CAPÍTULO 40

40. MÁS FUERTE QUE EL RENCOR

Usando las fundas de varias de las almohadas que encontró en la cama, Loui creó un torniquete y a la vez un vendaje improvisado para detener la hemorragia de su pierna. Era doloroso, pero lo estaba sobrellevando bastante bien para un niño de doce años. Asentar la pierna se sentía como si un faquir le clavara su colección de espadas en el mismo punto, así que procuraba no moverla y permanecer sentado en la cama a la espera de que su hermana regresara, sin embargo, no contaba con que fuera su padre el que llegara antes que ella.

Escuchó su voz desde la planta baja y un cosquilleo nervioso lo recorrió de punta a punta. La puerta de la habitación ni siquiera estaba cerrada, si entraba ahí y lo encontraba todo revuelto y a él herido, con manchas de sangre por todos lados, no podría explicarlo. Así que tomó un profundo aliento y requirió de toda su fuerza de voluntad para ponerse de pie, apoyándose de la pierna buena y comenzando a cojear hacia la puerta para cerrarla. Si nadie respondía y veía las puertas cerradas, su padre daría por hecho que ambos habían salido y no se atrevería a entrar a verificar en sus habitaciones.

Avanzó el primer paso y aunque no apoyaba por completo la pierna herida, el solo movimiento era suficiente para que sus terminales nerviosas le transmitieran a su cerebro un agudo dolor que le obligó a morderse el puño para evitar un grito. Por si fuera poco, el piso había quedado como terreno pedregoso, lleno de obstáculos entre las tablas rotas y las astillas del intento de Marianne por abrirse paso a través de la madera, y el encontrar un espacio libre por donde pisar resultaba más un reto propio de un ajedrez extremo por la supervivencia. Pero debía concentrarse en llegar a la puerta lo más pronto posible, pues ya comenzaba a escuchar las pisadas de su padre subiendo las escaleras.

Un paso, arrastrar, dolor, un paso, arrastrar, dolor. Ya estaba más cerca de la puerta y aún se le hacía tan lejana. Su umbral del dolor parecía haber disminuido y hasta el mínimo movimiento de alguno de sus dedos lo ponía a sudar de la agonía. Su padre ya estaba cerca de la planta alta, si alcanzaba a ver la puerta abierta estaban perdidos, así que los siguientes segundos se convirtieron en una carrera contra el reloj en los que trató de poner su mente en blanco para no pensar en el dolor y lanzarse hacia la perilla para empujar la puerta con su peso. Estaba consiguiendo su objetivo, los goznes de la puerta se movieron y ésta comenzó su trayecto sin ruido, después de todo había valido la pena el dolor, alcanzaría a poner el seguro antes siquiera de que su padre pisara la planta alta y podría luego ocuparse de su herida que estaba sangrando de nuevo. Esperaba ya solamente escuchar el clic de la cerradura cuando una fuerza opuesta la detuvo justo a unos centímetros y la empujó hacia el lado contrario, abriéndola de nuevo.

Noah entró a la habitación y lo vio aferrado de la perilla con un vendaje manchado de sangre con un patrón parecido al de las cortinas y cubrecamas, además de la habitación hecha un desastre y parte del piso destrozado.

—…Pero ¿qué ocurrió aquí? ¿Qué le pasó a tu pierna? ¿Y dónde está tu hermana?

Loui se limitó a mirarlo con ojos como platos, balbuceando sin sentido. Su padre lo tomó por debajo de los brazos y lo levantó hasta sentarlo de nuevo en la cama

—…Escucha, Loui, no estoy molesto. Sólo explícame lo que ha pasado aquí y dónde está tu hermana —insistió Noah, pero el niño se mantuvo callado y bajó la vista.

Él volvió a contemplar la habitación: las sábanas cubiertas de sangre, las tablas rotas, algo que pudiera indicarle qué había ocurrido, y entonces se fijó en un pedazo de papel que destacaba entre todo lo que había en el suelo.

Se estiró para recogerlo y vio lo que decía. Era una dirección. Contrajo las cejas levemente y se puso de pie, guardando la nota en su bolsillo.

—…Vamos, te llevaré al hospital, procuraré no moverte tanto.

Loui permaneció en silencio y apretó los dientes para evitar soltar algún grito mientras su padre lo levantaba en brazos y lo sacaba de ahí.

Marianne observaba a todos, intentando recobrar el aliento después de lo que había corrido para llegar hasta ahí y luego tener que subir aquellos escalones en tan mal estado. Sentía que cada inspiración le quemaba los pulmones y temía irse de bruces al suelo.

—¡No deberías estar aquí! ¡Te dejé en tu habitación precisamente para que no estuvieras en peligro! —exclamó Samael, notando que tenía una mancha de sangre en su hombro derecho—… ¿Estás herida? ¿Pero cómo pasó?

—Tuve una visita inesperada gracias a la cual es que estoy aquí —respondió Marianne entre jadeos, dedicándole una mirada a Ende.

Sin perder tiempo, Samael colocó las manos sobre su hombro con la intención de curarla, pero apenas sus palmas comenzaron a brillar, una fuerza invisible lo aventó varios metros hasta caer sobre los restos de lo que fuera un cubículo.

—Finalmente decidiste venir —la voz de Demian sonaba ronca, dando unos pasos hacia ella con sus ojos fríos centelleando—. Pensé que habías decidido abandonar a tus compañeros a su suerte y dejarlos morir.

—No me atrasé por gusto —afirmó ella, tratando de mostrarse firme ante él—… Y tampoco te tengo miedo.

—¿En serio? —replicó él, esbozando una sonrisa—. Pues deberías. Porque de aquí ninguno de ustedes saldrá vivo.

Marianne tragó saliva, desconcertada por la nota de crueldad que podía detectar en su voz. Pasó la vista por detrás de él. Lucianne se sacudía la armadura como si nada; Lilith parecía destellar un brillo al rojo vivo, con los brazos laxos a los costados y heridos; Franktick se detenía con las manos en las rodillas, jadeando también exhausto; Mankee estaba inclinado en el piso junto a Angie, que lucía la palidez de la muerte y estaba cubierta de sangre.

—¡…Angie!

—Está bien, es sólo… que ya no puede reaccionar —explicó Samael, haciendo de lado un par de esqueletos de sillas que le habían caído encima e incorporándose.

—Y ya no importará cuando todo esto termine—añadió Demian, pero ella no se inmutó.

—Ahórrate los diálogos de demonio que no van contigo —espetó ella y la sonrisa de Demian se transformó en una mueca de furia. Realizó un rápido movimiento del brazo como si sujetara algo con la mano y de pronto ella fue levantada por los aires.

Los demás intentaron ir en su ayuda, pero un aura oscura salió despedida de Demian como una onda en expansión, arrojándolos a todos al suelo.

—¡¿Por qué haces esto?! ¡¿Tan sólo por no decirte desde el principio lo que éramos?! ¡Ya supéralo! —interpeló Marianne, luchando por moverse en el aire, pero sin lograrlo.

—¿…Crees que se trata únicamente de eso? —masculló él con la quijada apretada, sintiendo una corriente que lo invadía e impulsaba a cerrar la mano en el aire.

Marianne sintió entonces una presión sobre su garganta que le cortaba la respiración. Trató de aspirar por la boca, pero la presión que sentía sobre su cuello era tal que pensaba que en cualquier momento se rompería. Demian de pronto titubeó y relajó la mano, apartándola de modo que ella terminó cayendo al piso, dando profundas y desesperadas bocanadas de aire para volver a llenar sus pulmones.

—¡Marianne! —Samael corrió hacia ella, que retorcía el cuello.

—…Ése era mi poder, ¿verdad?

—Potenciado al máximo, pero sí, lo era —confirmó él.

—De pie —ordenó Demian, haciendo un ademán y ella fue impulsada nuevamente hacia arriba hasta quedar parada. Samael se mantuvo delante de ella por más que Demian ni siquiera parecía prestarle atención—. Es el momento de que repita las reglas para ti: todos tienen que transformarse. Así que hazlo. Transfórmate.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo. Ahora haz lo que te ordeno.

—¿Y si no quiero?

—Hazlo si no quieres que te mate ahora mismo —repitió él en el mismo tono contenido e intimidante. Samael retrocedió para estar más cerca de Marianne y poder tenerla al alcance, pero ella lo apartó suavemente, quedando justo frente a Demian.

—¿Y qué te impide hacerlo? —Samael le dedicó una mirada de apuro.

—No me provoques.

Marianne echó otro vistazo hacia los demás. Todos tenían sus armaduras puestas, incluidos los cascos y de pronto un pensamiento pasó por su mente, volviendo a mirar hacia Demian con expresión sorprendida.

—…No quieres ver nuestros rostros, ¿cierto? Si no los ves, para ti es más fácil imaginarte que somos otras personas. Otros cuyas muertes no te importarán.

Los demás reaccionaron atónitos y Demian se mantuvo impávido. Fueron solo unas décimas de segundo las que pasaron entre verlo firme en un punto y luego deteniendo a Marianne contra la pared del fondo, sin que Samael alcanzara siquiera a detenerlo.

—Te crees muy lista, ¿verdad? Pues te repito lo que ya les dije a los demás desde el principio: De aquí nadie sale hasta que ustedes o yo hayamos muerto.

Marianne le sostuvo la mirada a pesar de la fuerza con que la sujetaba.

—No voy a transformarme sólo porque tú lo dices. Si vas a matarme, tendrás que hacerlo así: mirándome a la cara.

Demian hizo una mueca con la boca y apretó más las manos en torno a sus brazos.

—…Siempre eres tan obstinada —masculló él, soltándola finalmente y dando un paso hacia atrás.

Ella suspiró aliviada, pensando que había conseguido disuadirlo de algún modo, pero en cuanto comenzaba a relajarse, unas fibras oscuras con aspecto petrolífero surgieron del suelo y la rodearon como si fueran cuerdas hasta inmovilizarla.

—Y por eso te quedarás ahí a observar la muerte de los demás hasta que seas la última y termines rogándome que te mate. —Seguidamente apuntó hacia Mankee mientras se alejaba de ahí, yendo de vuelta hacia el fondo—. Tú, eres el siguiente. Andando.

Mankee dio un respingo, abriendo más los ojos y sintiendo que se quedaba sin respiración. Miró hacia los demás en busca de apoyo, pero sólo le dedicaron miradas serias y lánguidas. Marianne trató de removerse inútilmente entre las fibras, pero estaban demasiado apretadas y lo único que pudo hacer fue lanzar un gruñido de frustración.

—¿Estás bien? —preguntó Samael a cierta distancia.

—¡¿Tú qué crees?! ¡Desátame, pronto! —pidió ella, pero para su sorpresa él titubeó y a pesar de que parecía contrariado, no se movió ni un centímetro hacia ella—… ¿Samael?

—…Lo siento. El método no me agrada, pero en verdad creo que es mejor para ti permanecer ahí, apartada del peligro —admitió él, aunque le causara malestar el darle la espalda por segunda vez en el mismo día, y ella arrugó el entrecejo con incredulidad—. Regresaré a liberarte en cuanto acabemos con todo. Sólo aguanta ahí.

Y así, sin más, se fue corriendo hacia el otro extremo, dejando a Marianne perpleja ante su acción.

—¡Regresa aquí! ¡No puedes hablar en serio! —exclamó ella, sacudiéndose con desesperación.

—Pero miren nada más a quién han dejado a mi merced —interrumpió Lucianne su arrebato y Marianne la vio aproximarse a ella con pasos lentos, casi felinos—. Si es mi primita a quien tanto le gusta sentirse importante. —Se detuvo ante ella, mirándola de arriba abajo con expresión voraz—. Me pregunto qué pasaría si de pronto decidiera probar la efectividad de mi poder ante esas fibras que te tienen inmóvil. Quizá termine perdiendo el control y por accidente alguna de mis centellas te perfore el corazón o el cerebro.

—No puedes matarme. Demian no lo permitiría —increpó Marianne, tratando de mantenerse en control.

—Bueno, él no está aquí para evitarlo, ¿o sí? —repuso ella con una sonrisa, alzando un dedo índice con la punta encendida.

—No permitiré que le hagas daño. Aún estoy aquí —intervino Lilith con un resuello, colocándose delante de Marianne con la respiración agitada y la piel cada vez más pálida y sudorosa. Lucianne lanzó una carcajada.

—¿Hablas en serio? ¿Ya te viste siquiera? No puedes ni mover los brazos.

—No… Pero aún puedo hacer esto.

Su cuerpo se tensó y volvió a encenderse en llamas, pero éstas eran considerablemente más débiles que antes y tan sólo el esfuerzo la obligó a colocar un pie por detrás para conservar el equilibrio.

—Claro. Estoy segura de que eso evitará que te haga un agujero en el pecho —replicó Lucianne sin poder aguantar la risa y ahora apuntando hacia ella, pero una mano apartó la suya, desviando su disparo—. ¡Pero ¿qué…?!

—Cuidado, Angel Warrior. Tú no tienes el permiso para matar a ninguno de tus compañeros.

Ende le sujetó la muñeca con fuerza, dedicándole una mirada asesina. Tanto Marianne como Lilith quedaron boquiabiertas. ¿Acaso aquel demonio las había protegido?

—¡Y tú no tienes la autoridad para prohibirme nada! ¡No eres más que un simple lacayo! —protestó Lucianne, tratando de liberarse, y en respuesta el demonio la arrojó contra el muro, haciéndola lanzar un grito de dolor.

Como si tuviera integrada una antena para captar exclusivamente a Lucianne, Frank giró enseguida la cabeza en aquella dirección. Demian esperaba a que Mankee hiciera algún movimiento, pero éste se mantenía de pie frente a él con rostro desencajado.

—¿Qué estás esperando? Vamos. Te doy la ventaja —dijo Demian, haciéndole una seña para que iniciara, pero ante su negativa a hacer un movimiento, Frank terminó empujándolo hacia el frente para que empezara de una vez.

—¡Haz algo útil y mantenlo distraído! —musitó Franktick a la vez que él se tambaleaba hacia el frente y Demian respondió a aquel primer movimiento también yendo hacia él. Frank aprovechó para irse corriendo de vuelta al fondo, ignorando las llamadas de atención de Samael. El resultado fue lo esperado, a Demian le bastó un solo golpe para mandar al piso a Mankee.

—¡Recuerda los entrenamientos! —dijo Samael en un intento por animarlo.

—Levántate, ¿o acaso eso es lo único que tienes? —ordenó Demian, haciéndole otra seña para que continuara.

—Lo siento, no creo tener la fuerza suficiente para ofrecer pelea—respondió Mankee, incorporándose—. Sólo hay una cosa que puedo hacer, y posiblemente sea un suicidio, pero… ¡aquí voy!

Tomó impulso y se echó a correr hacia él. Demian lo esperó sin moverse, con expresión condescendiente, y en cuanto lo tuvo cerca, colocó la mano por el frente, brillando con un aura oscura, pero para sorpresa suya, el chico se inclinó para eludirlo y volvió a enderezarse justo a unos centímetros de él, sujetándolo con firmeza del rostro para inmovilizarlo. Demian no entendía lo que se proponía hasta que de repente una cegadora luz lo envolvió por unos segundos para luego volver todo a la normalidad. Miró a Mankee confundido y le dio un empellón.

—¿Qué rayos fue eso?

—…No funcionó —dijo Mankee decepcionado.

—Eso no funcionará con él. No está siendo controlado ni invadido por la oscuridad. Está en su sangre —explicó Samael, granjeándose una mirada de disgusto por parte de Demian.

—¿De verdad creíste que podías simplemente “purificar mi alma”? —inquirió Demian, entornando los ojos, y sin darle tiempo de responder, lo sujetó del cuello, dejándolo sin aire. En un intento desesperado, Mankee estiró los brazos, juntando los dedos frente a él y un haz de luz surgió de estos. Demian lo soltó y se cubrió con las manos.

Tras frotarse los ojos, volvió a abrirlos y descubrió con desconcierto que no podía ver nada. Pasó la vista a su alrededor tratando de distinguir al menos alguna silueta, pero resultaba inútil, todo estaba en penumbras.

—¿…Qué me hiciste?

Mankee retrocedió confundido al ver que Demian estiraba los brazos como si intentara asir lo primero que tuviera enfrente y sus ojos pasaban de un punto a otro sin llegar a posarse en nada en concreto.

—¡¿Qué fue lo que hiciste?!

—…Lo has cegado —dijo Samael con sorpresa.

—¡Aprovecha ahora para dejarlo fuera de combate! —exclamó Mitchell de rodillas junto a Belgina, pero Mankee no se movía, aún no podía creer lo que acababa de hacer.

—Yo… ya no quiero seguir… Que alguien más tome mi lugar —dijo finalmente Mankee, dando un paso atrás. En una fracción de segundo Demian se desplazó hacia él guiado por el sonido de su voz y de un cabezazo lo dejó en el suelo.

—¿Quién sigue? —espetó él, tratando de concentrarse en su oído ya que no disponía de su vista. Samael dio un vistazo hacia atrás en busca de Frank, pero sabía que aquello no podía esperar, así que dio unos pasos hacia el frente con firmeza.

—…Sigo yo.

Demian no se movió ni gesticuló siquiera al identificar su voz, tan sólo se colocó en postura defensiva e indicó con la mano que comenzara.

—…Adelante. Lanza tu mejor golpe.

El deteriorado muro de concreto retumbó ante el impacto de Lucianne, y tanto el polvo como fragmentos de piedra cayeron sobre ella.

—¡…Maldito! ¡¿Cómo te atreves?!

—Te lo advertí, Angel Warrior. Tal vez no pueda matarte, pero puedo infringirte mucho dolor —la amenazó Ende, moviendo los dedos en posición vertical y formando entre ellos una especie de punta de lanza tallada en hueso. De sus propios huesos.

Lucianne se puso de pie, apoyando la espalda contra el muro, y el demonio se fue contra ella, clavándole aquella lanza en el hombro. Ella lanzó un grito de agonía mientras él volvía a sacar la punta de hueso y ahora señalaba hacia el otro hombro.

—No importa qué clase de trato hayas hecho con mi amo, igual y vas a morir al final, como todos los Angel Warriors.

—Estúpido… ¿de verdad crees que será capaz de cumplir su amenaza? Sólo mira a tu alrededor, puros heridos, pero ningún muerto aún.

El demonio miró de reojo el cuerpo de Angie tendido en el piso, Lilith tambaleándose por permanecer en pie, Marianne inmovilizada y a la misma Lucianne jadeando frente a él. Tenía razón, hasta entonces su amo no había matado a ninguno de ellos a pesar de haber dicho que lo haría.

—¿Ahora lo ves? ¿Y así seguirás pensando que cuando esté frente a ella se atreverá a hacerle daño? ¿VERDADERO daño?

Ende se mantuvo en la misma posición, amenazante y a la vez absorto, tanto que no previó el instante en que Frank le cayó por la espalda, haciéndole un torniquete en el cuello con sus brazos. El demonio se agitó, intentando sacudírselo de encima y hundiendo la lanza de hueso en sus brazos. Lucianne aprovechó para apartarse del muro y observar todo con una sonrisa perversa, cubriéndose el hombro herido con la mano para luego voltear y dirigirse hacia ambas chicas con pasos algo más lentos e inseguros. Lilith trató de mantenerse firme delante de Marianne, pero sus llamas ya se habían prácticamente extinguido y sus resuellos eran pronunciados.

—Marianne… de verdad lo lamento… No creo aguantar más.

—¡Vamos, Lilith, resiste!

—Quizá… un último… intento —pronunció Lilith con dificultad, tomando la más profunda inhalación hasta tensar todo su cuerpo y quedar roja completamente, como si fuera un volcán a punto de hacer ebullición, y cuando Lucianne se hallaba ya a poca distancia, explotó con una intensa llamarada que la arrojó al suelo y obligó a Marianne a cerrar los ojos y girar el rostro.

Cuando volvió a abrirlos había rastros de fuego alrededor de Lilith, pero ella parecía una fogata extinta, y su cuerpo se mecía tan levemente que parecía que la menor ráfaga de aire podría empujarla.

—¿…Lilith?

—Me quedé sin… combustible —musitó ella con voz apagada. Sus rodillas se doblaron hasta tocar el suelo y su cuerpo ya no pudo mantenerse erguido, cayendo de lado como peso muerto.

La barbilla de Marianne tembló un poco y trató de enfocarse en su alrededor. Las fibras que la sujetaban tenían fuego en una parte, pero en vez de quemarse parecían mantenerlo activo. Miró hacia el frente y vio a Lucianne incorporarse con las piernas fallándole y quemaduras en la piel descubierta.

—…Quedamos sólo tú y yo —siseó ella, faltándole el aire, pero a pesar de todo comenzó a cojear hacia ella, soltándose el hombro y extendiendo el brazo para apuntarle, intentando mantenerlo firme—. Un tiro… Sólo basta uno.

Continuó avanzando a pasos cada vez más inestables hasta que un bulto pesado cayó justo frente a ella, cortándole el paso. Ambas posaron su mirada sobre éste y vieron que era Frank con los brazos agujereados, luchando por ponerse de pie de nuevo y de pronto Lucianne se echó a reír, con silenciosos hipidos al principio, pero que rápidamente fueron escalando hasta irrumpir en carcajadas histéricas que se mezclaban con sus cada vez más pronunciados resuellos hasta que sus ojos se dilataron y con una exhalación, su cuerpo se dobló como si fuera de trapo, desvaneciéndose al instante.

—¡Lucianne! —Frank se arrastró hacia ella y trató de colocarla entre sus brazos a pesar del agudo y tirante dolor que sentía.

—Tienes suerte de que no puedo matarte o lo habría hecho ya —interrumpió Ende, aproximándose con expresión furiosa mientras iba reacomodándose el cuello con el atronador sonido de huesos partiéndose. Frank le lanzó una mirada feroz y fue poniéndose de pie, tambaleante.

—Adelante, demonio, te enviaré de vuelta al infierno y también a tu amo para que se hagan compañía —masculló Frank, haciendo una seña para que fuera por él.

Ende respondió a su reto, estrechando sus ojos, y estiró el brazo hacia el frente, manteniéndolo horizontal al cuerpo. Frank supuso que nuevamente lo atacaría con aquella lanza de hueso, pero lo único que hizo fue bajar de golpe el brazo, y su cuerpo cayó al suelo boca abajo, levantando polvo como si de pronto toda la fuerza gravitacional se hubiera concentrado sobre él y le imposibilitara levantarse. El demonio miró entonces a Marianne. Pensaba seriamente lo que Lucianne había dicho. Mientras más tiempo ella se mantuviera a salvo, tendría más oportunidades de usar alguna de sus argucias reduciendo las probabilidades de que su amo se decidiera a matarla. Eso si no tomaba cartas en el asunto. Un Angel Warrior débil y malherido quedaría imposibilitado de ganar tiempo con su amo. Había decidido entonces lo que tenía que hacer. Se acercó a Marianne, manteniendo la mano hacia abajo para que Frank siguiera inmóvil y levantó la otra apuntando hacia ella.

—¿Qué? ¿Ahora has cambiado de opinión y has decidido matarme? —preguntó Marianne, mirando de reojo a Frank, intentando pensar en algo rápido para liberarse.

—No pienso matarte. Sólo dejarte un tanto… fuera de juego —contestó él, contorsionando los dedos y haciendo surgir de nuevo aquella punta de hueso de su palma.

Al ver aquel movimiento Marianne recordó su espada y su mirada se posó en la flama que seguía ardiendo en la parte baja de las fibras. Si conseguía sacarla y que la hoja entrara en contacto con la llama, quizá sería capaz no sólo de cortar sus ataduras sino también defenderse de aquel demonio, tal vez hasta matarlo. El único inconveniente era que apenas y podía mover la mano, así que si continuaba con su plan lo más posible era que se la lastimaría, pero a esas alturas unos cuantos cortes en la mano no significaban nada ante la perspectiva de dejar al demonio salirse con la suya. Éste ya estaba a centímetros de ella, apuntándole amenazadoramente entre las clavículas.

—No te preocupes, no morirás… aún. Pero sí que dolerá mucho.

El piso debajo de ellos comenzó a vibrar. Bajaron la mirada y vieron que el suelo se agitaba como si estuviera temblando.

—¡…Frank, no!

Frank se había puesto rígido, con las manos pegadas al piso como si intentara empujarse hacia arriba y la vibración se iniciaba precisamente en ese punto, formándose montículos de piedra alrededor de sus manos como si intentara crear una ola de concreto. El piso entonces comenzó a cuartearse, formándose una ranura que se abrió paso hacia ellos.

—¡Estamos en un último piso!

Pero la advertencia no llegó a tiempo, el piso debajo de Frank comenzó a derrumbarse, abriendo un agujero por el que terminó cayendo por más que intentó sostenerse de la orilla.

Ende mantuvo la vista en su dirección y Marianne decidió aprovechar ese momento. Puso rígido el brazo y la espada se deslizó entre sus dedos, cortándole la piel y atravesando con la punta las fibras que la ataban, justo donde la llama aún resistía. En cuanto la hoja tocó el fuego y se puso al rojo vivo, ella supo que era ahora o nunca. Con un rápido movimiento, la espada comenzó a cortar las fibras como si fueran mantequilla, abriéndose camino hacia arriba y llevándose de paso el brazo entero del demonio y la mitad de su rostro. Lanzó al instante un aterrador bramido y comenzó a retorcerse en un intento desesperado por hacerlos crecer nuevamente, pero las heridas ya habían cauterizado por completo. Furioso, volteó hacia ella, con la mitad del rostro como si hubiera sido víctima de alguna bacteria carnívora.

—¡…Tú! —pronunció con voz monstruosa, los ojos encendidos por la ira. Con la mano que le quedaba apuntó hacia ella, la lanza de hueso preparada.

Marianne había logrado liberarse a duras penas, pero aún así no le dio tiempo de reaccionar. El demonio se fue contra ella.

Samael había comenzado a luchar contra Demian. A pesar de considerar doloso el aprovechar su ceguera temporal, la vida de todos estaba en peligro y no podía detenerse a pensar si era o no justo. Nada de eso era justo. Él apropiándose de dones que no le pertenecían, robándoles a los demás sus esperanzas de vida. No le tendría conmiseración como los demás, era un demonio después de todo. Era una lucha de vida o muerte, si debía tomar provecho de sus desventajas, lo haría. Con esto en mente le propinó un golpe por la espalda, desestabilizándolo, aunque Demian alcanzó a recuperar el equilibrio y se giró hacia su derecha, tratando de predecir su siguiente movimiento. Logró así detener su mano antes de otro golpe y lo arrojó en respuesta, con sólo aumentar su aura. Pero el ángel estaba preparado para no dejarse sorprender de nuevo y cayó de pie a unos metros de él, tras lo cual permanecieron en sus respectivos extremos con la respiración agitada.

Samael se enderezó y pensó en su sueño sobre el treceavo don, preguntándose si cabría alguna probabilidad de que se tratara de la unión de todos los dones tal y como Marianne había sugerido. Si así fuera, ¿le sería posible sacarlo de su pecho de la misma forma en que los demás dones habían surgido? No era que de repente comenzara a comulgar con la idea de dejarlo con vida, pero si había tenido aquel sueño debía ser por algo, y si para averiguarlo debía mantenerlo vivo, entonces no le quedaría más remedio.

Observó su pecho, haciendo cálculos mentales del tiempo que le tomaría hacer la prueba antes de que él se diera cuenta de sus intenciones y se lo impidiera. En cuanto tomó la decisión, se encorvó hacia adelante para tomar impulso.

Los ojos de Demian ya empezaban a distinguir siluetas poco a poco, así que en cuanto avistó un borde que cambiaba de posición, supo que debía estar alerta al menor movimiento. La silueta se transformó entonces en un manchón que aumentaba de tamaño. Se apresuró a colocar los brazos al frente, atajando un golpe de Samael justo a tiempo, pero el ángel no hizo más que volver a tomar impulso en cuanto sus pies tocaron el suelo y se inclinó para volver a arremeter contra él desde abajo, tomándolo desprevenido. Colocó las manos sobre su pecho con firmeza y trató de invocar el mismo efecto de cuando reparaba algún don, suponiendo que quizá de esa forma podría atraer el que ahora poseía. Sus palmas comenzaron a refulgir y Demian alcanzó a percibir no sólo un ardor en el pecho sino el destello acompañado del contorno borroso que tenía enfrente. Sus músculos se endurecieron y lo atajó del cuello con tanta fuerza que la armadura del ángel comenzó a fracturarse en ese punto.

—¿Qué fue eso? ¿Qué intentabas hacer? —lo interrogó Demian, tratando de enfocar la mirada en aquel manchón borroso que tenía enfrente.

Samael se llevó las manos al cuello, tratando de liberar la tensión de sus dedos alrededor de éste, y ante su imposibilidad, decidió concentrarse y transportarse lejos de él, examinando con el tacto las fisuras de su coraza y tomando largas bocanadas de aire para recuperar el ritmo de su respiración. Demian por su parte, en cuanto sintió que oprimía el aire, apartó las manos y se frotó los ojos, volviendo la vista hacia el frente. Seguía viendo como si tuviera una película opaca en las córneas, pero ya las siluetas iban tomando forma y detalles. Trasladó una mano a su pecho y verificó que estuviera intacto.

—…No vuelvas a tocarme.

Samael volvió a encorvarse para tomar de nuevo impulso, pero de pronto se detuvo al escuchar un grito que enseguida reconoció.

—…Marianne —murmuró Samael. Ella estaba en peligro.

El rostro de Demian sufrió una leve contracción al escucharlo, y cuando el ángel desapareció, él hizo lo mismo, desvaneciéndose en humo.

Marianne había alcanzado a levantar el brazo con la intención de cortar otro tajo del demonio, pero su antebrazo se había interpuesto en el camino de la lanza de hueso, atravesándolo, y sin embargo ella había logrado clavarle la espada a un costado, aunque la hoja ya se había enfriado. Ende gesticulaba con tanta intensidad que incluso sin media cara se podía percibir su mueca de rabia. Samael apareció entonces justo en medio de ellos y empujó con fuerza al demonio para apartarlo de ella, ocupándose a continuación de las heridas de su protegida.

—¡¿Estás bien?! —Ella tenía un agujero en el antebrazo que lo atravesaba de lado a lado, además de que la lanza había llegado a clavarse un par de centímetros entre las clavículas—. Lo siento. De verdad lo siento. No debí dejarte aquí.

Marianne no respondió, sólo le dedicó una mirada mientras intentaba mantener el ritmo constante de su respiración para no perder el conocimiento. Él colocó las manos sobre la herida para cerrarla mientras Demian aparecía a unos metros, contemplando con ojos nebulosos la escena para luego pasar la vista hacia el piso y ver a Lucianne y Lilith inconscientes, posando después su mirada sobre Ende, el cual no dejaba de dar jadeos furiosos y sostenerse el costado con la mano restante.

—Te ordené que no intervinieras —expresó Demian con una inquietante calma en la voz—. Pero no me obedeciste.

—¡Sólo quería facilitarte las cosas, amo! —se justificó él con voz rabiosa—. ¡No entiendo para qué esperar! ¿Es que no piensas cumplir con tu misión después de todo? ¡Ahora que están heridos e inconscientes podrías aprovechar para matarlos! ¡Hazlo ahora!

—¿Me estás dando una orden? —inquirió Demian, comenzando a avanzar hacia él.

—¡Sólo trato de asegurarme de que tengas muy en claro tus prioridades! —respondió el demonio, comenzando a perder la paciencia y los estribos—. ¡No soy estúpido, amo, pudiste haberlos matado desde el momento en que pusieron un pie en este lugar! ¡Sin reglas, sin extenderse de más, sin la ayuda de una Angel Warrior descarriada! ¡Tan sólo darles muerte y ya! ¡¿Por qué es necesario todo esto?! ¡¿Por qué conservarlos con vida tanto tiempo cuando la mayoría de ellos están prácticamente desahuciados?! ¡Míralos, no poseen dones, morirán pronto de todas formas si no los eliminas por tu propia mano! ¡¿Por qué no dejas de comportarte como un caprichoso niño humano y empiezas a portarte como el heredero de la Legión de la Oscuridad que eres?!

Demian se detuvo frente a él, mirándolo con ojos glaciales y rostro impertérrito. Ende le sostuvo la mirada, jadeando agitado tras escupir su inconformidad, y empezó a sentirse inquieto ante su mutismo. Nadie decía una palabra y el lugar se había sumido en un silencio total, de modo que resultó más claro aún el sonido que hizo la mano de Demian al atravesar intempestivamente el pecho del demonio y oprimir su corazón.

—…A-Amo…

Él ni se inmutó, apretó aún más fuerte, provocando aquel ruido perturbador de carne exprimida. El cuerpo de Ende comenzó lentamente a deshacerse y convertirse en cenizas en cuanto tocaba el piso. Siguió apretando hasta que no quedó más que polvo en su mano, el cual se sacudió como si nada y se dio la media vuelta. Samael y Marianne lo observaban incrédulos. Había eliminado a su sirviente sin ningún problema.

—¿Significa eso… que no piensas matarnos? —se aventuró a preguntar Marianne, con la herida de su antebrazo a medio cerrar ante la inesperada situación que habían presenciado. Demian le dedicó una mirada severa, desprovista de emoción alguna.

—…Significa que no necesito que me digan lo que tengo que hacer.

En cuanto dijo esto, realizó un raudo movimiento con la mano y desde el otro extremo se desplazó el cuerpo de Belgina hasta posarse en el suelo detrás de él y luego hizo lo mismo con Angie, Lilith y Lucianne, colocándolas en fila. Mitchell y Mankee llegaron corriendo desde el fondo, sin entender lo que estaba ocurriendo ahora.

—Falta uno, ¿dónde está?

—¿Qué es lo que pretendes hacer?

—Es simple. Necesito matar a quienes ya no tiene sentido mantener con vida —explicó él, apuntando hacia los cuerpos colocados en fila detrás de él.

—¡No! —exclamó Mitchell, haciendo un ademán con el brazo y a su alrededor se formó una barrera opaca, neutralizando al instante cualquier poder usado al interior. Demian miró su mano al darse cuenta de que su energía había sido contenida.

—Ni crean que esto me va a detener —dijo Demian, acercándose al primer cuerpo, colocando la mano recta y apuntando en dirección al pecho de Lilith.

—¡Inmovilícenlo! —indicó Samael con urgencia y los tres chicos se fueron sobre él, sujetándolo tan fuerte como podían. Mitchell y Mankee deteniendo cada quien un brazo y Samael por la espalda, ejerciendo presión en su cuello y obligándolo a ponerse de rodillas de modo que no pudiera moverse—. ¡Marianne, usa tu espada!

Ella parpadeó como si recién despertara de un sueño y bajó la vista hacia la espada que aún sujetaba en la mano con el antebrazo herido. ¿Pretendía que matara a Demian con ella? Sostuvo la empuñadura con ambas manos y comenzó a acercarse con vacilación hacia ellos hasta detenerse frente a Demian, quien se limitaba a mirarla fijamente con ojos feroces. Marianne levantó la espada y apuntó a la altura de su pecho, rozándolo ligeramente con la punta. Él permanecía impasible, como si estuviera seguro de que no se atrevería a hacerlo o, al contrario, estuviera esperándolo. Estaba demasiado tranquilo, ya ni siquiera oponía resistencia, parecía…

Los ojos de Marianne se abrieron ante una repentina claridad de pensamiento y comenzó a bajar la espada ante la mirada confusa de sus compañeros.

—…Lo tenías planeado, ¿cierto? —enunció ella, con el brazo herido temblándole levemente—. De aquí nadie sale hasta que mueras tú o nosotros. ¡Era porque tú no pensabas salir con vida, ¿es eso?!

Los chicos intercambiaron miradas y vieron de reojo que Demian permanecía impávido, observando fijamente a Marianne sin mostrar reacción alguna ante sus palabras.

—Querías asegurarte de que al final te matáramos sin remordimientos. ¡Por eso eliminaste a ese demonio, para que no hubiera nadie que pudiera intervenir a favor tuyo! ¿Es así?

—…Se dan demasiada importancia —farfulló Demian, entornando los ojos.

Con un rápido movimiento repentino logró liberarse, arrojando a Mitchell y Mankee con tanta fuerza que acabaron estrellándose contra las paredes laterales, quedando noqueados al instante y provocando la desaparición de la barrera neutra.

Sin perder tiempo, sujetó a Samael aún aferrado a su espalda y tiró de él hacia adelante, azotándolo en el piso y colocando a continuación el pie sobre él, no sin antes asegurarse de que el material de su suela se formara en varios picos filosos, de modo que al asentar la bota contra su pecho le atravesaran la armadura y la piel, haciéndolo lanzar un grito.

—¡No! —Marianne empuñó la espada con más fuerza, pero aún así no se atrevía a blandirla contra Demian, simplemente se había quedado inmóvil, viendo cómo oprimía más el pie como si estuviera escarbando en su pecho con la suela. Hilos de sangre comenzaron a correr por su armadura—. ¡Déjalo en paz! ¡Ya no sigas!

Demian se detuvo y de una patada apartó a Samael, posando la vista ahora en Marianne. Ella hizo el intento por levantar la espada, pero no podía evitar el temblor de su mano y a él no le tomó ni dos segundos el desplazarse frente a ella, arrebatarle la espada y amenazarla con ésta.

—…Ahora transfórmate —repitió él la misma orden que le había dado antes, con un tono implacable—. ¡Haz lo que te digo!

—¡No! ¡No voy a darte gusto! —se negó ella a pesar de todo, dedicándole su mirada más decidida y deteniéndose el brazo herido para que dejara de temblarle—. ¡Si en verdad quieres matarnos, ¿por qué no lo haces?! ¡Estoy frente a ti y estoy desarmada!

Los dedos de Demian presionaron aún más la empuñadura de la espada y sus ojos brillaron con ira. Fue entonces que los cimientos del edificio comenzaron a vibrar, subiendo de intensidad rápidamente. Marianne se pegó a la pared pensando que era un terremoto, y aunque Demian no soltó la espada, comenzó también a retroceder con la mirada atenta a su alrededor. De pronto una especie de géiser de concreto surgió de la brecha abierta, tomándolos por sorpresa. Antes de que pudieran reaccionar, el géiser bajó de nuevo y una inesperada figura saltó de éste, sujetando a Demian por la espalda. Demian comenzó a dar bandadas, tratando de zafarse, pero Frank se aferraba a él con todas sus fuerzas, como si pretendiera romperle la espalda. El piso debajo de ellos empezó entonces a removerse y a cubrir los pies de Demian, pegándose a él como una corteza que lo mantenía inmóvil y que no dejaba de expandirse, subiendo por sus piernas. Él terminó soltando la espada y concentró toda su energía en liberarse de Frank, pero éste parecía soldado a él. En cuestión de segundos quedó cubierto enteramente de concreto y el piso dejó de retumbar. Frank finalmente se apartó, despegando los brazos con facilidad y sacudiéndose el polvo. Frente a él se alzaba una torre de cemento que observó como si la hubiera esculpido él mismo.

Marianne recogió su espada y observó con desconcierto aquella mole de concreto dentro de la cual estaba atrapado Demian. Samael se acercó también, con las manos sobre su pecho, intentando cerrar sus heridas. Frank dio unos pasos hacia ellos, con piernas adormecidas; su respiración era cada vez más pesada y luchaba por mantener los ojos abiertos.

—Deberían matarlo ya —musitó Frank con voz agotada—. Eso no lo detendrá por mucho tiempo.

Al llegar junto a ellos, las piernas le flaquearon y trastabilló, yéndose de bruces contra el suelo. Marianne y Samael se inclinaron hacia él y el ángel hizo lo posible por cerrar todos los cortes que se había hecho debajo de las fisuras de su armadura, pero seguía teniendo aquella apariencia débil y desgastada.

—…Alguien viene.

—¿…Qué? ¿A qué te refieres? —preguntó Marianne, nerviosa al pensar en algunos casos de gente moribunda que juraba ver a la muerte yendo por ellos y eso le recordó inevitablemente a los óbitos, ¿acaso estarían yendo por ellos?—. ¡No nos quieras asustar con eso! ¡No nos vamos a morir, ¿entiendes?!

—No… Alguien viene —insistió Frank casi con un susurro. Sus ojos bajo el casco no eran ya más que ranuras—. Por las escaleras. Viene hacia aquí.

Samael y Marianne intercambiaron una mirada de desconcierto. ¿Quién podría estar subiendo las escaleras de aquel edificio abandonado? Pero no les dio tiempo de formular sus dudas, la mole de concreto explotó en ese momento, lanzando por los aires escombros de piedra y polvo, obligándolos a agacharse para cubrirse. Demian surgió de entre la formación de cemento y volvió su atención hacia ellos, que permanecían de rodillas frente a Frank, cuyo cuerpo yacía ya inmóvil en el suelo.

—…Uno menos —expresó él, desplazando el cuerpo con un movimiento de la mano hacia la pila que había formado con los demás.

Samael ayudó a Marianne a levantarse y la mantuvo a su espalda. Ella sostuvo su espada, pero no podía dejar de pensar que había alguien subiendo el complejo en ese momento, así que miró de reojo hacia las escaleras.

—Sólo quedan ustedes de pie —enunció Demian, dando unos pasos en dirección a ellos. Samael retrocedió, obligándola a ella hacer lo mismo—. Transfórmate.

Marianne contrajo el rostro al notar que la miraba fijamente, ignorando a Samael, así que detuvo su retroceso y decidió hacerle frente a pesar de que el ángel intentaba detenerla.

—¡Ya te lo dije! ¡Si vas a matarme, tendrás que hacerlo así! ¡Si realmente has acogido tu faceta de demonio, ¿qué importancia tiene que acabes con nosotros con armadura o sin ella?! ¡O tal vez en verdad intentas desasociarnos de tus amigos! ¡Admítelo! —replicó ella con mirada desafiante. Demian tensó la mandíbula e hizo el ademán de avanzar cuando escucharon el eco de una voz distante.

—¿…Marianne?

Ella se detuvo en seco al reconocer la voz de su padre. Unas pisadas provenientes de las escaleras reverberaron a la distancia y Marianne volteó hacia Samael con expresión de alarma. ¿Qué iba a hacer? No podía verla ahí y menos en ese estado.

—¿Hola?

—…Vas a tener que hacerlo —murmuró Samael y ella miró a Demian con gesto desesperado. El semblante de él no denotaba ninguna emoción en particular, tan sólo se mantenía a la expectativa, pasando la mirada entre ella y el área de las escaleras.

Ella finalmente dio un resoplido de resignación y acabó por dejar que la armadura y el casco la cubrieran justo al instante en que su padre se aparecía al final de los escalones. Éste se detuvo con expresión atónita al ver los cuerpos en el piso, el suelo agujereado, las paredes destrozadas, y más adelante aquellas tres figuras de pie mirando en dirección a él. Avanzó unos pasos más, tratando de mantener el equilibrio sobre aquel piso lleno de escombros, cuidándose de no tropezar y a la vez con la mirada fija en los únicos tres seres que seguían de pie, oteando a la vez los cuerpos que yacían en el suelo.

«…Sácalo de aquí, yo me ocuparé de Demian.»

Marianne volteó hacia Samael al oír su voz como si fuera aún una presencia en su mente y se limitó a asentir. Se giró por completo y comenzó a correr hacia su padre mientras Samael hacía lo propio con Demian.

Éste, por su parte, no dejaba de mirar al hombre con una extraña expresión en su rostro marfilado. Para cuando Samael llegó a él, trató de apartarlo de un manotazo, pero el ángel desapareció en un santiamén y volvió a aparecer sobre su espalda, sujetándolo con ambos brazos en un esfuerzo por mantenerlo ocupado mientras Marianne alcanzaba a su padre y sin decir palabra alguna, lo tomó del brazo y tiró de él de vuelta hacia las escaleras.

Él se resistió por un instante, pero luego dejó que ella lo guiara, echando un vistazo antes hacia todos lados como si hubiera entrado en otra dimensión.

—…Esto está mal —dijo él y por más que ella concordaba, luchó por mantenerse en silencio y no delatarse. Su único objetivo en ese momento era guiar a su padre fuera de ese edificio y mantenerlo alejado del peligro, sin embargo, los planes de Demian parecían ser otros.

Encorvándose levemente, como si estuviera preparándose para tomar impulso, de pronto Demian se enderezó con un rápido movimiento, expulsando de golpe su aura de energía, de modo que acabó arrojando a Samael lejos de él, y a continuación volvió a centrarse en Marianne y su padre, que ya estaban llegando a los escalones. Su rostro recuperó el inexpresivo gesto frío y apuntó con firmeza hacia ellos. Fijó bien su objetivo y entonces disparó un rayo oscuro que atravesó la distancia que los separaba más rápido que la velocidad de la luz y sin emitir sonido alguno, con una precisión que tomó a Marianne desprevenida cuando vio de pronto una especie de punto oscuro saliendo del pecho de su padre y el cuerpo de éste colapsando automáticamente en el piso. Ella se detuvo aún sujetando su brazo y se quedó de pie a un lado del cuerpo, observándolo perpleja, como si no entendiera lo que estaba ocurriendo.

—¿Pa… Papá? —Presionó su brazo con la mano, pero éste permaneció inmóvil y laxo. Volvió a tirar de él en un nuevo intento por hacerlo reaccionar y entonces se fijó en el agujero que tenía en la espalda. Sintió entonces que su estómago dio un vuelco y automáticamente lo soltó, viendo cómo su brazo caía a un lado de su cuerpo. Contuvo la respiración por varios segundos, viendo fijamente el cuerpo como si su cerebro intentara establecer la conexión de lo que tenía enfrente y lo que estaba ocurriendo. Cuando por fin pareció reaccionar, se inclinó hacia él y lo colocó boca arriba, fijándose en el agujero que tenía en el pecho, atravesándolo de lado a lado—.  Samael. ¡Samael, ven pronto!

Él se incorporó sacudiendo la cabeza y se transportó hasta ella. Observó el agujero en el pecho del hombre y le dedicó a Marianne una mirada lóbrega.

—¡Rápido, cierra la herida antes de que se desangre! —pidió ella con tono urgente, presionando la herida con ambas manos y al ver que Samael no se movía, tiró de su brazo, dejándole una marca de sangre—. ¡No te quedes ahí parado, haz algo!

Samael tragó saliva y se inclinó junto a ella, colocando las manos sobre la herida y cerrándola tal como le pedía, procediendo a hacer lo mismo en la espalda. El agujero cerró por completo, pero su cuerpo permaneció frío y por más que Marianne le buscó signos vitales no los encontró.

—¿Qué ocurre? ¡Su herida ha cerrado, ¿por qué no reacciona?!

—…Era demasiado tarde —intentó explicarle—. El rayo le atravesó el corazón. Fue algo instantáneo.

—Pero… lo cerraste… El agujero ya no está…

—Aunque cierre sus heridas eso no le devuelve la vida. Lo siento.

Marianne permaneció en silencio por varios segundos como si aún estuviera procesando lo que aquello implicaba. Sus manos de pronto comenzaron a temblar y las cerró en puños, poniéndose de pie de golpe y alejándose. Samael intentó sujetarla, pero ella se zafó enseguida, deteniéndose a unos metros de Demian.

—¿…Por qué? —soltó ella con voz estrangulada, apretando los puños mientras Demian se mantenía estoico, al parecer indiferente a su acción—. ¿Por qué lo hiciste? ¡Asesinaste a mi padre a sangre fría! ¡¿Por qué?!

—¿Por qué lo hice? —dijo él finalmente, estrechando los ojos y levantando más la barbilla en actitud altiva—. Porque puedo. Y me pareció lo justo.

—¿…Justo? —musitó Marianne sin poder creer lo que estaba escuchando—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Mi padre no tenía nada que ver con todo esto!

—Tampoco el mío —añadió él, desplazándose hasta quedar frente a ella. Su voz era fría y a la vez se percibía un tono vindicativo—…y sin embargo lo dejaste morir.

Marianne lo miró consternada.

—Aléjate de ella —le advirtió Samael, tomando la espada de Marianne y apuntando a su espalda. Demian mostró un esbozo de sonrisa sin despegar la vista de ella y de un segundo a otro se deshizo en una cortina de humo negro, reapareciendo a unos metros.

—Creo que es hora de terminar con esto. Ya han dado todo lo que podían dar y no voy a extender más su tiempo —determinó él y Marianne entonces volvió a adelantarse.

—…Repite lo que acabas de decir —lo abordó ella nuevamente con voz trémula—. Tu padre murió porque le fue arrebatado el don de la resurrección.

—El cual decidiste no devolverle al final —le espetó él con una leve mueca que reflejaba su resentimiento y Marianne recordó el momento en que ella ocultó el contenedor con el don a su espalda. Él debió haberlo notado entonces y ahora entendía lo que implicaba—. Ah, veo que empiezas a recordarlo. Perfecto. Ahora podemos continuar. Es hora de morir entonces.

Levantó el brazo con la palma abierta y Samael se apresuró a colocarse delante de ella, soltando la espada para poder cruzar los brazos y formar un escudo invisible que los protegió a ambos de su ataque.

Marianne no se movió de su lugar, pensando una y otra vez en aquel instante cuando había ocultado el don detrás de ella a la vista de Demian y las veces que éste le había dedicado aquella mirada que irradiaba odio. Lentamente giró la cabeza hacia el cuerpo inerte de su padre, a unos pasos de llegar a la escalera. Unos pocos pasos que pudieron haber hecho la diferencia. Su vista siguió por el piso hasta posarse en su espada, la hoja destellando un brillo que parecía llamarla. Como si estuviera viva.

Imbuida de una repentina oleada de adrenalina, recogió su espada y comenzó a correr, pasando la protección de Samael y yendo directo hacia Demian, que enseguida se detuvo al verla acercarse, blandiendo la espada.

—¡Marianne, detente! ¿Qué estás haciendo? —exclamó Samael, bajando los brazos y yendo tras ella. Demian sonrió y colocó la mano al frente, deteniendo la hoja entre sus dedos sin borrar la sonrisa de suficiencia de su rostro.

—Así que finalmente has decidido también pelear.

Marianne no respondió, simplemente flexionó los dedos y la espada fue absorbida por su mano provocando un corte en la palma de Demian, y mientras él observaba su herida, ella no perdió tiempo y la espada volvió a brotar, colocándola ahora bajo su cuello y manteniéndola ahí, sin registrarse un solo movimiento de parte de los dos.

—¿Mataste a mi padre… por una venganza personal?

—Ojo por ojo —respondió él sin inmutarse y ella se contuvo de presionar más la espada contra su cuello.

—…El don estaba dentro del contenedor —replicó con la respiración agitada—. Una vez ahí no podía ser sacado a menos que estuvieran todos los dones reunidos. ¡No había nada que pudiéramos hacer por tu padre, lo intentamos todo!

La mirada de Demian se encendió como si de pronto hubiera abierto una herida profunda. La observó con una mezcla de emociones contradictorias, pero finalmente una prevaleció y su mirada volvió a ensombrecerse.

—…Pues no fue suficiente —masculló con una voz glacial y sin inflexiones, presionando un poco más su propio cuello contra la espada y deslizándose a lo largo de ésta ante la mirada desconcertada de Marianne, que se apartó enseguida y vio escurrir la sangre oscura de su garganta, pero en cuestión de segundos la herida cerró por sí sola, así como el corte de la mano—. Tendrás que pensar en algo más efectivo que eso.

Samael apareció detrás y se aferró a él, forcejeando con Demian para intentar inmovilizarlo.

—¡Apunta al pecho! —Marianne titubeó al darse cuenta de que la indicación de Samael era para que le clavara la espada a Demian. Para matarlo—. ¡Hazlo rápido!

Ella miró fijamente a Demian, que a pesar de oponer resistencia tampoco le quitaba a ella la vista de encima, aguda e intensa, casi como si la estuviera retando. Comenzó a apretar la empuñadura de la espada. Había matado a su padre. Pero los consideraba responsables de la muerte del suyo. No les permitiría salir hasta que él o ellos murieran. Y hasta ahora no los había matado. Pero tampoco podía ignorar el hecho de que, los matara o no, igual ya podían considerarse condenados a falta de los dones. Y eso era lo que más la tenía nerviosa e indecisa: con cada minuto que él siguiera con vida, más cerca estaban de la muerte los verdaderos dueños de los dones. Ella era de hecho la última que quedaba en pie y no sabía por cuánto tiempo más. ¿Tendría Samael razón y lo mejor para todos sería acabar con él? Lo mejor, pero no lo correcto. Estaba de por medio la vida de los demás, no podía detenerse a pensar en lo que ella creía o no.

—¡Hazlo pronto!

Ella dio un respingo, como si las palabras de Samael la hubieran hecho reaccionar y decidió dejar todo pensamiento de lado. Sostuvo la espada con ambas manos y apuntó hacia él, pero apenas dio unos pasos y comenzó a ver borroso. Parpadeó varias veces para aclarar su vista y continuar avanzando, pero enseguida un temblor en las manos la obligó a detenerse y concentrarse en mantener la espada firme. Su cabeza empezó entonces a dar vueltas y se tambaleó levemente, desviándose unos pasos de la trayectoria recta que llevaba y clavando la punta de la espada en el suelo para detenerse de ésta.

—¿Marianne?

Demian aprovechó aquel momento de distracción para relajar los músculos y dejar de resistirse, sólo entonces se disolvió en humo y volvió a aparecer detrás de Samael, dándole un golpe por la espalda y estrellándolo en el piso. Luego se lanzó de nuevo al ataque, cerrando el puño y descargándolo contra el ángel, pero éste aplicó el mismo truco que él y se transportó hacia otro punto mientras Demian impactaba el puño contra el suelo, provocando que los cimientos se estremecieran y aquella parte del piso acabara desmoronándose, dejando un agujero lo suficientemente grande para que cualquiera pudiera caer por él.

Demian se apartó antes del derrumbe y posó los pies sobre piso firme para a continuación volver a arremeter contra Samael, pero cuando ya estaba prácticamente frente a él, desapareció, haciéndolo suponer que de nueva cuenta se había transportado, así que barrió con la mirada a su alrededor en su búsqueda, tomándolo por sorpresa cuando de pronto sintió un golpe en el estómago sin que hubiera nadie cerca. Llegó a pensar que había sido cuestión de rapidez, pero cuando sintió un nuevo golpe en el rostro, comprendió que era algo más que eso. Se había hecho invisible, por eso no podía verlo. Un nuevo golpe le llegó por la espalda y él se puso en guardia, tratando de rastrearlo por medio de su energía. Con cada nuevo golpe invisible conseguía al menos empezar a ubicarlo mejor y responder a sus ataques.

Marianne seguía apoyada de su espada y cerró los ojos, esperando que aquel mareo remitiera. Cuando volvió a abrirlos su visión era estable nuevamente, aunque sus manos aún conservaban un ligero temblor y sentía un sudor frío corriendo por su piel. Enfocó la mirada hacia el frente y vio que Demian parecía estar luchando solo, lo que significaba que Samael se había hecho invisible. Aguardó unos segundos para comprobar que podía sostenerse en pie sin ayuda de la espada y luego buscó a su alrededor algo que pudiera hacer. Notó entonces que los filamentos oscuros que la habían mantenido atada seguían en el mismo lugar donde los había cortado, y más importante aún, una chispa de las llamas de Lilith continuaba ardiendo en éstas. Sin perder tiempo se dirigió a ese punto, sorteando agujeros y parte del piso que lucía frágil, y se detuvo en cuanto tuvo aquella pequeña flama ondulante enfrente, a punto de extinguirse en cualquier momento.

¿Qué pretendía con eso? ¿Estaba aceptando finalmente que la muerte de Demian era necesaria y que ella contribuiría con ello? Porque sabía bien lo que la hoja en unión con la llama hacía una vez que entrara en contacto con la piel de un demonio: hacía imposible la regeneración. Quizá si lo hería lo suficiente, terminaría devolviendo los dones. Al menos eso quería pensar, pero ¿sería capaz de hacerlo realmente? Su mirada se posó entonces en el cuerpo sin vida de su padre a unos metros de donde estaba parada y sintió una corriente que recorría sus terminaciones nerviosas y que latía en su cabeza. Sus manos se aferraron a la empuñadura de la espada y acercó la hoja a la flama, permitiendo que se uniera a ésta con su última exhalación antes de extinguirse. Una vez que la hoja quedó de un rojo encendido, se dispuso a regresar, dedicándole una última mirada a su padre antes de obligarse a apartar la vista y continuar su camino mientras aún le quedaban fuerzas.

A pesar de que Demian se las había arreglado para combatir a Samael con todo y su invisibilidad, lucía cada vez más agotado y consciente de que aquello no podía continuar así, decidió cerrar los ojos para permitir que sus otros sentidos se agudizaran, resistiendo la siguiente ronda de golpes. Cerró su percepción de todo lo que lo rodeara y tras unos segundos una leve vibración a su derecha lo puso sobre alerta. Su brazo se movió en un parpadeo, atrapando algo sólido en el aire y tirando de él para arrojarlo a sus pies, azotando tan fuerte que el piso se astilló, formando un contorno sobre el cual apareció luego Samael, aturdido. Sin darle tiempo para reaccionar se lanzó sobre él, propinándole un golpe con el antebrazo, quebrándole las costillas. Samael lanzó un grito e hizo un ademán de crear una barrera, pero Demian se colocó por encima de él, inmovilizándolo de esa forma.

—…Sé lo que eres —dijo Demian con un matiz de desprecio en la voz—… Y por lo que ahora sé, algo que tienen en común los ángeles y los demonios es que ninguno posee alma. Así que no somos tan diferentes después de todo. —Samael se limitó a observarlo con expresión parca, luchando por liberarse, pero Demian aplicó más peso sobre él y acercó el rostro al suyo—… y sin embargo te crees mejor por el simple hecho de ser un ángel, ¿pero sabes qué? No lo eres. Y te lo voy a demostrar.

Con un rápido movimiento, introdujo la mano en su pecho y Samael abrió los ojos como platos, quedándose sin aliento.

—…Veamos si es cierto que sin alma simplemente te disuelves en la nada.

Comenzó a estrujar y los gritos de Samael retumbaron en los muros de todo el recinto. Marianne vio con horror cómo Demian retorcía la mano en el interior de su pecho y recordó lo que él le había dicho alguna vez. Si moría, dejaría de existir por completo, no quedaría una sola esencia suya, se desvanecería en el vacío.

—¡Samael!

Con la desesperación disparando sus sentidos y la adrenalina bombeando por sus venas, se lanzó a correr hacia ellos con la espada por delante.

Demian continuaba oprimiendo el pecho del ángel cuando sintió de repente una especie de hormigueo en la mano que comenzó a recorrer los nervios de su brazo y vio con aturdimiento cómo la coraza de su antebrazo comenzaba a “oxidarse”, como si se tratara de metal, aunque más que corrosión parecía piedra erosionándose.

—Pero ¿qué…?

No pudo terminar su frase. De pronto sintió un dolor agudo en el costado que lo obligó a sacar la mano, y su armadura volvió a la normalidad. Volteó hacia su izquierda, viendo perplejo que Marianne le había clavado su espada por debajo de las costillas. Ella retrocedió desconcertada al darse cuenta de lo que había hecho y él se levantó vacilante, sosteniéndose la herida que no dejaba de manar aquella sangre negra. Azorado, miró hacia ella como si no se esperara que se atreviera a hacerlo. Marianne retrocedió más hasta que sus pies se posaron sobre el piso cuarteado que provenía del agujero que se había formado y éste acabó cediendo bajo su peso.

—¡Marianne! —gritó Samael sin poder moverse y con sus manos sobre el pecho.

Ella se sintió caer en cámara lenta, tratando de sujetarse con desesperación de algo, pero el piso era demasiado frágil y acabó fragmentándose al toque. Cuando ya pasaba el nivel del suelo, consciente de que lo único que le quedaba era enfrentar la caída, una mano sujetó la suya y tiró de ella de vuelta hacia arriba.

Apenas pisó suelo firme, alzó la vista y vio con sorpresa que era Demian quien la sujetaba, mientras con la mano libre se cubría el costado donde lo había herido.

—¿Tú… me salvaste? —inquirió con perplejidad.

Demian de inmediato la soltó y se apartó con expresión turbada.

—Será mejor que no te hagas ideas. Lo hice porque no me sirve de nada que mueras por accidente. Lo dije desde el principio, tienen que morir por mi propia mano —aclaró Demian, apretando más su herida. Ella se estremeció y desvió la mirada hacia Samael.

—¡¿Estás bien?! —dijo, corriendo a ayudarlo.

—Olvídate de mí, me preocupan tú y los demás —enunció él, tratando de estabilizar su respiración—. Debo terminar con esto antes de que sea demasiado tarde.

—¿Qué te hizo? —preguntó ella al notar que no tenía ninguna lesión en el pecho a pesar de que había visto claramente cómo Demian clavaba la mano en él.

—Intentar destruir mi soporte vital… No sé… pero no dejaré que lo haga de nuevo.  Escucha —agregó, tomando sus manos con expresión de gravedad y notando que se sentían temblorosas y frías—… Sé que aún tienes problemas con la idea de acabar con él, pero si no lo hace alguien pronto… costará más vidas además de la de tu padre. No te estoy pidiendo que seas tú quien lo haga, sólo que no me juzgues por el hecho de no ser capaz de hallar otra solución.

Marianne le dedicó una mirada desencajada y apretó sus manos en respuesta.

Demian contempló aquel intercambio con una ira creciente que lo obligó a extender el brazo con un movimiento veloz, desencadenando una fuerza invisible que los separó a ambos y elevó a Samael a varios metros sobre el suelo, manteniéndolo en el aire mientras él iba flexionando los dedos. El ángel podía sentir cómo aquella fuerza iba oprimiendo su cuerpo, rompiendo sus huesos poco a poco.

—¡Basta, déjalo ir! —clamó Marianne, tratando de aproximarse a él con la espada por delante mientras Demian usaba el otro brazo para alejarla, aunque de inmediato lo devolvía adolorido a su costado para cubrir su herida.

—¿Quieres a tu ángel de vuelta? Perfecto, haré un moño con él y te lo envolveré como regalo —escupió Demian con toda la saña que podía imprimirle a sus palabras y aumentó la presión sobre sus engarrotados dedos.

Los gritos de Samael no hacían más que intensificar la desesperación de Marianne, cuya cabeza palpitaba cada vez con mayor potencia, sintiendo que le estallaría en cualquier momento. Empuñó su espada más fuerte y se lanzó decidida hacia Demian, dispuesta a soportar otro embate si volvía a arrojarla; se pondría de pie las veces que fueran necesarias hasta llegar a él. Éste vio de reojo que Marianne se aproximaba nuevamente, levantó el otro brazo con la intención de volver a alejarla, pero en eso sintió que algo sujetaba su pie. Bajó la vista y vio que era Mitchell, que se había arrastrado hasta él.

—Lo siento. No nos dejas otra opción —expresó Mitchell y en cuanto oprimió su pie, una especie de aura opaca cubrió a Demian de pies a cabeza.

—¿…Qué fue eso? —preguntó Demian y de pronto Samael se precipitó hacia el suelo. Al analizar sus manos, notó que le era imposible invocar algún poder. Mitchell lo había neutralizado—. Tú…

Le dedicó una mirada de furia, pero antes de que pudiera inclinarse hacia él, vio la punta de una espada deteniéndose justo frente a su pecho y al extremo de ésta a Marianne, con la respiración cada vez más pesada y el pulso inestable.

—No te muevas —dijo ella, apoyando la punta de la espada sobre su pecho para indicarle que podía clavarla en cualquier momento. Demian se quedó quieto y firme, observándola con recelo. Podía sentir la punta de la espada a través de las fibras de su coraza—. Me es cada vez más difícil encontrar una razón para no clavar la espada ahora mismo.

—Entonces hazlo —repuso él con tono desafiante, los ojos brillando con un destello de altivez—. Hazlo ahora mientras aún puedes, porque de lo contrario tú serás la primera a quien mataré y con esa misma espada.

Marianne gesticuló levemente y tragó saliva. La idea seguía sin agradarle, pero no había otra forma. Tenía que hacerlo. Sus manos se tensaron en torno a la empuñadura, flexionó las rodillas con la intención de tomar impulso hacia adelante… y el mundo a su alrededor empezó a dar vueltas y a difuminarse. Las palpitaciones en su cabeza se convirtieron en estallidos que acabaron por desconectar su sistema articular, aflojando todos sus ligamentos y músculos como si su cuerpo sufriera un apagón. La espada resbaló de entre sus dedos hasta caer al piso y sus brazos se mecieron a sus costados.

—Se acabó… el tiempo —murmuró ella justo antes de que sus piernas se doblaran sin poder seguir sosteniéndola más, cayendo al piso en medio de fuertes jadeos.

Demian y Mitchell la observaron por un par de segundos hasta que el primero decidió aprovechar ese momento para desembarazarse de Mitchell de una patada, arrojándolo sobre unos escritorios destartalados y recogiendo la espada del suelo.

—¡Marianne! —gritó Samael sin poder moverse. Tenía huesos rotos en todo el cuerpo, incrementados por la caída, y su proceso de curación le estaba tomando más tiempo de lo esperado.

Marianne luchaba por mantenerse despierta, pero por más que su cerebro enviaba la orden a sus extremidades de moverse era como si ya no estuviera en su cuerpo y sólo quedara consciente una pequeña parte de su mente. Sus ojos veían borroso, pero pudo reconocer la silueta de Demian al detenerse frente a ella con su espada en mano.

—Estás muriendo por la falta del don.

—Si piensas que te voy a suplicar… no lo haré —replicó ella entre estertores y Demian frunció el ceño. Se inclinó sobre ella, maniobrando la espada hasta colocarla sobre su pecho y la mantuvo ahí con expresión imperturbable.

—Dije que serías la primera en morir y por tu propia espada, ¿no lo dije?

Ella no contestó. La imagen borrosa de Demian iba mezclándose con lapsos de oscuridad, como si fuera una televisión con mala señal y baja corriente.

—…Bien, no digas nada. Mejor así.

Sujetó la empuñadura con ambas manos y se preparó para ejercer presión sobre ésta mientras Marianne tomaba el último de sus alientos.

—Lo siento… Les fallé a todos —susurró ella con lo poco que le quedaba de voz.

Cerró los ojos, quedándose con el sonido de los gritos de Samael de fondo llamándola. Podía escuchar sus latidos ralentizándose y su mente queriendo huir hacia la inconsciencia. Los gritos de Samael cesaron y llegó a la conclusión de que ya todo había acabado y se encontraba quizá en el paso de descubrir lo que había del otro lado, cuando escuchó una respiración cercana que definitivamente no era la suya. Abrió lentamente los ojos, extrañada de que todavía fuera capaz de hacerlo y aún borroso vio frente a ella el rostro descompuesto de Demian, sosteniendo la espada con las manos tan tensas que parecía estar luchando con ésta.

—¿…Por qué? ¿Por qué no puedo? —masculló él con gesto alterado, apretando los dientes y obligándose a blandir la espada nuevamente, pero cada vez que la bajaba se detenía justo antes de clavarla en su pecho, repitiendo el movimiento varias veces con expresión trastornada hasta detenerse jadeando, apartando la espada hacia un lado con frustración—. Debiste matarme cuando tuviste oportunidad. ¿Qué tan difícil era clavarme la espada? No tienes idea… de lo que es sentir esta necesidad por matarlos. No puedo controlarlo. No por mucho tiempo.

Marianne no respondió. Su respiración se hacía cada vez más pesada y tampoco comprendía a dónde quería llegar con eso hasta que de pronto lo vio levantar la espada nuevamente, pero con la hoja vuelta hacia él.

—Tendrá que ser así entonces.

—¿Qué… Qué estás haciendo? —articuló ella, tratando de mantener los ojos abiertos.

Los brazos de Demian se tensaron y en cuanto empezó a flexionarlos para clavarse la espada él mismo, un punzante dolor lo hizo detenerse y soltarla, llevándose a continuación las manos al pecho. Con un resuello se apartó de Marianne y encorvó el cuerpo hacia adelante, sintiendo que sus palpitaciones eran como puñaladas directas al corazón.

No entendía a qué se debía, la hoja no lo había atravesado, pero así era como se sentía. Sus resuellos fueron aumentando conforme las punzadas se hacían más insoportables, obligándolo a retorcerse de un lado a otro. Jamás había experimentado nada parecido y pensó que iba a morir cuando de repente algo dentro de él colapsó. Su cuerpo se arqueó hacia atrás y dejó de respirar por varios segundos hasta sentir una explosión en su interior. Una esfera oscura salió de su pecho y quedó suspendida por encima de él, desprendiéndose de ésta a continuación un orbe brillante tras otro, saliendo disparados hacia distintos puntos. Finalmente parecieron encontrar sus objetivos al introducirse en los cuerpos de los demás.

Samael fue incorporándose con dificultad, contemplando confundido aquel espectáculo de esferas luminosas que iban y venían, algunas incluso atravesando muros y volando lejos de ahí hasta que la última en salir disparada acabó por introducirse en el pecho de Marianne, inyectándole una repentina ola de vitalidad que le devolvió el movimiento y la impulsó a incorporarse de golpe, inhalando una profunda bocanada de aire.

Ella se miró las manos con sorpresa, abriéndolas y cerrándolas para comprobar que había recuperado la movilidad. Su vista también era clara y límpida de nuevo y podía incluso sentir por dentro aquella efervescencia especial que le provocaba su poder. Pero ¿cómo era posible? ¿En verdad había recuperado su don?  Posó la mirada sobre Demian y vio que la esfera oscura regresaba a su cuerpo, devolviéndolo a una postura más relajada, su respiración normalizándose y expresión desconcertada. Frente a él, una solitaria esfera brillante permaneció flotando.

—¿…Demian? —pronunció con cierta reserva y él la miró con rostro perturbado, probablemente porque se había dado cuenta de lo que había ocurrido, o quizá porque reconocía el don que tenía justo frente a él. El don de su padre—… Nos has devuelto nuestros dones.

—Yo no he hecho nada —respondió él sin ningún tipo de inquina en sus palabras.

Su apariencia seguía siendo la de un demonio, pero su gesto parecía haberse suavizado, rendido por el agotamiento. Seguía deteniendo su herida con la mano y no se movía de donde estaba. Marianne bajó la vista hacia su espada y la recogió. Fueron surgiendo murmullos a su alrededor y los demás poco a poco fueron incorporándose desorientados.

—¡Marianne! —Samael logró finalmente levantarse y corrió con las piernas aún adoloridas e inestables, procurando quedar delante de ella por si Demian intentaba algo más, pero él continuaba en el mismo punto sin moverse.

Ella colocó una mano sobre su hombro y lo apartó suavemente, negando con la cabeza.

—¿…Es muy profunda? —preguntó Marianne y Demian se limitó a apartar la mano y mostrar el corte de varios centímetros que atravesaba su costado.

—No importa ya. Supongo que ahora es mi turno. Acabarán conmigo, ¿no? —repuso él, contemplando la espada que Marianne seguía sosteniendo.

Ella la levantó por un instante para echarle un vistazo y luego dejó que su mano la absorbiera, confundiéndolo más.

—¿Aún sientes deseos de matarnos? —inquirió ella y Demian titubeó por unos segundos, buscando en su interior aquel impulso que lo obligaba a ir tras ellos y desear el caos. El impulso seguía ahí, latente, pero muy exiguo, como si se hubiera disipado.

—…No por el momento.

—Bien. Es suficiente para mí —respondió ella, volteando hacia Samael—. Cierra su herida. —Él le dedicó una mirada atónita, como si le estuviera pidiendo una locura—. No me mires así. Hemos recuperado los dones y eso era lo importante, ¿o no?

—Pero eso no significa que más adelante no intente…

—Si ese momento llega, ya veremos cómo solucionarlo —lo interrumpió ella con gesto resuelto mientras su armadura dimitía, y él sabía que una vez que tomaba una decisión no había quien la hiciera cambiar de opinión.

Volteó hacia Demian, que también parecía incrédulo, y se acercó a él para cumplir con la petición de Marianne. Se inclinó para colocar sus manos sobre la herida y Demian dio un leve respingo como si fuera a rechazar su ayuda, pero tras unos segundos permitió que lo hiciera, procurando voltear hacia otro lado para no tener que mirarlo. La luz que manó de sus palmas fue cubriendo aquella zona del corte y poco a poco la carne fue cerrando hasta quedar una pequeña cicatriz. Samael se apartó de él, que no dijo nada ni hizo el intento por agradecerle, únicamente evitó su mirada mientras revisaba la marca que le había quedado. Entonces apareció Frank, con los ojos puestos en Demian como toro de lidia.

—¡Ahora sí, prepárate porque acabaré contigo! —Marianne se interpuso de inmediato al ver que iba en pos de Demian—. ¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡Apártate!

—¡No! ¿Qué crees que haces tú? Se acabó, Frank. La pelea terminó.

—¿Cómo que se acabó? ¡Él sigue con vida!

—Sí. Y también nosotros. Recuperamos los dones, eso es lo importante. Déjalo así.

Frank apretó la mandíbula y frunció el ceño, buscando alguna réplica, pero los sollozos de Lucianne lo distrajeron.

—Lo siento… De verdad lo siento —gimoteó Lucianne con las manos cubriendo su rostro mientras Lilith y Angie trataban de consolarla, la rubia con los brazos aún heridos.

—…Lucianne —musitó él, cambiando enseguida de prioridad y yendo hacia ella.

Demian y Marianne cruzaron miradas por un instante y él optó por volver la vista hacia la esfera que aún flotaba delante de él, tomándola entre sus manos y observándola mientras su coraza comenzaba a retraerse hasta quedar en forma humana. Podía escuchar de fondo las voces de los demás, recuperando los sentidos y poniéndose al corriente de lo que había pasado, pero no les prestó atención. Pensó en lo que pasaría si le devolvía aquel don a su padre a pesar del tiempo que llevaba muerto, después de todo le pertenecía. Giró el rostro de nuevo y vio que Marianne estaba ya del otro extremo, de rodillas frente al cuerpo de su padre. Miró de nuevo la esfera que tenía entre las manos y su rostro se crispó.

—¿Necesitas algo? —preguntó Samael al acercarse a Marianne después de hacer una ronda para curar las heridas de los demás. A esas alturas ya nadie portaba sus armaduras y tan sólo esperaban a recuperarse por completo para marcharse de ahí.

—Intento pensar… pero ni siquiera puedo reaccionar apropiadamente —respondió ella, sin despegar la vista de su padre, y Samael decidió no decir nada, tan sólo acompañarla. Ella siguió ahí sentada, dando profundas bocanadas de aire cuando de pronto su vista fue bloqueada por un destello de luz. Al enfocar la mirada, se dio cuenta de que era una esfera brillante, y al fijarse mejor vio que era Demian quien la sostenía—. ¿Qué…?

—Úsalo —indicó él, haciendo un gesto para que lo tomara.

—Pero… es el don de tu padre.

—Y él lleva semanas muerto.

Marianne lo miró sobrecogida, sin poder creer su acción.

—…Sé que no tiene excusa lo que hice… pero que al menos esto sirva de algo.

Ella tomó el don con manos temblorosas y dedicó una mirada indagadora a Samael.

—¿Es posible… que un cuerpo acepte un don ajeno?

Samael le respondió con otra mirada, pero ésta resultaba más bien ambigua.

—…Supongo que sólo hay una forma de saberlo.

Marianne inhaló con fuerza y se tomó un par de segundos para serenarse. Luego acercó lentamente la esfera hacia el cuerpo de su padre, casi con miedo de que no funcionara, que el don se quedara ahí suspendido por encima de éste, pero en cuanto lo presionó contra su pecho, se introdujo sin ofrecer resistencia. El cuerpo se estremeció por varios segundos, pero luego se detuvo.

Noah abrió los ojos de golpe y su espalda se arqueó violentamente, aspirando el aire.

—¿Ma… Marianne? ¿Qué…? —articuló él, sintiéndose aturdido, tratando de enfocar la mirada a su alrededor.

—Tranquilo. Todo está bien… Ahora lo está —dijo para mantenerlo quieto, aunque era ella la que se sentía más tranquila al ver que el don había funcionado, así que no pudo evitar una sonrisa. Demian decidió mejor apartarse para darles su espacio.

Sacaron a Noah de ahí antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, y una vez de vuelta en casa, Marianne se aseguró de que estuviera bien antes de dejarlo para que descansara.

Salió de la habitación y se reunió con Samael, apostado en la pared del frente con expresión introspectiva.

—Mamá sigue en el hospital mientras le hacen algunos estudios después de su recuperación “milagrosa”. Loui también pasará ahí la noche. Apuesto a que me restregará su “herida de guerra” en la cara cada vez que pueda.

Samael no dijo nada, sólo permaneció pensativo, con la vista fija hacia ningún lado.

—¿Estás preocupado por lo que Demian pueda hacer ahora?

—Es libre de los dones. Pero no de su sangre. Lo más difícil vendrá ahora, cuando tenga que lidiar con su propia naturaleza y pelear contra ella para mantener su humanidad adquirida.

Marianne se limitó a asentir con la vista fija en el piso. Cuando se habían reunido para abandonar el edificio, Demian ya había desaparecido. Probablemente aún seguiría confundido por todo, atormentado por sus acciones. Sólo necesitaba algo de tiempo.

—¿Qué será de mi padre ahora? Luce desorientado y agotado. Incluso se quedó inmediatamente dormido en cuanto su cabeza tocó la almohada.

—Tiene el don de otra persona dentro de él. No podemos estar seguros de cómo va a reaccionar su cuerpo a éste. Tendremos que esperar.

Otro asentimiento y un suspiro. Se mantuvieron en silencio por unos minutos más hasta que Marianne se apartó de la pared.

—Bueno, creo que iré a tomar un baño. Me siento completamente hecha de polvo. —Antes de marcharse, volteó hacia Samael y sonrió—. Deberías relajarte ahora. Todo ha terminado.

Samael sonrió de vuelta, pero una vez que Marianne estuvo fuera de su vista, su expresión volvió a ensombrecerse. Se aproximó a la puerta de la habitación y la entreabrió. Noah estaba dormido y el ángel lo observó por un rato más con gesto de inquietud.

No era lo que el efecto de un don ajeno pudiera tener en él lo que le intranquilizaba. No. Era un detalle que había omitido en su momento, pues no entendía su significado hasta que supo lo que Demian era en realidad. Y es que, así como no podía leer la mente de Demian, la de Noah también parecía estar bloqueada para él. Pero eso no podía decírselo a Marianne. Después de todo… ¿de qué forma decirle que su padre podría ser un demonio?


CONTINUARÁ…