CAPÍTULO 4

4. LOS RIESGOS DE LOS PROSCRITOS

A las siete y media de la mañana, Marianne ya estaba apostada en el pasillo que conducía a su salón de clases con la intención de interceptar a Belgina para poder hablar con ella. Le había estado enviando mensajes toda la noche anterior sin recibir respuesta de su parte y comenzaba a preocuparse. Entendía que se sintiera abrumada por lo ocurrido e incluso renuente como ella en un principio, pero realmente esperaba que habiendo presenciado todo le resultaría más fácil asimilarlo. Aunque ahora tenía sus dudas.

—¿Y si decide no aceptarlo?

Es algo con lo que nació. No puede simplemente deshacerlo.

—Es que no quiero que piense que está obligada a hacer algo que no desea.

¿Desearías no hacerlo a pesar de conocer ahora las implicaciones?

—Admito que fue difícil aceptarlo al principio, pero ahora lo tengo muy claro y estoy dispuesta a cumplir mi deber. Pero Belgina… no puedo saber lo que está pensando, tal vez ella no lo considere de la misma forma que yo.

Entonces tendrás que ayudarla a convencerse.

Marianne apoyó la cabeza en la pared, tratando de pensar lo que le diría. Cuando sus compañeros comenzaron a llegar, se enderezó y esperó pacientemente por ella. Apenas la vio doblando el pasillo, se apartó de la pared en clara señal de que la estaba esperando y ella frenó sus pasos al darse cuenta.

—…Tenemos que hablar.

Belgina retrocedió al corredor anterior y Marianne corrió para alcanzarla, encontrándola pegada al muro con los ojos cerrados.

—¿Hay forma de que me digas que lo de ayer no ocurrió, que fue mi imaginación?

—Escucha, entiendo que estés abrumada por lo que pasó, yo también lo estaba, pero una vez que te das cuenta de la importancia de esto, entenderás que si luchamos juntas…

—¿Tú cómo supiste? ¿Cómo te diste cuenta?

Marianne balbuceó sin saber qué responder. Hablarle sobre su ángel guardián no le parecía la forma más apropiada de ser tomada en serio.

—Si no puedes explicarme algo tan simple, ¿cómo esperas que acepte luchar a tu lado?

—…Es nuestro deber —fue lo único que se le ocurrió decir y Belgina meneó la cabeza.

—Habrá sido tu elección, pero no la mía, así que… quizá será mejor que busques a alguien más —finalizó ella, dándole la espalda para dirigirse a su aula.

—¡Belgina, espera! —Intentó detenerla, pero antes de poder girar por el pasillo, sintió que alguien tiraba de su brazo y la empujaba contra la pared. Al levantar la mirada se dio cuenta de que Kristania estaba frente a ella con expresión amenazante y los brazos cruzados—… ¿Cuál es tu problema?

—¡Quiero saber qué tienes que ver tú con Demian!

—Ay, por favor, no tengo tiempo para esto. —Intentó continuar su camino, pero la altanera chica le bloqueó el paso, superándola en altura.

—Te vi ayer hablando con él, así que sólo respóndeme cómo es que lo conoces.

—¡Ni siquiera sabía su nombre hasta que tú lo dijiste! ¿Qué importancia tiene?

—Salimos juntos, y no quiero a nadie interfiriendo —respondió ella, taladrándola con los ojos. Marianne tan sólo torció las cejas con exasperación.

—Muuuuuy bien, como tú digas, ahora con permiso que tengo cosas más importantes que hacer —insistió, pero ella continuaba obstaculizándole el paso.

—¡Kristania! Renzo te está buscando por una tarea —interrumpió de repente Angie, asomándose desde el corredor.

—¡Ugh, ya voy! Te estaré vigilando —le advirtió, haciendo un gesto amenazador señalando sus ojos y luego a ella para después marcharse.

—… Psicótica —resopló Marianne y Angie le dedicó un guiño, dándole a entender que había inventado aquello para sacarla de apuros, de modo que ella respondió agradecida con una sonrisa.

—Señorita Greniere —la llamó repentinamente el director, tomándola por sorpresa—. ¿Podría acompañarme a mi oficina? Necesito hablar con usted.

Marianne lo siguió extrañada, preguntándose qué podría ser ahora.

—Recibimos otra llamada del departamento de investigaciones con respecto a las preguntas que respondió ayer, quieren que regrese para una segunda entrevista —dijo el director una vez en su oficina y Marianne dio un trago tal que le pareció tener algo atorado en la garganta, pero intentó parecer ecuánime—. Se han hecho los preparativos necesarios. Sólo queda avisar a sus padres para que la acompañen.

—Yo misma les hablaré camino a la oficina central, no se moleste —se adelantó ella antes de que tomara el teléfono, aunque su intención era mantener a su familia al margen de todo aquello. Sobre todo si ahora realmente estaba en problemas.

Al llegar a su destino se encontró con que la calle estaba repleta de reporteros reunidos en el pasaje que conducía al palacio de justicia, transmitiendo en vivo. La noticia era el ataque durante el juicio. Era el tercer atentado de importancia en la ciudad en dos días seguidos y todo el mundo hablaba de ello.

Los reporteros pasaban una y otra vez escenas del juicio que las únicas cámaras presentes habían logrado captar, en el momento en que aquellos dos entes aparecieron de la nada, atraparon a la juez y al acusado y causaron destrozos a su alrededor justo antes de lanzar a todos fuera de la sala. Marianne alcanzó a ver algunas de esas escenas en la pantalla de uno de los reporteros que se preparaba para salir al aire, pero aún así no se detuvo y entró al edificio por la misma ruta que había recorrido el día anterior.

A medida que se aproximaba a la sala de espera, sus nervios comenzaron a aflorar. No tenía idea si encontraría a más personas o si ella sería la única. O peor aún, podrían arrestarla por falsedad en su declaración. Trató de quitarse esas ideas de la cabeza y la sacudió para despejarse. Después empujó la puerta y se encontró con la sala vacía, a excepción de una silla, en la que se sentaba la persona que menos esperaba encontrarse ahí.

—Por increíble que parezca, ya ni siquiera me sorprendo de verte —comentó Demian, encorvado hacia adelante y vestido en esa ocasión con lo que parecía un uniforme de básquetbol con un número 12 al frente. Marianne tan sólo bufó y fue a buscar un asiento alejado de él.

—Como si mi suerte no pudiese empeorar —refunfuñó, sentándose a varias sillas de distancia de él.

—¡Gracias por lo de ayer, por cierto!

—¡Por nada, lo hice con el mayor de los placeres! —respondió ella sin voltear y él soltó una risa de incredulidad, tras lo cual permanecieron varios minutos en silencio, esperando a que alguien saliera o los mandaran llamar.

—Entonces tú también tuviste inconsistencias en tus respuestas.

—¿…Eh?

—Me llamaron para decirme que necesitaban confirmar cierta información que di, y si tú también estás aquí quiere decir que tiene que ver contigo.

—¿…Qué dijiste sobre mí? —Ella incrustó los dedos en su asiento, sintiendo que sus hombros se tensaban de sólo pensar que él fuera el culpable de que estuviera ahí.

—Simplemente lo que pasó, las preguntas que me hiciste y lo que yo te respondí. Nada que no fuera verdad.

Marianne apretó los dientes y le dio la espalda antes de decir nada más. El hecho de que pudiera ser el responsable de encontrarse en problemas no hacía más que aumentar el desagrado que de por sí ya sentía por él. Pero no le beneficiaría en nada perder los estribos en ese momento, mejor debía ocupar su tiempo en idear alguna solución.

—Su nombre es Erwing Boot.

—¿…Qué? —preguntó de nuevo, notando que Demian se había cambiado de asiento y ahora estaba a un lado de ella.

—El hombre por el que preguntabas, así se llama. Lleva trabajando para mi padre como cinco años. Tiene esposa y dos hijas pequeñas. Si te preguntan, su esposa se llama Olivia y sus hijas, Gwen y Camille. Podrías decir que eres nueva en la ciudad…

—Lo soy —aclaró Marianne, sin saber a dónde quería llegar con ello.

—Perfecto, y apenas te enteraste de su existencia fuiste a visitarlo al hospital a petición de tus padres. El señor Boot tiene familia con la que casi no tiene contacto, así que será fácil convencerlo de que una sobrina desconocida pasó a hacerle una visita.

Ella lo miró fijamente con el ceño fruncido.

—¿…Por qué haces esto?

—¿Hacer qué? —repuso él como si no tuviera gran importancia el engañar al sistema para sacarla del apuro. Quizá se sentía culpable e intentaba resarcirse de algún modo, pero no tenía pinta de admitirlo. Como fuera, si aquello funcionaba estaba dispuesta a odiarlo un poco menos.

—… Bien, Erwing Boot. Yo vengo de Palmenia, ¿tiene familia ahí?

—Posiblemente, tiene tantos parientes que les ha perdido el rastro con los años —dijo Demian, y entonces recordó la figura que había visto doblando el pasillo ese día en el hospital—. ¿Llegaste a encontrar su habitación? ¿Lo viste?

—…N-No. Llegué al área en la que se encontraba, pero no tuve tiempo de buscarlo, casi de inmediato se desataron los ataques.

—¿Y ahora sí puedo saber por qué necesitabas hallarlo?

Marianne se sobrecogió, sabiendo que al menos tendría que responder esa pregunta para satisfacer su curiosidad. Pero el decir que un ángel le había pedido que fuera a protegerlo de unos demonios no sólo sonaba a locura sino también la hacía más sospechosa después de la atención que aquellos dos estaban recibiendo últimamente. Así que entre quedar como sospechosa o como loca, optó por el que ya estaba más acostumbrada.

—… Estuve presente cuando lo declararon muerto. No es algo que suela decir, pero tengo un… sexto sentido muy desarrollado —comenzó a relatar a medida que se le iba ocurriendo, procurando imprimirle un particular tono dramático a su voz para causar un mayor efecto—. Vi su espíritu salir de su cuerpo y se acercó a mí, me dijo que pronto regresaría a la vida y que cuando lo hiciera necesitaba quien le recordara algunas revelaciones que había tenido que podían mejorar su vida de ahora en adelante. Me hizo prometer que lo buscaría para recordárselo, así que por eso fui al hospital. Las promesas deben cumplirse. ¿Satisfecho?

—…De acuerdo. —Demian titubeó sin saber cómo reaccionar ante aquella información, parpadeando por unos segundos como si estuviera esperando a que dijera que era broma, pero ella se mantenía seria—. Eso fue… interesante.

—Memorízalo, porque no pienso repetirlo.

—Entonces… ¿estamos a mano?

Una expresión de ironía se formó en el rostro de ella.

—…Sabía que toda esta actuación tenía un propósito. Crees que de esta forma podrás compensarme por el accidente. Pues déjame decirte que esto no lo conseguirá.

—¿Sabes qué? Tienes razón, aún no podemos estar a mano —rectificó él con una sonrisa forzada—. Después de todo me sigues debiendo un par de lentes.

Ella entornó los ojos, pero no tuvo oportunidad de responderle pues en ese momento apareció el oficial Perry con una hoja de papel.

—Marianne Greniere y Demian Donovan, pasen por aquí, por favor.

Ambos se incorporaron y lo siguieron hacia el interior de las oficinas, pero en vez de pasar a los mismos cubículos que en el primer interrogatorio, fueron separados y conducidos a distintos cuartos en los que únicamente había una mesa al centro con un par de sillas y al fondo un enorme espejo.

Una vez que Marianne tomó asiento, esperó varios minutos hasta que la puerta se abrió y un par de oficiales entraron, llevando una pantalla con un reproductor de video. Los dejaron en la mesa y sin decir una sola palabra salieron de ahí, lo cual le pareció muy extraño. Miró hacia el techo y notó una cámara que apuntaba directo hacia ella, así que trató de no parecer muy nerviosa y mejor se cruzó de brazos y de piernas para no moverse como solía hacer cuando empezaba a desesperarse.

—Perdón por la tardanza, comencemos de una vez —dijo el comandante Fillian, entrando con una taza de café en la mano, acompañado del oficial Perry que llevaba una carpeta con varios papeles. Mientras él se quedaba de pie a un extremo de la mesa, el comandante tomó asiento justo enfrente de ella y tomó un sorbo de su café mientras parecía examinarla con la mirada—. ¿…Te conozco de algún lado?

—Mmmh, no. No lo creo —respondió Marianne, pareciéndole una pregunta extraña para empezar. El comandante Fillian meneó la cabeza y se centró en sus notas.

—Marianne Greniere, ¿no es así?  ¿Llamaste a tus padres? ¿Van a venir?

—Ehm… claro, les avisé, pero ninguno de ellos podrá venir, están muy ocupados. Pero aún así no hay problema. No tengo nada que ocultar.

—¿Renuncias entonces al derecho de tener un abogado?

—¿…Cree que necesito uno? —preguntó ella, modulando su voz para no evidenciar su creciente ansiedad. El jefe de policía asentó la taza en la mesa y se inclinó hacia adelante con gesto inescrutable.

—Creo que será mejor que vayamos directo al grano, jovencita. Tenemos un video que debes ver —anunció el comandante, encendiendo el reproductor y la pantalla.

Marianne no entendía nada hasta que se vio a sí misma, por un lado entrando al área de cardiología, y en otro plano corriendo con la armadura por el pasillo que llevaba hacia la habitación del hombre que buscaba. No se había detenido a pensar que había cámaras en distintos puntos. Sintió que el estómago le subía a la garganta y le impedía respirar.

—Ésa… no soy yo —aseguró Marianne tras unos minutos con la mirada fija en la pantalla, en cuanto consiguió controlar por fin aquella sensación de tener algo atorado en la garganta que le impedía hablar.

—¿Intentas hacernos creer que ésta no eres tú? —la cuestionó el comandante, señalando la primera imagen, donde claramente se veía entrando a cardiología.

—No, claro que ésa soy yo. Me refiero a la segunda imagen —respondió, retomando su tono de seguridad—. Supongo que la cámara estaba colocada justo en el último pasillo. Yo jamás llegué a ése. Me quedé en el primer corredor buscando la habitación de mi tío porque olvidé su número. Erwing Boot, ése es su nombre. No pasaron ni diez minutos y escuché mucho escándalo, así que me oculté.

—Dices que al mismo tiempo en que empezaron los gritos, decidiste entrar al área a toda prisa y sin embargo no avanzaste del primer pasillo y tan sólo te quedaste ahí escondida hasta que finalmente te ves saliendo de ahí varios minutos después. Muy fatigada, por cierto.

Apretó un botón para adelantar el video hasta que se veía ella saliendo a tanta velocidad que tuvo que detenerse antes de chocar contra las puertas del elevador, y con las mismas tomó impulso para continuar corriendo escaleras abajo.

—… Sí, exacto —afirmó ella, deteniendo con fuerza sus manos para no empezar a repiquetear los dedos en la mesa.

—Bien, pasemos eso por alto. Hay algo que no encaja en todo este panorama.

El hombre continuó presionando otros botones. La imagen se regresó al momento en que aparecía ella con su armadura doblando el pasillo, adelantándolo unos minutos más tarde en que Ashelow la arrastraba por el suelo, pasando nuevamente a la cámara colocada en la entrada del área por donde la sacaba a rastras. Luego le adelantó más hasta el momento en que ella volvía a entrar al área, para pasar unos segundos después por el último pasillo y finalmente, tras la llegada de los oficiales, se le veía saliendo apresurada de la habitación, y justo un instante antes de que ella doblara el corredor, Demian asomaba por la puerta. En cuanto pausó el video, Marianne exhaló el poco aire que tenía en los pulmones.

—De acuerdo con el video, vemos a la sospechosa por primera vez en ese corredor, pero nunca la vemos pasar antes por la entrada, y lo más importante, jamás la vemos salir. ¿Tienes algo que responder a eso?

En ese instante sonó un celular y ella dio un respingo, pensando que era el suyo, pero el oficial Perry contestó, por lo que el jefe le dirigió una mirada de censura, cosa que Marianne aprovechó para intentar controlar sus nervios que ya afloraban de nuevo.

—… No, yo no llegué a ver nada —respondió ella, pensando que debía ocurrírsele algo pronto si quería salir de eso.

—Jefe, es su hija, necesita hablar con usted —interrumpió el joven oficial con el celular en espera, recibiendo como respuesta otra mirada reprobatoria.

—Estoy en medio de algo importante, dile que le llamo luego —farfulló, provocando que el muchacho retrocediera avergonzado, dándole la oportunidad a Marianne de pensar mejor su nueva estrategia.

—Quizá… se deshizo en el aire como los otros dos sujetos.

—¿Los otros dos sujetos? ¿A qué te refieres?

—…Ya sabe, los que atacaron en el juzgado —explicó ella, recordando los videos que había visto antes de entrar a la estación de policía—. En todas las noticias han estado pasando las grabaciones del juicio de ayer, en el que de la nada aparecieron estos dos sujetos y empezaron a atacar a todos. Bien pudo haber usado la misma técnica que ellos para aparecer y desaparecer en el aire. Después de todo tampoco tiene grabaciones de ellos entrando y saliendo, ¿o sí?

El comandante Fillian la miró fijamente como si intentara leer su mente, y ella le sostuvo la mirada, luchando por no pestañear.

—…Ya volvemos —dijo éste, saliendo de ahí acompañado del oficial Perry, llevándose la pantalla y el reproductor de video con ellos.

Apenas se quedó sola, sintió la necesidad de derrumbarse agotada sobre la mesa, pero recordó la cámara que la estaba grabando y que seguramente tras el espejo la estarían observando, así que simplemente se reacomodó en la silla y esperó a lo que fuera que tuviera que pasar a continuación.

 No sabía cuánto más podría aguantar aquella ansiedad ni qué tanto funcionaría su táctica, pero pensaba mantenerse firme en su declaración. No dejaba de reprocharse su descuido, pero al menos era un alivio que no hubiera cámaras en cada pasillo del hospital, pues de lo contrario la habrían grabado en el momento justo en que la armadura la cubría.

¿Cuánto tiempo llevaba metida en aquel lugar? Le parecía ya una eternidad cuando por fin regresó el comandante Fillian llevando un folder.

—De pie, acompáñame —ordenó el jefe, señalando hacia la puerta.

—¿A dónde? Necesito saber qué ocurre ahora, ¿estoy en problemas?

—No tenemos pruebas contundentes, no podemos hacer nada, pero tienes que pasar a firmar unos documentos y tendremos gente vigilándote.

—¿E-Es en serio? —tartamudeó ella, sintiendo que su estómago se revolvía.

—Deberías reconsiderar seriamente si tus padres no vendrán después de todo —aconsejó él, saliendo de las oficinas con ella.

En su camino pasaron junto a Demian justo cuando salía del otro cuarto, llevado por el oficial Perry, y por un instante él la miró como si supiera que estaban en problemas, aunque ella no entendía por qué él habría de estarlo.

—¿…A dónde vamos? —preguntó Marianne al notar que se aproximaban a la salida del edificio, seguidos unos metros más atrás por Demian y el joven oficial.

Al darse cuenta de que se dirigían al pasaje lleno de periodistas y cámaras de televisión, intentó detenerse, pero el comandante no disminuyó la velocidad. Si salía ahí, por sí sola difícilmente llamaría la atención, pero al estar junto al comandante, tan identificable con su imponente presencia y aquellas canas plateadas que atravesaban el lado derecho de su cabello, la hacían blanco fácil de las lentes de las cámaras. Así que apenas pasaron la puerta lateral que conducía al pasaje, bajó el rostro, pero su corte por encima de los hombros no lo cubría del todo, y acabó pasándose del lado izquierdo de su custodio, confiando que su complexión robusta le bloquearía la vista del gentío.

Echó un breve vistazo hacia atrás y notó que eran seguidos a una distancia considerable por Demian y el joven que lo escoltaba. Escuchó el barullo característico de una multitud de reporteros transmitiendo en directo o grabando sus reportajes y rogó porque no los notaran, pero apenas iban a medio camino oyó una voz nombrando al comandante, y en cuestión de segundos todas las cámaras estaban encima de ellos, por lo que procuró mantenerse pegada a su costado, evitando así ser captada por ellas.

Alcanzó a reconocer algunas preguntas que se desprendían del tumulto, la mayoría se centraba en si sabían quiénes eran aquellos “entes”, si habían hecho algún arresto o si conocían la identidad del “ángel” que había defendido el hospital. Ante todas las preguntas, el comandante permanecía estoico, sin responder nada. Marianne se mantuvo oculta hasta que el reflector de una cámara la iluminó de su lado izquierdo y por el rabillo del ojo vio que en las pantallas del fondo la imagen principal en ese momento era ella.

—¡Comandante! ¿Quién es la chica? ¿Su hija? ¿Una sospechosa? —empezaron a cuestionarlo de todos lados y varios micrófonos empezaron a aparecer en torno a ella, intentando conseguir unas palabras de su parte.

Marianne no dejó de voltear el rostro, pero era captada desde todos los ángulos y podía ver su cara en cada una de las pantallas a pesar de que el comandante Fillian trataba de encubrirla y un grupo de policías intentaba mantenerlos al margen.

—¿Tiene algo que ver con los ataques ocurridos en los últimos días? ¿Está con los malos o está del lado de los buenos? —continuaba la embestida de preguntas y Marianne ya no sabía dónde esconder la cara. A esas alturas ya se sentía perdida y por más que lo negara la conectarían siempre con los ataques, y si los videos del hospital salían a la luz sería peor, su secreto quedaría al descubierto.

—¡Alto, deténgase! ¡Perdí un folder! ¡Cuidado al pisar! ¡Devuélvanmelo! —exclamó el comandante, atascado entre el gentío que los rodeaba.

—¡Miren, arriba! —gritó de repente alguien y tanto las miradas como las cámaras desviaron su atención hacia el punto donde señalaban.

De pie, encima del barandal del balcón, se erguía firme como estatua una figura ataviada en una armadura de tono añil.

Marianne la observó pasmada. ¿De verdad era Belgina? ¿En qué estaba pensando? Su corazón latía con fuerza, sin poder apartar la vista.

—¡No deben temer! —exclamó de repente, mientras todos se silenciaban unos a otros para poder escuchar mejor—. ¡Estoy de su lado! ¡Soy una Angel Warrior y mi misión es defenderlos a todos! ¡No pretendo hacerle daño a nadie! ¡Sólo deseo protegerlos, y eso es lo que haré… aún a costa de mi vida!

Marianne sintió una explicable punzada ante sus palabras. Casi podía sentir la agitación de la propia Belgina, mientras los demás irrumpían en vítores y gritos, lanzándole preguntas, aglutinándose en el pasaje para llegar a ella. Belgina realizó unos cálculos visuales escogiendo un punto en medio de la multitud, y tras hacer un movimiento circular con los brazos, se lanzó hacia el vacío, dando un giro en el aire que dejó a todos maravillados, y justo cuando caía en un punto cercano a Marianne, una ráfaga de viento la amortiguó e impulsó hacia el otro edificio, dirigiéndole a ella una mirada significativa justo antes de ser enviada al otro lado, donde desapareció de la vista de todos.

La gente parecía haber perdido la cabeza con aquella aparición ante las cámaras y se habían olvidado por completo del comandante Fillian y de Marianne, incluso el propio jefe de policía la había ya soltado y se la pasaba dando instrucciones para que bloquearan todas las puertas de acceso en la jefatura con la intención de atraparla.

Pero Belgina ya no estaba ahí. Había usado la entrada al edificio como distractor para impulsarse de vuelta al palacio, de donde salió un rato después como ella misma, al cerciorarse de que toda la atención estaba puesta del lado contrario.

Buscó entre todos a Marianne, sin atreverse a llamarla para no atraer la atención de los reporteros. Lo único que veía eran puros rostros desconocidos hasta que finalmente la vio de pie frente a ella, su corto cabello meciéndose con el viento.

Belgina bajó la mirada por un instante y luego se acercó a ella con postura avergonzada, sin atreverse a mirarla a los ojos.

—… Lo siento —alcanzó a decir únicamente.

—No importa. Llegaste —respondió Marianne con una sonrisa de agradecimiento y Belgina terminó por devolverle el gesto, dando por hecho que a partir de ese momento estaba aceptando su deber. Ahora eran un equipo.

Mientras se marchaban de ahí, y la horda de corresponsales continuaba con su frenesí, el oficial Perry decidía retomar su camino.

—…Adelante. Aún hay algunos papeles que firmar —indicó el joven oficial, tirando del brazo de Demian mientras éste observaba intrigado los puntos de la trayectoria de la chica de la armadura, pero ante la insistencia del muchacho, no tuvo más remedio que seguirlo.


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