CAPÍTULO 8

8. LA FAMILIA ES UN ESTADO MENTAL

Nunca en un millón de años pensó Marianne que se encontraría con aquella persona al abrir la puerta. Sólo podía significar algo, que su secreto había sido descubierto.

Contuvo una mueca mientras sus ojos se mantenían fijos al frente. Cualquier movimiento que hiciera a partir de ese momento, cualquier cosa que dijera, podría ser usado en su contra.

—¿Qué hace aquí? ¿Cómo me encontró? —preguntó finalmente.

—Debo admitir que esto no me lo esperaba —comentó un sorprendido comandante Fillian al reconocerla. Ella seguía deteniendo la puerta, con un pie en el marco de manera que bloqueaba la entrada para que no pudiera pasar—…¿Está Enid?

—¿Qué quiere con mi madre? —lo cuestionó con desconfianza.

—¿Quién es? —preguntó su madre, saliendo de la cocina, y al mirar a través del ángulo de la puerta de pronto ahogó un grito, como si hubiera visto un fantasma.

Marianne se giró preocupada, sin saber si ir hacia ella o permanecer en la puerta para bloquear el paso al comandante hasta que él aprovechó aquel momento de indecisión para introducirse y acercarse a la mujer. Pero lo que menos esperaba fue lo que sucedió a continuación.

—¡Cuando te vi en la tele, no podía creerlo! —exclamó su madre, abrazando al hombretón para asombro de Marianne—. ¡Pensé que no vendrías!

—Apenas recibí tu llamada esperé a tener un momento libre para venir. Ha pasado mucho tiempo.

—¡Disculpen! ¿Qué significa esto? ¿De qué me he perdido? —preguntó Marianne a la vez que Loui se asomaba con curiosidad desde la cocina.

—¡…Oh, lo siento! Ustedes nunca lo llegaron a conocer porque me marché de aquí antes de que nacieran. Él es Red, mi hermano.

Marianne sintió que le caía un balde de agua encima. Que el jefe de la policía, quien deseaba arrestarla y la había interrogado tomándola por sospechosa, fuera su tío, no entraba ni en sus más alocadas teorías.

—¡Excelente, tengo un tío policía! —Loui salió de la cocina lleno de curiosidad. Su madre comenzó a hacer las debidas presentaciones, aunque Marianne no parecía prestar atención, pensando aún que se trataba de una broma pesada.

Según se enteró, el comandante Fillian no estaba de acuerdo con la relación de sus padres, así que había cortado contacto con su madre al marcharse de la ciudad. Con el paso de los años no había vuelto a tener noticias de ella y aunque añoraba volver a verla, su orgullo se lo impedía, hasta que pasado el tiempo su molestia disminuyó, pero ya no encontraba el momento adecuado para retomar la comunicación, y no fue sino hasta que recibió su llamada un par de días atrás que se armó de valor para hacerlo.

—¡Ven a cenar esta noche! ¿Tienes tiempo? Tenemos mucho de qué ponernos al corriente.

—Haré todo lo posible. Traeré a mi hija, ¿te parece bien? —dijo el comandante.

—¡Por supuesto! La recuerdo cuando era tan sólo una bebé.

Marianne había escuchado suficiente. Se llevó la mochila al hombro y se dispuso a salir de ahí.

—Me voy a clases, no me esperen a comer.

Salió de casa sin esperar una respuesta. No podía aceptar que el comandante Fillian fuera su tío. ¿De verdad creía que podía simplemente entrar en sus vidas cuando nunca había formado parte de ellas por decisión propia? Suficiente tenía con un padre que constantemente se ausentaba.

—¿Y bien? ¿Qué fue eso tan extraordinario que ocurrió? —preguntó Belgina apenas entró a su salón y Marianne le indicó con un gesto que bajara el tono.

—Primero que nada, ¿te sientes bien?

—Sí, hoy puedo mover mejor el brazo. También puedo usar la mano —afirmó Belgina, su brazo aún vendado por debajo del codo.

De inmediato procedió a contarle lo que había acontecido el día anterior, confirmado por Lilith a su llegada.

—Ahora estará con nosotras, ¿verdad? ¡Quiero ver la cara de la gárgola cuando la vea perdida! —declaró Lilith, frotándose las manos como si estuviera gozando la anticipación.

—No es una competencia, Lilith —señaló Marianne, aunque en el fondo la idea no le desagradara en lo absoluto.

El salón ya estaba casi lleno cuando entró Kristania echando chispas, y para sorpresa de todos llevaba un collarín, muy similar al que llegó a usar Marianne después de su accidente. Así que en definitiva aquella caída sí le había afectado después de todo.

Sabía que debería remorderle la conciencia, pero la verdad era que no sentía nada de culpa. Incluso lo consideraba irónico, después de todo, ella misma se había burlado cuando había aparecido con el collarín la semana anterior, así que se le hubiera hecho muy fácil responder de la misma forma bajo la ley del talión, pero no pensaba rebajarse a su nivel. Tan sólo la miró muy seria, cosa que a ella pareció enfurecerla más. Una sola seña bastó para indicarle a sus compañeros que mantuvieran la boca cerrada. La que no escondía lo mucho que estaba disfrutando ese momento era Lilith.

—Quita esa cara, Lilith —susurró Marianne.

—¿Por qué? Se lo merece, esto no es más que el karma encontrando su camino.

—Es posible, pero burlándote no vas a ganar nada.

—Ugh, está bien, “mamá” —aceptó ella de mala gana, cruzándose de brazos y desviando la vista.

Angie llegó unos minutos después y se detuvo al ver aquellos dos grupitos polarizados, el trío encabezado por Kristania en la parte de en medio, y el otro trío al fondo. Ambos la observaban, esperando que se sentara con ellas.

Por unos segundos se quedó inmóvil hasta que tomó aliento y marchó decidida al fondo del salón, tomando asiento delante de Marianne ante el rostro perplejo de Kristania.

—Buena decisión —murmuró Lilith en voz baja, sin poder reprimir su entusiasmo. Angie respondió con una sonrisa de complicidad.

—Sabes que esto te incluirá dentro de su campaña de odio, ¿verdad? —le advirtió Marianne.

—No creo que importe mucho, ¿o sí? —manifestó Angie, encogiendo los hombros.

—¿Entonces es cierto, Angie? ¿Tú también eres…? —preguntó Belgina y ella asintió con una enorme sonrisa en el rostro.

Tal vez había pasado un mal momento el día anterior, pero al menos ahora sabía que podría contar con ellas en adelante. El problema que se presentaba ahora era cómo lograr coincidir en algún tipo de entrenamiento para las cuatro siendo que Angie estaba imposibilitada para cualquier esfuerzo físico extremo, al menos en su estado normal, y Belgina no parecía realmente interesada en algún deporte a pesar de su pasado gimnasta, al contrario sentía más interés por los laboratorios, así que no pudieron evitar que decidiera regresar a esa zona al llegar la hora de los clubes mientras ellas optaron por dirigirse al campo deportivo que se ubicaba a un costado de la escuela. Éste se dividía en cuatro zonas: un domo de natación, un terreno para futbol y beisbol, una pista de atletismo y una cancha de tenis.

—Bueno, piénsalo de esta forma, no todas tenemos que hacer exactamente lo mismo para poder aportar algo al equipo —opinó Lilith.

—Ya sé, aunque tenía la ilusión de que permaneciéramos juntas en eso.

—¿Entonces sí me ayudarás a formar el equipo de basquetbol femenil?

—Pensé que ya lo habías dejado por la paz.

—¡No, yo quiero estar en el equipo! —persistió Lilith, haciendo un puchero.

—A mí me gustaría intentarlo, aunque como ya saben podría ser algo arriesgado para mí —intervino Angie, señalando su corazón.

—¿Te han dicho los médicos lo que puedes y no puedes hacer? ¿No hay algún tipo de actividad física que te permitan?

—Pues mientras me mantenga controlada, puedo intentar con ejercicios de repetición frecuente como nadar o correr.

Al instante desviaron la mirada hacia la pista de atletismo donde había una exhibición de carreras en ese momento. Resultaba demasiado oportuno.

Un grupo de interesados se reunió en torno al punto de partida, recibiendo instrucciones para realizar una pequeña prueba de velocidad y así medir sus condiciones y posibilidades dentro del equipo. Angie se había unido a ellos tras un cambio de uniforme mientras Marianne y Lilith la miraban desde las gradas

—Espero que todo salga bien y no tenga problemas.

—¡Tranquila, estoy segura de que podrá hacerlo! ¡Ánimo, Angie! —gritó Lilith para apoyarla y ella las saludó mientras esperaba su turno.

Las dos miraban atentamente a la pista, viendo las pruebas de los demás aspirantes, cuando Marianne tuvo una sensación extraña. Buscó a su alrededor con la mirada, pero ellas eran las únicas que estaban en las gradas además de alguien más al fondo. Era un muchacho con lentes oscuros que llevaba el saco del uniforme abierto, mostrando una vistosa camisa púrpura de lana debajo. Su pose era de total desgarbo, ocupando unas tres líneas de las gradas, con los brazos apoyados por encima de su asiento y las piernas estiradas hasta alcanzar el de abajo.

Su cabello parecía sacado de una revista de moda, tan impregnado de gel y aerosol que el viento no movía ni el solitario rizo que se escapaba de su bien acomodado copete. Podía notarse que su pelo natural era ondulado de un tono castaño oscuro, pero la cantidad de laca que tenía encima hacía imposible fijarse en eso pues no dejaba de reflejar el brillo del sol.

El chico de repente alzó ligeramente los lentes y posó la vista en ella al darse cuenta de que lo miraba. Entonces le sonrió, haciendo un movimiento con las cejas, y ella giró rápidamente el rostro hacia el frente, sintiendo escalofríos.

—¡Mira, ya le toca! —avisó Lilith y ambas vieron con atención cómo Angie se colocaba en la línea de salida y tras hacerle una señal, corrió como el viento.

Era tan menuda que podía pasar por frágil, pero eso mismo le ayudaba a que sus pisadas fueran tan ligeras como una pluma. Apenas llegó a la marca de los 100 metros, detuvieron el cronómetro con un total de 12 segundos, nada mal para alguien que nunca había entrenado en su vida. Las dos chicas celebraron el logro de Angie, pero se detuvieron preocupadas al ver que jadeaba mucho y se inclinaba ligeramente con una mano sobre la rodilla y la otra en el pecho. Ella las buscó en las gradas con la mirada e hizo una seña con el pulgar hacia arriba. Ambas suspiraron con alivio.

—Supongo que con esto se resuelve lo de Angie, pero faltamos nosotras. Oye, mira, en este momento están iniciando los de esgrima, ¿vamos? —señaló Lilith, mostrando el horario de ese día, y Marianne estaba a punto de negarse cuando sintió nuevamente aquel escalofrío en la base de la nuca y notó de reojo que el chico al fondo de las gradas se ponía de pie y comenzaba a dirigirse hacia ellas.

—¡Bien, vámonos, rápido! —se apresuró Marianne a bajar de ahí, empujando a Lilith antes de que aquél se acercara. No quiso ni voltear a ver si seguía detrás o no.

Demian estaba en la puerta del gimnasio, observando preocupado hacia el interior. Lester estaba adentro, preparándose muy serio para la práctica y colocándose la careta.

—¡Hola, no sabía que te encontraríamos aquí! —lo saludó Lilith y él volteó distraído.

—… Lo siento, no las vi llegar, ¿decías algo?

Marianne sabía qué era lo que le preocupaba, o al menos lo intuía. Desde el ataque a Lester, éste no había vuelto a ser el mismo, y a menos que pudiera devolverle el don atlético nunca volvería a serlo, sin contar que a falta de éste no le quedaría mucho tiempo de vida.

—¿Cómo está él? —preguntó Marianne, siguiendo la dirección de su mirada.

—Aún parece aturdido. Actúa como si fuera otra persona intentando ser él —respondió él, atento a los extraños y torpes movimientos que Lester efectuaba mientras daba vueltas esperando a la práctica. Apenas se detuvo, le dijo algo a su entrenador y éste a su vez le hizo una señal a Demian para que entrara. Él no pudo evitar una mueca de incomodidad—… No otra vez.

—Te llaman. Es para la exhibición, ¿no? —señaló Lilith mientras Demian daba un suspiro y se disponía a entrar.

—No quisiera enfrentarme a él de nuevo —comentó más para sí mismo y se dirigió sin mucho ánimo hacia el centro del gimnasio.

—Es a él a quien atacaron —comentó Angie y Marianne asintió—. ¿Lograron entonces quitarle una de esas esferas que están buscando?

—Oigan, ¿de qué están hablando? ¿Me perdí de algo? —preguntó Lilith sin entender nada. Justo en ese instante llegó Kristania junto a sus amigas, deteniéndose en la puerta en oposición a ellas. El collarín mantenía su cuello tan rígido que le confería una apariencia más altiva de lo común. Miró con recelo hacia Angie y luego posó la mirada en Marianne.

—¿Así es como funciona ahora? ¿Angie y Belgina se rotan horarios? ¿No son suficientes para estar de tiempo completo contigo?

—¡Si serás venenosa! —exclamó Lilith, arremangándose el saco, pero Marianne se apresuró a empujarla hacia el interior del gimnasio, seguidas por Angie que prefería ignorar aquel comentario.

Las tres fueron a sentarse entre una inusual muchedumbre. El otro trío decidió ir al extremo opuesto a ellas. Al centro del gimnasio, Demian parecía discutir con el entrenador mientras Lester daba vueltas a un lado, esperando a que comenzara la exhibición. Finalmente, Demian no tuvo más remedio que ponerse la careta de mala gana y colocarse en posición con los talones unidos y el florete en dirección a su oponente. Lester lo imitaba con actitud impaciente.

—¿Por qué creen que haya tanta gente? —se preguntó Marianne extrañada, pues los otros clubes que repetían días ya no tenían la misma asistencia que la primera vez.

—Se corrió la voz sobre el ataque, además de los rumores sobre el extraño comportamiento del chico atacado —explicó Angie—. Dicen que es como si le hubieran hecho una lobotomía y extraído de su cuerpo todo lo que mejor sabía hacer.

—Debe ser muy difícil para él.

—Y también para Demian. Han estado circulando rumores maliciosos sobre lo conveniente que resulta para él que Lester ya no sea el mejor —añadió Angie—. Y como no se ha hecho ningún arresto, hay quienes dicen que todo fue planeado por él.

—Eso es ridículo —espetó Marianne.

—Ya sabes cómo son las escuelas, los rumores no dejan de correr.

La exhibición inició con un ataque ofensivo de Lester, aunque parecía una acción más desesperada que estratégica de su parte. En esta ocasión era Demian el que lucía ecuánime, esquivándolo y parando sus constantes intentos por tocarlo con el florete. Lester parecía recordar aún los movimientos y ataques permitidos, pero era su cuerpo el que no respondía como debía, incluso trastabillaba, haciéndolo perder la concentración y otorgándole varios puntos a su contrincante. Su desesperación iba en aumento, haciéndolo cometer varias penalizaciones hasta que Demian decidió acabar todo con una arremetida, obligándolo a retroceder hasta sobrepasar el límite posterior de la pista donde terminó enredándose y cayendo de espaldas, tras lo cual Demian fue declarado vencedor del encuentro. Los gritos y vítores de Kristania por encima de los aplausos no se hicieron esperar, aunque él realmente no se veía nada contento cuando se quitó la careta. Ni siquiera esperó al saludo final y fue directo a los vestidores.

Mientras la mayoría se preguntaba el por qué de la reacción de Demian, Marianne tuvo de nuevo aquella sensación extraña de que alguien la observaba, y al voltear pudo distinguir entre los presentes a aquel mismo chico de la pista de atletismo, ya sin los lentes oscuros, que le sonreía con una expresión pícara. ¿La estaba siguiendo? Apenas notó que hacía un movimiento para levantarse, se apresuró a llevarse consigo a Angie y Lilith hacia la puerta.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué tanta prisa?

—¡No pregunten, sólo salgamos de aquí!

El muchacho se detuvo con gesto de confusión al verla salir de esa forma, rascándose la sien en vez de la cabeza para no despeinarse.

Cuando Demian salió de los vestidores ya la mayoría se había marchado, para alivio suyo. Se sentó en una de las bancas y se dispuso a acomodar sus pertenencias en su bolsa cuando alguien se le acercó.

—¿Eres Demian? —preguntó el muchacho del copete, en abierta actitud confiada.

—¿Te conozco? —preguntó extrañado.

—No lo creo, apenas hoy es mi primer día, estamos en el mismo salón.

—Ah, es cierto. Perdón, no lo había notado.

—No importa. El caso es que estuve averiguando y me dijeron que eres el más popular de la escuela, así que a partir de ahora he decidido que serás mi mejor amigo —manifestó aquel chico con ligereza.

—¿…Es broma? —preguntó él sin poder creer su desfachatez, pero el chico del copete parecía hablar muy en serio, y eso lo tomaba completamente desprevenido.

—¿Decidiste entonces entrar al club de ciencias? —preguntó Marianne una vez que se habían reunido con Belgina.

—Sí, estaba interesada desde antes, pero no me había decidido hasta ahora.

—Con Angie en atletismo, sólo faltamos nosotras. ¿Cuántas se necesitarán para formar un equipo de basquetbol? —comentó Lilith, haciendo cálculos mentales.

—¿Sigues con eso?

—Son cinco los que juegan, supongo que sólo necesitarían completarlo para poder proponerlo —respondió Belgina.

—¡No le des más cuerda! —suplicó Marianne mientras la rubia apuntaba algo en una hoja y se dirigía al pizarrón de anuncios en el vestíbulo de entrada. Ahí la dejó pegada y regresó con ellas.

—¡Listo! Ahora sólo nos queda esperar por si alguien se interesa.

—Será suerte si logran juntarlas para mañana. Es el último día de inscripciones —señaló Angie mientras salían de la escuela.

—No quiero volver a casa aún, ¿tienen algo que hacer? ¿Me harían compañía?

—¿Por qué de repente no quieres ir a tu casa? ¿Ocurrió algo? —preguntó Belgina y Marianne dio un suspiro, sabiendo que tendría que contárselos, pero se vio interrumpida por una camioneta negra blindada que se estacionó justo frente a ellas. La ventanilla del asiento del copiloto descendió y Belgina se acercó como si supiera de quién se trataba, volviendo con ellas unos segundos después—… Es el asistente de mi madre, lo mandó a buscarme. Quiere que almuerce con ella.

Al parecer los incidentes que había tenido Belgina últimamente habían despertado los remordimientos acumulados de su madre y ahora intentaba recuperar el tiempo perdido, y ella realmente disfrutaba la atención que estaba recibiendo, así que prefirieron no detenerla. La observaron marcharse en aquella camioneta blindada, seguramente proporcionada por el departamento de justicia, y se miraron pensando qué hacer ahora.

—Dices que el jefe de policía resultó ser tu tío —comentó Lilith una vez en la cafetería.

—Sí, y se supone que hoy irá a cenar a mi casa. No sé cómo tomarlo, si llega a mencionarle algo a mi madre sobre el interrogatorio…

Prefirió mantener silencio al pensar que podía salarse con tan sólo mencionarlo.

—Podrías buscar la ocasión oportuna para pedirle que no diga nada sobre ello —aconsejó Angie, dando un sorbo a su té helado.

—¡Mejor aún, amenázalo! —sugirió Lilith con la mirada encendida—. Con el sentimiento de culpa que debe tener por todos esos años que le retiró el habla a tu mamá no creo que se quiera arriesgar a que ahora sea ella la que se aleje de él después de enterarse de que te trató como una criminal. Aprovecha eso, usa la culpa, es la mejor arma posible.

—…Lo tomaré en cuenta —respondió Marianne tras unos segundos pensando cómo contestar a un consejo de ese tipo. Aunque tal vez la idea de amenazar a un representante de la ley no estaba entre sus planes, parte de lo que había dicho Lilith la hizo pensar que posiblemente el comandante Fillian pudiera tener en consideración esos argumentos por su propia cuenta. Al menos era lo único que le quedaba esperar.

—Aquí tienen, brochetas a la plancha, crepas y pizza triple de queso —anunció Demian, dejándoles sus pedidos.

—¡Gracias, muero de hambre! —dijo Lilith, tomando la pizza entera para ella sola mientras Marianne se ponía a juguetear con sus crepas, aún pensando en lo que haría.

—…No quiero alarmarte —dijo de repente Angie, sacándola de su concentración—…pero hay un muchacho sentado en la barra que te está mirando.

Ella volteó de reojo hacia la barra donde el chico del copete la miraba fijamente con un refresco en la mano. Su sonrisa guasona parecía indeleble.

—¡Ay, no! ¡Otra vez él! —musitó ella, volviendo el rostro y tratando de ocultarlo.

—¿Lo conoces? —preguntó Angie. Lilith parecía demasiado ocupada devorando su pizza como para enterarse.

—¡No tengo idea de quién es, pero creo que me ha estado siguiendo desde la pista de atletismo!

—Tal vez sea un acosador —le susurró Angie en tono inquietante y ella se sobrecogió ante la idea. Entonces aquel chico se apareció súbitamente a un lado de la mesa, provocándole un sobresalto.

—Hola, nena.

Marianne estiró el brazo por reflejo y le dio un codazo justo en la cara. El muchacho se llevó las manos al rostro y comenzó a retorcerse, dando vueltas frente a la mesa ante las miradas horrorizadas de ellas.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Demian, regresando ante el alboroto.

—¡No sé, de repente se apareció de la nada y lo golpeé! ¡Me tomó por sorpresa! —exclamó Marianne con los brazos recogidos por temor a que volvieran a agitarse impulsivamente y ocasionara algún otro destrozo o golpeara a alguien más.

De repente el muchacho dejó de moverse espasmódicamente, se acomodó la ropa y se llevó las manos al cabello, verificando que continuara en su lugar. Acto seguido tomó una silla del cubículo izquierdo y lo colocó al frente de la mesa con el respaldo de cara a ellas, sentándose tranquilamente como si no hubiera pasado gran cosa.

—Estoy bien, no hay nada de qué preocuparse —afirmó él, colocando los brazos sobre el respaldo con actitud de galán. Le había quedado un morado bajo el ojo derecho, pero no parecía importarle. Tenía una pequeña pieza de pedrería color morado en la oreja izquierda y traía los lentes de sol en el cuello de su camisa. Su sonrisa pícara volvía a relucir—. Me gustan las chicas con carácter.

Marianne entornó los ojos con desagrado y sintió enormes deseos de volver a golpearlo ahora por decisión propia.

—No le hagan caso, sólo bromea. Si las molesta díganme y lo saco de aquí —intervino Demian antes de que volviera a masacrarlo.

—¡Debí suponer que era amigo tuyo! —exclamó ella a modo de reclamo.

—No diría exactamente que es amigo…—trató de explicar, pero el chico interrumpía.

—Soy Mitchell, es un enorme placer conocerlas, tómenlo como quieran —se presentó aquél, moviendo las cejas de arriba abajo de forma repetitiva.

Marianne no pudo evitar sentir una instantánea aversión hacia él y su actitud. No tenía idea de dónde había salido ni por qué la estaba siguiendo, pero lo que menos se le antojaba era seguir dando pie a la conversación.

—Y ahora es el momento en que me dicen sus nombres, en qué aula están, cuáles son sus intereses, intercambiamos número, correos electrónicos y quedo en una cita con cada una, empezando por la ojiverde —continuó él, señalando a Marianne y guiñándole el ojo.

Para ese momento ella ya comenzaba a alcanzar su punto álgido de ebullición.

—…Aleja a este imbécil de mi vista. Ahora —masculló ella de forma contenida, como si a cada palabra fuera a escupir fuego.

—Lo siento, Romeo, ya escuchaste, andando —enunció Demian, llevándose al chico del copete.

—¡Pero no he terminado de…! ¡Sólo intento conocerla! ¡Ella me miró primero! —insistió el muchacho mientras Demian lo arrastraba lejos. Marianne mantuvo las manos engarrotadas sobre la mesa y la vista fija hacia el frente.

—… Eso fue muy extraño —comentó Angie, alzando una ceja.

—¡Listo, estoy satisfecha! —intervino por fin Lilith después de vaciar su lado de la mesa, parpadeando contenta—… ¿Pasó algo?

Marianne sabía que no podría posponer su regreso a casa para siempre, así que después de la intervención de aquel lunático, decidió volver y enfrentar lo que viniera. Al llegar, su hermano ya estaba tirado en el sofá, viendo la televisión.

—Ah, ya llegaste, mamá salió a comprar lo de la cena.

—¿Siempre sí vendrá…él?

La palabra “tío” parecía no poder salir de su boca.

—Pues en eso quedaron —respondió el niño sin despegar la vista de la pantalla y ella dio un suspiro antes de darse la media vuelta para subir las escaleras—…¡Hey, mira, estás en la tele!

—¿Qué? —preguntó ella, deteniéndose alarmada y mirando hacia la televisión.

—¡Sí, ahí estás con tus amigas Nuez y Nata dándole una paliza a los champimuffins creados por Ursa la pastelera loca! ¿Ves?

De nuevo se trataba de las dichosas chicas tartaletas. Él se echó a reír, dando vueltas en el sillón mientras ella le lanzaba una mirada de enfado y mejor subía a su habitación.

Espero que no estés tomando en serio lo de amenazarlo —dijo Samael.

—¡Claro que no! Aunque puede que intente alguna táctica para que tenga en cuenta lo de no decepcionar a mi mamá —admitió ella aún indecisa, dejándose caer sobre la cama.

Lo siguiente que supo fue que su madre la llamaba a cenar. Le dio un vistazo a su reloj y ya eran las 8 de la noche. Nuevamente se había quedado dormida. Se obligó a levantarse, aunque estaba tentada a fingirse enferma y ahorrarse la incómoda velada que le esperaba. Al bajar, el comandante ya había llegado y llevaba unos paquetes consigo.

—¡Mira, trajo regalos! —señaló su madre, entregándole una de las cajas.

El de ella contenía un trío de faldas plisadas estilo campirano que llegaban por debajo de la rodilla. Si se hubiera tomado la molestia de conocerla antes hubiera sabido que aquél no era su estilo, pero prefirió guardárselo y pronunciar un seco “gracias”. Se sentaron a la mesa en medio de la animada conversación entre los dos adultos mientras Marianne había decidido simplemente mantener silencio durante toda la velada. Confiaba en que de esa forma el comandante entendiera lo incómodo que era para ella después del interrogatorio y decidiera no comentar nada al respecto.

—Pensé que traerías a tu hija —expresó su madre mientras se servían la cena.

—Eso intenté, pero no quiso venir. Está molesta conmigo desde hace varios días —respondió el comandante mientras Marianne se la pasaba revolviendo sus patatas.

—Deben ser cosas de adolescentes, siempre están molestos por algo —inquirió Enid, dirigiéndole una mirada a su hija, como si intentara enviarle alguna indirecta.

Viniendo de ella, que llegaba a comportarse inmaduramente muchas veces, hizo que Marianne pusiera los ojos en blanco y asentara los codos en la mesa. La mirada de desaprobación de su madre no se hizo esperar, sin embargo rápidamente encontró la manera perfecta de equilibrar la balanza.

—Tal vez Marianne y ella deberían conocerse —sugirió sutilmente y ella alzó la vista como si le hubiera lanzado un golpe bajo—. Estoy segura de que enseguida hallarían algo en común de qué hablar… aunque sólo sea para quejarse de nosotros.

—A Lucianne no le vendría mal una amiga —la secundó el comandante, centrando su atención en Marianne que ahora se sentía acorralada. Era lo que le faltaba, que ahora decidieran de quién debía hacerse amiga.

—¡Podrías llevarla terminando la cena para que se conozcan! Les daré una excusa, te daré lo que quede de la comida y Marianne te ayudará a llevarla.

—Me parece perfecto —aceptó el jefe de policía mientras ella deseaba negarse, pero ninguna palabra salía de su boca.

Se encontró sentada en el auto más tarde, cargando varios recipientes y permaneciendo tiesa durante todo el camino. El silencio en ese lapso resultó demasiado incómodo. Era notorio que el comandante deseaba decir algo, seguramente en referencia al interrogatorio, pero cada vez que abría la boca volvía a cerrarla como si no encontrara las palabras para abordar el tema.

Ella tan sólo deseaba que acabara todo para volver a casa, hasta que finalmente llegaron a su destino. La casa era tipo chalet con un pequeño jardín a la entrada. El jefe le abrió la puerta y la condujo hacia el interior, procediendo a llamar a su hija. Marianne entró preparada para recibir algún desaire si es que la chica se negaba a aparecer, o en el peor de los casos que aventara los recipientes a la pared, pero pasados unos minutos la vio bajar por la escalera. Su piel era apiñonada y su largo cabello cobrizo con tintes de zanahoria le caía hasta la cintura. Esperaba ver a una rebelde con pintura hasta por los codos, pero tenía la cara lavada y sus ojos miel le conferían un aspecto inocente. El hecho de que vestía una larga falda plisada en tonos ocres tampoco escapó a su atención, tal y como las que le había regalado el comandante. Así que de ahí le había llegado la inspiración.

—Lucianne, ella es Marianne, tu prima —la presentó y ella inclinó ligeramente la cabeza como saludo al igual que Marianne—. Traje comida, ¿ya cenaste? —Ella no respondió y tampoco se dignó a mirarlo por lo que él meneó la cabeza—. Entiendo, aún no piensas hablarme, guardaré la comida.

Tomó los recipientes y se dirigió a la cocina, dejándolas solas. El silencio que prevaleció en los siguientes segundos superó con creces la incomodidad que Marianne había experimentado durante todo el trayecto en el auto hasta que finalmente la chica le sonrió y se acercó a ella diciendo algo en voz baja.

—…Perdón por el recibimiento, pero no has llegado en el mejor momento —murmuró la chica de ojos miel, vigilando el regreso de su padre—. De hecho, cuando supe que tenía una prima me emocioné, pero no puedo demostrarlo justo ahora, estoy en una especie de guerra silenciosa contra mi padre como te habrás dado cuenta.

—…Sí, lo entiendo —respondió ella.

—Tal vez podríamos vernos mañana y… platicar, ¿te parece bien? —Marianne la miró por un momento. Definitivamente no era lo que ella esperaba—… Eso claro, si no tienes ningún inconveniente.

—…Me parece bien. No conozco aún toda la ciudad, pero… si estás de acuerdo podríamos vernos en la cafetería que está cruzando el Instituto Saint Pearl.

—La conozco, sé dónde está.

—¿Está bien a las 3 de la tarde? Más o menos a esa hora saldría de la escuela.

—Claro que sí, te veré ahí entonces —finalizó la chica de ojos miel, tras lo cual retrocedió unos pasos y volvió a su postura silenciosa pues su padre estaba de regreso.

—¿Todo bien? ¿Cómo la van llevando, niñas?

—Ahm… bien, pero… debo regresar a casa, todavía tengo tarea que terminar —mintió Marianne para poder marcharse de ahí y dejar que continuaran con aquella “guerra silenciosa”. El comandante no tuvo más remedio que aceptar y llevarla de vuelta a casa mientras Lucianne la despedía con un gesto de complicidad.

En el trayecto de regreso, de nuevo permanecieron en silencio por varios minutos, hasta que él por fin se decidió a hablar.

—Supongo entonces que tu madre nunca se enteró del interrogatorio.

—…Es mejor que no lo sepa.

—Deberías decirle, esas cosas se saben tarde o temprano. No quisiera tener que mentirle —aconsejó el comandante y ella hizo una mueca. No era la reacción que esperaba. Incluso comenzaba a reconsiderar el plan de amenazarlo cuando de repente un hombre pasó frente al auto y él tuvo que frenar bruscamente—. ¡Quédate aquí!

Sacó un arma de la guantera y la colocó en su cinturón, cerrando la puerta tras de sí y acercándose al hombre que se había acuclillado en el suelo. Marianne se pegó a la ventanilla para ver lo que ocurría.

—¡Los está matando! ¡Les desgarra el pecho sin dejar marca, es brujería! —exclamó aquel hombre, con los ojos desorbitados del horror, tras lo cual volvió a levantarse y huyó tambaleándose de ahí. Ella no tuvo duda de quién podría tratarse.

—¡Iré a investigar, no salgas del auto! —dijo el jefe a través de la ventana y se dirigió hacia el callejón que el hombre le había señalado.

Una vez que lo perdió de vista, ella supo lo que tenía que hacer.

La calleja a la que el comandante Fillian había ido conducía a la salida de emergencia de un centro nocturno. Ashelow estaba ahí, además de varios cuerpos en el piso con sus respectivas esferas apagadas y él inclinado, examinando el don del último.

—¡Alto ahí! ¡Suelte a ese hombre y levante las manos donde las pueda ver! —gritó el comandante, apuntándole con el arma. Ashelow alzó la mirada tras apagarse aquella esfera y se levantó lentamente con postura amenazante—… ¡No se mueva o disparo!

Ashelow comenzó a torcer los dedos, listo para el siguiente movimiento. Cuando sus dedos se alargaron como cuchillas en dirección hacia el comandante, Marianne de repente  se colocó delante de él, desviándolos con su espada.

—¡…Tú! —exclamó el jefe, mirándola sorprendido

—¡Ahora no, intento salvarle la vida! —exclamó con la vista fija en Ashelow.

—¡Seguro deben estar confabulados! ¿Qué son? ¿Algún tipo de secta?

—¡En serio no es el momento! —replicó ella y el demonio aprovechó para intentar atacarlos de nueva cuenta con sus dedos cuchillas—. ¡Abajo!

De un empujón mandó al comandante al suelo y ella se acercó a Ashelow para tumbarlo, aprovechando que no estaba protegido al frente, manteniendo la espada muy cerca de su cuello. Sus ojos reflejaban un hastío mayor del acostumbrado.

—¡¿Por qué haces esto?! ¡Sé que no es lo que quieres, puedo verlo en tus ojos! ¡¿Qué te atormenta tanto?!

—¡No entiendes nada! ¡Tengo que hacerlo! ¡Lo necesito, por mi salvación!

—¿…Salvación? —repitió ella, sorprendida.

Aquellas palabras le hacían demasiado ruido, sobre todo proviniendo de él. Y a pesar de que en cierta forma aún sentía compasión al recordarlo en el estado al que había sido reducido el día anterior, trataba de no perder de vista que seguía siendo un demonio.

Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para pensar, en ese instante apareció el comandante Fillian apuntándoles con su pistola.

—¡Tiren sus armas y ríndanse! ¡Están arrestados!

Marianne titubeó y Ashelow aprovechó ese momento para lanzarla lejos junto al hombre. La miró extremadamente afectado, con la respiración acelerada, volvió a apuntar las manos hacia ella y de pronto trastabilló hacia el frente como si algo lo hubiera golpeado por la espalda. De inmediato miró a su alrededor y al no ver nada, optó por marcharse, dedicándole una última mirada a Marianne antes de deshacerse en las sombras.

—¡…Espera! —gritó ella, pero ya había desaparecido.

Dio un suspiro de decepción y volteó hacia el comandante. Se había estampado contra un enorme contenedor de basura y había quedado inconsciente. Aprovechó el momento para adentrarse de nuevo en el callejón y le pareció ver una silueta de gris desapareciendo al fondo. Se frotó los ojos pensando que había sido un efecto de la luz y se volcó a hacer lo que le correspondía, devolver los dones antes de que el comandante reaccionara.

Sabía que en lo que concernía al jefe, ella seguía encerrada dentro de su auto, así que tuvo que regresar al terminar y llamó a la policía desde el interior. El lugar no tardó de llenarse de patrullas y ella mantuvo su historia de que se había quedado en el auto tal y como le habían ordenado, y esta vez nadie sospechó de ella, siendo sobrina del jefe.

Aunque claro, de la otra cara de la moneda no pudo ocultarle aquella información a su madre, lo cual significó tener que presenciar una hora de sermones hacia su recién estrenado tío, con la promesa de parte de él de que no volvería a exponerla a un peligro de esa magnitud, y por la mirada que éste le dirigió al marcharse supuso que ya no debía preocuparse de que su madre se enterara del interrogatorio en algún futuro cercano, al menos por un tiempo.

Se suponía que con eso ya debía quedarse más tranquila, pero lo cierto era que no podía dejar de pensar en lo que Ashelow había dicho.

Entiendo que pueda haberte confundido con sus palabras, pero recuerda que se trata de un demonio a fin de cuentas. Intentará hacerte dudar, ésa es su naturaleza —interrumpió Samael sus pensamientos.

—Lo sé, no tienes que decírmelo —respondió ella, aunque la idea no dejaba de rondar por su cabeza.

Un demonio hablando de redención no era algo que estaba preparada para escuchar. Tal vez Samael tenía razón y únicamente trataba de apelar a su humanidad para confundirla, pero no podía evitar pensar que había algo más detrás de eso. Quizá Ashelow no era lo que aparentaba a primera vista.


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