del buró y lo acercó hacia su rostro mientras se frotaba los ojos para ver bien la pantalla. Eran las 9 de la mañana y la llamada entrante era de su padre. Eso significaba que no estaba en casa. Contestó con un balbuceo poco entendible y su padre se disculpó primero por haberla despertado para a continuación explicarle que Loui y él habían ido al hospital de visita.

—…Por la prisa olvidamos las llaves de la casa, ¿podrías traérnoslas? Sé que luego sales y no queremos arriesgarnos a que no estés cuando regresemos.

—…Sí, de acuerdo, ya se las llevo —tuvo que recordarse el responder en vez de asentir con la cabeza.

Decidió dejarle una nota a Samael, tomó las llaves del colgante de la sala y se dispuso a salir de ahí. Había tenido ya suficiente tiempo para espabilar y ahora no podía dejar de pensar en el ataque. Si bien era cierto que físicamente no le había hecho daño al arrojarla (gracias sin duda a la protección de la armadura), no podía quitarse de la cabeza aquella mirada cargada de odio de Demian. Y lo que había dicho… ¿qué se supone que significaba? Quizá Samael tuviera razón en querer retomar los entrenamientos al aire libre, pero más que para un enfrentamiento con Demian, ella sentía que debían enfocarse en el demonio que lo seguía como sombra, quizá él estuviera influyendo en su actuar, ¿no había un dicho popular de que todos tienen un ángel en un hombro y un demonio en el otro diciéndoles qué hacer? Tal vez si se deshacían de aquel demonio, entonces podrían hablar de forma civilizada con él como Angel Warriors.

No dejaba de pensar en esto cuando llegó a las puertas del hospital. Las tenía ya entreabiertas cuando vio con sorpresa que Demian estaba en recepción, hablando con una de las enfermeras de guardia y que al parecer ya habían acabado pues la mujer se daba media vuelta y se marchaba. Desconcertada, ella también se dio la vuelta, temiendo que pudiera verla, así que decidió regresar sobre sus pasos e intentar entrar por otro lado, pero más tardó en decidirse a caminar que él en mirar hacia la puerta y descubrirla justo cuando estaba por cerrarla de nuevo.

—¿…Marianne? —En cuanto lo escuchó llamarla por su nombre, sintió que sus articulaciones se ponían rígidas, mientras que él ya abría la puerta a sus espaldas—. ¿Ibas a algún lado?

—N-No, yo sólo… creí que se me habían caído las llaves, pero ya las encontré —ella sacó enseguida las llaves de su bolsillo—… Mi padre me pidió que se las trajera.

—Menos mal. Comenzaba a pensar nuevamente que me estabas acosando —comentó él con una sonrisa relajada, y aunque ella sabía que era broma y que antes hubiera hecho algún comentario sarcástico, en ese instante no pudo pensar en nada, así que simplemente se quedó callada, lo cual llamó la atención de Demian—… ¿Pasa algo?

—¡…No! Sólo… creo que todavía sigo medio dormida. Al rato se me pasará.

Medio dormida y medio dolida aún por la forma en que la había arrojado el día anterior, pero no tenía forma de saber que ella era una Angel Warrior, así que trató de decir algo más para que no sospechara.

—¿Y tú… qué haces de nuevo por aquí?

—Quería saber si en el hospital conservan copias de los registros médicos, pero al parecer no, así que… tendré que hacerme a la idea de que lo he perdido.

De nuevo el famoso registro médico. Si no se equivocaba, el suyo debía estar en uno de los bolsillos de su chamarra, pero con lo que había ocurrido en las últimas horas no había tenido oportunidad de verificarlo. ¿Por qué tanta insistencia en ello? ¿No ya conocía su procedencia? ¿Qué más misterios podían desvelar unas hojas de papel?

—Pensaba ir por algo de comer después de esto —continuó Demian—. Siento como si no hubiera probado bocado en días. —Lo cual, sin contar lo de la cafetería, era cierto.

Marianne quiso decir algo, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por el repentino gruñir de su estómago, que tampoco había probado bocado desde el día anterior. Demian arqueó una ceja al escucharlo y no pudo reprimir una sonrisa.

—…Parece que alguien piensa igual —agregó él con tono divertido y ella enseguida enrojeció, rodeándose el estómago con un cruzar de brazos—. Hay un pequeño café cruzando la avenida donde hacen unos waffles deliciosos… ¿vienes?

La indignación contra su inoportuno estómago quedó de inmediato opacada por su sorpresa. ¿Acaso la estaba invitando? Se le hizo un nudo en la garganta y trató de buscar algún pretexto para excusarse, pero el único sonido que salió de ella fue otro gruñido estomacal. Estúpido cuerpo humano y sus funciones orgánicas. Demian volvió a esbozar una sonrisa que intentó contener para que no pareciera de burla.

—Creo que tu estómago acaba de responder por ti.

Y que lo dijera. Cuando se dio cuenta ya estaba sentada en una mesa al aire libre, contemplando un plato de waffles repleto de fresas y otras frutas de la temporada además del jarabe de chocolate encima, y Demian enfrente de ella, devorando de buena gana los suyos, cubiertos con una sencilla capa de miel de maple. La fachada del café era colorida, con una terraza techada al frente para quienes prefirieran sentarse al exterior. No era muy extensa, pero el decorado le daba un aspecto acogedor.

—¿No vas a comer? Me parece que de verdad tenías hambre, y estos waffles saben mejor mientras aún están calientes.

Ella no respondió, pero procuró coger los cubiertos y comenzar a cortar porciones con tal de evitarse el embrollo que tenía en su cabeza en ese momento. Demian notó su gesto ausente y arqueó levemente una ceja.

—¿…De verdad está todo bien?

—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —reiteró ella, llevándose a la boca una porción de waffle con sus respectivas frutas rezumando en su jugo y chorreando de chocolate para así acallar por fin el alboroto que tenía en el estómago. Demian siguió contemplándola con aire inquisitivo hasta que acabó por asentar los cubiertos en la mesa y descansar los brazos en la orilla.

—¿…Acaso hice o dije algo que te haya ofendido?

Marianne alzó la vista desconcertada, con el tenedor aún asomando en su boca.

—N-No, claro que no —masculló ella, cubriéndose la boca con la mano e intentando no atragantarse.

—Es que te noto distinta últimamente. Entiendo que después de… lo de mi padre hayas estado inusualmente más amable conmigo, incluso cuando no estaba de humor para nadie… pero intento dejar todo eso atrás y seguir adelante. Si yo puedo hacer eso, estoy seguro que tú también puedes hacer de lado tus consideraciones y tratarme como siempre.

—¡No es que esté siendo especialmente considerada contigo! —protestó Marianne con tono urgente e inquieto, colocando las manos sobre la mesa en postura rígida—. ¿No te has puesto a pensar que quizá tenga otras cosas de qué preocuparme? ¡Además, yo siento que sigo siendo la misma… lo que es más de lo que podría decirse de ti!

No moduló el volumen de su voz, de modo que terminó llamando la atención de las mesas más cercanas y ella calló en cuanto se dio cuenta.

Demian le dedicó una mirada insondable por unos segundos, haciéndole pensar que ahora sí que había logrado enfadarlo, y aunque intentó mantenerse firme, por dentro ya se preparaba para cualquier cosa. Fue entonces que él sonrió.

—…Ahora sí que suenas como la de siempre.

Ella parpadeó con rostro perplejo. De nuevo la sacaba de equilibrio y no tenía forma de responder a ello. Demian notó que tenía una mancha de chocolate en la esquina de la boca y acentuó su sonrisa.

—Tienes chocolate en el rostro.

—¿Eh? —Marianne se palpó las mejillas de forma inadvertida.

—Deja te ayudo con eso —se ofreció él, alargando el brazo en dirección a ella y pasando suavemente el pulgar sobre aquel lunar de chocolate.

Ella se quedó como estatua y un estremecimiento le erizó la piel. Demian se detuvo y su sonrisa se borró al darse cuenta de lo que estaba haciendo. La confusión estaba escrita en sus miradas, y sin embargo les era imposible apartarse. Al menos hasta que una punzada en el pecho obligó a Demian a retirar la mano, aunque su rostro se mantuvo impasible. Desvió rápidamente la mirada hacia la mesa y se recompuso, mientras volvía a coger sus cubiertos y retomaba su desayuno como si nada.

—Deberías en serio terminarte esos waffles, tanto chocolate terminará por reblandecerlos.

Marianne no sabía bien qué pensar de lo que acababa de ocurrir, ni siquiera estaba segura de por qué había reaccionado así (o no reaccionado, en todo caso). Decidió finalmente volver a enfocarse en su plato, aunque en su mente seguía dándole vueltas a aquel comportamiento tan dispar de su parte.

—¿Sabías que ayer atacaron el centro de la ciudad? —las palabras salieron de su boca sin pensarlo siquiera y aunque Demian contrajo levemente el entrecejo, se mostró igual de estoico y controlado, sin despegar la vista de su desayuno.

—Lo escuché en las noticias —respondió él secamente.

—La gente dice que fueron dos demonios —continuó ella, observándolo de reojo, atenta a su reacción—. Que simplemente aparecieron y comenzaron a atacar a quien tuvieran enfrente. —Demian siguió comiendo sin mostrar afectación alguna ante sus palabras—… Hubo varios heridos.

—Pero nadie murió —replicó Demian finalmente, como si eso mejorara las cosas.

—…Por suerte —espetó ella, sin poder detener aquel torrente de palabras—. Espero que tampoco los haya la próxima vez.

—¿Cómo sabes que habrá una próxima vez? —Demian le dirigió una mirada intensa, que, a pesar de ponerla nerviosa, procuró no demostrarlo.

—No lo sé, pero… ¿no es lo que ha estado pasando en la ciudad en los últimos meses? La gente es atacada sin ningún motivo y en el momento menos esperado, y hasta ahora nadie ha podido hacer nada para evitarlo… a excepción de los Angel Warriors.

Demian dejó sus cubiertos en el plato con un estrépito, y soltó un bufido por la nariz mientras hacía una seña para pedir la cuenta. Marianne se quedó callada, pensando que ahora sí se había extralimitado, pero permaneció firme para no demostrar que sabía más de lo que aparentaba,

—No sé si regrese pronto a la escuela —comentó él, cambiando drásticamente de tema y recuperando el semblante relajado mientras pagaba—. Tengo algunos asuntos que resolver antes. ¿Podrías decírselo a los demás cuando los veas? No quiero que se preocupen. No sé cuándo volveremos a coincidir, así que confío en que les dirás.

Marianne arrugó la frente con un gesto de confusión.

—¿…Que no sabes? ¿Acaso piensas recluirte de nuevo?

—No, pero quizá me tome unos días más de los que había planeado —respondió, poniéndose de pie una vez pagada la cuenta y ella siguió su ejemplo.

—¿Cuánto te debo?

—Nada, yo invito —contestó él y Marianne hizo una mueca incómoda, a lo que Demian esbozó una media sonrisa al darse cuenta—… Ya sé, tienes una ligera obsesión con aquello del equilibrio y no deberle nada a nadie. Si quieres verlo de esta forma, la balanza aún se inclina de tu lado después de la ayuda que me brindaste… así que considera esto una pequeña retribución.

Ella no consideraba lo que había hecho como algo que dejara la balanza a su favor, en cualquier caso, ni todas las buenas acciones le devolverían la vida a su padre. Continuó caminando detrás de Demian, con la vista fija en la acera y la misma expresión inconforme, y como si estuviera puesta en piloto automático comenzó a dirigirse al cruce de la avenida para ir de vuelta al hospital, pero en cuanto dio unos pasos al frente, de pronto se vio de vuelta en la acera de un tirón justo cuando un enorme y pesado tráiler pasaba frente a ella. Desconcertada, alzó la vista y vio a Demian con la mirada puesta en aquel tráiler mientras la sujetaba de los hombros de forma protectora.

—Deberías tener más cuidado. ¿No te enseñaron a mirar a los lados antes de cruzar? —la reprendió Demian con expresión de genuina preocupación, pero ella no respondió nada, no parecía asimilar aún lo que acababa de ocurrir de tan rápido que había sido. ¿De verdad la había salvado? ¿Podría considerarse así a pesar de que ni había notado que estaba en peligro? Él aflojó lentamente los brazos hasta soltarla—. Eres como un imán para los accidentes, ¿sabías eso?

Ni tenía idea de hasta qué punto aquello podía ser verdad. Marianne respiró hondo una vez que la soltó y dijo lo primero que se le vino a la mente.

—Bueno, pues no tienes que preocuparte, si hubiera sido mi hora habrías visto a uno de esos óbitos, ¿no?

—¿…Óbitos? —inquirió él, contrayendo las cejas con aire interrogador.

Marianne nuevamente se quedó callada al darse cuenta de lo que había dicho. Él no tenía idea de lo que eran los óbitos, al menos la palabra en sí, y ella había sido lo bastante descuidada para mencionarlo en su presencia. Se reprendió mentalmente mientras pensaba en alguna excusa y en ese momento sonó su celular. Salvada por la campana (por Pachelbel y su Canon en D para ser más exactos). Resultó ser su padre nuevamente, preguntando por las llaves de la casa y si le había ocurrido algo en el camino. Nunca había sido más oportuno.

—…Tengo que volver al hospital. Mi padre aún espera por las llaves.

—Te acompaño de vuelta, no vaya a ser que te atropelle una carroza a la próxima.

Quería protestar, pero no pudo. Demian fue con ella hasta el hospital, sujetándola levemente del brazo al cruzar la calle como si estuviera preparado para volver a tirar de ella si algún vehículo se acercaba peligrosamente. Era como si tomara el lugar de Samael en ese instante. La sola idea le pareció irónica y se imaginó la cara ofendida del ángel si llegara a comentárselo.

—¿Viste algo gracioso? —preguntó Demian, mirándola de reojo, y ella se dio cuenta de que había estado sonriendo.

—No, sólo… recordaba algo.

Demian la soltó en cuanto se hallaron frente al hospital. Se miraron por unos segundos, como si no supieran qué decir hasta que él se animó a hablar.

—Si sólo vas a dejar las llaves, puedo esperar para llevarte a donde necesites ir.

A donde debía ir después era a casa de Lucianne para reunirse con sus compañeros y transportarse hasta el campamento donde tendrían un duro entrenamiento por delante, pero por supuesto, él no debía saberlo. Tenía que inventar pronto alguna excusa, pero no se le ocurría nada más que decir. Se sentía drenada mentalmente tras aquella extraña mañana.

—Luego iré a casa y… haré trabajos pendientes de la escuela —fue lo único que se le ocurrió decir, su cabeza no daba para más en ese momento.

—Wow. Eso suena increíblemente aburrido… pero queda camino a mi casa, así que te llevo —decidió él, llevándose las manos a los bolsillos y dedicándole una sonrisa, pero en cuanto su mirada pasaba por las puertas de cristal de la entrada, descubrió en el reflejo una sombra detrás de ellos, más allá. Su rostro se tensó y su sonrisa se borró enseguida al reconocer a Ende observándolos con dureza desde una parada de autobús, repleta de gente. Había conseguido colarse entre ellos con un gabán y un sombrero.

—¿Ocurre algo? —preguntó Marianne al notar su repentino cambio de gesto y Demian rápidamente volteó hacia atrás, mirando hacia el punto donde había visto el reflejo de Ende, pero ya no estaba, tan sólo los rostros comunes de las personas que despedían el aura débil e inofensivo de los seres humanos—… ¿Demian?

—…Disculpa. Creo que… tendré que dejarte en esta ocasión. Olvidé que tenía algo que hacer —se excusó con algo de urgencia por marcharse de ahí. Todo el aspecto relajado y la sonrisa que tenía se habían esfumado de su rostro.

—…No hay problema. Todos tenemos cosas importantes que hacer, supongo.

Demian intentó sonreír a manera de despedida, pero la sonrisa se notaba forzada a diferencia de antes. Y se marchó de ahí sin perder más tiempo, rodeando el edificio mientras Marianne seguía sus movimientos hasta perderlo de vista. Sin duda había visto algo… o a alguien, y aunque debería haber sentido alivio por su partida, por alguna extraña razón se sintió algo decepcionada, como si una parte de ella hubiera querido pasar un poco más de tiempo a su lado. Sacudió rápidamente cualquier pensamiento extraño y entró en el hospital. Ahí vio que Samael estaba sentado en uno de los sillones y que le dirigía una mirada como si hubiera estado esperándola.

—¿Qué haces aquí? ¿Qué tal si Loui llega a verte?

—Verifiqué antes que estuviera en la habitación de tu madre y se veía muy entretenido con un aparato que tenía en las manos. Leí la nota que dejaste y por eso he venido. Debemos estar listos para el entrenamiento.

—Ya sé, habíamos quedado a las 10 y ya pasan de las 11, pero algo me distrajo…

—Lo sé, te vi con él —la interrumpió Samael, dirigiéndole una mirada insondable—. Los vi salir del hospital y cruzar a una cafetería.

—Supongo que ahora viene la parte en que me reprendes por mi irresponsable acto y exponerme una vez más al peligro —apostilló Marianne con un resoplido y encorvando los hombros levemente hacia adelante en postura resignada.

—¿Por qué lo haría? Hiciste lo que todos habían acordado hacer en el caso de volver a encontrarse con él: actuar normal. Aunque admito que el que decidieras acompañarlo a comer quizá fue algo innecesario dado que podías haber declinado de alguna forma que no despertara sospecha alguna.

Marianne apretó los labios en una mueca de inconformidad. No podía considerar que estuviera actuando, más bien ocultando información, por más que todo lo referente a Demian últimamente resultara tan complicado en el plano de lo correcto y lo incorrecto.

—¿Sigues pensando que no es realmente peligroso? —preguntó Samael al notar su rostro desencajado.

—Ya no sé ni qué pensar —respondió ella con sinceridad—. Se comporta prácticamente como el mismo de antes, incluso más amable y controlado… Es como todo lo contrario a lo que un demonio sería.

—En la superficie —le espetó Samael, tratando de dejarlo en claro—. Los demonios que habíamos conocido hasta ahora representaban los escalafones más bajos de la Legión de la Oscuridad, no fueron hechos para interactuar con la gente, sólo para crear caos, destrucción. En cambio, un demonio de nivel superior como él posee además otros medios para atraer a las personas y poder disponer de ellas después, corromper sus almas y destruirlas… ¿Qué papel crees que juegan en todo esto los dones que sirvieron para despertarlo? Absorbe de ellos sus cualidades y características para finalmente usarlos a su conveniencia. —Marianne intentó tragar saliva con su garganta seca, pero tenía ésta hecha un nudo—. Por eso digo que no se puede confiar realmente en él. No hay forma de saber cuánto de lo que hace es parte del poder que recibe de los dones, y cuánto de ello es real.

—Entonces lo que vi era cierto… Posee ahora mi poder —confirmó Marianne al recordar aquel salero desplazándose hasta su mano—. No quiero sonar derrotista, pero… ¿qué se supone que voy a hacer ahora si no poseo un poder como ustedes? No creo ser de gran utilidad de esta forma. Sin eso no soy más que una humana común y corriente.

—¿Qué te dije acerca de los dones? Éstos no son los que nos definen como Angel Warriors. Lo somos porque así estaba destinado. Sigues siendo una de nosotros, y si no puedes utilizar tus poderes, aún tienes otras habilidades físicas que puedes usar y desarrollar. El uso de la espada, por ejemplo.

Marianne asintió, tratando de no mostrarse desanimada, y tomó aliento.

—…Le llevo las llaves de la casa a mi padre y nos vamos, ¿de acuerdo?

—Me parece bien —acordó Samael con una inclinación de cabeza.

Ella intentó sonreír, pero únicamente le salió una sonrisa torcida, así que optó por darse la vuelta y dirigirse hacia el corredor.

Samael la observó alejarse con preocupación. No entendía por qué le costaba tanto aceptar lo de Demian ni por qué parecía afectarle. Esperaba que ella misma acabara diciéndole, pero por como iban las cosas, aquel momento no asomaba aún en el horizonte y quizá la única forma en que podría averiguar algo sería haciendo lo que tajantemente le había prohibido: adentrarse en su mente. Pero no quería llegar a ese extremo, era un voto de confianza que le había dado y no debía romperlo. Aunque últimamente no le estaba dando mucha opción con su constante mutismo respecto al tema.

Cuando Demian llegó a su auto, descubrió a Ende a un lado de éste, ya sin el gabán y el sombrero, observándolo con un dejo de recriminación.

—¿Qué quieres? Te advertí que no me gusta que me espíen.

—No entiendo cuáles son los motivos por los que insistes en seguir acudiendo a estos seres, amo, pero esto no corresponde a tus responsabilidades como heredero de la Legión de la Oscuridad.

—Lo que haga o deje de hacer aquí no es de tu incumbencia. Estás para servirme, que no se te olvide. No tengo por qué rendirle cuentas a nadie —espetó Demian con tono disgustado mientras quitaba el seguro del coche y abría la puerta.

—Sin embargo, no creo que a tu padre le agrade saber que su hijo fraterniza con una raza inferior… Y mucho menos que muestre interés por una chica humana.

—¿Qué dijiste?

Demian se detuvo con la mano sobre la puerta y le dedicó una mirada feroz.

—Sólo digo lo que vi, amo. Y no sé con qué cara iré a reportarle a tu padre que, en vez de estar enfocado en tu misión, estás más ocupado pasando tiempo con una repugnante humana. Si tanto deseas… experimentar, existen otros especímenes de mayor atractivo, pero para eso antes deberías ocuparte en cumplir con tus responsabilidades.

En un parpadear, Demian se desplazó desde la portezuela hasta el otro extremo del auto, quedando cara a cara con Ende, de modo que sus frentes casi se tocaban, mirándolo fijamente a los ojos con una expresión temible.

—No quiero que vuelvas a hablarme de esa forma, ¿entendido? Y a mi padre no le reportas nada de lo que yo haga, para eso primero tendrá que hablar conmigo directamente —advirtió él con tono implacable. Sus ojos azules destellaban sin despegarse de su sirviente, que le sostenía la mirada sin moverse un centímetro a pesar del peligro que despedía. Se mantuvo en aquella postura firme hasta que finalmente bajó la mirada e inclinó levemente la cabeza hacia adelante de forma servil.

—…Lo que mi amo ordene.

Demian no dijo nada más, simplemente regresó a su auto, lo encendió con un rugido del motor y se marchó de ahí, dejando a Ende de pie en el mismo sitio. Éste siguió el auto con la mirada hasta que lo perdió de vista.

Si bien tenía que acatar sus órdenes, también estaba seguro de una cosa, y ésa era que, si no hacía algo pronto, aquella chica podía interferir con el deber de su amo, y eso no podía permitirlo. Por suerte la tenía identificada como una de las dueñas de los dones y tampoco había recibido órdenes de no acercarse a ella. Sonrió ante aquel pensamiento. La chica tendría que desaparecer misteriosamente.

El claro del bosque estaba exactamente igual que cuando aún estaban en el campamento. Samael enseguida tomó las riendas de la situación y comenzó a dictar órdenes sobre lo que cada quien haría para poner en práctica sus habilidades.

—¿Y desde cuándo alitas fue nombrado líder?

—Siempre ha sido así desde antes que te unieras, así que deberías cerrar la boca y hacer lo que te diga —espetó Mitchell a lo que Frank respondió con un resoplido.

—Sé bien de lo que estoy hecho, no necesito que me digan cómo entrenar, puedo controlar mi poder —replicó él, haciéndose al duro y arrojando una roca con un chasquido.

—Me alegra escuchar eso, porque vas a ayudar a Mitchell y Mankee a fortalecer sus habilidades motrices —intervino Samael, pasando junto a ellos mientras hacía cálculos.

—¿…Que yo qué? —inquirió él, arqueando una ceja sin saber a qué se refería.

—Enséñales a pelear y defenderse —explicó el ángel, dedicándole una mirada de aprobación—. Y no trates de controlarte, lo mejor es que sientan el peligro para poder dar todo de sí.

Ambos chicos miraron a uno y a otro sin poder creer lo que acababan de oír.

—Eso es música para mis oídos.

Frank sonrió ante la perspectiva de tener un par de sacos de arena sobre los cuales descargarse y fue tronándose los dedos, ansioso por empezar. Los dos muchachos intercambiaron miradas alarmadas, sabiendo que no tendrían escapatoria.

Las siguientes horas se consagraron a lo que habían ido, a entrenar, a practicar y a fortalecer sus habilidades. Samael les había dedicado un tiempo a las chicas hasta que decidió dejarlas practicar solas y concentrarse en Marianne, que parecía estarla pasando mal al sentir que no podía seguirles el ritmo si no tenía poderes que fortalecer, lo único que le quedaba era la espada y él la había convencido de que practicar con ésta sería igual de útil para ella, incluso más dado que era la única que disponía de una. Así que, armada con su espada, se la pasó asestando golpe tras golpe en dirección a Samael, que se protegía con una pequeña barrera invisible que le servía de escudo. La meta era aumentar su velocidad de reacción y potencia de los golpes, aunque después de una hora se sentía tan fatigada que pidió tiempo para descansar un poco, sentándose en una roca mientras observaba a los demás desatar sus poderes sin refrenarse. Verlos de esa forma la hacía sentir frustrada.

—…No puedo ni volver a crear un don sustituto —se lamentó—. Lo intenté cuando fui al hospital. La noche en que perdí el don, mi madre, mi tío y Lester de pronto dejaron de tener signos vitales, entré en pánico y se me ocurrió crear otro don sustituto como había hecho antes… y funcionó, sus órganos volvieron a funcionar, sus signos se estabilizaron, siguen en coma, pero al menos están vivos. Pensé que, si probaba con Belgina, tal vez podría hacerla reaccionar de nuevo, pero cuando traté… ya no pude. Nada se formó, esa habilidad desapareció junto con mis poderes.

—No te preocupes, los recuperaremos todos —aseguró Samael, tomándola del hombro con actitud pacificadora, pero en vez de calmarla, la hizo sentir intranquila al tomar aquello como un augurio de lo que se vendría. Demian poseía los dones ahora y la única forma de recuperarlos sería derrotándolo, era por eso que se estaban preparando en medio del bosque, ¿no? Para enfrentarlo. Y el derrotarlo significaba… ¿que debían acabar con él? La sola idea la estremecía. ¿No existía alguna otra solución que no implicara la muerte?

Frank había dejado prácticamente tirados en el piso a Mitchell y Mankee, agotados por completo después de la intensa sesión a la que los había sometido entre ataques directos cuerpo a cuerpo y trampas de tierra que había dirigido expresamente para ellos (Mitchell tenía prohibido usar una barrera neutra a riesgo de que su primo le cayera a golpes y lo dejara inconsciente). Miró con orgullo su obra en aquel par de chicos arrastrándose por el suelo sin las fuerzas para levantarse y su mirada pasó hacia donde estaban Marianne y Samael, ella descansando sobre una gran piedra, con expresión desanimada. Hizo una mueca. Aún había algo que le quedaba por hacer. Infló el pecho y se acercó hacia ellos.

—Creo que esos dos necesitan de tu ayuda, alitas, tal vez se me pasó un poco la mano y haya dejado algunos moretones y uno que otro derrame cerebral —expuso Frank, caminando en dirección a ellos con aquella suficiencia que lo caracterizaba.

—…Continuamos después —le dijo a Marianne antes de acudir en auxilio de los dos caídos en simulación de combate.

Ella continuó sentada en aquella roca, observando a Lilith generar bolas de fuego y lanzarlas una tras otra mientras Angie intentaba esquivarlas con rapidez y alcanzarla para tocar alguna parte expuesta de su piel y a continuación controlar sus movimientos como si fuera una titiritera. Frank caminó hasta colocarse a un lado de Marianne, apoyándose del árbol más cercano y se mantuvo en un silencio de varios segundos, tras los cuales terminó encendiendo un cigarro.

—Fantástico, lo que faltaba para coronar mi día —refunfuñó Marianne sin voltear siquiera. Él soltó un resoplido y lanzó el cigarrillo al suelo para apagarlo con un pisotón.

—Si tanto te molesta sólo tienes que decirlo.

—Claro, como si te importara lo que dijéramos o pensáramos.

Frank volvió a resoplar y a chasquear la lengua como si estuviera conteniendo una réplica propia de él. Apretó la boca, intentando soltar lo que quería decir.

—Supongo que ya estás enterada de lo que hice y que terminó afectándote…

—¿Te refieres a la forma en que me vendiste a Hollow por la remota posibilidad de recuperar el don de Lucianne? —le increpó Marianne con tono de reproche—. ¿Y quién hablaba ayer sobre gente ingenua?

—Sé que a estas alturas ya es inútil, pero de verdad lo lamento, yo… cuando se trata de Lucianne pierdo el sentido común —alegó él como si le costara trabajo el formular una disculpa—. Si sirve de algo… después de eso me propuse seguirte a todos lados sin que lo supieras, por si intentaba atacarte. Aunque al final, la única vez que te perdí de vista fue precisamente cuando ocurrió.

—Así que sí eras tú, después de todo —expresó ella, recordando las veces que se había sentido observada.

—No intento justificarme ni excusarme, sé que lo que hice estuvo mal y también estaba consciente de ello al momento de hacerlo. Tampoco espero que me perdones, sólo quería que supieras que estoy sinceramente arrepentido… y que a partir de ahora yo te cubriré, no importa si me odias aún más que antes. Considérame algo así como tu poder prostético, ¿de acuerdo?

Marianne le dedicó una mirada incrédula, alzando una ceja para demostrarle lo ridículo que sonaba aquello, pero él se mantuvo serio y con la vista al frente, como si no estuviera dispuesto a repetir lo que había dicho ni admitirlo, y ella terminó riéndose.

—Puedes hacer lo que quieras, después de todo te odiamos, ¿lo olvidas? No tienes nada más que perder —rebatió ella, poniéndose de pie y sacudiéndose la ropa para alejarse de ahí. Aunque aquello pareciera una reacción de rechazo, Frank entendió que le estaba dando permiso para “cubrirle la espalda”, tal y como él lo había puesto. Lo que fuera para enmendar su error.

Finalmente, la práctica de ese día terminó y regresaron a casa. Mientras Marianne se preparaba para irse a dormir, no pudo evitar mirar por la ventana y preguntarse cuándo volverían a ver a Demian.

Las luces se apagaron y el ambiente quedó en penumbras y en silencio mientras una figura de pie sobre el tejado de la casa vecina no apartaba la mirada de aquella ventana.

Ende reconoció a su próximo blanco. Había sido fácil localizarla. Con una sonrisa tétrica desapareció en medio de una cortina de humo.

Todos los muebles, cuadros y objetos decorativos de la casa habían sido movidos de lugar por completo, de modo que parecía como si apenas se estuvieran mudando. Demian repasaba con atención las paredes desnudas como si estuviera en búsqueda de alguna parte hueca, algún compartimiento secreto donde pudiera ocultarse algo, aunque no tenía idea de qué era lo que buscaba. Había puesto incluso las habitaciones de cabeza, pero no había hallado nada que llamara su atención. Comenzaba a perder la paciencia.

—Aún sigues aquí, amo —expresó Ende, siguiendo con la mirada el recorrido que éste hacía a lo largo del piso, golpeando con los nudillos.

—Y tú aún sigues espiándome —replicó Demian, lanzándole una mirada de advertencia. El demonio se removió en su sitio e intentó pasarlo por alto.

—Si me dices qué es lo que buscas puedo ayudarte a encontrarlo para terminar de una vez con esto y vuelvas a la Legión de la Oscuridad.

—Esto no te incumbe, no necesito de tu ayuda.

—¿Sabes siquiera qué es lo que estás buscando?

Demian no respondió y continuó pasando del piso a la pared nuevamente y de ahí hasta posar su atención en los sillones. Vaciló por un momento, pero aún así se acercó decidido y comenzó a desgarrar los cojines y el forro de éstos, sacándoles el relleno y dejándolo caer al suelo.

—…En serio, amo, puedo ahorrarte mucho tiempo si me dejas ayudarte.

—¡Ya te dije que no necesito ni quiero tu ayuda! Ni siquiera sé qué haces aquí. Te ordené que únicamente acudieras a mí cuando se tratara de algo importante, de otra forma no quiero ni verte, ¿quedó claro? —determinó Demian, intentando continuar con su labor.

—De hecho, así es, amo, no estoy aquí únicamente para hacerla de niñero —le espetó el demonio y Demian lo fulminó con la mirada, pero antes de que pudiera decir algo, él continuó—, estoy aquí para avisarte que tu padre quiere verte.

El rostro de Demian se congeló al instante y dejó caer un cojín a medio desgarrar al suelo. Su gesto era una mezcla de sorpresa y turbación que lo mantuvo mudo por varios segundos hasta que al fin se enderezó y recuperó el control sobre sí mismo.

—…Vamos entonces —expresó, tratando de sonar firme. Su cuerpo se puso rígido, cubriéndose de aquel acorazado negro a la vez que su piel perdía color. Una vez que tomó su forma de demonio, ambos desaparecieron de ahí.

En cuanto estuvieron en la Legión de la Oscuridad, Ende comenzó a conducirlo a lo largo de aquellos túneles cavernosos, mientras Demian lo seguía con expresión impávida, aunque en realidad la ansiedad golpeaba tan fuerte en su pecho que amenazaba con salirse. Llegaron ante un enorme portal de varios metros tanto de ancho como de alto y custodiado por un par de demonios que parecían hechos de piedra, la misma que formaba aquellas catacumbas laberínticas. Estos se pusieron en guardia en cuanto los vieron llegar y cruzaron dos enormes lanzas al frente de la puerta para evitar que avanzaran.

—A un lado, el Amo Dark Angel quiere ver a su hijo —anunció Ende.

Ambos demonios observaron a Demian sin decir nada y de la misma forma volvieron a su posición inicial, permitiéndoles el paso. La puerta se abrió pesadamente y dentro no se distinguía más que oscuridad. Demian dio unos pasos hacia el frente y notó que Ende no lo seguía, por lo que se detuvo.

—Yo no puedo entrar, amo. Es a ti a quien quiere ver. —En ese instante otro demonio igual a los que custodiaban la entrada apareció frente a Demian y sumergido en el mismo mutismo se detuvo, dándole la espalda como si estuviera esperando a que lo siguiera—. Síguelo. Te conducirá hasta él.

Demian no respondió, pero hizo lo que dijo, fue detrás de aquel demonio de piedra mientras las puertas se cerraban nuevamente frente a Ende, quien enseguida sonrió ante la posibilidad que se le presentaba. Ya que su amo estaría ocupado, él podía hacerle una visita a aquella chica humana a la que prestaba tanta atención.

Después del intenso fin de semana que habían vivido, regresar a clases resultaba una vuelta a la tediosa rutina, y por más que Marianne constantemente miraba hacia el pasillo de tercer año y a los chicos de basquetbol en el auditorio, por ningún lado vio a Demian, así que en definitiva aquella parecía ser otra semana en que no aparecería en la escuela ni en la cafetería, de modo que decidió volver a casa.

Abrió su clóset y sacó la chamarra de Demian, observándola por un segundo con un dejo de ansia; acto seguido revisó los bolsillos, encontrando unos papeles plegados en uno de ellos, justo los que él deseaba de vuelta. Una vez confirmado, pensó que era el momento de devolverle tanto la chamarra como los documentos, así que afianzó la prenda entre sus brazos y salió de ahí sin detenerse a explicar siquiera a dónde iba.

Con paso firme caminó en dirección norte, teniendo nuevamente aquella sensación de que era seguida. Meneó la cabeza, imaginando a Frank intentando pasar desapercibido con aquella determinación de volverse su “poder prostético” o como le llamara. No necesitaba guardaespaldas, pero estaba dispuesta a hacer como que no notaba su presencia y darle por su lado para que se mantuviera enfocado.

Al llegar a casa de Demian, le echó primero un vistazo al panorama completo. El lugar se veía exactamente igual que siempre, aunque con menos vida, como una estampa. Se dispuso a tocar el timbre y de pronto la reja se abrió automáticamente.

Miró hacia todos lados, esperando vislumbrar a Demian saliendo para recibirla, pero nada más ocurrió, así que tomó aliento y se introdujo con resolución hasta llegar a la puerta, descubriendo que estaba entreabierta. Empezaba a tener un mal presentimiento. Apretó la chamarra contra su cuerpo y decidió pasar. Sus ojos se posaron desconcertados sobre los muebles rasgados y fuera de lugar. Era como si el sitio hubiera sido arrasado por un tornado en el interior. Caminó con cautela por los escombros, tratando de descubrir una razón por la que la casa estuviera así. ¿Habría sido Demian? No podía estar segura, pero necesitaba respuestas. Se quedó de pie en medio de la sala contemplando aquel caos cuando de pronto escuchó un ruido a sus espaldas. Volteó enseguida, pero no vio a nadie. Continuó ahí de pie, atenta a su alrededor, hasta que escuchó movimiento del otro extremo.

—¿…Hola? —llamó ella, preguntándose si sería Demian quien estuviera rondando por ahí, pero no recibió respuesta, al menos por un par de segundos más hasta que se escuchó otro fuerte sonido en la entrada—. ¡Ya basta, Frank! ¡Sé que eres tú el que ha estado siguiéndome! ¡Seguir haciéndote el guardia ninja no va a arreglar las cosas!

Silencio. Definitivamente no podía ser Frank y comenzaba a dudar también que se tratara de Demian. Comenzó a barajar sus opciones y decidió que era mejor salir cuanto antes de ahí, pero apenas dio unos pasos hacia la puerta, ésta se cerró de golpe, como si una fuerte corriente de aire la hubiera empujado, excepto porque no había viento alguno.

—…Rayos —murmuró Marianne, consciente de que había caído en una trampa.

El vecindario de Lucianne era normalmente tranquilo y no solía verse mucha actividad en el transcurso del día ni a gente en la calle cuando no fueran los vecinos yendo o regresando del trabajo, y los chicos aprovechaban esa ventaja para pasar desapercibidos cada vez que llegaban a la casa y se escabullían furtivamente hacia la parte trasera. Con lo que no contaban era que eventualmente una anciana vecina terminaría por ver con curiosidad cómo de repente unos chicos iban desapareciendo sospechosamente al rodear la casa, uno tras otro en intervalos de varios minutos. Al principio le había tocado presenciarlo desde la ventana de su cocina mientras preparaba el té, luego los había visto salir ya entrada la noche cuando iba por su vaso de agua para dormir. No le tomó mucho tiempo después de eso considerar el compartir su descubrimiento con alguien más capacitado para manejarlo, y así fue como el oficial Perry terminó ese día estacionando su auto unas dos calles antes y encaminándose sigiloso hacia la casa, verificando que tenía su arma a la mano.

Observó vigilante hacia los lados en cuanto llegó a la altura de la casa y con un movimiento rápido se introdujo al terreno y lo rodeó hasta quedar en la parte trasera. Dado que él se había estado ocupando del padre de Lucianne durante el tiempo que ella estuvo en el campamento aún conservaba un juego de llaves, así que utilizó éstas para abrir la puerta de la cocina. El interior estaba silencioso, como se suponía en una casa temporalmente deshabitada, pero aún así quería estar seguro, así que recorrió las habitaciones con especial cautela, con la mano sobre su cinturón para poder tomar su arma ante cualquier eventualidad. El recorrido no arrojó ningún resultado ni encontró nada fuera de lo común, pero aún así decidió llamar a Lucianne para hacerle saber que estaba revisando su casa y escuchó de pronto su tono de llamada proveniente del sótano. Su mano apretó el teléfono y lentamente se acercó a la puerta. Temeroso de lo que encontraría ahí abajo, fue bajando la escalera, con el tono cada vez más fuerte. Halló el celular atorado entre los escalones y al inclinarse a recogerlo, se detuvo y miró hacia el fondo. Un foco iluminaba un área circular y sus ojos casi se salieron de sus cuencas al ver lo que tenía enfrente.

—¿…Lucianne? —enunció con voz trémula, sin poder creer lo que veía.

Lucianne alzó la vista hacia él con gesto indolente y al reconocerlo supo que era su oportunidad. Sus facciones se suavizaron y su rostro se contrajo en un mohín de angustia.

—¡…Perry! ¡Gracias a dios que apareciste! ¡Tienes que sacarme de aquí!

El oficial la contempló sin moverse por varios segundos, demasiado impresionado para reaccionar. No parecía atada ni encerrada de ninguna forma y sin embargo no se movía de donde estaba. Quizá la habrían incapacitado de alguna manera.

—Yo… pensé que habías vuelto al internado. ¿Quién… quién te hizo esto?

—¡Fue Frank! ¡Se volvió loco, dijo que no permitiría que me marchara y me encerró aquí! ¡Por favor, tienes que sacarme antes de que vuelva! —exclamó ella, fingiendo desesperación. El muchacho finalmente salió de su estupor inicial y bajó casi saltando lo que le faltaba de escalones, corriendo hacia ella hasta toparse con una barrera.

—Pero… ¿qué es esto? ¿Una especie de cristal reforzado? —formuló él, golpeando la cúpula con todas sus fuerzas, pero sin lograr hacerle un solo rasguño; ni siquiera sus intentos por empujarla, suponiendo aún que se trataba de una pieza de cristal, dieron fruto. Agotado, se apoyó en la misma barrera, tratando de pensar en una solución.

—¡Rápido, no tardará en venir! —suplicó ella, derramando incluso unas lágrimas.

—Tranquila, te sacaré de aquí, aunque sea lo último que haga —aseguró Perry, apartándose de la cúpula y sacando su arma, apuntando decidido hacia ésta—… ¡Agáchate!

Lucianne hizo lo que le pidió en su mejor actuación de damisela en peligro. Él cerró un ojo, tratando de mantener el arma firme entre sus manos dado el nivel de estrés al que estaba sometido en ese momento y entonces la puerta se abrió. Frank se apareció en las escaleras, deteniéndose de pronto con expresión confusa.

—Pero ¿qué…?

El oficial Perry reaccionó rápidamente, apuntando hacia él.

—¡No te muevas! ¡Lucianne me lo contó todo y puedes estar seguro que no volveré a cometer el error de dejarte ir otra vez! —exclamó airado, la mano temblándole de rabia.

Frank levantó lentamente las manos, mientras que Lucianne los observaba, esperando que ocurriera algo, que alguno de ellos arremetiera contra el otro, pero al ver que no ocurriría, decidió probar nuevamente con sus dotes histriónicas. De pronto se encorvó, llevándose las manos al cuerpo con expresión de dolor y comenzó a lanzar gritos como si estuviera sufriendo la peor de las torturas. Ambos muchachos dirigieron su atención hacia ella. Franktick hizo el intento por bajar, pero el joven oficial volvió a apuntar rápidamente hacia él.

—¡Alto! ¡Quédate donde estás, no te acerques!

Lucianne se retorció aún más y se aseguró de sonar en verdadera agonía, provocando la angustia creciente de ambos al pensar que realmente le ocurría algo. A pesar de que el oficial Perry seguía apuntándole, Frank no pudo resistir más y se lanzó escaleras abajo para acudir en ayuda de Lucianne.

—¡…Detente, te dije que no te acercaras! ¡Que te detengas!

Perry terminó apretando el gatillo y el disparo resonó atronador por toda la casa, retumbándola hasta sus cimientos. Los demás chicos iban apenas entrando por la puerta de la cocina cuando escucharon la detonación y se detuvieron de golpe, intercambiando miradas de alarma. Les tomó una fracción de segundo reaccionar, corriendo a toda prisa hacia el sótano y encontrándose con Frank apoyado del barandal al pie de la escalera, con la mano sujeta hacia el frente y el oficial Perry al otro extremo, sosteniendo aún el arma con expresión alterada. Frank entonces dio un traspié y se pegó a la pared para no caer, dirigiéndoles una mirada perpleja con el rostro pálido. Fue ahí cuando notaron la mancha de sangre que comenzaba a formársele en el estómago.

—Ustedes… ¿todos ustedes también están involucrados en esto? —formuló Perry, apuntando ahora hacia ellos con el pulso cada vez más tembloroso.

Samael le dirigió una mirada a los demás y a continuación realizó un movimiento hacia el frente y bajó corriendo a toda prisa mientras el oficial volvía a disparar, pero las balas terminaron chocando contra una barrera invisible hasta quedarse sin munición y Samael llegó frente a él, tomándolo de la cabeza y dejándolo inconsciente a la vez que los demás acudían en ayuda de Frank.

Mientras eso ocurría en casa de Lucianne, Marianne intentaba abrir la puerta a golpes y patadas, pero parecía completamente sellada. Entonces escuchó pisadas detrás de ella.

Se dio la vuelta con lentitud, tratando de mantener la cabeza fría, y vio a Ende bajando por las escaleras con una sonrisa intimidante. No tuvo necesidad de decir nada, ella pudo ver sus intenciones en sus ojos.

—No te preocupes —siseó el demonio, aproximándose con paso seguro—. Prometo que no sentirás nada… Al menos después de unos segundos de agonía.

Marianne apretó los dientes y sujetó con más fuerza la chamarra que aún tenía entre sus manos; esperó unos segundos a que él estuviera más cerca y fue entonces que actuó con toda la rapidez que pudo: lanzó la prenda extendida hacia él, cubriéndolo por el frente y se escabulló, no sin antes tomar el perchero que estaba en el rincón a su izquierda y golpear su espalda para a continuación lanzarse a correr escaleras arriba. Fue abriendo todas las puertas con las que se fue topando hasta llegar a la habitación del balcón y, pensando que al menos ahí tendría una salida a pesar de la altura, decidió adentrarse ahí, deteniéndose de cara a la puerta, jadeando agotada y preguntándose cuánto más debía esperar a que acudieran en su ayuda, echándole una mirada hacia la puerta abierta del balcón.

—…Marianne —murmuró Samael apenas había dejado inconsciente al oficial Perry, percibiendo que ella estaba en peligro. Volteó enseguida hacia los demás con la intención de explicarles lo que ocurría, pero vio que debajo de Frank ya se había formado un enorme charco de sangre por más que intentaban detener la hemorragia.

—¡Rápido, haz algo! ¡Está perdiendo mucha sangre! —exclamó Lilith, aplicando presión contra su estómago y Samael se sintió de pronto dividido, pero al ver cómo la mirada de Frank comenzaba a desenfocarse hacia un punto perdido, decidió actuar y cerrar pronto aquella herida mientras que Marianne, conforme pasaban los segundos, comenzaba a plantearse el enfrentar sola a aquel demonio. Realizó varias respiraciones seguidas, tensando el cuerpo y moviendo la mano derecha, mirando fijamente hacia la puerta.

No, no podía seguir esperando a que ese demonio apareciera. Tomó aliento hasta llenar sus pulmones y permitió que la armadura la cubriera a la vez que de su mano iba surgiendo su espada. La empuñó con fuerza y tras dar una última respiración para armarse de valor, salió decidida de ahí, esgrimiendo la espada por delante por si se topaba con él.

Pasó nuevamente de habitación en habitación hasta llegar a las escaleras, y mientras bajaba, su mirada se centró al pie de éstas donde la chamarra de Demian reposaba en el suelo, pero no había rastro alguno de Ende. Bajó alerta, esperando que en cualquier momento el demonio la atacara, y cuando sintió una presencia detrás de ella, no dudó ni un segundo en voltear lista para asestar un golpe con su espada, pero a quien vio fue a Samael.

—Vine en cuanto pude. Frank fue herido de gravedad, tenía que ayudarlo —explicó él, escudado también en su armadura, y entonces su vista recorrió el lugar con curiosidad, notando los destrozos que la rodeaban—. ¿Qué ocurrió? ¿Y por qué estás precisamente aquí?

—¡Luego te explico, salgamos pronto! —exclamó Marianne, aliviada de verlo y acercándose a él para tomarlo del brazo, desapareciendo de ahí con un destello.

No pasaron ni diez segundos y Ende emergió muy cerca, con una mezcla de sorpresa y maquinación en el rostro.

Las cosas habían cambiado en cuestión de segundos y de haber actuado pronto lo habría echado todo a perder, y no era para menos después de ver a aquella chica transformándose precisamente en una Angel Warrior cuando pensaba atacarla por sorpresa. Eso significaba que él no podía eliminarla después de todo, aquél era trabajo de su amo. Sonrió ante la idea de saber cómo reaccionaría éste en cuanto le comunicara su descubrimiento. Era algo que deseaba presenciar… y definitivamente no lo haría esperar. Con aquella nueva idea en mente, desapareció de ahí sin borrar aquella sonrisa calculadora.


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