CAPÍTULO 39

39. ENCUENTRO ANTICIPADO

El baile de la escuela había terminado en desastre. La policía, paramédicos y hasta bomberos acudieron al llamado de auxilio para asistir a heridos, recabar información y contabilizar daños. Prácticamente todos los presentes, alumnos y maestros, heridos o no, fueron trasladados al hospital y hasta ahí fueron llegando padres de familia preocupados en busca de sus hijos. Marianne hubiera preferido ir a casa por su propio pie, pero su padre también fue por ella.

Se mantuvo en silencio todo el trayecto con la vista fija en la ventanilla mientras su padre conducía y Loui se colocaba de frente a su respaldo para encarar el asiento trasero.

—¿Hubo muertos? —preguntó con sumo interés.

—Loui, no creo que sea momento para hacerle ese tipo de preguntas a tu hermana.

—¡Pero hasta salió en las noticias! Tiene que haber sido de gravedad para que le dedicaran tanta cobertura. Fueron de nuevo esos demonios que han estado aterrorizando la ciudad, ¿verdad? Deben estar en busca de algún artefacto para traer el fin del mundo, como en los cómics, ¡o al elegido para acabar con él! ¿Se fueron contra alguien específico? Quizá entre ustedes se halle algún superhéroe enviado de otra galaxia para combatirlos.

—Bueno, ya basta de esta charla de demonios, el fin del mundo y superhéroes. Tu hermana debe estar cansada así que deja de interrogarla —ordenó Noah y Loui volvió a sentarse derecho con los brazos cruzados.

Marianne, sin embargo, no apartó la mirada de la ventanilla en ningún momento ni parecía prestar atención a nada de lo que dijeran, en lo único que podía pensar era que Demian ahora sabía quiénes eran ellos y lo que esto implicaba.

Cuando fue a su habitación tras darse un baño, Samael ya estaba sentado en su improvisada cama de almohadones.

—…Conozco esa mirada. Piensas darme un sermón. Adelante, dilo.

—No creo tener la autoridad para reprenderte, sólo me preocupo por ti.

Marianne dio un resoplido y se dirigió a su cama, rodeando la zona que él estaba ocupando hasta subirse a la suya de un salto.

—…Dijiste que evitarías que ocurriera lo del sueño, ¿por qué entonces estabas en la pista con él? ¿No se te ocurrió que él podía ser aquella sombra? —soltó por fin Samael y ella abrió los ojos, dando un pesado suspiro.

—…Y aquí vamos. No, sinceramente no lo pensé en ese momento, ni siquiera deseaba bailar. Nos obligaron las circunstancias —dijo ella y Samael le dedicó una mirada incrédula—… ¡¿Qué?! ¡Es en serio! Acepté para evitar que Kristania lo descontrolara, no fue planeado, además… —Recordó entonces lo que él había dicho, “Quiero enseñarte algo”, y luego aquella plática sobre su padre siendo un monstruo y mostrándole la palma cuya herida había cerrado por completo… y la sangre roja finalmente convirtiéndose en negra—… creo que pretendía revelarme la verdad sobre él. Es decir, antes de que se enterara de quién soy. Cuando aún pensaba que era alguien común y corriente.

—¿Por qué haría algo así?

—¡No lo sé! Dijo algo como que… deseaba hacerlo antes de que dejara de ser la persona que conozco o algo parecido.

—Quizá se estaba despidiendo de su vida como humano —supuso Samael—. Tal vez ésa sería su última aparición con su identidad humana y pretendía algún tipo de cierre para poder finalizar su transición definitiva a la Legión de la Oscuridad.

Era justamente lo que ella había pensado, pero escucharlo en boca de alguien más de alguna forma lo hacía más doloroso de aceptar.

—…Su sangre era roja. Tú lo viste. Cuando las ventanas explotaron fue herido por uno de los cristales que salieron disparados y su sangre me salpicó el rostro. Además de poseer uno de los dones. Eso tiene que significar algo, ¿no? Sólo los humanos tienen dones…

—Pero luego vimos cómo la sangre oscureció por completo. Es camuflaje. En su forma humana tiene que parecer tan humano como es posible, eso incluye la sangre. Y aquel don fue creado específicamente para él, como una marca para identificarlo. No es un don natural como el de los demás. —Ella calló. Ya no le quedaban argumentos para seguir rebatiéndolo. Giró hasta quedar boca arriba con la vista fija en el techo mientras Samael permanecía con la espalda apoyada contra el colchón—. Entiendes que ahora que sabe quiénes somos, nos hemos convertido en blancos andantes, ¿verdad? Tenemos que estar preparados para cualquier ataque sorpresa… y para responder.

Eso significaba luchar. Para eso habían estado entrenando todo ese tiempo en el bosque. Lucharían contra Demian al menor ataque.

—No hay esperanza para él, ¿cierto? —inquirió Marianne con desánimo—. No hay esperanza para un demonio.

—…Descansa. Mañana tenemos mucho que planear —expresó Samael tras varios segundos de silencio y se mantuvo en vela por un par de horas más después de que ella se durmió, hasta que finalmente el sueño también lo venció y cayó rendido entre el revoltijo de cobijas.

Esa noche tuvo su primer sueño. Normalmente el dormir para él era como abrir y cerrar los ojos de un momento a otro, pero en esa ocasión se encontró en un espacio vacío, muy parecido a cuando aún se encontraba al interior de Marianne, consciente de sí, pero sin distinguir nada a su alrededor, con la diferencia de que ahora podía verse a sí mismo, sus manos, sus pies, aquel cuerpo físico que había ganado al momento de pasar al plano terrenal. Avanzó unos pasos y a pesar del vacío que le rodeaba, podía escuchar el repiquetear de sus pisadas. No tenía idea de hacia dónde dirigirse, aunque parecía no tener importancia pues a su alrededor no ocurría ningún cambio hasta que de pronto alcanzó a vislumbrar una silueta al fondo.

—¿…Hola? —su voz resonó con un eco que parecía llenar el espacio completo. La silueta no se movió y él intentó alcanzarla, pero por más que continuaba avanzando, la distancia entre ellos jamás se acortaba—. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —La figura extendió un estilizado brazo hacia él como si lo estuviera señalando y un susurro como el viento salió de ésta—. ¿Qué? No… No entiendo.

El susurro atravesó aquella distancia hasta alcanzar sus oídos. Como una voz etérea justo a un lado de su oreja con unas delicadas manos posándose sobre sus hombros y bajando hasta su pecho en un acto parecido a un abrazo.

«El treceavo don

Samael se estremeció al sentir el ligero peso de aquellos brazos sobre él y enseguida despertó como si hubiera sido arrojado de vuelta a la Tierra, enderezándose de golpe y observando a su alrededor jadeante y sudando frío. Había amanecido ya y Marianne no estaba en su cama. Preocupado, se puso de pie y caminó por la habitación hasta hallar una nota en el escritorio.

Era de ella, decía que había ido al hospital con su familia y que regresaría pronto. Con un suspiro dejó caer el brazo que sostenía la nota. Las precauciones que habían estado tomando hasta entonces parecían ya no importarle después de lo ocurrido en el baile. Pues bien, entonces tendría que actuar como el ángel guardián que era y seguirla de cerca por más que ella se enfadara. El tiempo se les estaba acabando, podía sentirlo, y de acuerdo a cómo veía que se desarrollaban las cosas y el apego que los demás tenían hacia Demian a pesar de todo, ya había asumido la responsabilidad de ser quien acabara con la amenaza; quizá Marianne no se lo perdonaría, pero era por un bien mayor, ésa era su misión después de todo. Sin embargo, aún rondaba su mente aquel sueño, con todo y que la naturaleza de éste era dudosa. ¿Por qué precisamente era ahora que empezaba a soñar? ¿Podría tratarse de una nueva modalidad de recibir mensajes del plano superior? No obstante, más que explicaciones sólo le dejaba una duda al aire que ahora flotaba sobre él como una nube oscura con amenaza de lluvia. ¿Los sueños eran siempre así de confusos e inciertos? Ya que no podía pensar en alguna explicación por mientras, decidió dejar la nota sobre el escritorio y salir.

La habitación estaba a oscuras, las ventanas herméticas y las cortinas cerradas. Sentado en el suelo, a un lado de la cama revuelta, junto a objetos tirados a lo largo del piso, se encontraba Demian en su forma de demonio, con las piernas extendidas hacia el frente y la espalda apoyada contra la pared, mirando fijamente a un punto del extremo opuesto. Entre sus incoloras manos iba girando el medallón y sus ojos se mantenían inexpresivos, observando su reflejo desde el espejo de la puerta del armario, la cual ahora yacía desencajada a un lado de éste con la superficie cuarteada. La habitación en su totalidad parecía el escenario de un violento atraco, con muebles destrozados y paredes con agujeros que la atravesaban.

—Amo, no veo motivo para que sigas aquí —expuso Ende, apareciendo en medio de la habitación—. Si se trata de planear el golpe final, bien podrías hacerlo en la Legión de la Oscuridad.

—No. Si lo hago, dejaré pasar demasiado tiempo aquí… y no quiero concederles más del que ya tuvieron —replicó Demian con gesto impertérrito.

Ende permaneció ahí de pie, esperando pacientemente instrucciones mientras él volvía a aquel estado absorto, apretando el medallón con más fuerza y sin dejar de mirar su propio reflejo fragmentado.

—…Busca un lugar donde podamos reunirlos a todos sin intervenciones externas. Grande y peligroso. Que una vez dentro no puedan escapar.

—Conozco el lugar perfecto —respondió el demonio con una sonrisa maliciosa—. Revisaré que todo esté en su sitio y volveré.

—Hazlo —acordó Demian y una vez se quedó solo de nuevo, se puso de pie, guardó el medallón y avanzó hasta el espejo cuarteado, deteniéndose apenas a unos centímetros sin despegar la vista de su reflejo.

Su rostro comenzó lentamente a tensarse y descomponerse, su respiración fue acentuándose aún más hasta que de un arranque impulsivo acabó descargando el puño contra el cristal, haciéndolo añicos. Las astillas que se le quedaron clavadas en la mano fueron cayendo en cuestión de segundos, como empujadas por su propia piel. Sin embargo, la oleada de rabia parecía no disminuir, así que cerró los ojos y trató de concentrarse para recuperar el control sobre sí mismo. Fue en ese momento en que comenzó a verlo.

Primero fue un destello que no duró más que la fracción de un segundo, como un vistazo a través de visión nocturna de una persona acostada en una cama y conectada a varios tubos. Fue tan rápido que ni siquiera la reconoció.

Abrió los ojos de inmediato y su semblante había pasado de la ira al desconcierto. ¿Qué había sido eso? No podía tratarse de un hecho fortuito dadas sus circunstancias actuales, estaba seguro de que se repetiría, así que cerró los ojos de nueva cuenta y otros destellos de diferentes rostros comenzaron a pasar ante ellos, como escenas cortadas de una cinta que se barajaran al azar frente a él en una pantalla. La diferencia era que por fin podía reconocer esos rostros; el que había visto al principio era Lester, postrado prácticamente en estado vegetativo, y de la misma forma reconoció al comandante Fillian y a Kristania; vio también a Angie tomando su desayuno con expresión apática y luego a la madre de Marianne y a Belgina, ambas en sus respectivas camas de hospital.

Abrió rápidamente los ojos sabiendo por fin lo que aquello significaba. Estaba viendo a los dueños de los dones que ahora él poseía, debía estar conectado a ellos por medio de éstos. Hizo una breve gesticulación. Su padre era también uno de los dueños; lo último que quería era tener que ver su cadáver una vez más, aunque suponía que la conexión con él ya no debía existir debido a su muerte, así que cerró los ojos de nuevo. Frente a él siguieron surgiendo más escenas: vio a Frank caminando meditabundo por la calle, a Lilith sentada en una mesa frente a una niña y la escena cambió nuevamente a la madre de Marianne, sólo que ahora también estaba ella a un lado de su cama, con expresión abstraída. Se detuvo en ella por unos segundos antes de que la escena cambiara por completo y entonces vio a Lucianne, dando vueltas como león enjaulado en un área reducida que le pareció identificar como una especie de barrera invisible. Estaba encerrada y no podía salir. Volvió a abrir los ojos tras esta última visión y sin pensarlo mucho, desapareció de ahí y volvió a aparecer en medio del vestíbulo de Lucianne, observando a su alrededor para comprobar que en verdad estaba ahí. A continuación, caminó firme hasta la puerta del sótano y la abrió. El interior apenas estaba iluminado por un solitario foco que colgaba del techo y bajó los escalones con lentitud, a la expectativa de lo que encontraría. Al fondo del sótano se alzaba aquella barrera que mantenía enclaustrada a Lucianne, y en cuanto ésta descubrió su presencia, en un principio lo miró extrañada, hasta que poco a poco pareció caer en cuenta de quién era y una sonrisa se dibujó en sus labios.

—…Vaya, vaya. Así que era cierto después de todo. Eres un demonio. —Demian entornó los ojos y se detuvo al pie de la escalera mientras ella soltaba una carcajada—. ¡Qué enorme casualidad! De todas las personas con las que pudiste terminar involucrado en tu vida teníamos que ser precisamente nosotros. Los Angel Warriors. —La boca de él se tensó, formando una línea—. ¿Qué? ¿Te sorprende saber que también soy una de ellos?

—…Después de lo que vi ayer, ya nada me sorprende. Tiene sentido de hecho. Ahora entiendo muchas cosas —respondió él con increíble serenidad.

—Es gracioso si te pones a pensarlo —continuó ella, sonriendo como si no le preocupara en lo más mínimo que él estuviera ahí y pudiera matarla—. Se supone que eso nos hace enemigos y, sin embargo, no hace más que aumentar mi simpatía por ti.

—¿Qué haces aquí encerrada?

—Mis supuestos amigos me dejaron aquí —explicó ella, pegándose a la barrera y dibujando formas con su dedo en la superficie—. Parece ser que, si no estás de acuerdo con su forma de pensar, eres automáticamente un peligro para la sociedad… pero ¿qué te digo yo? Seguramente ya lo sabrás por experiencia propia a estas alturas, ¿no es así?

Demian no respondió, pero siguió mirándola fijamente con escepticismo.

—Si lo piensas bien, ambos fuimos de alguna forma traicionados por ellos, así que sería de lo más natural que nos aliáramos, ¿no crees? Sácame de aquí y te ayudaré en lo que necesites, haré lo que me digas.

—¿Sabes que es mi misión matar a los Angel Warriors? Eso te incluye a ti.

—Lo sé —respondió ella, dibujando círculos en la barrera con expresión inocente para a continuación esbozar una sonrisa perniciosa—… Pero no lo harás. Tenemos demasiada historia juntos. Me conoces mejor que al resto al igual que yo a ti. Nuestro objetivo es el mismo en este momento, vengarnos de ellos, ¿por qué no aprovecharnos de eso? Podemos llegar a un acuerdo, prometo no traicionarte. Además, puedo serte de mucha utilidad, sé muchas cosas sobre ellos que tú a lo mejor no.

Demian vaciló por un momento. La observaba como si intentara acordarse de algo hasta que finalmente fue acercándose a ella.

—…De acuerdo; no estabas ahí después de todo.

—¿Eh? —inquirió ella, pero él ya estaba frente a la capa y colocaba las manos por encima de ésta, sintiendo una descarga al primer roce para después dejarlas ahí asentadas.

—Hagas lo que hagas no toques ni te acerques a la barrera —le advirtió él y Lucianne se apartó hasta quedar justo en el centro de la cúpula.

Demian entonces se puso tenso y sus ojos centellearon mientras una energía oscura salía de sus manos e iba cubriendo la capa, provocando pequeñas perturbaciones eléctricas a su alrededor hasta que ésta acabó por hacerse añicos como si fuera de cristal.

En cuanto se vio libre, Lucianne echó la cabeza hacia atrás y alzó los brazos por encima de ella, extendiéndolos en un gesto de euforia.

—¡Por fin! ¡Llevaba semanas ahí encerrada! —Posó entonces su atención en Demian y se acercó a él, pasándole los brazos sobre los hombros—. ¿Sabes? Todo este asunto de que seas un demonio te hace aún más interesante. Quizá el que hayamos coincidido nuevamente signifique algo. —Mientras hablaba, fue poniéndose de puntillas y alzando el rostro hacia él, intentando atraerlo en su dirección, pero él la detuvo y se apartó, manteniendo el gesto frío e inexpresivo. Lucianne giró los ojos con fastidio y le dio la espalda—… O no. Y yo que pensé que ser un demonio te daría más audacia.

Demian hizo un movimiento con la mano y una fuerza invisible tiró de Lucianne, obligándola a dar la vuelta, con una silla deslizándose por detrás de ella de modo que quedó sentada de cara a él.

—Tengo algunas reglas ya que estarás trabajando conmigo —dijo él sin ningún tipo de emoción en la voz y reclinándose ligeramente hacia ella para verla directamente a los ojos—. No quiero ningún truco o engaño, no quiero traiciones, y hagas lo que hagas… NO puedes matar a los Angel Warriors. Ése privilegio me corresponde únicamente a mí. ¿Entendido?

—…Ahí está. El demonio que esperaba ver en ti por fin tomando el control. Hay que admitir que así te ves en verdad sexy —dijo ella, esbozando una sonrisa e intentando tomarlo del rostro, pero él de inmediato se apartaba.

—Y tampoco quiero que me toques. Sigues siendo una Angel Warrior a pesar de todo —replicó él con un gesto casi de aversión.

—¡De acuerdo! ¡Prometo solemnemente no tocarte ni con el pétalo de una rosa! ¿Satisfecho? —bufó Lucianne, alzando las manos para indicar que no volvería a hacerlo.

—Levántate —ordenó Demian y ella obedeció como si estuviera en medio de un juego—. Necesitas algo de poder extra si quieres al menos seguirme el ritmo. No sé si esto duela, pero te sentirás diferente.

—Pensé que habías dejado claro que no querías nada conmigo, qué contradictorio eres —comentó Lucianne, levantando una ceja y sonriendo, pero Demian se mantuvo impasible y ella terminó poniendo los ojos en blanco—… y qué poco sentido del humor tienes.

—No estoy jugando. Así que o te tomas esto en serio, o vuelvo a encerrarte.

—Adelante, “amo”, haz lo que tengas que hacer —expresó ella, poniéndose recta, y los ojos de Demian se estrecharon ante la palabra, pero mantuvo cerrada la boca y colocó la mano por encima de su cabeza.

Un baño de energía oscura comenzó a caer sobre ella como si fuera expuesta a rayos gamma. Sus ojos se abrieron y un aro iridiscente empezó a brillar alrededor de éstos. Pronto la risa fue brotando de ella hasta acabar en carcajadas histéricas, con los ojos brillando como un par de eclipses solares.

Marianne iba camino hacia la salida del hospital después de su ronda de visita a quienes continuaban en coma a falta del don. Le preocupaba que sus cuerpos parecían más consumidos y temía que esta vez ocurriera el “apagón” orgánico mucho antes que la última vez. Al pasar por la zona de administración, se detuvo de pronto al sentir un ligero mareo y se sostuvo de una de las puertas de cristal, esperando a que se le pasara. Fue entonces que vio su reflejo y notó que también comenzaba a verse demacrada. ¿Y ella cómo había conseguido reaccionar sin el don? ¿Era posible que no se hubiera puesto a pensar en ello desde que se lo habían arrebatado? Samael le había dicho que luego lo hablarían, pero realmente no volvieron a tocar el tema con todo lo ocurrido y ella misma no lo había solicitado. Lo que fuera que la había hecho reaccionar, al parecer ya estaba perdiendo su efecto en ella y si aquello continuaba así…

—Marianne. —Alzó la vista y vio a Samael acercándose a ella, tomándola del brazo para ayudarla a permanecer de pie—. ¿Te sientes bien?

—¿Qué haces aquí? Te dije que regresaba pronto a casa. Aquí podría verte mi padre o Loui —inquirió ella, enderezándose y echando un vistazo a su espalda para cuidar que ninguno de ellos estuviera cerca.

—Quedamos en que no te dejaría sola. Además… necesito hablar contigo.

—Qué curioso porque justamente eso mismo estaba pensando.

—Tuve un sueño —continuó él con ansiedad y Marianne lo observó sin entender qué de importancia tenía aquello hasta que recordó que él no solía soñar, y dada la naturaleza de sus revelaciones cada vez que despertaba, supuso que debía tratarse de algo relacionado con su situación actual.

—¿Qué fue lo que soñaste?

Samael abrió la boca para contestar, pero la sirena de la ambulancia recién llegada los interrumpió.

No pasó ni un minuto y un par de practicantes corrieron a la puerta de entrada para mantenerla abierta mientras los paramédicos entraban, empujando una camilla apresuradamente en su dirección, así que se apartaron enseguida para permitirles el paso y Marianne descubrió que a quien llevaban en la camilla era a Kristania.

Detrás de ésta pasó corriendo su madre y unos segundos después entró Mitchell, bastante controlado en comparación con ella. Al verlos les dedicó un leve saludo con la cabeza y se acercó sin necesidad de decir lo que ellos mismos acababan de presenciar.

—De verdad, no sabes cuánto lo lamento, aunque suene raro viniendo de mí —comentó Marianne y él meneó la cabeza.

—Era algo de esperar, así terminan los dueños de los dones después de todo. —Una mueca se formó en los labios de Marianne y Mitchell comprendió que eso también le afectaba a ella de manera más directa—… Lo siento, ya sabes que a veces olvido el tacto.

—No nos queda mucho tiempo, yo también empiezo ya a sentir los efectos — replicó ella, observando sus manos, cuyas venas eran cada vez más visibles.

—Tengo el presentimiento de que esto acabará más pronto de lo que esperamos —dijo Samael con seriedad. De pronto un estallido en sus oídos y una sensación de desprendimiento en su interior los puso sobre alerta. Se miraron desconcertados por un instante hasta que fue Samael quien entendió lo que aquello significaba—… La barrera.

Se transportaron a casa de Lucianne y una vez ahí, bajaron corriendo al sótano y descubrieron que la barrera ya no estaba y Lucianne también había desaparecido.

—¿Qué fue lo que pasó? ¿Ella logró romper la barrera? —preguntó Mitchell mientras Samael examinaba el lugar y Marianne caminaba por el espacio vacío donde solía localizarse la barrera y ahora quedaban unas marcas como quemaduras sobre el piso.

—No. Ella no pudo haberla roto sin ayuda externa. Esto fue obra de alguien más —dijo mientras pasaba la mano por la línea cauterizada que se había formado en la madera—… Detecto una energía maligna. Demian estuvo aquí.

Marianne se mordió el labio y evitó hacer comentario alguno. No pasaron ni cinco segundos y escucharon unas fuertes pisadas por la casa dirigiéndose al sótano, y acto seguido Franktick bajó los escalones hecho un bólido.

—¿Dónde está Lucianne? ¿Qué pasó? —preguntó con la respiración agitada en cuanto puso un pie en el suelo después de dar un salto—. Venía hacia aquí cuando mis oídos retumbaron y tuve la sensación de que algo había ocurrido. ¿Lucianne escapó?

—La liberaron —respondió Samael, poniéndose de pie después de estar tocando la línea cauterizada del piso—. Demian estuvo aquí, él debió hacerlo.

Frank comenzó a apretar las manos con tanta fuerza que sus nudillos quedaron blancos.

—…Eso quiere decir que la tiene prisionera en algún lugar. Seguramente para provocarnos —masculló él con la mandíbula tan tensa que se marcaban los músculos de su cara y acabó pateando la silla en la que solía sentarse, la cual chocó en el fondo contra unas cajas apiladas, provocando el derrumbe de éstas. Los demás se limitaron a cubrirse los oídos ante el estruendo, sabiendo que sería inútil intentar calmarlo—. ¡Lo matare! ¡Juro que lo mataré!

—Aún no podemos estar seguros de lo que realmente hizo con ella, podría estar bien —conjeturó Mitchell con las manos preparadas para volver a taparse los oídos por si su arranque de ira continuaba.

—¡¿De verdad lo crees?! ¡¿A pesar de todo aún piensas que al final del día va reunirse con nosotros, resolver nuestras diferencias y darnos la mano como si nada hubiera pasado?! ¡¿Olvidas que se trata de un demonio?! —exclamó Frank, alzando tanto la voz que parecía a punto de escupir la tráquea.

—Bueno, si a ésas vamos, recuerda que tú…

—¡No, no me vengas con que yo estuve a punto de ser uno porque no es lo mismo! ¡Yo fui manipulado, él lo lleva en la sangre! —continuó Frank con su verborrea mientras los demás se quedaban en silencio, dejándolo despotricar y descargarse todo lo que quisiera—. ¡Saben bien que esto terminará en muerte! ¡Lo saben, ¿cierto?! ¡Y si queremos recuperar lo que nos pertenece, lo mejor para todos es que él sea quien muera!

Las facciones de Marianne se contrajeron y abrió la boca sin saber realmente qué decir, pero Samael se le adelantó.

—Lo sabemos —afirmó él y Marianne le dedicó una mirada de desconcierto—. Y estás en lo correcto. Él tiene que morir.

—…Al menos alguien está de acuerdo conmigo —repuso Frank, sin poder evitar la sorpresa de que fuera precisamente él quien lo apoyara—. Deberían escucharlo, después de todo él sabe mejor que nadie, ¿no es lo que siempre me dicen?

Marianne no pudo seguir escuchando, se abrió pasó entre ellos y salió del sótano sin decir nada.

—…Avísenle a los demás que nos vemos aquí en dos horas. Tenemos que determinar bien nuestro plan de acción porque no creo que pase una noche más sin tener noticias de él, estoy seguro que pronto aparecerá —les indicó Samael para a continuación seguir a Marianne y alcanzarla cuando ya estaba saliendo de la casa—. Marianne, espera, tenemos que hablar.

—…Ya lo tenías decidido, ¿verdad? —expresó ella con reproche—. La próxima vez que Demian apareciera pensabas simplemente llevar a cabo tu plan de matarlo sin hablarlo primero con nosotros. Sólo porque Frank piensa igual que tú es que decidiste decirlo.

—No sé cuántas veces más debo repetir que es peligroso.

—¡Estoy segura que debe existir alguna otra manera que no incluya la muerte de alguien sólo porque su sangre es “maligna”! —insistió Marianne, parando en seco y dándose la media vuelta con un movimiento rápido, pero en cuanto lo hizo, sintió que todo a su alrededor comenzó a darle vueltas y que algo dentro de ella se estrujaba, como si una mano fantasma presionara con fuerza su corazón. Samael la sostuvo antes de que fuera a dar al piso y ella trató de enfocar la vista y recuperar el equilibrio.

—¿Desde hace cuánto estás así? —preguntó Samael.

—Hoy comenzó… No me queda mucho tiempo, ¿verdad? Sólo pude aguantar dos semanas… ¿por qué?

—Quizá yo tenga algo de culpa en eso —confesó Samael con gesto contrariado—. Cuando vi a ese sujeto inclinado sobre ti, pensé que intentaba hacerte daño y lo ahuyenté. Pero cuando te vi reaccionar, supe entonces que él era el causante… y yo lo interrumpí. Si no lo hubiera hecho quizá hubiera terminado el proceso correctamente…

—¡Aguarda! ¿De qué estás hablando? ¿Qué sujeto?

—El encapuchado que mencionaste. Él fue quien te hizo reaccionar a pesar de haber perdido el don. No sé de dónde salió, ni hacia dónde fue, simplemente… desapareció.

Marianne paseó la mirada por el piso tratando de acordarse de algo de ese día, pero le resultaba imposible y la mención del sujeto encapuchado la desorientaba.

—Es por eso que tengo que hacerlo, ¿entiendes? —continuó Samael—. Sé que la mayoría de ustedes siente afecto por él, por eso he decidido tomar la responsabilidad de eliminarlo para que recuperen sus dones y puedan seguir viviendo. Con la ayuda de Frank quizá tenemos una mejor oportunidad.

—¿Por qué sólo con su muerte podemos recuperarlos? ¿No existe otra manera? —inquirió ella, sintiéndose enferma de tan sólo pensar en ello, aunque dadas sus circunstancias posiblemente se tratara de su cuerpo luchando por no entrar en crisis.

—En mi sueño hubo algo —respondió él con semblante meditabundo—. Había una silueta a lo lejos. Sin embargo, no decía nada. Tan sólo mencionaba un treceavo don.

—¿…Un treceavo don? Pero jamás hablaste de uno, ni siquiera esos demonios. Se limitaron a la búsqueda de doce, ¿no? En eso es lo que nos enfocamos siempre.

—Lo sé, por eso no le encuentro ningún sentido. Los dones están completos, ya cumplieron su propósito, no sé lo que la inclusión de un treceavo cambiaría en la ecuación.

—A menos que —comenzó a decir ella, sintiendo un leve brote de esperanza—… en el momento en que todos los dones se introdujeron en él, formaron uno solo que ahora le pertenece, quizá ése sea el treceavo don. Si lo conseguimos, tal vez podamos recuperar los demás y devolverle el suyo sin necesidad de matarlo.

Samael la miró por un instante, entornando los ojos con expresión indagadora.

—¿…Qué es eso que sientes cada vez que hablas de él?

—¿…Eh? ¿A-A qué te refieres? —preguntó ella, poniéndose de repente nerviosa.

—No sé, por eso pregunto. Cuando hablas sobre él de pronto detecto un cambio de humor en ti, pero siempre es diferente, así que no logro determinar a qué se debe.

—¡Pues no es nada! ¡Tampoco es que sea importante! ¡Así que olvida el asunto y concentrémonos en lo que realmente nos interesa! —espetó ella con un sentido de urgencia.

—Esto es importante porque de ello depende tu capacidad para enfrentarlo. Tu reacción frente a él es impredecible y quizá resulte peligroso cuando llegue el momento… No sólo para ti, sino también para los demás.

Marianne lo miró incrédula al entender lo que estaba implicando: que su empecinamiento era tal que era capaz de poner en peligro la vida de sus amigos. Su desconfianza le dolía. Tomó aliento y desvió la mirada.

—…Llévame a casa.

—Mi deseo no es herirte, sabes bien que lo único que me importa es tu bienestar y el de los demás…

—Llévame. A. Casa —puntualizó ella, remarcando las palabras, y Samael dio un suspiro, consciente de que no la sacaría de ese estado por un buen rato. La tomó del hombro y ambos desaparecieron de ahí. Cuando Marianne entró a casa, su familia ya había vuelto, pero su padre iba de salida nuevamente—. ¿Qué ocurre?

—Llamaron del hospital, parece que hubo un problema.

—¿…Mamá de nuevo? —preguntó ella, sintiendo que el estómago se le endurecía.

—No, pero dijeron que una persona irrumpió con violencia y se llevó a alguien del área donde la tienen a ella. Una de tus amigas en coma, me parece —explicó su padre, volviendo a tomar sus llaves y el saco para salir de ahí.

—¿…Belgina? —preguntó ella, sintiendo ahora que las piernas se le volvían de gelatina al entender hacia dónde apuntaba aquello.

—Creo que sí. De cualquier forma, temen que regrese por alguien más y han puesto el doble de seguridad, pero aún así pienso ir a verificar que tu madre esté bien —respondió él, pasando por la puerta, y Marianne lo detuvo antes de que cerrara.

—¿…Describieron al intruso?

Podía escuchar sus latidos retumbando en sus oídos, pero aún así intentó enfocarse en la voz de su padre, atenta a su respuesta.

—Escuché algo sobre el parecido que tenía con los que buscaba la policía hasta hace poco, pero no sé bien cómo tomar aquello.

Tampoco Marianne lo sabía. Tanto podría tratarse de Demian como del otro demonio, sin embargo, una cosa era segura: les estaban dando caza. Primero la desaparición de Lucianne, ahora Belgina, no había otra explicación. Una sensación ácida recorrió su garganta en un intento por dejar salir las palabras.

—…Quiero ir contigo. Acompañarte al hospital.

—No —dijo él con voz sorprendentemente firme y determinada. Parecía que por fin estaba hallando su voz de padre—. Te quedarás aquí con tu hermano. Después de lo que pasó ayer no quiero que te expongas a algún otro peligro.

Marianne quiso protestar, pero su padre ya cerraba la puerta detrás de él, así que no le quedó más que dar un pisotón de frustración en el piso.

—Si piensas salir a pesar de su prohibición, adelante, sólo te recuerdo que yo lo estoy viendo todo y puedo delatarte con papá cuando regrese —dijo Loui desde la sala, con el televisor encendido y un platón de palomitas enfrente. Ella se limitó a refunfuñar y subió corriendo hasta llegar a su habitación. Samael ya estaba ahí.

—¿Escuchaste?

Él asintió con gesto parco.

—No nos quedemos aquí entonces, regresemos al hospital.

—No tiene caso. El objetivo era Belgina y ahora la tiene, no regresará por los demás dueños de los dones, ellos no le son de utilidad. Sólo los que son Angel Warriors.

—¿…Entonces qué hacemos?

—Hay que reunir a los demás —opinó él, tratando de mantener la cabeza fría, y en eso una perturbación energética comenzó a formarse frente a ellos, ante lo cual Samael se colocó delante de ella para protegerla. Sin embargo, lo único que salió expulsado fue un pedazo de papel y a continuación la perturbación se desintegró en el aire de la misma forma como había aparecido. Ambos intercambiaron miradas confundidas y posaron la vista sobre aquel papel que yacía a sus pies. Samael lo recogió con algo de precaución y Marianne miró sobre su hombro para ver de qué se trataba. En el papel venía tan sólo una dirección.

—¿…Es lo que creo que significa? —enunció Marianne y Samael asintió.

—Está indicando el lugar donde quiere que lo enfrentemos.

—Sé dónde queda eso. Es el edificio abandonado donde atacaron a Frank.

—Bien. Entonces sé cómo llegar.

—¿…Por qué eso me suena a que yo no estoy incluida en esa acción? —interpeló ella, frunciendo el entrecejo y Samael dio un suspiro, volteando con un gesto que ella bien podía interpretar, era el mismo de su padre cuando tenía que negarle algo.

—…No tienes tu poder, Marianne. Eres particularmente vulnerable en esta situación.

—¡No, no me salgas con eso justo ahora! ¡Tú mismo dijiste que no necesitaba de mi poder para luchar! ¡Tengo mi espada, ¿no?! ¡Estuve entrenando todo este tiempo!

—La cuestión es si serás capaz de usarla contra él —replicó Samael, dejándola callada—. No me malentiendas, confío en tu capacidad, pero la realidad es… que sin un poder, difícilmente podrás ayudar en algo, sólo te convierte en un blanco fácil. No puedo permitir que te arriesgues de esa forma, ante todo debo protegerte.

—…Ya lo habías decidido, ¿cierto? Desde el momento en que perdí mis poderes, sabías que no lucharía al final, sólo me hiciste creer que podía ser útil aún así.

—…De verdad lo siento —en cuanto dijo esto, extendió la mano frente a Marianne y un contorno se trazó a su alrededor. Ella estiró la suya y sintió que se detenía ante algo sólido y transparente como cristal. Le dedicó una mirada de decepción. Estaba encerrada dentro de una barrera, tal y como Lucianne en su momento.

—…No puedes dejarme encerrada aquí.

—Lo hago para protegerte —respondió él, retrocediendo de la barrera unos pasos y desapareciendo a continuación, dejándola a ella descargándose frustrada contra ésta. No podía creer encontrarse en esa situación y lo peor era que nada podía hacer.

—¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes! ¡Regresa ahora mismo y sácame de aquí! —gritó, golpeando la barrera con todas sus fuerzas, embistiendo incluso su propio cuerpo contra ella, pero lo único que lograba era lastimarse, así que lanzó un grito de impotencia hasta casi desgarrarse la garganta.

—¿Ya terminaste? —Marianne se dio la vuelta y vio a Loui de pie, apoyado en el marco de su puerta, sosteniendo algo en la mano—. Eres en verdad escandalosa, y luego te quejas si me da curiosidad por investigar el por qué del alboroto que provocas.

—Loui, ¿qué…?

—A ver si después de esto dejas de subestimarme. Llegó la caballería —dijo él, alzando el objeto que tenía en la mano y sosteniéndolo en alto. Era una palanca de metal.

Ende apareció en medio de la enorme área que correspondía al último piso del viejo edificio que habían destinado como punto de encuentro. Restos de lo que alguna vez pudieron haber sido cubículos y artículos de oficina estaban desperdigados por todo el piso entre la suciedad y el polvo acumulado de años de abandono.

Justo al fondo, Demian había hallado un sillón desvencijado sobre el cual sentarse a esperar con una mezcla de ansiedad y paciencia, como si fuera un trono.

—Misión cumplida, amo. Las “invitaciones” han sido recibidas correctamente.

—Bien. Sólo queda esperar —respondió él con voz átona, carente de emoción.

—Sé que te importa poco lo que yo pueda pensar de tus métodos para cumplir con tu misión, amo, y en cierta forma es cierto, mientras lo hagas me doy por satisfecho —agregó Ende mientras Demian mantenía la espalda pegada al respaldo del sillón en postura derecha, casi imitando a su padre—. Pero estaría mintiendo si dijera que no me preocupa que mantengas precisamente a una Angel Warrior como aliada. Se supone que todos deben morir.

—Descuida, sé lo que hago. Ahora ve a asegurarte de que todos vengan. No debe faltar uno solo —finalizó él sin moverse ni mostrar alteración alguna en sus facciones.

Ende apretó sus inexistentes labios y se limitó a hacer una leve inclinación de cabeza hacia adelante y volviendo a desaparecer de ahí con un remolino de humo negro. Demian se mantuvo en la misma posición, con ojos que resplandecían con un anhelo de destrucción. De pronto una sonrisa cruzó por su inexpresivo rostro.

—…Llegaron.

Fuera del edificio, Frank y Mitchell llegaron corriendo y se encontraron con que los demás ya habían llegado y observaban la parte superior de la fachada.

—…Supongo que también recibieron el aviso —dijo Franktick con la respiración agitada. Los demás movieron la cabeza con los mismos gestos de gravedad, conscientes de que quizá aquella sería la última lucha que tendrían—. ¿Y la gruñona?

—La dejé en casa —respondió Samael sin bajar la vista—. Tal como dije que lo haría.

Frank asintió como si estuviera de acuerdo y se dedicó también a mirar arriba.

—¿Ha habido algún movimiento?

—Ninguno, pero está ahí dentro, puedo sentirlo —aseguró Samael, tras lo cual bajaron la vista y se miraron. Angie estaba muy pálida y ojerosa y Mankee lucía aterrorizado; Lilith comenzaba ya a perder el color de su rostro y Frank parecía demasiado agitado. Mitchell tampoco podía ocultar la inquietud que sentía, pero todos habían asistido. Estaban juntos en ello.

—Es hora entonces. Acabemos con esto de una vez —dijo Frank finalmente, tronándose los dedos y el cuello, introduciéndose al edificio seguido de los demás, dado que él conocía el lugar mejor que nadie.

—¿Ahora para dónde? —preguntó Mitchell una vez dentro, viendo el espacio que debió ser la recepción un día. Frank se disponía a tomar el camino a las escaleras cuando escucharon el sonido del ascensor abriéndose ante ellos como invitándolos a pasar.

—Creo que el mensaje fue claro. Vayamos —respondió Frank, indicando con la cabeza que lo siguieran, y en cuanto subieron al elevador, éste se cerró y comenzó el suave ascenso hacia la cima. Todos permanecieron en silencio, con la tensión pesando sobre ellos conforme iban llegando al último piso.

—¿Alguna idea de lo que haremos cuando estemos frente a él? —preguntó Mankee, tratando de que su voz se escuchara firme.

—¿Rezar? ¿Algún santo al que quieras encomendarte? —repuso Lilith, manteniendo los brazos cruzados para evitar que le temblaran.

Estaban en verdad nerviosos, pero también iban decididos a no retroceder. El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron ante un panorama oscuro en contraste con la luz al interior del elevador. Permanecieron un momento más dentro, reuniendo el coraje para avanzar, hasta que fue Samael quien dio el primer paso al frente y los demás lo siguieron. Caminaron casi a oscuras hasta que empezaron a ajustarse a la luz natural que se filtraba por algunas ventanas rotas y grietas que se habían formado en el techo.

—Finalmente aparecieron.

Sus cuerpos se tensaron al escuchar la voz y buscaron a su alrededor hasta alcanzar a distinguir una figura al fondo. Unas cuantas lámparas fueron encendiéndose a lo largo del sitio y permanecieron parpadeantes, dibujando sombras sobre la ya de por sí intimidante postura que Demian había adoptado sentado en aquel sillón, arqueando la espalda hacia adelante y con las manos aferradas en los reposabrazos, su fría mirada fija en ellos. No había nada en él que remitiera al chico que solían conocer.

Demian barrió a todos con la vista, de uno en uno, analíticamente, y cuando llegó al último, volvió a pasar la mirada como si buscara algo.

—…Ella no está aquí, y tampoco vendrá —expresó Samael, sabiendo que era a Marianne a quien buscaba. Demian le dedicó una mirada severa como si deseara callarlo.

—…Ya veremos —repuso él con ese tono contenido que parecía reprimir un intenso deseo por acabar con todo de una vez. Entonces se puso de pie con la cabeza en alto, mirándolos hacia abajo, como quien observa a unas hormigas. Tenía el poder de aplastarlas rápida e indoloramente, o el extender su agonía trayendo consigo una lupa para exponerlas al sol. Él había escogido la lupa—. Supongo que deben saber a estas alturas que de aquí no saldrán hasta que ustedes o yo estemos muertos, y definitivamente yo no pienso morir.

—Qué curioso, tampoco nosotros, así que hay un problema con tu pronóstico porque estamos aquí precisamente para acabar contigo —repuso Frank con su usual actitud confrontadora y Demian soltó una risa que no era propia de él, al menos no solía serlo.

Acto seguido se desplazó hacia Frank a una velocidad inesperada y le dio un fuerte golpe en el estómago que le sacó todo el aliento, obligándolo a doblarse hacia adelante hasta quedar de rodillas, y antes de que pudieran reaccionar, él ya había vuelto a su misma posición frente al sillón.

—Eso fue sólo una pequeña muestra de lo que puedo y VOY a hacer, así que será mejor que se ahorren sus réplicas ingeniosas si no quieren empeorarlo.

—¿Estás bien? — preguntó Lilith mientras ayudaban a Franktick a ponerse de pie.

—…No fue nada. Un simple golpe, los he tenido peores —aseguró él con las manos en el estómago y expresión adolorida, pero a la vez furiosa.

—¿Por qué haces esto? —preguntó Mitchell, decidiéndose a hablar por fin, dando un paso al frente—. ¡Se supone que éramos amigos! Eso no tendría por qué cambiar sólo porque un día descubriste que tu padre era el gobernante del mal… o algo así.

—¿Amigos? —La mirada de Demian se posó ensombrecida sobre él—… Nunca fueron mis amigos.

En un segundo estaba frente a ellos y al otro a un lado de Mitchell. Con el antebrazo le lanzó un golpe en la cara, mandándolo al suelo y luego sin detenerse le dio una patada en el costado, haciéndolo rodar sobre sí mismo hasta llegar a los pies de Mankee, demasiado aterrado para reaccionar. Demian levantó la mano en un puño, dispuesto a arremeter nuevamente, pero Samael se interpuso, deteniéndole la mano y ofreciéndole su mirada feroz. Los ojos de Demian se estrecharon y los músculos de su rostro se contrajeron al verlo cara a cara hasta que de pronto sus labios se curvaron hacia un lado, mostrando una media sonrisa y se echó hacia atrás, regresando al mismo punto del que había partido mientras Lilith y Mankee ayudaban a Mitchell a levantarse.

—…Estableceré las reglas del juego. A partir de este momento lucharemos a muerte; si ustedes no me matan, yo los mataré a ustedes, así que sugiero que se tomen esto más en serio porque no les tendré consideración. Pelearé con todas mis fuerzas, por lo tanto, no espero menos de ustedes… aunque para las chicas tengo preparado algo especial. —Angie y Lilith se miraron confundidas, preguntándose si eso significaba que a ellas no las mataría, pero él enseguida hizo un gesto con la mano para indicarles que no había terminado—… Eso, sin embargo, no significa que las dejaré vivir. Tendrán que morir también al final porque es parte de las reglas, pero como dije… he hecho algunos arreglos especiales para ustedes.

En cuanto dijo esto, una silueta comenzó a avanzar de entre las sombras con una cadencia que a los demás se les hacía conocida. Frank dio unos pasos hacia adelante, sintiendo una agitación que aumentaba en su interior conforme la figura se aproximaba a la parte más alumbrada del lugar, y cuando por fin salió a la luz hubo un silencio tal que el oxígeno entero parecía haber sido succionado.

—…Lucianne —enunció Frank con un hilo de voz, como si la garganta se le hubiera cerrado. Ella sonrió con una expresión maligna que les erizó la piel. Sin duda estaba ahí por voluntad propia y no por imposición. ¿Cómo reaccionar a eso?

—¿Qué estás haciendo? ¡Vas a destrozar el piso! —protestó Marianne mientras Loui se dedicaba a forzar las tablas del piso justo en el punto en el que la barrera se delimitaba.

—¡Estoy intentando sacarte de ahí! ¿Tienes una mejor idea? —replicó él, encajando el extremo de la palanca en los espacios de la madera para poder así levantarla. Ella decidió quedarse callada y dejar que continuara—. En serio, no puedo esperar por la explicación que me darás después de esto, puedes ponerte muy ingeniosa aún bajo presión.

—No creo que tenga forma de justificar esta situación…

—Intenta alguna historia más de tu amigo fantasma ilusionista, son las más creativas, quizá que es el espíritu santo o algo así. —Marianne lo miró con reserva, preguntándose qué tanto sabría a esas alturas. Las tablas comenzaron a ceder en ese momento—. ¡Ah, bien, parece que ya pude! —Levantó una con la palanca y pudo verificar que la barrera no atravesaba el piso—. Es sólo superficial, si estuviéramos en el piso de abajo se podría cavar un hueco para abrirte paso, pero creo que el grosor de aquí no lo permitiría.

—¿Por qué no? Sólo remueve unas tablas, quizá podamos levantar la barrera haciendo palanca con esa misma herramienta. —Loui siguió su sugerencia, pero en cuanto intentaron levantar el borde de la barrera, vieron que era imposible moverla, por más esfuerzo que hicieran—. ¿Y ahora qué, genio?

—Si remuevo más madera, lo único que conseguiría es que cayeras a la planta baja en la misma porción sobre la que estás parada, y eso significa también la cosa ésa que te tiene encerrada… En cambio, si el agujero fuera hecho desde el interior, tú podrías salir.

—¿Cómo esperas que haga un hueco desde aquí dentro? ¿Con las uñas? —preguntó ella, sintiéndose agotada, y entonces recordó su espada. El problema era que si Loui la veía sacarla directamente de su mano sería exponerse, y aún quería pensar que a pesar de la situación excepcional en la que se encontraban, podía mantener algunas cosas al margen de él—. Tengo una idea… ¿Podrías darte la vuelta?

—Por favor. ¿Crees que a estas alturas sigue siendo importante el ocultarme todo?

—Probablemente no, pero prefiero seguir teniendo el control sobre algunas cosas —espetó ella, comenzando a retorcer la mano. Loui puso los ojos en blanco y decidió darle gusto colocándose de espaldas a ella. La espada fue brotando de su mano hasta que pudo sostener la empuñadura entre sus dedos—. Listo, ahora veamos si esto funciona.

El niño se dio la vuelta de nuevo y observó con atención que blandiera la espada en alto para a continuación clavarla en el suelo de madera, atravesándola con facilidad.

—¡Alucinante! —soltó Loui maravillado.

—Bien. Esto será fácil. Sólo necesito hacer un hueco lo suficientemente grande para que yo pueda pasar por él —dijo Marianne más que nada para animarse a sí misma. Volvió a blandir la espada y a realizar los cortes necesarios sin darse cuenta de que comenzaba a formarse una perturbación al extremo de la habitación.

—…Marianne. —Loui señaló por detrás de ella y al voltear, descubrió a Ende observando con curiosidad aquella escena.

—Parece que tenemos una pequeña situación aquí —expresó el demonio con una voz extrañamente complacida—. Mi amo espera que todos se presenten ante él sin excepción y es mi trabajo ver que sus instrucciones se cumplan… sin embargo, no dijo nada sobre que todos debían llegar enteros.

La sonrisa que esbozó a continuación fue suficiente para que Marianne entendiera lo que se proponía. Abrió más los ojos y se apresuró a echarse al piso a la vez que le advertía a Loui.

—¡…Corre! ¡Sal de aquí!

Escuchó entonces un sonido como de un láser seguido de una explosión de cristales. El estruendo y la nube de humo provocada por el estallido empezaron a disiparse y al voltear, notó que Ende ya no estaba. Se puso de pie y sintió un dolor punzante en el hombro, había sido herida, pero al menos la capa había desaparecido. Odiaba pensarlo, pero aquel demonio le había hecho un gran favor que de ninguna manera pensaba retribuirle a pesar de su filosofía del equilibrio y no deberle nada a nadie. Escuchó entonces los quejidos de Loui. Intentó despejar el humo con la mano y siguió el sonido de su voz y sus tosidos.

—¡Loui! ¿Dónde estás? —Finalmente logró ver su silueta entre el humo, sobre el piso. Se inclinó hacia él y en cuanto el humo se disipó, se dio cuenta de que su pierna estaba herida. Un enorme hueco le atravesaba la pantorrilla, posiblemente del rayo que Ende había disparado, y el chiquillo se retorcía adolorido. Rápidamente lo ayudó a levantarse y a sentarse en la cama para revisar su herida—. No se ve nada bien. Espera aquí, iré por el botiquín de primeros auxilios.

—¡Olvídate de eso y vete de una vez a donde sea que tengas que ir! —exclamó Loui, haciendo una seña para que lo dejara—. Yo me quedaré aquí sangrando sobre tu cama para recordarte lo que he hecho y empieces a confiar un poco más en mí.

—¿Es broma?

Loui sonrió a pesar del dolor y dejó de cubrirse la pantorrilla.

—Ésta es mi herida de guerra y después de esto no podrás seguirme tratando como un niño inútil al que tienes que mantener al margen. Deja de perder el tiempo, yo estaré bien aquí, sé cómo hacer un torniquete. ¡Ahora ve ahí y acaba con esos demonios!

Marianne lo miró sorprendida. Aquello era un claro indicativo de qué tanto sabía él y lo que había estado fingiendo todo ese tiempo. Pero no era momento para detenerse a hacer preguntas, asintió ante sus palabras y le dedicó también una sonrisa agradecida para a continuación absorber su espada y salir corriendo de ahí.

—¿Qué significa esto, Lucianne? ¿Acaso estás de su parte? —preguntó Lilith.

—¿Y esperaban que me pusiera de la suya después de lo que me hicieron? —replicó ella con aquella sonrisa maliciosa, colocando las manos sobre su cintura.

—¿Acaso no escuchaste lo que dijo? ¡Pretende matarnos a todos, eso te incluye a ti!

—Yo soy una excepción. No lo entenderían, no comparten nuestro tipo de conexión —repuso Lucianne sin dejar de sonreír. A pesar de que Frank se mantenía callado e inmóvil, notó que los ojos de ella resplandecían con un halo alrededor del iris.

—…Tiene energía maligna. ¡Él la está controlando con su energía maligna! —exclamó él de pronto, señalando a Demian con gesto de furia.

—Tiene razón, puedo sentir un brote de energía demoníaca en ella, pero no creo que eso tenga que ver con su forma de actuar —aceptó Samael, pero eso no detuvo a Frank de ir corriendo hacia Demian en un arranque de ira.

Dirigió el puño derecho hacia su cara, pero él lo detuvo con una sola mano sin inmutarse. Una sonrisa de suficiencia cruzó por su rostro mientras apretaba la mano en torno al puño con más fuerza y Frank intentaba soportar la presión, apretando los dientes y manteniendo su brazo inmóvil. Si su intención era romperle la mano, no le daría el gusto acobardándose ni echándose para atrás, y a pesar del esfuerzo que aquello le representaba, acabó sonriendo y mostrando los dientes.

—¡…Soy zurdo! —Tan pronto como dijo esto, su puño izquierdo le dio un golpe contundente en la mandíbula, provocando que lo soltara y retrocediera unos pasos.

Demian se llevó confuso la mano a la mejilla, y tras pasarla por la boca notó la sangre entre sus dedos, un líquido oscuro. Frank ya estaba listo para recibir cualquier tipo de represalia, pero lo único que Demian hizo fue echarse a reír y con un rápido movimiento de la mano lo mandó de vuelta hacia donde estaban los demás.

—Bien. Parece que ya están motivados para comenzar, no lo posterguemos por más tiempo —expresó Demian tras limpiarse la sangre de la boca—. Sólo una última cosa… quiero que se transformen.

—¿Para qué? Si de todas formas ya sabes quiénes somos.

—Prefiero pelear con ustedes como Angel Warriors que atacarlos como humanos vulnerables. Quizá sea un demonio, pero tengo un código —respondió él, aunque su respuesta no parecía convencerlos del todo. Sin embargo, tenía razón en una cosa, si se transformaban al menos disponían de sus armaduras como protección extra, así que terminaron haciendo lo que les pedía. La coraza los cubrió, dejando únicamente sus rostros al descubierto—. Sus trajes completos. Eso incluye el casco.

Los demás no entendían la insistencia, pero igual terminaron haciéndolo. Demian mantuvo su sonrisa fría en el transcurso.

—Ya sabes qué hacer —indicó él, haciéndole una seña a Lucianne—. Y recuerda, no debes matarlas por ningún motivo, sólo déjalas fuera de combate.

—Lo entendí perfecto la primera vez —respondió ella, estirando los brazos de modo que también su armadura comenzaba a cubrirla, con la diferencia de que ésta ahora era oscura. Angie y Lilith se miraron, conscientes de que ahora iría tras ellas.

—¡Hagan lo que hagan no se les ocurra hacerle daño! ¡Recuerden que no está siendo ella misma! —les gritó Frank desde su lugar.

—¡¿Por quién nos tomas?! —reclamó Lilith justo en el momento en que Lucianne se desplazaba velozmente hacia ellas y las empujaba hasta el extremo opuesto, estrellándose contra uno de los muros de concreto que retumbó consigo el lugar entero.

Frank hizo un ademán de ir tras ellas, pero Demian lo bloqueó y envió de vuelta con los demás de un empujón.

—Nada de eso. Ustedes pelearán conmigo aquí y ahora —proclamó él, caminando frente a ellos y observando a cada uno—. Lo único que queda por decidir es si lo harán todos a la vez o uno por uno.

—¡No necesito la ayuda de nadie para acabar contigo! —afirmó Frank, tronándose los dedos y avanzando unos pasos, pero Samael colocó un brazo por delante de él, deteniéndolo—. ¿Qué crees que haces?

—Pelearemos uno por uno. Me parece que es lo más justo —anunció Samael.

—Bien. Ustedes decidan entonces quién empieza —repuso Demian con indiferencia. Samael tiró de los chicos hacia atrás para que hicieran un círculo a su alrededor.

—¿Qué haces? Ya quedamos que pelearemos uno a uno, ahora déjame ir y partirle la cara —insistió Franktick, ansioso por comenzar.

—No, tienes que esperar. De aquí, tú y yo somos los únicos que estamos decididos a acabar con él, debemos ser los últimos.

—¿E-Estás diciendo que Mitchell o yo seremos los primeros? —Mankee sonaba como si lo estuvieran estrangulando.

—Entiendo, necesitas que gaste energía inútilmente desde el principio para agotarlo al final, ¿ésa es tu estrategia? —inquirió Mitchell a lo cual Samael asintió y él dio un suspiro—. Bien… Supongo que puedo intentarlo.

—¿Ya decidieron? —Demian aguardaba con los brazos cruzados con semblante aburrido y Mitchell dio unos pasos hacia adelante.

—Empezaré yo.

—Ah, mi autoproclamado mejor amigo —apostilló Demian con una nota de gracia en su voz, aunque Mitchell se mostraba tenso—. Te desearía suerte, pero sería inútil.

Al decir esto fue directo hacia él, tomándolo de los hombros y arrojándolo a la pared lateral. No le dio ni tiempo de incorporarse cuando de nuevo lo levantó para volver arrojarlo hacia el extremo opuesto.

—¡Defiéndete, idiota! ¡Recuerda las prácticas que tuvimos! —gritó Franktick, resistiendo las ganas de ir él mismo a defenderlo.

—Mitchell, concéntrate —masculló Samael, igual de atento a la pelea.

—Tus compañeros tienen razón. ¿Por qué no peleas? ¡Responde al menos, haz algo! —reclamó Demian, tomándolo del cuello y levantándolo del suelo.

—Por más que intento, no logro encontrar un motivo para pelear contra alguien que consideraba mi amigo —respondió Mitchell y una mueca furiosa se formó en el rostro de Demian, quien lo dejó caer al suelo y le dio la espalda, avanzando hacia el sillón donde había estado sentado cuando llegaron.

—Eso de tener sentimientos humanos es un fastidio. Es una de las ventajas de descubrir que soy un demonio, ya no tengo que preocuparme por lo que piensen los demás. Puedo hacer lo que sea sin remordimiento alguno —continuó él, yendo por detrás del sillón e inclinándose por algo—. ¿Necesitas una motivación? Te doy ésta entonces. —Al enderezarse de nuevo vieron que cargaba un cuerpo inerte. Mitchell palideció al darse cuenta de que era Belgina—. Sería fácil para mí simplemente matarla. Después de todo no es más que un bulto de carne sin conciencia. Le estaría haciendo un favor, ¿no crees? Ella será el primer Angel Warrior muerto.

Mitchell parecía incapaz de hablar o reaccionar ante la visión de Belgina. Demian dejó caer su cuerpo al piso sin la menor consideración y procedió a enviarle un rayo oscuro al hombro sin inmutarse. Éste comenzó a sangrar profusamente y la piel alrededor de la herida parecía carcomerse como si le hubieran echado ácido.

—¡No! —Mitchell finalmente reaccionó, poniéndose de pie de un salto y corriendo hacia Demian, que parecía satisfecho de que su táctica funcionara.

El muchacho fue directo sobre él, lanzando golpes desesperados sin lograr hacerle verdadero daño. Demian lo empujaba con una sonrisa burlona y levantó el dedo índice, que volvía a brillar con aquel halo negro, apuntando de nuevo hacia Belgina.

—¿Necesitas un poco más de motivación? —repitió él, lanzando otro rayo oscuro y Mitchell sin pensarlo se lanzó frente a Belgina con las manos al frente y el rayo fue reflejado por el escudo que había formado, hiriendo a Demian en el rostro al querer esquivarlo. Samael aprovechó para ir por Belgina mientras Mitchell volvía a la carga.

—¿Estás seguro de esto? Ese bastardo no parece estar cansándose nada y en cambio Mitchell… —murmuró Frank mientras él y Mankee ayudaban a Samael a alejar el cuerpo de Belgina de la pelea.

—Debe tener un límite y nosotros vamos a encontrarlo —respondió Samael con seguridad, y a la distancia alcanzaban a escuchar los gritos de las chicas al fondo—. Tenemos que detener a Lucianne.

Frank se puso de pie y volteó hacia el fondo, donde apenas alcanzaba a vislumbrar unas siluetas en constante movimiento.

—Tiene energía demoníaca en ella, tú mismo lo dijiste, es como cuando fui controlado por Hollow. Es por eso que debe ser más fuerte que antes; esa energía es como una droga, te hace sentir por encima de tus propias capacidades, fuera de ti. Hay que liberarla de su control —expuso Frank, tratando de ubicar quién era quién de las respectivas siluetas que veía a la distancia—. Y eso lo harás tú.

—¿…Qué? ¿Yo? —preguntó Mankee al notar que se dirigía a él.

—Tú me liberaste la última vez, tienes que hacer lo mismo con ella… Y sí, ya sé que te obligué a intentarlo antes, pero ahora es diferente, ella en verdad lo necesita esta vez. Tienes que intentarlo al menos.

Mankee pasó un trago con dificultad y miró hacia el fondo, donde otro tipo de lucha encarnizada se estaba desarrollando.

Lucianne tenía clavada sus uñas en los brazos de Lilith, atravesando su armadura, y observaba con regocijo cómo gritaba cada vez que las encajaba con más fuerza. Angie había quedado noqueada, pero en cuanto fue recobrando la consciencia, intentó ponerse de pie con el mayor sigilo posible y acercarse por detrás.

—¿Qué tal se siente, eh? Ésta es sólo una pequeña revancha por haberme dejado ahí encerrada —Lucianne escupió las palabras a la vez que aplicaba mayor presión en sus garras, deteniéndola contra la pared y haciendo caso omiso a los gritos de Lilith, pero también ignorando que Angie se acercaba tambaleándose detrás de ella—. ¿Y sabes una cosa más? Estoy pensando que tal vez me resulte un poco difícil cumplir la orden de no matarlas… Después de todo existen los accidentes.

Una sonrisa torcida se formó en su rostro y sacó una de sus manos del brazo de Lilith, el cual cayó inerte a un costado de ella. Señaló hacia su cabeza con el índice y la punta de éste comenzó a brillar incandescente.

—Veamos si puedo atravesar ese duro casco y luego esa dura cabeza tuya.

Angie se le echó encima, obligándola a desviar su disparo y a liberar el otro brazo de Lilith, quien trató de mantenerse en pie, con ambos brazos colgándole a los costados. Lucianne se sacudió a Angie de encima, pero ella alcanzó a tocar su rostro antes de caer al suelo.

—¡¿Qué pretendías?! ¡Si lo que quieres es que te mate a ti primero, entonces con mucho gusto lo haré! —Se colocó delante de ella, apuntándola con pulso firme, pero sus brazos enseguida realizaron un tosco movimiento hacia los lados, quedando horizontales al cuerpo, justo la misma postura que Angie había adoptado en ese momento. Ésta comenzó lentamente a incorporarse, las extremidades temblorosas, como si le costara sostenerse en pie o siquiera mantener los brazos extendidos en esa posición mientras Lucianne luchaba por deshacerse de aquel control.

—Lilith, será mejor que pienses en algo pronto porque no podré aguantar esto por mucho tiempo —dijo Angie entre dientes, y al mismo tiempo Lucianne dijo lo mismo, imitándola ya no sólo en movimientos. Lilith les dirigió una mirada sorprendida, pero Angie no tuvo reacción alguna, a pesar del inesperado giro.

—No… me… controlarás. —El cuerpo de Lucianne comenzó a vibrar debido al esfuerzo por resistirse y el de Angie también lo hizo. No sólo perdía la conexión, sino que empezaba a sentir que su cuerpo se enfriaba y la visión se le nublaba—. ¡No permitiré que me controles!

La visión de Angie se tornó completamente negra y sus sentidos sufrieron un apagón inmediato. Su cuerpo perdió toda tensión y sus brazos cayeron flácidos a los lados a la vez que Lucianne recuperaba el control del suyo y apuntaba ahora hacia ella.

—¡Angie, apártate de ahí pronto! —advirtió Lilith, pero ella no la escuchaba, era un cuerpo inanimado que se mantenía de pie por inercia.

Lucianne aún temblaba cuando disparó unas centellas oscuras que impactaron justo en el estómago de Angie, mandándola al suelo. Lilith lanzó un grito y ante la imposibilidad de mover sus brazos, toda ella quedó prendida en llamas y sin pensarlo embistió a Lucianne por la espalda. Ésta, al sentir las llamas, tuvo que rodar en el piso para apagarlas y, tras volver a incorporarse, volteó furiosa hacia ella, que aún parecía una antorcha humana.

—¡Vas a pagar por esto! —Señaló un mechón de cabello quemado y apuntó nuevamente hacia ella, pero antes de que pudiera tan sólo decidir hacia qué parte de aquel cuerpo envuelto en llamas disparar, alguien la detuvo por la espalda, inmovilizándola, y de reojo alcanzó a ver el perfil de Frank—. ¡¿Qué crees que haces?!

Sin darle tiempo de reaccionar, Mankee se apareció delante de ella y colocó las manos firmemente en su rostro. La luz que la inundó en ese momento le sacó un chillido ensordecedor que tuvieron que soportar hasta que la luz dimitió. Su armadura había vuelto a su color marmoleado original y sus ojos eran de nuevo como la miel, pero ella continuaba retorciéndose para que la soltaran; no podían hacer nada por la falta del don.

Demian escuchó el grito. Había estado esquivando una y otra vez los golpes de Mitchell, pero en cuanto llegó a ellos aquel chillido intenso, él no pudo evitar desviar la vista hacia el fondo y Mitchell alcanzó a asestarle un fuerte golpe en el rostro, obligándolo a retroceder unos pasos hasta sostenerse del sillón para no caer. Sus ojos se estrecharon y posó la mirada en él.

—¡Y eso es por Belgina! —espetó Mitchell, jadeando profundamente y dando un leve tambaleo para luego volver a impulsarse hacia adelante, pero antes de que pudiera arremeter de nuevo contra él, otro par de manos se interpusieron entre ellos, surgiendo de una cortina de humo y arrojándolo a través del suelo, dando paso a Ende.

—¿Qué estás haciendo?

—Sólo evito que tome ventaja, amo.

—¡Ésta es mi pelea, no intervengas! —ordenó Demian con voz contundente—. No necesito de tu ayuda y tampoco quiero que interfieras por ningún motivo, ¿está claro?

—¿Y qué se supone que haga entonces? —preguntó el espectro.

—Si quieres mirar o distraerte en otro lado, adelante, sólo espero que hayas cumplido con la tarea que te encomendé.

Ende hizo una mueca al sentirse relegado en el papel de mensajero, pero acabó por acatar órdenes y asintió con una reverencia. Demian entonces decidió trasladarse al punto de dónde había salido aquel grito, seguido de cerca por su sirviente y también Samael decidió correr en esa dirección.

—¿Qué demonios es lo que ha pasado aquí?

Frank sujetaba a Lucianne de modo que no intentara ningún truco con sus centellas, detrás de ellos Lilith ardía en llamas que iban extinguiéndose, y en el suelo yacía el cuerpo herido de Angie, cuyos signos vitales verificaba Mankee. Demian entornó los ojos y con un rápido movimiento apartó a Frank de Lucianne, tomándola a ella de los hombros y presionándola contra la pared.

—¡Te dije claramente que no debías matar a nadie!

—¡Pues lo siento mucho, fue un accidente! —clamó ella con un quejido por la fuerza con que la tenía sujeta.

—¡Suéltala! —Franktick ya se había puesto de pie de un salto y se lanzó contra él, pero Demian estiró un brazo sin voltear siquiera y una barrera oscura impidió que éste se acercara más—. ¡Te juro que si le haces daño, te mataré!

—¿No se supone que era su intención de todas formas? —replicó Demian, levantando una ceja, mientras con el brazo derecho mantenía a Lucianne contra la pared.

—¡Sigue con vida! —informó Mankee tras encontrarle un débil pulso a Angie y Samael llegaba junto a ellos para curar sus heridas—. Sólo que no reacciona.

—Bien —repuso Demian, relajándose—. En ese caso será mejor que la mate de una vez.

Los demás se colocaron en postura defensiva en cuanto vieron que hacía el ademán de apartarse de Lucianne.

—¿…Qué ocurre aquí?

Se hizo el silencio total. Los chicos voltearon hacia el punto de donde provenía aquella voz y el agarre de Demian en torno a Lucianne se intensificó.

Le tomó unos segundos más que los demás girar por fin el rostro y encontrarse con la mirada aturdida de Marianne, sosteniéndose de la pared camino a las escaleras, pálida y sudorosa, sus hombros bajando y subiendo al ritmo de su respiración agitada.

Sus ojos se estrecharon y pudo sentir una efervescencia corriendo por sus venas.

Por fin había llegado.


SIGUIENTE