CAPÍTULO 5

5. CAZA DE CLUBES

Los noticieros no se daban abasto con los videos, pasándolos una y otra vez, era la comidilla en todos los canales de televisión.

De alguna forma habían conseguido la grabación del hospital y, afortunadamente para Marianne, sólo mostraban la parte en que salía con su armadura, luchando en el vestíbulo. Luego pasaban el video en el balcón, aunque con algunas variaciones; en algunos canales dejaban el discurso completo de Belgina, en otros pasaban de inmediato al acto acrobático que ella había ejecutado espléndidamente.

Desde la perspectiva de la cámara no se notaba realmente gran diferencia entre una armadura y otra, así que todos asumían que era la misma. Por suerte, tampoco se habían empeñado en transmitir las grabaciones de ella siendo conducida por el comandante Fillian, así que eso lo tomaba como signo de que estaba libre de toda sospecha. Incluso se habían dado a la tarea de entrevistar al hombre del hospital, tras la rápida identificación del número de habitación que salía en el video.

Marianne pasaba de canal en canal y en todos era lo mismo. Empezaba a hartarse.

—¡Es ella! —Loui señaló la pantalla mientras bajaba las escaleras—. ¡No lo estaba imaginando, ¿ves?!

—De acuerdo, te creo —respondió Marianne con un bostezo.

—¡Mira, mamá! ¡Ven a ver la tele! ¡Está la heroína que me salvó!

Marianne continuaba cambiando de canal, esperando encontrar alguno donde no saliera ella o Belgina, hasta que se detuvo en un noticiero donde informaban de las muertes misteriosas de unos hombres en un centro de entrenamiento deportivo a las afueras de la ciudad. No había huellas ni señal de lucha en los cuerpos por lo que las causas de sus muertes resultaban desconocidas. Los habían hallado en el piso, con los ojos muy abiertos. Eso le daba muy mala espina.

—¡Dame el control! —exigió Loui, arrebatándoselo para regresar a algún canal de noticias mientras su madre entraba en la sala—. ¿Ves, mamá? ¡No lo estaba inventando!

Marianne decidió mejor alejarse de ahí para no tener que seguir viéndose a sí misma estrellarse contra la pared del vestíbulo una y otra vez. Se encerró en su cuarto y se dejó caer en la cama.

—Deberías ocupar tu tiempo libre en desarrollar tus habilidades —aconsejó Samael, pero ella permanecía inmóvil.

—No ahora, muero aún de cansancio, los últimos días han sido frenéticos para mí.

—Ten en cuenta que el enemigo no se detendrá para permitirte descansar, deberías empezar ahora y no después cuando sea demasiado tarde.

Ella dio un resoplido, llevándose la almohada a la cara, y el celular sonó antes de que empezara a contemplar la sofocación. Se descubrió la cara y estiró el brazo hacia el buró.

—Hola, ¿estás muy ocupada? ¿Crees que puedas venir a mi casa?

La voz al otro lado pertenecía a Belgina.

—Claro, pásame la dirección y en una hora te veo —respondió ella con algo de sorpresa al principio, pero incorporándose de inmediato.

En cuanto llegó a su casa, se instalaron en la sala con bocadillos y golosinas por toda la mesa con la excusa de hacer la tarea, aunque Marianne esperaba enterarse pronto del propósito original de la llamada.

—¿Llevas mucho tiempo como Angel Warrior?

—No llevo ni una semana.

—¿En serio?… Pensé que tendrías más tiempo. Como pareces saberlo todo…

—Créeme, sé casi lo mismo que tú. Todo empezó desde que tuve ese accidente.

—Oh, y simplemente supiste lo que eras, es muy extraño —señaló Belgina sin despegar la vista de su libreta y Marianne notó que lentamente se acercaba al tema, así que trató de incitarla a que continuara hablando.

—¿No está tu mamá?

—No, apenas y descansó un día, fue lo más que aguantó sin hacer nada.

—Oh, lo siento, supongo que hubieras querido que se quedara aquí.

—No importa, aprendimos que hay que aprovechar el poco tiempo que tengamos disponible —dijo ella con una sonrisa que se difuminaba a los pocos segundos, su mente dando vueltas.

—…Dilo ya de una vez —la exhortó Marianne mientras se llevaba un puñado de palomitas a la boca.

—…Bueno, no sé cómo lo vayas a tomar. Mi madre me dijo que han emitido una orden de arresto en tu contra. En cualquier momento lo harán oficial.

—…Ya veo —respondió Marianne con gesto reflexivo, aunque no parecía muy sorprendida, incluso Belgina se veía más preocupada que ella, así que para aligerar las cosas dio un suspiro y se metió ahora un montón de gomitas a la boca—. Bueno, mejor comer ahora todo lo que pueda, que en la cárcel será imposible.

—No digas eso.

—¡Tranquila! Todo estará bien. Gracias a la soberbia actuación que diste ayer, nadie sospecha ya de mí —aseguró ella sin parar de engullir lo que tuviera enfrente.

—Pero aún así… creo que deberíamos tener mucho cuidado la próxima vez. No podemos saber dónde habrá una cámara grabándonos.

—Tienes razón, ¿crees que se pueda conseguir una lista completa de todos los lugares en la ciudad con circuito cerrado?

—Tal vez pueda, mi mamá tiene muchos contactos.

—¡Perfecto, brindo por eso! —Alzó su vaso para chocarlo con el de Belgina y el refresco terminó desbordando y cayéndoles encima, provocando que se rieran a carcajadas.

El lunes ambas llegaron juntas a clases platicando animadamente, lo cual no escapó de la atención de sus compañeros y los cuchicheos no se hicieron esperar.

—No voltees, pero creo que están hablando de nosotras —susurró Marianne apenas tomó asiento y Belgina no pudo evitar echar un vistazo hacia los demás—. Aún estás a tiempo de ir a tu lugar y esperar a que terminen las clases para que hablemos.

—…No, que digan lo que quieran. Eres mi amiga y si no les parece… pues ellos se lo pierden —repuso Belgina con voz firme para que los demás la escucharan y decidiendo sentarse junto a ella, por lo que Marianne sonrió agradecida.

Kristania frunció el ceño y volteó el rostro con desdén, mientras Angie las contemplaba desde su asiento.

Al llegar la maestra, les informó que estaban ante la semana de los clubs y ese día empezarían a recorrerlos.

—¿Qué es la semana de los clubs? —preguntó Marianne.

—Cada semestre tenemos una semana en la que todos visitamos los distintos clubs de la escuela. Son créditos extracurriculares, pero se toman en cuenta dentro de la calificación final al completar el bachillerato. Basta con que te unas durante un semestre a alguno —explicó Belgina, tratando de mantener la voz lo suficientemente baja.

—¿Y tú ya perteneces a uno?

—Aún no. Sigo sin decidirme desde el semestre pasado.

Mientras entregaban las tareas de la semana anterior, tocaron a la puerta. Desde el ángulo donde estaba Marianne podía ver a la maestra discutiendo con alguien y unos brazos agitándose frente a ella.

—…Llegas una hora tarde así que no puedes pasar, punto —finalizó ella, entrando de nuevo y cerrando la puerta mientras por fuera se escuchaban unos zapateos y gruñidos.

Los demás intercambiaron miradas curiosas, puesto que ellos supieran no había faltado nadie a clases, pero la profesora no dijo una sola palabra y ellos no preguntaron.

En cuanto dieron las diez de la mañana, se dirigieron al auditorio para iniciar el recorrido de los clubes y presenciar una práctica del club de básquetbol. A Marianne le emocionó la idea de por fin conocer las instalaciones más allá del corredor que llevaba a su salón. Salieron del edificio por la puerta lateral y caminaron por un largo pasaje con columnas en medio del jardín hasta llegar al auditorio. En su interior había ya varios grupos de estudiantes sentados en las gradas y en la cancha estaban los muchachos con sus uniformes, practicando tiros y haciendo calentamiento. Kristania observaba a todos los muchachos como si buscara algo con desesperación, hasta que de repente comenzó a dar brincos de emoción. Marianne siguió la dirección de su mirada y más tardó en encontrar lo que ella estaba viendo que en dar un resoplido de incredulidad.

—… Ay, no puede ser, ¿por qué está aquí?

—¿De quién hablas? —preguntó Belgina, buscando entre la multitud.

—El número doce —respondió ella, señalando discretamente a Demian, que practicaba sus tiros a la canasta—. Es el tipo del accidente.

—¿Te refieres a Demian?

—¿Tú también lo conoces? Decidido, éste es el infierno.

—No es que lo conozca de forma personal, pero prácticamente todos aquí saben quién es. Va en tercero y tiene admiradoras en toda la escuela. Incluyendo…

—Creo que es bastante claro —se adelantó ella tan sólo de ver la exagerada reacción de Kristania—. Mejor vamos a buscar asiento antes de que se llene el lugar.

Ambas se sentaron en las gradas de abajo pues la mayoría ya estaba ocupada y esperaron a que la práctica comenzara. Kristania se la pasó pegada a la valla de seguridad junto con sus secuaces, conteniendo la respiración y sin despegar la vista de Demian.

—¿Alguien podría decirle que se siente? Está empezando a exasperarme.

—No servirá de nada, hace lo mismo cada semestre. Intenta aparentar calma, pero en plena práctica estalla en gritos, nadie puede controlarla. Solía ser más discreta, pero todo empeoró cuando salió con él.

—Sólo basta una gota de sangre para alborotar a las pirañas —apostilló Marianne y ambas se echaron a reír.

En cuanto empezó la práctica y se hizo evidente que Demian era el que lideraba al equipo con sus jugadas, Kristania no pudo aguantarse más y comenzó a gritar, haciendo que el barullo que se formaba en las gradas parecieran débiles susurros a su lado, provocando con sus gritos que él fallara un tiro y volteara irritado, aunque en vez de avergonzarse, ella aprovechaba el momento para hacerse notar, dando brincos y agitando el brazo.

Al darse cuenta de quién era, Demian sintió un escalofrío y trató de ignorar las burlas de sus compañeros, pero pronto notó otra cara conocida justo detrás del espectáculo que daba Kristania. Marianne apoyaba la cara sobre las manos con gesto de fastidio. Le dirigió una mirada, alzando una ceja de forma inquisitiva, y al advertir que la había reconocido, ella sólo arrugó la nariz.

—Señorita Krunick, venga conmigo. Ahora —ordenó la profesora, llevándose a Kristania para impedir que siguiera interrumpiendo el partido.

—…Y eso también es cosa de todos los semestres —afirmó Belgina.

Apenas terminó la práctica, los muchachos del club se dispersaron para refrescarse mientras los estudiantes abandonaban el auditorio y algunos se acercaban al módulo de inscripciones para apuntarse en el club.

Demian, por su lado, comprobó que las gradas estuvieran despejadas para poder acercarse a las bancas y tomar agua de su bolso deportivo mientras las chicas se levantaban.

—Así que eres del grupo acosador, parece que no estaba tan equivocado después de todo —comentó Demian tras dar un trago de agua.

—¿Grupo acosador? —preguntó Marianne.

—Así se le conoce al grupo en el que estás, el grupo A, de primer año.

Marianne le dirigió una mirada interrogante a Belgina y ella se encogió de hombros.

—Pues ignoro de lo que estás hablando, pero está mal generalizar a un grupo entero por las acciones de unas cuantas personas.

—Si tú lo dices —le concedió él, alzando su botella de agua y tomándosela completa.

De pronto ella recordó el video del hospital, en el cual salía viéndola huir del cuarto y consideró preguntarle, pero finalmente prefirió no hacerlo. Fuera del auditorio notó que un hombre de traje rondaba la entrada. Cada tanto se llevaba la mano al oído y movía la boca como si estuviera hablando solo mientras observaba al interior del auditorio. Se le hizo extraño, pero continuó detrás de sus compañeros hacia el siguiente punto del recorrido: los laboratorios.

Para este punto, Kristania ya se había reincorporado y parecía más tranquila, aunque no se veía muy interesada.

—¿No habrá forma de que nos escapemos y volvamos al auditorio? —murmuró a sus amigas y Marianne puso los ojos en blanco al escucharla.

—Nada de escapadas, señoritas. Aún quedan un par de clubes por visitar —advirtió la maestra saliéndoles al paso, más cerca de lo que ellas se imaginaban, así que no tuvieron más remedio que seguir con el recorrido de mala gana hasta ser conducidos hacia el último club del día en el gimnasio de la escuela, justo a un lado del auditorio.

Marianne nuevamente notó a aquél hombre de traje que se paseaba en la puerta, vigilando al interior y dando un recorrido sin alejarse de la periferia.

—Antes de continuar, estamos a punto de entrar al club de esgrima y vamos algo atrasados, así que ya deben haber empezado la práctica. Es muy importante que permanezcan en silencio, ¿entendieron? Esta advertencia va para todos —exigió la profesora, en una clara alusión a Kristania, quien giró los ojos en señal de hastío.

—Marianne, tengo un presentimiento… —dijo Samael de repente, provocándole un leve sobresalto—. Lo único que te pido es que no te marches de este lugar mientras intento descifrarlo.

—… No prometo nada —contestó y Belgina volteó hacia ella que, al notar que lo había dicho en voz alta, se limitó a sonreír como si no hubiera pasado nada.

Dentro, había un encuentro entre dos miembros del club, cubiertos de pies a cabeza con el traje reglamentario, todo de blanco. El grupo se unió a los demás estudiantes, tratando de mantenerse en completo silencio, y observaron la práctica con atención, aunque de vez en cuando se escuchaban los bostezos descorteses de Kristania.

En todo el tiempo que duró el encuentro se notó la superioridad de uno de los tiradores, que con movimientos ágiles marcaba puntos una y otra vez sobre su contrincante, manteniéndose en línea y dando la impresión de conocer todos sus desplazamientos, mientras que el otro se la pasaba haciendo contraataques y rompimientos con la intención de también marcar puntos, pero no alcanzaba a bloquear los estoques dirigidos hacia él. El encuentro terminó con el contrincante en el suelo y el vencedor sin moverse de su lugar, llevándose el florete por debajo del brazo para quitarse la careta, mostrando una expresión ecuánime, como si no hubiera representado menor esfuerzo para él.

—¿Ese quién es? —preguntó Marianne.

—Se llama Lester, ha sido el ganador en todos los torneos de esgrima a los que ha asistido, con un récord invicto.

—Sabes mucho, me sorprendes.

—Sólo me gusta mantenerme informada.

—Levántate ya, no vayas a hacer una escena —dijo el muchacho, acercándose a su contrincante, quien rechazó su ayuda y prefirió incorporarse por sí mismo, tras lo cual se quitó la careta, descubriendo el rostro contrariado de Demian.

Marianne resopló con desánimo al reconocer el traje como el mismo con el que lo había visto en el edificio durante los interrogatorios.

—¡No sabía que también estaba en este club! —exclamó Kristania sorprendida e ignorando el hecho de que había perdido.

—Sonríe y saluda, estamos en plena exhibición —aconsejó Lester, saludando al público con una sonrisa estoica, pero Demian le dedicó una mirada de disgusto y tan sólo se marchó a pasos firmes, atravesando todo el gimnasio hasta meterse a los vestidores, ignorando los gritos de Kristania intentando llamar su atención.

—Al menos ya sabemos que no es infalible —comentó Marianne y ella le lanzó una mirada fulminante.

—…Nunca hables de él en su presencia —murmuró Belgina y ella optó por mirar hacia el techo, fingiendo que no había dicho nada, mientras los profesores les permitían retirarse.

—Recuerda que no debes irte, aún tengo esta extraña sensación de que algo va a ocurrir —le pidió Samael apenas ella daba unos pasos hacia la salida.

—Eh… Belgina, no podemos irnos aún. Presiento que va a pasar algo.

—¿Te refieres a…? —preguntó ella, acomodando sus lentes y Marianne asintió con discreción—. Bueno, entonces… podríamos fingir que nos interesa unirnos al club y así ganamos tiempo.

—De acuerdo, suena bien —acordó ella y se acercaron a la mesa de inscripciones bajo la mirada escrutadora de Kristania, que se había instalado a la entrada de los vestidores, esperando a que saliera Demian, hasta que recibió una llamada que la obligó eventualmente a marcharse tras una breve discusión, dando fuertes pisotones en el suelo.

—¿Qué les interesó de la esgrima? —preguntó Lester, paseándose por la mesa de inscripciones con una botella de agua en la mano.

—Nos pareció un deporte interesante que requiere de mucha agilidad tanto física como mental, y queremos saber más para tomar una decisión al finalizar la semana —respondió Belgina, intentando parecer interesada.

—Sí, eso de pelear con espadas siempre me ha llamado la atención, como los tres mosqueteros, “todos para uno y uno para todos” —la secundó Marianne tan sólo por decir algo, y el muchacho la miró como si hubiera dicho algo realmente estúpido.

—…Si piensan que la esgrima es un simple juego, ahórrense su tiempo. La esgrima es un arte que requiere de constancia y dedicación. Lo que menos necesitamos es gente que no esté dispuesta a consagrarse a este deporte. Vean por ejemplo a mi contrincante, hace tantas cosas al mismo tiempo que no está totalmente comprometido a una sola, y se ofende si le recalco su falta de dedicación. No está en mis manos evitar que cualquiera pueda inscribirse, pero sí el aconsejarles que si no piensan tomarse esto en serio, mejor sigan su camino —manifestó el joven, con tono displicente.

Marianne lo miró con aquel gesto de indignación que indicaba que en cualquier momento explotaría, pero en ese instante Demian salió de los vestidores cargando una bolsa deportiva. Ya casi todos se habían ido.

—Qué oportuno, justo comentaba sobre tu falta de compromiso. Me preguntaba cuándo aceptarás que ésta no es la forma de volverse profesional.

Demian no respondió nada, solamente se sentó en una de las bancas para terminar de acomodar sus cosas.

—…Déjamelo a mí, no podemos arriesgarnos a uno de tus estallidos —susurró Belgina al ver que el rostro de Marianne comenzaba a deformarse en una mueca.

—Adelante, estoy a punto de meterle un puntapié o algo peor —dijo Marianne, dejando que Belgina intentara suavizar las cosas con Lester y lo distrajera, mientras ella iba a sentarse a las gradas nuevamente, pero al mirar de reojo hacia Demian notó que lucía realmente molesto y sin saber por qué, comenzó a acercarse hacia él.

—¿Vienes a burlarte de mí? —preguntó al percatarse de ella, su rostro aún encendido por la frustración.

—¡Claro que no! Aunque no lo creas ese tipo me parece incluso más odioso que tú, así que ya no encabezas mi lista negra —respondió ella, sentándose a su lado con los brazos cruzados.

—Ah, vaya, gracias por el cumplido.

—De nada —replicó ella, aún sabiendo que era sarcasmo—. No creas que has tenido un mal día, hay quienes los tienen peores.

—¿Por ejemplo?

—¡Pues yo, por supuesto! No sólo tuve la mala suerte de descubrir que estudio en la misma escuela que tú, sino además te encuentro en dos clubes distintos el mismo día. Debo estar cargando algún mal karma.

Demian dejó escapar una risa ante sus palabras.

—En ese caso quizá prefieras mantenerte alejada de los clubes mañana.

—¡No me digas que estás metido en más!

—Necesito mantenerme ocupado, apenas me inscribí a éste el semestre pasado —se justificó él, terminando de ordenar sus cosas y cerrando la bolsa.

Marianne pretendía hacer otro comentario cuando se fijó en el hombre de traje que se asomaba por la puerta y tras avistar a su blanco volvía a salir.

—…No puede quitarme la vista de encima.

—¿Qué?

—El hombre del traje. Me está vigilando —explicó Demian sin parecer sorprendido.

—¿Pero por qué? ¿Quién es?

—Del departamento de investigaciones. Me consideran sospechoso de encubrimiento —continuó él con increíble calma, como si estuviera contando algo sin importancia—… Piensan que soy cómplice de la supuesta heroína que ha estado saliendo en las noticias.

—¿Cómplice? ¿Cómo podrías…? —De repente recordó la cinta, en la que Demian la veía marchándose por el corredor, pero no decía nada.

—Viste el video, ¿no? Entonces ya sabes por qué —repuso él, preparando su bolsa deportiva para levantarse de ahí—. Tuviste suerte de que apareciera esa chica, probando que no eras tú, de lo contrario ahora tendrías a un agente vigilando tus pasos.

—¿Por qué no dijiste nada? —le cuestionó y él se quedó pensativo.

—…No lo sé. Creo que al momento no pensé que tuviera algo que ver con lo que había ocurrido. Y hasta ahora no tengo idea de hecho, la gente la considera una heroína y la policía la busca, yo ya no sé qué pensar.

Marianne permaneció callada, pensando en lo que había dicho, pero no le dio tiempo de meditarlo pues en ese momento Demian se levantó de golpe y más tardó ella en reaccionar que él en tirar de ella hacia la salida del gimnasio y empujarla fuera de ahí, cerrando la puerta. De reojo alcanzó a ver a Belgina en el suelo y a Umber deteniendo a Lester en el instante en que la puerta acabó por cerrarse.

El hombre del traje de inmediato se lanzó hacia ésta intentando forzarla, pero parecía atrancada desde el interior y por más que intentaba derribarla no podía, así que pidió refuerzos por medio del aparato que tenía en la oreja.

Marianne, mientras tanto, retrocedió tratando de pensar qué hacer. Obviamente no podría transformarse teniendo de testigo a ese hombre a riesgo de volver a estar en la mira de la policía, así que se alejó a toda prisa y decidió rodear el edificio hasta llegar a la parte trasera, en busca de algún acceso, pero sólo había un par de ventanas a varios metros sobre el suelo. Comenzó a buscar algo que pudiera serle de utilidad y su atención fue atraída hacia una rama cerca de ambas ventanas. Supuso que con algo de peso podría doblarse lo suficiente hasta alcanzarlas, así que se acercó al tronco y tras invocar su armadura intentó escalarlo, pero éste era demasiado vertical y no tenía muchas salientes en la corteza de dónde tomar impulso. La frustración comenzaba a abrumarla hasta notar que la parte de la armadura que formaba sus botas comenzaba a moldearse en unos relieves puntiagudos.

Para su sorpresa, la armadura se había adaptado a la situación, así que sin perder más tiempo comenzó a ascender hasta llegar a aquella rama, pero no tardo en darse cuenta de que tenía otro problema, su peso no era suficiente para que ésta se doblara hasta alcanzar las ventanas. Trató de pensar en alguna solución rápida, pero conforme pasaban los segundos se angustiaba más de lo que podría estar pasando en el gimnasio en su ausencia.

Cerró los ojos y se llevó las manos a las sienes, forzándose a pensar en algo, pero nada pasaba por su cabeza. El movimiento del follaje la distraía, como si fuera succionado hacia arriba… y entonces su mente hizo la conexión. Por supuesto, su poder especial. Trató de concentrarse en la rama, imaginándose que una mano invisible la jalaba del otro extremo y ésta comenzó a moverse hasta topar contra el muro entre las dos ventanas.

Aseguró las puntas de sus botas y cruzó la rama, mirando la ventana a su derecha, correspondiente a los vestidores. Ahí alcanzó a ver a Belgina y Demian ocultándose al fondo mientras Ashelow destrozaba los gabinetes en su búsqueda. Belgina alzó la mirada y la vio a través de la ventana. Asintió con la cabeza, haciéndole entender que estarían bien, así que ella le respondió del mismo modo y volteó hacia la ventana izquierda que daba al gimnasio. Ahí estaba Umber, sacando una esfera brillante del cuerpo de Lester.

Se subió a la ventana, dejando que la rama regresara a su lugar, y vio una pila de colchones justo debajo, así que de una patada abrió la ventana y se lanzó al interior, rebotando en ellos y cayendo de pie en el suelo.

—¿…Por qué no hay cámaras grabando esto?

—Por fin llegas. ¿Dónde está tu compañera? —dijo él, con la esfera aún brillante entre sus manos. Su brillo era más intenso de lo normal—… También lo notaste, ¿verdad?

A un lado de él apareció un contenedor y acercó la esfera a éste, resplandeciendo con aquel brillo fuera de lo común, pero antes de que la introdujera, ella arrojó su espada, cortándole la mano de un tajo. Él soltó un aullido que alertó a Ashelow desde los vestidores mientras que Marianne se lanzó rápidamente a tomar la esfera y extendió la mano para que la espada regresara volando a las suyas, como si fuera un boomerang. Acto seguido, arrastró el cuerpo de Lester hacia los colchones y se inclinó para regresarle el don mientras el otro espectro salía de los vestidores.

—¡Detenla o te castigaré! —bramó Umber, tomándose el brazo con fuerza, con la intención de hacer crecer una nueva mano. Ashelow, estremecido ante sus palabras, alargó sus brazos y alcanzó a golpear a Marianne con tanta potencia que la hizo girar sobre su propio eje, estampándola contra la pared del fondo, y el don rodó lejos del esgrimista.

Umber lo tomó con su nueva mano y lo acercó nuevamente al contenedor, que tenía grabada la palabra “Atlético”. Esta vez no hubo anticipación, simplemente lo introdujo y vio cómo éste daba un destello como si hubiera hecho corto circuito, pero no ocurrió nada más, el don permaneció dentro de forma definitiva y el demonio comenzó a reír victorioso.

Acto seguido tomó su mano cercenada y la agitó en señal de despedida, deshaciéndose a continuación en cenizas con una sonrisa de triunfo. Ashelow siguió su ejemplo y se desvaneció con aquella expresión impasible.

Marianne se incorporó adolorida, pero sobre todo sintiéndose derrotada por no haber podido recuperar el don. Miró el cuerpo de Lester tendido en el suelo, inmóvil, y clavó los dedos en el piso de madera. ¿Qué podía hacer ahora?

—¡…Marianne! —La llamó Belgina, aproximándose a ella mientras se escuchaba un ruido de golpes; la puerta cedería en cualquier momento—. ¡Rápido, hazlo reaccionar pronto, esto no tarda en llenarse de policías!

—… No puedo —respondió con débil voz.

— ¿Cómo que no puedes?

—Umber se llevó el don, resultó ser uno de los que estaba buscando. Sin él… no puedo hacer nada —continuó con aquél temblor en la voz que intentaba controlar.

—Tiene que haber alguna forma. ¿Qué pasará si se queda así, sin reaccionar? Es como… como si estuviera muerto.

Marianne volteó la cara, sin poder mirarla a ella ni el cuerpo que tenía en frente.

—No todo está perdido —dijo de repente Samael y ella alzó el rostro, expectante—. Después de lo que has hecho, devolviéndoles los dones a los demás, creo que existe la forma de reanimarlo aún sin éste, pero no será lo mismo.

—¡No importa, haré lo que sea necesario! —exclamó con ánimos renovados sin detenerse a pensar que Belgina estaba a un lado escuchándola.

—Acércate al cuerpo y coloca tus manos sobre su pecho, de forma tal como si estuvieras conteniendo el don entre ellas. —Marianne siguió sus indicaciones con Belgina observándola a un lado y la puerta retumbando cada vez con mayor fuerza—…Concéntrate, imagínate que es una esfera brillante alimentada por la energía vital que aún reside en su cuerpo.

Ella tensó la mandíbula, tratando de canalizar su pensamiento a través de sus palabras, hasta que sintió un cosquilleo en la punta de los dedos. Cuando la esfera se formó entre sus manos no pudo evitar una expresión de sorpresa e incredulidad.

—¡Lo logré! —exclamó con una sonrisa al ver que aquella esfera, con menor brillo que el usual, se introducía en el pecho de Lester y éste recuperaba lentamente sus funciones vitales, aunque todavía se mostraba aturdido. Marianne suspiró con alivio y entonces recordó que aún faltaba alguien por verificar su estado—. ¿Y Demian?

—Él… sigue en los vestidores.

Marianne se dirigió corriendo ahí y se asomó al interior, encontrándolo inconsciente al fondo. Se arrodilló junto a él y le dio palmadas en la cara para hacerlo reaccionar.

—Rápido, Marianne —murmuró Belgina al ver que la puerta estaba a punto de ceder. No aguantaría mucho más, así que fue corriendo hacia los vestidores con la armadura cubriéndola y para cuando la puerta se abrió de golpe, los policías alcanzaron a verla un atisbo de ella.

—¡Vamos, reacciona! —insistió Marianne sacudiéndolo, y en eso vio a Belgina corriendo hacia ella, formando con la mano una corriente de aire que abrió de golpe la ventana, y dando un salto, impulsándose con el viento hasta salir por aquella abertura.

—¡Tienes que salir de aquí! —le advirtió ella mientras desaparecía por la ventana. Marianne no alcanzó a responder a tiempo cuando Demian abrió los ojos.

—…Tú —pronunció él, tratando de aclarar su vista, y justo en ese momento se aparecieron varios oficiales al otro extremo, señalando hacia ellos.

Al darse cuenta de que estaba dando más motivos para que sospecharan que Demian era su cómplice, hizo lo único que se le ocurrió en ese momento: dejarlo inconsciente de nuevo.

—¡Alto ahí! —ordenaron los policías, sacando sus armas, y ella miró hacia la ventana y la pila de estantes regados por el piso, uno sobre otro formando una especie de escalinata. Rápidamente se levantó y con una agilidad que ella misma desconocía comenzó a saltar sobre los casilleros hasta alcanzar la ventana, desde donde miró hacia abajo y vio que ahí estaba Belgina esperándola.

—¡Hazlo! —la animó ella, alzando los brazos en señal de que la recibiría. Marianne volteó hacia atrás, notando que los uniformados se dirigían hacia Demian y seguían apuntando en dirección a ella, así que decidió lanzarse finalmente, cayendo sobre Belgina y quedando ambas tumbadas en el pasto con la respiración agitada—…Vamos, no tardarán en revisar también la parte trasera, tenemos que estar lejos de aquí cuando eso suceda.

Marianne se limitó a asentir, demasiado exhausta para contestar, y ambas volvieron a la normalidad y se alejaron de ahí a toda prisa, sin advertir que a las puertas de la enfermería, Angie las observaba con curiosidad.

Decidieron regresar al gimnasio para saber cómo estaban las cosas. Ambos muchachos recibían los primeros auxilios, cada quién por su lado a pesar de que ambos se resistían y Lester no parecía estar herido ni requerirlo, aunque Demian era atendido por una contusión en la cabeza.

—¿Qué ocurrió con Demian?

—Cuando volteé ya estaba en el suelo, Ashelow debió haberlo noqueado —respondió Belgina, mientras Marianne continuaba mirando hacia los dos chicos.

El rostro de Lester lucía más pálido y aletargado, tanto que los paramédicos se dedicaron a tomarle la presión por más que él clamaba estar bien.

Marianne de repente comenzó a sentirse preocupada por aquel “no será lo mismo” que había dicho Samael.

—Mejor vámonos, no querrás que te interroguen de nuevo —le aconsejó Belgina y ella asintió, tras lo cual se marcharon, tratando de no llamar la atención, no reparando en que Angie las seguía con la mirada desde una distancia considerable, observando luego en dirección al gimnasio como si estuviera atando cabos.

Cuando por fin los oficiales, paramédicos y empleados de la escuela se habían marchado, Demian se dispuso a salir de ahí por último después de recoger su equipo. Vio a Lester a lo lejos, con florete en mano, practicando por sí mismo. Sus movimientos eran lentos y torpes, no parecía el mismo de siempre.

Intentaba ejecutar algún desplazamiento o alguna posición, pero sus pies se enredaban constantemente y terminaba cayendo de bruces en el suelo, donde lo único que le quedaba era golpear con coraje el piso, cerrando los puños en un arranque de frustración. Era una escena en verdad lamentable. Demian decidió no acercarse, sabiendo lo humillante que sería para él. Simplemente tomó sus cosas con el mayor sigilo posible y salió de ahí.

Lo que Lester necesitaba en ese momento era estar a solas y a pesar de sus diferencias, lo respetaba lo suficiente como para fingir no haberlo visto. Cuando ya había llegado a la puerta, la vista se le nubló y sintió que la cabeza le daba vueltas, por lo que debió sostenerse del marco, esperando a recuperar el equilibrio y que su visión se reajustara para luego continuar su camino, considerándolo simple fatiga, después de todo había sido un día muy largo e intenso.

—¿Qué ocurrirá con Lester ahora que ya no posee el don atlético? —preguntó Marianne una vez de vuelta en casa y recostada en su cama—. ¿Por qué dices que no será como antes?

—Los dones representan una característica de las personas, pero también son de vital importancia. Lo que hiciste fue colocar una chispa de energía para suplir temporalmente al don, eso sólo lo mantendrá reanimado por un tiempo, pero una vez que se acabe el lapso de vida de esa chispa…

— ¿Va a…morir?

—Su cuerpo entrará en crisis cuando la chispa se extinga, entonces sus reservas de energía posiblemente logren mantenerlo en coma por un tiempo más hasta que éstas terminen agotándose por completo.

Ella sintió que la garganta se le secaba, su descuido le iba a costar la vida a Lester si no recuperaba el don que le habían arrebatado.

—¿…Cuánto tiempo?

—Unos meses cuando mucho, todo depende del don y del mismo dueño.

—… Bien, aún tengo oportunidad, lo recuperaré a tiempo. Lo juro.

Poco sabía en ese momento de las dificultades que se le presentarían en el camino.


SIGUIENTE