CAPÍTULO 9

9. LUZ SOLITARIA

El colegio abrió a primera hora de la mañana. El cartel que Lilith había dejado en la pizarra de anuncios continuaba ahí sin ningún nombre agregado más que el de ella y Marianne. Había quienes se detenían a verlo por mera curiosidad, pero apenas leían la primera frase seguían de largo. Con la excepción de alguien que apenas se detuvo frente al cartel y leyó los nombres, lo arrancó de la pizarra y se lo llevó consigo.

Cuando Marianne llegó a la escuela y pasó frente a ese punto ni cuenta se dio que el anuncio ya no estaba, iba demasiado inmersa en sus propios pensamientos.

No dejaba de preguntarse de qué clase de salvación estaría hablando Ashelow y de forma inevitable volvía a su mente el momento en que Angie había ocasionado aquella reacción en él al tocarlo, como si le hubiera hecho surgir una gama de emociones que, o no existían, o habían estado enterradas en su interior. Quizá la respuesta estaba en lo que Angie pretendía al realizar aquella acción, así que decidió preguntarle directamente.

Apenas había llegado a su asiento y comenzaba a sacar su cuaderno cuando de un manotazo apareció una hoja en su escritorio. Las uñas de acrílico con un vistoso anillo en el dedo medio sólo podían pertenecer a una persona. Alzó la vista y no le causó gran sorpresa ver a Kristania apoyada contra su escritorio, mirándola con aquellos pequeños ojos grises y el ceño fruncido, manteniendo el cuello rígido a causa del collarín, decorado ahora con flores y colores pastel, lo que desentonaba completamente con su personalidad.

—¿Qué se te ofrece? —preguntó ella con un suspiro de fastidio.

—¡¿Qué significa esto?! —le reclamó, señalando la hoja, y de un vistazo, Marianne notó que se trataba del anuncio de Lilith.

—Es un anuncio para buscar integrantes de un equipo, creo que lo dice muy claramente, pensé que sabías leer.

—¡No te hagas a la graciosa! —espetó ella, indignada—. ¡Me refiero a que sea precisamente basquetbol!

—Mmmh, perdón, pero no sabía que debíamos pedirte permiso para intentar formar un equipo y poder unirnos a un club, creí que eso era algo que lo veía expresamente la administración de la escuela.

La mal encarada chica pareció exasperarse más.

—¡No me sigas sacando la vuelta! ¡No creo que hayan decidido casualmente que de todos los clubes debían unirse a ése, sabiendo quién está ahí!

Ella estaba incrédula ante lo inaudito de sus suposiciones, y aunque tampoco le animaba mucho pertenecer al club, el entusiasmo que Lilith sentía por aquel deporte la impulsó a responderle.

—Lo que yo no puedo creer es lo obsesivamente perturbada que debes estar para pensar que ésa es la única razón por la que querríamos unirnos a ese club. Noticias, no todos estamos igual de enfermos que tú. Además, estás haciendo todo un drama por un vaso de agua que no llega ni a la mitad. —Le arrancó la hoja de las manos y señaló los nombres—. Sólo somos dos y para proponer el equipo necesitamos ser cinco. Siendo hoy el último día de inscripciones, lo más probable es que no se logre conseguir nada al final, así que ¿por qué no mejor vas a tu escritorio y te ocupas de otras cosas como planear qué fruta envenenar o a cuál de tus achichincles le coserás primero las alas? Te aseguro que será de mayor provecho para ti.

Kristania apretó los dientes, arrugando la nariz y el entrecejo, pero en vez de responderle, se retiró a su asiento dando pisotones. Marianne se sintió satisfecha de su contraataque, pero sabía que ahora tendría que estar pendiente de la represalia que tomaría. Un par de minutos más tarde, Lilith entró con rostro acongojado.

—¡Mi aviso desapareció! ¡Ahora ya no podremos formar el equipo a tiempo!

—Ahm… no, mira, aquí lo tengo —dijo ella, mostrándole el pedazo de papel arrugado.

—¡Mi aviso! —exclamó, llevándoselo al pecho como si fuera algo muy preciado—. ¿Pero por qué lo quitaste? Ni siquiera llegó a apuntarse nadie más.

—Yo no fui quien lo arrancó, pero aún así… no me parece que haya realmente muchas chicas interesadas, ¿por qué no lo dejas por la paz y pensamos en otra posibilidad? Aún estamos a tiempo.

—¡No sería lo mismo! ¡Yo quiero un equipo femenil de básquet! —insistió la rubia con vehemencia—. ¡Estaría dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de formarlo antes de que se acabe el día! —En ese preciso instante se apareció Kristania de nueva cuenta, ahora flanqueada por sus dos secuaces, y le arrebató la hoja de las manos, procediendo a escribir en ella—. ¡Hey, devuélvemela, es mía! ¡¿Qué haces?!

La chica de ojos grises la ignoró por completo hasta que giró la hoja y la colocó frente a ellas, mostrando que había escrito su nombre y el de sus amigas, Sela y Tanis.

—Somos cinco así, depende de nosotras que se forme el equipo. —Ambas las miraron confundidas y ella sonrió, sintiendo que tenía ahora el control de la situación—. Lo pensé mejor y si entro al club de basquetbol podré estar más cerca de Demian, así que terminando la clase, iremos directo a control escolar y entregaremos esta hoja proponiendo la formación del equipo femenil. Más les vale estar listas para entonces.

Acto seguido, se dio media vuelta, imitada por sus amigas, y regresaron a sus asientos con actitud vencedora, dejando a Marianne y Lilith pasmadas.

—¿…Satisfecha? Querías el equipo a toda costa, ¿podrás soportarlo con ellas dentro?

Lilith cerró los ojos y se presionó la frente, como si eso la ayudara a pensar mejor, y finalmente los reabrió, dando una exhalación de pesimismo.

—…Quizá si luego conseguimos más integrantes podamos hacer algún motín para sacarlas del equipo —sugirió Lilith, pensando seriamente en aceptar aquella condición.

—¿Aunque debamos esperar un semestre entero para que abran las inscripciones?

—…Peor es nada —finalizó con gesto derrotado, tomando la hoja entre las manos. La idea de estar en un equipo con aquel trío encabezado por tan despreciable chica no se le antojaba en lo absoluto, pero estaba tan empeñada en formarlo que estaba dispuesta a actuar lo más profesional posible y hacer de lado sus problemas, aunque por dentro estuviera por hacer erupción. Se conformaría con imaginar usar su cabeza como balón.

—…Será como tú digas —finalizó Marianne, dejando la decisión en sus manos.

En cuanto Angie y Belgina llegaron, las advertencias no se hicieron esperar.

—Conocen a mucha gente, ¿saben? —comentó Angie—. Bien podrían lograr que más chicas se unan al equipo y luego hacer que ustedes dos renuncien.

Justo lo que Lilith estaba considerando, aunque no precisamente en ese orden.

—¡…No! ¡Seguramente si nos negamos irán a buscar quien llene el espacio y de todas formas se inscriben! ¡Es mi idea y no dejaremos que nos pasen por encima! Les dejaremos unirse, PERO que ni piensen que tomarán las riendas —determinó Lilith con total seguridad y Marianne dio un suspiro al ver que no había forma de hacerla cambiar de idea, así que prefirió desviar su atención hacia Angie para abordar el tema que había estado ocupando sus pensamientos antes de que la distrajeran.

—Angie, hay algo que he querido preguntarte desde el día en que… ya sabes. ¿Qué fue lo que pretendías hacer cuando… tocaste a Ashelow?

Angie se quedó pensativa por un instante, tratando de recordar el impulso que la había impelido a realizar aquella acción.

—Lo siento, tengo la mente en blanco en ese sentido —respondió, así que Marianne se quedó tal y como al principio. Aún así no tuvo tiempo de seguir pensando en ello, pues al dar las 10, Kristania y compañía les bloquearon la salida.

—¿Y bien? ¿Vamos a inscribir el equipo o qué? —preguntó, con los brazos cruzados y sus amigas a los lados como si fueran sus guaruras. Las tres las superaban en estatura, así que Marianne le dirigió una mirada a Lilith, esperando a que ella tomara la decisión, y la impulsiva rubia respiró hondo hasta que sus hombros se ensancharon, apretando con fuerza la hoja entre sus dedos.

—¡…Adelante! ¡Pero YO propongo el equipo y seré la capitana! —advirtió ella y las tres chicas se miraron con medias sonrisas y se hicieron a un lado para cederle el paso.

Lilith enderezó el cuerpo, levantó la barbilla para mostrar una postura digna y pasó a través de ellas tan sólo para terminar tropezando con el pie de una, yéndose de bruces contra el suelo. El trío comenzó a reír mientras ella les lanzaba una mirada iracunda.

—¿Por qué no te fijas en tu camino? ¿Y así pretendes ser capitana? —dijo Kristania, llevándose las manos a las caderas. Marianne tuvo que adelantarse para evitar que Lilith se le fuera encima y la tomó por los hombros.

De camino a las oficinas administrativas prefirieron guardar distancias ya que Lilith seguía echando humo por las orejas. Marianne deseaba desquitarse, pero como Kristania había acabado con collarín la última vez, prefirió contenerse.

Una vez que llegaron a las oficinas de control escolar, su travesía comenzó. Fueron enviándolas de departamento en departamento, haciéndolas esperar una cantidad considerable de tiempo en cada uno, así que Marianne observaba constantemente su reloj, temiendo que llegara la hora en que debía reunirse con su prima y aún no pudiera salir. Tantas vueltas y tanto esperar ya comenzaba a hartarlas, hasta que finalmente las dejaron a cargo del entrenador del equipo.

Éste en un principio vio con algo de incredulidad que se hubieran tomado tanta molestia para formar el equipo, pero luego pareció satisfecho de que estuvieran interesadas en un deporte que no tenía representantes femeninos en la escuela, de manera que aceptó la formación del equipo, pero aún tenían que exponerlo ante el coordinador y eso les llevaría un buen rato. Marianne miró de nuevo su reloj, faltaban quince minutos para las tres de la tarde. Su prima no tardaría en llegar y no la encontraría en el lugar donde la había citado. Lilith se dio cuenta de la avidez con que miraba constantemente su reloj.

—…Vete de una vez, ya lo que queda es solamente oficializarlo —resolvió ella para que dejara de preocuparse, aunque el hecho de dejarla sola con las tres arpías tampoco la tranquilizaba, así que Lilith alzó una mano, llevándose la otra al corazón—. Prometo solemnemente portarme bien y no golpear a la gorgona y sus serpientes por más que se lo merezcan, ¿suficiente con eso? Además, estaremos rodeados de maestros, así que no creo que se atreva a hacer algo.

Al menos tenía un punto, cada vez que Kristania realizaba alguna de sus bajezas no había profesores a la vista, o estaba en un estado de excitación extrema a causa de Demian.

—Está bien, ¿me alcanzarás luego?

—Lo intentaré —respondió con un guiño, y Marianne salió de ahí con el ojo avizor de Kristania siguiéndola. Aunque no le agradaba la idea de dejar a Lilith acompañada por ellas, al fin podía relajarse lejos de sus molestas caras.

Entró a la cafetería de forma sigilosa, vigilando que no hubiera ningún copete a la vista y se dirigió al cubículo más cercano a la puerta.

—Qué extraño verte por aquí y sola —comentó Demian apenas la veía sentarse en el primer cubículo.

—¡Shhh! ¡No quiero que nadie que me irrite se entere que ando por aquí! Aunque claro, eso también te incluiría a ti, pero no se puede tener todo en la vida.

Él tan sólo apretó la boca y forzó una sonrisa.

—¿…Qué vas a querer que te envenene, digo, que te traiga el día de hoy? —masculló mientras daba golpecitos al block de notas con el lápiz. Marianne imitó su gesto y apoyó los brazos en la mesa, entrelazando sus dedos.

—Nada por el momento, gracias. Yo te aviso —respondió con fingida sobriedad, y él se dio media vuelta, alejándose de ahí.

Ella miró su reloj y vio que ya eran las tres de la tarde. No tardaría en llegar, quiso pensar. Comenzó a juguetear con los dedos y miró por la ventana, esperando por su llegada. A pesar de haberse comportado amable los pocos segundos que habían interactuado, no podía saber con total seguridad cómo era realmente. En eso pensaba cuando escuchó el sonido del asiento frente a ella. Pensó que tal vez podría tratarse de Lilith, pero al girar el rostro vio unos ojos azul grisáceo sobresaliendo por encima de unos lentes oscuros y una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola, nena, ¿emocionada de verme? —expresó el chico del copete, quitándose los lentes y colocándolos en el cuello del polo naranja que tenía debajo del saco del uniforme. En definitiva le encantaba hacerse notar.

—¡¿Otra vez tú?! ¡¿Qué quieres de mí?! —Marianne se crispó sólo de verlo.

—Mmmh, pregunta interesante que puede ser respondida de muchas formas, si me entiendes —respondió él, moviendo las cejas y sonriendo con aire salaz, por lo que Marianne le dedicó una mirada repulsión. Buscó a su alrededor y vio que encima del dispensador donde colgaban las tarjetas del menú había una especie de botón, el cual comenzó a presionar con insistencia. El sonido repetitivo de una campanilla trajo a Demian de vuelta a la mesa.

—Mande usted, majestad, ¿ya va a ordenar?

—¡Sí, ordeno que te lleves a este tipo lo más lejos posible de mí! —exclamó ella, señalando al chico del copete que se mantenía impávido a pesar del claro rechazo.

—¡Oh, vamos! Lo único que quiero es que me digas tu nombre. No estoy pidiendo tu talla de sostén. Podemos empezar por una taza de café y veremos a dónde nos lleva.

—¡En serio, desaparécelo o lo hago yo misma! —exigió ella, perdiendo la paciencia.

—Eso suena extrañamente excitante. Podría permitirlo sólo para ver qué pasa —respondió el muchacho de polo naranja, apoyándose en la mesa sin borrar su sonrisa y ella enfureció más, así que sin mayores miramientos le dio una patada por debajo de la mesa justo en la espinilla.

El chico arrugó el rostro, ahogando un grito, y apretó las manos mientras su cuerpo se contraía en un rictus de dolor. Demian mantuvo cerrada la boca para no echarse a reír.

—¿Te parece gracioso? Quizá tú también quieras probar —amenazó Marianne, preparando el pie derecho para darle ahora una patada a él, pero éste se le adelantó.

—Bueno, suficiente por hoy. Regresa a la barra y te prometo una hamburguesa… y algo de hielo para ese golpe —propuso Demian, dándole una palmada en el hombro y ayudándolo a levantarse mientras él hacía una seña, levantando el pulgar indicando que estaba bien, aunque se dirigió cojeando hacia la barra.

—¡En serio! ¿De dónde lo sacaste? —inquirió Marianne apenas estuvo fuera de su vista.

—No sabría decir con precisión, sólo sé que se llama Mitchell. Apenas ayer se apareció en la escuela y ha estado siguiéndome a todos lados diciendo que ahora será mi mejor amigo. Es raro, pero no parece tener malas intenciones.

—Habla por ti —replicó ella, mirando con recelo hacia la barra.

—No te preocupes, considéralo parte del decorado, no se te cobrará —finalizó él en tono bromista y se dio la vuelta para regresar a su trabajo, pasando junto a Mitchell que se frotaba adolorido por debajo de la rodilla.

Marianne no alcanzó a contestarle, así que solamente soltó un resoplido y volvió la vista hacia la ventana. Una patrulla de policía estaba estacionando frente a la cafetería. Del lado del conductor vio salir al oficial Perry, que se acercó corriendo a la puerta del copiloto y tras abrirla, ayudó a alguien a bajarse. Su prima finalmente había llegado.

Con un movimiento de cabeza pareció agradecer al oficial Perry, quien hizo una pequeña reverencia como si se tratara de alguien de la realeza, y acto seguido volvió a entrar al auto, aunque en vez de encenderlo y marcharse, se quedó ahí dentro como si fuera su chofer que debía esperarla.

Marianne torció las cejas extrañada mientras la campanilla de la puerta anunciaba su llegada. Lucianne permaneció de pie en el umbral, echando un breve vistazo hacia las mesas hasta que vio a Marianne sentada en la más próxima, haciéndole una seña con la mano para llamar su atención. Ella de inmediato sonrió, iluminando su ya de por sí radiante aspecto. Parecía llevar el mínimo de maquillaje, dándole una apariencia fresca, aunque bien podía ser al contrario y que tuviera tan buena mano que lo hacía parecer natural. Dio unos pasos para sentarse frente a Marianne y dio un suspiro.

—Lamento la tardanza, espero no hayas tenido que esperar mucho tiempo —dijo Lucianne, sin borrar su sonrisa.

—No te preocupes, quince minutos no son nada —respondió, aunque esos quince minutos habían sido suficientes para que se le apareciera aquel chico molesto y estrafalario. Permanecieron unos segundos en silencio, pensando qué decir, hasta que fue Lucianne quien decidió tomar la palabra.

—…Bueno, debo disculparme antes que nada por la incómoda situación de ayer. Como dije, estoy en una especie de guerra con mi papá, llevo días sin hablarle.

—¿Y cómo empezó eso? ¿Por qué estás molesta con él?

—Su trabajo siempre ha sido más importante. Pueden pasar varias semanas y ni siquiera se aparece para comer conmigo —explicó Lucianne.

Marianne conocía ya la historia del padre ausente por el trabajo, después de todo su padre solía marcharse por largos períodos. Quizá tenían más en común de lo que parecía.

—Pero todo llegó a su nivel máximo la semana pasada. Me había dicho, más bien me prometió que ahora sí comería conmigo, así que le preparé su comida favorita, chuletas de cerdo con salsa teriyaki.

—Es lo que mamá preparó en la cena de ayer —apostilló Marianne.

—Exacto, ama esas chuletas como a nada en el mundo. Pero pasaron las horas y él no llegó, así que le llamé y no contestó, su celular estaba apagado. Hablé entonces a la estación, pero no lo tenían cerca. Por último llamé a Perry, que intentó comunicarme con él, pero ni siquiera tomó el teléfono, le pidió que me dijera que llamaba luego, alcancé a escucharlo por el auricular… sólo que no lo hizo. Ésa fue la gota que derramó el vaso, no le he dirigido la palabra desde entonces.

A Marianne no le fue muy difícil recordar los eventos de la semana anterior. Fue el día del interrogatorio. En cierta forma debía agradecerle a Lucianne por el tino que había tenido al llamar en el momento justo, aunque no pudiera decírselo directamente.

—…Entiendo, ¿y tu mamá?

—Murió hace siete años —respondió ella y la luz que irradiaba pareció apagarse al momento. Marianne se arrepintió inmediatamente de la pregunta, aunque de un instante a otro Lucianne volvía a sonreír—. ¡Pero bueno, suficiente de mí! Cuéntame un poco más sobre ti.

—¿Lucianne?

Ambas hicieron silencio y voltearon al verse interrumpidas. El rostro de ella pasó entonces de la confusión al asombro.

—¿…Demian? —dijo con una mezcla de sorpresa y alegría. En cuestión de segundos se levantó y lo abrazó con fuerza—. ¡No puedo creerlo! Pero ¿qué haces aquí?

—Trabajo de medio tiempo.

—¿En serio? —replicó ella alegremente antes de recordar a su prima—. ¡Oh, lo siento! Los presentaré…

—No es necesario —dijeron ambos al mismo tiempo.

—Ah, ya se conocían entonces.

—Por desgracia —repitieron a coro y se miraron desafiantes.

—…Bueno, pues resulta que somos primas. Recién nos enteramos, ¿qué te parece? —explicó Lucianne, tratando de aligerar la atmósfera.

—¿En serio? Jamás lo hubiera imaginado.

Marianne le dedicó otra mirada de disgusto.

—Pues yo sí. —Mitchell apareció de repente en medio de ellos, centrando su atención ahora en Lucianne con actitud galante—. Ambas son igual de hermosas. Buenas tardes, mi nombre es Mitchell y no tengo el gusto aún de conocer a tan encantadora señorita. Preséntanos, Demian, por favor. Comparte, no hay que ser egoísta.

—…Me parece que te dolía la pierna.

—No sé de qué hablas, me siento perfectamente —aseguró Mitchell sin borrar aquella sonrisa que mostraba la dentadura y guiñando el ojo tanto a Marianne como a Lucianne hasta que sintió un puntapié en la otra pierna y su cuerpo entero se tensó.

—¿Ya ves? Te sigue doliendo, anda, ve a sentarte —indicó Demian tras la patada, llevándolo de vuelta a la barra, no sin antes voltear de nuevo hacia Lucianne, con una expresión que parecía decir más de la cuenta—…Me da mucho gusto verte de nuevo, ahora regreso por sus órdenes.

—Gracias, a mí también —contestó ella con una gran sonrisa y tomando asiento.

—¿…Y bien? —preguntó Marianne, esperando alguna explicación. Ella la miró distraída por un momento, pero luego pareció entender.

—¡…Ah, claro! Conozco a Demian desde niños, estudiamos juntos la primaria —explicó ella apenas lograba enfocarse nuevamente—. Éramos muy amigos. Íbamos juntos a todos lados hasta que tuve que cambiarme de escuela.

—¿Por qué? ¿Qué ocurrió?

—Fue cuando murió mi madre. Yo tenía 10 años, y mi padre estaba tan destrozado que decidió enviarme a un internado fuera de la ciudad. —Notó que su rostro se ensombrecía de nuevo, así que prefirió no comentar sobre ello—…Compartimos el mismo sufrimiento, ¿sabes? Yo estuve en el funeral de su madre, y él estuvo en el de la mía. El servicio fue en mi casa… Ni siquiera me permitieron acercarme al féretro.

—Ehm… ¿y te la has pasado en el internado desde entonces? —preguntó Marianne, intentando cambiar de tema.

—Hasta hace un par de meses —respondió ella, saliendo de aquel estado abstraído—. Llegué a casa de vacaciones como siempre, pero la encontré hecha un desastre, la cocina tenía incluso telarañas. Papá nunca fue bueno con las labores del hogar ni mucho menos en la cocina, no podía permitir que viviera de esa forma, así que decidí quedarme y tomar las riendas de la casa.

—¿Y no has pensado en pedir un traslado? Creo que aún estás a tiempo, de esa forma podrías ir a la escuela y seguir en casa —sugirió Marianne.

—Puede ser —dijo ella, meditándolo, y miró por la ventana hacia la manzana que ocupaba el Instituto Saint Pearl, formándose una idea en su mente.

—Ahora sí, ¿qué van a pedir? —preguntó Demian, regresando con lápiz y block de notas en la mano, pero al mirar por la ventana, su gesto cambió de nuevo—… No puede ser.

—¡Oh, por Dios, es cierto! —exclamó Kristania con sorpresa al atravesar la puerta, y al ver en una de las mesas a Marianne hizo una mueca mientras ella únicamente giraba los ojos con fastidio.

—¿Y ella quién es? —preguntó Lucianne en voz baja y Marianne sólo sacudió la cabeza.

—¡Acabo de enterarme que trabajas aquí! De mi cuenta corre que este lugar sea un éxito, y por supuesto yo vendré todos los días de ahora en adelante —afirmó Kristania como si pensara que le estaba haciendo un gran favor.

—¿Cómo supiste? —preguntó Demian con los ánimos por los suelos ahora que ella sabía dónde encontrarlo diariamente. Incluso volteó hacia Marianne, pensando que podía haber dicho algo sólo para molestarlo, pero ella le respondió con otra mirada indignada por creerla capaz, aunque no estaba tan segura acerca de Lilith, pues tener que soportarla por tanto tiempo pudo provocar que se le escapara alguna información, aunque la inmediata respuesta de Kristania fue totalmente inesperada.

—Me lo contó mi hermano —respondió ella muy tranquila.

—¿Hermano? —repitió Demian y ella dibujó una enorme sonrisa en su rostro mientras su dedo apuntaba al chico del copete, que seguía en la barra, presionando una bolsa de hielo sobre su pierna. Tanto él como Marianne sintieron que el estómago se les revolvía.

—¡Mitchell! —lo llamó Kristania. Él volteó aún con expresión adolorida y se acercó renqueando a ellos.

—¿Qué hay? —preguntó él, levantando nuevamente el tobillo para frotarse con hielo. Demian de inmediato tiró de él, apartándolo de ahí.

—¿Ella es… tu hermana?

—Sí, ¿quién crees que me contó sobre ti? —respondió Mitchell con ligereza. No parecía estar al tanto de la obsesión insana de su hermana—. ¿Por qué? ¿Hay algún problema?

Demian tan sólo se llevó una mano hacia la frente, sabiendo que no había nada que pudiera hacer al respecto, pues tampoco pensaba renunciar sólo por ella.

Lilith entró entonces, tan agitada que parecía haber corrido varias manzanas de distancia a pesar de sólo haber cruzado la avenida. Apenas vio a Kristania ahí parada en medio del lugar, hizo un ademán de derrota seguido de un “¡Diablos!”, y sin más remedio fue a sentarse junto a Marianne.

—¡No llegué a tiempo! —dijo Lilith, reprochándose—. ¡La muy… arpía y sus quimeras me dejaron ahí sola llenando todo el papeleo! ¡Aishhh, cómo las detesto, deberían convertirlas en piedra y así se quedarían para siempre como las gárgolas que son! —Apenas se dio cuenta de que frente a ellas estaba Lucianne, trató de recuperar la compostura—. ¡Ups, lamento mi mala educación! Tú debes ser la prima de Marianne, mucho gusto, me llamo Lilith.

Lucianne le dio la mano con una sonrisa, y aunque no se quedaron por mucho tiempo, ya que el oficial Perry seguía esperando por Lucianne, la rápida y amena forma en que Lilith cambiaba de conversación fue suficiente para que olvidaran por completo la presencia insufrible de Kristania.

Sin embargo, el tiempo en la cafetería pareció insuficiente para ellas, de modo que Lucianne invitó a Marianne a cenar en casa y a pesar de que aún se sentía incómoda, terminó aceptando.

—Gracias por conducirnos, Perry, espero no tengas ningún problema luego.

—Para nada, lo hago con todo gusto —expresó el joven oficial con un evidente tono de admiración—. ¿Qué diría el jefe si no la cuidara? Cualquier cosa que necesite, ya sabe que sólo tiene que llamarme y ahí estaré.

Tras despedirse de él, ambas entraron en la casa y Lucianne se dedicó a cocinar la cena mientras Marianne observaba los retratos que colgaban de las paredes. En muchos aparecía Lucianne de niña acompañada de su madre, pero era la mujer la que atraía la mirada.

Era muy parecida a ella, aunque su largo cabello era cobrizo y tenía los ojos color avellana, con una piel que parecía resplandecer ante la cámara. En todas las fotos tenía la mirada fija hacia el frente, de una intensidad tal que le producía una extraña sensación. Como si estuviera perforando sus pensamientos.

—¡La cena está lista! —avisó Lucianne, ocasionándole un ligero sobresalto. Sacudió la cabeza para despejarse y se dirigió a la cocina.

—Huele muy rico —dijo ella mientras Lucianne servía unos omelettes con verduras salteadas, servidos con crema de calabaza. Ella agradeció el cumplido con una sonrisa. Escucharon entonces la puerta del frente y el comandante Fillian entró a la cocina, deteniéndose sorprendido al verlas.

—No sabía que estarían aquí… ¿todo bien?

—Eh… sí, estuvimos hablando toda la tarde y ahora cenamos —respondió Marianne al ver que Lucianne había adoptado su postura silenciosa.

—Oh, muy bien… ¿me invitan? —agregó él, con la esperanza de obtener alguna respuesta de Lucianne, pero ella tan sólo se levantó y sirvió otro plato, colocándolo del otro lado de la mesa sin decir palabra alguna.

Marianne hizo un gesto de incomodidad y el comandante Fillian no tuvo más remedio que sentarse. Los siguientes minutos se la pasaron en completo silencio, con ocasionales intercambios de miradas entre Marianne y él, buscando la forma de romper con ese mutismo, hasta que el jefe comenzó a aclararse la garganta.

—Hoy recibimos los carteles con las fotos de los sujetos que han estado aterrorizando la ciudad. Aislaron sus rostros de los videos del juzgado y a partir de mañana comenzarán a circular por todos lados. Pronto los atraparemos.

—¿Sólo ellos dos o también…? —intervino Marianne, sintiéndose aludida.

—Oh, no, también se incluirá a la tal Angel Warrior. Aunque no tengamos un plano exacto de su rostro, unos especialistas lo reconstruyeron usando vectores matemáticos de acuerdo a sus proporciones —explicó él, sacando unas hojas de su portafolios y pasándoselas.

En las dos primeras se mostraban los rostros de Umber y Ashelow agrandados de los videos que ya circulaban de ellos. Era la última imagen la que le preocupaba que pudiera causarle nuevos problemas, pero al verla, en vez de una representación de ella parecía más una humanización de Nutella, aquel personaje de la caricatura que tanto veía su hermano. De nueva cuenta no sabía si debía sentirse ofendida.

—¿Y qué pasará una vez que los retratos comiencen a circular por la ciudad?

—Haremos una serie de conferencias para los medios y eventualmente anunciaremos una recompensa para quienes nos entreguen mayor información. Tengo pactadas reuniones de aquí a varias semanas para planear su captura, en vista de esas extrañas técnicas que utilizan. Posiblemente me tomen todo el día, pero con tal de que atrapemos a esos…

En ese momento Lucianne se levantó de golpe y salió de ahí sin decir nada. Marianne miró al comandante sin saber qué hacer y con una seña indicó que iría a verla. Al salir de la cocina la encontró sentada en medio de las escaleras.

—… Bonita forma de decirme que no lo veré de aquí a varias semanas.

—No creo que lo haya dicho con esa intención —conjeturó Marianne

—Tal vez deba pedirle ayuda a tu mamá para el traslado, ¿crees que acepte?

—No lo dudo, pero… creo que tu papá debería saberlo primero —le aconsejó ella, y Lucianne permaneció pensativa por unos segundos, que le bastaron a Marianne para detectar una sensación extraña.

¡Marianne, la cocina! —dijo Samael por primera vez en todo el día, y en ese instante se escuchó un estruendo proveniente de ahí. Fue corriendo hasta la puerta y al asomarse, vio a Umber frente al comandante, quien ya había desenfundado su arma.

—¿Cómo no se me ocurrió antes? El jefe de policía, la víctima perfecta —dijo Umber, acercándose a él, que lo apuntaba firmemente con el arma.

—¡No te acerques o disparo! —le advirtió el comandante, pero él continuó a paso firme. Disparó una, dos, tres veces, pero las balas no le hacían daño—… ¿Qué demonios eres?

Umber sonrió enseñando los colmillos y se aproximó a gran velocidad, tumbándolo y sujetándolo contra el suelo.

—¡Papá! —gritó Lucianne al ver la escena y Marianne intentó detenerla.

—¡Salgan de aquí, rápido! —exclamó su padre justo en el instante en que Umber introducía la mano en su pecho.

El grito de Lucianne se escuchó en toda la estancia.

Lumen —pronunció Samael y Marianne no tuvo ni qué preguntar nada. Tomó a Lucianne de la muñeca y tiró de ella escaleras arriba, encerrándose en la primera habitación que encontró.

—¡Lucianne, escúchame! ¡Tienes que ayudarme a salvar a tu padre!

—¡¿De qué hablas?! —espetó Lucianne, aún impactada por lo presenciado.

—Tan sólo sígueme y observa de lejos, ¿sí? Lo entenderás eventualmente —afirmó ella, abriendo la puerta y saliendo de la habitación, mientras su cuerpo comenzaba a cubrirse por la armadura ante la mirada atónita de Lucianne.

—Eres… Tú eres… —balbuceó al reconocerla. Marianne tan sólo le sonrió y bajó a toda prisa, sosteniendo fuertemente su espada. Confiaba en que Lucianne terminara siguiéndola, pero apenas llegó a media escalera, unas manos se filtraron a través de los escalones, deteniéndole los pies y haciéndola caer estrepitosamente. De entre las escaleras se manifestó Ashelow.

—¡No me hagas perder el tiempo! ¡Esta vez no pienso ser tan condescendiente para perdonarte la vida de nuevo!

—…Te vi —dijo Ashelow con una extraña expresión y ella no entendió a qué se refería al principio hasta que pareció captarlo. Entreabrió la boca, tratando de decir algo, pero no se le ocurría nada. Entonces alcanzó a ver a Lucianne en la planta superior, lanzándole varios objetos al demonio para distraerlo. Ella aprovechó para llegar hasta la cocina, aunque Ashelow la siguió sin hacer mucho caso de Lucianne.

—Encontré el segundo —dijo Umber con una sonrisa apenas ella entraba.

Ya no había ningún don a la vista pues lo había introducido a su contenedor con éxito, el cual tenía la palabra “Moral” grabada al exterior.

Marianne sabía lo que eso significaba, sin ese don, el comandante no volvería a ser el mismo; lo había visto con Lester y no pensaba permitir que ocurriera ahora con él, así que empuñó la espada con todas sus fuerzas y pretendió embestirlo, pero fue empujada por Ashelow, inmovilizándola contra el suelo ante las risas siniestras del otro demonio.

—Es una suerte que no estén tus amigas aquí, así será más fácil acabar con ellas una por una, empezando contigo. —Lucianne se asomó con sigilo por la puerta y vio el cuerpo inerte de su padre en el suelo, por lo que se tapó la boca, tratando de contener las lágrimas mientras ponía atención en Marianne. Umber había convertido su brazo en una especie de cuchilla gigante que comenzaba a pasear por el rostro de ella—. ¿Por dónde empiezo? ¿El cuello? No, muy simple. ¿Qué te parecería algo de equivalencia entre tú y yo? —Su mano cuchilla bajó hasta posarse a mitad de su brazo y ella de inmediato entendió lo que pretendía hacer—. La única diferencia es que a ti no te volverá a crecer. —Cuando alzó la filosa extremidad con la mira puesta en el brazo de Marianne, una centella de luz le atravesó el hombro haciéndolo tambalearse mientras su brazo volvía a la normalidad—. ¡¿Qué fue eso?!

Del otro lado de la puerta, Lucianne examinaba sorprendida su mano después de aquella inesperada acción, y su sorpresa no hizo más que aumentar al ver que en torno a su mano comenzaba a extenderse un extraño recubrimiento de un cobre marmoleado, muy parecido al que cubría a Marianne. El pánico se apoderó de ella por un momento y sacudió los brazos, pensando que con eso se le quitaría, pero el revestimiento no se detuvo, y cuando la armadura ya la había cubierto por completo, la puerta se abrió de golpe con tanta fuerza que salió desprendida. Umber salió furioso a través de ella.

—¡¿Tú fuiste la que me hizo esto?! —reclamó, mostrando el hoyo que le había quedado en el hombro, el cual ya comenzaba a regenerarse, y Lucianne retrocedió horrorizada ante aquella visión—. Debes ser nueva, ¡¿qué te dije, Ashelow, acerca de que aparecieran más Angel Warriors?! ¡Sabes que tendrás que pagarlo!

Él se estremeció al escucharlo, pero aún así no soltó a Marianne, quien al ver a su prima con aquella armadura en tono cobrizo dorado, no dudó en alentarla.

—¡Hazlo otra vez! —gritó, y Lucianne en un principio la miró aterrada, pero tras recomponerse, hizo un movimiento rápido con la mano, apuntando hacia el demonio, y una nueva centella de luz le atravesó el otro hombro.

—¡Maldición, deja de hacer eso! —exclamó él, esperando a que sus tejidos se regeneraran, lapso que ella aprovechó para dirigir la mano hacia el demonio que detenía a su prima. Su puntería no era la mejor, dado que en las dos ocasiones anteriores había apuntado al corazón de Umber, o donde suponía que debía estarlo, así que tenía que ser más cuidadosa para no terminar hiriendo a Marianne.

Buscó rápidamente con la mirada la parte del cuerpo que el demonio tuviera más expuesta y terminó apuntándole a un costado. Apenas el rayo de luz lo atravesó, soltó a Marianne y se llevó las manos al estómago. Ella empuñó de nuevo la espada, no tenía intenciones de dejarlo vivo nuevamente. De una patada lo derribó y colocó un pie sobre él para inmovilizarlo mientras con ambas manos tomaba la espada, colocando la punta hacia abajo con la firme intención de clavársela en el pecho, pero entonces notó la herida. De ella brotaba una espesa sustancia muy parecida a la sangre aunque más oscura. No era como el fluido negro que Umber segregaba cada vez que le cortaba alguna extremidad, aquella sustancia que parecía tomar forma en su mismo revestimiento. Pero lo más importante de todo, no se estaba regenerando.

Un breve pensamiento revelador pasó por su mente, algo que la estremeció y la obligó a detener su espada. Retrocedió sin despegar la vista de Ashelow, mientras Lucianne se colocaba de espaldas a ella, aún apuntando al otro demonio, que seguía regenerándose cada vez. Su mano ya comenzaba a temblar y se aferró a Marianne con todas sus fuerzas.

—¡Márchense o no dejaré de disparar! —advirtió, tratando de disimular el temblor. Umber soltó un gruñido antes de terminar desapareciendo de ahí. Ashelow se levantó por su parte, oprimiéndose la herida y manteniendo la mirada fija en Marianne.

—…Ahora lo sé —afirmó en tono de amenaza mientras iba deshaciéndose en cenizas. Ella permaneció de pie, desconcertada. Soltó la espada y ésta fue absorbida por su mano al instante. Lucianne no tardó en reaccionar e ir corriendo hacia el cuerpo de su padre, su armadura retrayéndose por sí sola.

Marianne siguió de pie en el mismo lugar con la mirada en algún punto fijo y su armadura desapareciendo por inercia, hasta que escuchó las súplicas de Lucianne, haciéndola volver a la realidad.

De inmediato se acercó y miró el cuerpo del comandante, cayendo en cuenta de que ya no poseía el don moral. No sabía de qué forma le afectaría a partir de ahora, pero no quiso perder más tiempo y procedió a realizar el mismo procedimiento que con Lester. Apenas vio que su cuerpo parecía recuperar sus funciones, se apartó para darle tiempo a recobrar la conciencia y apoyó la espalda en la pared, deslizándose hasta quedar sentada en el piso. Sintió que nuevamente perdía la noción hasta que Lucianne la sacudió del hombro.

—…Llamaré a Perry para que venga por ti y te lleve a casa, papá no se siente bien, se fue a dormir —dijo Lucianne, mirándola fijamente para ver si le entendía.

—…Está bien —aceptó ella, levantándose del piso.

—Mañana… quisiera que habláramos sobre lo que pasó hoy, pero ahora no es el momento —añadió con ciertas reservas.

Marianne asintió, sabiendo que también debía comunicárselo a las demás, pero esa noche no tenía cabeza para ello. Lo único que podía pensar en ese instante era que Ashelow había descubierto su identidad, pero lo que ocupaba la plana principal de sus pensamientos era la fugaz idea que había cruzado por su mente, la posibilidad de que él no fuera enteramente un demonio.


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