Capítulo 8

8. UNA CARA FAMILIAR

—¡Cualquiera diría que serías perfectamente capaz de distinguir entre una simple travesura y una decisión estúpida! ¡Porque lo que hiciste ahí no puede clasificarse como una travesura, fue algo completa e increíblemente estúpido!

Sentado en el sillón de la sala, con el rostro contraído en un mohín y mirando al piso con los brazos cruzados, Loui recibía una reprimenda de parte de su madre. Ella daba vueltas en medio de la sala como si fuera una fiscal dando su discurso de cierre para terminar de hundir al criminal sentado en el banquillo de los acusados. En los otros dos sillones se encontraban Marianne y Samael en completo silencio mientras Noah permanecía de pie a la entrada de la sala, con el hombro apoyado contra la pared sin atreverse a intervenir mientras Enid tuviera los ánimos tan caldeados.

—¡¿En qué rayos estabas pensando?! ¡Pudiste haberte ahogado! ¡Y ahora tendrás también una marca en tu expediente escolar! —continuó la mujer con una voz que parecía inagotable—. ¡Si continúas haciendo estupideces como esa terminarán expulsándote y si eso ocurre, no me hago responsable de lo que pasará contigo!

—Nide, creo que ya tuvo suficiente por hoy —intervino Noah, pero ella le lanzó una mirada airada y una señal para indicarle que no había terminado y se mantuviera al margen.

—¡Ahora escúchame bien, si vuelvo a recibir una sola llamada de la escuela, aunque no te expulsen yo misma te saco de ahí y te meto a un internado, ¿entendido?! —Loui siguió callado y enfurruñado en el sillón sin decir palabra alguna—. ¡Dije “¿entendido?”!

—…Sí. ¿Puedo irme a mi cuarto ya? —dijo Loui con voz monocorde. Su madre se plantó en medio de la sala e hizo un movimiento con la cabeza para que se retiraran.

—¡Y no saldrás de ahí hasta la cena ni tocarás tus videojuegos por una semana!

Loui ni siquiera protestó, simplemente caminó hacia las escaleras sin levantar la vista.

—…Quizá fuiste un poco dura con él —comentó Noah en cuanto Loui subió a su recámara.

—No me digas cómo educar a mis hijos.

—También son mis hijos —replicó él, aunque sin tono de reproche de su parte, y ella se limitó a tomar aliento para relajar su furia.

—…Noah, tenemos que hablar —dijo ella, indicando la cocina con su mirada y luego centrándose de vuelta en Marianne y Samael—. Pueden ir a sus habitaciones, les haré saber cuando el almuerzo esté listo.

Ambos se encaminaron a la cocina y Marianne miró ansiosa hacia ellos, apretando las manos. Sabía de qué hablarían, si lo que había dicho Belgina era cierto. Quería decir algo… pero no estaba segura de qué. Finalmente optó por subir corriendo a su habitación y en cuanto abrió la puerta se encontró con que Samael ya estaba ahí.

—Sabes lo que te diré. No quiero hablar de ello —dijo Marianne, pasando a su lado y dejando su mochila sobre la cama.

—Pensé que querrías hablar sobre lo que ocurrió en la escuela.

—Ah, eso. Sí, claro. Podríamos discutirlo, supongo.

—Creo que ambos sabemos que no fue ningún accidente.

—Claro que no. Alguien debió empujarlo, pero no sé por qué el muy testarudo se empeña en encubrirlo.

—…Hablo del chico de esgrima —aclaró Samael y ella guardó silencio por un momento, preguntándose cómo podría haber olvidado aquel incidente—. De la forma en que estaba parado era imposible que simplemente resbalara. Viste el ángulo en que se torció, era como si su pie se hubiera quedado pegado en el suelo.

—¿…Sugieres entonces que Demian lo provocó?

—¿Crees que tendría alguna razón para hacerlo? —inquirió Samael levantando el ceño mientras ella recordaba lo que le había dicho justo antes de comenzar la exhibición, algo sobre inventarle una lesión para que no tuviera que participar. ¿Podría acaso haberlo llevado al extremo y ella sería en parte responsable por darle la idea?

—…En un rato iré a su casa por otra reunión de equipo. Aprovecharé algún momento para hablar con él —repuso ella con decisión y para sorpresa suya, Samael se limitó a asentir—. ¿No me dirás que “tenga cuidado” o que prefieres estar presente?

—Lo creas o no, pienso que por ahora estás segura —respondió él y ella estrechó los ojos suspicazmente.

—…Bieeeeen —dijo ella, extendiendo la palabra como si pensara que había algún truco detrás, pero su expresión no traslucía nada fuera de lo ordinario—. Bueno, entonces… yo voy a cambiarme, así que te veo al rato en el almuerzo. —El ángel volvió a asentir y se dio la media vuelta para salir, pero ella pareció pensar en algo más—. Oye… ¿crees que… siempre estoy esperando que la gente reaccione de cierta forma?

Samael pareció extrañado por su pregunta y estudió su expresión, tratando de descubrir a qué se debía sin tener que recurrir a leer su mente.

—¿No es eso algo que todos los humanos hacen?

Marianne pareció meditar su respuesta, meneando la cabeza hacia los lados.

—…Supongo que tienes razón. Duro pero cierto —dijo ella con una sonrisa. En cuanto la puerta se cerró, ella tomó su celular y comenzó a teclear con rapidez un mensaje:

“Si dije o hice algo que te ofendió, lo lamento. Hablémoslo.”

Buscó entre sus contactos el nombre de Belgina y presionó el botón de enviar. Sabía que no era lo mismo que hablarlo en persona, pero conocía ya la forma en que Belgina podía llegar a cerrarse cuando algo le afectaba directamente. Aunque tampoco le agradaba escuchar que hablaran de su familia, algo que consideraba privado, pero no tenía forma de prevenir lo que su madre haría o diría enfrente de las demás personas.

La alarma le avisó de un nuevo mensaje y rápidamente dio un manotazo para poder verlo. Era la respuesta de Belgina.

“No estoy molesta contigo. Perdón si te di esa impresión.

Mañana hablaremos.”

Por fin pudo suspirar aliviada. Al menos se quitaba una preocupación de encima, así que devolvió el celular sobre la cómoda y continuó con lo que estaba haciendo; en un par de horas iría a casa de Demian y podría ocuparse del otro asunto que le inquietaba, aunque presentía que aquel sería un poco más complicado de hablar.

Las chicas habían planeado reunirse en el Retroganzza durante el turno de Lilith, y a pesar de estar convencidas de que Kristania no aparecería, ella fue sorprendentemente la primera en llegar, y Lilith la recibió con júbilo extremo y los brazos abiertos, aunque aquella apenas y le permitió un breve abrazo con una falsa sonrisa tatuada en su rostro.

—Angie y Belgina no deben tardar en llegar. ¡Les dará una gran sorpresa cuando te vean aquí! Juraban que no vendrías y… —Lilith enseguida calló al darse cuenta de que había hablado de más.

—Aún dudan de mí, ¿verdad? —replicó Kristania con expresión dolida, llevándose la mano al pecho—. Piensan que cualquier día de estos las apuñalaré por la espalda.

—¡Oh, no, por supuesto que no! —exclamó Lilith, tomándola de las manos—. ¡Y aún si estuvieran escépticas, yo ni en un millón de años dudaría de mi hermana lissener!

—…No te preocupes. Entiendo sus dudas y a estas alturas ya me he acostumbrado a ellas. Me basta con que tú creas en mí —expresó ella con voz casi hipnótica y Lilith sacudió la cabeza frenéticamente en asentimiento.

—¡Solo las lisseners de hueso colorado podrían entender nuestro lazo! —confirmó Lilith, imbuida de energía.

—Vicky también lo es —agregó Kristania y Lilith reaccionó de inmediato como si hubieran reventado su burbuja y se desinflara—. Estuve hablando con ella y decidimos formar un club de fans en la ciudad. Se le ocurrió mientras visitábamos los clubes. Su primera idea había sido formarlo en la escuela, pero obviamente la descartó pues sería rechazada de inmediato. Así ahora planeamos crear un club de planeación de eventos, de esa forma podríamos convencerlos de su valor curricular al estar trabajando con principios de administración y organización, así que los eventos de la escuela caerían en nuestras manos… Pero por supuesto, el primer proyecto que tenemos en mente será la creación del club de fans oficial de Lissen Rox, ¿qué te parece?

—Es… es… fantástico —respondió Lilith, tratando de reprimir sus emociones en conflicto. Por un lado, deseaba tanto pertenecer a un club de fans al que pudiera asistir físicamente, pero por el otro, no se sentiría cómoda con Vicky alrededor.

—¿Entonces? ¿Te unirías al club? Necesitamos al menos cinco personas que se encarguen de un aspecto de la organización para poder proponerlo al final de la semana. Tú podrías ser… tesorera, quizá.

Kristania la observaba fijamente, esperando una respuesta. Cualquier otro hubiera percibido el brillo en su mirada, destellando ante el hábito de conseguir lo que deseaba; pero no Lilith, ella siempre parecía cegarse a los defectos de quienes consideraba sus amigos y nunca veía malas intenciones en ellos.

—Lo… Lo pensaré. Te diré al final de la semana.

Mankee salió de la cocina, llevando un recipiente de donde escarbaba con una cuchara.

—Prueba. Es un nuevo sabor de helado que quizá agregue al menú. —Él le ofreció la cuchara a Lilith y ella dio un bocado, saboreando como si estuviera catando un vino.

—Mmmmh, delicioso. ¿Qué es?

—¿En serio? Es jalea y crema de maní con chispas de bananas. Lo llamo el Rey Mono. Pienso que sabrá mejor como acompañamiento de los waffles.

—¡Qué nombre más apropiado! ¡El Rey Mono creado por Monkey! Ese será el platillo que te identifique —replicó ella, mostrándole los pulgares en señal de apoyo.

—No lo había pensado por… —comenzó Mankee, quedando rojo al hacer la conexión, y al ver que había alguien más observando, se cohibió y retrocedió—… Seguiré haciendo pruebas… Voy a… regresar a la cocina.

—¡Oye, por cierto! Angie y Belgina no deben tardar en llegar; haremos tarea, ¿está bien si me siento con ellas?

—Adelante; yo no soy el jefe, no tienes que pedirme permiso —repuso Mankee, volviendo a la cocina de espaldas y dándose un golpe en la cabeza con la puerta antes de escabullirse en ella con expresión avergonzada.

—¡Bien! Todo resuelto ya —finalizó ella con una palmada de triunfo y notó la forma en que Kristania la miraba—… ¿Qué?

—¿Tienes algo con el cocinero? —inquirió con un tono casi despectivo que Lilith no pareció captar porque enseguida comenzó a reír.

—¡Oh, no, claro que no! Somos amigos y soy su musa de la cocina —respondió ella con risa melódica. Irónico ser de pronto el blanco de tales sospechas cuando ella hacía lo mismo con sus propias amigas, aunque a diferencia de Marianne no le molestaba, y si estaba de humor, incluso se prestaba al juego—… Pero aquí entre nos, tiene un exotismo sexy propio de los extranjeros, ¿no crees? Y si a eso le agregamos el acento…

—Pero es un co-ci-ne-ro —repitió Kristania casi con aversión y ella dejó de reír. La chica de los ojos grises trató de suavizar sus propios modales, colocando los codos sobre la barra en pose confidente—… Escucha, no digo que no lo sea. Solo que te merecerías algo mejor. Siempre hay que aspirar a lo más alto, si no… ¿para qué molestarse?

—Bueno, pero… tampoco es como que saliéramos —dijo finalmente Lilith, tratando de sonreír de nuevo a pesar de las incómodas palabras de Kristania.

—Por supuesto que no —replicó esta, enarbolándose con una sonrisa torcida—. Solo intentaba poner las cosas en perspectiva. Como broma está bien, pero ya hablando en serio, no tiene nada qué ofrecer en realidad. Ni siquiera sabemos si está legalmente aquí. ¿O sí?

Las palabras se perdieron en la garganta de Lilith y cuando abrió la boca y no pudo decir nada, simplemente la observó con ojos desconcertados, tratando de pensar en algo apropiado para cambiar de tema, así que no hubo una interrupción más oportuna que cuando la campanilla de la puerta anunció la llegada de Angie y Belgina.

—¡…Llegaron! —exclamó Lilith con un notorio alivio en la voz—. Miren quién llegó antes que ustedes.

Angie intercambió una breve mirada con Belgina y Kristania pasó un brazo alrededor de Lilith.

—No saben cuánto lamento no haber venido la última vez. Justo ahora intento mantenerme alejada de casa lo más posible, no quiero contagiarme de lo que sea que haya contraído mi hermano —explicó ella con total desapego y Belgina sintió una punzada.

—¿Le ocurre algo?

—Algún virus estomacal seguramente, no ha apartado el rostro de la taza desde el sábado. Mi madre pensó en un principio que debió haber tomado licor en la fiesta, pero era una tontería considerando que lo más peligroso que se sirvió ahí ese día fue quizá el pastel que llevó Lilith —relató ella, riéndose de su broma a expensas de Lilith, a la vez que Belgina parecía sorprendida de que él hubiera ido a la reunión—… Ohhh, no te preocupes, la bofetada no tuvo nada que ver, aunque debo admitir que fue gracioso. Pero si te hace sentir mejor, cualquiera que sea el motivo para no hablarle a mi hermano, yo te apoyo.

Todo lo contrario; sus palabras no hicieron más que aumentar la intranquilidad que se había asentado en la boca de su estómago.

—…Por cierto, Angie, aprovechando que estás aquí quiero plantearte a ti también la formación de un nuevo club que se nos ocurrió a Vicky y a mí —prosiguió Kristania, ahora enfocándose en la peliframbuesa—. Digo, como son amigas desde niñas, pensé que lo más justo sería también proponértelo, quizá te interesaría. Después de todo parecen tener los mismos gustos…

El rostro de Angie fue el siguiente en contraerse en secuencia. Miró de reojo a sus amigas y luego de vuelta a Kristania, parpadeando varias veces como si todo pensamiento hubiera volado de su mente.

—¿…De qué hablas? —preguntó finalmente, tratando de hacerse a la desentendida.

—Pues obviamente de que a ambas parece gustarles ese chico, el… mmh… primo de Marianne —respondió Kristania con una breve pausa, como si no terminara de creérselo del todo. Angie palideció y buscó la forma de negarlo.

—N-No… yo no…

—¡Oh, tranquila, no le dije nada al respecto! —aseguró Kristania, restándole importancia—. No me corresponde a mí de todas formas. Ahora, ¿podemos comenzar? Sólo puedo quedarme como una hora. Tengo algo más que hacer.

Se dirigió a una mesa vacía y se deslizó en uno de los asientos, sacando una decorada libreta para tomar apuntes mientras las tres chicas estaban patidifusas, sin entender bien lo que acababa de ocurrir ahí.

Demian se encerró en su habitación para meditar sobre lo ocurrido aquella tarde en el hospital. Había intentado comer algo de lo preparado por Addalynn, pero después de cinco minutos sentado a la mesa, observando fijamente su platillo, cayó en cuenta de que no podría probar bocado, así que se excusó.

Addalynn había visto también a aquel sujeto, ¿qué podía significar? ¿Por qué ella? Pero a pesar de que deseaba abordarla con respecto al tema, no podría hacerlo mientras su hermana estuviera cerca, y dado que la chica nunca se separaba de ella, tendría que esperar a la menor oportunidad que se le presentara.

Sin embargo, lo que más le interesaba era lo que aquel ser (“óbito”) había dicho justo antes de esfumarse: que él era “aquel bebé”. ¿Qué se suponía que quería decir con eso? ¿Lo había conocido cuando aún era un bebé? ¿Por eso le resultaba familiar? Pero ¿cómo era posible siquiera? ¿Significaba eso que entonces… podría haber conocido también a su madre? ¿Su verdadera madre? Un frío estremecimiento recorrió su cuerpo mientras se llevaba la mano al bolsillo y apretaba el medallón que llevaba ahí todo el tiempo como amuleto. Tenía que verlo de nuevo. Necesitaba verlo. Quizá tuviera respuestas a algunas de sus preguntas y lo más importante, tal vez él supiera qué había sido de su madre.

Inmerso estaba en estos pensamientos cuando escuchó el sonido mecánico de la reja al abrirse. Se asomó por la ventana y vio a su hermana recibir a Marianne y haciéndole plática a Samael. No podía escuchar nada desde aquella distancia, pero los gestos de Vicky eran bastante claros. Aparentemente, estaba invitándolo a pasar, pero Samael se negó con una sonrisa y dijo algo más antes de que la reja volviera a cerrarse y ambas chicas caminaran hacia la casa. De pronto, el ángel alzó la vista y su mirada se cruzó con la de Demian. Fue solo un par de segundos antes de que este cerrara las cortinas y se apartara de la ventana.

—¡Qué bueno que llegaste! Comenzaba a ponerme nerviosa el dejar a Dreyson solo en el estudio. ¡Llegó antes de la hora! ¿Puedes creerlo? Subiré a avisarle a Addalynn que ya puede bajar —dijo Vicky, señalando en dirección a la sala mientras ella subía las escaleras.

Marianne entendió que le indicaba que fuera al estudio, así que se encaminó en esa dirección y se detuvo con la mano en la perilla, preguntándose lo que aquel chico estaría haciendo, pero no escuchaba nada al interior. Abrió la puerta y lo vio de pie frente a uno de los libreros tapizados de libros de pared a pared. No hacía nada, ni siquiera el intento por coger alguno, simplemente los observaba como si nunca hubiera visto tantos libros juntos en su vida.

—¿Qué pasa? ¿No tuviste nada más en qué concentrar tu atención y notaste por fin los libros? —comentó Marianne, dejando su mochila sobre la mesa de trabajo y él volteó hacia ella con ojos inexpresivos, ampliados por los lentes grueso que ocupaban la mitad de su rostro—… Es una broma. En serio, un poco de sentido del humor no te vendría mal.

Se sentó y sacó su laptop mientras el muchacho se apartaba de los libros y regresaba al asiento que ocupaba su pesada mochila. Revolvió en su interior, sacando una libreta y un lápiz desgastado, y pasó rápidamente las hojas con anotaciones hasta en los márgenes, hasta finalmente hallar una en blanco.

—¿…Qué tanto traes ahí dentro? Es como si te fueras de excursión o algo así —dijo Marianne, pero él no respondió; mantuvo el lápiz fijo sobre la hoja de papel, como si le hubiera cortado la inspiración—… Olvídalo. Tampoco es que me interese lo que sea que lleves ahí.

Ella volteó hacia su laptop y buscó el archivo de la investigación cuando volvió a escuchar el sonido de alguien revolviendo una mochila junto a ella.

—…Libros —dijo de pronto Dreyson. Ella giró el rostro y vio que había entreabierto la mochila para mostrarle su interior. Tenía varios libros gruesos y de aspecto gastado amontonados dentro, dándole aquel aspecto pesado y repleto como si cargara siempre con una mochila llena de rocas. Por un momento tuvo la intención de tomar uno por pura curiosidad, pero luego decidió que ya sería demasiado de su parte.

—Así que eres un cerebrito después de todo, ¿quién lo diría? Jamás prestas atención a clases.

Dreyson cerró la mochila de nuevo sin responder a aquel comentario, así que ella optó por volver a concentrarse en su pantalla. Entonces él habló de nuevo.

—Tu hermano no saltó al agua. —Marianne dejó su mano suspendida sobre el teclado y volteó una vez más—. Unos chicos lo empujaron. Yo los vi.

—¿Eran de casualidad tres niños más altos que él? Uno gordo, otro alto con cabeza de cepillo y el otro con dientes chuecos.

—Eran los mismos con quienes estaba la semana pasada.

—¡Lo sabía! —exclamó ella, golpeando la mesa de forma contundente—. ¡Sabía que lo estaban molestando! ¿Por qué los estará encubriendo? ¡A veces me dan ganas de sacudirlo a ver si con eso entra en razón! —Al darse cuenta de que había estado descargándose en frente de él, se aclaró la garganta y trató de mostrarse más compuesta—… Gracias por la información, veré qué puedo hacer.

El chico únicamente asintió y volvió la vista hacia su libreta, sosteniendo aún el lápiz. Ella trató de pensar en alguna forma de retribuírselo cuando escuchó unos pasos aproximándose al estudio.

—…Un pequeño consejo que espero que esta vez tomes en cuenta: no la mires fijamente. En serio, a ella no le agrada y mucho menos que toquen su cabello, por si su reacción de la última vez no fue lo suficientemente clara —murmuró ella antes de que los pasos se detuvieran en la puerta—. Dudo mucho que con eso consigas algo, pero por lo menos ya no darás esa vibra de asesino serial vigilando a su próxima víctima.

La puerta se abrió y ella se enderezó en su asiento mientras ambas chicas entraban y ocupaban las sillas del frente.

—Me da tanto gusto que hayan podido venir, así podremos fijar nuestro papel concreto en la exposición de mañana —expresó Vicky, colocando las manos sobre la mesa como si estuviera presidiendo un debate—. De acuerdo a lo que acordamos desde la semana pasada, Addalynn se hizo cargo de la mayoría de la investigación, Marianne hizo las diapositivas, yo expondré el tema y Dreyson… pasará las diapositivas durante la exposición, ¿hay alguna duda al respecto?

Hubo un silencio de unos segundos hasta que Dreyson levantó la mano como lo haría cualquier estudiante en medio de una clase.

—No sé cómo se hace eso.

—Es… es fácil. Solo te sientas frente al monitor y vas pasando las diapositivas con el teclado —explicó Vicky, señalando la laptop, pero el chico se mantenía impasible.

—Nunca he usado uno de esos —replicó él y Vicky enseguida miró a Marianne con desesperación.

—…De acuerdo. Yo te lo explico —respondió Marianne sin más remedio.

Por su gesto de inexpresividad crónica no había forma de saber si estaba realmente prestando atención o entendiendo, así que decidieron hacer un ensayo de la exposición. Había un proyector colgando del techo que apuntaba hacia uno de los libreros, por encima del cual se desenrollaba un lienzo de proyección. Apagaron las luces y mientras Vicky se colocaba a un lado de la manta, Marianne le daba instrucciones a Dreyson. No les tomó muchos minutos descubrir que realmente lo había entendido, así que pudieron avanzar rápidamente tanto con el ensayo como con los últimos retoques.

—Bien, creo que esta reunión resultó mucho mejor de lo que esperaba —afirmó Vicky, sintiéndose aliviada de que las cosas no hubieran tomado un mal rumbo como la última vez.

Marianne guardó su laptop y Dreyson se plantó de nuevo frente a los libreros, observando la enorme colección de libros.

—…Sí, claro, al menos no se la pasó mirando a Addalynn e incluso tuvo a bien participar. No me lo agradezcas.

—¡Ah, entonces tú hablaste con él! ¿Qué tanto le dijiste como para que actuara tan propio? —preguntó Vicky lo más discretamente posible.

—Nada del otro mundo, solo la cruda verdad —respondió Marianne con un encogimiento de hombros y Addalynn asentó el móvil, mirándolas con gesto de condena.

—No es correcto hablar de terceras personas a sus espaldas —les reprochó, entornando los ojos.

—Vamos, debes admitir que al menos esta vez te dejó tranquila; ¿no era eso lo que querías? —dijo Vicky, tomándolo a la ligera, pero Addalynn únicamente se puso de pie y se marchó sin responder. Dreyson la miró de reojo mientras Marianne le dedicaba una mirada a Vicky como si hubieran hablado de más—… No te preocupes por ella, a veces ni yo la entiendo.

—¿Cómo se conocieron? —preguntó Marianne. Vicky vaciló por un instante y luego sonrió de forma misteriosa.

—…Es una larga historia. Solo diré que tiene que ver con Lissen Rox.

Marianne enarcó una ceja, extrañada ante su vaga respuesta, y Vicky se enfocó ahora en Dreyson, aún de pie frente al librero.

—Puedes tomar uno si quieres. Tenemos demasiados, uno menos no lo extrañaremos.

Dreyson volteó hacia ellas y contrariamente a sus expectativas, regresó a la mesa y de un tirón se llevó su mochila al hombro, saliendo de ahí a toda prisa.

—¿…Qué pasó? ¿Dije algo malo? No recuerdo haber dicho algo potencialmente ofensivo, ¿o sí?

Marianne se encogió de hombros tan confundida como ella. Tampoco le parecía que hubiera dicho algo malo, pero con ese chico no se podía saber lo que estaría pensando.

—Debería irme, pero antes… ¿está Demian en casa?

—Sí, aunque no creo que se sienta muy bien.

—Solo necesito hacerle un par de preguntas —aseguró Marianne, tratando de ocultar su inquietud.

—¡Bien, espera aquí! —Vicky corrió inmediatamente hasta llegar a la habitación de Demian y tocó a la puerta—. ¡Hermano, abre, es urgente!

Se escuchó el ruido de unos pasos acercándose a la puerta y Demian abrió con expresión preocupada.

—¿Ocurrió algo?

—Nada, solo quería asegurarme de que abrieras la puerta —respondió ella, sacando la lengua a modo de broma. Él tan solo entornó los ojos y a punto estuvo de cerrar otra vez, pero ella lo detuvo—. Ya terminó nuestra reunión de equipo. Marianne está a punto de irse, pero quiere hablar contigo antes. Está en el estudio.

Demian torció las cejas con extrañeza y marchó hacia las escaleras sin decir nada.

—¿Quieres que los deje solos? —preguntó Vicky balanceándose sobre sus pies a la vez que arqueaba las cejas con una sonrisita cargada de significado.

—…Como quieras —repuso él secamente, sin dejarse llevar por sus insinuaciones. Si Mitchell no lo conseguía, ella tampoco lo haría.

Bajó con calma, dejando atrás a su hermana, y se detuvo frente a la puerta con algo de ansiedad, preguntándose lo que Marianne querría hablar con él. Cuando abrió, la vio de pie frente a uno de los libreros, observando algunos de los títulos y luego devolviéndolos a su sitio.

—¿Querías hablar conmigo?

Marianne dio un respingo y rápidamente colocó de vuelta en su lugar el libro que tenía en las manos, como si la hubiera atrapado haciendo algo indebido.

—…No sabía que les interesara las religiones del mundo y sus cosmogonías —comentó Marianne, apartándose del librero.

—Ese era el librero de mi madre —respondió él—. Cada uno de nosotros disponía de un librero para llenarlo de los libros que nos interesaran. —Señaló con la cabeza el librero de la pared siguiente—. El de Vicky está lleno de cuentos de hadas y libros infantiles mientras que el de papá está repleto de libros sobre negocios.

—¿Y qué tipo de libros encontraré en el tuyo?

Demian sonrió y miró hacia el librero de la pared al otro extremo.

—¿…Por qué no lo ves por ti misma?

Marianne pareció dubitativa hasta que por fin decidió cruzar la habitación y tomar un libro al azar.

—“La odisea” —leyó ella en voz alta, colocando el libro de vuelta en su anaquel y tomando otro para repetir el proceso—… “Crimen y castigo”, “Los miserables”, “La divina comedia”. Son puros clásicos. ¿Los has leído todos?

—La mayoría, sí —respondió él mientras Marianne continuaba curioseando entre los libros.

—…Este está también del otro extremo —dijo ella, tomando uno de los libros—…“El paraíso perdido”.

Él calló unos segundos, mostrándose más serio; recuerdos de su madre comenzaron a inundarlo y enseguida trató de desecharlos.

—…Cuando era niño, mi madre y yo siempre teníamos el argumento sobre si ese libro debía ir en mi anaquel o en el suyo —respondió Demian, tratando de sonar tranquilo—. Normalmente ella ganaba y lo colocaba en su librero, pero yo no tardaba en tomarlo a escondidas y devolverlo al mío. Al final ella decidió conseguir otro tomo, así los dos tendríamos el libro en nuestros propios libreros.

Marianne hojeó el ejemplar con expresión meditabunda y Demian dio un resoplido con amargura.

—…Seguramente has de estar pensando que debió haberse quedado del otro extremo dadas las circunstancias.

—No, yo no…—Marianne se detuvo al entender lo que implicaba con sus palabras. Su padre era el demonio original, quien había formado la Legión de la Oscuridad y por extensión, su herencia. Dejó el libro en el lugar donde lo había tomado y decidió actuar como si no tuviera importancia—… Cada quien con sus creencias.

—¿Qué deseabas hablar conmigo?

—Solo… quería preguntar cómo está Lester. Fuiste a verlo, ¿no?

Demian contrajo levemente el entrecejo, pareciéndole raro que fuera solamente eso lo que quisiera preguntar.

—Estará bien. Solo… estará un par de meses fuera de juego.

—Fue un accidente extraño —continuó ella con un tono casual, pero Demian ya suponía hacia dónde apuntaba todo.

—¿Por qué no preguntas lo que realmente deseas saber?

Marianne tomó aliento y trató de pensar la manera de formularlo sin sonar que lo acusaba de algo, sin embargo, se dio cuenta de que, sin importar la forma de decirlo, el resultado sería el mismo; la duda seguiría estando ahí.

—¿…Tú lo provocaste?

El rostro de Demian se ensombreció y ella casi pudo percibir su decepción al saber que, de todos, era precisamente ella quien dudara de él, así que de inmediato se arrepintió de su pregunta, pero no se esperó su respuesta.

—…Sí, yo lo hice —admitió él—… No estaba seguro si funcionaría, pero una vez que dijiste lo de inventarle una lesión, no pude quitarme la idea de la cabeza, de modo que terminé proyectando una sombra hacia él que le detuvo el pie y provocó su caída.

Marianne lo observó desconcertada; ahora se sentía culpable por haber dado tal idea. Al percibir su turbación, Demian desvió la mirada, sintiéndose avergonzado.

—…Si sirve de algo, no estoy orgulloso de lo que hice. Mi objetivo era provocarle una torcedura menor que lo mantuviera fuera de la exhibición, pero no esperaba que cayera con tanta fuerza y se fracturara el hueso. Yo sólo quería… evitarle la humillación de la última vez.

Marianne trató de pensar qué hacer con esa información. Si Frank llegara a enterarse no tardaría en pegar el grito de “Se los dije” y sin duda Samael tampoco lo aprobaría; aunque, de todas formas, él ya lo sospechaba.

—…Samuel puede curar heridas —dijo ella de repente—. Quizá él pueda hacer algo.

A Demian no le agradaba la idea de que el ángel tuviera que intervenir para arreglar un error de cálculo suyo, como si estuvieran apegándose a los estereotipos de cada uno: el demonio que crea problemas y el ángel que los resuelve. No quería caer en el rol que supuestamente le correspondía de nacimiento, pero consciente de que no tenía mejor opción al momento, terminó aceptando.

—…Mañana debe regresar a la escuela. Quizá podamos encontrarlo a solas.

—Ni se va a enterar de lo que pasó —aseguró Marianne para darle mayor confianza—. Una vez que repare el hueso puede hacer que olvide que estuvimos ahí siquiera.

—¿…Lo hace seguido?

—Lo ha hecho un par de veces y ha resultado bien, no hay que preocuparnos por ello.

—Me refiero a si se lo ha hecho a alguno de ustedes.

—…Oh, no. Jamás lo haría sin nuestro consentimiento.

—¿Cómo puedes estar segura? De todas formas, no lo recordarían.

Marianne guardó silencio y lo observó como si tratara de descubrir alguna intención oculta detrás de sus palabras, pero su gesto permaneció inexpresivo.

—…Simplemente lo sé —respondió ella, tratando de desechar cualquier duda que le hubiera generado. Él tensó ligeramente el entrecejo, dándose cuenta de la forma en que la había estado interrogando e intentó relajar el rostro.

—…Bien. Entonces ya quedó decidido.

El teléfono de Marianne sonó y ella levantó el celular para ver la pantalla, aunque él ya podía hacerse una idea de quién era.

—…Supongo que han venido por ti, así que no te distraigo más. Nos vemos —dijo de forma cortante, saliendo de ahí sin esperar a que ella respondiera.

Subió a su habitación, sintiendo aquella efervescencia que le anunciaba que estaba a punto de sufrir uno de sus “episodios demoníacos”. Pensaba que por fin los había dejado atrás desde aquellos primeros días post-pelea, pero por alguna razón desde que la escuela había comenzado, los tenía con mayor frecuencia. Era como si su esencia de demonio se inflamara dentro de él, luchando por salir; una especie de marea creciente por la influencia de la luna. Solo que hasta ahora no había logrado identificar su propia “luna”. Quizá era la presencia de aquel demonio de humo. Desde ese primer día de clases se había sentido ansioso hasta su aparición en el gimnasio, y lo había vuelto a sentir en distintas ocasiones. Sin embargo, la sombra no estaba presente… al menos que él supiera. ¿Y si se hallaba pululando cerca en su búsqueda y él mismo terminaba atrayéndolo al no poder controlar aquel flujo de poder que corría en su interior?

Se asomó por la ventana y vio en la reja a su hermana platicando animadamente con el ángel mientras Marianne se acercaba a ellos. Estaban a punto de marcharse cuando ella miró directamente a su ventana y se despidió de él. Demian vaciló un instante antes de responder, esforzándose por sonreír, pero en cuanto se marchaban, volvía a apartarse de la ventana. No podía continuar así; necesitaba despejarse y solo había una forma de conseguirlo.

Desapareció entonces en medio de una columna de humo negro.

—…Admitió haberlo hecho —dijo Marianne mientras caminaban de vuelta a casa. Samael la miró de reojo sin decir nada—… Pero no pensó que lo lastimaría en serio o que acabaría con un hueso roto, solo quería tenerlo fuera de la exhibición. ¿Crees que podrías usar tu poder de curación con él?

—Ciertamente puedo intentarlo —respondió él, tras dar un suspiro, como si ya se esperara aquella petición.

—Gracias. Será como si no hubiera pasado nada; fue un error de cálculo de su parte. —Samael tan sólo le dedicó una mirada cuestionadora, como diciendo que ni siquiera ella podría creerse aquellas palabras—… ¡Lo fue! Y ni le digas nada a Frank que ya sabemos cómo lo tomará.

Definitivamente lo tomaría como una razón más para mantener la promesa de acabar con él, pensó Samael. ¿Pero quién podría culparlo? Quizá los temores que el mismo Demian tenía con respecto a su incapacidad para poder resistirse al influjo de estos no eran infundados después de todo. Tal vez ya habían comenzado su dominio sobre él desde el momento en que abandonaron los cuerpos de sus dueños. Por supuesto, eran todas conjeturas, pero no podía simplemente desecharlas. No cuando sus vidas volvían a estar en riesgo.

—¿…Alguna vez has borrado o modificado la memoria de alguno de nosotros? —preguntó Marianne de pronto y Samael la observó con el ceño fruncido de la confusión.

—¿…Qué? ¿Por qué me preguntas eso?

—Yo solo… no sé, solo me preguntaba si alguna vez has sentido curiosidad por hacerlo; para probar que podías, aprovechando que también puedes acceder a nuestras mentes.

—Pues no —respondió él con firmeza—. Desde la primera vez que me pediste hacerlo te dije que no estaba cómodo con la idea y ni siquiera he vuelto a intentarlo desde ese oficial. No es agradable el destruir de esa forma los recuerdos de alguien.

—¿Entonces jamás pensarías en hacerlo con alguno de nosotros?

—¡Por supuesto que no! —respondió Samael como si la sola pregunta lo ofendiera.

—Bien. No se hable más de eso entonces —dijo ella con expresión de alivio, aunque Samael no parecía dispuesto a dejarlo pasar.

—¿A qué viene todo esto? ¿Temes que pueda estar utilizando mis poderes con ustedes?

—No, claro que no. Era una simple pregunta —aseguró Marianne, restándole importancia y continuando su camino como si nada.

Sin embargo, Samael no se lo tomaba a la ligera, sabía que aquella duda no podía simplemente haber surgido en ella sin que alguien más se la metiera en la cabeza, y dadas las circunstancias, todo parecía apuntar a Demian. No entendía cuál era su juego; un día le pedía ayuda para eliminarlo, y al otro le implantaba dudas a Marianne sobre él. Quizá debía irse con más cuidado con él.

Pasaba ya de la media noche para cuando Demian volvió a su habitación. Se sentía ya más relajado y con la mente despejada, sus pensamientos enfocados en un único objetivo. Salió de ahí sin fijarse siquiera en la hora y se dirigió a la habitación de Addalynn. Tocó a la puerta, dándole un espacio de tiempo suficiente para que abriera o respondiera de alguna forma, y luego volvió a tocar. Estaba ya a punto de intentarlo una tercera vez cuando la puerta se abrió y se asomó Addalynn, mirándolo fijamente.

—Éstas no son horas para llamar a la habitación de una chica.

Demian parpadeó un instante y miró de reojo el reloj del fondo. Eran ya las 12:30.

—…Lo siento, no me fijé en la hora. Solo necesito hacerte una pregunta y te dejo descansar —aseguró él sin estar dispuesto a pasar por alto la razón que lo había llevado hasta ahí. Addalynn se apoyó del marco de la puerta y se cruzó de brazos, esperando a que hablara—… El sujeto que seguí en el hospital, dices que lo viste… ¿podrías describírmelo?

Ella entornó brevemente los ojos y asintió.

—…Cabello y ojos negros, piel pálida y sin marcas de ningún tipo, vestía un largo saco negro. Demasiado monocromático para mi gusto. Cuerpo largo y estilizado —describió ella de forma exacta y Demian sintió un torrente de alivio que lo recorría. En verdad lo había visto; no lo estaba imaginando ni había sido el único en verlo.

—¿Tienes alguna idea de dónde salió?

—Esa ya es otra pregunta. Dijiste que sería solamente una —replicó ella, enarcando las cejas, y Demian se quedó callado, consciente de que estaba quizá presionando demasiado, sin embargo, ella descruzó los brazos y volvió a plantarse firme—… Sólo vi lo que tú viste, ¿qué tiene eso de especial?

—¿De verdad no tienes… ni siquiera una idea? ¿Nunca has visto… a alguien más que te recuerde a ese chico? ¿No se te hizo extraño?

Addalynn pareció pensarlo un momento y luego se encogió de hombros.

—…No más que tú.

El rostro de Demian se contrajo ante aquellas palabras, tratando de detectar su intención, pero antes de responder, fue interrumpido por su hermana.

—¿Qué haces despierto a esta hora? —Vicky estaba fuera de su habitación y se frotaba los ojos adormilada—… ¿Por qué estás de pie frente al cuarto de Addalynn?

—Sólo hablaba con… —al voltear hacia el cuarto se dio cuenta de que la puerta ya estaba cerrada. Ella había aprovechado la distracción para hacerlo.

—¿Dónde te habías metido? No bajaste a cenar y no estabas en tu habitación.

—Salí… a caminar un rato. Eso es todo. Descansa —concluyó él, decidiendo dejarlo así por el momento. Vicky frunció el ceño, pero tenía tanto sueño que se introdujo de nuevo en su recámara.

Demian se sentía intranquilo. Por un lado, el confirmar que Addalynn había visto también al óbito era un alivio para él, por el otro, sus respuestas enigmáticas no hacían más que aumentar su desconcierto.

Incapaz de conciliar el sueño, recorrió su habitación con inquietud hasta detenerse frente a la ventana y observar el jardín y sus alrededores. Era una noche pacífica y sin viento, pero la ansiedad se había asentado en él. Nada tenía que ver con la que lo había inundado horas antes, obligándolo a salir en busca de un desahogo. Esta era más como un instinto primitivo que le indicaba que algo estaba ocurriendo en la ciudad, pero no tenía forma de saber qué ni en dónde.

Por inercia se llevó la mano a la muñeca comenzando a rascarla y cuando se dio cuenta ya la tenía enrojecida, pero lo que llamó su atención fue que la otrora incipiente cicatriz del corte en su muñeca ahora parecía un poco hinchada. Apartó enseguida la mano para dejar de rascarla y empeorarla. Quizá con alguna pomada bastaría para bajar la hinchazón.

Se apartó de la ventana y decidió que era suficiente por ese día; intentaría dormir algo y ya trataría de conseguir más respuestas de Addalynn después. Las píldoras para dormir no le habían fallado hasta ahora para poder pasar una noche entera sin pesadillas ni recuerdos perturbadores, así que tomó una y tan solo se recostó a esperar que surtiera efecto.

El sueño finalmente llegó librándole de toda ansiedad.

Lucianne salió de casa con la intención de tomar el autobús ya que su padre había tenido que salir temprano, pero en cuanto abrió la puerta y vio la patrulla del oficial Perry aparcada al frente y a él esperando, supo enseguida no solo que su padre parecía empecinado en mantenerla vigilada y controlar sus viajes sino también que sería un trayecto incómodo.

—Señorita Lucianne —saludó él formalmente con una leve inclinación de cabeza.

—…Perry —respondió ella, imitando el gesto y con un intento de sonrisa que no salía del todo natural. Al menos no como antes. El muchacho le abrió la puerta del copiloto y ella no tuvo más remedio que subir al auto—. Así que… mi padre decidió que es más importante que yo llegue a tiempo a clases que proteger a la ciudad del crimen —trató de bromear para aligerar el ambiente y el oficial Perry la miró por unos segundos hasta sonreír levemente, pero aún así no dijo palabra alguna. Simplemente encendió el auto y condujo. Lucianne dio un suspiro y decidió mirar el camino por la ventana.

Aunque se había disculpado con Perry y había hecho todo por salvar su amistad después de las cosas que había dicho cuando carecía del don, la brecha entre ellos continuaba ahí y estaba empezando a aceptar que ya no podría cerrarla por más que se esforzara. Lo había herido y, al contrario de sus amigos, él no sabía ni podía saber que había sido por causas superiores a ella. Su yo sin el don había actuado no como ella lo haría ni como pensaba realmente, sino como una versión magnificada y retorcida de lo que ella era y sentía. Pero eso no podía explicárselo a él, no de esa forma; lo máximo que había podido decirle era que había sufrido un trastorno de personalidad tal y como había ocurrido con su padre, que quizá se tratara de algo hereditario. Funcionó en parte, él pareció habérselo creído; sin embargo, ahora se conducía con formalidad al estar con ella, sin mostrar sus emociones por temor a ser herido de nuevo y ella lo entendía, pero no dejaba de extrañar a su amigo de antes.

—Gracias por traerme.

—No es nada, señorita Lucianne. —Él sabía lo mucho que le desagradaba que la llamara así, pero ya ni se molestaba en corregirlo. Tomó su mochila y abrió la puerta.

—Dile a mi padre de mi parte que, ya que tanto le gusta explotarte a su conveniencia, debería ya darte ese ascenso que lleva prometiéndote hace tiempo —finalizó ella, acomodándose la mochila, y se dio cuenta de que el joven oficial miraba fijamente hacia el portal de la escuela. Ella acechó por la ventana y vio que Frank estaba ahí de pie, mirando fijamente hacia el auto.

—…Se lo recordaré —dijo el joven oficial finalmente, ofreciéndole una sonrisa seca, decidiendo hacer caso omiso al hecho de que Frank prácticamente le dedicara una mirada asesina. Lucianne suspiró y salió del auto, pero justo antes de que cerrara la puerta, Perry se inclinó en la ventana—… Tenga cuidado, señorita Lucianne. Hay un sujeto enmascarado que ha estado atacando estudiantes últimamente. Dicen que probablemente se trate de otro muchacho con problemas de ira.

No tuvo necesidad de decir nada más para que ella entendiera el mensaje implícito tras sus palabras, su gesto lo decía todo, aún sospechaba de Frank. Cerró la puerta y el auto se alejó de ahí mientras ella lo observaba hasta perderlo de vista.

—¿Por qué te trajo ese? ¿De nuevo va a estar persiguiéndote por todos lados con el pretexto de estar cuidándote?

Lucianne contrajo el entrecejo y le dedicó una mirada de censura.

—Solo tuvo la amabilidad de traerme a la escuela. Además, no entiendo qué derecho tienes de reclamar algo cuando has estado evitando a todos, incluyéndome a mí —le replicó ella con tono de reproche y él tan solo guardó silencio, retorciendo la boca como si estuviera conteniéndose, lo que ella interpretó como un signo de su mal temperamento a punto de surgir, pero él tomó aliento y cerró los ojos.

—…Lo siento. He tenido últimamente algunas cosas en la cabeza con las que necesito lidiar a solas. Cosas de mi pasado, ¿entiendes? Pero puedo intentar relajarme un poco.

—Con cosas del pasado te refieres a un tiempo atrás o a… —inquirió ella, tratando de no parecer intrusiva respecto a ese tema, y Frank dio un resoplido al entender a lo que se refería.

—Bueno, creo que ambos sabemos que lo referente a cualquier otra vida se marchó junto con el don. Y para lo que servía; nunca obtuve más que sensaciones de déjà vu o sueños que carecían de sentido —replicó él con tono de desdén—… Ojalá y fuera eso, sería más sencillo culpar a alguien más.

Lucianne esperó a que continuara, pero Frank se limitó a dar un suspiro y se encaminó hacia la escuela.

—…Entremos.

Lucianne lo siguió, extrañada de su hermetismo, pero decidió no cuestionarlo por el momento. Frank no había dicho nada por varios minutos desde que se sentaron en el salón, hasta que de un momento a otro se volvió hacia ella.

—…Tienes razón, los he estado evitando. Tengo mis razones, pero quizá podamos hablar de una de ellas después.

Ella asintió y sonrió, sabiendo lo difícil que era para él hablar de ello, y que aún así estuviera dispuesto a hacerlo.

—…O quizá podríamos hablar ahora. El profesor de Biología parece seguir enfermo, quizá tampoco venga hoy —sugirió Lucianne y Frank movió indeciso la cabeza, pero antes de que pudiera hablar, la puerta se abrió y entró un hombre, deteniéndose frente a la pizarra y comenzando a escribir en ella.

—Ni se molesten en levantarse, no hay tiempo para eso; la clase está muy retrasada y tenemos mucho por hacer —dijo el hombre sin hacer una sola pausa—. Soy el Dr. Leiffson y seré su nuevo profesor de Biología. No hablen, no interrumpan, ni siquiera respiren cuando esté hablando hasta que yo lo permita, ¿está claro? —Giró sobre sus talones tras escribir su nombre en la pizarra y recorrió el salón con la vista, deteniéndose en Frank con un destello de reconocimiento, y una sonrisa torcida se formó en sus labios—… Pero ¿quién lo diría? Una cara familiar entre el público.

Lucianne volteó hacia Frank y notó que se había puesto completamente tenso y tenía aquel brillo en la mirada que anunciaba una tormenta. El profesor se inclinó hacia delante para decir algo exclusivamente dirigido a él con una sonrisa condescendiente.

—…Solo espero que esta vez no se tome tan literal mi selección de palabras, ¿de acuerdo?

Con un estridente chirrido de su silla, de pronto Frank se levantó de golpe, apretando tanto la mandíbula que podían verse cada uno de los músculos de su cuello. El silencio de anticipación en el aula era interrumpido únicamente por la fuerte respiración del muchacho. Nadie se atrevía siquiera a moverse y, sin embargo, el hombre se mantenía impávido en su sitio, como si esperara a que hiciera algún movimiento. Hasta que, abruptamente, Frank salió de ahí, azotando la puerta a su salida. Lucianne hizo el ademán de levantarse para seguirlo, pero el nuevo profesor le hizo una muy clara seña con la mano de que se quedara donde estaba.

—Ni lo piense; quien salga de mi clase no volverá a entrar en toda la semana, así que será mejor que lo piensen dos veces antes de hacerlo. Ahora comencemos con la clase…

Lucianne se quedó clavada en su asiento, luchando por no ir detrás de Frank y preguntándose qué se le había metido. Lo único que sabía era que su nuevo profesor era el hombre con el que su padre había estado hablando en la reunión del viernes.

El aula estaba por completo a oscuras con únicamente la luz del cañón de proyección apuntando hacia la pantalla y Vicky en plena exposición mientras Dreyson permanecía al fondo, pasando las diapositivas tal y como le habían mostrado. Marianne no lo perdió de vista por si ocurría algún inconveniente, pero al final todo salió a pedir de boca. Cuando la exposición terminó, ella se acercó al escritorio donde estaban el proyector y su laptop, a punto de ser desconectada por Dreyson.

—No lo hagas, déjala así. El siguiente equipo son mis amigas, así que les va a servir también —advirtió ella y él volvió a conectar los cables—. No diré que hiciste un trabajo espléndido por solo pasar unas diapositivas, pero al menos diste de tu parte y eso se agradece.

El chico levantó la mirada desde su posición y aunque de manera imperceptible, Marianne pudo distinguir el fantasma de una sonrisa. Supuso que solo le hacía falta algo de confianza y guía para dejar de conducirse de manera tan inusual, así que dio un asentimiento en respuesta.

—¿Qué sucede aquí? ¿Le has dado permiso para que te acose oficialmente? En ese caso no te quejes la próxima vez que te esté molestando —intervino Kristania apareciendo junto al escritorio con usb en mano y haciéndole señas a Dreyson para que se quitara del lugar, mientras él se limitaba a dirigirle una mirada severa.

—¡No puedes decir algo como eso tan a la ligera! —protestó Marianne, enfurecida ante sus maliciosas palabras, más propias de ella de lo que había mostrado últimamente—. ¡Lo de la semana pasada fue un malentendido; todos pueden cometer errores! ¿No fue eso lo que “aprendiste” el semestre pasado?

—…Ay, tranquila. Solo estaba bromeando —replicó Kristania, riendo como si hubiera dicho algo gracioso y sin importancia—. No te lo tomes tan a pecho. A veces me llevo pesado, solo eso.

Marianne no se tragó ni sus palabras ni su intento por hacerlas parecer como algo dicho sin malas intenciones; sabía bien que aquel había sido un desliz, la verdadera Kristania asomando con la guardia baja, poniéndose nuevamente la máscara que había estado usando últimamente No podría seguir manteniéndola por mucho tiempo, estaba segura de eso. Caería en viejos hábitos que acabarían haciéndola ceder ante la presión. Y ella estaría ahí para presenciarlo e incluso disfrutarlo.

Dreyson se incorporó y marchó hacia su asiento en silencio mientras Marianne sonreía a Kristania, señalándole el escritorio.

—Todo tuyo. Suerte con la exposición.

—Gracias; la suya estuvo magnífica —respondió ella con otra sonrisa, como si en vez de estar intercambiando cumplidos se estuvieran lanzando maldiciones.

—¿A alguna de ustedes les interesaría unirse a un nuevo club que pensamos crear? —preguntó Vicky más adelante, cuando la siguiente ronda de clubes empezó—. ¡Organizaremos eventos y tenemos proyectos de clubes de fans abiertos para todo público! El primero será dedicado a Lissen Rox, desde luego. La idea es poder licenciar el club de manera oficial para que cuando venga aquí con su gira todos tengamos privilegios y acceso exclusivo a él.

—…Se oye interesante, pero ya me he apuntado a otro club aparte del que ya estoy; me temo que no me quedará tiempo libre si me uno a otro —se excusó Marianne, por lo que Vicky miró esperanzada hacia Angie y Belgina, pero ellas solo balbucearon, tratando de encontrar alguna excusa igual de efectiva justo cuando Marianne sintió de pronto que alguien tocaba su espalda. Ella volteó y vio a su hermano con expresión nerviosa, casi ocultándose detrás de ella—… Ah, eres tú. ¿Qué es lo que quieres?

Loui dirigió una mirada furtiva hacia Vicky y luego miró al piso mientras sacaba algo por detrás de él y daba unos torpes pasos hacia el frente.

—…Gra-Gracias —alcanzó a decir con un tartamudeo, levantando tímidamente el saco que Vicky le había dado el día anterior.

—Ohhhh, no fue nada, en serio —respondió ella, inclinándose para quedar a su altura y sonriendo cándidamente—. Sólo ten más cuidado la próxima vez, ¿sí?

El rostro de Loui enrojeció y tras sacudir frenéticamente la cabeza, se fue corriendo sin pronunciar palabra.

—Espero no haber dicho nada que le molestara —dijo Vicky, pensando que lo había ahuyentado.

—Descuida, dudo que ese sea el caso —respondió Marianne, arqueando las cejas.

Se dirigían en ese momento al primer club del día, el de Gimnasia. Marianne tomó asiento en las gradas junto a Belgina y la miró cautelosa.

—…Bien. Creo que deberíamos hablar. —Belgina bajó la vista y Marianne temió que volviera a evitarla, sin embargo, dio un suspiro y levantó la mirada de nuevo, dando un asentimiento con la cabeza—… Dime por favor si hice o dije algo que te hiriera. Ya sabes que a veces hago cosas que considero lo mejor para los demás sin pensar en su opinión. Si eso fue lo que ocurrió en esta ocasión, lo lamento. Pero necesito que hables para saber en qué momento callarme la próxima vez.

—…No te atormentes por eso, por favor. Tenías algo de razón. Me acobardo ante situaciones que no me siento capaz de manejar al momento… y es cierto, eso es lo que he estado haciendo todo este tiempo con el asunto de Mitchell. Es solo que ahora… ya no sé cómo romper con esta conducta auto impuesta.

Marianne la observó con expresión perdida, tratando de rememorar sus palabras.

—¿Es por lo que dije que nuestra dinámica de equipo se está viendo afectada por toda esta situación?

—…Y creo que en eso también tienes razón —respondió Belgina mientras Marianne parecía aún más confundida. Samael apareció entonces y las chicas acabaron por arrimarse para que pudiera sentarse en la esquina a un lado de Belgina.

—¿Dónde andabas? —preguntó Marianne. La exhibición ya comenzaba y aunque requerían silencio para algunas rutinas, era imposible acallar los murmullos.

—Mitchell me distrajo —respondió Samael y Belgina enseguida se tensó al escucharlo.

—Así que volvió a clases, ¿eh? ¿Y dio alguna excusa convincente por su ausencia?

Samael miró de reojo a Belgina, calibrando su reacción.

—…De hecho me pidió que le dijera algo a Belgina —dijo él cuidadosamente, y ella sintió que su estómago se retorcía.

—¿Así que ahora te ha agarrado de mensajero? —resopló Marianne—. Pues dile a Mitchell que se deje ya de tanto drama y le dé su espacio o…

—Está bien —interrumpió Belgina, tomando aliento—… Puedes decirme.

Samael pareció meditarlo unos segundos hasta que finalmente halló las palabras.

—Dice que, si te hace sentir mejor, está dispuesto a mantenerse alejado de ti durante las reuniones de grupo —dijo Samael con talante serio, como si intentara recordar cada palabra—. Que ahora entiende que quizá todo lo que pasó por alto, como el que carecieras del don, en realidad sí influyó en tu comportamiento, aún cuando él no lo veía de esa forma. Lo único que desea es una nueva oportunidad para acercarse a ti, aunque sea como amigos, y esperará el tiempo que sea necesario para que se lo permitas. No quiere que te sientas presionada.

Belgina escuchó y meditó sus palabras. Marianne no se atrevió a emitir su opinión y Samael se replegó en su lugar, sintiéndose incómodo.

—Creo que… puedo hacer eso —respondió ella y Samael se puso de pie de inmediato.

—Bien, iré a decirle.

—¡Hey, Samuel! ¿Tan pronto te vas? ¿No te quedarás a la exhibición? —dijo Vicky más fuerte de lo que debía y una de las chicas perdió la concentración y resbaló antes de su salto sobre el potro, ante lo que ella se sentó nuevamente avergonzada.

—…Oye, ¿hablaste siempre con Frank como habías dicho? —preguntó Lucianne, escabulléndose de su sitio en las gradas y alcanzando a Samael antes de que saliera.

—Mmmh… no aún, pero lo haré apenas lo vea —afirmó él, que parecía algo apurado por salir. Lucianne regresó confundida a su lugar, respondiendo con un encogimiento de hombros a las miradas inquisitivas de sus amigas.

Frank se había refugiado a espaldas del gimnasio desde que había salido de clases de forma abrupta. Desde entonces hizo lo único que se le había ocurrido para intentar sosegarse: fumar. Sabía que su violenta salida le acarrearía problemas, pero ya que su nuevo profesor titular de Biología sería ese hombre, pensó que de todas formas los tendría. Tan solo recordarlo y la manera en que había sonreído con condescendencia al verlo, lo ponía tenso nuevamente. Había sido un error que nunca le dejaría pasar. ¿Por qué tenía que aparecer justamente ahí y ahora? Una nueva oleada de ira lo inundó y soltó un puñetazo en el suelo, provocando que la tierra se removiera como un leve temblor.

—Así que aquí sigues.

Frank se levantó de un salto y vio a Samael asomándose en la esquina. Dio un bufido y se llevó a la boca el cigarro a medio gastar.

—¿…Qué quieres, alitas? ¿Me estabas espiando o qué? ¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Te vi salir desde mi asiento por la ventana —respondió Samael, señalando hacia uno de los pisos de arriba, cuyas ventanas estaban abiertas y daban justo frente al gimnasio.

—…Y yo que pensé que tendría al menos algo de privacidad —refunfuñó Frank, dándole una última calada a su cigarro para luego arrojarlo al suelo y pisotearlo.

—¿Hay algo que te moleste? —preguntó Samael, despertando la suspicacia de Frank.

—¿…Por qué tan repentino interés? ¿A qué hora te convertiste en consejero de las causas perdidas?

—Lucianne me pidió que hablara contigo; parece muy preocupada —respondió Samael y Frank dejó escapar otro resoplido que sonó a relinchido.

—…Pero por supuesto, ¿por qué otra razón podría alguien interesarse en lo que piense o pase conmigo a menos que sea por un favor? —repuso Frank, girando los ojos y apoyando la espalda en la pared mientras sacaba otro cigarrillo más de su bolsillo. Samael no dijo nada, simplemente se colocó a su lado y también se apoyó contra la pared, imitándolo—. No tienes que quedarte aquí. Si quieres, puedes decirle a Lucianne que hablaste conmigo y que tan solo tuve una rabieta o algo y que ya se me pasará. Hay cosas de las que prefiero no hablar con nadie.

—Entiendo eso. Quizá entonces prefieras hablar de algo que nos concierne más directamente a los dos.

—…Ya veo —espetó Frank con una sonrisa torcida a la vez que ahuecaba las manos para encender su cigarrillo—. Así que Chico Demonio ya habló contigo también.

—Prometí que haría lo que creyera necesario —repuso el ángel, escogiendo sus palabras para no dar la impresión de estar completamente de acuerdo con la idea de matarlo a sangre fría.

—Así que gruñona te lavó el cerebro y finalmente te convenció de que los demonios también tienen su corazoncito —espetó Frank, bufando una risa. Samael se removió algo incómodo en su lugar y dejó salir un suspiro.

—…Creo que el problema realmente es que él parece resignado a lo que ocurrirá si los dones son reunidos otra vez. Quizá si le decimos a Marianne, ella podría…

—Olvídalo. Si ella se entera de nuestros planes, no le importará que haya sido él mismo quien lo haya sugerido, no nos dejará en paz por haber aceptado. Seguramente recurrirá a los demás en busca de apoyo y los dos quedaremos nuevamente como los salvajes que solo piensan en matar a cualquiera que represente una amenaza latente.

—…Yo no he dicho nada sobre matar. Solo acepté hacer lo que creyera conveniente —repuso el ángel, dando un suspiro de agotamiento.

—Pues hazte a la idea, alitas, porque esto no es algo que se resuelva con tres meses en un centro de rehabilitación.

Samael decidió que no quería seguir discutiendo sobre eso y se apartó de la pared.

—…Creo que mejor iré a buscar a los demás —dijo él, comenzando a marchar por donde había llegado—… Deberías dejar de esconderte de los demás. No eres el único con problemas.

Frank solo lanzó un resoplido por la nariz en respuesta mientras el ángel daba la vuelta al recinto y tras dar un vistazo a los horarios de los clubes, se introdujo en el gimnasio donde las chicas le hacían señas desde las gradas.

—¿Qué pasó? ¿Se te olvidó algo? —preguntó Marianne en cuanto se sentó en el espacio que habían dejado para él.

—¿…Eh?

—¡Qué bueno que volviste! ¡Casi no tardaste nada! —dijo Vicky, alzando la cabeza.

—¿Viste siempre a Mitchell? —volvió a inquirir Marianne, y él conservaba aquella expresión confusa hasta que parecía recordar algo.

—…Ah, él me pidió que le dijera algo a Belgina —dijo él, volteando ahora hacia ella.

—¿Más? ¿No fue ya suficiente? —replicó Marianne—. En serio que tiene suerte de que tengas buena memoria. No estará escondido por ahí, ¿o sí?

—Déjalo así —intervino Belgina con un suspiro resignado, volviendo la vista hacia Samael—… Adelante, ¿qué más quiso que me dijeras?

Samael se quedó en silencio hasta que negó con la cabeza.

—…No era nada importante —aseguró él y ella volvió su atención hacia los gimnastas sintiéndose en cierto modo aliviada. Samael, por su parte, fruncía el ceño con desconcierto. Podría ser algo despistado en ciertas cosas, pero si de algo estaba seguro era de que no había entrado al gimnasio durante todo el día hasta aquel momento.

Frank permaneció detrás del gimnasio con la cabeza levemente inclinada y expresión meditabunda, cuando el sonido de pasos a lo lejos captó su atención. Miró de reojo en esa dirección y vio del otro extremo a Samael, que se detenía encorvado de la pared y sujetándose el estómago con la otra mano. Frank frunció el ceño y volteó hacia el lado contrario, por donde hacía apenas unos minutos lo había visto marcharse.

—¡…Hey, alitas! ¿Qué acaso diste la vuelta entera o te perdiste? —dijo Frank en voz alta, pero Samael tan solo se apartó de un empujón de la pared y se alejó tambaleándose hacia la salida cerca de la parada de autobús.

Su cuerpo continuó arqueado y estremeciéndose como si fuera un muñeco de trapo, sus pasos eran inseguros y parecía cada vez menos capaz de mantenerse en pie hasta que se detuvo frente a un árbol a unos metros de la reja, su cuerpo se arqueó y acabó desplomándose sobre los arbustos.

Frank se lanzó a correr hacia él y aminoró el paso al llegar al árbol hasta detenerse con expresión ofuscada ante lo que tenía enfrente. La piel de Samael parecía cubrirse de ronchas mientras su cuerpo tiritaba de manera febril. Las ronchas comenzaban ya a deformar su rostro y su cuerpo entero comenzó a cambiar, al igual que el color de su cabello, pasando de un rubio platinado hasta oscurecerse en un castaño oscuro. Las ronchas finalmente dimitieron, dejando de nuevo una piel lisa, pero a la vez más bronceada que antes.

—Pero ¿qué…?

A Frank le fue imposible terminar su frase pues aún no le cabía en la cabeza que el chico que tenía en frente ya no era Samael, sino el cuerpo agotado y semi inconsciente de su primo Mitchell.


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